domingo, 31 de mayo de 2009

Los esclavos 59

Francisco de Aguilar, el factótum de los hermanos Bartolomé y Hernán, había dado la espada al esclavo un poco con la intención de originar un conflicto que desembocara en el apartamiento y exclusión de dicho esclavo, siquiera su traslado fuera de la Villa; y también un poco con la de divertirse refocilándose con la farra que la consiguiente trapisonda y alboroto produciría entre las gentes por el solo hecho de verlo ir armado.
Tenía, por una parte, celos, enquistados en la envidia que sentía de él; temía que su fuerza y su juventud empezaran a ser mas valoradas por sus patrones que las suyas propias, y de hecho ya había notado en más de una ocasión cierta preferencia de los hermanos mercaderes a la hora de demandarle alguna tarea especial; se comenzaba a sentir desplazado, segundón; la verdad era que Juan obedecía con precisión y ejecutaba las labores de forma completamente impecable.
Cuando lo vió equipado con la espada, el capataz sintió incluso una ola de benevolencia indulgente consigo mismo, percibiéndose fugazmente como redentor del joven argelino. Añádasele a este sentimiento el desprecio que, como jornalero, sentía hacia los privilegiados Juan Guren.
Todo en él, cuando reaccionó en defensa del vejado esclavo, era mescolanza de sentimientos encontrados, como suele acontecer en la mayoría de las respuestas de los complejísimos entes que somos los humanos.

Si adelantamos 8 años en nuestro repaso a la historia castillejana nos situaremos en 1558, año de la muerte de Carlos V y del comienzo de esta nuestra nueva narración que en este capítulo iniciamos; podemos ver entonces a Francisco de Aguilar ejerciendo de Alcalde de la Santa Hermandad de la Villa. Era un puesto importante, de mucha responsabilidad. Bajo su mando, cuatro hombres conocidos como los "cuadrilleros", dispuestos a todo con sus temibles ballestas capaces de lanzar un virote con fuerza bastante como para atravesar una armadura. Entendían de delitos cometidos en descampados, en "campo yermo", y para ellos eran requeridos incluso si el tal delito se efectuaba en cualquier viña propincua a la población. En 1558 el flamante Alcalde tenía, además, a su esposa Isabel embarazada* (daría a luz en septiembre; ver "Bautismos 5").

* En "Los esclavos 51" Juan Verde, hijo de Alonso Gil, dice que Isabel Rodriguez arremetió contra el esclavo Juan por ver si podía quitarle la espada e impedir que luchara contra el joven Francisco Ortiz de Juan Guren. Pareció a todos muy sospechosa la actitud de mujer que contradecía tan flagrantemente a su marido en aquella cuestión. Como era natural, enseguida comenzaron las murmuraciones y la gente se hacía preguntas maliciosas. Pronto fueron aquellas incesantes maledicencias conocidas por el capataz, y desde entonces su matrimonio se convirtió en un ejercicio de desconfianzas y en una actuación de recelos. Y no sin fundamento. Desde el primer día Isabel se había sentido atraída por aquel joven esbelto y su instinto maternal encontró en él un sustituto a la falta de descendencia que la afligía. Desarrolló una relación uterina con el esclavo que, en los varios encuentros que mantuvieron, la convertía en poseedora y en protectora del joven, de tal forma que en la adopción del rol de madre/amante encontró cierto equilibrio psíquico y cierta tranquilidad espiritual, y el musulmán guardaba su secreto en lo más profundo del alma, en gran parte debido al miedo que de ser descubierto sentía.

sábado, 30 de mayo de 2009

Los esclavos 58

A través del Portal de Archivos Españoles en Internet se pueden rastrear algunos detalles del pasado de los dos hermanos señores del esclavo berberisco Juan:

Día 5 de febrero de 1537. Hernán Nuñez y Bartolomé Pérez, hijos de Francisco Núñez y de Isabel Ruiz, vecinos de Sevilla, pasaron a Santo Domingo en la Isla Española.
(CONTRATACION,5536,L.5,F.14).

Además los encontramos defendiendo intereses comunes con otro mercader viejo conocido nuestro, Rodrigo Franco (ver "Los esclavos 41l" y siguientes) por este otro documento:

Día 8 de abril de 1538 (Valladolid). -Real Cédula a la Audiencia de la isla Española: que Jerónimo de Solís en nombre de Rodrigo de Marchena, Rodrigo Franco, Bartolomé Perez y los otros sus consortes, mercaderes, vecinos y estantes en la ciudad de Santo Domingo, ha hecho relación que el regimiento de dicha ciudad, sin embargo de lo proveído en una carta real y sobrecarta de ella y sobre mantenimientos y mercaderías, les han puesto tasa en sus harinas y han hecho pregonar que ninguna persona sacase fuera de esa dicha isla ninguna harina, de lo cual ellos apelaron a esa Audiencia la cual confirmó lo proveído por el regimiento. Que, hasta tanto que otra cosa se mande, no consientan que se ponga tasa.

Es de suponer que los dos hermanos y Rodrigo, todos viejos comerciantes indianos, mantendrían en Castilleja una relación más que estrecha.

Para terminar, ponemos punto y final a esta historia de prepotencias, abusos y racismo con la transcripción de la sentencia del Alcalde Ordinario Juan Verde:

"Por la culpa que por este proceso resulta contra el dicho Francisco Ortiz fallo que lo debo de condenar y condeno al destierro de esta Villa y sus términos por tiempo de dos meses y menos lo que fuere mi voluntad, el cual le mando que salga a cumplir dentro de tres días después que saliere de la Cárcel y no lo quebrante sin mi licencia y mandado so pena que lo cumpla doblado y forzoso, y mas le condeno en la espada con que delinquió y cuatro reales de plata cual más quisiere pagar y tres reales de plata para ayuda a hacer la Audiencia de esta dicha Villa1, la cual dicha espada y los dichos cuatro reales por ella aplico a la Cámara del Conde mi Señor y a su Arrendador en su nombre, y las costas de este proceso cuya tasación me reservo, y juzgando así lo pronuncio y mando. Juan Verde, Alcalde Ordinario.
Dado en lunes 11 de agosto y notificóse a Francisco Ortiz y al Arrendador de las penas de la Cámara de Su Señoría Bartolomé Gonzalez Masvale. Testigos, Francisco Garcia y Lucas Moreno.

1.- Carecía el Concejo de local para sede de la judicatura, y en estos años se iniciaron los trámites para acondicionar uno a tal menester.

Y la última diligencia a la salida de la Cárcel del belicoso jovencito, camino del destierro:

El Alcalde Ordinario Juan Verde puso tregua y seguro al dicho Francisco Ortiz con dicho Juan, esclavo de Hernán Nuñez y Bartolomé Perez, de manera que no lo hiera ni mate al dicho esclavo ni él ni otro por él ni de día ni de noche ni pública ni secretamente so pena de diez mil maravedíes.

Nótese que aunque es el doble de dinero que el aplicado a Juan (5.000 maravedíes, ver "Los esclavos 57"), en este caso se omiten los 100 azotes públicos, librando al señorito, por el hecho de serlo, del escarnio del vergonzoso castigo. Como fiador obligado para guardar la tregua se acreditó el abuelo del desterrado, Diego Ortiz de Juan Guren, ante los testigos Juan Verde, hijo de Alonso Gil, Lucas Moreno y Francisco Garcia.

Los esclavos 57

Como era natural, los amos de Juan el argelino no iban a consentir durante mucho tiempo la tesitura en que les había situado el acobardado Concejo de la Villa, que a la postre era el que respaldaba la actitud repugnantemente servicial del Alguacil hacia la parte contraria.
Hernán Nuñez, el hacendado, se dirige con un escrito al Alcalde Mayor diciendo que no es justo tener preso a su esclavo Juan, y que con ello se le hace agravio. Pide que lo suelten libre. Y el Alcalde Mayor, ante su petición, comienza una diligencia requiriendo al Concejo de Castilleja, bajo pena de 2.000 maravedíes, que le envíen los autos para proveer justicia.
El mismo día miércoles 30, ante el Alcalde Ordinario Juan Verde, comparece Francisco de Aguilar en nombre de su patrón Hernán Nuñez y presenta el mandamiento anterior, dado como dicho es por el Alcalde Mayor y firmado por el Licenciado Pedro de Uceda. De inmediato el Alcalde Ordinario Juan Verde envía la información exigida, y el Mayor, tras considerar la causa, ordena que se dé Juan a sus amos a título de encarcelado, y que en lo que respecta al jovencito Francisco Ortiz, sean los Alcaldes Ordinarios los que entiendan.
En nombre de los dos hermanos hacendados Hernando Jayán se ofreció como carcelero, recibiendo a Juan el dicho día 30, bajo pena de 5.000 maravedíes en caso de que no cumpliera las leyes de la carcelería, entre las que primaba el compromiso de tener al preso a disposición de cualquier Juez que entendiese de la causa.
Y seguimos en el miércoles día 30 de junio cuando, para evitar males mayores, se lleva a cabo una rutinaria y puramente formal ceremonia conciliatoria entre el esclavo y el hijo del hacendado antes de poner en libertad a aquél, diligencia a modo de tregua hasta que se publicara el fallo definitivo. Pronto veremos que puesto en libertad su contrincante es sometido a la misma rutina, pero con unas sutiles diferencias que revelan injustos privilegios.

El Alcalde Ordinario Juan Verde puso tregua y seguro al dicho esclavo con dicho Francisco Ortiz de manera que no lo hiera ni mate al dicho Francisco Ortiz ni él ni otro por él ni de día ni de noche ni pública ni secretamente so pena de cien azotes públicos y cinco mil maravedíes.

Notificado de lo anterior, Juan salió de la cárcel para ponerse bajo la custodia del mercader Hernando Jayán, quién además se ofreció como fiador de la referida tregua.
Pasó una semana larga y ya en agosto, el lunes día 11, Francisco Ortiz renunció a la querella y seguidamente declaró ante el Alcalde Ordinario y el escribano en la Cárcel del Concejo: manifestó que lo único que le dijo al esclavo en principio fue que cabalgase encima del asno, por ser la forma idónea de llevar la inestable carga, y que sorprendentemente y sin mediar palabra dicho esclavo penetró en la casa de sus amos para salir de inmediato empuñando una espada desnuda en clara actitud de querer terminar con su vida allí mismo, pero que el declarante razonó y por no tener una pendencia indeseable se marchó del lugar, y al poco, estando en el Camino Real junto a las puertas de doña Aldonza observó que Juan venía buscándolo, armado con la espada tal como lo dejó en la Plaza, y para defenderse él echó mano a la suya, resultando a las primeras de cambio que dicho Juan se metió huyendo en casa de Lucena.
Tras la declaración Juan Verde hizo cabeza de proceso contra Francisco Ortiz, dándole tres días de plazo para presentar alegaciones. Francisco negó el proceso.

