martes, 29 de julio de 2008

Un aperador acosado (II)

La amante de Cristobal Marana era a la vez amante oficial, en la medida en que puede ser oficial la amante de un hombre casado, del Comisario de Guerra de los Reales Ejércitos y enfebrecido aficionado a la astronomía, capitán don Gaspar Ignacio Romero.
Don Gaspar era un hombre de aspecto mefistofélico con reminiscencias marinas. Lo del mar se lo proporcionaban su tez transparente, acuosa y blancuzca, llena de manchas claras, membrana que recordaba a los paraguas de las medusas, y sus ojos de un profundo y salvaje azul, muy abiertos, omnipresentes allá donde se encontrara. Y la apariencia diabólica, que llegaba a hacer llorar a los niños pequeños a los que se aproximaba, le venía del aspecto de dicho ojos, iracundos y terribles, del resto de su rostro y de la presencia de su persona. Una cejas espesas y aladas como de cuervo despeinado, la nariz volcánica, un bigote oscuro, retorcido en puntas cornudas, una perilla espesa con aspecto de cuchillo de monte, y unas manos como zarpas de oso, oculta la delicadeza líquida de la piel por una gruesa toalla de vellos negros cuyo roce producía escalofríos, impresionaban a todos. Sus andares no desmerecían del mentado animal, del que poseía la corpulencia: barzoneando, en un balanceo que hacía difícil y mareante ir a su lado, era el suyo caminar avasallador como una amenaza a cada paso.
El Comisario de Guerra llegó a Castilleja huyendo de sus innumerables enemigos de la ciudad, en busca de un refugio, de un retiro que le permitiera al menos dar un paseo por la calle sin ser blanco de puyas a izquierda y derecha. Envuelto en varios escándalos por importantes cantidades de dinero desaparecidas en la Intendencia militar, y con graves diferencias con altos personajes de la administración hispalense, tuvo que recoger velas y esconderse en el primer rincón que le propusieron sus compinches. Sus dos o tres hijos se habían desentendido buenamente de él suspendiendo todo palique, y eran pocas las veces que se veían.
Sin haber mal que por bien no venga, la nueva residencia le dio manos libres para gobernar a su esposa, una vieja y avinagrada dama de la alta sociedad sevillana que le había destrozado con sus manías veinte años de su vida, y que sin sus apoyos y contactos en la rancia aristocracia de la capital, poco menos que enterrada en el insignificante pueblecito empezó a venir a menos, hasta que las frecuentes depresiones y ataques de melancolía que la asaltaron hundiéronla en un sillón, adonde había que servirle hasta la comida, perdida la mirada al frente y respondiendo con monosílabos incoherentes a cualquier observación de criados o visitantes.
Marchaba el Comisario a Sevilla tres o cuatro veces por semana para dar algunas instrucciones a sus amanuenses y colaboradores y regresar rápidamente el mismo día. Había adquirido una vieja casa ruinosa con un amplísimo corral que lindaba al oeste con la calle de Juan de Oyega, al norte con la de Enmedio, al sur con la Calle Real y al este con otros corrales de mansiones del Señorío Antiguo. El terreno, semiabandonado, estaba cubierto de espeso matorral en aquel verano de 1725 en el que llegó el matrimonio, y mientras los obreros derruían a golpes de zapapico y maceta —polvoroso desmigajamiento— el caserón, mandó quemar el nuevo dueño los rastrojos y rispiones sin previo aviso al vecindario. Al momento una espesa humareda se elevó por el aire de Castilleja, y la alarma cundió entre su villanaje, que salía de las casas con paños mojados en las bocas, asfixiado por el irrespirable ambiente. Tan de sorpresa tomó el fuego a las autoridades que fueron incapaces de reaccionar, y el intendente militar se libró de sanción alguna. Por la humareda con la que oscureció durante toda una mañana la población y por su apariencia, ya retratada, empezósele a llamar "el Diablo Loco". Cuando algún pícaro bergante, algún borracho o una granujería de chiquillos quería verlo explotar de ira violentísima, solían gritarle el bien ganado apodo desde alguna esquina antes de echar a correr para ponerse a buen recaudo de la estrepitosa tempestad en que se convertía.
Casi en un abrir y cerrar de ojos vieron los vecinos alzarse una hacienda-palacio típica, de las de uso común entre los señores de entornos urbanos que se establecían en el Aljarafe, con un gran portón para carros abierto hacia la calle de Enmedio, y junto a él la puerta propiamente dicha. Se fué elevando casi como por ensalmo un torreón cúbico sobre la esquina, alto bastante como para dominar todas las demás construcciones del pueblo, incluída la torre de Santiago, situada a un nivel más bajo del terreno. Sobre esta atalaya, una estancia abierta a los cuatro vientos por ventanales con dos arcadas de medio punto en cada uno de sus cuatro lados, apoyadas en dobles columnas intermedias de piedra jaspeada, que de inmediato recibieron sus correspondientes ventanales de cristaleras con marcos de sólida madera. Y como la guinda en el pastel, una insultante veleta —insultante para la tradición castillejana— cuyo clásico gallo había sido sustituído por una media luna de chapa pintada de negro, que competía en negativo con la real del nocturno cielo.
Hacia la calle de Juan de Oyega cerró el capitán Gaspar Ignacio la finca con un altísimo paredón que mantenía encalado resplandecientemente, hasta herir los ojos. Luego aró el tostado solar y sembró diecinueve pies de olivos y algunos frutales, a la vez que ordenaba convertir un abandonado pocillo en un ingenio de noria con su cubierta de tabla y vigas sobre pilares de obra para abrigar a las bestias de los rigores del sol mientras ejecutaban su impagable labor.

domingo, 27 de julio de 2008

Un aperador acosado (I)

Abrimos este nuevo tema de acoso a un aperador con un sorprendente documento que puede leerse en el Libro Primero de Defunciones de la Parroquia de Santiago, al folio 38, 2ª entrada:

Entierro de Salvador de los Reyes. Fábrica, 50 maravedíes.En diez y ocho días del mes de octubre de mil setecientos cuarenta y siete años dí sepultura eclesiástica al cuerpo difunto de Don Salvador de los Reyes, marido que fué de Josefa de Rojas, vecino de esta villa de Castilleja, y para que conste lo firmé, fecha ut supra. Don Miguel Vazquez Forero.

Una semana después de la muerte de su paciente sifilítico el cuerpo rechoncho del droguero apareció caído boca arriba en el suelo de su establecimiento. La última persona que lo vió vivo fue el Visitador de Boticas, que había llegado un rato antes a media mañana, encontrándolo en inmejorable estado de salud; aquél le juró, perfectamente normal, no ocultar nada, le mostró su título, justificó con unos papeles la puesta al día del alquiler del local, le dio acceso a los medicamentos para que comprobase que no había ninguno en mal estado, y una vez cumplidos todos los trámites montó en su mula el Visitador y marchóse calle de Hernan Cortes abajo para seguir su ronda de inspecciones por los pueblos cercanos. La muerte de Salvador debió ocurrir cuando doblaba la esquina de la Calle Real en dirección a Gines.

A las pocas horas el trágico acontecimiento era el tema de conversación del pueblo. Se decía que se había suicidado con un mejunje de su invención. Otros creían que no fue suicidio, sino que experimentaba en sí mismo los efectos de un fármaco. Y no faltaba quien culpase a algún envenenador francés.
Quizá la verdad solo la conociese el maestro cirujano, que fue quien lo descubrió, desbaratado junto a un sillón derribado en el fondo oscuro de la estrecha sala y con un libro abierto sobre su panzudo vientre: la edición madrileña de 1737 de “Palestra farmacéutica Chymico-Galénica", de Félix Palacios Bayo, según pudo ver el horrorizado terapeuta. En el mechero humeaba una poción de láudano que llenaba el recinto de un aroma dulzón y suave. Normalmente Salvador regresaba a su casa a mediodía, para almorzar con su mujer y dormir luego una ligera siesta; quizá lo efectuara así también el día en cuestión, pero hubo de hacerlo solo, porque su esposa llevaba fuera más de veinticuatro horas atendiendo a una cuñada parturienta en la calle de Juan de Oyega, donde se quedó a dormir. De forma que Salvador se encontraba ya más de un día sin compañía cuando ocurrió el desgraciado suceso.
Había dicho la tarde anterior en la tertulia con su amigo el maestro médico que tenía un cocimiento al baño maría en la minúscula oficina de brebajes, y que debía vigilar que no se apagara el infiernillo de aceite que le había de proporcionar calor durante cuarenta y ocho horas para su completa realización, por lo que sus viajes desde casa al laboratorio eran continuos, cruzando la Plaza a horas intempestivas para comprobar la buena marcha de su preparado.

Parecía, dada la poca diferencia entre una muerte y otra, que el boticario quisiera perseguir a su enfermo hasta el Más Allá en su obstinación por llegar a conocer los secretos de la entonces misteriosa enfermedad que lo mató. La inscripción que don Miguel hizo del sanitario difunto denotaba a simple vista que no sentía por él el menor vestigio de simpatía, dándole la carta de tránsito a la Gloria sin mucha delicadeza. Lo despachó con cuatro renglones descuidados, sin especificar lo más mínimo acerca de su profesión, o de haber o no haber efectuado testamento, como era habitual en todas las demás anotaciones de enterramientos, quizá con la intención de estigmatizarlo por su suicidio, si efectivamente murió por su propia mano.

Salvador de los Reyes permaneció en la memoria colectiva, entre el común de castillejanos sencillos, como un hombre extraño, que como todos los de su profesión, era temido por sus desconocidos poderes y por su apariencia y talante fuera de lo normal; ni tan siquiera tenía conversaciones inteligibles para la mayoría. Usaba palabras raras. Y su botica era la prolongación de él, con sus inquietantes olores, el aire impregnado de aromas que por su exotismo producían desconfianza, su luz y sus reflejos aversos, sus rincones misteriosos llenos de tarros y botes de incomprensibles contenidos.
Esta actitud del populacho hacia la medicina en general se había sabido aprovechar por ciertos divulgadores que hacían su agosto publicando obras que preconizaban la automedicación, permitiendo a las gentes sencillas —además de ahorrarse los emolumentos de los galenos— prescindir de quienes veían tan repelentes como a Salvador de los Reyes; llamadas genéricamente Farmacopeas para pobres, había una de ellas que describía recetas sencillas y tenía gran éxito entre muchas familias de Castilleja, editada la última vez en Sevilla en el año 1734 y cuyo autor se hizo llamar Pedro Hispano, un médico portugués del siglo XIII que llegó a ser pontífice en Roma con el nombre de Juan XXI: el problema era que los medicamentos se preparaban por manos inexpertas.
Problema que tuvo graves repercusiones en el pueblo, como veremos más adelante.

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Cristobal Marana prosiguió su vida con normalidad, tras los preceptivos días de duelo por Bernardo. Siendo como era, hombre atractivo y apasionado incluso con su ojo ciego —lo que aumentaba su encanto, al decir de muchas mujeres—, no le faltaron estímulos para volver a un disimulado romance que disfrutaba desde antes de la llegada de su hermano, y que compensaba con creces el riesgo que le suponía con el placer que le proporcionaba. Siguiéndolo en sus idas y venidas a la casa de su bellísima amante vamos a enterarnos en los próximos párrafos de, entre otras cosas, lo ocurrido al aperador de Juan Pacheco de Castro, este último el conocido veterinario amigo del farmacéutico fallecido y uno de los pocos en el pueblo que lloró su desaparición.

sábado, 26 de julio de 2008

Los caldereros franceses (y XVIII)

Aunque pudiera parecer que Salvador el boticario se limitaba a sedar a su paciente y rápidamente marchar a sus ocupaciones en una escapada de desentendimiento, no era así en cierta manera porque lo tenía en mente desde que se levantaba hasta que se dormía; le había tomado cariño al pobre y alucinado calderero por un lado, ya hecho un saco de huesos, y por el otro, con la intensidad con que se propagaban las enfermedades de ese tipo, las cuales por aquella época adquirían características de verdaderas plagas, le interesaba el caso en su aspecto técnico. Los movimientos de grandes masas de soldados a través de las fronteras, siendo éstos los que con más proclividad adquirían dichos males, hacían del asunto un sustancioso objetivo de la incipiente ciencia de la medicina social.
Pero de poco le sirvieron sus cuidados y buenas intenciones. Bernardo Marana, cuando se cumplían trece meses de su llegada al pueblo, murió:

Entierro de Bernardo Marana, mozo soltero. Fabrica, 50 maravedíes. En diez días del mes de octubre de mil setecientos cuarenta y siete años dí sepultura al cuerpo difunto de Bernardo Marana, de nación francés, hijo legítimo de Ramon Marana y de María Marangla, difunta. Recibió los Santos Sacramentos e hizo la Protestación de Nuestra Santa Fé, y testamentó ante Jose de Oyega, Notario, y por él se mandó enterrar en la Iglesia del Señor Santiago, y nombró por sus albaceas a Pedro Visier y a Ramon de la Cruz, sus compañeros, bajo de cuya disposición falleció, fecha ut supra. Don Miguel Vazquez Forero.

