domingo, 26 de julio de 2009

Los esclavos 68

Las carnicerías eran una fuente de conflictos para sus obligados, según se desprende de la enorme cantidad de pleitos que a ellas se refieren. Dichos obligados o arrendatarios, como mayores postores en las almonedas que para su usufructo se llevaban a cabo al principio de cada año, se hacían cargo de su funcionamiento y dirección. Los establecimientos pertenecían al Conde de Olivares y a él o a sus mayordomos y contables había que rendirles cuentas.
Los conflictos y pleitos en cuestión tratábanse en especial de quejas vecinales por precios excesivos, por engaños en el peso, por desvío de los productos cárnicos en provecho privado, o por no cumplir las ordenanzas en lo que a limpieza de mataderos y despachos se refiere. También se producen por expedición de carne en malas condiciones, en especial procedente de animales muertos por enfermedad. Algunas veces, por el contrario, eran los encargados los perjudicados, sobre todo cuando en época de carestía no encontraban ganado con que satisfacer la demanda del pueblo, y perdiendo así dinero veíanse obligados a solicitar al Concejo un porcentaje extra sobre el precio de cada libra vendida, para mantenerse. Tras fuertes sequías exponían los angustiados arrendatarios a las autoridades que habían recorrido toda la provincia sin encontrar reses que poder comprar, o que debido a la poca extensión del término de Castilleja no podían criar ganado productivamente, teniendo que recurrir a términos vecinos. Se daban casos de robo de ganado, como por ejemplo cierta mañana, cuando los carniceros descubrieron que se habían llevado —aprovechando los ladrones la oscuridad de la noche— una docena de cerdos del matadero, los cuales iban a ser sacrificados aquel día.
Como hemos apuntado, al principio de cada año se llevaba a cabo la puja, en una ceremonia en la Plaza a voz de pregonero y con el escribano dejando detallada constancia del acto. En sus documentos se especifican las obligaciones o condiciones que el adjudicatario tenía que comprometerse a cumplir durante los doce meses del contrato. Hemos transcrito las que se redactaron en el año 1546 por estar en inmejorables condiciones de conservación y legibilidad y porque valen para toda la época, ya que no cambiaban sustancialmente de año en año:

Condiciones del Concejo de esta Villa de Castilleja de la Cuesta para el arrendamiento de las carnicerías desde el mes de enero hasta el mes de diciembre de este año del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de mil y quinientos y cuarenta y seis: 1ª, dar fianzas en personas con bienes raíces en esta dicha Villa, y que sean a contento de los Señores Alcaldes Ordinarios; 2ª, dar buenas carnes de carnero, vaca y puerco, a su tiempo, como es costumbre en esta dicha Villa; 3ª, traer cada sábado la fé del precio de carnero y puerco en la ciudad de Sevilla para el sábado y el domingo, y el domingo por la tarde traerla para el lunes y el martes, y el martes por la tarde traerla para el miércoles y el jueves, so pena de que el Concejo envíe por las fés a dicha ciudad de Sevilla a costa del arrendador; 4ª, no pesar carne mortecina ni coytral1 ni enferma, so pena de seiscientos maravedíes para la Cámara de Su Señoría; 5ª, pagar el arrendamiento de cuatro en cuatro meses; 6ª, pesar la carne de vaca al precio de la ciudad de Sevilla; 7ª, limpiar las carnicerías y su matadero cada sábado, so pena de un real de plata para la Cámara de Su Señoría; 8ª, dar carne abasto todos los "días de carne", so pena de tres reales por cada día que no dieren, excepto si fuere jueves o víspera de vigilia u otro día que faltare carne a más de cinco personas; 9ª, tener la carne muerta cuando rriere2 el día, so pena de dos reales para la Cámara de Su Señoría, y al amanecer comenzar a pesar a todos los que quisieren carne; 10ª, dar las fianzas en cinco días después del remate, so pena de volver las carnicerías a almoneda, y si no se arrendaren, pena de pagar las quiebras y el menoscabo de las rentas. Dado en esta dicha Villa de Castilleja de la Cuesta, 21 de diciembre de 1545.

1.- Aunque en el manuscrito leemos "coytral", debe ser "cotral", que contempla el Diccionario de Autoridades como el buey cansado y viejo, que se aplica para la carniceria. Es voz mui común en Castilla, y la trahe Nebrixa en su Vocabulario. Latin Bos vetulus, rejiculus.
El adjetivo moderno cutral aplicado a una res bovina lo expone la Real Academia de la Lengua con el mismo significado, haciéndolo provenir del latín culter, -tri, cuchillo. Corominas se refiere al antiguo cuitre que conservaba el significado de cuchillo.

2.- Este extraño riar [o rier] quizá sea forma verbal del sustantivo rey en la acepción que recoge el Diccionario de Autoridades: En la Germanía significa el gallo. Juan Hidalgo en su Vocabulario. Latín, Gallus gallinaceus.

Este dicho día hizo su oferta ante el Alcalde Ordinario Juan de Santana un cortador de carne* llamado Francisco Martin, con 40 ducados, ante los testigos Pedro Sanchez Vanegas y Juan Diaz. Una semana después, el día 27, pujó el arrendatario saliente, Juan Gonzalez Vohón, que puso el precio en 42 ducados. El día 31, último del año, Francisco Martin elevó la oferta a 44 ducados. El viernes 1 de enero de 1546 en la Plaza pública ante los Alcaldes Ordinarios Juan de Santana y Juan Verde dijo a altas voces el pregonero del Concejo de Tomares Diego Jiménez Soriano a los allí congregados que daban 44 ducados por la renta de las carnicerías de este año, para quien quisiese pujar, y el vecino de Sevilla Juan de Miranda ofreció 50 ducados, siendo de ello testigos Lorenzo Sanchez, Francisco Gutiérrez, Alonso de Trujillo y otros muchos. Inconcebiblemente, a una nueva pregunta del pregonero el mismo Juan de Miranda sin esperar ni dar tiempo a nadie a pujar elevó su propia oferta a 60 ducados, mas 2 de prometido**. Los Alcaldes ordenaron al pregonero que avivase la voz anunciando la nueva oferta de 60 ducados. Como era de esperar nadie hizo mejora y quedaron adjudicadas al dicho Juan de Miranda, mas de inmediato efectuó traspaso de ellas al obligado del año recién terminado Juan Gonzalez Vohón, por el dicho precio de 60 ducados mas los 2 de prometido, todo ello ante los testigos referidos y ante el Alguacil Bartolomé Gonzalez Masvale. El domingo 24 de enero presentó Vohón por su fiador a Alonso Rodriguez Fraile, siendo testigos Miguel de las Casas, Francisco de Aguilar y el albañil Cristóbal de Castro.

