lunes, 30 de junio de 2008

Golpe al Antiguo Régimen (III)

El fedatario, el Regidor y el Teniente, a saber: Jose Cordero Baena, Alonso Martin de Luna y Juan Pacheco de Castro, se encontraban en una sala, alrededor de una mesa, reconfortándose con el calorcillo de un brasero de cisco y con sendas jícaras de loza llenas de espeso chocolate recien hervido, el segundo y el tercero pendientes de una historia que contaba Cordero con sus grandes dotes de narrador, cuando sintieron unos secos golpes en la puerta principal. Franqueada la entrada al notario Vanderleye, con la voz engolada, hueca y falsa que, uno se imagina, deben usar los camaristas del Vaticano, expuso éste brevemente las exigencias del vicario a los tres hombres. En modo alguno tales exigencias les cogieron por sorpresa, ya que a pesar de los pocos meses que llevaba en el pueblo a la cabeza de la Parroquia de Santiago, conocían sobradamente al cura.
El Teniente tomó la palabra:
—Don Juan, hágame la merced de decirle al Señor Vicario don Miguel que no tenemos preso a su criado por cosa eclesiástica alguna, sino por negarse a hacer la Cruz para jurar como testigo en un caso que nos ocupa —. Observó con detenimiento a Vanderleye, pero su rostro parecía tallado en piedra.
—Como es ampliamente conocido, negarse a testificar una vez citado para ello por la Autoridad es un delito —apostilló en tono cortés mientras seguía mirando con fijeza al notario. Y añadió:
—Mientras persista en su actitud de no colaborar con los intereses comunitarios, que yo represento y defiendo en Castilleja, seguirá preso, le pese a quien le pese—. Y Vanderleye, que había permanecido militarmente firme a la entrada de la estancia, inclinación breve de cabeza mediante se retiró hacia el exterior para llevar la contestación al cura.
Bastante molestos por tan inoportuna interrupción, dejaron de lado la sustanciosa historia del escribano Cordero para comentar la intempestiva y turbadora visita del siempre desagradable notario mayor.
—Dios los cría y ellos se juntan—, sentenció Cordero, aludiendo al vicario, y corrigió con sorna Martin Luna: —los cría o los crea—, arrancando prolongadas risas en sus compañeros.
Era Cordero hombre abierto a la Ilustración, con espíritu científico alimentado por frecuentes lecturas de autores de vanguardia, y partidario de dejar que el pesado armatoste eclesiástico, para bien de la sociedad hispana, fuese quedando abandonado en la cuneta del camino hacia el futuro, liberando a una humanidad necesitada de razón, bienestar y progreso. Enemigo acérrimo de la oligarquía local, permanecía en la base del escalafón social por no querer establecer vínculos con los que consideraba "ricachones repletos de ventosidades". Este talante no impidió que llegase a poseer, gracias a la pura actividad de su oficio escribanil, varias vacas, y que mantuviese con salario y comida a un Maestro de Gramática para su hijo, al que quería preparar para el ingreso en la Universidad. El niño iba despábilándose en cosmología, historia de las civilizaciones griega y romana, traducción de poetas y prosistas clásicos, composición gramatical, historia de España o lengua latina día tras día encerrado con el profesor, mientras fuera en la Plaza los otros chiquillos contribuían al analfabetismo rampante estudiando giro de peonzas, trayectorias de canicas y saltos de tabas.

Desapareció de la casa la estela repelente del emisario de don Miguel. Poco a poco volvió a ellos la musa del buen humor y la camaradería, y el ambiente grato comenzaba de nuevo a reinar mientras el escribano recargaba las jícaras con una humeante chocolatera de cobre cuando volvieron a sonar los mismos golpecitos inquietantes en la puerta. Imaginando quién llamaba otra vez, pronto confirmaron sus sospechas; Vanderleye, impertinente como mosca en botica, volvía a la carga, ahora diciendo con su pronunciación de falsete que el vicario estaba dispuesto a castigar al Teniente con pena de excomunión mayor, si en el plazo de dos horas no se cumplían los deseos que les había expresado anteriormente.
Excomunión mayor. Excomunión mayor eran palabras de gran importancia. La cosa se agravaba, y el vicario debía estar realmente enfadado. Pero no perdió el Teniente por ello la conciencia y el sentido de su propia autoridad; su autoestima y dignidad no le permitían tolerar semejantes amenazas, como jefe que era de los destinos del pueblo. Ya que el cura quería autos, los iba a tener; hizo llamar por medio del Regidor Martin de Luna a los demás componentes del Cabildo, citándolos para que se reunieran con ellos cuanto antes en casa del escribano.
Fueron llegando, más pronto que tarde, todos los restantes regidores, el Alcalde de la Santa Hermandad, el Alguacil Mayor y otras personas de peso y relevancia social: quería el Teniente hacer todo a lo grande, sin dejar resquicios para equívocos o malinterpretaciones, y mientras más testigos hubiera, mejor para su causa.

domingo, 29 de junio de 2008

Golpe al Antiguo Régimen (II)

Son las cinco de la tarde, y no hace mucho frío para el mes de diciembre. Las calles están vacías porque todo el mundo celebra en familia la fiesta, congregados en los hogares. Los espíritus se ablandan, reina la paz, se reparten regalos, abrazos, buenos deseos. A los niños les brillan los ojos con el fulgor de las ilusiones y los juguetes, y a los mayores con el del aguardiente. Huele a castañas asadas, a fuego de leña. Si miramos por las ventanas, vemos la misma escena en cada casa: se percibe la alegría como canto de grillos lejanos, como arrullo de pájaros primaverales o borbolleo de riachuelos saltarines. Aquí y allá una flauta, una vihuela, una pandereta sostienen a improvisados cantantes, a veces voces infantiles, que entonan letrillas con el niño Jesús por tema central. Han vuelto los que se fueron, hay reencuentros, historias que narrar, besos debidos, pasiones olvidadas. El ambiente navideño lo suaviza todo, y a todo da un resplandor especial. Y como una esperanza dorada deja el sol en las mohosas veletas, en las chimeneas que humean plácidamente y en los pináculos blanquiazules sus paneles de oro, hoy más bellos que nunca.

Juan Pacheco y Alonso Martin de Luna acababan de ponerse de acuerdo en ir a felicitar las Pascuas al escribano Jose Cordero, hombre afable y simple, de bondadoso natural y divertida conversación, que muy bien se merece esa atención.
Los ve desde la cárcel Francisco Vazquez.
Don Miguel, como hemos dicho, también los está viendo acercarse a la morada del escribano, su vecino pared por medio junto al arco norte del recinto, en una casa que desde tiempo inmemorial es alquilada a los escribanos públicos de la villa. Cuando comprueba que han penetrado en el despacho de Cordero, entiende que ha llegado el momento idóneo para actuar. Matará varios pájaros de una vez. Quiere darles un escarmiento, aplastar la soberbia inculta de esos personajillos incapaces de sostener en la mano una pluma con delicadeza, y sin embargo entrometidos hasta debajo de las camas. Con las modas de Francia se creen con fundamentos para pisarle el terreno, pero por lo que a él respecta, tiene muy claras y presentes las directrices de sus superiores, sus propias convicciones y sus intereses; no está dispuesto, no le conviene compartir ni un ápice del mando que, desde Olivares, le ha sido investido, ni mucho menos el liderazgo que mantiene entre la masa amorfa de católicos más o menos creyentes y practicantes pero siempre hambrientos y menesterosos de espiritualidades y trascendencias.
Inmovilista, su esfuerzo cotidiano es evitar que los sencillos pueblerinos atisben y asuman como normas de comportamiento las nuevas tendencias que en el siglo se están diseminando por todos los rincones de la vieja Europa, y aunque para cegarlos tenga que vociferar hasta desgañitarse desde el púlpito los latines más rancios a la vez que intrigar hasta las profundidades más tenebrosas no cejará en su empeño de no ceder ni un palmo del terreno que secularmente y con tanto esfuerzo ha obtenido la Iglesia, aquella institución que es su objeto de admiración y su razón de ser; cuenta, además de con la mayor parte del clero hispano, con poderosos aliados entre la aristocracia.
Se ha atrevido el miserable Teniente de Gobernador, un desarrapado boyero y destripaterrones empachado de beber en las infectas fuentes inglesas y francesas ideas subversivas y disolutas, a encarcelar, sin la más mínima consulta, a su criado Francisco Vazquez, de forma tan insultante cual bofetón inesperado en pleno rostro. Cuando se enteró de ello, quedóse anonadado y un sudor frío lo bañó de pies a cabeza. Nunca se había sentido de aquella manera.
Pero él era un caballero y no iba de ninguna manera a rebajarse; primero enviaría a su notario Vanderleye a presionar al tenientillo, con encargo de tomar posesión de los autos formados contra su criado; así lo determinó aquella tarde, con el convencimiento de que ello bastaría para doblegar a aquel mozalbete metido a Gobernador local; de forma que se puso en marcha, inmediatamente después de verlos entrar en casa del escribano. Cuando Vanderleye, como un artefacto mecánico, se disponía a salir de la estancia para cumplir la orden, el vicario le llamó la atención con un gesto:
—Diles que tienen dos horas, con apercibimiento de censuras— añadió para redondear el mandado.
Se sentía poderoso y quiso que su autoridad quedase patente, buscando con sus palabras tajantes y sus duras frases imposibilitar cualquier vía dialogada para la solución del conflicto: ni estaba dispuesto a entrar, con la degradación que ello suponía, en razonamientos con aquella gentuza, por inculta e inferior, ni quería arriesgarse a que, en caso contrario, interpretasen una actitud abierta como signo de debilidad.

sábado, 28 de junio de 2008

Golpe al Antiguo Régimen (I)

Al otro lado de la Plaza, en una blanca casa doblada de persianas verdes siempre echadas, junto a la torre de la Iglesia, el vicario Miguel Vazquez Forero departía, después de un no menos opíparo almuerzo que el de sus vecinos, con el notario apostólico don Juan Vanderleye. Era Vanderleye alto, calvo y de piel blanca como la leche, la cual junto a sus largos miembros dábale un extraño aire feminoide; recordaba el físico de Vanderleye al de los dómines que el genio de Quevedo retrató en sus escritos satíricos; con un cerebro que sus propias especulaciones mezquinas y egoístas habían transformado en una máquina sin emociones ni sentimientos, pero también con enormes capacidades adaptatorias y unas tendencias sumisas que encajaban a la perfección con el temperamento de don Miguel, Vanderleye pertenecía a una estirpe de sacristanes, notarios, sochantres, escribientes, vestidores y monaguillos que desde más de cien años atrás hacía y deshacía en la parroquia de Santiago. Resistían los Vanderleyes todas las tormentas, y se replegaban dóciles cuando el cura de turno les mostraba antipatía, consiguiendo así, encorvados como escarabajos, mantenerse en sus ocupaciones heredadas. En algunos períodos de poca fortuna aparecían con sus nombres escritos a la ligera y desposeídos del "Don" de rigor en las testificaciones de los documentos eclesiásticos, dándoles categoría de simples auxiliares de ínfima condición; en estos casos las escrituras indicaban a las claras que el vicario en cuestión los tenía en menoscabo, y los menoscabados lo sufrían en silencio, a la espera de tiempos mejores.
No era el caso de don Miguel, quien utilizando su mejor caligrafía estampaba en toda ocasión una D como un elegante y elástico cisne paradisíaco u orlaba cada inscripción de casamiento, de defunción o bautizo de un Vanderleye con primorosos dibujitos floridos y delicadas filigranas, como si fuesen los poseedores de tan exótico apellido un jardín que cultivar.
Don Miguel, un hombre relativamente joven, de constitución corpórea angulosa y cabeza cuadrada que daba impresión de fortaleza física a pesar de tener una estatura inferior a la normal en aquella época, se hallaba sentado en un sillón en lugar preferente de la alcoba, con un librito en las manos. Tenía unas espesas cejas oscuras que contrastaban con sus ojos celestes cercados de arruguillas bajo los que imperaba una nariz grande, tosca y deforme como un risco serrano; su rostro, de ordinario tan blancuzco como el de su ayudante, se incendiaba en tonalidades rojas, verdes y amoratadas por los frecuentes arrechuchos de ira y embuchados de soberbia que sufría, y que solía descargar en todo desgraciado que tuviese la mala suerte de estar en su radio de acción. Entonces sus claros ojos garzos eran dos espadas de hielo que atravesaban hasta el alma a quien se ponía por delante.

De vez en cuando el vicario se levanta de su sillón y mira por las rendijas de la ventana. Al cabo del rato divisa al Teniente y al Regidor, que salen de la casa de este último tras el banquete servido por Beatriz que acabamos de describir, los cuales fumando se dirigen displicentemente hacia la oficina del escribano.

