martes, 30 de septiembre de 2008

Documentación (19)

Documento clave para la ejecución del cierre del caso, al menos sobre el papel, esta es la renuncia del padre de Antonio Negron. Aunque debemos reiterar que la causa estaba decidida por los detentadores del poder y sus aliados, en este caso los Vallecillos, empleadores de agresor y agredidos; la elaboración de documentos en sus diversas formas de diligencias, notificaciones, autos, confesiones y declaraciones era un juicio paralelo, neutro, burócrata y vacío de contenido,sin apenas contactos con la realidad, cuyo único sentido tangible era el de proporcionar coartadas al sistema judicial castillejano, de cara a alguna complicación que desencadenara una inspección —improbable— proveniente de más altas esferas.

En la villa de Castilleja de la Cuesta en diez y siete de Abril de mil setecientos treinta y sinco1 por ante el Señor Cristoval de Aguilar, Theniente de Governador la presentó el contenido.
Juan Negron el mayor en días, vezino de esta Villa, en la causa de querella que ante Su Merced y el presente escribano sigo contra Bartolome Lopez de Pineda, vezino de ella, por haverle dado una soba a mi hijo: digo que: en attensión a haverme mirado vien en ello, Y que se an ynterpuesto distintas personas de caractter2, en que me aparte de dicha querella por no seguirse nada bueno de proseguirla, por los costtos que se orijinan3, Y mediante esttar ya dicho mi hijo bueno de la enfermedad que a padecido orijinada de dicha soba, y que quiero cumplir con Dios y el mundo4, desde luego de mi libre voluntad y por los motivos referidos5, me aparto de dicha querella, por tanto: Suplico a Vuestra Merced me haya por desisttido y apartado de dicha querella, y se sirva de mandarlo solttar libremente de la prisión en que se halla por esta Causa, mediantte que siendo yo el agraviado, le remitto y perdono el agravio que me a hecho, que así es Justicia que pido, y en caso necesario hago el pedimento que más convenga Y prottesto lo que prottesttar me convenga.
Otro sí digo que Bartolome Lopez a pagado a el sirujano la Curación que le a hecho a dicho mi hijo, y a el Maestro Boticario la medicina que dió durantte su enfermedad, como consta de los dos recivos que presento con la solemnidad necesaria; Y para que en estta constte y para se le carguen los dichos Recivos: Suplico a Su Merced haya por presenttados dichos dos Recivos y que se sirva de mandarlos poner en dicha Causa, y que se sueltte de dicha Prisión en la comformidad que llevo expresado y pido Ut supra.


(1) 1735 en vez de 1737. Error explicable, si no fuera porque los recibos de don Manuel Pizaño y de don Salvador de los Reyes que ya hemos visto tienen fecha del 9 de mayo (ver Documentación 18), muy posterior a este 17 de abril en el que el renunciante Juan Negron dice haber entregado ya los dichos recibos. Las confusiones temporales, viniendo de quienes venían, no dejan de ser merecedoras de sospecha.
(2) Personas de carácter. Character: de seis acepciones que registra el Diccionario de Autoridades, dos son aplicables a personas, y de ellas, una tiene claras connotaciones políticas y la otra las tiene religiosas.
Una: Se llama también el singular atributo, virtud, habilidad, empeño o exercicio de un sugeto o Nación, por el cual es conocido y se distingue de otros: como el character de Embaxador, de Senador, de Ministro; (estos ejemplos —los únicos— lo dicen todo).
La segunda: Se llama también la señal espiritual, que imprimen en el alma los Sacramentos del Baptismo, Confirmación y Orden, la qual es indeleble; (en este caso, las "personas de carácter" —léase vicarios, curas, beneficiados, clérigos, etc.— lo eran porque disfrutaban del patronazgo de un dios omnipotente).
(3) Quiere decirse que si no se hubiesen originado costos (o si se hubiese podido afrontarlos, que es lo mismo) la querella hubiera tenido continuidad hasta su conclusión. Es el argumento universal del económicamente débil.
(4) En esta frase se esconde la presión social de la Iglesia, su poderío en todos los ámbitos de la vida, su dominación de las mentes y su control de las conciencias.
(5) Flagrante contradición en la frase; si Juan renuncia por los "motivos referidos", malamente ello se puede armonizar con su "libre voluntad".

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Auto. Por presentada esta petición póngase con los autos y dése traslado esta causa al dicho Bartolome Lopez, y con lo que dijere se traigan para en su Vista probeer Justicia; así lo mandó el Señor Cristoval de Aguilar, Theniente de Governador de esta villa de Castilleja de la Cuesta, en ella a dies y siete de Abril de mil setecientos treinta y siette años. Señal + del Señor Theniente. Geronimo Lozano.

Notificación. En la villa de Castilleja en el dicho día, mes y año dichos Yo el escribano hise saver el traslado que por el auto antezedente se manda, a Bartolome Lopez, preso en la Cársel de esta villa, en su persona1. Doy fee. Geronimo Lozano.


(1) Es increíble que se mantuviera preso a Bartolome desde el 2 de abril (Documentación 15). O en toda la farsa escriturada las fechas documentales están cambiadas, o disfrutaba de un régimen abierto, entre el compadreo y la vista gorda de las autoridades.

Documentación (y 18b)

No le faltaron horas al Inspector de Cuarteles ni para adaptar la obrita, cosa que logró en un par de jornadas de correcciones frente al bargueño de su celda, ni para obtener permiso del Director, concedido a las primeras de cambio de muy buena gana. Ajustado el presupuesto, se cargaron los cachivaches en un par de carros y se trasladaron a la hacienda. A la par se organizó una campaña publicitaria con la colaboración del Cabildo de Castilleja, que prestó pregones y panfletos, y al poco tiempo no había cabrero, por muy lejano y aislado que se encontrase, que no estuviera al tanto del lugar, el día y la hora del acontecimiento. Se dispuso que los niños llevaran sus propias sillitas y taburetes, calculando que ocuparían toda la parte central del patio, y que los mayores, padres y cuidadores, asistieran de pie en los laterales.
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Y llegó el esperado momento del gran día domingo 19 de mayo de 1737, tras la santa misa.
El personaje principal era Rebentón, un alguacil cerrado y mostrenco. Censo Rebentón es encargado por el decurión o superintendente del sevillano Colegio de San Hermenegildo (Colegio al que, repitámoslo, pertenecía la hacienda de San Ignacio con todas sus tierras) de vigilar la entrada para impedir el paso al Engaño, (en la forma de un anciano pícaro de grandes barbas), al Sueño y al Gozo Vano, que pretenden, como criados que son del dios Cupido, tentar y distraer a los estudiantes de sus obligaciones y tareas, justo en vísperas de que el dios Apolo viniera a efectuar una visita, con sus ayudantes el Trabajo, el Honor y el Gozo Verdadero.
El apoteósis de la escenificación llegó con las palabras que intercambian, a la puerta del Colegio, el alguacil villano y el viejo barbudo, tras alardear éste de muchos blasones e hidalguías para convencer al dicho portero de que les franquease la entrada; habla,

El Engaño:  

Aora, señor Rebentón, yo le contentaré. Yo le quiero deçir de qué tierra vengo. Sabrá vuestra merced que mi abuelo era natural de Mures y Gatos, y fue tan famoso médico que, con una sola medicina de una cataplasma de sal y almagra, que ponía en las corvas, curava quantas enfermedades le venían a las manos. Mi padre se llamó mase Lope. Nasció en Ovejo. Después se aveçindó en Castilleja, adonde en tiempo de landres se hiço médico famoso, porque, si havía alguna desgracia (que no pueden faltar en esta vida muchas), la tierra la encubría. Tuvo una enfermedad malignante de opilación de bazo, y a esto le correspondió una labefactación en la médula dórsica y abundancia de umor pungente y corrosivo en la boca del estómago, sin poderlo remediar por la apretura del tiempo. Pensó que, con subir y bajar dos veces al día la cuesta del pueblo, se remediaría. Pero, al fin, con este dolor fue a la huesa. Quedé yo en este mundo para bien y remedio de esta ciudad, conocimiento de pulsos falaces, prevención de enfermedades y para servicio de mi señor Rebentón, para que tenga quien le ayude a bien morir. 

El público infantil llenaba el recinto con interminables carcajadas, con el contrapunto de las risas no menos imparables y sentidas de sus mayores. Fue todo un éxito. Con toda evidencia constataron los organizadores que la gente había quedado satisfecha. Era gratificante comprobar como todos continuaban riendo mientras comentaban las escenas ya camino de sus casas. 

El efecto había sido el deseado. La Compañía de Jesús repetiría estas representaciones teatrales en muchos lugares de la provincia en los siguientes meses, para luego extenderlas a la nación entera. El teatro de colegio conoció hacia la mitad del siglo XVIII un resurgimiento extraordinario que tuvo su origen en la hacienda de San Ignacio de Castilleja de la Cuesta. Fue muy felicitado el Inspector de Cuarteles padre Francisco de Sepúlveda por su brillantísima idea, y los jesuitas ganaron, con esta sencilla y cautivadora estrategia, el apoyo de muchos sectores populares a los que desde hacía más de un siglo tenían, con su perverso afán de poder, abandonados a su suerte.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Documentación (18a)

El padre Francisco de Sepúlveda había sentido un súbito fogonazo de inspiración al encontrarse con el cirujano en la hacienda, y fue madurando la idea por el camino, pero ya en la bajada de la cuesta al entrar en la Vega del Guadalquivir tenía tomada una decisión.
Eran malos años aquellos para la Compañía de Jesús. Los regidores sevillanos la atacaban con saña siguiendo directrices de un Madrid cuyas élites gobernantes veían como los jesuitas día a día controlaban mayores parcelas de poder, infiltrando a sus agentes en lo más profundo y sensible del sistema político reinante y adueñándose de los mas importantes centros estatales de decisión. Y en cierto aspecto, merced al dinero público y a las limosnas que recibían so pretexto de que sus esfuerzos educativos iban dirigidos a las capas más pobres de la sociedad, habían actuado los correligionarios de San Ignacio de Loyola artera e hipócritamente, reservando los mejores sitios en sus aulas para los hijos de los privilegiados y levantando voces de alarma y protesta en todos cuantos veían sus posiciones amenazadas por las nuevas generaciones de ambiciosos doctores y licenciados que, formados en el nombre de Jesús, plagaban como una nueva epidemia elitista a la sociedad.
Faltaba una treintena de años para que el rey Carlos III decretara su expulsión radical del territorio hispano, en 1767, tras el motín de Esquilache del año anterior, que fue la gota que colmó el vaso, aunque en otras naciones de Europa ocurría tres cuartos de lo mismo, con el acuerdo de las demás órdenes religiosas, enemigas acérrimas del jesuitismo. Con todo ello la hacienda de San Ignacio quedó a la venta en subasta pública, y no tardó en ser adquirida por una rica señora sevillana, la cual se integró de forma tan completa en el pueblo que acabó casándose con un sencillo trabajador castillejano.

