martes, 17 de abril de 2018

Notas varias, 2v.


Por mediación de las visitas anuales efectuadas por las máximas autoridades religiosas de la provincia para supervisar el estado y buen gobierno de la parroquia del Señor Santiago hemos conocido más a fondo la actividad de Juan de Saucedo en el día a día como albañil* mantenedor de la iglesia de dicha advocación. Habida cuenta de los perjuicios que a los bienes eclesiásticos localizados en el pueblo podían ocasionar las "conductas desviadas" de algunos de sus habitantes, incluidos párrocos, mayordomos o sacristanes, estas visitas eran extremadamente rigurosas, y sus ministros pasábanse varios días alojados en la Villa a expensas del Concejo, junto con sus notarios y otros acompañantes delegados del Arzobispo, tomando nota por escrupuloso escrito de los más nimios detalles. El temor a las pérdidas materiales de patrimonio que el afán de lucro de ciertos castillejanos suscitaba en las altas instancias sevillanas hacía que se controlase exaustivamente incluso a estos visitadores, exigiéndoseles exacto complimiento de sus policiales cometidos por medio de un sistema perfectamente reglado.
Estos bienes materiales a que nos referimos —desde el primer ladrillo de los cimientos de la iglesia hasta la veleta de su torre, además de todo lo anejo a ella como son ermitas, oratorios, etc.— entraban de alguna manera en la categoría de sacros**, aunque como exige la liturgia, con diferentes valores, valores que alcanzaban su mayor extensión a un nivel simbólico en el espacio reservado al Santísimo Sacramento de la Eucaristía, que debía estar perennemente iluminado con una vela o lámpara de aceite, el precio de cuyo combustible era sometido a un singular escrutinio.
Lo primero que hacía el visitador al llegar a Castilleja era inspeccionar con todo detenimiento y ciscunspección la iglesia, prestando especial observancia a dicho Santísimo Sacramento, a los altares y a la pila bautismal. Acto seguido hacía comparecer al mayordomo de su fábrica, quien casi siempre era la misma persona que el cura beneficiado, y le tomaba minuciosa cuenta de los gastos que había efectuado desde la última visita y de los ingresos habidos por tributos, donaciones y herencias que los fieles habían otorgado en favor de dicha fábrica.
La bestia negra de los altos mandatarios que ejecutaban las visitas era la desacralización o profanación de aquellos espacios y de los objetos en ellos contenidos. Entendiendo el acto de profanar en sentido amplio, hemos de considerar tal el simple hurto de unas monedas del cepillo de limosnas, por ejemplo.

* Además de otras actividades que la revisión de otras fuentes nos va deparando. Por ejemplo, aquí lo encontramos dedicado a la tarea de armar a la milicia castillejense, faena que, a las órdenes del Concejo, le correspondía como Alguacil que de la Villa era:
Juan de Saucedo, vecino de esta Villa, y Pedro de Doyga (o sea, Pedro de Oyega, en su forma ya fijada posteriormente) su fiador, también vecino de Castilleja, pagarán al Concejo de esta dicha Villa 48 reales, los cuales son que por mandamiento de dicho Concejo cobró Saucedo siendo Alguacil; 30 de ellos de Alonso Sánchez por un arcabuz, 4,5 de Juan González por una pica, otros 4,5 de Francisco Núñez por otra pica, 4,5 de Hernando de Castro por otra, y 4,5 que él mismo, Saucedo, debía por otra, que todo monta los 48 reales, que ya están en poder de Saucedo y de su fiador, los cuales se obligan a devolverlos en 15 días. Otrosí se obligan a que si el repartimiento de los arcabuces y picas que el Concejo dió y entregó a los vecinos de esta Villa, de que se entregó copia y mandamiento a dicho Saucedo, pareciera haber cobrado algunos maravedíes de las dichas armas, los  pagará con sólo el juramento del mayordomo de dicho Concejo. Dado en el Señorío de Castilleja a 10 de diciembre de 1594, siendo testigos Hernando de las Cuevas el mozo y Francisco Márquez.     
Como vemos el Concejo no "daba" las armas a los vecinos según se afirma en esta carta de obligación, sino que cobraba por ellas: un arcabuz valía al vecino receptor 30 reales, y una pica 4,5.
Y este otro extracto de protocolo quizá explique la causa de que Juan de Saucedo fuese maestro albañil en el mantenimiento de la iglesia de Santiago:
Juan de Saucedo, vecino de esta Villa y Prioste de la Cofradía del Señor Santiago y San Sebastián de esta dicha Villa, en nombre y voz de dicha Cofradía y con su poder, recibe de Luis Suárez, notario apostólico vecino de Sevilla en la collación de Omnium Sanctorum, presente, 2.822 maravedíes, de los cuales 2.130 son de principal y a cumplimiento de 4.000 maravedíes de tributo corrido que debía doña Francisca de Mendoza y Pedro de Cifontes (sic) su marido, por la donación que le hizo doña Leonor de Anasco (o Añasco) de una heredad de casas y viñas en esta Villa, de que donó los dichos 4.000 maravedíes de tributo al año a dicha Cofradía, y sucedió en dicha heredad Francisco de Figueroa y su hijo con el dicho cargo del dicho tributo ¿según? de la paga que se cumplió por fin de abril pasado de este presente año, y los 668 maravedíes restantes, de costas hechas en el pleito ejecutivo que siguió contra la dicha heredad por los dichos 4.000 maravedíes que debían de lo corrido, y ahora le paga los dichos 2.822 maravedíes de principal y costas el dicho Luis Sánchez como persona que tomó posesión y amparo de la dicha heredad por deuda que se le debía, y que recibe ahora ante el presente escribano Hernando de las Cuevas. Dado en esta Villa a 29 de junio de 1598, siendo testigos Juan de Castro y Hernando  de las Cuevas el mozo.



              Arcabuz y cabeza de pica, arma ésta de asta larga.

** Sacro, del latin sacer, que indicaba lo augusto, lo santo y venerado, pero también —y figuradamente— lo maldito, execrable, abominable, detestable, como en la interjección sacer esto (maldito sea), en auri sacer fames (maldita sed de oro), en sacer libellum (librejo detestable), o en sacrae panduntur portae (ábrense las puertas infernales).
El derivado sacerdote es un compuesto de sacer y el sufijo indoeuropeo *dhē-, "hacer", con el sentido original de poner, arreglar; raíz esta, dhē-, que con algún otro aditamento forma palabras como bodega, botica, biblioteca, hipoteca, potingue, tesis, anatema, taimado, condimento, esconder, escusado, faena, factible, hazaña, afeitar, afectivo, aprovechar, artefacto, certificar, cohecho, confite, fecha, frigorífico, hechizo, provecho, purificar, acera, faceta, fácil, faz, o nefasto entre muchas más.
Volviendo al referido sentido negativo de sacer, anotemos que produjo sacre (ave de rapiña) documentado en el castellano del año 1252, y también con el significado de ladrón en 1613 a través probablemente del árabe saqr (siglo X, acaso ya en el siglo VII; en árabe estandar moderno encontramos  سارق con ese sentido de ladrón).
Parece fuera de toda duda o discusión que el concepto de sacralidad hunde sus raíces en el de lo sobrenatural, siendo este último uno de los más definitorios de nuestra propia esencia como animales humanos capaces de elaborar abstracciones mentales a partir de las experiencias sensoriales. Lo sobrenatural no se presupone en nuestros hermanos los animales, ni aún entre los más evolucionados: para todos ellos es natural todo, desde la tempestad con el fragor de los rayos y los truenos hasta el hecho de ser devorado por otro ser viviente —dejando al margen la capacidad de sufrimiento, porque también para ellos sufrir o ser amado forma parte de ese universo natural en el cual están inmersos—; entonces, ¿cual es el origen del concepto de lo sobrenatural en nuestra especie?; esta pregunta es contestada por la antropología científica sobre la hipótesis de que lo sobrenatural, y por ende lo sacro, surgió en la mente de los primeros homínidos con base en experiencias involuntarias con alucinógenos componentes de los vegetales y frutas que consumían. A mí me parece una hipótesis sólida, muy plausible, sobre la que merece la pena dedicar trabajo experimental y de investigación, cosa que se viene haciendo desde tan temprano como el siglo XIX, habiéndose demostrado además por los registros arqueológicos que ya en la prehistoria de todas las civilizaciones las drogas estaban indisolublemente unidas a las experiencias místicas, y que eran usadas metódicamente por las primeras élites religiosas. Expertos hay que rastreando la Biblia, sin ir más lejos, encuentran rastros todavía de estos usos iniciáticos con sustancias estupefacientes.


Rondan la memoria del autor de esta historia mientras la escribe los coincidentes testimonios orales de cierto episodio, recogidos de varios ancianos sin vinculación unos con otros, lo que certifica que tales testimonios tienen visos de verdad y realidad. Contáronle los sobredichos viejos que en vísperas de una señaladísima festividad de Castilleja, varios "camareros" oficiales y ayudantes, —especie de clan o grupo de presión de una cofradía cuyo común denominador era la pública y declarada homosexualidad de sus miembros—, dedicábanse toda la noche anterior a aderezar la imagen de una virgen venerada en grado sumo por el común de la feligresía, con la finalidad de presentarla impecablemente ataviada para la procesión de la mañana siguiente. Aquella noche de marras, cerradas a cal y canto las puertas de la iglesia, lo que debía ser una delicada labor fervorosa de almas enaltecidas por semejante privilegio, degeneraba en una alborozada orgía de bailes por sevillanas, risas, juegos sexuales, bromas y frecuentes libaciones a chorro de las botellas del clásico aguardiente, bebida tempranera compaña de fiestas populares de toda índole. Recalcaban coincidentes los ancianos informantes un detalle que por sí solo describe a la perfección aquellas jornadas: uno de los "capillitas", consumado bailador, tras cepillar, peinar y abrillantar la peluca de la virgen, sedosa, lisa, espesa, larga y negra cabellera creo que de pelo natural donado por alguna de las fieles beatas, se la encasquetaba y entre baile y baile y trago y trago hacía las delicias de sus camaradas, arrancándoles risotadas que a buen seguro eran oidas por el vecindario, todo ello bajo la mirada de la calva virgen, acaso reprobatoria, o quizá condescendiente ante la desinhibición de sus hijos más íntimos y predilectos, que de esta forma se liberalizaban siquiera un día al año de la opresora estructura eclesial y castrante, cuyos componentes* en esta etapa álgida del franquismo se habían enseñoreado de todos los aspectos de la vida política, social y económica. Y...por otro lado, ¿como no ver en las clandestinas conductas de estos homosexuales alixeños reminiscencias de aquellas élites de las remotas religiones protohistóricas drogadas —ahora con alcohol—, o siglos después con las bacanales romanas, por ejemplo, en las cuales, "las demostraciones sexuales se canalizan mayormente no mediante grandes festivales de sexo sino encauzándolas en las diferentes festividades religiosas que se celebran en la ciudad a lo largo del año. En general, los cultos romanos ligados a la vida sexual están relacionados mayoritariamente con la reproducción y la fertilidad, aunque también interviene el placer. Se celebraban durante el mes de Abril, que es el mes de Venus." ( http://editorial-streicher.blogspot.com.es/2015/05/sobre-la-sexualidad-en-la-antigua-roma.html ).



* Salvo alguna honrosa excepción, como se echa de ver en estas noticias periodísticas que siguen, sobre el párroco Ignacio Gómez del Toro, coetáneo de otro "sacrílego profanador" llamado Antonio de los Reyes, que veremos después:

Un cura hombre.
Cuéntase, dice El Baluarte, que en Castilleja de la Cuesta, pueblecillo a corta distancia de Sevilla, hay un cura que, en su buen deseo de cumplir las palabras de Cristo, Crescite et multiplicamine, ha llegado al colmo.
Enterado el Arzobispo del incremento que iba tomando la población de aquel pueblo, y no muy satisfecho con la conducta del pater procreador, mandó otro cura a sustituirle.
Pero el pater no se amilanó; antes al contrario, se arremangó las faldas, se metió la llave de la iglesia en el bolsillo y se plantó en medio del arrecife diciendo: —¡Esta llave es el pan de mis hijos, y a nadie se la entrego!
Y notario eclesiástico para acá, notario eclesiástico para allá..., y así están las cosas, con gran contentamiento mío.
Pero no el contentamiento maligno del impío que goza con todo aquello que a la religión perjudica, sino el del hombre que aplaude todo lo que es humano; y nada lo es tanto como un padre defendiendo el pan de sus  hijos contra imposiciones absurdas.
Lo mejor hubiera sido abstenerse de trabajar tanto por el aumento de la cristiandad; mas habiéndolo hecho, y estando los chicos ya aquí, lo honrado y lo decente es prescindir de votos estúpidos y mandar a paseo a notarios, obispos y cuantos traten de apartarlo del cumplimiento del primero de los deberes: ser hombre.
Y más cuando puede bien decirles a todos los del gremio: "el que esté sin pecado, que me tire la primera piedra". (El Motín, 24 de febrero de 1899).