* El de cortador de carne (o tablajero) constituía oficio desempeñado principalmente por moriscos. Como ya dijimos en otra ocasión, adjetivar a alguien de "descender de tablajeros" en aquellos tiempos de obsesión con la limpieza de sangre era insulto importante.

** Prometido. Se llama en las postúras ò pújas, aquella talla [cierto tributo o cantidad para rescatar alguna cosa] que se pone de quota, y ha de pagar el que hace mejóra. Latín, Licitata pecunia.

jueves, 23 de julio de 2009

Los esclavos 67

Iniciamos este capítulo recuperando al joven negro de los abismos de un sueño agitado e intranquilo que le invadió apenas el sol se había puesto, dejándolo inconsciente en pleno campo de cebada.
Recuperar durmientes del sueño eterno del pasado no deja de ser tarea de los historiadores, quienes contravienen así en alguna forma las leyes de la eternidad, las cuales dictaminan necesariamente que del Más Allá no pueden regresar los seres humanos. De esta manera, nuestra recuperación de Antón tiene un doble aspecto: regresarlo a la vida desde su anónima tumba, que es lo que en nuestro empeño venimos intentando hacer desde que supimos de su existencia merced a la alerta dada al Alcalde de la Santa Hermandad en Castilleja, y despertarlo ahora que la luna baña la Vega, ahora que el aire es de paz y de silencio, ahora que sobre la silueta del Alfarafe, oscura como la de un enorme animal derribado a tierra por el cansancio, parpadean las primeras —jóvenes todavía— estrellas plateadas.
Ya lo tenemos vuelto a la realidad. Se frota los ojos. Le duele el aro del cuello, clavado en la nuca. Tiene hambre. Y sed. Palpa el fardo que es toda su esperanza, y piensa que ha perdido un día sin vender nada de lo que contiene; tendrá que seguir cargando con el pesado volumen hasta convertirlo en el ligero lastre de unos brillantes reales.
La noche es su aliada, su amiga, su madre protectora. Se siente bien, seguro en su regazo. Sale buscando el borde del cebadal a un camino cuyo endurecido piso demuestra un ininterrumpido tráfico, y lo enfila vacilante hacia el oeste. Pronto se orienta por la red de sendas y vías que marcan la zona desde la orilla del río y el arrabal trianero hasta Camas a un lado y San Juan de Aznalfarache al otro. Era esta zona más occidental de la Vega de Triana en el siglo que estamos describiendo y en muchos anteriores un verdadero y auténtico bosque de frondoso arbolado, con ejemplares grandiosos y antiquísimos. Habitaba en él cierta caza, y en sus recovecos se ocultaban los bandidos. Ocurrió que un voraz incendio, acontecido en los primeros años del siglo XVII, lo redujo a cenizas, dejando el paisaje con un aspecto aproximado al que hoy en día posee.
Antón llegó al pie de la cuesta y se encaminó hacia la cima. No parecía que fuese a sorprenderle el amanecer, en cuya circunstancia de ninguna manera quería dejarse ver en un pueblo tan pequeño y por ende tan poco a propósito para pasar desapercibido.
Llegando a las primeras casas detectó actividad humana en una de ellas. Eran los carniceros. Situado en el primer edificio de la Calle Real, el matadero y despacho de carne registraba temprana actividad aquel sábado 30 de abril de 1558, a consecuencia del incremento del consumo, el que se producía indefectiblemente tras el viernes, día señalado por la ley de abstinencia de comer carne entre los católicos.
De esta absurda obligación —¡en honor a la Pasión de Jesús el Viernes Santo!— se resarcían en aquellos momentos los matarifes, preparando el desayuno en base a lonchas de tocino de cerdo que se asaban crepitando en un fogoncito de ladrillos alimentado de sarmientos de vid y varetas de olivo, en un rincón del patio al abrigo de los vientos. El aroma de la grasa derretida sobre las ascuas se esparcía por el Camino Real cuando Antón se detuvo, oteando en busca de algún escondite temporal donde ocultar el fardel con los productos de su hurto.
Hallado y efectuado lo cual, se acercó nuestro amigo al establecimiento para tantear la posibilidad de conseguir algo alimenticio con lo que siquiera mantenerse en pie.
En el patinillo terrizo, abierto al fondo, sangraban los operarios una res recien sacrificada aunque viva todavía a juzgar por los estertores y pataleos que efectuaba. A todo lo largo en el suelo, habíanle atado las extremidades con gruesas cuerdas cuyos extremos sujetaban dos mozos resistiendo los tironazos que daba el desgraciado animal, mientras otro hombre acuclillado llenaba a marchas forzadas un lebrillo de barro verde con un acetre de hojalata de la sangre que brotaba a borbollones por un gran tajo de cuchillo en el cuello del cornúpeta. Canturreaba un cuarto personaje mientras sacaba agua de un pozo. Era un individuo jorobado y desagradable, que al apercibirse de la presencia de nuestro esclavo bromeó despiadado:
—¿Cuanto es el precio de la libra de carne negra hoy en Sevilla?
Sus compañeros miraron sin comprender, hasta que al darse cuenta de la aparición del recién llegado rompieron a reír a carcajadas. La escena estaba iluminada además de por el fueguecillo de la cocinita por un siniestro y vacilante candil de pared que, agitando nervioso sombras, contribuía más a realzar la oscuridad que a orientar a los presentes.
A pesar de todo, no tuvo Antón necesidad de articular una palabra: su aspecto tenía la suficiente expresividad como para que uno de los carniceros sugiriera, apuntando que parecía un perro hambriento, darle un pedazo de pan y una loncha de tocino. El joven los tomó con mano temblorosa, pidió un poco de agua, y balbuciendo unas palabras de agradecimiento se fue al lugar donde tenía escondido su tesoro, en un inmediato olivar. Allí, mas que comer, engulló. Amanecía, y se quedó amodorrado un momento.

