martes, 31 de marzo de 2009

Los esclavos 38

Comienza con un preámbulo normal, un extenso párrafo lleno de advocaciones a preciosísimas sangres del Salvador, a su inmaculada madre, a todos los santos de los Evangelios, etc., etc., y de pregones testimoniales de creencia absoluta en Dios y de vivir cristianamente, etc., etc., y continúa:

Rodrigo Franco, vecino de Sevilla en la collación de Santa María, estando enfermo del cuerpo y sano de la voluntad, digo que por cuanto por la graveza de la enfermedad que tengo al presente en mi persona yo no puedo hacer ni ordenar mi testamento ni disponer de aquellas cosas que conviene al descargo de mi ánima y conciencia, y por razón de hacer mi testamento yo lo tengo hablado y platicado y comunicado a Antón Lopez1 mi hermano, vecino de la dicha ciudad de Sevilla en la dicha collación de Santa María que al presente está ausente, por ende otorgo y conozco yo, he y tengo y de derecho se requiere al dicho Antón Lopez mi hermano, especialmente para que en mi nombre y como yo mismo podáis hacer y ordenar mi testamento y última voluntad según y por la forma y manera que con vos lo tengo hablado y platicado y comunicado, por el cual podáis mandar que mi cuerpo sea enterrado en la iglesia o monasterio que vos quisiéreis, y para que podáis mandar que se digan por mi ánima todas las misas y oficios y beneficios que quisiéreis, así el día de mi entierro como después de él, cargando en cuanto a mi conciencia todas las cosas y cada una de ellas que con vos tengo platicado y comunicado, por cuanto vos el dicho Antón Lopez mi hermano sabéis mi intención postrera, y os doy mi poder cumplido cuan bastante de derecho se requiere a vos el dicho Antón Lopez mi hermano para que el dicho mi testamento que así en mi nombre hiciéreis y otorgáreis podáis dejar y nombrar, y yo por la presente dejo y nombro, por mi universal heredero de todos mis bienes, así de muebles como raíces y semovientes y juros y deudas y derechos y otras cosas cualesquiera que de mí quedaren y fincaren, a vos el dicho Antón Lopez mi hermano, y para que pueda dejar y nombrar y yo por la presente dejo y nombro por mi albacea para que cumpla y pague el testamento que quisiéreis, a vos el dicho Antón Lopez mi hermano, y para ello os doy el dicho mi poder cumplido para que por vuestra propia autoridad sin licencia de Alcalde ni de Juez ni de otra persona alguna podáis entrar y tomar y vender y rematar a tantos de mis bienes en pública almoneda o fuera de ella como vos quisiéreis, y cuantos cumplan y basten para pagar y cumplir el testamento que así a mi nombre hiciéreis y otorgáreis, y para que podáis revocar, y yo por la presente revoco y anulo y doy por ningunos todos cuantos testamentos y mandas y codicilos que yo haya hecho y otorgado desde todos los tiempos y años que son pasados hasta hoy día de la fecha de esta carta, los cuales quiero y mando que no valgan ni hagan fés, ni ellos ni las notas ni registros de ellos, salvo el testamento que así en mi nombre hiciéreis y otorgáreis el dicho Antón Lopez mi hermano, el cual quiero y mando que valga y sea tan firme y valedero como si yo mismo lo hiciese y otorgase, el cual dicho mi testamento quiero y es mi voluntad que otorguéis en mi vida o después de yo fallecido de esta presente vida, cuando vos quisiéreis o por bien tuviéreis, ante cualquier escribano público que de ello de fé con firmeza, de lo cual otorgué esta carta de poder ante el escribano público y testigos de él infradichos, que es hecha la carta de poder en la Villa de Castilleja de la Cuesta que es del Muy Ilustre Señor Don Pedro de Guzmán, Conde de la Villa de Olivares, Señor de esta dicha Villa y mi Señor, estando en la casa de la morada del dicho otorgante, domingo diez y nueve días del mes de octubre, año del Nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil y quinientos y cincuenta años, y el dicho Rodrigo Franco lo firmó de su nombre en este Registro, testigos que fueron presentes a todo lo que dicho es Francisco de Morales y Pedro Martin, vecinos de la ciudad de Sevilla, y Luis Gonzalez, clérigo estante y residente en esta dicha Villa, y Cosme Fragoso, criado del dicho Rodrigo Franco, los cuales dichos testigos lo firmaron de sus nombres todos en este Registro. Francisco de Morales, escribano de Sevilla. Juan Vizcaíno. Rodrigo Franco.

1.- Antón Lopez (ver "Los esclavos 29"), depositario de sus bienes, embargados por el ataque al Alcalde Juan de Vega, y el único familiar con el que mantenía contacto.

Los esclavos 37

Ahora, mientras estaba a la espectativa dedicado a adivinar la visita de su vecino el escribano Miguel de las Casas con sus rollos de folios, ocioso y aburrido, algo melancólico a causa de la inactividad, abría un libro a ratos y daba algún paseo vespertino por los límites de su naranjal descansando la vista en los reflejos de oro del atardecer realzados por un cielo perennemente morado. Eran horas vacías, muy a propósito para el recuerdo. Pero físicamente se sentía bien y su añoso cuerpo seguía exigiéndole movimiento. Rememoraba durante estos días el viejo mercader, entre otras muchas cosas, el momento más crucial y significativo de su aventurera vida, cuando una grave dolencia estuvo a punto de abrirle la siniestra entrada a la umbría fosa.
Había sido en estos patios, en estas habitaciones donde ahora vegetaba. A mediados de mayo de 1550, cuando los jornaleros de "La Huertezuela" de don Cristóbal el cura de la parroquia de Santiago andaban a palos y mordiscos (ver "Los esclavos 33"), Rodrigo Franco comenzó a sentirse enfermo. Unos días antes sorprendióse descubriendo con gran preocupación que evacuaba esputos sanguinolentos; perdió el apetito y cayó en una delgadez extrema, acentuada por su menuda y huesosa constitución; hinchábasele la cara día a día y comenzó a respirar dificultosamente. Al poco tiempo, postrado, tenían que darle de comer igual que a un niño. Su esclava Francisca lo mimaba. Pero todos esperaban lo inminente y él mismo, con la aguda lucidez que da vivir en el límite, se preparaba para el último viaje.
Rodrigo Franco tenía un tumor intrabronquial que crecía lenta pero inexorablemente, obturando con su plástica masa la luz del vital conducto. Llegó a tan extrema debilidad que solicitó hacer testamento o, mejor dicho, encargar que se lo hicieran, tal era su debilitado estado y su falta de capacidad.
Dicha última voluntad por poderes ignora desde la primera línea hasta la última a su hijo Alonso Franco y a otra hija, Juana Lopez, la cual, aunque muy desconectada de su padre siempre vivió en Sevilla capital. Tampoco hay referencia alguna a su esposa. Por todo ello, parece lógico suponer que por aquel trágico año de 1550 el comerciante indiano había roto las relaciones con ellos dos, Alonso y Juana, con su esposa, y aun con otro hermano, Francisco Franco, sobre el que de inmediato vamos a extendernos.
Quiso el enfermo terminal, como gran hombre que era, hacer su postrer acto legal a lo grande, y para ello congregó a dos escribanos: el sevillano Francisco de Morales, viejo camarada suyo en el mundillo de los requerimientos, los autos y las citaciones, y Juan Vizcaíno, por entonces titular del oficio de Castilleja de la Cuesta y antecesor de nuestro ya archiconocido Miguel de las Casas. Y una tarde de otoño, reunidos los tres en una sala dormitorio en la que se respiraba ese aire indescriptible mezcla de carne en descomposición y flores frescas, Rodrigo dictó su última disposición, habiendo ordenado antes que, exceptuando los ya dichos dos amanuenses, un allegado de la infancia, su criado predilecto y un clérigo "acomodaticio", saliesen todos —amigos, vecinos, los demás criados, esclavos— de la alcoba; deseaba con esto el viejo bodeguero, entregándose así en cuerpo y alma a la deshumanizada burocracia, a las mecánicas instancias oficiales y al frío aparato estatal, dar al acto un sello impersonal a modo de reproche hacia la injusticia de que, de alguna manera, se consideraba objeto por parte de su familia, a la cual de esta suerte repudiaba ahora ya sin remisión. Les legaba su olvido eterno.

