lunes, 28 de diciembre de 2009

Los esclavos 79

En los días siguientes Juan de Vega, apoderado de María Rodriguez y a través de ella de Pedro de Cifontes, pidió al Alcalde Francisco de Aguilar que le mandase dar los bienes robados, inventariados según la relación que de ellos hizo la propia María Rodriguez. Dijo además Juan al Alcalde que no quería acusar al joven, sino que quería solamente los bienes en nombre de su parte, y Francisco de Aguilar le exigió información que demostrara que los dichos bienes pertenecían a su representada María. Juan de Vega respondió que él no tenía información alguna que dar, puesto que el hurto se cometió en campo yermo donde no habitaba gente alguna, y pidió al Alcalde que, en base a ello, proveyera justicia. El Alcalde insistió en que presentase testigos. Juan de Vega preparó su probanza y presentó por testigo precisamente a Pedro de Cifontes, el cual, bajo juramento, dijo que era de Sevilla, que tenía hacienda en Castilleja y en Pero Mingo; reconoció que María Rodriguez era su casera, y cuando les fueron mostrados los bienes hurtados —recuérdese que los tenía en depósito el Alguacil Bartolomé Moreno—, aseguró que pertenecían a dicha su casera María; dijo que un día después del de el hurto fue a su heredad de Carmona y se encontró con todos los candados de las puertas rotos, afirmación que parece exagerada; contó que dos de sus criados le dijeron que Antón había estado merodeando por allí, y añadió que sabe que el esclavo del bodeguero Benito Sanchez es un gran ladrón, con fama de ello en toda la comarca, aseveración que no parece digna de crédito ya que resulta dudoso que el hacendado lo conociera en ese sentido; no debemos olvidar que Antón tenía contactos en la propia hacienda de Castilleja, y si tenía tan mala fama poco le hubiera costado al hacendado prohibirle que la frecuentase . Tenía Pedro de Cifontes a la sazón 45 años, y a juzgar por su firma, era hombre culto e instruido. Como vemos, aporta la prueba incriminatoria de que "sus criados lo vieron merodeando por allí", refiriéndose a Pero Mingo.
El sábado 21 de mayo de 1558 dispuso el Alcalde de la Santa Hermandad Francisco de Aguilar que los bienes quedaran en depósito de Pedro de Cifontes, cediendo descaradamente ante el poderío y la presión del rico terrateniente, quien se obligó bajo las penas de los depositarios; obligación que consistía principalmente en tener el depósito a disposición del juez que entendiese de la causa. Fueron testigos Salvador Perez, Bartolomé Moreno el Alguacil, Francisco Ruiz y Juan Sanchez Vanegas todavía en la Cárcel, vecinos de Castilleja, y el mercader Hernando Jayán, vecino de Sevilla.
El miércoles 25 de mayo Francisco de Aguilar fue a visitar la Cárcel, y en la consideración de que Antón no tenía quien respondiera por él nombró como tal a quien tuvo más a mano: a Juan Sanchez Vanegas. Una vez aceptado el cargo de defensor, aceptación acaso instada por imperativos legales ya que pocos días atrás el que ahora debía proteger le había robado su cuchillo y su daga, se les leyeron los autos, ratificándose ambos en la anterior confesión del defendido, el cual a la pregunta de si tenía algo nuevo que añadir o si había robado alguna cosa más, dijo que en Pero Mingo robó además un queso, unas tijeras, una canastilla con diez huevos, una hogaza, un cuchillo, una camisa bordada en negro y una cobija de paño colorado, todo lo cual lo tenía en un horno de poya* junto a San Marcos.
Este añadido a su declaración nos da más detalles de las peripecias del negro la noche de su vuelta de Carmona cargado con el hato, y añade coherencia al hecho de que cuando se escapó de la Cárcel de Castilleja volviera al horno de poya sevillano, donde tenía amigos; como vimos en "Los esclavos 66", entrada de julio de 2009, aquella noche lluviosa al llegar a Sevilla, y según estos nuevos datos, el joven negro presumiblemente fue al horno de San Marcos, funcionando como tal desde altas horas, donde tuvo oportunidad de secar sus ropas y recuperar fuerzas auxiliado por "el mulato horro", quien recibió los artículos ahora declarados, y fue al amanecer cuando siguió su camino hacia el cebadal de la Vega donde estuvo escondido todo el día.

* Horno de poya. De los varios tipos de hornos, el de base cuadrangular, de la que Corominas deriva poyo y poya. Estas bases eran formadas con losas refractarias, y sobre ellas se asentaban las "capillas" o cubiertas de las cámaras de cocción, levantadas con ladrillos de adobe. Se solía dejar bajo el poyo o base un habitáculo para almacenar leña, víveres o herramientas, y en nuestro caso muy bien pudo servir para esconder los objetos que trajo Antón de Pero Mingo. Todavía quedan restos ruinosos de aquellos hornos diseminados por la geografía peninsular. Con la expresión "horno de poya" vino a nombrarse el horno público cuya utilización y servicio de los horneros pagaban los particulares con masa de pan.
Etimologías más populares y menos autorizadas nos hablan de "la poya" como el pellizco o pegote que las amas de casa separaban de la masa principal antes de llevarla a la cochura en el horno público, porciones que juntas daban el material para formar el "pan de las ánimas", el cual se consumía en comunidad o se rifaba para sufragar gastos parroquiales, oficios religiosos o deudas de hermandad. Conllevaba esta costumbre una serie de supersticiones basadas en la ignorancia de comadres aduladoras de la jerarquía dispensadora de trascendencias, como la de marcar la masa con una señal de la cruz, o la de rezar entre persignaciones mientras se mezclaba a brazo partido la harina, la levadura y el agua que habrían de servir de base alimenticia para las familias, en —comedias de comedia— un simulacro doméstico del otro teatral que se efectúa en la misa convirtiendo pan en el cuerpo de Cristo.
Otra versión del origen de "poya": era como nombraban a una barra de hierro que servía para medir la cantidad de masa que correspondía al hornero por su trabajo, merced a unas muescas en ella que leían la proporción correspondiente conforme a la que se fuera a cocer.
Para evitar confusiones, cada usuaria marcaba sus panes con una señal característica y personal, reconocida por todos.
Y para cerrar la digresión, un refrán, aplicado a los glotones: "Comer más que la poya de siete hornos".

viernes, 25 de diciembre de 2009

Los esclavos 78

Eran más de las dos de la madrugada. Juan Sanchez Vanegas en su plácido dormir se removió conturbado un momento, mientras Antón decidía, esplendente por la luz de luna que se difundía en la estancia desde el ventanuco superior, sobre los pasos a seguir. Tenía pensado marchar directamente a Sevilla, entre cuyas aglomeraciones y escondrijos podía pasar desapercibido.
Cuando a Vanegas se le informó a la mañana siguiente de lo acontecido, por uno de esos tan raros como inusitados entrecruzamientos de realidad y sueño que en ocasiones se producen, quedó confuso y desconcertado en tal grado y manera que siempre en adelante vivió con la duda en tanto recordaba su estancia en el calabozo; nunca supo si había visto realmente, en una duermevela instantánea, al negro recién liberado de su cepo, o si Morfeo con alguna trapacería lo había engañado insuflándole en la cabeza dormida una porción de realidad, pero al despertarse y recapitular memoró con toda claridad una figura semihumana, plateada y de fúlgidos ojos, que se movía como flotando en la habitación y que se inclinó sobre él, casi quemándole con las ardientes pupilas; era en su mente Antón.
Antón pensaba con la velocidad del rayo, desentendiéndose a duras penas de los ronquidos del Alguacil, que por el agujero se dejaban oir diáfanos. Entonces, sobresaltado, escuchó una hablilla cuchicheante de palabras: Juan Sánchez Vanegas parecía bisbisear algo entre dientes y se acercó a su yacija dispuesto a todo, pero su compañero de presidio no se movió más. En un rincón al otro extremo, junto a la puerta, colgaban de una escarpia a media altura dos talabartes de cuero claro, gemelos, que contenían un cuchillo y una daga. Pertenecían al durmiente, al cual se le había permitido tenerlos a mano, tal era la confianza que inspiraba a las autoridades. El esclavo los descolgó y se los puso a la cintura, uno a cada lado. De inmediato se sintió como si nada ni nadie pudiera interponérsele. El universo era suyo, se había convertido en un dios. Envalentonado con su armamento, salió a un angosto pasillo, al cual se abría la habitación del matrimonio.
Hizo girar la vieja puerta con precaución. Buscaba objetos de más valor, que le facilitaran su estancia en Sevilla. Pensó acabar con los durmientes cercenándoles los cuellos con sus armas, pero no pasó de ahí. En el dormitorio había más claridad, merced a una ventana de regular tamaño, y pudo orientarse con precisión. Sobre un arca descansaban unas alforjas de cordel trenzado, idóneo artículo para llevar todo lo que, esperaba, encontraría en el registro de la casa. Por de pronto la suerte le sonrió, ya que en el interior de las árguenas había una bolsita de lona con doce maravedíes. Abrió el arca lentamente, y extrajo de ella una gavana de paño* y unos zapatos de piel de becerro, y decidió no arriesgar más y desaparecer cuanto antes de allí, pero su estómago le envió una racha de urgentes señales, y se encaminó a la cocina. Un gato gris plomo sobre las losas del horno, al calor de las moribundas ascuas que calentaron la cena, maulló mirándolo con bondadosa expresión. De un hueco de obra que hacía de minúscula despensa extrajo media hogaza de pan que Mencía reservaba para el desayuno, y al fondo bajo un trapo inmaculadamente blanco descubrió una espicha de sardinas** arenques, idóneo y energético manjar para empezar la nueva etapa de su vida festejando la recobrada libertad.
Más corriendo que caminando hizo el trayecto a Sevilla, para su fortuna sin tropiezo alguno con nadie. Y por la mañana se perdió en el trajín y el hormigueo de gentes pugnando por transitar en las estrechas y tortuosas vías de los distritos comerciales. Fué en busca de sus amistades. Al primero que visitó fue a un mulato horro, hombre entrado en años, parsimonioso y lleno de filosofía de la vida, que trabajaba en un horno de hacer pan y bizcocho para los marineros, en la collación de San Marcos, en un semisótano de la plaza del Herrador. Lo atendieron bien allí, y a cambio del empeño de la daga recibió una ración de bizcocho recién hecho, que aceptó encantado porque ya había dado cuenta por el camino del medio pan robado al Alguacil castillejero. Deambuló con disimulo por la calle de Génova y la de Los Alemanes, alrededor de la Catedral, a la expectativa de conseguir algún trabajo discreto, e incluso sospesó la posibilidad de embarcarse como grumete en cualquier navío.
Pero Antón no tuvo suerte. No pasaron más de cuarenta y ocho horas cuando fue reconocido, muy temprano y precisamente en el puerto junto al Puente de Barcas, por un pescador trianero que vendía en Castilleja sus capturas, el cual puso sobreaviso poco después a las autoridades del pueblo. No tuvieron Bartolomé y sus ayudantes que esforzarse mucho ya que lo cazaron prácticamente en el mismo lugar donde lo encontró el pescadero, y se lo trajeron al pueblo la misma mañana.

* Gavana, por gaván, hoy gabán: Capote cerrado con mangas y capilla, del qual usa la gente que anda en el campo y los caminantes; y algunos en la ciudad se sirven dellos por ropa de casa. Pudo ser tomassen el nombre de los gavales o gavachos, aunque agora éstos traen unas capas que llaman gasconas, y porque puesta la capilla la llevan empinada y alta, pudo traer origen de la palabra hebrea gavah, que vale empinamiento y cosa alta. Sebastián de Covarrubias. Tesoro.