Encorvado y vacilante, cubierta la calva con un sombrero marrón y con su bastón bajo el brazo, Martin daba torpes y rápidos pasos de animalillo al lado del joven Teniente.
—Por lo más sagrado, ¿cómo se atreve este patán a negarse a testificar? —preguntó a su compañero, con la voz cargada de incredulidad.
—No es de fiar, y nunca lo ha sido. Figúrese usted, aleccionado como está por el vicario, al que además teme como a una vara verde. Pero, señor Martin de Luna, unos días a la sombra tendrán la virtud de hacerle reflexionar. Nada reblandece tanto la voluntad como la humedad de ese cuchitril —dijo Pacheco, chupando de su cigarro a pleno pulmón.
—La humedad y alguna cucaracha que otra —añadió sonriendo, tras una pausa.
—Por lo más sagrado, tenemos que demostrar a esa caterva de desgraciados quien es el que manda en esta villa... o vamos a acabar en los corrales... —comentó el anciano bormujero en el momento que ganaban el otro lado de la Plaza, después de sortear un arroyo embarrado que la atravesaba desde la entrada de la calle de Enmedio hasta el extremo sur, para irse a perder por la de Mariquita abajo hacia la Calle Real. Pasó un campesino embozado en su basta capa, a lomos de un mulo que resoplaba nubes de vapor, y saludó con voz hueca.
—Seguro que está el vicario espiandonos tras la persiana, ¿no le parece? —preguntó el Teniente a su acompañante después de haber devuelto el saludo al arriero.
—Seguro es poco —respondió Martin, oteando disimuladamente hacia el balcón.
—Que mire, que mire.

viernes, 27 de junio de 2008

Beatriz recuerda (y IV)

Para Beatriz Tovar hubo otro día de Navidad memorable: el del año 1730; por aquel entonces todavía vivía su marido, bormujano enviudado de un primer matrimonio y que se llamaba Alonso Martin de Luna: hombre apocado y tímido en apariencia pero con un oculto afán de medro, unas internas ambiciones desmedidas y una determinación de hierro. Había llegado, en base a prodigar halagos y reverencias, a que se le tuviera en consideración en Castilleja, hasta el punto de ser nominado Regidor. Desempeñaba el cargo con aparente humildad, anodinamente y siempre en segunda fila, aunque tomando detallada cuenta de las actuaciones de los demás componentes del Cabildo, anotando científicamente sus puntos débiles, sus vulnerabilidades, en espera de que el tiempo le brindara la ocasión de escalar posiciones sociales ya fuera pisando sobre sus cabezas. Todo ello potenciado por cierta mezcla de desprecio y odio que, no solo hacia sus colegas, sino hacia el pueblo de Castilleja en general tenía este desarraigado personajillo venenoso. El hombre parecía uno de esos roedores que abundan en el Alfarafe, pequeño y vivaz, con nariz afilada y prominente, cejas siempre enarcadas y unos ojillos asustados y brillantes que nunca parpadeaban. Parecía en todo su talante estar a la espera de un terremoto, una catástrofe, una invasión de ejércitos extranjeros, siempre vigilante a un lado y a otro, siempre agitado y en estado de alarma. Miraba rehuyendo el rostro de los demás, por encima del hombro de su interlocutor en la medida que se lo permitía su escasa estatura, o hacia otro lado, hablando nervioso y con prisa. Era, en suma, un ser esquivo y huidizo, y muy hábil en crear en los demás sentimientos de culpa, lo que podía llegar a hacerlo temible, sin que nadie supiera decir muy bien cómo y porqué.
Alonso Martin de Luna contaba sesenta años de edad cuando ocurrieron los hechos que nos disponemos a referir, empezaba a sentirse asqueado de su mujer que, entregada en cuerpo y alma al vicio de la gula, acumulaba día a día grasas, malos modos e irrascibilidad, y por no sentirla cacharreando en el interior o en los patios, se pasaba horas y horas sentado en el balcón sobre la Plaza, mirando a las muchachas que la cruzaban, risueñas, airosas y atractivas, vigilando las entradas y salidas en el vecino caserón del Cabildo o perdido el pensamiento en recuerdos de su Bormujos natal mientras dejaba quieta la vista sobre la vibrante Vega azul celeste extendida en el horizonte. A veces se quedaba allí hasta altas horas de la noche; se identificaba con la luna llena cuando se elevaba por el este; es de suponer que su apellido lo había condicionado sembrando en él una tendencia o actitud sicológica en la que el satélite estaba imbricado en su existencia como algo personal, un poco como parte de sí mismo; de niño tenía horribles pesadillas en las que el pálido disco abría una enorme boca monstruosamente dentada y se acercaba para devorarlo; entonces siempre se orinaba en la cama, mas con el paso de los años superó esa etapa. Sin embargo la luna llena en el oeste, que en estas latitudes aparece antes del amanecer, le había causado pavor y se lo seguía causando: cuando en su nuevo hogar castillejano se despertaba de madrugada y veía el escenario silencioso con los muebles iluminados de irrealidad a traves de los ventanales traseros, se figuraba que iba a aparecérsele el fantasma de su primera mujer para martirizarlo con antiguas acusaciones y reprimendas.
En la medida que Beatriz engordaba su cara le parecía cada vez más una luna fría y desdeñosa que miraba al mundo —y a él mismo— con cansancio y asco.

En la mencionada Navidad, 25 de diciembre de 1730, decidió Martin de Luna invitar a comer en su casa al entonces jovencísimo Teniente de Gobernador, nuestro ya bien conocido albeitar, cosario, herrero y labrador Juan Pacheco de Castro, que por su formalidad y madurez había sido designado para cargo de tanta responsabilidad; la mesa, atendida por una más que obesa Beatriz, sofocada por la falta de costumbre de atender invitados, se podía adjetivar de completa: había un guiso de carne de conejo regado con vino tinto, chacinas variadas, verduras en aliño, frutos secos, higos y pastelitos. A pesar de ello Juan Pacheco no se sentía demasiado cómodo, y si aceptó la invitación del bormujano fue por especulaciones de diplomacia y de política, por afianzar lazos en la corporación, que en un futuro podía ser puesta a prueba.

No iban a transcurrir muchas horas antes de que así fuera.

jueves, 26 de junio de 2008

Beatriz recuerda (III)

Sebastián Caro decidió denunciar a Beatriz al siguiente día tras despertarse por la mañana, buscando reparar su honor maltrecho y vilipendiado ante tanta gente como se había congregado allí la noche anterior. Vistióse, desayunó y se dirigió, sorteando con agilidad grandes charcos que reflejaban un cielo purísimo, a la Casa del Cabildo, procurando ni mirar siquiera hacia las ventanas de la viuda.
El compañero de Sebastián tras la carreta resultó ser el perseverante lector Juan de Vallecillos, que había recien cumplido los treinta y cuatro años; sabemos que su amistad con los Caro se prolongó al menos hasta los hechos de Las Escaleras en 1746; allí lo conocimos en la era de Agustín Caro con su buey bravo. Gobernando la pareja de animales ayuntados iba uno de sus hermanos, Cristóbal de Vallecillos, de edad de veinticinco años, que dijo que no se había percatado de que tras su carreta marchaban su hermano Juan y Sebastián hasta que Beatriz de Tovar empezó a escandalizar; no sabemos si el joven conductor se había conchabado con los otros dos para escurrir el bulto, pero sin duda salió bien parado con su excelente coartada.
El referido Cristóbal había apalabrado para aquella noche un encargo de varias personas que deseaban trasladarse al pie de la Cuesta: tres mujeres que iban a una boda, a celebrar en Camas por la mañana, un padre franciscano con una pústula en la canilla para que se la sajaran en el hospital, y dos jornaleros contratados por un cortijero de La Rinconada; se dirigía con la carreta a recogerlos en la puerta del Convento cuando sucedió el inesperado episodio.
Otro que presenció el lamentable espectáculo fue Manuel de Vallecillos, de veinticinco años y primo hermano de los anteriores, que marchaba aprovechando el cese de la lluvia desde su casa al Estanco de Tabacos cuando oyó los insultos que profería Beatriz.
La cual no se hallaba en su casa cuando fueron las autoridades a prenderla precisamente la víspera de Nochebuena día veinticuatro de diciembre; dicho veinticuatro se dió orden de embargo contra ella, aunque no le encontraron más bienes que su misma casa. Todo parecía indicar que escogieron ese día con la intención de causarle el máximo daño, de lo que se deduce que hasta en las esferas administrativas estaba presente y latente la animadversión hacia la antipática anciana. Es de resaltar que ésta tenía como vecino pared por medio a Francisco Tovar, su propio hermano, pero hay que suponer por pura lógica que el tal Francisco no se encontraba allí aquella noche de tormenta y disputa.
El siguiente día, Navidad, se abrió soleado y fresco, coronado de fijas, escasas nubes altísimas y blancas. Con el ascenso del sol invadían las calles parroquianos engalanados, en grupos familiares con los niños escamondados y relucientes; gentes abigarradas, con las indumentarias más coloristas, paseaban arriba y abajo llamando a las puertas de sus conocidos, o arremolinándose en las puertas de las iglesias con estudiados pavoneos, envidiando de reojo a quienes, de natural más distinguido o de fortuna más relevante, se convertían en centro de atención de propios y extraños; estos últimos, procedentes sobre todo de los pueblos más cercanos, se caracterizaban por la forma de observar en derredor y por los ademanes inseguros. Grupos de muchachos, vigilados disimuladamente por los alguaciles, marchaban entre risas y bromas, intentando captar la atención de las bellas. Vendedores cabalgando grandes mulos de angarillas o humildemente a pie con un canasto en el brazo pregonaban por las esquinas juguetes baratos, quincallas y chucherías. Algún que otro orondo hacendado, con casaca bordada, bastón y sombrero de plumas, cruzaba el centro del pueblo, acompañado de su invitado de turno y del inseparable esclavo, andando y mirando como si sus pasos y sus miradas fueran regalos valiosos que derrochaba en un arranque de generosidad. En las tabernas y despachos de aguardientes los informales y marginados, algunos solterones maduros y viudos alegres, hampones y truhanes, todos gente libre e independiente, pagaban una ronda tras otra intentando borrar rencillas y diferencias. De cuando en cuando un lujoso carruaje en cuyo interior se adivinaban damas elegantes y caballeros refinados daba la vuelta a la Plaza, o enfilaba la Calle Real, para desaparecer en el portal de alguna hacienda o perderse hacia las afueras.
En este ambiente a media mañana volvieron el Teniente de Gobernador y el escribano público a casa de Beatriz, llamando reciamente a su puerta entre la espectativa general; abrió su hija María Martín, esposa de Andrés Montaño, y no se mostró colaboradora con ellos, lo que era muy disculpable; aseguró desconocer el paradero de su madre, pero nadie la creyó, como es natural.Se siguió buscando a la anciana "en las partes públicas y secretas de la Villa" sin éxito. Sebastián Caro, cansado, no tuvo más remedio que retirar la demanda, en gran parte porque los alguaciles con sus indagaciones infructuosas ya no daban más de sí.
A pesar de no haber resultado, por ello, acusada, aquella Navidad amarga quedó como un poso inmóvil e insufrible en el fondo atormentado del alma de Beatriz ya para siempre.

miércoles, 25 de junio de 2008

Beatriz recuerda (II)

No pudo dominar sus sentimientos, diríase que la losa hendida fuese un ser querido agonizante; hemos dicho que había reconocido por la forma de andar a uno de los hombres, contra el que su lengua cobró vida propia, como si hubiese sido el órgano bucal lo atropellado por la maciza rueda de la carreta; en la anciana, toda ella energía acumulada en años de soledad y amargura, había un volcán silente que explotó en su garganta cuando comenzó a gritar como invadida de santa ira:
—¡¡Cabrón!! ... ¡villano, Sebastián! ... ¿no me respondes, pícaro cabrón? ... ¡villano! —y blandía con furia el pesado velón ya apagado.
—¡Ven aquí si tienes lo que hay que tener, mariconazo! —insistía agitando los brazos gritando fuera de sí aquel esperpento de luto.
—¡¡Maldita sea la puta que te echó al mundo!! —exclamaba a la par que se daba golpes en el pecho con los puños, entre ayes y estertores.
En efecto, no le respondían porque ni Sebastián, que de Sebastián Caro se trataba, ni su acompañante estaban dispuestos a entablar diálogo con semejante furia, galvanizados por los insultos soeces que se clavaban en sus espaldas; tenían que ignorarla al menos hasta que se hubiese aplacado; intentaron proseguir la marcha pero la anciana continuaba vociferando vituperios que resonaban en la noche como petardos y no había escapatoria posible. Añádasele que pronto salieron de sus casas y se fueron acercando al lugar algunos vecinos, difuminados por la oscuridad. Varios presos en la cárcel, ante cuyo ventanillo la carreta se había detenido, despertados de su sueño intranquilo se asomaban denostando a los alborotadores, y la espectación hizo que el carrero tan aludido en su honor ensayase un amago de enfrentamiento en busca de explicaciones con la mujer, única salida que su instinto hombril le demandaba, aunque desistió de ello al momento, aconsejado por su compañero. No se le veía el fin a la interminable diatriba de la viuda.Voces cercanas terciaron, en tonos moderados, con la intención de devolver la cordura a Beatriz y el sosiego a Sebastián. Éste preguntó a su compañero:
—¿Estará loca?
Y el aludido negó con la cabeza.
—Mírala —le dijo en voz baja—; está caliente.
—¿Con este tiempecito?
—No depende del tiempo, Sebastian. O, mejor dicho, sí: del tiempo que hace que no tiene a un macho entre las piernas.
—¿Será esto posible?
—La vida.
—¿Y por eso todo el alboroto?
—Me apuesto el pescuezo.
Tras unos minutos de indecisión acabaron él y sus acompañantes de marcharse, sin mirar atrás, y la anciana se retiró al interior de su vivienda dando un fuerte portazo, entre los comentarios en voz baja de los curiosos. Bajaron los carreteros hacia la calle del Convento, por la que discurrían riachuelos. El monasterio estaba dormido entre sus palmeras.
Por fin la paz volvió a la Plaza. Cesó de ventear. Silencio.
El goteo de los aleros adquirió un rítmico protagonismo en la desierta ágora.
Hacia el norte, lejano y pedregoso, se oyó un apagado trueno.