Cuando el Visitador se encontró con el cirujano Pizaño en la mañana del 9 de mayo de 1737 predominaba en la institución jesuítica tal desazón y angustia que se había priorizado como medida de urgencia una actitud propagandística, de lavado de imagen, que absorbía los esfuerzos de los mejores de sus cerebros, empeñados en devolver a la Compañía su antigua fama de dispensadora de caridades desinteresadas y sus fueros originales de redentora de los más desfavorecidos, y el padre inspector pensó que podría contribuir a esta tarea empezando por aleccionar ideológicamente a las clases populares con obritas de teatro ejemplarizantes, de las que entre el siglo XVI y el XVII tantos éxitos cosecharon en los colegios ignacianos. La hacienda se prestaba a una representación de esta clase, con su gran patio central. La obra en cuestión se le vino a la mente en cuanto vio a don Manuel Pizaño. Todo era cuestión de hablar con el padre Director de San Hermenegildo, y si aprobaba el proyecto, en una semana se podría representar en Castilleja, convenientemente adaptada a un público rural y atrasado, de un nivel cultural que no se parecía en nada al de los muchachos del colegio hispalense.
Siempre que venía a Castilleja recordaba a su autor, padre Francisco Ximénez, y ahora se le presentaba la ocasión de materializar aquellas escenas que tanto le habían hecho reir en sus años de estudiante, y en las que alguna vez participó como actor. Castilleja de la Cuesta quedaba muy malparada bajo la pluma del ingenioso jesuita escritor, pero retocando los diálogos aquí y allá no se despertarían susceptibilidades entre los sencillos vecinos. Él mismo, que tenía veleidades de literato, se sentía capaz de adaptar la comedia. Ya veía el patio repleto de chicuelos, el escenario montado en el fondo, y sus propios compañeros los religiosos sevillanos preparados con sus disfraces, deseosos de hacer un servicio invalorable a la tan amada institución y a la vez divertir didácticamente a los niños asalvajados del pueblecito aljarafeño.
El autor de la obra que tenía en mientes había sido por la década de los 80 del siglo XVI teólogo y lector de Gramática y Retórica y enseñante en varias ciudades andaluzas, nacido en Sevilla en 1560. Y la obra en cuestión era el "Diálogo hecho en Sevilla por el Padre Francisco Ximénez, a la Venida del Padre Visitador a las Escuelas", encuadrada por los especialistas en literatura antigua en un subgénero llamado "teatro de colegio", que pretendía por los años referidos educar y divertir a un tiempo.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Documentación (18)

Narváez hizo cuentas. Tenía todos los gastos apuntados en notitas que guardaba en uno de los cajones de su escritorio, y ahora solo restaba traspasar las cantidades a la factura que presentaría a su paciente, y de la que confeccionaría una copia para el Cabildo. Comenzó a escribir bajo el reflejo de un paño rectangular de sol que el espejo devolvía sobre la mesa y el papel, resaltando con minuciosidad los más insignificantes detalles. Le parecía estar mirando la punta de la pluma con un microscopio, tal era el efecto de la directa luminosidad. A su izquierda recién había volcado una ampolleta cuyo hilo de arena señalaría, con su final, el paso de media hora. Era un reloj de gran tamaño y soberbia belleza, imitando un templete griego con tres estilizadas cariátides de marfil sosteniento el techo en pirámide triangular con sus manos y la estrangulada vasija de fino cristal con sus espaldas.
En el pequeño jardín restallante de rosas, de geranios y claveles se sentían, entre el incensante trinar de innumerables gilgueros, los efluvios de un perfume que, omnipresente, inundaba agradablemente la estancia a través de un ventanal. Tras los rosales del fondo anclados en el muro posterior aparecían las copas de los añosos olivos que cuadriculaban el terreno trasero perteneciente a la casa. Más allá de Las Escaleras, sobre Gines, se extendía en imperceptible curvatura celeste un cielo inmenso, navegado por formaciones de aves graznando, que en bandadas migraban con las miras puestas en el buen tiempo del norte europeo, desde África. En el otoño harían el camino inverso.
La mañana de primavera llegaba a la mitad cuando terminó su tarea el galeno.
A su vez don Manuel Pizaño, cirujano, y don Salvador de los Reyes, boticario, hacían otro tanto:

Recebí el importe de la Curación y Sanidad del hijo del Señor Juan Negron por mano de Bartolome Lopez, y para que conste dí este en 9 de Mayo de 1737. Manuel Pizaño.

Digo Yo, Don Salvador de los Reyes, Maestro de Boticario y hermano del Colexio de Boticarios de la Ciudad de Sevilla1 y Vezino de esta Villa de Castilleja de la Cuesta, que recebí de Bartolomé Lopez de Pineda diez reales de vellón, los mismos que ymportó la medicina que se llebó de mi botica para la curación del hijo de Juan Negron, vezino de esta Villa, y para que conste doy esta en ella en 9 de Mayo de 1737. Son 10 reales de vellón. Don Salvador de los Reyes.

(1) El Colegio de Boticarios de San José no alcanzó categoría profesional hasta el siglo XIX. Fundado como Corporación en 1625, año en que la autoridad eclesiástica aprobó sus ordenanzas, tenía fines religiosos además de los puramente científicos; Carlos II le confirió capacidad para nombrar visitadores de botica en Sevilla y su Arzobispado; sus colegiados llegaron a poseer privilegios de nobleza.

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Don Manuel Pizaño no andaba aquella mañana tan sobrado de tiempo como el médico Narváez. Tenía que ver a un enfermo antes del almuerzo, por lo que garabateó su recibo descuidadamente y dejó los utensilios de escribir de cualquier manera sobre la mesa, partiendo rápido hacia la vivienda de su cliente, que se hallaba integrada en la hacienda de San Ignacio; se trataba del capataz, Antonio de Castro. Por estar al servicio de los jesuitas no deseaba el maestro cirujano de ningún modo indisponerse con él y que trascendiera a las altas esferas de la Compañía de Jesús en Sevilla su conducta. Cuando llegó a la hacienda se encontró en el portón con un padre ignaciano de negra sotana, grueso y de cabeza cana, acompañado por dos jóvenes con el aspecto atolondrado y la indumentaria propios de los estudiantes del Colegio de San Hermenegildo. Se presentó a ellos como el cirujano del Cabildo y el religioso como Inspector de Cuarteles Alimentarios, y tras los cumplidos de rigor fue nuestro hombre hacia la habitación del capataz. Antonio se encontraba en cama, con una torcedura de tobillo que le arrancaba ayes de dolor al menor movimiento. La articulación aparecía hinchadísima, y a la presión dejaba la huella blanca y pertinaz de los dedos. Pensó mandarlo sangrar.

Mientras, el anciano Inspector de Cuarteles y sus discípulos habían montado en un carricoche de mulas que les esperaba en la puerta, y se dirigían a buen paso Calle Real abajo, entre acémilas de buhoneros, vacas y gallinas, hacia la capital.
Era el padre Francisco de Sepúlveda, maestro de Gramática y Teología en dicho colegio sevillano, que había sido designado para repasar los Libros de Contabilidad de la hacienda de aquel mes, aunque Antonio de Castro, el capataz, apenas había podido rendirle un parte de novedades aceptable.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Documentación (y 13c)

Seguimos con el resto del testamento de Jose Oyega, por lo que nos puede ilustrar acerca del contexto de nuestro relato:

Declara que hace diecinueve o veinte años se casó en segundas nupcias con doña Ana de Posas Tristán Dominguez y Gutierrez, hija de Andres Gutierrez y Dominguez (sic) y de Juana de Posas y Tristán, naturales de Dos Hermanas y Ana natural de esta villa, la cual trajo carta de dote que pasó ante Carlos Martin de las Cuevas, escribano de Tomares y vecino de esta villa, carta que subsiste aunque algo deteriorada, y de ella se han vendido algunas piezas de ropa de su uso y vestir1 para socorrer algunas injurias de los tiempos que han pasado de enfermedades; lo que se vendió, un guardapiés2 en 200 reales. El testador llevó la ropa de su uso y vestir ya algo raída, un escaparate de caoba3, un bufete de herraje que consta en el testamento de su padre haberlo heredado, y los bienes que deja dicho. Debe 24 reales a Alonso Sanchez, vecino de San Juan de Aznalfarache. Debe a Juan Dominguez, vecino de Salteras, hace más de cuarenta años, 200 reales por un resto de uvas que le entregó el susodicho, que resulta de cuentas que no se ajustaron por don Juan Lozano, presbítero de Sevilla, al que el que testa le administraba la Hacienda que era de los Señores Tojas. Dice que Lozano recogió el Libro de Caja, y en él constan 5.500 reales que se le deben al que testa, en conciencia. Declara que tenía una cuenta con Jose Condanosa, se le pagaron 80 pesos4 y no se acuerda deberle otra cosa, pesos que tomó de mano de Francisco Lopez. Que manda que se le cobren al dicho Lozano los 5.500 reales, siempre que sus albaceas encuentren los Libros de Caja. Lozano le dió palabra de que los cobraría. Le debe a Francisco Tovar una hogaza de pan de 2 reales, y si fuere algo más lo dirá en cargo de su conciencia. Su compadre Jose de la Cruz de Luque le debe 111 reales por papel dado por don Salvador de los Reyes, por la medicina que le dió para dos hijos que tenía enfermos; el que testa se los pagó al boticario Salvador. Juan de Alcázar y su mujer le deben 120 reales; que los paguen si pueden. Declara que cuando se casó su hermano Bartolome con Ana Maria Hermoso le dió su padre 662 reales, como consta en el testamento que otorgó ante Geronimo Lozano, y consta haber recibido el que testa 100 reales que valió la ropa que llevó cuando se casó con Isabel, y los demás hermanos exceptuando a Cecilia, de estado honesto, renunciaron extrajudicialmente de todos los bienes, tomando cada uno de los tres 500 reales, la dicha Cecilia, Bartolome y el que testa; se le dieron a Cecilia los muebles de la casa, quedando Bartolome con 1.162 reales y el que testa con 100; su hermano Bartolome, de 281 reales que quedaron de sobrante, que se les cobre. Francisco Barrios, vecino de Sevilla, le debe 60 reales; no sabe donde vive, pero lo conoce don Juan Muñoz Leal, vecino de Sevilla. Juan Calero, vecino de Sevilla, le debe 200 reales de unas arrobas de vino que le vendió. Ramon de la Palma5 le debe 35 reales de la medianía de las tapias que labró a su costa en el año 1777. La mujer de don Luis Vanderleye le debe 14 cuartos. Los herederos de Francisco Monge, vecino de Marchena, que fue su cuñado, le deben 100 reales que dió su padre cuando estuvo enfermo en sus casas. Declara haber estado seis años de oficial con el presente escribano, sin salario alguno, con solo la comida al mediodía, por lo que no se le debe cosa alguna. Si su sobrino Antonio Cabrera, su cuñado, dice que le debe alguna cantidad de maravedís, que se le paguen. Nombra albaceas al dicho su sobrino y cuñado Antonio Cabrera y a Ana de Posas, su mujer, y encarga al primero que mire por la segunda, por lo mucho que le está agradecido por todas las satisfacciones que le ha dado; la nombra su heredera universal. Firman los testigos Antonio Román, Antonio de Luque, a la sazón Teniente de Gobernador, y Francisco Rajel.

(1) Todo parece indicar que nuestro hombre, como su hermano Bartolome en cuya biografia lo vemos más claramente, era un cazafortunas cuyo único blasón consistía en unos mohosos legajos de hidalguía con los que engatusaba a doncellas soñadoras e ingenuas, pero siempre ricas.

(2) Guardapiés, lo mismo que brial. Género de vestido o traje, de que usan las mujeres, que se ciñe y ata por la cintura, y baja en redondo hasta los pies, cubriendo todo el medio cuerpo; por cuya razón se llama también guardapiés o tapapiés, y de ordinario se hace de telas finas, como son rasos, brocados de seda, oro o plata. Covarrubias dice que antiguamente era vestidura de que solo usaban las reinas y señoras muy ilustres, y que era su hechura a manera de monjil, como se prueba en la historia del rey Alonso el Séptimo, de donde se refiere que cuando quitaron la vida por engaño a su hija, estaba vestida con brial. (D. de A.).

(3) Escaparate, mueble esencial en el salón principal de las casas burguesas del XVIII. De muy variados tamaños, albergaban la vajilla de lujo, en plata o en loza fina, pequeñas esculturas y adornos de sobremesa, etc., que se podían admirar a través de sus puertas encristaladas. La caoba del de Jose de Oyega era embarcada desde las Indias Occidentales tras el descubrimiento de América, y como madera se convirtió en un símbolo que demostraba riqueza y lujo.

(4) Para el valor de un peso, ver nota 9 de Documentación 13b.

(5) Ramon de la Palma es nuestro bohemio criador de gatos, hermano de Diego el Alguacil. Rondaba los setenta años cuando fue referenciado en este testamento de Jose de Oyega. La tapia aludida que se construyó recortaba su atarazana y su corral, porque los propietarios del terreno (familia De las Cuevas) habían construído una nueva vivienda aledaña. El pozo fue compartido por el muro para dar servicio a las dos partes, y afortunadamente el olivo que abrazaba la piedra sepulcral romana quedó en su terreno (ver Los caldereros franceses, VIII y siguientes).

