sábado, 28 de febrero de 2009

Los esclavos 20

Testigo, Juan Sanchez Vanegas, trabajador vecino de esta Villa, presentado por Juan de Vega, que habiendo jurado conforme a derecho y siéndole preguntado por el tenor del contenido de la querella, dijo que lo que sabe de lo contenido en dicha querella es que este testigo vió venir al dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, caballero en una burra o asno, porque no miró lo que era*, y vió que venía el dicho Juan de Vega de Sevilla y traía delante como venía caballero dos serones vacíos, y vió este testigo que allegando el dicho Juan de Vega a la puerta del dicho Rodrigo Franco se paró el dicho Juan de Vega, y que no sabe las palabras que pasó el dicho Juan de Vega con el dicho Rodrigo Franco porque este testigo no estaba cerca de ellos, salvo que los vió estar riñendo, y que vió este testigo apearse de la bestia en que estaba caballero el dicho Juan de Vega y vió que arremetió al dicho Rodrigo Franco y a Alonso Franco su hijo y un negro del dicho Rodrigo Franco, todos tres lo derribaron al dicho Juan de Vega al suelo, y que oyó este testigo al dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, dar voces y gritos diciendo: "¡aquí, los del Conde y del Rey, que me matan!", y en esto, como oyó las voces, este testigo vino corriendo a favorecerlo, y cuando este testigo allegó ya el dicho Juan de Vega estaba levantado, y entonces vió este testigo al dicho Rodrigo Franco y a Alonso Franco y al dicho negro que se retiraron y se metieron por las puertas de la bodega del dicho Rodrigo Franco, y se metieron allá dentro de su casa, y vió este testigo al dicho Alonso Franco y a dos esclavos del dicho Rodrigo Franco salir con espadas y lanzas defendiendo que no entrase nadie dentro de la casa, y en esto vió este testigo dentro de la casa del dicho Rodrigo Franco al dicho Alonso Franco con una espada fuera de la vaina tirando de cuchilladas a todos los que allegaban, y cuando allegó este testigo con una espada sacada en la mano a dar favor a la Justicia vió este testigo que echó a huir por la puerta de la huerta, y que nunca más lo vió este testigo**, y que es lo que sabe de lo contenido en la querella para el juramento que hizo, y dijo que no sabía escribir, y dijo que es de edad de 30 años poco más o menos. Firma, Miguel de las Casas.

* ¿No transpira toda la expresión cierto humorismo? Surge la sospecha de una actitud bromista o una falta de seriedad durante estas excesivamente circunstanciadas manifestaciones de Juan Sanchez Vanegas. Aunque quizá ¿inquirió Miguel de las Casas en sentido tan minucioso y detallista acerca del sexo de la cabalgadura al testigo con la sencilla intención de reírse de él? Véase la siguiente nota.

** Nótese como, con la indiscutible aquiescencia del escribano, este testigo se presenta cual héroe indiscutible y supremo de la escena, o cuando menos se intenta retratar la conducta de Alonso Franco, el impetuoso señorito bodeguero, como la propia de un cobarde redomado que huye del combate cuando se topa con un enemigo que puede defenderse. Y recalcamos "con la indiscutible aquiescencia del escribano", porque a la postre eran los oficiales de la pluma quienes decidían el giro y sentido de las deposiciones de los testigos, máxime cuando, como en el caso que nos ocupa, éstos eran analfabetos. Si en algún sentido eran temidos por la plebe los enigmáticos fedatarios era en los malabarismos que hacían con las palabras, los conjuros de las preguntas capciosas o sesgadas con las que hacían enmudecer hasta al más lúcido y sereno, las trampas mentales que tejían con sus gramáticas esotéricas, los inesperados enrevesamientos de diálogos inconexos, las contundencias de afirmaciones cuasi insultantes; con todo lo cual podían, garabateando con estudiado descuido y cómodamente repantigados tras las mesas de sus oficios, condenar inocentes y absolver culpables, arruinar virtudes y elevar famas, derribar hogares y construir con ruinas, o trabar libertades y desencadenar miserias.

Los esclavos 19

Testigo, Juana Gonzalez, mujer de Juan Miguel, vecina de esta Villa, presentada por el dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, que juró en forma de derecho, y siéndole preguntado por el tenor del contenido de la querella, dijo que lo que sabe es que, estando esta testigo en su casa, que está junto a la casa del dicho Rodrigo Franco, a las voces que tenían el dicho Juan de Vega con Rodrigo Franco y con Alonso Franco y los dichos esclavos salió a la puerta y vió como Cristóbal, uno de los dos esclavos del dicho Rodrigo Franco, echó mano del dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, y lo derribó de la bestia en que estaba caballero, y vió esta testigo al dicho Alonso Franco, hijo del dicho Rodrigo Franco, abajarse y tomar una piedra y le vió amagar con ella, mas no sabe si se la tiró, y en estó oyó dar voces, que daba el dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, pidiendo favor y ayuda diciendo: "¡favoreced a la Justicia de Su Señoría el Conde de Olivares!", y vió esta testigo venir corriendo a Juan Sanchez Vanegas, vecino de esta dicha Villa, y a Bartolomé García y a otros muchos con sus armas para dar favor al dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, y que esta testigo oyó decir que allá dentro habían maltratado al dicho Juan de Vega, y que no supo quién, y es cuanto sabe de lo contenido en esta querella, y dijo que es de edad de 26 años, y dijo que no sabía escribir. Firma, Miguel de las Casas.

Testigo, Ana de Tovar, mujer de Alonso Rodriguez de Triana, vecina de esta Villa, presentada por el dicho Juan de Vega, que juró en forma de derecho, y siéndole preguntado por el contenido de la querella, dijo que lo que sabe es que, estando esta testigo en el portal de Juana* y su hermana, que es frontero de la casa donde vive el dicho Rodrigo Franco, oyó a la puerta del dicho Rodrigo Franco decir a un hombre que no sabe ... dijo: "anda, para, borracho", y en esto esta testigo salió a la puerta a ver quién era y vió estar a Rodrigo Franco y a Alonso Franco y a los dichos dos esclavos del dicho Rodrigo Franco, todos cuatro encima del dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, y que todos cuatro le estaban dando de puñadas y estirándole de los cabellos y de las barbas y tratándolo muy mal, y el dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, daba gritos y voces diciendo: "¡acuda gente, que me matan!", y en esto allegó esta testigo y dijo: "señores, ¿porqué lo matáis? ¡no lo matéis, cata que es Justicia!", y en esto se apartaron los dichos Rodrigo Franco y Alonso Franco y los dichos esclavos, y vió esta testigo arrimarse a la pared al dicho Alonso Franco y tomar dos piedras en las manos y decirle al dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario: "anda, para, bellaco borracho", y entonces respondió el dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, y dijo:" no soy yo bellaco borracho, sino Justicia", y luego vió esta testigo que el uno de los esclavos arremetió al dicho Juan de Vega, y en esto vió esta testigo venir mucha gente a las voces que daba el dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, pidiendo favor y ayuda a la Justicia, y vió esta testigo como se metieron los dichos Rodrigo Franco y Alonso Franco y los dichos esclavos en la bodega del dicho Rodrigo Franco, y vió a uno de los esclavos salir con una partesana alavesa que no sabe cierto qué arma era, y en esto se allegó mucha gente del pueblo con armas en favor de la Justicia y se entraron en la casa del dicho Rodrigo Franco, y allá oyó muchas voces y barahúnda que no sabe lo que allá dentro pasó porque no lo vió, y que es lo que sabe por el juramento que hizo, y dijo que no sabía escribir, y dijo que es de edad de 30 años poco más o menos. Miguel de las Casas.

* En muchos documentos de la época aparece indistintamente Juana y Ana en referencia a una misma persona.

Los esclavos 18

Grande fue el escándalo. Juan de Vega, después de que se disolvieran los grupos que habían participado en el asalto a la bodega de Rodrigo y tras ser acompañado por sus más leales a descansar, echóse en la cama dolorido y lleno de rabia e ira, a esperar que llegase el médico. Tras la primera cura intentó comer algo, pero no pudo apenas mas que trasegar un poco de agua. Pasaron las horas en silencio —había ordenado a su mujer que no se le molestase— y cayó en unas duermevelas interrumpidas cada poco por agudos pinchazos y quemazones en las zonas dañadas de su cuerpo, que le atormentaban mas que nada al volverle a recordar con toda viveza los detalles de la paliza como si todavía tuviera encima, para su oprobio y verguenza, a los despiadados agresores. La luz mortecina de la tarde se filtraba por las ventanas semicerradas y el ambiente de su habitación cobró una apariencia lúgubre. Ni tan siquiera llegaban los sonidos habituales de la calle propios de una tarde de sábado, pareciendo que todo el pueblo, y aún la naturaleza con sus pájaros, perros y bestias de establo, meditaban sobre lo acontecido.
Pasados unos días estuvo en condiciones de ir dictando disposiciones para organizar su acusación en toda regla, pero mientras, no le faltaron amigos que iniciaran las diligencias, de manera que aquella misma tarde declararon algunos de los presentes en los incalificables acontecimientos.

(Faltan las primeras líneas, en las que en nombre de Juan de Vega se presenta la querella).
... y luego el dicho Señor Alcalde [Bernabé Martin], vista la dicha querella, dijo que dé información y que está presto a hacer justicia.

Los mentores de Juan de Vega, como era usual en este tipo de procedimientos, reunieron testigos y los presentaron ante su homólogo.

Testigo, Ana Sanchez, mujer de Juan Martin, vecinos de esta dicha Villa, presentada por el dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, la cual juró según derecho, y siéndole preguntado por el tenor de la querella, dijo que estando esta testigo y su hermana Isabel Sanchez a la puerta de Elvira Sanchez, su madre, vió venir a Juan de Vega, Alcalde Ordinario en esta dicha Villa, caballero en una bestia de él hacia la ciudad de Sevilla, y en llegando a la puerta de Rodrigo Franco ha visto que se reparó el dicho Juan de Vega, caballero como estaba en la dicha bestia, y que le pareció a esta testigo que el dicho Juan de Vega se trabó a palabras con unos negros del dicho Rodrigo Franco, que sacaban con unas calderas lía de la bodega del dicho Rodrigo Franco, a echarla por mitad de la calle, y que esta testigo es sorda y por eso no oyó las palabras que pasaron, y viendo esta testigo al dicho Juan de Vega con los dichos negros a palabras, echó mano de la dicha su hermana y le dijo: "metámonos acá dentro de casa", y después salió esta testigo a las voces que oyó dar, y vió muchas gentes con espadas en las manos, y que no sabe con quién reñían, y esto sabe de lo preguntado en la dicha querella, y que no sabe otra cosa, y que es de edad de 30 años poco más o menos, y dijo que no sabía escribir. Firma, Miguel de las Casas.