martes, 24 de marzo de 2009

Los esclavos 36

Declaración de Rodrigo Franco. En la Villa de Castilleja de la Cuesta, viernes treinta de julio de mil quinientos cincuenta y siete, por mandado del Señor Bernabé Martin, Alcalde Ordinario de esta Villa, fue recibido juramento en forma de derecho de Rodrigo Franco, y le fueron hechas las preguntas siguientes: fuéle preguntado que cómo se llama, y dijo que Rodrigo Franco; fuéle preguntado que de donde es, y dijo que de la ciudad de Sevilla; fuéle preguntado que si este declarante tiene en esta dicha Villa casas y bodega y lagar y vinos, y dijo que sí tiene; fuéle preguntado que si el sábado que se contaron veinte y seis de junio próximo pasado este declarante mandó a Francisco y a Cristóbal sus esclavos que sacasen lía a la calle, de su bodega, y dijo que a Cristóbal su esclavo mandó sacar un cubo de lía a la calle; fuéle preguntado que si este declarante sabe que Juan de Vega, vecino de esta dicha Villa, es Alcalde Ordinario de esta dicha Villa este año de 1557, y dijo que no lo sabe, más que ha sido Justicia otro año ; fuéle preguntado que si este declarante oyó decir al dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, a los dichos sus esclavos: "hermanos, haced un hoyo cerca de la pared de vuestro amo, y echaréis ahí la lía, porque echándola en mitad de la calle se impedía el paso", y dijo que no; fuéle preguntado si este declarante salió al instante de su casa bodega y dijo con gran soberbia a los dichos sus esclavos: " sí, sí, echadla vera de la pared y vendrán los alcaldes con sus varas a tentarla", y dijo que lo niega; preguntado si este declarante dijo al dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, porque el dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, le dijo que tuviese crianza con la Justicia, que se fuese mucho de enhoramala, dijo que lo niega; fuéle preguntado que si estando en estas palabras llamó a Alonso Franco su hijo y a Cristóbal y Francisco sus esclavos para que maltratasen al dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, y dijo que lo niega; fuéle preguntado que si este declarante y Alonso Franco y Cristóbal y Francisco sus esclavos derribaron al dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, de una bestia, y después que lo hubieron derribado todos juntamente le dieron de puñadas y golpes y lo ahogaban y le arrancaban los cabellos y las barbas, dijo que lo niega; preguntado que si oyó al dicho Juan Vega, Alcalde Ordinario, dar voces y decir: "¿porqué me matáis? que matáis a la Justicia", y pedía favor a la Justicia, dijo que le oyó decir al dicho Juan de Vega alguna cosa de algo de Olivares, y que no le oyó otra cosa; fuéle preguntado que si a las voces que daba el dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, vió venir mucha gente a dar favor y ayuda al dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, como Alcalde Ordinario que era, dijo que sí lo vió; fuéle preguntado que si cuando vió venir la gente a dar favor al dicho Alcalde se metió este declarante y el dicho su hijo y esclavos en su casa y tomaron lanzas y alabardas y espadas y con ellas se hicieron fuertes y no se dejaron prender del dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario ni de la gente que con él estaban, sino antes se resistieron tirando cuchilladas y lanzadas al dicho Juan de Vega y a todos los demás que le favorecían, dijo que lo niega; fuéle preguntado que si después que se resistieron con las dichas armas y vieron mucha gente en favor del dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario para prenderlos, este declarante y el dicho su hijo y esclavos se fueron y ausentaron de esta dicha Villa y sus términos, dijo que sí fueron. Y esta es la verdad para el juramento que hizo, y lo firmó de su nombre, y dijo que es de edad de sesenta años poco más o menos.

Los esclavos 35

El "sacrificio" del Alcalde Ordinario Juan de Vega no fue en vano. Desde aquellos días los bodegueros fueron comprendiendo las ventajas que para todos tenía el cuidado de las vías públicas, y poco a poco se terminó con la incivilizada costumbre de verter líquidos residuales en ellas. Y decimos "se terminó" porque así pareció ser durante algunos años; luego tan poco higiénica práctica volvió a surgir, con los consabidos conflictos reproduciéndose a lo largo de los años y de los siglos, de tal forma que todavía en el XX, durante la II República, se incoaban expedientes a hacendados castillejanos que conducían el negruzco alpechín de la molienda de aceituna en sus almazaras por tuberías con salida directa a la calle.
En nuestro año 1557 el primero que reconoció o aparentó reconocer lo perjudicial de estas prácticas fue precisamente Rodrigo Franco, quien en plan de perdonavidas y en tono paternal dispuso que se abriesen zanjas a lo largo de las tapia de su hacienda para echar allí las hediondas lías de las tinajas de mosto, en gran parte como muestra de buena voluntad hacia las humilladas autoridades locales.
Fue en esta tarea —nos extenderemos en otra oportunidad sobre ello— cuando el esclavo Francisco, manejando la azada y la espiocha, descubrió como a medio metro de profundidad un tesorillo romano en el interior de un cantarito de barro; tras vislumbrar su redondeada panza había desenterrado el recipiente apalancando con la hoja del escardillo y lo inspeccionó con disimulo: de superficie descolorida y costrosa, su boca circular estaba tapada con un trozo de cuero reseco y agrietado amarrado a los bordes con un bramante de tripa; le dió a la vasija con el tocón de su herramienta un golpe certero y de su interior se desparramó en el fondo de la zanja medio centenar de piezas monetarias sucias de moho; ocultando el hombre nerviosamente las viejas monedas en un montón de tierra removida para volver luego, con más discreción, a recogerlas, se las prometió muy felices una vez vendidas a ciertos judíos conversos sevillanos especializados en la ilegal compra-venta de fortuitos hallazgos arqueológicos, especialmente de todo el abundante material que los saqueadores de la comarca —esclavos principalmente— extraían de los enterramientos neolíticos de Valencina del Alcor (hoy de la Concepción) o del inagotable y rico filón de las antiguas ruinas de la ciudad de Itálica.

Aquellos días Isabel redobló sus acostumbradas visitas a casa de Ana de Tovar, en busca de distraimiento y para consolarse de la brutal agresión que había recibido de los dos invitados de su amo. Resultó de ella con un labio roto, entre otras erosiones y despellejamientos, y Ana la curaba aplicándole un empasto cicatrizante cuya elaboración había aprendido de sus mayores. La esclava hablaba sin descanso de los temas más dispares, con sus grandes e inocentes ojos fijos mientras Ana la trataba. Los pensamientos de Isabel y el correspondiente correlato de palabras que acarreaban como pájaros inquietos saltando de rama en rama siempre habían hecho que su bella y estilizada vecina terminase buscando alguna escusa con la que librarse del agotamiento que el incoherente parloteo de la muchacha le producía, a pesar de que luego, recuperada la soledad y la tranquilidad, se arrepintiese reflexionando en la triste situación de la a pesar de todo encantadora mulatita. En la mayoría de las ocasiones Ana de Tovar no tenía necesidad de interrumpir la velada con subterfugios o escusas, sino que se encargaba de hacerlo la voz bronca y ajada de la vieja india que desde la puerta frontera al otro lado de la Calle Real llamaba a su ayudanta —"¡¡Isaaaaabeeeeeeeel!!"— para que la joven le aligerara las pesadas labores de la cocina o le ayudara en los duros esfuerzos que exigía la colada.
Isabel era lisboeta de nacimiento y su madre, ama de su padre, fue hermosa y apasionada viuda enriquecida con herencias, quien pudo sin esfuerzo en aquella Portugal floreciente ocultar un embarazo no deseado, concebido con uno de sus esclavos más atractivos; pero era nuestra mulata tan pequeña cuando los intereses mercantiles la separaron de su familia que no extrañaba a nadie en el reino vecino y ni tan siquiera deseaba recordarlo.
Su única madre, aunque déspota e intolerante a veces, era la anciana india Francisca.

Los esclavos 34

"Otra costumbre hay, y es que cuando algún hijo o hermano muere, en la casa donde muriese, tres meses no buscan de comer, antes se dejan morir de hambre, y los parientes y los vecinos les proveen de lo que han de comer. Y como en el tiempo que aquí estuvimos murió tanta gente de ellos, en las más casas había muy gran hambre, por guardar también su costumbre y ceremonia; y los que lo buscaban, por mucho que trabajaban, por ser el tiempo tan recio, no podían haber sino muy poco; y por esta causa los indios que a mí me tenían se salieron de la isla, y en unas canoas se pasaron a Tierra Firme, a unas bahías adonde tenían muchos ostiones, y tres meses del año no comen otra cosa, y beben muy mala agua. Tienen gran falta de leña, y de mosquitos muy grande abundancia. Sus casas son edificadas de esteras sobre muchas cáscaras de ostiones, y sobre ellos duermen en cueros, y no los tienen sino es acaso".

Rodrigo Franco cerró el libro, divagando mentalmente sobre los posibles paralelismos entre aquellos indígenas y los habitantes de Castilleja. Quizá, a tenor de lo leído, en la localidad alfarafeña la muerte fuera el vínculo más sólido, el fenómeno más ineludible y de más peso de cuantos mantenían unidos a los lugareños. En todo tiempo desde que llegó al pueblo se había sentido en cierta manera un conquistador frente a la cerrazón de los autóctonos que sentía se manifestaba especialmente en los entierros y en el rito de la muerte. Permitíase imaginar. Veía las suaves colinas de la zona como un océano paralizado en una suave agitación, con sus fijas y redondeadas olas de tierra, ahora recubiertas de vides y olivos verdes en vez de marineras espumas blancas. Como colonizador y debido al cometido civilizatorio del que alardeaba, le eran obligadas, merecía —creíalo movido por su egoísmo— ciertas prebendas y distinciones, y en su alma de mercader bullían dándole vida interior y energía los convencionalismos que en este sentido mecánicamente elaboraba su amor propio. Su perenne afán de representarse estos privilegios a modo de justificación no reprimía sino que potenciaba la elaboración de fantasías al respecto, aun con la duda de si podrían influir negativa o incontroladamente en su conducta y en sus relaciones con los castillejanos. Porque el naufragio —y ahora miró el título del libro: "Naufragios", y le pareció valioso recordatorio que había despreciado e ignorado— en que había estado a punto de sucumbir en la tormenta con el Alcalde Ordinario Juan de Vega, recapacitaba, no era sino producto de la artificial seguridad que la influencia nefasta de su fantasía había creado en su interior. Con la vista fija en la portada leyó "Álvar Núñez Cabeza de Vaca" pensando, extraño apellido, en las relaciones que este autor podía tener con el hermano del cura de Castilleja, perdiéndose un poco en suposiciones e hipótesis desordenadas que revoloteaban en su espíritu.
Dejó el libro y prestó atención a su propio cuerpo. Le atenazaba la sed. La tarde anterior bebió poco, pero a su edad poco era mucho, y tras una noche inquieta y agotadora sentía malestar de estómago y la cabeza brumosa, pesada y dolorida.

