domingo, 31 de agosto de 2008

Agua y hambre (y XII)

El Teniente Juan de Santiago, estando muy presente y a la vista lo sucedido con el anterior regidor, no quería pillarse los dedos y actuó con minuciosidad, con pies de plomo y sin dejar flecos, nombrando al consabido Promotor Fiscal de la Real Justicia, puesto por aquel entonces vacante en Castilleja por las razones que hemos expresado ya, en la misma persona de nuestro conocido Cristobal de Aguilar [ver Un aperador acosado (XX)].

Tras las declaraciones juradas y la requisa de su escopeta, Jose y su padre planearon otra actuación que con toda certeza redundaría en su favor inclinando la balanza de la buena voluntad oficial del lado de sus intereses. Fue el caso que elevaron una instancia al Teniente para que ordenara que por manos del maestro cirujano de la villa se hiciese un reconocimiento a Francisco Ravelo en la Cárcel Real. Dicho Teniente encontró la súplica plausible, la hizo saber a la Audiencia sevillana y cuando obtuvo respuesta afirmativa de las máximas autoridades envió al elegante Juan Rodriguez de Mendoza, acompañado del Promotor Fiscal y del Alguacil Mayor a la calle de Las Sierpes, en cuyo siniestro edificio penitenciario pasaron gran parte de la mañana del día 18, levantando el vendaje de la cabeza del gitano para comprobar que la fea herida ya era una cicatriz costrosa y sucia, pero perfectamente cerrada y seca, sin ningún peligro de infección; faltaban entonces pocas horas para que se cumpliera un mes completo desde que recibió el golpe en la Vega. Las dos puntadas que se le efectuaron en Castilleja habían sido completadas con otras dos a cada lado, seis en total, y el cirujano hispalense que le antendió con posterioridad ya había retirado los restos de hilos de seda.
Otro empeño, además de la consabida comisión para el reconocimiento del herido, movía al trío de castillejanos. Habían recibido desde Castilleja instrucciones para procurar que los presos gitanos accedieran a mantener una entrevista con su agresor Jose Caro, encaminada a conseguir una reconciliación, o cuanto menos un aclaramiento más efectivo de aquellos acontecimientos. Un careo de semejantes características dificilmente deja de producir resultados objetivos para los investigadores, pero además propicia una rápida solución basada en el sentido común de las partes en conflicto.Mas, ante la diplomática sugerencia de Cristobal de Aguilar, los dos presos casi unánimemente se negaron a entrevistarse con el escopetero de la yegüa con gestos que no dejaban lugar a dudas, y ni la suave insistencia ni los razonamientos de los tres comisionados lograron hacerlos cambiar de opinión.
Ese mismo día jueves 18 de febrero por la tarde ya obraba en poder del Teniente de Castilleja Juan de Santiago la diligencia escrita con los resultados del reconocimiento de la herida del preso.

Cuando Jose Caro, a la sazón detenido todavía en la cárcel del pueblo, fue informado del restablecimiento del trianero, aprovechó, siempre asesorado por su padre, el clima favorable que esta nueva situación creaba para solicitar su puesta en libertad, en base a dicha curación y a que —argumentaba— de la lectura de los autos no se desprendía culpabilidad alguna hacia su persona. El miércoles día 24 de febrero de 1740 fue, previo pago de una fianza, puesto en libertad. Había estado preso siete días. No se le devolvió la escopeta.
Sus víctimas, Francisco Ravelo y su compañero de fatigas Eusebio, pobres hambrientos de Triana, llevaron la peor parte como era de esperar; estuvieron detenidos un mes en la tenebrosa y enloquecedora cárcel sevillana de la calle Sierpes, uno de ellos con una descomunal pulmonía y el otro con un serio traumatismo en la cabeza.

sábado, 30 de agosto de 2008

Agua y hambre (XI)

Jose Caro sintió que el techo se le hundía encima; se encontraba abatido hasta la desesperación, nunca hubiera imaginado que estar preso conllevara tanta angustia, tanta pesadumbre; sentía como si le hubieran destrozado la vida, como si hubiese caído en un pozo tenebroso del que ya nunca más podría salir, y en la penumbra del encierro, oyendo los ruidos cotidianos de la Plaza, el paso de las caballerías, las risas y carreras alegres de los chiquillos camino de sus casas, alguna apacible conversación de vecinos que marchaban a descansar, las campanas del Convento y de la Iglesia, se arrepentía profundamente de lo hecho, pero era un arrepentimiento contaminado de egoísmo, de soberbio amor propio que predominaba en sus reflexiones en la forma de una autocompasión que obviaba el daño y sufrimiento causado al gitano, como si la víctima fuera él mismo y el acto de agredir extraño a su voluntad. Y sobre todo, le pesaba como una losa haber sido el causante de la degradante destitución de su padre, el Alguacil de Moscas Fernando Caro.
Que fue quien primero apareció interesándose vivamente por su estado. Padre e hijo se fundieron en un abrazo en el que no faltaron algunas lágrimas. Le traía una manta y le prometió un colchón de lana nueva de inmediato, que ya estaban preparando las mujeres de la familia.
—Mira, Jose. Es menester que prepares tu declaración, y que confieses lo que ocurrió en el olivar del Moro —le dijo su padre mirándolo con fijeza, las manos en sus hombros. En la semitiniebla que reinaba en el recinto su rostro parecía haber recibido un baño de plata y nobleza. Jose se emocionó, sintiendo un nudo en la garganta.
—La verdad va por todos los caminos. He pensado en este asunto todo el tiempo que has estado fuera, dándole vueltas a la cabeza días y noches, y creo... creo que aquel día actuamos con demasiada ligereza. La peor herencia que puedo dejarte es la de la falsedad y la mentira. No podemos ir por ahí, hijo.
El preso no articulaba palabra, comprendiendo que aquellos momentos eran trascendentales en su vida y en la de su progenitor. Era aquella una hora que constaría para siempre en sus recuerdos, marcándolos profundamente.
—Quiero, hijo mío, que seas sincero en todo cuanto se te pregunte. Hazlo así por mí, y luego descansaremos en paz, con nuestras conciencias limpias. De manera que... quiero que me prometas que contarás las cosas como ocurrieron, sin añadir ni quitar nada de cuanto pasó.
No dudó el joven y respondió con la voz entrecortada por la emoción:
—Prometido.

Ya había acordado de antemano el ex-Alguacil de Moscas con el nuevo Teniente de Gobernador que si su hijo accedía a decir la verdad en su declaración se iba a ser ingulgente con él en la máxima medida, por tanto no tardaron ni una hora en presentarse en la cárcel dicho Teniente con su inseparable sombra el escribano Jose Cordero, y Bartolomé de Chavez, el guardia principal.
En la oficinilla de la entrada tomaron juramento e hicieron las preguntas de rigor al detenido, quien estaba sorprendido de lo rápido que se había cursado su petición, sin sospechar la confabulación entre su padre y las autoridades. Juan de Santiago lo trató con paternalismo y condescendencia, y se dio cuenta de que mentía cuando aseguró que Francisco Ravelo se le había resistido esgrimiendo una gran navaja en el momento en que se le acercó al trote de su montura. Ningún testigo de todos los consultados en días anteriores había mencionado cosa alguna sobre navajas, y ahora, en última instancia, surgía una historia que era tan nueva como poco creíble. Jose no tuvo conciencia de estar faltando a la promesa acabada de hacer a su padre, sino que creía firmemente que salvaba el honor familiar añadiendo ese falso y burdo detalle, pensando que a la postre en nada modificaba ni podía modificar ya el pasado.
Quizá el miedo jugó también su papel.
Las preguntas entonces se centraron sobre el golpe con la escopeta, que detalló con todos sus pormenores, acabando por confesar que la había escondido en su casa. Llegando a este punto el Teniente ordenó la suspensión del acto requiriendo al preso que entregara el arma en cuestión. El interrogado especificó el lugar donde se hallaba, al que, obedeciendo al Teniente, accedieron los alguaciles de inmediato; era un altillo o soberado al que se accedía con escalera de mano por una trampilla abierta en el techo de la sala principal de la vivienda; una vez en él Bartolomé dirigió la luz vacilante de su mechero de aceite al lugar referido por el preso y, en efecto, allí estaba, colgada horizontalmente de dos enormes alcayatas clavadas en una de las gruesas vigas de pino que sustentaban el tejado. Una vieja escopeta de chispa que había conocido las manos de varias generaciones, tan pesada como mortífera sobre todo si era utilizada, como había sido el caso, de maza. Y cuando el oficial la descolgó parecióle un organismo vivo, una especie de gran reptil acorazado que escupía tanto rayos letales como no menos mortíferas palabras testificales.

viernes, 29 de agosto de 2008

Agua y hambre (X)

Pero, volviendo a Castilleja, hemos de apuntar que de nada sirvió al Teniente la destitución del Alguacil y la injustificada maniobra de traslado del detenido, antes al contrario: el cese del Alguacil de Moscas sin previa autorización del amo de Olivares, y sin siquiera el conocimiento de su Mayordomo en el pueblo, que precisamente tenía su morada enfrente del Cabildo en la misma Plaza, no hizo sino empeorar más todavía la situación. Llegaron órdenes de arriba, acaso directamente del aludido Duque, y vióse obligado de la noche a la mañana a abandonar su puesto frente a la administración de Castilleja.

Fue sustituido por Juan de Santiago, quien el 8 de febrero ordenó como primera disposición en su nuevo cargo de Teniente de Gobernador la inmediata captura y prisión de Jose Caro, el principal implicado en la cobarde agresión. Para cuya realización se comisionó a los nuevos alguaciles, el Mayor, Bartolome de Chavez y el Menor, Francisco Navarro, los cuales, como era habitual, se dedicaron a recorrer los alrededores y a visitar a familiares y conocidos de Jose, puesto que el caballista se había esfumado como por arte de magia.

Los dos agentes eran tenaces y conocían bien el terreno. Al cabo de una semana —miércoles día 17 de febrero— recibieron cierta información que los llevó a una caseta próxima a la hacienda de Albajáñez, utilizada esporádicamente por un viejo cabrero de Valencina. Llovía a raudales cuando se aproximaron, entre los olivos cenicientos, apagado el golpeteo de los cascos de las caballerías por la crecida hierba y el fragor del chaparrón. No existía ni un mal senderillo. La cabañuela tenía una deforme y chata chimenea de la que se esparcía por el aire un garabato de humo blanco, lo que les indicó que estaba ocupada en aquel momento, poco más de las seis de la tarde. Desmontaron dejando las yeguas atadas a unos varetones, y preparando las escopetas se aproximaron, cada uno por un lado, cubiertos hasta las coronillas con sus amplias anguarinas. Pronto percibieron un aroma familiar a guiso de legumbres, y ya más de cerca una conversación entre dos hombres.
Era una tarea rutinaria, y a pesar de haber preparado sus armas sentían los dos oficiales cierta tranquilidad, como que no tenían nada que temer. Conocían perfectamente desde niño a Jose Caro y sabían que con unas palabras se prestaría a colaborar con la Justicia que ellos representaban, y aunque muy remotamente existía el peligro de una reacción violenta, ellos no lo contemplaban, y por esta circunstancia que calmaba sus espíritus pudieron apreciar el escenario como si hubieran ido hasta allí en una excursión de solaz.
Era uno de estos retiros con los que todos los hombres del campo han soñado alguna vez. Tranquilo, escondido, humilde, simple. Al lado de la tosca construcción de muros de mampostería con un techo de palma trenzada que escurría a la perfección el aguacero, había un corralillo cubierto del mismo material donde se apretujaban quince o veinte cabras, y de fondo del conjunto una alta y espesa chumbera de anchas pencas que se alargaba a cada extremo. La puerta del cobijo era baja y estrecha, con un ventanuco cubierto de pieles sin curtir a su izquierda, entre cuyas rendijas se vislumbraba un rojizo y apagado resplandor. Se acercaron hasta él los alguaciles con la intención de captar lo que estaban hablando, pero quiso la mala fortuna que fueran detectados desde el interior de la choza por un perrillo pastor, cuya andanada de agudos ladridos alertó a los ocupantes, que no tardaron en asomar por el portillo alarmados, inquiriendo a diestro y siniestro huecos y medrosos "¿quién va? ¿quién va?".
Diéronse a conocer Bartolome y Francisco, y se reunieron todos en la entrada coincidiendo, por occidente, con un desgarrón en la cubierta de nubarrones que abrió paso a una tromba de luz anaranjada del sol poniente, iluminando espectralmente el arbolado de cuyas hojas goteaban perlas iridiscentes. Arriba las panzas de las nubes refulgían. Los hombres hablaron con concisión, llegaron a un acuerdo y condujeron a Jose hacia el pueblo, entre lloviznas y sol moribundo; la tarde estaba envuelta en un aire limpio y frío, tan claro que arrebataba, tan transparente que cuando les daba la luz se divisaban los Alcores azules con todos los detalles de sus fragosidades.