Testigo, Isabel Sanchez, mujer de Diego Rodriguez, vecina de esta dicha Villa, presentada por el dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario de ella, que juró en forma de derecho, y siéndole preguntado por el tenor de lo contenido en la querella, dijo que lo que sabe es que estando esta testigo hoy, dicho día, a la puerta de Elvira Sanchez su madre, vió esta testigo que allegando el dicho Juan de Vega a la puerta de la bodega del dicho Rodrigo Franco, caballero en una bestia, que venía de Sevilla con dos cestos delante de la bestia, sacaba un esclavo del dicho Rodrigo Franco una caldera o copa que iba llena de lía a echar por mitad de la Calle, y entonces oyó esta testigo decir al dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario: "hermano, ¿porqué no hacéis un hoyo en vera de la pared y echáis esa lía?", y en esto vió esta testigo salir al dicho Rodrigo Franco y decirle al dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario: "sí, sí, échala vera de la pared y vendrá él con su vara a tentarla", y entonces oyó esta testigo al dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario: "señor, ¿qué razón es ésa?", y oyó esta testigo responder al dicho Rodrigo Franco: "anda e iros enhoramala", y entonces respondió el dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario: "mala sea para quien mal habla", y en esto esta testigo dijo a su hermana, que estaba con ella: "metámonos acá dentro", y que no vió más ni sabe otra cosa por el juramento que hizo, y dijo que es de edad de 20 años poco más o menos, y dijo que no sabe escribir. Firma, Miguel de las Casas.

Los esclavos 17

En el verano de 1552 la vida era apacible, cuando no excitante, para un joven de 20 años en la sabana gambiana, poblada de elefantes y jirafas, leones y leopardos, y antílopes y búfalos, y de gigantescas acacias que en verano ofrecían espesas sombras aquí y allá en un mar de altas hierbas, ondulando y susurrante en el otoñal tiempo ventoso y en la época de lluvias realzado con variables y magníficos techos formados por construcciones efímeras de nubes irisadas en el inmenso cielo, que hacían que los indígenas sintiéranse, al final de la jornada, invadidos de un gozo melancólico respirando a pleno pulmón el aire perfumado en los espectaculares atardeceres. Las noches eran divinidades. Singué Abdoulaye, quien luego sería bautizado por un cura neurótico, grosero y brutal —Rodrigo de Cieza—, con el nombre de Cristóbal, había sido instruído por sus mayores en el tesón requerido para perseguir hora tras hora un venado, y estaba además bien dotado en lo que a habilidades intelectuales se refiere; de ahí que las muchachas de su poblado, Kikim Degule, desplegaran todos sus ardides para llamar su atención. Era muy querido de su familia y centro de atención en fiestas y ceremoniales.

El viernes día 15 de julio de dicho año de 1552 a mediodía el calor reinaba en la sabana y el pueblecito de cabañas se encontraba adormilado; ocultos tras las altas matas de sericuras* ya agostadas y sin sus peculiares florecitas amarillas pero espesas todavía, entre quince y veinte lusitanos cargados de armas, grillos y cadenas, algunos con escapularios al cuello, se aproximaron con sigilo y rodearon el poblado. Traían grandes perros de presa adiestrados, perfectamente dóciles y obedientes a sus desalmados dueños. Con la facilidad que da la práctica, no tardaron más de quince minutos en capturar a una docena de seres aterrorizados, incapaces de reaccionar ante aquellos desconocidos de caras peludas y cascos resplandecientes a quienes los temibles canes obedecían sin vacilar.
Fueron llevados por tierra hasta la costa occidental, a marchas forzadas y aprovechando la red ya establecida desde el siglo IX por los negreros árabes, red que habían derivado por mar evitando así los rigores transaharianos. A Cristóbal se le embarcó desde Cabo Verde en el cargamento del domingo 28 de agosto con destino a la lisboeta "Casa do Esclavos", donde había de ser registrado para su venta; dos semanas después de dejar el archipiélago africano, en plena singladura a la altura de Sanlúcar de Barrameda, el maestre del "Santo Antonio da Boa Viagem" mandó anclar para repostar agua dulce, y en un abrir y cerrar de ojos eran abordados por pescadores sevillanos y onubenses de Palos, que les despojaron de su cargamento en una coordinada acción digna de un estratega de alto nivel. No era la primera vez que sucedía un hecho semejante. En las Actas Capitulares de la ciudad de Sevilla del año 1452 se registra, también en pleno verano, un asalto de pescadores españoles a un barco portugués que procedía de Guinea, resultando en el robo de sesenta y seis esclavos negros. Entonces, Pedro Alfonso, escudero del Regente don Pedro, fue comisionado para protestar ante las autoridades de la capital andaluza, consecuente con lo cual les fueron devueltos dichos esclavos, siendo además los mercaderes del país vecino indemnizados por daños y perjuicios.
En esta ocasión el negocio salió redondo, y los pescadores y sus comisionados y colaboradores llevaron a Sevilla a Cristóbal, donde fué adquirido en la calle de Las Gradas por Alonso Franco en nombre de su padre. Luego se le destinaría a la hacienda de Castilleja de la Cuesta.

* De nombre científico Pennisetum (del latín penna —pluma—, y seta —cerda—); plantas herbáceas perennes de la familia de las Poáceas, que crece en la zona templada de ambos hemisferios. Algunas especies enanas de esta familia se utilizan para céspedes domésticos y de campos de deportes, o como forraje para la alimentación animal.

jueves, 26 de febrero de 2009

Los esclavos 16

Rodrigo Franco tenía una particularidad no compartida por los demás dueños de esclavos, quienes practicaban con los suyos la política del "divide y vencerás". El experimentado mercader había comprendido que el bienestar psíquico de sus criados ejercía directas y positivas consecuencias en la calidad del trabajo que efectuaban, y por ello se las compuso para mantener juntos a Francisco y Cristóbal, los cuales compartían un origen común: ambos del grupo étnico mandinga, procedían de dos aldeas de la misma región del antiguo Senegal, apenas separadas por 30 kilómetros. Gracias a esta disposición, los dos africanos podían practicar su lengua materna entre ellos, hecho que en otro amo hubiera despertado recelo y desconfianza. A pesar de la actitud xenófoba de autoridades y clases dominantes se podían oir en Sevilla multitud de lenguas africanas, aunque a los oídos autóctonos todas sonaban igual, en un batiburrillo de diálogos y charlas mezcladas con dialectos del italiano, idiomas centroeuropeos, habla portuguesa e incluso guaraní y otras lenguas indígenas americanas, y en los períodos más o menos liberales, árabe o hebreo en sus diversas variantes. La expresión " Sevilla como tablero de ajedrez" referida a la abundancia de negros en la ciudad era extrapolable al panorama sonoro, y a poco que se detuviera alguien en cualquier plaza populosa de la urbe se le presentaba la oportunidad de escuchar conversaciones en los idiomas de todo el mundo conocido.

Cuando el Imperio de Mali comenzó a fraccionarse y declinar bajo el nefasto reinado de Mansa Mahmud III, hacia 1537 una de sus provincias, Kaabu, adquirió la independencia, rigiéndose desde entonces por un gobierno de estructura militar formado por guerreros de élite, nobles conocidos como Nyancho y enriquecidos con la venta de esclavos capturados en conflictos bélicos. En Kantora, una de las subprovincias del nuevo imperio, en donde hoy aproximadamente se encuentra Gambia, y a orillas de uno de los afluentes del río que da nombre al país —el río Gambia—, existió cerca de la confluencia un grupo de chabolas de paja conocido como Nikimba Oré (en dialecto mandinka, "orilla pedregosa"), donde malvivían tres o cuatro familias dedicadas al comercio de la sal y a labores de forja artesanal. Era aquel lugar la patria chica de Francisco, cuyo nombre real era Boubacar, padre de tres niños pequeños al tiempo de ser secuestrado por feroces miembros de una tribu vecina y llevado con otros seis de sus vecinos, entre ellos su propia hermana, río abajo, fuertemente atados de pies y manos y tumbados en los encharcados fondos de unas piraguas de troncos. Luego llegaron los días interminables, hacinados en los depósitos de las factorías y en los patios de los centros de detención, hasta que los comerciantes árabes agentes del sultán Abu al-Abbas Ahmad ibn Muhammad organizaron una caravana para llevarlos por tierra al norte, a los animados mercados marroquíes.
Respaldados ideológicamente por los "hallazgos" filosóficos de Ibn Jaldún, 1332-1406* («Los únicos pueblos que aceptan la esclavitud son los negros. En razón de que están en un grado inferior de humanidad que les coloca cercanos al estado animal »), estos traficantes eran secundados en muchas ocasiones por los propios caciques y jefes de aldeas, algunos de ellos antiguos esclavos liberados —no hay peor explotador que el que ha sido explotado—, quienes vendían a sus hermanos a cambio de cualquier baratija brillante. Los árabes, tras encadenar a Francisco a una larga cordada, un rosario sufriente de aquel "oro negro" tan apreciado, le hicieron cruzar el desierto del Sáhara con el objeto de venderlo en un centro costero en Agadir, pero pocos días antes de llegar a su destino fueron asaltados por un destacamento de castellanos del duque de Medina Sidonia con base en Melilla, que solían practicar incursiones en el interior del territorio. No cambió nada para bien en lo que respecta a la situación de Francisco, antes al contrario, saltaron de la sartén para caer en las brasas. Sus guardianes fueron esclavizados y ellos también, solo que ahora doblemente. Cuando por fin llegaron a una factoría melillense fueron embarcados todos, antiguos guardias musulmanes y prisioneros negros, cruzando el Mediterráneo hasta el gaditano puerto de San Fernando, de donde lo trasladaron a Chiclana. Y de ahí, siendo adquirido por un militar hispalense que luego lo traspasaría al mercader Rodrigo Franco para solventar ciertas deudas ultramarinas, acabó Francisco en el pueblecito aljarafeño de Castilleja de la Cuesta, limpiando tinajas, enjalbegando paredes y cavando viñas.

* Diplomático del Reino de Granada en Sevilla ante Pedro I el Cruel y "el mayor referente de las ciencias sociales del siglo XIV de Oriente y de Occidente", habitó en el recién construído palacio gótico del Alcázar hacia 1363 y gustaba de otear el borde del Aljarafe desde el mirador de la Giralda, deteniéndose con deleite en los puntos blancos que a aquella distancia eran para sus ojos los pueblecitos orientales de la elevada comarca, el de Castilleja de la Cuesta incluído.

Los esclavos 15

El hechizo que embargaba a las tres mujeres embriagándolas con oleadas cálidas que suavemente aflojaban sus miembros en un arrebatador abandono, cuajado en su entorno tan agradablemente que ninguna de las tres osaba romperlo, ensimismadas como estaban sus mentes en aquel paraíso imaginado en forma de cuerpo joven que aparecía y desaparecía tras el portal de la hacienda, fue, de pronto e insospechadamente, hecho añicos como un cántaro bajo los efectos de un balazo de cañón: un áspero diálogo y unos posteriores improperios las devolvieron a la cruda realidad.
Al ver, tras la discusión, al jefe del Cabildo víctima del vapuleo al que le sometían los cuatro hombres Ana de Tovar se adelantó instintivamente para evitar mayor tragedia e hizo lo que buenamente pudo para imponer paz y concordia, suplicando aquí y separando allá. En un momento dado parece ser que Alonso Franco tomó un par de gruesas piedras de un montón que, tras una intervención de los albañiles en la hacienda, junto a la tapia esperaban ser retiradas, e intentó machacar la cabeza del Alcalde, lo que con toda probabilidad hubiera acabado con su vida. Afortunadamente no tardaron, como dijimos, en llegar personas del vecindario, atraídas por las potentes voces que Juan de Vega profería, y los agresores optaron por una desordenada retirada al interior de la casona. Tras los enormes portalones de recia madera se amontonaban algunas lanzas y viejos espadones, colocados allí como defensa ante cualquier eventualidad, y de ellos echaron mano amos y esclavos, habida cuenta de que la multitud que se congregaba a la entrada amenazaba, con golpes y patadas, hundir las pesadas hojas de la puerta.
En esos apuros estaban los vineros y sus criados cuando optaron por plantar cara, en la antigua y bien establecida consideración de que la mejor defensa es el ataque, aunque si bien situando en vanguardia a los dos morenos, supuesto que para eso y más los habían comprado sus dueños, de forma que siguiendo las atropelladas órdenes del viejo Rodrigo, vociferante como un mariscal en medio de una batalla, abrieron las puertas armados Cristóbal de un viejo lanzón conocedor de sangre azteca y Francisco de una partesana alavesa* licenciada en holandesa, y con sus agudas puntas y filos amenazaron por un momento al gentío compactado de puños y piedras y erizado de espadas, garrotes y dagas, alarde instantáneo que no hizo sino enfurecer más a este último; habido lo cual, se replegó el cuarteto en definitiva huida hacia el interior de las bodegas, perdiéndose entre tapiales, viñedos, corredores e hijuelas, mientras que los asaltantes con un magullado Juan de Vega a la cabeza invadían la hacienda inspeccionando hasta el último rincón.
Hallaron a la joven mulatita y a la vieja india abrazadas tras un establo abandonado, con el horror pintado tan realmente en sus rostros que era imposible percibir entre ellas diferencia alguna de raza y edad, y no valieron ni amenazas ni promesas para sonsacarles algún dato acerca del paradero de los hombres de la casa, por la sencilla razón de que lo ignoraban completamente.