Alonso entró en la habitación y le recordó con expresión llena de ansiedad que la mañana era la señalada por el Concejo para tomarles declaración acerca de los hechos con la lía, de manera que hizo llamar a sus esclavos Francisco y Cristóbal a fin de preparar relatos exentos de contradiciones, intentó concentrarse en lo que iba a decir preparando una batería de palabras técnicas y, carraspeando, comenzó a dar instrucciones a los tres creando con su voz baja y aguardentosa un ambiente de conspiratoria clandestinidad en la sala.

jueves, 19 de marzo de 2009

Los esclavos 33

Antes de volver al verano de 1557 con el mercader Rodrigo Franco remataremos esta historia exponiendo su conclusión someramente.

Querella: (las primeras líneas, ilegibles por rotura del folio) ... ... en las viñas de Cristóbal Martin de Alaraz, clérigo, ... salvo y seguro, el dicho Juan Perez con ánimo e intención de lo herir y matar con una azada le tiró dos o tres golpes y le dió en el cuerpo y arremetió con este querellante y le peló las barbas y le sacó un pellizón* de barbas y lo quiso herir y matar con la dicha azada, y de hecho lo hiciera si no que Dios Nuestro Señor lo quiso guardar; pidió justicia. Y luego el dicho Francisco Garcia hizo muestra ante el dicho Señor Alcalde de un pellizón de cabellos que parecen barbas y parece de la color de las barbas del dicho Francisco Garcia**.

* En el Diccionario de Autoridades hallamos la mayor aproximación: pelluzgón. La porcion de pelo, lana ù estópa, que se toma con todos los dedos. Lat. Pilorum, vel lana portio digitis compressa, vel apprensa. Y cita a Quevedo (1580-1645): Y anadió, viendo aprestados / dos pelluzgones de estópa: / el postrer moño me endilgan? / por Dios que estamos de gorja. (Las Musas, 5, Jácara 15).

** He aquí un interesante apunte que en cierta manera anticipa las modernas investigaciones basadas en pruebas materiales que lleva a cabo la policía científica.

Detrás llegan las declaraciones de los testigos Francisco Hernandez, analfabeto de 27 años de edad, trabajador en "La Huertezuela", —que así llamaban a la viña del clérigo Cristóbal Martin de Alaraz*—, y testigo que dice no haber reaccionado por pensar que sus dos compañeros estaban bromeando; Juan Rodriguez Guillén, analfabeto de 34 años de edad; y Juan Suárez, vecino de la Calle Real e igualmente analfabeto, de 28 años. Los tres coinciden casi al completo en sus deposiciones.
Luego, estando presentes Francisco de Aguilar y Miguel de las Casas, perdió la querella el desbarbado Alguacil Francisco Garcia, y unos días después, el miércoles 14 de mayo de 1550 el Alcalde Ordinario Juan Verde tomó declaración al desorejado —y preso desde el día de autos— Juan Perez, quien incide recalcando el mordisco que le infirió Francisco y en que, si le tiró la azada, fue en defensa propia porque venía hacia él para prenderlo; niega que le arrancara un pellizón de barbas, y no firmó porque tampoco sabía escribir.

* La Huertezuela estaba situada en el corazón del Pago de Las Escaleras, y reportaba al cura de la parroquia de Santiago pingües beneficios en forma de abundante mosto, que guardaba en tinajas almacenadas en una sala adjunta a su casa de morada.

La sentencia dictada por el Alcalde Mayor, excepcionalmente rápida ya que fué emitida el mismo día miércoles, fué la siguiente:

Por la culpa que por este proceso resulta contra el dicho Juan Perez, atento a que la parte perdió la querella y no lo quiso acusar, fallo que lo debo de condenar y condeno al destierro de esta Villa y sus términos de dos meses, y menos lo que fuere mi voluntad, el cual salga a cumplir dentro de tres días después de la data y notificación de esta mi sentencia, y no lo quebrante sin mi licencia so pena que lo cumpla doblado y forzoso, y mas le condeno en la azada con que delinquió y dos reales de pena, todo lo cual aplico para la Cámara de Su Señoría, y mas le condeno a las costas de este proceso cuya tasación en mí reservo, y juzgando así lo pronuncio todo lo cual que dicho es, y pague antes que salga de la Cárcel.

Y en dicho miércoles de la declaración del preso y de la sentencia se les notificó a él y al Arrendador de las Penas de la Cámara de Su Señoría, Bartolomé Gomez Masvale.

Los esclavos 32

Isabel valía infinitamente menos que una mula. Nadie en Castilleja se preocupó de su suerte al otro día, y ni siquiera la vieja india hechicera hizo referencia alguna a lo acontecido la noche anterior entre ella y los dos invitados borrachos.
La ínfima consideración que los castillejanos tenían hacia los esclavos, en especial hacia los negros, queda claramente manifiesta en la expresión que, en tono de reproche, dirigió un Alguacil Ordinario cavador de viña a su compañero cuando trabajaban formando parte de una cuadrilla en las propiedades del clérigo Cristóbal Martin de Alaraz, cura de la parroquia de Santiago, en el año 1550, siete años antes del caso de Rodrigo Franco que estamos relatando. Sucedió que un tal Juan Perez rozaba con su azada en una camada*, y gracias a su destreza y fortaleza física llevaba la mano** sobre los demás operarios, entre los que se encontraba, casi a su altura, el Alguacil Francisco Garcia. A media mañana pasaron por la reguera*** que dividía esta tierra del clérigo de la de Hernando Jayán Miguel de las Casas, Bernabé Martin, Diego Verde y el dicho Hernando Jayán, y el cavador Juan Perez, embargado por el ímpetu del que a toda costa intenta demostrar su superioridad y convertirse en el centro de atención, apretó el ritmo de la azada sacando, en pocos momentos, una considerable ventaja sobre el cercano Alguacil, el cual no pudo reprimir una frase de reproche hacia el exhibicionista labriego: "os adelantáis y queréis hacer más que todos aunque sea no más que un negro el que pase; ya sabemos que sabéis cavar". Juan se molestó sobremanera, respondiéndo con insultos: "anda y vete, que no eres más que un bellaco borracho", ante lo cual el Alguacil, imbuído de su cargo y de su mayor edad quiso demostrar con los hechos la fatuidad del aventajado campesino: metióse en su camada e inspeccionó la labor que había dejado atrás, para descubrir que bajo y alrededor de las frondosas vides de la parte de Juan Perez la superficie reseca de la tierra estaba intacta, abundante en pequeñas hierbas parásitas que medraban a la sombra de las grandes hojas de los sarmientos. Puesto en evidencia, Juan Perez se defendió con una maniobra grandilocuente encaminada a la distracción de la cuadrilla, blasfemando y jurando a Dios que el Alguacil era un borracho y que estaba beodo. Se produjo el consabido enfrentamiento, agarrándose ambos a patadas y puñetazos, mas quiso la fortuna que sus compañeros intervinieran de inmediato y la paz volvió a reinar entre los jornaleros, aunque el volcán que rugía en el interior de Juan Perez no tardó en vomitar toda su furia. Mientras en silencio seguía cavando con ira sentía sangre viscosa y cálida chorreando por su cara y cuello. Había sido el resultado de la pelea una oreja semiarrancada de un brutal mordisco, aunque él de un tirón le había sacado a su contrincante un espeso mechón de las amarillentas barbas****. Pasaron muy pocos minutos y, no estaba seguro, le pareció oír entre los peones algún comentario, alguna disimulada risa que buscaba ahora herirle en su orgullo y honor, y calculando de reojo la posición del Alguacil y sin pensarlo dos veces le lanzó volteando la pesada azada con la que trabajaba. Apenas pudo Francisco García parar el traicionero golpe con el cabo de la suya propia a modo de escudo, aunque no pudo impedir recibir un porrazo en el hombro, y tras ello saltó hacia Juan pero, más ágil éste, emprendió la huida a la carrera saltando vides como un gamo.

* Camada, f. Espacio entre dos liños o hileras de olivos, vides, etc.
"... dejando por romper el lomo de enmedio (sic) de la camada ... (Manuel Paz Guerrero, "La viña en Jerez, por un obrero", Jerez, 1925, pág. 30.)
"... si es por triángulo como por camada derecha, va de frente y primeramente hace la media camada de la derecha, dejándola perfectamente allanada; terminado el lado derecho, el obrero se vuelve a la izquierda haciendo la misma operación, quedando la camada rota, llana y pulverizada." (Íd., íd., pág. 32). De VOCABULARIO ANDALUZ. Antonio Alcalá Venceslada.

** Llevar la mano, f. En la frase "Llevar la mano", ser primero en cualquier cosa. De aquí viene, en las labores agrícolas, el vocablo manijero.
"... acomete primero, que es medio ganar llevar la mano." (Pedro Espinosa, "Panegírico a Antequera". Ed. de Rodriguez Marín, pág. 303). De VOCABULARIO ANDALUZ. Antonio Alcalá Venceslada.