Fue un entierro serio donde los haya, con amigos del oficio y muchos jóvenes, entre ellos los de apellido materno Caro, ya crecidos veinteañeros mitad franceses mitad españoles, muchachos rubios de tez pálida y ojos claros que aunque hablaban un puro andaluz ceceante soportaban cierta, en ocasiones, descarada discriminación racial. En el Carnerillo se reunieron, presentándose los que no se conocían, mirándose llorosos y compungidos y estrechándose las manos con afecto sincero.

El testamento a que hace referencia el vicario en la partida de defunción de Bernardo Marana es un controvertido documento que ha llegado a nosotros en su integridad, en un excelente estado de conservación; helo aquí:

Pedro Visier, Antonio de la Cruz, Bernardo Marana, Ramon de la Cruz, Juan de la Cruz, Beltrán Fernando, de nación franceses y residentes en ésta, con casas y Compañía de Calderería, estando sanos y con salud, bajo la Fé de la Iglesia Católica, mediante ser nuestro ejercicio el andar de unos pueblos a otros y que en los caminos suceden muchas fatalidades, convenimos en darnos unos a otros poder para, si alguno fallece, los que sobrevivan puedan otorgar su testamento; asimismo convenimos en que el que fallezca de nosotros sea sepultado en la villa donde fallezca; idem que los sobrevivientes puedan declarar su parte en la Compañía; de esta forma nos nombramos albaceas unos de otros y convenimos en que los supervivientes se repartan los bienes del fallecido. Por cuanto las Leyes de nuestro Reino no precisan que los hijos sean herederos forzosos de sus padres, y nosotros somos unos casados, otros solteros y otros viudos, para cuando fallezca uno y no podamos saber sus herederos, nombramos únicos y universales herederos aquéllos que lo sean de nosotros, cuya declaración han de ejecutar por el que muera los que sobrevivan. 11, noviembre, 1746. Fimaron los que supieron: Pedro Visier, Bernardo Marana. Notario, Jose de Oyega.

Tras su detenido análisis, y sobre todo, el meticuloso de la temblorosa firma de Bernardo, se revelan con meridiana claridad algunas conclusiones: primera de ellas, que su hermano Cristobal, con mayor o menor aquiescencia de testigos, notario y compañeros, tuvo que haber suplantado su personalidad jurídica, porque hay testimonios fehacientes de que se encontraba trabajando en la calderería; ¿porqué no aparece en el documento, siendo parte del grupo?; segunda conclusión: que fué la enfermedad de Bernardo la que originó la elaboración del documento, puesto que está dado en una fecha, noviembre de 1746, en la que se encontraba dicho enfermo en un estadio insuperable de su dolencia; ¿no es extraño que precisamente entonces, y no antes, decidieran suscribir las cláusulas?
Tampoco es de extrañar que se engrasase al notario con unos reales para hacer que su pluma no encontrara resistencias importantes en su recorrido por la superficie del folio. A tal notario lo recordaremos porque fue quien enarboló los dos pistolones en la puerta del Convento cuando se pretendía prender a fray Sebastian de Castro por el conflicto de la ermita de Guía.

El origen de toda esta trama testamentaria, según la totalidad de los indicios a nuestro alcance, hay que buscarlo en la Auvernia, en las relaciones familiares de los Marana, en oscuros e interesados manejos de parientes egoístas. O bien que —podría ser— el fallecido tuviese más dinero del que aparentaba, y se lanzaron todos como aves de presa sobre sus ahorros, hipótesis plausible por cuanto los pobres, con familia o no, acababan o en el Hospital de la Caridad de Sevilla, como vimos nosotros y vieron el mariscal Soult y sus adláteres, o en el lazareto de la ventosa Algeciras, establecimiento de patios desolados que era la lanzadera de las incurables almas hacia los infinitos espacios siderales. Es en cualquier caso y como mínimo algo extraño que a Bernardo, siendo insolvente como aparentaba ser, se le instalase con tantos mimos y cuidados en Castilleja de la Cuesta.

viernes, 25 de julio de 2008

Los caldereros franceses (XVII)

Cuando los perniciosos alcaloides del opio llegaban al cerebro delirante de Bernardo Marana ocupando la función de sus agotadas endorfinas todos sus sentidos volvían, en cierta manera, a su estado natural; comenzaba por ver y oír mejor, y hasta distinguía algún aroma del tazón de caldo, algún lejano efluvio de las orinas de la cuadra.

Por el ventanuco alargado enfrente de su lecho el variado paisaje tomareño tras el Camino Nuevo adquiría colores nuevos, y los días claros y soleados sentía, bajo los efectos del narcótico, algo parecido a alegría de vivir. Entonces cerraba los ojos y caía en un letargo alucinado. Un día sí y otro también terminaba durmiéndose con lo que su maltrecha cabeza interpretaba como música de innumerables campanillas, —que así oía los martillazos en los yunques—, y se le aparecía con toda claridad la Inmaculada flotando en el cielo limpio del mediodía, con una larga túnica de fondo celeste profusamente bordada en oro, aureolada de rayos cristalinos y estrellas de plata y luminosamente coronada. Le transmitía la hermosa aparición ideas que repelían cualquier verbalización pero que eran tan consoladoras como pudiera serlo el puro amor y la bondad pura, y el rostro demacrado del desahuciado respiraba placer y dulzura gozosa sobre la almohada.

Otras noches, por el contrario, merced a las reacciones secundarias del medicamento, a las grasas de los cuencos de espeso caldo de gallina con que se le alimentaba y a la propia demencia originada por la vergonzante enfermedad, la celestial y esperanzadora visión aparecía, sí, pero para convertirse cuando más confiado estaba en insoportable pesadilla, con una virgen que si bien entraba en su mente con su amable forma bondadosa y llena de piedad y esperanza, al momento se transformaba en la arpía infernal más espeluznante que imaginarse pueda, y roja, ardiente de ira y entre amenazas, insultos y escupitajos blandiendo sus zarpas ensangrentadas de uñas de buitre prometía al sobresaltado durmiente todo un cosmos infinito de tormentos físicos y espirituales tales que la mente de un dios de la suprema perversidad no pudiera ser capaz de pensar.

Y así pasaban las semanas y los meses. Llegó el triste otoño y se prodigaron sobre el pobre techo de la calderería los chaparrones y aguaceros de estrepitoso ruido. Luego, el invierno. Todo estaba muerto, y por los caminos neblinosos no transitaba nadie. Las largas noches no contemplaban más que puertas y ventanas cerradas. La Navidad fue amarga, silenciosa. El frío mordía todo a su paso y las gentes parecían haber olvidado, como si nunca hubieran existido en sus vidas, flores, pájaros, risas y mariposas.

El globo terráqueo giraba pesado y ciego por el espacio, insensible a las tragedias que se desarrollaban en su vieja superfice, ajeno a los sufrimientos de sus insignificantes ocupantes. Lo que lo movía en su impetuoso lanzamiento nada tenía que ver con injusticias humanas, hados benéficos o suertes y predestinaciones. Por una ironía del destino, el primer hospital de tratamiento de enfermedades venéreas, el London Lock Hospital, se abrió en la Grosvenor Place de la capital inglesa este invierno, el 31 de enero de 1747, atendido por una sociedad de caritativos voluntarios, y de inmediato, algo repugnante que condenaba a saludables y magníficas personas a un lazareto comenzó a ser dominado, consiguiéndose victorias definitivas sobre la enfermedad desde los primeros tiempos; mientras el calderero francés Bernardo Marana, cuesta abajo en un penumbroso pajar de un ignorado pueblecito, se precipitaba sin remisión al desconocido vacío de la muerte.

Los caldereros franceses (XVI)

El maestro boticario Salvador de los Reyes, administrador local del opio que alabó Avicena y que como una bendición esperaban los doloridos del pueblo, vio la muerte de su primera esposa, estéril al parecer, y contrajo segundas nupcias una florida primavera de 1740 —mares de amapolas, olas de jaramagos— con una heredera de la más rancia tradición inquisitorial del pueblo: Josefa de Rojas. Su padre y su abuelo habían sido Familiar del Santo Oficio el primero, aterrorizador hasta de los gatos en Castilleja, y Oficial del horrendo castillo de San Jorge en Triana el segundo, organizador de amplia y poderosa red de influencias en todo el Alfarafe. Ello hacía que Salvador, de clara ascendencia judía, se autopercibiese con su nuevo matrimonio en un estado de equilibrio imprevisible en su vida diaria, percepción que le había sedimentado en el alma una filosofía de la precariedad y del aquí y ahora muy acorde, por otro lado, con la propia mentalidad de la sociedad andaluza, pero que en su caso llegaba a repercutir con más intensidad y hondura por ser mala, si no nefasta, tal ideología para una persona en cuyas manos estaba la integridad, la salud y el bienestar físicos de la comunidad, ya que ejercían estos boticarios, en detrimento de los cirujanos, la mayor parte de la tarea de contrarrestar los males y enfermedades azotes de la vulnerable población.
Tenía Salvador sobre un cuerpo esférico de no muy grandes dimensiones sino más bien al contrario, una cabeza cuyo enorme cerebro parecía con su peso haber aplastado contra la mandíbula inferior ojos, nariz y boca, apenas dejándoles espacio en la cara, todos juntos apelotonados en la parte baja del extraño rostro. Además jadeaba continuamente como si dicha distribución de órganos faciales le oprimiese también la garganta, pronunciando roncas palabras que creaban cierta ansiedad en sus oyentes.
Acababa de preparar una de las pócima sedantes en su botica vecina a la Cárcel, casita de una única sala, estrecha, oscura, húmeda y profunda, perteneciente a los mismos De las Cuevas del clan de los escribanos que albergaban a Ramon de la Palma en el corral. La al presente botica había servido antes como cobertizo para guardar herramientas hasta que la segregaron para destinarla al alquiler. El boticario trabajaba según la receta de Thomas Sydenham, "el Hipócrates de Inglaterra": "Tómese vino de España, 1 libra; opio, 2 onzas; azafrán, una onza; canela y clavo en polvo, de cada uno un poco; hágase cocer todo esto a fuego lento, al baño maría, durante dos o tres días, hasta que el líquido tenga la consistencia necesaria; fíltrese luego y guárdese para hacer uso."
Cuando iba a ver al chancroso y atormentado franchute recordaba siempre que era precisamente la Inquisición la que, en los años del Medievo, había estigmatizado el uso del opio por su procedencia turca y no por otras mas sólidas razones. Convertido en láudano por el añadido del alcohol que contenía el vino de España de la receta, sentía el peso del frasco de vidrio en su maletín, pensando en la infinita estupidez humana, heredada por su suegro el inquisidor, progenitor de su no menos infinitamente estúpida esposa; aunque también consideraba que en 1718 y en 1735 había sido prohibido en Francia, precisamente. En todas partes cuecen habas, y de inmediato se decía: "el mundo es así: vamos para adelante".