Documentación (13b)

El parentesco entre don Antonio de Narváez y los Oyega se explica en el testamento del hermano de Bartolome, el notario apostólico Jose de Oyega, redactado el 12 de febrero de 1780, que en sus líneas generales dice:
Testamento de Jose de Oyega, mayor en días, de la collación de Santiago, hijo de Juan y de doña María de Acauso-Husillo1 de Carmona, ya difuntos. Estando algo enfermo formaliza este testamento. Desea ser enterrado en la iglesia de Santiago, con Cruz alta y hábito de San Francisco. Encarga diez misas por su primera mujer, doña Isabel Eusebia Monge, y cuatro misas por los padres de dicha Isabel. Y seis misas: una por el ánima de Juana Sor de la Asunción y una por Maria Sor de la Soledad, religiosas profesas que fueron del Convento de Santa Maria de Gracia en Sevilla2; una por Juan de Oyega; una por Bartolome de Oyega; una por Pedro Oyega y una por el ánima de fray Antonio de Oyega, su hermano religioso en el Convento de San Francisco de Castilleja de la Cuesta3, y los demás que quedan dichos. Dijo haber estado casado hacía cincuenta y seis años con la dicha Isabel Eusebia Monge, natural de San Juan de Aznalfarache, hija de Salvador Monge, natural de Dos Hermanas, y de doña Ignacia Jacobina Narváez, natural de Triana4, los dos vecinos de Triana. Para casarse la sacó por el Juez de la Iglesia5 por lo que no trajo dote, solo doscientos ducados en dos pergaminos, que se gastaron en la saca y en socorrer algunas necesidades. Y después de muerto dicho Salvador, su padre, se hizo partición de bienes entre Francisco, Maria, Manuel, Juan y la dicha su mujer y Anica Monge, de estado honesto, ante Juan de las Cuevas en 1730, tocándole a su mujer diversos bienes, los que se dieron con consentimiento de su hermana Ana, y le tocó una casa frente de las Murallas, Puerta de las Cadenas, calle de Arriba en dicho lugar6, linde con casas de la Botigería y con casas que tocaron a dicho Manuel Monge. Y habiendo fallecido su mujer el 4 de diciembre de 1757, al contraer el otorgante segundas nupcias, a excepción de tres o cuatro alhajas que se vendieron, lo demás lo repartió entre Ignacia Monge y Maria Monge, su hermana, y su hermano Juan Monge, sobrinos de la dicha su mujer difunta, por haberlos criado de poco más de tres o cuatro años7, con los cuales dichos bienes tienen los dichos adornadas sus casas. Declara que la casa que tocó a su mujer se le dió al dicho Manuel Monge, por escritura que otorgaron él y su mujer ante Carlos de Silva, escribano en el oficio público de La Campana, en Sevilla8, de cuya venta dejó a deber 100 reales de vellón, la que manda se le cobre a los herederos del dicho Manuel. Declara que tiene de la susodicha un arca grande que vale 180 reales; una batea de tabla, 4 reales; una lámina de la Trinidad, de la que solo quedaba el lienzo y a la que le colocó él la muldura, 12 reales; un almirez, 15 reales; un colchón, cobertor, sábanas y dos almohadas ya raídas, 8 pesos9.
(Continúa en Documentación 13c).

(1) Acauso-Husillo. El apellido de la madre del testador aparece con esta forma alguna vez.
(2) Con toda probabilidad sobrinas suyas, o quizá hermanas de su difunta mujer.
(3) Del franciscano de Castilleja fray Antonio de Oyega daremos cumplida información.
(4) Doña Ignacia Jacobina de Narváez, he aquí el enlace que liga al médico Antonio de Narváez con los Oyega.
(5) Porque sus padres se oponían al matrimonio y la mantenían encerrada; en estos casos los novios recurrían a la autoridad eclesiástica, que tenía poder para liberar a la novia del encierro.
(6) El actual Pasaje de Las Cadenas, que desemboca en el callejón del Agua, paralelo a las murallas del Alcázar sevillano.
(7) Estos tres niños, sobrinos políticos del testador, se criaron por lo tanto en la calle de Juan de Oyega en Castilleja.
(8) En La Campana se congregaban las oficinas de los escribanos, junto a gran cantidad de tabernas y casas de hospedaje. Era uno de los lugares más animados de la capital dieciochesca.
(9) La miseria económica de Jose de Oyega se echa de ver en el raquítico inventario: una lámina a la que le falta la moldura, almohadas raídas...  
Peso (moneda): aunque el Diccionario de Autoridades (1737) nos habla de una moneda castellana de plata del peso de una onza, de valor de ocho reales de plata, y de pesos gruesos, los que valían diez según una nueva Pragmática, el Diccionario de la Real Academia (2001) dice solo que era una moneda imaginaria que en el uso común se suponía valer quince reales de vellón.

Documentación (13a)

No hemos usado extrema propiedad al decir que el médico estaba en su casa. En realidad era arrendada, aunque muchos en Castilleja aseguraban que le pertenecía por haberla comprado a su dueño, Bartolome de Oyega, quien en su testamento hubo de aclarar la verdadera situación para evitar malentendidos entre sus muchos herederos (tuvo catorce hijos). 
A raíz de esta confusión refrendada por diversas personas del pueblo hubo diferencias y tensiones entre el médico y el hidalgo, que terminaron por romper una relación familiar, antigua y cordial. Alguien jugaba sucio en esta cuestión, y todo apunta a que era el licenciado, que pretendía adueñarse de la morada. 
La casa habitación arrendada por don Antonio Narváez estaba en la calle de Juan de Oyega, nombrada así desde al menos el siglo XVI por un antepasado y homónimo del padre de Bartolome, y había ido pasando de mano en mano entre ellos por vía hereditaria. El medico tenía vínculos familiares con los Oyega, por medio de la mujer de Juan, una Narváez cuyo matrimonio con el noble venido a menos abrió el camino castillejense del joven recién salido de la Universidad, a cambio de convertirse en entregado y servicial médico de la familia. Sus primeras experiencias fueron en las personas y cuerpos de Juan de Oyega y de su esposa, una aristócrata oriunda de Toledo llamada doña María de Husillo y Carmona (fallecida el 5 de mayo de 1737, en los días del conflicto por la agresión al muchacho Antonio Negron por parte de Bartolome Lopez de Pineda, y seguida a la fosa muy de cerca por su marido, muerto un mes después, el 23 de junio), ambos Juan y Maria delicados de salud de tal manera que el neófito en las artes de Hipócrates apenas encontraba tiempo para sí mismo, tal era la constancia con que se le requería. 
La circunstancia de su alojamiento en la vivienda se explica a continuación en base a algunos párrafos del testamento de Bartolomé:

"Ytem: declaro; que por muerte de mi Padre Defunto, heredamos después de pagadas las deudas, quedó una casa de morada, por muerte del dicho mi Padre Don Juan de Oyega, y mi Madre, de que partimos, después de apreciada; quedó con el cargo del tributo que se paga, lindando por una parte con casa de Juan de Oyega, mi hermano, y por la otra con casa de los herederos de Sebastian de Chavez, con un pedazo de olivar que linda con la arboleda de Andres Montaño. En la calle que llaman de Juan de Oyega.

Ytem, por muerte de mi Padre entramos heredando tres hermanos, que [dos palabras ilegibles] tomado en vida y en muerte de [tres palabras ilegibles] toca. Y para esta partición de la dicha casa, entramos partiendo de ella como herederos de dicho mi Padre, para guardarnos nosotros como herederos de los otros hermanos. Yo, el dicho Bartolome de Oyega, y mi hermano Don Joseph de Oyega*, y mi hermana Doña Cecilia de Oyega, que está oy siendo Monja, hizimos la partición entre los tres, de que assí me entregó la casa y entré poseiéndola por convenio de los tres, que en ella teníamos parte. De que le entregué a mi hermana en trigo, y dineros, ochocientos reales de vellón, que assí me lo rogó, por la parte que le tocaba, la cedió en mí; y se dió por contenta. De que me dió recivo de mil y docientos y más reales, que los fuí dando y reentregando para tomar el Ábito de Monja en el Convento de Santa María de la Passión, Para lo qual por hazerle favor, y ió quedar con dicha Casa sobre prendas que empeñé de dicha mi muger, busqué el dinero, y lo dí de contado. Por lo que declaro que el dicho recivo me lo perdieron, por pedírmelo para hazer escriptura y nunca llegó a éso. Y por ser mi hermana, y no hazerle mal fuero, no lo puse por diligencia.

Ytem: Declaro que la tuve arrendada como dueño de dicha Casa, a mi Compadre Don Antonio Narvaez el Médico, conque le pagué lo que lo que me se hizo cargo, quando entré poseiendo la Casa; de lo que le asistía en las enfermedades de mis Padres; Como así mismo constará del testamento y particiones del dicho mi Padre. Y Por hazerle bien a mi hermano Juan de Oyega, me suplicó que le diesse la llave de dicha Casa, mientras componía su casa, y se estuvo a la buena fé, viviendo en ella, y ió por no hazerle mal fuero, ni agravio, lo dexé estar; de que aunque digan que yo le tenía vendido, no es assí; porque como consta, de no aver hecho ni otorgado escriptura, ni hecho desación, ni por mí, ni por la dicha mi muger, de que no tenemos otorgado ni firmado escriptura de renta de dicha Casa. Por lo que la dexo por bienes con el pedazo de olivar; para que la dicha mi muger haga de dicho lo que le parezca...".

*  Jose, hermano de Bartolome Oyega y casado con la sanjuanera Isabel Monge, llegó a ser notario apostólico gracias a su facilidad con la pluma, actuando tanto en la Calle Real como en la Plaza —con don Miguel Vazquez Forero—, y sustituyendo a veces al escribano público en sus ausencias; elaboró, entre muchos otros, el testamento de Bernardo Marana, el calderero francés sifilítico muerto en el año 1747 (ver Los caldereros franceses, XVIII).

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Bartolome de Oyega era un engreído erudito de pueblo, de los que con tanta gracia e inteligencia retrataron los novelistas del XVIII especializados en reelaborar El Quijote de Cervantes con fines de crítica social; "Animábalo un alma de bulle bulle, todo pulgas, y un genio de darse a muchas empresas y quedarse vacante en todas", escribió satíricamente de este tipo de personajes el párroco del Hospital del Amor de Dios en la capital hispalense Donato de Arenzana en su "Don Quijote de la Manchuela" (Sevilla, 1767). 
Fueran los celos o fuera su propia soberbia, a pesar de las apariencias no podía soportar Bartolome de Oyega en su más íntimo ser la presencia y actuación del joven Antonio Narváez en el seno de su familia, a lo que hay que añadir su morbosa sospecha de que éste había ayudado a morir —probablemente, pensaba, a petición propia— a su padre Juan de Oyega, tan deprimido por la muerte de su esposa. Todo lo cual propició que cuando surgió el conflicto del arriendo de la casa, tampoco el heredero Bartolome hiciera grandes esfuerzos por llegar a una solución basada en el diálogo y en el pacto, de manera que fueron, en todo caso, dos fuerzas negativas y egoístas, la del arrendador y la del arrendado, las que chocaron produciendo la ruptura consabida y ya para siempre irremediable.
Bartolome murió el 1 de diciembre de 1759. Otro día primero, pero de marzo del año anterior, se le murió uno de sus hijos, Juan de Oyega Hermoso, en tal estado de pobreza que no tuvo que testar. 

jueves, 25 de septiembre de 2008

Documentación (17)

Teatro dentro de un teatro, en cuanto que caricatura reminiscente de la tragicomedia que los inquisidores del Santo Oficio de siglos anteriores efectuaban en los procesos a sus indefensas víctimas, el Juez de la causa Cristobal de Aguilar y el escribano, permeados de la falsedad de sus actuaciones disparaban sus preguntas ahuecando sus voces burocráticas mientras que los alguaciles Diego de la Palma y Pedro Moreno de Castro, tras ellos, apenas podían contener la risa, especialmente cuando el Teniente pronunciaba engoladamente la fórmula imperativas "diga y confiese cómo es Verdad", o la prejuiciosa sentencia "llevado de su poco temor de Dios y de la Justicia que Yo administro", que memorizadas a la trágala por el analfabeto jefe del Cabildo sonaban todavía más, si cabe, a palabrería vana de mediocre actor en deleznable obrilla cómica. Todo aquel vulgar montaje a cargo de persona de tal mezquindad y simpleza dio más fuerzas a Bartolome Lopez para esgrimir sus argumentos defensivos. El escribano tomaba sus notas oteando con sus ojos divergentes que imprimían su propia doblez a toda su persona; diríase que escuchaba también los ruidos del exterior a través de la puerta entreabierta de la oficinilla carcelaria con un oído, mientras con el otro seguía el diálogo entre el preso y el juez, haciendo un borrador preliminar que luego completaría en su casa en la manera siguiente:

Confesión. En la villa de Castilleja de la Cuesta en sinco días del mes de Abril de mil setecientos treinta y siete años Su Merced el Señor Cristoval de Aguilar, Theniente de Governador de esta villa, en cumplimiento de su auto y acompañado de mí el presente escrivano pasó a la Cársel pública de esta villa y estando en ella hiso pareser ante sí a un hombre preso por Real Causa, del qual por ante mí el escrivano resivió Juramento a Dios y a una Cruz según forma de derecho, y el referido lo hiso y so cargo de él prometió decir verdad en lo que supiera y le fuese preguntado, y se le tomó su confesión haciéndole las preguntas y repreguntas siguientes, a las que dió respuesta: Preguntado diga y confiese cómo se llama, dónde es Vecino, que oficio y edad y estado tiene; dijo que se llama Bartolome Lopez de Pineda, de estado casado, de ejercicio del campo y que es de edad de más de treinta y seis años, y lo responde. Preguntado diga y confiese cómo es Verdad que el día veinte y seis de Marzo próximo antezedente estando el que confiesa en una viña que en esta villa tiene Cristoval de Vallecillos acompañado de diferentes sujetos, dejó de podar que era lo que todos estavan haciendo y dijo venía a esta villa a cosa urjente, diga y confiese la verdad; Dijo que es sierto que dicho día se hallaba podando en la referida Viña con Joseph Carbonero, Fernando Hurtado y otros, todos vecinos de esta Villa, y que dejando el dicho que confiesa de podar por hallarse malo se retiró a sus Casas a descansar un rato y a llevar a los demás compañeros quando bolbiese el refresco que se acostumbra a dar a los podadores, con cuio motibo dejó de podar y se retiró, y esto responde. Preguntado diga y confiese cómo es Verdad que dejando de podar no como deja dicho, sino llevado de su poco temor de Dios y de la Justicia que Su Merced administra se fué a un sembrado que en el sitio de Las Escaleras, término de esta villa tiene el que confiesa, y haviéndo en él encontrado a Antonio Negron, hijo de Juan Negron, lo maltrató fuertemente e injurió de palabras, diga y Confiese la Verdad, dijo que es cierto lo que deja dicho que por hallarse malo y cansado se retiraba a sus Casas a descansar y buscar el refresco a los demás que deja dichos quando volbiese; como también lo es que para retirarse de la referida viña asia esta villa se pasa por dicho sembrado que es suio propio, y que al tiempo que llegava a él vió que el contenido muchacho Antonio Negron le iba atravesando el referido sembrado con una jumenta que llevava cargada de sarmientos, la que le iba pastando dicho sembrado y haciéndole daño no solo con lo que se comía sino también con los pies; lo cual indignó de suerte al que confiessa que sin reparar lo que hacía le dió al dicho muchacho diferentes golpes con un sarmiento seco que allí avía, pero que su ánimo no fue maltratarlo ni menos injuriarlo de palabra, pues las que le dijo fuéronseles luego que obserbara el daño efectuado, y fueron que no hay derecho y se consiente que estos muchachos anden haciendo dichos daños y comiéndose los sembrados ajenos, y responde. Preguntado cómo dise que maltrató al dicho muchacho con un sarmiento seco siendo así que los golpes que le dió fueron con una zepa vieja, y cómo dise ser incierto haberle injuriado de palabra, siendo así que le dijo al referido muchacho "anda que a tí y al pícaro de tu Padre os tengo de matar", todavía diga y confiese la Verdad, dijo que es incierto y niega el Cargo que se le hase de haberle dado con una zepa, porque es cierto lo que deja dicho averle dado con un sarmiento, el qual llevava en la mano cuando se bolvió a la referida viña, a la que volvió sin haver entrado en el lugar a contarle a los demás que con él estavan podando lo que le havía passado; Y en quanto al cargo que se le hase haverle dicho al referido Antonio Negron las palabras de injuria que se le supone, las niega por no haber pasado tal Cosa, más que las que deja dichas, que todo dijo ser la Verdad so cargo del Juramento que fecho tiene, y lo firmó porque dijo no saver, y Su Merced lo señaló. Y mandó que esta Confesión por aora se quede en este estado para proseguirla cada que combenga. Tachado: porque dijo no saber: No Valga. Bartolome Lopez de Pineda. Señal + del Señor Theniente. Ante mí, Geronimo Lozano.

Documentación (16)

Ya sabía Bartolome Lopez de Pineda —desde su ingreso en prisión— que iban a someterlo a unas preguntas con las que se le daría la oportunidad de decir lo que verdaderamente ocurrió en Las Escaleras. Y siempre, hasta que llegó la hora del interrogatorio, se propuso mentir en provecho propio, a la búsqueda de su absolución o, al menos, a la de aligerar en lo posible la gravedad de los hechos de que le acusaban. Durante las primeras horas de encierro vividas con la sensación de que todo era nuevo a su alrededor, de que la luz, los sonidos ordinarios de la Plaza, la comida que le traía su mujer estaban recién creados, cual si al embotamiento de los sentidos propio de las fiebres altas hubiera sucedido su renovación completa, que le hiciera ver, oir, oler el mundo estrenando órganos sensoriales, siguió la percepción más espiritual de todo ese mundo como estando envuelto y empapado de la pesadumbre triste de los hechos funestos, improductivos y consumados. Porque era un hecho de esa clase el encontrarse encerrado como una alimaña. Y lo era también el arrebato de ira que lo llevó a golpear al muchacho. Pero su determinación siempre salía a flote en el mar de aguas negras de sus remordimientos, y ensayaba gestos y miradas con las que acompañar sus respuestas para darles mayor convicción. El trabajo era arduo porque debía imaginar las preguntas correspondientes, anteponerse a ellas, adivinar las ocultas intenciones que cargaban. Por fin, agotado ante la complejidad de construir un hipotético interrogatorio que como un sistema fractal crecía en posibilidades y al que tenía que enfrentarse memorizando cada palabra y cada actitud, abandonó rindiéndose, proyectando dejarse en manos de la improvisación, de la suerte y el destino. 
Mentiría por norma, simplemente. Y con la revigorización que esta idea le proporcionaba se recostó en el colchón suministrado por su familia y cayó en un sueño que, comparado con los últimos bajo los malignos efectos del enfriamiento, resultó beatífico.

En efecto, pocas horas iba a tardar el Teniente de Gobernador en dictar auto ordenando recibir la confesión del podador preso: 

Auto. En la villa de Castilleja de la Cuesta en sinco días del mes de Abril de mil setecientos treinta y siete años, el Señor Cristoval de Aguilar, Theniente de Governador de esta dicha villa y Juez en esta Causa, haviéndola visto dijo que respecto de hallarse en la Cársel pública de esta villa presso Bartolome Lopez, reo de ella y estando sentensiado en la causa de ella se le tome su Confesión haciéndole los cargos, las preguntas y repreguntas combenientes bajo su Juramento; así lo probeyó, mandó y señaló. Señal + del Theniente. Geronimo Lozano.

Mientras Bartolome preparaba una estrategia defensiva en la penumbra del calabozo y Geronimo Lozano escribía el auto del Teniente ordenando examinarlo, Antonio Negron salía a la calle entre sus amigos, casi en calidad de héroe. Algunos hasta lo envidiaban, dada la notoriedad que había adquirido. Formaron un grupito con él al centro y pasearon por las calles principales del pueblo, aparentando hablar entre ellos de temas personales, pero pendientes todos del entorno y de las reacciones del vecindario al verlos, y en especial de las muchachas con manifiesto atractivo. 
Haremos constar, de pasada, que una de las ofensas más odiosas que se podía infligir a un agricultor era introducir en sus sementeras o sembrados un animal (o varios) que, por lo general, arrasaba con las mejores plantas. A la pérdida irremediable de los cultivos se añadía el escarnio de ver cómo el ganado del intruso engordaba a costa del sudor y el esfuerzo propio. Si fue verdad que la burra del muchacho comía de las hortalizas del podador, se explica, aunque no se justifica, la violenta reacción de éste.

Cuando en la Plaza, hacia las cuatro de la tarde de aquel viernes cinco de abril, el Teniente y el escribano se dirigían a la cárcel para interrogar a Bartolome, se cruzaron con el grupo de jóvenes en derredor del hijo de Juan Negron, los cuales subían por la calle del Convento tras su ronda, y quiénes se sintieron frustrados y disminuídos al comprobar que los dos hombres que representaban a la autoridad no les dirigían ni siquiera una mirada, patentizando así la momentánea y en apariencia anodina escena el secular, el clásico abismo generacional.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Documentación (15)

El martes día dos de abril el Alguacil menor lleva a Bartolome Lopez, ya restablecido, a la cárcel.

En la villa de Castilleja de la Cuesta en dos días del mes de Abril de mil setecientos treinta y siete años, siendo presente el contenido por ante el Señor Cristoval de Aguilar Theniente de Governador de esta dicha villa.
Pedro Moreno de Castro, vecino y Alguacil menor de esta Villa, en la Causa escrita de oficio en la Real Justicia contra Bartolome Lopez, vecino asimismo de ella, por aber maltratado un hijo de Juan Negron, en la mejor forma que lugar aya paresco ante Vuestra Merced y digo que el día 27 del mes de Marzo de este año otorgué ante el escribano desta villa escriptura de fianza de Cárzel segura y de estar a derecho guzgado y sentenciado a fabor del dicho Bartolome Lopez, Reo en esta Causa y enfermo en Cama, que en dicho día 27 se hallaba a el tiempo que practicar la Diligencia de su prisión, cuia fiansa consistió solo durante el tiempo de la referida enfermedad y que luego que se hallase mejorado había de ser de mi cuenta y riesgo y a mi costa el poner preso en la Cárzel pública de esta Villa ael dicho Bartolome Lopez y hallandose el referido restituído a su salud y cumpliendo con la obligación que contraje por dicha fianza en este día e puesto preso en la Carzel pública de esta dicha Villa ael espresado Bartolome Lopez, por tanto:
A Vuestra Merced suplico se sirba declarar tener cumplido con dicha fiansa y mandar que se chansele teniendo por tal preso al espresado Bartolome Lopez en la Cársel pública de esta Villa, por ser así Justicia que pido y para ello firmo: Pedro Moreno.

Auto. Por presentada esta petición póngase con los autos, y pásese por el presente escribano a la Cárzel pública de esta villa a reconocer si es sierto su contenido y constando serlo notifíquese al Alguacil Maior tenga a dispozición del Señor Theniente al referido Bartolome Lopez, y por este su auto así lo probeyó, mandó y señaló en la villa de Castilleja de la Cuesta en tres días del mes de Abril de mil setecientos treinta y siete años. Señal + del Señor Theniente. Geronimo Lozano.

Diligencia y notificación. E luego Yncontinenti Yo el escribano en cumplimiento de lo mandado en el auto anterior pasé a la Cársel pública de esta villa en la que hallé presso a Bartolome Lopez, Vezino de esta villa, por lo qual notifiqué a Diego de la Palma, Alguacil maior¹, tubiese por tal preso al expresado Bartolome Lopez, y a dispozición de dicho Señor Theniente, y para que así conste lo pongo por Diligencia. Geronimo Lopez Lozano.

(1)  Diego de la Palma aparece en última instancia porque había estado de baja, también enfermo. Era el paciente de don Antonio Narváez, aquejado del mal de cámaras (diarrea), trastorno que, como el de Bartolome, se aliviaba con esta especie de curalotodo que era el jarabe de azofaifas; Diego era hermano —se recordará— del anacoreta Ramon de la Palma y fue, una decena de años después, el anciano que pacificaba la gresca entre el veterinario y los hermanos Caro, narrada en Las Escaleras I y siguientes. Había sido designado Alguacil durante todo este año (anuales eran también los cargos de Teniente de Gobernador, de Regidores Capitulares del Consejo de la villa, de Alguacil menor y de algunos otros, aunque podía haber alguna excepción, como en este caso que nos ocupa: Cristobal de Aguilar había sido Teniente también el año anterior, 1736, aunque no sabemos porqué causa continuó ejerciendo; el próximo Teniente Gobernador para el año 1738 sería Cristobal de Vallecillos, el dueño de la viña donde tuvo lugar la agresión contra Antonio Negron, aunque empezó su gobierno con unos meses de retraso. Cristobal era también hermano de la mujer del agresor Batolome, Geronima de Vallecillos; esto explica casi en su totalidad el desenlace de las actuaciones judiciales).