De inmediato al anochecer los agentes informaron de haber ingresado a Jose Caro en la Cárcel Pública de la villa. Anotaremos que la dedicación y celo de estos oficiales estaba garantizada por una ley que los castigaba con una multa de cincuenta ducados (una suma muy importante para un asalariado) si algún preso lograba, burlando la vigilancia, evadirse.

jueves, 28 de agosto de 2008

Agua y hambre (IX)

Tras la faena el cirujano se dirigió a su casa, al otro lado de La Plaza junto a las Casas Capitulares, donde se lavó y cambió de ropa; era un hombre elegante que gustaba cuidar su imagen, y aunque no nadaba en la abundancia podía permitirse vestir bien. Acabó poniéndose, tras algún titubeo, unos calzones color morado atados con cintas más abajo de las rodillas, unas medias de lana blanquísima, sus mejores zapatos de piel de ternero, chaleco floreado, pañuelo de encajes al cuello, peluca semilarga con gran lazo rojo en la coleta, sombrero negro de tres picos y un grueso casacón verde oliva bordado en plata, de inmensos puños vueltos hasta el codo, marchando acto seguido a la escribanía de Carlos de las Cuevas para dejar testimonio del estado del gitano.
La mañana era muy fría, pero el cielo estaba limpio y el sol bañaba suavemente el pueblo.
Aunque las escrituras del caso las llevaba Jose Cordero Baena, algunas de sus diligencias las elaboró el referido De las Cuevas no sabemos porqué causa, aunque es de suponer que el primero tenía exceso de trabajo o problemas de salud.
Así quedó el folio que continuaba con los autos después de que el escribano efectuara su cometido:

Declaración de Gravedad. En dicha Villa dicho día, mes y año dichos [23 de enero de 1740], ante el Sr. Pedro Marquez, Teniente de Gobernador de esta Villa pareció Francisco Rodriguez, Sirujano de ella, de el cual Su Merced por ante mí el escribano recibió juramento por Dios y una Cruz en forma de derecho, y el referido lo hizo y so cargo de él ofreció decir verdad, y siendo preguntado dijo a curado de primera cura un hombre que se halla preso en la Cárcel Pública de esta Villa, de una herida en la cabeza en el lado siniestro sobre el hueso parietal capaz de cinco puntos que no se le dieron más de dos, hecha al parecer con instrumento cortante, y que los accidentes que le pueden sobrevenir tiene riesgo de la bida y que lo que lleba dicho es la verdad so cargo de su juramento. Lo firmó y que es de hedad de treinta y dos años y Su Merced lo señaló. Francisco Rodriguez y Mendoza. Carlos de las Cuevas.

Pasado un tiempo Su Merced el Teniente Pedro Marquez consiguió lo que se había propuesto: tras recibir por medio de un criado de la Audiencia oficio por el que se le autorizaba a trasladar a Francisco Ravelo a la Cárcel Real, cargaron una mañana al enfermo en un carretón casi clandestinamente, no sin antes ser adecentado por varios franciscanos que le suministraron ropa limpia y por el barbero que lo afeitó, y escoltado por el Alcalde de la Santa Hermandad en Castilleja, auxiliado por sus cuadrilleros, bajaron a toda prisa la cuesta, cruzaron la Calzada hasta el Patrocinio, enfilaron la trianera calle Castilla, pasaron el Puente de Barcas y entrando por la Puerta Real siguieron por Rioja y Sierpes hasta la entrada del enorme establecimiento penitenciario, temiendo en todo momento que los familiares y amigos del conducido intentasen, por medio de algún tipo de asalto, liberarlo por la fuerza.
Cuando por fin llegaron a su destino y pararon el carro arreciaron los gritos desde las enrejadas ventanas del siniestro edificio, una mezcla enloquecedora de peticiones de comida o mantas que los presos más indigentes dirigían a los transeúntes, y de insultos indiscriminados hacia todo lo que se movía por parte de los más desesperados y dementes, estruendosa algarabía que hacía de aquella esquina un lugar casi intransitable.
El Director de la célebre y antigua prisión recibió y entregó los pertinentes resguardos, y Francisco, débil hasta el punto de no poderse tener en pie, fue llevado a un cuchitril donde, para su sorpresa, se encontró a su compañero de fatigas Eusebio, cargado de cadenas y recuperándose de una gran pulmonía. Supieron allí mismo los castillejanos que había sido detenido por las Justicias en Triana y que estaría retenido en el calabozo hasta tanto no se aclarase todo lo acaecido.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Agua y hambre (VIII)

El lunes 25 de enero de 1740, tres días después de los hechos y mientras esperaba contestación de las autoridades de la ciudad, Pedro Marquez hizo ir al Cirujano Real de la villa a reconocer y curar al detenido.

Francisco Rodriguez se presentó con su delantal manchado de sangre y partículas de tejidos de pacientes de anteriores operaciones, porque lucir semejantes vestigios era señal de experiencia y veteranía en la profesión; preparó en el interior del calabozo, bajo el chorro de luz de la claraboya, en una mesita plegable próxima al preso su instrumental, que tampoco estaba lavado convenientemente, mientras a su espalda el Alguacil Menor observaba entre espantado y supersticioso. Tenía que suturar, pero la herida estaba infectada, con gran cantidad de pus en su interior que hubo de drenar en lo posible. Debido a esta podredumbre no podría efectuar más de tres puntadas de las seis o siete que requería la longitud del corte, hasta tanto no se hubiesen saneado sus bordes. Primero, calándose sobre la nariz sus anteojos de aumento, cortó con una tijera el pelo ralo de su paciente dejando un área calva sobre la que trabajar con comodidad. Luego limpió cuidadosamente toda la zona, abriendo los labios y comprobando que el hueso del cráneo no había sufrido fractura. Enfrentó los bordes mientras el paciente, excepcionalmente colaborador y entregado, cerraba los ojos. Decía cuando se le preguntaba que no sentía mucho dolor con las manipulaciones del cirujano. El cual retorció y enceró con destreza un hilo de seda roja, engrasamiento y torsión que impedían que una vez tensionado cortase la carne, enhebrándolo en el ojo de una aguja triangular de dos aristas cortantes, y dió la primera puntada en el centro de la abertura, hincando en profundidad hasta sentir que tropezaba con el cráneo, para que uniese las paredes desde lo más hondo sin dejar fallas que pudieran convertirse en depósitos purulentos. Mientras tanto hablaba continuamente, en tono grave y pausado, porque había descubierto que así tranquilizaba a los enfermos —otro de sus trucos era toser sobre los desgarrones, con lo que conseguía confundir al adoleciente, distrayéndole en cierta manera de su situación—.
Su tema recurrente de soliloquio era la sutura en la historia.
—Hace —comenzó— más de 5.000 años, en las Indias Orientales, utilizaban los sabios doctores enormes hormigas que se crían en aquellas tierras para coser esta clase de heridas...
El gitano temblaba sintiendo las punzadas como si le atravesasen el alma, mientras el alguacil pensaba que Francisco Rodriguez había bebido más de la cuenta. Éste prosiguió mientras maniobraba con precisión:
—... las hacían morder los bordes, y luego las cortaban por el pescuezo, dejando las cabezas como pinzas... y a los pocos días... ¡cicatrizaba por completo!
El carcelero tenía un sobrino en Filipinas, y pensó que tarde o temprano podría corroborar la increíble historia, pero mientras volvía el joven marinero que le proporcionaría información veraz se propuso hacer de portavoz de lo que acababa de oir de boca del cirujano, prometiéndoselas muy felices siendo el centro de la atención de los parroquianos en la taberna.

Una vez dados dos puntos, independientes uno del otro como prescriben los manuales, para permitir escapar por los extremos toda la supuración que se fuese creando, lavó la junta con vino y procedió a vendar la cabeza del preso, quien acabó la intervención con un turbante blanco que le daba cierto aspecto de santón musulmán.
Se despidió prometiendo volver al día siguiente para cambiar el vendaje.

martes, 26 de agosto de 2008

Agua y hambre (VII)

Una vez frente a la cárcel en medio de la multitud hosca y enfurecida, aunque silenciosa, que inundaba la Plaza, Francisco Ravelo fue encerrado tras cambiarle la gruesa cuerda por unos mohosos grillos, y marcharon Alguacil y acompañantes a informar oficialmente al Teniente de Gobernador, quien, desde el balcón del Cabildo y en compañía del escribano Cordero, observaba la escena con el ceño fruncido por la preocupación.
Mientras el Padre Guardián del cercano convento destacó a una pareja de padres para reconfortar al gitano y, aprovechando su indefensión, arrancarle una confesión que sirviera para emmarañar a otra conciencia más en la maquinaria eclesiástica de modelación de espíritus y control de mentes. Tras solicitar los oportunos permisos al cancerbero, ya de noche cerrada, los dos encapuchados penetraron en la lóbrega estancia en uno de cuyos rincones yacía el preso sobre unas esteras polvorientas. Desvariaba, y a la luz de los pestilentes candiles de aceite comprobaron que tenía un preocupante color y una temperatura altísima. No estaba en situación de mantener conversación alguna, y todo lo que pudieron hacer por él fue librarlo a pisotones de sandalias de varias cucarachas que merodeaban en su derredor, rezar una letanía monótona que actuó de adormidera, bendecirlo con rapidez y marcharse por donde habían venido.

El Teniente de Gobernador Pedro Marquez pensaba, muy exactamente, que los vigilantes se habían propasado en sus actuaciones en la inundada Vega del río, y que se le iba a hacer responsable a él de tales actuaciones; a pesar de tratarse de un gitano de ínfima extracción social pertenecía a una comunidad —la de la ciudad— muy bien organizada cuyas jerarquías no iban a permitir la flagrante intromisión que habían efectuado aquellos incultos y toscos pueblerinos en un asunto que solo tocaba a ellas tratar de resolver. Por tanto, dándole vueltas a la cabeza de esta manera, lo primero que decidió fue destituir fulminantemente al Alguacil Mayor, en un intento de enviar la más clara señal de desaprobación de los hechos a las autoridades hispalenses; era la única forma de intentar salvaguardarse de la tormenta que desde Sevilla le iba a caer encima, cuando los "peces gordos" de la Real Audiencia valoraran los hechos. Luego estaba el preso. Se sentía más incómodo en su oficina del Cabildo, frente al ventanal hacia la Plaza, que el propio herido, envuelto en una manta tiritando de fiebre en un rincón del calabozo, que al menos contaba con los consuelos y auxilios de los franciscanos y del sector caritativo castillejense.
El Teniente no contaba en modo alguno con el apoyo popular; conocía bien a la sociedad que dirigía, y sabía que en pocas horas el enardecimiento y la pasión veleidosa instigada por los propagadores de rumores se habría apagado, y que todos recobrarían la objetividad y verían las cosas tal cual eran: un pobre desgraciado hambriento e inofensivo que solo merecía compasión. Y este conocimiento del temperamento verbenero, explosivo y ruidoso pero inconsistente, de su propio pueblo le hacía sentirse muy sólo frente a la problemática situación.
Podría ocurrir —temía Pedro Marquez— lo más inesperado e indeseable, y verse envuelto en una dinámica tal que le arrastrara a él mismo también tras las rejas, con su prestigio hundido en toda la región para los restos. Tenía enemigos, incluso dentro de la corporación que encabezaba, que se regocijarían de verlo preso y aniquilado. De forma que decidió empezar a maniobrar a fin de conseguir, primeramente, librarse de Francisco Ravelo, como el asesino intenta liberarse del cadáver; consultó el asunto con algún Regidor de su confianza, y una vez suficientemente aconsejado decidió, alegando inseguridad en la cárcel y falta de medios para su manutención, solicitar a Sevilla el traslado del cautivo, a la Cárcel Real de la calle de Las Sierpes.

lunes, 25 de agosto de 2008

Agua y hambre (VI)

De un brinco Jose tomó tierra y apresó al semiinconsciente herido, que sangraba por una enorme brecha en el lado izquierdo de su cabeza, mientras imploraba incoherentemente piedad, aterrorizado, jadeante y empapado hasta los huesos. Entre denuestos Jose lo sujetó hasta que llegaron los demás, y bien atado con una cuerda lo condujeron hacia Castilleja, casi a rastras, como si de una maligna alimaña se tratase.

Al final de la cuesta, en la explanada de la ermita, Maria de Amores y su esposo esperaban para ver en qué había quedado la cabalgada, y cuando llegaron los jinetes la santera, sintiéndose en cierta manera principal protagonista del extraordinario episodio, no pudo ni quiso reprimir la emoción insana que la embargó al ver la figura vacilante, exageradamente atada por cuello, pecho, cintura y brazos, del desgraciado calé, y prorrumpió en vituperios contra él, cada uno de los cuales superaba con mucho las más elaboradas maldiciones que se habían proferido y se proferían en los ámbitos tribales de aquella nación viajera a la que pertenecía.
El sol entonces disipó en pocos minutos, como si retirase una telaraña con sus espadas de luz, la sucia niebla matutina, haciendo resplandecer sobreescrita en los restantes colores del escenario la pincelada roja en la cabeza ensangrentada de Francisco Ravelo, que en aquel momento recordaba a sus hijos pidiéndole algo de comer.