Si Salvador hubiera nacido doscientos años después le habría causado no poca sorpresa saber que en una cueva de Andalucía se habían descubierto, contenidas en un artefacto religioso, cápsulas intactas de la amapola de la morfina con cerca de 6.000 años de antigüedad.
Llegaba a la calderería dos veces diarias, a media mañana y al final de la tarde, bajando por la calle de Hernan Cortes, antigua Mariquita, con sus pasitos cortos y la vista clavada en el suelo, y saludaba cariñoso con una caricia en la cabeza al hijo subnormal de Juan Clemente de Luque que tomaba el sol en su puerta:
—¡Adiós, barbián! —y el anormal respondía con fuerte vozarrón —¡¡Ayyyyy!!
Deseaba buenos días con toda la afabilidad que le permitía su ronquera a los batidores, daba en la cuadra una palmadita en el lomo de un mulo, subía torpe la escalera y, sentado en un taburete al lado del enfermo, le suministraba media cucharadita del espeso líquido levantándole la cabeza para hacer que se la ingiriera con facilidad. En ocasiones Cristobal subía con él para informarse sobre el estado de su hermano. Los primeros días, afectado en extremo, el tuerto había perdido el apetito y apenas se sentía con ganas de empuñar el martillo; poco a poco fue haciéndose a la idea de la nueva situación, y al cabo de las semanas efectuaba vida normal, habituado a atender al enfermo como otro trabajo más de los que realizaba diariamente. Los efectos comenzaban un cuarto de hora tras la ingestión, pero para entonces ya Sebastián subía la calle hacia la Plaza, "¡Adios, barbián!", y continuaba con sus labores rutinarias, o marchaba al campo a charlotear con su gran amigo el veterinario Juan Pacheco de Castro.

Los caldereros franceses (XV)

Aparecen algunos que hacen testamento, lo cual indicaba su posición económica, muy por encima de la enorme cantidad de partidas de defunción de autóctonos en las que se especifica que no testaron por ser pobres. Varios dueños de martinetes fuéronlos desarrollando y ampliando hasta convertirse en influyentes empresarios, patriarcas de los grupos de simples artesanos, rodeándose de criados, influyendo en las políticas municipales, abasteciendo a Fábricas Reales españolas. Cuando desde 1780 la Armada hispana comenzó a utilizar planchas de cobre para acorazar los cascos de sus buques, uno de estos empresarios, establecido en Aragón, consiguió de la Real Sociedad Económica de Zaragoza ayuda para abastecer de planchas de cobres los astilleros de Barcelona. En todos los casos disfrutaban del apoyo de las autoridades locales, prestas a enfrentarse con el Gobierno central —o a no llevar a efecto sus decretos— por mantener las pujantes economías locales sostenidas por los caldereros. Con la escalada bélica del año 1796 Madrid dispuso la expulsión de todos ellos y el embargo de sus bienes, mas los Cabildos de las villas en su generalidad hicieron oídos sordos. Les habían exigido los políticos centralistas juramento de fidelidad al Rey, y restringido sus salidas a Francia para evitar la propaganda subversiva que pudieran introducir en la Península al regreso.

“Mando a la yglesia de este lugar 500 reales con la obligación de decirme todos los años, perpetuamente, una misa cantada con órgano el día de san Francisco y me entierren con el hábito de san Francisco”, es una cláusula testamentaria de un inmigrante de la parte de Castilla la Nueva, con evidente suerte.
Encargaban cientos de misas, entierros con varios curas, limosnas a los pobres, etc. Tenían sirvientes y clientela en amplias regiones, y dejaban herencias sustanciosas a sus familias en Francia.

En las montañas de la Haute-Auvergne occidental sus habitantes nacían predestinados a marchar en masa a España, norte de Italia, Suiza y otros países europeos, ejerciendo un oficio arraigado en su tierra desde tiempo inmemorial y de manera inexplicable, porque ni había minas de cobre en la zona ni sistemas de comunicación que propiciaran la llegada de materia prima. En los cantones de Aurillac, Saint-Flour, Pleux, Mauriac... los abuelos y padres enseñaban a los hijos el arte de batir y las triquiñuelas de supervivencia en tierras extrañas, esperando que, con el tiempo, remitieran el dinero suficiente para adquirir un poco de ganado, un trozo de tierra o una casa. Era aquellas montañas zona pobrísima, sometida a la "tiranía cerealística" de las regiones bajas de su alrededor. Se heredaba el oficio familiar con las herramientas paternas y el impulso innato, el irrefrenable afán de conocer mundo, sin el cual no se era propiamente auvernés. Eran muy meticulosos en dar legalidad a sus situaciones, y ya al salir delegaban ante escribano sus derechos civiles en padre, esposa o pariente cercano, a veces dejando ya el testamento hecho; entre los auverneses de Castilleja abundan documentos que establecían las condiciones del reparto del capital de la cuadrilla, o las de reformas de índole testamental. A veces, en un viaje vacacional, dejaban embarazadas a sus mujeres, y no conocían al vástago hasta después de varios años.
Presumían de mujeriegos y tenían fama de ladrones, a causa de su movilidad.

Bernardo Marana fue de los que no tuvieron suerte. En la trasera de la calderería de la Calle Real agonizaba hora tras hora, día tras día. Se aisló su cama del resto de la estancia con un cañizo espeso, se sacrificaban las gallinas a mansalva para proporcionarle caldos y los operarios procuraban no hacer excesivo ruido, lo que les reportaba una baja producción en un oficio en el que el martillo era principal protagonista. Cuando llegó el primer frío de septiembre se le subía a diario un pesado calderón de cobre rebosando enormes ascuas de la fragua que al lado del camastro entibiaba el rincón bañándolo en una sobrenatural luz rojiza.
Entre los habituales visitantes al pajar donde desfallecía el desgraciado se encontraban el maestro cirujano de la Villa, el boticario titular con abundantes dosis de opio, don Miguel el cura no sin cierta repugnancia y varios franciscanos del Convento de la O que murmuraban esotéricas letanías en voz baja rosarios en mano, a veces sin siquiera sentarse, y se marchaban luego sin pronunciar tampoco un simple saludo.

Los caldereros franceses (XIV)

Algunos inmigrantes caldereros se integraban perfectamente; el ejemplo de esto en Castilleja lo encontramos en dos partidas de matrimonio en la parroquia de Santiago, las cuales son del siguiente tenor:

Desposorio de Juan Rosier con Maria Josefa Caro. En tres días del mes de abril de 1724 don Pedro Fernandez de Villegas, cura vicario de la villa de Castilleja de la Cuesta y Guzmán, habiendo procedido lo que el Santísimo Concilio manda y no habiendo resultado impedimento canónico alguno, con despacho del Reverendísimo Señor Abad de esta abadía desposé por palabras presentes que hicieron firme y legítimo matrimonio a Juan Rosier, vecino de esta villa, de nación francés, hijo de Antonio Rosier y de Cecilia Cusí, difuntos, vecinos y naturales que fueron del Reino de Francia en la villa de Gardiñac, con Maria Josefa Caro, hija legítima de Diego Caro y de Isabel Ponce, naturales de la villa de Castilleja de la Cuesta. Fueron testigos don Juan Francisco Sebastian, Pedro de la Cruz, Juan Vela y Alonso Galindo, y los dichos contrayentes confesaron y fueron examinados en los misterios de nuestra Santísima Fé, y para que conste lo firmé, fecha ut supra. Pedro Fernandez de Villegas.
Y:
Desposorio de Juan Rigal, de nación francés, con Teresa Ana Caro. En lunes veinte de junio de 1729 años don Pedro Fernandez de Villegas, vicario de esta villa de Castilleja de la Cuesta y su Partido y cura de dicha villa, habiendo precedido lo determinado por el Santísimo Concilio y no haber resultado impedimento canónico alguno y despacho del Reverendísimo Señor Abad de Olivares y presentado testificación de Don Pedro Francisco Infante, cura de Nuestro Señor San Salvador de la Ciudad de Sevilla de no haber resultado impedimento canónico alguno y de haber el contenido confesado y comulgado, Desposé yo, el referido cura vicario, por palabras de presente que hicieron firme y legítimo matrimonio a Juan Rigal, natural de la villa de Llonges en el Reino de Francia, hijo de Juan Rigal, difunto, y de Juana de la Fuente, y vecino a el presente en la Ciudad de Sevilla, juntamente con Teresa Ana Caro, hija de Diego Caro y de Isabel Ponce, naturales de esta villa de Castilleja de la Cuesta, a todo lo cual fueron testigos don Diego del Olmo, vecino de Sevilla en Triana, Juan de Castro Lasca y Antonio Vazquez, francés yvecinos de esta villa y otras personas, y para que conste lo firmé fecha ut supra. Licenciado Don Pedro Fernandez de Villegas.

Nótese que son dos hermanas las que se casan con dos franceses en el intervalo de cinco años escasos. Dichas hermanas eran de la familia Caro, a la que ya conocemos por los hechos de Las Escaleras. Agustin y Sebastian Caro, a la sazón a la espera de juicio en la cárcel, estaban emparentados con los caldereros por estos desposorios.
El primer matrimonio comenzó a ver frutos prontamente: un hijo, Antonio del Espíritu Santo, bautizado el domingo 9 de junio de 1726; una hija, Isabel Cecilia, bautizada el domingo 10 de enero de 1728; otro varón, Antonio Diego, bautizado (ya por don Miguel Vazquez Forero, recién estrenando su curato) el 25 de enero de 1730; otra niña, Maria Josefa del Rosario, bautizada el 17 de octubre de 1731; otra, Maria Casimira, bautizada el miércoles 11 de marzo de 1733, y algunos más, todos los cuales en la medida que vayamos relatando la historia y siguiéndoles el rastro documental irán apareciendo, con sus personalidades y circunstancias detalladamente dibujadas.

Juan Rigal, el esposo de Teresa Caro, como se deduce del antecedente registro matrimonial vivía en la collación de El Salvador en Sevilla, y no tardó en marcharse a su vecindario llevándo consigo a su mujer, aunque como es natural no perdieron el vínculo con Castilleja: apadrinaban a sus sobrinos con frecuencia, como puede comprobarse en la partida de bautismo de Maria Josefa del Rosario, mencionada arriba.A los suegros también, como era costumbre, se les solicitaba a menudo asistencia en la pila de las abluciones. Casados el primero de marzo de 1699, Diego Caro e Isabel Ponce poseían tercer grado de consanguinidad, por lo que hubieron de solicitar para su unión permisos especiales. Apadrinaron a muchos de sus nietos, alternándose con otros familiares y con franceses amigos de Rosier y Rigal, uno de ellos un tal Antonio Besa, avecindado en Villanueva del Ariscal, del que oiremos hablar en el futuro.
Establecido firmemente, Juan Rosier sacó adelante a su prole traficando con productos ya elaborados que adquiría en Sevilla y que almacenaba en un cobertizo de su vivienda. Se iba diversificando, gracias a él, la industria de la caldera en el pueblo.

jueves, 24 de julio de 2008

Los caldereros franceses (XIII)

Era intención del general de Napoleón, estaba claro, involucrar a sus peones en la dominación del país, y motivarlos en sus actitudes policíacas y en sus conductas opresoras.

No debemos perdernos en nuestra escapada por estos agitados albores decimonónicos, cuando los hacendados afrancesados de Castilleja confraternizaban con los soldados de la Grande Armée en la tasquilla de Guía que vió las libaciones de Juan de Vallecillos, boyero aficionado a los libros, y Ramon de la Palma, anciano anacoreta. Regresemos ahora, con la prevención de lo ya conocido, al meollo castillejano del nuestro Siglo de las Luces. Demos tiempo al tiempo, que él con su imperceptible fluir se encargará de presentarnos como en bandeja de plata los terribles y sangrientos hechos protagonizados por el soldado Pierre de Amano, nieto de un calderero fallecido en el Hospital de la Caridad, y por algunos de sus conmilitones de una parte, y varias familias de antigua cepa castillejense de la otra, hechos ocurridos cuando la presencia de las fuerzas francesas en el Aljarafe tocaba a su fin.
Mas, a modo de solución de continuidad en nuestro regreso al punto de partida, anotaremos que la cabaña había ganado en calidad de factura, contando ahora con más amplitud, un suelo de tierra apisonada, unos muretes de ladrillo hundidos en respetables cimientos sobre los que se erguían auténticas paredes de tablones, y un techo de vigas y tejas a prueba de chaparrones... ¡ah! y en el invierno una chimenea rinconera cuya columna de humo atraía viajeros a una legua de distancia. Así estaba en 1810 lo que en el siglo anterior fue mísero cobertizo de palmas trenzadas en una tosca estructura de palos.