*** Reguera. La canál ò taxéa que se hace en la tierra, para conducir y llevar el agua para el riego de las plantas y semillas. Lat. Aqua ductus. Diccionario de Autoridades.

**** ¿Era una particular forma de lucha, propia de aquellos tiempos? Nótese la similitud de estas agresiones con las que sufrió el Alcalde Ordinario Juan de Vega.

martes, 17 de marzo de 2009

Los esclavos 31

El viernes 23 de julio de 1557 ante el señor Bernabé Martin, Alcalde Ordinario de esta dicha Villa de Castilleja de la Cuesta, se presentó en la Cárcel Pública de esta dicha Villa Rodrigo Franco y Alonso Franco su hijo, y Francisco y Cristóbal sus esclavos del dicho Rodrigo Franco, y dijeron que a su noticia había venido cómo el dicho Señor Alcalde había dado mandamiento para prenderlos, y porque ellos estaban salvos de culpa por eso se presentaban en la dicha Cárcel y ante el dicho Señor Alcalde y a que oiga a cada una de las partes y les guarde justicia, testigos que fueron presentes haber presentado a los susodichos en la dicha Cárcel y ante el dicho Señor Alcalde, Diego de Molina, vecino de la ciudad de Sevilla y estante al presente en esta dicha Villa, y Diego Rodriguez de Jaen, y Hernando Miguel, y Cristóbal Pablos.

El Alcalde mandó que los cuatro tuvieran su casa por cárcel y que no la quebrantasen so pena de 50.000 maravedíes para la Cámara del Conde su señor. Luego los dichos Rodrigo Franco y Alonso Franco dijeron que se obligaban a hacerlo así, ellos y sus dos esclavos, según el mandamiento de dicho Señor Alcalde o de otro juez que de la causa pueda y deba conocer, so pena dicha, para lo cual obligaron sus personas y bienes y firmaron; testigos, Diego de Molina, Diego Rodriguez de Jaen, Hernan Dominguez y Cristóbal Pablos.

El escribano Miguel de las Casas se encontraba aquella tarde de mal humor; había almorzado en exceso y la tarde, calurosa, contribuía a que su organismo trabajase forzado. Bebía constantemente largos tragos del acetre de corcho con el que extraía agua de una tinaja en la cocina, pero cuando el líquido llegaba a su estómago no hacía más que contribuir a su malestar, y la angustia de la sed ahora se complementaba con la desazón de un vientre pesado, como inflado de aire caliente. Quería haber despachado algunos papeles que tenía pendientes, pero dado su estado fué postponiendo los deberes y dejando pasar las horas hasta que, oculto el sol, su esposa le propuso una cena ligera y reposo en la cama.
La noche de pleno verano era magnífica y se fundían el brillo de las estrellas con el aroma de los naranjos en flor, retrasados en su maduración este año debido a un invierno especialmente frío y neblinoso. Vestido con su camisón de noche el escribano sentóse en el borde de la cama, mareado, molesto y agotado por su destemplanza, y dejó pasar un rato, oyendo en la planta baja los últimos cacharreos de su esposa. Agobiado por el ambiente cargado de la alcoba prestó atención al mundo oscuro que se adivinaba más allá del hueco de la ventana. Al momento empezaron a oirse risotadas, rasgueos de vihuela y cánticos roncos de borrachos, y percibió que provenían del patio de su vecino. Por un momento le repugnó el hecho de que, tras el grave altercado, se encontrase ya libre y haciendo vida normal, y se sorprendió a sí mismo al descubrirse todavía con esperanzas en la bondad de los hombres y en la justicia social, a pesar de que todos los días de su experiencia en conflictos humanos le habían demostrado que ni la una ni la otra existían. Pensó que la esperanza era algo consustancial a los hombres, y que como un órgano vital, careciendo de ella no se podría existir. Comenzó a sentir la necesidad de evacuar ventosidades, y lo hizo como si así pudiera liberarse de los negros pensamientos que le atormentaban y a pesar de que su mujer podía entrar en la cámara en cualquier momento, contando que con la ventana abierta se renovaría el aire pronto. Hubo un rato de silencio, roto por los maullidos estentóreos de una gata en celo que llamaba a sus machos en el tejado. Luego Miguel se echó en el lecho, aspirando el aroma de las sábanas limpias y entonces unos agudos gritos femeninos rasgaron la noche. Se levantó de un salto y miró por la ventana, intentando vislumbrar entre la oscuridad de donde procedían: debajo de la ventana del dormitorio comenzaban los primeros frondosos naranjos de la huerta de su vecino Rodrigo Franco y unas siluetas agitadas, borrosas entre los árboles, formaban un irreal grupo como de danzantes. Se lo había imaginado, pero aun así no pudo evitar que una excitación morbosa se adueñara por un momento de su persona.
Con la aquiescencia de sus anfitriones los invitados Diego de Molina y Cristóbal Pablos, vecinos de Sevilla y traídos por los Franco al pueblo como testigos, habían arrastrado de su mísero catre a la joven esclava Isabel hasta el interior del naranjal entre imprecaciones obscenas y caricias libidinosas, y arrojándola sobre los ásperos terrones de la tierra recién cavada intentaban torpemente abusar de ella. Los Franco explotaban de risa en el patio mientras sus criados Francisco y Cristóbal les coreaban mal que bien, acaso esperando con sus conductas aduladoras que sus amos los obsequiaran con los despojos del festín.
En ningún momento Miguel de las Casas pensó en intervenir. No merecía la pena ni el riesgo. Nadie en el pueblo lo hubiera hecho.
Los gritos de la mulata fuéronse espaciando, se convirtieron en gemidos y, cada vez más apagados, acabaron por desaparecer en el inmenso silencio de la gran noche.

lunes, 16 de marzo de 2009

Los esclavos 30

Un hombre mira. Camina despacio. Levanta la cara bañada en sudor cuando cava una viña al pleno sol de agosto, y se restaña la frente con un viejo pañuelo. Por las tardes se sienta en un poyo y ve pasar lentas carretas bueyeras. Saluda a su vecino, a un caminante. Come y duerme. Acaricia a un perro, a un niño. Desea, añora y sufre. Ama.
Un político, semejante a un religioso, a un monje, a un fraile, embauca y finje, adula y envidia, tegiversa y manipula. Los políticos, astutos, marrulleros y calculadores, en sus borracheras de idiotismo sustituyen a Dios por una burda entelequia mundana y dispensadora de la suprema felicidad material; son lo mismo, pero para ese hombre que mira, que camina despacio y que levanta la cara bañada de sudor, si un sacerdote, un siervo de Dios, participa de la pura locura un político, un ejecutivo, un hombre público, participa, más o menos en la misma proporción, de la pura imbecilidad. El pueblo sencillo, la gran masa silenciosa que mueve el mundo, los soporta tolerante como se soportan las moscas o como soportan los vendimiadores las gotas del sudor que el sol de agosto hace brotar en sus caras. Con indestructible estoicismo cuando, pertinaces como testarudos discapacitados los políticos incordian en exceso, o con humor, cuando las duras circunstancias de la existencia permiten al pueblo llano un respiro para dejar libre la mente en las plácidas praderas del paternalismo indulgente y positivo.
Todos los hombres nacen iguales y a los pocos años les sobreviene una diferenciación que los convierte en políticos o en gente normal. Es en la escuela y en la familia, en los primeros estadios educativos, donde se reparten los guiones que estos tarados con ínfulas de dirigentes —limitados en cuanto inconscientes de sus realidades personales— necesitarán para las futuras interpretaciones que van a llevar a cabo en el estrafalario teatro de las administraciones públicas. Ya fantoches por elección propia antes que ajena, se proveerán de unos trajes de plumas y de unas pinturas refractantes para brincar en desasosegados bailoteos dirigidos a llamar la atención de sus, por nobles, indiferentes víctimas. Es muy probable que aseguren invocar a espíritus divinos de los cuales dicen recibir inspiración de noche, mientras duermen tras los animalizados escarceos amorosos con sus queridas y barraganas, y que propongan oraciones y mantras repetitivos con los que exorcisan los fantasmas del sentido común —sentido que, como a todos los locos, les aterra— y se autoconvencen de su utilidad social.
Sale el sol. Los pájaros cantan. En invierno llueve. Y un buen día Fulano sueña ser político, estadista, gobernante, y busca, para no hallarlas, causas a tan trascendental decisión. Y como no existen, se las inventa a golpes de genialidad de espejo; y cuando en su ceguera virtual encuentra otras imágenes en la cristalina superficie, interacciona con ellas en a veces furibundas trifulcas movidas por incompatibles causalidades.
El lado humano de ambos grupos tiene el mismo hedor de podredumbre. La sexualidad y la rapiña de los curas o la sexualidad y la rapiña de los políticos, legisladores y tribunos es como una transpiración corrosiva y ácida licuada de miedo e ignorancia.