** Espicha de sardinas, en los originales autos del pleito. Parece otra de esas "joyas del habla" que son los localismos, términos del vocabulario más original y cercano a la sociedad, verdaderas marcas identitarias de los grupos y de los tiempos en que éstos se desarrollan. Corominas profundiza en el verbo "espichar", y cita a Antonio Alcalá Venceslada, quien dice que espicha es espetón (conjunto de sardinas atravesadas por una caña, que se asan) para la moraga (Andalucía, acto de asar con fuego de leña y al aire libre frutas secas, sardinas u otros peces. RAE) de sardinas. Vocabulario Andaluz.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Los esclavos 77

En las dos semanas largas que mediaron entre el encarcelamiento de Antón y los prolegómenos de la sentencia ocurrió que éste vió su soledad paliada cuando los alguaciles, sujetándolo por ambos brazos, ingresaron en aquella leonera de ambiente mortecino donde veía pasar las interminables horas a Juan Sánchez Vanegas, vecino de Castilleja en la medianía de su edad y hombre bastante hosco y huidizo. Llegaba bajo el cargo de deudas, pero su régimen pronto fue tan laxo que almorzaba y cenaba con Bartolomé Moreno y su mujer, estaba libre de cadenas y grillos tanto de noche como de día, y en muchas oportunidades, haciendo en general los encargados de su custodia la vista gorda, se permitía dar un garbeo por el pueblo en las horas más tranquilas del día. Hablaban a ratos él y el esclavo y en más de una ocasión Sanchez Vanegas compartió con el muchacho las manducatorias o alguna tapanca que contra la crudeza del aire sus familiares le traían, aunque aun así y con todo la delgadez de aquel oscuro cuerpo espigado cargado de hierros era cada vez más acusada.
Pero el negro tenía ya firme y decidida su futura actuación, a pesar de las circunstancias. Hemos dicho que poseía una férrea voluntad, y de inteligencia tampoco andaba parvo. Una noche entre las de la primera mitad de aquel mes, aprovechando —lo supuso acertadamente— el desconcierto que en sus guardianes producían los golpes de viento y los aguaceros intermitentes con que una clásica tormenta de primavera parecía dar la bienvenida a la estación seca, ya en la puerta de la madrugada, Antón dió varios tirones de la cadena principal de sus prisiones, cuyo otro extremo a través de un boquete en la pared terminaba, debidamente asegurado con un grueso candado a una argolla, en el echadero del Alguacil y su mujer. Ya vimos que esta manera de aprisionar y la de requerir asistencia haciendo sonar la cadena, eran la usanza y disposición usados en las improvisadas cárceles de aquellos años. Primero despertó la mujer de Bartolomé, que tenía la dormitación más intranquila. Su marido roncaba panza arriba resollando entre silbidos, ajeno al tantarantán de la lluvia en el exterior y a los castañeteos de objetos sueltos movidos por el ventarrón. Mencía Rodriguez era una mujer joven e insatisfecha con su grosera y procaz pareja, cuyos desplantes y desconsideraciones la habían llevado a crearse un mundo interior habitado de liberalizadoras fantasías que hacían su existencia llevadera en la medida de lo posible, y cuando por el ineludible designio del Conde de Olivares su consorte fue nominado Alguacil aquel año, ella encontró una fuente inagotable de morbo y excitabilidad con que saciar las carencias que el reseco páramo de su vida le deparaba, ocupando sus pensamientos y deseos con las ubicuas presencias de los variados "inquilinos" que, semana sí y semana no, se veían obligados por el brazo insoslayable de la justicia a hospedarse en su humilde morada. No era nada extraño, por otra parte, que proliferaran las infidelidades conyugales en estos ambientes impuestos, obligaciones que "desde arriba" venían a romper las costumbres y rutinas de matrimonios por lo general bien avenidos, como tendremos ocasión de comprobar en otro caso concreto más adelante. Considérese que en muchas ocasiones el Alguacil tenía que dejar el hogar y su oficio policial, delegando precariamente en quien podía y se dejaba la custodia de los enrejados, porque las necesidades materiales de sostenimiento de su familia lo obligaban a buscar un jornal, bien segando, bien vendimiando, etc., a veces muy lejos de la Villa, ocasiones que eran aprovechadas por sus medias naranjas para "consolar maternalmente" a algún preso que otro, siempre desde luego bien parecido, con potencia sexual y discreto y fiable.
Mencía se levantó con sumo cuidado, procurando no despertar a su cónyuge. La cadena volvió a tintinear rozando con sus eslabones por los abruptos bordes de la huronera, que todavía no habían sido alisados con la pertinente argamasa desde que abrieron el orificio a principios de enero desencajando a base de escoplo uno de los grandes ladrillos recochos que formaban las paredes de la casuca. Deseaba fervientemente, con todo su corazón, que fuera Juan Sanchez Vanegas el que solicitaba asistencia. Era un hombre atractivo, al contrario que el escuálido y débil ladronzuelo negro. Miró a través de la oscuridad sin decir palabra y abriendo mucho sus bellos ojos, acercando la cara ardiente por la excitación al tosco ventanuco, aspirando la tenue y helada corriente de aire del camaranchón contiguo en ansiosa pesquisa de algún aroma de macho que le hiciese olvidar el ya para ella despreciable y zafio de Bartolomé. Prestó atención. Le parecía oir, entre las ululaciones de las ráfagas de aire sobre tejado y ventanas, el movimiento de un cuerpo humano que se incorporaba. Y cuando sintió una grande y rígida mano posarse sobre su hombro, su corazón sobresaltado la hizo dar un respingo, ahogando a medias un grito de miedo. Era su marido.
El maltrato de género constituía el pan diario para infinidad de mujeres. En casa de Mencía Rodriguez no había ninguna excepción a la regla. Pero este año, con la publicidad que el alguacilazgo les proporcionaba, su marido parecía más comedido, más temeroso al escándalo, máxime cuando había presos pared por medio; pese a todo ello Mencía temió ser golpeada en aquel momento. Ante el gesto interrogatorio de su hombre se explicó todo lo claramente que pudo, y Bartolomé, refunfuñando como un pitecántropo incrédulo, púsose alguna ropa de calle y se dirigió al calabozo. El viento había cesado por un momento, y la lluvia, intermitente, apenas producía sonido alguno.
Juan Sanchez Vanegas dormía apaciblemente, bien abrigado, sobre una tarima en la que habían colocado sus allegados un colchón. Era el joven paria el que requería asistencia. Dijo necesitar ir a hacer cámaras y el Alguacil lo creyó, y estuvo dispuesto a llevarlo hasta el fondo del corralito donde, en un foso usado como estercolero, solían regir el vientre todos, presos y cancerberos. A pesar de su mal humor y de lo intempestivo de la hora, Bartolomé no opuso objeción alguna porque era una de sus obligaciones más principales y señaladas, y su incumplimiento le hubiera reportado un rechazo generalizado en el caso de que por su desidia algún preso se viera compelido a satisfacer las exigencias de su organismo zurrándose sobre sí mismo, encadenado en la casa donde habitaban él y su familia.
Aquellos días la luna comenzó a menguar después de mostrarse esplendorosa en su plenitud, y con el fondo de una límpida negrura, aureolada de nubarrones de plata y plomo llenos de luz todavía causaba impresión, con su belleza enigmática reflejándose en el paisaje empapado por el agua caída, en los charcos y chorros de cristal. El carcelero aprovechó el claro y murmurando denuestos y anatemas liberó al muchacho de la ensambladura lignaria que sujetaba sus extremidades inferiores y lo condujo engarzado con uno de los rosarios reforzados de malletes sujetándole el aro del cuello hacia el estercolero. Antón supo disimular muy bien mientras su guardián esperaba discretamente distanciado y pudorosamente vuelto de espaldas, y agarró al acuclillarse un pesado chinarro redondeado, liso y grueso como un huevo de pava, el cual con gran sigilo ocultó bajo el brazo en la axila, cubierto con la camisa. Bartolomé no se apercibió de nada extraño, y devolvió al muchacho al cepo con prisa, pensando en la cama caliente que le aguardaba y en las horas de sueño que todavía le quedaban por disfrutar. Debió cerrar con las chavetas los grillos que Francisco de Aguilar había ordenado colocar al preso superpuestos a los que ya traía desde que escapó, y pasar las correspondientes cadenas por los peales, pero había dejado de hacerlo días antes, por pura comodidad, y ahora por ganarle tiempo al sueño se limitó a cerrar la tosca tijera de madera sobre las delgadas pantorrillas de ébano, introduciendo la cadena principal por el hueco y avisando a su mujer con voz aguardentosa para que la fijara con el candado a la argolla.
Nunca pudo sospechar que mientras cerraba el pesado cepo, Antón, con suma habilidad, había colocado el canto rodado a modo de cuña, haciendo así que los dos maderos no encajaran con exactitud y le posibilitaran, pasado un rato y cuando oyó de nuevo los ronquidos del Alguacil y sintió que en la casa se volvía a sedimentar el sosiego que aquellas horas hipnóticas dictaban, sacar con toda facilidad los pies de los agujeros y quedar libre para volver a emprender una huida que venía planeando al milímetro desde muchos días antes.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Los esclavos 76

Ya poseemos acerca de la personalidad del Alcalde de la Santa Hermandad Francisco de Aguilar el conocimiento que nos posibilita emitir un juicio; su incalificable proceder contra el huérfano del carnicero Padilla nos muestra con transparencia la miserable mentalidad del captor de los dos negros, uno de los cuales, recordemos, ha sido dado en fianza (Los esclavos 75, entrada de septiembre de 2009). Queda en el calabozo acondicionado en la casa del Alguacil Bartolomé Moreno, encadenado y aprisionado con cepo, el joven Antón, lloroso, deprimido y debilitado por las vicisitudes de su escapada a Carmona.
Mayo de 1558, con sus esporádicos chaparrones y sus soleados ratos explotaba de vida y belleza al otro lado del ventanuco de la casa-cárcel, pero en el interior el habitáculo era tenebroso y húmedo, la soledad aplastante, la comida escasa. Ésta se la proporcionaban algunas caritativas almas, en su mayor parte vecinas que, ante el cargo de conciencia que suponía dejar morir de hambre a un preso, aunque fuese negro esclavo y forastero, no tenían reparos en apartar unas cucharadas de la olla familiar en un plato y acercárselo al desgraciado. De no ser por estos loables hábitos mal se las hubieran visto los presos pobres, dependiendo esclusivamente de lo que las autoridades hubiesen dispuesto para su manutención.
Pero dentro de Antón había un fuego, una fuerza brutal y viva que alimentaba el odio que hacia aquellos fantasmas de piel blanca y oscuras barbas sentía, y que hacía crecer en su pecho el ansia de libertad y en su cabeza la nítida conciencia de sus propias capacidades, puestas a prueba con su huida del yugo opresor del amo sevillano.
El cual no daba señales de existir. El silencio era la respuesta a las inquisiciones y exhortos que Francisco de Aguilar, como juez del caso, dirigía al Concejo de Sevilla. El bodeguero estaba ilocalizable, parecía haberse desentendido del díscolo siervo, ninguna reclamación obraba en los asuntos pendientes de las justicias hispalenses, nadie pensaba en el joven africano. Y pese a las limosnas y caridades del pueblo, mantener a un preso significaba un gasto que había que recortar en lo posible. Ya solo el dedicar un guardia a tal efecto suponía un fuerte desembolso para las arcas públicas.

Muy Ilustre Señor Asistente de la ciudad de Sevilla, y Muy Magníficos Señores sus lugartenientes y otros Jueces y Justicias cualesquiera de la dicha ciudad a quienes Dios Nuestro Señor concerbe en su santo cervicio, Yo, Francisco de Aguilar, Alcalde de la Santa Hermandad de esta Villa que es del Ilustre Señor Don Pedro de Guzmán, Conde de la Villa de Olivares en quien me encomiendo, y Vuestra Señoría y Mercedes y en cada uno de ellos y les hago Señores saber cómo en la Cárcel Pública de esta Villa tengo preso a un esclavo de color negro atezado que ha nombre de Antón, por cierto hurto que yo propio le tomé en unas viñas del Jurado Pedro ... Bazo que son cerca de esta Villa y en el término de ella, el cual dicho esclavo en la confesión que le tomé declara ser de Benito Diaz1, mercader de vinos en la calle de las Bodegas2 en esa ciudad, el cual dicho esclavo está preso seis días hasta hoy día día de la fecha y nunca ha aparecido el dicho Benito Diaz ni otra persona alguna a defender el dicho esclavo, y visto por mí que no pareció el dicho Benito Diaz ni otro por él nombrado para defender y librar al dicho su esclavo, mandé dar y dí la presente para Vuestra Señoría y Mercedes en la manera aquí contenida, por la cual de parte de Su Majestad y Justicia les pido y requiero y de la mejor forma ruego y pido por merced que luego que con ella fueren requeridos manden notificarlo en su persona al dicho Benito Diaz todo lo susodicho, y que yo lo mando que parezca ante mí personalmente dentro de tercero día que esta mi Carta le fuere notificada, a defender o poner defensa al dicho su esclavo y a decir y alegar lo que quisiere, que yo le oiré y guardaré su justicia, y en otra manera el término pasado no pareciere, en su ausencia y rebeldía habiéndola por presencia haré y determinaré en todo este caso justicia, y poner defensor a su costa al dicho esclavo sin mandar citarlo ni llamar, que por esta presente Carta lo cito y emplazo perentoriamente para en todos los autos de este pleito hasta la sentencia definitiva ¿intensivi? y tasación de costas si las que ... hubiere y le señalo los estrados de mi Audiencia, donde le serán notificados los autos de este pleito y todo lo susodicho y en lo así Señores mandar hacer y harán bien y justicia y lo que deben y son obligados y a mí me harán merced y quedaré en obligación lo mismo viendo sus cartas y mandamientos mediante justicia, en fe de lo cual que dicho es mandé dar y dí la presente firmada de mi nombre y del notario de mi Audiencia, fecha en la dicha Villa de Castilleja de la Cuesta a cinco de mayo de mil quinientos cincuenta y ocho. Francisco de Aguilar y Miguel de las Casas.

1.- En la declaración tomada a Antón, ya preso, aparece como el apellido de su dueño Sanchez en lugar de Diaz.

2.- Podría tratarse de la Cuesta del Rosario, en aquellos años un dédalo de callejuelas abundantes en hornos de cocer pan y en tabernas.