El cura párroco del pueblo de Castilleja de la Cuesta, D. Ignacio Gómez del Toro, ha sido suspendido en sus licencias ministeriales y parroquiales por las autoridades eclesiásticas de la diócesis de Sevilla.
Respecto a este particular, vea usted esto que dice un periódico de allí:
"Un cura que se defiende". Por las autoridaddes eclesiásticas de la diócesis de Sevilla ha sido suspendido en sus licencias ministeriales y parroquiales el cura párroco del pueblo de Castilleja de la Cuesta D. Ignacio Gómez del Toro.
Quejas formuladas en repetidas ocasiones por el vecindario de dicho pueblo obligaron al tribunal eclesiástico a imponer al referido párroco unos días de ejercicios. Y como se negara a cumplirlos, fue preciso que el provisor del arzobispado, Sr. Álvarez Troya, le hiciese comparecer en el palacio arzobispal para notificarle que, por disposición superior, había sido suspendido dicho párroco en sus licencias ministeriales y parroquiales, y estaba nombrado para sustituirle D. Juan Luis de ¿Covas? (ilegible).
Al presentarse este señor al día siguiente de su nombramiento para tomar posesión del curato, no lo pudo conseguir por oponerse a ello el Sr. Gómez del Toro.
Tuvo, por fin, que constituirse el sábado último en Castilleja el tribunal eclesiástico,  compuesto por el provisor D. Jerónimo Álvarez Troya, el fiscal D. Bartolomé Romero Gago, el notario mayor D. Luis Montoto, y el alguacil mayor D. Ángel Saavedra, para destituir por completo a D. Ignacio Cómez del Toro y dar posesión a D. Juan Luis de ¿Covas?, acto que se realizó sin el menor contratiempo.
De curas no hay más por hoy. (Las Dominicales del Libre Pensamiento, 2 de marzo de 1899).


Sabemos por la prensa de la época, principiado el año 1898, de una desacralización cometida por el castillejano Antonio de los Reyes en la ermita de Guía, lugar muy a propósito para efectuar tales actos por estar apartado del núcleo urbano, y solitario y desprotegido la mayor parte del día. En otra ocasión apunté que aquella zona se prestaba a altercados, peleas y emboscadas por tales razones, de las cuales ya relatamos varias.

Sevilla. — En Castilleja de la Cuesta, pueblo de aquella provincia, se ha cometido un horrible sacrilegio.
Antonio Reyes, que tenía enferma a su madre, hizo una promesa, en el caso de que áquella recobrase la salud, ante la efigie del milagroso Cristo de Guía, que se venera en una ermita situada a la entrada del pueblo.
La madre de Reyes falleció a consecuencia de la enfermedad que la aquejaba.
Poco después, Reyes se presentó en la ermita diciendo que iba a rezar.
La mujer encargada de la portería no advirtió que Reyes estaba ebrio y le permitió la entrada.
En cuanto Reyes se halló dentro, rompió el cristal que resguardaba la imágen del Cristo, y valiéndose de un cuchillo, le sacó los ojos y le golpeó hasta separar la cabeza del cuerpo.
Avisado el presbítero encargado de la ermita, acudió inmediatamente y encontró a Reyes, que se mostraba satisfecho de haber vengado, destrozando la efigie, la muerte de su madre.
La Guardia civil ha detenido al sacrílego.
Los vecinos de Castilleja están horrorizados. (La Época. Martes 11 de enero de 1898).

Un sacrilegio y una peregrinación. Sevilla 28, 8 de la noche. Hace ya días que un sujeto del inmediato pueblo de Castilleja de la Cuesta entró violentamente en la ermita del Cristo de Gina (sic), cerca del pueblo, y destrozó la veneranda imagen a garrotazos por no haber obtenido de ella una gracia que pidió en sus oraciones.
Después de cometido este sacrilegio, oyósele decir que "estaba vengado".
El hecho escandalizó al pueblo de Castilleja y a los demás inmediatos a Sevilla.
Muchos devotos acudieron al arzobispo pidiendo un desagravio.
S. I. ha publicado una pastoral, que se ha leído en las parroquias de Sevilla, convocando a los fieles para una peregrinación a la citada ermita, que se verificará el día 30.
A las diez y media estarán los peregrinos en la plaza del pueblo de Castilleja, donde se dirá una misa, y de allí se dirigirán a la ermita.
El arzobispo ha nombrado una Junta, presidida por el dean, para organizar la peregrinación. (El Liberal, 24 de enero de 1898).

Peregrinación de desagravio. En Sevilla se está organizando una solemne y fervorosa peregrinación al Santuario del Cristo de Guía, que se venera en Castilleja de la Cuesta.
El sacrilegio que días pasados cometió en dicha iglesia un malvado, que con furor verdaderamente satánico se lanzó sobre la imagen de Cristo, garrote en mano, y a fuerza de descargar sobre ella golpes la dejó destrozada, sembró el pánico y la consternación en Castilleja y en toda la provincia hispalense y todos los espíritus católicos, levantados al cielo, pensaron en celebrar una función de desagravio a nuestro Dios por tamaña salvajada.
El Rvdmo. Arzobispo de Sevilla, Sr. Spínola, ha dirigido a sus diocesanos una notable y piadosa Pastoral invitándolos a tomar parte en esa peregrinación al mencionado santuario. Para organizar y promover ésta, se han nombrado Comisiones del Cabildo catedral y del clero parroquial hispalense.
Antes de salir de Sevilla, los peregrinos se congrerarán en la iglesia del Salvador, donde se administrará la sagrada comunión a cuantos deseen prepararse para la mayor eficacia del acto de desagravio.
Los fieles podrán trasladarse al cercano pueblo de Castilleja de la Cuesta en la forma que tengan por conveniente.
En la explanada que hay a la subida de la cuesta que conduce al pueblo, donde está la ermita del Cristo profanado, se reunirán todos los peregrinos a la hora señalada, y de allí será conducida procesionalmente a la plaza pública la Virgen de Nuestra Señora de Guía.
Esto ha de impresionar profundamente a los católicos de aquel pueblo, pues nunca ha salido en procesión dicha imagen sola.
En la plaza se celebrará la misa.
Aunque todavía no está decidido, es probable que el sermón sea pronunciado por el magistral de esta Basílica, Sr. Roca y Ponsa.
Terminada la misa, se formará nuevamente la procesión, y rezando el Rosario se dirigirá a la ermita, donde los fieles podrán apreciar el estado de la efigia de Jesús después del atentado de que fue objeto, y dirigir sus rezos y plegarias en desagravio de aquella impiedad.
Presidiendo la procesión irá el Sr. Arzobispo. (La Unión Católica, martes 25 de enero de 1898).

El Excmo. e Ilmo. Sr. Arzobispo de Sevilla ha dirigido una circular a sus diocesanos, en la que expresa su gratitud y satisfacción por la gran concurrencia de fieles que asistieron a la peregrinación de Castilleja de lal Cuesta.
En dicho documento episcopal se hace público el arrepentimiento del sacrílego que profanó, apaleó y destrozó la devota imagen del Cristo de Guía. (La Unión Católica, 11 de febrero de 1898).

La destrozada imágen del Cristo de Guia, de Castilleja de la Cuesta (Sevilla), ha sido conducida a la capital, previo permiso de las autoridades civiles y religiosas, para su restauración.
El laureado artista D. Andrés Cánovas se ha encargado gratuitamente de llevar a cabo tan delicado trabajo. (La Unión Católica, 11 de febrero de 1898).

Vivía Antonio de los Reyes con 15 años de edad según el padrón eclesiástico del año 1887 en el número 81 de la Calle Real, parroquia de la Concepción, con sus padres Antonio de los Reyes Cálceres, de 56 años, y Rita Rosales Sánchez*, de 51, y con sus hermanos Manuel, soltero de 24, Francisco, también de 15, y Dolores de 10. Esta última a juzgar por la cruz que marca su nombre, hecha por el autor del padrón, parece haber fallecido prematuramente poco después.

* En la Villa de Castilleja de la Cuesta, Diócesis y Provincia de Sevilla, en el día seis de diciembre de mil ochocientos noventa y siete, Yo, D. Juan Jiménez Romay, Pbro. Cura Ecónomo de la Iglesia parroquial de Ntra. Sra. de la Concepción de esta Villa, mandé dar sepultura eclesiástica en el cementerio de San Pablo de la misma al cadáver de Rita Rosales Sánchez, natural de esta Villa, de sesenta y dos años de edad, casada con Antonio de los Reyes e hija de Antonio y Manuela; falleció el día anterior a las cuatro de la tarde en su domicilio, Calle Real número setenta y siete, de la enfermedad pulmonía, según certificación del Facultativo D. José Payán; recibió los Santos Sacramentos de Penitencia y Extremaunción; se le hizo funeral y transporte de cuarta clase, y fueron testigos Gabriel Villalva y Baldomero Tovar, vecinos de esta Villa, en fé de lo cual lo firmo, fecha ut supra.

Así las cosas, Antonio se pasó atormentado por la falta de respuesta del Cristo de Guía desde las cuatro de la tarde del día 5 de diciembre de 1897 hasta el domingo 9 de enero del siguiente año, algo más de un mes, cuando por fin decidió lleno de furia y de desesperación destrozar a palos la imagen de quien no solo lo había ninguneado de aquella atroz manera, sino que había enviado desde sus gloriosos reinos una implacable pulmonía que acabó con la vida de su queridísima madre, todo ello sin, hasta la presente, dar mayores explicaciones.

domingo, 11 de marzo de 2018

Notas varias, 2u.


Quedósenos en el tintero, en la anterior entrada, reseñar que don Gerónimo Abad de Beltrán* tuvo como subordinado, de capellán simple, al pintor Juan de las Roelas: "El eminente pintor Roelas fue gloria y honor para esta iglesia, en la que tantos años ejerció como capellan y más tarde como canónigo... " (de Crónicas de una iglesia: la Capilla Mayor y la Insigne Colegial de Olivares. Antonio Mesa Jarén. Capítulo II, Digitalizada.


                                                      Juan de las Roelas. En relación con él y nuestro pueblo, ver http://lospapelesviejosdejuan.blogspot.com.es/2017/01/laobra-pictorica-de-juan-de-roelas-en.html

 Y en las páginas 485-86 de Crónicas de una iglesia...: "JOSÉ MARÍA BLANCO WHITE, ASPIRANTE A CUBRIR UNA CANONJÍA. Pasados aquellos meses de la primavera y adentrado ya el verano [de 1839], una noticia sorprendente se propaga en la Colegial y en el pueblo: don Fernando Blanco Crespo Abad de Beltrán había solicitado a favor de su hijo José María Blanco White Abad de Beltrán, que se hallaba en Inglaterra, la tercera canonjía que se encontraba vacante desde el 24 de marzo de 1836 por ascenso a chantre de Pedro Berenguer, quien la había disfrutado desde el 8 de abril de 1809.
Lamentablemente no pudo alcanzar tal gracia: el 13 de julio de aquel año de 1839* se recibe un oficio del apoderado de la duquesa de Alba para hacer saber que, conforme a la ley de 6 de febrero de 1837 que prohíbe en su artículo 6º la provisión de beneficios eclesiásticos, cuya negativa la repite la ley provisional de dotación de culto y clero de 21 de julio de 1838, no era posible conceder la canonjía. Unos años atrás habría tenido lugar obtener tal derecho, y el cabildo hubiese contado entre sus filas a tan ilustre figura. Recordemos que la tercera canonjía fue creada para los familiares descendientes del primer capellán mayor don Jerónimo Abad de Beltrán".
No se menciona a Blanco White en la genealogía de los Abad que examinamos al final de la entrada anterior. Su hijo natural con Magdalena Eguaya "poseía en Olivares una casa en la calle de la Iglesia (actual de Blas Infante), proveniente del vínculo que creara don Jerónimo Abad de Beltrán. Era muy pequeña y los rendimientos es lógico que también lo fuesen ... ". (Obra citada, pág. 97).


                                  José María Blanco White Abad de Beltrán

* Dos meses después, el 25 de septiembre de 1839 "tuvo lugar una noticia de máximo interés: el alcalde envía un oficio al cabildo colegial comunicándole «la precipitada fuga del Presidente al reino de Francia con todos sus secuaces, dejando en poder de nuestro valiente ejército todas las armas que ocupaban», y ordena que «se celebre tan aplaudible noticia y que se echen al vuelo todas las campanas y que haya luminarias las noches de aquel mismo día 25, del 26 y 27, y que el domingo se cante un Te Deum al que asistirá la corporación». El cabildo accedió.
El comunicado, quizás debido a la precipitación en publicar lo sucedido y celebrar el acontecimiento, resulta confuso pues dice haber huido el presidente, cuando en realidad fue don Carlos de Borbón quien cruzó la frontera con Francia por el paso de Urdax, en los Alduides, acosado por las tropas gubernamentales, el 15 del mismo mes, acompañado de toda su familia y leales a su causa." (Obra citada, pág. 487).
A tal "espantá" del Pretendiente —que eso quiso decir el alcade de Olivares, o el escribano, en lugar de Presidente— no fue ajeno el capitán Francisco Oliver López.
El huidizo Pretendiente se había casado en septiembre de 1816 con su sobrina la infanta de Portugal María Francisca de Braganza, y en segundas nupcias con María Teresa de Braganza, otra sobrina, hermana de la anterior.