martes, 14 de julio de 2009

Los esclavos 66

Podía articular el pie derecho con cierta fortuna asentándolo con precaución para que el grillo no agravara más el descarnamiento, pero el izquierdo se le escapaba de control, y de cada diez pisadas nueve eran hechas en falso. Tuvo que detenerse, ya oscurecido; con uno de los vestidos que llevaba en el costal se preparó un amortiguamiento en forma de rodete que fijó como buenamente pudo entre el hierro y la carne sangrante. De esta guisa avanzó en dirección a Sevilla, cruzándose con algún transeúnte tan huidizo y temeroso como él. Oyó aullar lobos a su espalda, en Los Alcores que había dejado atrás. En las manchas de bosquecillos cantaban los búhos. Se cruzó con un coche de dos caballos y el cochero, al divisarlo y temiendo se tratase de algún facineroso, arreó a los animales a latigazos y gritos. Los campos se extendían infinitos, húmedo el ambiente por la reciente tormenta, y anduvo y anduvo sin tregua, hasta que la ciudad, cuya silueta casi le sorprendió, apareció apagada y silenciosa de improviso ante sus ojos escudriñadores. Había perdido la noción del tiempo durante la caminata, e iba fijándose en los detalles del cielo, estrellado, grandioso, hacia la parte de su derecha, en busca de algún indicio de amanecer.
Optó por rodear la urbe por el lado norte, para, cruzando el puerto de Los Humeros, acceder al Puente de Barcas, atravesar el río y ganar las estribaciones del Aljarafe antes de que la plena luz del día lo delatara. Aunque tuvo que plantearse tomar algún descanso, porque se encontraba agotado.
Pasó entre las murallas almohades y el Hospital de las Cinco Llagas, bordeando sembrados. En la torre noroeste —entonces en construcción— de dicho centro de beneficencia, parpadeaba una hoguera emitiendo guiños rojizos a través de un portalón, y supuso ser del uso de los vigilantes nocturnos. No quería arriesgarse pidiéndoles alguna limosna, por lo que continuó su periplo. Descendió por la margen izquierda del Guadalquivir hacia el puente sin tener tropiezos con nadie. Los pocos noctámbulos que transitaban por aquellos despoblados repletos de inmundicias lo hacían en actitud recogida, cabizbajos y envueltos en sus capas contra la humedad neblinosa de la ribera. En la explanada del Perneo el olor de los despojos de los cerdos reinaba en la noche oscura. Al embocar la pasarela de tablones entre un erizamiento de mástiles de embarcaciones bajó a la orilla y apagó su sed bebiendo con la mano en cuenco. Croaba algún rano esporádicamente y en la base de los mimbres espesos las suaves olas marcaban incesantes el paso del tiempo. Entonces, como si despertara, sintió el exacto concierto de los gallos y percatóse de que clareaba por oriente. Decidió, una vez en la Vega de Triana, esconderse en un campo de cebada, suficientemente crecida a aquellas alturas de la temporada como para ocultarlo a vistas comprometedoras.
Hundido en aquel mar vegetal, recostado en el fardo, adormilado, recordando, alimentándose de restos de queso que halló entre su botín —queso que robó en Pero Mingo y que casi habia olvidado—, y de granos crudos de cebada, cuyas cañitas huecas tronchaba entre sus dedos descascarillando con las uñas el fruto y llevándoselo a la boca con parsimonia, pasó todo aquel día viernes 29 de abril de 1558. Las primeras horas de él sufrió el tormento de los mosquitos*, que llenaban el aire de la mañana y en miríadas lo envolvían buscando con insistencia zonas descubiertas de su cuerpo. Luego, el sol inclemente. Por la tarde, la sed y el hambre. Sus tendones de Aquiles le parecían arder. La larga espera sirvióle a modo de recapitulación, repasando a ratos, cuando los resortes de su memoria emprendían la marcha como con autonomía propia, los hechos recientemente vividos. Se vio otra vez en Pero Mingo, en la hacienda de Pedro de Cifontes. Echó de menos la lluvia. Llovía fuertemente cuando llegó. El edificio principal se encontraba en silencio, bajo las cortinas de agua gris, y sus ventanas aparecían cerradas. Ni un alma. En los establos vacíos, en las porquerizas con sus cubiertas de paja, en las atarazanas al fondo, en el grupo de añosos nogales, en los sembrados, nadie. Solo la lluvia martilleando los patios, porraceando sobre los tejados, omnipresente desde el cielo borroso. Riachuelos del líquido elemento se formaban por doquier, y desde los canalones las canciones de los potentes chorros se sumaban al coro monótono del chaparrón sobre la tierra y la casona. Antón traía un manto de agua encima, y apenas sentía los pies descalzos, traspasados por el frío. Se acercó al portalón principal y aguzó los sentidos intentando detectar algún signo de vida. Nada. Ni tan siquiera un perro guardián. Empujó las gruesas hojas, pero no cedieron. Probando fortuna en un portillo cercano que franqueaba una tapia baja, pulcramente encalada, comprobó que no tenía gran fortaleza, de forma que aprovechando el impulso de todo su cuerpo, descargó sobre él un golpe con el hombro y lo medio derribó de su marco con un crujido seco, pero apagado por el fragor del aguacero. Entró en un patinillo con un abrevadero adosado al muro izquierdo, rebosante, tapizado de musgo oscuro. Luego había otra puerta orlada con una parra de cuyas grandes hojas goteaba la lluvia. No le fue difícil abrirla. Tras un pasillo, accedió a un salón iluminado por tres enormes ventanales. Flotaba en el ambiente una imperceptible presencia humana, como un rastro tenue que Antón creyó identificar con la casera, una visueña llamada María Rodriguez. Era ésta viuda de mediana edad, gruesa, sencilla y noblota, y muy cumplidora de su cometido.
El esclavo supuso que la mujer no debía estar muy lejos, pero que, desde luego, en la casa no estaba. Probablemente andaba atareada en los lavaderos de la finca, una construcción aislada a unos 50 metros. Inspeccionó la habitación, y reparó en los objetos de valor que se encontraban en ella. Había sobre una cómoda una pila de ropa de calidad, de muchacha, preparada para la plancha, que seguramente la casera había recogido de los tendederos antes de que comenzara a llover; en uno de los cajones encontró un cofrecillo plano con la llavecita puesta, y en su interior un escapulario grande que parecía de bastante valor, forrado con tafetán y con una imagen silueteada de virgen con niño en plata, un collar de perlas y turquesas, una mano de berrueco** de perlas y un corazón bordado en seda celeste con cinco terroríficas llagas encarnadas.
Se asomó Antón a la cocina, de cuya mesa se llevó un cuchillo y una tijera; de la alacena un queso de cabra, entero; de un rincón unos zapatos, los cuales, aunque eran pequeños para él, vendidos podrían reportarle unos reales.
Todo lo cual introdujo en apresurado revoltijo en un costal de lona clara que allí mismo halló, y no queriendo tentar más la buena suerte que le acompañaba salió al exterior siguiendo el camino por donde había entrado. Continuaba lloviendo, con igual fuerza. Junto al portillo desenmarcado pudo oír intranquilos cacareos, y descubrió un gallinero de mínima altura al volver la esquina. Solo tuvo que levantar la cubierta de tablas y escoger de entre media docena de rollizas gallinas dos pares que sacrificó allí mismo, retorciéndoles los cuellos. Había también algunos huevos. Como tenía hambre después de varias horas merodeando por la Villa, cargó con todo. Y acto seguido, emprendió el camino, buscando poner el máximo de territorio entre sí y la hacienda de Pero Mingo.