Quién no olvidaba lo acontecido era Pedro de Cifontes, que había visto su hacienda de Pero Mingo desvalijada y ahora se encontraba con sus hurtadas pertenencias y con el mismísimo ladrón en la propia Castilleja de la Cuesta. En su casera de la hacienda de Carmona y como directamente afectada María Rodriguez recayó la responsabilidad de presentar ante Francisco de Aguilar las oportunas reclamaciones y la acusación formal, y el inconveniente de su ignorancia y analfabetismo y de la distancia se arregló nombrando a vecinos castillejanos apoderados de la susodicha mujer; no faltaban en este pueblo gentes deseosas de servir al importante hacendado. Y mientras María, traída a la capital para efectuar su otorgamiento de poder, relataba al escribano pormenores del robo, en la cárcel de Castilleja ocurrían cosas que vamos a ver en el siguiente capítulo.

Sepan cuantos esta carta vieren como María Rodriguez, vecina de Carmona, da poder a Juan de Vega y a Lorenzo Sanchez, vecinos de la Villa de Castilleja de la Cuesta, para todos sus pleitos y causas civiles, [etc. etc.], dado en las casas de la morada de Pedro Gutiérrez de Padilla, escribano público, jueves 12 de mayo de 1558, y porque la dicha María Rodriguez dijo que no sabía escribir, a su ruego firmaron por ella Bernardo de Almasa y ... ... .

sábado, 12 de diciembre de 2009

Postdata a "Rodrigo de Cieza"

En los primeros capítulos con dicho encabezamiento de "Rodrigo de Cieza" (capitulo 1 y siguientes, noviembre de 2008) hemos sabido del testamento de su hermano el Príncipe de los Cronistas, Pedro Cieza de León. Ahora, en estos últimos días, el destino o la casualidad nos ha deparado la oportunidad de perfeccionar nuestro conocimiento del hermano del cura y su relación con Castilleja, gracias a un artículo descubierto en el número 12 del Anuario de Estudios Americanos del año 1955, escrito por Miguel Maticorena Estrada. Este autor transcribe un codicilo que Pedro de Cieza otorgó el jueves 28 de junio de 1554, de suma relevancia a los efectos que perseguimos. Copiamos del Anuario la parte que nos atañe:

En el nombre de dios amen sepan quantos esta carta de codicilio vieren como yo pedro de çieça de leon vezino que soy desta muy noble y muy leal çibdad de sevilla en la collaçion de san biçeynte en la calle de las armas1 estando enfermo del cuerpo y sano de la voluntad y en mi aquerdo y entendimiento y creyendo como tengo e creo la santisima fee catolica ansi como la tiene e cree la santa madre yglesia de Roma rretificando y aprovando y aviendo por firme rrato y grato estable e valedero la carta de mi testamento çerrado e sellado que yo tengo fecho e otorgado por ante alonso de caçalla escrivano publico de sevilla y ante los testigos en el qontenidos en veynte e tres dias del mes de junio en que estamos de la fecha desta carta que tiene en su poder juan de llerena mi suegro por el qual hize çiertas mandas e legatos e dexe por mi heredero y albaçeas a los en el conthenidos e declarados e queriendo como quiero que tenga fuerça e vigor e se cunpla como en el se qontiene agora qyriendo acreçentar añadir e menguar en el dicho mi testamento algunas cosas que convienen al descargo de mi anima e conçiençia digo que por quanto por el dicho mi testamento dexo una capellania de misas que se diga e cante perpetuamente para syempre jamas por mi anima e de ysabel lopes mi muger que aya gloria hija del dicho juan de llerena e de nuestros difuntos en la yglesia de san byçeynte desde dicha çibdad de sevilla desde el dia que acaeçiere mi falleçimientos en adelante e para dezir e cantar della dexo çierta contia de dineros para que se conpren tributos como se qontiene e declara en el dicho mi testamento a que me rrefiero y es mi voluntar e mando que lo que asi dexo para dote de la dicha capellania se cunpla e pague de mis bienes antes e primero que ninguna de las otras mandas pias e graçiosas que por el dicho mi testamento tengo fechas porque quiero que esta se prefiera e sea preferida a todas ellas aunque sea caso que para otra manda alguna de las del dicho mi testamento no aya de que se cumplan e mando que para la imajen de nuestra señora que esta en la prençipal yglesia de castilleja de la cuesta una saya de chamelote carmesy guarneçida con tiras de terçiopelo carmesy que fue de la dicha mi muger e mas le mando un pedaço del mismo chamelote que tengo en mi casa para de que se le haga unas mangas e sayo e mas le mando una rropa de co... (roto) de cotuna (?) blanca que fue de la dicha mi muger e unos manteles grandes traydos que tengo en mi casa para el ... (roto) por merito de mi anima e de la dicha mi muger e tambien mando los tocados e gorgueras e cofias que yo tengo que heran de la dicha mi muger se rrepartan por mis albaçeas a las ymajenes que a ellos les pareçiere [...].

1.- Recuérdese que la calle de las Armas era el nombre que tenía entonces la que hoy se denomina calle de Alfonso XII.

Vemos como en esta nueva disposición, que enmienda la otorgada una semana antes, Pedro de Cieza da prioridad a los vestidos de la imagen de la castillejana iglesia de Santiago respecto a todas sus innumerables devociones (en Llerena, en Trigueros y sobre todo en San Vicente y otras iglesias de Sevilla según expresó en su primer mandato),lo cual, en cierta manera y sin considerar lo absurdo y ridículo de venerar un pedazo pintarrajeado de madera medio podrida o de agrietado barro cocido, nos honra como grupo. Imaginamos también a su hermano el cura don Rodrigo entonando en la iglesia de la Plaza las misas que tan encarecidamente Pedro encarga por su ánima.
Mas un lado oscuro en todo este asunto nos mantiene en vilo. Es de suponer que don Rodrigo cumplió con meticulosidad la voluntad del cronista difunto, y que las ropas donadas "lucirían" cubriendo las formas de la Virgen, aunque acaso fueran tantos los generosos en trance de muerte, que el cura pudiera verse obligado a almacenar en arcones y armarios una ingente cantidad de prendas lujosas, sin saber qué hacer con ellas.
Y esta nuestra sospecha se basa en la almoneda que, tal cual vimos en "Los esclavos 2", entrada de febrero de 2009, llevó a cabo Juan, el huidizo esclavo de Rodrigo de Cieza, el domingo 24 de abril de 1559.
Lo que Pedro de Cieza de León donó a la imagen de Nuestra Señora de la Iglesia de Santiago:

"Una saya de chamelote carmesy guarneçida con tiras de terçiopelo carmesy; un pedaço del mismo chamelote para de que se le haga unas mangas e sayo; una rropa de co... (roto) de cotuna (?) blanca; unos manteles grandes traydos; los tocados e gorgueras e cofias se rrepartan por mis albaçeas a las ymajenes que a ellos les pareçiere1".

1.- Como albacea, a don Rodrigo le pareçería que algún tocado, gorguera o cofia de estos fuese a parar a Castilleja.

Lo que el negro Juan vendió a grito pelado en la Plaza cinco años después de la muerte de Pedro de Cieza:

"Unas mangas de raso morado; otras de raso amarillo; otras de tornasol con ribetes carmesí; un pedazo de tres varas y media de chamelote colorado; unas mangas de raso negro viejo; un corpezuelo de raso viejo; unas naguas y media saya de damasco negro; ropa blanca de fustán; un corpezuelo de terciopelo viejo roto; un paño de algodón viejo, de Indias, con unas pinturas; tres ¿almaysales? viejos rotos; un paño de algodón de Indias, pintado; un rodenete viejo con unas cintas; una capa de algodón forrada en lienzo de estopa, colorada, vieja y rota; una cofia de redecilla con unos ¿pinos? labrados de oro y seda prieta; una toca."

Solo nos toca comparar.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Los esclavos 75o

Francisco de Aguilar se lavoteaba en su patinillo, desnudo de cintura para arriba, echándose en la cara manotadas del agua de un cubo recién sacado del pozo. Una ceremonia poco frecuente en la sociedad acuófoba del Siglo de Oro, cuando creíase incluso que ni beber el líquido elemento era saludable, según teoría apoyada por famosos médicos de la época.
Al principio interpretó como risas de mujeres lo que resultó ser un jaleo de griterío que tenía lugar en el zanjuán. Cuando vio a su hijo exánime en los brazos de su mujer, rodeado de vecinas que, ésta le limpiaba la cara, aquélla le aventaba con un abanico, la otra le desabrochaba el camisón, todas ellas gesticulantes, dicharacheras, ojos de plato, a la pregunta de "¿qué ha pasado?" y recibida lacónica respuesta salió veloz a la calle, ávido de venganza. No tuvo capacidad de considerar que era una sencilla cuestión de chiquillos aquello, porque el agraviado Alcalde de la Santa Hermandad que había en él sobre un pedestal de soberbia tomó las riendas de su voluntad. Lo guiaron gentes mezquinas que buscaban el espectáculo sangriento y pronto tuvo a la indefensa víctima a su alcance. Francisquito apenas tuvo tiempo de levantarse de su refugio en el rincón, cuando aquella mole oscura y vociferante se le echó encima. El Alcalde lo sometió a un frenético castigo físico y a un torrente de maltrato verbal. Mientras le pegaba y con los forcejeos y giros se formó a la entrada de la casa del de Moscoso una polvareda tal que difuminaba las dos agitadas figuras: la del niño, un pelele, una marioneta de trapo traída y llevada a empellones; la del hombre, una bestia gigante que resoplaba enfurecida golpeando con sus miembros incansables. El chiquillo apenas tuvo capacidad de reaccionar llorando o implorando piedad bajo la lluvia de golpes, zamarreones y puntapiés que recibía de continuo. Su homónimo Francisco de Aguilar profería imprecaciones y maldecía entre sus mandíbulas apretadas mientras se ensañaba con el muchacho, ahora abofeteándole hasta hacerlo caer redondo al suelo, ahora levantándolo a un metro de altura asido de las orejas mientras le propinaba rodillazos, ahora dándole patadas mientras le escupía insultos hasta llevarlo al otro lado de la calle, y ya contra la pared continuar con mamporros y puñetazos en la cabeza, en los endebles brazos con los que su víctima intentaba protegerse, en los costados... La paliza fue brutal, desproporcionada, interminable, rayando en lo criminal, cual si su autor hubiese canalizado toda la violencia de siglos de conflictos generacionales para descargarla sobre la indefensa criatura como si pretendiera estigmatizarla para siempre por el imperdonable delito de ser joven, inocente y lleno de vida frente a él, ya gastado por los años, rebosante de malicia y odio y sintiente de las primeras llamadas de la decadencia corporal. Fueron, en cierta manera, los coletazos del viejo animal que se resiste a entregar su territorio, el legado deleznable y mísero de un alma mísera y deleznable, la confesión de su propia impotencia y la patentización de su propia debilidad.
Casi agotado ya del esfuerzo que acababa de realizar, el Alcalde se despojó de su grueso cinturón de cuero y, con la intención subconsciente de establecer una distancia física entre sí y el niño, distancia "limpia" que le permitiría, objetivando los hechos, el descargarse de sentimientos de culpa y a la vez la recuperación de la conciencia de su propia individualidad, comenzó a azotar a inclementes hebillazos el magullado cuerpecillo ya inmóvil, mudo y acurrucado contra el muro. Aquella acción reforzada con los últimos insultos y advertencias amenazantes marcaba jerarquías, que en el cuerpo a cuerpo anterior habían quedado vergonzantemente difuminadas; ahora reinaba el "yo aquí y tú ahí", a modo de colofón y rotundo e inapelable punto final.
Luego volvió a su casa. Se sentía cansado, pero en sus pensamientos no había lugar para el chiquillo al que acababa de vapulear, ni tan siquiera contemplaba las consecuencias, como si todo lo recientemente acaecido hubiera sido borrado de su memoria, ahora ocupada en su total capacidad por la visión de su hijo con la cara ensangrentada y de su mujer gritando histérica en medio del coro de vecinas. Cuando entró por la puerta reinaba un silencio absoluto, lúgubre casi, como un presagio siniestro. Penetró a pasos rápidos en la alcoba, habitada de sedosa penumbra con los postigos de sus dos ventanas entornados, distinguiendo no sin esfuerzo al grupo de mujeres alrededor de la cama. Su hijo Pedro gemía, pálido, con la cabeza hundida en un enorme almohadón blanco y los ojos cerrados. Lo habían lavado y su frente herida estaba cubierta de un emplasto casero de hilas, aceite y vino. Le tomó la manita, caliente y sudorosa, y le susurró tiernas palabras, pero no recibió contestación. Las mujeres murmuraban imperceptibles comentarios, y por una de ellas se enteró de que ya se había avisado al médico. Una vieja beata bisbiseaba oraciones mientras desgranaba su rosario entre los céreos dedos.
A la viuda Juana Hernandez, por otro lado, alguien le avisó de pasada por su ventana que habían visto a su hijo junto a la hacienda de Moscoso y que parecía estar enfermo. La mísera situación de la mujer del difunto Padilla no ameritó más consideración para el informante, que ni se detuvo para comprobar si la mujer lo había oído. Juana, muy alarmada, salió tal cual estaba, corriendo hacia allí. De la misma forma que el niño, bajo el choque a que había sido sometido, era incapaz en aquellos momentos ni de llorar tan siquiera, ella tampoco lo fue de sollozar o quejarse cuando lo vio echado junto al muro. Tomólo en sus brazos y se lo trajo a su hogar, ante la indiferencia de cuantos observaron la escena. Una vez en él logró sonsacarle a base de preguntas, mientras le inspeccionaba el cuerpo de arriba a abajo, el nombre del autor de semejante salvajada: Francisco de Aguilar, el Alcalde de la Hermandad. Tenía el niño multitudes de hematomas desde la cabeza a los pies, aunque sin heridas abiertas, excepto dos llagas enrojecidas en el nacimiento de los lóbulos de las orejas, debido a la tracción a que habían sido sometidas al levantarlo por ellas desde el suelo. La mujer, a medida que descubría más y más moratones, hervía de indignación, llegando a tal punto que, sin contención alguna posible y cuando ya Francisco pareció adormecerse sobre la cama, salió a la calle hacia la casa del Alcalde, para hacer público si quiera fuera a voces el ultraje recibido en la persona de su hijito. Hubiera matado a Aguilar en aquel mismo instante. Iba andando por mitad de la calle, semisonámbula y vacía, sin ver nada más que su pena y su odio llenando el espacio descolorido bordeado por casas amarillas cuyas ventanas parecían mirarla en su progresión calle arriba. La puerta del Alcalde apareció oscura y sin fondo, como la boca de una fosa abierta esperando tragarse fríamente sus ilusiones muertas.
Son muy confusos los testimonios de lo que sucedió en aquellos momentos. Al parecer, la mujer de Francisco de Aguilar tuvo un intercambio de palabras con Juana Hernandez, y de inmediato salió el marido. Juana volvió a su casa. El Alcalde la siguió, acaso con la intención de hacerla desaparecer de la vía pública recluyéndola en su casa para evitar mayores escándalos. Otra versión cuenta que Francisco de Aguilar, no suficientemente calmado tras la paliza al chiquillo se dirigió a casa de la viuda en cuya puerta la atacó físicamente. Quizá lo más producente sea que transcribamos los autos —fragmentarios y sin concluir— que han quedado de tan triste y a la vez cotidiano episodio. Hélos aquí:

El 21 de abril de 1552 ante Hernando Jayán, Alcalde Ordinario, pareció Juana Hernandez, viuda, como madre y administradora de Francisco, y se querelló criminalmente de Francisco de Aguilar, diciendo que le había dado muchas puñadas y coces, de que está echado en cama muy malo, y luego fue a las casas de la querellante y allí la quiso herir y matar, dándole rempujones e injuriándola de bellaca borracha y otras cosas.

Testigo, Juan Rodriguez, hijo de Juan Rodriguez, trabajador vecino de esta Villa. Dijo que estando ayer junto a la Plaza vio cómo estaba jugando el dicho Francisco con Pedro, hijo de Francisco de Aguilar; Pedro ganó un huevo a Francisco y éste no se lo quiso dar. Luego Francisco ganó un huevo a Pedro y éste tampoco se lo quiso dar y echó a huir, y Francisco iba tras él cuando Pedro cayó y se dio con la frente en el suelo. Luego vio cómo salió Francisco de Aguilar tras dicho Francisco y lo alcanzó junto a las casas de Rodrigo de Moscoso y allí le dio de coces y bofetones y le alzó de las orejas y le dio de azotes con el cinto de los calzones. No firma.

Testigo, Francisco de Morales, mercader, vecino de Sevilla. Dijo que viniendo ayer miércoles con Lorenzo Sanchez por la calle abajo a darse casa (sic) de la dicha Juana Hernandez, querellante, vio cómo Francisco de Aguilar venía la calle arriba a darse casa de la dicha Juana Hernandez, y cuando estaba frontero de la puerta salió ella y comenzó a dar voces y a gritar: "que me habéis muerto al muchacho", y Francisco de Aguilar respondió que si lo tomara en su casa que él se lo pagara mejor, y que se metiese ella en la suya y que callase la boca, y la querellante respondió: "¿porqué, señor? ¿porque sois Alcalde de la Hermandad este año?", y luego vio cómo Francisco de Aguilar se fue hacia ella y le dio un rempujón y le dijo que se estase en su casa y no lo hiciese hablar, y luego este testigo asió al dicho Francisco Aguilar y los despartió (sic), y luego la dicha Juana Hernandez tornó a asomar a la puerta y tornó a decir a Francisco Aguilar: "anda, que bien sabemos quién vos sois, que sois Aguilar y hogaño Alcalde de la Hermandad", y Francisco Aguilar le contestó: "si yo soy Aguilar vos sois una beoda", y luego este testigo y Lorenzo Sanchez lo trajeron hasta la Plaza.

Testigo, Juan Martin Haldón el mozo, que dijo que estando sentado a la puerta de la casa de Alonso Gil vio ir a Francisco Aguilar calle arriba hacia la casa de Juana Hernandez, y estando ella a la puerta le dijo: "¿vos queréis ser bien criada?", y ella dijo: "sí soy, y porque sois Alcalde de la Hermandad no habéis de dar a mi hijo, que me lo tenéis muerto", y luego Francisco de Aguilar dio un rempujón a ella diciéndole que se metiera en su casa, y luego comenzó a andar calle abajo, y asomó Juana Hernandez y le dijo que porque era Alcalde de la Hermandad hacía aquello, y Francisco Aguilar volvió hacia ella y le dijo que no volviese a decir aquellas palabras, si no, que juraba a Dios que la tomaría por los cabellos y la arrastraría; y que antes le había dicho Francisco Aguilar que debiera estar borracha desconcertada. No firmó.

Testigo, Lorenzo Sanchez. Dijo que viniendo ayer miércoles con Francisco de Morales por la calle abajo a darse casa de la dicha Juana Hernandez, querellante, vio cómo Francisco de Aguilar venía la calle arriba a darse casa de la dicha Juana Hernandez, y cuando estaba frontero de la puerta salió ella y comenzó a dar voces y a gritar: "que me habéis muerto al muchacho", y Francisco de Aguilar respondió que si lo tomara se lo pagaría, y ella respondió ... que no le osaría dar ..., y luego Francisco de Aguilar dio un rempujón a ella diciéndole que se metiera en su casa y que se fuese para borracha, y juraba a Dios que si se atufaba las narices que le había de hacer que no parase en el pueblo. Firmó de su nombre.

El sábado 30 de abril de 1552 el Alcalde Ordinario Hernando Jayán tomó declaración a Francisco de Aguilar, Alcalde de la Santa Hermandad, en la Cárcel del Concejo, el cual dijo que estando en su casa entró su hijo Pedro descalabrado y al preguntarle respondió que el dicho niño hijo de la de Padilla, y salió a buscarlo y al salir Ana Garcia, hija de Juan Gonzalo, le dijo que dicho niño le había dado un golpe a su hijo que pensó que le había hecho saltar la hiel por la boca, y que le dijo que iba hacia la casa del Jurado Jiménez, y este declarante lo halló en la puerta de Rodrigo de Moscoso y allí le dió dos o tres pescozones y un puntillón y luego se vino a su casa, adonde llegó Juana Hernandez preguntándole que porqué había muerto a su hijo, y la mujer de Francisco Aguilar respondió que no miraba ella cual estaba el suyo y entonces Juana Hernandez respondió: "mira, que enhoramala", y saliendo Juana Hernandez iba diciendo que enhoramala, que aunque fuese Alcalde de la Hermandad no le había de matar a su hijo, y luego este declarante se cobijó en su capa y se fue calle arriba, y al verla en su puerta le dijo que fuese bien criada, y ella respondió que lo fuese él, y luego este declarante le dijo que era una borracha y le dio un rempujón diciendo que entrase en su casa. Firmó de su nombre.

El domingo 1 de mayo perdió la querella Juana Hernandez por ruego e intercesión de buenas personas.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Los esclavos 75n

Hemos intentado acercarnos a contemplar los detalles de contexto de aquellos hechos y las circunstancias vitales del hijo pequeño de Juana Hernandez, al cual dejamos jugando en la Plaza en compañía del de Francisco de Aguilar, Alcalde de la Santa Hermandad. Volvamos ahora, ya más familiarizados con todo ello, a aquel día miércoles 20 de abril de 1552 ("Los esclavos 75a").
Cuando a la siguiente ronda del juego Francisco le ganó un huevo a Pedro, éste, en "justa" correspondencia, tampoco accedió a entregárselo sino que, dominado por lo que creyó una genial idea y confiando en la ligereza de su menudo cuerpecillo dio un salto y emprendió veloz huida hacia una de las bocacalles que confluían en la Plaza. Su escapada tenía más de suplemento estimulante y de refuerzo al juego que de otra cosa. Fue una escurribanda traviesa, retadora, bienintencionada, y de esta forma lo captó y comprendió Francisco, quien se prestó automáticamente a continuar lo que percibió como una continuidad enervante y prometedora del dicho juego. Con la excitación del nuevo desafío desapareció en él la amargura que el malentendido anterior había provocado en su espíritu. Ahora iban a competir a un nivel muchísimo más interesante. Ahora todo aquel oscuro asunto lo iba a decidir una persecución más o menos prolongada por las calles castillejanas, unos agarramientos, unos forcejeos dentro de las leyes y normas consuetudinarias que rigen las luchas entre los niños, y todo acabaría con un revolcón en el polvoroso suelo, un sacudirse, los sabores enfrentados y complementarios de la victoria y de la derrota, un ya nos veremos, un cruce de miradas de soslayo y hasta el día siguiente, ya todo olvidado y ambos dispuestos a proseguir con sus amistosas actividades y sus imaginativas aventuras.
Sabemos que Pedro huyó desde la Plaza por una calle cuesta abajo, mas no nos atrevemos a señalar cual de las dos únicas posibles: la que hoy conocemos por calle de Hernán Cortés, o la que luego sería denominada del Convento que, como ya hemos dicho en otras ocasiones, era por entonces más camino de carne que vía urbana propiamente dicha. En todo caso, no había grandes diferencias entre las unas y los otros, en ambos casos con abundantísima presencia de baches, matorrales, pedruscos, charcos de lía, arroyos de desagüe de las viviendas, excrementos de ganados y, en tiempos de agua, barro y charcos en excepcionales cantidades. Cuando, con la inconsciencia de los pocos años de edad, se recorrían en fuga desaforada, a toda velocidad y perseguido por alguien que viene por un bien preciado y dispuesto a luchar, lo más probable es que ocurra lo que le ocurrió a Pedro, en el cual se cumplían todas las mencionadas circunstancias. El chiquillo pisó una piedra lisa y resbalosa, medio desencajada de su cama en el piso, perdió pie, cayó fulminante y desequilibrado y fue a dar en pleno con el frontal de la cabeza contra el borde de un escalón de ladrillo que salvaba el desnivel para acceder a una de la vecinas casas. El golpe fue brutal, de conmoción abrumadora. Quedó un instante sin sentido y al levantarse tenía los ojos tan taponados de sangre que por un momento creyó haber perdido la visión. De inmediato llegó Francisco, el cual sintió como una tormenta de culpabilidad que descargaba sobre su persona cuando contempló la fea brecha sobre las cejas de su amigo manando sangre roja a violentos borbotones. Pedro, además, gritaba agudamente como un cerdo en el matadero. Un pavor indómito se apoderó de su perseguidor, un frío desconocido se adueñó de su cuerpo, se sintió desvanecer como si de sopetón le hubieran arrebatado la vida de sus piernas. Tembló incontrolablemente y, dando media vuelta y sin poder articular palabra debido al miedo, corrió alocadamente volviendo hacia la Plaza como quien huye de sí mismo.
Al llegar al portalón de la hacienda de Rodrigo de Moscoso se detuvo para recobrar aliento y ver si alguien lo seguía. En un rincón entre el muro y una pilastra inmediata al pórtico se acurrucó, atemorizado hasta el temblor.
Juan Rodriguez, hijo de otro Juan Rodriguez, de quien no podemos a estas alturas de la investigación dar más detalles habida cuenta de lo común del nombre, pero que debía ser un desocupado jornalero —que no firma su declaración en la consiguiente querella por no saber escribir, según veremos—, había presenciado todo el desarrollo de los acontecimientos desde que los niños empezaron a jugar en la Plaza. Al principio lo hizo descuidadamente, recostado en un poyo de piedra en la zona de sombra, con el sombrero caído sobre la cara y la indiferencia indolente propia del que está habituado a ver la escena a diario, mas cuando Pedro emprendió su huida, los gritos amenazadores de su perseguidor lo despertaron de su modorra y prestó más atención a lo que sucedía. Luego, por el revuelo y el alboroto de fuertes voces que se formaron en la vía hacia la Calle Real, supuso que el chico había caído, y cuando el hijo de Juana Hernandez volvía corriendo y volviendo la cabeza, pálido y asustado, fue tras él a buen paso con el ánimo de ver si llegaba muy lejos en su alocada carrera. Al momento de salir de la Plaza lo divisó escondiéndose donde queda dicho, en el rincón de la pilastra izquierda de la casa de Rodrigo de Moscoso, y se dirigió hacia allí lentamente, con la intención de recabar del horrorizado Francisquito alguna información de primera mano de los hechos.
Junto a este Juan Rodriguez, testigo directo, estaba como tal Ana García, hija moza de, precisamente, el acérrimo enemigo de Juan de Padilla y su socio en la carnicería, Juan Gonzalez Vohón. Era Ana García una muchacha frustrada por todo y todos. De fea cara manchada y repulsiva, amazacotada e informe, con ojos enormes, negros, fijos e inexpresivos como dos pedazos de cristal, situados asimétricamente y frisados por unos pelajos ralos y legañosos en lugar de pestañas, la joven había alimentado en su interior desde niña un odio de considerable magnitud cuyo objeto era el conjunto social, sin excepciones ni salvedades. Era misántropa perfecta. Y los comentarios ácidos y críticas continuadas de su padre acerca del carnicero Juan de Padilla habían calado en profundidad en ella, que en aquellos años comenzaba a despertar a la vida. Ahora encontró la oportunidad de vengar las "afrentas" recibidas por su familia, siquiera fuera post morten y en la persona del huérfano, y supo aprovechar la coyuntura declarando con exageraciones lo que veremos próximamente. Anotaremos para terminar ese capítulo que también a su padre, Juan Gonzalez Vohón, le llegó la hora como a todo cristiano, 3 años después del accidente de Pedrito que estamos narrando. Tenemos su testamento, que reza como sigue:

Juan Gonzalez Vohón, enfermo del cuerpo y sano de su voluntad y entendimiento, otorga su testamento (con el prólogo acostumbrado encomendándose a Dios, etc.). Dice deber a Luis Gonzalez Muesas, clérigo vecino de esta Villa (y capellán de Isabel Diaz de Villalobos, viuda con viñas en el pago de Las Escaleras), 5 ducados y 3 reales; uno de ellos de préstamo que le hizo y los 4 ducados y 3 reales restantes de resto de los maravedíes por los que le compró un esclavo que dice Sebastián 1. Debe al Jurado Francisco de Plasencia, vecino de Sevilla, 10 coronas de oro que le prestó2. Debe varias cantidades a otras personas de las que tiene escrituras. Diego Verde le debe a él 2 ducados, uno en dinero y el otro en carne, y de ellos ha dado a Juana Ramos 5 reales para en cuenta ... . Juan Sanchez Vanegas le debe 8 reales de resto de 1 ducado que le prestó. Manda ser enterrado en la Iglesia de Santiago, en la sepultura que digan sus albaceas, y ordena varias misas por su alma. Debe a Martin de Santana 40 reales de resto de 6 ducados de un préstamo que le hizo. Al tiempo que se casó con María Gonzalez "la Vohona", su primera mujer, no recibió bienes de ella, ni después, y así lo jura a Dios, los Santos Evangelios y la señal de la Cruz, y "para el paso que estoy que es verdad lo susodicho y que no hay fraude alguno". Declara que al casarse con Juana Ramos su segunda mujer, recibió en dote 3 tinajas llenas de vino que habría en total 70 arrobas, a 60 maravedíes cada una, y un pedazo de viña majuelo en el lugar de Salteras, al pago de Los Lagares, y una cama de ropa buena con los aderezos de casa y de su persona [de Juana] que valdrían 16 ducados, los cuales manda que se paguen a Juana Ramos su mujer. Nombra por sus albaceas a Luis Gonzalez Muesas, clérigo, y a Hernando Jayán. Y nombra por su herederos a Salvador Vohón, su hijo con dicha María Gonzalez Vohón su primera mujer, y a Catalina y María y Juana, sus hijas con Juana Ramos. Hecho en las casas del que testa en esta dicha Villa, ante el escribano Juan Vizcaíno, viernes 7 de junio de 1555. Fueron testigos Francisco García, Juan de Villarroel, sacristán de la Iglesia de Santiago de esta Villa, Cristóbal Martin Bermejo, y Alonso de Escobar, criado de don Pedro de Guzmán, Conde de Olivares.

1.- Un simple carnicero analfabeto se podía permitir el lujo de poseer esclavo. "Al estudiar los esclavos, lo primero que salta a la vista es su difusión en los distintos niveles de la sociedad sevillana. Es decir, la posesión de esclavos no queda reservada a las categorías superiores —nobleza, aristocracia ciudadana—, sino que todos los grupos tienen la posibilidad de adquirir un esclavo, hasta el punto de que incluso entre los más débiles económicamente hablando encontramos dueño de alguno" (Antonio Collantes de Terán Sánchez, Sevilla en la Baja Edad Media. La ciudad y sus hombres. Sevilla, 1984), citado por Jose Luis Cortés Lopez en Los orígenes de la esclavitud negra en España, Madrid, 1986, páginas 114-115, quien dice en la misma obra no poder estar de acuerdo con el profesor Molina cuando escribe respecto a Murcia: "El esclavo se ha convertido en estos tiempos en un producto de ostentación: es caro y sólo una minoría podía permitirse el lujo de poseerlo", Angel Luis Molina Molina, Contribución al estudio de la esclavitud en Murcia a fines de la Edad Media (1475-1516), en "Murgetana", número 53 (1978), Murcia.

2.- Sobre el Jurado Francisco de Plasencia, ver "Los esclavos 75d, nota 1", entrada de septiembre de 2009.
Corona: moneda antigua de oro, que tenía grabada una corona y corrió desde el reinado de don Juan II de Castilla hasta fines del siglo XVII. Tuvo diversos valores, y en tiempo de los Reyes Católicos equivalía a unos 11 reales de plata. RAE.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Los esclavos 75m

Fueron unos días de excelente negocio para Francisco Hernandez Labrador con la venta de bueyes (cinco animales en cuarenta y ocho horas, a 11 ducados cada uno, son 20.625 maravedíes), personaje omnipresente, por otra parte, en infinidad de documentos de la época, y en este negocio, como vemos, con particular y exclusiva clientela ginencina, a tenor de otros dos contratos, que son éste que trascribimos seguidamente, fechado un día antes del de la venta de los 2 bueyes al ex-alcalde Francisco de Carmona, el cual ejerce como testigo:

Baltasar Martin, labrador vecino de Gines, estante en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, pagará a Francisco Hernandez Labrador, vecino de la Calle Real de esta dicha Villa, 11 ducados por un buey hosco apavonado del hierro de Alonso Caballero1, vecino de Sevilla, que ya es en su poder. Pagará el día de Todos los Santos primero que viene de este dicho año, so pena del doble. Declara que es mayor de 25 años. No firmó porque dijo que no sabe escribir. Fueron testigos presentes Francisco de Carmona, vecino de Gines, y Juan de Escalante Cantero. Dado en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, martes 17 de marzo de 1545.

1.- Alonso Caballero era hermano de Diego Caballero (ver "Los esclavos 41v", entrada de mayo de 2009).

Y este otro del mismo día:

Alejos de Castellanos1 y Antón Labrador, labradores vecinos de Gines y estantes en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, pagarán a Francisco Hernandez Labrador, vecino de la Calle Real, que está presente, 22 ducados de oro por 2 bueyes, el uno de color bermejo bragado y el otro bermejo arromerado2, que ya son en su poder. Pagarán el día de Todos los Santos primero que viene de este dicho año, so pena del doble. No firmaron porque dijeron que no saben escribir. Testigos, el Bachiller Juan de Herrera, vecino de Sevilla, y Juan Cantero de Escalante. Hecho en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, martes 17 de marzo de 1545.

1.- Alejos de Castellanos (otras veces Alejo de Castellón), fue en Gines Alcalde Ordinario en 1550, y Regidor en 1554 —con Francisco Andrés de Alcalde Ordinario; ver el capítulo anterior, nota al final—. A este Alejos de Castellón o de Castellanos no le valieron sus cargos en el Concejo de la vecina Villa ni sus boyantes negocios para librarse de ser encarcelado en la de Castilleja de la Cuesta. En efecto, el jueves 6 de julio de 1559 Alejos estaba, "preso desde hoy antes de la salida del sol" en la Cárcel del Concejo de esta Villa cuando Bernardo de Oliver, otro preso en ella, protagonizó una rocambolesca fuga. Sobre Bernardo de Oliver remitimos a "Los esclavos 41t, nota 1". Anticiparemos de este episodio sobre Alejos de Castellón "que cuando se iba a escapar [Bernardo de Oliver, a eso de las 8 o las 9 antes del mediodía] le dijo que se levantase [al declarante Alejo de Castellón] porque el declarante estaba sentado en el cepo, aunque el declarante no sabía que se iba a escapar; después vió que sacó los pies del cepo y dejó las prisiones quebradas, a lo cual, al verlas el testigo dió voces [para alertar al Alguacil]". Desafortunadamente desconocemos por ahora la causa de la detención de Alejo aquella madrugada y el pleito que se le siguió.

2.- Bragado. Adjetivo; dicho del buey o de otros animales: que tienen la bragadura [la entrepierna] de diferente color que el resto del cuerpo. RAE.
Arromerado. Adjetivo; Cuando los pelos rojos y blancos se disponen formando como florecillas la capa se denomina bermejo arromerado; otros autores definen arromerado como sinónimo de "cárdeno claro", siendo cárdeno el color de la capa de pelos blancos y negros muy mezclados sin llegar a constituir manchas.

Y del viaje de Juana Hernandez a Sevilla para gestionar las testificaciones contra el gineño Francisco de Carmona, solo nos resta imaginar sus incidencias. A lomos de alguna humilde bestia, acompañada de algún vecino de confianza, quizá de alguna de sus hijas; hospedada en cualquier cuartucho de cualquier ínfima posada, sin ganas de salir la mayor parte del tiempo excepto para algún corto paseo a fin de respirar y desentumecer los músculos; largas horas de espera en los vestíbulos de la Audiencia hasta ser atendida por las autoridades, soportando alguna que otra insinuación libidinosa por parte de algún funcionario —no olvidemos que era mujer atractiva—; sesiones interminables ante los escribanos, las más de ellas a pie firme...; hasta que llegó el tan deseado momento de la recepción de los documentos, nuevos, crujientes, y el ansiado regreso a casa. Ofrecemos las transcripciones de algunos de estos documentos que con tanto celo portó la mujer de Juan de Padilla en su vuelta a Castilleja. Se comentan por sí mismos, revelando en una rápida lectura todas las vicisitudes que llevaron al ex-carnicero de Castilleja a demandar al ex-alcalde de Gines:

En Sevilla a 8 de marzo de 1545 a hora de las 11 antes del mediodía poco más o menos, ante el Honrado Señor Gonzalo Martinez, Alcalde Ordinario de dicha ciudad por Su Majestad, y en presencia de Hernán Perez, escribano público de Sevilla, y testigos, pareció presente una mujer que se dice por nombre Juana Hernandez, mujer que se dijo ser de Juan de Padilla, vecinos de la Villa de Castilleja de la Cuesta, y dio y presentó ante el dicho Señor Alcalde una Carta de Justicia Requisitoria y un Poder y un escrito de interrogatorio, todo ello escrito en papel según que por ello parece.

Carta de Justicia y Requisitoria: "Al Asistente de Sevilla, su lugarteniente y otros cualesquier Jueces y Justicias de la dicha ciudad, Juan de Santana, Alcalde Ordinario de la Villa de Castilleja de la Cuesta, les hace saber que ante él se trata cierto pleito entre Francisco de Carmona, vecino de Gines, y Juan de Padilla, carnicero, vecino de dicha Villa de Castilleja, y ahora pareció ante dicho Juan de Santana, Alcalde Ordinario, el dicho Juan de Padilla, y le dijo que, para en prueba de cuestión, estaban en esa ciudad de Sevilla ciertos testigos, de los cuales dijo que se entendía aprovechar en cierta disposición que ante dicho Juan de Santana, Alcalde Ordinario, tiene presentada contra cierta ejecución que fue hecha en sus bienes a pedimento del dicho Francisco de Carmona, y le pidió le mandase dar su Carta de ¿Receptoría? para las Justicias de Sevilla".
Juan de Santana continúa pidiendo en ella que dichas Justicias de Sevilla manden interrogar bajo juramento a los testigos que presente dicho Juan de Padilla, y los interrogue según las preguntas adjuntas y le de a Juan de Padilla testimonio de todo ello para que lo traiga a Castilleja para salvaguarda de su derecho.
Dado en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, en sábado 7 de marzo de 1545. Firman, Juan de Santana, Alcalde Ordinario, y Juan Vizcaíno, escribano público y del Concejo de esta dicha Villa.

Este mismo sábado 7 de marzo dio Juan de Padilla el poder a su mujer, el cual ella ahora presenta ante las Justicias de Sevilla. Testigos de dicho poder, Juan Martin y Diego Hernandez.