                           Fragmento del expediente militar de Francisco Oliver López, referido a dicho año de 1839, donde se expresan sus acciones de guerra.

"... en las operaciones para la toma del fuerte de Tales* [Castellón de la Plana] el 1º de Agosto y en el fuego que se hizo para desalojar a los enemigos en la partida de ¿Salas? y alturas inmediatas,  del 2 al 10 en varias escaramuzas, el 11 a las 12 de su noche se halló en el fuego de toda la ... ; el 13 y 14 en las acciones para la toma de algunos puestos fortificados por los enemigos en las alturas de Tuejar y Peña Cortada**, ¿collado del mercado? y castillo de Ch..dilla desde el 13 al 15 de Nov. y en la toma del Castillo de Castro*** el 22 del mismo."

* El día primero de agosto de 1839: "(...) quedando las tropas de O'Donell posesionadas a la vista de Tales, protegiendo la artillería los trabajos para abrir camino. Los carlistas queriendo impedir el paso a la artillería, atacaron el día 3 toda la línea del ejército liberal, pero fueron rechazados hasta las alturas inmediatas. Los sitiadores, después de vencer gravísimos obstáculos, consiguieron montar la batería de brecha que empezó a jugar el día 7 por la mañana: un formidable fuego de ambas partes se hizo sin interrupción por espacio de seis días; compañías enteras se veían subir al asalto del castillo, y quedaban a los pies de sus débiles muros convertidas en un montón de cuerpos inanimados; el campo se hallaba cubierto de cadáveres y el hospital de sangre situado en el corral del Carmen, estaba lleno de heridos. El fuego seguía con toda su fuerza causando horrorosos estragos; poco a poco se veía trasformar en escombros la fortaleza y el pueblo; los sitiados practicaron dos briosas salidas, pero fueron rechazados con bastantes pérdidas. El día 14 de agosto penetraron las tropas de O'Donell dentro de la población a viva fuerza, y Cabrera se esforzaba por recuperarla, sosteniendo un sangriento combate a quema-ropa; pero después de probar el valor de sus soldados se vio obligado a retirarse a la Sierra de Espadán, abandonando los fuertes y dejándolos en poder de O'Donell con la artillería, víveres y municiones. (http://www.turismodecastellon.com/es/que-hacer/cultura/monumentos/show/700766).

** https://es.wikipedia.org/wiki/Acueducto_de_Pe%C3%B1a_Cortada

*** https://es.wikipedia.org/wiki/Castillo_de_Castro

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Podría extrañar el pomposo y rimbombante título con que aparece Juan de Saucedo en alguna escritura atinente a la herencia de su esposa ayamontina, como ya dijimos: Alguacil Mayor y Alcaide de la Cárcel Pública de Castilleja de la Cuesta. Vamos a ver su explicación, además de otra faceta de su vida —más humilde—, cual es la de albañil, que también habíamos mencionado de pasada.

Este es un traslado bien y fielmente sacado de una escritura de nombramiento de Contador: Don Enrique de Guzmán, Conde de Olivares, Contador Mayor de Su Majestad de Cuentas y su Alcalde en los Alcázares y Atarazanas reales de la ciudad de Sevilla y sus anexos, confiado en la suficiencia y calidad de Vos Luis de Alvarado, Contador, es mi voluntad de nombraros por el tiempo que fuere mi voluntad Contador de los bienes, alcábalas y otras rentas que yo tengo y me pertenecen en Sevilla y en mis villas de Olivares, Heliche, Castilleja de Guzmán y de la Cuesta, Albaida, y de las rentas que tengo y tuviere en las villas de Lora con Setefilla, Alcolea, Cantillana, Brenes, Villaverde y en otras cualesquier partes; por tanto por la presente os doy todo mi poder cumplido para que en mi nombre podáis arrendar, encabezar y poner en administración o como os parezca las alcábalas, pechos, derechos y otras rentas que me pertenecen en dichas villas, por el precio que os pareciere, y tomar cuenta los que os ofreciere mi Tesorero en la ciudad de Sevilla, y a los mayordomos, tesoreros y receptores, fieles, cojedores y otras cualesquier personas a cuyo cargo esté cobrarlas, y para hacer y firmar los alcábalas que surgieren de dichas cuentas, y para dar a tributo a efecto de plantar árboles, viñas y huertas las tierras calmas que tengo en dichas villas y otras partes, con las cargas y condiciones que os pareciere, y para arrendar tierras, casas, viñas, prados, pastos, dehesas, ejidos, montes, cortijos, abrevaderos y otras cosas que yo tengo en Sevilla y en los dichos lugares, sin reservar en mí cosa alguna, y hacer todas las escrituras al respecto, y para beneficiar y vender frutos y esquilmos de tierras, viñas, olivares y ganados y otros cualesquier bienes, y otorgar cartas de venta. Otrosí para que podáis juntamente con el Gobernador de mi Estado dar libranzas sobre mis tesoros de cualquier suma de maravedíes, sobre bancos y personas públicas y privadas. A todo lo cual obligo mis vasallos y bienes habidos y por haber. Dado en la ciudad de Valladolid, a 23 de abril de 1602. Testigos, Sebastián de Mayorga, Martín Roso y Gaspar de Arellano, estantes en esta Corte, y lo firmó. Escribano de número de Valladolid, Tomás López.
Este traslado del original fue hecho de pedimento de don Luis de Alvarado, que lo llevó en su poder, Sevilla, 23 de abril de 1603. Testigos, Pedro de Espinosa y Diego de Zuloaga, escribanos de Sevilla.

Luis de Alvarado, vecino de Sevilla en la collación de Santa María la Mayor, Contador del Conde de Olivares, con su poder dicho, en su nombre conoce al Concejo, Justicia y Regimiento de Castilleja de la Cuesta, a saber: Juan de Chávez, Alcalde Ordinario, Bartolomé Benítez, Regidor, y Juan de Saucedo, Alguacil, a ellos y a los demás Concejos que fueran en el futuro para siempre jamás, y digo que por cuanto esta Villa no tiene Cárcel ni Pósito, de que tiene mucha descomodidad porque los presos que tenían deudas se iban por no haber Cárcel competente, y los tenían en las casas de los Alguaciles, por lo que a todos venía notable daño; y no había comodidad para encerrar el grano en parte segura y acomodada, y por ser esta Villa de Su Señoría de quien recibe mucho bien y limosna, por parte del dicho Concejo se le ha pedido al dicho don Luis de Alvarado que hiciese una Cárcel y un granero, que estaban prestos de pagar a Su Señoría un moderado precio de tributo perpetuo, y Alvarado lo trató con dicho Conde, y éste accedió y Alvarado hizo una Cárcel y casa para que viva el Alguacil y Alcaide de la dicha Cárcel, en el mesón que Su Señoría tiene en esta dicha Villa, dividida y apartada de la dicha Cárcel, con sus puertas a la calle y rejas de palo y cerraduras y lo demás necesario, de modo que Cárcel y casa lindan con el dicho mesón y con las casas-pescaderías, y asimismo en dicho mesón en lo alto de él como se sube por la escalera en la pared de frente hizo Alvarado una sala grande y fuerte y bien labrada y reparada de albañilería y carpintería y sus puertas y cerraduras y lo demás necesario para granero, y una vez acabado lo vió el Concejo y dijo estar contento y satisfecho con Cárcel, casa y granero, y han convenido que por la Cárcel y casa paguen 10 ducados de tributo al año, y por el granero 14, que son 24 ducados en total y que el Concejo deberá empezar a pagar desde hoy en adelante por los tercios de cada año perpetuamente, con las condiciones siguientes: la Cárcel y casa quedará como está, apartada del mesón y con sus puertas a la calle, sin que se le pueda quitar ni añadir cosa alguna; la entrada y salida del granero ha de ser por el mesón y escalera, sin que nadie lo pueda estorbar, a todas las horas; el granero se da solamente lo alto de las vigas del entresuelo arriba, y lo bajo es caballeriza del mesón de Su Señoría, el cual deberá tener siempre reparadas las paredes de lo bajo hasta las vigas, de manera que el granero no se hunda ni le venga daño, y si se le viniere, que lo pague Su Señoría, y el Concejo es obligado a reparar el granero desde las vigas hasta el techo, así las vigas como las paredes y techo y tejado y lo demás necesario; los dichos 24 ducados se cobrarán de los bienes del Concejo y del Pósito, y no de los oficiales que son y fueren [Alcaldes Ordinarios, Regidores, etc. ], y no se podrán repartir de los vecinos ni se podrá ejecutar a nadie por ellos; los 10 ducados se cobrarán del Concejo, y los 14 del Pósito, y nunca en mancomún, y Su Señoría podrá ejecutar por impago a cada uno de ellos independientemente; el Concejo es obligado a tener Cárcel, casa y Pósito bien labrado y reparado de albañilería y carpintería, de manera que el tributo esté en ello cierto y seguro, y para ello deberá el Concejo permitir la entrada de los visitadores nombrados por Su Señoría, y las labores que no se efectúen podrá hacerlas el Conde a costa del Concejo, y ejecutarlo por ello con sólo el juramento de sus visitadores; no podrán vender la Cárcel, casa y granero sin el cargo de los dichos triburtos, y tan sólo a personas llanas, legas y abonadas, y el Concejo deberá informar a Su Señoría del precio de venta, y si transcurren 60 días sin respuesta del Conde, se entenderá que ha aceptado; si pasan dos años uno en pos de otro sin pagar el tributo, los bienes caerán en decomiso; el Concejo recibe los bienes a su cargo de fuego, agua, terremoto, etc., y con estas condiciones el Contador Alvarado da al Concejo la dicha casa, Cárcel y granero, y mientras el Concejo toma la posesión, el Contador se constituye por inquilino de casa, Cárcel y Pósito, y por la presente carta obliga al Conde de Olivares al cumplimiento de todo lo expuesto, y si alguien dijere ser suyos los bienes, por abolengo, patrimonio u otra cualquier manera, el Conde se obliga a entregar al Concejo otra casa, Cárcel y granero, con las mejoras que hubiese hecho dicho Concejo, el cual también acepta la presente escritura y se obliga a pagar el tributo y a cumplir las condiciones. Dado en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, a 16 de septiembre de 1605, siendo testigos Agustín de Castro Polaino y Benito ¿Monrejano?, vecinos de Sevilla, y Blas Sánchez y Diego Martín, vecinos de esta dicha Villa.
Juan de las Cuevas, escribano de esta Villa, da fé que conoce al Contador don Luis de Alvarado, y que dió la presente escritura en esta Villa en 21 de septiembre de 1605 y la firmó de su nombre, siendo testigos Andrés Hernández, vecino de Castilleja de Guzmán, y Blas Sánchez, Diego Martín Revuelta y Juan Gallego, vecinos de esta Villa.


                                   Firma del testigo Benito ¿Morejano?