* Mientras el esclavo Antón espera oculto en el campo de cebada, sumido en su desesperación, no menos hundido en la suya Carlos V espera en el Monasterio de Yuste su último día.
Falleció el emperador el 21 de septiembre de aquel año, a causa del paludismo que le produjo la picadura de —precisamente— un mosquito, de los muchos que proliferaban en las aguas pútridas de los estanques del convento que lo acogía.

** Berrueco. Perla irregular, o de poco valor. Según el Diccionario de Autoridades, se llama también cierta especie de perla irregular e imperfecta, formada de muchos granos juntos grandes y pequeños, pegados al modo de overa de gallina, que demuestra apariencia de mil figuras de buen parecer. Es de poca estimación.
Esta "mano de berrueco" era con toda probabilidad un exvoto para colgar en el techo o pared de algún templo, con destino a agradecer a alguna imagen venerada la sanación de dicho miembro.

domingo, 12 de julio de 2009

Los esclavos 65

A pesar de que el aire en la oquedad se hacía irrespirable a causa del humo acumulado y de que la lluvia había cesado dejando en el cielo grandes claros de un azul purísimo, Antón terminó su festín de carne rosada y sosa con calma, limpiando los huesecillos a detenidos mordiscos, lleno ahora como estaba, además del energético alimento, de una embargante sensación de agradecimiento a la existencia. Con el despeje de la tormenta se abrían para él todas las maravillosas expectativas que la vida plena de libertad ofrece. Se asomó a la entrada de la cueva y oteó con la mano morena y pringosa como visera: los paisajes cristalinos eran ilimitados hacia occidente, donde un sol de oro viejo entre las informes ventanas de impresionantes paredones de nubes descendía imperceptiblemente hacia el horizonte cárdeno. Hacia su puesta, tras la gran ciudad, quedaba Castilleja de la Cuesta, su próximo objetivo. Calculó que, andando, tardaría en llegar un día como mínimo. Los olivares se extendían hasta donde alcanzaba la vista, y aquí y allá, moteando de sombra verdioscura el panorama, manchas de bosques de algarrobos y encinas, de pinos y alcornoques, difuminaban con sus pinceladas el suave descenso de los alcores desde El Acebuchal hacia la acogedora vega del gran río de Andalucía, vega con la que se fundían. Ya en las hondonadas, tajos y barranquillas había suaves sombras pero las cumbres de las colinas, riscos y elevaciones resplandecían bajo los mudos fogonazos del sol entre las columnas nubosas, animando el ambiente como si mostraran una serie de viejas pinturas de amables temas perdidos en la memoria. Divisábanse algunos cortijos blancos ligados por segmentos rectos de setos y por caminos serpenteantes, a lo largo de los cuales evolucionaba diminuto algún caminante, algún caballero, algún carro, algún rebaño. Le saludó la brisa fresca, perfumada, revitalizadora y entrañable que tras el opaco turbión transportaba maravillosos efluvios perfumados con los que los tomillos y el torvisco y los rosales silvestres y el romero obsequiaban sus sentidos. Percibía los aromas con toda su piel, con su alma.
Cantos de pájaros en recogida, ladridos de perros que avisaban de la negra tragedia que era la llegada de la negrura de la noche. Habría estrellas. A Antón le gustaba admirarlas, soñar con sus orígenes, con su pasado y su historia, los cuales ellas bordaban en las alturas de paz para sus ojos con las agujas de sus límpidas luces, para abrigar y cubrir de terciopelo prieto el frío desconsuelo de la gran pérdida, del inhumano arrancamiento de su tierra.
Había oído contar extrañas historias de un mundo redondo, de un cielo que lo envolvía, pero lo principal para él eran los sentimientos y los recuerdos que, como en una destilación muda y esperanzadora, dejaban las eternas luminarias en su espíritu.
Cargó el hato al hombro y comenzó el descenso por un escarpado senderillo bordeado de empapadas cuernicabras y matorrales de malvas salpicadas de florecitas azules y de gotas de agua cuando, sorprendido, reparó en una pequeña figura inmóvil que le cerraba el paso a escasos metros de distancia. Con la irrealidad de la cambiante iluminación en la atardecida pensó estar soñando, o ser víctima de algún hechizo, de alguna posesión demoníaca.
Un niño de 7 u 8 años lo miraba con fijeza mientras le mostraba en su manita, como ofreciéndoselo, un voluminoso cráneo humano en cuya faz nívea las dos horrorosas cuencas oscuras lo observaban desde un misterioso vacío de enigmática sabiduría, y, en contraste bajo ellas, la mitad de una sonrisa abierta y seca e hiriente como una cuchillada de diamante y acero.
Antón comprendió en seguida. La razón es un impetuoso torrente que ha llevado a los hombres desde la simple animalidad a los estadios luminosos en que se encuentra, y aunque muchas veces se ha intentado y se intenta —paradójicamente, por los mismos hombres— desviarlo, represarlo, privarlo de sus afluentes, soterrarlo o envenenarlo denunciándolo como dañino y perjudicial, siempre surge victorioso a lo largo de la historia, tal y como lo demuestra el incuestionable hecho civilizatorio. Y el esclavo, asistido por esta razón, se vió a sí mismo con esos pocos años, y supo que el chicuelo sólo pretendía, a modo de juego, asustarlo.
Le habló con voz suave:
—¿Cual es tu nombre?
—Alonzo —respondió el niño, con el característico ceceo de las zonas inmediatas a la ciudad de Sevilla. Era estrábico. Vestía pobremente, aunque su juboncillo hecho jirones aparecía seco, así como su pelo pajizo y enmarañado, largo hasta los hombros, lo cual indicaba que disponía de refugio. Parecía un poco decepcionado de que el negro no hubiera echado a huir como alma que lleva el diablo. Acto seguido aparentó mirar los pies del fugitivo, coronados por los gruesos grilletes. Pronto inquirió:
—¿Y tus zapatos?
Antón no se esperaba semejante detalle. El chiquillo además también carecía de ellos.
—Me los he comido, con pan —respondió, inspeccionando la cara infantil en busca de alguna reacción. —¿Y los tuyos? —le preguntó de inmediato.
—No me gustan —respondió Alonso, con la inocencia de sus pocos años.
Era hijo de Alonso Delgado*, un cantero carmonense que proporcionaba material de construcción al Concejo, a los nobles y ricos y a la Iglesia, para las abundantes edificaciones que en aquel siglo se emprendían en la populosa Villa. Encontraba su fuente de abastecimientos entre las antiguas ruinas de la comarca. Tallaba los arcaicos sillares sin miramientos, desbastando impíamente con su cincel bajorrelieves e inscripciones, o reduciendo a mazazos para convertirlos en gravas de relleno los innumerables utensilios de barro vidriado y tallas de mármol pulido que alfombraban aquellos abruptos campos, y con una carreta bueyera acarreaba los grandes bloques de piedra y las espuertas de ripios, tras desplazar aquéllos apalancándolos hasta un repecho que facilitaba su carga, hasta un almacén situado en un corralón de la localidad. Había aprendido el oficio de su padre, y éste del suyo y así sucesivamente. El cantero en su quehacer desenterraba a diario un par de esqueletos, y la parte principal de uno de ellos servía ahora de juguete a su hijito.
Antón le revolvió con su mano negra la maraña de pelos, pensando que bajo ellos había otro cráneo igual y que al paso de los años blanquearía de la misma forma. La vida era una cadena sin principio ni fin.
Se despidió del chaval y encaminóse cuesta abajo hacia la capital cuando el sol terminaba de hundirse a lo lejos, tras el oscuro murallón aljarafeño.
Mañana, si todo iba bien, almorzaría en Castilleja de la Cuesta.

