viernes, 31 de octubre de 2008

Documentación 1m (Testamento)

No son necesarios altos grados de suspicacia para adivinar el juego político que desde Madrid llevaban a cabo el rey y sus colaboradores: tómese el trigo siciliano junto con la posibilidad de una gran revuelta en Andalucía originada en la escasez de alimentos y el oportuno casamiento de su hijo el futuro Carlos III —dueño de dicho trigo como rey de Sicilia que era—, y se verá la facilidad con la que encajan estas tres bazas en las maniobras de control de la sociedad del sur hispano diseñadas por el Borbón y su camarilla. Profundos conocedores de la idiosincracia del pueblo andaluz por haber habitado en Sevilla durante todo el llamado "Lustro Real", sus ministros diseñaron las líneas de actuación. El enfermizo monarca vió con muy buenos ojos las proposiciones que sus estrategas y consejeros le hicieron. Reconquistada Trinacria de las garras de la Cuádruple Alianza en 1735, granero del Mediterráneo desde mucho antes de las expediciones colonizadoras de los griegos, y al timón de la disputada isla su hijo, bastaron unas firmas de su puño y letra en unas cartas para que se socorriese a Andalucía con unos barcos repletos de un trigo que enfrió al menos unos meses los ardores levantiscos de su población menos favorecida, y para terminar de contentar a las masas de jornaleros dió su visto bueno a la proposición de hacer en la magnética capital, aprovechando el pretexto de la boda de su hijo, una de esas fiestas obnubiladoras, de sangre y oropeles, a las que tan aficionados son los meridionales de la península. De tal manera que pocos meses después de que la sequía del año 1737 con su estela siniestra de muerte, dolor y enfermedad hubiese pasado, en la festiva y veleidosa mentalidad popular, a la categoría de cosas para urgentemente olvidar, se organizaron en la ciudad del Betis los festejos, —dantesca orgía de sangre—, que hemos descrito en el capítulo anterior. 
Siendo así que, paradójicamente, todavía en octubre del dicho año 1738 don Carlos Martin de las Cuevas se cruzaba en la calle de Las Sierpes o en la de Rioja con mendigos de solemnidad en los que reconocía a castillejeros arruinados en las calamidades de los dos años pasados, y a los que socorría con un maravedí y unas palabras de consuelo.

Prosigamos con las declaraciones de febrero del año de la boda:

Terzer testigo. Juan Pacheco. En dicha Villa, en el dicho día, mes y año dichos Su Merced el Señor Theniente de Governador hizo parezer ante sí en Cumplimiento del Acuerdo de este día a Juan Pacheco de Castro, Vezino de esta Villa, del qual por ante mí el presente notario rezibió Juramento a Dios y una Cruz en forma de derecho, y el referido lo hizo y prometió dezir Verdad, y siéndole preguntado del thenor del Acuerdo antescrito dixo que el Declarante sembró en el año pasado de mil setezientos y treinta y cinco para coxer en el de treinta y seis, veinte fanegas de trigo, y por la calamidad del tiempo no coxió si no es tres fanegas, y en el año de treinta y seis para coxer en el de treinta y siete sembró veinte y quatro fanegas de trigo, y coxió de ellas quatro fanegas, conque ya se puede considerar la pérdida que tendría en dichos dos años, que lo han dexado arruinado sin tener que dar de comer a sus hijos; y sabe el Declarante que a muchos Vezinos que sembraron les suzedió lo mismo, por la gran esterilidad de el tiempo; Y sabe que otros muchos vezinos que tienen viñas les ha suzedido lo mismo, porque no han coxido tasadamente con los frutos para el costo de los benefizios, pues muchos de ellos no las han podido acabar de benefiziar, por no aver podido por la gran esterilidad de el tiempo que han padezido y están padeziendo por la falta de granos y frutos; y sabe el Declarante y lo ha visto que por la Justicia de esta dicha Villa se ha andado cobrando los Padrones de Millones y Zientos, Servicio Ordinario y Paja, y no han podido acabar de cobrarlos, por dicha esterilidad, y aunque han hecho diferentes diligenzias para ello, sabe el Declarante no ha tenido efecto la Cobranza, pues no tienen para comer, porque ha muchos días que no ganan un jornal para mantenerse y su familia, por la esterilidad del tiempo, y sabe que no se ha reintegrado el Pósito del trigo que debían en los años de treinta y seis y treinta y siete; y sabe el Declarante, que lo ha visto, que muchos Vezinos de esta dicha Villa se han ydo con su familia a pedir limosna a la Ciudad de Sevilla, para poderse mantener, por no tener donde ganar un jornal para ello; y si la Magestad de Dios Nuestro Señor no ubiera sido servido de que huviese entrado el trigo de Ultra mar, ubieran todos perezido, por no averse coxido en dichos dos años y estar toda esta tierra y Reynado de Sevilla falto de grano; que esto que lleba dicho es público y notorio, pública voz y fama en esta Villa y en las Circumvezinas, y la Verdad para el Juramento que tiene fecho, y lo firmó y declaró ser de edad de treinta años poco más o menos, y Su Merced lo firmó. Juan Pacheco. Xristoval de Vallecillos. Ante mí, Pedro Vazquez Oliva.

jueves, 30 de octubre de 2008

Documentación 1l (Testamento)

Muy aficionado a ver torturar a esos magníficos y nobles animales que son los toros ibéricos, Carlos Martin de las Cuevas estaba en Sevilla desde el día anterior, hospedado en casa de unos familiares. Con ellos tomó palco privilegiado a primera hora en uno de los balcones de la Real Audiencia en la plaza de San Francisco, institución donde era conocido y apreciado por los más antiguos funcionarios, y en la que se le reservaba un asiento y le recordaban los viejos procuradores y abogados con afectuosas palmaditas en la espalda que lo habían visto crecer desde cuando, a principios de siglo, venía de la mano de su padre apenas teniéndose en pie. Carlos Martin, con su nívea peluca y sus guantes de seda, se sentía cómodo en aquel lugar, inhalando pellizquitos de rapé de su cajita con afectados gestos. 
La plaza comenzaba a llenarse; el día estaba claro, el cielo poblado de grandes pelotones de nubes blancas con el azul profundo del fondo. Se había armado un doble graderío de tablas en los cuatro lados del alargado recinto, previniendo la gran concurrencia de personas que en efecto se produjo, y con un palco principal para las autoridades. Resplandecía la ciudad de colgaduras, de guirnaldas y de mujeres hermosas, y en sus calles se arremolinaban gentes de toda condición social y procedencia; los sevillanos parecían querer olvidar las calamidades pasadas en los dos años anteriores, y las autoridades hacían todo lo posible porque así fuera. Seis pipas de agua en sus carros gobernados por un par de mozos cada uno regaron la arena del lugar, y se esparció una alfombra de flores y hierbas olorosas en su superficie; desfilaron luego cien granaderos de las Reales Milicias Hispalenses, divididos en dos columnas en cada dirección, que circunscribieron el irregular rectángulo, y acto seguido entraron en sus cabalgaduras los picadores Pedro Moreno, Juan Hijón, Juan Martin y Juan Santander, vestidos de grana y plata; tras ellos, encabezados por Juan Rodriguez, ocho capeadores con sus medias blancas y sus mantos azules, seguidos de dos ministros. Cuando sonaron las trompetas el Asistente don Ginés de Hermosa y Espejo (que acababa de sustituir en el cargo al valverdeño don Rodrigo Caballero Illanes) dió la señal con su pañuelo, y entró el primer toro, que arrancó de la multitud un estertor de admiración. Seis en total a lo largo de la tarde, fueron muertos tras el picado, las banderillas, los capotazos y la espada. Eran arrastrados con tres mulillas cada uno, regando sangre tras sí. El gentío se levantaba de sus asientos gritando, buscando en el embrutecedor espectáculo olvidar las calamidades pasadas. En un momento y de forma inesperada, estando uno de los picadores cercano a la barrera oeste del área en la suerte de la puya, rompióse la vara y el toro alcanzó de lleno al caballo en el vientre, levantándolo como si fuera un muñeco de paja y dejándolo atravesado en los maderos superiores de la valla; el jinete salió despedido; entre violentos estremecimientos de muerte el equino despanzurrado dispersaba materia fecal, alimentos a medio digerir y chorreones de sangre de sus intestinos desgarrados sobre los espectadores, empapándoles rostros y vestiduras entre las risotadas del resto de los asistentes y los gritos agudos de mujeres horrorizadas. El caballo quedó inmóvil sobre la cerca, muerto, mientras los afectados se intentaban recomponer entre bromas y expresiones de repugnancia.

En el aledaño convento de San Francisco, Casa Grande de Sevilla, la filosofía del anacoreta de Asís que contemplaba hermanos caballos, hermanos pájaros, hermanos perros, o hermanos toros sólo era ya una ironía, una reminiscencia desvaída en los patios, en las capillas y sobre los huertos atronados por el clamor de la chusma taurina. Con hipocresía jesuítica, los jerarcas de la Orden guardaban hermético silencio ante las monstruosidades que ocurrían a pocos metros de sus despachos y celdas.

El día siguiente, 25, repitióse el cruel y bochornoso espectáculo con otros seis toros y al final, despejada la Plaza, apareció por la calle de Las Sierpes una impresionante carroza con faldones de terciopelo, faroles encristalados, ramos de flores y engalanados cocheros, precedida por los dos Diputados de las fiestas a caballo, escoltados por dos docenas de lacayos de librea, en un desfile rítmico y conjuntado que dió la vuelta a la plaza para detenerse en la bocacalle de Chicarreros. Tras ellos y en formación marcial aparecieron ochenta siervos disfrazados de turcos con exóticos trajes de brillantes colores y turbantes coronados de refulgentes medias lunas. Y por fin, dos rejoneadores, los afamados hermanos Saavedra, acompañados de dos toreros, se dispusieron a colocar el colofón de las celebraciones matando a otro lote de astados. En el intento a uno de los caballeros, don Gaspar de Saavedra, lo derribó un toro pero Juan Rodriguez, sujetándolo de un cuerno, consiguió salvar al caído jinete, que se repuso y, blandiendo su espada, acabó con la vida del animal. Diecinueve toros fueron sacrificados para saciar la sed de sangre y los instintos primarios de aquella muchedumbre salvaje y despiadada, durante los dos días de fiesta en celebración de la boda real.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Documentación 1k (Testamento)