Entraron al pueblo casi como una formación militar, en cabeza el arácnido Alguacil Mayor con su vara bien visible, seguido del grueso de caballeros, con el preso envuelto en barro y sangre atado a la larga cuerda y andando penosamente a trompicones, y cerrando la comitiva el mairenero a lomos de la mula, la cual llevaba todavía en los ojos reflejado el terror del agua impetuosa que había querido llevarse su cuerpo. La gente se agolpaba a los lados de la Calle Real, avisándose unos a otros de casa en casa. Para dar más importancia a la hazaña, siguiendo una idea del Alguacil Fernando Caro hicieron difundir el rumor de que, en efecto, habían querido robar en la ermita de Guía, y con ello se ganaron la aprobación general por la enérgica actuación y el agradecimiento sin condiciones del vecindario; muchos chiquillos mostraban su alegría de diversas formas, vitoreando a los de la partida y corriendo tras ella entre risas y demostraciones de júbilo, y faltaba poco para que se les arrojaran flores desde los balcones, tal era el aprecio que los castillejanos tenían a su ermita, convertida en un símbolo de su territorialidad y en un emblema identitario de su historia, como el mascarón de oro de un buque —Castilleja de la Cuesta— anclado en las lomas.
Accedieron a la Plaza a través de la calle de Hernán Cortés para darse más importancia y hacerse más publicidad, evitando la del Convento, en la que apenas había media docena de vecinos. A la altura de la casa de Juan Clemente de Luque se detuvieron porque apenas podían proseguir, tal era la masa de lugareños congregada. La mujer de Juan sacó unos jarritos de vino para obsequiar a los héroes, que sin descabalgar los apuraron de golpe, celebrando con brindis entre ellos y con la concurrencia el éxito y buen término de la ardua empresa. El cautivo, todavía sangrando en medio de un círculo de curiosos que o lo miraban con curiosidad o lo insultaban con más o menos furia y odio, ofrecía el aspecto lamentable de un ser indefenso y atribulado que podía ser linchado en cualquier momento. En lo alto de los escalones de la puerta de Clemente de Luque su hijo subnormal boqueaba babeando mientras gritaba agitando sus manazas con ademanes exigentes:
—¡Cortarle la chol-la, cortarle la chol-la! —y los presentes reían aprobándolo con estruendosas carcajadas de admiración como si el inválido, iluminado por no se sabe que misteriosos poderes, hubiera adquirido de milagro el ingenio de un supremo juez superdotado.

domingo, 24 de agosto de 2008

Agua y hambre (V)

Se lanzaron a por ellos como un solo hombre, castigando a las bestias con las espuelas y las trallas, y los animales levantaban cortinas líquidas con su desenfrenada carrera; los fugitivos, sabiéndose ya casi atrapados, marchaban a la desesperada, derivando hacia Triana, donde conociendo cada escondrijo como los conocían, se podrían poner prontamente a salvo de aquellos salvajes armados hasta los dientes que aullaban amenazas e insultos, cada vez más cercanos.
Pareció por un momento que la suerte sonreía a los dos desgraciados cuando una gabia cavada para desague de la llanura, que ellos pasaron a nado, detuvo por un momento a los caballistas, indecisos sobre si cruzarla montados; el hijo del Alguacil, que había sufrido la caída en la cuesta, ni corto ni perezoso picó espuelas y se lanzó con su yegüa semienloquecida al agua, salvando un desnivel de casi dos metros en vertical, y luego, en furiosa galopada sobre un barrizal en el que se sumergían hasta las corvas las patas de su montura, acabó atajando a los trianeros, uno de los cuales, Eusebio, despojóse sobre la marcha de toda la ropa que pudo y se puso a salvo lanzándose al río y ganando la orilla opuesta con rápidas y acompasadas brazadas de nadador nato, buscando por derecho la entrada de la Puerta Real.

Desde el grupo principal de jinetes que había quedado atrás comenzáronse a oir griterío, ayes, insultos a todo lo divino y humano. La mulilla del de Mairena había caído en la gabia, y el hombre desesperado imploraba suplicando que no la abandonaran. La corriente era lo suficientemente rápida como para que el animal se viera obligado a efectuar esfuerzos angustiados para escapar, roznando con los ojos desencajados e intentando escalar la pared barrosa, en la que sus pezuñas se hundían como el cuchillo en la manteca. Desde el borde intentaron formar una cadena, sujetándose unos a otros, para enlazar al frenético animal con una gruesa cuerda que el cortador Juan de Rivera portaba enrollada en la silla de su caballo. Los hombres se veían atrapados hasta los muslos en la blanda tierra arcillosa, que parecía sujetarlos con pertinaces manos de dedos viscosos, mientras que la bestia con sus espasmódicos intentos de escapar de la trampa levantaba surtidores de cieno que cegaban a sus rescatadores.
—¡Todos a unaaa! —vociferaba Clemente, uno de los hijos de Juan Clemente de Luque.
—¡Maldita sea!
—¡Amárrala por la barriga, por los pechos!
Actuaban contra reloj pensando que los fugitivos podrían haber escapado y volver con refuerzos de sus amigos sevillanos, lo cual significaría una más que probable derrota. Con el agua sucia a ras de la barbilla uno de los hijos de Antonio Caro abrazaba al animal intentando pasar la soga por debajo de la panza temblorosa; en última instancia tuvo que, tomando una profunda bocanada de aire, zambullirse bajo la agitada superficie del turbio líquido, sujeto con una mano a la propia maroma de la que tiraban sus compañeros, para por fin conseguir rodear el cuerpo empapado del pobre cuadrúpedo. Hecho un fuerte nudo sobre la cruz, izáronla con sumo esfuerzo, Caro empujándola por las ancas como buenamente podía, hasta que consiguieron sacarla del fondo del desaguadero y por fin situarla en terreno más firme.

Jose Caro, el hijo del oficial mosquetero, mientras tanto, había visto, alzado en su montura, como el gitano Eusebio llegaba a la orilla opuesta del Guadalquivir, y se volvía para mirarlo, quieta y fijamente como si lo retara.
Se sintió frustrado por la pérdida de una de sus piezas.
Sin embargo la otra, Francisco Ravelo, tuvo menos suerte, ya que había tomado en su confusión la decisión menos apropiada, huyendo a la carrera hacia el olivar del Moro, que señalaba el límite occidental del célebre barrio trianero; antes de adentrarse en la segunda hilada de árboles Jose Caro lo alcanzó, y sin consideración alguna le descargó desde la montura al galope con su pesada escopeta un fuerte culatazo en plena cabeza, que dió con el hombre en tierra fulminantemente.

sábado, 23 de agosto de 2008

Agua y hambre (IV)

No tardaron más de un minuto en presentarse en la explanada de la ermita, galopando como energúmenos y haciendo molinetes con los sables a la manera de los tártaros; para ellos era una cacería festiva. Se había levantado niebla, y los contornos del cerro del Carambolo, enhiesto como un fantasmal bosque verdoso que quisiera ganar el cielo, aparecían difuminados; la ermitaña, Maria de Amores, los esperaba a la puerta de la iglesia, con toda la apariencia de una bruja loca envuelta en una toca negra y en jirones de niebla fría y húmeda; María era esposa de Juan Prieto, él de origen gallego, y habían sucedido como guardianes de la ermita a los padres de fray Sebastian de Castro.
Eran una pareja laboriosa y trabajadora, nadie podía negarles su industriosidad, y en un documento de 1745 (cinco años después de los hechos que estamos refiriendo) figuran como dueños de los derechos del vino, vinagre y aceite vendidos en cuartillos en el pueblo, derechos que les fueron rematados por la suma de 1.805 reales de vellón, previa hipoteca de unas casas que poseían en la calle Real de Camas y cinco aranzadas de arboleda frutal en el Pago de Caño Ronco de dicha población, posesiones ambas que denotaban una desahogada situación económica.

Maria de Amores estaba muy excitada, y con gritos y gesticulaciones les indicó que los sospechosos habían huido camino abajo; hacia allá enfilaron sus monturas los nueve hombres, el mairenero de la mula a la zaga, trotando cómicamente. Desaparecieron en el hoyo, siguiendo la pista de piedras; en la hondonada hacia la Vega apenas se distinguía la Casa de la Cuesta, hundida en la densa y blanquecina bruma. Como cada pocos años, el fuerte temporal de agua, haciendo sudaderos y derretidos, había derribado tramos de la carretera que trepaba por la ladera izquierda de la quebrada, dejando mellas insalvables en su trazado, con todo el embasamiento de gruesas rocas derramado en torrente hasta el arroyo cuyo cauce taponaban aquí y allá formando pequeños pantanos; aunque en estos casos de derrumbamientos andaban "las gentes y acémilas de acarreo errantes de unos a otros [caminos], sin camino alguno conocido, atropellando a su antojo sementeras y rompiendo cercas y vallados de olivares para buscar del modo que les era posible alguna senda", los castillejeros para ganar tiempo tuvieron que lanzarse con los caballos por los terraplenes y barrancos de manera suicida, con el peligro acrecentado por la falta de visibilidad; la yegüa del hijo del Alguacil Caro tuvo un tropiezo con una raíz a flor de tierra y jinete, armamento y cabalgadura cayeron rodando en informe amasijo, afortunadamente solo unos metros hasta el fondo, donde lograron recuperarse uniéndose al grupo.
—¡¡Guíanos, Virgen de Guía!! —gritaba uno de los más exaltados.

Una vez abajo unos vaqueros de la hacienda "La Capataza" les indicaron, aterrorizados ante aquellos centauros enardecidos, que habían visto a dos hombres corriendo hacia la laguna que se formaba al pie de la cuesta cada año de inundación. Y aunque la niebla no cedía, desde aquella media altura lograron vislumbrar unas figuras lejanas que chapoteaban saltando como dos títeres oscuros en el agua helada en dirección a la capital. Eran sus presas. Había que alcanzarlos antes de que llegaran a alguna puerta de la muralla y se perdieran en la red inextricable de callejones de la ciudad, donde terminaba la jurisdicción del "Alguacil de las Moscas".

viernes, 22 de agosto de 2008

Agua y hambre (III)

Se formó un gran revuelo en el pueblo cuando llegaron informaciones, desde la Ermita de Guía, de haber sido avistados dos merodeadores por las colinas del borde de la comarca; faltó poco para que mandasen tocar las campanas de las iglesias, tal era la excitación que produjo la noticia.
Después de las riadas ocurría, como ya hemos apuntado, que los vecinos de la población se encontraban ojo avizor, dispuestos a saltar al menor aviso de alarma, hipersensibilizados ante la más mínima señal. El castillejano Juan Rivera con su indumentaria manchada de sangre costrosa marchaba aquella mañana de niebla por la calle de Abajo, camino de la carnicería donde trabajaba, cuando le abordó un azacán mairenero de apellido Leon que venía a lomos de una mula castaña al trote rápido en dirección a la Plaza, preguntándole en tono muy alterado por la casa del Teniente de Gobernador. Se enteró Rivera por el mulero que se habían visto ladrones en los alrededores de la ermita, y rápidamente hizo cundir la noticia. La gente iba de casa en casa comunicando la mala nueva y cual pelota de nieve, en cada puerta se le agregaban agravantes; muchos salieron a las calles, gesticulando y con los ojos abiertos como platos; ya hemos visto que nombrar la ermita de Nuestra Señora de Guía y encenderse todas las alarmas del vecindario era uno y lo mismo.
El Alguacil Mayor, enterado por fin de boca del mulero de Mairena, organizó una partida de caballistas a la que se unió el dicho mairenero; pusieron los convocados los arreos a los equinos a toda prisa, entre gritos y órdenes a sus esposas, hijos y ayudantes, formando gran alboroto en sus respectivos hogares, como si la estabilidad del Universo dependiera de que ellos pudieran comenzar a cabalgar, y salieron al galope. Iban armados de escopetas de chispa, antiguos arcabucillos de rueda y espadones toledanos de taza, sobre varias yeguas cazadoras, un semental y el resto, caballos capados, formando un escuadrón apocalíptico con sus gritos, imprecaciones y silbidos. Entre los jinetes, dos hijos de nuestro ya conocido Juan Clemente de Luque, llamados Juan y Clemente, y tres hijos de Antonio Caro, junto con el mairenero, Juan de nombre, y el mozo tablajero Juan de Rivera con su sayo ensangrentado; al jefe de la cuadrilla, Fernando Caro, Alguacil Mayor de la villa exhibiendo con la soberbia de los miserables su vara alta de justicia que le confería facultad para detener, le acompañaba tambien su hijo Jose Caro. Nueve hombres en total.
Todos los Caro nombrados eran familia entre ellos, al igual que lo eran de los dos labradores con que abrimos desde Las Escaleras nuestra historia, los hermanos Agustin y Sebastian.

Sebastian de Covarrubias, en la entrada "Alguazil" de su Tesoro de la Lengua Castellana o Española nos ahorra el trabajo de describir la personalidad del jefe del grupo, un ministril que apenas sabía empuñar la pluma para firmar sus atestados:

"[...] A cierto género de araña ponçoñosa que haze una tela donde se enredan las moscas y se mantienen dellas, dicho por los latinos "phalangium", llaman comúnmente alguazil de moscas, y de aquí tomó ocasión el dicho tan celebrado, que las leyes se hizieron para castigar a los pobrezillos desventurados que no tienen quien buelva por ellos ni fuerças para defenderse, y assí se quedan asidos en la telaraña; pero los ricos quebrantan las leyes y las rompen como un pájaro que topa en la telaraña y se la lleva en las uñas. [...]"