Beatriz recuerda (I)

Empezó a recapitular. Se le representaban los hechos con los más mínimos detalles. Se sentó en el salón, inmóvil y con la mirada perdida dejando que las cosas pasadas volvieran a recuperar animación en su mente.
El apuntado día de diciembre del año 1741 cayó un diluvio sobre el pueblo, y Beatriz lo volvió a ver tras de sus parpados semicerrados; los canalones arrojaban chorros ruidosos al suelo entre espesas cortinas de agua vertical que porraceaba sin piedad las casas y las calles con un retumbar atronador, y la viuda volvió a escucharlos. Tanta era la lluvia y tanta su fuerza que las personas se sentían solas, como encerradas cada una en un lugar nuevo, desconocido y aislado. Evocó muchas lluvias, las que había vivido y las que le contaron sus padres y sus abuelos, y la rememoranza de aquella reclusión acuática le produjo inquietud; la catarata interminable daba a las palabras y gestos de las personas significados lejanos, como en sordina, lo que acentuaba la sensación de que cada cual era él mismo en abandono, desvinculado de todo lo que no fuera la fuerza ancestral e inevitable del chaparrón, y como en la espera de que su cese conllevara el advenimiento de una resurrección o una vuelta a nacer a las dimensiones mundanas y ordinarias de la existencia. La lluvia y el recuerdo fueron la misma cosa un momento para la viuda, y sintió los ojos nublados por la emoción innombrable del agua alta que cae desde la oscuridad.
Ella estaba en este mismo salón donde repasaba su vida, dedicada a la limpieza de recipientes de metal a la luz de un velón, ensimismada en la imagen deformada que le devolvían los relucientes vientres de los cacharros, cuando sintió una carreta que subía con pesadumbre por la calle Mariquita hacia la Plaza, el chapoteo en el barro de las gruesas patas de los animales, sus vaporosos resuellos, el rechinar de las pesadas ruedas y alguna voz bronca del boyero, sonidos entre el chaparrón que se iban aproximando haciéndose cada vez más nítidos en sus oídos. Supuso que se encontraba a la altura de la casa de Juan Clemente de Luque al tiempo que creyó distinguir al carrero por el timbre de sus imprecaciones, y sus pensamientos la llevaron a imaginar al niño baldado de Clemente en su catre del desván, quizá en vela oyendo el paso del vehículo, o masturbándose para amortiguar en su alma misteriosa el tamborileo persistente de la lluvia en el tejadillo.
Cuando levantó la vista para escudriñar por su ventana el exterior en tinieblas cruzadas por las rayas de plata de la nubada un formidable crujido la hizo sobresaltarse; dejó, aterrorizada, su labor, abrió la puerta con precaución asomando solo la cabeza, y distinguió la zaga de la carreta que acababa de girar la esquina y penetrar en la Plaza, carreta tras la cual dos hombres caminaban embozados en sus chupas y sombreros, hacia la calle del Convento.
Uno de ellos era quien se había figurado.

Empezó a amainar la tromba en ese instante, dando paso a violentas rachas de viento, que como a bofetadas limpias golpeaba ventanas y árboles inmisericordemente. No hacía mucho frío pero se oían truenos lejanos y en la negrura el viento parecía cobraba inteligencia propia, malignamente golpeando donde más ruido podía provocar. Volvió la anciana al interior de su vivienda por el velón, y protegiendo la llamita oscilante con la mano inspeccionó el sitio donde creía haber oído el crujido; descubrió que la piedra rectangular que protegía la base del arco y su propia fachada, asiento inmemorial de sus antepasados, había sido removida y yacía vuelta y partida en dos pedazos casi en mitad de la bocacalle, semihundida en la mezcla de barro y excrementos que eran cuando llovía las vías públicas en aquellos tiempos.

martes, 24 de junio de 2008

El pueblo (y VIII)

Beatriz abrió el ventanal de par en par.
La viuda Beatriz de Tovar había estado toda la mañana con la nariz aplastada contra las ventanas de su casa, pendiente ahora del entierro, ahora de la puerta de la cárcel; disponía de un observatorio privilegiado y no se le escapaba nada de lo que ocurriera en la Plaza, desde su rincón al lado del arco en la bocacalle de Mariquita, calle que salía a la Real. Su casa era de dos pisos, y en el balcón del superior disfrutaba de una extensa vista: toda la Vega del Guadalquivir a su paso por Sevilla se ofrecía a sus ojos, y los días claros era realmente hermosísima, desde el lejano horizonte salpicado de haciendas blancas bajo los oscuros altos de los Alcores, hasta la ciudad nítida, con su Giralda enhiesta apuntando al cielo, sobresaliente de la oscura mole de la Catedral; y más acá, la cinta del río, orlada de fronda, reflejando la luz viva del sol, mientras abrazaba la capital; en las tardes de otoño las nubes en el amplio espacio eran de una completitud grandiosa, fantasmalmente iluminadas desde occidente con toda las tonalidades de oros, rojos y violetas. Mastodónticas columnas de apabullante belleza, montañas de albor, explosiones místicas capturadas en vuelos colosales, el espacio se engrandecía hasta la emoción con aquellas formas espectaculares, con aquellas flotantes maravillas.
Después de mirar todo aquel inmenso panorama y bajar la vista al recinto delimitado por las negruzgas jorobas de los arcos, la iglesia, la cárcel, el pósito y poco más, Castilleja le parecía algo tan insignificante como una jaula de grillos, con sus gentes que en la perspectiva del contraste, eran seres mezquinos y ridículos tras el extenso sueño espacial, la apertura ilimitada, la obra divina de cada tarde pintada por ángeles de alas de plata ascendiendo sobre Sevilla.

Era en 1746 una mujer gruesa y fofa, con una cara blancuzca y mate bañada perennemente con un sudor enfermizo, enmarcada de canas amarillas, que daba una primera y falsa impresión de bondad y sabiduría hasta que un detenido examen revelaba en sus ojos el brillo de la desesperación, del odio y la maldad, y en su boca desdibujada el rictus de la infelicidad. Entonces, el momentáneo engaño desvelado, repugnaba. Se había ido replegando hacia sí misma, frustrada por todo y todos, especialmente desde que murió su marido. De seca y cortante conversación, Beatriz no tenía amigas, y el trato con su familia se había ido reduciendo a escasos gruñidos más que palabras.La anciana, constante observadora de la Plaza, sabía que algunos se detenían en el ventanuco de la cárcel para hablar con los presos. Sabía que allí, ahora, estaba Sebastián Caro, y se alegraba; se alegró desde que lo encerraron dos días antes, e incluso hasta de noche se despertaba entre lagunas de insomnio vengativo, presa de una alteración gozosa por mirar por la ventana del balcón, apagados los candiles, en busca de alguna actividad humana. Tenía motivos para alegrarse.
Conocía de muchos años a la difunta María de la Peña, algo pariente de ella además, pero aquella mañana la cárcel, como un potente imán de fuerzas más inexorables que la misma muerte, atraía su pensamiento y su atención.Nunca podría olvidar el enfrentamiento con el boyero Sebastián Caro, ahora con su hermano en el calabozo, el jueves catorce de diciembre de mil setecientos cuarenta y uno, y la triste y angustiada Navidad que padeció por su culpa. Ya hacía de aquello cuatro años y medio, casi cinco, y por fin había llegado el momento de saborear la copa de la venganza, lo cual hacía con verdadera glotonería, deleitándose en cada sorbo. Pensaba en su fantasía que Dios le había querido premiar aquí en la tierra con el consuelo de su agravio encerrando a Sebastián como a una bestia para que ella se regocijara en su observación. Y por otra parte también, como todos los demás vecinos, había sufrido en sus carnes la pesadilla del monstruoso buey de Agustín, por lo que el placer que el encierro de los hermanos Caro le producía era doble. Pero su odio al carrero Sebastián, como hemos dejado entrever, tenía un componente más personal.

lunes, 23 de junio de 2008

El pueblo (VII)

Dos días después, el diez, enterraron a la mujer de Pedro de Casasnovas y por el ventanuco los presos preguntaron a los viandantes el inevitable ¿quién se ha muerto? al oir las campanas; contemplaron la escena juntando las cabezas en el hueco; los primeros deudos en acudir llenaron el templo pronto, y después siguieron llegando parroquianos, que se reunían en pequeños grupos silenciosos bajo los álamos blancos al lado de la iglesia, a la espera de que el vicario terminase la ceremonia. En la fachada oriental de la sacra construcción el solar descendía hacia el fondo en terraplén, dejando las tumbas ocultas desde la perspectiva de la cárcel si exceptuamos las primeras lápidas, cuyas cruces asomaban blanqueando, pero los dos hermanos pudieron ver con todo detalle el ir y venir de las gentes, del cura y sus auxiliares y de los sepultureros. El viudo, pontevedrés de origen, rodeado de sus allegados gemía con ayes cortos y repetidos, sincera, insistente y desconsoladamente: nadie imaginaba aquella mañana que se volvería a casar un año más tarde.
Ver Calles Históricas de Castilleja. Juan Prieto Gordillo. 2009.  Págs. 43-45.


Casasnovas tenía un secreto que le quemaba; le sucedió de jovencito un percance que cambió su vida, aunque no lo dejó traslucir ni lo aparentó nunca, por la cuenta que le tenía. Había entablado relaciones con una joven, todo morenez, ojos de ascuas, vecina de Aznalcázar, y hasta allí solía desplazarse muchas tardes a lomos de un borrico prestado, para hablarle a "su morena", como solía denominarla ufano. Una de estas tardes se encontraban sentados ella y él en un pedazo de prado florido a orillas del Guadiamar, ensimismados en sus ilusiones avivadas por los reflejos del sol en las aguas, cuando tres jinetes de jóvenes yegüas, todos enardecidos por el calor, las fuerzas ciegas, los deseos exhaltados, cruzaron el vado frente a ellos a pleno galope, salpicándolos abundantemente de agua embarrada. Protestó a gritos el gallego entre las risotadas de los barbianes que se alejaron hacia el pueblo. Pedro Casasnovas no olvidó la cabalgadura del último, negra cuatralba. Varios días después, habiendo dejado a "su morena" aznalcazareña ya anochecido después de pasear toda la tarde, tropezó con la yegüa, atada a la reja de un tabernucho; desde el interior del tugurio llegaba a la calle el tintineo de vihuelas y el restallido de carcajadas. Esperó tras una esquina. Ni la mirada de la luna ni el aviso ronco de un can lejano arredraron al gallego. Pronto el jinete salió, apenas tuvo tiempo de asentarse en la silla de su montura; relámpago reluciente, una ancha navaja le tajó el muslo. Cayó como un saco de patatas, huyó el agresor, ladró el can, parpadeó la luna molesta por una nubecilla deshilachada. Aquella misma noche cargaron al herido en un carro y a marchas forzadas lo llevaron a Sevilla. Moriría en el hospital al día siguiente.
Desde entonces el gallego llevaba algo en su espíritu que era como una semblanza de la tristeza que conlleva la muerte, ese castigo sobrenatural, ese misterio negro y pesado que abruma al hombre. Y lloraba en el cementerio por todos los muertos habidos, y por los por haber, y recordaba a su padre enterrado a unos metros del lugar donde ahora sollozaba. Un pequeño coro encabezado por el sochantre Vanderleye entonaba salmos, y desde el convento vecino se agregaron al sepelio también varios franciscanos, rostros barbudos, introvertidos bajo las capuchas, a pedir a Dios por la salvación de la difunta; pasaron frente a la cárcel presurosos, con las vistas en el suelo, y formaron un compacto bloque en un extremo del Carnerillo, murmurando con voces graves una oración; se volvieron a recoger casi de inmediato, llevándose en sus sandalias polvo de difuntos.