Y por último, el cirujano da también por restablecido al joven Antonio Negron:

En la villa de Castilleja de la Cuesta en quatro días de el mes de Abril de mil setecientos treinta y siete años ante mí el presente escribano y testigos pareció Don Manuel Pizaño, vecino de esta villa y maestro cirujano en ella, y vajo de Juramento que de su Boluntad hiso a Dios y a una Cruz según forma de derecho, dijo a estado curando desde su primera cura a Antonio Negron, hijo de Juan Negron, vezino asimismo de esta villa, de los libores contusos que en espalda y cabesa a declarado padecía el dicho Antonio Negron, de los quales se halla ya libre y está sano enteramente, sin que de dichos libores se espere el que le pueda sobrevenir riesgo alguno, ni menos peligro de la Vida. Lo cual dijo ser la Verdad so cargo del Juramento que tiene fecho. Lo firmó y que es de la edad que tiene declarado en esta Causa, estando presente Don Francisco Riquelme y Pedro Moreno de Castro, vecinos de esta villa. Geronimo Lozano.

martes, 23 de septiembre de 2008

Documentación (14)

En la Villa de Castilleja de la Cuesta a veinte y nuebe de Marzo de mil setecientos treinta y siete años el Señor Cristoval de Aguilar, Theniente de Governador de esta dicha villa resivió Juramento ante Dios y una Cruz según forma de derecho de Don Manuel Pizaño, maestro Zirujano de ella, el que habiendo jurado por ante mí el escrivano prometió decir verdad y siendo preguntado por el contenido del auto antecedente al declarante, declaró estar curando actualmente a Antonio de Negron unos libores contusos que padecía en las espaldas y cabesa, de los quales se halla mucho mejorado; y en términos de que en pocos días se hallará libre enteramente del riesgo en que estuvo el dicho Antonio Negron; que es quanto save y puede decir en razón de lo que le ha sido preguntado; que en todo dijo decir verdad so cargo del Juramento. Y lo firmó, y que es de la edad que tiene declarado en esta Causa, y dicho Señor Theniente lo señaló. Señal + del Señor Theniente. Manuel Pizaño. Geronimo Lopez Lozano.

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Había venido el médico. Una visita corta, rutinaria. Preguntas frías, de burócrata forense. La fiebre, la tos, el cansancio, la falta de apetito; desde el fondo de un barranco tenebroso alguna alimaña grita, y con el polvoriento rayo de pálida luz que entra desde allá arriba Bartolomé apenas se guía entre la maraña de pesadillas. Todo está negro, triste, pésimo. La muerte, por llamar de alguna forma a lo que se ha instalado en su alma, a lo que ha invadido su casa, ha robado color, sabor y olor a un mundo que compartía con los demás en gran medida, y ahora, bajo el peso de este derrumbe inexorable, apenas tiene fuerzas para llevarse la cuchara insípida a la agrietada boca.

Declaración de Don Antonio Narváez, Médico. En la Villa de Castilleja de la Cuesta en el dicho día, mes y año dichos ante Su Merced el Señor Theniente pareció Don Antonio Narváez, Médico en esta dicha villa, del que Su Merced por ante mí el escrivano recibió Juramento por ante Dios y una Cruz, según forma de derecho, el cual lo hizo y ofreció decir verdad, y siendo preguntado dijo que de Orden de dicho Señor Theniente a pasado a las casas en que vibe Bartolome Lopez al que alló enfermo en cama, y habiéndole preguntado y reconocido vino en conocimiento que la enfermedad que padecía era un afecto¹ grande de pecho, el que le motibaba alguna calentura y bastante tos, pero haze juicio el testigo que a pocos días que continúe sin novedad alguna o nuebo acsidente se podrá promover de sus Casas a otro qualquiera paraje sin rezelo de que le sobrebenga por dicha razón acsidente alguno, ni que por dicha razón se agrave ni le sea perjudicial a su salud, lo qual es lo que le parece al que depone, según las observaciones y reglas de la práctica de la facultad que profesa², y todo dijo ser la verdad so cargo de su Juramento; lo firmó y que es de edad de más de treinta años, y dicho Señor Theniente lo señaló. Señal + del Señor Theniente. Antonio Narbáez. Geronimo Lopez Lozano.

(1)   Afecto. Llaman los médicos algunas pasiones o enfermedades del cuerpo: como afecto de calentura, de pecho o de nervios (del Diccionario de Autoridades, con una cita para remediar el que aquejaba a Bartolomé: xarabe de azofaifas*). Con toda probabilidad don Salvador de los Reyes, boticario como se recordará, suministraba al enfermo abundantes cantidades del dicho jarabe antipirético y tranquilizante.

*El fruto del azofaifo contiene muchas propiedades medicinales, y cura la tos. Está indicado contra el asma y los problemas respiratorios, y todavía hoy se cultiva en grandes cantidades en China e Irán para esos fines terapéuticos.

(2)   Al contrario que en los testimonios y partes de los cirujanos, el médico hace incapié, con estas solemnes frases, en la superioridad de su formación académica.

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El primer día de abril, lunes, se informa al padre de Antonio Negron de todo lo proveído por el Teniente hasta el día 28.

En la villa de Castilleja de la Cuesta en primero de Abril de mil setecientos treinta y siete años Yo el escrivano notifiqué el traslado que está mandado dar por el auto de veinte y ocho de Marzo a Juan Negron, vezino de esta villa, en su persona. Doy fee. Geronimo Lozano.

Documentación (13)

El trianero don Antonio de Narváez se había formado en las aulas del Catedrático de Prima en la facultad de Medicina en la Universidad de Sevilla doctor don Pedro Fernandez Calero, Médico Titular del Santo Oficio de la Inquisición de dicha ciudad. 
Los médicos titulares estaban en la cúspide de la jerarquía sanitaria, auque entre ellos, como es natural, tenían preeminencia los mejor situados socialmente. Tras dichos médicos se encontraban los maestros cirujanos, que aunque en los últimos años habían visto elevarse el prestigio y el respeto que la sociedad les brindaba, siempre fueron un poco como los parias del estamento terapéutico. Después de ellos y bajo su supervisión estaban los maestros boticarios, que no tenían atribuciones para efectuar curas. Luego de estos últimos, vendrían los maestros sangradores, los barberos y por fin, los dentistas o sacamuelas, que entraban en la categoría de charlatanes con su deambular de trotamundos de pueblo en pueblo.

Don Antonio de Narváez se encontraba leyendo cómodamente en la sala principal de su casa, con las piernas en alto apoyadas en un bargueño colosal, de múltiples gavetas de tiradores plateados, filigranas de marfil, coloreadas pinturas de escenas de caza y en su encimera un espejo impoluto cuyo marco damasquinado representaba dos ramas de granado, hojosas y floridas. Convenientemente aislado del resto de la estancia por un biombo, se había descalzado y bajado las medias, desabrochado el chaleco y aflojado el calzón mientras releía uno de sus libros favoritos semiacostado en un gran sillón. Era un hombre alto y delgado, de aspecto señorial y distante, en el que destacaban unos ojos claros y fríos que daban mayor realce, si cabe, a su estatura. Tenía en sus manos una obra de medicina editada en Sevilla, en la Imprenta Castellana de Jose Antonio de Hermosilla en la calle Génova (actualmente el primer tramo de la Avenida de la Constitución), nueve años antes, en 1728: La Defensa Apologética y Juicios del Sueño Chirúrgico, escrita por el Cirujano Examinado Juan de Dios Crespo para defender a su maestro Don Francisco Feijoo (Cirujano Mayor del Hospital del Cardenal y Maestro de Artes en la Insigne Universidad de Sevilla) de las "imposturas que Don Gregorio Arias y Leon le hace". 
El valor que a sus ojos tenía el libro estribaba en la Aprobación, escrita por el referido su querido maestro Pedro Fernandez Calero, porque por lo demás, las páginas del interior no le decían nada nuevo y consideraba que el intrusismo de los cirujanos, ahora ya oficial, no iba a traer para la ciencia médica grandes avances.
Leía Narváez, musitando en voz baja: "...Valvulas se hallan aunque tenuisimas, que prohiben no vuelva cosa alguna del vaso esplenico al Bazo, despues que él ha arrojado al dicho vaso los humores. De la parte interior del ano sale una vena, que sube a ingerirse à la parte inferior del esplenico; y en él derrama su sangre: las raizes de esta vena se inhieren interiormente al ano; y sus raizes se llaman vasos hemorroidales internos. Estos vasos arteriosos, y venosos antes de su ingreso, y egresso, se desnudan de una de sus tunicas; y de los ramos de esta (com dexo dicho) se hace una tunica propia...". Había asociado la lectura al mal de uno de sus actuales pacientes, el Alguacil Mayor Diego de la Palma, ya referenciado en nuestra historia, aquejado de fuerte indisposición de cámara, y dejaba divagar su mente sobre tan escatológicos asuntos cuando su sirvienta le dió aviso de que un oficial del Cabildo traía un recado dirigido a él. Recompuso su atuendo y colocóse la chupa para recibir al mensajero, el cual le notificó lo siguiente: 

Auto. En la villa de Castilleja de la Cuesta a veinte y ocho de Marzo de mil setecientos treinta y siete años, el Señor Cristoval de Aguilar, Theniente de Governador de esta dicha villa, haviendo visto esta Causa y Diligencias en ella practicadas y en consideración a que al tiempo que se pasó a ejecutar la prisión de Bartolome Lopez no estava capaz de hazer declarazión alguna en esta Causa, devía de mandar y mandó que para los efectos que hubiere lugar comparesca a presencia de Su Merced Don Manuel Pizaño, Maestro Zirujano de esta villa, y declare el estado en que se halla Antonio Negron, para en su vista dar las providencias combenientes. Y asimismo mandó que don Antonio Narváez, Médico titular de esta dicha villa, reconosca a Bartolome Lopez, reo de esta Causa, declarando la enfermedad que padece, el estado en que se halla y si se podrá seguir algún imcombeniente en remover de sus Casas a la Cársel pública al dicho Bartolome Lopez, y que fecho todo lo referido, se dé traslado de esta Causa a las parte querellante para que pida lo que le combenga. Y así lo probeyó y señaló con la señal que acostumbra. Señal + del Señor Theniente. Geronimo Lopez Lozano.

Don Antonio despidió al portador del auto del Teniente y volvió tras el biombo, intentando concentrarse de nuevo en la lectura; todavía tenía un par de horas hasta la del almuerzo para ver a Bartolome Lopez, de forma que siguió ensimismado con sus pensamientos, mirando las puntas de sus pies enfundados en las medias, que se reflejaban en el espejo del escritorio. La función inferior de eliminación de excrementos hacía en cierta manera a todos, ricos y pobres, hombres y mujeres, iguales, concluyó.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Documentación (12)

E luego incontinenti [27 de marzo] Yo el escribano notifiqué y hise saver lo probeído en el auto y Diligencia anteriores a Bartolome Lopez y Pedro Moreno por lo que a cada uno delos susodichos toca en sus personas, y enterados de lo que se les manda dijeron que están prontos a ejecutarlo según y como se prebiene en la Diligencia y auto antezedente, y esto respondieron, y no firmaron porque dijeron no saver. Doy fee. Geronimo Lopez Lozano.


Testimonio de la fianza. Doy fee que ante mí y sufiziente número de testigos¹ Pedro Moreno, vezino de esta villa y Alguacil menor de ella otorgó fianza de cársel segura y de pagar a lo Juzgado y sentenciado en esta causa según y como está mandado por el auto y diligencia de este día, obligándose también a poner en la Cárcel pública de esta villa a Bartolome Lopez, reo de esta Causa, luego que se halle aliviado de la enfermedad que padece, a cuio fin obligó su persona y bienes con las demás Cláusulas y circunstancias prebenidas por derecho que más ajustadamente constan y se expresan en la dicha fianza cuio original consta en el Rexistro de escrituras públicas de la escribanía de mi cargo² a que me refiero y en consecuencia de lo mandado por el referido auto y Diligencia pongo el presente en Castilleja de la Cuesta a veinte y siete³ de marzo de mil y setecientos y treinta y siete años. Geronimo Lopez Lozano.