Segundo testigo, Don Carlos Martin de las Cuevas.
En dicha Villa, en dicho día, mes y año dichos Su Merced dicho Señor Theniente de Governador, para la Justificazión que se pretende hazer hizo parezer ante sí a Don Carlos Martin de las Cuevas, Vezino de esta Villa, Esscrivano del Rey Nuestro Señor, público y del Conzejo de la Villa de Camas, del qual por ante mí el notario resibió Juramento a Dios y una Cruz en forma de derecho, y el referido lo hizo, socargo de él prometió dezir Verdad, y siéndosele al thenor del Acuerdo anteescrito dixo que el Declarante sembró en término de la Villa de Bormuxos, que está distante de esta dicha Villa como medio quarto de legua a poca diferenzia, en buenas tierras y buenos barbechos (
diez fanegas de trigo) en el año pasado de mil setezientos y treinta y cinco, para coxer en el de treinta y seis, catorce fanegas y media de trigo, y por la calamidad que ubo de las muchas lluvias se le volbió todo yerba, y coxió el Declarante las mismas catorce fanegas y media que avía sembrado; Y después que a hecho quedaron en limpio doze fanegas, y de ellas pagó el diezmo y primizia, y lo demás fue preziso el venderlas, para pagar el Arrendamiento de dichas tierras, trilla y los jornales de arrancarlo, y puso muchos reales para acabar de pagar lo referido; Y sabe el Declarante que muchos vezinos que sembraron dicho año les suzedió lo mismo por la gran esterilidad del año; y también sembró el año de treinta y seis para coxer en el de treinta y siete, diez fanegas de trigo que se empeñó para averlas de comprar, las que le costaron mucho trabajo el hallarlas1, y aviéndolas sembrado en dicho término de dicha Villa de Bormuxos en buenas tierras, y fue la Voluntad de Dios Nuestro Señor servido de que desde que se sembró no le llovió gota de agua, pues se secó en vena quasi todo, y lo poco que se recoxió, coxió el Declarante una fanega, con que fué preziso el pagar el terrazgo y los demás costos; y sabe el declarante que en dichos dos años de treinta y seis y treinta y siete no se reintegraron los pósitos del trigo que se estaba debiendo, del que avían sacado el año de treinta y cinco para reintegrarlo en el de treinta y seis; no se reintegraron, asi en esta dicha Villa como en la de Xines y Bormuxos, por no averse coxido ni aver dónde comprarlo para ello; y sabe y ha visto de que muchos vezinos de esta dicha Villa que les suzedió lo mismo aviendo sembrado mucho más; Como asi mismo a los que tiene viñas y Arboledas, por la falta de los frutos, pues no coxieron tasadamente para los Benefizios que les avían hecho, que lo sabe el Declarante porque en el año de treinta y seis vendió las ubas de sus viñas en quatrozientos reales, aviéndole costado solamente el podarlas seizientos reales poco más o menos; y otros años antes le avían dado por ellas mil quinientos reales, y en el año de treinta y siete las vendió en trezientos reales; y asimismo sabe el Declarante que la Justizia de esta dicha Villa ha salido diferentes vezes a hazer la Cobranza de los Reales Servizios de millones y derechos de zientos, como de los demás Padrones de Servizio y Paja, y no han podido acabar de cobrarlos por la gran esterilidad que han padezido y están padeziendo los Vezinos pobres de esta Villa, como asimismo los que tienen un poquito de Caudal, por las faltas de las Cosechas y frutos que ha avido en estos años de treinta y seis y treinta y siete; pues sabe el Declarante que muchos Vezinos de esta dicha Villa han dexado sus Casas, y con sus familias se han ydo a pedir limosna a la Ciudad de Sevilla, a pedir limosna por no aver tenido ni tener adonde ganar un jornal para mantenerlas, por la gran esterilidad del tiempo y falta de Cosechas; y si la Magestad de Dios Nuestro Señor no hubiera sido servido de que ubiese entrado el trigo de Ultramar huviéramos perezido todos de hambre, por no averse coxido en dichos dos años; y sabe el Declarante que muchos vezinos se han preso en la Cárzel pública de esta Villa por lo que estaban debiendo de los expresados Padrones, y aunque han estado presos no lo han pagado por no tenerlo, pues no tienen para comer, cómo han de tener para pagar; porque muchos Vezinos son pobres que no tienen mas que su trabajo personal y éste les ha faltado por la gran esterilidad del tiempo, y algunos se han ydo y han dexado su familia de muger y hijos; y que esto es público y notorio, así en esta Villa como en las circunvezinas, y la Verdad socargo del Juramento que tiene fecho; declaró ser de edad de más de quarenta años, y lo firmó, y Su Merced. Tachado=diez fanegas de trigo no vale. Xristoval de Vallecillos. Carlos Martin de las Cuebas. Ante mí, Pedro Vazquez Oliva.

1.- Esta declaración no es creíble; los de Las Cuevas eran una familia influyente, descendientes de notarios que ya escrituraban en el siglo XVI. Tenían muchos contactos, en especial en el mundo eclesiástico, y a Carlos Martin de las Cuevas no le podía haber sido dificultoso encontrar diez fanegas de trigo a pesar de la escasez; puede que —como asegura— se empeñara para pagarlas, pero con toda probabilidad lo haría en condiciones muy favorables. Otra prueba de la prosperidad de su situación económica es que este mismo año de su declaración, 1738, lo encontramos en unas fiestas de Sevilla, el día 24 y 25 de octubre, disfrutando de corridas de toros y de procesiones en conmemoración de la boda entre don Carlos de Borbón, rey de las Dos Sicilias y futuro Carlos III de España (el primer hijo que tuvo Felipe V con su segunda mujer, Isabel de Farnesio), y doña Maria Amalia, princesa de Polonia.

martes, 28 de octubre de 2008

Documentación 1j (Testamento)

Ynformazión. Primer testigo, Francisco Riquelme.
En la dicha Villa, en el dicho día, mes y años dichos ante Su Merced el Señor Theniente de Governador Xristóbal Vallezillos en Cumplimiento de su acuerdo de este día hizo parezer ante sí a Don Francisco Riquelme y Ponze de Leon, Vezino de esta Villa, Mayordomo y Administrador de las Rentas del Partido de las Castillexas pertenezientes a la Excelentísima Señora Marquesa del Carpio, Señora de esta Villa, del qual por ante mí el presente notario rezibió Juramento a Dios y una Cruz en forma de derecho y el referido lo hizo, so cargo de él prometió dezir verdad en lo que supiere y fuere preguntado, y siéndole al thenor del Acuerdo de la foxa antes de esta dixo que el Declarante tubo sembrado en el año pasado de mil setezientos y treinta y siete como en el de treinta y seis; y en el dicho año de treinta y siete no coxió quasi nada porque con la gran esterilidad del tiempo y falta de agua se secó en vena, como en el año de treinta y seis no coxió lo que sembró por dicha esterilidad, y sabe el Declarante que muchos vezinos de esta Villa que sembraron les sucedió lo mesmo, como a los que tienen viñas y arboledas no coxieron frutos para pagar los benefizios, como asimismo sabe el Declarante y lo ha visto que sino ubiera entrado el trigo de Ultra mar hubieran perezido todos como el Declarante; y sabe éste de que muchos vezinos de esta dicha Villa, como las demás circumvezinas, han dexado sus Casas y con su familia se han ydo a pedir limosna a la Ciudad de Sevilla, por no tener donde ganar un jornal para mantenerlas como antes lo hazían; y sabe el Declarante que por la Justicia de esta dicha Villa se han hecho varias diligenzias para cobrar los Padrones de los Reales derechos de Millones y Zientos, Servizio ordinario y Paja, y no ha tenido efecto la cobranza porque asim que los han preso y trahído soldados para ello1 no ha tenido efecto, porque sino han tenido para comprar de comer, cómo han de tener que pagar; y como el Declarante como tal Administrador de las Rentas de la dicha Excelentísima Señora no ha podido cobrar las Alcávalas y demás tributos pertenezientes a dicha Excelentísima Señora, como es público y notorio lo que lleba dicho por voz y fama en esta Villa, socargo del Juramento que fecho tiene; y declaró ser de quarenta años poco más o menos, y lo firmó, y Su Merced, doy fe. Xristóbal de Vallezillos. Don Francisco Riquelme Ponce de Leon. Ante mí, Pedro Vazquez Oliva, Notario.


1.- Los desfallecidos castillejanos estaban obligados a hospedar en sus casas a los soldados, algo que se ejecutaba por sorteo, tocando a cada familia dos o tres, a veces hasta cinco de ellos, dependiendo de las disponibilidades de lechos, a razón de uno por cada dos hombres, en la consideración de que mientras descansaba el primero, el segundo estaba ejerciendo las tareas asignadas de conducir morosos a la cárcel y de vigilar ésta —abarrotada de hambrientos— de día y de noche.
Estaban además obligados los hospedadores a proporcionar a la tropa en cada caso una mesa para comer, y para aliviar sus atormentados pies cierta cantidad, especificada por ley, de vinagre y sal, que en una palangana con agua servía de remedio eficaz contra los dolores producidos por las caminatas. Además les era forzoso otorgarles un lugar a la lumbre, en muchas ocasiones teniendo que relegar a un segundo lugar junto a la chimenea, en pleno invierno, a un enfermo o al abuelo de la familia.
Aunque todavía les quedaba una opción para librarse de tan molestos e indeseables intrusos, la inmensa mayoría de ellos sin educación ni cultura alguna, soberbios, engreídos y avasalladores como es propio de todos los uniformados que en el mundo han sido y son: podían, decíamos, rechazar el alojamiento mediante el pago de un real de vellón y diecisiete maravedíes por cada soldado de infantería, o de dos reales por cada uno de caballería, incluyendo su montura, pero en aquellos momentos era impensable para un vecino desembolsar semejante dinero.
Llegaron, por orden del Asistente sevillano, quince hombres al mando de un sargento, el cual se hospedó en casa de Jose de Oyega, que se deshacía en atenciones y reverencias. El sargento era un hombre duro, de rostro surcado por arrugas que lo avejentaban. Con un arrugado sombrero tricornio verde oliva, de bordes dorados, ladeado sobre una melena corta y encrespada, con el corbatín lleno de manchas de sudor bien ajustado al cuello, una gran casaca de la misma tela y color que el sombrero, con una hilera doble de más de sesenta botones dorados medio desabrochada, sus bolsillos con tapa azulada y sus puños vueltos, bastante desgastados, mostrando el forro rojo y los sobredorados de su graduación; cinturón de cuero con gran hebilla de bronce portando el espadón, calzones ajustados, medias rojas, y grandes zapatones de piel negra con enormes lazos. Y en la mano su grueso bastón de mando de nudosa madera con cantonera metálica.
Se paseaba desde la calle del Convento hacia la Plaza y seguía Calle Real arriba, mirando fija duramente, con la mandíbula encajada, a los soldados que, libres de servicio, buscaban en los tabernuchos algo con que aliviar la sequedad de garganta; parecía el jefe un pavo ostentoso, en especial frente a las mujeres, que, murmurando entre ellas, intentaban disimular sus miradas de odio.

lunes, 27 de octubre de 2008

Documentación 1i (Testamento)

Momento es ahora de transcribir algunos testimonios:

SELLO QUARTO. AÑO DE MIL SETECIENTOS Y TREINTA Y OCHO.
Acuerdo. En la Villa de Castillexa de la Cuesta en veinte y dos días del mes de febrero de mil setezientos y treinta y ocho años, estando el Conzejo, Justizia y Reximiento de esta dicha Villa en las Casas de su Cabildo como lo han de uso y costumbre, es a saber Xristobal de Vallezillos, Theniente de Governador, Fernando Caro, Alguazil mayor1, Pedro Marquez y Diego de la Palma, Rexidores, todos ofiziales de este Conzejo y de los que únicamente se compone: dixeron que por quanto se les ha hecho saber una orden por impreso remitida a este Conzejo por el Señor Don Rodrigo Caballero Yllanes2, del Conzejo de Su Majestad en el Supremo de Guerra, Asistente de la Ciudad de Sevilla y su Tierra y Juridizión, Super Yntendente General de Rentas e Yntendente de los quatro Reynos de Andaluzía, expresando en dicha orden que con el motivo de la Calamidad que se padeze en estas Andaluzías, originadas de la gran esterilidad y faltas de cosechas y frutos que ha avido así en esta Villa como en todo el Reyno; que la corta vezindad que tiene esta dicha Villa, pues no llegan a Ciento y veinte vezinos a corta diferenzia, pues muchos de ellos se mantienen con la labor de sembrar y otros con las de las Viñas y arboledas, las que la Magestad de Dios Nuestro Señor ha sido servido de que uno y otro, así de sembrados como Viñas y Arboledas se uviese perdido todo, porque en el año próximo pasado de mil setezientos y treinta y siete se uvieron perdido así las Sementeras como los frutos de dichas Viñas y Arboledas, con que han quedado los pobres vezinos destruidos y sin caudal, por no averlo coxido en dicho año de treinta y siete como el de treinta y seis, y estar pereziendo, y los ganados que tenían se les han muerto de hambre por no tener qué darles de comer, ni en el campo Yerba para que se mantubieren; pues ha más de tres meses y medio que Su Magestad Santíssima ha sido serbido de no imbiarnos su Santo Rocío, que si no fuera por el trigo que ha entrado de Ultra mar3, ya ubieran perezido todos de hambre, pues muchos Vezinos han dexado sus Casas y se han ydo a pedir Limosnas a dicha Ciudad de Sevilla, pues no tienen ni han tenido donde ganar un Jornal para mantenerse y sus obligaziones; pues con la gran calamidad que han padezido así de hambre como de enfermedades, pues algunos se han muerto de hambre en las Calles por no aver podido llegar a sus Casas4; y estarse debiendo de los Padrones de millones, zientos y Servizio ordinario y Paja, y aunque por este Conzejo se les ha apremiado para ello para pagar a Su Majestad, que Dios guarde, lo que se le está debiendo de dichos derechos, no ha tenido efecto la cobranza por la gran esterilidad que han padezido y están padeziendo; porque aunque algunos vezinos se han preso porque no ha tenido efecto la cobranza porque perezen de hambre en dicha Cárzel; y este Conzejo en vista de lo relazionado en dicha orden acordó se haga Justificazión de lo referido; para en su Vista ocurrir a donde combenga; y así lo acordaron y firmaron, y señaló, de que doy fe. Xptoval de Vallecillos. Fernando Caro Toval. Diego de la Palma. Señal + de el Señor Rexidor. Ante mí, Pedro Vazquez Oliva.

