sábado, 27 de junio de 2009

Los esclavos 62

Juan Martin había bajado los zaragüelles* al joven y le manoseaba los glúteos. Zumbaban las moscas y a través de las hojas de las centenarias higueras el sol parcheaba las pieles morenas, sudorosas bajo la tensión del momento, dando a los dos esclavos con su irreal luz aspecto extraño de seres fantásticos. Era Juan Martin** hombre de unos cuarenta años, de aspecto gorilesco, de constitución musculada como dichos antropoides, y de su misma torpe moción. Poseía unas fortísimas manos, como tenazas, y en el rostro una nariz que acusaba todas las características de su etnia, casi tan ancha como la boca y de aletas tan remangadas que se podían adivinar las fauces al fondo de sus velludas fosas rosadas. Usaba con el joven Antón palabras amistosas en un tono bajo y meloso, a veces quebrado por la excitación.
Había dejado su propio cinto colgado de una rama; remachada burdamente a él una rozada funda de cuero, medio descosida, guardaba un calabozo con agrietado mango de madera moteado de taladrillos de carcoma aquí y allá, y con una ancha hoja espejeante, pulida por el uso.
La intención de Juan Martin era penetrar al muchacho, Antón. El cual rondaba los veinticinco años y se encontraba herrado en tobillos y cuello con gruesos aros, señal de estar sufriendo algún castigo por parte de su dueño; era delgado y de color tan atezado como el de su pareja. Se dejaba dominar. Los dos sabían a qué habían venido desde la Calle Real hasta el escondite en la hondonada. Juan, percibiendo que había llegado el momento, se dispuso a iniciar la culminación del acto cuando el zumbido de las moscas sobre los excrementos, algunos recientes, dejó lugar a unas lejanas voces y a un redoble remoto de cascos de caballos.

Los labriegos de la viña alzaron sus torsos al sentir a los jinetes. Cuando los de la Santa Hermandad hacían acto de presencia en el campo la ritualización de los comentarios de los sencillos jornaleros era inevitable, como si una necesidad suprahumana y preestablecida los obligara a pronunciar fórmulas heredadas, salmodias mecánicas, añejas fraseologías que, como en todos los actos rituales, funcionaban como insignias verbalizadas cohesionadoras del grupo. En el fondo, muy encubierto a la conciencia, latía el miedo ancestral del rebaño:
—Ahí tenemos a los Mangasverdes.***
—Más vale tarde que nunca.
—Francisco trae el pincho al modo judezno. Se echa de ver hasta en eso que es mohatrero en más de la mitad.
—Más que Caifás, el bellaco de él.
—No, hombre. Es que a Su Señoría le duelen los riñones.
—¿Será de montar a su mujer? O al menos de intentarlo.****
Rieron todos, bajando las cabezas para disimular.
Alguien, al otro lado de la reguera, señaló a los caballistas el grupo de árboles, y hacia él se dirigieron a medio galope enristrando las ballestas, seguros de poder capturar a sus presas.

* Zaragüelles. (Del árabe hispano saráwil, este del árabe clásico sarāwīl, y este del arameo sarbāl[ā] o sarbēlā o sarbalā). Masculino, plural, coloquial. Calzones muy anchos, largos y mal hechos. RAE.
Alonso de Ercilla en su poema épico La Araucana, II, 268, usa la forma singular, zaragüel, con el mismo significado.

** Con toda probabilidad el esclavo habia recibido el apellido Martin del conquistador Martin de Alfaro, considerando el parentesco que éste tenía con su ama, doña Luisa (ver la nota primera del capítulo anterior). Familia de doña Luisa era doña Leonor de Alfaro, que disfrutaba de posesiones en Castilleja, al menos a principios de 1547 —año de, dicho sea de paso, la muerte de Hernan Cortes—, tal y como lo demuestra un documento de obligación de dote otorgado el martes 8 de febrero de dicho año "en esta Villa [de Castilleja de la Cuesta] estando dentro de la huerta de doña Leonor de Alfaro, que es dentro del Señorío de esta Villa". Entonces actuó de testigo un Francisco de Alfaro, vecino de Sevilla, sin duda otro miembro de la familia.
¿Se encontraba el higueral refugio de los esclavos en esta huerta? Todo parece indicar que sí.