María Ana de la Peña, que así llamaron en vida a la muerta, era tan pobre como su marido, lo que conllevaba la ventaja de no tener que hacer ni testamento siquiera. Se habían casado seis años antes, en 1740, él de una familia originaria de Tomiño, en el obispado de Tuy.


                                        Hórreo característico de Tomiño


Don Miguel Vázquez Forero pensaba en Santiago de Compostela mientras cantaba sus responsos desganadamente, enervado por la presencia de los franciscanos, que aunque corta, llegó a molestarle profundamente. Luego entonaron los presentes unos rezos que llegaron diáfanos a los oídos de los que estaban en la cárcel. La campana de la antigua torre había sonado fúnebre toda la mañana y el ambiente era triste y desesperanzado para los hermanos Caro, un día de llanto, muerte y prisión. Acabado el entierro y marchados todos, cuando ya el sol estaba en su máxima altura recortando las mínimas sombras del lugar, se abrió de par en par un ventanal de uno de los balcones de la Plaza, lanzando un vertiginoso reflejo de luz de oro en sus cristales a lo largo de la fachada del Pósito.

domingo, 22 de junio de 2008

El pueblo (VI)

El mismo día de su prisión, lunes ocho de agosto, les fueron a tomar declaración el escribano y el Alcalde, con la prontitud dictada por las presiones de la familia y facilitada por la falta de actividad que aquellos días veía la población. Con tiempo para ponerse de acuerdo, no incurrieron los declarantes en contradiciones, manifestando que del incidente en Las Escaleras tuvo la culpa sola y exclusivamente el Regidor, arguyendo que los animales no razonaban; alegaron también que no habían reconocido a los que les cerraron el paso en la calle de Enmedio la tarde del atropello a causa de la escasa iluminación, discurriendo de buena fe que eran salteadores bandidos. De todo tomó nota don José Cordero Baena inclinada su redonda y casi calva cabeza sobre los papeles, garabateando su suelta escritura. En cierto momento el Alcalde, —gesticulaciones cigüeñíles—, les dio a entender que, aunque no debían desesperarse, el asunto podría sufrir alargamiento hasta que considerara tener las espaldas bien cubiertas.
Luego, a la hora de visitas ya entrada la tarde, llegaron la mujer y la cuñada de Sebastián como dos sombras de otro mundo, con un guiso humeante, pan tierno, un cuartillo de vino, fruta fresca, una bandejita de repostería recien horneada y ropa limpia; los presos compartieron el banquete con el Alguacil, y devoraron casi sin articular palabra durante media hora las viandas en la mesita del zanjuán habilitado como refectorio.Luego, vueltos entre eructos los hermanos al calabozo y Juan Cosme de Tovar a su hogar, desfilaron las horas interminables. De noche las estrellas aplaudían con silencioso parpadeo a una orquesta sinfónica de relucientes grillos que se había instalado en el corralón, interpretando un himno a la monotonía de un universo que giraba saltando imperceptiblemente con la precisión de una rueda de reloj.

Había, en las tardes de aquellos días, un sol antiguo sobre los tejados oscuros, en las copas de los árboles y en las largas tapias blancas; las sombras de los olivos se alargaban en la lontananza difuminada en oro; el aire claro hablaba de tiempos remotos, y la luz serena tenía más edad que la tierra. Las almas se sobrecogían en la belleza de aquellos gratos escenarios, mecidas en una especie de desconocimiento porque la hora borraba con su inocencia las agitadas manchas de los recuerdos, al ser recuerdo puro como era ella, recuerdo vacío de ella misma.
Tras el cementerio del Carnerillo, a lo largo de un muro media docena de viejos mascaba la existencia, con las mentes en blanco y los ojos llorosos, sentados en poyetes de piedra, con las manos en los bastones y los ojos casi ocultos bajo las alas de los desgastados sombreros. Algún perro enroscado a sus pies, algún asno por las cercanías. Miraban en silencio hacia el olivar, asombrados de tanta ternura en los surcos lejanos, de tanta delicadeza en los encajes de la menuda hojarasca en los añejos árboles; ni una brisa alteraba la estampa, y hasta los pájaros, atrapados absortos en aquel gran detenimiento, enmudecían inmóviles en las ramas.El mundo quedaba suspendido, como perdido en un suave deleite tan arrebatador que hacía diluirse la percepción del propio cuerpo venciendo con su delicadeza cualquier resistencia a su cautivador influjo.Entonces, como la voz férrea de un padre, la campana de la cercana iglesia de Santiago, cuya torre asomaba tras los corrales aureolada de celeste, llamaba a todos devolviéndoles la noción de una trascendencia que sobrevolaba el escenario resucitando, llena de belleza y sin dejarse sentir, las emociones ancestrales de los ancianos.

Los viejos con lentitud se descubrían incorporándose, para murmurar la oración de la tarde simple y magnífica mientras que en las alturas cuadrillas de cernícalos volvían desde sus cazaderos aljarafeños a los acogedores huecos de las fachadas de la Catedral hispalense.

sábado, 21 de junio de 2008

El pueblo (V)

Juan Cosme Tovar tenía un viejo sillón de cuero tras de la puerta, en un reducido zanjuán, justo debajo de algo que, más que panoplia, era un destartalado y simple rectángulo de tablones mal clavados, con dagas y espadas cortas, la mayoría de ellas rotas, desajustadas e inservibles, y media docena de grillos oxidados colgados de una enorme alcayata en la pared; al lado del sillón, una mesilla de tres patas atacadas de carcoma con poco más que la libreta de registros, un pocillo para tinta hecho de un trozo de cuerno desconchado y una pluma de amarilleantes barbas ; en este lugar era donde paternalmente supervisaba el acontecer en la institución a su cargo, descansaba de su correrías tras la delincuencia o encontraba el sosiego requerido para reflexionar sobre sus problemas familiares. Formaba asimismo, en ocasiones, tertulia de baraja y cuartillo de vino con sus tres ayudantes a tiempo parcial: Hilario "Perrita", Silvestre Montaño y el hijo del Alemán.
Muchas tardes con el buen tiempo llegaba Juan de Vallecillos, el lector impenitente, y se sentaba al fresco en el poyete de la acera, repasando los viejos documentos que el Alguacil ponía a su disposición, mientras la ciudad lejana allá abajo, una mancha clara en la Vega azulada encuadrada por el final de la calle del Convento, se iba difuminando; y cuando la luz del día ya no permitía leer encendían sendas pipas juntos los dos, él con la cabeza distraída por lo que acababa de descubrir en las escrituras y el cancerbero socarrón, ironizando acerca de los sabios habidos y por haber y de la sabiduría en general, ya fuera divina o humana. De esta manera charlaban hasta que la tarde tocaba a su fin, interrumpiendo el diálogo para saludar respetuosamente a los franciscanos mendicantes que volvían con sus canastos del brazo repletos de huevos, tomates, rebosando alguna gallina cabizbaja, sus hábitos polvorientos y sus bastos bordones de caminantes, regresando de la dura tarea de recolectar limosnas por haciendas y caseríos de Salteras, Olivares o Valencina, por donde desde el alba apelaban a la caridad de las buenas gentes.
Al otro lado de la Plaza y dirigiendo con disimulo miradas de reojo hacia ellos, también acostumbraban a formar reuniones diarias viendo pasar a la gente los dos maestros de la industria local de la salud: el cirujano y el boticario, a los que se añadía algún que otro esporádico paisano. Si bien con conversación más técnica, profunda y especializada que la de la puerta de la cárcel, Salvador de los Reyes, al que alguno apuñalaba con insinuaciones de descender de judíos, y el maestro cirujano, onubense tiempo atrás encausado por ejercer sin licencia, recelaban con alguna dosis de envidia del castillejanismo del Alguacil, cuyos ancestros se perdían siglos atrás en la villa, y de la inagotable fuente de información que los legajos de la mazmorra proporcionaban al intelectual Vallecillos, que con tanta tenacidad exorcisaba fantasmas del pasado.
El terreno central era ocupado tarde tras tarde por una patulea de chiquillos corrientes, saltantes y gritantes, que ponían en la escena una nota de, pese al alboroto, apacibilidad e intimismo, un sello emotivo, blando y dulce, cuya contemplación humedecía los ojos de sus mayores y despertaba un limpio amor en sus gastados corazones.

Soplaban los vientos de la Ilustración. Un nuevo espíritu racionalista se adueñaba de la sociedad, y muchos consideraban que los males de la humanidad eran superables con cultura, industria y comercio. Europa, mas bien la omnipresente y recién estrenada Francia, estaban conquistando mentes y corazones a velocidad de pólvora inflamada. Pero pongámos punto y final a estas disgresiones.

Ya tenemos a los carreros Agustín y Sebastián entre rejas.

El pueblo (IV)

Estaba la Cárcel Pública de la Villa en un conjunto de casas que formaban el bloque del frente sur de la Plaza y que pertenecían al Cabildo, que tenía que pagar por todas ellas un tributo de cincuenta y cinco reales anuales al Conde Duque de Olivares; este bloque, de tan abandonado, se caía de puro viejo; la cárcel en sí se erguía en el tramo más oriental de la ruinosa manzana, apuntalada o empujada con pertinaz insistencia por el arco de la Plaza que parecía, en cierto modo, con su enorme y musgoso brazo de gruesos ladrillos querer dar con ella en tierra; brazo de ladrillos bajo el que se abría, entre los jaramagos que medraban en la humedad de las grietas y que ahora con el estío no eran mas que simples guedejas secas y descoloridas, un oscuro ventanuco cruzado por dos barrotes de hierro brillante por el roce de las por lo general callosas manos de los reclusos; la fachada con capa de cal transparentaba los estragos como de lepra que padecía el muro, y el tejado medio hundido parecía pedir cual una gran boca desdentada gritando a las alturas las manos asistenciales de urgentes alarifes, acababando todo el conjunto de dar fe de la falta de voluntad de las autoridades, aunque para no faltar a la verdad debemos hacer constar que la parte de la techumbre del calabozo había sido asegurada para evitar evasiones. Estos reparos de obras fueron emprendidos por un especulador ante la falta de activos del Cabildo, casi en bancarrota. Dicho especulador, Cristóbal de Aguilar, empleó 6.000 reales en las reparaciones que inició en 1740, y a cambio le cedieron dos o tres habitaciones en el piso superior para que, alquilándolas, se resarciera del gasto. A Cristóbal de Aguilar tendremos ocasión de conocerlo con más detalle en próximos capítulos; por ahora adelantaremos que siendo Teniente de Gobernador actuó de testigo en la boda de nuestro albéitar, herrero y carretero Juan Pacheco, celebrada el ocho de enero de 1727. La novia, a la que hemos aludido anteriormente como una castillejana sencilla y sumisa, se llamaba Josefa Navarro, y llegó al matrimonio huérfana de padre.