Así era: en la telaraña de espionaje y vigilancia formada por los egoístas labriegos y sus informantes, capaces de disparar o azuzar sus perros contra cualquier infeliz que les intentara robar una docena de pimientos, habían quedado atrapadas dos desgraciadas moscas desventuradas y sin fuerzas, y la araña mayor, sintiendo de inmediato las vibraciones frenéticas de sus indefensas presas, vió y aprovechó la ocasión de ganarse el respeto del pueblo y de conseguir que hablasen de su persona los hacendados y propietarios llegados de la capital, y haciendo alarde de su mezquina crueldad se lanzó, con sus acólitos —no menos despreciables—, a llevar a cabo su execrable determinación.

martes, 19 de agosto de 2008

Agua y hambre (II)

Pero los habitantes de los pueblos aljarafeños ya tenían experiencia, y sabían como afrontar esta especie de plaga; cuando se tenía noticias de una riada todos se preparaban para defender sus cosechas, y las redes familiares se estrechaban, unidos solidariamente para defenderse; el sobrino ayudaba al anciano tío que cultivaba tomates y pimientos por Bellavista, los hermanos se unían para vigilar la sementera del Camino del Agua, o los vecinos se echaban una mano en los frutales del sitio de Miranda; parejas de caballlistas, los más pudientes con arneses de plata y sillas de montar de terciopelo bordado, armados de escopetas y enormes espadones recorrían la zona, y de noche se soltaban a los perros de presa, para contrarrestar la invasión de aquella especie de anfibios reptantes que asolaba el territorio. Eran temibles los recios mozarrones sobre los caballos, galopando por las trochas tras todo lo que les parecía sospechoso, y disfrutaban de una fama bien merecida de crueles y violentos; como es comprensible, aunque no justificable, las autoridades de Castilleja hacían la vista gorda ante los abusos que los improvisados policías cometían con los hambrientos trianeros y macarenos, contra los vecinos de Camas y Santiponce, conscientes de que a grandes males se imponían grandes remedios, y de que si se actuaba con alguna consideración al siguiente año de riada el mal se habría multiplicado. En aquellos días no se hablaba de otra cosa en el pueblo, se propalaban toda clase de rumores y en los corrillos se intercambiaban datos y experiencias, y se señalaba territorio y horario para cada grupo o pareja de jinetes.

El efecto de las mareas del Atlántico hacía que las riadas se prolongasen, porque impedía el desembalse de las aguas de la cuenca hacia la mar, y por ello quien tenía posesiones en Castilleja se trasladaba al pueblo hasta que la vida ciudadana se normalizara, trayéndose a su hacienda o palacete familia, amigos y criados. La villa adquiría entonces, con tantos personajes distinguidos por sus calles, cierta pátina urbana.

En estas ocasiones se convertía la población casi en algo así como un puerto de mar, y se despertaban las tendencias y vocaciones marineras del pueblo, nunca del todo dormidas en un lugar con tan arraigada vocación marítima: sus habitantes aportaban a la Universidad de Mareantes el más alto porcentaje de hombres de mar no sólo de la región, sino —cabría decir— de España entera. Aunque no todos los alumnos castillejanos de la escuela de náutica de San Telmo terminaban sus carreras, sí lo hicieron la mayoría, pero ya nos tocará hablar de cada uno de ellos.
De forma que la mar tenía una omnipresencia digna de notar entre sus habitantes. Por estos años el almirante Blas de Lezo, apodado "Mediohombre" por las mutilaciones que había sufrido en las batallas navales, era el dios e ídolo de cualquier interesado por la actualidad del mundo, que se desarrollaba principalmente en escenarios marineros, y en Castilleja se le tenía en especial consideración, por lo antes apuntado, esperando ávidos los vecinos noticias del gran hombre de boca de los marineros del pueblo que viajaban por todos los confines de la Tierra. Al lobo de mar guipuzcoano, que moriría al año siguiente al de los hechos que vamos a narrar y que ya había realizado las mayores proezas que la historia registra, sólo le faltaba culminar su actuación con la batalla de Cartagena de Indias (1741) en el contexto de la guerra de la Oreja de Jenkins o Guerra de Asientos, batalla en la que los ingleses sufrieron la más dura derrota que conocieron y han conocido nunca. Digase a título comparativo que hasta el Desembarco en Normandía en la Segunda Guerra Mundial, no se dió otra contienda de esas características.
En resumidas cuentas, en Castilleja hablar de riadas sevillanas era hablar de mar, y hablar de mar era hablar del almirante Blas de Lezo.

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El jueves 21 de enero de 1740 cercana ya la puesta de sol Francisco Ravelo y su primo Eusebio, ambos con un buen porcentaje de sangre gitana, se envolvieron en sus capas, se encasquetaron sus sombreros de anchas alas, y tomando sendos bordones emprendieron el camino hacia el Aljarafe. Eran dos trianeros a cuyo cargo estaban sus dos mujeres, primas entre sí, una suegra anciana y ciega y una patulea de chiquillos que pedían de comer a voz en grito.

lunes, 18 de agosto de 2008

Agua y hambre (I)

Ocurría cada riada, cada pocos años; las aguas del Guadalquivir desbordado, en Sevilla, se llevaban por delante las riquezas escasas de los arrabales y de los pueblos de la Vega, y la gente empezaba a pasar hambre. Desde las lomas de la cornisa el panorama era deprimente; el agua formaba una lámina blancuzca de la que emergía algún gris tejado del caserío de una huerta, algún oscuro árbol. Los privilegiados de intramuros de la ciudad, aquellos a los que la fortuna les era favorable en seguida se organizaban para proveerse de lo más necesario; ademas existían ciertos mecanismos administrativos dispuestos a lo largo del año, para afrontar cualquier eventualidad, pero eran mecanismos creados por y para las clases privilegiadas, que disponían, además de sólidas edificaciones de varias plantas, incluso de barcas preparadas para transitar por las calles y plazas inundadas. Los pobres, como queda dicho, pasaban hambre. Veíanse obligados a buscarse la vida a base de pequeñas rapiñas por los huertos y sembrados que quedaban incólumes después de las avenidas, y los únicos con esta característica eran los de las tierras altas; el Alfarafe oriental ofrecía las fuentes de subsistencia que necesitaban las masas de sevillanos empobrecidos por la catástrofe que el Guadalquivir les ocasionaba con tan gran frecuencia, de manera que, muchos de ellos, en solitario u organizándose en cuadrillas, cruzaban la Vega enlodada cuando el nivel de las aguas lo permitía tras la llegada del buen tiempo, y ascendiendo por las laderas, amparados en las sombras nocturnas, saqueaban de las tierras los frutos y las hortalizas que encontraban a su paso; iban, por lo general, en clanes formados por varios adultos, y ocasionalmente algún niño, o muchacho; alguna vez se añadían a ellos mujeres, no precisamente de las más tímidas y medrosas, sino de aquéllas a quienes la necesidad hacía atrevidas y audaces; llevaban, para no levantar sospecha ante cualquier encuentro inesperado con las Justicias, los sacos enrollados sobre el cuerpo, ocultos bajo las ropas; sacos en los que cargarían el producto de sus robos.

En Camas y en Santiponce grandes sectores de la población se encontraban de la noche a la mañana sin más posesiones que lo puesto. El ganado, los cerdos, las vacas, las aves de corral se ahogaban y eran arrastrados hacia el sur, inflados, a veces con un pajarraco carroñero posado en sus vientres. Bajo el agua turbia quedaban los tomates, las habas, las lechugas. Y en muchos hogares que habían visto cómo el agua negra y subrepticia entraba silenciosa por debajo de las puertas e iba visitando salas y alcobas, al final de las tristes jornadas se instalaba un sobrecogedor vacío tras el arrebatador empuje de la crecida, que cargaba con muebles y enseres en ocasiones sacándolos con su fuerza hasta por las ventanas. La gente huía hacia los barrios altos donde se instalaban campamentos miserables en condiciones lastimosas, todo repleto de fantasmas con las miradas puestas en la lejanía.

Luego iba bajando el nivel de la riada y el baño de barro de la extensión, al secarse al sol, cobraba cromatismos aúreos, dominando los campos y poblaciones, que resplandecían amarilleando bajo la luz diurna como las viejas ciudades bíblicas. Viejos troncos navegantes atravesados en callejones, cadáveres de caballos, de bueyes, muebles, vehículos, objetos diversos de muchos kilómetros río arriba atorados entre las edificaciones o en las irregularidades de la llanura despertaban la curiosidad de los chiquillos, ajenos a los días de escasez que se avecinaban. En los cementerios el espectáculo era dantesco, de un horror siniestro que se percibía como efectuado por mano de la mismísima Parca.

A veces los que buscaban subsistencias se pasaban varios días cobijandos en las hondonadas entre Camas y Castilleja, por Caño Ronco y el pago del Rayo, escondidos de día entre los altos matorrales que las lluvias habían hecho crecer, comiendo lo que buenamente encontraban por el campo, y haciendo escapadas nocturnas hacia los cortijos y casetas, por el consabido grano o fruta o, —¡don inesperado del cielo!—, alguna gallina, algún conejo doméstico que se ponía al alcance de sus piedras, de sus palos. Desplegaban tal destreza y seguridad, heredadas de padres a hijos, que se trabajaban las mazorcas in situ, desgranándolas hasta llenar el saco antes de que la luz del amanecer les delatara, para luego ir directamente al panadero a venderles el grano de contrabando a bajo precio. Panadero que incluso podía ser de alguno de los pueblos afectados, como las Castillejas, o Tomares, que esperaba tras cada inundación a sus ya archiconocidos proveedores de maíz barato.

domingo, 17 de agosto de 2008

Un aperador acosado (y XXI)

Por fin llegó al convento una noticia que iba a cambiar la situación y a poner fin al atasco en donde estaban todos estancados. Y era la buena nueva que el accidentado había notificado a su Promotor que no tenía nada de qué acusar a Juan Lopez, ni ahora ni en ningún tiempo, mediante a que el atropello con su carreta fue una casualidad en la que no tuvo la menor culpa el yuntero; añadió que se hallaba enteramente sano y que se le habían pagado los jornales perdidos y el importe de medicinas y doctor, con lo que se daba por satisfecho y pedía la anulación de los autos.
Francisco era hombre tranquilo y pusilánime. Ya hemos dicho que el vicario tiraba de los hilos de su conciencia, y que sin ninguna reticencia se dejaba doblegar y dirigir por cualquier carácter más fuerte que el suyo. Desde niño tenía esa indiferencia práctica que tanto se da en estas tierras, y que forma el aglutinante de las masas amorfas de la región, más o menos encubierta y adornada con la filosofía del "qué le vamos a hacer", del "ahí me las den todas" y del "más vale creerlo que averigüarlo".
Una vez plasmada en folios por el escribano, su decisión de renuncia fué añadida al cuadernillo de diligencias, todo ello el día trece de octubre.
No tardaron Juan Pacheco, el Padre Guardián y Juan Lopez en estar de acuerdo en que, bajo esta nueva y grata circunstancia, lo más adecuado era ponerse en manos de la Justicia, habida cuenta de que no había ya ninguna base para llevar adelante una acusación formal. Y de esta forma se le comunicó al Teniente el lugar donde se hallaba Juan Lopez.Acto seguido se dieron, por parte del Cabildo, los pasos apropiados para entrevistarlo, antes de decidir sobre su captura y prisión, puesto que estaba en un terreno ajeno a la jurisdición seglar; obtenido el necesario permiso del Padre Guardian, Teniente, escribano y alguacil penetraron en el convento, donde Juan Lopez se prestó con toda su buena voluntad a contestar todas las preguntas que se le hicieran; sobre todo, en la toma de declaraciones se insistió por parte de la Justicia en el picado de los bueyes, hecho clave para valorar la conducta del acusado, pero Juan negó y renegó haberlo efectuado.
Luego, tranquila y pacíficamente, se dejó conducir a la vecina cárcel donde permaneció hasta el veinte de octubre, cuando por mediación de su amo se celebró —en dicho lugar— una ceremonia de reconciliación, dirigida por un tal don Pedro Cabrera, nuevo vecino que procedente de Sevilla había adquirido una de las casas de los De las Cuevas, y otras personas que actuaron de testigos; participó como actor principal el atropellado convaleciente, todavía algo débil y ayudado en su desplazamiento por dos vecinos; don Pedro tomó las manos de Francisco y de Juan, uniéndolas simbólicamente, de lo que dejó constancia cumplida el amanuense, y los reconciliados pronunciaron las frases de rigor, que aunque formalizadas en leyes que describían esta peculiar ceremonia, llegaron, como siempre hacían, a emocionar a los concurrentes.
Con tal documento de perdón y amistad Lopez solicita su libertad, alegando que pasa muchas necesidades puesto que se mantiene de su jornal personal, y admitida, se pasa a consultas con el licenciado don Diego Jose de Alfaro, abogado de los Reales Consejos de la Audiencia sevillana que llevaba el caso, y con el apercibimiento de que ande con mucho cuidado con la carreta, porque de no ser así la próxima vez sentiría todo el peso de la ley, se suelta al reo.
Eran las diez de la mañana del domingo día 24 de octubre del dicho año de 1745, con un cielo nublado aunque sin amenaza de lluvia cuando Juan Lopez salió. La temperatura era idónea para estar en la calle. Sus hermanos y su amo le habían preparado una comilona en Las Escaleras, adonde fueron andando, charloteando amigablemente ellos y otros familiares, entre los que se encontraban algunos niños.
Se pensó invitar también a Francisco, pero al comunicárselo alegó que no se encontraba todavía en completa forma, y que prefería permanecer en su casa, al cuidado de los suyos.
Se hizo una enorme candela. Hubo, en una gran mesa bajo un árbol, abundante carne asada y vino mosto, sin que faltara el pan y los dulces frutos del pago, y allí permanecieron hasta el atardecer, entre risas, cantos y bailes.