Los esclavos 56

En estas pláticas llegamos a Rejas. Apeámonos en una posada y al apearnos me advirtió con grandes voces que hiciese un ángulo obtuso con las piernas, y que reduciéndolas a líneas paralelas me pusiese perpendicular en el suelo. El huésped, que me vio reír y le vio, preguntóme que si era indio aquel caballero, que hablaba de aquella suerte. Pensé con esto perder el juicio. Llegóse luego al güésped, y díjole:
-Señor, déme dos asadores para dos o tres ángulos, que al momento se los volveré.
-¡Jesús! -dijo el huésped-, déme V. Md. acá los ángulos, que mi mujer los asará; aunque aves son que no las he oído nombrar.
-¡Que no son aves! -dijo volviéndose a mí-. Mire V. Md. lo que es no saber. Déme los asadores, que no los quiero sino para esgrimir; que quizá le valdrá más lo que me viere hacer hoy que todo lo que ha ganado en su vida.
En fin, los asadores estaban ocupados y hubimos de tomar dos cucharones. No se ha visto cosa tan digna de risa en el mundo. Daba un salto y decía:
-Con este compás alcanzo más y gano los grados del perfil. Ahora me aprovecho del movimiento remiso para matar el natural. Ésta había de ser cuchillada y éste tajo.
No llegaba a mí desde una legua y andaba alrededor con el cucharón, y como yo me estaba quedo, parecían tretas contra olla que se sale. Díjome al fin:
-Esto es lo bueno y no las borracherías que enseñan estos bellacos maestros de esgrima, que no saben sino beber.
No lo había acabado de decir, cuando de un aposento salió un mulatazo mostrando las presas, con un sombrero enjerto en guardasol y un coleto de ante debajo de una ropilla suelta y llena de cintas, zambo de piernas a lo águila imperial, la cara con un per signum crucis de inimicis suis, la barba de ganchos, con unos bigotes de guardamano y una daga con más rejas que un locutorio de monjas. Y, mirando al suelo, dijo:
-Yo soy examinado y traigo la carta, y por el sol que calienta los panes, que haga pedazos a quien tratare mal a tanto buen hijo como profesa la destreza.
Yo que vi la ocasión, metíme en medio y dije que no hablaba con él, y que así no tenía por qué picarse.
-Meta mano a la blanca si la trae y apuremos cuál es verdadera destreza, y déjese de cucharones.
El pobre de mi compañero abrió el libro, y dijo en altas voces:
-Este libro lo dice, y está impreso con licencia del Rey, y yo sustentaré que es verdad lo que dice, con el cucharón y sin el cucharón, aquí y en otra parte, y, si no, midámoslo.
Y sacó el compás, y empezó a decir:
-Este ángulo es obtuso.
Y entonces, el maestro sacó la daga, y dijo:
-Y no sé quién es Ángulo ni Obtuso, ni en mi vida oí decir tales hombres, pero con esta en la mano le haré yo pedazos.
Acometió al pobre diablo, el cual empezó a huir, dando saltos por la casa, diciendo:
-No me puede dar, que le he ganado los grados del perfil.
Metímoslos en paz el huésped y yo y otra gente que había, aunque de risa no me podía mover.
Metieron al buen hombre en su aposento, y a mí con él; cenamos, y acostámonos todos los de la casa. Y a las dos de la mañana, levántase en camisa y empieza a andar a oscuras por el aposento, dando saltos y diciendo en lengua matemática mil disparates. Despertóme a mí, y no contento con esto, bajó el huésped para que le diese luz, diciendo que había hallado objeto fijo a la estocada sagital por la cuerda. El huésped se daba a los diablos de que lo despertase, y tanto le molestó que le llamó loco. Y con esto se subió y me dijo que si me quería levantar vería la treta tan famosa que había hallado contra el turco y sus alfanjes. Y decía que luego se la quería ir a enseñar al Rey, por ser en favor de los católicos.
En esto amaneció, vestímonos todos, pagamos la posada, hicímoslos amigos a él y al maestro, el cual se apartó diciendo que el libro que alegaba mi compañero era bueno, pero que hacía más locos que diestros, porque los más no le entendían.

Los esclavos 55

El erudito sevillano José Gestoso y Perez nos sitúa con su pluma en el escenario:

"... volvamos la vista hacia el Arenal: allí presenciaríamos entre otros animados y vistosos cuadros que tan frecuentemente se sucedían, los de las públicas lecciones de esgrima, que ante numeroso concurso de la soldadesca de mar y de tierra, de rufianes y bravos de profesión, de moriscos y de indios, mulatos y negros, daba algún maestros de los muchos que entonces bullían por la ciudad, demostrando las excelencias de la espada blanca ó de la prieta, así como la bondad de las escuelas, de los maestros Francisco Roman, Bernal de Heredia ó de los sucesores de éstos, los famosos Carranza ó Pacheco de Narváez.
Tendía el maestro la amplia capa en el suelo, para que sobre ella cayesen las blancas y maravedises con que el público lo socorría; y trazaba una gran circunferencia en la tierra con la punta de la espada, y empuñándola arrogante, describía círculos rectos, tajos adelante y atrás, revolvíase como energúmeno, saltaba agilísimo de un lado á otro, acometía ó bien retrocediendo, simulaba parar los golpes de su imaginado contrario, todo tal y tan verdaderamente, como nos lo pintó al vivo el gran Quevedo, en su saladísima crítica1 de los que elevaban la esgrima á la altura de la ciencia matemática, tan á maravilla ridiculizados en el Buscon Don Pablos..." (Curiosidades antiguas sevillanas, páginas 130 y 131).

1.- Se refiere al siguiente capítulo de "La vida del buscón llamado Don Pablos":
Yo pasé adelante pereciéndome de risa de los arbitrios en que ocupaba el tiempo, cuando, Dios y enhorabuena, desde lejos vi una mula suelta y un hombre junto a ella a pie, que mirando a un libro hacía unas rayas que medía con un compás. Daba vueltas y saltos a un lado y a otro, y de rato en rato, poniendo un dedo encima de otro, hacía con ellos mil cosas saltando. Yo confieso que entendí por gran rato (que me paré desde lejos a verlo) que era encantador, y casi no me determinaba a pasar. Al fin me determiné, y llegando cerca, sintióme, cerró el libro, y al poner el pie en el estribo, resbalósele y cayó. Levantéle, y díjome:
-No tomé bien el medio de proporción para hacer la circunferencia al subir.
Yo no le entendí lo que me dijo y luego temí lo que era, porque más desatinado hombre no ha nacido de las mujeres. Preguntóme si iba a Madrid por línea recta o si iba por camino circunflejo. Yo, aunque no lo entendí, le dije que circunflejo. Preguntóme cúya era la espada que llevaba al lado. Respondíle que mía, y mirándola, dijo:
-Esos gavilanes habían de ser más largos, para reparar los tajos que se forman sobre el centro de las estocadas.
Y empezó a meter una parola tan grande que me forzó a preguntarle qué materia profesaba. Díjome que él era diestro verdadero y que lo haría bueno en cualquiera parte. Yo, movido a risa, le dije:
-Pues, en verdad, que por lo que yo vi hacer a V. Md. en el campo denantes, que más le tenía por encantador, viendo los círculos.
-Eso -me dijo- era que se me ofreció una treta por el cuarto círculo con el compás mayor, continuando la espada para matar sin confesión al contrario, porque no diga quién lo hizo y estaba poniéndolo en términos de matemática.
-¿Es posible -le dije yo- que hay matemática en eso?
-No solamente matemática -dijo-, mas teología, filosofía, música y medicina.
-Esa postrera no lo dudo, pues se trata de matar en esa arte.
-No os burléis -me dijo-, que agora aprendo yo la limpiadera contra la espada, haciendo los tajos mayores que comprehenden en sí las aspirales de la espada.
-No entiendo cosa de cuantas me decís, chica ni grande.
-Pues este libro las dice -me respondió-, que se llama Grandezas de la espada, y es muy bueno y dice milagros; y para que lo creáis, en Rejas que dormiremos esta noche, con dos asadores me veréis hacer maravillas. Y no dudéis que cualquiera que leyere en este libro matará a todos los que quisiere.
-U ese libro enseña a ser pestes a los hombres u le compuso algún doctor.
-¿Cómo doctor? Bien lo entiende -me dijo-: es un gran sabio y aun estoy por decir más.

(Continúa en el siguiente capítulo, "Los esclavos 56")

Los esclavos 54

Cuatro días después de la pelea, el miércoles día 30, fueron el Alcalde Ordinario Juan Verde y el escribano a la Cárcel, a ver qué tenía que decir en su defensa el esclavo Juan. Dijo, tras jurar no faltar a la verdad, "que salió de casa de sus amos en la Plaza para llevar la carne a Sevilla a sus amos, y le dijo Francisco Ortiz: "hijo de la puta, cabalga encima de la carga", y él le respondió que más hijo de puta era él, y entonces Francisco Ortiz comenzó a amenazarlo jurando a Dios que lo había de matar y que no lo habían de valer sus amos, y Francisco Ortiz fue calle abajo hacia el Camino de Sevilla, y al poco este declarante comenzó a irse para llevar la carne, y al llegar junto a la casa de Alonso de Espino le dijeron unas mujeres que no fuese por allí, que lo estaba aguardando en el camino Francisco Ortiz para lo matar, y este declarante volvió a casa de sus amos y tomó de ella una espada de Francisco de Aguilar, casero y capataz de los dichos sus amos, y se volvió para irse a Sevilla, y al llegar a la casa de Gerónimo de Lucena vio a Francisco Ortiz en el camino aguardándolo, y vio que se venía para él con la espada fuera de la vaina, y este declarante echó mano a la suya y se dieron y tiraron ciertos golpes y cuchilladas y no se hirieron, y luego se metieron por medio ciertas personas y luego llegó Bartolomé Gonzalez Masvale, Alguacil, y le quitó la espada a este declarante. Fuéle preguntado quién le dio la espada, y dijo que la tomó él, que no se la dio persona alguna1."

1.- Muy mucho le advirtieron sus amos y el capataz acerca de la espada, recalcándole que ni se le ocurriera dar a entender que alguien —el capataz Francisco de Aguilar— se la había proporcionado. Para acabar de convencerlo le prometieron que no le ocurriría nada por la autoinculpación, y que antes de una semana lo sacarían de la prisión.