* El hijo de Alonso Delgado, al cual acabamos de ver enarbolando como un Hamlet en ciernes el miserable despojo de una vida, siguió los pasos de su padre y abuelo en lo que a oficio se refiere. Eran sus antepasados gentes vinculadas por su profesión a doña Beatriz Pacheco, Duquesa de Arcos, y habían desempeñado papeles de relevancia en la fundación, organización y mantenimiento de una cofradía ilegal de talladores y canteros, formada sin ningún tipo de licencia en Carmona a principios del siglo XVI. Alonso Delgado el joven rompería de alguna forma con este estado de cosas que situaba a su familia en insegura posición, solicitando del Concejo carmonense el 23 de diciembre de 1573 autorización para vender los sillares de una construcción ruinosa y colonizada de hierbajos y pajarracos en cierto paraje llamado El Torrejón, solicitud cuya escritura se encuentra hoy en el Archivo Municipal de dicha población.

jueves, 9 de julio de 2009

Los esclavos 64

Apenas, bajo las higueras, tuvieron tiempo los dos esclavos de componer sus vestiduras atropelladamente, aunque la reacción de cada uno de ellos fue bien desigual ante la inminente llegada de los caballistas, porque mientras Juan Martin permaneció mudo y quieto, con sus ojos muy abiertos, Antón, abandonando el fardo que había acarreado durante tantos días emprendió veloz retirada en dirección a Valencina del Alcor, atravesando liños y superando pámpanos con la agilidad de una gacela perseguida por sanguinarios leones, todo a pesar de los lastres metálicos que torturaban sus tobillos y su cuello. No notó en la rápida huida la falta de descanso que le aquejaba ni la deficiente alimentación con que se había sostenido en los últimos días, como si dispusiese de un depósito de energía de repuesto en su delgado cuerpo para usar en momentos críticos. Antón era un escapista nato y no se resignaba bajo ningún concepto a estar prisionero. La libertad, como el aire o el agua, le era vital.
Lo último que había comido fue un poco de pan por la mañana, en la casona de la Calle Real en donde se encontró con Juan Martin, y en varios días, lo más sustancial una gallina que coció en un recipiente de barro, pero desde entonces habían transcurrido muchos avatares.
Fue saliendo de Pero Mingo, y caía un fortísimo e interminable chaparrón, de estos típicos del final de la primavera que suelen llenar de alegría las caras de los agricultores.
No conocía muy bien Los Alcores y las cortinas de agua contribuyeron a desorientarlo, máxime con el hato de objetos recién hurtados cargado a las espaldas. El muchacho había robado dos pares de gallinas, entre otras cosas, en la hacienda que Pedro de Cifontes* tenía en Pero Mingo**, término municipal de la Villa de Carmona. Las sacrificó de inmediato, y destinó una de ellas para reponer fuerzas, pensando en vender las demás a la menor oportunidad, o al menos trocarlas por otros comestibles. Bajo la lluvia incesante subió taludes y bajó pendientes, atravesando bosques de pinos y vadeando crecidos arroyos, saltando tapias, rodeando poblados entre porquerizas y abrevaderos y cruzando dehesas, campos de olivar y espesos trigales. Buscaba un lugar a propósito para encender un fuego y preparar el ave, y fue entre los montículos de El Acebuchal donde se le ofreció el tan deseado cobijo en forma de una pequeña gruta de reducida entrada, en cuyo interior encharcado y con un tapiz de basuras variadas decidió pasar el tiempo a la espera de que el diluvio de agua amainase. No parecía ocurrir tal cosa, de forma que optó por hacer una incursión por los alrededores en busca de algo de leña. Para su fortuna encontró algunos restos de tablas y ramajos aceptablemente secos que formaban parte de una choza cercana y, ¡oh, regalo de los cielos!, en el derretido barroso de un barranco asomando el borde de una orza*** que aparecía ni pintiparada para realizar sus propósitos. La extrajo y lavó bajo el aguacero y con ella a modo de casco y la leña convenientemente protegida con una anguarina también producto de su rapiña regresó a la covachuela, ansioso por comprobar que no habían llegado a ella intrusos. Fue previsor al huir de casa de su amo, un comerciante en vinos con establecimiento en la capital hispalense, al cual le desposeyó de algunas monedas y de eslabón, yesca y pedernal, en el entendimiento de que sin estos adminículos poco podría progresar en su escapada por el campo desierto. Desplumó con destreza al animal, sacóle las tripas con unas tijeras del mismo modo robadas, lo despedazó, sumergió en el agua del alcadafe los trozos, e iniciando el cocimiento en una trébede prehistórica erigida con pedruscos se dispuso a hacer los honores a su maltrecho estómago.