A la calderería de la Calle Real llegó una mañana de septiembre de 1746, pocos días después de la visita de Juan Vallecillos con el libro del barón de Montesquieu, un carro cubierto con una lona del que tiraba una mulilla trotona, escoltado por dos hombres en sendos jumentos. Se detuvieron en la puerta, hablaron con los artesanos y descargaron entre todos a un ser doliente, un puro gemido sudoroso y pálido, acostado en gruesa manta cuyos bordes agarraron las muchas manos de los presentes para transportarlo al interior; sorteando cacharros y pisándose unos a otros pasaron a duras penas por el portillo, lo subieron con cuidadosas maniobras entre los cuadrúpedos por la empinada escalera y acostáronlo en el mejor catre del pajar-dormitorio.
Era Bernardo Marana en el último estadio de una infección sifilítica. Ni siquiera podía distinguir entre los accesos de fiebre y los dolores de cabeza el rostro tuerto de su hermano Cristobal inclinado sobre él, ofreciéndole agua, limpiándole el sudor, susurrándole palabras reconfortantes. Estaba seriamente enfermo. Las espiroquetas del "mal de la bubas" habían alcanzado su cerebro, desorganizándoselo de tal manera que se le manifestaban continuos y fuertes ataques de locura, potenciados por los efectos venenosos de los vapores de mercurio que los médicos le habían venido administrando durante los primeros síntomas, hasta que se decidió traerlo a respirar aires más saludables que los de la congestionada ciudad. Había perdido gran parte de su cabellera y padecía numerosas llagas en las extremidades.

Bernardo fue asiduo visitante de las sucias tabernas de la calle de la Pajería y de los cálidos cuerpos de las pupilas del Compás de la Laguna casi desde que llegó a Sevilla, como tantos otros artesanos inmigrados que no encontraban otro recurso para el desahogo de la líbido exacervada que el clima y la idiosincracia de Andalucía acumulaba en sus organismos que solicitar servicios de unas prostitutas malamente controladas, hechas a anteponer la ganancia de un par de reales a la salud de sus clientes o, simplemente, criminales por vocación.

Los caldereros franceses (XII)

Es ampliamente conocido que el mariscal Soult, "Mano de Hierro", requisó a las autoridades eclesiásticas el Palacio Arzobispal sevillano, destinándolo a ser su residencia y Cuartel General de mando. En sus patios sombreados por las hojas verdes de copudos limoneros y refrescado por los chispeantes surtidores de románticas fuentes aquel individuo de considerable talla, con su cabeza total y prematuramente calva y su bruñido por el sol y el aire ibéricos que asemejaba una mascara de maquillaje en la que ojos y boca resaltaban extraños, como pertenecientes a otra persona, planeaba paseando con sus lugartenientes actuaciones en la región y rapiñas en los edificios monumentales. Cuando le tocó el turno al Hospital de la Caridad que en el siglo XVII levantara Miguel de Mañara junto a las Atarazanas se desplazó a él en lujoso carruaje custodiado por cincuenta caballeros dragones de refulgentes corazas y airosos cascos empenachados, sabiendo ya por sus edecanes y técnicos que el edificio albergaba valiosas pinturas, en especial algunas de Murillo, el pintor sevillano por quien sentía honda predilección. Rodearon la Catedral; enfilaron hacia el Postigo del Aceite saliendo entre el barrio de la Carretería y la fábrica de galeones, y detuvieron la comitiva en las puertas del instituto de beneficencia. Allí él y sus acompañantes, revisando sala por sala, galería por galería y patio por patio y escogiendo lo que más les gustaba de entre la cantidad de pinturas del mencionado Murillo, de Juan de Valdés, estatuas de Pedro Roldán y otros variados objetos artísticos agotaron la mañana. En una habitación abuhardillada, pequeña, oscura y polvorienta, un oficial descubrió los libros de registro de enfermos y de sus defunciones, a los que echó una rápida ojeada. Luego comentó en presencia del mariscal que abundaban en ellos nombres de franceses, con alguna filiación y un extractado historial médico, lo cual llamó la atención de Soult por partida doble: por tratarse de antiguos compatriotas emigrados y porque su propio padre había sido escribano, lo que le hacía sentir una especialísima atracción por cuantos manuscritos se le cruzaban en su victoriosas marchas —fue vencedor en Austerlitz— a través de toda Europa. De manera que pidió los libros y estuvo mirándolos con detenimiento durante casi una hora, en el mismo establecimiento asistencial. Mientras pasaba las amarillentas hojas recordaba su niñez, a su padre aclarándose la garganta como si en lugar de escribir fuese a pronunciar un discurso, inclinado sobre el bufete de su oficina en la localidad de Saint-Armans-la-Bastide, la blanca pluma de ganso agitándose sobre los folios. Escribía su progenitor mejor, más elegantemente que todo lo que había visto escrito en su vida, y por supuesto, mejor que las líneas garabateadas por un loco que estaba viendo. La caligrafía de su padre era perfecta.
Pero, al margen de apreciaciones subjetivas y estéticas, la información que nuestro militar iba obteniendo de las listas de fallecidos en el hospital era interesante, y no solamente por ella en sí; su cabeza de estratega funcionaba con rapidez frente a los borrosos nombres. Lo que en principio fue un puro sentimiento de ternura al imaginar a aquellos desgraciados agonizando semitorturados por montruosos frailes formados en la implacable e inhumana ideología de la odiosa Inquisición española, pronto tomó forma como una excelente oportunidad que a su ego insaciable se le brindaba: la de aparecer ante sus tropas, ante sus conciudadanos y ante el mundo como un vengador de las felonías cometidas sobre sus paisanos más desfavorecidos en un país abiertamente opuesto a los valores napoleónicos y a los de la Revolución. Eso es. Los vengaría. Vengaría a todos aquellos que fueron abandonados por la fortuna, que fueron hundidos en la miseria, que padecieron crueldades y desprecios y daría un ejemplo a los suyos de magnanimidad y justicia. Escalaría un peldaño más en el pedestal de la gloria eterna.
Ordenó trasladar los registros al Palacio.

Napoleón había adivinado las ventajas de una fuerte burocracia en lo concerniente a dirigir un complejo imperio. Cada soldado de su ejército iba, allá donde las campañas se extendieran, acompañado como de su sombra de un expediente con sus datos personales, circunstancias, ascensos y méritos, etc., y los de aquéllos que ahora ocupaban Sevilla estaban en manos de los secretarios y ordenanzas del mariscal, accesibles con facilidad. Por lo tanto fue pan comido cotejarlos con los libros del Hospital, y en una jornada de metódico trabajo se pudieron averiguar las relaciones de parentescos o vecindad entre los que entregaron sus almas en aquel sanatorio y los soldados que se ocupaban del control de ciudad y provincia en numerosos destacamentos diseminados por toda su variada geografía.
Y ante los ojos de los escribanos saltó, entre otros muchos, el apellido Amano: Juan de Amano, de nación francés, natural de la villa de San Didier de Velay, enfermo de tabardillo , de ejercicio calderero y vecino de Castilleja de la Cuesta, fallecido en día Domingo 2 de enero de 1763, a quien se le administraron los Santos Sacramentos de la Eucaristía y Extremaunción. Apellido coincidente con el de un joven soldado, —Pierre de Amano—, que actuaba en patrullas callejeras por el sector del barrio de la Macarena, reunía todas las condiciones para formar parte del plan del maquiavélico mariscal; redondeadas las comparaciones se comprobó que Juan y Pierre eran vecinos de la misma localidad gala de San Didier en la Auvernia: parientes entre ellos, sin duda alguna.
A todos los ocupantes les repugnaba, como si de una violación se tratase, la burda castellanización a la que habían sometido los españoles del Antiguo Régimen sus musicales apellidos de entrañable ortografía, aunque las salvajes transcripciones no obstaculizaron el que la mayoría de las investigaciones se ultimaran con éxito. Soult encomendó la logística de la operación a un hábil propagandista de su gabinete, y a los pocos días el soldado Pierre de Amano, debidamente instruído sobre la peripecia andaluza de quien resultó ser su muy querido abuelo paterno, era destinado al destacamento que maniobraba desde la Ermita de Nuestra Señora de Guía dominando los accesos de entrada y salida del Alfarafe oriental.

La historia se repetía. Como morabito fortificado que fue, de su aventajada posición también se sirvieron los árabes, muchos años antes, para defender el fértil terreno de la elevación orográfica.

miércoles, 23 de julio de 2008

Los caldereros franceses (XI)

La luna de la noche del jueves 11 de agosto de 1746 se encontraba menguada en algo más de su mitad. Juan y Ramon abandonaron la tasca con ella y con los parpadeos débiles de las primeras estrellas y emprendieron el camino al pueblo, cabizbajos y vacilantes, sumidos cada cual en lo profundo de sus pensamientos.
Ladraban perros lejanos.
Cuando Juan, tras despedirse del anciano penetró en su casa lo primero que hizo, antes de apagarse la enorme sed que sentía, fue mirar por la puerta entreabierta el interior de la alcoba de su hermano; el clérigo dormía como un chiquillo, roncando suavemente y con su blanco brazo derecho desnudo fuera del lecho, colgando desmadejado hasta las baldosas del suelo. Sabía que se masturbaba todas las noches, incluso un par de veces seguidas. Allá él. Lo comprendía. De todas formas lo comprendía. Le pareció a Juan que los espíritus vigilantes de sus padres hacían guardia en las esquinas de la cama, con las alas desplegadas sobre ella filtrando con sus plumas solamente sueños benignos e impidiendo que los sentimientos de culpa atormentasen el descanso del religioso. Salió al patinillo, bebió agua y respiró profundamente el aire fresco de la noche. Luego se acostó.
De madrugada el librito clavado en su cuerpo lo devolvió a la realidad, pero no tardó en, tras echarlo al suelo, volver a dormirse.

Ramon, por su parte, también entró en sus dominios angustiado por el nudo invisible de la sed. Extrajo del pozo una cubeta del líquido, tirando con cuidado de la maroma para evitar que la carrucha de madera chirriara en el silencio nocturno, acordándose, como siempre le ocurría mientras elevaba el goteante recipiente, de sus trabajos con las jarcias en los barcos transoceánicos bajo las voces como trallazos de los cómitres. Con ello apreció mejor el silencio y la paz de aquella noche. Sus brazos eran los mismos y se sentía bien, fuerte, optimista y capaz. Tras saciarse, tanteando entre los olivos del corral se dirigió hacia el muro sur y recogió la piedra inscrita, aquel instrumento de verdugo en que ahora estaba transformada, cargando con ella hacia el dormitorio. La colocó, como una alegoría de lo acaecido, en lo alto de la choca del árbol más cercano a la atarazana, encajada en una gran oquedad que atravesaba el tronco de arriba a abajo.
Encendió una lamparita de aceite para acabar de ordenar sus cosas y se dispuso a dormir. Contemplaba la piedra clara desde la cama, pálida entre las ramas del viejo olivo. El hermano de Juan la había traducido al castellano años atrás, aunque ya no recordaba sus palabras. Si hubiese sabido escribir y tenido la curiosidad de tomar nota de lo descifrado por el clérigo que ahora dormía beatíficamente tras la consumación material de sus fantasías lascivas, sabría que señalaba el enterramiento de Lucius Annius Aquila, muerto con 22 años y que su esclavo liberto Caio Saturnino le dedicó el epitafio como recordatorio porque se lo merecía: B(ene) M(erenti)... con el deseo de que la tierra le fuera leve: S(it) T(ibi) T(erra) L(evis).
A ojos expertos era pieza de una factura de gran calidad, con hermosas letras de perfecto dibujo que pregonaban a voces la solvencia del taller epigráfico donde fueron talladas. Como veremos, si la historia nos sigue alumbrando con su vívida antorcha de verdades luminosas, las personas —esclavo y amo— de la pétrea referencia desempeñaron sus existencias en la raíz del pueblo de Castilleja, el asentamiento indígena de Osset ya cuando el César le hubo concedido la categoría de municipio romano.