En nuestro Siglo de Oro los religiosos y adoradores y los políticos y mandatarios habitaban en los mismos cuerpos, eran las mismas personas, con sus almas constituídas por las dos potencias o fuerzas, la espiritual y la material. La Iglesia administraba el mundo y el repartimiento de la riqueza era una actividad sacralizada. La justicia se basaba en la razón divina que Dios repartía misteriosamente entre algunos privilegiados. En Sevilla esta situación se manifestaba especialmente, habida cuenta del inconmensurable tesoro que fluía desde el otro lado del Océano, y el Dios cristiano desde sus alturas dirigía su atención especialmente a la próspera ciudad. A Rodrigo Franco, partícipe en los orígenes de toda la abundancia en que sobrenadaban los hispalenses poderosos, no le faltaron excelentes consejos e inmejorables apoyos para salir del atolladero. Recibía visitas diarias de personajes influyentes, los más de ellos vistiendo hábitos y ropas talares y ostentando títulos institucionales, y pronto se le allanó el camino de vuelta a su querida bodega castillejense. Como era habitual en semejantes casos, se preparó la tramoya, se barrió el escenario y se alinearon las butacas, y una vez enmascarados los actores y repartidos los papeles, los viticultores y sus esclavos se dirigieron al pueblecito para representar la farsa perfectamente estudiada por todas las partes del conflicto con Juan de Vega. Antes, para guardar las apariencias, debían pasar por un ligero formalismo, apenas unas horas en prisión.

domingo, 15 de marzo de 2009

Los esclavos 29

El domingo 4 de julio, por Francisco de Medina, pregonero de Sevilla, se pregonó el mandamiento arriba contenido en la Plaza pública de esta Villa ante mucha gente que en ella estaba. Testigos, Salvador Perez, Francisco Aguilar, Diego Ortiz, Francisco de Ocaña* y Juan de Espino, vecinos de esta Villa.

* Francisco de Ocaña era marido de Beatriz Martin, y padre de Juana de Ocaña. Controvertido personaje, después de este domingo bastante revuelto y con los ánimos encendidos por ese odio visceral de los ignorantes hacia todo lo foráneo ahora representado y encarnado en la persona de Rodrigo Franco, cuando en la Plaza se arremolinaban en ambiente de motín los castillejanos soliviantados por el potente vozarrón del pregonero Francisco de Medina, a Ocaña le quedaban pocas semanas de vida. Se lo llevó de ésta una enfermedad implacable, y dejó viuda e hija libres para practicar las actividades licenciosas que hemos descrito (ver "Rodrigo de Cieza 19" y siguientes) y en las que a menudo participaba la mulatita esclava del bodeguero (ver "Rodrigo de Cieza 24") que ahora, como vamos a ver inmediatamente, pretendía poseer el vapuleado Alcalde Ordinario.

El viernes 9 de julio Juan de Vega presentó ante Bernabé Martin el siguiente escrito:

Juan de Vega, Alcalde Ordinario de esta Villa, en el pleito que sigo contra Rodrigo Franco y los demás ausentes, digo que Vuestra Merced mandó secuestrar los bienes de los susodichos, los cuales se dieron en depósito a Antón Lopez, hermano de las partes contrarias, el cual los secuestró y ha hecho llevar a Sevilla mucha cantidad de vino y otros bienes*; suplico a Vuestra Merced mande remover el dicho depósito y ponerlo en poder de personas que los tengan en su depósito y a costa de ellos pongan gente de guarda que los guarde, pido justicia; otro sí pido a Vuestra Merced que mande dar requisitoria para prender a los susodichos por la ciudad de Sevilla y otras partes y para les prender y poner en la cárcel ; otro sí protesto contra los susodichos y pido las costas personales de la causa que me obligo en seguir esta causa a razón de cuatro reales cada día que pierdo de jornal, lo cual pido a Vuestra Merced los condene, pido justicia.

* Vimos en el capítulo anterior como Juan de Vega solicita que le sean entregadas las dos esclavas de Rodrigo Franco, embargadas junto a los demás bienes por el Alguacil Mayor. No tuvo éxito, y pasaron al depósito de Antón Lopez, quien ilegalmente las llevó a Sevilla y las entregó a su hermano Rodrigo.

Bernabé Martin mandó que se cumpliese el primer capítulo (cambio de depositario); asimismo mandó cumplir el segundo (enviar cartas requisitorias a Sevilla y otras partes); y en cuanto al tercer capítulo, mandó que se incorporase a los autos del proceso.

Perdimiento de querella*. Después de lo susodicho, en la dicha Villa de Castilleja de la Cuesta en sábado diez de dicho mes de julio del dicho años de mil y quinientos y cincuenta y siete pareció el dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, y dijo que perdía y perdió querella de los dichos Rodrigo Franco y Alonso Franco su hijo y de Francisco y Cristóbal sus esclavos, en razón de lo cual la juraba y juró en forma de derecho que no la perdía por miedo ni temor, que no le era hecho perjuicio en cumplimiento de justicia, sino por servicio de Dios Nuestro Señor y por ruego e intercesión de buenas personas que se lo han rogado, y lo pidió por testimonio, testigos que fueron presentes Rodrigo de Cieza, beneficiado de la Iglesia de Santiago de esta dicha Villa y vecino de la Calle Real, y Juan Sanchez Delgado, vecino de Sevilla y morador de la dicha Calle Real, y Francisco de Vega, clérigo, y Martin de Santana, vecinos de esta Villa.

* Abundan estos Perdimientos de Querella en los pleitos, siempre con la misma fórmula de "por ruego e intercesión de buenas personas". Muchos de ellos eran debidos a un acuerdo extraoficial entre las partes, casi siempre con una suma de dinero por medio a modo de indemnización. Pero en todos los casos de perdimiento el pleito seguía su curso, ahora con las instancias del poder como acusación, aunque siempre en el resultado pesaba nítidamente este perdón otorgado por el damnificado.

Los esclavos 28

Presentada la acusación, Juan de Vega juró por la señal de la cruz en forma de derecho que la causa contenía buenas y verdaderas acusaciones, y que no la ponía de malicia, sino por alcanzar justicia.
Luego el Alcalde Ordinario Bernabé Martin mandó que a los dichos Rodrigo Franco, Alonso Franco, Francisco y Cristóbal se llamara a pregones, y para ello mandó dar sus edictos en forma, los cuales se dieron y son los siguientes:

Yo, Bernabé Martin, Alcalde Ordinario de esta Villa de Castilleja de la Cuesta por el Muy Ilustrísimo Señor Don Pedro de Guzmán, Conde de la Villa de Olivares y Señor de esta dicha Villa, que es mi señor, mando a vos, cualquier de los pregoneros de esta dicha Villa, que pregonéis por tres pregones de veinte a veinte días cada pregón, que todas las personas que saben y supieren de Rodrigo Franco y Alonso Franco y Francisco y Cristóbal sus esclavos que les digan y hagan saber que dentro de los dichos términos o en cualquier día de ellos parezcan y se presenten ante mí personalmente para responder y declarar y cumplir de derecho a Juan de Vega, Alcalde Ordinario de esta Villa, en razón de un escrito de acusación que contra ellos presentó, por el cual y en efecto los acusa y dice que el sábado que ahora pasó, que se contaron veinte y seis días del mes de junio próximo pasado, yendo el dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, por la calle donde vive el dicho Rodrigo Franco, halló que los dichos esclavos del dicho Rodrigo Franco estaban derramando en mitad de la calle unas calderas llenas de lía de ciertas tinajas de vino, y que él como Alcalde dijo a los dichos esclavos que hiciesen un hoyo cerca de la pared del dicho su amo porque en la calle se impedía el paso, y que sin decir otra cosa salió de la dicha su casa el dicho Rodrigo Franco y muy airado y con gran soberbia dijo a uno de los dichos sus esclavos: "sí, sí, échala a la vera de la pared, y vendrá él con su vara a tentarla", y le dijo otras muchas palabras desacatadas y de injuria, y porque le dijo que tuviese crianza con la Justicia le respondió que se fuese mucho de enhoramala, y dió voces llamando al dicho su hijo, a las cuales salió el dicho Alonso Franco, y él juntamente y los dichos Francisco y Cristóbal sus esclavos vinieron con espadas y lanzas y partesanas y otras armas y lo derribaron de una bestia en que iba cabalgando y le tiraron muchas cuchilladas y lanzadas, dándole muchos golpes en el cuerpo y la cabeza con las dichas lanzas y partesanas, y después que lo hubieron derribado en el suelo se pusieron sobre él de pies y le dieron muchas coces y bofetadas, y le pelaron las barbas y los cabellos y le arrastraron y lo acabaran de matar si no sobreviniera gente que los detuvo, y desde que se levantó, visto el delito que habían cometido contra la Justicia los fue a prender a las casas de su morada donde se habían entrado los susodichos se le resistieron con las dichas armas haciendo gran resistencia, por manera que no los pudo prender, y aunque les requiró muchas veces de parte de la Justicia que se diesen, no lo quisieron hacer, antes prosiguieron su resistencia y se defendieron tirándole muchas cuchilladas, con lo cual cometieron muy grave y atroz delito, así contra la Justicia como el agravio que a él le hicieron según lo dichos y otras cosas que más largo se contienen en la dicha acusación, con apercibimiento que les hago que si en los dichos términos o en cualquier día de ellos ante mí parecieren, les oiré y guardaré su justicia y si ocurriera el término pasado lo serán en busca y rebeldía habiéndola por presencia proceder esta causa y hasta la fenecer y acaba y dar seña definitiva, inclusive tasación de costas, para lo cual y para los demás autos del proceso lo certifico y señalo refrendados de mi Audiencia donde halla por firmes y valederos los autos que de ello se hicieren y notificaren como si en sus personas fuesen hechos y notificados; hecho en sábado, 3 de julio de 1557. Bernabé Martin. Miguel de las Casas.