* Una lanza Partesana es aquella cuya moharra —hoja de lanza— es grande y recta, ancha por la base, con filo por ambos lados y que se va angostando hacia la punta. La base posee dos aletas corvadas en punta, o bien en forma de media luna. Su astil medía sobre los 2 metros y tenía regatón de hierro. (Wikipedia).

Los esclavos 14

Las mujeres que se solazaban frente a la hacienda de Rodrigo Franco eran Ana de Tovar, de 30 años, esposa de Alonso Rodriguez de Triana, vecina de la Calle Real, y Ana, de 30 años de edad, e Isabel, de 20, dos hermanas también castillejenses que habían venido a visitar a su madre, Elvira Sanchez, a la casa en cuya puerta se encontraban comentando la vida cotidiana del pueblo cuando el Alcalde se vió en tan apurado aprieto.
Ana Sanchez, esposa de Juan Martin, la cual padecía cierta sordera de cuatro años a esta parte que obligaba a sus interlocutores a hablarle alto, tenía en la fecha del episodio una niña llamada Beatriz, nacida en 1556, y su hermana Isabel, mujer de Diego Hernandez, no tuvo descendencia hasta la siguiente década ("Bautismos 4 y 9").
La madre, Elvira, una anciana de ropaje oscuro y grandes ojos llenos de luz, se encontraba en el interior de la vivienda, sentada en un butacón en la penumbra de su dormitorio, dedicada a su ocupación favorita: el recuerdo.
Las dos hermanas eran muy parecidas físicamente: menudas de cuerpo, manos grandes, finas y señoriales, cabelleras trigueñas, ojos verdiamarillos y enormes bocas de gruesos labios desdibujados y de sanas dentaduras. Ana de Tovar era una diosa tartesa en altura y modales, con unos ojos negros que espejeaban distinción.
—Me he puesto de pan con manteca hasta tentijuela, hermana —la mayor de las hijas de Elvira hablaba recostada en el quicio, brazos cruzados. Ignoraba a Ana de Tovar, por la que sentía una velada inquina.
—Cualquier día te dará una modorra. A mí también me engrilla regocijar la panza, pero... —Isabel respondía a viva voz, sentada en una silla de costillas mientras miraba las idas y venidas del negro Cristóbal vaciando sedimentos. El esclavo sudaba, y el brillo de su piel la excitaba.
—¿Qué os parece a vuestras mercedes? —preguntó tras una pausa, señalándolo disimuladamente con el afilado mentón.
—Hablando de huzia, puro chocolate —respondió Ana entendiendo a su hermana a la primera, mientras se pasaba la punta de la lengua por los labios, en actitud golosa. Ana de Tovar estuvo de acuerdo y lo demostró con un ademán.
—Asmaba qué cuidas. ¿No se porta bien tu Juanillo? —inquirió Isabel socarrona dirigiéndose a su hermana.
—¡Ja ja ja ja! —rieron de buena gana las mujeres, pero de inmediato la sorda taladró con una mirada asesina los ojos de la vecina.
Las carcajadas, como unos campanilleos de cristal, llenaron el aire de la calle y el joven, sabiéndose aludido, miró de reojo hacia ellas mientras encorvado agitaba la caldera de abollado cobre para escurrir los últimos pegotones oscuros y grasientos del fondo. El penetrante y familiar olor del viscoso líquido llenaba el ambiente calmo de la mañana.
A Cristóbal las mujeres blancas le obsesionaban día y noche llenando su imaginación de tornasoles nacarados, níveos resplandores, sutilezas albas, tactos lácteos, nubes de algodón. Había tenido trato carnal con alguna muchacha de piel clara que vendía sus caricias en la calle de La Pajería de la ciudad, pero en aquellos inmundos cuchitriles plagados de parásitos, hediondos y oscuros, todo era tan rápido e insatisfactorio que la fugaz práctica solo le producía la exacerbación de sus deseos. Y las dos hermanas y la vecina lo intuían, acertando plenamente al imaginar en este sentido los anhelos del muchacho. Mirábanlo ahora ya con total descaro, aprovechando que la Calle Real se encontraba poco transitada. En los ojos de las tres mujeres refulgía ardoroso el instinto sexual, y sus corazones, al unísono, comenzaban a latir con más ritmo. Cuando Cristóbal les daba la espalda clavaban las miradas brillantes en sus muslos y en sus glúteos dejando sus fantasías liberadas revolotear por regiones de placenteros ensueños.
El joven negro volcó otra caldera de lía sobre la tierra —semen oscuro de su raza que penetraba la arcilla femenina, clara y arenosa, como en un simbólico orgasmo— y Ana de Tovar y las dos hermanas se sintieron tierra erguida de pasión y ardor, sin que ninguna deseara romper aquel hechizo con palabras que no hubieran sido mas que la artificiosa excusa que las palabras eran para esquivar los anonadantes e infinitos abismos del alma humana. Y entonces apareció un jinete allá abajo, donde la calle se retorcía en un meandro angosto limitado por gallineros y corrales de bueyes e Isabel, cuya agudez visual constituía el asombro de cuantos la conocían, dijo a sus compañeras:
—Por allí viene Juan de Vega.

domingo, 22 de febrero de 2009

Los esclavos 13

El viejo Rodrigo no pudo ni quiso evitar proferir una ácida ironía cuando su negro Cristóbal le comunicó que el Alcalde quería que derramasen la lía en hoyos abiertos junto a las tapias, para mantener el centro de la calle limpio y transitable. Juan de Vega permanecía inmóvil y erguido en su cabalgadura, expectante y preparado ante cualquier reacción de aquellos extraños, y se sintió seriamente humillado, hasta el sonrojo, cuando Rodrigo comentó a su esclavo, con la voz arrastrada y el acento capitalino que a la mayoría de los castillejanos, a él el primero, tanto les desagradaba oir:
—Sí, sí; échala en un hoyo y verás como viene con su vara a catarla.
Los esclavos sonrieron abiertamente y Alonso apenas pudo reprimir la risa. Fué un cometario ingenioso. Beber sedimentos de tinajas era propio de los borrachos más miserables y degenerados que imaginación alguna pudiera concebir. El supremo símbolo de la justicia y la autoridad, la vara de alcalde, cuyo cuerpo era una gruesa caña de nudos desbastados, vara que el Alcalde Mayor en nombre del Conde de Olivares entregaba a sus ministros en unas ceremonias por todos respetadas, ahora era propuesta por aquel indeseable para absorber heces, en una vergonzante escatología infernal que sonrojó hasta las orejas al jinete.
—¡Señor! ¿qué razón es ésa? —atinó éste a inquirir.
—¡Anda, borracho, para, e iros enhoramala! —remachó el viejo hacendado.
—¡Mala sea para quien tan mal habla! —visiblemente airado ya, sentenció Juan de Vega.
Y pareció que las últimas palabras articulasen un resorte en Alonso Franco, el cual en un salto arremetió contra el caballero, secundado por el esclavo Francisco como si fuera parte sustancial de él mismo. La mula se encabritó coceando asustada, y el negro agarró con una de sus robustas manos el borde de la capichuela que cobijaba al Justicia y de un violento tirón dió con él en el encharcado suelo. Alonso aprovechó la patente desventaja de su adversario para patearlo buscándole la cara con las botas para hacerle el máximo daño posible, y el joven Cristóbal instintivamente echó una mano de las abundantes barbas del caído sometiéndolo a dolorosos tirones mientras con la otra en puño lo golpeaba en el rostro. No era frecuente que se le presentara a un esclavo africano la oportunidad de tirar de las barbas —aquellos adminículos pilosos que caracterizaban a los opresores de su raza— a un hombre blanco que además ostentaba el poder supremo de toda una población.
Rodrigo Franco encontró hueco entre sus criados y su hijo para golpear al Alcalde con algún puñetazo y alguna patada, y mientras piafaba la candonga pedaleando el pobre hombre se retorcía entre los charcos de lía intentando esquivar la lluvia de porrazos y puntapiés, protegiéndose la cabeza con los brazos.
—¡¡Auxilioooo, favor a la Justicia!! —gritaba como quien ve llegar su última hora, llamando a "las gentes del Rey y del Conde" a voces en un desesperado intento de librarse de aquellos energúmenos que se le habían subido encima.
Los dos criados se sentían invulnerables bajo la protección de su señor, y estaban dispuestos a llegar hasta el fin con tal de hacer méritos a sus ojos y dejar manifiesta su inquebrantable lealtad, de forma que mientras uno arrastraba al edil tirándole de la cabellera el otro intentaba acceder con sus coces a sus zonas íntimas.
Fue una fracción de minuto, pero indefenso como estaba Juan de Vega y superado tan ampliamente por el número de sus atacantes recibió una paliza que hubiera tenido gravísimas consecuencias de no ser porque, entre sus llamadas de auxilio y las de un par de mujeres que por casualidad se encontraban en las cercanías charloteando en la puerta de la casa de una de ellas, lograron alertar a los vecinos más próximos, quienes salieron de sus moradas en tropel, armados con lo primero que hallaron.

sábado, 21 de febrero de 2009

Los esclavos 12

El pasado, que parecía esperarle tras cada esquina de la ciudad, mordía el alma de Rodrigo Franco, pero desde donde ahora se encontraba —mísera condición de la temporalidad del ser humano— no podía devolverle sus ataques. Inmerso en el presente, se le representaba el río del griego Heráclito innecesario porque innecesario era tener que bañarse en él. Las cosas habían ocurrido y las tempestades, tras el fragor de los truenos y las embestidas de las gigantescas olas contra la nave de su vida, se diluían en las lejanías dejando una estela de luz y claridad cuando estaba en Castilleja, abstraído entre los frondosos viñedos o las espesas higueras de las tierras de su propiedad, que le brindaban extendidamente la posibilidad de pensar con rapidez y agudeza, como si cada bocanada de aire desentaponase sus arterias espesadas en el asfixiante ambiente ciudadano, olvidado y olvidante de los multitudinarios puertos hirvientes de gentes abigarradas y exóticas, de las crujientes bodegas silenciadoras de gritos de víctimas y de alcohólicos extertores de viciosos violadores ciegos. Vió matar muchas veces, y supo del tono céreo que descubre a los ladrones. Y los fantasmas ahora aparecían menos letales, más inofensivos, más coloreados, como divertidos dibujos infantiles pletóricos de benéfica animación.
Determinar la idea de "historia" y con ello librarse de una como sequedad de boca que de antemano sabía no iba a calmar ningún agua, oir en el mortal silencio del instante la respuesta a la búsqueda de los significados de las cosas pretéritas, predecir por los movimientos de los astros una cosecha de uva especialmente abundante, y entonces comprar los lagares de toda la comarca, o más allá, saber por las muecas de una luna absurda para los demás que prontamente un Alcalde Ordinario caballero en una burra originaría que la rutina de sus negocios y el devenir de sus días que se materializaban en sus propios pensamientos se iban a ver desviados a viejos lugares y paisajes, a otras caras y a otras habitaciones que eran las mismas, y de las que parecía que sólo quedaban unos garabatos escritos en papel antiguo.