1.-  Fernando Caro Tovar, el "Alguacil de las moscas" en el episodio de la persecución, agresión y captura de Francisco Rabelo y de su primo Eusebio (Agua y hambre III).  

2.-  Rodrigo Caballero Illanes, nacido en Valverde del Camino (Huelva). Hombre clave en el gabinete del ministro Patiño, fue Corregidor en Salamanca, ciudad que le debe su Plaza Mayor. También, antes de serlo de Sevilla, fue Asistente de Valencia y estuvo a cargo de las Intendencias de ejército en Cataluña, Castilla y Galicia.

3.-  El "trigo de mar". Ver Documentación 34.

4.-  En efecto, existen varias partidas de defunción al respecto. Aquí ofrecemos dos de ellas: 
En Viernes 21 de Septiembre de 1736 Años yo, fray Diego de Santa Maria y Rodriguez, Religioso Terzero de Nuestro Santo Padre San Francisco y Beneficiado de la yglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Puríssima Concepción Calle Real de la villa de Castilleja de la Cuesta, enterré el Cuerpo defunto en dicha yglesia de Jazinta Herrera, de estado honesto. Se le dixo Missa de Cuerpo presente con todo, y una Missa y Vigilia cantada a la salida a Missa del duelo; me dixeron no hizo testamento por no tener, y por verdad lo firmé fecho ut supra. Fray Diego de Santa Maria y Rodriguez, Beneficiado.
Entierro de Francisco Gomez. Fábrica, 24. Sepultura, 44. Monttan, 68.
En 18 días del mes de Octubre de mil settezientos ttreinta y seis años Yo, Don Miguel Vazquez Forero, Vicario de estta Villa y su partido, Cura y Beneficiado de la Iglesia Parrochial del Señor Santiago de ella, dí sepultura Eclesiástica al Cuerpo defuntto de Francisco Gomez, marido de Mariana Bermejo, que no pudo recibir los Santos Sacramentos por haber muerto en el campo. Entierro de beneficencia. Don Miguel Vazquez Forero.

domingo, 26 de octubre de 2008

Documentación 1h (Testamento)

En pleno invierno, víctima del hambre, el abandono y la miseria en conjunción con los turbiones y los violentos soplos del aire embravecido un anciano que habitaba una choza adosada al viejo muro de una hacienda en ruinas que se irguió en siglos pasados cercana a los corrales del caserón convertido en taller de calderería por los franceses, olvidado por todos, odiado por sus hijos e ignorado por sus nietos falleció. Cuando lo descubrieron llevaba varios días muerto, enroscado en posición fetal en un rincón sobre unos trapos mugrientos, empapados del agua que chorreaba del techo semidestrozado.
Otro, emigrado desde la lejana Galicia y en las mismas circunstancias familiares, aunque dueño todavía de una casa en la calle del Ejido adquirida con su trabajo personal, en la que moraba, también apareció muerto, sin que sus vecinos ni su familia se hubieran preocupado de su estado en aquellos días agitados y angustiosos. Su cadáver fue pasto de las famélicas ratas que, desesperadas por la falta de alimento, se aventuraban en sus incursiones por los lugares más arriesgados. Conocemos, de este desgraciado anciano, a uno de sus hijos, Pedro Casasnovas, que mató a un hombre en Aznalcázar (ver El pueblo VII).
Sebastian de Casasnovas era pontevedrés de Tomiño, criado entre las dulces huertas de las faldas del monte Niño do Corvo.

Entierro de Sebastian de Casasnobas, Viudo de Maria de Adorna. Fábrica, 22 reales; Sepultura, 33 reales. Monttan, 55 reales. No tubo missas.
En veinte y ocho días del mes de Noviembre de mil settezientos treinta y seis años Yo, Don Miguel Vazquez Forero, Vicario de esta Villa de Casttillexa de la Cuestta, Beneficiado y Cura de la Parrochial del Señor Santiago, dí sepultura eclesiástica al cuerpo defunto de Sebastian de Casasnobas, Viudo de Maria de Adorna; fue hallado muertto en su Casa y no hizo testtamento por pobre; se le hizo Enttierro por la hermandad de la Ánimas benditas del Purgatorio de dicha Yglesia, en sepultura de tres ducados y Veinte y dos reales de Derechos Parrochiales; era de Nación gallego y se le dijo su Vijilia, Missa y Oficio de sepultura ttodo cantado con su Responso Oral, y para que constte lo firmé, fecho ut supra. Don Miguel Vazquez Forero.

Descuajados los olivares y las viñas por la fuerza de los huracanes, arruinadas muchas casas, con sus tejados vueltos y sus tapias desmoronadas, muerto mucho ganado por falta de protección, por las enfermedades y sobre todo por desnutrición, diezmada la población por las mismas causas, el conjunto de los efectos desastrosos del terrible invierno podría explicar que al terminar la estación, el sábado 19 de marzo Bartolome Lopez de Pineda perdiera los estribos al ver a Antonio Negrón con el asno pastando en mitad de su sembrado. También podría explicar en parte la pelea de los panaderos en el siguiente verano, con los ánimos exaltados y los nervios a flor de piel. Los agricultores y los jornaleros estaban desesperados y el hambre se enseñoreaba con sus familias. Castilleja parecía abocada a su exterminio como pueblo y comunidad cuando, tras algún te-deum en acción de gracias por el cese de las lluvias, llegó la canícula de 1737.

Bartolome —merece a estas alturas del relato una descripción física— era un hombre de mediana estatura que al andar, siempre deprisa como si tuviera cosas urgentes que hacer, braceaba exageradamente, mirando con su cabeza redonda a un lado y a otro casi tan rítmicamente como mecía sus brazos. Tenía un rostro abotargado de piel cárdena llena de verdugones que se asimilaba, falsamente porque bebía muy poco, a un alcoholismo crónico. La boca era fina y dura y la nariz monstruosa, sin forma definida, abrupta, de más intenso color que el rostro. Sus ojillos, dos rendijas, apenas se vislumbraban enterrados en los pegotones de carne que eran sus párpados. Los viejos del pueblo decían que se parecía a su abuelo pero su padre también poseyó un rostro de esas características sanguíneas, aunque no tan acusadas. Difunto, parecía haber muerto de un estrangulamiento. 
Tenía Bartolome una voz, en cambio, del todo agradable, con unos amplios registros desde un aterciopelado bajo hasta unos sopranos nítidos y acerados que en alternancia hacían de su conversación algo tan armonioso, tan musical, que era frecuente, cuando estaba en compañía, verlo, mientras hablaba, rodeado del más absoluto mutismo, aunque estuviese refiriendo las cosas más intrascendentes. Sorprendía el contraste entre su feo rostro y aquella prodigiosa voz, con la que encantaba a toda persona a su alcance, y cuando nuestro hortelano alcanzó su madurez, plenamente consciente del poder que con tan fácil manera podía ejercer sobre los espíritus, tenía la seguridad de acabar siendo el centro de atención de tertulias y corros y a veces se hacía rogar, resistiéndose a acariciar los oídos de sus paisanos, dejando en total espectación a los presentes.

sábado, 25 de octubre de 2008

Documentación 1g (Testamento)

 A partir de aquella inundación que obligaba a los campesinos del llano a vivir a veces varios días encaramados a los árboles a la espera de alguna barca de socorro, viendo como sus ganados eran arrastrados por las corrientes, comenzaron como sucedía habitualmente en esta clase de catástrofes las patrañas de las rogativas públicas y los votos y visitas a imágenes de las iglesias parroquiales, aunque en los pueblos ya se estaban practicando desde hacía tiempo, invocando en teatrales procesiones a toda la amplia gama de santos benefactores y vírgenes piadosas de los cielos para hacer que desplegaran sobre los damnificados sus mantos protectores, con tanta insistencia y tesón que hasta los más agnósticos y descreídos sentían bullir en ciertos momentos el gusanillo de la duda en sus mentes, en realidad más debilitadas por el hambre que por cualquier injustificado sentimiento de culpa que se les pretendiera imbuir. El vicario don Miguel Vazquez Forero, entonando con voz hueca salmos en un esotérico latín que hacía pensar a aquellas obtusas mentes que se estaba comunicando directamente con los alados habitantes de las esferas superiores más allá de las nubes, encabezaba los desfiles de dolientes parroquianos, remangándose sus vestiduras talares y sorteando cómicamente con gestos de repugnancia los charcos y barrizales de la Plaza, de la calle de Enmedio, de la de Juan de Oyega o de la Real y, a base de repetir sus insulsos mantras terminaba autoconvencíendose de la trascendentalidad de su sagrada tarea y casi olvidándose de sus afanes especuladores en compraventas de viñas, cobros de rentas y alquileres de las casas de su propiedad y de negocios de toda suerte y clase, y en gran parte también por la reciente muerte de su hermano elevaba su espíritu orientándolo hacia las escatologías más extremas:

Entierro de Pedro Vazquez Forero, mozo soltero. Fábrica, 24; Sepultura, 44; Monttan, 68. No tubo misas.
En Sábado nueve días del mes de Marzo de mil settezientos ttreintta y siette años Yo, fray Diego Rodriguez de Santa Maria1, Beneficiado de la Parrochial de la Puríssima Concepción de Nuestra Señora, con lizencia de Don Miguel Vazquez Forero, Vicario Beneficiado y Cura de la Parrochial del Señor Santiago de estta Villa de Casttillexa de la Cuestta, dí Eclesiástica sepultura al Cuerpo defuntto de Pedro Vazquez Forero, Mozo soltero hermano de dicho Señor Vicario, hijo lexítimo de Don Pedro Vazquez Oliva2 y Doña Ana Forero, defunta, sus Padres; falleció aviendo recivido los Santos Sacramentos y hecho la protestación de Nuestra Santa Fee, y no hizo testtamento por ser mozo soltero, y se entterró con Cruz alta, asistencia del Beneficiado y ocho acompañantes y demás Ministros de dicha Yglesia, y en sepultura de cuattro ducados, y para que constte lo firmé, fecho ut supra. Don Miguel Vazquez Forero.

1.-  Fray Diego Rodriguez de Santa Maria no tardó mucho en seguir los pasos del hermano del vicario de la parroquia de Santiago en su camino al Más Allá. Veamos su partida de defunción: 
El Padre fray Diego Rodriguez de Santa Maria, Presbítero Beneficiado que fue de la Concepción; Derechos Parroquiales, 24; Derechos de fábrica, 77; Doble continuado, 24. Monttan, 125.
En Viernes veinte y seis días del mes de Abril de mil settezientos ttreintta y siette años Yo, Don Miguel Vazquez Forero, Vicario de esta Villa de Casttillexa de la Cuestta, Beneficiado y Cura de la Yglesia Parrochial del Señor Santiago y asimismo Cura de la Parrochial de la Puríssima Concepción de Nuestra Señora y Beneficiado interino de dicha Yglesia, dí Eclesiásttica sepultura en ella al Cuerpo defuntto del Reverendo Padre fray Diego Rodriguez de Santa Maria, Religioso Presbítero del Tercero horden de Nuestro Santo Padre San Francisco del Convento de Nuestra Señora de Consolación de la Ciudad de Sevilla y Beneficiado por dicho su Convento en la dicha Parrochial de la Concepción de esta dicha Villa, y falleció aviendo recibido los Santtos Sacramenttos de Eucharistía y Extrema Unción y hecho la protestación de Nuestra Santa fee; está sepultado inmediatamente a la peana del altar de Nuestra Señora de la Soledad en la Capilla mayor, y tubo Doble continuado, posas y Encomiendas, con Vijilia, Missa y Oficio de Sepultura con la Asistencia de muchos Religiosos Presbyteros del Convento de franciscanos descalzos de estta Villa, muchos assimismo de su religión y los Capellanes de esta Villa, y al siguientte día salió el Duelo a missa, la que se dijo canttada con Vijilia, responso y Doble, y para que constte lo firme, ut supra. Don Miguel Vazquez Forero.

2.-  Don Pedro Vazquez de Oliva actuaba de notario público, especialmente sustituyendo al escribano del Cabildo en sus enfermedades o ausencias, y en otras ocasiones de notario apostólico de La Plaza a las órdenes de su hijo el cura don Miguel. 

viernes, 24 de octubre de 2008

Documentación 1f (Testamento)

A medida que se hicieron mayores surgieron las diferencias, y cuando fuéronse casando y formando sus propias familias el abismo entre ellos se abrió irremisiblemente.