                        Firmas de Luis de Alvarado y de Andrés Hernández

Y así se vio Juan de Saucedo enaltecido Alcaide de la nueva Cárcel de Castilleja. El pueblo se modernizaba dejando atrás aquel pesadillesco sistema* que obligaba a los alguaciles y a su familia a convivir las 24 horas del día en sus domicilios con presos de toda clase, durante todo un año de desempeño forzoso. No menos moderno cabe decir del Pósito, ahora almacén centralizado de un servicio de préstamo de granos para la siembra que aseguraba la producción a los labradores de la Villa.

http://castillejadelacuesta-antonio.blogspot.com.es/2012/05/los-juanguren-y-el-espadero-37p.html

Como en todo tiempo y lugar acontece en lo que se refiere a cambios y mudanzas, fueron los ancianos los más reacios a aceptar el nuevo régimen de custodia de detenidos. En los corrillos de la Plaza de la Villa esgrimían gesticulantes sus argumentos — de imposible comprensión para las gentes nuevas—, el principal de ellos incidiendo en la deshumanización que el recién estrenado sistema conllevaba, y en que se restaba protagonismo a la comunidad en asunto tan importante como era la seguridad pública. En cierta manera no les faltaba razón a los viejos. Sentían que quedaba atrás aquella entrañable cercanía que implicaba convivir con el preso, atenderlo a cualquier hora, compartir con él comidas, ropa, conversaciones. Al margen de la justicia oficial que emanaba fríamente de los centros de poder, generalmente remotos, había otra implícita en la que la piedad y la caridad jugaban preponderante papel, fundamentado en el íntimo conocimiento del delincuente, del imputado, casi siempre un vecino de la Villa o de alguna otra cercana, con vinculación familiar con el carcelero y los suyos.
Bien es verdad que fue el Concejo el que solicitó a don Enrique de Guzmán la construcción de una cárcel “profesionalizada”, pero el Concejo era una cosa y la opinión pública otra muy distinta. Además, la “oposición” se constituía frente al propio Conde de Olivares per se, y abarcaba todo lo que de él proviniese en la forma que fuera: tributos, diezmos, terrazgos, alcabalas y hasta levas de mozos en tiempo de guerra, y sobre todo aquella justicia extraña y remota, como extraterrestre, cruel y despiadada como una máquina sin sentimientos.
Por otra parte y en sentido contrario había en un minoritario grupo de vecinos del Señorío de la Villa un afecto hacia don Enrique de Guzmán en cuanto que su personalidad significaba el protector muro de contención de las acciones provenientes directamente de la Corte, la gran suscitadora de desconfianza y recelos entre los sencillos pobladores de la Villa; experimentaba este grupo de vecinos la gratificante sensación de estar protegido por un “buen padre”, lo mismo que venía ocurriendo con don Pedro su antecesor. Los condes sólo querían el bien y la prosperidad, según interpretaba la situación este sector de los habitantes de Castilleja, y brindaban estabilidad, paz y orden.
En cuanto a la otra mitad del pueblo, la realenga Calle Real, quizá más democrática —en el sentido moderno de la palabra— por depender directamente del Concejo de Tomares y por tanto incorporada en la Tierra de Sevilla, la mentalidad imperante era muy otra al no estar el poder representado por una persona concreta como era don Enrique. El fenómeno de las relaciones entre el señorío y el realengo es complejísimo y a la vez, para quienes lo vivían en el día a día, esto es, los castillejanos, de una aplastante lógica que formaba casi secularmente parte de la propia idiosincrasia e identidad de Castilleja. Sin esa división, el pueblo no sería lo que era y, me atrevo a asegurar, tampoco sería lo que es.
En cualquier caso la autogestión, que tan bien casaba con el absentismo, esa natural tendencia de los señores —si el Conde don Enrique visitó alguna vez Castilleja debió ser de incógnito, porque no hay constancia documental de tal hecho— comenzaba a sufrir menoscabos ya desde el inicio del siglo XVII, el siglo de la gran crisis hispana. El intervencionismo estatal o señorial, o ambos combinados, propició el brote y desarrollo de actitudes individualistas, en cuanto que de una forma u otra, fuera voluntariamente o por fuerza, el castillejano tenía que ir olvidándose de la cosa pública, cada vez más en manos de técnicos y expertos foráneos, y volviéndose hacia sí mismo y a su entorno más inmediato. Surgió con inusitada fuerza un sentimiento egoísta que repercutía hasta en las relaciones más intimas del ámbito familiar, y por supuesto en las conductas y talantes sociales.

Examinemos la faceta del Alguacil Mayor como oficial de albañil:

En el acta de la visita ejercida por Alonso de Figueroa —en nombre del licenciado Pedro de Carvajal, ver infra— a Castilleja de la Cuesta en el año 1603 hay un rastro de la labor desempeñada por Juan de Saucedo como albañil al servicio de la iglesia de Santiago y de su fábrica y mantenimiento. Cobró 27 reales por hacer y deshacer el monumento de la Semana Santa* de dicho año, pagados por el beneficiado y mayordomo de dicha fábrica Francisco Gallego Becerra. Este mayordomo —desde 1599 lo había sido ininterrumpidamente— se embolsó 1.000 maravedíes por traer de Sevilla sedas, doseles y tapices para ornar el mentado monumento y por otras ocupaciones en que se empleó tal Semana Santa.
En 2 de diciembre de 1603 el licenciado Pedro de Carvajal, del hábito de Santiago, cura de la villa de Montemolin, visitador de las villas de Villanueva del Ariscal, Villamanrique y Castilleja de la Cuesta, y de sus anejos, por Su Señoría don Diego de Pereda, prior de la Provincia de León, del Consejo del Rey, tomó cuenta al mayordomo del debe y haber del año 1602, en cuya acta aparece Saucedo: "27 reales que pagó a Juan de Saucedo por el trabajo de hacer y deshacer el monumento de la Semana Santa de dicho año", (se desmantelaba y se guardaba en alguna dependencia parroquial) más "92 reales a dicho Juan de Saucedo, albañil, por una viga y dos alfarias** y 150 tejas y cal y por el trabajo suyo y de sus peones que le ayudaron a reparar el tejado de la iglesia y repararle las paredes y de la casilla de la dicha iglesia".

* El origen del Monumento Eucarístico o de Semana Santa se remonta, como anota Gestoso (Sevilla monumental y artística. Sevilla. 1892. Tomo II. p. 283), a 1434, según el Libro de Fábrica de la Catedral de 1454. En el referido año se situó un gran tablado de madera o entarimado en la Capilla de la Virgen de la Antigua, figurando los nombres de los carpinteros Bartolomé y Juan Sánchez como autores del mismo. Los parámetros laterales de dicha capilla se enriquecieron con colgaduras, telas y tapices, colocándose además fogatas alrededor como iluminación. Estamos, pues, ante un escenario colocado para realizar en él una representación teatral. (De Las cofradías de Sevilla en el siglo XX. Leandro Álvarez Rey. Digitalizada.

Los llamados «monumentos de Semana Santa» o «monumentos pascuales» constituyen una singularidad dentro de las arquitecturas efímeras o provisionales, también nombradas en las fuentes como «arte de las tramoyas» (debido a su marcado componente escenográfico) o «arte para el caso» (por su uso coyuntural y esporádico). José Ignacio Calvo y Juan Carlos Lozano. Los monumentos de Semana Santa en Aragón (Siglos XVII-XVIII). Artigrama, nº. 19,  2004.
El monumento de Semana Santa es el lugar que en las iglesias se destinaba —y destina— para la reserva del Santísimo Sacramento, es decir, para ocultar la segunda hostia consagrada en la Missa in Coena Domini del Jueves Santo, en la que se conmemora la Última Cena, hasta la celebración de la Muerte del Señor en el Viernes Santo, momento en que dicha forma se administra, expresando de esta forma la unión entre la Eucaristía y la Cruz4 . El monumento es pues el reducto que durante ese lapso temporal guarda la forma consagrada, función que primitivamente solía desempeñar un altar secundario sobriamente adornado e iluminado.
En general estas construcciones se caracterizan por la fragilidad y ductilidad de los materiales, pues suelen consistir en telones pintados, normalmente sobre lienzo o sarga, que luego se adherían o clavaban a bastidores o tableros de madera que a su vez se disponían configurando espacios reales o ilusorios. También se hacía uso de estopa, cartón, papeles, cal, escayola... elementos todos ellos de gran modestia que, sin embargo, eran tratados para aumentar, siquiera aparentemente, su dignidad
y prestancia, enmascarando su auténtica naturaleza mediante la imitación de mármoles, jaspes, bronces y dorados. (Obra citada, ver http://www.unizar.es/artigrama/pdf/19/2monografico/03.pdf ).

** Debe ser error, por alfarjía: "alfa(r)jía (castellano) ´madero de ciertas dimensiones´, y alfanjía `listón de grosor fraccionario del del tablón (andaluz procedente de Alcalá Venceslada 1980), `madero para marco de puerta o ventana´ (dialectismo de Los Navalucillos, en los Montes de Toledo): del andalusí alfarṡiyya. Diccionario de arabismos. Federico Corriente.


miércoles, 28 de febrero de 2018

Notas varias, 2t.



Hay que situar al capitán Francisco Vázquez Montero, hijo del obligado de las carnicerías castillejenses, en el contexto ayamontino de la guerra portuguesa de independencia que se inició en 1640. Quien le vendió el redituable lote —una joven madre esclava con su hija de 29 días— fue, según vimos en la entrada anterior, Juan de Montellano, al cual podemos seguir en sus actuaciones merced a una infinidad de publicaciones que sobre la mentada guerra, o rebelión, como ciertos historiadores quieren, han visto la luz. Nosotros nos limitaremos a efectuar algunas "catas" en semejante maremagnum de noticias históricas, protagonizadas en aquella zona especialmente por el Duque de Medina Sidonia como Capitán General, y por su primo el Marqués de Ayamonte como Gobernador, ambos sobrinos del Conde Duque de Olivares, y también por el Duque de Braganza en el campo contrario, (o no tan contrario considerando que la esposa de este último era hermana del susodicho Medina Sidonia, y que abundan los pareceres sobre que andaluces y portugueses participaban en el mismo conato de rebelión contra la Monarquía que Felipe IV representaba).
Primeramente una consideración importante respecto al marquesado de Ayamonte en Gines y al señorío del de Olivares en Castilleja. Con su frontera compartida, reducción a ínfima escala de los graves enfrentamientos que culminaron con el ajusticiamiento del de Ayamonte por orden del de Olivares en Madrid, el territorio de Castilleja y de Gines debió reflejar las fricciones que se manifestaron al más alto nivel, siquiera en forma de conflictos más o menos domésticos.
En resumidas cuentas: mientras que el Duque de Medina Sidonia (IX de tal título) era Capitán General del ejército en la fronteriza villa onubense, de tal villa era Gobernador el Marqués de Ayamonte, Señor de Gines. Ambos, primos entre sí, eran sobrinos del Conde-Duque de Olivares. Y por otra parte el abuelo de este Conde-Duque, don Pedro de Guzmán, 1er. Conde de Olivares y Señor de Castilleja de la Cuesta, era hijo del III Duque de Medina Sidonia. Para colmar el embrollo familiar, la esposa del portugués Duque de Braganza, coronado como Juan IV tras la rebelión portuguesa que nos ocupa, era hermana del mencionado IX Duque de Medina Sidonia, así que el conflicto de España-Portugal puede verse en uno de sus aspectos como un enfrentamiento entre cuñados. De hecho se acusa al Duque de reticencia a invadir Portugal, y de querer ver a su hermana coronada reina, diciéndose también que ésta lo instaba a unirse con los lusitanos en pos de enfrentarse a Felipe IV.

Con base en la obra de la "Duquesa Roja" que citamos a continuación, podemos saber que al hijo del carnicero de Castilleja de la Cuesta y capitán en Ayamonte según vimos, debieron movilizarlo, siendo ya militar profesional, por junio de 1641, cuando Medina Sidonia "cazaba" gente para formar el ejército que intentaría devolver Portugal a la corona hispana. En Sevilla, en derredor del palacio del Duque, se agudiza el descontento. Las justicias de los pueblos hacían lo imposible para estorbar la leva. Los curas se muestran reticentes a entregar los padrones eclesiásticos por los que se podía averiguar la edad de cada cual. Los reclutas de Huelva son encerrados en la cárcel para evitar que huyan antes de su traslado. Se pagan 100 reales a soldados veteranos para que guarden a los bisoños durante el trayecto. Los hombres son cogidos en los puertos, en las calles e incluso en sus casas, pues el monarca ha ordenado no reservar ni un solo individuo. Van 40 holandeses, cuya nacionalidad no parece estorbar [Holanda era aliada de los independentistas portugueses contra España]. Todavía el capitán Francisco Vázquez Montero debió tratar en Ayamonte con descendientes de la mujer y los cuñados de Saucedo, tratos que imaginamos tendrán algún reflejo en los protocolos notariales de aquellos años cuarenta, a los cuales protocolos accederemos en un futuro próximo.


       
El palacio de Medina Sidonia, en la plaza del Duque en Sevilla, adquirido por el marqués de Palomares de Duero y por fin convertido en el Corte Inglés actual.