* Pedro de Cifontes, natural de Sevilla y de 45 años en este de 1558, había sido mercader tratante en cueros, dueño de navío transoceánico y viajero y residente en Indias. Casado don doña Francisca de Mendoza y ambos vecinos de Carmona, ella, nieta del difunto Comendador don Diego de Mendoza, recibió el martes 6 de septiembre de 1547 de la viuda de su fallecido abuelo doña Leonor de Anasco, en donación, unas casas en la ciudad de Sevilla y una heredad de casas, bodega y viñas en la Villa de Castilleja de la Cuesta y sus términos.
"Doña Leonor de Anasco, mujer del Comendador don Diego de Mendoza, difunto, vecina de la ciudad de Sevilla en la collación de San Marcos y estante en esta Villa de Castilleja de la Cuesta hace donación para siempre jamás a doña Francisca de Mendoza, mujer de don Pedro de Cifontes, vecinos de la Villa de Carmona que están presentes, unas casas con su casapuerta y palacios y sobrados que ella tiene en Sevilla en dicha collación de San Marcos, que alindan con casas de doña Isabel de Hinestrosa, viuda del Licenciado Tello, y por la otra parte con casas atahonas de (nombre en blanco) Roldán y con la calle del Rey por delante, las cuales casas son realengas y sin ningún cargo de tributo ni censo, y asimismo le da en la dicha donación una heredad de viñas con su casa y bodega y lagar y vasija y con todo lo demás que le pertenece que ella tiene en la Villa de Castilleja de la Cuesta y sus términos, que alindan de la una parte las dichas casas y bodega con casas y bodega y huerta de Alonso de Espinosa, banquero, y de la otra parte con casas de Francisco Sanchez Ladrillero, con cargo de doce maravedíes de tributo cada un año que se paga al Señor Conde de la Villa de Olivares, y la dicha heredad que es en este dicho término de esta Villa, que está dividida en tres pedazos, que es el uno al pago que dicen de Tardearroba, que tiene un chifle, en que hay dos aranzadas y media de viña, que alinda con viñas de Cosme Rodriguez Farfán y de la otra parte con viñas de Cristóbal Martin de Alaraz, clérigo cura de la Iglesia del Señor Santiago de esta Villa, y de otra parte con viñas de los frailes de San Agustin y con el padrón que parte el término de esta dicha Villa y de Camas, y los otros dos pedazos son en el Pago del Valle, linde el primero con el camino que va de esta Villa a Albarjáñez y por todas partes con viñas de Rodrigo de Moscoso y de Luis de Monsálvez, en que hay dos aranzadas de viña poco más o menos, y el otro pedazo en que hay cuatro aranzadas y media, que alinda por todas partes con viñas de los dichos Rodrigo de Moscoso y con viñas de Luis de Monsálvez y con el padrón que parte el término de esta Villa y de Camas, la cual dicha heredad de viñas ella posee con el cargo en cada una aranzada de cuarenta maravedíes de tributo cada año que se dan al dicho Conde de Olivares; donación que hace por la deuda y afinidad que con la dicha doña Francisca de Mendoza tiene y por ser nieta del dicho Comendador Diego de Mendoza su marido difunto, y por las buenas obras que de ella ha recibido; y se reserva el usufructo y goce de dichos bienes durante todos los días de su vida y cumplidos y acabados que sean, todos dichos bienes sean de doña Francisca de Mendoza y los goce, con los vínculos y cargos siguientes: habrán de pagar ella y sus sucesores a la Cofradía y cofrades de la Iglesia del Señor Santiago de esta Villa por siempre jamás y al Prioste y Mayordomo que fueren de ella tres mil ciento cincuenta maravedíes cada un año desde el día de su fallecimiento en adelante por ciertas fiestas y misas que dichos cofrades han de ser obligados a hacerle cada año perpetuamente por su alma y por la del Comendador su marido; con cargo de que si dicha doña Francisca de Mendoza falleciere antes que don Pedro de Cifontes su marido, que él suceda en dichos bienes y en el usufructo de ellos, con dicho cargo a la Cofradía del Señor Santiago durante todos los días de su vida, y que los sucediere el hijo mayor siendo varón de legítimo matrimonio con dichos vínculos y cargos y después los nietos y biznietos y así sucesivamente, y si no tuvieran hijo mayor legítimo suceda los bienes la hija mayor legítima y después su hijo mayor legítimo y así vayan los bienes de unos a otros prefiriendo siempre los hijos mayores, y si caso fuere que doña Francisca de Mendoza falleciere sin dejar hijos o hijas o nietos o nietas, es su voluntad que sucedan dicha donación los hijos de don Pedro de Cifontes, y en caso de no tener hijos legítimos suceda el pariente más propincuo de la dicha donante doña Leonor de Anasco, que sea de los Anasco por vía masculina fuera o dentro del cuarto grado, y después de él su hijo mayor legítimo, y no habiendo hijo ni hija y si caso fuere que hubiere dos parientes con un grado de la donante doña Leonor de Anasco, haya dichos bienes el varón, y si ambos lo fueren, el mayor, y si hembras, la mayor; con cargo de que dichos bienes no puedan ser vendidos ni enajenados, trocados o cambiados en manera alguna, ni ninguna parte de ellos, salvo solamente darlos a tributo perpetuo a personas llanas y abonadas y con hipotecas de otros bienes y con dicho cargo y vínculo. Se obliga la donante doña Leonor de Anasco a pagar a doña Francisca de Mendoza dos mil ducados de oro si no cumpliese los términos de la donación, mas las costas, daños y menoscabos que no efectuarla ocasionaren a la dicha doña Francisca de Mendoza y a su marido don Pedro de Cifontes, y promete no revocarla jurando a Dios, a su Santa Madre y por las palabras de los Santos Evangelios, poniendo la mano sobre la vara del Señor Alcalde Diego Martin Bermejo, presente en el otorgamiento, el cual interpone su autoridad para el cumplimiento del mismo. Doña Francisca de Mendoza y don Pedro de Cifontes pidieron escritura de donación para salvaguarda de su derecho. Dada en las casas de doña Leonor de Anasco en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, martes 20 de septiembre de 1547. Firmaron de sus nombres. Testigos, Bartolomé Hernandez Vizcaíno, Julian de Cervantes, Juan Sanchez Ladrillero y Andrés Hernandez."
Demostraría Pedro de Cifontes luego, en su testimonio acerca del robo en Pero Mingo, que conocía muy bien al negro Antón. Considerando además el itinerario de éste a lo largo del eje Carmona-Castilleja, en cuyos extremos tenía Pedro de Cifontes sus haciendas como queda dicho, es de preveer un nexo entre el bodeguero sevillano Benito Sanchez, dueño del esclavo huido, y este mercader indiano del cual además contamos con amplísima documentación en el Archivo General de Indias.
Tampoco la casa donada en la collación de San Marcos en Sevilla y la atahona de Roldán vecina a ella parecen ajenas a las aventuras del esclavo Antón, según veremos más adelante.