Se produjo una crisis general que afectó a toda la sociedad y que jugó un papel importantísimo en el desarrollo de la confrontación entre Bartolome Lopez de Pineda y su familia a consecuencia de la herencia de los bienes de su padre. Los años inmediatamente anteriores al otorgamiento testamentario, o sea, los de 1736 y 1737, habían castigado con inaudita dureza al pueblo de Castilleja de la Cuesta, a toda la comarca y prácticamente a toda la mitad meridional de la península ibérica unas excepcionales inclemencias atmosféricas. El invierno del 35 al 36 había comenzado con asoladores vendavales desde el sur, formados en el océano, y fortísimas tormentas con grandes aguaceros que hacía pensar a las masas de ignorantes campesinos en armagedones y en castigos divinos, tal era la influencia que en ellos ejercía la interpretación oficial de sacerdotes y frailes manipuladores y farsantes, que aprovechaban los fenómenos meteorológicos para ofrecerse como única y efectiva protección ante ellos. El frío, el ventarrón y los frecuentes temporales de aguas destrozaron las cosechas de trigo y las de los diversos frutales, desgajando y tronchando arbolados y plantíos con esa furia salvaje con la que la naturaleza hace prevalecer sus potencias de cuando en cuando sobre el engreído e insignificante género humano.
Eran cataratas lo que caía del cielo en aquellos meses entre 1735 y 36, y pronto los caminos quedaron intransitables. La carretera de la cuesta se hundió hasta el fondo como si se hubiera derretido, y aunque los boyeros, trajinantes y caballistas se las ingeniaban para buscar itinerarios alternativos a través de los olivares y campos de labor, pronto éstos quedaron también tan embarrados que era imposible avanzar, ni aún unciendo a las carretas una o dos yuntas de refuerzo. La ciudad comenzó a carecer de productos de primera necesidad, y en los pueblos la situación no era mejor, antes al contrario. Muchedumbres huían del hambre y de las enfermedades ocasionadas por las inclemencias del tiempo, buscando refugio tras las murallas hispalenses para vivir de la caridad pública, en la creencia de que allí existían mejores dispositivos de atención a los necesitados, más riquezas, y más oportunidades de subsistir. El Asistente, ante la avalancha de braceros clamando pan, hubo de solicitar a los eclesiásticos y a los hacendados acaudalados que abriesen sus graneros para paliar, ante las justificadas exigencias de las multitudes, la extrema necesidad que padecían.
Castilleja se vaciaba. No pasaba un día en que una familia no decidiera, cargando con su más imprescindible ajuar, marchar a la capital, a engrosar la inmensa cantidad de menesterosos alojados en hospitales, cuarteles o conventos, hacinados en edificios ruinosos o en inhabitables atarazanas, a merced de especuladores, bandidos y explotadores de toda laya. Las muchachas jóvenes eran, entre todos los refugiados, presa codiciada de aquella especie de buitres que rondaban los campamentos para satisfacer sus libidinosos instintos, acosándolas con tentadores ofertas, aun engañándolas e incluso utilizando para doblegarlas la pura y dura fuerza física.
Siguió el mal tiempo hasta la primavera ya en el 37, y el lunes día 8 de abril se produjo una inundación en la Vega por desbordamientos del río Guadalquivir y de los afluentes que rodeaban la metrópoli.
Dicen las crónicas que durante la primaveral riada de aquel año ascendieron desde el Atlántico bandadas de delfines, y que las gentes del río y los pescadores los cazaban a lanzazos y tiros de escopeta. Esto es rigurosamente cierto, y en otras inundaciones posteriores se repitieron las referidas escenas; existen testimonios de castillejanos que acudían, cuando había noticias de ello, al pie de la cuesta, y que organizándose en improvisadas almadrabas humanas con sacos de arpillera y sólidos garrotes, agua a la cintura lograban capturar alguna que otra pieza, las cuales debidamente troceadas en las tablas de las carnicerías del pueblo sirvieron para regocijar estómagos no muy habituados a procesar los exóticos y sabrosos productos de la mar.

jueves, 23 de octubre de 2008

Documentación 1e (Testamento)

Ytem. Anulo y doy por Ningunos de ningún Balor ni efecto todos y quales quier testamentos, mandas, Codicilos, poderes para testar y otras Últimas Disposisiones que antes de ésta Yo aya fecho y otorgado, que no quiero Balgan ni hagan fee en juisio ni fuera de él, salbos este que aora hago y Otorgo de mi libre Boluntad, el que Baldrá por mi Última y postrimera, en fuersa del qual lo otorgo ante el presente Notario, que es fecha la Carta en la Villa de Castilleja de la Cuesta en dies y siete días de el mes de henero de mil zetezientos treinta y Ocho años, y el otorgante, que Yo el Notario público y Apostólico que despacha la escrivanía de esta Villa por Yndisposisión del escrivano público y del Cabildo de ella doy fee conosco; no firmó porque dijo no saber escribir; a su ruego lo firmó un testigo, que lo fueron Diego de la Palma, Antonio Hortis y Don Manuel Pisaño, Vezinos de esta dicha Villa: por testigo, Manuel Pisaño: Ante mí: Pedro de Zerbera y Quadra, Notario Apostólico.
Concuerda con un orijinal a que me Refiero que queda en el Rexistro de Escriptura del sitado año, y entre los Papeles de la escrivanía de esta Villa, y para que conste doy el presente en la Villa de Castillexa de la Cuesta en treze de Abril de mil setezientos treinta y nuebe años. Testificado. Otra y si no el siguiente. No vale. En Testimonio de Verdad. Jose Gabriel de las Cuebas.

Desde este momento se inicia un conflicto que perdurará hasta el siguiente año, cuando en la Real Audiencia de Sevilla se le encontró solución satisfactoria para todas las partes, tras muchas citaciones, inventarios, pedimentos y declaraciones.

SELLO QUARTO, AÑO DE MIL SETECIENTOS TREINTA Y NUEVE.
Doy fee que ante mí y thestigos Francisco Rodriguez Cabrera, Vezino de esta villa, en ella en dose del que corre, marido y conjunta persona de Maria Mayor de Pineda, hija y heredera que quedó de Pedro Lopez de Pineda, su Padre difunto, Ynstituída por Cláusula de su testamento, cuya herensia declaró tener azeptada y que en caso nesesario en su nombre de nuebo la Aseptaba, Otorgó su poder cumplido Bastante en derecho necesario que más puede y debe Baler a Simon Rodriguez Negron1, Vezino de esta Villa, Espesial para que en su nombre pida y demande, proboque y siga el Juisio de Partizión a los vienes del dicho Pedro Lopez de Pineda por todas Ynstansias asta su Difinitiba, paresiendo en rasón de ello en Juisio y haziendo los pedimentos y demás nesesarios, con todas facultades, anexidades y conexidades presisas, y espesial con las de Ynjuisiar, Jurar, Recusar, apelar y sostituir con Relebazión en forma con estar más largo del Rexistro Corriente de Scripturas públicas de esta Villa, a que me refiero, y para que conste doy el presente de pedimento de dicho Simon Negron en la Villa de Castilleja de la Cuesta en treze de Abril de mil zetezientos y treinta y nuebe años. Jose Gabriel de las Cuebas.

1.-   Simon Rodriguez Negrón es el marido de una de las herederas, Maria Josefa, hija de Catalina de Pineda, fallecida, y de Juan Agustin de Toro; es Maria Josefa, por tanto, nieta del testador. Simon asumirá, con su aceptación del poder del mairenero Francisco Rodriguez Cabrera en nombre de su mujer, la representación del enfrentamiento judicial con Bartolome Lopez de Pineda, cuyas deudas e irregular situación parecen haber complicado la repartición de los bienes del difunto. En resumidas cuentas, Bartolome se encuentra frente a su hermana y a su sobrina, que tienen en Simon Rodriguez Negrón —hombre de bastante formación a juzgar por la calidad de su firma— a su valedor y apoderado.
La familia, fuente inagotable de problemas personales debido a sus artificiales bases irracionales y egoístas, se convierte para Bartolome en un campo de batalla que le lleva al agotamiento. Recuerda, mientras le da vueltas en la cabeza al litigio, los días felices, cuando vivía su madre, cuando su padre era un hombre ilusionado y cuando su hermana Juana (Catalina tenía un temperamento más seco) era un ángel de gracia con quien compartía juegos y fantasías infantiles. La adoraba, y al crecer ambos, la deseaba como a nada en el mundo. El perfume de su pelo, su voz, sus formas en incipiente desarrollo, los reflejos de la luz en sus bellos ojos negros y sobre todo y en absoluta armonización con el físico su carácter dulce, apacible, desprendido y generoso hacían que el joven Bartolome la tuviese elevada en un altar ante el que se postraba arrobado. Juana Mayor le prodigaba caricias, lo acompañaba solícita en sus enfermedades, lo obsequiaba con los mejores bocados de la alacena, le reía sus ocurrencias y bromas y lo quería tanto o más de lo que era querida por él.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Documentación 1d (Testamento)

Ytem. Declaro que por parte del Boto de el Señor Santiago1 y en su nombre por Don Francisco de Herrado, Rezeptor de él, se me bendieron unas yeguas para pagar una deuda que le debía Bartolomé Lopez de Pineda mi hijo, por mayo que pasó de mil zetecientos treinta y siete, con otras del susodicho, sobre lo qual mando no se toque cosa alguna porque mi ánimo e interés fue pagar dicho Dinero por él por cada y cuando que otorgare mi testamento y Última Boluntad dejarlo mejorado con ellas, y ya que Dios Nuestro Señor me a dado Bida y salud para que lo otorgue en mi sano Juisio, desde luego es mi Boluntad mejorarlo como lo mejoro en la Cantidad de ellas, y mando a mis herederos así lo tengan entendido, y estén y pasen por esta Cláusula sin Yr ni Benir contra ella en Cosa alguna, sobre que les encargo la Consiensia.
Ytem. Para pagar y cumplir este mi testamento con las mandas y cláusulas en él contenidas dejo por mis Albaseas testamentarios a Juan Pacheco de Castro2, Maestro herrador vezino de esta dicha Villa, y a el dicho Bartolome Lopez de Pineda mi hijo, y a cada uno Ynsolidum, para que dentro de el término del dicho o fuera de él entren en mis vienes, y en almoneda o fuera de ella bendan los que bastaren para con su Producto pagar dicho testamento y demás que sobre Cláusula de Albaseasgo sea de sus Obligasiones, para lo qual dejo los vienes siguientes:
Primeramente las Casas en que al presente bibo, que son al Sitio de la Calle Real en la esquina de la que llaman la de Juan de Oyega, sobre las que se pagan treze reales y quartillo de vellón de tributo en cada un año, redimible a la fábrica del Señor Santiago de esta villa, la misma que heredé de mi Padre.
Ytem. Otra Casa al Sitio de la Calle Real, en la hasera de enfrente, linde por una parte con Casas de Juan de Santiago, y por la otra con Casas del expresado Bartolome Lopez de Pineda mi hijo, libre y Realenga, la propia que quedó de Pedro Montiel para diferentes herederos, y habiéndole yo pagado a todos la parte que cada uno en ella tenía, recayó en mí por esta Razón.
Ytem. Una Parte de Quatro de otra Casa, linde con la antezedente, que ase esquina al Callexón que ba a Baldobina3, que la hube de mi Madre.
Ytem. Tres aranzadas de tierra calma en término de esta Villa al Pago que llaman Las Escaleras, linde con tierra calma de Juan Caro y otros linderos, que la hube de mi Padre, sobre la que se paga diez quartos de tributo sobre el suelo de cada aransada al Estado de Olivares.
Ytem. Pagado y cumplido este mi testamento, con las mandas y cláusulas en él contenidas, en el Remanente que quedare de todos mis vienes, Caudal y efectos, dejo, Ynstituyo u nombro por mis únicos y Universales herederos a los dichos Bartolome Lopez de Pineda y a Juana Mayor, mis hijos lexítimos y de la expresada Mayor Gomez de Castro, y a Juana y Maria Josefa, hermanas, hijas de Juan Agustin de Toro por cabeza de Cathalina de Pineda, mi hija ya difunta, mujer que fue del referido y Madre de las susodichas, para que después de mi fallecimiento hereden lo que de mí quedare, con la Bendisión de Dios y la Mía.