sábado, 16 de agosto de 2008

Un aperador acosado (XX)

Entre los días uno y dos del mes entrante de octubre —viernes y sábado— volvió el cirujano a enviar un parte al Cabildo acerca del estado de Francisco Vazquez; decía en él, con su letra increíblemente alargada (con dos palabras de mediana extensión solventaba una línea), que lo encontraba mejorado, en franco proceso de recuperación. Le había llevado el grueso cuaderno de los autos al convaleciente, para que firmase su declaración, cosa que, como se dijo, no pudo hacer el día que la efectuó debido a la gravedad del accidente. Sin levantarse de la cama, semi incorporado con la ayuda de los presentes, Francisco se sintió importante cuando pusieron en su mano la pluma entintada y el folio final del legajo sobre una tablilla a modo de escritorio. Entre ayes medio verídicos, medio teatrales, garabateó su nombre donde le indicaron, como quien se quita de encima un pesado fardo.
Transcurridos varios días se nombró a Cristobal de Aguilar, a quien recordaremos como el que reparó la Cárcel y el Pósito, para cubrir la vacante de Promotor Fiscal, figura legal que había de intermediar entre la Real Audiencia de Sevilla y el Cabildo castillejano en lo referente al caso; este puesto comunmente se improvisaba en el pueblo cuando un auto lo requería, auque oficialmente debía existir un Promotor fijo durante todo el año, pero en este caso habría que abonarle emolumentos anuales, lo que pretendía evitar la corporación; los sucesivos Tenientes de Gobernador de aquellos años, nombrados anualmente por una Junta Vecinal Electora y con el beneplácito del Conde Duque, señalaban siempre a Cristobal a pesar de su grave analfabetismo, el cual aceptaba ya de forma rutinaria esta obligación, que conllevaba tener que efectuar algún viaje al edificio de la plaza de San Francisco en la ciudad, para mover papeles, pero que solía reportarle alguna abultada bolsa de reales de vez en cuando. Cristobal tomó su cargo jurando el día diez, ante Jose y Carlos de las Cuevas.

En estos días se hablaba en el pueblo de lo acontecido. Aunque Juan Pacheco de Castro estaba taciturno, como temiendo que se le escapase alguna palabra delatora del escondrijo de su empleado. Don Gaspar comentaba, en uno de sus paseos con Elvira, que había visto desde su torre a un grupo de chiquillos pelearse por coger los racimos de uvas que cayeron de la carreta, inmediatamente tras retirar al accidentado en unas parihuelas.

Mientras tanto, paralelamente, ocurrían los hechos que hemos dejado inconclusos en la sala del convento entre fray Cipriano y el utilero del veterinario y que ahora proseguimos:
Juan Lopez sentía, —mientras escuchaba con atención—, el aliento cálido del fraile, no sin cierta aprehensión muy oculta y disimulada por el respeto innato que le producían los religiosos en general, y los franciscanos castillejenses en particular. Pero cuando percibió ya con total claridad en su oreja el húmedo contacto de los labios del religioso que lo besaba con suave vehemencia, retrocedió comprendiendo espantado: estaba siendo solicitado por aquel hombre.
Dando varios pasos atrás lo miró de hito en hito, con temor y asombro, con el ánimo en extremo confundido. Fray Cipriano, absolutamente tranquilo, sonreía mirándolo a su vez con fijeza y con una ligera luz de ironía en sus pupilas desleídas, y acto seguido, con un gesto amable y cortés de la mano, lo invitó a salir de la sala. Ya una vez de vuelta al jardín, el aperador recobró, con el aire de la tarde abierta, la objetividad y la capacidad de análisis tras la conmoción que acababa de sufrir con la abierta insinuación del franciscano. Había oído muchas historias sobre las perversiones de ciertos frailes, pero cuando las sintió en su propia persona como recien las había sentido, un cúmulo de sentimientos indescriptibles, revueltos e indefinidos, se manifestó como una marea en su espíritu, y solo el paso de las horas y la meditación profunda sobre lo acontecido logró despejarlo, situándolo en ese contexto histórico, como otro hombre más de los muchos que habían sido enredados en aquella solapada concupiscencia homosexual que rompía el mecanismo político de las normas sociales.
El sentimiento anticlerical que trajo la Ilustración había relegado las leyes antisodomíticas de la Iglesia a simple papel escrito, pero la medicina incorporó, no se sabe por qué causa, esa actitud anticuada a su discurso sobre lo normal y lo morboso, creando las tipologías de enfermo o pervertido y anatematizando así, con otras formas más científicas, tales conductas; la cura de almas medieval y renacentista pasó a ser labor de los modernos técnicos de la salud; además en las clases populares de la España más atrasada, de las que formaba parte el asilado de los frailes, perduraba el terror a la pena de muerte en la hoguera por "concúbito en vaso indebido" casi hasta la llegada del siglo XIX.

viernes, 15 de agosto de 2008

Un aperador acosado (XIX)

Cierta tarde, cuando el enyerbado jardín del convento se hallaba desierto con todos los padres reunidos en un amplio salón, dedicados a sus rogativas recogidas y silenciosas devociones, Juan paseó un rato, reflexionando sobre su situación y prestando atención a los ruidos del exterior. Ramón parecía estar dando de comer a sus gatos, y se oía un coro de maullidos ansiosos al otro lado del muro y, por la Calle Real, de vez en cuando pasaba un carruaje traqueteante, alguien daba una voz a alguien, golpeteaban sus metales los franceses.
Luego anduvo hacia los gallineros y la cabreriza: todo estaba en orden. Deambuló arriba y abajo hasta que decidió acudir a refrescarse con el acetre. Y estando en pleno disfrute de aquel agua clara y revitalizante recien extraída de la oscura entraña de la tierra, una voz a su espalda lo sobresaltó: era el hermano Cipriano, requiriéndolo para que le ayudase a desplazar un pesado bargueño de pino, "superior a sus fuerzas". Lo siguió al cuerpo principal del inmueble. Fray Cipriano era un hombre pequeño, pálido y nervioso, de ojos descoloridos y mejillas y nariz sanguineas; tenía la cara plagada de barrillos, lo que le daba un aspecto de inmadurez adolescente. Andaba deprisa, con pasitos cortos que recordaban al mirlo, por las antesalas, subiendo las escaleras; fue nuestro hombre detrás de él hasta que penetraron en una sala en penumbra, con el suelo de tablas desgastadas y crujientes y grandes ventanales cubiertos por espesas esteras de esparto trenzado. Había por doquier armarios oscuros y apolillados, con puertas cristaleras que dejaban entrever sus contenidos: libros pálidos como difuntos, de gruesas tapas de becerro; entre estos armarios y amontonados por los rincones objetos de culto, ciriales, candelabros, atriles y reclinatorios, los más de ellos protegidos con envolvedores sobre los que formaban sus telas las arañas.
Fray Cipriano, con voz baja, previno al pertrechero para que evitase hacer ruido, ya que, según dijo, en la habitación contigua un anciano padre agonizaba, víctima de una cruel dolencia, y no debía ser molestado. Levantó una esquina de una de las bastas persianas y la potente luz del sol de media tarde iluminó la escena: en las paredes parecieron cobrar vida cuadros renegridos de marcos trabajadísimos que antaño fueron dorados, con retratos de remotos personajes, obispos y santos de semblantes adustos y lujosas indumentarias, y por los rincones tras los objetos de culto enormes arcones herrados y viejos sillones de grueso cuero. Presidiendo todo, sobre la pared más amplia, una cama digna de un emperador, como una enorme barcaza embarrancada, de la mejor madera de granadillo de Indias, como hecha para navegar por los océanos de Morfeo; tenía en su contorno ese aura de nobleza y misterio que solo proporciona el paso de los años cuyo sello casi dota de alma a los objetos inertes. En sus barandas macizas en las que el tiempo no parecía haber hecho mella relucían apagadamente piezas de bronce sobredorado representando cabezas de monstruos marinos, y una cascada de seda de damasco parda y plateada algo decentada, con una menuda labor de bordado de temas astronómicos todavía discernibles caía desde el techo aislando el interior de la luz violenta, de corrientes de aire o de insectos molestos. El rodapies no era menos lujoso, verde oscuro con reflejos aterciopelados aún vivos y llamativos, envolviendo el magnífico mueble en un único volumen de contornos blandos y amables. Sobre él, cinco velos y un dosel de cabecera, guarnecido de flecos de oro, delgados como cabellos infantiles y realzado con cenefas triples, de laberínticas labores.
Juan, admirado, no tuvo por menos que preguntar, en un susurro, por el impresionante tálamo, y fray Gerónimo, acercándose a su oreja, le habló bisbiseando, como si estuvieran en un confesonario:
—Tiene ya casi un siglo. La donó a la Orden don Juan Bautista Navarro, Abad de Olivares, para que se vendiese, y con el producto ayudar a terminar la construcción de este convento en donde estamos—. El aperador lo escuchaba con todos sus sentidos abiertos.
—Debía —proseguía el fraile en un susurro— haberse vendido entonces, pero el Padre Guardian de aquel año, 1678, no supo o no quiso desprenderse de tan generoso obsequio, y ordenó, casi en secreto, que quedase aquí, resguardada del paso del tiempo, como un recuerdo de aquellos primeros años de andadura de la Orden Tercera en esta villa.
Tomándolo del brazo con suavidad lo hizo acercarse al borde del monumental mueble.
—El Abad de Olivares —continuó fray Cipriano en el mismo tono— murió creyendo que su cama había ido a parar a algun palacete sevillano, donde acaso fuese lecho de ardientes amores, quien sabe si pecaminosos, o de los puros de dos adolescentes, o...

jueves, 14 de agosto de 2008

Un aperador acosado (XVIII)

Ya al siguiente día por la mañana, después del de los hechos, porque se había hecho muy tarde y optaron las autoridades por irse a descansar, llamaron a declarar a Antonio Vazquez, joven de dieciocho años que fue muy neutral e indeciso en sus respuestas, erubescente como si temiera comprometerse al acusar a alguien. Y después de él, le tocó el turno al anciano Gregorio, el que hablaba con Beatriz y con su hijo Jose cuando la carreta tropezó con el contrafuerte del muro y que recibió la increpación del enviscado aperador. El joven y el mayor, Antonio y Gregorio, eran también analfabetos.
Una vez formado el auto el Teniente ordenó al Alguacil el prendimiento y puesta en prisión del aperador, lo que no se pudo efectuar por no hallarlo allá donde lo buscaron, que fue en todas partes prácticamente, excepto donde era más probable que estuviera y donde de hecho estaba: en casa de su jefe.
Con febril actividad empezó a dictar el Jefe del Cabildo al escribano requisitorias de busca y captura dirigidas a Sevilla y a todos los cabildos de las vecinas villas, con una completa descripción física de Lopez. El día 26 Camas envía acuse de recibo y ordena que se le busque en su término municipal. El 28 lo hace Gines. El 30 Bormujos. El 2 de octubre Tomares. El 3 Castilleja de Guzmán. Desde este día 3 el escribano que atiende las diligencias es Jose Gabriel de las Cuevas, pero el 7 lo vuelve a ser don Jose Cordero Baena.
Sospechando del albéitar de Las Escaleras como encubridor, decidió el difidente delegado del Gobernador entrevistarlo. Juan Pacheco tuvo que declarar acerca de los bienes de su aperador, acerca de su jornal y de qué le debía, así como otros detalles atinentes al refugiado en el convento. Juan Pacheco diría toda la verdad, excepto esta última referente a los frailes encubridores. Contó que su empleado no tenía bienes algunos, ni en su casa ni en ningún otro lugar; que cobraba de salario diario dos reales y medio, y que en aquel momento le debía cuatro jornales, que hacían un total de diez reales. Pero su sinceridad, —exceptuando el importante detalle del convento—, no le libró del embargo de su carreta nueva y de sus dos amados bueyes, "Colorado" y "Rociado", que quedaron en depósito en el corralón de Francisco Torres, hombre de confianza del Teniente de Gobernador. Además se le ordenó que retuviese los diez reales que debía a su aperador, y que bajo ningún concepto se los entregase, hasta tanto no fuera juzgado. Esto ocurrió el veinticinco de septiembre. Dos días después se hizo declarar al joven hijo de Beatriz, Jose Montaño, que se hallaba con su madre y con el anciano Gregorio de Lara aquella tarde; tiene solo quince años, pero se ha juzgado conveniente llamarlo a que dijera lo que vio, como testigo directísimo que fue del acontecimiento. El muchacho no aporta nada nuevo a lo ya detallado por sus predecesores, y se cierra con él el capítulo de declaraciones de los testigos.