** Todavía hoy como reminiscencias de aquel siglo quedan en el término de Carmona dos haciendas llamadas de Pero Mingo Alto y de Pero Mingo Bajo, escindidas de la propiedad de Cifontes.
De interesante e ilustrativo valor es un estudio del profesor Juan Antonio Frago Gracia, (El patrónimo Mingo en su marco hispánico. Notas lingüísticas y antropológicas), acerca del apellido o apodo "Mingo"; contempla el señor Frago "Mengo" y las otras variantes femeninas, entre las que pervive "Minga" con el sentido de pene; lo asocia como aféresis con Domingo y Dominguez; cita a Manuel Gonzalez Jiménez, "Repartimiento de Carmona", Historia, Instituciones, Documentos, VIII, 1981, págs. 73, 75, 79, 80, el cual Gonzalez Jiménez menciona a un Don Pascual, cuñado de Pero Mingo, como uno de los "pobladores de Carmona que fincaron en las casas que se teníen y fuera ende de lo que netíen demás de sus moradas", pobladores que recibieron "heredad para dos yugadas de bueyes anno e ves"; observa —siguiendo con el estudio del profesor Frago— su utilización [de Mingo] en dichos y refranes como "poner el mingo" (sobresalir de entre todos los demás, en cualquier cosa. Diccionario de Uso del Español, María Moliner), o "más galán que Mingo" (De Domingo. Dícese del hombre muy compuesto o ataviado. RAE), y apunta que probablemente Mengano no tenga la etimología árabe que se le ha propuesto, sino que sea un derivado de Mengo, como Perengano lo es de Pero (Pedro); se refiere también a la gran difusión de "domingas" como pechos de mujer, y transcribe "una letrilla obscena con la que los tripulantes de un pesquero guipuzcoano obsequiaron a los funcionarios británicos que desde un helicóptero los conminaban a que pusieran rumbo a puerto":

Chúpame la minga,
Dominga,
que vengo de Fransia.
Chúpame la minga,
Dominga,
que tiene sustansia.

Letrilla que conoció en su juventud el autor de esta historia de Castilleja, servidor de ustedes, de un compañero de auto-stop por tierras castellanas, con la que amenizaba las tediosas horas de espera con el pulgar en ristre al borde de las interminables carreteras.

*** Orza (del lat. urceŭs). Vasija vidriada de barro, alta y sin asas, que sirve por lo común para guardar conserva. RAE.
Ya habrá imaginado el dilecto lector cómo unos tristes huesecillos de gallina devorada en el siglo XVI por un esclavo hambriento llegaron a ser el centro de la atención de medio mundo durante todo el siglo XX.