Diremos de la enorme casa, que eso era en realidad el bloque sur, que compartía con la de presidio las funciones de panilla para el almacenamiento del aceite, en enormes y panzudas tinajas, y del carbón, negreando en grandes cestas de esparto, que se vendían al por menor para el consumo de los castillejanos; almacén de jabón, tabacos y vinagre, también hacía la función de silo de granos, además de contener, precisamente en uno de los rincones del calabozo y como muestra de la desidia e incultura de los administradores y dirigentes, los papeles que las distintas corporaciones y organismos habían ido produciendo a lo largo de los siglos desde que Castilleja era Castilleja; en informes montones se encontraban libros de cuentas de las haciendas, listas de propiedades vecinales, censos de animales, soldados o carruajes, instancias judiciales y exhortos militares, testimonios de compra-ventas, cartas personales, copias de pragmáticas y edictos, papeles despedazados, pringosos o polvorientos, arrugados y roídos por los insectos y los ratones, moteados con lamparones de grasa, usados como alfombras o colchones, manteles, posavasos o servilletas e incluso papel higiénico por los desgraciados que daban con sus huesos en el umbrío recinto. Hacia la Plaza se abrían el ventanuco que hemos mencionado, la puerta principal y cierta ventana entre uno y otra, que no era de considerables dimensiones; por detrás de la ruinosa edificación y con portillo a la Calle Real, había un corralón medio abandonado con dos o tres gigantescos árboles de porte majestuoso, algunos cipreses, y el nivel inferior embarbascado de parras asilvestradas y de una maraña espesa de rosales y enredaderas, donde una colonia de gatos tan antigua y variada como los viejos documentos encarcelados, había establecido su criadero, subsistiendo de los murciélagos que dormían en el olvidado pozo, de algún ratón que se despistaba y de los volantones de gorrión que caían de los nidos; por este lado del mediodía y merced a un alto tragaluz ovalado abierto bajo el alero del tejado, medio obturado por telarañas polvorientas y nidos de aviones entraba a la cárcel la única luz que recibían los presos, si exceptuamos la de algún cabo de vela que por el ventanuco externo bajo del arco y de contrabando alguna mano amiga proporcionaba aprovechando la oscuridad de la noche o la falta de vigilancia.

jueves, 19 de junio de 2008

El pueblo (III)

Dos semanas después del intento de atropello en la calle de Enmedio el interés de la población por los hechos acaecidos había alcanzado cotas de verdadera obsesión; todas las mentes estaban a la espectativa; los niños fantaseaban y los viejos filosofaban; se oían rumores, siempre infundados, que partían de gentes de toda clase y condición: un corredor de ovejas y esclavos afirmaba que se habían enrolado en una bandera de enganche en Sanlúcar la Mayor; una mujer en la carnicería aseguró que habían aparecido ahogados en una profunda poza en Sierra Morena; varios arrieros, aparentemente con independencia unos de otros, propalaron la especie de que estaban embarcados hacia Cartagena de Indias; un mendigo algo loco mantenía que se habían peleado entre ellos, muriendo uno y siendo apresado el otro en la cárcel de Sevilla; los hermanos por tanto empezaban a cobrar fama legendaria y se pensaba que pasarían a la historia constando ya por los siglos de los siglos en las crónicas de Castilleja, cuando una mañana se recibió en el Cabildo un documento de manos de un criado, debidamente sellado y certificado desde la oficina del Procurador don Fernando Seizo en Sevilla. Transcrito al pie de la letra, decía así:

Valga para el Procurador de Su Majestad, Señor Don Fernando Seizo.Sebastián y Agustín Caro, vecinos de esta villa, como más haya lugar, parecemos ante Vuestra Merced y decimos es llegado a nuestra noticia se nos busca para nuestra prisión por causa que se dice haber culminado contra nosotros los dos de Juan Pacheco de Castro, vecino de ésta, y mediante a que de ella contra nosotros no puede resultar culpa alguna por no haber cometido delito, exceso, ni falta de respeto a la Justicia, por lo que desde luego nos presentamos ante Vuestra Merced en la Cárcel de esta villa donde:Pedimos y suplicamos a Vuestra Merced nos haya por presentados y mande que si alguna declaración hay que tomarnos se ejecute y hecho se nos suelte libremente, que así es justicia. Y para ello firman, Sebastian; Agustin.

En efecto, por la noche del siguiente día los hermanos se encontraban en la Plaza esperando que el Alguacil Mayor, el más madrugador de todos los funcionarios, apareciera por la boca de la calle Mariquita, lo que aconteció cuando acababan de hacerse invisibles en el cielo las estrellas más rezagadas apagadas por un resplandor rosado que emergía por el lado de la ciudad. Cosme Tovar, ya al tanto del contenido del documento, se dirigió hacia ellos y después de intercambio de correctos aunque secos saludos los condujo a la cárcel.
Mientras abría la puerta con la brillante por manoseada llave de hierro les espetó:
—No debíais haber actuado como lo habéis hecho. Soy amigo de vuestra familia, y el primero en sentir lo que ha ocurrido... pero también miro por Juan Pacheco, que de ninguna manera se merece el trato que le habéis dado.
Cantaban los gallos, innumerables, por doquier, como si encristalaran el amanecer.
—Si se refiere usted a lo de Las Escaleras, eso le pasa a cualquiera —le respondió Agustin, con la voz traspasada por la angustia.
—Todos los días hay ganado que se mete en terreno ajeno —añadió. Su hermano, ojos cargados de sueño y cansancio, escuchaba la conversación con esa aguda atención que propicia el cerebro agotado e insomne. El Alguacil optó por no tocar el suceso del atropello en la calle de Enmedio, en parte por temor a despertar la ira en los detenidos, en parte por no tener muchas ganas de diálogo y en parte por reservarse una baza con la que luego dar más fuerza a su argumentación.
—Bueno; no creo que vayáis a estar mucho tiempo aquí. Está prohibido tomar cosas por la ventana. Veré de hablar para que os traigan colchones, ...y espero que os comporteis con decencia, ya que, repito, mucho tiempo no pasareis encerrados. Vamos: resignación.

miércoles, 18 de junio de 2008

El pueblo (II)

Era el martes veintiseis de julio en el pleno y cruel verano candente e infernal de aquel año de 1746. Casi tres semanas después del suceso con el buey bravo los hermanos Agustín y Sebastián Caro daban señales de vida; a la vez que al Regidor, se avisó a los demás componentes del Cabildo de la presencia de los dos prófugos; se reunieron veloces y prepararon de forma somera y precipitada una estrategia para la captura; Clemente de Luque, erguido y en tensión, balbucía más que pronunciaba órdenes ininteligibles a Juan Cosme Tovar, Alguacil Mayor de recios miembros y probada dureza, especialmente diestro con la espada, y al escribano José Cordero Baena, el apacible burócrata cachazudo que habría de plasmar la detención en sus papeles; una vez todos ellos enterados y de acuerdo se aprestaron, saliendo con andar decidido de la vieja casona del Cabildo en la Plaza y subiendo por la calle de Enmedio, —polvo seco y caliente aventado con sus recios pisotones—, hasta el portal de Doña María Arnao, la rica heredada sevillana. Aprovechándose del hueco del portalón se escondieron tras las columnas del arquitrabe, respaldados contra las oscuras hojas de madera de pino de flandes tachonadas con roblones mohosos y refuerzos afiligranados. Hacía rato que el sol había desaparecido tras los ennegrecidos tejados de la calle de la Cruz y que las últimas y raúdas nubes de gorriones habían pasado hacia sus dormitorios orientales y rápidamente la luz se debilitaba dejando a Castilleja queda y sumida en un resplandor mortecino y gris; seguía haciendo calor; todos sudaban copiosamente.
Allá arriba al final de la calle, fantasmales e insólitas, como bañadas en una aureola de irrealidad, vienen las carretas de los dos hermanos, tan lentas que parecen no avanzar; con su presencia se detiene el tiempo y se espesa la tarde en un silencio cargado de tensión. Los tres oficiales se aplastan contra la puerta para no ser vistos. Y cuando sus presas están suficientemente cerca, salen al frente, a la mitad de la calle, con talante decidido, el Alguacil la mano en el puño de la espada, todavía envainada como determinaba el reglamento. En tono enérgico y con firme voz conminan a los carreteros a que se entreguen a la justicia, y cuando parece que van a obedecer las tajantes instancias, agarrochan desde arriba como con rayos a sus bueyes, lanzándolos adelante en estampida con un formidable crujido del maderamen, obligando a los funcionarios a saltar con precipitación a las aceras so pena de ser atropellados. Nadie, salvo el profundo conocedor del tiro de bueyes, es capaz de preveer, suponer, imaginar la velocidad que un par de estos animales puede desarrollar en un momento dado, la agilidad insospechada que esas moles de carne adormecida pueden adquirir, el brinco repentino que pueden dar bajo la instancia del aguijón. Y la impresión de montaña que avanza inexorable aumenta el pavor que produce una carreta que se echa encima, una masa de recios maderos, de piezas de forja, de carne y de cornamentas que suman su inercia irresistible. Contra las paredes los tres hombres percibieron el paso de las carretas a un palmo de sus narices, sintiendo el giro de las compactas ruedas insinuado en sus pechos y aturdidos por lo inesperado de la reacción de los boyeros posibilitaron la escapada; tampoco supieron aprovechar que la última galera, al volver la esquina de la plazuela de la Zarza buscando con su predecesora el campo abierto que se extendía hacia el Egido, se quedó atascada en el guardacantillo, pedernal de muchos kilos de peso que protege de accidentes como el que narramos las casas esquineras de las poblaciones; aunque cierto es que pronto Sebastián, que era quien manejaba la carreta enganchada, maniobró para librarla del impedimento y, recuperando la velocidad a pinchazos insistentes de garrocha, diríase frenético repiqueteo, desapareció tras su hermano Agustín por los carriles entre las altas malezas del Egido, a la sazón agreste terreno lleno de leyendas misteriosas y seres malignos, casi selva inextricable en aquellos años del siglo de las Luces.

martes, 17 de junio de 2008

El pueblo (I)

Van pasando los días, y aumenta el calor, sofocante. El pueblo está muerto, es un cadáver metálico, refulgente de soledad, amortajado de descolor; las calles albas amasan cegadoras ausencias y los campos secos crujen reventando inhumanidades. La gente, como las sabandijas, se oculta a la sombra en los rincones de los patios, dormitando bajo las parras, con el agua de los pozos a mano, dejando pasar las agobiantes horas como si se trataran, olas de plomo, de un merecido castigo, de una maldición que las conciencias no pueden soslayar. Los nervios se alargan azotando vacíos remotos y los estómagos están ahilachados de recibir más líquido del que pueden absorber. De noche, buscando la marea, salen sonámbulos a la calle, a sentarse en silencio en las puertas de las casas que son hornos, con las ropas más ligeras a esperar el luto de la madrugada cerrada, temiendo entrar en los sofocantes dormitorios donde acechan hirientes pesadillas de fuego. Los animales en los establos están inquietos, a punto de enloquecer, o exangües, envueltos apretadamente por el aire inflamado. Las gallinas mueren asfixiadas muchas de ellas y los perros, sin fuerzas, se abandonan en el suelo y oyen como hierve el corazón de la tierra. Los niños lloran a menudo con lágrimas interrogadoras, atormentados por la temperatura, y los ancianos, verdes fosforescentes, gimen apagadamente desesperados, entre el malhumor fantasmal, terrorífico, generalizado. Solo medran por los alrededores de Castilleja las tarántulas y los alacranes, y de noche bostezan los pozos. Y en los tajos se trabaja poco y mal; con el menor pretexto se forman peleas y riñas, y a las horas de más sol, que son las peores, todo el mundo da de mano y se cobija, añadiendo más sombras, ojos brillantes, a la sombra de los árboles. El Camino Real es un desierto, igual que todos los senderos, hijuelas y trochas, como cicatrices en la tierra parda, y no hay canto de pájaros en los cielos desleídos. El lúgano imitador de otras aves ahora copia el silencio. Solo se siente, en las horas del mediodía, un zumbar insistente de insectos que llena todo el aire hasta el horizonte, zumbido abrumador, con la monotonía y fuerza de la electricidad.
Casi todo el mundo, ocupado en pensar el calor, empezaba a olvidarse de los hermanos Caro. Incluso el Regidor sorprendíase cavilando en ajenos asuntos durante largas horas, con las páginas de los hechos pasados en blanco en su mente, como si nunca hubiesen sido escritas; pasaba sin acordarse de los fugitivos mañanas o tardes enteras y cuando, en la soledad del cobertizo que hacía de herrería, al final de la Calle Real casi enfrente de la Hacienda San Ignacio, se le representaban en la imaginación con sus carretas bueyeras, deseaba, dormido confortablemente en su olvido, que no volviesen a aparecer nunca más por Castilleja; a ratos otras veces, encerrado en la cabañuela donde maniobraba brebajes, ungüentos y potingues de albéitar, invadido quizá por la bienaventuranza de una buena digestión, contemplaba la posibilidad de perdonarlos y con ellos al monstruoso buey, como si ese gesto magnánimo los hubiera de volver buenos y manso. Permitía vagar a su fantasía, y en la forma de un aceite mágico o de unas píldoras sobrenaturales se veía exorcisando la bestial maldad de las personas y reconvirtiendo el mundo al paraíso que fue.
Se acercaba el día señalado para satisfacer la deuda contraída con el Contador Mayor de la Real Caja del Subsidio de Sevilla, mas ya empezaba a ver algunos ahorros en el cofrecillo que ocultaba en un hueco del soberado, el cual, sospesándolo, abría y miraba a cada momento contando los reales de vellón, relucientes y cantarines, que iba ahorrando con esfuerzo. Fue en una de estas inspecciones al cofrecillo de las monedas cuando su sobrina le dio la noticia, tan de improviso que le hizo respingar en lo alto de la escalera: los habían visto, montados soberanamente en sus carretas.
Estaban paseándose por el pueblo.