En Historia de una conjura, de Luisa Isabel Álvarez de Toledo, Duquesa de Medina Sidonia, Diputación Provincial de Cádiz, 1985, se cita al contador Juan de Montellano —quien vendió al capitán Vázquez la esclava y su hijita— una decena de veces. Como uno de los secretarios del Duque de Medina Sidonia, "Juan de Montellano es delegado a Marruecos [por el mes de agosto de ¿1640?] al frente de embajada rutinaria. Encuentros habituales entre dos civilizaciones que han de compartir las aguas de un estrecho. Por septiembre devuelve la visita el Rey Mogrebí a través de su embajador, que llega precedido por el regalo de una carroza, desembarcando en El Puerto de Santa María, donde es preciso ir a recibirle. Trae en cartera demanda de ayuda para la defensa de Zale. Se aloja con el séquito fuera de palacio, en casa arrendada al efecto, asistido de servidores y cocineros que condimentan los alimentos al gusto mahometano" (pág. 52).
La Junta de Guerra, formada en Ayamonte por el Conde-Duque de Olivares desde Madrid, incluye a un antiguo servidor del Duque de Medina Sidonia como secretario de Guerra del Rey: Matías González de Medrano. Cuando en junio acompañó al dicho Duque en su viaje a Sanlúcar quedó en su lugar Juan de Montellano, "antiguo servidor de los Medina Sidonia, que ha medrado en su casa. Llega a la Plaza de Armas (o sea, Ayamonte) por enero, en compañía de Francisco Jiménez, ambos caballeros en sendas mulas, para ocupar la función de Contador Mayor del Ejército, que había ejercido en la anterior jornada del Algarve. Tenía larga experiencia en las secretarías de estado y guerra de Sanlúcar. Declaró dos veces contra don Gaspar. En la primera se atiene a la verdad, pero en la segunda muestra singular virulencia hacia su señor" (pág. 88).
"Por junio, cuando todo indica que se prepara la guerra naval, D. Gaspar hace acopio de bizcocho, embalado en botijas peruleras, la mitad enceradas, y en sacos de lienzo. Monta el encargo 4.149 reales. Aunque los recibos van refrendados por el Veedor Leonardo de Soria [de la Junta de Guerra] y el contador Juan de Montellano, las probabilidades de recuperar la suma invertida son escasas, quedando buena parte en el capítulo de deudas personales del Duque, a favor del Pósito de Sanlúcar" (pág. 104).
Juan de Montellano (v. infra) fue a casa del Veedor Soria por orden del Duque "para "amenazarle", según palabras del Veedor, añadiendo que su jefe "está que salta", por haber intervenido en la detención y prisión del piloto Andrés de Rivera y de los dos remeros tripulantes de una lancha que había cruzado el Guadiana para llevar a Portugal a un espía lusitano al servicio de España llamado Garcés. Fue a la vuelta cuando Juan Sotomayor, de guardia con su barco, detuvo a la embarcación, remolcándola hasta Ayamonte, so pretexto de haber encontrado restos de sal en su fondo" (pág. 117).
"Para ambientar su declaración, contará el Veedor que Juan de Montellano fue a verle con el fin de comunicarle que habiendo escrito al de Medina, inquieto por las idas y venidas a Portugal decretadas por Ayamonte, este respondió agradeciendo la información y prometiendo poner remedio a una indisciplica que lamentaba. Asegura Soria que Andrés de Rivera hizo lo mismo y por idénticas razones" (pág. 122).
"Montellano, ocupado días más tarde en recoger testimonios de cuantos cruzan la frontera, para probar una inexistente concentración de tropas en zona portuguesa, se encarga de escribir al Rey, al Intendente de Sevilla y al Duque de Medina Sidonia, que continúa en Sanlúcar, exponiendo el peligro, solicitando refuerzos y haciendo patente el abandono que padece la Plaza" (pág. 128).
"El aviso de Montellano, tocante al zafarrancho organizado, debió llegar a Sanlúcar el 18, sorprendiendo a Medina Sidonia, pues sus espías no habían informado de los proyectos bélicos que se atribuían a los portugueses" (pág. 134).
"Apenas abandonó D. Gaspar Ayamonte, hizo otro tanto Leonardo de Soria, tras prolongada reunión con Isassy y Juan de Montellano (pág. 137).
"Con estas [embajadas ordenadas por el Duque] corrían otros criados mayores, más experimentados en la materia, como Juan de Lievana, Miguel Páez de la Cadena o Montellano" (págs. 147-48).
"Conocida la desgracia de Don Gaspar, se pierde el respeto a sus estados. Exenta durante muchos años, Huelva habrá de alojar una compañía de caballos, con la consiguiente incomodidad para los vecinos. El Corregidor escribe a Doña Juana, pidiendo haga lo posible por librarles de la carga. Consciente del recelo que inspira el nombre de su esposo, la Duquesa se humilla, suplicando el favor de Juan de Montellano, ahora secretario por el Rey en Ayamonte. Halagado y ansioso de popularidad, complace a la que fuera su señora, sacando a los milites de la villa" (pág. 170).

Juan de Montellano, nombrado por Felipe IV secretario de guerra para "asistir" al Duque, en realidad tenía la misión de vigilarlo (www.fcmedinasidonia.com).

En primavera [de 1641] el tráfico de correos y espías entre las dos orillas del Guadiana se hizo fluído. Las lanchas salían de la ensenada de los Molinos, que estaba tras el castillo, desembarcando en la Junquera o en banda de San Antonio, junto a la ermita, puesto de  guardia  portugués, que no parece haber estorbado los contactos. Las señas eran “fusilazos” de luz,  lanzados con ayuda de un farol; el “santo” palabras comunes, como escarpín o media. Lo daba el teniente de maese de campo Andrés de Rivera, informando a las tripulaciones de los barcos luengos, para que no interceptasen a los agentes. El marqués de Ayamonte ( http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=guzman-francisco-de2 ) declaró no poder recordar a todos sus espías. Fueron muchos, porque “es evidente que quienes gobiernan una plaza, han de saber lo que hace el enemigo”.
En la madrugada del 11 de junio de dicho año de 1641 el cabo Juan de Sotomayor (subordinado de Martín de Sotomayor, hombre de Leonardo de Soria) detuvo con su barco a la embarcación del capitán Fernández Montesinos (hombre al servicio del marqués de Ayamonte), con dos remeros y pilotada por el familiar del Santo Oficio Andrés de Ribera, que llevaba a la orilla portuguesa a Garcés, portugués al servicio de España. Habían dado el "santo" los de la barca al cabo, quien los dejó seguir, pero al regreso los arrestó so pretexto de haber encontrado restos de sal en la barca. La remolcó, haciendo subir al capitán Montesinos a su barco para someterlo a interrogatorio, inútilmente pues se abstuvo de responder. Dejando a la tripulación arrestada en la barca, llevó al capitán al alojamiento del Capitán General, y considerando que no merecía despertar al Duque* ( http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=perez-de-guzman-gaspar-alonso ) a hora tan tardía, lo dejó en libertad, pero el resto de tripulantes de la barca fue encerrado en el cuerpo de guardia por el maese de campo Francisco de Guzmán. Enterado el Duque del suceso al amanecer, mandó soltar a los detenidos y arrestar a Juan de Sotomayor en el baluarte de las Angustias, contando Leonardo de Soria posteriormente que Juan de Montellano fué a su casa para "amenazarle" diciendo que su jefe "está que salta". El maese Francisco de Guzmán, principal responsable del enredo, fué mudado de destino, dándole a elegir entre Sanlúcar del Guadiana y Paymogo. Se resistió declarándose enfermo y permaneciendo encerrado en su casa durante un mes, y pidió licencia para dejar destino, que a punto estuvo de abandonar sin aguardarla, para tener libertad de publicar el "Cartel de Desafío", dirigido al Capitán General. De todo el asunto de la barca declaró ante el juez Antonio de Almeyda, criado de Clara Gonzaga, prima de Leonardo de Soria. Este criado dijo que a la sazón estaba alojado en casa del arráez Juan Luis, en el barrio de Busca Ruidos, y que en la noche del 11 de junio fué a dicha casa un criado del Marqués de Ayamonte en busca de su anfitrión el arráez para que le cruzase el Guadiana, "un mozo moreno de poco bigote negro, no muy alto, que trae güedejas" —no otro que el capitán Fernández Montesinos—. (De https://www.fcmedinasidonia.com/isabel_alvarez_toledo/fcmedinasidonia/7gaspar/9vida/6vida9.htm#_ftnref7 ).

 Colofón de la edición de Gregorio de Bedoya en Valladolid, 1641.

* Gaspar Alonso Pérez de Guzmán, IX duque de Medina Sidonia, cuya extraña actitud [ante la sublevación de los portugueses] levantó muy pronto las sospechas en medios cortesanos (ver artículo sobre el Cartel de Desafío en http://www.janusdigital.es/articulo.htm?id=96 donde se cita a José Calvo Poyato:  “El correo no llegaba. La alarma cundió cuando no llegó a la mesa de Felipe IV el lenguado que todos los años los portugueses mandaban a su majestad para que en su mesa se cumpliese con este manjar la vigilia de la Inmaculada Concepción”. Calvo Poyato. Felipe IV y el ocaso de un imperio, Planeta, 1995).

La llegada a Lisboa de los fidalgos, que escaparon de la corte, se manifestó en las detenciones del 22 de julio. El mismo día el agente portugués Garcés [ver supra], se personó en la plaza de armas, sin hacerse anunciar. Camino del  convento de San Francisco fue abordado por los soldados de Diego Díaz, en presencia del capitán Maldonado.  Al ignorar el "santo" del día, fue llevado ante el auditor. Discreto, contó que huía de su país porque hirió a cierto hidalgo, que le exigía cumplir palabra de casamiento,  insistiendo en la demanda de ver al capitán general. Al estar ausente, Juan de Montellano, secretario en funciones, lo llevó ante el marqués de Ayamonte. Traía información sobre movimientos de tropas en Portugal y despacho de Fr. Nicolás, dirigido a Medina Sidonia, en el que figuraba la palabra “San Bento”, clave que no debía anunciar nada bueno. Remitida con los informes al rey, la carta paró en proceso, a tales alturas pergeñado, perdiéndose el resto de la documentación.
El revuelo formado al correr que se había detenido espía de Juan IV, complicó el regreso de Garcés. Encerrado en la cárcel por la forma, el de Ayamonte aprovechó que la gente estaba entretenida con el alarde del día de Santiago, para hacerle cruzar el río en la barca del arráez Juan Luis. Según los enemigos de los Guzmanes,  llevando secretos de la plaza, inexistentes pues  la falta de efectivos, se podía observar desde la orilla opuesta. Según ciertos soldados, uno de la compañía de Diego de Herrera, aquella noche se robó una barca, que estaba amarrada junto al monasterio de las Médulas. Amaneció abandonada en la rivera portuguesa, donde la recuperó el propietario. Al ser la que usó Garcés, el marqués se abstuvo de hacer averiguaciones.

Parece ser que desde Madrid se obligó al Duque, con base en chantajes, a desafiar al de Braganza en duelo, aunque no falta quien afirma que lo hizo motu proprio.


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Y bien. En esta entrada he presentado diversos hechos y escenarios, siendo su aglutinante —que les otorga coherencia en el tiempo y en el espacio—  la dicha obra de la Duquesa Roja, ya sea la impresa que he citado o la que se ofrece digitalizada en la web de la Fundación, además de las otras publicaciones. Entre entre estos hechos se mueven los personajes relacionados de alguna manera con Castilleja de la Cuesta. Más temprano de aquellos cruciales años cuarenta, ofrecemos a modo de preámbulo este interesante documento:

El 29 de junio de 1606, estando en los Reales Alcázares de la ciudad de Sevilla, don Pedro Antonio Coloma*, conde de Elda, Capitán general de las Galeras de Portugal, y del hábito de Santiago, otorgó un poder ante el escribano hispalense Pedro de Castellanos para vender a un su esclavo, negro llamado Andrés y de 21 años de edad poco más o menos. Entre los apoderados está Francisco de Palencia, nuestro castillejano fiador de la mujer y cuñados de Juan de Saucedo. Veámoslo:

(En el margen superior izquierdo se abre el manuscrito con un dibujo que asemeja una tosca capital, en forma de "S" cerrada sobre sí misma, enmarcando el croquis de una especie de mar).



Poder para vender un esclavo. Don Antonio Coloma, conde de Elda, Capitán general de las Galeras de Portugal, del hábito de Santiago, estante al presente en la ciudad de Sevilla, da todo su poder a Pedro de Nareña y a Francisco de Vera, clérigo de evangelio vecino de Sevilla, y a Francisco de Palencia, vecino de Sevilla, y a Juan Escudero y a Juan de Fuentes, mayordomo del Conde de Olivares, vecinos de Olivares, a todos y cada uno in solidum para que puedan vender en cualquier parte y a quien quieran un esclavo suyo negro llamado Andrés, de 21 años poco más o menos, que está en Sevilla a su servicio, y lo vendan por esclavo cautivo habido de buena guerra y no de paz, y le aseguren que no es borracho ni ladrón ni huidor ni ético ni endemoniado ni tiene los ojos claros sin ver ni es casado, y que es sano y no enfermo, y que no ha cometido delito por donde merezca pena de muerte ni otra alguna civil ni criminal, y si pareciere otra cosa, que se lo puedan devolver. El otorgante se obliga a pasar por todo. Dado en Sevilla, estando en los Reales Alcázares de dicha ciudad, a 29 de junio de 1606, y su Señoría el dicho conde lo firmó en el registro y presentó por testigos de su conocimiento a dos hombres, que se dijeron llamar uno el licenciado don Gerónimo Abad de Beltrán, presbítero Capellán Mayor de Olivares, vecino de Sevilla en los Reales Alcázares, y el otro el capitán Tomás de Cardona, vecino de Sevilla en la collación de San Isidro. Fueron testigos de todo lo dicho Juan de ... y Pedro Pérez del Castillo, escribanos de Sevilla.