*** Las mangas verdes del uniforme de los cuadrilleros dieron lugar a la expresión "a buenas horas, mangas verdes".

**** Recuérdese que la esposa del Alcalde de la Santa Hermandad, Isabel Rodriguez, se encontraba embarazada, y que era objeto de comentarios acerca de su discutible fidelidad (Los esclavos 59). De Isabel Rodriguez sabemos también que en determinada época se dedicó a la venta de pan, según se echa de ver en un pleito que le formaron los Regidores del Concejo, quienes la acusaron de falta de peso en sus hogazas, las cuales hacía traer desde Sevilla cada día muy temprano para comercializarlas en la casa de la Plaza. El documento está muy deteriorado:
En la villa de Castilleja de la Cuesta en viernes 14 de mayo de 1557 ... Juan Millán y Juan ... , Regidores de esta dicha villa pesaron cierto pan que hallaron ... del cual dicho pan hallaron seis hogazas y media, que cada una de las dichas hogazas oblongas ... la falta que de ellas hallaron los dichos señores Regidores lo tomaron por perdido, y para darlo a quien le pareciere darlo con ... y justicia, y asimismo mandaron los dichos señores Regidores y los señores ... para se ... Isabel, mujer de Francisco de Aguilar, porque no cumplió ni ha cumplido el mandado que le mandó el señor Juan de Vega, Alcalde Ordinario de esta dicha villa1, y el señor Juan Millán, Regidor, porque son informados los dichos Regidores que el pan que hallaron falto le condenan por perdido de la dicha Isabel ... dicho pan ... Martin de Santana y Juan M... , vecinos de esta villa.
Y los dichos señores Regidores les dieron parte a los señores Bernabe Martin y Juan de Vega ... dichos dos juntamente apliquen el dicho pan a las ... que mejor les pareciere que se deba dar.
Y luego, estando juntos los dichos señores ... inspectores, mandaron repartir el dicho pan por los pobres que más necesidad tengan en esta dicha villa.

1.- Fue precisamente un mes después de este pleito cuando a Juan de Vega le propinaron los Franco y sus esclavos la paliza, motivada por su oposición a los vertidos de lía en plena calle ("Los esclavos 7" y siguientes), la cual paliza imaginamos que debió consolar a Isabel de alguna manera, tan reciente como estaba la requisa de su pan.

sábado, 20 de junio de 2009

Los esclavos 61

En la viña hay media docena de labriegos, quizás mas. Ya llevan varias horas encorvados sobre la tierra, semiocultos entre los frondosos liños, rozando la reseca costra a sus pies con el filo de las azadas que cantan al chocar con los menudos guijarros.
Uno de ellos se yergue para restañar el sudor que le escuece en los ojos, y cuando se aclara la vista con el mugriento pañuelo de rostro divisa hacia la hondonada del camino de Albarjáñez dos figuras huidizas.
—Allá va un par de morenos —avisa con cierta desgana, aunque la suficiente para hacer que los demás miren mecánicamente, con escasa curiosidad, centrados más en dar un descanso a las doloridas vértebras del espinazo.
—A robar ciruelas.
—No. Ésos van a jugar al metesaca, conozco al de atrás, es de Gines, de la viuda de Morillo.
—¡Ah, sí! Es el criado de doña Luisa*, que le gustan las vergas en demasía.
—¿A quién? ¿a doña Luisa o al negro?
—A ella más, me parece a mí.
—Quien mucho traga, mucho caga**.
—Mas que ir, parece que vuelven. Fijáos en el costal que lleva el chico.
Los negros desaparecen entre los matorrales que orlan un bosquecillo de higueras incultas, entre las que suelen dar de vientre los campesinos y pastores de la zona; los labriegos se desentienden de los esclavos, volviendo a sus labores; ni les va ni les viene, como están desposeídos de todo, que roben o dejen de robar fruta de árboles que distan mucho de ser suyos, además de que ninguno de ellos hace ascos tampoco a hacer una incursión nocturna para cargar unas seras de higos ajenos, o a retorcerle el cuello a una gallina del vecino en un momento de descuido.
La mañana de primavera despliega en el campo toda su panoplia de colores, aromas y sonidos armoniosos. El amanecer había sido grandioso, con el preludio de un toldo cárdeno foscamente empedrado extendido en una curva amplia hacia la serranía del norte y una maraña de vedijas de oro envueltas en dulce luz celeste por la parte atlántica. Poco a poco el astro rey cual forjador silencioso había ido rosando y tostando los averdugonamientos ñublosos de la etérea manta hasta convertirlos en un incendio espectral, aterciopelado, que tiñó de melancolía el paisaje saludado por los interminables trinos de infinidad de pajarillos. Abriéronse las flores. Los animales de los establos roznaban, balaban, mugían, relinchaban, solicitando con urgencia la colación matutina. Kikiriquíes limpios y acerados taladraban la brisa. Por la calle los primeros chirriares de goznes de portones y los primeros saludos vecinales rompían la pared intangible de los sueños desabrochando al mundo las mentes recuperadas. Balbuceos de recién nacidos, maullidos de gatos, quejidos de enfermos. La cubeta baja al pozo raúda como un proyectil, estallando sorda sobre el subterráneo espejo que queda hecho añicos revoltosos en la fresca profundidad. La vaca vuelve la cara espantando a orejazos nerviosos las moscas tempranas mientras manos hábiles y precisas estrujan sus ubres reventonas. En los ponederos las generosas gallinas se esfuerzan entregando a la rubia paja sus redondeadas y cálidas dádivas.
Van regresando como viajeros vagantes de un nocturno y mágico periplo los recuerdos del día anterior, y cada castillejano abriendo su alma los recibe y da por suyos, y esboza los programas que llenaran de actividad y movimiento el día que acaba de nacer.