(1) Lo cual no hace sino añadir más sombras sospechosas a la actuación, ya que no firma el testimonio ninguno de ellos.
(2) Y aquí vemos que este documento es un extracto, una copia del "original que consta en el Rexistro...". Es decir, que don Geronimo Lopez Lozano escamotea al querellante en los autos de la causa un escrito esencial, y así se constituye en encubridor de los apaños para librar a Bartolome Lopez de Pineda de sus culpas. Bien es verdad que especifica que el testimonio completo se encuentra en su Registro, pero... ¿porqué en este caso sí y en los demás no? ¿para complicar y desorientar en sus pedimentos al padre del agredido?
(3) También resulta poco creíble la fecha. En el capítulo anterior (Documentos 11) hemos visto que este día ya anochecido visitaron a Bartolome, enfermo con fiebre. Es improbable que continuaran con las diligencias siendo tan tarde como era, y que además hicieran copias y las registraran.


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En efecto, don Geronimo Lozano ya tenía sus directrices señaladas. Este mismo miércoles 27 por la mañana tras desayunar salía temprano a dar un paseo, a lomos de su caballo, antes de iniciar su jornada de pluma y tintero. Pasó bajo el arco norte de la Plaza y enfiló la calle de Enmedio mientras el sol se elevaba radiante tras él. Desde este punto se fijó en un rastro carmesí, fresco todavía en el suelo terrizo. Sabía a qué era debido. Le indicaba que se iniciaba el tercer día de la semana. Las gentes se disponían a sus quehaceres rutinarios y, en la puerta de la "Carnicería de Arriba", entre varias mujerucas clientes de primera hora había un carro de mulas del que unos mozos de vestimentas enrojecidas descargaban entre risotadas y bromas dos cerdos degollados, enormes y blancuzcos; los animales chorreaban todavía, desde que salieron del matadero de Tomares al despuntar el día, abundante sangre, que cubría el suelo de la caja del vehículo y goteaba por sus rendijas, formando una extensa mancha en la calle. Una nube de moscas se dejaba sentir en la desagradable escena. Geronimo evitó que su montura se manchase los cascos con el gran charco de viscoso líquido desviándose hacia el lado opuesto. Por fin salió al pago de Las Escaleras, e hizo trotar al caballo entre un arbolado de frondosas higueras que esparcían por el ambiente su aroma; había a uno y otro lado cierto movimiento de trabajadores, y cuando llegó al extremo occidental del término de la villa oteó los olivares ginecinos del Pino Franco un momento, sobre cuyos horizontes se amontonaban como inaccesible cordillera unas columnas de blanquísimas nubes, quizá las últimas de la temporada, y volvió sobre sus pasos, pensando en la explosión floral de una primavera que ya se dejaba apreciar. Entonces se encontró en la hijuela con Cristobal de Aguilar, envarado con su distintivo de mando y acompañado del cirujano Vizaño, quienes caminaban con la misma intención de solaz matutino, disfrutando de un sol débil que calentaba agradablemente sus espaldas.
Tras los saludos acostumbrados, Cristobal lo miró fijamente a uno de sus camaleónicos ojos, y haciendo un gesto vago con una mano mientras que con la otra daba palmaditas tranquilizantes al caballo en el terso cuello le dijo, en tono entre imperativo e interrogador:
—Vamos a dar larga a lo de Juan, ¿le parece?

sábado, 20 de septiembre de 2008

Documentación (11)

El miércoles fue un día lleno de actividad, con tres diligencias, que ofrecemos a continuación. En la primera Juan Negron dice no tener más testigos que presentar. En la segunda, ya al anochecer, el mismo Juan Negron llega con urgencia ante la Justicia para denunciar la aparición del agresor de su hijo. Y la tercera no nos debe confundir: Bartolome Lopez contaba, repetimos, con mucha colaboración y muchos apoyos en el pueblo. Esta última diligencia pide a voces un mayor esfuerzo exegético, por lo que la analizaremos a su término.

 La primera:
Diligencia. En la villa de Castilleja de la Cuesta, a veinte y siete días del mes de Marzo de mil setecientos treinta y siette años ante el Señor Theniente Juez de esta Causa y de mí el escribano pareció Juan Negron, vecino de esta villa, como Padre y legítimo administrador de la persona y bienes de Antonio Negron, y dijo que por aora no tenía mas testigos que presentar en su sumaria y Justificación que tiene ofrecida para comprobazión de la querella que tiene dada en Real Causa, y dicho Theniente mandó se ponga por diligencia, y lo señaló, de que doy fe. Señal + del Señor Theniente. Geronimo Lozano.

He aquí la segunda:
Otra y Auto. En la Villa de Castilleja de la Cuesta en el dicho día, mes y año dichos, siendo las siete de la noche a corta diferencia, pareció a presencia de dicho Señor Theniente Juez de esta Causa y de mí el escribano, Juan Negron, querellante en ella, y dió noticia a Su Merced cómo estava conformado, que aunque Bartolome Lopez seguía ausentado de ella, estava ya restituído a las Casas de su morada en esta villa, donde se hallava enfermo en cama¹, y que lo ponía en conocimiento de Su Merced a fin de que se sirviese poner en execución el auto de prisión probeído en esta Causa. Y visto lo referido por dicho Señor Theniente mandó que luego y sin dilasión alguna se pase a las Casas de dicho Bartolome Lopez y pudiendo ser avido se prenda y ponga presso en la Carsel Pública de esta villa como anteriormente se a mandado, a cuia Diligencia está presto y dispuesto Su Merced a asistir personalmente. Y así lo probeyó y señaló con la señal que acostumbra. Señal + del Señor Theniente. Geronimo Lozano.

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(1)    Vivía en la Calle Real. Su hermano Pedro Lopez de Pineda, vecino de la misma calle, hubo de asistirlo, así como su mujer. Considerando que la casa estaba vacía de mobiliario tras el exhaustivo embargo, con toda seguridad le prepararon un catre en alguna habitación tranquila y resguardada y le socorrieron más o menos clandestinamente durante su enfermedad, quizá adquirida —tiene todos los síntomas de un enfriamiento— por haber huido al campo entre la tarde y la noche del sábado de autos, a la intemperie de un marzo que debió ser frío.
Los dos hermanos constan en un padrón de 1731 de aportación de paja para las Reales Cuadras del Ejército, en el que se pone de manifiesto que disfrutaban de una posición económica superior a la media de los demás habitantes del pueblo.

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Y por fin la tercera, la más controvertida:
Diligencia sobre la prisión de Bartolome Lopez. E luego Yncontinenti el dicho Señor Theniente, asistido de Pedro Moreno de Castro, Alguacil menor de esta villa, y de mí el escrivano, pasó a las casas de la morada de Bartolome Lopez, reo en esta causa, y aviendo entrado en una sala de dichas Casas se halló en ella enfermo en cama al dicho reo¹, que reconocido por dicho Theniente se vió estar acsidenttado con Calentura, y haviendo sido informado por la familia del susodicho, y por algunos vezinos de la misma calle, que acía dos días que se hallava enfermo y con calentura², y pareciendo al dicho Señor Theniente, por lo que manifestava dicho reo, que era de gravedad el dicho acsidente, y que allándose actualmente con calentura y afecto de pecho que parecía de tal forma que con dificultad se perssivían las palabras que pronunciaba /completamente tachado/³, y considerando que de llevar a la Carzel se podía seguir maior imcombeniente4; Por mandado de dicho Señor se le requirió al dicho Bartolome Lopez que para redimir la dejasión de la prisión que se iba a ejecutar era preciso diese fianza de Cársel segura en el interím que se recobraba de su enfermedad, de que enterado el dicho reo, respondió estaba pronto a dar esta fianza, no sólo de cárcel segura sino también de estar a derecho, ofreciendo para ello por su fiador al referido Alguacil Pedro Moreno, que hallándose presente se allanó a otorgar dicha fianza en la conformidad que se proponía por el dicho Bartolome Lopez; con lo cual dicho Señor Theniente mandó suspender y suspendió por aora la prissión de dicho reo, y que se le notifique tenga sus casas por Cárzel y no quebrante, pena de Cien Ducados y de proceder contra él a lo que hubiere lugar; Y que asimismo se le notifique al dicho Pedro Moreno5 (otorgada que sea dicha fianza) haga que dicho reo guarde carcelería en las dichas sus Cassas, y que luego que se halle más aliviado de la enfermedad que padece lo ponga en la Cárzel pública vajo de la misma pena, y de proceder contra dicho fiador a lo demás que hubiere lugar en conformidad de la obligación y fianza que tiene ofrecida, de que se ponga testimonio en esta Caussa, y dicho Señor Theniente mandó también que todo lo referido se ponga por auto y Diligencia, que señaló como acostumbra, y de todo lo cual yo el escribano doy fee. Señal + del Theniente. Geronimo Lozano.

(1)   Debían ser más de las ocho. En una época de escasa y cara iluminación artificial, se recurría a los mecheros de aceite, combustible más barato —aunque más sucio, por sus humos— que la cera de los velones cuyos precios no eran soportables por la generalidad de las economías familiares. Esta penumbra podría favorecer conductas de trampa y ocultación por parte de todos los actores.
(2)   ¿Cómo explicar que Bartolome Lopez hubiese pasado desapercibido a los alguaciles los dos últimos días en su propia casa, en plena Calle Real?  ¿Cómo explicar que la familia y "algunos vecinos", estuviesen al tanto de ello, sin que trascendiera a las autoridades?
(3)   Son no más de tres palabras, pero es el primer caso en semejante tipo de documento que se le presenta al autor de estas crónicas. Normalmente las tachaduras se efectúan dejando legible lo enmendado, con un trazo horizontal que permite su lectura, y a pie de página se especifica la corrección con un "Vale" o un "Debe decir".
(4) Delicadeza que no se aplicó en el aprisionamiento del gitano herido de un culatazo, lo que le costó una grave infección (ver Agua y hambre I y siguientes), ni en otros muchos encarcelamientos de heridos o enfermos que iremos viendo más adelante.
(5)  Tampoco es usual que un Alguacil menor sea elegible como fiador de un reo, pero, aun así, faltan todas las fórmulas habituales en estos casos, que son constante en las escrituras: "obligación de la persona del fiador y de sus bienes habidos y por haber, e hipoteca de dichas sus propiedades como aval de cumplimiento de la responsabilidad contraída".  

Documentación (10)

El martes volvió al pueblo Jose Carbonero, tras echar unas peonadas reparando el pretil del puente-alcantarilla sobre el río Repudio, que señala en aquel punto la divisoria entre Bormujos y Bollullos. Llamado "puente del Asaetado" porque en el siglo XVII encontróse bajo su arco, medio oculto entre los juncos y matojos, el cadáver de un hombre acribillado a flechazos, una de sus barandas había sido casi derruída unos días antes por la caída de una carreta cargada de barriles de mosto. No faltaban albañiles en la localidad, pero el nepotismo reinante propició que un alguacil bormujano cuñado de nuestro testigo moviera sus influencias en pos de proporcionar al marido de su hermana unos jornales que el mísero matrimonio necesitaba como el aire. Jose recibió el aviso con rapidez, y el sábado, tras acabar su labor de poda en la viña de Cristobal Vallecillos, almorzó en su casa y partió por el camino de Bormujos, a ponerse a las órdenes de su cuñado el alguacil. Marchó a pie, sin apenas recordar lo acontecido con el hijo de Juan Negron aquella mañana, pero cuando volvió a Castilleja el martes siguiente lo primero que oyó, de labios de su mujer, fue que las Justicias lo estaban buscando; antes de recibir alguna respuesta de su marido le juró y aseguró que no les había dicho nada acerca de su paradero.
Hombre de orden como en cierta forma era, de inmediato y sin siquiera lavarse un poco se personó en las Casas Consistoriales, y desde allí, en donde lo tranquilizaron, se le remitió a la escribanía de don Geronimo y a su desconcertante mirada divergente.