Cuando en 1810 los soldados franceses del ávido expoliador de obras de arte mariscal Nicolas Juan de Dios Soult llegaron desde la ciudad de Sevilla al convento de Nuestra Señora de la O con la misión de inventariar sus tesoros, y efectuaron un reconocimiento por los alrededores en busca de imaginados guerrilleros, hubieron de detenerse movidos por la admiración al ver la piedra sepulcral que las circunvoluciones de madera del olivo habían abrazado apretando con lentitud cálida y vital, como si quisiera éste con sus toscos brazos de gran padre preservar el testigo de una vida pretérita que se desarrolló a sus rugosos pies. Y aunque la soldadesca intentó, apalancando con sus mosquetones, arrancar el bloque, no lo permitió el árbol, que apretando con todas sus fuerza obligó a desistir y a retirarse derrotados con el rabo entre las piernas a los ignorantes gabachos.

martes, 22 de julio de 2008

Los caldereros franceses (X)

Marchaban Juan de Vallecillos y Ramon de la Palma hacia la mísera tabernilla junto a la ermita de Guía, este último entristecido por lo que se había visto obligado a hacer aquella mañana con el agonizante animalito.
Por el Camino Real bordeado de gigantescos árboles las sombras de los dos caminantes se alargaban desmesuradamente, adquiriendo aspecto de deformados peleles de zapatones descomunales y minúsculas cabecillas que actuaban con desarticulados movimientos. Se cruzaban de cuando en cuando con algún jinete deslumbrado, con algún caminante apantallándose con la mano abierta sobre las cejas. Al fondo de la verde Vega la ciudad parecía de oro bajo un altísimo lienzo de puro azul que se confundía con los horizontes añiles y cárdenos. Todo era grande para ellos, todo se ampliaba al salir de los espacios entre opresivos edificios de la población, que parecían querer aplastar a sus habitantes en comparación con las dilatadas anchuras que se abrían a sus pasos expandiéndoles el alma.
En la atmósfera zigzagueaban miríadas de mosquitos que cobraban calidad de joyas al ser tocados por los rayos ya suaves y rasantes del sol poniente y un fuerte olor a excrementos vacunos se imponía sobre los aromas de tierra recién arada de las viñas, de seco pasto de los olivares o de acequias en los sembrados adyacentes. En efecto, a cada trecho en el polvo de la carretera aparecían enormes boñigas de buey en proceso de endurecimiento, las cuales todavía se disputaban moscardos y tábanos zumbando y saltando sobre ellas y gran copia de brillantes y afanosos escarabajos carroñeros —estercoleros, peloteros, enterradores— evolucionando con sus palas en los abruptos bordes de las enormes deposiciones. Juan y Ramon anduvieron con precaución por el filo de las gavias excavadas a modo de cunetas, en las que florecían matas de malvas y borrajas y espesos macizos de jaramagos.
—Lleva cuidado, Ramon.
—Por la cuenta que me trae. Son de los de Huelva, de los corcheros de este mediodía; conté las carretas desde Las Escaleras: cuarenta y nueve.
—No está mal —opinó lacónicamente Juan Vallecillos.
—Mañana estarán de regreso.
—¿Mañana? Esta noche mismo las sentiremos pasar...
—No creo que el mosto nos deje muy despiertos... —apuntó objetando con ironía Ramon. Iba más alegre ya, golpeando las floraciones de cobalto y cobre de las borrajas con su bordón y pensando temas de conversación para el contubernio que se avecinaba.

Empezó a hablar, nada más sentarse en los toscos bancos de la explanada, so pretexto de la reciente visita de su compañero a la calderería:
—Los franceses son gentes más bien... reservona. El primero que se me viene a las mientes estuvo trabajando conmigo haciendo la carretera entre la ciudad de Quebec y la de Montreal; habíamos dejado el tráfico de pieles porque se ganaba más dinero con el pico y la pala desmontando cerros. Era un tío bajillo "el Chivi", como le decíamos, con barba rubia. Y valiente, capaz de andar cinco leguas con nieve hasta las rodillas.
Juan de Vallecillos recordó con estas palabras las blancas montañas granadinas, que había visitado una única vez con ocasión de acompañar a una recua portando sacos de cebada hasta las sierras de los Filabres.
—Llegó un barco bacaladero vasco y le perdí la pista.
—El Chivi —recalcó tras una pausa.
Ramon se limpió las barbas con la manga mugrienta y observó con disimulo la actitud de su amigo. Levantaron las jarras y bebieron largamente el mosto de oro paladeándolo, ya desde su visión en el fondo oscuro y fresco de los recipientes, con ojos y olfato, boca y garganta, esófago y vientre, como si sus cuerpos se hubiesen convertido en todo un solo órgano gustativo, y luego esperaron que el alcohol percolara todos sus rincones hasta sentirlo tras la cara hirviendo en la cabeza. Era Ramon de la Palma borracho esporádico, de cada tres meses, durante los que se limitaba a trasegar nada más que agua fresca de pozo. Parecía como si los cambios de estación, con sus melancólicas evocaciones, le produjeran un irresistible prurito por perder la conciencia de su vida presente, tan cerca de su final que ya no merecía ser recordada.
Solía acabar sus cuatro adoraciones anuales a Baco tumbado bajo un árbol en cualquier paraje, o recostado en el cantillo de cualquier callejón, revuelto en babas y vómitos, y eran los picotazos de los moscones, el rocío helado empapándole las ropas o el golpe repentino del sol tras los párpados los agentes que le obligaban a emprender otra vez sólo la marcha autómata del reloj vacío de sus días.

Desde la cabaña, a treinta metros de la ermita, se dominaba toda la cuesta, continente de denso fondo de altos matorrales y cañaverales verdes habitados por avecillas que en bandadas subían y bajaban a ras de los barrancos persiguiendo mosquitos. Al final de la carretera en mitad de la panorámica apertura de su extremo veguero se erguía el cerro del Carambolo con su espesa cabellera de pinos resineros y tras él, la llanura del Guadalquivir aparecía sembrada de pueblecitos blancos. A la derecha, los plásticos cabezos de la otra Castilleja, la de Guzmán, recortados en la lejanía, como moldeados por la mano de un artista feminoide, hacia lo alto de cuyas pálidas laderas trepaban formaciones de olivos oscuros y por el lánguidamente verdiazul poniente más ondulantes campos olivareros que se perdían en el contraluz del término de Valencina.
Cruzó saltando por el Camino Real un conejo perdiéndose en las sementeras de Tomares.

Los dos bebedores guardaban silencio.

Los caldereros franceses (IX)

Tenía Ramón una gata entre sus preferidas, fina de cara y de miembros, elástica y tranquila como él mismo, y de un color de pelaje verdinegro con reflejos amarillos y marrones que imposibilitaban distinguirla entre la hojarasca y los juegos del sol, y unos ojos que eran pura miel iridiscente. Extraordinaria paridora, acaparaba con su temperamento a todos los machos que en su época de celo incursionaban entre los huertos, y había poblado en pocos años el territorio de hijos, nietos, biznietos y tataranietos de todas las combinaciones de colores imaginables en felinos muradores. Llevaba, —su silueta habitual—, la inflada barriga como algo natural, por la fuerza de la costumbre, y daba de mamar a sus extensas camadas plácidamente, en cualquier rincón, como la excelente madre que era.

En aquellos tiempos los gatos eran imprescindibles para el control de plagas, y en los alrededores del Pósito de granos disponían, por así decirlo, de carta real de tránsito: tenían más facilidades para desplazarse que los gitanos o los esclavos, a quienes se les cerraban muchas puertas, y en general estaban mejor alimentados que el inmenso lumpen de la sociedad. Era frecuente verlos a la sombra en las horas frescas de los días calurosos en la Plaza echados en grupos mirando indiferentes a la chiquillería obligada y educada en el estricto respeto hacia ellos mientras sus cachorrillos en cuadrillas saltaban dando volteretas y se revolcaban jugando incansablemente.
Y hasta los perros callejeros parecían reconocer la vital labor que realizaban, y agachaban sus cabezas al pasar frente a ellos moviendo con parsimonia las colas como intentando mostrarles con tal saludo el reconocimiento a su utilidad.

Cuando las tardes languidecían un mundo sutil, silencioso y repugnante comenzaba a cobrar vida y animación en los recovecos y rincones de los edificios y huertos caseros al abrigo de las tinieblas incipientes y no bastaban a los castillejeros todas las velas y candiles del mundo para descubrir a sus fantasmales componentes, siquiera para tener una ligera idea de sus costumbres ni del alcance de sus protervos ataques: emergían de cada orificio, de cada grieta, de cada hendidura regimientos de cucarachas hambrientas palpando el aire con sus largas antenas, compañías de ratones de ojos penetrantes y acerados incisivos, escuadrones de ágiles salamanquesas cuyas deposiciones infectaban las despensas, batallones de enormes ratas grasientas y agresivas que mordían los labios de los durmientes, legiones de saltarines grillos nocturnos de canto agudo e insistente que se clavaba en los oídos hasta límites de locura, divisiones de escarabajos de incansables mandíbulas que a la luz de la luna devastaban frutales y plantas de jardines, murciélagos y culebras siempre causantes de sustos y sobresaltos... Añádasele a todo ese ejército inmundo la nefasta acción de los perversos animaluchos diurnos, e incluyamos gorriones y toda suerte de pajarillos, o las temibles langostas y sus indeseables parientes los saltamontes y cigarrones. La naturaleza cual implacable Jefe de Estado Mayor desplegaba con fría inteligencia su arrasadora estrategia de supervivencia y control de los recursos, pero siglos y siglos de enfrentamientos con ella habían hecho al hombre desarrollar y adaptar para su defensa armas precisas y mortíferas, como las que acabamos de describir mirando indiferentes al mundo estrecho de la Plaza de Santiago, meditando a la sombra del Pósito.

El ritmo de preñeces y partos de la gatita de Ramon al final desembocó en tragedia ocasionándole un agotamiento tan extremo que no pudo llevar a buen término la última gestación; expulsó dos gatitos negros como la oscuridad, pero, sin fuerzas para alimentarlos, se abandonó en el interior de un canasto donde Ramón guardaba la ropa sucia que recogía su cuñada para el lavado. Aquella noche fue calurosa en exceso. Al día siguiente la minina apareció agobiada de estertores, con la cabeza caída y un enjambre de moscas verdes entre sus patas traseras; había dejado por doquier charquitos de sangre de donde igualmente libaban multitud de ávidos dípteros; se asfixiaba tanto que Ramón, apiadándose de ella, decidió acabar con sus sufrimientos; echó mano a un azadón, la cogió con un suave pellizco por el cogote y llevósela a un rincón oculto del corral, donde la dejó tiernamente sobre la tierra; cavó un agujero al pie del muro. Volvió a la atarazana y tomó un grueso bloque de piedra que le servía para fijar la puerta, y que había llegado a sus manos después de servir de contrapeso en un trillo de era. La piedra tenía inscripciones en latín, fue encontrada en el pago de La Gitana por uno que araba, y decían los entendidos que era del tiempo de los romanos.Fuera como fuera, su idoneidad para el propósito de nuestro hombre estaba fuera de toda duda. La llevó vacilante hasta la gata, que parecía dormida, y cerrando los ojos se la dejó caer desde media altura en la cabeza. Cuando vio el resultado consideró que necesitaba otro golpe, aunque el felino estaba inmóvil, como en un beatífico sueño. Volvió a descargar el pedrusco de la misma manera y observó que el golpe le produjo el desorbitamiento de un ojo y una hemorragia en un oído. Ahora estaba seguro de haberla matado. Regresó por los cuerpos desvanecidos de los gatitos y los introdujo en el agujero que había abierto, tapándolos con el cuerpo todavía caliente de la madre primero y con la húmeda tierra extraída después.

La última imagen que guardó Ramón fue la del ojo de su gata: parecía azulado, lleno de asombro y con una chispa de satisfacción, como si el Más Allá fuera un espectáculo sorprendente y placentero.

Los caldereros franceses (VIII)

Ermitaño en el centro de la población, Ramón se parecía a su hermano en el aura de sabiduría que le circundaba; en su ruinosa vivienda aislada en mitad del enorme y arbolado corral que lindaba al oeste con el de la cárcel había encontrado por fin la paz y tranquilidad por la que tanto había batallado a lo largo de su vida, empezando desde niño con los pertinaces enfrentamientos en el seno de su familia; las desavenencias con ella, hemos observado, le llevaron a viajar mucho, a probar fortuna en muchos lugares y bajo diversas circunstancias y hacia en fin de los cuarenta años decidió asentarse en la tierra que le vió nacer, pleno de vivencias y con un riquísimo mundo interior que no acostumbraba a compartir con nadie. Se casó y tuvo en dos o tres años dos o tres hijos, pero no era hombre de familia, por lo que pronto abandonó la empresa. Consiguió, en parte como pago a favores prestados y en parte a favores por prestar una construcción ruinosa de tipo atarazana que los De las Cuevas no se habían decidido a derruir en sus posesiones inmuebles entre la Plaza y la calle del Convento, y allí se estableció, aderezando en un rincón al abrigo de la lluvia y el sol una yacija, y reuniendo donde pudo sus escasas y humildes pertenencias. Crió perros y gatos, mendigó y realizó recados y trabajos esporádicos, habló poco y de mala gana, dió de lado a todo el mundo y se concentró en su propia existencia, meditando día y noche sobre el hecho de ser, de estar en el mundo, de vivir, y como para sus prácticas y observaciones no tenía a nadie más disponible y cercano que él mismo, acabó encerrado en una burbuja opaca desde fuera que confirió automatismo a su conducta, magnetismo a su mirada y lentitud pausada a sus movimientos. Tenía, valga la humorada, todos los síntomas de un fuerte ataque de estoicismo agudo. En ocasiones hablaba sólo, en ocasiones sufría apedreamientos de bandas de chiquillos que largaban sus andanadas por encima de las tapias, aunque no dirigidas a su persona en especial sino a los azofaifos, algarrobos, o a algún gato especialmente codiciado como blanco para ejercer puntería, y esto y cosas de esta índole era lo más digno de resaltar de entre los eventos que acontecían en su rutinaria y metódica vida de retiro, la cual en tanto retiro era como un espejo de la que los franciscanos practicaban a unos metros escasos de él en el convento de Nuestra Señora de la O.