1.-  Renta que formó la base económica para mantenimiento de las instituciones jacobeas (Hospital Real de Santiago, su Arzobispado, Depósito de la Música de la catedral, etc.).  Tuvo origen en la leyenda espuria de un privilegio de Ramiro I en el siglo IX para agradecer al apóstol Santiago su decisiva intervención en la batalla de Clavijo contra los musulmanes, pero en realidad era una falsificación efectuada a partir de una renta anterior, como se demostró en el siglo XVI; a pesar de ello numerosas sentencias judiciales y donaciones reales, Reyes Católicos incluidos, validaron su contenido, aunque siempre tuvo muchos e importantes detractores. Se extendió por toda España, llegando a abarcar tres cuartas partes de su territorio, y fue abolido por las Cortes de Cádiz en 1812, para resucitar con Fernando VII y acabar por fin en 1834. Consistía en el pago de cierta cantidad de pan y de vino, en función de cosecha y zonas, para sostener el culto al Apóstol, pero fue adquiriendo complejidad, tomando forma de arrendamientos, préstamos y ventas, y con una intrincada red de funcionarios para su cobranza. En Andalucía experimentó un alza entre 1690 y 1740 y otra más pronunciada entre 1760 y 1770, pero a partir de ahí fue decayendo debido a la oposición a su pago. El duque de Arcos con su "Representación", publicada en 1771, propició su declive.

2.- El maestro herrador y veterinario Pacheco de Castro abre nuestra historia en "Las Escaleras 1" y siguientes.

3.- La actual calle Doctor Fleming coincide aproximadamente con este "camino a Baldobina", nombre que todavía hoy conserva una pequeña hacienda —resto de la dieciochesca referenciada— en la carretera Bormujos-Tomares.

martes, 21 de octubre de 2008

Documentación 1c (Testamento)

Ytem. Declaro que debo a Cristobal de Aguilar, vezino de esta Villa, un Resto de Tributo de una aransada de Tierra, mando se le ajuste la quenta y se le pague.
Ytem. Declaro debo a la Cofradía de la Calle Real de esta Villa como asta Veinte reales, mando se paguen.
Ytem. Declaro no me debe persona alguna ninguna cantidad.
Ytem. Declaro que mi hijo Bartolome Lopez de Pineda me a mantenido algún tiempo de lo necesario, y me a prometido proseguir en ello alimentándome el tiempo que bibiere sin embargo de sus Alcanses*, por Cuyo motibo luego que Yo fallesca, encargo a mis herederos no tengan en ello Disempsión alguna, sino que se junten todos, ajusten la quenta de lo que pudiera Ymportar dichos alimentos, y se lo paguen o Rescuentren de lo que me está debiendo por Rasón de lo que consta en el Librete, onze años de la Vibienda de la Casa a los Ziento reales, sobre lo que les encargo la Consiencia.
Ytem. Mando que luego que Yo fallesca se den sesenta reales de vellón de limosna por una bes a el Combento de Nuestro Santo Padre San Francisco de esta Villa, los que se pongan en poder de su Síndico1, y recojan Resibo y se le notisie a el Padre Guardián que fuere de dicho Combento a el tiempo de mi fallecimiento, para que por su Comunidad hagan por mi Alma el bien que pudieren, en lo que no abrá omizión por ninguno sobre que les encargo las consiensias.
Ytem. Mando a Juana de Cabrera, hija de Francisco de Cabrera, vezino de la Villa de Mairena de el Aljarafe, y de Juana Mayor mi hija, que la tengo en mi Casa desde que nasió, por bía de limosna por una bes Dosientos reales de vellón, por el mucho Cariño y Boluntad que le e tenido y tengo, cuya cantidad entre desde luego en poder de el dicho su Padre, que con sus vienes los afianze para que estén Prontos y en depósito para cada y quando que la susodicha tome estado de Relixiosa o Casada, para que los tenga en Parte de Dote, a de entrar de lo que le tocare de sus Padres.
Ytem. Mando a Juana de Pineda, uno de los hijos que tiene Bartolome Lopez de Pineda, mi hijo, otros Dozientos reales de vellón por vía de limosna por una bez, los que se pongan en poder de dicho su Padre luego que yo fallezca, y los afianse con sus bienes para que la referida los tenga de parte de Dote, además de los que le pudiere tocar de dichos sus Padres quando llegue a tomar estado de Casada o Relijiosa, y Mando que así se obserbe, sobre que les encargo las Consiensias.

1.-  Síndico, persona elegida por una comunidad para intermediar con instituciones ajenas y para fiscalizar, en interés de sus representados, dicha comunidad. En el convento de Nuestra Señora de la O de Castilleja a lo largo de su historia estos representantes no fueron exclusivamente religiosos. Uno de los casos más destacados es el de Luisa Maria de las Cuevas (de la familia de los escribanos), que también ostentó el cargo, aunque tendríamos que contemplar como baza esencial para su nombramiento el que, solterona enriquecida por herencia, fuera una donante generosa y persistente del convento y una gran benefactora de los franciscanos. Perteneció a la Orden Tercera, hermanos de penitencia en una situación intermedia entre los frailes y los seglares, y las autoridades de la Provincia le concedieron el privilegio de ser enterrada en dicho convento, como podemos ver en el capítulo "Un aperador acosado XVII", cuando Juan Lopez limpia su abandonada lápida.

*   "Mientras yo viva no le ha de faltar un plato de comida caliente, padre", o en su modalidad para otras personas: "a mi señor padre no le faltará un plato de comida caliente mientras yo resuelle", eran tópicos en las conversaciones cotidianas de Bartolome. Muy en el fondo de su mente, en esos borrosos niveles que se dan en los individuos cuando están presos de las más íntimas fantasías, aparecía su padre como una bestia blancuzca con cierto carácter acuático, mitad equino y mitad mujer, siempre temible y a la vez y en gran medida repugnante. Cuando murió su madre y tal como suele acontecer mediante un dispositivo sicológico que cabría clasificar entre los defensivos (porque propiciaba la integridad del grupo familiar), su padre, viudo y lloroso, adquirió los dos roles para suplir en sus hijos huérfanos la falta de cariño y atenciones maternales. Cuando este mecanismo de desdoble masculino-femenino sobrepasa ciertos grados, la personalidad paterna es vencida por la parte materna recien asimilada que, oculta o adormecida en todo ser humano en su forma de mujer, aflora en estas ocasiones sobreponiéndose a la de padre-hombre propiamente dicho; algo así le ocurrió al testador en los primeros meses de su viudez, y el cambio brusco de carácter fue de inmediato detectado por sus hijos, en especial por Bartolome, que en cierta manera había sido en su niñez la víctima más atacada por la autoridad del cabeza de familia. Y este cambio de su padre fue del todo decepcionante, llevando a Bartolome Lopez a los bordes casi del desprecio físico hacia el idealizado progenitor, aunque se guardaba muy mucho de mostrárselo; aquel anciano debilitado para lo único que le servía ya era para crearse en la comunidad castillejana un aura de bueno, compasivo y caritativo hijo, haciendo vana ostentación por la calles cuando lo llevaba del brazo en frecuentes paseos, espectáculo que para los que en el pueblo —con más o menos sinceridad— sobrevaloraban la institución de la familia, (léase: las "fuerzas vivas"), significaba la continuidad de las tradiciones y el signo inconfundible de que la educación opresiva que se prodigaba en aquellos años habían dado su fruto, en la forma de un Bartolome paciente, civilizado y cuidadoso, que señalaba con exquisita precaución los escalones y baches del terreno a un ser pálido, encorvado y a medio afeitar, aficionado a rumiar en su interior las diferencias entre él mismo cuando fue hijo y este suyo que ahora lo llevaba y lo traía.

lunes, 20 de octubre de 2008

Documentación 1b (Testamento)

Ytem. Declaro que Durante mi Matrimonio tube diferentes hijos de los que puse en estado a Cathalina Lopez de Pineda con Juan Agustin de Toro, vezino que es de esta dicha Villa, la que murió y le quedaron tres hijos, de los que oy biben dos, y le dí lo que consta por una Memoria que se hizo por un Relixioso llamado frai Diego, de el Combento del Señor San Pablo de Sevilla1, que no sabe donde para Oy, y solo tengo en mi Poder otra que después hize por aberse perdido la antezedente de lo Propio que se le había dado.
Ytem. A Bartolome Lopez de Pineda, que oy bibe, que casó con Geronima de Ballesillos, hija de Cristobal de Vallesillos, vezino de esta Villa, lo que consta por otra memoria que en mi poder para escripta, a continuazión de la antezedente.
Ytem. A Juana Mayor de Castro, que casó con Francisco de Cabrera, vezino de Mairena de el Aljarafe, que oy biben, le di lo que tambien consta por otra memoria que en mi Poder tengo escripta a continuasión de las antesedentes, y para Claridad de todo y se cosan en este Testamento las entrego a el presente notario, de que Yo, Pedro de Zerbera y Quadra doy fee me entrega el otorgante un librete* de Media Cuartilla que se compone de Ocho foxas, que la primera dize en una Rotulata que tiene: "Libro de Quenta y Rasón que tengo Yo, Pedro Lopez de Pineda", y luego sigue una quenta que dise tubo con Domingo el Gallego, que tubo en su casa, la que finalisada en la final de la segunda foxa no tiene guarismos o números, fecha ni firma, y finalisa con estas palabras: "más de otros seis meses y le asistí y mantube a lo mismo que los otros antes". Y la cara del tercer folio dise: "quenta de lo que le e dado a mi hija Catalina de Pineda, que Dios aya", en el que ba expresado las partidas que dise le dió. Y a la buelta de dicha foxa finalisa Con estas palabras: "y de esto no e rrezevido más de quatrozientos Reales de los tributos y de una poca de Obra que hiso en la Cosina"; la qual carese de el defecto de la Antezedente. Y en la Cara de el folio Quarto dize: "quenta con mi hija Juana Mayor", la que finalisa en ella y concluye con estas palabras: "mas le dí la Casa de el Callejón para Bibir, y se la pongo a Siento Reales, porque me Asistió". Y en la Cara del folio sinco dize: "quenta con Bartolo mi hijo", y luego expresa disiendo: "onze años de Bibienda de la Casa de junto a la suya a Rasón de Siento reales en cada un año", y no tiene más escripto, quedándole tres foxas blancas, todas las que yo folié y Rubriqué, y es el propio que acompaña este testamento.

1   Del convento de San Pablo solo queda la Iglesia de la Magdalena. Fray Diego debió ser dominico de dicho convento, cuyo edificio albergó a la Inquisición sevillana antes de que se trasladara al Castillo de San Jorge en Triana.

*El notario don Pedro de Cervera describe con detalles objetivos el libro de cuentas en el cual Juan Lopez de Pineda ha ido apuntando cuanto ha dado a sus allegados. Con su letra, descripción y autoridad el fedatario recrea el tosco documento rescatándolo al mundo válido y "real" de su Registro de Escrituras; numera las hojas y las rubrica, dando así autenticidad y validez a un simple cuaderno doméstico pergueñado por un hombre metódico, consciente de que presentar unas cuentas claras era imprescindible para que tras su muerte no se creasen conflictos entre sus herederos. 
Aunque el estudio de los testamentos siempre ha ido orientado a recopilar datos sueltos en forma de fechas importantes (de nacimiento, etc.) o a la búsqueda de pura información genealógica, desde aproximadamente mediados del siglo XX con el despertar del interés por la historia de la vida privada o cotidiana estos documentos han pasado a ser considerados imprescindibles para el estudio de las relaciones de poder intrafamiliares y del talante ante la vida y la muerte de individuos particulares. En el caso que nos ocupa es digno de resaltar este librete de cuentas y su meticulosa elaboración, que deja transparentar los sentimientos del testador mientras resumía sus circunstancias existenciales, expresaba sus creencias religiosas y sus devociones y no olvidaba el plano material de su vida ante un escribano que adquiría proporciones de confesor sagrado, ante quien por medio de esa especie de inventario se podía descargar la conciencia acaso atormentada, un confesor sagrado quizá sentado al borde de la cama, escribiendo deprisa lo que a duras penas y casi ininteligiblemente balbucía liberalizándose el enfermo, y tomando de su mano huesuda y cérea el librito que guardaba bajo la almohada como un tesoro de realidad que le permitiría morir en paz, como una isla segura en el agitado mar de tinieblas y alucinaciones de la dolencia.

domingo, 19 de octubre de 2008

Documentación 1a (Testamento).