Interrogatorio. Primera pregunta: si conocen a las partes y si conocen a Teresa Ruiz, vecina de esta Villa de Castilleja, y a Cristóbal Jimenez de la Mora, vecino de Sevilla. Segunda pregunta: si saben que por el año pasado de 1541, siendo carnicero de esta Villa de Castilleja el dicho Francisco de Carmona, se concertó con el dicho Juan de Padilla que, para en pago de 4 ducados que el dicho Francisco de Carmona le debía, le diese los menudos de los puercos que se pesasen en la carnicería, a precio de 45 maravedíes cada menudo, y de ello hicieron escritura pública. Tercera pregunta: si saben que los dichos puercos que a la sazón se pesaban en la carnicería eran del dicho Cristóbal Jimenez de la Mora, el cual estaba concertado con el dicho Francisco de Carmona que de cada uno de los menudos cobrase el dicho Cristóbal Jimenez 25 maravedíes. Cuarta pregunta: si saben que los puercos que se pesaron y de que el dicho Juan de Padilla recibió los menudos, pagó al dicho Cristóbal Jimenez de la Mora 25 maravedíes por cada uno, los cuales le pagó por mandamiento de la Justicia de esta Villa, y aún para ello le tomaron y vendieron una capa al dicho Juan de Padilla. Quinta pregunta: si saben que lo que restó a cumplimiento del valor de los dichos menudos al respecto de 45 maravedíes sobre los dichos 25 maravedíes que el dicho Cristóbal Jimenez de la Mora cobró, no bastó para que el dicho Juan de Padilla fuese pagado de los 4 ducados que el dicho Francisco de Carmona le debía, antes faltaron dineros y así parece por la cuenta de los dichos menudos que el dicho Juan de Padilla recibió, que fueron los de los puercos del dicho Cristóbal de la Mora. Sexta pregunta: si saben que el dicho Juan de Padilla se concertó con la dicha Teresa Ruiz para que ella recibiese los dichos menudos y le pagase a él los 4 ducados y el resto al dicho Francisco de Carmona, y este concierto lo puso y hubo por bueno el dicho Francisco de Carmona y, conforme al dicho concierto, Teresa Ruiz recibió los dichos menudos. Séptima pregunta: si saben que, habiéndo recibido Teresa Ruiz los dichos menudos, no pagó al dicho Juan de Padilla lo que el dicho Francisco de Carmona le debía de los dichos 4 ducados, porque la Justicia de la dicha Villa tomó a la dicha Teresa Ruiz el dinero que montaban los dichos menudos para la paga de la alcábala de la carnicería que debía el dicho Francisco de Carmona. Octava pregunta: si saben que todo lo dicho es pública voz y fama.
Ponénse por posiciones al dicho Francisco de Carmona, y pídese las declare conforme a la ley. Y juró a Dios y por la Santa Cruz. Firma el Licenciado Martin Alonso.

El Alcalde Ordinario de Sevilla Gonzalo Martinez, visto el mandamiento, el poder y el interrogatorio, dijo que traiga los testigos para hacer su probanza, que él está presto de recibirlos y hacer justicia.
Y después, en dicho día, mes y año, Juana Hernandez presentó por testigos a Cristóbal Jimenez de la Mora, labrador, vecino de Sevilla en la collación de San Gil; a Pedro Ortiz, criado del Señor Conde de Olivares, vecino de Sevilla en la collación de Omnium Sanctorum; y a Antón Lopez, carnicero, vecino de Sevilla en la collación de San Salvador. De todos los cuales el Alcalde Ordinario de Sevilla tomó juramento.
Testigo, Cristóbal Jimenez de la Mora. Conoce a Juan de Padilla y a Francisco de Contreras de 5 años a esta parte, y a Teresa Ruiz también de 5 años. No le tocan las generales y tiene 50 años de edad. De la segunda pregunta dijo que la sabe porque se lo oyó decir al dicho Francisco de Carmona y a Juan de Padilla. De la tercera pregunta dijo que este testigo pesó en la dicha Villa 60 ó 72 puercos (sic) y se concertó con Francisco de Carmona que de cada menudo le diese a este testigo 25 maravedíes y este testigo los recibió. De la cuarta pregunta dijo que de los puercos que se pesaron de este testigo, de que dicho Juan de Padilla recibió los menudos le pagó a este testigo de cada uno 25 maravedíes, como estaba concertado entre este testigo y Francisco de Carmona, los cuales le pagó Juan de Padilla por mandamiento de la Justicia de la dicha Villa, y por virtud de él se le vendió una capa del dicho Juan de Padilla con que a este testigo se le pagó los menudos todos. A la quinta dijo que no la sabe. A la sexta pregunta dijo que lo oyó decir a muchas personas en esta dicha Villa. De la séptima pregunta dijo que no la sabe. A la octava pregunta dijo lo que dicho tiene y se afirmó en ello. No firmó porque dijo que no sabía escribir.
Testigo, Pedro Ortiz, criado del Conde de Olivares. Dijo conocer a Juan de Padilla y a Francisco de Carmona de más de 25 años, y a Teresa Ruiz y a Cristóbal Jimenez de Mora de 5 años a esta parte. No le tocan las generales y tiene más de 45 años de edad. De la segunda pregunta dijo que, como escribano público que era este testigo de dicha Villa, pasó la escritura y concierto de todo ello. De la tercera pregunta, dijo que la sabe por la misma razón. De la cuarta y de la quinta, lo mismo. De la sexta pregunta dijo que vio a Teresa Ruiz hacer los menudos, y cobrar la Justicia los dineros de ellos por la alcábala. De la séptima pregunta, dijo que la sabe porque él y el Alcalde Ordinario Juan Verde cobraron los dineros de los menudos por el Concejo por la dicha alcábala que Francisco de Carmona debía a la dicha Villa, y aún este testigo pagó por la dicha Teresa Ruiz al dicho Alcalde Ordinario Juan Verde ciertos maravedíes que ella debía sobre ciertas prendas que el Alcalde Ordinario tenía, que le había sacado por los dichos maravedíes. De la octava pregunta dijo lo que dicho tiene.
Testigo, Antón Lopez, carnicero. Dijo que conoce a Juan de Padilla y a Francisco de Carmona de más de 15 años, y a Teresa Ruiz de 15 años, y a Cristóbal Jimenez de la Mora de 5 años a esta parte. No le tocan las generales y es de 35 ó 40 años de edad. A la segunda pregunta, dijo que la sabe por haber estado presente cuando Francisco de Carmona y Juan de Padilla se concertaron. A la tercera pregunta, dijo que se pesaron ciertos puercos de Cristóbal Jimenez de la Mora en esta Villa, y dicho Cristóbal Jimenez se concertó con Francisco de Carmona que de cada menudo le diese 25 maravedíes. De la cuarta pregunta dice que vio cómo Juan de Padilla recibió los menudos y pagó al dicho Cristóbal Jimenez de la Mora 25 maravedíes, por mandamiento de la Justicia y Alcaldes de la dicha Villa, y para ello le vendieron una capa con la cual se pagó a Cristóbal Jimenez de la Mora lo que se debía de los dichos menudos. De la quinta pregunta dijo que no la sabe. De la sexta pregunta dijo que vio hacer los menudos a dicha Teresa Ruiz, y que de la manera que fue, que este testigo no lo sabe. De la séptima pregunta dijo que sabe que los Alcalde Ordinarios que a la sazón eran tomaron y secuestraron todos los maravedíes de los menudos que la dicha Teresa tenía y debía al dicho Francisco de Carmona, para pagar la alcábala al Concejo de esta dicha Villa. De la octaba pregunta dijo lo que dicho tiene. No firmó porque dijo que no sabía escribir.
Luego en dicho día dieron testimonio cerrado y sellado de todo ello a Juana Hernandez. Testigos que fueron presentes, Juan Moreno y Diego Perez, escribanos de la ciudad de Sevilla.

domingo, 18 de octubre de 2009

Los esclavos 75l

Si el lunes 9 de marzo dio un poder el carnicero a su mujer para cobrar de los tabanqueros del Arenal lo que le debían, dos días antes, el sábado, le había otorgado otro para que se presentara en Sevilla ante el Alcalde Ordinario por Sus Majestades, el Honrado Señor Gonzalo Martinez, a fin de continuar un pleito que por entonces sostenía contra un tal Francisco de Carmona. Tuvieron que recurrir a la jurisdicción hispalense porque los testigos que pretendían presentar en su probanza eran vecinos de dicha ciudad.
Ciertamente el matrimonio debía estar muy acosado por escribanos, procuradores, acreedores, justicias, etc., pero la carga principal era soportada por Juana Hernandez, habida cuenta de la enfermedad de su marido.
Francisco de Carmona, la parte demandada, era vecino de Gines. Hombre ya bien entrado en años por la fecha que tratamos, había vivido acontecimientos importantes en su localidad, de los que fue partícipe directo y de los que se vanagloriaba. De rala cabellera blanquísima y dulce calva, corpulento y más bien alto, aparentaba bondad con sus ademanes parsimoniosos y con su grave voz, nunca alterada por las emociones. Después de desempeñar en varias ocasiones la alcaldía ordinaria de su patria chica, y ya —debido a los años— algo venido a menos en lo que respecta a energía física, accedió, mediante la pertinente puja en la Plaza, a la renta de las carnicerías de Castilleja de la Cuesta en el año 1541, y obligado a ellas era cuando se dieron las circunstancias que le llevaría a ser demandado por Juan de Padilla.
Francisco de Carmona pasaría a formar parte sustancial de la historia de los grandes acontecimientos gineños cuando, como Alcalde Ordinario nombrado por Luis de Zúñiga*, le fue leída públicamente en la plaza de su pueblo el domingo 26 de octubre de 1522, por el tutor curador de los hijos de Elvira de Narváez**, la Carta Requisitoria del Teniente de Asistente de Sevilla por la cual exigía para sus tutelados la entrega y posesión de la cuatro quintas partes de Gines, su término, jurisdicción y todo lo demás dependiente y anejo al Señorío. El Alcalde Francisco de Carmona, convenientemente respaldado, puso en efecto tácticas dilatorias, como la de reclamar copia de la Carta Requisitoria y la de pedir tiempo para preparar su respuesta. Al cabo de un mes y ya en su poder la copia solicitada, fue requerido por segunda vez de la misma forma y en el mismo lugar, a lo que contestó prometiendo que al siguiente día se personaría él mismo en la capital porque necesitaba asesoramiento de su letrado, el procurador Lope de Segovia; luego —aseguró— respondería lo que conviniese. Al estar la posesión del lugar pendiente de pleito en la Audiencia de los Grados de Sevilla, el procurador Lope de Segovia encontró en ello argumento idóneo para negar el pedimento de posesión hasta tanto no concluyese su veredicto la justicia sevillana. El representante de los hijos de Elvira de Narváez denunció a Francisco de Carmona ante la Real Audiencia de Granada, tribunal que estaba por encima del de Sevilla, exigiendo además que le condenasen en las costas judiciales. Luis de Zúñiga, apoyando a su alcalde, alegó repitiendo que hasta que se fallase el pleito pendiente en Sevilla él seguía siendo "Señor de Gines por justos y derechos títulos", mas aunque movió todos los resortes que pudo, el 13 de diciembre de dicho año sentenciaron desde Granada en su contra y ordenaron a Francisco de Carmona que diese la posesión a los hijos de Elvira de Narváez. Tras algún tira y afloja y alguna suplicación, en la Nochebuena el conflicto estaba decidido a favor de los dichos hijos, y el 16 de marzo del siguiente año, 1523, el marqués de Ayamonte*** tomó el tan disputado dominio tras haberlo comprado a sus nuevos poseedores. La parte principal del texto de la ceremonia se puede ver en "Gines. Historia de la Villa bajo el Régimen Señorial", de Antonio Herrera García:

E luego incontinenti el dicho señor marqués tornó a entrar en las dichas casas principales e hizo llamar ante sí a Francisco de Carmona, alcalde ordinario del dicho lugar y, estando ante él presente, le preguntó si había en el dicho lugar otro alcalde o regidores, el cual dijo que no. E luego el dicho marqués dijo al dicho alcalde que bien sabía cómo él había comprado las cuatro quintas partes del dicho lugar e, por virtud de la dicha compra, había tomado la posesión del dicho lugar; y, porque también le convenía tomar la posesión de la justicia y jurisdicción civil y criminal del dicho lugar, por ende que le pedía y requería y pidió y requirió que de e entregue la vara de la justicia en señal de la posesión; e luego el dicho alcalde se hincó de rodillas delante del dicho marqués y le besó la mano por su señor y le dio y entregó la vara de la justicia, que tenía en la mano, y con ella dijo que le daba y entregaba y le dio y entregó la posesión de la justicia y jurisdicción civil y criminal, alta y baja, mero mixto imperio, por razón de las dichas cuatro quintas partes que a su señoría pertenecen. Y el dicho señor marqués recibió la dicha vara en su mano y la dio y entregó a Juan Vallejo, su criado, vecino de la ciudad de Sevilla, que presente estaba, y dijo que le hacía e hizo merced del dicho oficio de alcalde ordinario del dicho lugar, por razón de las dichas cuatro quintas partes, por tanto tiempo cuanto fuese su voluntad.

Y en su amenísima y rica en matices historia novelada de Gines, "Memoria de al-Xines", José Luis Montiel Hurtado pone voz a un Francisco de Carmona recordando aquel acto con sus contertulios Cristóbal Jiménez el secretario y Diego Perez el alguacil:

—El marqués de Ayamonte —dijo el ex-alcalde Francisco Carmona mientras miraba desde la casa ayuntamiento los jaramagos de la torre de Gines— tomó posesión del señorío en 1523 con la teatralidad con que se mueve siempre la nobleza. En la ceremonia de toma de posesión del señorío entregué al marqués la vara de la justicia y, de rodillas, le besé la mano, según era costumbre en este tipo de ceremonias.
Y añade que: Lo mismo hicieron Diego Perez el alguacil y el secretario Cristóbal Jiménez. Los nuevos señores de Gines, con natural displicencia, revisaron las estancias de la hacienda y se fueron en el mismo carruaje con que habían llegado a la plaza del pueblo.