Era de esperar la diferencia de trato que recibieron los dos presos. El mismo lunes pudieron contemplar muchos cómo el Alguacil Bartolomé Gonzalez Masvale se dirigía a Sevilla acompañado del joven Francisco Ortiz de Juan Guren, ambos cabalgando hombro con hombro en sendas yeguas, a las que reconocieron como propiedad del tratante de ganado y padre del segundo, Pedro Ortiz. A alguna que otra pregunta el Alguacil respondió brevemente desde la silla de su montura que iban a ver a los maestros esgrimidores del Arenal de Sevilla y que regresarían a mediodía. Mientras comentaban los presentes el hecho, alguien apuntó que ya el domingo por la tarde se les había visto a los dos galopando por el camino de Gines, en plan de esparcimiento y solaz. En efecto: muy pocas horas después de la pelea del sábado y del consiguiente encarcelamiento se presentaron en casa del Alguacil emisarios de los Juan Guren para acordar un régimen de vigilancia al muchacho propio de su clase social, y Bartolomé no tuvo inconveniente, antes al contrario, en prestarse a llevarlo a cabo personalmente, de forma que se convirtió en poco menos que escudero sirviente del arisco joven durante los siguientes días, entregado en cuerpo y alma a satisfacer sus caprichos. Sabía que por ello iba a ser generosamente recompensado.
Por el otro lado, a Juan no se le permitió ni una ínfima parte de las ventajas que disfrutaba su oponente. Permaneció todo el domingo recluido en una habitación, sin salir excepto para efectuar sus necesidades fisiológicas.
Cuando los dos caballistas llegaron al Arenal tras recorrer al trote la calle de Castilla y pasar ufanos el Puente de Barcas tamborileando las tablas con los cascos de los animales ya había una muchedumbre reunida en torno a los maestros de la espada.

martes, 26 de mayo de 2009

Los esclavos 53

Luego, tras la declaración del joven Juan Verde, testificó Tomé Hernandez, uno de los jornaleros que, volviendo de Sevilla, se dirigió al joven Francisco Ortiz de Juan Guren para invitarlo a beber.

"Testigo, Tomé Hernandez, trabajador vecino de la Calle Real de esta Villa, quien habiendo jurado en forma de derecho y prometido decir verdad de lo que le fuere preguntado, y siéndolo sobre el contenido de la querella, dijo que viniendo de Sevilla para la Calle Real en compañía de Antonio Garcia, con Juan Rodriguez, vecino de Gines, toparon con el dicho Francisco Ortiz que salió del callejón que está junto al cercado que se dice El Cercado de Lorenzo Sanchez, y le preguntaron que qué hacía allí y respondió que "no, nada", y le dijeron que se viniese con ellos, si quería, hacia el Camino Real, y dijo: "vamos", y se vinieron camino arriba y al llegar a la portezuela que está junto a las casas de Masvale vieron venir un hombre con una espada fuera de la vaina1 y un tropel de gente tras de él, y al verlo el dicho Francisco Ortiz echó mano a su espada y se fue hacia él, y cuando éste lo vio venir echó a huir y se metió en casa de Gerónimo de Lucena, y el dicho Francisco Ortiz comenzó a tirar cuchilladas y el hombre desde dentro de la casa tiraba cuchilladas a dicho Francisco Ortiz y luego se metió por medio Francisco de Aguilar y los metió en paz, y este testigo conoció al hombre, que es un esclavo blanco herrado en la cara, de Bartolomé Perez; no firmó porque dijo no saber escribir, y que es de edad de cuarenta años."

1.- Por solo este detalle de la declaración se infiere que Tomé es espectador parcial y que su testimonio se inclina en favor del joven Francisco Ortiz, quien desde el principio portaba su espada desnuda. Nada extraño esta parcialidad, considerando su ínfima categoría sociolaboral. Pero considérese lo que ya apuntamos en otra ocasión: la propia intención del escribano, capaz de "dirigir" una declaración según sus particulares intereses.

Tras Tomé Hernandez depuso Juan Sanchez Vanegas.

"Testigo, Juan Sanchez Vanegas, vecino de esta Villa, quien habiendo jurado en forma de derecho y prometido decir verdad de lo que le fuere preguntado, y siéndolo sobre el contenido de la querella, dijo que lo que pasó es que estando este testigo en casa de Bartolomé Perez donde vive y mora Francisco de Aguilar se le ordenó a Juan, esclavo de dicho Bartolomé, llevar un cuarto de carne a Sevilla a lomos de un borrico y cuando lo estaba ejecutando este testigo oyó palabras y que el dicho esclavo Juan dijo al dicho Francisco Ortiz: "anda, hijo de la puta", y dicho Francisco Ortiz se levantó con la espada y le quiso dar un cancharazo1 y el esclavo se metió en casa de su amo y salió dicho Francisco de Aguilar y dijo al dicho Francisco Ortiz que callase enhoramala y no se tomase con el dicho esclavo, y Francisco Ortiz dijo: "por éstas que vos me lo paguéis", y el esclavo se entró en la casa y sacó una espada y vio como Francisco de Aguilar quitó la dicha espada al dicho esclavo, y Francisco Ortiz se fue por ahí y el dicho esclavo para Sevilla con su carne, y al poco este testigo vio que el esclavo se volvió y entró en la casa y sacó una espada y fue la calle abajo con ella; no firmó porque dijo no saber, y dijo que es de edad de veinte y dos años poco más o menos."

1.- Cancharazo, perfectamente transcrito, es, por eliminación, localismo, puesto que no se contempla en ninguna de las colecciones de vocablos contemporáneas, y ni en el Corpus del Español de Mark Davies ni en CREA o CORDE de la Real Academia nos dan cuenta de él.
Es por otro lado Cancharazo el nombre de un cerro de 1.800 metros de altura en el Departamento de Antioquia (Colombia), única coincidencia que se obtiene buscando en la Red.

Los esclavos 52

Hacían pocos meses que Hernán Nuñez, el dueño y señor de Juan el argelino, hubo llevado a cabo ventajosamente un negocio que le proporcionó, a él y a su hermano Bartolomé Perez, la duplicación de su vivienda original en la Plaza, por medio de la adquisición a Leonor Márquez, viuda de Niño de Torres, y a sus hijos Diego y Elena de Torres, del inmueble vecino, del que todo parece indicar que encontrábase cabalgando en alguna de las entradas sobre las que, con posterioridad, se construirían los airosos arcos que tanto caracterizaron y caracterizan a la Villa. Tras la compra, por tanto, la casa ya ampliada tenía parte en la Plaza propiamente dicha (donde Juan cargó el burro con el cuarto de carne) y parte hacia alguna de las calles que a ella confluían, calles —o simples caminos— por otra parte sin denominación oficial en aquellos tiempos, en los que documentalmente se referían a ellas con un simple "la calle" o "la calle de este pueblo". Por cuya causa nos es imposible a estas alturas de la investigación determinar el lugar exacto de la vivienda del esclavo protagonista de nuestra narración.
El viernes 10 de enero de 1550 a las diez de la mañana tuvo lugar la ceremonia de posesión de la nueva adquisición por Hernán Núñez, por sí y en nombre de su hermano Bartolomé, ante el escribano Juan Vizcaíno y ciertos testigos. Descrita como constituída de palacio, portal, corral con árboles frutales y pozo, no era una gran mansión, antes al contrario, una casa de tipo medio. Sus linderos eran la propia casa de Bartolomé y Hernán según queda dicho, y por la otra parte la casa de morada del Jurado Juan Rodriguez, "y por delante la calle". Su precio, 85.000 maravedíes, o lo que es lo mismo, 238 ducados de oro. La venta se había formalizado en escritura el año anterior, 1549, en sábado 13 de abril, ante el escribano público de Sevilla Alonso de Cazalla*, y en dicha compra se incluían 3 aranzadas de viña, pies de aceitunos e higueral en el Pago de La Pajarilla, en término de Castilleja de la Cuesta, asimismo propiedad de la viuda Leonor y de sus dos hijos, tierras que tenían por linderos unas viñas de, extraña coincidencia, otros dos vecinos de la Plaza, nuestro conocido Diego Ortiz de Juan Guren (abuelo del señoritingo encarcelado), y de un escribano público de Sevilla, hombre ya mayor y de vida discreta y oscura, llamado Pedro de Castellanos.

* Alonso de Cazalla estaba emparentado con el futuro cura de Castilleja don Rodrigo de Cieza (ver "Rodrigo de Cieza 12").

Por otra parte el padre de dicho señoritingo (e hijo por tanto del mencionado placeño Diego Ortiz de Juan Guren), Pedro Ortiz, también se afanaba por estos días en actividades remuneradoras, no exentas de riesgos a juzgar por la siguiente dejación de pleito:

"En la Villa de Castilleja de la Cuesta en miércoles veinte y tres de abril de mil quinientos y cincuenta. Pedro Ortiz, vecino de Sevilla en la collación de Santa María, y Alonso Martin, vecino de Salteras1, habiendo hecho cierta compañía en la que dicho Pedro Ortiz ponga los maravedíes que fuesen menester para comprar ganado y dicho Alonso Martin ponga su persona e industria, y anduviesen los dos por los lugares que quisiesen, y de las ganancias se llevasen dicho Alonso Martin la tercia parte, y dado que compraron vendieron cierta cantidad de reses vacunas y sobre la ganancia que hubo dicho Alonso Martin tiene puesta demanda ante la Real Chancillería de Granada, ahora, por bien de paz y concordia, dan poder a Luis Ortiz2 y a Lorenzo Sanchez para que vean las cuentas en tres días y determinen como les pareciere como árbitros. Fueron testigos Juan Verde e Íñigo Ortiz2."

1.- El obligado de las carnicerías del Concejo (carnicero jefe), Juan Gonzalez Vohón, también era vecino de Salteras.

2.- Íñigo y Luis eran hermanos de este "socio capitalista" en embrión, Pedro Ortiz; de segundo apellido Juan Guren y tíos del reo espadachín.

domingo, 24 de mayo de 2009

Los esclavos 51

Acto seguido, el Alcalde Ordinario Juan Verde comenzó a interrogar a los testigos presentados por los familiares del joven Francisco Ortiz de Juan Guren.

