sábado, 29 de agosto de 2009

Los esclavos 74

Primero lo intentó usando un sillar de granito, de varios que se encontraban diseminados en el área, a modo de yunque. En una de sus aristas más vivas hizo que Antón, recostado sobre la almofalla de hierba y su propio fardo, apoyase el grillete del maléolo derecho, pero al comenzar a golpear la cabeza del grueso remache que cerraba sobre sí las dos piezas curvas con el contrafilo del calabozo se convenció que la tarea era materialmente imposible. Todo lo que consiguió Juan Martín fue dañar al muchacho, quien a duras penas podía contener los gimoteos de dolor. Luego intentó usar la gruesa cuchilla como palanca introducida en los escasos milímetros de holgura que dejaba la chaveta por ver si saltaba el pequeño champiñón de acero de su extremo, pero desistió con prontitud ante el temor de romper la hachuela. Sudaba Juan entre imprecaciones pero insistía sin dar su brazo a torcer, haciendo de la empresa una cuestión de honor. Antón, ya arrepentido de haberse colocado en sus manos, comenzó a resistirse intentando convencer al bailarín de la inutilidad de sus esfuerzos, pero éste hacía oídos sordos a sus razonamientos.
Luego el liberador probó otra estrategia, centrando ahora su interés en el aro del cuello. Hizo levantar a Antón y le encajó en una horquilla de la higuera más próxima el collar, y con él el cuello y la cabeza, asegurándole que el remache de esta pieza era mucho más delgado y por tanto más fácil de quebrar. Al primer intento de apalancamiento resbaló la hoja del calabozo golpeando con fuerza la mandíbula inferior del muchacho, el cual ante el agudísimo dolor reaccionó con marcada violencia:
—¡Compañero, deja de hacer eso, que no quiero que me los quites!
Pudo por fin el joven deshacerse de las torturas a que le sometía su bienintencionado salvador, y se sentaron en silencio, sumidos cada cual en sus propias meditaciones.
Luego, más calmados, hablaron un rato bajo los frondosos árboles tupidos de rasposas hojas verdioscuras, mientras la fresca y esplendorosa mañana avanzaba hacia el mediodía. Se oían voces y risas lejanas, de los pegujaleros que efectuaban sus tareas en viñas y manchones.
Antón era persona comunicativa, y pronto se encontró narrando con pelos y señales a un atento Juan Martin las razones de su huida de casa de Benito, el bodeguero sevillano. El castigo que éste le impuso, que revelaba el aherrojamiento a que había sido sometido, y que motivó la escapada era, desde cualquier consideración, desproporcionado e injusto, haciéndolo dormir encadenado y obligándolo a cargar durante todo el día con los incómodos grillos. Antón refirió a su compañero que la causa había sido que, teniendo un amigo, vecino, de alguna más edad que él y también esclavo negro, el cual había adquirido para su desgracia una virulenta enfermedad venérea cuyos síntomas le fue imposible ocultar, siendo así y de tal manera que su amo ordenó que fuera intervenido médicamente. Un cirujano lo situó tendido a lo largo de un banco, le fueron atados piernas y brazos con correas, y de un rápido y diestro tijeretazo le cercenó más de la mitad del purulento glande. Antón, que estaba presente en calidad de auxiliar, aseguró que todavía llevaba en las fosas nasales el repugnante olor del forúnculo, pero lo peor estaba por venir, cuando el cirujano valiéndose de unas tenacillas calentadas al rojo vivo cauterizó sin piedad la horrorosa herida, indiferente a los aullidos del paciente. Tanto impresionó la escena al joven que perdió apetito y sueño, negándose a comer aun bajo amenazas y golpes, y el bodeguero Benito Sanchez pensó que si lo llevaba al herrero a colocarle argollas más tarde o más temprano entraría en razón. En efecto, lo aprisionó, pero ni los grilletes ni la carlanca impidieron que el joven llevara a cabo varios intentos de fuga, abortados y fuerte y cruelmente castigados. Hasta el presente.