Cuando adecentó el camposanto Juan Lopez Ramirez lo pusieron a arreglar olivos, en cuyas chocas los varetones alcanzaban alturas de metro y medio. Las libélulas —rojas, amarillas— planeaban sobre los tallos y hierbajos. Había colonias de moscas cerdosas que con sus rígidas probóscides le propinaban al refugiado tremendos picotazos, como si reconocieran en sus carnes otras extrañas y ajenas a las familiares y virginales de los religiosos, en apariencia insensibles a sus asaltos.
El hombretón había perdido todo contacto con el mundo exterior. Pasaron los días, en los que apenas ni le hablaban ni habló, si exceptuamos al entregarle su comida o cuando se le indicaban nuevas labores. Iba a la misa matutina, celebrada en la excelente capilla costeada por algunos magnánimos benefactores, donde participaba automáticamente de la ceremonia. Se encontraba muy aislado y solo, pero pronto fue ganado confianza. Un hermano, encargado de media docena de colmenas en un respaldar al sol, lo fue introdujendo en la industria de la miel.
Luego le enseñaron la herboristería, desde la que aprovisionaban al maestro boticario don Salvador de los Reyes de remedios y conocimientos, ya que había entre los franciscanos larga y rica tradición en este arte mitad mágico, mitad médico. Con devaneos de hereje alquimista, el padre fray Gerónimo Gomez de San Hermenegildo le explicaba trucos para conservar flores, para extraer principios de semillas, o para crear un brebaje contra una afección de la piel o como diurético; a modo de clase experimental le enseñó aquel día a cocer pepinillos del diablo, recien recolectados a tajos de cañivete entre los umbrosos matorrales del Egido, con los que conseguía un poderosísimo purgante.
Pasaban los días, rutinarios y monótonos, como si se repitieran; hasta el cielo parecía ser el mismo desde por las mañanas hasta por las noches, azul y límpido, cegador, lleno de luz.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Un aperador acosado (XVII)

Por la mañana el enorme fugitivo se despertó con el canto de los gallos que los religiosos cuidaban en un corralillo y el tintineo musical de los franceses en la Calderería. Había tenido pesadillas. Todavía le parecía estar viendo la forma de un gran pájaro de cresta roja que le aplastaba con su peso; los titánicos esfuerzos que hacía para quitárselo de encima habían sido inútiles. El ave lo miraba fijamente con un ojo terrible y amarillo cuando sintió de nuevo el mundo real, y el ojo del pajarraco resultó transformarse en el sol naciente. Acabó de despabilarse recordando lo acaecido y haciendo un rápido balance de su situación. Se lavó en una mediana alberca aledaña al pozo —espejo del cielo celeste, siglos de frescura, inalterada profundidad verdinosa— y se sentó al sol en un tosco banco de piedra, a esperar acontecimientos. Los frailes, como sombras pardas, ya hacía rato que escardaban lechugas u ordeñaban la docena de cabras que mantenían en el reducto. Hablaban poco o nada entre ellos.
Luego tuvo una entrevista con el Padre Guardián, de la que salió sumamente reconfortado; era un hombre delgado, alto, encorvado, de tez pálida y voz suave, que le trató con exquisita amabilidad y cortesía, preocupándose de su alojamiento y de su estado, y le habló no como a un feligrés, sino casi como a un camarada.
Le señaló al finalizar algunas tareas, porque, argumentaba, "la ociosidad es la madre de todos los vicios" y debía distraerse teniendo la mente ocupada mientras durara su retiro forzoso.
La primera labor que se le designó fue la de limpiar de hierbajos y suciedad de pájaros el recoleto cementerio que albergaba los huesos de los primeros frailes castillejanos. Situado en el centro de un cerco de copudos pinos que se alzaban en la parte más oriental del recinto, sus tumbas se amontonaban unas en otras como si sus inquilinos no quisieran perder contacto entre sí. La mayoría, correspondientes a los religiosos, eran de humilde factura, con una media lápida de tosco mármol y el resto de obra de ladrillo, y sus cruces de herrajes o, en contados casos, de piedra tallada. Sin embargo destacaba quince o veinte que, aunque descuidadas, dejaban notar el lujo y el exquisito gusto con que habían sido construidas.
El dos de julio pasado enterraron en una de éstas a doña Luisa de las Cuevas, solterona y hermana de dos chupatintas que ostentaban el monopolio de las escrituras oficiales en varios pueblos de los alrededores, incluído San Juan de Aznalfarache, además de ser íntimos colaboradores del enérgico vicario don Miguel Vazquez Forero. Aquella mañana del entierro de Luisa los religiosos pasaron verguenza cuando el impresentable cementerio, realmente abandonado, se llenó de deudos y amigos de la finada, que murmuraban entre ellos y miraban con reprobación a su alrededor.
Juan Lopez se detuvo un instante en la lápida de mármol blanco todavía brillante de la difunta y pensó que el clan tenía el apellido que les correspondía, como les correspondería a las aves de presa o a los zorros ladrones: de las Cuevas.
Trabajó todo el día, con un breve descanso para almorzar lo que en un cestito le arrimó un hermano barbudo y seco, de ojos ardientes y enrojecidos por las vigilias, y de manos negras y huesudas como los sarmientos que podaba en Las Escaleras.

El día veinticuatro el maestro cirujano don Francisco Rodriguez de Mendoza presentó el parte escrito, después de que el día anterior, una vez concluído el interrogatorio del accidentado, lo hubiera reconocido tal y como se ha referido. Un buen algebrista que rondaba los cuarenta años de edad, con aguda intuición anatómica, al tacto supo donde radicaban las principales lesiones; esta condición era excepcionalísima en el gremio, puesto que los cirujanos despreciaban el arte del tratamiento de huesos en el cuerpo humano, tratamiento que correspondía a una subespecialidad conocida como álgebra, de manera que eran los algebristas los encargados de reducir dislocaciones y reparar fracturas. No lo había en Castilleja, ni en casi ningún pueblo de la comarca, por lo que en casos de accidente tenían que recurrir a los de Sevilla. El pueblo podía sentirse afortunado por tener uno disponible las veinticuatro horas del día, y a don Francisco Rodriguez le entraban buenos ingresos por los requerimientos de las vecinas poblaciones. Para practicar con destreza el álgebra se necesitaba ser físicamente fuerte, y disponer de pocos escrúpulos y de abundante capacidad de decisión. A la hora de reducir una dislocación se empleaba la fuerza bruta, a base de tirones, y los horrísonos gritos de los pacientes no debían afectar al especialista. El torso del accidentado presentaba moratones enormes que evidenciaban copiosas hemorragias internas, y aquí y allá bultos e hinchazones que auguraban lesiones complicadas y de largos efectos. Pese a todo, había tenido una suerte inmensa. Una carreta cargada de uvas, con macizas ruedas que desmenuzaban piedras, no es algo que el pecho humano pudiera soportar. A la presión, que arrancaba fuertes ayes del enfermo, se hundían algunas costillas tanto en la espalda como delante, lo que indicaba a ciencia cierta que estaban rotas por varias partes; el fémur izquierdo estaba dislocado de su encaje en la cadera, y este mismo hueso tenia una fisura en uno de sus lados; el hueso frático también estaba fracturado, y lo demás eran todo contusiones y libores. Le recomendó fervientemente reposo absoluto e inmovilidad extrema, la consabida alimentación a base de caldo de gallina, algún sangrado y unos empastos que su amigo el boticario Salvador de los Reyes no tardó en elaborar, diseñados para devolver a los tejidos sus sistemas de drenaje.
El paciente quedó sumido en un sueño profundo después de que su atormentador circunstancial saliera de la casa.

martes, 12 de agosto de 2008

Un aperador acosado (XVI)

Gracias a los contactos e influencias que su jefe tenía entre los franciscanos, el aperador encontró refugio tras las tapias del cenobio en tanto pasaba la tormenta y se calmaban los ánimos. Hemos de adelantar que Juan Pacheco de Castro llego a ser Hermano tercero del Convento de Nuestro Padre San Francisco, y que el día de su entierro todos los religiosos sacerdotes estuvieron presentes, diciendo misa, en la Iglesia de la Inmaculada donde se celebraron las honras fúnebres, recibiendo cada uno cuatro reales de limosna, según la voluntad expresada en el testamento del difunto veterinario y carretero. Era, como hemos apuntado en otra ocasión, hombre muy religioso, y los franciscanos además estaban deseosos de demostrarle agradecimiento por todo lo que había hecho por ellos, especialmente en cuanto a donaciones y ayudas materiales se refiere. Por tanto su criado no encontró más que facilidades para ocultarse.
Al anochecer de aquel día el dicho aperador llevó la carreta hasta el cercado de la casa de su amo, con idea de dejarla allí y esconderse luego en la carnicería de su hermano Bernardo, a la que sabía acceder escalando uno de los muros traseros; pensaba que al día siguiente Bernardo le podría proponer algún plan viable que le permitiera escurrir el bulto.
Cuando intentaba introducir los hambrientos bueyes en su establo fue descubierto por la esposa del amo desde una ventana, y no tuvo más remedio que dejar que él dispusiese. Aquella noche hicieron que durmiera allí, y al final del día siguiente, ya oscurecido y hechas las pertinentes gestiones, le abrían las puertas del convento, encantados los frailes, como se ha dicho, de poder corresponder de alguna forma a tantos beneficios, atenciones y limosnas como recibían de Juan Pacheco.

En un banco del refectorio sirvieron al boyero unos huevos fritos con un enorme tranco de pan, y después le señalaron una cobija donde dormir en un cobertizo que hacia las veces de almacén, en el extremo sur del huerto, muro por medio con la Calle Real a un lado, y al otro con el corral donde dormía beatíficamente, rodeado de sus gatos, el anacoreta y aventurero Ramón de la Palma.

La Justicia de Castilleja se movió deprisa, denotando con su celeridad que apenas había asuntos que administrar en aquellos días o que doña María Arnao, la empleadora del pisador atropellado, había accionado sus poderosos resortes. También don Ignacio de las Doblas se interesaría por la suerte de Juan Lopez, y con la de él por la de sus perdidas arrobas de uva negra. Así funcionaban las relaciones laborales en aquella Castilleja, imbuídas de un paternalismo ineludible que convertía a los obreros en niños irresponsables a los que sus amos tenían que cuidar como tales.
La calurosa tarde del atropello, el día veintitrés de septiembre, tomaron declaración a Francisco Vazquez, en cama en su casa, dolorido y con voz temblorosa por el agotamiento; llegaron el Teniente de Gobernador, el escribano don Carlos Martin de las Cuevas, el maestro cirujano Francisco Rodriguez de Mendoza y el Alguacil Mayor Francisco Navarro, y con toda la consideración que merecía su delicado estado le hicieron algunas preguntas.
Beatriz de Cabrera, la mujer de Antonio Montaño, de unos cuarenta años, también declaró aquella misma tarde, asegurando algo que sería crucial para la actitud de la Justicia hacia el fugitivo: que éste picó a los bueyes cuando Francisco Vazquez estaba delante de la carreta. Se podía así interpretar el acto como intento de atropello, como una voluntad de hacer daño. Era muy serio el agravante. Luego hicieron declarar a la campechana Rosa Vazquez, mujer de Domingo Vidal, de veinticuatro años, que a aquella nefasta hora bromeaba con la bella Elvira, coincidiendo con su vecina Beatriz en que el aperador había haijado a los bueyes sin avisar. Tanto una como otra declarante eran analfabetas, sin otra experiencia de la vida que la aprendida a trompicones, picaresca y palizas; quizá les hacía hablar de la forma en que hablaron alguna patología en sus personalidades, algún tipo de sadismo morboso, o quizá un ancestral y subconsciente odio al macho; no pondríamos la mano en el fuego por asegurar que decían la verdad, porque el carácter violento e imprecedible de Juan Lopez nos deja en un mar de dudas.

lunes, 11 de agosto de 2008

Un aperador acosado (XV)

Francisco Vazquez está tirado en el suelo a todo lo largo, entre el grupo de personas. Pálido como la cera y con los ojos cerrados, todos lo dan por muerto. En efecto, no parece respirar, no tiene pulsaciones. Alguien va en busca de la Justicia.
Se va congregando más gente en el lugar. El ahijador está si cabe con peor aspecto que la víctima. Pasan dos largos minutos durante los cuales la guapa Elvira ha traído un paño humedecido en agua fresca y arrodillada le limpia al caído la frente y las mejillas enterragadas.
Pasa otro minuto de confusión, con más gentes agregándose y comentando o aconsejando como actuar y de pronto uno de los espectadores capta cierta señal de vida en el atropellado, muy tenue. Todos se inclinan queriendo ser los primeros en reanimarlo. Como si se le hubieran abierto los cielos el boyero lo levanta en brazos con mucho cuidado; es una pluma para él el cuerpo exangüe del desvanecido, y lo intenta sostener en pie; Francisco murmura, babea, sigue con los ojos cerrados, flojo y bañado en un sudor frío, y Juan Lopez lo hace andar un poco, para comprobar su estado; lo anima:
—Vamos, hombre; ande un poco, un pie adelante, vamos.
Francisco, trabajosamente, mueve un pie, luego otro, con una lentitud exasperante. Los demás alrededor contribuyen a sostenerlo y a devolverlo al mundo; diríase borracho, torpe y sin fuerzas como una marioneta abandonada. Poco a poco parece poder andar, poder mover las piernas. Recobra el resuello, respira, aunque se queja débilmente a cada inspiración; de pronto se vuelve a desmayar, todos lo sujetan.
A los gritos y alboroto han salido de la hacienda del capitán don Gaspar Ignacio varios criados y el capataz, que estaban refrescando los olivos y arreglando el sembrado en la huerta al otro lado del muro, y el carretero Juan no puede reprimir un impulso cobarde: son demasiados y sabe que una multitud balandrera actua con impulsos ciegos y que puede peligrar hasta su misma vida si se deciden a tomarse la justicia por sus manos. Y por añadidura las gentes del Comisario, temidas por todo el pueblo por el repaldo tan importante con que cuentan, acaban por hacerle tomar una decisión vergonzosa pero necesaria en aquellos trágicos momentos. Ante tanta concurrencia y a pesar de la coinquinación que le sobrevendría Juan Lopez optó por ahuecar. Deja poco a poco en otros brazos al semidesvanecido Francisco y aprovechando el desconcierto huye disimuladamente por un hueco entre la masa hacia la carreta, monta en ella de un salto sigiloso y agarrocha a los bueyes hacia la salida de la calle, dobla a increíble velocidad la esquina de su admirada Elvira y enfila el camino de Salteras bazuqueando los racimos de uvas en las canastas. Nadie parece reparar en su vil huida. Además no era capaz, tan en caliente, de tener que habérselas con los alguaciles, de manera que, perdiéndose entre los higuerales y olivos mientras el sol iniciaba su descenso al horizonte como una bola roja, respiró aliviado al comprobar que nadie le seguía.