Alonso Franco había seguido los pasos de su padre, y pasó a Indias ya en 1531, acompañado de dos esclavos negros para su servicio personal. El mismo año del último pleito de su padre, 1545, también le fué permitido llevar a Indias otros cuatro esclavos negros, en lo que parece ser más un negocio que una simple reposición de criados domésticos. Repetiría viaje, concretamente a la Nueva España, el día 14 de julio de 1548, para seguir ayudando a Rodrigo Franco en los negocios ultramarinos.
Era, como su padre, soberbio e impetuoso, y como él despreciaba a los miserables destripaterrones aljarafeños, quienes desde la altura de la experiencia de sus viajes al Nuevo Mundo le parecían poco menos que niños locos e ignorantes pueblerinos.
Arraigó en Castilleja al frente de la hacienda y tierras de su padre, y lo volvemos a encontrar bastantes años después, en una partida de bautismo de la parroquia de Santiago relacionada también con el esclavismo al que tanta fortuna debía:

Domingo en primero de agosto de este año de mil y quinientos y sesenta y ocho baptizé yo luys de figeroa a diego, yjo de franzisca esclava de alonso franco y de guarzía su criado fueron sus padrinos simon guarzía y su capataz y porque es berdad lo firmé de mi nonbre. Luys de figueroa.

Resulta difícil a estas alturas de nuestra investigación dilucidar los parentescos y relaciones de todas las personas que aparecen en este registro bautismal, pero no nos cabe duda que en un futuro se irán desvelando dichas personalidades y dichos parentescos. Por de pronto nos atrevemos a aventurar que esta Francisca recibió tal nombre en memoria de la otra Francisca, la vieja india bruja que hemos presentado en "Los esclavos 5", ya muerta con toda probabilidad en 1568.
Sírvanos esta arriesgada hipótesis para, enlazándolo, reanudar el escandaloso altercado protagonizado por padre e hijo y Francisco y Cristóbal sus dos negros, cuando se enfrentaron con el Alcalde Ordinario Juan de Vega en plena Calle Real de Castilleja de la Cuesta. Entonces (Los esclavos 8) dejamos dialogando, si no discutiendo, al joven Cristóbal y al Alcalde, a cuyas voces in crescendo se asomó primero Francisco, empapados los viejos calzones en lía maloliente del tinajón que estaba limpiando; luego apareció por el portalón de la casa-bodega Alonso Franco y por último el hacendado Rodrigo, todavía en la mano los anteojos de cristal azulado que solía utilizar para repasar sus cuadernos de notas.

Los esclavos 11

Los testigos, que eran veinteañeros la mayoría —el maestre Pedro de Sanmartín venía 20 años de edad cuando gobernaba la nave transoceánica—, declararon en favor de Rodrigo Franco, como era de suponer. Dicho joven maestre no perdió la oportunidad de dejar bien sentado ante los Señores de la Contratación que era de noche cuando desembarcaron los defraudadores a la altura de Coria del Río, y que él se encontraba durmiendo, por lo cual no se dió cuenta de nada.

Seguidamente Rodrigo el mercader hizo otra petición de ampliación de plazo, que le fué concedida.

Magníficos Señores. Yo, Rodrigo Franco, mercader vecino de esta Cibdad de Sevilla, en el pleyto que trato con la Justicia Real sobre y en razón de lo qontenydo en la Cabeza de Proceso que Vuestras Mercedes contra my hizieron, protesto e digo que por ellos vistos y examinados los testigos e probanza por my presentados se hallarán en como yo probé y tengo probado todo lo que articulé y mys descargos y cada una cosa en prueba de ello y esto con mucho más de testigos con testes fidedinos maiores de toda hesecjación que juraron e depusyeron en forma y en tiempo debidos y dieron y dan razones de sus dichos y concluyen en en ellos lo que basta para que por my y en my fabor se de sentencia en especial que por parte de la dicha Justicia Real no se probó ny está probada cosa alguna que esto enpida ny porque se deba de dexar de hazer.
Por ende pido a Vuestras Mercedes que pronunciando yo prueba y ya aprobado los dichos mys descargos y cada uno de ellos, que me asuelban e den por libre e quito de lo qontenido en la dicha Cabeza de proceso y cada una cosa e parte de ello, dandome e mandando me de y entregue libres e syn consta alguna los dozientos pesos de oro que me fueron y me an sydo enbargados, para lo qual y en lo mas nesezario ynploro su oficio y pido todo lo que mas me conbiene por derecho y cunplimiento de Justicia y las costas protesto y niego lo perjudicial y concluyo.

El 18 de septiembre los dos jueces pronunciaron sentencia:

Porque no paresce ny consta por este proceso que pedro de sanmartyn, maestre de la nao nonbrada Santa María de las Mercedes notyficara ny hizo saber al dicho Rodrigo Franco la ynstrución para que le constara e supiede que no podía salir de la dicha nao, ny parese ser que el dicho Rodrigo Franco obiese sacado quando salió della oro ny perlas ny otra cosa alguna de las que traya de las yndias, y por otras cabsas que deste proceso resultan, fallamos que debemos asolber e asolbemos al dicho Rodrigo Franco de la ystancia de este juicio e mandamos que sean bueltos al dicho Rodrigo Franco los bienes que le estan enbargados libremente, y alzamos el enbargo que en ellos esta puesto, e por esta nuestra sentencia juzgando asy lo promulgamos e mandamos en estos scriptos e por ellos.

Tuvo suerte el futuro hacendado castillejano. Probablemente sobornó a diestro y siniestro para conseguir tan favorable veredicto. Luego lo vemos convertido en todo un traficante de esclavos cuando, el 8 de marzo de 1533, por Real Cédula a los oficiales de la Casa de la Contratación se les ordena que entiendan traspasada a Rodrigo Franco la licencia concedida a Rodrigo de Dueñas y al grumete Antón Martin para pasar esclavos negros a Indias. Un año después, el 10 de mayo de 1531, obtuvo licencia para pasar a Indias un esclavo y una esclava, para su servicio personal. El 30 de marzo de 1536 se le concedió otra licencia para llevar a Indias dos esclavos negros para el mismo servicio personal, pagando los derechos correspondientes. Y el 18 de diciembre de 1545 parece que se libró de otro pleito:

El príncipe. Juan Núñez e Rodrigo Franco. Oficiales del consejo del Rey mi Señor que rresidís en la provincia de tierra firme llamada Castilla del oro, por parte de Juan Nuñez e Rodrigo Franco, mercaderes Vecinos de la Cibdad de Sevilla, me ha sido hecha rrelación que por la cantidad de que su magestad requisó su socorro del oro y plata que vino de las yndias el Año pasado de mill e quinientos e quarenta y quatro en la flota que vino por el mes de noviembre del dicho año se les tomaron a él los nobenta y cinco mill e trezientos y sesenta y dos maravedíes como parecía por una certificación de los oficiales de su magestad que rresiden en la dicha cibdad de sevilla en la casa de la qontratación de las yndias de que ante nos en el consejo de las yndias fue hecha presentación suplicándome se les mande librar en vosotros con yntereses de siete por ciento como por nos estaba acordado, como la my merced fuese yo tovelo por bien por lo qual vos mando que luego que con esta my carta fuerdes requeridos de les quier maravedíes e oro del cargo de vos el dicho tesorero del, e pagueis a los dichos Juan Nuñez e Rodrigo Franco o a quien su poder hoviere las dichas noventa y cinco mill y trecientas y sesenta e dos maravedíes con más los que montare en el ynterese dellas a razón de los dichos siete por ciento por año desde primero día del mes de henero deste presente año de mill e quinientos e quarenta e cinco años hasta el día que se los pagardes, y tomad su carta de pago o de quienes su poder hoviere con la qual y con este mandado que vos sean rrecibidos y pasado en escriptura las dichas noventa y cinco mill e trezientas e sesenta e dos maravedíes con mas lo que pagardes del dicho ynterese lo qual les dad e pagad en oro quilatado por la ley que toviere o en plata ensayada de manera que rrealmente ellos sean pagados de la dicha deuda y en estos Reinos valga la cantidad que ansí se les tomó con los dichos yntereses como dicho es, lo qual ansí cunplais de tomada la rrazón de esta my carta por los maestros contadores mayores e por los dichos oficiales que rresiden en la dicha cibdad de Sevilla en la casa de la qontratación de las yndias y por Sebastian de Portillo, oficial de Quentas de dicho consejo, fecha en madrid a día diez y ocho del mes de diziembre del año mill e quinientos e quarenta e cinco. Yo el principe, Rubricada señalada del cardenal de Sevilla y Velazquez e Salmerón y Hernan de Perez.

Los esclavos 10

El día 31 le notificaron que tenía nueve de plazo para traer probanza con testigos. No perdió tiempo el mercader contrabandista. El siguiente día, sábado 1 de septiembre, presentó tres testigos: Bartolomé Diaz, horadador de perlas, vecino de Sevilla en la collación de San Salvador, Fernando de Jerez, hijo de Bernardo de Jerez, sedero, y Hernan Diañez de la Puente, de los cuales y de cada uno de ellos fué recibido juramento, prometiendo todos decir la verdad. El lunes día 3 trajo ante los Señores de la Casa a otros tres testigos: Alonso Rodrigo Marin, Francisco de Aranda, mercader, y Catalina García, mujer que fué de Diego Martin de Jaén, de todos los cuales también fué recibido juramento, prometiendo asimismo decir verdad de lo que les fuere preguntado.
Como era usual, casi siempre ensayando tácticas dilatorias, Rodrigo Franco pidió ampliación del término, afirmando que algunos testigos vivían lejos y que por ello no había podido hallarlos. El martes 11 de septiembre Rodrigo juró ante las autoridades que no pedía ampliación de término por malicia, sino porque convenía a su derecho y a la justicia.
El día 12 prestó declaración el maestre Pedro de Sanmartin, también traído a declarar por Rodrigo Franco.