Francisco de Vera, clérigo de evangelio vecino de Sevilla, estante al presente en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, en nombre y voz de don Pedro Antonio Coloma, conde de Elda, con su poder (v. s.), vende a don Gerónimo Abad de Beltrán, presbítero Capellán Mayor de Olivares, ausente, el dicho esclavo Andrés, que el otorgante y su parte tienen en esta dicha Villa —se añade que no es manco ni tullido ni con mal de bubas ni de dentro ni de fuera ni otra ninguna tacha ni lission (sic) ni enfermedad—. Y se lo vende por precio de 27.200 maravedies, que recibe en reales por mano de Francisco de Palencia ante el escribano Juan de las Cuevas y los testigos infrascriptos. Y Francisco de Vera en nombre del dicho conde de Elda entrega en el Señorío de esta Villa dicho esclavo de presente en esta Villa al dicho Francisco de Palencia en nombre del Capellán Mayor, para que lo haya y goce y disponga de él a su voluntad como cosa suya propia habida y comprada con sus propios dineros. Y Francisco de Vera obliga los bienes propios y rentas de la dicha su parte el conde de Elda. Dado en las casas del presente escribano que son al Señorío, 1 de julio de 1606. Testigos, Francisco Martín Chaparro, Juan Díaz de Palencia y Juan Marcos, vecinos de esta Villa.

Alonso López, vecino de la Villa de Castilleja y arrendador de la alcábala del viento de dicha Villa, recibe de don Pedro Antonio Coloma, conde de Elda, y de Francisco de Vera en su nombre, todos los maravedíes que montó el alcábala del esclavo Andrés, que vendió el día de la fecha a don Gerónimo (v. s.) en precio de 800 reales, y la alcábala montó a razón del diez por ciento conforme al recibimiento del otorgante, el cual se da por entregado, contento y pagado, a lo cual obliga su persona y bienes habidos y por haber. Dado en esta Villa a 1 de julio de 1606, siendo testigos Juan de Miranda, Roque de las Casas y Luis Martín.


* En El Gran Duque de Osuna y su marina, de Cesáreo Fernández Duro, Madrid, 1885, leemos:
Don Pedro Antonio Coloma, conde de Elda. Este personaje, que no merecía al Duque de Osuna el mejor concepto, era de los más nobles y calificados señores del reino de Valencia; hijo primogénito de Juan Coloma, primer conde de Elda, virrey de Cerdeña; hermano de D. Carlos, clásico historiador de las guerras de Flandes, de D. Alonso, obispo de Barcelona y de Murcia, y de D. Francisco, general de galeones de Indias. Don Pedro Antonio Coloma y Calvillo fue, como su padre, Virrey de Cerdeña, y en 10 de julio de 1604 recibió el título de Capitán general de las galeras de Portugal, reemplazando en este cargo al segundo Marqués de Santa Cruz.
Navegando a Sanlúcar con tres de las dichas galeras en 1606, a tiempo que se habían celebrado las paces con Inglaterra, encontró un corsario de esta nación, que continuaba las hostilidades en su provecho y contestó con insolencia a las intimidaciones que le hizo; roto el fuego por ambas partes, se defendió, causando a las galeras treinta muertos y muchos más heridos, por lo que apenas rendido, lo mandó ahorcar el Conde de una verga.
En 1610 acudió a la expulsión de los moriscos de Valencia, reuniéndose en la costa 13 galeras de España, mandadas por D. Pedro de Toledo, que tuvo el mando general; 17 de Nápoles, con el Marqués de Santa Cruz; nueve de Sicilia, con D. Pedro de Leiva; 15 de Génova, con el Duque de Tursi; cuatro de Portugal, que eran las que llevaba Elda; cuatro de Barcelona, con D. Ramón Domps, y 14 galeones de la armada de D. Luis Fajardo; de suerte que venía a ser la fuerza de 62 galeras y 14 galeones, con 7.700 soldados de desembarco. Es de presumir que no desempeñaría satisfecho este servicio el de Elda, sacando de la tierra, entre tantos expatriados, a sus propios vasallos.
Asistió después a la toma de Larache, ascendiendo a la Capitanía general de las galeras de Sicilia en 1615; mas no se dio prisa en acudir al nuevo servicio, disculpando la ausencia, de modo que en Real cédula de 23 de mayo de 1616 se dispuso que no se le descontaran los sueldos de diez y nueve meses que faltó de las galeras. Asistió, como se ha visto, al combate naval del Adriático, y acabado, desde Brindisi se fue con las galeras a Mesina, sin orden, a pretexto de andar moros en la costa, que fue lo que motivó la queja del Duque de Osuna.
Tratando de su casa y familia el Marqués de Molins (discurso contestando al de D. Alejandro Llorente en la recepción pública de éste en la Academia de la Historia) consigna que fue caballero de eximia piedad, fundador del convento de Franciscanos del pueblo de su título. Casó tres veces: la primera con doña Beatríz Corella, hija del Conde de Concentaina, la cual no tuvo hijos, pero adoptó como tales a los pobres, fundando en Elda un hospital que aun subsiste, bien que despojado de los bienes que le legó su fundadora. Casó luego el Conde con doña Francisca Manrique y con doña Juana Enríquez, no teniendo sucesión sino de la última, y murió siendo General de las galeras de las galeras de Sicilia (Haro, "Nobiliario", tomo II, pág. 270. Condado de Cantillana).

Para Gerónimo Abad de Beltrán, natural de Elda y por lo tanto paisano de don Pedro Antonio Coloma, ver http://condeduquedeolivares.es/index.php/component/tags/tag/53-capilla-mayor : "Además de las [reliquias*] traídas a Olivares, también envío [el II Conde de Olivares] otra muy importante a San Isidoro del Campo en Santiponce; el cuerpo entero de San Eutiquio mártir, que le había regalado Sixto V y que fue trasladado en 1590 a Sevilla, aunque su entrega se realizó en noviembre de 1600 por el Capellán Mayor de Olivares el licenciado Gerónimo Abad Beltrán, quien cumplió, en nombre del Conde, la misión de su entrega al Prior del Monasterio de San Isidoro del Campo con celebre pompa que se conserva descrita en su arca funeraria. El acto estuvo revestido de gran solemnidad por el acompañamiento de caballeros, gran número de gentes del pueblo y la capilla de música de la catedral de Sevilla". He aquí al capellán traficando con fiambres, probablemente asistido de su esclavo Andrés, "habido de buena guerra y no de paz" aunque nunca España tuvo enfrentamientos bélicos con ningún país del África negra, mas como apunta certeramente en La esclavitud en Ayamonte su autor (ver la entrada anterior:  Antonio Manuel González Díaz. La esclavitud en Ayamonte durante el Antiguo Régimen, siglos XVI, XVII y XVIII,), la hipócrita fórmula servía para acallar las conciencias.


La capilla de las reliquias, mandada construir por don Enrique de Guzmán, II Conde de Olivares, en dicha Villa cabeza de su Estado.


                                                        San Eutiquio,

* "La II Condesa de Olivares se encargaba de visitar iglesias y monasterios en Roma, donde previa autorización encargaba la extracción de numerosas reliquias de santos y mártires, cada reliquia llevaba incorporada su “auténtica” o certificado de autenticidad de la misma". Una pasión de coleccionista como otra cualquiera, si bien bastante morbosa; eso sí, revestida de misticismo y devoción cristiana. También coleccionaba, con su marido, obras de arte.

Don Gerónimo, feliz poseedor de un joven esclavo negro adquirido en nuestra Villa mediante Francisco de Palencia, fue ilustrísimo señor Obispo electo de Calahorra (aunque no debió tomar posesión del cargo, ya que no aparece en el episcopologio calagurritano), canónigo de la villa de Olivares y doctor en ambos derechos. Don Gerónimo Abad y Beltrán, natural de Elda ( http://www.raicesreinovalencia.com/sala/Biblioteca/novelda/ABAD.pdf, con su árbol genealógico hasta nuestros días ).

domingo, 18 de febrero de 2018

Notas varias, 2s.



Como gestor de imperfecciones, el historiador avanza por una calle sin nombre, pregonando ahora algunos apuntes sobre probables parientes de Juan de Saucedo, como son Martín de Saucedo, vecino de la Calle Real, y sobre todo este Cristóbal de Saucedo sevillano relacionado también con el mundillo de la albañilería:
Alonso Martín Revuelta, Familiar del Santo Oficio de la Inquisición en la ciudad de Sevilla y vecino de Castilleja de la Cuesta, en nombre y voz de don Luis Conde de Biedma, con su poder que le otorgó en esta dicha Villa ante Diego García de Miranda, escribano que fué de ella, en 9 de octubre de 1603, otorga que ha recibido de Cristóbal de Saucedo, vecino de Sevilla, 533 reales y 12 maravedíes, los 477 reales y 12 maravedíes en reales de contado y los 56 reales restantes Cristóbal los pagó por el otorgante a albañiles oficiales y en el reparo de las casas en que ¿vive, vivió? el dicho don Luis Conde, que se hicieron en la puerta del medio de las dichas casas, todos los cuales dichos 533 reales y 12 maravedíes están en poder del otorgante, que se dá por contento y pagado, los cuales se le pagan en el dicho nombre a cuenta de los 1.600 reales que paga al dicho don Luis Conde de Biedma por la renta de las casas en que vive, que son en la ciudad de Sevilla en la collación de la Magdalena, junto al Dormitorio de San Pablos, durante este año de 1605, y son del tercio que se cumplirá en fin del mes de agosto que viene de este dicho año; y al cumplimiento de esta carta de pago obliga su persona y bienes habidos y por haber y los del dicho don Luis. Dado en esta Villa a 5 de mayo de 1605. Testigos, Francisco de Palencia, vecino de Sevilla, y Lorenzo Sánchez y Andrés Lorenzo, vecinos del Castillo de las Guardas.



                      Maravedíes del tiempo de Felipe III

Otro Saucedo sevillano, Tomás (o Tomé) de Saucedo Hurtado, estante en Ayamonte en julio de 1602, compró el esclavo negro Melchor, de 28 años, al espartero ayamontino Fernando Lorenzo Coto, por precio de 50 ducados. El espartero lo había obtenido pocos meses antes por 80, así que en la operación perdió 30 ducados. Antonio Manuel González Díaz. La esclavitud en Ayamonte durante el Antiguo Régimen (siglos XVI, XVII y XVIII). Diputación de Huelva, pág. 111.
También había comprado en Ayamonte este Saucedo Hurtado en marzo de dicho año a la negra Gracia de 35 años, por 600 reales, suministrada por el médico portugués Antonio Díaz, vecino de Castro Marin. "Hubo profesionales portugueses de la medicina que se desplazaron hasta la villa onubense para vender sus esclavos". (Obra citada, pág 122). En este libro completísimo sobre el importante centro del negocio de compra-venta de esclavos que fue Ayamonte por su situación entre una nación eminentemente esclavista como fue Portugal y el gran mercado de Sevilla, su autor nos muestra cómo quienes desde esta última ciudad buscaban "mercancía" a buenos precios solían acudir a dicha villa onubense. Entre ellos anotaremos, con vista a ulterior desarrollo, a un destacado hacendado castillejense, don Pedro Adrián Colarte, que en el año 1700 compró al negro Serafín, de mote "Garapiña", de Pedro Álvarez Ramírez, Comisario del Santo Oficio de Sevilla en Ayamonte y cura beneficiado de la iglesia del Salvador. (Obra citada, pág. 137).
El denominado "Cerro Colarte" cruzado por la carretera Castilleja-Bormujos debe su nombre a este hacendado. Pero no adelantemos acontecimientos: el capitán Francisco Vázquez Montero, vecino de Sevilla en Triana, adquirió a la mulata María con una hija recién nacida, de 20 días de edad, por 2.425 reales en subasta pública celebrada en la plaza de Zamora de Ayamonte el domingo 11 de enero de 1642; la subasta la había organizado Juan de Montellano, contador principal del ejército que se formaba en Ayamonte para entrar en El Algarve, cuya Contaduría Principal estaba instalada en dicha ayamontina plaza de Zamora. (Obra citada, pág. 138). Y en esta misma página, "Juan de Montellano, contador principal del ejército que se formaba en Ayamonte "para entrar en el Algave" declaraba en documento público [año 1642] fechado en enero tener noticias "de que a esta villa de Ayamonte se habían pasado de la de Castro Marín y de otras del Reino de Portugal, algunos esclavos y esclavas. Yo hice recogerlos como hacienda de rebeldes a su majestad, para ponerles todo buen cobro". Decidió sacarlos a subasta pública, concretamente tres esclavas llamadas dos de ellas Margarita y la otra María, mulata que tenía una niña recién nacida de veinte días."
El capitán Francisco Vázquez Montero fué hijo de otro Francisco Vázquez Montero, también vecino de Triana pero morador en Castilleja de la Cuesta, en donde ejerció de obligado de las carnicerías del Conde de Olivares largos años, omnipresente su persona en los documentos de la época, dedicado a asuntos de ganadería relacionados con su oficio.



Castro Marim visto desde Ayamonte (Wikipedia).

No fué el único caso de fuga hacia Ayamonte el del esclavo de Francisco de Palencia, ya que también se le escapó al Jurado sevillano Bartolomé Díaz un mulato, Juan, de 20 años, también preso en la cárcel pública de dicha villa. Da que pensar en que, probablemente, estos huidores escapaban por donde habían llegado. El Jurado Bartolomé vendería a Juan por 80 ducados a Santiago Ramírez, escribano del Cabildo ayamontino, por medio del regidor de dicho Cabildo Martín González Barbas, en 1588.
El escribano Diego González —ante quién Juan de Saucedo expuso sus pretensiones en Ayamonte—  tenía una esclava negra, María, de 20 años, comprada al mercader de esclavos Domingos López, de Serpa (Alentejo, Portugal) en 1621.