Los esclavos 27

"Muy noble Señor: Juan de Vega, Alcalde Ordinario de esta Villa, acuso ante Vuestra Merced criminalmente a Rodrigo Franco y a Alonso Franco su hijo, moradores de esta Villa, y a Francisco y Cristóbal, esclavos del dicho Rodrigo Franco, y premisas las solemnidades de derecho requeridas digo que siendo como yo soy este año Alcalde Ordinario de esta dicha Villa y he traído y traigo la vara de Justicia y he usado el dicho oficio de Alcalde Ordinario justamente, y lo han visto y sabido los dichos Alonso Franco y Rodrigo Franco y sus esclavos, y yendo yo por la calle donde vive el dicho Rodrigo Franco el sábado que se contaron veinte y seis días del mes de junio próximo pasado, hallé que los dichos esclavos del dicho Rodrigo Franco estaban derramando por mitad de la Calle unas calderas llenas de lía de ciertas tinajas de vino, y como Alcalde Ordinario de esta dicha Villa dije a los dichos esclavos que hiciesen un hoyo cerca de la pared de las casas del dicho su amo, porque echándola por medio de la calle se impedía el paso, y sin decir yo otra cosa salió de la dicha su casa el dicho Rodrigo Franco y muy airado y con gran soberbia dijo a uno de los dichos sus esclavos: "sí, sí, échala vera de la pared, y vendrá él con su vara a tentarla", diciendo por mí, y dijo otras muchas palabras en desacato de la Justicia, y porque yo le dije que tuviese crianza con la Justicia el dicho Rodrigo Franco respondió que me fuese enhoramala, y dió voces llamado al dicho su hijo, y luego salió el dicho Alonso Franco, y él y el dicho Rodrigo Franco y los dichos Francisco y Cristóbal sus esclavos vinieron contra mí con espadas y lanzas y partesanas y otras armas ofensivas y defensivas, y me derribaron de una bestia en que iba cabalgando y me tiraron muchas cuchilladas y lanzadas y me dieron muchos golpes con las dichas lanzas y partesanas que traían, y desde que me hubieron derribado en el suelo se subieron sobre mí y me pelaron las barbas y los cabellos y me dieron muchas puñadas y golpes, y me arrastraron y me acabaran de matar si no sobreviniera gente que los detuvo, y de que me levanté y fuí a su casa para los prender por la injuria y desacato que habían cometido con la Justicia, los dichos Rodrigo Franco y Alonso Franco su hijo y Francisco y Cristóbal sus esclavos se me resistieron con las dichas espadas y lanzas y partesanas y piedras y otras armas que traían, y aunque muchas veces dí voces diciendo que cediesen a la Justicia no lo quisieron hacer, antes prosiguieron con su resistir de tal manera que nunca los pude prender, y se fueron y ausentaron por los dichos delitos que cometieron, por los cuales merecen ser muy gravemente castigados a tenor del desacato que tuvieron con la Justicia y el agravio y atroz injuria que me hicieron, y teniendo habida esta mi relación por verdadera o la parte que baste declarar los dichos Rodrigo Franco y Alonso Franco y Francisco y Cristóbal sus esclavos haber cometido los delitos de que les acuso, y les condene a las mayores y más graves penas corporales y pecuniarias establecidas en derecho los que semejantes delitos cometen y en la pena de la resistencia aplicándola conforme a las leyes y premáticas de estos Reinos, y en defecto de no pagar el dicho Rodrigo Franco me mande entregar los esclavos por la nota e incidentalmente les condene a los daños e intereses que se me han seguido y siguieren, y a lo cual y en lo necesario el recurso de Vuestra Merced imploro, pido justicia y costas y juro, y porque los susodichos andan huidos y ausentados Vuestra Merced los mande llamar por pregones, por su ausencia y rebeldía, y siga esta causa contra ellos por rebeldía, y para ello firmo. Otro sí digo que yo soy pobre y no tengo para seguir esta causa, y pues consta de los autos que los dichos Rodrigo Franco y su hijo y esclavos cometieron, Vuestra Merced mande que de los bienes muebles que le están secuestrados se venda alguna parte de ellos y se me den dineros con los cuales yo pueda seguir esta causa, para lo que firmo. Rúbrica. Firma el Licenciado Frías de Salazar.

martes, 10 de marzo de 2009

Los esclavos 26

Otra de las vertientes del conflicto era la que la mentalidad colonialista de Rodrigo Franco había abierto en la sociedad castillejana, cuyos componentes, con su peculiar sentido histórico carente tanto de práctica como de teoría, favorecían que cualquier desaprensivo aventurero sin más bagaje que su falta de vergüenza se adueñara con unas pocas de simples maniobras de un pueblo entero, sometiéndolo a sus puros caprichos.
En efecto, el castillejano no tenía noción ni práctica ni teórica de su historia. No la tenía práctica desde que nada material le pertenecía completamente: ni la tierra que trabajaba de sol a sol ni la casa donde se refugiaba y descansaba —en la mayoría de los casos propiedades del señor de turno—, ni las herramientas con las que se ganaba el sustento —generalmente prestadas o arrendadas—, ni su propia persona —comprada y vendida como un artefacto productivo— y ni siquiera su alma sometida a las artimañas, engañifas y trampas de los eclesiásticos, de los sanadores, de los embaucadores, de los magos. Sus hijos eran secuestrados por el Estado militar en nombre de unos inexplicables conflictos bélicos que ningún pueblo llano reconocía como suyos, sino que en todo lugar eran originados por los incapaces gobernantes que trepaban hasta los órganos de decisión. Sus hijas, estupidizadas y convertidas en meras máquinas de reproducción. Y hasta sus restos mortales eran, en ridículas ceremonias, arrancados del entorno de sus seres queridos.
En lo que respecta a teoría histórica, adolecía de una incultura bestial y de un desconocimiento abrumador, suplido por supersticiones y mentiras hábilmente propaladas por las clases dominantes; alejado de las letras, de los viajes instructivos, del saber imparcial y crítico, del razonamiento ponderado. Y así, sin medios de análisis y discernimiento, obedientes como marionetas al tirón de los hilos movidos por las instancias superiores, la historia era para ellos una masa adimensional de negrura cegadora en la que, aquí y allá, brillaban tenues lucecitas en una distribución tan desestructurada que más que orientar acababan por sumir en la más completa deriva a aquellas mentes de borregos presas de la alienación.
Rodrigo Franco entró como un ariete en dicha amalgama de ignorancia y desidia desesperanzada, de bajos instintos y egoísmo, y encontró en la médula vital de ella, la autoridad administrativa, uno de sus símbolos más representativos: la persona del tosco Alcalde Ordinario Juan de Vega, cuando sumido en sus ensoñaciones de ignorante iletrado regresaba cabalgando en su mula desde la ciudad de Sevilla.

El martes 29, ante Bernabé Martin, Alcalde Ordinario, pareció Juan de Vega, que presentó el siguiente exhorto:
... de la ...1 Villa de Castilleja de Guzmán, Juan de Vega, Alcalde de esa Villa, me ha dicho que sobre cierto caso suyo se hizo una información ante vos, la cual vos mando que dentro de tres días la traigáis ante mí para que, vista, mande hacer justicia sobre ello. Lo cual haced y cumplid so pena de mil maravedíes para mi Cámara. Hecho a 29 (tachado el 9 y encima un 8) de junio de 1557. Firma ilegible. Por mandado de Su Señoría, Alonso de Torres Esquivel.
El mismo día martes 29 Miguel de las Casas, en cumplimiento de lo anterior, llevó el proceso a la Villa de Olivares.
El jueves 1 de julio Bernabé Martin, Alcalde Ordinario de Castilleja de la Cuesta, mandó a Juan de Vega poner acusación a los cuatro encausados, y el sábado 3 de dicho mes presentó Juan la acusación.

1.- A pesar de la total ilegibilidad de las dos palabras es claro que se refieren al Alcalde Mayor, que por aquellas fechas se encontraba en el pueblecito hermano de Castilleja de Guzmán y ante quien habrían recurrido los representantes de Juan de Vega. De éste se habla en primera persona como fórmula usual, aunque seguía convaleciente de la paliza frente a la bodega de los Franco.
El Alcalde Mayor regía el Estado de Olivares como un todo, con plenos poderes para administrar justicia. Estaba, por tanto, un escalón por encima de los Alcaldes Ordinarios de cada Villa, los cuales eran dos en casi todas ellas y renovables cada año.
Un cargo de confianza directa y cuidadosamente elegido por don Pedro de Guzmán, al Alcalde Mayor se le exigía fidelidad absoluta, y en la mayoría de las ocasiones título de Licenciado como mínimo, aunque se dió algún caso de analfabetismo, compensado siempre por una colosal riqueza y un enorme poderío material, o bien por vínculos familiares con la Casa de los Guzmanes u otra filial.