"Y lo que los dichos testigos e cada uno dellos dixeron por sus dichos e depusyciones seyendo preguntados cada uno dellos por sy secreta e apartadamente es lo syguyente:
Para los testigos y provanza que son e serán presentados por parte de Rodrigo Franco, mercader, en el pleyto que trata con la Justizia sobre las causas e razones en el proceso de dicho pleyto contenidas, sean preguntados por las preguntas syguientes:
Primeramente sy conoscen a Rodrigo Franco, mercader vecino de esta cibdad de Sevilla e a los Señores Pero Suárez de Castilla, tesorero, e a Domyngo de Ochandiano, Contador de esta Casa de la Contratación de las Yndias e a cada uno dellos y de quanto tiempo acá.
Yten sy saben bieron oyeron decir que sy el dicho Rodrigo Franco se salió de la nao de que es maestre Pedro de Sanmartyn que benía de las Yndias del mar océano, que fué benyendo el Río de guadalquibír arriba e para esta dicha cibdad e que enantes que se saliese de la dicha nao que entregó al dicho maestre todo el oro y perlas y plata y escrituras y otras cosas que traya todo metido en un cofre en lo qual lo rescibió de él el dicho maestre realmente y con efeto y digan y declaren los dichos testigos todo lo que cerca de esto saben.
Ytem sy saben que el dicho maestre que no notificó la yntención que llebó e traya de las cosas que avían de guardar y hazer los mercaderes y pasajeros que venían en la dicha su nao al dicho Rodrigo Franco por que sy se la notificara los testigos lo bieran y supieran y digan el cómo y de que manera y lo que más saben.
Ytem sy saben e conocen que el dicho Rodrigo Franco es hombre muy honrado y de buena bida e fama y quieto y apartado de hazer cosa que no deva y en tal posyción avido e tenido y digan y declaren los dichos testigos todo lo que cerca desto saben."

domingo, 15 de febrero de 2009

Los esclavos 9

Inmediatamente después los jueces de la Audiencia de la Casa de la Contratación, los señores Suárez de Castilla, Tesorero, y Domingo de Ochandiano, Contador, dijeron que hacían e hicieron cabeza de proceso contra nuestro hombre, presente que estaba, en razón de que viniendo de las Indias y antes de llegar al hispalense puerto de Los Humeros* y sin esperar a que los oficiales de la Casa registraran la nave como tenía mandado el Rey por sus Ordenanzas Reales, se fué de ella con poco temor de Dios Nuestro Señor y con menosprecio de la Justicia, Ordenanzas e Instrucciones de la dicha Casa, y se vino a esta Ciudad, por lo cual delinquió grave y atrozmente e incurrió en las penas dos (sic) de las dichas Ordenanzas e Instrucción Real de esta dicha Casa, por cuya razón se le encausa en este proceso.
Entregósele traslado en dicho día a Rodrigo Franco, que presentó su alegación seguidamente, basándose en que la cabeza estaba mal formada, que era oscura, no concluyente, defectuosa de lo sustancial y que carecía de verdadera relación en todo o en parte, y negándola según y de la manera que en ella se seguía. Y explicaba que porque si ordenanzas algunas había en esta Casa de la Contratación de las Indias que se refirieran a la salida de las naos de los viajeros que de las dichas Indias venían ... no se fiaban (¿fijaban?) ni eran guardadas ni divulgadas en principio de cada un año; ... para que tuvieran fuerza de ordenanzas y que se ... lo en ellas contenido en especial que si él se salió de la nao en que venía fué haciéndolo con el consentimiento liberal del maestre de la dicha nao y entregándole todo el oro y perlas y plata y escrituras y otras cosas que traía, y así por esto como porque el dicho maestre no se lo impidió ni le avisó de la intención que dice llevaba, ni él la sabía, no incurrió en la pena de las dichas ordenanzas, mayormente porque en lo principal ellas se referían a que nadie sacase el oro y perlas que trajese, y esta fué la razón final de ellas, y pues él no lo sacó, antes lo entregó todo y en un cofre al dicho maestre, que por la dicha razón final no se le podía aplicar el efecto de las dichas ordenanzas, en especial que siendo como es él hombre honrado y de buena vida y fama, no se debía ni debe creer que hiciese ni haya hecho cosa que no deba, mayormente que esto de salir siempre se ha hecho en los días y años pasados sin que las autoridades obrasen contra los que se han salido y esto solo basta para escusarlo de la pena de las dichas ordenanzas.
Para terminar pide a los jueces que por no haberse podido formar contra él nada delictivo en la cabeza del proceso le concedan la absolución y lo dejen libre de todos y de cada uno de los cargos, y que manden alzar el embargo del oro y demás valores que traía en el cofre, depositado en la Casa por orden de dichos jueces, y que se lo den y entreguen libremente, para lo cual implora y pide justicia.

*Puerto de los Humeros, en el arrabal del mismo nombre, por los pescadores dedicados al ahumado de sus capturas. Al parecer se formó en tiempos árabes una comunidad de gentes dedicadas a la pesca en este barrio, situado en la explanada extramuros de la Puerta de Goles o Puerta Real, que abre a la hoy nombrada calle Alfonso XII (ver "Rodrigo de Cieza 3"). Estos lugares desolados servían de vertederos, pero en este año de 1526, si Rodrigo Franco, tras su estancia en Indias y su viaje de regreso, en vez de intentar escamotear a la policía portuaria sus rapiñas —ladrón que roba a ladrón, tiene mil años de perdón— hubiese seguido en el barco de Pedro de Sanmartin tras serle franqueada una vía en el Puente de Barcas trianero hasta su destino, en lugar de las consabidas montañas de desperdicios e inmundicias en las que los pájaros pescadores suplementaban su dieta hubiera visto, asombrado, una colosal edificación envuelta en andamiajes y complicadas maquinarias sobre las que pululaban centenares de peones, cada cual con su cometido exactamente definido. Se trataba de la construcción del nuevo palacio-biblioteca del hijo de Cristóbal Colón, quien en su obsesión de bibliófilo coleccionista ya no encontraba sitio en toda la ciudad capaz de almacenar la inmensa masa de libros y pergaminos recolectados por medio de sus agentes en toda Europa que hoy conocemos como Biblioteca Colombina. Mas, según muestran recientes investigaciones, el terreno de aquel muladar no ofrecía firmeza alguna, constituído como estaba de desperdicios putrefactos, y en combinación con las frecuentes riadas del cercano Guadalquivir el palacio de Hernando Colón comenzó a agrietarse y a desmoronarse hasta que en el año 1603 y tras una avenida de agua especialmente abundante se hundió para los restos. Cuentan las crónicas que el palacio era de tal envergadura que desde el propio barrio de los Humeros podía verse sobresaliendo por encima de las murallas, aunque quizá fuera debido a la altura del basurero sobre el que fué edificado.

Por último no debemos pasar por alto que en este año del pleito de Rodrigo Franco nació en Castilleja de la Cuesta Pedro Ximénez, el inventor del vino que hoy lleva su nombre (ver en la entrada de agosto de 2008 "Un aperador acosado X").

Los esclavos 8

Tenía sesenta años Rodrigo Franco cuando acontecieron los hechos cuya narración acabamos de comenzar. Pero vamos a suspenderla un momento y vamos a dejar al Alcalde Juan de Vega intercambiando palabras con su esclavo Cristóbal en la puerta de la hacienda, para siquiera apuntar someramente algunas circunstancias de la vida de este mercader que a la sazón se afanaba revolviendo papeles en su despacho en el interior de dicha hacienda. Era un hombrecillo moreno consumido por la azarosa vida transoceánica, con una afilada nariz aguileña que parecía con su prominencia hundir en el fondo de la cabeza dos ojillos como cabezas de alfileres en tamaño y brillo. Usaba una barba blanquiamarilla perfectamente recortada que ocultaba de oreja a oreja una mandíbula frágil como la de una damisela, y se afeitaba el bigote con esmero, lo cual descubría una boca de labios finos, amoratados y crueles, con una verruga rugosa en el superior cual moscón impertinente. Pese a su edad era hombre de rebosante energía desde su temprano despertar mañanero hasta que, programando actividades para el día siguiente en su cerebro incansable, dormíase encogido en su enorme cama entre impecables sábanas labradas que Isabel la mulata había sacudido y estirado.
Sevillano de nacimiento, cuando venía por temporadas a Castilleja en compañía de su hijo Alonso apenas hacía vida social, ocupado en el ajetreo de la casa y de la huerta, y una vez engrasado el complicado mecanismo que era el funcionamiento y vida de una hacienda de aquellas características marchábase de nuevo a la capital con su inseparable hijo.
Sus padres eran Alonso de Sevilla y Ana Lopez, ambos difuntos ya en este año de 1557 en el que nos hemos situado.
En 1526, cuando contaba treinta años de edad, se le formó un proceso de oficio "sobre que viniendo de Indias, se salió de la nao en que vino, antes que entrasen a visitar y registrar". El miércoles 29 de agosto de dicho año los señores jueces de la Casa de la Contratación mandaron parecer en la Audiencia de dicha Casa al mercader Rodrigo "que agora vyno de las yndias del qual fue reciuido juramento en forma devida de derecho por el nonbre de dyos e de santa maría y por las palabras de los santos evangelyos e por la senal de la qruz que qonpuso en su mano derecha corporalmente del qual le fueron fechas las preguntas siguientes:
Declaración de Rº Franco. Fue preguntado cómo se llama, dixo que Rodrigo Franco. Preguntado si vyene agora de las yndias, dixo que agora es venido; e que en qué nao vyno, dixo que agora vyno de las yndias en la nao de que es maestre Pedro de Sanmartyn. Preguntado que sy antes que fuesen los señores juezes oficiales de la casa de la contratación de esta Cibdad a regystrar la dicha nao e antes que la nao llegase al puerto de los humeros de esta Cibdad sy salyó a tyerra él y otros, dixo que sy e que salyó de se ... ... de borrego que ... de esta Cibdad. Preguntado que quyén salya con él, dixo que salyó este declarante con Juan de Loya e Juan Perez e Salvador de Pilas e Alonso de Palma e su hijo e un Diego de Fuentes, platero, e Rodrigo Perez e que no se acuerda de más. Preguntado que quando salyó él y los otros que tanto oro e perlas e plata o joyas de oro sacaron, dixo que este declarante no sacó oro ny plata ny otra cosa alguna, e que el cofre del oro e perlas e plata que traya este declarante lo dexó al maestre hasta que vynyesen a registrar, e que no sabe ny vydo que los otros sacasen cosa alguna. Preguntado sy el maestre le avisó y ancló la nao para que él e los otros para que salyesen a tyerra, dixo que salyeron todos delante del maestre syn que dicho maestre les dixese escusa alguna e los vydo a todos salyr e siempre supo cómo. Preguntado sy el dicho maestre les requyrió que no se yesen él ny los otros hasta tanto que los señores oficiales de su magestad regystraran la dicha nao, dixo que no. Preguntado con qué barco se yeron a tyerra, dixo que con un barquyllo que es de Antón Mateos, vecino de Tryana, que venya desde Sanlúcar amarrado a la misma nao, e salyeron a tyerra e vynyeron hasta la puebla cerca de corya e de ally se vynyeron por tyerra. Preguntado que personas entraron en la dicha nao antes de que se regystrase que no fuesen de los que venyan en la dicha nao, dixo que no vydos entrar nynguno. Preguntado que sy quando se salyeron de la dicha nao este declarante e los otros sy sacaron algunas cartas mensajeras e otras escripturas, dixo que este declarante no sacó cosa alguna e sy los otros lo sacaron, que no lo vyó ny lo sabe, e que esta es la verdad por el juramento que hyzo, e lo firmó de su nombre. Rodrigo Franco.

sábado, 14 de febrero de 2009

Los esclavos 7

El sábado 26 de junio de 1557 volvía de hacer unas gestiones en Sevilla el Alcalde Ordinario de Castilleja de la Cuesta Juan de Vega, caballero en una mula cuya grupa compartía con dos serones vacíos, a modo de angarillas, sobre los que, con total displicencia a todo lo que no fuera el propio desplazamiento extendía sus largas piernas haciendo de la montura más una cama que lo que propiamente era. Alrededor de las doce del mediodía, bajo el cielo azul y límpido las primeras casas de la Calle Real con sus deslumbrantes y familiares blancuras rosáceas y celestes de planos de cal bañados de luminosidad se le ofrecieron a la vista bajo el ala de su sombrero como el ansiado oasis a un sediento beduino. La luz afilaba los contornos y orlaba de oro y cristal el escenario apoteósicamente inmaculado en aquella gloriosa hora de la jornada y la bestia le transmitió el estremecimiento nervioso que la ya casi realizada promesa del umbrío establo y del agua clara produjo en su cansado organismo tras la travesía de la Vega polvorienta y la escalada de la abrupta pendiente castigada a plomo por los verticales rayos del sol.
Dejaron atrás animal y hombre las chumberas que prologaban, junto con algunos pinos aislados, el pueblo, y enfilaron la Calle. Algunas gallinas de crestas de sangre habían abierto nido junto a las tapias y buscando el frescor de la tierra removida se embolaban entrecerrando los despiadados ojillos y entreabriendo los amarillos picos entre los que asomaban las lenguas como puntas de flecha, resecas y descoloridas.