Esclava que fué del vecino de Castilleja Marco Antonio de Alfaro, la mulata vecina de Ayamonte Gerónima de Barrientos otorgó su testamento como sigue:
"En el nombre de Dios amén. Sepan cuantos esta carta vieren como yo Jerónima de Barrientos, mulata, libre de toda sujección y cautiverio, que soy vecina de esta villa de Ayamonte, estando como estoy acostada en cama enferma del cuerpo y sana de la voluntad y en mi libre juicio y entendimiento natural, cual Dios Nuestro Señor fue servido de me dar. Creyendo como bien y verdaderamente creo en el misterio de la Santísima Trinidad, Dios, Padre, Hijo y Epíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero que vive y reina por siempre jamás sin fin. Amén. Y deseando poner mi ánima en camino de salvación y para ello tomando por mi abogada a la gloria siempre Virgen María Señora Nuestra, a la cual suplico interceda por mí a su bendito Hijo, mi Señor Jesuchristo perdone mis pecados y lleve a su gloria y por mi ánima salvar y a mis herederos concordes dejar. Otorgo que hago y ordeno este mi testamento y última voluntad por ante Antonio de Collantes, presente escribano público de esta villa en la forma y manera siguiente:
Primeramente encomiendo mi ánima a Dios Nuestro Señor, que la crió y redimió por su preciosa sangre y el cuerpo a la tierra do fue formado.
Ytem mando que siendo yo fallecida mi cuerpo sea sepultado en la Iglesia de Señor San Salvador de esta villa en una de las sepulturas que están junto a la capilla de Nuestra Señora de la Limpia Concepción de la dicha iglesia. Y por ello se pague la limosna que fuere justo.
Ytem mando me acompañen mi cuerpo los curas de la dicha iglesia y nueve capellanes de ella. Y que el día de mi fallecimiento, si fuere hora de misa, si no otro día siguiente se me diga en la dicha iglesia una vigilia y dos misas cantadas, la una a la Limpia Concepción de Nuestra Señora y la otra de requiem. Y por ello se pague lo acostumbrado. Y asimismo se me diga la misa del ánima luego que yo sea fallecida en la dicha iglesia.
Mando se diga una misa al ángel de mi guarda. Y otra a Nuestra Señora de la Candelaria. Y otra a Nuestra Señora del Rosario. Y otra se diga por las ánimas del Purgatorio. Y otra misa se diga a Nuestra Señora de la Encarnación y por ello se pague la limosna acostumbrada, las cuales dichas misas quiero y es mi voluntad se digan en el convento del Señor San Francisco de esta dicha villa por los religiosos de él.
Mando a las mandas forzosas lo que es costumbre.
Declaro que no debo maravedís algunos a ninguna persona, pero por descargo de mi conciencia mando que quien jurare le debo hasta cantidad de dos reales se le paguen.
Ytem declaro que doña Inés de Ávila, mujer de Marco Antonio de Alfaro, vecina que fue de la ciudad de Sevilla, de quien yo fui esclava cautiva, que me criaron en su casa, por el amor que me tuvo y haberle yo con el mismo servicio, me dejó libre de toda sujección y cautiverio y por cláusula de su tertamento ordenó y mandó se me diesen en cada un año cuatro ducados durante los días de mi vida, la cual dicha manda y legado me ha satisfecho en cada un año como lo dispuso la dicha mi señora Inés de Ávila, el padre Francisco de Villa, rector del colegio de San Hermenegildo de la Compañía de Jesús de la ciudad de Sevilla, de cuyos maravedís estoy satisfecha hasta fin del año pasado de mil y seiscientos y treinta y ocho. Y se me deben los dichos cuatro ducados de la dicha manda de este presente año de seiscientos y treinta y nueve. Mando que mi albacea haga diligencia porque se cobren los maravedís para ayuda a pagar mi entierro y hacer bien por mi alma que así es mi voluntad.
Ytem declaro que me debe el licenciado Alonso Rodríguez Brioso*, estudiante, vecino de esta villa, una sortija de oro que costó catorce reales de plata que con otras cosas le había entregado para que me llevase a Sevilla. Y no me la ha vuelto, sino dándome seis reales a cuenta de ello. Mando se cobre lo demás de el suso dicho.
Declaro que tengo por mis bienes un manto nuevo, el cual quiero se venda para que se me compre un hábito de San Francisco en que quiero morir que pido para ganar las gracias de él.
Ytem cuatro basquiñas de colores que son de jerguilla y de picote frailesco.
Ytem cuatro jubones de colores y dos coletillos, uno de tafetán azul y otro de parragón y dos pares de enaguas, unas de bayeta y otras de paño, coloradas ambas y tres camisas de ruan nuevas, y un rosario de cristal y una gargantilla de perlas y un anillo de plata sobredorado y un dedal de plata y unos granates y unos rosaritos y seis gorgueras ya usadas y dos cajitas pequeñas.
Ytem mando se de a la señora doña Agustina que se está haciendo [que a la sazón el platero construía] y a mi señora doña Ana un rosario con una cruz de plata en que está y unos chapines y unas medias de hilo blancas mejores que tengo.
Y para cumplir y pagar este mi testamento y lo en él contenido dejo y nombro por mi albacea testamentario a mi señora doña Leonor Quintero, vecina de esta villa a la que doy poder cumplido que de derecho se requiere para que entre en mis bienes y de lo mejor y más bien parado de ellos véndalos en almoneda o fuera de ella, cumpla y pague este mi testamento y lo en él contenido y le encargo mi ánima y su conciencia.
Y después de cumplido y pagado este mi testamento y lo en él contenido dejo por heredera a mi ánima en el remanente de todos mis bienes, derechos y acciones para que se me diga en misas por ella lo que quedare por la limosna ordinaria, las cuales mande decir mi señora doña Leonor mi albacea en la parte y lugar que le pareciere que así es mi voluntad.
Revoco y anulo y doy por ningunos y de ningún valor ni efecto todos otros cualesquier testamentos, mandas y codicilos que antes de este haya hecho y otorgado por escrito y de palabra, que quiero que no valgan ni hagan fé en juicio ni fuera de él salvo este que al presente hago y otorgo que quiero que valga por mi testamento y última voluntad de aquella mejor vía y forma que derecho haya lugar. Que es hecha la carta en Ayamonte, estando en las casas palacio de su excelencia el marqués de Ayamonte mi señor, en donde estaba la dicha otorgante que yo el presente escribano público doy fé conozco. En lunes ocho días del mes de agosto de mil y seiscientos y treinta y nueve años. Y porque la dicha otorgante dijo no saber firmar firmó por ella un testigo, siendo testigos Juan de Cózar y Francisco Martín, alguacil y Pedro Rodríguez, vecinos y estantes en esta dicha villa". (La esclavitud en Ayamonte... pág. 176).

* Hay un Alonso Rodríguez Brioso en los protocolos notariales de nuestra Villa, marido de Ana de Vela y ambos difuntos ya en abril de 1606, con posesiones de viñas y arboledas en Bormujos y Bollullos al pago del Repudio, matrimonio que dejó hijos herederos menores, una de los cuales, Catalina Vela, tiene como tutor en dicho mes y año a Bartolomé Ruíz de Lara, vecino de Bormujos, nombrado tal tutor por la Justicia del lugar de Bormujos ante el escribano de Castilleja Juan de las Cuevas.

En referencia a los Domínguez de Ayamonte, uno de los cuales, hermano de la mujer de Saucedo, murió abintestado en Indias como estamos viendo, dejo aquí apuntado otros Domínguez ayamontinos presentes en La esclavitud en Ayamonte: Luis Domíguez, mercader de pescado, traficó con once piezas entre 1603 y 1636. El armador Francisco Domínguez pagó por el negro Francisco, de 22 años, al clérigo ayamontino Martín Sánchez de Avilés 140 ducados en el año 1600. María de la Luz, viuda del capitán Juan Domínguez, ahorró en 1663 a dos esclavos: Diego, niño mulato que había criado en su casa, y a Ana, esta última con la condición de servir a Juan Domínguez García, sobrino de su marido, hasta que satisficiese 100 ducados en un plazo de 4 meses. El capitán Matías Domínguez fue testigo en el testamento otorgado por la liberta Magdalena Camacha, morena. Hubo un Fernando Domínguez, escribano público de Ayamonte, hacia 1570.

Sevillanos que compraban esclavos en Ayamonte fueron, además: Felipe Martínez, platero, vecino de Sevilla en la collación de la Iglesia Mayor, que compró en 1628 a la negra Lucía, por 110 ducados, siéndole vendida por otro platero, Diego Rodríguez, de Ayamonte, quien la adquirió por 117 ducados en 1621, año en el que Lucía tenía 14 de edad. "Lógicamente muchos sevillanos se desplazaban hasta Ayamonte para lograr buenas piezas a precios mejores que los que podrían encontrarse en Sevilla. Eclesiásticos sevillanos fueron Gil de Escobar, fiscal de la Santa Inquisición en Sevilla, Enrique Fernández de Flores, clérigo de Triana, Juan de Herrera, Luis de Alarcón y Juana Espínola, monja profesa del convento de Madre de Dios de Sevilla que en 1616 adquirió en Ayamonte a la negra Dominga de dieciocho años por 136 ducados. También hubo quien vendió alguna pieza en este mercado. Así, por ejemplo, Juan de Valverde, clérigo sevillano, actuando en nombre del inquisidor hispalense don Alonso de Hoces* introdujo en Ayamonte [en 1610] un esclavo poco frecuente, un "berberisco", vendiéndolo por 40 ducados". (La esclavitud en Ayamonte... pág. 118).

* "En el tribunal de Sevilla, las visitas de 1628 y de 1611 se revelan igual de fructíferas en contra del inquisidor Alonso de Hoces. En 1611, su dosier establece treinta cargos de acusación como violencia, venalidad, incompetencia, insultos, soborno, corrupción y comportamiento indecoroso en público llegando al límite cuando el inquisidor baila, canta y toca la guitarra". Elisabeth Balancy, Violencia civil en la Andalucía moderna (ss. XVI-XVII): familiares de la Inquisición y banderías locales, Universidad de Sevilla, Secretariado de Publicaciones, 1999,  pág. 124. Puede imaginarse el calvario que hubo de padecer este esclavo berberisco —y los demás que poseyera— semejante dueño.



En Castilleja de la Cuesta en 5 de mayo de 1605 pareció ante Juan de Chávez, Alcalde Ordinario de esta Villa, Juan de Saucedo, Alguacil Mayor y Alcaide de la Cárcel de ella*, por sí y en nombre de Catalina Guillén su esposa, y de Benito Esteban y Francisca Díaz sus cuñados, hijos legítimos de Benito Esteban y de Leonor Díaz su mujer, difuntos, naturales de la Villa de Ayamonte y hermanos legítimos de Juan Domínguez, que murió abintestado en las Indias en la ciudad de Panamá, y dijo que por su muerte los dichos su mujer y demás hermanos son herederos legítimos de dicho Juan Domínguez, y que con poder de dicha su mujer y cuñados él había ido a Ayamonte, donde el difunto tenía sus bienes y hacienda en tutela a los cobrar, y los pidió ante las Justicias de dicha Villa y Juez de Menores de ella, y mandaron se le entregasen los bienes con que diere una fianza abonada en cantidad de 600 ducados, para que si en cualquier momento pareciese ser vivo el dicho Juan Domínguez u otra persona con mejor derecho, volverá los bienes tal y como se le entregaron; y como él, estando en Ayamonte, no tenía la dicha fianza, se le dió requisitoria por el dicho Juez de Menores para dicho Alcalde Ordinario Juan de Chávez y para las demás justicias de Castilleja de la Cuesta, de Sevilla y de otras partes, para que a su contento, riesgo y satisfacción recibiese la dicha fianza, y para ello Juan de Saucedo ofreció por su fiador a Francisco de Palencia, vecino de Sevilla y morador en Castilleja de la Cuesta, que es rico y abonado en más cantidad de 3.000 ducados. Por tanto pide a dicho Alcalde Ordinario que mande recibir la dicha fianza a su contento y riesgo, pues le consta y es notorio tener el dicho Francisco de Palencia más cantidad y bienes de los dichos 3.000 ducados, y que se le dé por testimonio para presentar al dicho Juez de Menores en Ayamonte.

* Pomposo título. Pronto veremos a qué se debía.

Auto. En dicho día 5 de mayo el Alcalde Ordinario Juan de Chávez, habiendo visto la anterior petición, dijo que atento a que le consta y es notorio que el dicho Francisco de Palencia es abonado en más cantidad de 600 ducados, que se le reciba por fiador a su contento y riesgo, y así lo mandó. Testigos, Andrés de la Barrera, Francisco Vázquez y Martín Cabrera, vecinos de esta Villa.