Así era. Nadie se había dado cuenta de que faltaba el principal actor. El campo abierto lo reanima, y vuelve a sentirse él mismo, avanzando por los polvorientos carriles solitarios en medio de la tarde bañada con claror de luz dorada. Se siente liberado, dueño de su destino, solo, y el atardecer tiene en su alma la significación de una puerta que había que cerrar, de un episodio finalizado; mas siente que sus remordimientos, como si una mancha imborrable hubiese hecho cuerpo con su persona, iban a ser eviternos.

domingo, 10 de agosto de 2008

Un aperador acosado (XIV)

—¿Por que no me ayuda a sacarla? —le espetó con acritud el conductor de la yunta, enojado por la falta de colaboración de los en apariencia pusilánimes testigos, cuya indiferencia se debía a que se encontraban más paralizados por la impresión que con ganas de ayudar. Francisco Vazquez no tuvo por menos que acercarse, con toda su buena voluntad, obedeciendo a aquella ley natural entre gente bien nacida de echar una mano a los carreteros con dificultades.
—Venga. Manos a la obra.
—Llámelos usted por delante —ordenó el aperador.
—Bien —el pisador de uva actuaba con extraordinaria precaución y delicadeza. Juan Lopez le instó, impaciente:
—Arrímese más a ellos, hombre.
—¿Y si me cogen?
—¿Cómo van a cogerlo a usted —exclamó el aperador jurando estruendosamente— si está la rueda atrancada?
—Bueno. Vamos allá.
—¿No era mejor meterle una palanca? —terció el anciano Gregorio de Lara desde la acera.
—¡Tenga la lengua vuestra merced, señor, y déjenos en paz! —le increpó con severa acidez el irrascible Juan haciéndolo sonrojarse y enmudecer abochornado inmisericordemente delante de las mujeres y los muchachos.

La carreta no se movía. Francisco tiraba del yugo con todas sus fuerzas mientras se dirigía a los bóvidos animándolos a viva voz. El carretero perdía la paciencia a raudales.
—Déles con el bordón en la cara... sin miedo —le indicó con tono de hombre experimentado— que yo mientras voy a la zaga a meter el hombro a la rueda.
Desapareció tras la enorme mole de madera y uvas, en el estrecho espacio entre ella y el muro resplandeciente de sol.
—¿Estamos? —se le oyó preguntar.
—¡Aaaaahora!

E inesperadamente los bueyes salen lanzados hacia adelante arrancando un grito de horror de los presentes. Fue un auténtico salto. Algunas cestas cayeron al suelo desperdigando apretados racimos en derredor. Francisco estaba en un peligroso lugar en aquel instante, entre cuerno y pared, y la curva defensa —la derecha del buey "Colorado"— le golpeó en el pecho con la fuerza de un mazo de hierro. Los golpes en el esternon, a poca importancia que tengan, pueden ser mortales, y el antiguo criado del cura perdió el sentido momentáneamente, lo que le hizo resbalar espaldas contra el muro hasta caer en tierra como un muñeco deshinflado, con todos los síntomas de una parada cardiorespiratoria, y entonces, como si el Destino cruel hubiese estado esperando ese momento de completa vulnerabilidad e indefensión, pasóle por el tronco la rueda de la carreta como por encima de un fardo atropellándolo con su escalofriante giro, entre los gritos, batimanos y gesticulaciones del vecindario, y el vehículo ya descontrolado siguió su marcha unos metros más adelante.
Ironía. Quien había aplastado tantas arrobas de uvas ahora se encontraba aplastado por ellas.
Gritan las mujeres, exclaman exasperados los hombres, llora presa de un ataque de nervios el niño, corren todos cruzando la calle hacia el accidentado. El aperador detiene los bueyes y vuelve, al parecer no muy consciente de lo que ha ocurrido.

sábado, 9 de agosto de 2008

Un aperador acosado (XIII)

Francisco Vazquez, canoso, ojos verdes y piel morena, sombrero de paja de alas anchas, actitud recatada, bordón en mano, entra desde la Calle Real al escenario del atolladero. Tiene cuarenta años. Marcha a la hacienda de doña Maria Arnao a envasar unas uvas y también tiene que hablar con el capataz de la señora, de nombre Pedro Ortiz, para volver al día siguiente a pisar en el lagar. Va ensimismado clavando su bastón en el polvoroso suelo, buscando la sombra de las casas, mirando de ventana en ventana y de puerta en puerta como quien hace un inventario de los habitantes. Es su forma de andar por el pueblo: aquí murió Fulano de Tal. Esta casa perteneció a Mengano. Aquí vivía Zutano y en ésta nació Perengano. Es su forma de estar en el mundo, de participar en la realidad de las cosas; el conocimiento de las gentes de su pueblo es lo verdaderamente importante. De pronto se percata de que a su frente ocurre algo extraño, identifica la carreta del veterinario medio ladeada junto a un grupo de personas y a Juan Lopez empujándola, y como si llevara dentro un centinela inmaterial que le diera una perentoria alarma, se enerva, se repliega en sí mismo y se dispone a pasar ante él, una persona que le trae pésimas rememoraciones. No por ella misma, sino por su amo, Juan Pacheco.
Cuando en la navidad de 1730 fue llamado a declarar como testigo contra cierto criado del Abad de Olivares que había atropellado con su caballo a una niña que resultó del pateo del animal seriamente dañada, se negó a hacerlo, a pesar de haber visto claramente desde la puerta de su casa que el tal criado venía imprudentemente a todo galope sin ninguna precaución para con el vecindario. Una palabra suya hubiera significado un serio castigo para el temerario jinete, del que luego se supo además que había ingerido aguardiente en exceso, pero don Miguel Vazquez Forero, a quien a su vez servía Francisco como criado eclesiástico, le conminó a que no testificara, porque ya "el mal estaba hecho y al Abad no había que disgustarlo". Francisco Vazquez, algo familiar del cura por añadidura, obedeció como un corderito, lo que le costó una desagradable sesión con regidores y Teniente de Gobernador —Juan Pacheco de Castro, como se recordará— y su inmediato ingreso en prisión, a raíz del cual se organizó en La Plaza el sonado y sabido tumulto promovido por don Miguel exigiendo su liberación.Fueron unos días amargos en aquel cuchitril plagado de ratas y cucarachas, pero no dió su brazo a torcer y en Olivares se lo agradecieron, aunque no lo demostraron, como tenían por costumbre. Lo único cierto es que se había grangeado la enemistad de medio pueblo por culpa de las instrucciones de su señor y pariente el vicario, y desde entonces andaba con precaución y recelo, mirando bien con quien trataba porque intuía que tarde o temprano iba alguien, —no sabía quién—, a intentar hacérsela pagar.

No era cuestión de retroceder, ya a medio camino, y dar el gran rodeo por Hernán Cortés y la plaza de Santiago, de manera que continuó adelante, cabizbajo para ocultar el rostro tras el gran sombrero y apretando el paso con el bordón.
Mas, iba pensando, el aperador era en cierto modo ajeno a todo el drama; era un simple empleado que se ganaba el jornal, y que no tenía porque participar en los asuntos personales de su jefe. Recapacitaba Francisco sobre si no estaría creándose demasiados fantasmas cuando, a la postre, era el veterinario el único implicado en aquel desgraciado episodio, del cual, además, ya hacía casi quince años. Quizá todo eran figuraciones suyas, y no debía vivir tan temeroso. Y entonces, tras estas reflexiones, se sintió más seguro, como si tras despertar de un sueño absurdo se viera más en la realidad de las cosas, y al pasar junto al grupo de personas aflojó la marcha y saludó directamente al aperador con un "buenas tardes tenga su merced" correcto y neutral, aunque interiormente estaba a la espectativa de la reacción del hombrón. Viendo la situación en que se encontraba la carreta tampoco era cuestión de pasar de largo. Consciente de la importancia de semejante tráfico, la población en general respetaba mucho a los boyeros ante cuyos graves contratiempos se solía dejar de lado rencillas personales al menos hasta que, tras las horas que fuesen, se solucionaba el problema, y la solidaridad con ellos era una cuestión sobre la que no cabían discusiones. Como una consigna universal, se percibía que las carretas tenían que andar a toda costa, y como las plaquetas del torrente sanguíneo acuden a taponar la herida de un organismo, los hombres se aprestaban a socorrer a cualquier carretero que se encontrara en una difícil tesitura; eran leyes que no estaban escritas pero que pesaban sobremanera en la conciencia colectiva y por tanto en la conducta de aquella sociedad cuya economía se fundamentaba en los tiros de bueyes. Por ello todos los presentes esperaban que Francisco Vazquez, experimentado vendimiador, se detuviera, preocupado por el atasco como los estaban ellos.

Así lo hizo, y aquello fue su perdición.

viernes, 8 de agosto de 2008

Un aperador acosado (XII)

También se encontraban presentes, mientras la carreta subía pesadamente la cuesta de la calle con el niño ahora intentando espantar los moscardones que importunaban a las bestias con su varita, otras dos personas: un joven de dieciocho años llamado Antonio Vazquez, que trataba en la puerta de su casa de asuntos de trabajo con un viñatero de mediana edad y barba de varios días, hombre foráneo y empleado con otro de los hacendados de Castilleja, el capitán don Jose de Baena.
Elvira, con su gran mata de cabello negrísimo recién peinado, suelto al aire, su aspecto de acaloramiento que no lograba aliviar una sutil vestimenta y que delataba dos rosetones en las mejillas, miraba hacia el grupo de bueyes, carreta, niño y aperador entornando los ojos para evitar la fortísima luz ambiental, potenciada por el resplandor del muro encalado de la hacienda de su antiguo amante el Comisario, muro que a aquella hora recibía todo el sol de la media tarde. A pesar de tener los bellos ojos semicerrados sus fulgores verdosos y chispeantes parecían atravesarle los párpados sombreados, y en la roja boca, fáciles de aflorar, los blanquísimos dientes contrapunteaban con la intermitencia de las bromas de su vecina la resplandeciente pared, nieve granadina a la que los colores respetaban, talud de pureza coronado de una espesa cabellera de hojas de hiedra que refrescaban la huerta interior.
Tenía este alto muro unos contrafuertes cada pocos metros, en chaflán, hechos de robusta obra de mampostería y altos casi hasta el borde superior, construidos para darle al paramento del murallón mayor solidez. La carreta de Juan Lopez, como huyendo del vecindario de la izquierda parecía acercarse peligrosamente a estos refuerzos, a la deriva por la ceguera de los animales frente al calor, la luz, la cuesta y las moscas, la enagenación amorosa del boyero avergonzado por la cantarina risa de la bella Elvira y el juego inconsciente del niño con el mimbre en el pescante, hasta que oyóse un seco chasquido y quedó trabada por el pezón derecho de su eje y por la correspondiente rueda en uno de los rincones que formaban los salientes.
Todos los presentes, al oir el crujido y ver detenido el carruaje interrumpieron sus conversaciones observando la situación, y Rosa Vazquez captando al instante el motivo del accidente enviaba guiños maliciosa y disimuladamente a su vecina, pero ésta, completamente galvanizada, también había enmudecido, su vista fija en la escena con ademán de espanto.
El aperador, que había hecho bajar al niño, maldecía y sudaba, rojo de ira y verguenza, maniobrando con los bueyes que con sus descontrolados movimientos encajaban más y más el vehículo entre la pared y el machón. Le temían; era su guía una persona que desconocía la ternura hacia las bestias de tiro, a las que explotaba al máximo sin más consideración que la que se tiene a una máquina sin alma. "Al buey harón, dejarlo mear y hartarlo de arar" era un refrán que no iba con él, que utilizaba como uno de sus castigos preferidos para forzarlos a obedecer sus instancias impedirles que evacuaran con desahogo sus vegigas a base de puyazos con la garrocha y a pesar de las serias y tajantes instrucciones de su patrón el veterinario.
Los cornúpetas bramaban agotados por el esfuerzo y el niño refugiado en la acera estaba tan compungido que parecía a punto de llorar. Todos guardaban un temeroso silencio viendo a aquel hombre enorme tirar del yugo, proferir palabrotas soeces, patear los cuartos traseros de las desgraciadas bestias y a trompicones volver a la zaga para empujar con el hombro la rueda enganchada. Esfuerzos inútiles por cuanto la carga era demasiada para ser vencida por un solo hombre, aunque tuviera la constitución de Juan. Ni picando con la aguda hijuela sin piedad por detrás al tiro ni por sí solo la carreta se movía de su atasco un centímetro.
El joven Antonio Vazquez, muchacho razonador y de carácter tranquilo, dióse cuenta de que se podía aligerar la carga echando a tierra algunas de las espuertas de uvas, fácilmente manejables entre dos personas, y pensó en comentárselo a su interlocutor el viñatero, pero ni a eso se atrevió atemorizado por el despliegue de repugnantes brutalidades que estaban, él y los demás, obligados a presenciar.