Hemos empezado esta serie (Documentación 1,2,3,...) con la causa abierta a Bartolome Lopez de Pineda por la agresión al joven Antonio Negrón en marzo de 1737 .
Para perfilar más la personalidad y circunstancia vital de Bartolome, transcribiremos en su casi integridad el testamento de su padre dictado el 10 de febrero de 1738, —omitiendo el preámbulo formal, común a todos los elaborados en aquella época—, junto con los documentos anejos a su última disposición, ya que nos aportan un buen caudal de detalles; Pedro Lopez de Pineda, natural y vecino de esta villa, viudo y enfermo en cama, desea ser enterrado en la parroquia de la Inmaculada, amortajado con el hábito de San Francisco ...

...Calle Real de ella, asistiendo a mi entierro el Padre Beneficiado, Sacristán y quatro Acompañados, pagado lo que fuere costumbre.
Ytem. Mando que el Día de mi entierro si fuere hora y si no el siguiente se me diga Misa de Cuerpo Presente, con nobenario de misas desde dicho día siendo hora y si no el siguiente la Primera y Última cantada y las de intermedio resadas, pagando por todo lo que fuere costumbre.
Ytem. Es mi boluntad que luego que yo fallesca se me entierre en la sepoltura que mis Albaseas tubieren por combeniente.
Ytem. Mando por mi Alma e intensión sinquenta misas resadas, su limosna acostumbrada.
Ytem. Mando por Cargos de Consiensia y penitensias mal cumplidas seis, su limosna acostumbrada.
Ytem. Seis por el alma de mis Padres1, su limosna acostumbrada.
Ytem. Seis por el Alma de Mayor Gomez de Castro2, mi mujer ya difunta, su limosna acostumbrada.
Ytem. Dos por las Benditas ánimas del Purgatorio, su limosna acostumbrada, y de todas las que dejo declaradas se digan, será la cuarta parte de ellas en la Parroquia, y las demás a disposición y Voluntad de mis Albaseas.
Ytem. Mando a las Mandas forzosas y acostumbradas lo que fuere estilo por una ves. 
Ytem. Mando que dicho mi entierro se haga con tres posas, pagando lo que por ellas fuese estilo.
Ytem. Declaro que fui casado según horden de Nuestra Santa Madre Iglesia con Mayor Gomez de Castro, ya difunta, abrá tiempo de sinquenta y dos años a corta diferensia, a cuyo matrimonio no trajo la susodicha vienes algunos mas que la Ropa de su Bestir, y solo tomó el otorgante setesientos reales de vellón en espesie de Dinero, de los Dosientos Ducados que le dejó a la susodicha Pedro Montiel, Vezino que fue de esta Villa, como a cada uno de los hijos de Pedro Navarro3, Vezino que fue de ella, de los que no se otorgó Ynstrumento alguno, y lo que llebé Yo a el matrimonio consta de las Partisiones que se hisieron ante Roque de las Cuebas, escrivano público y de el Cabildo que fue de esta dicha Villa, por fin y muerte de mi padre Bartolome Lopez de Pineda.

1    Su padre llevaba el mismo nombre que su hijo: Bartolome Lopez de Pineda.

2    Mayor Gomez de Castro debió morir antes de 1724, puesto que en la partida de matrimonio del hijo Bartolome con Geronima Vallecillos, casados este dicho año, aparece ya difunta. Por lo tanto el testador llevaba muchos años viudo.

3    Documentaremos mejor a todas estas personas cuando nuestra historia refiera hechos contemporáneos a ellas.

sábado, 18 de octubre de 2008

Documentación (40)

Eran los familiares de los castillejanos De La Palma en aquella villa de Sanlúcar de Barrameda unos miserables pescadores otrora bastante boyantes, pero que con el traslado de la Casa de la Contratación de Sevilla a Cádiz en 1711 por Felipe V habían visto como la ruina se incardinaba como un cáncer en sus vidas, igual que en las de todos sus convecinos. Le debían aquellos humildes marineros a los consejos que recibió el monarca del estratega de la economía hispana cardenal Alberoni que sus dos coloreadas y airosas barcas ahora fueran dos despojos de maderamen podrido, medio hundidos en la arena a la sombra de un muro cubierto de salitre frente al Coto de Doñana, dos estructuras ruinosas de grisáceos tablones desde los que las gaviotas oteaban el horizonte marino, y en cuyos recovecos alimentaban a sus camadas las gatas vagabundas de la playa.
Cuando faltaban escasos meses para su alumbramiento e instados por la imposibilidad de seguir ocultando el embarazo en Castilleja, Francisco Clemente y su hermano Andrés llevaron a Juana de noche a Sevilla en uno de sus carros y de allí por la Cañada Vieja ribereña partieron a la villa gaditana, donde la mujer quedó hospedada previo depósito de un puñado de reales de vellón para hacer frente a los primeros gastos.En la población costera no le tenían preparado a Juana Caro un lecho de rosas precisamente, pero tampoco fue necesario utilizar el dinero pues era fuerte y animosa, acostumbrada a trabajar duro, por lo que pudo ganarse el sustento hasta el último día de gestación. Le buscaron un empleo discreto limpiando esparaveles, después de que los pescadores corraleros hubiesen vaciado de peces, moluscos y crustáceos con ellos sus pequeños embalses en las orillas atlánticas, barricadas de piedras que quedaban inundadas en las mareas altas y que retenían con la bajamar abundante pesca. Le permitían a la embarazada llevarse a casa una buena carga de pescado que, si no se consumía en la mesa familiar, era vendido de casa en casa. Se le advirtió encarecidamente que procurase pasar desapercibida, no conversar con nadie e ir y volver a la casa por los lugares menos frecuentados.
Juana dio a luz una criatura tan bella que en los primeros días se ganó, con la ternura de su angelical apariencia, la voluntad de las escasas personas que fueron testigos de aquella situación que se llevaba con todo el secretismo imaginable.

En parte por el maravilloso aspecto lleno de gracia de la niña y en parte porque la familia hospedadora no quiso arriesgarse a que se descubriera en la villa sanluqueña que habían abandonado a una recién nacida, optaron porque en la inminente vuelta de la castillejana se la llevara consigo para dejarla en la ciudad de Sevilla, lugar más propicio para pasar sin dejar huella en el anonimato de la masa de sus habitantes. Cuando oyó la proposición Juana vio el cielo abierto aunque puso buen cuidado en disimular. Tendría mayores oportunidades de seguir de cerca la vida de su retoño, y desde aquel día comenzó a imaginar excusas y subterfugios para ir en el futuro a la capital desde Castilleja y ver, siquiera fuera de lejos, los progresos de la niñita. A tal menester se ofrecieron los sanluqueños a traer a la madre, habida cuenta de que si avisaban al panadero para que viniera a Sanlúcar a recogerla, con toda probabilidad se habría negado a cargar con el fruto de los ilícitos amores de su semirepudiada mujer.
De forma que salieron de la población marítima el domingo 4 de marzo de 1725 a media mañana en un carricoche destartalado conducido por un mozalbete, y por la tarde llegaron a la capital. Apenas tuvieron tiempo de ver cómo cerraban las puertas de las murallas desde El Arenal. Todo parecía jugar a favor de la mujer. El chico del pescante no mostraba tener muchas luces, por lo que no le fue difícil a la panadera engañarlo diciéndole que la llevara a Castilleja, que se encargaría ella de la niña, por la cuenta que le traía. Esperaron a que cerrara la noche junto a la trianera iglesia de El Cachorro y al amparo de la oscuridad subieron la cuesta y llegaron a la entrada del pueblo silencioso y desierto. Había alguna luna, pero Juana conocía bien el terreno que pisaba. Despidióse del muchacho y de esquina en esquina, toda ojos, se dirigió al palacete de doña Petronila de Salinas. Dejó en el poyete del portalón el pequeño bulto envuelto en una gruesa mantilla y seguidamente marchó a la panadería. Unos suaves golpecitos en la puerta le franquearon la entrada. Su marido, soñoliento, con vestido de cama y una vela en la mano, la atendió con seca corrección, aunque en su interior y nada mas verla había sentido un gran alivio que le dejó embargada el alma de satisfacción: su mujer venía sola. Juana se había desprendido de la deshonrosa carga.
Esperó a que comiera algo, y se metieron en la cama en silencio, dándose las espaldas. Pronto amanecería el lunes.

En lunes sinco días de el mes de Marzo de mil setecientos y beinte y sinco años yo, Don Pedro Fernandez de Villegas, vicario y cura de esta villa Baptisé en la Parroquial de el Señor Santiago de dicha villa a Josepha Casimira Jacoba, de padres no conosidos, que se alló a la puerta de la hasienda de Doña Petronila de Salinas, Vesina de Ssevilla y eredada en esta villa; fueron sus Padrinos Joseph Ballesillos, niño pequeño, y Doña Maria Pacheco, su madre de el padrino; advertíles del parentesco espiritual y lo firmé, fecha ut supra. Don Pedro Fernandez de Villegas.

Pocos ataron cabos, y los que lo hicieron se guardaron muy bien de aventurar hipótesis públicamente. La ausencia de Juana Caro había sido perfectamente justificada, y casi nadie sospechó que se hubiera marchado para parir. Y por lo que respecta a su marido, cumplido su deseo de no hacerse cargo de la criatura y con su dignidad y la de los suyos a salvo, lo demás le importaba un bledo.

viernes, 17 de octubre de 2008

Documentación (39)

Por fin llegaron a un acuerdo de circunstancias los dioses del Olimpo y la absentista Deméter. Su hija pasaría seis meses con ella y seis meses con su ahora marido Hades. Perséfone volvería al reino de los muertos en la temporada otoñal de siembra, cuando la dulce lluvia moja la extensión campera tras la estación seca, y regresaría con su madre en primavera, cuando los tallos verdes del trigo asoman delicados entre los nutritivos terrones. Y con esta componenda se establecieron en la tierra los ciclos de la agricultura, que son ciclos de muerte y resurrección. Con el paso de los siglos los agricultores honraron a la diosa con fiestas en tiempos de cosecha, agradeciéndole perpetuamente con sus invocaciones el desarrollo económico y social que les proporcionaba su aseguradora presencia.

Sebastian Delgado fue la comidilla de Castilleja de la Cuesta durante mucho tiempo, y de aquel violento episodio le quedó el alias de "El Cura". Decían con gran sorna que había querido hacer comulgar a Francisco Clemente con sus desmesuradas ostias. Los más graciosos se persignaban a su paso o adoptaban actitudes de recogimiento religioso en su presencia, pero no era hombre al que le afectaran esas burlas, y todo fue pasando y olvidándose. Era, secretamente y sin tener conciencia de ello, tío carnal de una niñita tímida y dulce, de ojos azules y ademanes recatados, que muy ajena al conflicto de las panaderías vivía con la familia de los Vallecillos y se encargaba de hacer mandados en La Pintada, la casa-hacienda de doña Petronila de Salinas*, una rica heredada vecina de Sevilla pero que pasaba largas temporadas en Castilleja. A la chiquilla la bautizaron con los nombres de Josefa Casimira Jacoba; antes de extendernos sobre su vida y circunstancias examinaremos el colofón de la pelea entre los panaderos de la Calle Real.

* Era esposa de don Manuel de Baena, vecino de Sevilla en la collación de San Miguel, y uno de los primeros hacendados en el pueblo en el siglo XVIII, el cual heredó la hacienda de La Pintada de su familiar don Juan de Montalvo. En 1739 ya aparece viuda doña Petronila. Tuvieron, entre otros, a don Jose Hipólito de Baena y Salinas, capitán de Caballería y heredero a su vez de la dicha hacienda.

Fee de Amisttad. En la Villa de Castilleja de la Cuesta en primero de Agosto de mill setecientos treinta y siette años, antte mí el presente escrivano y ttesttigos pareció presente Don Joseph de Doyega1, vezino de esta dicha villa, a quien doy fee conosco, y devajo de Juramento que hiso de su Voluntad y motu proprio dijo y declaró que oy día de la fecha a tomado la mano de Amigos y los a hecho amigos a Francisco Clementes Rodriguez, Sevastian /Rodriguez/ Delgado y Juan Delgado, vezinos y panaderos de esta dicha villa, y que los susodichos están mui conformes en guardar las amistades; así lo dijo, declaró y firmó, siendo ttesttigos Don Francisco Riquelme2, Don Salvador de los Reyes3 y Pedro Moreno de Castro4, vezinos de esta dicha villa. Ttachado, Rodriguez: no Vale. Joseph Doyega. Geronimo Lopez Losano.