Vamos a adelantar, aunque alertando de la necesidad de una más exacta confirmación documental, que a Carbonero se le murió un hijo en el mes de abril siguiente al de estos acontecimientos. Al parecer era un muchacho casadero dada la adjetivación de "soltero" con que se le define en su partida de defunción de la parroquia de Santiago, que menciona como padre del difunto a un Jose [Rodriguez] Carbonero, el cual reúne las características cronológicas pertinentes para ser nuestro hombre, al que acabamos de dejar declarando ante el escribano bizco en el tenor que sigue:


Declaración de Joseph Carbonero. En la Villa de Castilleja de la Cuesta a veinte y seis de Marzo de mil setecientos treinta y siete años, el referido Señor Theniente Cristoval de Aguilar por ante mí el escribano recibió Juramento ante Dios y una Cruz en forma de derecho de Joseph Carbonero, vecino de esta dicha Villa, el cual habiéndolo hecho prometió decir verdad, y siendo preguntado por el Señor Theniente de la verdad de la declaración que se hace por Joseph de Torres, dijo que es cierto que el sábado veinte y tres del que corre se encontraba podando en la viña de Cristoval de Vallecillos en compañía de Bartolome Lopez, de Joseph de Torres, de Fernando Hurtado, y que es cierto también el que el dicho Bartolome Lopez dejó de podar y dijo que tenía que ir a un mandado a dicha villa por cuia razón se retiró, volviendo al poco rato diciendo que le havía dado una soba a el hijo de Juan Negron porque con una jumenta cargada de sarmientos le havía atravesado un sembrado que en Las Escaleras término de esta Villa tiene el dicho Bartolome Lopez, pero no vió el que declara si traía en la mano sarmiento alguno por lo que siguió trabajando y no hizo reparo, que es todo cuanto save y puede decir en razón de lo que se le ha preguntado, y dijo decir verdad so cargo del Juramento. No firmó porque dijo no saver, y que es de edad de quarenta y sinco años, y dicho Señor Theniente lo señaló. Señal + del Señor Theniente. Geronimo Lozano.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Documentación (9)

Diligencia y embargo de bienes de Bartolome Lopez. E luego Yncontinenti Su Merced el Señor Cristobal de Aguilar, Theniente de Governador, acompañado de Pedro Moreno y de el presente escribano pasó a las Casas que en esta villa tiene Bartolome Lopez de Pineda, reo en esta causa, para efecto de prenderle y embargarle sus bienes, y no pudo ser avido para ello. Y por bienes del susodicho se embargaron los siguientes:
Primero una messa de Vara y media (1); seis quadros de distintos tamaños y devociones; dos arcas de pino de Vara y media cada una; quatro sillones de baqueta (2), viejos; un tablero de pino; un escritorio viejo de tapa con su bufete (3) de pino; dos alfonvras de corredorcillos (4) de Juncos (5); un perol pequeño de azófar (6); una cortina de vayeta (7) con su vara y zenefa (8); seis canastas grandes para cargar de uvas; dos lebrillos grandes de labar; una cama alta de colgar salomónica (9) bien tratada, con dos colchones y un cobertor; un cofrecillo de pino, pequeño; un aparejo (10) con su enjalma (11) y manteo, bien tratado. Y no se hallaron otros algunos bienes en las referidas casas, y el dicho Señor Theniente los dio y entregó en depósito a Bartolome de Chavez, vecino de esta villa, el que estando presente, a que yo el escribano doy fee conosco, otorgó que se constituía y se constituió por Depositario de ellos, y se dió por entregado a su satisfassión, con renunciazión del entrego y prueba del Recivo, y se obligó de tenerlos en su poder en depósito de manifiesto para darlos y entregarlos cada que se le mande, y en su defecto pagará su valor, para cuio cumplimiento y paga obligó su persona y bienes avidos y por haver, y dió poder a las Justicias y Señores Jueces que esta Causa conocen y en adelante conocer puedan para que a lo que dicho es lo compelan y apremien; Y renunció las leyes de su favor y la general en forma; Y así lo otorgó y no firmó porque dijo no saver, siendo testigo el dicho Pedro Moreno y Francisco Paián (12), vecinos de esta villa, y dicho Señor Theniente lo señaló. Señal + del Señor Theniente. Geronimo Lozano.

(1) Vara. Una vara y media eran 120 centímetros aproximadamente.
(2) Vaqueta. Cuero de vaca o buey, curtido y adobado.
(3) Bufete. El bufete en este caso es un complemento superior compuesto de cajoncillos.
(4) Corredorcillo. Corredor pequeño.
(5) Alfombra de junco. Alfombra del tipo de las esteras, que se confeccionaba con esparto, palma o juncos.
(6) Azófar. Lo mismo que latón.
(7) Bayeta. Tela de lana muy floja y rala, regularmente de ancho de dos varas, que sirve para vestidos largos de eclesiásticos, mantillas de mujeres y otros usos.
(8) Cenefa. Lista sobrepuesta o tejida en los bordes de las cortinas, doseles, pañuelos, etc., de la misma tela y a veces de otra distinta.
(9) Salomónica. Con un dosel, más o menos lujoso, sobre cuatro pilares de madera torneada.
(10) Aparejo "redondo". El compuesto de carona, albarda, enjalma, ropón y sufra, con cincha de tarabita, ataharre y petral, si es para cargar las caballerías, y con aciones y enjalma, si es para montarlas.
(11) Enjalma. Ropa que se pone a los caballos debajo de la silla antes de montarlos.
(12) Paián. Payán, con la grafía actual del apellido.

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El embargo nos proporciona la oportunidad de "amueblar" una casa de Castilleja, sencilla, de clase humilde. En las arcas grandes se guardaba la ropa. Entre los cuadros, sin duda había alguna Inmaculada y algún San Jose. En el escritorio, que servía para estudiar e incluso para comer, se guardaban los documentos y el recado de escribir.
El embargo, una vez mandado ejecutar, se realizaba sin consideración ni piedad, por medio de operarios que iban sacando los muebles y objetos para cargarlos en una carreta y transportarlos a algún cobertizo o atarazana propiedad del depositario designado.
Gerónima de Vallecillos, la esposa del embargado, hubo de refugiarse ofuscada por la vergüenza en casa de familiares.
Un embargo ocasionaba muchos gastos. Al final el Juez decidía quién pagaba las costas.

Documentación (8)

Auto. En la villa de Castilleja de la Cuesta en el mencionado día, mes y año dichos [lunes 25 de marzo de 1737] Su Merced el Señor Cristobal de Aguilar, Theniente de Gobernador de esta dicha villa y Juez de la Causa, haviéndola visto y la culpa que de ella resulta contra Bartolome Lopez de Pineda, vecino de esta villa, Mandó se prenda al susodicho en la Cárzel pública de ella y embarguen sus bienes, y no pudiendo ser havido (1) para su efecto se despache Requisitoria de Guía (2) para su prisión, y asimismo mandó se prosiga la sumaria de esta Causa, y por este su auto así lo proveió, mandó y señaló. Señal del Señor Theniente Cristoval + de Aguilar. Geronimo Lozano.

(1) Extraño en demasía resultan las desapariciones de los dos testigos y la del acusado, personas archiconocidas en el pueblo; aunque la de este último en menor medida, porque a juzgar por la documentación judicial que obra en los diversos archivos con contenido castillejano a los que nos ha sido posible acceder, —fuentes primarias de estas crónicas—, era una constante que la reacción de un señalado por el dedo de la ley fuera la de desvanecerse en el aire al menos durante una semana posterior al auto de prisión, comportamiento que bien pudiera achacarse a las duras condiciones de la Cárcel Pública y a la dilatación que sufría el desarrollo de las causas, dilatación que se traducía en días tras las rejas para el considerado culpable de una falta o de un delito.
Más, en este caso en concreto, permítasenos sospechar de alguna connivencia entre testigos huidos y agresor, e incluso añadir al supuesto complot a los alguaciles y a la Justicia local, lo cual en base al posterior desenvolvimiento del asunto no resulta ilógico en exceso, como se ira comprobando. También podían haberse filtrado las decisiones del Juez, o haberlas filtrado él mismo ¿porqué no? antes de que fuesen formalizadas en escrituras, permitiendo a Bartolome estar sobreaviso y actuar en consecuencia. Por otro lado somete a dura prueba nuestro bienintencionado malpensar la movilidad de muchos jornaleros, que veíanse obligados a realizar continuos desplazamientos instados por las ofertas de trabajo y la eventualidad de los mismos, efectuados por lo general en términos vecinos al del pueblo, de tal manera que Fernando Hurtado y Joseph Carbonero, los otros dos testigos mencionados en las declaraciones, muy bien podrían haber salido por la tarde o al día siguiente al de los hechos, contratados por algún capataz de cortijo cercano para labores que solían prolongarse bastantes días.

(2) Una Requisitoria de Guía significaba un toque de alarma general en toda la comarca. Eran pedimentos oficiales que se cursaba con enorme prontitud, y que ponían en alerta en un máximo de veinticuatro horas a todas las fuerzas de los pueblos a los que iba dirigida, constituyendo así una especie de red que se cerraba para cualquiera señalado como prófugo por alguna instancia. En las copias que recibía cada Capitular de cada pueblo vecino, y aun el de la capital, constaba detallada descripción física del buscado, para el que se convertía el terreno en una trampa sin salida. Por lo general dicho buscado se entregaba presa del agotamiento, o acababa siendo capturado en alguna localidad aledaña, ya que las características del denso despliegue de alguaciles con el incondicional apoyo de todos los habitantes de la comarca, convertidos en policías paralelos, le imposibilitaban la supervivencia.
En los próximos capítulos veremos que Bartolome Lopez disponía de muchos y, en cierta forma, importantes protectores, por lo que podemos imaginar sin pecar de descabellados que no salió de Castilleja, y que además estuvo rodeado durante su ocultamiento de abundantes comodidades. En otro caso hubiérase visto obligado a vivir como un animal salvaje, en completa inmovilidad entre cualquier mancha de matorrales a lo largo del día y acercándose al amparo de la oscuridad nocturna a hogares de confianza para mendigar de la conmiseración de algún allegado un poco de pan, con la angustia añadida de ser víctima de un chantaje o de una delación.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Documentación (y 7b)

Con la necesaria precaución para no enmarañar la historia con datos de complicados vínculos familiares que la convertirían en un galimatías incomprensible, pero reservándonos el añadirle —llegada la ocasión— unos cuadros genealógicos esquemáticos que den cuenta de parentescos y lazos y expliquen con ellos muchas de las actitudes, voliciones, acciones y pasiones de nuestros personajes, vamos a apuntar algunos acontecimientos directamente relacionados con la biografia de Jose de Torres.
En la partida de defunción de Josefa de Torres, fallecida prematuramente el 18 de agosto de 1749, nuestro hombre de Villanueva del Ariscal, su padre, ya aparece difunto, aunque ninguno de los esfuerzos que hemos hecho por localizar su acta han arrojado resultados fructíferos. Dos años después se casó otro de sus hijos, Antón de Torres, con Francisca Garcia, hija de Andres Luis Garcia y de Maria de Cabrera, y en 1758 su otra hija, Maria de Torres, contrajo matrimonio con un viudo, Cristobal de Tovar, siendo amonestados además de en esta villa de Castilleja en la Iglesia Parroquial de San Bartolome de la ciudad de Sevilla.
Y por fin se produjo el óbito de la viuda, Antonia Navarro, que murió de repente el 4 de marzo de 1762, en la más absoluta pobreza y sin recibir los sacramentos de la Eucaristía y Extremaución, y ni tan siquiera los Santos Óleos.
Con estos apuntes, ya más delineado si cabe nuestro testigo, volvemos a 1737 para saber del desarrollo y resultado de la causa contra Bartolome Lopez de Pineda, a la sazón desaparecido, oculto de las pesquisidoras miradas de los alguaciles en algún lugar desconocido.