sábado, 7 de marzo de 2009

Los esclavos 25

En dicho lunes 28 de junio en presencia del escribano Miguel de las Casas, Sebastián de Contreras, Alguacil, entró en las casas de Rodrigo Franco y cató toda la casa, y no halló en ella ni a Rodrigo Franco ni a Alonso Franco ni a Francisco ni a Cristóbal, y visto que no los halló y en cumplimiento de un mandamiento que llevaba del señor Bernabé Martin, Alcalde Ordinario de esta Villa, por el cual le mandaba que si no hallaba a los sobredichos, que hiciese secuestro de los bienes del dicho Rodrigo Franco, los cuales dichos bienes en que hizo secuestro son los siguientes:
primeramente unas casas que son en esta dicha Villa, con sus salas altas y bajas y huerta y bodega y lagar con 20 tinajas llenas de vino, que han por linderos por la una parte con casas de Alonso de Trujillo y de otra con casas de Miguel de las Casas1, escribano público y del Cabildo de esta dicha Villa. Item, se le hizo secuestro de dos esclavas, una que se llama Francisca, india y vieja, y otra que se llama Isabel, mulata y moza de hasta 18 años. Item, se le hizo secuestro de 7 guadameciles2 dorados y 2 paños de arte, y 3 mesas de cadena con sus sobremesas, y 5 sillas de cadera. Item, se le hizo secuestro de 20 tinajas vacías de porte de a 60 arrobas. Y hecho este dicho secuestro de todas las cosas arriba dichas de casas y lagar y bodega y vinos y todo lo demás, y el dicho Sebastián de Contreras, Alguacil de esta dicha Villa, las dió y entregó como a depositario de ellas a Antón Lopez3, vecino de la ciudad de Sevilla y morador en esta Villa, el cual se constituyó por depositario y tenedor de todos los dichos bienes raíces y muebles y semovientes, y dijo que cada y cuando que el dicho Señor Alcalde o cualesquiera Jueces que de esta causa conocieren los dará, tales y tan buenos como los recibe, y para ello dijo que obligaba y obligó su persona y bienes habidos y por haber y juró conforme a derecho y lo firmó de su nombre, testigos que fueron presentes Salvador Perez, Juan Sanchez Vanegas, Juan García, Bartolomé Gil y Alonso Rodriguez de Triana, vecinos de esta dicha Villa.

1.- Miguel de las Casas con toda probabilidad no se encontraba allí cuando se originó el tumulto, porque de otra forma y siendo persona de orden como era hubiese intervenido en defensa del Alcalde sin vacilar un momento. No tenía, al margen de las obligaciones de su oficio, mucho trato con su belicoso vecino; hombre más bien tímido y circunspecto, eran escasas las veces que había accedido a la vivienda aledaña.

2.- Guadamecil.También Guadamecí.(Del ár. hisp. ḡadamisí, y este del ár. ḡadāmisī, de Gadames, ciudad de Libia). Cuero adobado y adornado con dibujos de pintura o relieve. Real Academia Española.
Parece que ya los fenicios practicaban el arte de colorear pieles. Desde los primeros años de la Conquista, en Córdoba, los árabes establecieron una industria de curtido y decorado de cueros cuya fama, heredada por Sevilla y Toledo, se extendió por toda Europa, siendo dicha industria imitada por doquier. Usábase desde al menos el siglo XIV para revestimiento de paredes y suelos como tapiz en salas de lujo. En la Alhambra granadina se conservan unos guadameciles dorados y pintados que cubren los techos de dos de sus salas. Muebles, arcas, sillas, estuches y tapas de libros de guadamecil abundaban en la época.

3.- Antón Lopez resultó ser nada menos que hermano del encausado Rodrigo Franco. Lo cual originaría, como veremos, las quejas de Juan de Vega, quien lo acusaba de llevarse a Sevilla los bienes en depósito y de vender en dicha ciudad el vino almacenado en las tinajas de la bodega, vino que, como depositario jurado que era, debía tener a disposición del Juez.
Ya desde el principio resulta extraño que se nombre para ese cometido a persona tan allegada al embargado como era su propio hermano.

Los esclavos 24

Volvamos al pueblecito para seguir las actividades de las autoridades que trataban el caso, actividades que se pusieron en marcha, como hemos visto en las declaraciones de los testigos, la tarde de aquel sábado día 26.

Yo, Bernabé Martin, Alcalde Ordinario de esta Villa de Castilleja de la Cuesta por el Muy Ilustre Señor Don Pedro de Guzmán, Conde de la Villa de Olivares y Señor de esta dicha Villa y mi Señor, mando a vos, Sebastián de Contreras, Alguacil de esta dicha Villa, que prendáis los cuerpos de Rodrigo Franco y Alonso Franco su hijo, y a Francisco y Cristóbal, esclavos del dicho Rodrigo Franco, por razón de cierta querella e información que ante mí de ellos dió Juan de Vega, Alcalde Ordinario otrosí de esta dicha Villa, y presos y a buen recaudo los poned en la cárcel del Concejo de esta dicha Villa y hasta que yo que el caso provea lo que sea justicia, lo cual así haced y cumplid so pena de 2.000 maravedíes para la Cámara de Su Señoría. Hecho a 26 días del mes de junio de 1557. Firman, Bernabé Martin y Miguel de las Casas.

Yo, Sebastián de Contreras, Alguacil de esta Villa de Castilleja de la Cuesta por el Conde mi Señor, doy fé que he ido a las casas de la morada que en esta Villa tiene Rodrigo Franco para verlo de prender a él y a los demás que el mandamiento a esta otra parte contenido nombra, y no los he hallado aunque he ido muchas veces a buscarlos con ciertos testigos, y por cuanto todo lo susodicho es así verdad, firmé este de mi mano, fecha, domingo 27 de junio de 1557.

El lunes 28 de junio, Bernabé Martin vuelve a mandar al Alguacil buscar a los implicados, en sus casas "o en otro cabo alguno de esta villa y su término y si no los hallase les secuestre todos los bienes raíces y muebles y otras cualesquier cosas que en esta dicha Villa tuviere, y hecho el dicho secuestro lo deposite en personas llanas y abonadas que los tengan a disposición de juez competente".


Juan de Vega comenzó a salir a la puerta de su casa a partir del martes, cohibido y triste; colocaba una silla recostada bajo su ventana a las horas más solitarias del día y dejaba pasar el tiempo mirando, apenas sin moverse, el discurrir de las penumbras por el irregular suelo. Mientras más cercano a él estuviera el objeto que las arrojaba, más oscuras eran y más nítidos y perfilados eran sus bordes. La sombra que el tejado de su propia casa proyectaba era entre grisácea azulada y el claroscuro de sus límites borrosos parecían fundirse con la polvorienta calle; en cambio, la umbría que dejaban las piedras que se alzaban escasos centímetros del nivel más bajo del terreno aparecían espesas en su negrura y perfectamente dibujadas, como por una afilada pluma entintada. Ambas formas le suscitaban recuerdos antiguos que creía ya perdidos e ilegibles en su mente por el implacable transcurso de los años, pero para su sorpresa —agradable sorpresa dentro del malestar que sufría— seguían en ella escritos y podía leerlos con toda claridad; le decían cosas amablemente mínimas, entrañablemente insignificantes, como lo eran las irregularidades barridas por la divisoria entre la luz y la oscuridad, que resaltaban a su vista en la superficie lívida de la tierra de sus ancestros.
Pasaba el tiempo y el deslizar de los planos oscuros hasta que un rayo del sol poniente hería dulcemente su cara, devolviéndole en cierta manera su identidad, o más bien iluminando lo que no era, como si recortase con su luz cálida y rojiza el propio vacío interior en el que estaba hundido.

Los esclavos 23

Rodrigo Franco poseía un libro, la edición zamorana de 1542 de los "Naufragios" de Alvar Nuñez Cabeza de Vaca, que constituía su lectura preferida cuando llegaba a Castilleja, y que solía situar en lugar principal de su pequeña biblioteca en la hacienda. Deteníase con especial fruición el mercader, en las muchas tardes de ocio que disfrutaba, en los capítulos dedicados al delicado tema del canibalismo hispano practicado por aquellos piojosos desharrapados que en los remotos parajes se devoraban unos a otros como lobos, y filosofaba acerca de la triste condición humana serenamente cuando, frente a tantas historias inhumanas de espeluznantes referencias y horrendos relatos, dejaba el libro abierto sobre su regazo y perdía la vista entre los naranjos de su huerta. A partir de dicha historia se había formado nuestro bodeguero lo que podríamos llamar hoy en día una "teoría antropológica", comprobando y comparando relaciones de conquistadores que sobre tan delicado tema habían tratado, releyendo criterios y críticas de moralistas y eruditos y recordando historias de monstruosidades oídas en sus tiempos de comerciante en Indias, muchas de ellas de primera mano.

Con acceso a fuentes de información y de cultura que no eran asequibles a la inmensa mayoría de la población, no dejaba de sonreírse cuando, ya huído con su hijo y sus esclavos y a salvo en la casa de un familiar sevillano, escuchaba lo que se decía del suceso de la Calle Real, pensando en aquellos mezquinos e ignorantes campesinos que ni por asomo podían imaginar lo que fueron capaces de hacer, por simple hambre, sus admirados héroes de la conquista del Nuevo Mundo.
Así que, de todas todas, le divertía por una parte y le convenía por la otra que siguieran los incultos castillejanos obsesionados con los antropófagos africanos y, sobre todo, que sobreestimaran como lo hacían a los, en realidad, aventureros ladrones que se habían lanzado a cruzar el océano para asolar todo un continente, en la consideración de que él mismo, con sus mercaderías y negocios, era otra pieza de aquella maquinaria de rapiña arrasadora.
Y como a él, a don Rodrigo de Cieza, o a Martin de Alfaro, a Íñigo Ortiz de Juan Guren, a Rodrigo de Moscoso o al mariscal Diego Caballero, todos ellos prominentes personalidades de Castilleja y élite culta de ella, poseedores de un conocimiento y experiencia de la vida, de un dominio y un saber de los aconteceres mundiales, con los cuales, como ripios en el cemento de la realidad permanecían unidos en la defensa de sus mezquinos intereses.