domingo, 15 de junio de 2008

Las Escaleras (y VIII)

Paralelamente el otro jugador en liza, el Alcalde Clemente de Luque, también con idénticas zancadas nerviosas, como si los desgraciados hechos de Las Escaleras lo hubiesen sincronizado con el Regidor, paseaba a lo largo y ancho del patio de su casa, inquieto por la tormenta que se avecinaba; ya intuía que ahora llegaba la hora del papeleo, y los burócratas de la Audiencia de Sevilla le producían desasosiego con solo imaginarlos, con pensar en sus frases secas y cortantes, con recordar sus firmas en los documentos, hechas de trazos seguros, prepotentes y chulescos; las esperas interminables en la Audiencia, los desaires, las idas y vueltas a la ciudad para seguir con las manos vacías, las exigencias de tributos, de padrones del vecindario absurdos e incomprensibles, las cartas secas llenas de reproches por no querer vender a los mozos para guerras remotas, los edictos oprobiosos; era también el miedo cerval del campesino a las letras lo que le hizo proponerse ser muy precavido en adelante en aras a presentar una imagen aceptable, aunque para ello tuviese que encarcelar a sus sobrinos e indisponerse con toda la familia, pero en los terrenos de las escrituras y los sellos llevaba todas las de perder, por muy Alcalde que fuera. Se sentía controlado por el rasgueo de esos garabatos de tinta rubia, por el crujido de los folios, por el carraspear del funcionario de turno. Una cosa era conspirar con sus sobrinos en un rincón de la taberna a la luz de un candil, o deslizar un real en la mano de un sicario en cualquier callejón para que ajustase alguna cuenta, y otra tener que explicar ante los tribunales de la capital su conducta. Ahora había que ir con tiento porque los de la Audiencia no entendían de historias, o entendían demasiado. Todo ello sin contar con el Conde Duque, del que se podía esperar cualquier reacción. Era Clemente un hombre desconfiado, receloso; casi un misántropo desde que tras un complicado parto de su mujer la comadrona le presentó aquel monigote con aquellos miembros flácidos y raquíticos que hoy era la pesadilla de su vida, aquella cabezota deforme y aquella mandibula caída entre babas. Tenía el Alcalde una visión del mundo negativa y pesimista desde aquella jornada nefasta. Era lo que se conoce como una persona amargada a la que todo el mundo daba de lado, su mujer la primera, harta de soportar que le instilara por las buenas o por las malas un infundado complejo de culpa. A medida que el niño crecía el matrimonio empeoraba; cuando los chiquillos de la calle Mariquita, o calle que va a la Plaza como se la conocía popularmente, se reían del niño baldado y deforme, sentado en su puerta al sol con una nube de moscas en derredor de su ojos saltones y perdidos Clemente, incapaz de aceptar su parte de responsabilidad, atacaba cobardemente a la parte más débil, reñía a su mujer; luego llegaron las agresiones, ya abiertas y cotidianas. Clemente golpeaba a su mujer con saña, con ira, sobre todo en presencia del anormal, como si quisiera convencerle de que la culpable de todos los males era ella. Ya de mayorcito el lisiado, con su deambular arácnido como quien se dispusiera a saltar sobre alguien, se hacía acreedor a alguna pedrada que le arrancaba lastimosos balbuceos; vestíasele con un sayo talar no suficiente para evitar que, cuando pasaba las horas mirando la calle sentado en el poyete de su casa se abriera descuidadamente de piernas y mostrara sus atributos ya formados, promoviendo risas, curiosidad, compasión, entre chicos y mayores. Se acostumbraron propios y extraños a no reprimirlo, y ni Clemente ni su mujer, como si quisieran de esta forma insultar al pueblo sano aireando sus íntimas miserias, hacían nada por evitar la exhibición diaria y el espectáculo con el paso del tiempo llegó a ser constitutivo de la idiosincracia de la calle, aunque con ese halo del tabú ancestral que el misterio de la sexualidad enfermiza y desvelada creaba en una sociedad orientada en direcciones muy opuestas a ella.

Seis días después de los hechos en Las Escaleras, el viernes día 8 la maquinaria de tinta y papel está puesta en marcha; los alguaciles van y vienen entre Sevilla y Castilleja, al trote afanoso de sus machos; el Juez del caso es el mismo Clemente de Luque. Se ordena la prisión de los hermanos, pero en vano porque han desaparecido del pueblo; el Alguacil Mayor con el máximo despliegue de ayudantes y voluntarios no los encuentra por ninguna parte, ni en sus casas, ni en las de sus familiares, ni en las de sus amigos; tampoco son hallados en los campos a pesar de haber rondado con sus cabalgaduras todos los sombradizos de azacanes y paraderos de cabreros, y ni por los caminos más remotos de la comarca saben de ellos y nadie, ni aquí ni en los vecinos pueblos, es capaz de dar referencia, como si se hubieran volatilizado.

Al siguiente 9 de julio muere Felipe V.

viernes, 13 de junio de 2008

Las Escaleras (VII)

El Regidor burlado y jadeante, ahora un poco como Hércules acechando el ganado de Gerión se fija en la carreta de Sebastián detenida junto al Portillo del callejón bajo los nogales y piensa con rapidez trazándose un plano de acción, mientras el sudor se le desborda sobre las cejas: coger el ronzal de los bueyes babeantes, llevarla a la Plaza ante la Casa del Cabildo, convencer a las autoridades para que la embarguen. Ha llegado a la escena el anciano Diego de Palma, que enterado de sus intenciones, decide acompañarlo, con la benigna intención de aplacar los ánimos; no acababan de ponerse en marcha con la carreta Camino Real abajo cuando Sebastián, que ha estado reponiéndose en la puerta de la Hacienda asistido por el capataz de ella Antonio de Castro, se arma de una hijada con la pretensión de impedir que el tenaz Regidor ejecute la requisa de su carreta; se acerca a la carrera, hubiérase dicho guerrero homérico enloquecido, gritando, discuten entre amenazas, chorreante de sangre el palo de la lanza por la herida de la mano, bajo el sol que ha tomado su máxima altura. Caen los rayos ardientes a plomo, la luz es cegadora, están tensos y agotados, no pueden razonar y el polvo y el sudor les nubla la vista. Casi todos los espectadores se han marchado buscando sombras benefactoras, en la consideración de que lo peor ya había pasado. Acaba el Regidor con las exigencia de Sebastián llamando a voces a la Justicia, ante lo que este último desiste, alarmado, marchándose huyendo hacia el interior de Las Escaleras. Al segundo intento de poner en marcha la carreta hacia la plaza vuelve a aparecer Sebastián con sus manos ensangrentadas y su garrocha, y se vuelven a reproducir la discusión entre razones y contrarrazones, al cabo de las cuales Sebastián opta por abandonar, esta vez definitivamente. Hacia las once de la mañana van Calle Real abajo el Regidor con la carreta, los bueyes del cabestro, y a su lado, cabizbajo y en silencio, el viejo Diego de la Palma con su aureola de sabiduría; giran a la izquierda por la empinada calle de la Cruz bajo las miradas escrutadoras tras las persianas y postigos, y enfilando la calle de Enmedio penetran en la Plaza por bajo de su arco norte, el Regidor como un victorioso general después de una cruenta batalla, conduciendo la carreta cargada casi hasta los topes de paja amarillenta entre la espectación general de la chiquillería, de los desocupados y de todo aquél que sentía alguna curiosidad. A esas alturas todo el pueblo sabía lo acontecido en Las Escaleras, aquella tierra alta de aire sutil por donde el sol se pone todas las tardes.Juan Pacheco de Castro reflexionaba por la tarde en su casa de la Calle Real; está cansado, le duele la cabeza, y va continuamente a la tinaja de la cocina, a beber un cazo de agua tras otro mientras sus hijos lo miran con ojos abiertos de asombro; creía, estaba convencido de que dominaba el juego y que tenía las fichas controladas; ahora, cuando toda la población estaba al tanto del asunto, iba a exigir a las autoridades la prisión de los dos hermanos fugitivos, el embargo de sus bienes incluídas las carretas y, como golpe de efecto y concesión magnánima al pueblo de Castilleja, el sacrificio del díscolo animal y su corte en las tablas públicas para ser repartido entre todos los vecinos. Era su forma personal de castigar a los hermanos en donde más les podía doler; habían utilizado el animal como arma mortífera contra él, y él ahora los despojaba de ella, de todo su valor simbólico y potencia, en un acto que era una castración emblemática, y en una acción de generosidad pura repartía toda esa fuerza viril que les quitaba a ellos entre el pueblo, fortaleciéndolo como el gran padre cazador que nutre a sus hijos para convertirlos en invencibles. Creía que se convertiría en el vencedor del totem maléfico, de las pesadillas colectivas, en el Gran Protector, y que de esta manera se labraba un porvenir pleno del afecto, respeto y admiración de la comunidad; necesitaba esa admiración como el aire que respiraba; quería hacer brillar los ojos de las mujeres; hasta sus enemigos tendrían que reconocerlo por la calle, dejándole el paso con inclinaciones de cabeza. Su espíritu de franciscano frustrado encontraba por estas vías delirantes alivio a la represión interna. Casi rozaba con la enajenación aquella tarde con todas las fantasías que forjaba después de dejar a buen recaudo la carreta en la Plaza cual trofeo que preludiase el gran festín liberador que esperaba al pueblo gracias a su valiente mano, pueblo que devoraría al mostruo cornudo como si se tratase de una venganza, como si cada bocado de su carne asada fuese un desagravio a los malos ratos sufridos por todos, desde tanto tiempo atrás.

Las Escaleras (VI)