Que la declaración de Jose de Torres fue determinante para que el Teniente dictara orden de busca y captura contra Bartolome es algo que cae por su propio peso. Al contrario que la del carrero Agustin Caro que ya vimos, en la que se adivina la mezquina intención de no comprometerse con nadie aun a costa de dejar impune un delito, la del dicho Torres aparece diáfana, coherente y lógica como la vida misma. Dejando incólume el principio de presunción de inocencia en este nuestro juicio particular a los testigos, pudiera sospecharse que Jose de Torres, inmerso como estaba en el mundo judicial desde hacía una semana con las diligencias contra "Uvita" sobre el robo, respondía con sinceridad a las inquisiciones de los funcionarios por aquel antiguo principio, que ahora tendría más presente en su conciencia, de "no hagas a los demás lo que no quieras para tí"; hipótesis más que probable si consideramos que se encontraba en la situación de víctima, y que en cierta manera ello propiciaría una más directa empatización con la otra víctima, el muchacho que se encontraba convaleciente de la paliza recibida en el sembrado de Las Escaleras.
Añádasele a todo este razonamiento que los otros testigos no habían podido ser hallados, como atestigua la siguiente anotación en los autos:

Diligencia. En la villa de Castilleja de la Cuesta en el dicho día, mes y año dichos [lunes 25 de marzo de 1737] Pedro Moreno, Alguacil menor de esta dicha villa, pareció ante mí, el escribano, y dijo haver buscado de orden del Señor Theniente Cristobal de Aguilar a Fernando Hurtado y a Joseph Carbonero, vecinos de esta villa y no ha podido encontrarlos, y para que conste lo pongo... (dos últimas líneas, ilegibles). Firmado, Geronimo Lozano.

Lo cual convertía a Jose de Torres, a primera vista, en la única persona con capacidad para inclinar la balanza de la justicia de un lado o del otro. Aunque, tras varias oscilaciones de los platillos, vaivenes que parecían más maniobras de dilatación teatrales que producto de honradas prácticas judiciales, el hecho incuestionable era que el resultado final estaba determinado desde, para hablar en puridad, mucho antes de la agresión, como tendremos ocasión de comprobar prontamente. Las decisiones ya estaban tomadas, dictadas por las propias estructuras socioeconómicas que preestablecían las consecuencias definitivas del más mínimo acto de las personas y aún estos mismos actos. La ley del más fuerte predominaba sobre todos los ridículos movimientos de aquellos personajillos miserables, en su inmensa mayoría ilusas marionetas armadas con ilusiones de libertad.

martes, 16 de septiembre de 2008

Documentación (7a)

El bandolerismo en la primera mitad del siglo XVIII había alcanzado cotas de verdadera epidemia, y en Andalucía, con la miseria que obligaba a las masas de jornaleros a buscarse afanosamente la vida, se ponía estrepitosamente de manifiesto.
"Uvita", jefe de una partida que atemorizaba a los propietarios y viajeros del Aljarafe occidental, es un personaje poco definido documentalmente, hasta el punto de que parecen existir dos personas con el mismo apodo, a quienes algunos autores consideran padre e hijo. Con certeza sabemos que el que asaltó a Jose de Torres habitaba en Gines, localidad donde había nacido y donde habíase casado con una mujer que, en un futuro, aparecerá en nuestra crónica protagonizando un escándalo en la calle Real de Castilleja de la Cuesta. Al parecer, sobre el padre recayeron muchos de los criminales hechos cometidos por el hijo, pero es acreedora de toda certeza la circunstancia de que contaban con una amplia red de apoyo, y con el estímulo de la desidia de unas Justicias impasibles y apoltronadas, cuando no partícipes directas de los botines rapiñados.
Los hombres de "Uvita" actuaban con preferencia en el Camino Real de Portugal, adentrándose en profundidad en la provincia de Huelva para volver a sus escondites en el triángulo Salteras, Gines y Espartinas con el producto de sus robos: relojes y joyas, vestimentas y sobre todo, dinero en efectivo. Sus ayudantes y compinches en estos pueblos se encargaban de comercializar todo lo comercializable, preferentemente en los mercados populares de Sevilla, entre los que el de la calle de la Feria tenía especialísima importancia. Cuando la presión policial era extrema en la vía hacia el sur de Lusitania, dirigían sus operaciones contra cortijos y haciendas, apoderándose de cuantas caballerías se ponían al alcance de sus escaleras y lazos, y conduciéndolas a comarcas limítrofes en las que se podían colocar con facilidad a buenos precios. Entre la media docena fija de maleantes se encontraban un par de gitanos, pero esta partida en ocasiones se incrementaba hasta con quince personas, cada una con su misión específica: vigilantes, simuladores descuideros, mensajeros, etc. Varios de ellos tenían las manos manchadas de sangre y alguno algún asesinato a sus espaldas.
De todo ello estaba al tanto Jose de Torres —como cualquier aljarafeño— cuando partió aquella mañana dominical a visitar a sus abuelos y a cobrar una deuda de un paisano, pero no sabía que las tropas del Intendente de Sevilla rondaban de una punta a otra el Camino Real, y habían obligado a los forajidos de "Uvita" a replegarse hacia el interior de los campos. De forma que mientras se desplazaba al trote de su montura por la red de hijuelas, carriles y trochas que le conducía a su pueblo tampoco podía ni sospechar siquiera que ya era su persona tema de conversación entre los confidentes de los bandoleros, que cual buitres sobrevolaban a su víctima en circulos cada vez más cerrados. Almorzó opíparamente en la casa familiar, cobró su deuda de treinta reales, cargó diversos obsequios en las angarillas —dulces caseros, fruta, cantaritos del apreciado mosto— y se dispuso a volver a Castilleja, en cuyo camino le aconteció lo que ya hemos oído de su propia boca.
Jose era ariscaleño de pura cepa, arrastrado a su pueblo de adopción por el matrimonio de un su hermano mayor con una castillejera de posibles, el cual se trajo al grueso de su familia huyendo de la miseria reinante en su patria chica. Casóse él también aquí, tal como reza en la siguientes partidas de matrimonio y velación formadas en la parroquia de Santiago:


En veinte y cinco días del mes de Febrero de mil setecientos y quinze años Yo, el Licenciado Don Francisco Antonio de Aguilar y Obiedo, vicario de esta villa de Castilleja de la Cuesta, Beneficiado de la Iglesia Parroquial del Señor Santiago, en vista del mandamiento del Reverendísimo Señor Abad Mayor de Olivares y de su Abadía, desposé por palabras de presente que hicieron lexítimo matrimonio a Joseph de Torres, natural de la villa de Villanueba del Ariscal, hijo de Francisco de Torres y de Ysabel de Daza, juntamente con Antonia Navarro, hija lexítima de Antón Navarro y de Maria de la Concepción, naturales y vezinos de esta dicha villa de Castilleja de la Cuesta, aviendo precedido las tres amonestaciones que manda el Santo Concilio de Trento, constándome por certificación del Señor Vicario de Villanueba averse amonestado tres veses en dicha Villa. Fueron testigos Don Pedro Rodriguez y Diego (ilegible), y para que conste lo firmé fecha ut supra. Licenciado Don Francisco Antonio de Aguilar y Obiedo.

Velación de Joseph de Torres y Antonia Navarro. En veinte y tres días del mes de Agosto de mil setecientos y quinze años Yo, el Licenciado Don Francisco Antonio de Aguilar y Obiedo, Vicario de esta villa de Castilleja de la Cuesta, Beneficiado en la Iglesia Parroquial del Señor Santiago, velé y dí las bendiciones nupciales de la Iglesia a Joseph de Torre y Antonia Navarro, su lexítima muger. Fueron testigos Don Thomas de Balbuena, Pedro Martin y Gonzalo de Castro, y para que conste lo firmé, fecha ut supra. Licenciado don Francisco Antonio de Aguilar y Obiedo.
Continúa en Documentación 7c.

Documentación (7)


Cuando llegó Jose de Torres a la oficina del escribano Geronimo Lozano el lunes 25 de marzo fue recibido con un saludo eufórico y optimista por parte del fedatario, hombre fornido, de esférica cabeza continente de unos ojos como faros, de tan acusado estrabismo que confundía y desorientaba sobre todo y en especial cuando, dando instantáneos golpes de vista a su interlocutor, manejaba veloz la pluma tomando declaraciones.
—¡Hombre de Dios, me alegro mucho de verle! ¡Es vuestra merced puntual en extremo!
Jose había sido citado para responder a unas preguntas, como testigo en el caso de Juan Negron contra Bartolome Lopez de Pineda. Pero la calurosa acogida con que le recibió don Geronimo se debía más a otro acontecimiento que a su puntualidad. Hacía una semana tuvo un serio percance en el camino de vuelta de Villanueva del Ariscal, que le obligó a presentar declaraciones y denuncias también ante este mismo escribano que ahora lo miraba y no lo miraba con sus enormes ojos verdosos de cíclope impávido.
—Soy el primero en lamentar lo que le ocurrió el domingo, Jose. Tarde o temprano vamos a limpiar los campos de malhechores, ya lo verá. Pero... siéntese vuestra merced, que vamos a tomarle su declaración sobre el caso de Las Escaleras.
Y dicho y hecho. Los dos hombres se enfrascaron en un diálogo de preguntas y respuestas que quedó plasmado en el folio de la manera siguiente:

Declaración de Joseph de Torres. En la villa de Castilleja de la Cuesta en veinte y sinco días del mes de Marzo de mil setecientos treinta y siete años Juan Negron, vecino de esta villa, por la información que tiene ofrecida y está mandada dar, presentó por testigo a Joseph de Torres, vecino de esta dicha villa, del cual Su Merced por ante mí el escribano recibió Juramento por Dios y una señal de la Cruz en forma de Derecho, el cual lo hizo y prometió decir verdad, y siendo preguntado por el tenor del auto que da principio a este proceso dijo, que lo que save y puede decir es que el sávado veinte y tres del que corre estava el testigo podando en las viñas que en término de esta villa tiene Cristobal de Vallecillos, en compañía de Fernando Hurtado, y Joseph Carbonero, y Bartolome Lopez, y que el dicho Bartolome Lopez dejó de podar y se retiró, y a poco rato bolbió como impaciente, diciendo le havía dado al muchacho de Juan Negron una soba con una vara, la qual manifestó que la tenía en la mano, y era un verdugo de zepa vieja, porque iba el referido muchacho atravesando un sembrado que el referido Bartolome Lopez tiene en el sitio de Las Escaleras, que está inmediato a la mencionada viña, y que un jumento que llevaba iba comiendo del dicho sembrado; que es cuanto save y puede decir en razón de lo que a sido preguntado, que todo dijo ser la verdad so cargo de su Juramento; no firmó porque dijo no saver y que es de edad de quarenta y sinco años, y dicho Señor Theniente lo señaló. Señal + del Señor Theniente. Geronimo Lozano.
Continúa en Documentación 7b.

Declaración rutinaria entre personas familiarizadas unas con otras, no había sido necesaria la presencia del Teniente de Gobernador ni del denunciante, que aunque constaban en el documento preferían, de mutuo acuerdo, atender a sus labores y obligaciones, firmándolo con posterioridad. Así lo acordaban, lo comprendían y lo aceptaban todas las partes.
Una vez finalizada la escritura le preguntó al declarante el escribano acerca de su estado, aunque era obvio que se encontraba bien.
—Debió de pasar su merced un mal rato... ¿no?
—Cuando me dijo que era "Uvita" faltó poco para caerme de la burra —le respondió, y continuó hablando:
—Estaba sentado al borde del camino, a la sombra de un árbol, y no lo percibí hasta llegar a pocos metros de él...
Gerónimo escuchaba con gran atención, los ojos muy abiertos.
—Llevaba un pañolón anudado al cogote y un sombrero grande cubriéndole la cara. Sacó una navaja cabritera —prosiguió la narración Jose— y me la arrimó a la barriga, instándome a que estuviera quieto y en silencio. Hasta la jumenta se quedó paralizada. Me manoseó, metiendo mano bajo la faja, por las faltriqueras y hasta miró en las calzas, y no pudo por menos que dar con la bolsa de los treinta reales. "¡Ajá!", dijo el hijo de la gran pu... , perdóneme, don Geronimo, pero es que pierdo la razón cuando me acuerdo de aquel canalla villano.
Jose Torres sudaba, a pesar de que la estancia era fresca. El escribano lo tranquilizó:
—Le comprendo, amigo Jose. Así y todo, tenemos que dar gracias de que haya escapado vuestra merced con vida. Dijo que "Uvita" también llevaba un pistolón, ¿no es cierto?
—En efecto, entre el cinto y la camisa; pero no lo empuñó siquiera.
Y los dos hombres continuaron reviviendo el asalto que había sufrido Torres cuando, hacia las cinco de la tarde del domingo 17 de marzo, volvía de su pueblo natal, Villanueva, hacia Castilleja, placenteramente a lomos de la vieja y amada borrica; continuaron con la conversación hasta que ciertos retortijones en sus estómagos les avisaron de que había que cumplir con lo que sus respectivas esposas les tendrían preparado a la mesa.

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...