El esclavo Cristóbal lo vió acercarse, tras aparecer en el extremo de la amplia "ese" que forma la Calle en su primer tramo, pero no interrumpió su ocupación. Al arrojar calderadas de lía* en mitad de la vía no pensaba estar haciendo nada inapropiado, considerando que todos los bodegueros lo hacían, en este pueblo, en los demás y en la misma ciudad. Además obedecía instrucciones de su dueño, y solamente a él tenía que responder. Cierto es que se ocasionaban con aquella costumbre que los años habían convertido en "mal necesario" evidentes perjuicios a los transeúntes y patentes molestias al vecindario, pero el nauseabundo olor que aquellos posos expelían había acompañado a generaciones de castillejanos, los cuales ya ni se molestaban en cerrar las ventanas de sus casas cuando de la bodega más cercana se empezaba a encharcar la calle con aquellos pestilentes sedimentos licuosos, tan habituados estaban a ellos; y en cuanto a los viandantes, regía la misma norma, asumida desde muchas decenas de años atrás; los más melindrosos hacían aspavientos arrugando la nariz al tiempo que dirigían a sus cabalgaduras por los sitios más enjutos, o, caso de marchar a pie, mientras daban saltos de acróbata para sortear los manchones de barro negruzco que formaban los interminables vaciados de heces vinícolas. Entonces... ¿ porqué Juan de Vega detuvo su montura y lanzó una mirada de desaprobación al muchacho ? Probablemente nunca lo sabremos. No era hombre que buscase complicaciones con sus convecinos, sino que amaba la paz y la soledad; parco de palabras, a veces empinaba algún jarrillo de más, especialmente en fiestas, bodas o bautizos, pero ello no alteraba en lo más mínimo su carácter tranquilo y su naturaleza pacífica. Quizá tuviera alguna diferencia con el hacendado, Rodrigo Franco, quien al no ser natural del pueblo y por añadidura poseer una considerable fortuna se situaba entre los "enemigos naturales" de un hombre extremadamente pobre como era nuestro Alcalde Ordinario, y profundamente enraizado en la tierra.
Francisco, dentro de la bodega y desde el interior de una tinaja, calzones remangados y pies hundidos en el agua con la que aclaraba su raspado, llenaba ayudado con un acetre** de cobre una caldera mediana que elevaba hacia la abertura donde el joven Cristóbal la asía, para vocarla en la Calle. Hubo un momento en que pareció retrasarse el ayudante y el hombre salió, extrañado, con la intención de comprobar que sucedía. Enfrente del portón de la hacienda estaban hablando el caballero y el mozo.

* Lía. (Quizá del celta *lĕga-, *lĭga-, sedimento; cf. irl. ant. lige, lecho, y galés llai, suciedad). Hez. En las preparaciones líquidas, parte de desperdicio que se deposita en el fondo de las cubas o vasijas. RAE.

** Acetre. (Del ár. hisp. assáṭl, este del ár. clás. saṭl, y este del lat. sitŭla). Caldero pequeño con que se saca agua de las tinajas o pozos. RAE.

Los esclavos 6

Llegada la vendimia primaba limpiar las tinajas que habían madurado el vino de la anterior cosecha, pero que ahora acumulaban una gruesa capa de sedimentos en sus fondos. Con varias decenas de arrobas de capacidad, aquellas panzudas vasijas tenían proclividad por las quebraduras, y para hacerles frente se había desarrollado toda una industria de reparación mediante lañas, especie de grapas metálicas que se fijaban mediante taladros del mismo modo que puntos de suturas en la cirujía de las heridas. Todo era trajín y agitación en las abundantes bodegas de Castilleja cuando los racimos endulzados por el rico aunque implacable sol del verano, traslúcidas sus pulpas y con la sombrilla difusa de las pipas parecían pedir su inmediato esquilmo como solicitando mudos protección ante los ejércitos de pulgones mordedores o ante las bandadas de agudas avispas del estío. Se aprestaban las carretas y se revisaban con minuciosidad las yuntas de bueyes, y se abrían los viejos libros de cuentas para buscar a los capataces y peones más idóneos y cumplidores. La vendimia era un acontecimiento que marcaba todo el devenir del año y cuando la exacta lluvia y el calor medido habían sido propicios cambiábanles el humor desde al más potentado terrateniente hasta al más insignificante esclavo. El pueblo, como un gigantesco navío al pairo en una calma chicha, recibía en sus velas todo aquel ímpetu de la fresca brisa que significaba una abundante recolección de uva, y sus marineros sentíanse impulsados al dorado otoño salvaguardadas las despensas y cubiertas ya las primeras necesidades.
Con alguna excepción, cual la que representaba Francisco. Aquellos días constituían para él la exigencia de un sobreesfuerzo que su cuerpo empezaba a no lograr soportar. Era destinado a introducirse en las umbrías panzas de los tinajones y, en cuclillas, con una lamparita de bolsillo y una herrumbrosa rasqueta, había de raspar incansablemente las cóncavas y rugosas paredes, y alternando con cubadas de agua, dejar el interior de tal forma que, inerte a las reacciones químicas que el nuevo mosto podía producir en caso contrario, la nueva vinada se criase pura y con todo su sabor recien extraído en la roja tierra de los pagos alfarafeños, libre de contaminación química o de proliferación de bacterias indeseables.
Ahora nos explicamos el color de los ojos del negro Francisco. Y también ciertos desgarradores accesos de tos que le acometían desde hacía algunos años. Los gases venenosos del poso en el interior de las tinajas podían haberlo matado mucho tiempo antes de no mediar en su anual tarea la suerte o la casualidad, aunque en las más de las ocasiones los mareos y desvanecimientos lo obligaban a salir del depósito, arriesgándose a recibir una reprimenda en forma de palabras o en el peor de los casos de obra, del dueño y señor de su vida.
A Cristóbal, con ser más joven, le había tocado en aquel tiempo una labor más agradecida y llevadera: manejaba el usillo de una prensa de último diseño que el propietario había hecho traer de la capital. Cristóbal ajustaba los zunchos y encajaba las traviesas con gran destreza, y su alma se alegraba cuando veía chorrear por el canalillo aquel apreciado zumo turbio que luego se repartiría a todo lo ancho y largo del mundo conocido.
Isabel ayudaba en la cocina, donde todo lo organizaba la vieja india Francisca como una emperadora, no en vano había sido la concubina, por muchos años y en muchos lugares, del mercader indiano metido a vinatero, que apareció en su sencilla existencia como su hani tucuychañami, su deidad poseedora hasta que tras cruzar el océano en brazos de Mama Qocha el contacto con las miserias occidentales le fue abriendo los ojos de la mente, descubriéndole debilidades humanas tras las barbas, los cañones y los caballos, y enseñándole malicias afiladas como dagas de frío acero con las que rasgar las tenebrosas tinieblas que envolvían —sucias telarañas— las almas de los hombres.

Hacía el alcohol estragos en aquella sombría y muda multitud, aquella masa de servidumbre y añoranza que mantenía si no la economía del país (en ninguna o muy escasa manera se les destinaba a labores agrícolas, por ejemplo), sí en cambio el orgullo y el afán de ostentación de tantos y tantos que, aún a costa de privarse de cosas mucho más imprescindibles y vitales, adquirían uno o varios esclavos como signo de distinción social.
Especialmente entre los operarios de las bodegas, el viño se convertía con suma facilidad en la solución más asequible y en el contrapeso más manejable a la aplastante sensación que día a día, hora a hora, atenazaba los corazones de los esclavos arrastrándolos a la desesperación.

Los esclavos 5

Francisco y Cristóbal eran esclavos de un mercader que había tenido cierto éxito en la carrera de Indias, lo cual le proporcionó los medios para adquirir, entre otras en otros lugares, una propiedad en la Calle Real de Castilleja de la Cuesta consistente en una gran casa con enorme huerta y viña aledaña, dotada de amplio patio, desahogadas caballerizas, varias atarazanas, noria y pozo, y bodega y lagar.
Francisco, de cuarenta años, y Cristóbal de veinticuatro, los dos de una piel negra con brillos azulados, hacían trabajos de mantenimiento de la hacienda y disfrutaban de ciertos privilegios habida cuenta de que su amo, ducho y experimentado en el trato con siervos de esta categoría, había adquirido la suficiente perspicacia y agudez psicológica como para saber tratarlos y comprenderlos. Puede decirse que, salvando las distancias, formaban una familia, ellos dos, el dueño y sus parientes, y otras dos esclavas, la una jovencísima mulata y la otra vieja india con veleidades de hechicera que, en parte por su propia ignorancia y en parte por la sólida protección que le brindaba la posición social de su dueños, considerábase a salvo de las frecuentes redadas que a la caza de brujas el Santo Oficio de la Inquisición sevillana efectuaba de cuando en cuando con la saña que todos conocemos.
Supieron de la fuga de Juan, el siervo de don Rodrigo, una tarde cuando, terminadas sus obligaciones, se habían reunido mulata e india, Francisco y Cristóbal, en la cocina alrededor de un asador de hierro en el que se reblandecían reventando con secos traquidos que producían brincos de susto en Isabel, la mulatita de dieciocho años, un par de docenas de gruesas castañas que iban a hacer la función de cena. La tarde era fresca y en los álamos del huerto los gorriones se recogían alborotando por la mejor rama. Francisco sentenció en voz baja:
—Malo. Lo pagaremos todos los demás, que ninguna culpa tenemos.
En efecto; cuando sucedían hechos como el acaecido el cuerpo social encendía sus sistemas de alarma, como si despertase a la cruda realidad, y la cruda realidad mostraba que el instinto de libertad era superior a cuantas componendas tramaban los dueños y las autoridades para mantener domesticados y subyugados a aquellos hombres antaño libres en una tierra libre. La sociedad castillejense volvía a la desconfianza y al recelo, vigilando con más insistencia y estrechando los mecanismos de control, como temiendo que el nefasto ejemplo dado por el joven Juan fuese a prender en los, al parecer, ya resignados espíritus de los demás esclavos del pueblo. Y Francisco lo sabía. Era un hombre fornido, de rostro hinchado. Tenía en la mejilla derecha grabadas a fuego dos iniciales: R.F. Pero lo que más destacaba en él eran sus ojos; cualquiera diría en una primera impresión que tenía las pupilas verdes, lo cual no era nada usual en individuos de su raza, mas una más detenida inspección revelaba una textura del tipo de las mucosidades, mate, que hacía sospechar de algún tipo de enfermedad ocular de las que generalmente se conocen como "nublados". Ejercía Francisco con el extraño color de sus ojos una fascinación en sus compañeros que sabía muy mucho explotar en su favor; especialmente Isabel quedaba irremediablemente impresionada cuando el hombre clavaba en sus bellos y huidizos ojos negros los suyos, opacos e inhumanos como los de un ídolo ancestral.
La india, de nombre Francisca y adquirida por el hacendado en uno de sus viajes a América, era una mujer pequeña y gorda, de rostro sudoroso ahora iluminado por las brasas del infiernillo:
—Nunca me gustó ese muchacho. Demasiado fino. Demasiado resabiado —comentó con voz apenas audible. No decía lo que pensaba. Las veces que Juan había venido a visitarlos había admirado su esbeltez y la distinción de sus ademanes, y de noche prolongaba sus fantasías en el recuerdo pensando que tenía al joven esclavo entre sus brazos y recibía de él bortotones de vitalidad. Recordó, entre el de las castañas asándose, el aroma montaraz de aquel cuerpo que hubiera querido tener para sí, y suspiró profundamente, sintiéndose acabada y marchita.