Testigo, Juan Verde1, hijo de Alonso Gil, trabajador vecino de esta Villa, al cual le fue tomado su juramento en forma de derecho, y habiendo jurado por Dios y por las palabras de los Santos Evangelios prometió decir verdad a lo que le fuere preguntado, y siéndolo por el contenido de la querella dijo que estando el sábado por la tarde en la Plaza sentado en un madero que está a la puerta de las casas de Bartolomé Perez vio como salió de dicha casa el dicho Juan con un asno y encima un cuarto de carne, y como salió, el dicho Francisco Ortiz, que estaba allí, le dijo que cabalgase el dicho asno encima de la carne, y el esclavo le respondió que enhoramala había de cabalgar, y Francisco Ortiz le respondió: "¿Oído? Al diablo este perro que con tanta soberbia habla" y que renegaba de la puta que lo había parido, y luego respondió Juan el esclavo que renegaba de la puta que había parido al dicho Francisco Ortiz, y entonces Francisco Ortiz se levantó del madero y dijo al esclavo que tuviese crianza, que juraba a Dios que lo había de pagar, y luego vio que Francisco de Aguilar se metió en medio y dijo que no hubiese más, y luego Francisco Ortiz repitió que juraba a Dios que se lo había de pagar, y luego Francisco Ortiz se fue la calle abajo hacia su casa, y asimismo el esclavo se fue la calle abajo hacia Sevilla con el asno y con el cuarto de carne, y al poco vio como el esclavo volvió a casa de Bartolomé Perez y dijo que Francisco Ortiz estaba en la calle o camino por donde van a Sevilla con una espada, y que porque él no llevaba armas ningunas se volvía de miedo del dicho Francisco Ortiz, y luego vio como salió Francisco de Aguilar de casa de Bartolomé Perez y dijo que como no había justicia en Castilleja salían a los caminos a matar los hombres, y se entró en su casa y detrás de él el esclavo, y al poco salió este con una espada, y la mujer de Francisco de Aguilar, al ver que el esclavo sacaba la espada, arremetió con él para se la haber de quitar, y no pudo, y el esclavo se fue con la espada y un capote al brazo la calle abajo hacia Sevilla, y llevaba la dicha espada fuera de la vaina, y este testigo fue tras él para meterlos en paz y vio que Francisco Ortiz se andaba paseando por el camino de Sevilla junto a las casas del doctor Morillo, y cuando vio venir al esclavo echó mano a su espada y con ella fue hacia él y el esclavo salió huyendo y se metió en casa de Gerónimo de Lucena, y Francisco Ortiz le tiró una cuchillada y dio el golpe en la esquina de la puerta de la dicha casa, y el esclavo le tiró una estocada y no le alcanzó, y este testigo y Francisco de Aguilar se metieron por medio a poner paz, y luego llegó Bartolomé Gonzalez Masvale, Alguacil, y le quitó la espada al esclavo, y allí dijo Francisco de Aguilar que Francisco Ortiz había salido al camino a matar al esclavo, y Francisco Ortiz dijo que mentía, él y cuantos lo dijesen, que sólo estaba paseando con Tomé Hernandez, y que esta es la verdad en razón del juramento que hecho tiene, y que es de edad de 20 años. No firmó porque dijo no saber escribir.

1.- De este Juan Verde homónimo del Alcalde presumimos, a la espera de posterior confirmación documental, que podría ser sobrino o sobrino nieto suyo. También imaginamos que, por edad y vecindad, debía mantener cierta relación con el señorito mozalbete ahora preso, aunque en base a la clase social de su padre, de quien existen varios contratos otorgados al Jurado sevillano Antonio Hernandez Soria en diferentes años para coger aceitunas en los olivares de Albarjáñez, tuvo que tratarse de la típica relación dominado/dominante de tan profundo arraigo en el medio rural andaluz.

Los esclavos 50

Ante el contumaz arrinconamiento a que le sometía el señoril joven, Juan el esclavo se cobijó en el profundo vano de la casa de Gerónimo de Lucena, el lugar más cercano en donde protegerse las espaldas. Tenía el portal un par de metros a modo de zanguanete abierto hasta el portón de madera, e iba a defender este exiguo territorio con todas sus fuerzas en la consideración de que no cabía disyuntiva. Francisco Ortiz lo atacaba como a una alimaña en su guarida, y el esclavo asomaba, a la menor coyuntura, brazo y espada para mantenerlo a raya a golpes y tajos descontrolados. Una brioso puntazo de Ortiz, dirigido mortalmente al rostro de su víctima, impactó en ángulo recto en el quicio de la casona, sacando fragmentos del conglomerante de arena y cal y arrancando esquirlas de ladrillo. La indefensión del argelino no parecía detener al hidalgo, lo cual movió a actuar a los que, entre los enardecidos presentes, mantenían todavía la cabeza fría y la capacidad de raciocinio. Casi de inmediato apareció el Alguacil Bartolomé Gonzalez Masvale enarbolando su vara de Justicia y profiriendo gritos y amenazas, y entre todos consiguieron detener a Francisco Ortiz de Juan Guren, permitiendo así que el argelino saliera de su escondite, pálido, jadeante y sudoroso. Los desarmaron a ambos y los condujeron a la casa de Bartolomé Gonzalez Masvale, a una habitación habilitada como mazmorra, donde serían detenidos hasta dar parte a los Alcaldes Ordinarios. Y así transcurrió la tarde de aquel sábado día 26 de julio de 1550, con el encarcelamiento de los dos espadachines como colofón.
Al día siguiente amaneció claro, con una promesa de calor y polvo en el cielo pálido. Apenas habíase elevado el globo de oro surgiendo entre los lejanos alcores de levante cuando don Cristóbal Martin de Alaraz se encasquetaba sus ropajes de oficiar y repasando su ya preparado sermón se disponía a decir la ofrenda dominical.
La noche en la Plaza había sido movida; cuando oscureció y la paz volvió a reinar en el ambiente todos comentaban el duelo mientras, en grupos, compartían trancos de pan de hogaza y gruesas lonchas de tocino salado, pero cuando el vino nocturno corrió y se produjeron las esperadas visitas de las sugestivas hetairas el tema pasó a un lugar secundario y los que no dormían tenían sus mentes —y sus manos— ocupadas en cosas más agradables.
A la salida del templo de las autoridades y personajes pricipales tras la liturgia se preparó la consabida tarima junto al portal de la iglesia y el pregonero ante la multitud ofreció a la puja un montón de cachivaches mohosos y de ropas raídas que provenían de un deshaucio, anunciando cada oferta con un redoble de tambor irregularmente ejecutado por su ayudante*. La fiesta había comenzado.

* Eran estos tamborileros elegidos por el propio pregonero, quien señalaba indefectiblemente al más pobre, torpe y retardado de los habitantes de la localidad para tal menester, antigua costumbre cuyos orígenes se perdían en la noche de la historia. A estos pobrecitos indigentes que esperaban ansiosos desde muy temprano el gesto decisivo del voceador que los elevaba por un rato a protagonistas del acontecer social, la voz popular les había encontrado un nombre que hizo fortuna: "Pericos". De tal manera que con tal denominación se los conocía y conoció durante varios siglos, y dicha denominación dio lugar a la expresión "Perico el de los palotes", por los que manejaba aporreando con entusiasmo el pellejo.
También era lugar frecuente que dichos voceros se apropiasen de las ganancias de estos ayudantes, quienes al final solo sacaban el discutible prestigio de haber estado encima de la tarima frente a gentes tan diversas y desconocidas.
Durante estos años el más conocido pregonero de Castilleja era el tomareño Diego Jimenez de Soria.
Al respecto se apunta en el Diccionario de Autoridades: Pregonero. El oficial público que en alta voz da los pregones y publica y hace notorio lo que se quiere hacer saber y que venga a noticia de todos. Es oficio muy vil y bajo.


Mientras, perfectamente asesorado por su influyente familia, preparaba su denuncia de los hechos Francisco Ortiz, dando así el primer paso en virtud de que la mejor defensa es el ataque:

El día veinte y siete de julio de mil quinientos cincuenta, ante Juan Verde, Alcalde Ordinario de esta Villa, y en presencia de Juan Vizcaíno, escribano público y del Concejo de ella, pareció Francisco Ortiz y se querelló de Juan, esclavo de Bartolomé Perez y Francisco de Aguilar, y dijo que estando el sábado próximo pasado sin hacer mal, el dicho esclavo, con favor y ayuda que para ello le dio Francisco de Aguilar, con una espada fuera de la vaina que le dio dicho Francisco lo quiso herir y matar, y así lo hiciera si no fuera porque este querellante se defendió.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Los esclavos 49

Parecían una compañía de mudos. De guía, Juan el argelino, sintiéndose por un momento gladiador camino de la gloria, camino quizá de la libertad. Tenía escuetas noticias aprendidas en su niñez en las madrazas de su tierra, en las que sus maestros se referían a un poderoso pueblo que en la antigüedad conquistó su país, dejando una indeleble marca en él. Sabía de las luchas en los circos romanos, y en los añorados parajes de su tierra había pastoreado con sus primos y con sus vecinos rebaños de cabras entre ruinas que hablaban de aquellos espectáculos, dejando volar sus fantasías sobre los musgosos pedruscos y las derribadas columnas. Y ahora le tocaba a él. Llevaba un corto capote que muy bien podría servirle como excelente escudo*. Miró en derredor, el camino ancho y blancuzco, la Vega al fondo con el horizonte azul más allá de la gran ciudad, y de pronto le invadió la extraña impresión de que todo aquello ya lo había vivido: las formas, los colores, los sonidos le resultaron tan nítidamente familiares que por un momento perdió la percepción de su propio ser, de su propia identidad, como si hubiese sido poseído por un fantasma pretérito. Fueron unos segundos de rapto, de desdoble hacia el pasado, de extrañeza consigo mismo, pero casi de inmediato la realidad volvió a imponerse, y se reconoció como quien era, un esclavo en Castilleja de la Cuesta en una situación peligrosa de la que mantenía la esperanza de salir airoso. Apretó el puño de la espada.
Al final, lejanas todavía, distinguió cuatro figuras que se movían hacia él y su grupo, y se le evidenció la camisa verde claro de su enemigo como un fogonazo. Era él, Francisco Ortiz. Con tres hombres a su lado, amigos que sin duda lo secundarían para cumplir sus amenazas. Sintió Juan que su corazón empezaba a bombear con fuerza, y ya no vió más que la camisa verde. Luego todo ocurrió como un torbellino, fuera del tiempo y del espacio.
Francisco, acortando distancias, se había adelantado de sus tres acompañantes y le gritó algo que no entendió. Luego ocurrieron escenas que le parecieron independientes unas de otras, sin nexo ni correlación real alguna. Dió a ciegas varios mandobles con la espada y entre tanto la gente, muy excitada, había formado amplio círculo y gritaba y jaleaba gesticulando. Vió la cara de Francisco muy cerca, sus narices casi se tocaban, bebió su aliento repugnante. Con el filo de su acero el hidalgo le retenía, canto con canto, su propia espada, en una suerte de esgrima en la que, con tal contacto y oposición se controla absolutamente al contrario; cualquier retroceso por parte de éste significa perder campo, abrir la posibilidad de ser herido o desarmado, y por lo general el empuje no da resultado puesto que la ventaja en la seguridad de los pies la lleva el atacante, al cual basta un leve impulso para hacer retroceder, desequilibrado, a su oponente.
Francisco Ortiz era un joven fuerte y demostró desde el principio su pericia; había recibido enseñanzas teóricas y prácticas sobre el uso de la espada, y era asimismo un asiduo asistente a las exhibiciones de lucha que los más famosos maestros hacían en ciertos lugares de Sevilla en forma cotidiana, prácticamente cada semana, verdadera escuela pública del arte que congregaba a una multitud de curiosos y aficionados. y, como tal, él no perdía ocasión de aprender trucos y artimañas, siendo considerado a pesar de su edad un diestro con el que era mejor no tener graves diferencias.
De inmediato Juan, la torpeza personificada, comenzó una serie de ataques con los que solo consiguió agotarse y hacer reir a la concurrencia. Perdió así, entre las carcajadas, la poca seguridad de que había hecho acopio. Seguidamente tomó la iniciativa Francisco con la técnica de "invitación", consistente en adoptar posiciones intencionadas exponiendo aberturas para hacer que el contrario descargue golpes, arrastrándolo de esta manera a atacar y, por consiguiente, obligándole a un gasto extra de energía. La "invitación" combinada con el "desvío", con el que se redirigen los ataques del contrario esquivando con flexiones las estocadas, en lugar de interponer un bloque sólido con el cuerpo, le dieron a Ortiz el timón y la clave de la contienda, y ya dueño de la situación comenzó una técnica que, aunque de denominación grosera y peyorativa, se mostraba del todo efectiva para el propósito de, desconcertándola, aterrorizar a la otra parte en las últimas etapas de su dominación; llámase "besar el culo", y consiste simplemente en acosar al contrincante a base de golpes y estocadas dirigidas clara y perceptiblemente a su boca; el efecto psicológico es sumamente destructivo en quienes, como en el caso de Juan, no dominan con la exigible maestría la lucha con las espadas. Por último el mozalbete concluyó con una serie de cortes de izquierda a derecha que, casi rozándolo —el joven argelino sentía el golpe de aire que producía la hoja—, acabaron con la resistencia de Juan. Rotos por la tensión de la pelea todos sus sistemas fisiológicos de control y reacción emprendió una ignominiosa fuga, vuelta la cara horrorizada hacia su endemoniado perseguidor que, ensoberbecido por los aullidos y víctores de la masa de testigos y árbitros, era la propia imagen de la misma impiedad.