El aperador se llama Juan López Ramirez, es analfabeto y tiene treinta años cumplidos; es un hombre fornido, de más de dos varas de alto, cerrado de barba, de pelo negro y de voz bronquísima. El aperador responde como una máquina a los requerimientos de Pacheco enarbolando una hijada de mango largo cual el de las lanzas y de aguda punta de metal como ellas que estaba recostada entre las ramas de un árbol, con la que se dirige resuelto al reincidente cuadrúpedo; el aperador avisa antes de entrar en acción a Agustín, quien responde con sorna insultante que Juan Pacheco debería hacer un sombrajo para montar guardia contra los ganados ajenos. El anciano Juan de la Palma ha intentado calmar los ánimos, pero Agustín parece tener ya diseñada su propia estrategia, y comenta que ya que está manos a la obra el aperador, con él basta para solucionar el problema y hacer volver al buey; el del pincho capta la ironía, y no está dispuesto a ejercer de títere instrumental; buscando hacer tanto daño al buey como a su dueño, le bastan varios puntazos, cómodamente propinados desde la segura distancia que permite la longitud de la vara y algunos de ellos dirigidos a las partes más sensibles de la bestia, como son los enormes testículos, los que colgando entre las patas forradas de costras de excrementos secos reciben los certeros pinchazos de la avispa alargada que maneja con exactitud el hombretón, para que el animal, ahora ya dolorosamente convencido, regrese a su territorio en busca ferviente de la protección y los cuidados de su amo. El cual no da crédito a sus ojos; ¡atreverse en su propia cara a alancear a su querido buey, que había nacido en los establos de sus ancestros y que había crecido junto a él, a su amado compañero de todos los días! Si había algo que le doliera hasta nublársele la vista era que dañaran a sus bueyes, y éste además gozaba de sus preferencias, era el que más quería. Ciego de ira arranca pendiente abajo a pedir cuentas a Juan Pacheco, y se hubiera enzarzado con él en una pelea sin cuartel, de no ser por los frenos que le pusieron la voz anciana y cargada de experiencia del anciano mediador Diego de Palma y los exhortos vehementes de Juan de Vallecillos. Anciano mediador que, a pesar de su corta vista, pudo distinguir, mientras aconsejaba a Agustín, en el Camino Real justo enfrente del Portillo donde empieza el callejón de Las Escaleras a dos hombres que se zamarreaban agarrándose uno al otro por las ropas; pronto se percataron los presentes que Sebastián Caro, adelantándose a todos, había ido a marchas forzadas por el callejón abajo con la carreta que estaba ya semicargada de paja, a pedir explicaciones a Juan Pacheco por el alanceamiento del buey de su hermano mayor. Dicho Juan justamente va en su jumento, saliendo al Camino en dirección al pueblo, cuando Sebastián lo alcanza. El último tramo del de la carreta ha pasado desapercibido porque el callejón hace una ese cerrada encajándose entre dos barranquillos antes de desembocar en el Camino Real. El Regidor Juan Pacheco se apeó del burro y valiéndose de su autoridad y de su fuerza agarró a Sebastián haciéndolo bajar del vehículo después de cruzar los primeros insultos y palabras descompuestas en medio del Camino, con la determinación de conducirlo él mismo a la Cárcel Pública en la plaza de Santiago donde quedaría a disposición del Juez; Sebastián se resistía como es natural, argumentando entre insultos que caso de ir, iba por su propia voluntad, y que si hubiera sido el ganado de Pacheco el que hubiese invadido la sementera de ellos y recibido las pedradas y las puyas serían tildados como los peores del mundo; bajo dos longevos nogales de treinta metros de altura que guardan el Portillo del callejón a uno y otro lado, a la sombra de sus espesas hojarascas, Juan y Sebastián forcejeaban sudorosos mientras la gente se aproxima; Juan repara en un cuchillo mangorrero que Sebastián porta al cinto, arma de cachas negras, de dos dedos de anchura en su hoja y de un palmo de largo; ya se acerca también el aperador cuando Juan Pacheco logra despojar a su contrincante del peligroso cuchillo y se lo envía al dicho aperador, el cual lo agarra en el aire con destreza y se lo guarda en la faldriquera.
—¡¡Devuélveme mi cuchillo, devuélveme mi cuchillo!! —grita Sebastián, que se ha rebanado los dedos de una mano en el intento de recuperar el arma; entre los presentes recién llegados está Mariana García, su mujer, acompañada por su cuñada, pañuelos negros de cabeza, luto gastado, uñas sucias y odio añejo, y aprovechan un descuido para extraer de la faldriquera del aperador el cuchillo, que por su tamaño sobresalía, y salir corriendo hacia Castilleja con él; momento en el cual aparece nada menos que el Alcalde Clemente de Luque, que viene desde el pueblo con sus andares a zancadas y su, más que mirar, dar cabezadas a izquierda y derecha a cada paso. Es un hombre tipo cigüeña, de ojos verdiamarillos que recuerda a los de los reptiles acuáticos, y su presencia impone algo de orden en la escena, pero entonces se une al grupo Agustín que viene corriendo campo a través en defensa de su hermano, blandiendo una chivata de gruesa porra, sin percatarse en su ofuscación de la presencia de su tío. Lo único que ve es que su hermano Sebastián tiene las manos ensangrentadas, lo que aumenta su confusión y le ciega más en su actitud amenazante mientras Pacheco le grita:
—¡¿a mí me vas a dar con la chivata?! ¡¿a mí me vas a dar con la chivata?! —y en un descuido se apodera de ella, desarmándolo. Momento que aprovechan los dos hermanos para, zafándose del Regidor Pacheco, poner pies en polvorosa en dirección a Castilleja; su tío el Alcalde tiene tiempo de gritarles que se cobijen en la casa de la Hacienda de San Ignacio.

jueves, 12 de junio de 2008

Las Escaleras (V)

—Ya se ha metido en donde no debe —dijo el Regidor, poniendo tenso todo su cuerpo. Dejó de martillear sobre una cuña de madera con la que ajustaba el mango de una azada.
—¿Se ha metido?... Yo diría que lo han metido —respondió el aperador, poniéndose en cuclillas para avistar la zona, que se le ocultaba por media docena de perales; en esta postura el gigantesco operario podía observar con todo detalle lo que acontecía en la vecina era. Los hermanos parecían ajenos, o al menos lo fingían a la perfección.
—Es verdad. Es lo más probable.
—En sus personas no serían capaces, los dos cobardes —apostilló el operario mientras desmenuzaba terrones rojizos y aspiraba su húmedo aroma primigenio.

El Regidor Juan Pacheco se percató de que el buey bravo de Agustín Caro había entrado en su finca más que nada porque llevaba varios días con todos los sentidos orientados hacia aquella parte del terreno, esperando algo parecido; así que vió la mole rojo oscuro del animal como si no descubriera nada nuevo, como si en su cerebro ya estuviera formada la imagen desde mucho tiempo antes; el miedo en su estado más puro y ancestral le golpeó obnubilando su mente, a pesar de ser experto en el trato con animales y conocedor de la sicología de las bestias: el animal era bravo en efecto, y ya había ocasionado algún percance con personas y enseres; más de un castillejano hubo de encaramarse a un árbol al paso del cornúpeta, sobre todo cuando en descampados su dueño lo conducía, siempre con característica despreocupación y completo desprecio por la integridad física de los demás vecinos; otra vez la fiera derribó a embestidas un sombrajo en una viña muy al interior de Valencina del Alcor, hasta donde había llegado en furiosa galopada embistiendo el aire y pisoteando habares y tomateras, después de enloquecer por el aguijonazo de un tabardo. Se decía que también había volcado vehículos en plena población, dejando a las caballerías coceando boca arriba. Era, en resumidas cuentas, conocido por todos el mal genio del buey. Además, Juan Pacheco también temía esos cuernos inmateriales que eran las burlas de sus enemigos, la tenaz conspiración del Alcalde y sus secuaces para ridiculizarlo, la pérdida del dominio de sí mismo que constituía su mayor tesoro, el deterioro de la propia imagen que traería como consecuencia el acoso de los campesinos envidiosos. De modo que dirigió a través de la arboleda unas voces de aviso a Agustín con toda la consideración de que fue capaz, pero éste parecia fingir que no lo oía; ya sin recapacitar más, ordenó a su zagal, que allí cerca ataba lechugas con hebras vegetales, que espantara a pedradas al intruso. El chico, como de diez o doce años, churretoso y lleno de remiendos, al recibir las instrucciones que su amo le susurró al oído, corrió como una liebre a un atillo que descansaba en el tronco de un peral, extrajo de él una honda de ramales cortos, hecha de un pedazo irregular de grueso cuero negro, y cargando en las faldriqueras las más idóneas chinas que encontraba en su camino penetró a saltos por los sembrados hasta el límite norte del campo, donde el buey, ajeno a todo, devoraba glotonamente los ringleros del borde de un espeso plantío de patatas. El zagal comenzó a fusilarlo, apuntando sin piedad a la cabeza, y uno de los cantos rebotó en un cuerno con seco golpe; el animal berreó de dolor y rabia, y con eso y los agudos gritos que le dirigía el muchacho decidió ensayar una retirada juiciosa y con un trotecillo inesperadamente ágil dada su corpulencia, se alejó. Orgulloso del efecto de su acción, el chaval volvía hacia su patrón, preparándose con voluptuosidad para recibir amplias felicitaciones cuando alguien le avisó a gritos que el animal regresaba a las andadas. Todo lo cual lo observaba Juan Pacheco a distancia, sintiendo que la ira que se iba acumulando en el cuerpo le golpeaba en los oídos. Optó por una solución de más entidad, llamando al chico para sustituirlo por el aperador. Los aperadores son gente dura del campo, acostumbrados a tomar decisiones rápidas en momentos en los que los espíritus pusilánimes tienen todas las de perder; están estos individuos especiales encargados de la gestión de las haciendas, tienen a su cargo el cuidado de las herramientas, el reparto y reposición de las simientes, y sobre todo el mantenimiento de los vehículos y la supervisión del trabajo y de los trabajadores, y se les encomienda además la solución de cualquier evento imprevisto que pueda surgir en esa empresa colectiva que es el campo. Sobra decir que la fidelidad que profesan a sus patrones tiene que ser firme y absoluta.

Las Escaleras (IV)

Por el Camino Real corre hacia Sevilla con estruendo de voces, latigazos, crujidos y golpes una carroza con un tronco de cuatro pares de caballos, al galope; los caballos son negros cerrados y el coche cubierto y verde oscuro con los rebordes de ventanillas y puerta amarillos; en el pescante el cochero vocifera restallando un látigo infinito e insultando a algún que otro desprevenido transeunte que se lanza despavorido a la cuneta; el carruaje con su endiablada velocidad levanta una polvadera parda haciendo saltar con sus ruedas de llantas aceradas las piedras del arrecife entre chispas; cuando acaba de pasar, calma tras tormenta, la paz se vuelve a extender por la zona a la vez que se asienta el polvo y los labriegos, que habían levantado la cabeza al oir el traqueteo, vuelven a la faena murmurando. Al rato pasa un grupo de muchachas como frescas golondrinas coloreadas riendo y cantando mientras marchan del brazo hacia Gines; los hombres que están al borde del Camino las requiebran y alguna de ellas responde, amparándose en el anonimato del grupo, en forma igual de procaz; son jornaleras que van hacia las tierras de poniente a ganarse un real de vellón, y quizá vienen desde la capital; luego pasa un mendigo vestido de negro al modo antiguo, cojeando ostensiblemente, con un cayado que lo dobla en altura y un sombrero deforme de grandes alas caídas sobre la cara. El tránsito de personas es normal a aquella hora: arrieros en burros o mulos, algún coche, algún caballero de porte altivo al trote, algún soldado de vistoso uniforme, lentas carretas bueyeras con una montaña de paja encima, gitanos buscavidas, esclavos mulatos con encargos de sus amos, gentes corrientes a pie seguidas de niños o de perros, portando canastillos, tirando de asnos moribundos...
Unas horas antes habían pasado los rebaños y los trajineros; cuando el sol naciente empezaba a dorar las copas de las altas palmeras de la Hacienda ya habían discurrido bajo la blandura del rocío grandes ríos de cabras y ovejas que balando se desbordaban por la cunetas y las alcantarillas, o muchedumbre de vacas lecheras y ganado de carne con sus cabestros de cencerros, mugiendo hacia los herbazales de Espartinas, animales encauzados por las piedras de los gañanes honderos y por las dentelladas de los perros pastores; y los carros de los trajineros, tirados por bestias macilentas y repletos de mercancías con destino a los pueblos de alrededor columpiaban en sus traseras toda suerte de cacharrerías de barro y hojalata, en racimos colgadas hasta casi arrastrar por el suelo, como barquichuelos flotando en la corriente de los animales. En la Hacienda picotean las aves de granja y hozan los cerdos al pie de las tapias, en las que se solean pájaros cantores en ringleros de jaulas; macizos de plantas de jardín en arriates, ramos en macetas ponen notas multicolores con su variedad floral, y en los tendederos la ropa blanca se orea al aire matutino; Antonio de Castro, el capataz, iba para pajarero si no se le hubiera cruzado una muchacha de pelo rojizo, casi negro, en trenzas, que lo convirtió en un equilibrado padre de familia tempranamente; pero todavía gustaba de cargar con encieras y redes y marchar los domingos de madrugada a los bebederos de Valencina del Alcor, para volver a las pocas horas con una infinita variedad de pajarillos que luego enjaulaba para su propio disfrute, regalaba a amigos aficionados, vendía en la ciudad o simplemente cocinaba con aceite, ajos, hierbas aromáticas y sal.Había ciertos pavos exóticos entre el volaterío de la hacienda que eran respetados e intocables como santos de una religión superior; tenían en el cogote una escobilla de plumas azul cobalto, que erguían cacareando un cuuuuic estridente cuando creían ser atacados; de grandes huevos rosados, nunca llegaron a sacar polluelos vivos; cuando el padre Visitador venía desde la capital cada dos semanas a supervisar la marcha de la explotación, acompañado indefectiblemente por el Señor Licenciado Vicario y Cura de la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción de la Calle Real y algún que otro clérigo de menores o paje todavia no muy convencido de su misión en el mundo, se detenía minuciosamente en los ponederos observándolo todo con mirada fija, inspeccionaba pulcramente en derredor y se hacía sacar a la puerta, entre los cerdos y las gallinas, el bufete de caoba de su despacho para tomar unas notas con cálamo y tintero, notas que aderezaba, exhibiendo bastante buena mano y más paciencia, con dibujos marginales de las extrañas y extrañadas aves, de sus plumas, picos, patas y huevos, para dejar constancia, en una premonición de lo que luego haría el barbudo Darwin, del desarrollo y avatares de estos pavos, traídos de ultramar por jesuitas entregados a la aventura de la ciencia de la aclimatación y a los experimentos genéticos. Mientras, el Cura se quedaba a la espera, ensimismado viendo dar vueltas a la noria o dando de comer granillos de pienso a las carpas que alguien, seguramente otro jesuita intelectual, había acomodado en la milenaria alberca que acaso refrescara a los patriarcas yemeníes rodeados de nietos en las tórridas tardes del agosto aljarafeño, antes de que las hordas de toscos castellanos arrasaran la región y las pitas importadas de México invadieran los bordes de los barranquillos.