sábado, 7 de febrero de 2009

Los esclavos 4

Era vergonzoso. La pérdida de su "propiedad" podía convertir al cura en el hazmerreír del pueblo, en cuanto respecta al daño moral, y no menor era el daño fungible que se ocasionaba a su bolsillo: había pagado por él en las Gradas 14.000 maravedíes contantes y sonantes, a los que debía añadírsele vestuario, alimentación, alguna visita del cirujano y el tiempo perdido en enseñarle a leer, escribir y contar, y los esfuerzos en educarlo en valores cristianos, y... . Don Rodrigo descubrió por la mañana la ausencia del criado, y suspendió desayuno y aseo para denunciar el hecho ante el Alcalde de la Santa Hermandad, como estaba prescrito en estos casos. Acto seguido y tras ponerse en contacto con Martin Ramos fueron a la oficina de Miguel de las Casas, al cual dictaron la siguiente cesión de poder:

Sepan cuantos esta carta vieren como yo, Rodrigo de Cieza, clérigo cura beneficiado de la Iglesia del Señor Santiago de esta Villa de Castilleja de la Cuesta, y vecino de ella, otorgo conozco y doy todo mi poder cumplido cuan bastante forma se requiere a Martin Ramos1, vecino de la Calle Real de esta dicha Villa de Castilleja de la Cuesta en lo Realengo, para que con la presente Carta de Poder General para que por mí y en mi nombre y como yo mismo pueda parecer y parezca ante todos y cualesquiera Jueces y Justicias así de la Ciudad de Setubal que es en el Reino de Portugal, como de estas ciudades, villas y lugares de estos Reinos y Señoríos de Su Majestad, y fuera de estos, de cualesquiera Reinos y Señoríos, para presentar ante cualquier de ellos una probanza y Carta de Justicia del muy noble señor Bernabé Martin, Alcalde Ordinario de esta dicha Villa, que presentada pueda les pedir y pida y suplicar y suplique cumplidamente por todo como se contiene y en cumplimiento de ella le mande de dar y entregar un esclavo de color negro atezado que dice Juan, de edad de veinticuatro a veinticinco años poco más o menos, delgado de cuerpo y no muy alto ni muy bajo, buena manera y muy bien dispuesto y bien afeitado y desbarbado, que ahora le apuntan muy pocos pelos de las barbas, y sobre ello haga cualquier pedimento o pedimentos que haya razón fueren menester como si yo fuera presente, para que pueda traer y traiga al dicho esclavo Juan a mi poder y casa como si yo mismo lo hubiera, y para que pueda vender y venda al dicho Juan, esclavo, a la persona o personas y por el precio y precios cualesquiera que él quisiere y por bien tuviere, porque así vendiere el dicho esclavo los pueda recibir los reciba por contento y pagado de ellos, el cual dicho esclavo pueda asegurar y asegure de cualesquier tachas de enfermedades y no de mal y enfermedad y lo vender por de bueno y sano y me desapodere y me pueda desapoderar del señorío y derecho que al dicho esclavo tengo en cualquier manera y lo pasar al comprador o compradores y obligar mi persona y bienes al saneamiento, por mí solo y conjuntamente con él de mancomunidad los dos, de uno por cada uno y por el todo, renunciando las leyes de la Mancomunidad y yo por las de propiedad y posesión y en razón de ello pueda otorgar la carta segura de venta que fuere pedida y demandada, la cual valga y sea firme y bastante valedera como si yo mismo la hiciese y otorgase y así y siendo la cual prometo y me obligo de tener y guardar y pagar y cumplir y haber por firme como a derecho hubiere y fuere contenido de las penas a que me obligare y fuere necesario para que de cualquiera poder y parecer pueda parecer y parezca ante los dichos Jueces y Justicias, y ante otros cualesquiera de cualquier fuero y jurisdicción, y pida, haga demandas, pedimentos y requerimientos, otorgue cartas de ventas y remates y haga juramento o juramentos así de calumnias como de fees y de autos y diligencias judiciales y extrajudiciales ante procurador.

1.- Véase "Bautismos 3", nota 4.

Por último finalizan el poder obligando ambos sus personas y bienes al cumplimiento de lo estipulado. Firmaron, junto con los testigos, que fueron Salvador Perez, Juan Martin y Melchor de Valer, este último vecino de Sevilla.

"Huidor" era el calificativo oficial con el que se estigmatizaba al esclavo que había intentado fugarse; debía hacerse constar en los futuros documentos, especialmente en los de compraventa porque este carácter disminuía su valor en maravedíes como si se tratase de un defecto o de una enfermedad. "Descaminado" era el que se aplicaba al que vagaba por las comarcas sin saber ni ser capaz de dar a las Justicias que lo detenían una identificación o razón clara de su estado, oficio, origen, etc. Los descaminados pasaban inmediatamente a prisión, y cuando transcurría mucho tiempo sin que nadie reclamara su derecho a ellos eran subastados en almonedas públicas. En las Ordenanzas de Sevilla se especificaba claramente que la persona que llevaba a un esclavo "descaminado a la ciudad debía aportar una fe o provança con testigos de qué lugar lo trae, por si no era huido sino robado, e si testigos no tuviere en el lugar donde lo tomare que sea creydo por su conciencia". Los esclavos capturados bajo esta categoría de descaminados eran recluidos en el sevillano Mesón del Herrador o de los Perdidos, que a principio de este siglo XVI regentaba un tal Francisco Gonzalez Prieto, al cual sucedió un Cristóbal Carrillo, según se refiere en las mencionadas Ordenanzas; la recompensa que se daba por entregar un esclavo en estas condiciones era de dos reales, y al mesonero le pagaba el Concejo un real por guardarlo, más los gastos lógicos de alimentación y mantenimiento general. Según lo cual, había individuos dedicados a tiempo completo a perseguir esclavos, como parece ser la actividad de nuestro Martin Ramos. Se dieron abundantes casos de evasiones de dicho mesón.
El peligro más importante que corría el dueño de un esclavo fugado es el de que lo encontrase alguien con tan pocos escrúpulos que se lo apropiase sin denunciar a las autoridades su hallazgo, lo cual era considerado un robo en toda regla.

Los esclavos 3

Pero todo aquel barniz no era más que eso; superficial e inconsistente lavado. Despreciar a los menos afortunados o pavonearse ante los más miserables no alimenta a ningún espíritu y llega, más pronto que tarde, a producir frustración. El cura de Santiago enseñó a leer a Juan, y a hablar su castellano sazonado de extremeñismos que ni las lecturas tediosas en el convento franciscano de Ultramar ni los latines aprendidos a marchas forzadas en la Península habían conseguido borrar del área de Broca de su cerebro.
Exceptuando algunos berrinches que raramente acababan en una sonora bofetada, no hubo serios conflictos entre señor y criado hasta que una tarde —caía del cielo sobre el pueblo una fuerte y constante lluvia— lo sorprendió acurrucado en un rincón del desván, sin parpadear con la vista fija en los viejos manuscritos de su querido hermano Pedro. El esclavo sabía de ellos y del lugar donde estaban guardados por haber espiado al cura cuando, en la oscuridad de la noche, movía el ladrillo que los ocultaba en el interior de un muro hueco, disimulado tras la maraña de tallos y hojas de un perfumado jazmín que María Ramirez, la asistenta, cuidaba como si de sí misma se tratara. Y así el negro Juan, cuando creía estar seguro y con todas las circunstancias a su favor, sigilosamente desencajaba el ladrillo, extraía un cuaderno o dos y escondíase en algún retirado ángulo de la vieja casa para perderse en la lectura de aquellos exóticos relatos, huyendo con toda su alma de la rutina y la mezquindad que la existencia en Castilleja de la Cuesta le deparaba.

Fue la única vez que don Rodrigo, en toda su vida, había golpeado a un ser humano con saña y sin piedad. Hízose con un palo de un grueso más que regular y, rojo de ira, persiguió al joven por toda la casa golpeándolo en las espaldas, en los brazos y en las piernas entre imprecaciones, insultos y amenazas; el muchacho gimiente y aullante huyó mientras pudo, fue acorralado, cayó, se intentó escabullir a cuatro patas y acabó protegiéndose bajo la cama del clérigo, a cuyo dormitorio le había llevado el instinto de supervivencia desatado y ciego bajo la lluvia de porrazos y los desaforados gritos de su maltratador. Don Rodrigo agachóse y aguijoneó el sitio con la tranca, aunque fatigado y jadeante ya más calmado y dueño de sí, y tras ello decidió que tras el castigo no le quedarían a Juan ganas de volver a repetir aquella especie de robo intelectual que le había infrigido.

La naturaleza del negro, y el fuerte temperamento que tras su apariencia débil y espiritualizada apenas lograba pasar desapercibido, obraron como un líquido al que se calienta con fuerza; hirvió violentamente su ánimo en las siguientes horas y optó por la alternativa que menos podían imaginar quienes lo habían tratado hasta entonces y creían conocerlo: la fuga.
De tal manera que esperó que oscureciera, tomó un hatillo con un tranco de pan, una rebanada de queso y un par de manzanas, y cuando sintió que don Rodrigo de Cieza había sido tocado por el alado y divino hijo de Hipnos con su flor de adormidera, salió al patio, al corral, saltó la tapia y se perdió entre viñas y ladridos inciertos, en la noche negra, fría y lluviosa.
Sabía que tenía que llegar a Portugal, para desandar todo el infernal viaje desde que lo capturaron los barbudos lusitanos en su añorado pueblo de la selva, de forma que se dirigió hacia el oeste, cruzando el Pago de Las Escaleras en paralelo al Camino Real. Mientras saltaba sobre las cepas en su loca carrera sintió el viejo sabor de la libertad, y la tierra bajo sus botas le devolvió toda su energía vital de cazador nato cortando el aire. Lo tocaba, fresco y húmedo, con la cara, con los labios, las mejillas, los párpados; había tenido suerte de que nadie le hubiese marcado a hierro candente un abominable nombre en el rostro, de que no lo hubiesen lastrado con grilletes en los tobillos o con un aro de hierro al cuello. Tenía posibilidades de llegar al puerto de mar, y de deslizarse subrepticiamente en la bodega de algún barco, como en el vientre de una madre amable, de vuelta a la gran tierra africana. Ése era su plan.