* Por "espada y capa" se conoce la técnica de los espadachines que utilizan, a modo de escudo enrollado al brazo, una prenda de vestir.

lunes, 18 de mayo de 2009

Los esclavos 48

Hablaban, informalmente, de mujeres.
—Meter el semblante en el canalón entre dos buenos melones me creo que cura hasta la sordez.
—¿Cómo, cómo? ¿cómo dice vuestra merced? —bromeaba Juan Rodriguez poniéndose la mano ahuecada en el pabellón auricular a modo de trompetilla.
—Pues en Gines no os podrédeis quejar, amigo mío. Hay buena cosecha, por todos los demonios.
Venían los tres trabajadores a marchas forzadas desde los hornos de ladrillo de Los Humeros, dando rápidas trancadas, los sombreros de esparto trenzado a modo de parasol y en las manos los hatillos de paño apagado en que portaban los útiles de la pitanza.
—Vamos bien, compañeros —dijo Tomé, presuponiendo el momento según el silencioso horario de las sombras por las blancas paredes y los pardos tejados.
—Tiempo queda para hacerle una visita a Francisco el tabernero.
—Que nos place, ¿no es cierto?
Y de acuerdo en refrescar los gargueros con un cantarito en la fonda de la Plaza, al divisar las primeras casas del pueblo se desviaron por el camino hacia ella.
Les extrañó ver a Francisco Ortiz en pose cautelosa, semiencorvado en la boca del zacatín de Lorenzo Sanchez, y sobre todo, cosa inaudita en aquellos tiempos de restrictiva legislación sobre armas*, que llevase en la mano, fuera de la vaina, su enorme espada.
—¿Qué hace aquí vuestra merced? —le preguntó Antonio García con suavidad, conjeturando algo. Le infundía respeto aquel mozalbete belicoso, de adinerada familia.
A pesar del tono contenido que usó, no pudo evitar que Francisco se sobresaltara.
—No... nada. Paseaba... .
—¿Nos acepta un trago? —insinuó el jornalero, buscando ganarse su confianza.
—¿Quiere usted acompañarnos a la taberna? —le volvieron a repetir.
Asintió pensando que el berberisco había suspendido su viaje, posiblemente ya hasta la mañana del siguiente día.
—Vamos.
Se encaminaron hacia arriba, en silencio. Francisco había envainado el hierro.
Cada cual en su interior sospesaba palabras preparando el consecuente tema de conversación mientras progresaban por la sequerosa pista, cuando al llegar a la altura de la portezuela de la corraliza del ministril Masvale vieron a lo lejos un amazacotado grupo de gente presurosa que se dirigía hacia ellos levantando a su paso un cúmulo de polvo rojizo.
Francisco Ortiz detúvose en seco torciendo las despobladas cejas y con los ojos muy abiertos, un brillo frío en ellos que recordaba la mirada de los imbéciles incurables. No se lo esperaba.
Reconoció al esclavo Juan a la cabeza de la chusma, con su cabeza erguida en elocuente ademán de inflexible decisión y con un paso firme que no presagiaba nada bueno, y se preparó para el jaleo, separándose de sus acompañantes.

* Durante todo el siglo XVI se legisló al respecto, regulándolas a traves de los gremios de espaderos, en Granada en 1531, en Segovia en 1536, en Salamanca en 1538, en Toledo en 1566 y 1622. Se prohibieron las hojas acanaladas porque se pensaba que eran más mortíferas.
La Iglesia dio la nota censurando el uso y fabricación de espadas "flamígeras" —de hojas ondulantes—, por su parecido con la serpiente, encarnación del mal.
En las Cortes de 1548 (Pragmaticas y capitulos que su m. el Emperador y Rey ntro señor hizo en las cortes que se tovieron con el serenisimo Principe d. Phelipe nro Señor en su nombre. petición CXIVI fol XXXVI en Valladolid año de 1548) se presentó un item que decía: "en algunas cortes pasadas se ha suplicado a vtra Magestad mandasse que las espadas y estoques que se hiziessen y traxessen en estos reynos fuessen yguales y de un tamaño y ley, y las que había hechas más largas se acortasen por los muchos daños e inconvenientes y muertos que de lo contrario se han visto y vuestra Magestad respondió que se platicaria en ello y se proveería como conveniesse al bien de estos reynos."
En 1564 se volvió a insistir desde la Corte sobre el tamaño de las hojas, prohibiendo las que tuvieran más de cinco cuartos de vara (unos 83 centímetros).
Pero lo que puso al trío de ladrilleros alerta cuando al llegar a Castilleja divisaron a Francisco Ortiz fue, además de su corta edad, el conocimiento de que usaba en su arma una punta prohibida; la de lezna ("alesna", según Covarrubias), la cual estaba considerada de especial peligrosidad; enormemente dañinas eran también las puntas de "hoja de olivo", de "cebada", de "diamante" o de "aguja espartera", y los maestros espaderos que transigían con los ruegos de un cliente especial incorporándolas a sus hojas se exponían a duros castigos.

domingo, 17 de mayo de 2009

Los esclavos 47

Francisco Ortiz esperaba al argelino emboscado tras las vallas de cañas resecas, palitroques viejos blanquecinos de polvo y ramajos punzantes de un callejón terrizo que daba acceso al cercado de Lorenzo Sanchez, a la izquierda del final del camino que desde la Plaza confluía con la Calle Real trazando una encrucijada donde se había desarrollado un núcleo poblacional formado por la casa de su padre, Pedro Ortiz de Juan Guren, por la del doctor Francisco de Morillo, la de Gerónimo de Lucena, la del Alguacil Bartolomé Gonzalez Masvale, nombrado aquel año de 1550, y la de doña Aldonza, conjunto de viviendas disimilares —unas lujosas, otras humildísimas— repartidas anárquicamente por la zona y mezcladas en todas las orientaciones con huertos y sembrados, arboledas frutales o de leña y sombra, establos, apriscos y gallineros, caminos y regueras y sementeras y viñas, en una disposición por completo desordenada, especie de arrabal que era con lo primero que se tropezaba el viajero que desde la Vega y por el Camino Real ascendía a la Villa propiamente dicha.
Paseaba nervioso unos metros hacia el interior de la hijuela, volvía y asomaba con precaución la cabeza por la esquina, repitiendo una y otra vez sus movimientos presa de la ansiedad, atisbando la altura del principio del solitario camino polvoroso y ya medio en sombras, al cual delimitaban las traseras de los corralones de haciendas del primer tramo de la Calle Real y al otro margen los oscuros pies de olivos, árboles que se perdían en el terreno ondulante hacia el término de Camas. Deseaba con toda su alma ver, antes de ser visto, al despreciable esclavo con su borrico, para ponerlo en un serio aprieto con la punta de su espada, asida fuertemente con la sudorosa mano.
Odiaba con todas sus fuerzas todo lo relacionado con Mahoma. Habían las circunstancias* sintetizado en él toda la tenaz problemática que, en contra de cualquier razonamiento, enfrentaba a los que por querer gozar de los privilegios de una cultura cristiana añeja, veían sus intereses peligrar a causa de la sociedad morisca, todavía creativa y pujante y productiva y merecedora por ello del apoyo, en todas maneras interesado, de la nobleza y la aristocracia del país. Don Pedro de Guzmán y con él todos sus colaboradores directos apreciaban excepcionalmente, por poner un ejemplo, a los excelentes albañiles que con unas destrezas heredadas de padres a hijos desde los antiguos alarifes musulmanes, ni en sueños podían encontrarse entre la caterva de los bastos y groseros peones autóctonos.
De familia alardeante de viejo cristianismo, se crió Francisco Ortiz en el rechazo envidioso a los moriscos, tan valorados —repetimos— por el poder práctico y liberal.
A los esclavos "blancos" (casi todos ellos de Berbería) se les suponía, con toda lógica, afinidades culturales y genéticas con los moriscos y Juan en seguida se hizo acreedor, por solo su aspecto físico, de los impulsos que disfrazados de racismo escondían en realidad fuertes complejos de inferioridad en el sector más tradicional y con menos solvencia económica de la población de Castilleja de la Cuesta.

* Su tío abuelo paterno fué un traumatizado excombatiente de la Guerra de Granada, quien conoció horripilantes escenas bélicas bajo las órdenes de Gonzalo Fernandez de Córdoba. También fué movilizado en la ocasión otro hermano de su abuela Anastasia de Quijada, el cual a la vuelta del frente perdió de tal manera los estribos que hubo de ser ingresado en el sevillano Hospital de los Inocentes durante una larga temporada, donde padeció la mala alimentación, la falta de espacio y el frío invernal. De regreso a Castilleja obtenido el alta médica continuaron sus tormentos y el desgraciado no encontró otra salida a los atroces recuerdos de su inhumana experiencia que el suicidio, de forma que a los pocos días se ahorcó de una viga en un chozo del pago de Las Zorreras, adonde su locura lo había ido llevando, marginando en soledad y aislamiento.