Juan de Saucedo, vecino de esta Villa, y Francisco de Palencia como su fiador, este último vecino de Sevilla y morador al presente en esta Villa de Castilleja, dicen que por cuanto Catalina Guillén, mujer del primero, y sus dos hermanos, y dicho Saucedo en sus nombres, como herederos abintestados de Juan Domínguez, pidieron al Juez de Menores de Ayamonte se les entregaran los bienes del difunto, habiendo pedido dicho Juez una fianza de 600 ducados y para ello los tres hermanos han pedido al dicho Francisco de Palencia que los fíe, los otorgantes, por la presente carta y haciendo de deuda ajena suyas propias otorgan que salen por fiadores por los dichos 600 ducados, y se obligan a que, siéndoles entregados dichos bienes a los tres hermanos, cada vez que aparezca vivo Juan Domínguez o alguien que mejor derecho tenga a sus bienes, los tres hermanos devolverán los bienes que tengan del difunto hasta cantidad de los 600 ducados, puestos en Ayamonte ante dicho Juez de Menores el día que este diga, para lo cual ambos obligan sus personas y bienes y se someten especialmente al fuero y jurisdicción de Ayamonte, y el Alcalde Ordinario Juan de Chávez certifica que Juan de Saucedo y Francisco de Palencia son abonados y tienen más bienes de 600 ducados, y él mismo recibe por su cuenta y riesgo dicha fianza, y si le pareciere no ser segura, dicho Alcalde Ordinario la pagará con su persona y bienes, que para ello obliga. Dado en el Señorío de Castilleja de la Cuesta a 5 de mayo de 1605 siendo testigos Andrés de la Barrera, Francisco Vázquez y Martín de Cabrera, vecinos y estantes en esta Villa.

Juan de Saucedo y Catalina Guillén su esposa* conocen a Francisco de Palencia y a Juan de Chávez, Alcalde Ordinario, y dicen que por cuanto dicho Francisco de Palencia salió por fiador de los tres hermanos por los dichos 600 ducados y se obligó a todo lo susodicho, y porque dicho Francisco de Palencia les ha pedido escritura de resguardo, los otorgantes se obligan a no pagar ni gastar cosa alguna de la dicha fianza, ni pedirle a Francisco de Palencia nada en razón de lo susodicho, y si algo le pidieren lo pagarán luego más las costas que se originen, y que por ello los pueda ejecutar con sólo su juramento. Y a todo ello obligan sus personas y bienes. Dado en Castilleja a 5 de mayo de 1605, siendo testigos Francisco Vázquez, Martín de Cabrera, Andrés de la Barrera, Hernando de las Cuevas, Blas Sánchez y Roque de las Casas.

* Pudo ser una belleza salada,
con el océano nocturno,
chispeante de luna,
en las pupilas.
Pudo haber traído
Catalina de Ayamonte
un océano nocturno,
hirviendo con chispazos
de su blanca luna en las pupilas.

Aureolada con ausencias de gaviotas,
lastran algas sus torpes pasos,
enredados en las flores de Aljarafe.

En el sur fija
una estrella fría
la geometría.

Juan de Saucedo, Alguacil Mayor de Castilleja de la Cuesta, da todo su poder a Martín Hernández el viejo y a Martín Hernández el mozo y a Julián Nieto, vecinos de la Villa de Ayamonte, para que en su nombre puedan cobrar de Diego López Paposso* (sic), vecino de dicho Ayamonte, 18 ducados que le debe según escritura ante Diego González, escribano público de dicha Villa. Dado en el Señorío de Castilleja a 17 de enero de 1606, siendo testigos Bernardo de Espinosa, Diego González y Juan de Miranda.

* María González, viuda de Bartolomé Paposo, liberó a su esclava Francisca [año 1667] que al parecer era hija de su marido e incluso la propia María la había amamantado conociendo la realidad de su paternidad (La esclavitud en Ayamonte... pág. 149). En 1607 Blas Rodríguez, vecino de Ayamonte, reclamó a Alonso Domínguez Paposo 110 ducados que le había pagado por Domingo, negro de 20 años, porque le había asegurado que no era huidor y contrariamente se le había fugado.

Benito Esteban, hijo de Benito Esteban y de Leonor Díaz, natural de la Villa de Ayamonte y vecino de Sevilla en la collación de San Gil, estante al presente en esta Villa de Castilleja, recibe de Juan de Saucedo su cuñado, vecino de esta dicha Villa, ausente, todos los maravedíes que por su poder Saucedo ha cobrado en Ayamonte y en otras partes de la herencia que le cupo de sus padres, así los que estaban en tutela y administración como en otra forma, excepto que no entren en ello unas casas que el otorgante tiene en Ayamonte, porque de ellas han de liquidar cuentas. Que todo lo demás dicho Saucedo se lo ha pagado a Francisco de Ontiveros en nombre del otorgante, de lo cual se dá por contento y pagado, y si algo más le pidiere, que no sea oído en juicio o fuera de él, y que lo pueda ejecutar. Dado en esta Villa de Castilleja a 20 de febrero de 1606, siendo testigos Juan de Miranda, Rodrigo de Frías y Luis Pérez Arias.

En la Villa de Castilleja de la Cuesta en 22 de mayo de 1606, Juan de Saucedo y Benito Esteban, de común acuerdo y conformidad para hacer las cuentas de la hacienda que Saucedo cobró en Ayamonte de Juan Domínguez, difunto, que pertenece al dicho Benito Esteban y a Catalina Guillén y a Francisca de Vargas sus hermanos, nombraron por tercero a Francisco de Palencia para que haga las cuentas y dé a cada uno lo que le perteneciere, y lo firmaron de sus nombres.
En dicho día Juan Rodríguez de Medina, Alcalde Ordinario de esta Villa de Castilleja, mandó se le notifique al dicho Francisco  de Palencia para que acepte dicho oficio de tercero nombrado por las partes. En dicho día el escribano Juan de las Cuevas notificólo y Palencia aceptó jurando hacer dicho oficio y las cuentas lo mejor que Dios le diere a entender. Luego Palencia pidió al Alcalde Ordinario que haga declarar a Saucedo todos los bienes que ha cobrado, los que queden en Ayamonte, y los gastos que ha hecho en la cobranza. El Alcalde así lo mandó. En dicho día 22 Saucedo declaró bajo juramento que en virtud del poder que se le dió ha cobrado: de Diego López Paposso, tutor y administrador de dichos bienes, 16.803 maravedíes del alcance de la cuenta que dió de la tutela que tenía a su cargo; parece que vendió un tributo de 40 ducados de principal que pagaba Rodrigo de Arnedo, y otro tributo de 20 ducados de principal que pagaba Francisco de Palacios, los cuales vendió en 50 ducados; item cobró de la mujer de Pedro Alonso 26 ducados por un tributo de 30 ducados que redimió, que monta lo que ha cobrado 45.301 maravedíes; y asimismo que hay de bienes para cobrar que se le deben un tributo de 130 ducados de principal que pagan Alonso ¿Martínes y su mujer?, vecinos de Ayamonte en la calle del Cabezo sobre unas casas en la dicha calle. Item tienen otros 100 ducados de principal de tributo que pagan los menores de Zamudio sobre sus casas, que montan los bienes que tienen en Ayamonte 86.250 maravedíes.
Parece que en la dicha cobranza ha gastado lo siguiente: pagó por el alcábala de la venta de los tributos 26 reales; pagó al escribano del Juez de Menores de todas las diligencias que hizo antes 65 reales; parece que tuvo la primera vez en Ayamonte haciendo diligencias sobre la cobranza a 5 reales cada día, que montan 125 reales; item 6 días de la ida y venida a Ayamonte, 30 reales; de las peticiones de letrado que se hicieron en el pleito, 8 reales; de unas comprobaciones que hizo de poderes, 3 reales; de la segunda vez que fue a Ayamonte, que estuvo 10 días, a 5 reales cada uno, 50 reales; de 2 días que fue a Sevilla a hacer información sobre la muerte de Juan Domínguez, ... ; de comprobar la información y autos, 8 reales; de otros 10 días que se ocupó en ir a Ayamonte, 50 reales; de 2 peticiones, 4 reales; del testamento, medio real; de la fianza e información en Castilleja de la Cuesta, 8 reales; de registros y sacas de poderes, 4 reales; 2 días que fue a Sevilla al pleito de Francisco de Palencia, 10 reales; de la ida postrera a Ayamonte, 18 días a 5 reales cada uno, 90 reales; de 6 días que se ocupó en Sevilla en el pleito de Francisco  de Palencia, 30 reales; de las costas de secretarios, escribanos y procuradores del pleito de Francisco de Palencia, 40 reales. Por manera que suma lo que ha gastado en la ... ... que dicha es 19.176 maravedíes. Y que así era la verdad so cargo del juramento que hecho tiene. Firmó Palencia, y Benito Esteban, presente, aprobó los dichos gastos por cuanto han sido hechos por sus herederos, y quiere que se le reciban en cuenta al dicho su cuñado Juan de Saucedo.
Y luego en dicho día el tercero Francisco de Palencia hizo la cuenta siguiente:
Cargo a Saucedo de 45.301 maravedíes que ha cobrado conforme a su declaración, de los cuales descarga los dichos 19.176 maravedíes que parece ha pagado conforme a dicha declaración. Por manera que resta debiendo el dicho Juan de Saucedo 26.176 maravedíes, los cuales parece que pertenecen a Catalina Guillén su mujer, y a Francisca de Vargas y al dicho Benito Esteban, hermanos, por iguales partes, y que ellos se les reparten en la manera siguiente: a Benito Esteban 8.708 maravedíes, a Francisca de Vargas 8.708, y a Catalina Guillén 8.708. Y es declaración que los dichos 230 ducados que se deben en Ayamonte son de todos tres hermanos, la tercia parte a cada uno. Y asimismo es declaración que si Saucedo ha cobrado alguna cosa más ha de dar cuenta de ello para partirlo igualmente.
Y parece que Saucedo ha pagado a Benito Esteban los maravedíes siguientes: por un conocimiento firmado del dicho Benito parece haber recibido 210 reales, que sacados de los 8.708 maravedíes que ha de haber se le restan debiendo al dicho Benito 4.964 maravedíes, como parece por esta cuenta. Y parece que la dicha Francisca de Vargas ha recibido de Juan de Saucedo 224 reales como parece por un conocimiento que de ello dió, y sacados de lo que ha de haber se le restan debiendo a dicha Francisca de Vargas 1.092 maravedíes, que le ha de pagar dicho Saucedo.
Y con esto Francisco de Palencia dejó hecha y acabada esta cuenta, y juró por Dios que la había acabado lo más justamente que Dios Nuestro Señor le ha dado a entender, sin agraviar a las partes, y lo firmó.
En dicho día 22 ante el Alcalde Ordinario Juan Rodríguez de Medina presentó esta cuenta Francisco de Palencia, y dicho Alcalde mandó dar traslado de ella a las partes, notificándo a éstas en sus personas el escribano Juan de las Cuevas, las cuales la aceptaron obligándose a pasar por ella. Testigos, Diego González, Juan Rodríguez y Juan Payán.

Fallo que me debo de conformar y conformo con el ... dado en esta causa por los ..., y mando a las partes la guarden y cumplan so pena de 50.000 maravedíes. Y así lo pronunció y firmó el Alcalde Ordinario, en 22 de mayo de 1606, y el escribano Juan de las Cuevas notificó de ello a Saucedo, a Benito y a Francisca. Testigos, Diego González y Juan Payán.

Benito Esteban, hijo de Benito Esteban y de Leonor Díaz, natural de la Villa de Ayamonte y estando al presente en esta de Castilleja de la Cuesta, recibe de Juan de Saucedo su cuñado, vecino de esta Villa, 143 reales y 12 maravedíes, con los cuales le acaba de pagar todos los maravedíes que por él cobró en la Villa de Ayamonte, así de la herencia de sus padres como de las de sus hermanos Juan Domínguez y Miguel Martín, que las partidas que en su nombre cobró las declaró Juan de Saucedo en la cuenta que dio al otorgante, de que fué testigo Francisco de Palencia ante la Justicia de esta Villa de Castilleja y ante el presente escribano, conforme a la declaración y juramento que dicho Saucedo hizo, y de los 92 reales que la otra vez que fué Saucedo a Ayamonte cobró, porque si volvieren más partidas cobradas no entrarán en esta carta de pago, y de todo lo que debe y de los alcances de las demás cuentas este otorgante se da por contento  y pagado a su entera satisfacción, y acerca de ello entrega esta carta de pago y finiquito, a lo cual obliga su persona y bienes. Dado en Castilleja de la Cuesta a 4 de diciembre de 1606, siendo testigos Juan de Miranda, Pedro Navarro y Bernabé de Espinosa.

Notas varias, 2v.

Por mediación de las visitas anuales efectuadas por las máximas autoridades religiosas de la provincia para supervisar el estado y buen gob...