Y así pasaron varias semanas padre, hijo y esclavos, medio ocultos, saliendo discretamente a la calle a deshoras y disimulando por todos los medios su clandestina estancia en la capital, con los oídos abiertos a cuantas noticias llegaban del pueblo alfarafeño, por muy insignificantes que pudieran parecer, y para no ofrecer pistas a quienes los buscaban prohibieron a sus dos esclavos el esparcimiento semanal que disfrutaban los de su raza en las fiestas y bailes dominicales de Santa María la Blanca, o las actividades en la Cofradía de Nuestra Señora de los Ángeles (Los Negritos), a la cual los habían suscrito sus amos años atrás.

domingo, 1 de marzo de 2009

Los esclavos 22

La metáfora con la que se ha ultimado el capítulo anterior —África cual fiera sanguinaria— adquirió carta de naturaleza cuando un auxiliar del cirujano de Triana traído al pueblo para efectuar periódicas curas a Juan de Vega aseguró que la herida en su oreja izquierda había sido producida por un mordisco humano. Se ataron cabos y se llegó a la conclusión de que, o bien Cristóbal o bien Francisco, en la fogosidad del combate, habían atacado con las mandíbulas parte tan a propósito para ser mordida. Entonces la inquietud que roía el inconsciente del hombre de Castilleja encontró su razón en las bases materiales de la oreja desgarrada y en las causas concretas de los dos negros atacantes. Muy distinta era la realidad, la cual nunca llegaría a conocerse: el autor de la dentellada fue Alonso Franco en un momento de especial excitación cuando, tras perder pie en el forcejeo cayó con todo su peso sobre el Alcalde, ofreciéndosele entonces el pabellón auricular oficial tan cerca, que no encontró reparo en practicar un amago de antropofagia.
Pero el mal a la comunidad negra de Castilleja estaba hecho.

Siguiendo una corriente de pensamiento que se remonta a los antiguos griegos, los tratadistas, historiadores, sociólogos y antropólogos en ciernes que se ocuparon de este asunto habían relacionado el consumo de carne humana con la legalidad de la esclavitud, como si tan bárbara costumbre les autorizara a reeducar a sus practicantes obligándoles a enriquecer con sus trabajos forzados a una sociedad que se consideraba superior en base a no realizar tan abominable práctica. Durante siglos hasta la Ilustración perduran estas creencias, según se nos desvela viendo a George Friedrich Hegel (1770-1831) y lo que nos dice en su "Bases Geográficas de la Historia del Mundo": "Todos los hombres que han progresado en su conciencia —incluso a un nivel limitado— tienen respeto por los seres humanos en cuanto tales. En un sentido abstracto podemos decir que carne es carne, y que lo que comemos es simplemente una cuestión de gusto; pero nuestros poderes de representación nos dicen que esto es carne humana, idéntica a la de nuestro cuerpo. El cuerpo humano es de naturaleza animal, pero es esencialmente el cuerpo de un ser capaz de representación [...]. Pero este no es el caso con los negros; el comer carne humana es puramente un objeto para los sentidos como cualquier carne [...]. Teniendo en cuenta que los seres humanos son valorados en tan poco, es fácilmente explicable porqué la esclavitud es la relación legal básica en África. La única relacion significativa entre los negros y los europeos ha sido, y aún es, la de la esclavitud. Los negros no ven nada impropio en ella".
Y por su parte el admirado Inmanuel Kant (1724-1804) defendía convencido la hipótesis de la inferioridad de los africanos y su falta de capacidad intelectual y de civilización.

Todo lo cual posteriores investigaciones han demostrado ser falso. Más: todos los pueblos han practicado el canibalismo. Sacralizada de una u otra forma, la tendencia a alimentarse de congéneres no desapareció, ni con mucho, con la revolución del Neolítico, contra lo que hubiera sido de esperar. De hecho, la principal ceremonia de la religión imperante en España hunde sus raíces en esta antiquísima forma de aporte de proteínas, ofreciendo ahora en una versión incruenta la sangre y el cuerpo de Cristo —real y verdaderamente hombre— de manera harto simbolizada y sublime. Desactivado —en apariencia y por la vía sacra del monoteísmo— ese instinto puramente animal de devorar al prójimo y sobre el sólido principio de los excedentes que la revolución del Neolítico había conseguido producir, la sexualidad y su consecuencia directa, la reproducción, ambas intrínsecamente ligadas a la antropofagia y que de la otra manera se basaban en la ley del más fuerte, quedaban controladas por una élite que desde entonces pugna por administrarlas según sus particulares conveniencias y sus propios instintos de dominación.
Cuando en la Iglesia de Santiago aquella mañana dominical don Rodrigo de Cieza elevó la hostia pronunciando el mecánico e incomprensible latín que articulaba ostentosamente, no se dejaba de interpretar todo aquel acto como una ceremonia ligada a la sangre, y muchos de sus parroquianos asistentes al hincarse de rodillas como uno solo pensaron en el Alcalde Ordinario, queriéndolo ver como el ser sufriente que por puro amor les regía sacrificándose por ellos.

Los esclavos 21

La probanza quedó, junto con otras causas en litigio —una por daños de unos bueyes en cierta viña, otra por deudas de un indigente cargado de hijos con el panadero— en la repisa de los autos abiertos en la oficina de Miguel de las Casas, y el pueblo se dispuso a pasar de la mejor manera la noche del sábado al domingo.
La divina hija del Caos, hecha de incertidumbre primordial, madre de la Vejez, de la Muerte y del Engaño, moradora en su palacio de angustiosa oscuridad más allá de las columnas de Hércules, la Noche, sobrevoló Castilleja silenciosa tras el ocultamiento del sol. Juan de Vega durmió bajo su influencia de forma agitada e inquieta y el amanecer dominical lo sacudió como si su luz fuera un cubo de agua fría arrojado de sopetón. A su lado Bernabé Martin, el otro Alcalde Ordinario, le dirigía amables frases. Su propia esposa estaba detrás, con la vista fija en él.
De inmediato revivió Juan de Vega una pesadilla que le había torturado: en ella paseaba plácidamente cuando sintió desde un portal la llamada de un vecino, por el que sentía cierto grado de afecto; era un hombre rubio, de ojos azules y mediana edad, con fama en todo el pueblo de ingenioso inventor, y al parecer quería enseñarle su último proyecto. El Alcalde, lleno de curiosidad, accedió al interior de la vivienda, y en ese momento oyó que alguien lo llamaba a su espalda por su nombre; al girarse, con la típica vertiginosidad atemporal del universo onírico se sintió engullido por un tobogán que se hundía en los abismos de un profundo sótano; al final de la caída un resorte mecánico lo aprisionó con dos troncos a modo de cepo por el cuello impidiéndole moverse, y entonces un caníbal, inexplicablemente de rasgos europeos, comenzó a devorarle la oreja y la mejilla mientras le susurraba palabras amistosas y cálidas. El dolor de los mordiscos arrancándole la carne le hizo despertar, y comprobó palpando que una de las heridas que le habían causado los hacendados y sus criados el día anterior, a un lado de su cara, sangraba abierta por la presión y el roce de la almohada.

Por un curioso, indescifrable y velado desarrollo en la parte oscura de la conciencia colectiva, la conmoción originada entre los castillejanos por el ataque al Alcalde Ordinario no tuvo una completa manifestación sino al tercer o cuarto día, como si la distancia que con el paso de las horas debía propiciar una valoración de los hechos cada vez más fría e imparcial, en vez de ir añadiendo objetividad y raciocinio al juicio que todos y cada uno de dichos castillejanos llevaban a cabo, fuese haciendo al contrario resurgir entre ellos los instintos, miedos y sentimientos más opuestos e irreconciliables con la razón y a la lógica.
Eran unos años los de la mitad del siglo XVI en los cuales se había propagado por Europa la imagen de un Nuevo Mundo aberrante y salvaje, demonización que obedecía al intento de justificación de la empresa colonial so color de una labor civilizatorio-evangelizadora hoy por hoy completamente inadmisible.
Pero ya desde antes del citado Ibn Jaldún (ver "Los esclavos 16") con su preconización del domesticamiento de los animalizados africanos, tambien al Continente Negro se había llegado a alegorizar como una guerrera antropófaga, fomentando así el miedo cerval del inculto español medio hacia todo lo diferente, en este caso algo tan primario e importante para él —poseído por las apariencias— como una piel de color distinto. Estas maniobras publicitarias que emanaban de las instancias del poder y eran fomentadas por ellas buscaban a todas luces el efecto que conllevaba la admisión y percepción de la esclavitud negra como, mínimamente, un "mal necesario", sin entrar en consideraciones de lo que significaban en cuanto a producción de bienes materiales. De esta manera, la moral, que podía resultar en impedimento al desarrollo de la fuerza productiva esclava, quedaba a salvo e incólume. Con las medidas dirigidas desde la Corte hispana a proteger al nativo de América (ver "Rodrigo de Cieza 9", nota 1), todo el peso de esta manipulación ideológica estigmatizadora de lo foráneo recayó sobre el africano, y al referido miedo cerval del inculto hombre blanco medio se le hubo de adjudicar causa y origen ahora exclusivamente en los negros. Y en esencia, Castilleja de la Cuesta era una población formada por incultos hombres blancos medios. Los fantasmas salieron de sus escondrijos y la población, invadida y desbordada por ellos, sintióse insegura y a merced de fuerzas satánicas. África clavaba sus ojos en la preciada carne blanca y abría sus fauces, mostrando sus agudos colmillos.

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