Francisco Ortiz oteó de nuevo el principio del camino. El esclavo Juan debía estar al llegar, el sol ya se había puesto. Quizá tendría que postponer su venganza hasta el día siguiente. Y de pronto, una voz a sus espaldas le hizo dar un respingo de sobresalto; se vovió conmocionado, pero al momento respiró aliviado: eran las familiares figuras de Tomé Hernandez, trabajador vecino de la Calle Real, de Antonio García, otro castillejano, y del vecino de Gines Juan Rodriguez, los cuales venían de Sevilla tras una agotadora jornada de trabajo.

sábado, 16 de mayo de 2009

Los esclavos 46

El padre de Juan, Ahmed Meddahi, mantenía a su familia mal que bien con las ganancias de un pequeño taller de artesanía del metal en un tranquilo arrabal de Argel; fue testigo en 1516 de la llamada de auxilio de los argelinos a uno de los hermanos Barbarroja, Arudj, para salvar al Islam de las garras de los españoles, y vivió el acontecimiento de la muerte de este intrépido corsario en el sitio de Tremecén dos años después. Conoció el cambio de moneda, ahora con la imagen del sultán otomano Selim I (padre de Soliman I el Magnífico). Cuando el 27 de mayo de 1529 el otro hermano Barbarroja, el no menos valiente Khayr Din*, tomó el Peñón de Argel, un fuerte español erigido a 300 metros de la playa, —en el verano de este año ayudó a la revuelta de los moriscos en territorio hispano—, el padre de Juan tenía que alimentar ya a tres hijos, dos niñitas bellísimas y nuestro futuro esclavo de Castilleja. Para desgracia del modesto artesano, en la formidable confusión que produjo la, por otra parte, fallida expedición de Carlos V a Argelia en 1541, un oficial de Andrea Doria tuvo, en la desbandada general de los españoles, la suficiente sangre fría como para hacerse con varias aterrorizadas familias de argelinos, a las que, cargadas de cadenas, embarcó y trasladó a España. Entre ellas estaba la de Ahmed Meddahi, mas la madre había quedado en Berbería y nunca más supieron de ella. Una vez en la península fue su joven hijo separado sin piedad de ellos y vendido en la calle de las Gradas de Sevilla. Cuando Bartolomé Perez lo tuvo en su poder, ya en su casa de la Plaza castillejana, mandó marcarle en la frente con un hierro al rojo vivo tres cruces sobre una línea horizontal que chamuscó las cejas del lloroso muchacho, en recuerdo del relato bíblico de las crucifixiones del monte Calvario. Desde entonces fue nombrado Juan, en recuerdo de un hijo de Bartolomé fallecido prematuramente en una devastadora epidemia de peste.
Superó el magrebí todos los avatares y contratiempos y fue, aparentando resignación y cumpliendo con fidelidad y tesón sus obligaciones, ganando confianza como se ganan escalones en el ascenso a la torre de una posición más desahogada, más humana y llevadera. Tampoco estaba solo. La población morisca, abundante en Sevilla y con especial presencia en los territorios bajo la administración de un señor como era el caso de Castilleja**, le sirvió de vital apoyo.
Por la calle abajo dejamos a Juan; lleva la espada desnuda bajo el brazo, sujetándola con una mano como sujeta un mariscal el bastón de mando, y con la otra tira del asno; sigue a hombre y bestia un tropel de gente expectante y silenciosa, formada por curiosos anhelantes por contemplar el cada vez menos frecuente espectáculo de un duelo a espada, turba sedienta de sangre, hambrienta de dolor ajeno, deseosa de participar en la emoción morbosa que la contemplación de la violencia produce en las almas de los seres inferiores, en sus propias almas miserables. El día muere, rojo por occidente, como anticipando en el puro reflejo en los cielos del atardecer un espectáculo de sangre que se presenta inminente, que ya se huele y palpa en el aire quieto y tenso.

* Un hijo de Khayr Din, Hassan Pachá, heredero del poder de su padre en el territorio argelino, fue amo y señor de cierto relevante madrileño, Miguel de Cervantes Saavedra, cuando entre 1575 y 1580 el que luego sería autor de El Quijote estuvo preso en la capital de dicho territorio y cuna de nuestro decidido y dispuesto a llegar a Sevilla a toda costa, el joven esclavo Juan.

** Los dueños de Señoríos y aristócratas en general se caracterizaban por su liberalidad frente al Estado o a la Iglesia en lo referente al espinoso asunto de las minorías hispanas. Judeoconversos y moriscos, importantes fuerzas productivas en todo caso, encontraban en estas especies de Cortes paralelas puerto seguro ante los intermitentes acosos a que se les sometía bajo las instancias de Religión y Monarquía. Y Castilleja de la Cuesta, entre dichos refugios, gozaba de una situación geografico-política de primer orden. Ya nos hemos referidos a dos familias afincadas en esta población y con antecedentes judíos: los Alfaro y los Franco.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Los esclavos 45

Vivía Francisco Ortiz con su padre a la entrada de Castilleja, donde nacía la Calle Real, y a su casa pensaron todos que se dirigía tras el episodio en la Plaza.
Juan, una vez que el capataz, bajo cuyas órdenes estaba, lo hubo tranquilizado como buenamente pudo y cuando con un par de cubos de agua dejó el cuarto de carne presentable, lo cargó afianzándolo bien y siguió el mismo camino que su jovenzuelo contrincante había tomado, hacia Sevilla, dando tirones del ronzal del burro y mascullando imprecaciones nervioso e irritado. Un poco antes de desembocar en el Camino Real se le cruzaron varias mujeres con atuendos de jornaleras que volvían de trabajar en el campo; las conocía y sabía que bromeaban continuamente en sus idas y vueltas, riendo y dando palmadas, pero en esta ocasión sus rostros estaban serios, y silenciosas lo miraban con fijeza. Se temió algo desagradable, y en efecto, su presentimiento tenía fundamento: las mujeres le avisaron de que Francisco Ortiz —todas ellas lo temían y odicaban— estaba al final del camino esperándolo, armado con una espada y dispuesto a todo.
Juan razonó, optando por la solución más lógica.
Volvió con su burro hacia la Plaza, a encomendarse al capataz. No podía en ninguna manera enfrentarse a alguien armado con solas sus manos, aunque se tratara de un muchacho.
Cuando Francisco de Aguilar tuvo noticia de la situación se rebeló, despotricando en voz alta ante todos los congregados en su puerta contra la Justicia del pueblo y contra todo lo divino y lo humano. En verdad las circunstancias parecían estar oponiéndosele, y no era probable que pudiera llevar a cabo el negocio de sus patrones, al menos durante lo que quedaba de aquella jornada, por culpa —pensaba— de un desvergonzado vago que no tenía mas afición que molestar e incordiar a diestro y siniestro las veinticuatro horas del día.
—¡Como no hay justicia en Castilleja, salen a los caminos a matar a los hombres! —gritaba enfurecido a todos.
Penetró en la casa al momento y se dirigió al esclavo, quien con las manos en la cabeza esperaba sentado en una silla:
—¡Toma! —le espetó descolgando de un clavo en el zanjuán una espada ropera* y acercándosela con determinación.
—¡Úsala! —le ordenó.
Juan levantó la vista y sus ojos eran interrogaciones. Pero de inmediato, contagiado del gesto firme del dominante y estricto casero, se irguió y agarró el arma, un ejemplar pesado y sólido de puño forrado con un torzalillo de hebras metálicas en entorchado, sobredorado por procedimientos químicos. Pareció al norteafricano su pavonada de azul guarnición —elemento que protege la mano— de pies a cabeza completa y acerada coraza.
La posesión de una espada era todo un símbolo; Covarrubias dice que era "la común arma de que se usa y los hombres la traen de ordinario ceñida para defensa y para ornato y demostración de que lo son". Mientras que en los campos de batalla se producía su decline debido a la extensión del uso de las armas de fuego, en la sociedad civil el instrumento había conocido un verdadero auge, reforzada su presencia en todos los estamentos sociales. Asuntos personales tan prestigiosos como el valor y el honor eran representados por el brillante acero a la cintura.
Se sintió Juan casi libre y ahorrado por una inefable corriente que a lo largo del instrumento parecía fluir por su brazo hasta su corazón, y no sirvió de nada la oposición y los lamentos de Isabel Rodriguez, mujer de Francisco de Aguilar, la cual llegó incluso a agarrar al esclavo intentando apoderarse del arma para tratar de impedir lo que bien podía acabar en una tragedia.
Inflado de orgullo y de arrogancia iba Juan cruzando la Plaza con la mirada al frente mientras le abrían pasillo los allí reunidos, mudos de admiración, muchos llenos de envidia y los viejos de añoranza recordando otros tiempos mejores cuando los antiguos valores caballerescos estaban mas presentes y aceptados. Trastocada la historia, el Cid Campeador en versión africana seguido de un pequeño Babieca de grandes orejas gachas y meditabundo bajo la pieza de carne que era acaso un monstruoso y cruel moro —o cristiano, en esta escena inversa— abatido de un tajo con la refulgente Tizona.