domingo, 5 de julio de 2009

Los esclavos 63

Estos días se puede visitar una exposición en el sevillano Centro Cultural Cajasol que reune más de 400 piezas arqueológicas con las que la Hispanic Society of America conmemora el centenario de su establecimiento en Nueva York. La Hispanic Society es la obra del hijo de un acaudalado empresario estadounidense fundador de astilleros y de compañías de ferrocarriles. El dicho hijo, llamado Archer Milton Huntington (1870-1955), fue el feliz heredero de una de las fortunas más grandes del mundo, y tenía una mentalidad poseída casi en su totalidad de veleidades de coleccionismo científico, con cuya inteligencia supo aprovecharse de una serie de gobiernos débiles en un país totalmente desorganizado para esquilmar a su gusto cuanto tesoro cultural y artístico caía en sus manos. Además de actuar en otros muchos lugares de la geografía peninsular, eligió como centro de sus actividades la zona de la cornisa de Los Alcores frente a la del Alfarafe, Vega del Guadalquivir por medio, en donde se amontonaban —y se amontonan— riquísimos vestigios de antiguas civilizaciones y culturas, como la tartésica, la púnica o la romana.
De entre sus zarpazos más productivos es menester mencionar la compra de la biblioteca sevillana de Manuel Pérez de Guzmán y Boza, marqués de Jerez de los Caballeros, un negocio redondo que elevó a Huntington en un pedestal a ojos de sus compatriotas, pero que obligó a decir a Ramón Menéndez Pidal que la de Cuba no había sido una pérdida peor. Por extraño que parezca nombrósele Hijo Adoptivo de Sevilla, ciudad por la que acostumbraba a pasear con frecuencia, y de entre sus amistades disfrutaba de las de Antonio Machado, Emilia Pardo Bazán, Juan Ramón Jiménez, Miguel de Unamuno y Rubén Darío.
Archer Huntington parecía destinado, por afinidad de espíritu, a formar estrechos vínculos camaraderiles con un arqueólogo, hombre de su misma generación, hijo de un inglés ingeniero industrial que había trabajado en las minas de Riotinto en Huelva y en las instalaciones de la luz de gas en Sevilla. George Edward Bonsor Saint Martin (1855-1930), nació en Lille (Francia) y fue introducido por su padre en la cultura y el mundo ibéricos. Al joven le sonreirían suerte y fortuna en las muchas exhumaciones que emprendió por doquier, y desde luego en las que llevó a término en Carmona y en general en todo el borde oriental del bajo Guadalquivir conocido como Los Alcores. Y así, no hicieron malas migas el francés Bonsor y el norteamericano Huntington. Aquél, sabedor de la pasión que enajenaba el espíritu coleccionista de su amigo e interesado en desarrollar una relación tan prometedora, lo atiborraba de regalos, obsequios, preseas y dádivas de todas las clases relacionadas con su afición insaciable. Hubo quien dijo que todos llevamos dentro un coleccionista, afirmación en la que abundará cualquiera que ejecute un elemental ejercicio de introspección. Acaso sea esta faceta del alma de los hombres el motor engendrador del omnipresente y nefasto sistema capitalista basado en la acumulación de bienes materiales que tanto y tanto daño ha hecho, hace y —según todas las previsiones— va a continuar haciendo a la sufrida humanidad.

A mediodía del 14 de agosto de 1899 uno de los peones de Bonsor escarbaba cual gallina en un repecho del montículo de El Acebuchal en las cercanías de Carmona cuando sus rudas manos polvorientas tropezaron con un artefacto de barro cocido que en un principio no ofrecía diferente aspecto a los demas que minaban la zona. Fue al concluir y acabar de desenterrar la ennegrecida vasija cuando observó en su fondo una formación calcárea, petrificada, reseca, constituida por ciertos elementos alargados, los más de ellos del tamaño y forma de cigarrillos comunes, hundidos todos en un sedimento arenoso que aparecía gris oscuro, lo cual llevó de inmediato al obrero a dispensarle un trato de favor en obediencia a las repetitivas consignas que Jorge Bonsor recalcaba mañana tras mañana a sus cuadrillas al empezar las tareas de campo. El contenedor de la endurecida masa representaba una de los típicos recipientes campaniformes que los pastores nómadas del año 1500 antes de Cristo enterraban junto a sus difuntos, como objetos de prestigio social que eran para aquellas comunidades. Se peinó en forma y en detalle todo el área buscando pistas y nexos que aclararan el hallazgo, pero sin éxito al margen de algunas piedras quemadas, algunos pequeños instrumentos de cobre, algunas lascas dentadas de sílex que no dijeron nada que aportara más significado al descubrimiento. Al paso de los días afanosos y de las calenturientas divagaciones aquella especie de paila o, más bien, suerte de lebrillo como de medio cántaro de capacidad, fue adquiriendo valor según las especulaciones iban añadiéndose y desarrollándose al respecto. Muchos aseveraban que era una urna funeraria con restos humanos, y fue esta teoría la que prevaleció, dando suelta a las más fantasiosas interpretaciones: un general caído al frente de sus ejércitos y pisoteado por la caballería, una bella princesa ejecutada por su regio amante despechado por alguna infidelidad, un sabio anacoreta fallecido beatíficamente en la soledad de su choza... Como quiera que fuese, Bonsor vió la oportunidad y aprovechó la coyuntura para, buscando impresionar a su amigo, ofrecérsela regalada como otra prueba más de su buena voluntad. Ya el obsequio poseía la suficiente dignidad, el exigido valor. Una tarde del bello otoño andaluz en el domicilio del arqueólogo galo en Mairena del Alcor (había comprado el castillo de la localidad para rehabilitarlo como vivienda) tras la merienda con té y dulces, Bonsor, puro habano asomado entre sus bigotes poblados y negrísimos, dando un carácter teatral a sus movimientos desenvolvió de un crujiente papelote satinado el lebrillo con el enigmático contenido que el tiempo había soldado a su fondo y se lo ofreció ceremoniosamente a su anfitrión, como si con él le entregase un arcaico símbolo de la muerte, un sagrado misterio, la clave de las fuerzas propulsoras de las fuentes del Desconocimiento. Sintióse Hungtinton de inmediato más completo en su persona, inundado de una oleada de euforia, orgulloso de ser quien era, de aquella afortunada circunstancia que le permitía recibir semejante joya, para él en más estima que un diamante de igual tamaño. Se sintió atraído hacia la tosca urna como si de un imán se tratase, y convirtióla en su pieza predilecta hasta el fin de sus días.
Pasaron meses, años. Archer Milton Huntington regresó a su país; ordenó, clasificó e inventarió sus inmensas colecciones y un buen día decidió formar un museo con ellas y crear una sociedad dedicada al estudio de la cultura hispánica. El año 1904 nació la Hispanic Society of America, con sede en Nueva York. En 1909 se abrió el edificio de exposiciones con una exhibición de pinturas de Sorolla. Archer hizo construir un armario de esqueleto metálico que enmarcaba gruesos cristales, diseñado para evitar los irreparables daños que un inesperado incendio pudiera ocasionar a su tesoro, e hizo colocar en su interior el lebrillo carmonense.
Muchos millones de personas desfilaron ante la vitrina. Neoyorquinos, estadounidenses en general, turistas de todos los países del mundo entero que sentían la casi religiosa obligación de visitar tan afamado museo en aquella magnífica capital clavaron sus ojos en lo que sin duda era un amasijo de huesos humanos. Hasta que, como queda dicho, en el año 2009, la pieza fue incluída entre las que iban a ser mostradas en España, y en el mencionado Centro Cultural de Cajasol de Sevilla quien esto escribe tuvo ocasión de contemplarla detenidamente, catalogada con el número 10044, aunque lo hizo con ojos bien distintos a cuantos la habían visto hasta la fecha, según se desprende de la lectura del capítulo que sigue en esta historia de Castilleja de la Cuesta.

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