Acabamos de mencionar a los De las Cuevas como dueños de la desplomada atarazana hogar de Ramon. De la misma forma que los Vanderleye monopolizaban el servicio eclesiástico de la parroquia de Santiago los De las Cuevas desde generaciones atrás habían ocupado casi todas las escribanías de la comarca heredando el oficio y sus trucos desde muy temprano en el siglo XVI de padres a hijos. Eran titulares y oficiales tíos y sobrinos, hermanos, cuñados y primos de las oficinas notariales de Bormujos, Tomares, San Juan de Aznalfarache, Castilleja de Guzmán, Gines, Espartinas y varias otras villas e incluso de las de algunas instituciones de Sevilla, formando un verdadero clan parental que a medida que pasaban los años fue adquiriendo poder en todas las instancias, hasta el punto de dictar a puro capricho obras importantes de reformas en el interior de las mismas iglesias para construir sus panteones familiares. Iglesias donde por pura ostentación de nuevos ricos compraban capillas y altares completos, manejando hermandades a su antojo y recibiendo agasajos de jerarquías eclesiásticas, y sus firmas, De las Cuevas, tenían una omnipresencia obsesiva en la inmensa cantidad de documentos que se movían por las carreteras de Andalucía como la sangre por las venas y por la gran arteria principal hacia la Corte de Madrid.
De tal manera que lo que ahora era Pósito y Cárcel y que antes había pertenecido como vivienda particular a un tal Jose Ramos habia sido propiedad de Luisa de las Cuevas, mujer de estado honesto, que equivale a decir solterona seca y ajada, de la que no tardaremos en dar noticia cumplida, quien la vendió al dicho Jose Ramos. Esta Luisa de las Cuevas había heredado de sus mayores, además de una viña en el Pago de Pedro Alonso en Valencina, todo el caserío existente desde el convento de los Padres Terceros franciscanos hasta la esquina de la calle Mariquita, con sus extensos corralones que lindaban al fondo con la Calle Real, uno de los cuales ha sido ya descrito por su pertenencia a lo que luego sería Cárcel, descripción efectuada cuando narramos el encarcelamiento de los hermanos Caro.
Y Ramon de la Palma, que cayó en gracia en el clan de los escribanos, era tolerado en aquellas tierras sin que nadie pensara ni por asomo en removerlo del destartalado almacén, en gran parte porque efectuaba una labor importante de guardián privado.

lunes, 21 de julio de 2008

Los caldereros franceses (VII)

—De Las Escaleras vengo.
—¿Y tu hermano? —preguntó Vallecillos guardándose Las Cartas Persas de Montesquieu bajo la camisa.
—Allí anda. Está mirando por aquéllo mientras sueltan a los dos pájaros —. Con "hermano" aludían a Diego, el anciano pacificador que acompañó a Pacheco de Castro en la requisa de la carreta, y los "pájaros" eran los dueños de ella ahora encarcelados, Sebastián y Agustín Caro.
—He ido por ver si me traía una poca de fruta. Está la cosa muy mala.
No había ido en balde hasta allá arriba porque en un canastito de mimbre le mostró una treintena de brevas cubiertas con grandes hojas verdes de las propias higueras.
Espantó una mosca golosa con su ruda mano abierta.
—Para eso está la familia, Ramón, para ayudarnos; y los amigos que te apreciamos...
Hubo una pausa embarazosa, unos segundos en los que cada cual sintióse en tensión.
—¿Y tú, adonde marchas?
—Vengo de lo de los caldereros... ¡vaya, hombre!
—¿Qué...? —preguntó Ramon con cara de sorpresa.
—La olla, que me la he dejado olvidada. Una olla que necesitaba un estañado.
—Pues... es cuestión de volver por ella... ¿no?
—No. ¡Ahh! Mejor ya mañana.
—Como tú veas.
Comenzaron a andar juntos. Beatriz de Tovar, que se encontraba en su puerta, al reconocer a Juan se metió dentro. Desde el día de Navidad que, con los otros boyeros, le partió con la carreta el poyo de piedra formándose luego el consiguiente fenomenal escándalo sentía al verlo una oleada violenta que parecía explotarle en la cabeza. Tampoco Ramon, con su gran barba canosa y desgreñada resultaba para ella alguien agradable.
Pasaron los dos compadres bajo el arco, sombra curva resbalando en sus espaldas, y Juan propuso a su adlátere una ronda de mosto en la chabola de la ermita. Sin dudar aceptó el anciano pensando en los espacios abiertos, en los horizontes sin límites del oriente castillejense, y hacia allí se dirigieron calle del Convento abajo, tras dejar éste la cesta de brevas y tomar un cayado al otro lado del portillo de su casa, contigua a la cárcel por cuyo ventanuco se habían asomado al pasar: en el interior reinaba la oscuridad y pensaron que los hermanos dormían la siesta en algún rincón.

Era Ramon de la Palma lo que entonces se conocía y en todos los tiempos se ha conocido por un bohemio. De niñez rebelde, adolescencia agitada, madurez violenta, nadie se explicaba como un cuerpo humano podía haber resistido tantos avatares, tantas presiones y golpes, tantos reveses. Conocía desde las Filipinas hasta el Canadá, y bajo su sencillo trato y francos ademanes se adivinaba la enorme sabiduría de un hombre que había vivido con intensidad. Juan de Vallecillos admitía en su fuero interno que trataba con un ser superior, y que su libresco universo teórico quedaba inutilizado e inservible al confrontarlo con las vivencias del solitario vagabundo. Lo cual acaso muy en el fondo influyera, con la forma de una envidia solapada apenas consciente, en sus relaciones con el anciano aventurero, pero lo cierto y verdad y lo que se echaba de ver es que deseaba su compañía y no dejaba escapar ninguna oportunidad para escucharlo y disfrutar de sus historias. Y Ramon por su parte se comportaba condescendiente con él, quizá también un poco atraído por la cultura impresa, mundo que se le cerró herméticamente cuando tuvo sus primeros choques con los maestros de primeras letras de la villa y fue enviado por su padre a cuidar cerdos en el campo día y noche.
Pasados los años las idas y vueltas de la vida le hicieron aceptar su propio analfabetismo formando ya parte inseparable de su personalidad, como se acepta un dolor crónico o un miembro atrofiado pero en los momentos de lúcidas reflexiones, —lúcidas en cuanto que él mismo las estimaba así, aislado en la burbuja de su solipsismo—, alguna añoranza, alguna admiración pálida por los ilustres personajes que destacaban en las esferas de las ciencias, de la política o la religión le hacían contemplarse, no sin algún asombro, ansioso todavía por sumergirse y bucear en los infinitos mares de la teoría académica. Y este reconocimiento de su propia ignorancia e incapacidad era la fuente del tenue y algo paternalista desprecio que sentía por los iletrados, los ignorantes, los de mentalidades ciegas, la gran masa de seres cuya única misión en la vida parecía ser trabajar, alimentarse, dormir y copular como animales, masa de seres egoístas con los cuales convivía codo con codo la veinticuatro horas del día como si dicho reconocimiento propio de su fracaso, porque al fin y al cabo era su fracaso, lo salvase a un nivel superior.

domingo, 20 de julio de 2008

Los caldereros franceses (VI)

Acto seguido, por ser ya la hora, los gabachos se dispusieron a almorzar e invitaron a nuestro castillejano gentilmente; a su aceptación salió uno de ellos al corral en busca de huevos, hallando entre las pajas de los ponederos casi dos docenas; luego se dirigió al pozo e izando un cordel extrajo una chorreante vasija de barro forrada de enea en la que se ponía el vino a refrescar por inmersión en el subterráneo de las profundas aguas. Mientras tanto ya Cristobal Marana había situado con pasmosa destreza en el fuego chisporroteante de la forja —porosas lenguas azules, naranjas, amarillas— una renegrida sartén con abundante aceite que de inmediato comenzó a crepitar, y sacado, mientras silbaba melodías de su tierra, de un armarito rinconero una ristra de prietas chacinas onubenses. Así que comenzaron a freir huevos con chorizo llenando el escenario de un agudo olor a aceite cocinado que se sentía fuerte y áspero en el aire caldeado, al tiempo que el tercer artesano, tan joven como Marana pero de constitución más liviana, iba a paso ligero a la tahona de la calle Juan de Oyega por una hogaza. Perfectamente sincronizado, regresó con el pan justo cuando las viandas calientes estaban recien puestas en los platos, todo ello sobre un derrengado tablero con cuatro patas a la espesa sombra de uno de los olivos en el interior. Habiendo cerrado con la portezuela del mostrador la entrada del taller y retirado la jaula de los pajaritos, se congregaron con completa paz y tranquilidad alrededor de la mesa, brindando con el vino tinto de las jarritas, entre bromas, canciones y risas:
—Pour la santé, le travail et la famille... —y coreaban los cuatro repitiendo las palabras con alegría solemne, ahuecando las voces.
Juan, sin trabajo a causa del encarcelamiento de sus camaradas los hermanos Caro, no tenía ninguna prisa, y dejó pasar más de un par de horas gratamente en tan apetecible compañía.

Empezaba a ceder el calor cuando medio adormilado por la excesiva ingesta de grasas y alcohol despidióse de los tres caldereros y marchó calle Mariquita arriba hacia su casa. Iba, a pesar de la soñarrera, deteniéndose a cada paso para mirar el interior del libro, descifrando trabajosamente algunas frases y extrayendo el sentido a ciertos párrafos. Habían dejado de preocuparle, eufórico, las fuerzas vivas de la población, y se creía capaz de hacerles frente con la única arma de la razón. Se sentía profundamente dichoso, pareciéndole que acababa de tomar posesión de un regalo inconmensurable, de una herramienta valiosísima para interpretar el mundo, la sociedad, los hombres; tenía la sensación de haber sido agraciado con un gran tesoro de sabiduría práctica y útil que le daba una seguridad reconfortante y que hasta le hacía pisar el suelo de la calle con más firmeza. Los fenómenos que ocurrían en Francia podían muy bien ocurrir en Alemania, en Rusia, en Inglaterra... Montesquieu era extrapolable a cualquier lugar en toda la tierra conocida. Pensó en las misteriosas mentalidades orientales, en la estupefacción y reacciones de los franceses al saberse estudiados por gentes tan exóticas, en las intenciones del barón y en su habilidad para, de forma tan inteligente, amena e interesante, ejercer una feroz crítica política y religiosa de su propia nación. Se imaginó a sí mismo escritor de algo semejante, con los españoles murmurando a su paso palabras de respeto, o acaso de rencor o envidia y en sus fantasías cuando se cruzaba con alguien por la empinada calle invadíale un profundo sentimiento de superioridad que se basaba y desarrollaba en y de la posesión espiritual de semejante experiencia lectora. En efecto, el poder de las letras era inmenso, y aquellos ignorantes que deambulaban arriba y abajo por el pueblo no podían ni soñar tan siquiera en las complejidades del mundo y de sus países y sus personas, que ahora y gracias al pequeño librito a él, afortunado entre los mortales, se le desvelaban.

Se detuvo a la altura de la casa del Alcalde Juan Clemente de Luque. Le pareció que había jaleo en el interior, gritos de hombre, sollozos de mujer, y pensó, volviendo a la miserable realidad: "ya están otra vez liados", y mientras su imaginación se rebelaba del brusco despertar, y buscaba a voleo entre las relucientes páginas alguna clave que explicara siquiera de manera somera la casuística de la agresividad entre las personas, como si el librillo encerrara entre sus letras esperando solo a una inteligencia privilegiada —la suya— para descubrirla y ponerla en práctica, la gran y definitiva solución a todos los problemas de la humanidad.