* Doña Luisa de Alfaro, viuda del Bachiller Morillo y vecina de Gines, era familia de Martin de Alfaro, el cual requería de tarde en tarde al esclavo en cuestión para llevar a cabo alguna que otra tarea en su mesón de la Calle Real. Fue en dicho mesón donde se patentizó la tendencia homosexual del criado, que era en realidad vía de escape ante la falta de oportunidades con mujeres, y precisamente con el cavador que hace el comentario había mantenido dicho esclavo varios escarceos amorosos, por lo cual el referido cavador tenía suficientes elementos de juicio para hablar tal y como hablaba.

** El tan de mal gusto refrán es recogido por Gonzalo Correas en su "Vocabulario de refranes y frases proverbiales" (1627).

jueves, 4 de junio de 2009

Los esclavos 60

Con la creación de la Santa Hermandad Nueva el 6 de abril de 1476 en las Cortes de Madrigal los Reyes Católicos dispusieron de una herramienta perfecta, un instrumento militar, un esbozo de ejército popular permanentemente a su servicio exclusivo y al del Estado que pretendían formar. Diseñada para combatir a los nobles rebeldes y a sus protegidos y servidores los forajidos y bandoleros, el 19 de abril de dicho año aprobaron Isabel y Fernando el Ordenamiento, que recogía otras normas legislativas anteriores elaboradas desde el siglo XI para otras hermandades de idéntica función policial, aunque ahora ya más suavizadas; se mantuvieron la forma de llevar a cabo las sentencias de muerte, a flechazos de ballesta en campo yermo (abolidas en 1532 por Carlos V y sustituídas por la horca), la elección de alcaldes semestralmente en poblaciones de más de 30 vecinos, y la preponderancia sobre otros poderes judiciales, estando éstos obligados a atender las reclamaciones de los Santos Hermanos en cuanto a entrega de presos. Los delitos o "casos de Hermandad" eran asalto en los caminos, robos de muebles o semovientes en despoblado, muerte, herida, e incendio de mieses, viñas y casas también en despoblado.
Los comerciantes laneros de Burgos y de otras ciudades castellanas, por otra parte, exigían, para efectuar su productivo comercio, estabilidad social, orden público y seguridad en los caminos, de manera que, complementándose los intereses de la Monarquía y los de esta nueva clase social en alza, se logró rebajar con el marcial dispositivo los índices de delincuencia a niveles desconocidos en el país.
En Castilla pronto consiguióse consolidar la institución, pero no así en Andalucía: el Rey comisionó a Alonso de Palencia y al doctor Rodríguez de Lillo para intentar convencer a los sevillanos de la importancia de implantar en estas latitudes el cuerpo policial, pero la oposición tenaz del duque de Medinasidonia, respaldado por las autoridades locales y por el poderoso grupo de conversos, los obligaron a huir a Carmona. En Córdoba les ocurrió a los emisarios reales prácticamente lo mismo. Nadie quería contribuir ni monetariamente ni con soldados. Sustituidos los dichos emisarios por Pedro de Algaba y Juan Rayón, Medinasidonia transigió siquiera en las formas, pero hasta que la Reina viajó a estas tierras no se pudo superar la oposición de los andaluces.
Utilizada de forma abusiva como cuerpo de ejército durante la Guerra de Granada (y también en intervenciones bélicas en Nápoles y en otros lugares de Italia), el vacío que dejó en los campos españoles propició que los caminos volvieran a infectarse de forajidos y delincuentes, hasta que en junio de 1498 quedó disuelta por completo, aunque solo para volver a renacer casi de inmediato. Luego el intervencionismo borbónico la hizo languidecer y entrar en crisis hasta que la convirtieron casi en una institución honorífica, y, por fin, el Decreto del 7 de mayo de 1835 significó para ella la sentencia final.
Hasta la segunda mitad del siglo XX se ha intentado demostrar por parte de una gran mayoría de historiadores un vínculo fehaciente y concreto entre la Santa Hermandad y la Guardia Civil, —creada ésta diez años después de la disolución de la primera—, vínculo cuya inconsistencia ha quedado en estos últimos años suficientemente probada: no hay referencias documentales que lo sostengan. Pero apuntamos, a riesgo de caer en divagaciones insustanciales, que el organizador de la Benemérita, el duque de Ahumada, no la sustentó ideológicamente de la nada a golpes de varita mágica, sino que miró atrás en la historia y se asesoró cumplidamente para llevar su propósito a la realidad; y de igual manera apuntamos que el espíritu que movía a aquellos crueles cuadrilleros incultos, la mentalidad de servicio al poder en base al miedo que suscita, eso tan sutil y tan imposible de expresar pero a la vez tan real y palpable como es el psiquismo humano cuya arquitectura de debilidades sobrevuela, inmiscible con ellos, los documentos y los tratados, esa herencia que es un lastre y una cruz, pervive y se desarrolla aleteando en las motivaciones y actitudes de los cuerpos policíacos de represión y control de hoy día.
De forma que muy bien podríamos calificar a Francisco de Aguilar, mutatis mutandi, de Comandante de Puesto de la Guardia Civil de Castilleja de la Cuesta, cuando con la misma espada con la que armó al esclavo argelino Juan en la Plaza de la Villa aquel año de 1550, ahora en 1558 y en sábado 30 de abril, respaldado de sus cuadrilleros atendió, como Alcalde de la Santa Hermandad de esta dicha Villa que era, una llamada de emergencia.
La llevaba este dicho día —la espada— a modo de bandolera con el tahalí*, por los continuos dolores lumbares que le producía portarla a la cintura con el talabarte** al uso.