El escalofriante relato no causó en el de Gines, de temperamento sicalíptico como hemos referido, un excesivo impacto, sino que al contrario, sumó morbosidad a su deseo.
—En manera que tu vecino quedó como un judío marrano*, ¿no es así, hermano? —comentó Juan distraído, con la mente puesta en otros asuntos.
Le pidió que le enseñara el contenido del fardo. Antón accedió, y, al abrirlo, detectó todavía varias hormigas que habían escapado a la inspección tras las carnicerías, que le hicieron recordar con asco las gallinas muertas. Fue sacando prenda por prenda y objeto por objeto y Juan retenía en sus enormes manos algunos de ellos valorando con el tacto sus calidades. La ropa era cara, de bastante lujo, moderna y elegante.
Lo que encontró en el fardo Francisco de Aguilar, Alcalde de la Santa Hermandad, el sábado 30 de abril de 1558, día de la captura de los dos esclavos, según registro hecho in situ : una saya mediana de muchacha, blanca, con un sayuelo también blanco a manera de cuerpo, con una guarnición del propio paño, picado y con sus pespuntes; una toca de algodón nueva; una camisa labrada de grana, de lienzo casero delgado, nueva, que es de lino y es de muchacha; una tobaja de lienzo de lino casero con una guarnición ... y unos cabos blancos, y es nueva; un sayuelo de fustán forrado de lienzo, ya raído; una almohada blanca con una guarnición de redecilla, vieja y rota; un ... de lienzo labrado de seda y de colorado, viejo y roto; un pañuelo chico de estopa, nuevo; un pedacillo de lienzo a manera de trincado de Ruán, viejo; una sábana de dos piernas, de presilla chica, vieja y rota; un camisón viejo, sucio; unos pedacillos de lienzo, viejos y hechos pedazos; un escapulario de tafetán, este doble apresado, con el cabezón ... de turquesas y aljófar gordo, con una mano que parece de donde hacen las perlas, y un coral grande con una guarnición de plata y un agnus dei de plata y con un escudo; un paño de lienzo de Ruán con unas ... de seda azul que se dice frutero, de una vara; una bolsa de carmesí guarnecida de hilo de oro; y una ¿talamanera? de halda donde estaba todo lo susodicho, y una cintilla de seda vieja, morada.
Lo que declaró, el sábado 21 de mayo de 1558, María Rodriguez, casera de Pedro de Cifontes en Pero Mingo, haberle sido sustraído: una halda de ¿yerga aviada?; una saya y sayuelo blanca de una niña; una cobija de escarlatín por guarnición; un sayuelo de fustán; dos camisas de mujer, una de grana y otra negra; un escapulario de ... con una imagen de plata y un coral con un collarejo de perlas y turquesas y una mano de berrueco de perlas; un corazón con las cinco plagas de seda; una toca nueva de algodón; una ... carmesí; una sábana y dos almohadas; un ... nuevo; otras ¿maseras? con una randa por medio; dos paños de rostro, uno de cabos blanco y otro azul; otro paño blanco como rebozo; media vara de estopa; un camisón ... de hombre; unos zapatos; un queso; una tijera y un cuchillo; cuatro gallinas y una esportilla y huevos; un pañuelo de mesa; una toca de algodón.
Lo que añadió haber robado —además de todo lo anterior— el esclavo Antón, en su declaración del miércoles 25 de mayo de 1558: un queso y unas tijeras y diez huevos y una canastilla y una hogaza y un cuchillo y una camisa labrada de negro y una cobija de paño colorado.
(Como en otras ocasiones, las palabras entre signos de interrogación son de dudosa lectura, y los puntos suspensivos corresponden a palabras ilegibles).