En este estadio de sus divagaciones le sobresaltó la voz de Ramon de la Palma.

sábado, 19 de julio de 2008

Los caldereros franceses (V)

Habíamos dejado a Juan de Vallecillos esperando.
Al rato su amigo se le acercó, y entonces le enseñó el libro: era Lettres Persanes, de Montesquieu; el joven francés se interesó vivamente por el tomito de pastas estampadas con letras doradas.
Se llamaba Cristobal Marana, y tenía otro hermano en Sevilla, Bernardo, que ocasionalmente venía al taller a echar una mano cuando el trabajo se amontonaba. Cristobal Marana el calderero tenía el ojo derecho turbio, como una mancha verdosa y traslúcida sin iris ni pupila. Le ocurrió un percance no como era lo común entre ellos, que por lo general exhibían algo en la visión de esta manera, alguna cicatriz en el rostro, varias uñas chafadas o acaso un par de dedos medio amputados como consecuencia de sus tareas específicas; él en cambio inopinadamente quedó tuerto ejerciendo tarea de albañil: abría huecos con martillo y cincel para colocar una estantería, exactamente la que ahora servía de observatorio al gato níveo, cuando una esquirla traidora de duro ladrillo cocido le perforó el globo ocular borrándole al instante medio mundo.
Con la melena suave caída como una refulgente cortina de flecos de oro sobre el lado de la cara intentaba vanamente disimular su defecto aunque, por otro lado, apenas le afectó el accidente en su vida diaria, porque al poco tiempo se desenvolvía con completa normalidad.
Cogió el libro tras lavarse en un barreño y secarse con una toalla las manos, lo sospesó con movimientos de experto, lo abrió dejando pasar con rapidez las hojas como quien maneja una baraja de cartas y explicó a Juan Vallecillos que la edición que traía estaba incompleta, porque aunque incluía tres nuevas cartas omitía trece.
Le habló de la teoría antropológica del barón sobre las influencias del clima en los grupos humanos, aunque suavizando el desprecio que sentía el filósofo por las gentes del sur.
—Si etait venu en Andalousie a travailler en face de un horno en plein agosto no pas ne pensaría pas en esa forme —apuntó el cortador de chapa del mandil de cuero, solidarizándose con sus hospedadores meridionales; la cruda experiencia le había enseñado que bajo las duras condiciones del verano en la región era imposible efectuar una producción normal sin dejarse la salud en el intento.
Asintió Vallecillos sacudiendo la cabeza en señal de conformidad, tras haber comprendido el galimatías en que se expresaba el del destrozado delantal, un hombre grasiento, de voz gargareante y de ojos enterrados en unos rojos mofletes inundados de sudor.
Cristóbal Marana añadió que Montesquieu no había viajado, sino que todo lo había deducido apoyándose en sus lecturas de libros de exploradores:
En realité Montesquieu ega muy poco voyageur... apeine salió de sa región...
Y acto seguido el improvisado traductor se extendió sobre el contenido del libro, informando de los nombres y las intenciones de los turcos viajeros en Francia de los que Montesquieu se sirve para ofrecer un panorama objetivo e independiente de la sociedad, las costumbres y la cultura francesas. Era un hombre instruido nuestro batidor, aunque algunas de las palabras que intentaba articular en español requerían de la corrección amigable de Vallecillos.

Se oyeron mugidos en la Calle. Desfilaba lenta una larga caravana de carretas bueyeras, cada una con una verdadera torre de rugosas corchas de alcornoque tambaleante entre largos varales. Los garrochistas se desplazaban con las amenazadoras hijadas buscando las sombras de las casas, hoscos y barbudos, apesadumbrados como si fueran ellos los que llevasen las cargas sobre sus hombros, o como si un destino maldito los hubiese marcado despiadadamente con una desesperación irredenta. Los animales, en los ojos y a pesar de la fuerte luz del mediodía el reflejo ancestral de la noche y la luna con las que antigüas civilizaciones los asociaban en sus creencias simbólicas, hundían las pezuñas en el polvo abrasador y vacilaban babosos tirando de sus cargas cuando las ruedas se enterraban en alguna de las trampas de fina arena que plagaban la vía. A los mugidos y como aterrorizados por el magnetismo selenita de las bestias los pintados guilgueros de la calderería comenzaron desaforadamente a trinar hasta que la última galera se perdió cuesta abajo camino de la capital.

Aprovechando el silencio que se había establecido entre ellos al paso de las carretas, por fin el glosador montesquiano dio por terminada su lección.

viernes, 18 de julio de 2008

Los caldereros franceses (IV)

Mientras Juan de Vallecillos espera ocioso que su traductor ultime la tarea y encuentre un hueco para atenderle, nosotros podríamos intentar, haciendo así abortar a la fecunda madre de todos los vicios, realizar un repaso de la calderería castillejera desde los documentos que han sobrevivido a las penosas condiciones de la Cárcel Pública convertida en archivo.
Uno de estos documentos, acaso el más antiguo, ofrece varios nombres que nos facilitarán la empresa de esbozar a las personas que los poseyeron, en tanto en cuanto nos los volvamos a encontrar entre los montones de maltratados papeles presos o en otras diversas fuentes de información, tanto autóctonas como foráneas. Son los cuatro residentes en Castilleja Juan Chamos y Juan Verdás (que de los otros dos solo quedan en el folio unas hilachas de roeduras) quienes andaban por la villa de 1680, en su mes de marzo y su día ocho, obligándose con todas las de la ley ante escribano a pagar a unos Beria, De la Cruz, Campel, éstos al parecer residentes del hispalense barrio de la Calderería o quizá martineires fundidores del mineral del cobre en la vecina Huelva 4.900 reales de vellón, por la adquisición de herramientas y mulos de cabalgadura.
La cantidad es importante, y explica que se les estuviera permitido portar en sus viajes espadas, pistolas, dagas y mosquetones... que en ocasiones no les libraban de ser muertos en los descampados por los bandoleros.

Los excedentes demográficos franceses propiciaron que a lo largo de toda la Edad Media el flujo migratorio hacia la Península fuese continuo a través de los Pirineos, flujo aprovechado por los reyes aragoneses, navarros, castellanos y leoneses para nutrir sus ejércitos y luego para repoblar lo ya conquistado a los musulmanes. La guerra y la peste del siglo XIV interrumpieron el proceso, pero ya durante los siguientes siglos modernos con la llegada de las riquezas americanas a España batallones de franceses hambrientos se desperdigaron por el país, recalando muchos de ellos en Andalucía, a la sazón centro de la economía imperial. Los libros sacramentales de Castilleja empiezan a registrar, por entonces, los primeros vagabundos de nación francés, "gabachos" miserables que eran también los primeros en fallecer de inanición por las frecuentes hambrunas y de enfermedad por las epidemias.
Con la entrada de la monarquía hispana en la guerra con Francia, se promulgaron duros decretos (año 1667) que les restringían la comercialización de algunos productos, o la apertura de tiendas, lo que tuvo como consecuencia un freno a la inmigración.
Lo peor llegaría a principios del siglo XVIII con la guerra de Sucesión, cuando algunos migueletes borrachos, de fuera del pueblo, arrasaron la casa de un francés castillejano propinándole una brutal paliza, aunque estaban más excitados por la excepcional belleza de su provocativa mujer, proclive al adulterio, que por el cambio dinástico. Por fin, la xenofobia que produjo en la nación el estallido de la Revolución francesa terminó definitivamente con la presencia de inmigrantes franceses en la región. Entre los muchos que los anatematizaron estaban, —¡cómo no!—, los vicarios curas de ambas parroquias, la de Santiago y la de la Inmaculada.

De entre todos los oficios que los inmigrantes franceses desempeñaron resalta la calderería. Eran casi siempre grupos de solteros que viajaban juntos para proteger su identidad cultural, y los pocos casados habían dejado a sus mujeres en la Auvernia.
Entre ellos había varias categorías: los martineires que obtenían chapas del mineral, los batidores que a partir de las planchas fabricaban los calderos, y los estañadores que de pueblo en pueblo reparaban los viejos.
Los martinetes hidráulicos donde se elaboraban las planchas se construían al lado de las minas de cobre. En ellos se aprovisionaban los batidores de Castilleja y los de las demás localidades de la plana materia prima con la que componían su cacharrería.

Los caldereros franceses (III)

Se habían acomodado los galos, como acostumbraban a hacer allá donde iban, en un caserón abandonado, junto a otro no menos abandonado en el cual se despidió de este mundo el celebérrimo conquistador de México Hernán Cortés.
Cuando llegaron los primeros franceses a Castilleja solicitaron del Cabildo el arriendo de las venerables ruinas y gracias a la presentación de muchas recomendaciones y avales de sus compatriotas sevillanos a punto estuvieron de montar sus rítmicos coros de martillazos en la misma habitación donde el colonizador del gran país azteca proyectaba los temas a tratar en sus tertulias humanísticas; pero hubo personajes cultos y celosos de las tradiciones patrias que aunque ni por asomo se habían preocupado durante dos siglos de la casa en cuya puerta la Parca diera sus escalofriantes golpes para avisar al capitán extremeño de su ultimo periplo, se opusieron con rotundidad mostrenca a lo que veían como sacrílega ocupación foránea, y los Regidores, para conformar a todas las partes, optaron por cederles a menor precio la casa contigüa, una vieja bodega abandonada muchos años hacía por sus absentistas dueños.
Tras la principal estancia reconvertida en taller, que ya hemos descrito, y comunicando con ella por una puertecilla baja estaba la cuadra y sobre ella un pajar de techo bajísimo que se adecentó para dormitorio, al que se accedía por una empinada escalera de peldaños de tablas apoyada entre dos pesebres, y por cuyo hueco ascendiendo llegaban a los durmientes todas las variadas emanaciones de los tres o cuatro enormes mulos de oscuro pelaje que cargaban la producción a colocar por las poblaciones de la región. Más allá del edificio habitado se extendía un corral con un pocito de brocal blanqueado y quince o veinte pies de olivos, que descabezaba al Camino Nuevo separado de él como era habitual por una alta e infranqueable barrera de pencas chumberas reforzada con ramajos espinosos. Entre los olivos picoteaban como dos docenas de aves ponedoras medio desplumadas, que suplementaban con la generosidad de los inocentes la dieta de los extranjeros.

Igual que todos los cabildos, concejos y regimientos del país, el de Castilleja especulaba con los afamados caldereros, frotándose las manos como quien recibe por sorpresa de regalo la gallina de los huevos de oro. Abundaban los ejemplos de las ventajas que reportaban. Las bodegas y lagares disponían así de técnicos eficientísimos en la reparación de alambiques y calderas. Los dueños de almazaras de la misma forma mimaban a los expertos hojalateros que les suministraban y reparaban todo el utillaje de sus instalaciones. Se sabía que ciertas ciudades castellanas se habían puesto a la cabeza de sus comarcas con la fabricación de jabón, propiciada por el suministro de utensilios que permitía la llegada del típico grupo de caldereros franceses; y el común de los ciudadanos sustituía por no mucho dinero las quebradizas lozas y los delicados barros del menaje doméstico gracias a estas cuadrillas de artesanos. El jarrito de chapa para calentar brebajes se convirtió en una prolongación de la mano derecha de trajinantes, arrieros y pastores y de toda clase de viajeros, que gracias a él obtenían reconfortantes bebidas con la única condición de disponer de una diminuta fogata campera.
Por todo ello los caldereros franceses, con su innata industriosidad, se ganaron el aprecio de las autoridades ya desde el siglo XVI, cuando, procedentes de la Auvernia, llegaron a la península los primeros.