Los esclavos 2

A Juan pronto le fueron encomendadas empresas y faenas de cierta complejidad e importancia, habida cuenta de que poseía talento y clarividencia suficientes para acometerlas con altas probabilidades de éxito. Sentíase en gran parte orgulloso de la estima que el cura le dispensaba, aunque, sabedor y plenamente consciente de sus dotes personales, le quemaba por dentro reconocer que valía mucho más que muchos castillejanos "libres" a los que la suerte, el destino y las circunstancias sociopolíticas habían colocado muy por encima de su ínfima posición, y ante quienes no se sentía predispuesto a mostrar hasta el fin de sus días respeto y sumisión.
Mas, en el mundo de los esclavos, en cierta manera había tenido suerte. Tener un amo clérigo no era igual que tenerlo inculto labrador o grosero ganadero. Por de pronto, don Rodrigo lo había equipado con unas excelentes botas de piel de becerro, y le había mandado al sastre de Tomares una varas de lienzo de calidad para que le confeccionara unos calzones y un par de camisas labradas acordes con el estatus de su dueño. Con todo ello, unas medias limpísimas y un vistoso sombrero verde Juan pudo comprobar a las primeras de cambio que era considerado de otra forma por sus propios compañeros los demás esclavos de Castilleja e incluso ¡oh, grata sorpresa! por los propios habitantes del pueblo. En efecto, cuando llegaba a la tienda o a la taberna a adquirir artículos o viandas se le obsequiaba un tratamiento delicado y respetuoso, y en la calle podía —pudo comprobarlo muy pronto— permitirse no ceder el paso o el asiento a la inmensa mayoría que formaba la masa de la población sin por ello recibir un reproche ni un mal gesto, antes al contrario. Y Juan experimentó con soberbia el placer de mirar por encima del hombro, con desprecio, a los desgraciados de su propia categoría, cuyas miradas delataban el temor que en aquellas almas embrutecidas inspiraban su atuendo y sus ademanes.
La transcripción que sigue refleja uno de los momentos culminantes en la vida del esclavo Juan, cuando en lo alto de un estrado se enfrentó en la Plaza Pública a una multitud abigarrada a la que, magnánimo como un rey de la prodigalidad, iba enseñando prendas del culto de la Iglesia que el beneficiado había decidido deshechar:

Venta en almoneda de objetos de la Iglesia de Santiago. En la Villa de Castilleja de la Cuesta, domingo 24 días de abril de 1559, de pedimento de Rodrigo de Cieza, beneficiado y mayordomo de la dicha Iglesia de Santiago, Juan, de color negro, esclavo del dicho beneficiado, remató y dió por rematado en la Plaza ciertos bienes de la dicha Iglesia, y los precios y las personas son los siguientes: mangas de raso morado a Hernando Jayán por 8 reales; otras de raso amarillo a Miguel de las Casas; otras de tornasol con ribetes carmesí a Isabel Garcia, vecina de Sevilla, por 8´5 reales; un pedazo de tres varas y media de chamelote colorado a Melchor Sanchez, vecino de Sevilla, por 15´5 reales; unas mangas de raso negro viejo a Hernando Jayán en 4 reales; un corpezuelo de raso viejo al mismo, 2 reales; unas naguas y media saya de damasco negro vieja al mismo por 4 reales; ropa blanca de fustán al mismo en 15 reales; un corpezuelo de terciopelo viejo roto al mismo en un cuarto de real; un paño de algodón viejo, de Indias, con unas pinturas, a Ana Lopez, mujer de Baltasar, en 4 reales; tres ¿almaysales? viejos rotos a Hernando Jayán en un real; un paño de algodón de Indias, pintado, a Isabel Garcia por un real; un rodenete viejo con unas cintas, a Miguel de las Casas en 6 reales; una capa de algodón forrada en lienzo de estopa, colorada, vieja y rota a Hernando Jayán por 5 reales; una cofia de redecilla con unos ¿pinos? labrados de oro y seda prieta, a Miguel de las Casas en 3 reales; una toca a Isabel Garcia por 55 maravedíes.

Se efectuó la subasta ante el escribano Miguel de las Casas y los testigos Simón de Valencia, Pedro de las Casas y Salvador Perez, vecinos de esta Villa, y Juan Sanchez Delgado, Melchor Sanchez y Hernando Jayán, vecinos de Sevilla y moradores en esta Villa.

domingo, 1 de febrero de 2009

Bocetos del siglo XVI, y 6

La casa de los Ortiz de Juan Guren fue valorada, como dijimos en el anterior capítulo, junto a los demás bienes. El sábado día 22 del mismo mes —mayo de 1557— el Alcalde Juan de Vega mandó dar traslado de la valoración efectuada a todas las partes, lo cual llevó un par de días habida cuenta de que algunos de los hijos de Diego y Anastasia vivían en Sevilla; por consiguiente, hasta el martes día 25 no se efectuó la repartición oficial, por la cual se nos amplía en detalles la somera descripción de la casa que acabamos de ver. Una de las viñas tenía, además de las cepas, algunos aceitunos y una higuera, y el huerto de la casa de la Plaza poseía, para el riego de los frutales, una noria. Dichos frutales eran diez limoneros, cinco naranjos, otras dos higueras y otros nueve o diez pies de aceitunos, y una lima1. Era conocida como la Huerta del Álamo, por uno gigantesco que hubo en ella, aunque al tiempo del fallecimiento de Diego Ortiz ya no existía. La casa tenía dos palacios y un portal. Esta casa debía un tributo anual a los frailes de Santo Domingo de Portaceli de Sevilla, que ascendía a 2500 maravedíes a repartir entre todos los hermanos herederos. Las viñas tenían también sus cargos, cuyos poseedores eran Hernando Rodriguez, mercader sevillano; el Licenciado Diego de Porras, y un tal Diego de Orta, también vecino de Sevilla.
El dinero que produjo la cosecha de 1556 de una de las viñas obraba en poder del clérigo Luis de Figueroa, quien se había constituído en su depositario.
Por el testamento de Diego Ortiz de Juan Guren sabemos que debía dinero a un tabernero, Herrera, y a Inés Hernandez, a los hijos de Leonor de Morales, y al dicho mercader Hernando Rodriguez. Mantenía al morir un pleito con Antón Rodriguez, y expresó su deseo de que se dijeran treinta misas por el alma de "un portugués" que fue su sirviente.

1.- Es una variedad de la gran familia de las Auranciaceas, de flores pequeñas, blancas y de un olor particular, muy suave; las vejiguillas de la corteza son cóncavas; la pulpa verde, ligeramente ácida o dulce y de un aroma grato. Variedades: las más importantes del grupo son la lima (Citrus limeta), que abunda en Andalucía, Murcia, Orihuela y en otras localidades de España. Las flores son de un blanco puro; el fruto dulce, algo insípido y aromático. La otra variedad, conocida con el nombre de bergamoto ordinario, se cultiva en Valencia y también en las mismas regiones que la lima y produce el fruto bastante grueso, a veces mayor que una naranja. (Enciclopedia Espasa Calpe).

La Castilleja de mediados del Siglo de Oro se caracterizaba por una muy acusada diferenciación de estatus social, porque las clases medias tenían poca representación, estando constituída por escribanos, médicos y poco más. De esta forma, en lo que a la arquitectura se refiere, la villa ofrecía una llamativa alternancia entre casuchas miserables y grandes mansiones como la que pertenecía a los Ortiz de Juan Guren; éstas últimas poseían en su mayor parte bodega y lagar, dado que sus dueños además eran propietarios de abundantes terrenos dedicados a la viticultura.

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Y aquí terminamos esta breve serie de "Bocetos", que nos han de servir a modo de plataforma para desarrollar en detalle algunas de las personalidades y circunstancias que en ellos se han apuntado. Abriremos el siguiente bloque de capítulos con pormenorizadas referencias a los Ortiz de Juan Guren, que nos llevarán a conocer a otros habitantes de Castilleja, a sus avatares y aventuras y a sus inexplorados mundos interiores, en un pueblo que se había convertido en puerto y refugio de cuantos huían, por diversos motivos, de la gran ciudad por entonces capital del mundo.

Los esclavos 1

Rodrigo de Cieza, como la inmensa mayoría de clérigos de aquel siglo, disfrutaba del privilegio consuetudinario de la posesión y el usufructo de esclavos. En su particular caso se enseñoreaba de un joven negro, no excesivamente robusto aunque sano por los cuatro costados, introvertido, tímido y de tal sensibilidad que si el color de su piel lo hubiera permitido se le podrían haber detectado a diario allá por la docena de rubores y sonrojos cuando menos, ocasionados la mayoría de las veces por orgullo herido, ira, o el sentimiento de culpabilidad que la doctrina religiosa brutalmente inculcada en su mente le suscitaba al ser sorprendido masturbándose o comiendo a hurtadillas y fuera de hora una naranja del corral.
El esclavo Juan tenía veintipocos años cuando fué pregonado en la calle de las Gradas a la sombra de la Catedral sevillana, una tarde bochornosa de verano; procedía de un cargamento traído de la ciudad portuaria de Setúbal en Portugal, donde había llegado hacía pocas semanas en un siniestro barco desde la costa occidental de África. Los traficantes lusitanos ofrecían en aquellos años mejor y más mercancía que los hispanos .
Juan recordaba vagamente su paso por la Calle Real de Castilleja cuando, hacinados en varios carretones, los traían a él y a sus compañeros a la almoneda de la gran urbe hispalense. No podía imaginar que volvería al día siguiente al pueblecito en el borde de la elevación que anunciaba la gran ciudad, como criado del cura.
Con su acento portugués el traficante lo ofreció a una expectante masa de sevillanos que se había congregado dispuesta a pujar enconadamente o simplemente curiosa de ver aquel grupo de mozarrones humillados y temerosos, aquellas muchachas de excitantes curvas posando como ovejas sumisas ante una manada de lobos sin corazones. 
Don Rodrigo —que se había hecho acompañar de su insustituible Juan Sanchez Delgado— se acercó, subiendo los desgastados escalones de piedra, atraído por el cuerpo esbelto del joven apenas cubierto por un calzón corto, sucio y roto. Frente a él rebuscó con su mirada en el fondo de los aterrorizados ojos del muchacho, como investigando en su ignota alma en busca del peligro, en indagación de la luz roja que delatase a un asesino acaso, quizá a un ladrón, a un loco tal vez.  Por un momento dos almas se enfrentaban, y el instante fue como el choque de dos tormentas, fugaz y tenebroso en su misterio. 
Juan bajó sus ojos y, como si hubiese accionado un interruptor, el sol de los prejuicios, de los convencionalismos, del orden establecido, de la política etnocentrista y de los intereses mercantiles se hizo sentir, cegador, de nuevo, tras aquel momentáneo nublado de sentimientos ancestrales: don Rodrigo recuperó la conciencia de su jerarquía y posición, le hizo enseñar la dentadura y darse media vuelta, y se dispuso a regatear al portugués unas decenas de maravedíes que su bolsa agradecería sobremanera.

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...