jueves, 7 de agosto de 2008

Un aperador acosado (XI)

En la tarde del jueves subía por la recalentada calle de Juan de Oyega el aperador Juan Lopez guiando una gran carreta hasta los topes cargada con enormes cestos de esparto rebosando racimos de uva de Pedro Ximénez. Había transcurrido todo el día, como los dos anteriores, siguiendo el mismo itinerario a razón de cinco viajes diarios, pero esta vez llevaba en el pescante al hijo pequeño de su amo, como de diez años de edad, que con una varita jugaba con los pacientes bueyes rascándoles los lomos mientras se desplazaban por la amarillenta tierra paso a paso, como con miedo a caer. Les dirigía el niño apelativos dulces y cariñosos con su cantarina voz:
—¡Vamos, "Colorado", que te duermes! ¡dormilón! ... ¡"Rociado", no seas remolón!
Se trataba del chiquillo Jose Pacheco, a quien no habían sido capaces de negarle el capricho de un paseito en carreta hasta el lagar de don Ignacio; también debía el chiquitín aprender el arte de la carretería y nada mejor para ello que unos ejercicios de prácticas.

Cuando el aperador conduciendo el precioso fruto dejaba la Calle Real para enfilar la cuesta de la de Juan de Oyega sentía como su corazón empezaba a latir más de prisa y le invadía en el pecho una opresión agridulce, hecha de frustración y esperanza, que se le difundía por todo el cuerpo como una extraña y ajena fuerza. De frustración por el amargo descubrimiento de que el francés había ocupado el puesto que tanto ansiaba, y de esperanza porque con ello la mujer demostraba ser de carne y hueso, tan humana como él y tan sujeta a los tirones de la sensualidad y a los empujes de la carne. Por otro lado temía grandemente convertirse en el objeto de las burlas de la pareja, en el hazmerreir del pueblo si trascendían sus deseos e intenciones, y empezó a odiar al calderero y, a menudo, a desconfiar de los dos. Su primera mirada al doblar la esquina iba dirigida hacia la casa de Elvira, atisbando con ansiedad de sediento si se distinguía en la puerta algún color de sus llamativos vestidos, antes incluso de comprobar si las canastas en la carreta iban bien sujetas, si había baches o piedras en el terreno o si los bueyes estaban en condiciones de subir hasta la esquina del torreón del Comisario. Soñaba día y noche con ver su hermoso rostro de flor exquisita y cuando la adivinaba en la puerta ya no había en el mundo ninguna presencia mas que la absolutamente maravillosa de ella, cuya luz borraba todas sus incertidumbres y reparos.
En cierta manera el que descubriera al calderero la noche de vigilancia no había hecho más que añadir estímulos a una relación puramente mental, estímulos que su alma de luchador simple entendía e interpretaba como un acicate.

Aquel viaje, a las cuatro de la tarde, se encontraban bastantes personas en la calle a pesar de que la temperatura invitaba a sestear. El fresco día anterior había roto la rutina del sueño tras el almuerzo, quizás. En la mínima zona de sombra que proyectaban las casitas algunos vecinos hablaban; en la morada de Antonio Montaño su mujer, Beatriz, y Jose, el joven hijo de ambos, charlaban con el anciano Gregorio de Lara, un viejo vecino de la ciudad de Carmona que residía temporalmente en Castilleja. Antonio Montaño y Beatriz habían perdido un hijo pequeño recientemente, un párvulo, y Gregorio, que era antiguo amigo de la familia, había venido a ofrecerles sus condolencias. Anotemos que la mortalidad infantil era brutal, debido principalmente a la mala atención en los partos, y que aunque se convertía en pura rutina perder un niño, eran las mujeres las que llevaban el peso de los abundantes embarazos frustrados como una determinación insoslayable de sus destinos reproductores.
Más arriba en la calle Rosa Vazquez, joven chispeante de genio alegre, casada hacía poco tiempo con Domingo Vidal, bromeaba entre guiños y risas con Elvira de Montes, ambas vecinas y de parecido carácter salvando la formación y cultura, asomadas a sus correspondientes puertas, cercanas una de la otra.
—Ya viene otra vez el hombrón... de ésta no se me escapa... —decía la primera mientras se abanicaba con la toca como si se sofocara, arrancándole a Elvira interminables carcajadas.
Sin duda que hombre de tal estatura, tan desusada, llamaba la atención allá donde iba, desatando las bromas y fantasías de cuantas mujeres se le cruzaban; mujeres que, por otro lado, no podían ni en su mayoría querían evitar dar rienda suelta a las voluptuosas figuraciones que suscitaba aquella especie de representación del macho por antonomasia. Pero no era el físico en esclusiva: era la excitante aureola de salvajismo, la tosquedad que prometía manejabilidad por poco tacto que se empleara en su trato, la roma inteligencia del puro inocente que desataba instintos maternales, lo que constituía el principal atractivo que envolvía para el mundo femenino la personalidad de Juan Lopez Ramirez.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Un aperador acosado (X)

Al día siguiente, jueves 23 de septiembre, regresó el calor como un guerrero amarillo que no quisiera abandonar el campo de batalla. La mañana fue sofocante y aunque el verano estaba sentenciado a muerte las mentes de los castillejenses volvieron a sentir el agobio que creían haber dejado atrás definitivamente.

Juan Pacheco de Castro hacía trabajar a sus bueyes desde muy temprano, con la primera luz, transportando carretadas de uva negra hasta el lagar de la hacienda de don Ignacio de las Doblas, al final de la calle de la Granada junto al callejón de Solís. Era una particularísima uva la que don Ignacio convertía, con sus cuadrillas de pisadores, en un vino dulcísimo que hacía furor entre, sobre todo, las damas de las clases privilegiadas, y que se empezó a cultivar y se continuaba cultivando en el pago de Las Escaleras, traídas a él por un joven soldado del emperador Carlos V. Don Ignacio conocía el origen de dicho caldo, y podía aportar a quien se lo solicitase abundante documentación con la detallada historia de la uva negra de Castilleja desde su origen hasta su afianzamiento en la tierra aljarafeña. Cuando llegó a este pueblo, don Ignacio adquirió una hacienda como tantos otros terratenientes, reconstruyó su lagar semiderruído y empezó afanosamente movido por una tradición de cultivadores de viña en su familia, a crear una industria sólida y floreciente. Como puerta y llave del Aljarafe, el pueblo ofrecía las condiciones óptimas para la elaboración del mosto: por su cercanía a Sevilla y en el centro de la confluencia de la red de vías de comunicación de toda la comarca, y aún de la provincia de Huelva y del sur de Portugal, todo el producto de las viñas que se destinaban al consumo de Sevilla, a la distribución por gran parte de Andalucía e incluso de España y Europa desde la ciudad, así como el destinado a los puertos peninsulares que abastecían las colonias como el gaditano, todo dicho producto de las mencionadas innumerables viñas pasaba por la Calle Real. Como quiera que resultaba más rentable centralizar las factorías de elaboración del vino, léase lagares, en lugar tan estratégico, en lugar de diseminarlas por el enorme territorio vitivinícola, aquí se instalaron multitud de ellas, que convertían los miles de arrobas de granos que llegaban por un extremo en otros tantos miles de arrobas de líquido hacia la capital por el opuesto. Por un lado, espuertas, por el otro bocoyes, tal era en esquema el proceso de producción que se había instalado en Castilleja; se respiraba por sus calles los aromas del vino fermentado, aderezados con el del arperchín de las almazaras, a las que podemos —y debemos— aplicar lo dicho en este párrafo en lo que respecta a la aceituna: aceituna y uva, uva y aceituna, que tanto monta. De tal forma que el pueblo era mitad lagar, mitad molino de aceite, y como una gigantesca maquinaria activa día y noche por sus bocas fluía un río caudaloso de ambos jugos cuesta abajo hacia Sevilla.
Don Ignacio de las Doblas fue el verdadero promocionador de la uva negra de Pedro Ximénez y de su deleitoso zumo fermentado, llevándolo a adquirir fama internacional; ahora es la ocasión de apuntar que la importancia de la calderería francesa en Castilleja no era ajena a este movimiento mercantil e industrial.
Tenía don Ignacio en un armario de su oficina unos legajos perfectamente encuadernados que cuidaba como oro en paño. En ellos se hablaba de uno de los primeros dueños de Las Escaleras, padre del referido soldado de nombre Pedro Ximénez; había una copia del registro bautismal de este último, hecha en letra menudita y redonda por un desconocido escribano: En jueves diez y nueve de abril de 1526 años baptizé yo, Cristobal Gonzalez, clérigo, a Pº, hijo de Andres Suarez y Mª Ximénez. Fue su padrino Joseph Perez Delgado, vecino deste lugar de Castilleja de la Cuesta. En la calle Real en fé de lo qual firmé de mi nombre fecha ut supra. Cristobal Gonzalez, clérigo. Había también escrituras de propiedad de la viña de Las Escaleras a nombre del referido padre de nuestro futuro combatiente, con detallado desglose del pago de tributos y referencias concretas a sus anteriores poseedores, junto con algunos vales de compraventa de material de labor y de pago de salarios a ayudantes. Un par de cartas personales, enviadas por Pedro desde su lejano cuartel en donde aprendió el uso del cálamo, en las que expresaba su pesar por la muerte de su madre y felicitaba a su hermano por el nacimiento de su primer varón constituían para don Ignacio de las Doblas la joya de su colección. Había papeles del Ejército en los que se daban cuenta de homenajes y reconocimientos de los Jefes al regimiento de nuestro viñador. Y lo demás eran obras de referencia, principalmente históricas, por las que se podía seguir la pista al soldado castillejano durante los años de su servicio en las armas del Emperador. El grueso de la colección de documentos lo constituía los papeles engendrados tras la vuelta triunfal del soldado a su pueblo, convertido en un hombre reposado y maduro, de mirada ausente, parco de palabras e igual de trabajador y de amante de su terruño. Se le nombró regidor del Cabildo en un par de ocasiones y formó parte de varias Comisiones, hizo algunas compras de inmuebles, se casó con una antigua amiga de la infancia, tuvo hijos, testó y murió, todo lo cual dejó un rastro documental que don Ignacio se había encargado de recoger o de copiar, para —decía, con alguna razón— escribir algún día la historia del castillejano más ilustre que había dado madre alguna en el pueblecito.
Allá por la primera mitad del siglo XVI Pedro era un muchachote sin ninguna instrucción, destinado a las duras faenas del campo por una sociedad que no permitía la alfabetización de las masas por considerar que era tanto como robar brazos a la agricultura. Cuando Carlos V decidió enfrentarse al movimiento de la Reforma luterana que hacía peligrar su hegemonía en Europa, Pedro fue levado y como soldado de infantería trasladado en un penoso e inhumano viaje hacia los campos de batalla del centro del continente. Dotado con gran fortaleza física, resistió el clima adverso y las calamidades de aquellas cruentas batallas y, al contrario que sus compañeros, absorbidos por todas las novedades que contemplaban por primera y probablemente única vez en sus vidas, el agricultor no olvidaba su pago, y soñaba con fervor en volver, no para contar balandronadas y aventuras y emborracharse, sino para hundir la azada en la tierra rojiza y sudar sobre los abiertos surcos de nuevo, que era, sentía, para lo que había nacido. Participó el 24 de abril de 1547 en la batalla de Mühlberg en Brandenburgo, en la que se derrotó a la Liga de los príncipes protestantes. En la cuenca del Elba se fijaba en los grandes campos de sarmientos, y a la menor oportunidad, medio por señas, se informaba de los cultivos de aquellas exóticas vides que producían unas ásperas uvas negras cuyo vino ácido repugnaba a las gargantas andaluzas. Y como era inteligente, curioso y emprendedor, al anuncio de su repatriación y mientras sus camaradas saltaban y gritaban de alegría tirando los sombreros en alto salió con disimulo a las afueras de su campamento y cortó con su cuchillo una docena de ramas de vides cubriendo los muñones con barro y con trapos atados con bramante, como había aprendido a hacer desde niño viendo a su padre, experimentado maestro injertador. Luego empaquetó el haz en un trozo de manta vieja, lo ató con el cinto de un soldado muerto, lo afianzó encima de su mugrienta mochila y se lo trajo a través de toda Francia y España a las cálidas tierras del sur andaluz.

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...