1.- Este hidalgo fue un excelente intermediario, delegado por las fuerzas vivas del pueblo para remediar una situación que a nadie convenía. Los tahoneros eran inmejorables profesionales con larga práctica, y reemplazarlos supondría gastos para el erario y problemas generales para la población. Ni a ellos mismos les interesaba la tensión creada en torno a su medio de subsistencia.

2.- El Mayordomo y Administrador de Estado de Olivares don Francisco Riquelme y Ponce de Leon, natural de Sevilla, formó familia en Castilleja. Recientemente a estos hechos había sido padre por vez primera.

3.- El boticario don Salvador de los Reyes era muy solicitado para actuar de testigo. Su prestigio y solvencia de técnico confería autenticidad a cualquier documento.

4.- También el Alguacil menor Pedro Moreno de Castro había visto su hogar bendecido, en su caso doblemente porque le habían nacido un par de gemelas pocos meses atrás.

jueves, 16 de octubre de 2008

Documentación (38)

El último en hacer su confesión fue Juan Delgado. Nunca supo a ciencia cierta si era el padre de la criatura de Juana Caro. Se sospechaba, con total fundamento, que la mujer del panadero había tenido más de una aventurilla, incluso con mozos empleados de su marido, uno de los cuales intimó con Juan hasta el punto de contarle detalles que él mismo conocía a la perfección por su propia experiencia con la ardorosa tahonera; pudo de esta manera —aunque no le faltaron otras— cerciorarse de la promiscuidad de su antigua amante.

Ottra, de Juan Delgado. E luego Yncontinenti estando en la dicha Cársel dicho Señor Theniente hiso parecer ante sí a un hombre preso por estta causa, del qual por ante mí el escrivano resivió Juramento a Dios y a una Cruz en forma de derecho, y lo hiso y prometió desir Verdad de lo que supiere y le fuere preguntado, y siéndolo por las preguntas siguientes dió sus respuestas.
Preguntado diga y confiese cómo se llama, que edad y oficio tiene, y de dónde es Vezino, dijo que se llama Juan Delgado, y que es vezino de esta villa, de ejercicio panadero, y que es de edad de veinte y ocho años, y responde.
Preguntado diga y confiese si save el motibo de su prisión, dijo que ignora el motibo, por no haver dado causa alguna para su prisión, pues aunque es verdad que en la pendencia que en la noche del día dies y nuebe del corriente hubo entre Francisco Clementes Rodriguez y su hermano Sevastian Delgado, el confesante salió de las casas de Alonso Martin Basquez su Vezino, y vio y oyo voces de pendencia y conosió en la vos al dicho su hermano, no hiso otra cosa que llegar después de dicha questión, quando ya los havían separado, y cojer a su hermano por un braso y llevárselo a sus casas, y estto responde.
Repreguntado cómo dice no se halló en dicha pendencia y que llega después de esttar finalizada, siendo así que desde luego se halló en dicha questión y fue menester retirarlo así por la gente que se halló a meter paz, como por Francisco Rodriguez, y en el principio de dicha pendencia le tiró el que confiesa a Francisco Clemente una hogaza de pan, diga y confiese la Verdad, dijo que lo que deja dicho en respuestta de la pregunta antezedente es lo ciertto, y lo demás del cargo que se le haze es incierto, porque el confesante no se halló en la dicha pendencia, ni tiró tal hogaza de pan, ni menos vió al dicho Francisco Clemente, por tener las puertas de su casa cerradas quando llegó el confesante. Y aunque es verdad que Francisco Rodriguez le dijo al enttrar en las casas del confesante: "hombre, yo nunca e sido contra tí, ni contra tu hermano", a quien respondió el que confiesa: "vaia vuestra merced con Dios, que ya esto se acabó", y estto es la Verdad, y responde.
Preguntado diga y confiese cómo es Verdad que Francisco Rodriguez salió herido de dicha pendencia por haverse introducido a meter paz, declare quién lo hirió, con qué armas y porqué motibo, dijo que no save quién hirió al dicho Francisco Rodriguez, ni tampoco lo a oído decir, sí sólo lo que ha oído decir es que entre todos los que metían paz y los dos que reñían a golpes se metió el dicho Francisco Rodriguez solicitando apartarlos, y que en la ocazión le hirieron una tan corta herida que no le a impedido el solicitar su travajo para adquirir su manutensión, ni fue capaz de punto alguno, por lo que infiere el confesante sería algún codaso por no haver visto ni oído decir que hubiere armas, palo ni piedras, y aunque oió decir que Francisco Clemente sacó una pesa para darle a su hermano, y que ésta en el fin de dicha pendencia la hallaron en las de su hermano Sevastian, no infiere que dicha herida se originaría de golpe que le darían con dicha pesa, porque de haver sido así la herida, por corta fuerza que llevase la mano que la ocasionó, hubiera sido de cuidado, y responde, y que lo que lleva dicho es la Verdad so cargo de su Juramento; no firmó porque dijo no saver, y dicho Señor Theniente lo señaló y mandó que por aora se quede en este estado esta confesión, para proseguir en ella cada que combenga. Señal + del Señor Theniente. Geronimo Lopez Losano.


Juan observó al hombre al que había engañado con su esposa. Lo observaba a veces mirándolo a los ojos, a veces disimuladamente, durante los siete días que llevaban en la cárcel, y en ningún momento sintió conmiseración por él, por su aspecto triste y ausente, por sus ojos plomizos, cansados y apagados. Lo tuvo enfrente en la celda, en las interminables noches atados con cadenas, todas y cada una de las horas de aquella larga semana y pensó cien mil cosas de cuanto había vivido desde que llegó al pueblecito. Hablaron poco los dos hermanos, y mucho menos con Francisco Clemente, que se había encerrado herméticamente en sí, como para protegerse del otro encierro físico que sufría.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Documentación (37)

"...para pícaras desbergonzadas havía cuchillos para corttarles la cara...", acabamos de leer esta terrible expresión dicha por Sebastian Delgado, a quien se cita en la antecedente confesión. Amenaza muy característica del barrio de San Bernardo, plagado de matones, chulos y jayanes que medraban alrededor del Matadero poniendo a prueba sus agallas en las incipientes corridas de toros en un lugar extramuros de la ciudad y por tanto poco sujeto a la acción de la justicia, en el que primaba la ley del más fuerte, o del más canalla. Pero quizá deberíamos considerar que Juana Caro con su actitud de adúltera provocativa también exacerbaba los ánimos de cualquiera, por muy templado que fuese.
Los primeros escarceos entre Juan Delgado y Juana Caro comenzaron una semana después de que los hermanos se instalaran en la casa vecina. Él, joven y lleno de energías, se sentía liberado habiendo dejado atrás su corto pero intenso periplo vital para comenzar en Castilleja desde cero, y ella, que no había logrado encontrar satisfacción ni espiritual ni física en un marido de carácter melancólico e introvertido, supo enseguida cómo participar en la nueva vida del muchacho y a la par compensar el vacío que su hombre no podía llenar.
Bastó una ligera insinuación desde su corral para que el de San Bernardo entrase en el juego. En 1724 Juan, como de dieciocho años de edad y recién llegado al pueblo, no podía ni imaginar las consecuencias que le acarrearían enredarse con la esposa de su vecino.
Sus contactos empezaron a producirse pronto, aprovechando que Francisco Clemente Rodriguez marchaba a los molinos de Alcalá de Guadaira para obtener harina, cosa que ocurría dos o tres veces cada semana. Salían por la mañana y vovían, él y sus ayudantes, ya entrada la tarde, con un par de carros cargados de sacos blanquecinos y polvorientos. En el ínterin se buscaban los amantes como locos por encima de las bardas de los corrales, aprovechando cualquier momento para abrazarse, ora encima de los sacos, ora sobre la mesa de amasar, o en el mismo establo de las bestias y al igual que ellas, entregándose ciegos e impetuosos a su pasión.
Al principio de la primavera de dicho año de 1724, en uno de sus ardientes encuentros Juana, embriagada de aroma de flores y poseída por la nueva oleada de revitalización estacional, no tuvo fuerzas para oponer defensas contra el ímpetu descontrolado del joven Juan Delgado, y tras un orgasmo no por muy rápido menos intenso en el obrador solitario quedó su corazón preso de las más agudas angustias. En efecto, lo que temía se hizo realidad. Pronto supo que estaba embarazada.
Se sintió muy sola y desgraciada. No podía contar con el padre, demasiado inmaduro como para que pudiese o supiese ofrecerle alguna solución viable, de forma que decidió confesárselo todo a su marido. Por otra parte Francisco Clemente hubiera descubierto el engaño, puesto que no cohabitaban desde que muriera, al nacer, el primer fruto de su matrimonio, dos años antes.
No se lo tomó él, cuando hablaron, en forma tremendista. Todo indicaba que esperaba de su mujer algo parecido de un día a otro. Le contestó que no estaba dispuesto a cargar con la manutención de un hijo que no era suyo.
—Estoy presta a hacer lo que me ordenes. Cualquier cosa —dijo ella, con sinceridad.
El tahonero miraba por la ventana. Estaban en el dormitorio. Amanecía. Otro día de duras faenas. Pensó preguntarle sobre el padre, pero inmediatamente desechó la idea, por considerarla poco importante.
—Bueno. Cuando se te forme la barriga te llevaré con la cuñada de Sanlúcar.
—Estaré preparada.
—Tendrás al niño allí; ya lo arreglaré todo. Y cuando nazca, lo dejaremos en la puerta de alguna familia de dineros.
A Francisco Clemente le parecía hablar con una extraña de otra tierra. Le ocurría con ella desde mucho tiempo atrás.
Juana Caro asintió, y al retirarse a sus quehaceres le pareció que se había quitado de encima una montaña de plomo. Pero había todavía algo que tendría que solucionar con perspicacia y tacto. Porque se trataba de su hijo.

martes, 14 de octubre de 2008

Documentación (36)

Como si las inclemencias del tiempo y de los hongos e insectos se hubieran organizado en colaboracion altruista para borrar de la Historia el acta de un matrimonio que a los pocos días se convirtió en una vergonzosa situación entre la hipocresía y el desprecio, la partida de casamiento de Francisco Clemente Rodriguez de la Palma y de Juana Caro es apenas legible, en una mitad tan roida y reseca que se desmenuza entre los dedos y en la otra nublada de manchas de humedad. Añádasele que fue escrita con una tinta o de muy mala calidad o en exceso aguada, puro barro, y las pocas palabras que quedaron intactas son ahora tan tenues que exigen esfuerzos máximos de la vista y la imaginación para interpretarlas. Se casaron un domingo, el 17 de marzo de 1720, en la Iglesia de la parroquia de Santiago, oficiando la ceremonia don Pedro Fernandez Villegas, cura vicario de la villa, y actuando de testigos Cristobal de Aguilar —el que ahora ha encarcelado a aquel novio entonces ilusionado y feliz—, y un don Juan Francisco —de quien no podemos leer los apellidos—.
Juana Caro pertenecía a la familia de los carreteros Agustin y Sebastian, que abren esta crónica de Castilleja en sus primeros capítulos titulados "Las Escaleras".
Más suerte tenemos con la partida de bautismo del primer hijo del desgraciado matrimonio, una niña que, para más inri de la pareja, nació muy enferma:

En Sábado 2 de Mayo de 1722 años yo, Don Pedro Fernandez de Villegas, Cura Vicario de esta villa de Castillexa de la Cuesta Baptisé y puse los Ssantos óleos a Jacoba Micaela Ana, hija de Francisco de la Palma y de Juana Caro; fue su Padrino Domingo Aparicio1, Moso soltero, a el cual le adbertí el parentesco espiritual y demás obligaciones, en fee de lo cual lo firmé en dicho día, mes y año dichos. Don Pedro Fernadez de Villegas.

1.- Que era por esta fecha, con toda probabilidad, uno de los empleados de la panadería, aunque luego cambió de oficio. Disponemos de su partida de defunción, en la parroquia de Santiago: sábado 18 de febrero de 1736, Domingo Aparicio, de nación gallego y vecino de ésta, y hortelano de la huerta de la Señora Condesa de Lebrija; testó ante Fernando Agustín Bernal. Asistió a su entierro la comunidad de religiosos de San Francisco de esta villa.