* Tahalí. Una especie de banda ancha de cuero que cruzaba pecho y espalda desde el hombro y permitía llevar la espada colgada a la altura de la cintura en el lado opuesto. Se considera esta forma de suspensión del arma de procedencia árabe, y desde luego la usaron los hispanomusulmanes, tal y como puede verse en diversas pinturas de la Sala de los Reyes en la Alhambra granadina, en donde aparecen varios personajes utilizando el tahalí, al igual que en un grabado en plancha de madera utilizado por el fraile dominico Riccoldo de Monte di Croce en su Improbatio Alcorani, obra impresa por el pionero en esta técnica Stanislaus Polonus en Sevilla en el año 1500, en el que varios barbudos monjes con enormes turbantes y amplias sotanas, estudiando mahometanismo ante un profesor que atiende sus inquisiciones tras un elevado atril, portan sus espadas de esta manera. En El Quijote leemos en referencia al hidalgo demente: "ciñóse su buena espada que pendía de un tahalí de lobos marinos, que es opinión que muchos años fue enfermo de los riñones".
Un cincho o cinto ancho que cuelga desde el ombro derecho hasta lo baxo del braço izquierdo, del qual oy día los turcos cuelgan sus alfanges, y muchos de los nuestros, enfermos de los riñones por hazerles daño la pretina [talabarte], cuelgan las espadas de los tahalíes. También los usan los ginetes de la costa, y ni más ni menos los vandoleros, porque cuelgan dellos los pedreñales [arcabuz pequeño que se dispara con pedernal]. Dizen ser vocablo arábigo, de tahalirq, que vale tanto como colgadero. (Tesoro de la Lengua, Covarrubias).

** El talabarte, sistema de correajes y hebillas intermedio entre la espada y el cinturón, era fabricado por especialistas, "maestros de hacer talabartes", y en Sevilla destacaron por esta época Francisco Muñoz, Diego García y Juan Cabrera, mencionados por José Gestoso; algunos estampaban su firma en sus obras, al igual que los espaderos lo hacían en las hojas que fraguaban. Se fabricaban los talabartes de cuero de vaca, de cabra, de cordobán, de ante, de lobo marino (como vemos en la anterior cita de Cervantes), y los mas lujosos iban forrados de terciopelo o seda, o decorados con ramos metálicos, metales dorados o plateados, entorchados de oro, remaches pavonados, etc.
De obligado recuerdo es mencionar que el padre del célebre filósofo Inmanuel Kant era talabartero de oficio.

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...