Aquella mañana calurosa un joven de fina melena rubia y con el blanco torso desnudo elaboraba en un yunque asas de marmitas; especializado en ello, su tarea consistía en cortar con tenaza y martillo trozos de grueso alambre y llevar en la forja al rojo blanco los extremos de las porciones para con golpes musicales y certeros aplanarlos; al lado su compañero se encargaba de agujerearlos para recibir los remaches que los fijarían a las ollas. Trabajaban sonriendo entre dientes porque otro de ellos, que con un medio destrozado mandil de cuero recortaba sentado en un rincón redondeles de chapa con una tijeras de cizalla, canturreaba en su idioma una cancioncilla licenciosa.
Juan saludó al llegar con un francés macarrónico que hizo continuar las sonrisas de los presentes, momentáneamente interrumpidas cuando el cantor enmudeció al apercibirse de la llegada del visitante.
El cual dejó la cacerola sobre el mostrador, silbó a los gilgueros en un fallido intento de estimularlos al trino y se sentó, dispuesto a esperar el tiempo que fuese necesario.

jueves, 17 de julio de 2008

Los caldereros franceses (II)

El miércoles día diez de agosto de 1746, día del entierro en la Plaza, día que tantos malos recuerdos trajo a la viuda Beatriz y a don Miguel el vicario, escribía este último en el registro de defunciones el fallecimiento de la mujer del gallego cuando Juan de Vallecillos cruzó el área exterior en dirección a la cárcel, con una cacerola pequeña de cobre en la mano, y oculto bajo el camisón sujeto con el cinto uno de los últimos libros que su hermano había conseguido en el muelle de la Sal de la ciudad. Iba a matar tres pájaros de un tiro: se interesaría por sus amigos los hermanos Caro en la cárcel dándoles sus condolencias, y luego bajando por la calle Mariquita intentaría que el joven francés le tradujese al menos una parte del dicho libro, o siquiera le diese una idea general de su contenido y de paso, allí mismo, en la calderería de la Calle Real, haría que le estañasen la ollita, algo picada por su fondo, aunque la llevaba mayormente para disimular ante las fuerzas reaccionarias de la villa.

No era impedimento su ritmo tranquilo e indolente de meridional para compenetrarse con los industriosos y activos franceses. La apertura de espíritu, que no obstaba, según los sistemas de valores de aquellos tiempos, su acusado antifeminismo, y la escasez de prejuicios que sus muchas lecturas habían obrado en su espíritu le daban un aura que todos captaban antes de que mediaran las palabras, haciéndole ganar la confianza hasta de los más reticentes. Era Juan un hombre moreno, de ojos castaños que brillaban inteligentes y socarrones bajo unas ralas cejas, de irresistiblemente blanca sonrisa, de mediana estatura y trato afable. Por la otra parte los franceses, habituados a vivir en otros países que el suyo, daban toda clase de facilidades para establecer relaciones de confianza y amistad. Este talante también les facilitaba algún romance que otro.

Cuando Juan llegó al taller después de saludar a los presos en la Plaza, estaban en él trabajando tres hombres, entre una inmensa barahúnda de cacharros, montones de carbón, anafes humeantes y chatarra, todo el heterogéneo conjunto de objetos vinculado por polvo grasiento y espesas telarañas.
De las paredes colgaban fuelles de cuero agrietado, tenazas negras por el polvillo carbonífero, y en estanterías de todo tipo toda clase de vasijas, alquitaras, candiles, aceiteras y recipientes; sobre una de aquéllas, de las más altas, un gato blanco cual nieve virgen, de azul intenso la mirada, allí sentado parecía una aparición fantasmal, el espíritu de un septentrional rey mitológico, mirando absorto al recién llegado. En el suelo cubierto de rebabas metálicas, astillas y serrín y basuras varias reposaba, a la entrada, un gigantesco embudo de chapa reluciente, que contrastaba por su brillo con la suciedad reinante. El calor era sofocante. Entraba por el techo roto un gran chorro de sol que hacía el ambiente más irrespirable si cabe. Y en la columna de luz polvorosa evolucionaban zumbando pesadamente cantidad de moscas.
La gran abertura cuadrangular que hacía de entrada daba la máxima luminosidad al lugar y estaba, durante las horas de trabajo, delimitada por un alargado mueble mostrador de pino sin alisar, que los franceses arratraban cada mañana al abrir el taller y retiraban cada tarde, antes de cerrar con las enormes y chirriantes puertas de tablones mal encajados. Sobre este mostrador en un clavo del bastidor una enorme y tosca jaula de barrotes de alambre aprisionaba a varios gilgueros que a cada momento teñían el aire ardiente con sus coloridos trinos, saludando con ellos los oídos de los abundantes transeúntes.

miércoles, 16 de julio de 2008

Los caldereros franceses (I)

Proponemos ahora a quienes estas líneas leen un ángulo distinto desde el que observar la Castilleja del Siglo de las Luces. Vayamos, por así decirlo, andando nuevos caminos, dando la vuelta por otras calles, recorriendo al revés lo ya transitado, mirando en otras ventanas a la presente cerradas, con recientes oídos preguntando a otras gentes mudas hasta ahora. Si es necesario invadiremos propiedades privadas que desde aquí hacia atrás hemos respetado en nuestro afán investigador.
Veremos como, sin esfuerzo alguno por nuestra parte, aparecen volutas que enlazan lo ya conocido con lo que se va a conocer, vínculos insospechados pero con la fuerza de la pura lógica, relaciones imaginables y asociaciones previsibles, piezas hechas para ajustar en huecos que habíamos supuesto irrellenables. Sin rozar ni con las ideas el objeto de nuestro estudio, a la postre se nos ofrecerá pleno, vestido y coronado, resplandeciente y glorioso en su completitud, y nos hablará como se habla a un hermano querido. Y con gozo lo entenderemos, como hace gozar la realización de un antiguo deseo.

De la primera pieza tenemos ya un esbozo. Juan de Vallecillos. Volvemos a Las Escaleras en agosto de 1746. Allí, recordaremos, colaboraba con los hermanos Caro.
Juan vivía con su hermano Jose Isidoro, clérigo de menores que parecía predestinado ya en la pila bautismal a emular al sabio y santo de Sevilla, aquel celebérrimo San Isidoro, aunque más por su sabiduría que por su santidad. Con una persistente fiebre de aprender, había contagiado a su hermano una su desmedida pasión libresca tal que los tenía a ambos al borde de la ruina. Solterón como él, pero obligado a hacer de cosario con una carreta o de ayudante en las faenas de la siega, según hemos podido verlo en Las Escaleras con el episodio de Juan Pacheco de Castro y del buey bravo, Juan de Vallecillos debía sacrificar para ganarse el condumio muchas horas que de buena gana hubiera empleado en devanarse los sesos frente a los libros; al contrario que su docto hermano, hábil acaparador de prebendas y sueldos, y con ellos, de horas libres. Lo que más tenían en común era, sin duda, cierto recelo y aprehensión hacia todo lo que oliera a femenino, mujeres en sí incluídas en primer lugar. Luego estaba la ya referenciada bibliomanía. El clérigo, que simpatizaba con las nuevas corrientes europeas, vivía, convivía como si de un viejo conocido se tratase, con el riesgo de recibir una intempestiva visita de la Inquisición; a veces se despertaba de madrugada, sobresaltado, creyendo haber oído voces policiales, o fuertes golpes en la puerta, y se volvía a dormir pensando en cuán poco le servían los estudios ante los poderes de Morfeo y su tenebroso submundo.
Tenía sus contactos en el muelle de la Sal del puerto de Sevilla, viejos marineros de Triana que maniobraban barriles en cuya panza, rodeado de granos o polvos como el hueso en una fruta está rodeado de pulpa, un paquete de recio papel impermeable conteniendo una docena de obras anticlericales, antimonárquicas, antiesclavistas, esperaba la mano nerviosa que en cualquier discreto rincón bajo el Puente de Barcas lo desataba, repartiendo su contenido entre los habituales clientes a cambio de un puñado de reales de vellón.
De tal forma que no era extraño que el clérigo de menores cargase, bien escondido bajo su hábito, con algún librito de contrabando, casi siempre en francés, cuando bajaba a la capital, y lo almacenase en los anaqueles secretos en su bien nutrida biblioteca. Su hermano Juan participaba de mil amores de este tráfico prohibido; era el encargado de hacer que un francés de la calderería castillejana, instruido muchacho de su absoluta confianza, se lo tradujese, a cambio de unos maravedíes o de un buen manojo de acelgas de la huerta de Agustín Caro.

martes, 15 de julio de 2008

Territorio y fronteras (y XV)

Parecía como si la presencia del Rey enervase a toda la región. Los pensamientos viraban hacia la nueva Corte como el hierro hacia el imán, todos enfervorizadamente imaginando en todo momento qué podría estar haciendo el monarca, o calculando cuando se le podría ver pasar por el Camino Real hacia los cazaderos del Coto de Doñana, o especulando sobre cómo encontrar tiempo y medios para visitar la ciudad e intentar contemplarle, saber en directo el ambiente que producía su presencia en las calles hispalenses, hacer que los niños lo saludasen... ¡mirad, hijos, al gran hombre! ... ¡miradlo bien, porque puede que nunca volváis a verlo!
Y la comarca parecía nueva, nuevo el aire, nuevos los colores, nuevas las nubes y los árboles, las casas y los campos, y lo que había sido importante y trascendente ahora se contemplaba con desprecio por encima del hombro; el vestido, el ganado, el amante, los bueyes, el dinero, los perros, perdían importancia con la excitación mental producida por la Real presencia, e incluso las reuniones, los juegos, la comida, cobraban un carácter más secundario, todos con el alma y el interés puestos en Sevilla.
Sin duda el mundo entero giraba en torno a la ciudad, y ella, como un foco, lo iluminaba. Todos en Castilleja eran más importantes porque se sentían centro de una expectación, porque con Él afluían expectantes cortesanos, nobles, guerreros, sabios, cabezas privilegiadas que se detendrían observando sus costumbres, sus vidas, porque las tragedias rutinarias, las pasiones de todos los días, los problemas mezquinos, los amores y odios familiares, la vulgaridad de la existencia se veían, en el nítido fondo de la Monarquía, inconsistentes y sin sentido.

En Sevilla en tal ambiente extraordinario saltó a escena el Licenciado Don Pedro Manuel de Céspedes, que ostentaba el puesto en el Cabildo catedralicio de Canónigo Tesorero, señalado por muchos como sospechoso de haber apoyado, en el conflicto que estamos tratando, la segunda versión favorable a Don Miguel Vazquez Forero, mandando imprimir en unas hojas la, según él, verdadera relación de los hechos, y ordenando distribuirlas profusamente por las calles del pueblo. Sus oponentes sevillanos lo criticaban diciendo que no había en Castilleja cavador de viñas que al salir a trabajar por la mañana no cogiese antes que el azadón, el búcaro, la curvilla o el sombrero dos o tres hojas de la "Verdadera Relación De Los Hechos", más aparentes que el clásico puñado de hierbecillas del campo para llevar a cabo la íntima higiene personal matutina. Y añadían sus detractores que en dicho Licenciado Céspedes ya tenía Sevilla al ansiado predicador de sus sueños, capaz de hacer llorar a moco tendido a todas las viejas beatas hispalenses cuando vocease desde los púlpitos las canalladas sacrílegas que, según manifestaba, fray Sebastián había obrado sobre las imágenes de la ermita.
Que todo esto fuera una calumnia contra el Tesorero lo posibilita el bien documentado hecho de que veinte años después don Pedro Manuel ejercía de Juez Conservador del Convento de Religiosos Terceros de Nuestro Padre San Francisco en la capital andaluza, pero... mejor que aventurar hipótesis, atengámonos prudentemente a lo expresado sobre adaptabilidades diplomáticas.

Lenta pero segura, la reacción de las altas jerarquías se hizo patente cuando fray Sebastián fue confinado en Ceuta; aunque, para conformarlo un poco y hacerle más llevadero el exilio africano, le dieron el puesto de Comisario y Conventual del convento de los franciscanos en dicha ciudad y en su obispado.
Allí tuvo oportunidad de afinar sus estudios de cultura islámica, y al parecer ejecutó algunas traducciones de libros de historia. Leía bien el árabe, mas ni lo sabía escribir ni lo hablaba más allá del nivel de un niño de pocos años.
Esa especie de destierro no obstaculizaba que el fraile viniese a Castilleja de vez en cuando, en cortos permisos: por ejemplo, se encontraba en la población aljarafeña el domingo día treinta de enero de 1735, cuando bautizó en Santiago a su sobrino, hijo de su hermana Lorenza de Castro, casada con Julian Antonio de Luque.
Hay que suponer que, con la intervención de las mencionadas jerarquías, don Miguel el vicario no tenía más remedio que permitirle acceso a la pila bautismal, pero por encima de todo se atisban en todos los agentes los aludidos resortes diplomático-políticos.

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...