No sin antes "dejarlo todo como estaba", porque como nos cuenta el profesor Antonio Herrera Garcia en su mencionada "Historia de Gines", el marqués de Ayamonte dejó a Francisco de Carmona de casero e inquilino en su casa principal, sita en la plaza ginense donde tenían lugar las referidas ceremonias; le devolvió el oficio de escribano público a Cristóbal Jimenez, quien también lo acababa de entregar; y restituyó los cargos de justicia:

E luego el dicho señor marqués dijo que, porque el dicho Juan de Vallejo, a quien había dado la vara de alcalde ordinario, no podía residir en el dicho lugar e porque no quede el dicho lugar sih persona que administre la justicia, que hacía e hizo merced de la dicha vara y oficio de alcalde ordinario al dicho Francisco de Carmona, que primero la solía tener, para que lo tenga por su señoría cuanto fuere voluntad; e mandó al dicho Juan de Vallejo que le dé y entregue la vara, el cual luego se la dio y entregó al dicho Francisco de Carmona, el cual la recibió y por ella besó la mano al dicho señor marqués. Y asimismo el dicho señor marqués volvió la vara al dicho Diego Perez, alguacil, para que use del dicho oficio de alguacil cuanto fuere la voluntad de su señoría, y el dicho Diego Perez la recibió y besó la mano al dicho señor marqués.

* Luis de Zúñiga, hijo mayor de Gonzalo de Zúñiga (fallecido en el año 1521) y de Beatriz de Villafañe. Gonzalo era heredero del lugar de Gines según testamento otorgado por su madre doña Mencía de Zúñiga el 19 de junio de 1491; Luis se consideraba con derecho al señorío de Gines como su sucesor, y de hecho disfrutaba de los frutos y rentas que producía. Pero se encontró con la oposición de su madrastra, Elvira de Narváez.
El abuelo materno de Luis de Zúñiga, una vez viudo, tomó el estado eclesiástico, fue obispo de Jaén y, hecho prisionero por los moros granadinos, murió martir (Antonio Herrera Garcia, "Historia de Gines).

** Elvira de Narváez, segunda esposa y viuda de Gonzalo de Zúñiga, tuvo con él cuatro hijos: Gonzalo de Zúñiga, Leonor, Mencía y Rodrigo de Narváez. Litigó en nombre de éstos contra las pretensiones de su hijastro Luis sobre el lugar de Gines. Hizo que exigieran al Alcalde Ordinario de Gines Francisco de Carmona la entrega y posesión de la cuatro quintas partes de Gines, su término, jurisdicción y todo lo demás dependiente y anejo al Señorío, según se ha referido más arriba.

*** Francisco de Zúñiga y Guzmán —de otra de las ramas de la familia de los Zúñiga—, primer marqués de Ayamonte, segundo hijo de don Pedro de Zúñiga, duque de Béjar, y de doña Teresa de Guzmán, de la casa de Medina Sidonia y Niebla. Casado con Leonor Manrique de Castro. El profesor Antonio Herrera Garcia se inclina a suponer que este marqués se erigió en protector y valedor de Elvira de Narváez, ya viuda, y de sus hijos, en el pleito que sostuvieron con Luis de Zúñiga, en base a que ella residía en las casas del dicho marqués (en la sevillana collación de San Pedro), a que allí había firmado algunos documentos, y a que justo cuando finalizó dicho pleito el marqués le adquirió Gines y sus dependencias.

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De modo y manera que el ex-alcalde de Gines Francisco de Contreras era hombre de experiencia, a quien se solía ver rodeado de parroquianos, oyentes atentos a cuanto refería con su tono amable y tranquilo, ya fuera en las tertulias en la población, ya en las reuniones que propiciaban los descansos en las tareas del campo. Frecuentaba al final de sus días el ginense pago de Pino Franco, linde con el callejón de Las Escaleras, para charlotear con los hortelanos y los pastores. También tenía muy buenos amigos en Castilleja de la Cuesta.
Todavía andaba bregando entre las dos Villas cuando Juan de Padilla languidecía de sus lobanillos espaldares, pero ya las antiguas diferencias eran gestionadas por Juana Hernandez como hemos visto. Durante este año de 1545 se animó, al contrario que su rival ahora enfermo, haciéndose cargo de las carnicerías de Gines, lo cual le ofreció múltiples oportunidades de trato y comercio con los carniceros castillejenses, pero también el reavivamiento del pleito con el ahora casi indigente Juan de Padilla. En todo caso, Juana Hernandez lo odiaba profundamente, y cuando coincidían por alguna calle, ella cruzaba en ángulo recto al otro lado, tiesa y con la mirada altiva y el gesto adusto. Estaba cansada, agotada, exhausta, tras sus últimos viajes a Sevilla, y aquel vejestorio se resistía a pagar lo que les debía.
Dos semanas después de los días de las tramitaciones que la mujer efectuaba en la capital, el miércoles 18 de marzo, Francisco de Carmona, obligado de las carnicerías de Gines como hemos dicho, y presentando como su fiador a su paisano el vinero Francisco Andrés*, se comprometió a pagar, ante el escribano Juan Vizcaíno en su pupitre del atrio de la Iglesia de Santiago, 22 ducados de oro al vecino de la Calle Real Francisco Hernandez Labrador, también presente, por dos bueyes, el uno hosco** y el otro bermejo, ya ambos en su poder y satisfechos ya también por su parte los derechos de alcábala. Concertaron en hacer el pago el día de Todos los Santos y testificaron el trato Lorenzo Sanchez y Gerónimo de Lucena, vecinos de Sevilla. Ni Francisco ni su fiador firmaron, por no saber escribir.

* Francisco Andrés fué Regidor del Concejo de Gines en 1553, y Alcalde de la Santa Hermandad en 1555 y en 1559. Fué además casero de la hacienda de los Zúñiga y de los Guzmán en dicha Villa.

** Hosco (Del lat. fuscus, oscuro). Adjetivo. Dicho del color moreno: muy oscuro, como suele ser el de los indios y mulatos. RAE.

viernes, 16 de octubre de 2009

Los esclavos 75k

Redondeando el retrato de la familia de Juan de Padilla, vamos en este capítulo a transcribir algunos escritos sueltos, con varias fechas, los cuales nos facilitarán nuestro paseo por aquella Castilleja en su conjunto y nos posibilitarán comprender todavía más el episodio en concreto que nos ocupa:

El 30 de diciembre de 1545 (error: debe ser 1544) ante Lorenzo Sanchez, Alcalde Ordinario, pareció Cristóbal Martin de Alaraz, clérigo cura de la Iglesia de Santiago, y puso las carnicerías por el año de 1545 en 40 ducados, y se obligó con las condiciones del Concejo. Testigos, Juan Martin y Bartolomé Moreno.
El domingo 4 de enero de 1545 Juan Verde y Juan de Santana, Alcaldes Ordinarios, hicieron las dichas condiciones1.
El 19 de enero pareció Antón Lopez, vecino de Sevilla, y ofreció 42 ducados, testigos, Lorenzo Sanchez y Juan de Castro.
El domingo 25 de enero pareció Francisco Hernandez Labrador, vecino de la Calle Real, y ofreció 50 ducados.
En dicho día 25 Diego Jiménez de Montanchez, pregonero del Concejo de Tomares, pregonó en la Plaza la renta de la carnicería; no pujó nadie, y le fueron rematadas a Francisco Hernandez Labrador. El domingo 1 de febrero hizo traspaso en Juan de Padilla por los dichos 50 ducados, testigos, Lorenzo Sanchez y Diego Verde.
Luego, Juan de Padilla y Juana Hernandez su mujer se obligaron a pagar, y a cumplir las condiciones, dando por sus fiadores a Francisco de Contreras2, Francisco Hernandez Labrador y a Pedro de Padilla3, vecino de Triana, presentes. Testigos, Lorenzo Sanchez y Luis Verde.

1.- Pueden verse tales condiciones en "Los esclavos 68", entrada de julio de 2009.

2.- Una hija de Francisco de Contreras, Isabel de Contreras, era la esposa de Gregorio Lopez, el alanceado por el portugués Hernán Dominguez, quien a su vez era nuero de Juan de Padilla.

3.- Pedro de Padilla, el criado del Conde; terminaría explotando sexualmente a la viuda de su primo Juan de Padilla en Castilleja de Guzmán (ver "Los esclavos 75c").


Pero comprobemos ahora cómo cuando Juan de Padilla se hacía cargo de la carnicería, el domingo 1º de febrero, ya arrastraba, además, ciertas irregularidades en sus cuentas, estando por ellas padeciendo el embargo de su asno de color prieto mohíno:

Miércoles 7 de enero de 1545. Juan Vizcaíno, escribano público y del Concejo de esta Villa, hace saber y da fe que hoy está en su presencia y testigos infrascritos Juan Martin, Alguacil de esta dicha Villa, por virtud de un mandamiento del Alcalde Ordinario Juan de Santana, que dice:
"Yo, Juan de Santana, Alcalde Ordinario de esta Villa de Castilleja de la Cuesta por el Conde mi Señor, mando a vos, cualquier de los Alguaciles de esta dicha Villa, que hagáis entrega y ejecución de bienes de Juan de Padilla y Juana Fernandez (sic) su mujer, vecinos de esta dicha Villa, o en sus bienes de cualquier de ellos, por cuantía de 1.500 maravedíes y 6 gallinas que debe dar y pagar a Fernán Rodriguez de Olivares, vecino de la ciudad de Sevilla, según se contiene en un contrato público de tributo que ante mí presentó el dicho Fernán Rodriguez y lleva en su poder, y juró que le son debidos los dichos maravedíes y gallinas, y los bienes en que hiciéreis la dicha ejecución sean muebles y tales que valgan la dicha cuantía, y sacarlos de su poder y traerlos ante mí para que yo haga de ellos lo que sea justicia, y si tales bienes no tuviere, sean recibidos con fianza bastante que os de de todo saneamiento, así a los bienes muebles como a los raíces, y si tales bienes no tuviere con la dicha fianza, prendedle el cuerpo al dicho Juan de Padilla y ponedlo preso en la Cárcel del Concejo de esta Villa para que allí cumpla de derecho por la dicha razón, y notificada a los principales y fiadores los términos de la ley de términos y no haga de él que de algo, pena de 500 maravedíes para la Cámara de Su Señoría. Hecho a 7 días del mes de enero de 1545 por el Señor Alcalde Juan de Santana."
Juan Vizcaíno hizo entrega y ejecución por bienes que dice ser de Juan de Padilla y Juana Hernandez su mujer, por la dicha cuantía de los dichos 1.500 maravedíes y 6 gallinas en el dicho mandamiento contenidos, de un asno de color prieto mohíno, el cual dicho asno de suso declarado el dicho Alguacil llevó en su poder y dijo que se obligada de lo dar cada y cuando que por el dicho Señor Alcalde o por otro Juez que de la causa pueda y deba conocer le fuere pedido y demandado, so pena que pagará la dicha cuantía de los dichos maravedíes y gallinas en el dicho mandamiento contenidos, en fe de lo cual Juan Vizcaíno dio la presente firmada de su nombre y signada con su signo, que es hecha en la dicha Villa de Castilleja de la Cuesta, miércoles 7 de enero del año del Nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de 1545, testigos que fueron presentes Cristóbal de Valencia y Domingo Martin, estantes en esta dicha Villa.


Casi de inmediato surge Juan Gonzalez Vohón, quien se convertiría en la "bestia negra" y en el verdugo de nuestro buen carnicero Juan de Padilla:

El lunes 2 de marzo de 1545 ante Juan de Santana, Alcalde Ordinario, pareció Juan Gonzalez Vohón, vecino de Salteras, y dijo que echaba y echó el cuarto de la renta de la carnicería sobre los 50 ducados, y se obligó a pagar al Concejo desde 1º de enero hasta fin de diciembre 62 ducados y medio, porque monta el dicho cuarto 12 ducados y medio, el cual cuarto echó con condición de que los primeros 100 carneros que pesaren, que si le echaren otro cuarto sobre este que ahora echa, que él no sea obligado a acudir con los derechos de los dichos 100 carneros a la persona que le tornare a echar el cuarto. Hizo la solemnidad del juramento y dio por fiador a Diego Verde. Testigos, Juan Librero, vecino de Castilleja de Guzmán, y Francisco Garcia.