* Con el adjetivo "ropera" se denominaban las espadas de usos ordinarios y cotidianos, y llevadas con vestimentas civiles, en contraposición a las que usaban los militares. E. Leguina, en Glosario de voces de armería, Madrid, 1912, cita el Inventario de los bienes del Duque don Álvaro de Zúñiga, donde aparece por primera vez el término "ropera" aplicado en este sentido; documentos franceses de 1474 contienen rapiere con el mismo significado; y en Glosssaire Archeologique, II 1928: 287, Gay demuestra la utilización de la palabra desde el siglo XIII.

martes, 12 de mayo de 2009

Los esclavos 44

Era Juan un musulmán de Argel, de unos 25 años, alto y delgado, marcada al hierro la frente de una cabeza dolicocéfala que se erguía sobre un cuerpo fibroso y musculado como el de una palmera, y ágil y rápido como el de una serpiente; llevaba poco tiempo en Castilleja y no mucho en Sevilla, adonde llegó como casi todos sus desgraciados paisanos capturados en el norte de África, cuando bajo la férula de Barbarroja colaboraba, mas bien a su pesar, en la refortificación de su ciudad natal, Argel, tras la invasión frustrada de Carlos V en 1541.
Estaba oyendo —como las oía el clérigo Cristóbal— las risotadas en la Plaza mientras aderezaba un burro para cumplir la orden de su dueño, Bartolomé Perez, vecino de la dicha Plaza y hermano de Fernán Núñez, dos hacendados de mediana posición social en el pueblo.
Su tarea consistiría en llevar a la ciudad un cuarto de carne* que iba a constituir el principal manjar de un banquete a celebrar al día siguiente en cierta casa de familiares sevillanos de sus amos, a propósito de, creía, una boda. De forma que sacó el pollino a la calle y lo ató a la reja de una de las ventanas, mirando aprensivo con sus acerados y fríos ojos a la concurrida escena, a pesar de lo acostumbrado que estaba al espectáculo que se formaba frente a la casa casi todos los sábados. El esclavo se encontraba nervioso, tenso y de mal humor, quizá por un exceso de habas guisadas con una demasía de aceite de oliva, comida que había ingerido durante el almuerzo, aunque pensaba que, una vez en camino y rota la rutina que envilecía su vida, vería la vida de otro color.
Hallábase en la ocasión sentado en un madero que hacía las veces de banco apoyado en la fachada junto al burro Francisco Ortiz**, jovencito hidalgo de los de actitud insolente y conducta arrogante, quien, a falta de otra cosa más productiva que hacer, empleaba su tiempo libre en observar la animación de la Plaza a aquella hora de la tarde, y cuando el argelino Juan cargaba la sangrante mole de carne sobre el asno, testigo del titubeo con que patentizaba su inexperiencia manipulando semejante material, inestable del todo en el exiguo espinazo del excitado cuadrúpedo, encontró el desocupado hidalgo Francisco la ocasión propicia para proferir una de sus ingeniosas y malintencionadas puyas:
—¡Hijo de la puta, cabalga encima de la carne, y verás como no se cae!
Entre las conversaciones que imperaban en el lugar, Juan oyó la frase como con una claridad especial.
Sintió que se la habían gritado al oído.
Una oleada de ira lo invadió.
Dióse cuenta de que varios parroquianos, próximos lo suficiente como para oir la insultante recomendación, se habían quedado espectantes, atentos a su reacción.
Juan no encontró forma de controlar el arrebato de su enfurecimiento.
No iba a tolerar la humillación. Y le respondió como con voz de látigo:
—¡¡Más hijo de puta eres tú!!
Todos los presentes guardaron un silencio sepulcral.
Nadie esperaba semejante reacción.
Francisco Ortiz se levantó del banco. Estaba obligado, ante la multitud de testigos, a ofrecer una salida airosa y digna a la situación, y los sentimientos racistas apenas a flor de piel explotaron en él:
—¿Oído? ¡Al diablo este perro que con tanta soberbia habla! —Y añadió:
— ¡Reniego de la puta que te ha parido! — a lo cual repondió el esclavo:
—Y yo reniego de la puta que te ha parido a tí.
—¡Ten crianza! ¡Juro a Dios que lo has de pagar! —amenazó Francisco Ortiz fuera de sí.
Desde dentro de la casa alertado por el escándalo surgió Francisco de Aguilar, casero y capataz de los dos hermanos hacendados, interponiéndose de inmediato entre los contendientes. La pierna había caído al suelo polvoriento y el asno la coceaba asustado moviendo la cabeza con violencia.
Francisco Ortiz se fué calle abajo*** volviendo la cara y repitiendo sus amenazas:
—¡Juro a Dios que lo has de pagar!

* Un cuarto de carne. Debemos entender que se trataba de una pesada pieza, supuestamente una enorme pata trasera — incluída la carcasa de cadera y lomo— de una ternera o de un carnero grande.
Quarto. Se llama también una de las quatro partes en que suelen dividir las reses o animales. (Diccionario de Autoridades).

** Francisco Ortiz de Juan Guren contaba con unos 18 años al ocurrir este espisodio. Era hijo de Pedro Ortiz de Juan Guren, y nieto de nuestro ya conocido Diego Ortiz de Juan Guren, poseedor de un palacete en la Plaza. Por ello, por su edad y por su posición social, se explica, aunque en modo alguno se justifica, la actitud del joven. (Para su familia, ver "Bocetos del siglo XVI, 5).

*** Esta calle abajo sería la que hoy conocemos como calle del Convento, por el de franciscanos que se construyó en ella posteriormente, pero en el tiempo que nos ocupa no pasaría de la categoría de camino, trazado por los transeúntes que desde la Plaza iban a Sevilla o viceversa.

sábado, 9 de mayo de 2009

Los esclavos 43

Iba preocupado el cura, como solía estar todos los sábados. Aunque nunca pudo ser testigo de ningún caso directo, se encontraba bien informado por su red de espías y soplones de que en esas noches de acampada en la Plaza se cometían excesos de índole sexual, protagonizados especialmente por dos o tres castillejanas, de todos conocidas, que intentaban —y por lo regular siempre lograban— aumentar los exiguos ingresos con que mantenían sus hogares, gracias y en virtud de las remuneraciones que les producían los amorosos escarceos en los aledaños de la Plaza, cementerio del Carnerillo incluido.
Y lo del cementerio exige comentario aparte; ya en tiempos de los árabes en la Isbiliya musulmana hubo que legislar con dureza a las repetidas instancias de los vecinos que iban a diversos cementerios públicos de la capital a honrar a sus difuntos, puesto que tropeles de mujeres públicas habían elegido esos lugares para las ardientes y fugaces citas con sus clientes, de forma que no era raro casi tropezarse con las parejas que, entre las tumbas tumbados, se refocilaban practicando sexo comercial, y tampoco lo era despertarse a altas horas de la noche por culpa de los altercados y peleas que collevaba —y conlleva, por desgracia— semejante actividad. Todo lo cual obligó, como hemos dicho, a los legisladores a promulgar reglas que la prohibían. Merece la pena detenerse en los efectos que sobre el acto amatorio en sí podía tener semejante y tan antagónico escenario, puesto que era precisamente su excitante morbosidad la que colaboraba con las mujeres públicas coadyuvando a concluir sus faenas con más efectividad y menos pérdida de tiempo. La muerte, el vacío del más allá y la putrefacción de la carne tan junto a los cuerpos turgentes, a la sexualidad y a la vida enervaban a los hombres tanto y tan fuertemente que habían convertido a las frías y siniestras tumbas en las inmejorables aliadas de las prostitutas, y las ásperas emanaciones de la podredumbre junto a los aromas y perfumes de las hetairas en su mejor aliciente, como si la Muerte fuese, de ellas, la alcahueta más perfecta y eficiente.
Y en Castilleja de la Cuesta ocurrió ni más ni menos que lo mismo, especialmente los referidos sábados precursores de almonedas dominicales.
No era don Cristóbal hombre que se escandalizara con facilidad, sino que su desasosiego este día estribaba sobre todo en el afán y la necesidad de conservar su propio prestigio de guardián de las buenas costumbres ante los rígidos censores de la ciudad, aquellos vejestorios obsesionantes y exigentes que estaban por encima de él, ante los que tenía que rendir cuentas de su gestión más a menudo de lo que deseaba. Mas a esta su obligación uníasele buena dosis de esa curiosidad enfermiza de los hombres que no encuentran satisfacción completa a su líbido y que a modo de sucedáneo buscan desahogo en alimentar sus fantasías de alguna manera, y con este asunto sabático se le representaba material abundante e idóneo para sostener las típicas especulaciones onanistas de los religiosos.
Comentaba el trío de los chascarrillos, al paso a zancadas rápidas del clérigo Cristóbal Martin de Alaraz, lo acontecido en una de sus viñas dos meses antes (ver "Los esclavos 33 y 37"); Juan Perez, el principal actor en el altercado, y desterrado por dos meses de Castilleja como castigo, sintió como si un nubarrón se cirniera sobre su cabeza, pero pronto sus dos compañeros lo devolvieron a la alegría del regreso al pueblo.
El religioso, alto y seco, de barbudo rostro desarticulado, con una túnica negra y sobre los hombros una ligera capa corta de seda, blancas mangas de encaje y crucifico monumental sobre el hundido estómago, colgado del cuello con un largo cordón marrón, los miró de reojo con recelo, reconociendo por la raída y enorme gorra azul marino a Juan Rodriguez Guillén, uno de los peones que contrataba a menudo para cavar en La Huertezuela, y desapareció tragado por la oscuridad del portal del templo después de que, tras unos golpes en la puerta y una llamada a viva voz, el sacristán Francisco de Salamanca le franqueara la entrada.
Luego la tarde fué adquiriendo dulzura y una brisa movió las copas de los árboles. Sábado por la tarde. En el claroscuro tras la puesta de sol se pacificó el pueblo reflexionando en silencio, viejo que se vuelve, pensativo, hacia su alma.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Los esclavos 42