martes, 10 de junio de 2008

Las Escaleras (III)



Pero volvamos a 1746. El sábado día dos de julio de aquel año hacia las diez de la mañana comenzaba a sentirse calor, mucho calor; los hombres sudaban con los sombreros encasquetados hasta las cejas y las camisas arremangadas hasta los sobacos, podando con las curvillas relucientes en las manos, inclinados sobre los sarmientos, cavando con los azadones en los surcos de tierra oscura de los garbanzales o recogiendo en canastos de mimbre los primeros frutos de la temporada en los árboles. En la cercana tierra de Gines, en el vecino Pago del Pino Franco, un hombre diminuto araba en una estacada de olivar floreciente tras una yunta de bueyes sombríos, cuyas papadas cuelgan casi hasta los resecos terrones, el hombrecillo casi invisible tras los animales y apurando los surcos con el arado hasta el borde del camino, arrasando las últimas azuleas, margaritas, campanillas, jaramagos y amapolas de la estación. Fumaba en una pipa de larga boquilla y diminuto pocito, tarareando fandangos antiguos entre bocanada y bocanada de un humo que subía lentamente formando nubecillas blancas. Por el cielo azul se solazaba altísima una cigüeña y hacia Bormujos alguien cortaba, rítmicamente, madera con un hacha. Agustín Caro, cuarentón de carácter independiente y personalidad cerrada tiene, como ya hemos dicho, otra era vecina a la de Juan Pacheco pero más al norte, y en ese momento está trillando, subido a pie firme en el artefacto, constituído por una simple plataforma de madera cuya base está erizada de trozos cortantes de pedernal, de silex, de la que tira arrastrándola un mulo al trote girando incesantemente entre espesa nube de polvo y partículas de paja; Agustín es obeso, de rostro enrojecido por el trasiego de mosto y el abuso del chorizo y los huevos fritos; tiene un cuerpo de piernas cortas, macizo, tipo barril, idóneo por su peso para la tarea que se ha señalado, en la que en ocasiones se invita a los chiquillos desocupados para que aumenten la presión sobre la cama de espigas montándose en el ya de por sí pesado trillo; el trabajo monótono en círculos adormece a Agustín, desconectándolo del mundo, y casi automáticamente solo de vez en cuando arrea a la bestia con una voz, vuelve la cara para obsevar los volvedores, esos ganchos traseros que remueven la parva, o hace restallar el látigo; al borde del redondel blanquecino de la era un perro grande dormita echado junto a unos hinojos medio secos, hundido entre las malvas sobre cuyas amplias hojas las cincindelas extienden sus élitros irisados al calor del sol, mientras se frotan el cuerpo con sus patitas para librarse del polvillo de trigo desmenuzado que, flotando en el ambiente, todo lo cubre; el perro, legañoso y sucio, es importunado por las moscas y las garrapatas, que este año atacan con especial crueldad; a la sombra de una gran higuera a cierta distancia de un tosco chozo de techo de palma seca vemos dos bueyes rojizos que recuerdan por su tamaño a los viejos galeones de la carrera de Indias; rumian mansamente resoplando de placer o cortan con bocados parsimoniosos la alta hierba que crece en derredor del frondoso árbol, la piel parcheada con sol y sombra, mientras espantan a orejazos las avispas impertinentes que buscan libar en las brevas más maduras el dulce jugo que fabrica la rica tierra en conjunción con el calor del verano; zumban también, por doquier, abejorros metálicos, llenando los horizontes y el espacio con una sonoridad monótona e interminable; como copos de nieve extraviados de tierras extrañas las mariposas de la col revolotean entre los jaramagos y meazorras del borde de la hijuela; en el callejón y sobrevolada por golondrinas de nueva generación hay una carreta de sólida construcción, la superficie de los tablones de sus grandes ruedas casi desaparecida bajo una capa de polvo y barro seco, con la lanza apoyada, en el, a modo de tentemozo, ribazo del lado de Gines; un muchacho encorvado y andrajoso, de cara oscura y avejentada por el trabajo y la vida a la intemperie, pero luciendo una sonrisa perenne que le resplandece hasta tras las rendijas de los ojos, carga en silencio en la carreta montones de paja que hábilmente ensarta con un biergo de afilados dientes de hierro desde la era hasta el camino, montones que le prepara Sebastián Caro. Sebastián es más alto que su hermano Agustín, y también más delgado, y más sociable y comunicativo; hay en el campo otras personas, como Juan de Vallecillos y Diego de Palma; el primero gusta de leer, aunque sea cualquier papelote que cae en sus manos, en los ratos que le permite su trabajo, que hoy consiste en aventar con una horquilla de abedul; el segundo es un anciano decrépito y respetado, que no vive si no es entre los olivos y perales del occidente castillejano, donde sueña con entregar su alma y terminar su larga vida, arrullado por el canto de los pájaros; hay otras gentes además, diseminadas bajo las arboledas de frutales, en medio de los huertos de habas y arbejones, entre los trigales, o perdidas en el olivar del fondo hacia el Pago de La Gitana. Al oriente, donde se eleva la Hacienda cuyas tapias blanquísimas refulgen con la luz de la mañana entre los troncos del palmeral, una noria chirría girando movida por un burro gris, casi oculta entre cipreses, naranjos y pencales orlados de telarañas brillantes y arbustos de adelfas con flores albas y violetas; alguna mujer oscura e imperceptible, acaso seguida de una chicuela de pelambrera enmarañada viene y va en dirección del pueblo con un cántaro enorme apoyado en la cadera, andando arriba y abajo por las ondulaciones del sitio, rápida por los senderos entre los sembrados; cantan los verdones, los chamarices y los jilgueros por doquier, y el ladrido de algun can, el gemir de los ejes de una carreta o el grito de algún pastor lejano constituyen, completándolo, el panorama sonoro del escenario.

Las Escaleras (II)

Por otro lado no le iban bien las cosas al Regidor, a pesar de sus múltiples ocupaciones, que en puridad tenían que estar proporcionándole algún beneficio. De ningún modo era así, sino que tenía deudas; el día veintiuno del marzo pasado se había obligado, hipotecando todos sus bienes, a devolver el préstamo de quinientos reales de vellón que le había hecho don Juan Antonio Romero, Contador Mayor de la Real Caja del Subsidio, vecino de Sevilla, para salarios de sus ayudantes, compra de remedios y medicinas para los animales enfermos, carbón y metal para de la forja herrera, arriendo de la sementera y mantenimiento de los bueyes; tenía que satisfacer la cantidad prestada el próximo quince de agosto, y si su finca no la producía o no se le presentaban encargos de transporte de mercancías o de cura de animales podía acabar, en último extremo, con sus huesos en la cárcel. Por eso tenía puesta casi todas las esperanzas en la cosecha del verano. Uno de los que le habían avalado ante el Contador Mayor es Salvador de los Reyes, maestro boticario que vive desde hace pocos meses en la Plaza, en una casa arrendada a la Duquesa de Olivares, y como su fiador, podía arrastrarlo en su caída, lo que producía a nuestro Regidor más desazón que su propia desgracia, ya que le unía al boticario una estrecha amistad.

Todavía en planos topográficos del término municipal de la Castilleja de la Cuesta de principios del siglo XX se denominaba callejón de Las Escaleras a la calle de Joaquín Romero Murube, límite entre Castilleja y Gines al oeste de la Barriada de la Inmaculada Concepción. El pago de Las Escaleras era pues el área entre Romero Murube al oeste, carretera Sevilla-Huelva al sur, calle García-Junco al este, y por el norte limitaría con el Pago de la Gitana, que dió nombre al callejón de la Gitana, denominación que se conserva hasta hoy y línea divisoria con Valencina y con Camas. Un "pago" era un terreno dedicado al cultivo de viña y/u olivar, y en Castilleja se contabilizaban varios, con nombres como "de la Cabeza del Moro", "de Miranda", "de las Zorreras", "de los Candeleros", etc. En resumen, por Las Escaleras fue como se conocía en el siglo XVIII y XIX el terreno sobre el que se asienta en nuestros días la Barriada de la Inmaculada, la de San Francisco Javier o del Mueble Castellano, la barriada de Antoñito Ruíz hasta García-Junco, y la mitad sur de Los Altos de Castilleja. Pertenecían Las Escaleras en el tiempo que nos ocupa al Colegio de San Hermenegildo de la Compañía de Jesús en Sevilla, que construyó aquí la Hacienda que hoy es Hotel San Ignacio, levantada años antes de los hechos que vamos a narrar para organizar un Cuartel General Alimentario, que así es como llamaban los religiosos a sus posesiones agrarias. Al otro lado del Camino Real se encontraba el Pago del Arenalejo, que limitaba con Bormujos y que también perteneció a la Hacienda de los jesuitas, dicho sea de paso. En su conjunto eran tierras que se cedían en arrendamiento a gentes de la comarca, verdaderos expertos en hacerlas fructificar.

Las Escaleras (I)

Estamos en cierto día del verano de 1746. Goya, el futuro pintor, tenía tres meses de edad, por lo que hacía pasar a sus padres las noches de blanco en blanco. Voltaire fue elegido miembro de la Academia Francesa entre la envidia de muchos que se decían sus amigos. El día nueve de este mes comenzó a reinar en España Fernando VI al morir Felipe V, el primer Borbón, pero los sectores populares de Castilleja tenían otras cosas más importantes en las que pensar. Actuaba el marqués de La Ensenada entre la politiquería de Madrid. La Guerra de Sucesión de Austria, desarrollada en casi toda Europa, América del Norte y sur de Asia, estaba en plena efervescencia.
En Castilleja de la Cuesta hace calor; no se ve una nube en el cielo desde semanas atrás. Juan Pacheco tiene treinta y nueve años; es activo, trabajador incansable; herrero, veterinario, carretero cosario y labrador, y últimamente nombrado Regidor Oficial del Cabildo; lleva diecinueve años casado, con una castillejana sencilla, que le muestra total sumisión; en 1730 fue Teniente de Gobernador, uno de los mas jóvenes que se conocen; parece hombre enérgico e intrasigente; es fornido y de potentes brazos y usa chaquetilla de cuero marrón a punto de estallar por la presión de la musculatura, con pañuelo rojo al grueso cuello; normalmente entrecierra los ojos y aprieta las anchas mandíbulas, quizá una deformación adquirida frente al resplandor de las ascuas de la forja y el manejo del martillo en el yunque; formal y puritano, tiene una finca arrendada en el pago de Las Escaleras, aledaña al Camino Real de Portugal; como Regidor del Cabildo siente que debe darse a respetar si no quiere ser el hazmerreir del pueblo y el objeto de desprecio de sus familiares y amigos, lo cual repercutiría en su prestigio profesional y sería, dada su personalidad, el fracaso de su existencia. Se ha educado en una férrea moral católica, y no puede darse el lujo de resbalar, imbuído como está de la filosofía franciscana que su padre le inculcó. Un cargo como el suyo exige, por otra parte, dureza y pocos miramientos, y se toma muy en serio la confianza que han depositado en su persona las autoridades de Castilleja; su ruina sería defraudarlos, o no vivir de acuerdo a sí mismo y a los valores que él mismo se había dado como norte de su vida. Pero sobre todo teme, como todos en la región, no satisfacer debidamente los deseos del Conde Duque, su amo. Es, a su vez, temido en el pueblo, sobre todo por los disolutos y vagos, los juerguistas y gamberros, los nihilistas y descreídos y por las mujeres casquivanas y deshonestas. Su descanso y puerto está en la comunidad del Convento de Nuestra Señora de la O, donde desde niño ha recibido calor y ha visto modelos a seguir. En los momentos adversos de la vida, encuentra su propia superación con el solo hecho de pensar en la vida conventual tras los vetustos muros coronados de follaje. Toda la energía que la presencia de la institución le proporciona se ha convertido casi en una droga para él.Pero siempre hay un pero. El Alcalde de la Hermandad, quizá envidiando la autoridad innata que transmite, le busca las vueltas desde hace unos meses, y en los proyectos y cuestiones del Cabildo siempre acaban enfrentados; ya es de dominio público la enemistad entre ellos, que se ha extendido a una zona vital para Juan Pacheco: su lugar de trabajo. Los sobrinos del Alcalde, Agustín y Sebastián Caro, tienen tierra vecina a la suya, puede verlos trillando en este momento, las diez de la mañana del dos de julio, hacia el interior del pago que asciende desde el Camino Real hasta La Gitana; está esperando alguna jugarreta de ellos en los últimos días, porque sabe que están a las órdenes directas de su tío el Alcalde, el cual se pasa la vida planeando formas de presionarlo, de dominarlo, de hacerle la existencia imposible.

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...