He aquí un poder que suena a "canto del cisne", ya que el otorgante moriría dos meses después:

Lunes 9 de marzo de 1545. Sepan cuantos esta carta vieren como yo, Juan de Padilla, vecino que soy de la Villa de Castilleja de la Cuesta, otorgo y conozco que doy todo mi poder cumplido cuan bastante de derecho en tal caso se requiere a Juana Hernandez mi mujer, especialmente para que por mí y en mi nombre y como yo mismo pueda pedir y demandar y recibir y haber y cobrar así en juicio como fuera de él de Francisco Díaz, tabanquero1, vecino de la ciudad de Sevilla en los bodegones de la Puerta del Arenal, 23 reales de plata y 8 maravedíes, y de (en blanco) de Sanpedro, tabanquero vecino de los dichos bodegones de la Puerta del Arenal de la dicha ciudad de Sevilla, 7 reales de plata, o de sus bienes o de quien con derecho deba, que los susodichos y cada uno de ellos me deben y son obligados a me los dar y pagar de cierta carne que les dí a los sobredichos y a cada uno de ellos antes que entrase la Cuaresma de este presente año, fiada, y no me los han pagado, y los pueda recibir en sí y dar de los que recibiere sus cartas y albalaes de pago y de recibimiento y de fin y de quitamiento, las que por la dicha razón cumplieren y menester fueren, y valgan y sean tan firmes y valederas como si yo mismo las diese y allí lo presente fuese, y si fuere menester entrar en contienda y querellamiento por razón de la cobranza de los dichos maravedíes o de cualquier parte de ellos, pueda parecer y parezca ante todos y cualesquier Alcaldes y Jueces y Justicias de cualquier fuero y jurisdicción que sean, y ante ellos y cualesquier de ellos pueda hacer y haga todas las demandas y pedimentos y requerimientos y emplazamientos y citaciones y expresiones y secuestros y embargos y ejecuciones y ventas y remates de bienes, y presentar testigos y probanzas y escritos y escrituras, y recibir testigos y probanzas, y tachar y contradecir los que contra mí fueren dados y presentados y dichos y en personas y fés de pedir sean hechos cualquier juramento o juramentos, y concluir y pedir y oir sentencia y sentencias, así interlocutorias como definitivas, y las consentir y apelar y suplicar de ella o de ellas, para allí todo con derecho debiere hacer y haga en juicio o fuera de él todas las otras cosas y cada una de ellas que menester sean de se hacer y yo mismo haría o hacer podría presente siendo, aunque sea de aquellas cosas de casos que según derecho requieran haber en sí otro ni más especial poder y mandado y presencia personal y con facultad, y que lo pueda sustituir en quien quisiere, antes de la contestación del pleito o después, y lo revocar cuando por bien tuviere, y cuan cumplido y bastante poder puedo y debo dar y otorgar para lo que dicho es, otro tal y tan cumplido lo doy y otorgo a la dicha Juana Hernandez mi mujer, o a los por ella sustitutos, con todas sus incidencias y dependencias, anexidades y conexidades y con libre y general administración, y los ¿recibo? según derecho, y para lo haber por firme obligo a mí y a todos mis bienes habidos y por haber, hecha la Carta en la Villa de Castilleja de la Cuesta en lunes 9 días del mes de marzo, año del Nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de 1545, testigos que fueron presentes a lo que dicho es Diego Hernandez y Juan Hernandez, vecinos de esta dicha Villa, y el dicho Juan de Padilla no lo firmó porque dijo que no sabía escribir, y rogó a mí, escribano público yusoescripto, que lo firmase por él en este Registro. Juan Vizcaíno.

1.- Tabanco, puesto, tienda o cajón que se pone en las calles o en los mercados para la venta de comestibles. RAE. El Diccionario de Autoridades especifica que se pone en las calles, donde venden de comer para los pobres, y gente de servicio, y tráfago. Latin, Vulgaris caupona, vel popina.
Aunque tabanco está bien documentado en cuantos diccionarios hemos consultado (ya lo usó el mismísimo Cervantes), no así ocurre con tabanquero, ya que tan sólo en Internet hay una única coincidencia y, por cierto, sorprendente: es el título de una canción del grupo musical Los Delinqüentes, formado en 1998 y originario de Jerez de la Frontera (Hey, tabanquero. Dame de beber, dame de beber, da igual que sea tinto, vino fino o moscatel).

Por último, otra negra sombra sobre la tumba del carnicero:

Andrés de Buenrrostro, labrador vecino de Sevilla en la collación de San Llorente, da su poder cumplido a Cristóbal Martin de Alaraz, clérigo cura de la Iglesia de Santiago de esta Villa, que está ausente, especialmente para que pueda cobrar de los bienes y herederos de Juan de Padilla, vecino que fue de esta dicha Villa, 60 reales que el dicho Juan de Padilla le debe de resto de ciertos puercos que le pesó, y dar cartas de pago y albalaes por cualquier fuero y jurisdicción. Testigos, Francisco de Oliva y Francisco de Oliveros, vecinos y estantes en esta dicha Villa.
Fechado en algún día de la semana del lunes 4 al lunes 11 de mayo de 1545.

Poseía alguna tierra Juan de Padilla antes de que comenzaran sus tribulaciones; en término de esta Villa, en el Pago del Charco, un pedazo de tierra calma, linde con viña de 2 aranzadas propiedad de Juan Álvarez; y en el Pago de Cabeza del Moro, también en esta Villa, una viña, linde con viña de Melchor Sanchez y con la hijuela que va a salir al Camino Real (ver "Los esclavos 75c").

martes, 13 de octubre de 2009

Los esclavos 75j

¿Era presa el portugués Hernán Dominguez de algún tipo de fijación obsesiva con las lanzas? De otra manera no se explica que menos de un año después del trágico percance frente a la ermita de Guía, cuando todavía su víctima Gregorio Lopez debía estar resintiéndose de las gravísimas heridas que le infirió, adquiriese en plena Plaza de Castilleja un domingo por la mañana, ante el gentío que se reunía tras la misa para pujar por los bienes que solían ofrecerse a subasta, un par de lanzas. Le costaron un real y un cuartillo. ¿Cómo no imaginar que todo aquel que lo viera mercar las armas sentiría cierta aprehensión, cierto recelo, cierta alarma? "Vuelve el perro a sus vómitos y el cerdo a su lodazal", murmurarían algunos. Y no fueron pocos —repetimos— los presentes.
Debía estar nuestro portugués con efectivo disponible, porque además se adjudicó varias prendas. Entre ellas y por el mismo precio de las lanzas adquirió "un paño de rostro labrado de negro muy viejo". Veámoslo todo con detalle en el acta que del evento levantó el escribano:

El domingo 2 de octubre de 1558 estando en la Plaza ante Miguel de las Casas y Alonso Martin, pregonero del lugar de Bormujos y mucha gente, a pedimento de Pedro de Castellanos, escribano público de Sevilla, en nombre y voz de Diego Martin el mozo, que está en las Indias, hijo y heredero de Diego Martin Bermejo y de Beatriz Martin de Baena su mujer, difuntos, y de Juan de Vega en nombre y voz de María Gómez y Leonor y Beatriz, menores hijas de Hernán Martin Bermejo y nietas y herederas de los dichos Diego Martin Bermejo y Beatriz Martin de Baena, el dicho Juan de Vega como tutor y curador de las tres menores, y a pedimento también del dicho Miguel de las Casas en nombre de Leonor Martin de Baena su mujer, hija y heredera de los susodichos, se vendieron en almoneda ciertos bienes que quedaron de los susodichos: Hernán Dominguez se llevó dos lanzas viejas por un real y un cuartillo; el mismo Hernán Dominguez, unas tobajas de lienzo de lino, raídas, por 46 maravedíes; Ana de Ojeda, viuda vecina de Sevilla, otras tobajas por un real; Juan de Vega, una tobaja de lino casero ... con ... azulados raída, en 2 maravedíes y medio; el mismo Juan de Vega, una caldera de cobre viejo en 2 reales; el mismo Juan de Vega, un paño de rostro labrado de grana y raído, en 6 reales y medio; Simón de Valencia, un jubón de tafetán picado, viejo y roto, por 2 reales y un cuartillo; Bernardo de Oliver, una tobaja labrada de seda azul raída y con sus cabos, 61 maravedíes; Beatriz ..., viuda, un arca de madera vieja con su cerradura y llave, por 7 reales y un cuartillo; Martin Ramos, un candelero de azófar viejo en 55 maravedíes; dicho Hernán Dominguez, un paño de rostro labrado de negro muy viejo, un real y cuartillo; Isabel Sanchez, mujer de Antón Navarro, unos manteles de lienzo casero en 3 reales y medio y un cuartillo; Simón de Valencia, unas artes de lienzo con unas tiras coloradas raídas, por 12 maravedíes; Bernardo de Oliver, 4 pañuelos de mesa raídos, los 3 alemanes y el otro casero, por 2 reales; Simón de Valencia, un paño de rostro labrado de colorado viejo, en 44 maravedíes; Andrés Hernandez Vizcaíno, un bonete negro raído, un real y medio. Y los pedidores lo pidieron por testimonio para salvaguarda de sus derechos. Testigos, Hernando Jayán, Diego Ortiz y Gerónimo Rodriguez, vecinos de Sevilla y moradores en esta Villa, y Antón Navarro, Simón de Valencia y Salvador Perez, vecinos de esta Villa.

Válganos —por otra parte— este escrito en cuanto nos proporciona de cumplida información sobre la familia Martin Bermejo, la cual protagoniza innumerables hechos en el pueblo, reflejados en los legajos que hasta hoy se han conservado en los diversos archivos. Vemos que Diego Martin Bermejo y su mujer Beatriz Martin de Baena tuvieron por sus hijos a:
I -Diego Martin el mozo (que está en Indias)

II -Hernán Martin Bermejo, padre de
1.- María Gomez
2.- Leonor
3.- Beatriz

III -Leonor Martin de Baena (esposa del escribano Miguel de las Casas)

No está de más tomar de ello cuidadosa nota, a fin de, en posteriores desarrollos, considerar los vínculos que unían a estas personas, y por medio de tales consideraciones conocer más a fondo sus conductas y motivaciones. Y volviendo al último hilo que desenredábamos de la oscura y espesa maraña que constituye la enigmática materia de ese fenómeno que hemos dado en llamar Historia, —extraño per se hasta que se logra presentarlo, es decir, "hacerlo presente", o lo que es lo mismo, despojarlo de su carácter histórico-enigmático-fenomenológico para traerlo a la prístina matemática del instante, al aquí y ahora, el hic et nunc que es única realidad, conciencia, tabla de salvación de a cuantos la hoz de pedernal del titán Cronos poda de ilusiones venideras y sueños pasados—, sigamos tirando de él con suavidad pero con firmeza y contemplemos la reacción del alanceado Gregorio, cuya convalecencia ocupó todo el interminable verano y el melancólico otoño, prolongándose hasta ya bien entrados los fríos invernales a finales de aquel —para él— trágico año de 1557:

Gregorio Lopez, trabajador vecino de esta Villa, perdona a Hernan Dominguez por las heridas recibidas de él el día 5 de junio del presente año, en cierta cuestión viniendo de trabajar por el Camino Real de Sevilla, arriba en esta Villa. Fueron tres heridas inferidas con una lanza, y estuvo por ellas muy malo a punto de muerte. Por ruego e intercesión de buenas personas lo perdona y da por libre por siempre jamás, y lo deja asimismo libre de daños y deudas, jurando por Dios, Santa María y las Palabras de los Santos Evangelios. Testigo, Luis de Figueroa, presbítero.

Y en el mismo otorgamiento de perdón, sin solución de continuidad, un par de líneas semi-ilegibles que muestran que dicho otorgamiento no era todo lo "desinteresado" que decía ser:

Hernan Dominguez pagará en dos pagas ... . 14 de diciembre de 1557. Gregorio no sabe firmar. Testigos, Pedro de las Casas1, Salvador Perez2 y Diego Martin ... .

1.- Pedro de las Casas era hijo del escribano Miguel de las Casas.

2.- Salvador Perez era criado y escribiente de dicho Miguel de las Casas.

De forma que vemos cómo el portugués tuvo que hacerse cargo del valor de las curas, medicinas, cirujanos, etc., que fue necesitando su víctima durante todos aquellos meses.
Y por último, garabateadas casi al margen del último folio del caso, dos notas nos permiten completar, como las dos últimas piezas del rompecabezas, el panorama de los acontecimientos ocurridos, y nos facilitan comprender con más exactitud el estado de ánimo de Hernán Dominguez en lo que respecta a la agresión que sufrió cuando cavaba en la viña, episodio que con tanto sarcasmo y mala intención Gregorio le recordaba aquella tarde volviendo de Sevilla:

Entre junio y noviembre de 1556 (no consta la fecha exacta) Debe Diego ... a Hernán Dominguez 24 reales por la cura de la herida que le hizo con un azadón en la viña que tiene arrendada Diego Ortiz de los menores de Juan ... .

El lunes 16 de noviembre 1556 presentó a Francisco de Contreras, Alcalde Ordinario, un ¿recuento? Diego Ortiz de Juan Guren, por el cual Hernán Dominguez le debía 28 reales; Hernán juró que no se los debía a él, sino a su señora. El Alcalde le dijo que los pagara en 3 días o si no que fuera a la Cárcel.

Y así se nos desvelan los sinsabores padecidos por Hernán cuando cavaba en la viña de Diego Ortiz de Juan Guren: si por un lado cobraba 24 reales por el tratamiento de sus heridas, por otro el empleador de su agresor le exigía 28.

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