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Continuamos con los interrogatorios en la cárcel pública. El mismo domingo 27 declaró también el marido engañado:

Otra, de Francisco Clemente Rodriguez. En la Villa de Casttilleja de la Cuestta en veinte y siette de Jullio de mill settezientos treintta y siette años dicho Señor Thenientte de Governador, en cumplimiento de su autto y estando en la Cársel pública de esta dicha villa, y para efectto de tomarle su confesión hiso parecer antte sí a un hombre presso por esta causa, del qual por antte mí el escrivano resivió Juramento a Dios y a una Cruz según forma de derecho, y haviéndolo hecho prometió decir Verdad de lo que supiere y fuere preguntado, Y siéndolo por las preguntas siguientes, dio sus respuestas.
Preguntado diga y confiese cómo se llama, que edad y oficio tiene, y de dónde es Vezino, dijo que se llama Francisco Clemente Rodriguez de la Palma, y que es Vezino y de ejercicio panadero en esta dicha villa, y que es de edad de quarentta y ocho años, y responde.
Preguntado diga y confiesse si save el motibo de su prisión, dijo que el motibo de su prisión fue por haber tenido pendencia con los Delgados, panaderos de esta villa, y responde.
Preguntado diga y confiese cómo es Verdad que estando el confesante en sus casas entró en ellas Sevastian Delgado con unas hogazas de pan en la mano, y le dijo que le repesase su pan a ver si estava faltto; y el confesantte le respondió que era un pícaro desvergonzado, por cuia razón se originó la questión, diga y confiese la Verdad; a estta pregunta dijo que es ciertto que esttando el confesante empesando a pesar su pan para coserlo, le dijo su mujer nombrada Juana Caro, que casualmente havían pesado una hogaza de pan de Sevastian Delgado, y que el moso del que confiesa, llamado Juan Basquez, la havía hallado faltta, lo qual oído por el confesante reprehendió a su mujer que no bolbiese a ejecutar tal cosa, en cuia rasón entró Sevastian Delgado con quatro o sinco hogazas de pan, diciendo que allí estava su pan, que se lo pesasen, que para pícaras desbergonzadas havía cuchillos para corttarles la cara. Entonces le dijo el que confiesa que era un pícaro deslenguado, que cómo en su presencia tenía atrevimiento de hablar así a su mujer, por lo que el dicho Sevastian Delgado le tiró al confesante una hogaza de pan, y queriendo asegundarle con ottra el que confiesa tomó una pesa y se fue para el dicho Delgado hasta que luchando a brazo partido le quitó el dicho Sevastian la pesa, y haviendo acudido mucha gente que no hase memoria quiénes eran los separaron, y al tiempo que sacaban al dicho Sevastian de las Casas del que confiesa, su hermano Juan Delgado le tiró otra hogaza de pan, hastta cuia ocasión no havía visto el que confiesa al dicho Juan Delgado, y responde.
Preguntado diga y confiese quién hirió a Francisco Rodriguez, con qué instrumento y porqué causa, dijo que no save quién lo hirió, ni menos vió el confesante al dicho Francisco Rodriguez, y estto es la Verdad, y responde.
Preguntado cómo dise que no vió al dicho Francisco Rodriguez, siendo así que fue uno de los que se asercaron a solicitar el ponerlos en paz, en cuia ocasión le dieron un golpe en la Caveza de que resultó herido, diga y confiese la Verdad, dijo que niega lo que la pregunta contiene, porque como deja dicho el confesante, no vió al dicho Francisco Rodriguez, ni después a oído decir quién le hirió, y que todo lo que lleva dicho en sus respuestas es la Verdad para el Juramento que deja fecho. No firmó porque dijo no saver, y su merced lo señaló y mandó que por aora esta confesión se quede en este estado, para proseguirla cada que combenga. Señal + del Señor Theniente. Geronimo Lopez Lozano.

lunes, 13 de octubre de 2008

Documentación (35)

Confessión de Sebastian Delgado. En el dicho día, mes y año dicho esttando en la Cársel pública de esta villa su merced dicho Señor Theniente en cumplimiento de su autto hiso parecer antte sí a un hombre presso por esta causa, del qual por antte mí el escrivano resivió Juramento a Dios y a una Cruz según forma de derecho, y lo hiso, y prometió decir Verdad de lo que supiere y fuere preguntado, que lo fue de las pregunttas siguienttes.
Pregunttado primeramente cómo se llama, qué edad y oficio tiene, y de dónde es vezino, dijo que se llama Sevastian Delgado, y que es vezino de esta villa, de ejercisio panadero, y de edad de treinta y sinco años, y responde.
Pregunttado diga y confiese si save la causa de su prisión, dijo que el motibo de su prisión se originó de que esttando en confesantte en los corrales de sus casas que son inmediattos a los de la en que vive Francisco Clemente Rodriguez oyo que estavan diciendo la mujer del dicho Francisco Clemente a otros que no save quiénes eran, que el pan que amasaban los Delgados estava faltto, y que por esa razón muchos vezinos no le compraban su pan, con cuio motibo pasó el confesantte a las casas del mencionado Francisco Clemente con quatro hogazas de pan, Y dijo que quién havía tenido osadía para pesarle su pan, sin ser la Justicia, que allí tenían aquellas quatro hogazas, que las pesasen para venir en conosimiento si su pan estava faltto o cabal; a lo qual le respondió el dicho Francisco: "¡ah, pícaro deslenguado! ¿Cómo te atreves a ser desvergonzado con mi mujer?", y asió una pesa para tirársela al confesantte, por cuia razón le tiró una hogaza de pan, y se retiraba el que confiesa, haciéndole cara con las ottras hastta que haviéndose azercado el uno para el ottro se asieron a golpes, y el confesante le grangeó la mano en que tenía la pesa y se la quitó, porque con ella no le lastimase, a cuia rasón llegaron muchos y no reparó quiénes eran, y los separaron, y esto responde.
Preguntado diga y confiesse cómo es verdad que el confesante quando fue en casa de Francisco Clemente Rodriguez iba acompañado con su hermano Juan Delgado, que le ayudó a la pendencia, diga y confiese la Verdad, dijo a esta pregunta que la niega por ser incierto, porque lo que deja dicho es la Verdad, y el que declara no vio al dicho su hermano hastta que ya los tenían separados y estavan en la Calle, que entonces llegó dicho su hermano Y le ayudó a ir a su Casa tirando del Confesante y diciéndole: "hombre, déjate de eso", y esto es la verdad, y responde.
Preguntado diga y confiese si el que confiesa hirió a Francisco Rodriguez en la cabeza, y con qué armas, dijo que no save quién, hiriese al dicho Francisco Rodriguez, ni menos lo vio al tiempo de dicha quimera, ni tampoco supo que el referido havía sido uno de los que le querían separar hasta después que oyo decir que estava herido. Y dicho Señor Theniente mandó que esta confesión se quede en este esttado para proseguirla cada que combenga, y el confesantte dijo que lo que tiene dicho en sus respuestas es la Verdad so cargo del Juramento que fecho tiene, Y no firmó porque dijo no saver, y dicho Señor Theniente lo señaló. Señal + del Señor Theniente. Geronimo Lopez Losano.


El trigo maduro en los campos esperaba el filo de las hoces para cumplir otro ciclo en el ritual de cada año. Las brisas vespertinas ondeaban los mares dorados de la comarca, en los que todavía resistía alguna amapola tardía. Bandadas de pájaros sobrevolaban las henchidas espigas que parecían en su inclinación venerar a una deidad desconocida e invisible. La vida aljarafeña seguía su curso milenario.
Deméter montó en cólera cuando supo que su propio tío la había desposeído de su más preciado bien y prometió no volver a la morada de los dioses hasta que su hija no le fuera restituída. Se refugió en la corte del hospitalario rey de Eleusis, y por este su retiro llegaron grandes sequías que agostaron los campos, faltos de su benefactora influencia. Las tierras convertidas en eriales cuarteados ocasionaron espantosas hambrunas y epidemias y la humanidad sufriente parecía abocada al exterminio.
En el Olimpo no se pensaba en otra cosa, alarmados todos sus divinos habitantes por la desastrosa situación creada a raíz del conflicto con la diosa de la fertilidad.

Documentación (34)

Cuando desde el Olimpo Deméter oyó el grito de su hija debatiéndose entre los brazos del monstruo que había surgido de una grieta que de improviso se abrió en el prado florido donde la niña recogía margaritas, se lanzó al rescate, pero llegó tarde. La tierra se había sellado con tanta rapidez como se hendió. Cuentan las leyendas que la inconsolable diosa anduvo desesperada durante nueve días con sus respectivas noches indagando por el mundo, llorando desgarradoramente con una tea en cada mano, sin alimentarse ni asearse, hasta que el décimo día Helio*, movido por la compasión, le comunicó el lugar donde se encontraba su querida hija.

* La luz solar, el calor y el Sol propiamente dicho estaban representados por el divino Helios, el cual era el único capaz de abarcar todo lo que acontecía en la Tierra de una sola mirada, e informar en el Olimpo de cuanto había visto.

Durante todo el siglo, como era de esperar, los picos en la subida del precio del trigo coinciden con los del precio del pan, pero gracias al establecimiento de los Pósitos** se suavizaron los grandes altibajos del valor de producto tan esencial, al proporcionar a los molineros abundancia de granos en épocas de escasez. En muchos otros pueblos sus habitantes se sentían orgullosos del granero, edificios con fachadas de cierto gusto arquitectónico. En Castilleja hubo que contentarse con un lugar embargado por la Corporación, muchas veces remendado y parcheado por alarifes locales trabajando casi sin sueldo debido a la falta de recursos del Cabildo. Esta falta de recursos condujo en varios años a poco menos que a la ruina del caserón, como quedó dicho en el capítulo El Pueblo IV. La onza del alimento ya elaborado osciló entre uno y tres maravedies, y las piezas pesaban por lo general una libra aproximadamente, que equivalía a medio kilo; la pesa que enarbolaba Francisco Clemente la noche de la disputa era de una libra. En ocasiones había que recurrir a los graneros eclesiásticos y comprar trigo al Arzobispo porque el Pósito no estaba prevenido para afrontar una violenta oscilación del precio del grano. A veces se organizaban inspecciones por toda la ciudad y provincia para descubrir acaparadores que interceptaban los granos antes de que llegaran al mercado y los almacenaban en depósitos clandestinos que incluso podían pertenecer al clero, que especulaba sin compasión con las subidas de los precios y con el hambre que producían. Las faltas de lluvia especialmente en Andalucía ocasionaban situaciones dramáticas, que se intentaban paliar trayendo trigo por mar a los puertos de Cádiz, Algeciras o Málaga, procedente de Sicilia, Cerdeña u Orán ("trigo de mar" era llamado este grano); aunque la región andaluza actuó de granero del país durante casi toda la primera mitad del XVIII, posteriormente la situación se revirtió en favor de La Mancha.

** Instituto de carácter municipal y de muy antiguo origen, destinado a mantener acopio de granos, principalmente de trigo, y prestarlos en condiciones módicas a los labradores y vecinos durante los meses de menos abundancia. También se denomina así a la casa en que se guarda el grano de dicho instituto. (Diccionario de la RAE).

Los pósitos eran la principal institución de ahorro propia del Antiguo Régimen en la Corona de Castilla. Surgieron en algunos lugares a iniciativa de los municipios, aunque más tarde se intentó ordenar y extender su funcionamiento a mayor escala, por las autoridades del reino. En el siglo XVIII se intentó basar en los pósitos otros proyectos financieros o impositivos de la Corona, que terminaron conduciéndolos al fracaso.
La actividad tradicional de los pósitos se centraba en la acumulación de granos en tiempo de abundancia que se prestaban a un tipo de interés bajo a los agricultores en el momento en que los necesitaran, lo que podría paliar las malas cosechas y las crisis de subsistencia. Salvando las distancias, sería lo que en la economía contemporánea llamarían una intervención anticíclica en el mercado. En un sistema económico precapitalista (en transición entre el feudalismo y el capitalismo), la acumulación de capital no era una forma espontánea que se esperara del interés individual de los agentes económicos, de modo que la autoridad y la costumbre la suplían [...].
También debe entenderse la generalización del sistema de pósitos en el Siglo XVIII con el surgimiento de otras instituciones financieras que preludian las puramente capitalistas, como el Monte de Piedad de Madrid (fusionado a la Caja de Ahorros, ya en el Siglo XIX) o el Banco de San Carlos. En el ámbito de la producción y el comercio de granos, debe también entenderse en el contexto de los intentos de liberalización de la época de Carlos III. (Fragmentos del artículo "Pósito", de Wikipedia).

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...