En el verano de 1550, un caluroso sábado de julio, con el tedio, la soñolencia y el hastío instalados en la Plaza y en las voluntades de los pocos castillejanos que vegetaban en ella, sentados en poyos o medio recostados junto a las casas, protegidos a la sombra menguante del mediodía se encontraban tres hombres que acababan de dejar el juego de los naipes en uno de los rincones frontero a la iglesia de Santiago. El cielo era una continuidad tan llena de luz que parecía todo él un inmenso sol sin límites; un perro dormitaba bajo el polvoriento pie de un arbolillo mezquino, último lugar al que lo habían relegado los malos modos de los parroquianos; los otros tres o cuatro árboles de la Plaza, de mayor entidad, prestaban frescor a algún arriero que otro, semiacostado en la albarda henchida de paja de su bestia a modo de colchón mientras ésta a su lado, moviendo las orejas espantaba moscas.
La mayoría de los que allí sesteaban y los que llegarían más entrada la tarde eran forasteros llegados al reclamo de las animadas almonedas que se celebraban los domingos a la salida de misa, en las cuales era fácil encontrar bienes y artículos de calidad a irrisorios precios; desde ventas de fincas y casas, de ganados o esclavos, de alcábalas o censos y tributos, hasta subastas de esquilmos de viñas, de cargas de frutas variadas, ofertas de carretadas de uvas o aceitunas, o de madera, ladrillos, cal u otros materiales de construcción, terminando por menajes y ropas, enseres, libros, pergaminos, útiles y herramientas, todo ello de recién fallecidos, de sentenciados por embargo, de cualquiera que deseara desprenderse de algo, previamente publicitado a voz en grito por los pregoneros de las diferentes villas y lugares. Corríase la voz por la comarca y muchos acudían dispuestos a esperar una noche interminable durmiendo al raso, no para tomar parte en la almoneda dominical en sí, en la cual participaban de forma casi exclusiva los vecinos y moradores conocidos y sus familiares, sino porque a rebufo de ella era la ocasión ideal de formar un mercadillo espontáneo y lleno de vida donde se apalabraban ventas y trueques de caballerías menores y ganado doméstico —gallinas, cerdos, conejos—, o de menudencias y chucherías en poca cantidad y al margen de los controles burocráticos, prescindiendo así del testimonio de los escribanos, sumamente meticulosos y detallistas con las pujas en la venta oficial y por añadidura gravosos para la economía de los pobres.
El panorama dominical lo completaban la clásica familia acomodada, de visita, observadora y distante, los vendedores ambulantes, canasto al brazo, la cuadrilla de ladrones especializados en cortar bolsas, el charlatán sacamuelas que actuaba in situ, portando sus remedios e instrumental en las angarillas de un borrico más allá que acá y, en ocasiones, un juglar recitador de romances que se acompañaba con una vihuela desacordada, o un grupo de gitanos malabaristas con cabra incluída.
Pero volvamos al sábado. El trío de jugadores optó por iniciar, para matar las interminables horas, una ronda de chistes a cuyos relatos tan aficionados son los meridionales ibéricos. Francisco, hombre de mediana edad, obeso, pálido y sudoroso, calvo, de ojos enterrados en grasa y boca desdentada, tenía especial gracia refiriéndolos, por lo que sus dos compañeros le prestaban entregada atención. Contaba:
—Uno que era tuerto de un ojo topó una madrugada, cuando quería amanecer, a un corcovado, y díjole: "Compadre, de mañana habéis cargado". Respondió el corcovado: "Por cierto, sí: es de mañana, pues vos no tenéis abierta más de una ventana".
Y reían a mandíbula batiente, haciendo volver la cabeza a los congregados.
—A un corcovado preguntóle uno: "¿De adónde eres, corcovado?" Respondió: "De las espaldas".
Y las risotadas crecían en intensidad. Francisco carraspeó, haciendo memoria mientras sus camaradas lo miraban con expectación:
—Un caballero muy chiquito, yendo camino, adelantóse de sus criados. Preguntaron los mozos a un caminante si iba lejos un caballero. Respondió: "Ahí adelante topé un caballo que llevaba un sombrero sobre el arzón y unas botas colgando de la silla".
Y tuvo que esperar un rato a que los dos amigos se hubiesen sosegado y limpiado las lágrimas con las mangas de las camisas. Empalmó con otro:
—Estando en la Giralda de Sevilla, do se ve la huerta del Alcoba, que tiene muchos naranjos con gran número de naranjas, dijo que parecían espinacas con garbanzos*.
El cura de la iglesia de Santiago oyó el estruendo de risas desde la Calle Real donde tenía su vivienda, al salir de ella hacia el templo.

* La comparación de un naranjal en la lejanía con semejante plato de comida es idónea y apropiada, pero para "saborear" el sentido de burla laicista del chiste hay que considerar que las espinacas con garbanzos constituían la alimentación típica y acostumbrada —diríase obligada— en los días de abstinencia de comer carne marcados por la Iglesia Católica.

sábado, 2 de mayo de 2009

Los esclavos 41v

El profesor Juan Gil en "Los conversos y la Inquisición sevillana" nos ilustra sobre los pormenores de la adquisición del monumento funerario:

El éxito obtenido por el mariscal [Diego Caballero]1 animó no ya a su familia, sino a otros conversos a imitar su ejemplo. En su testamento, otorgado el 9 de agosto de 1563, el mercader Rodrigo Franco instituyó dos capellanías, dejando de dote de las mismas una bonita suma: nada menos que 8.000 ducados que tenía en su casa guardados en un cofre de hierro. Los albaceas, el bachiller Juan Perez de Santaella, cura del Sagrario, Fernando Diaz y Alonso Franco (el hijo de Rodrigo), cumplieron con rapidez la manda del difunto. A este efecto compraron una casa a Antonio de Gibraleón2 en la collación de San Isidoro por 3.825 ducados el 18 de noviembre de 1564 (A.C.S., Sección IX, c. 66, nº 4), casa en la que después vivieron hasta 1621, fecha de su muerte, Gabriel Talier y Dª Francisca de Venduilla (A.C.S., Sección IX, c. 66, nº 5).. El 2 de enero el cabildo aceptó la dote y señaló como capilla una de las pilas de los Alabastros, a la mano izquierda del coro, cuya advocación era de Nuestra Señora de la Estrella; y como ya estaba labrada, pidió a los albaceas el pago de 1.000 ducados, la suma que podría haber costado su fábrica, en vez de los 300.000 maravedíes que ofrecían. El consentimiento de los albaceas fue comunicado al cabildo el 21 de enero de 1566 (A.C.S., Sección I, libro 28, f. 196v, 203v). Cf. Gestoso, Sevilla, II, p. 277.. A cambio de tantos dineros, el cabildo se comprometió a cantar 25 misas al mes por el alma del fundador, Rodrigo Franco, de su hermano, Antonio Lopez, y de sus padres (A.C.S. Sección IX, c. 68 nº 1; Sección II, ms. 1477, Libro Blanco, I, f. 221r.); por otra parte, la capilla de la Estrella se convirtió en mausoleo familiar donde se habían de enterrar los hijos del mercader, Alonso Franco y Juana Lopez, como estipuló una de las condiciones: "Yten que puedan poner en la dicha capilla un letrero en la forma acostumbrada en que se diga e declare cómo es capilla y entierro del dicho Rodrigo Franco y de sus herederos y successores". En la misma capilla instituyó otra capellanía un miembro de la misma familia, Fernando Diaz Franco, por su testamento del 26 de abril de 1581. El testador nombró capellán a su hijo Francisco; mientras éste no fuese de misa ni sacerdote, dispuso que fuese capellán el que nombrase Alonso Franco, su sobrino, albacea (A.C.S., Sección IX, c. 1, nº 4).

1.- También el mariscal Diego Caballero, acaudalado comerciante enriquecido con negocios en Indias, poseyó hacienda y tierras en Castilleja, de cuyos detalles y circunstancias vamos a ir conociendo en próximos capítulos. El "éxito" al cual se refiere Juan Gil es que consiguió Caballero capilla en la catedral a pesar de sus inconfundibles orígenes conversos, los mismos que los de nuestros Franco.

2.- Para este Antonio de Gibraleón ver el capítulo anterior, "Los esclavos 41u".

viernes, 1 de mayo de 2009

Los esclavos 41u

Rodrigo Franco, victorioso de la ensalada de palos, pudo pasear por el pueblo el resto de sus días con la mirada desafiante y el pecho abombado tras el dictamen de la Condesa.
El lunes 3 de noviembre de 1558 (Bautismos 5) actuó de padrino en el bautizo —a manos de Rodrigo de Cieza— de Francisca, hija de Simón Garcia y de su mujer (no consta el nombre), junto a un su sobrino (sin que conste el nombre tampoco), al cual sobrino imaginamos hijo de su hermano Antón Lopez, y junto a otro padrino, hacendado de Castilleja llamado Antonio de Gibraleón y muy allegado a la familia de los Franco.
Y el domingo 1 de agosto de 1568 (Bautismos 15) el dicho Simón Garcia y su capataz fueron padrinos en el bautizo de Diego, administrando el agua el clérigo Luis de Figueroa; el recién nacido Diego era hijo de Francisca y de Garcia, esclava y criado* respectivamente de Alonso Franco. Para entonces, con toda seguridad Rodrigo Franco había pasado a mejor vida, porque, tal cual dijimos, el viejo mercader hizo testamento definitivo en 1563, el día 9 de agosto.
Instituyó una capilla en las tenebrosas profundidades de la catedral hispalense, ese monstruoso amontonamiento de siniestras piedras, nido de pajarracos y lechuzas que simboliza la enfermiza intolerancia y el patológico fanatismo que, como freno a las fuerzas creativas de la sociedad, ha enraizado desde hace siglos en nuestro planeta para desgracia de las personas razonables.
Bajo sus húmedas y amenazantes bóvedas quien esto escribe indagó con la intención de refrendar los datos documentales; en efecto, horrorosa en su estilo, hay una fantasmal capilla denominada de la Virgen de la Estrella, medio escondida tras el coro y tan mal iluminada que los angelotes tallados en las pálidas piedras de sus laterales y techumbre más parecen amarillentos fetos abortados por fuerzas demoníacas en las torturadas mentes de quienes los diseñaron que alborozados infantes celebrando la partida hacia la gloria del titular del antro; recargada de ornamentos negruzcos, pinturas tiznadas, candelabros retorcidos y mármoles maníacamente enrevesados, se encuentra presidida por una virgen desvelada con carga lactopedaleante, de cuyas formas subhumanas y de cuyas estridencias cromáticas nos libera, afortunadamente, la casi nula luz y el de ultratumba débil resplandor. Ilegalmente fotografiada pese a la severa advertencia de una señorita guardia de seguridad uniformada que se ganaba un jornal en aquella especie de amplio manicomio, una placa tras los barrotes de la pesada cancela que aprisiona el esperpéntico monumento con que Rodrigo Franco castigó el sentido estético de las generaciones futuras, nos revela en castellano e inglés:

1. Arquitectura gótica (exterior) y plateresca (interior) de alabastro. Capilla fundada por Rodrigo Franco en 1566.
Rodrigo de León carved the alabaster and reliefs of the interior and front of the chapels. The chapel was founded by Rodrigo Franco in 1566.
2. Virgen de la Estrella (hacia 1566), en un retablo rococó datado hacia 1770.
Rococo reredor endowed in 1770 and figure of the Virgin of the Estrella (circa 1566).
3. Reja diseñada por el arquitecto Hernán Ruiz Jiménez y por el rejero Cosme de Sorribas (1568), fue realizada por Pedro Delgado.
The grille was executed by Pedro Delgado following the designs of Hernán Ruiz and screen maker Cosme de Sorribas (1568).

Al tiempo de la visita fluían por los amplios corredores abigarradas corrientes cosmopolitas de turistas liberales que buscaban en el tétrico ambiente, a modo de revulsivo, el contraste con la vida y la belleza que se respiraba fuera del repelente recinto, y mientras, en el espacio acotado frente al altar mayor, una oscura y silenciosa masa de feligreses soportaba la arenga espeluznantemente amplificada por los altavoces que un curilla casi invisible en un púlpito vociferaba, instando en cierto momento a "no comportarse como gallinas" frente a los ataques del laicismo desaforado, todo adobado con unos rotundos adverbios de negación —"¡¡no..., no..., no...!!"— espaciados y sonoros como cañonazos de aviso en el fondo de un barranco. En el centenar de efigies congregadas, un anciano de antiguo traje y cabeza tronchada destacaba en la primera fila, ofreciendo al ridículo orador su calva reluciente con el ademán resignado del estoico que muestra un cráneo como quien enseña una sabia respuesta a las angustias e inquietudes humanas, pregonando mudamente con él: "todos así dentro de cien años".

* Un criado podía ser o bien un empleado libre, a sueldo, o en muchos casos, un esclavo puro y duro. Se utilizaba el término indistintamente.

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...