* A finales del siglo XV y principios del XVI, con el desencadenamiento de la represión que el Santo Ofició ejerció sobre los conversos hispanos a instancias de Isabel la Católica, los inquisidores buscaban afanosos en las personas denunciadas pruebas que atestiguaran su condición de judíos. Una de ellas consistía en asegurarse de si estaban circuncidados o no, para lo cual se desnudaba al reo y se le sometía a una minuciosa inspección. Ante tal examen, muchos de los acusados de herejía que no podían ocultar la ablación en semejante parte alegaban haber sufrido una operación similar a la que el cirujano practicó al vecino de Antón.

martes, 25 de agosto de 2009

Los esclavos 73

Ahora, ya conocido en su generalidad el escenario de las zarabandas de Juan Martín en la ciudad de Sevilla, es el momento de retomar la narración de sus peripecias, que dejamos cuando tras despertar por la mañana en la hacienda de Antonio de Gibraleón se les reunió el otro esclavo, Antón, después su viaje desde Carmona y de saciar el hambre con el tocino y el pan que le dieron los carniceros.
El sol de la mañana, iluminando de soslayo el entablamento níveo sobre el portal encalado de la mansión, atalaya aérea que sobresalía de las demás construcciones, reconfortó de alguna manera con sus suaves rayos cálidos, acariciándole las espaldas, al muchacho que temeroso y desconfiado se adentraba por la Calle Real hacia el corazón del pueblo mirando a un lado y a otro con los ojos muy abiertos y los hombros más que encogidos. Había dejado el bulto de objetos en un recogido rincón antes de asomar la cabeza al interior de la residencia, desde cuyo patio se oían voces que reconoció como familiares por los giros y tonos propios de las gentes de su etnia. En los frondosos árboles de la huerta gorjeaban los gorriones y el mulo de la noria había comenzado su labor de llenado de la alberca de riego, a juzgar por el rítmico chirrido de los engranajes del ingenio. Ya, —con la pulcritud y rapidez a que obliga la propia seguridad—, inspeccionado el medio, recogió su hato y penetró bajo el arco fulgurante de oro en cuyas bases crecían espesos jaramagos de delicadas floraciones que armonizaban con la luz del amanecer. Una golondrina veloz ensartaba con el invisible hilo de su vuelo la oquedad fresca de la entrada desde su nido en el alero de un silo interno hasta los cielos abiertos sobre la calle, emitiendo de cuando en cuando un piar alegre y agradecido a la vida, y arriba los pinaculillos de porcelana reflejaban con tanta fuerza la clara luz de la mañana que parecían faroles encendidos. Todavía se respiraba calma y tranquilidad en el ambiente. Un perrazo sucio, pajizo, silencioso y de talante humilde, se acercó al recién llegado, cabizbajo y moviendo la cola desganadamente, hasta husmearle los pies y los sangrantes tobillos que ya varias moscas se disputaban. El perro cazó una de ellas de un rápido mordisco, tan repentino como inesperado, y se volvió como indicando al joven que lo siguiera.
Juan Martin y Alejandro volvieron las cabezas al sentirlo. Bebían vino sentados en los escalones de acceso a un almacén de aperos, acompañando el licor con trozos de pan de una hogaza de crujiente corteza, recien adquirida en la cercana tahona.
Hablaron durante diez minutos. Juan Martin bromeaba bajo los efectos de los largos tragos de mosto. Antón, tras los primeros saludos y al ofrecimiento de pan les contó que había desayunado en la carnicería, comentándoles que un carnicero había querido "pringarlo"*, una broma de mal gusto que resultó solo y afortunadamente en el obsequio de tocino con pan.
—¡Hijo de la puta! —sentenció Alejandro.
Mintió el recién llegado diciendo que había venido a Castilleja a vender unos objetos que le encargaron en Sevilla, pero ninguno de sus dos interlocutores quedó convencido sino que, guiñándose uno al otro, le hicieron comprender que sus palabras no poseían credibilidad alguna. Además estaba el aspecto del muchacho, sucio y con las argollas que delataban un pasado bastante turbulento, mas a pesar de ello, su natural atractivo y sus exquisitas maneras no tardaron en despertar la libido, ya de por sí potenciada por el alcohol, del bailarín de zarabandas. El cual empezó a insinuarse con la intención de llevar al joven a algún lugar en el cual satisfacer sus deseos. Primero se ofreció a liberarlo de sus férreas y molestas prisiones, asegurando en tono fanfarrón que era completamente capaz de hacerlo en cinco minutos porque —y le mostró con disimulo el calabozo que ocultaba en su cintura— ya tenía experiencia en ello. Antón vacilaba sospesando los pros y los contras, y Alejandro temía que se le pudiera involucrar en algún acto fuera de la legalidad. Y tanta fue la insistencia de Juan que el joven cedió por fin, acordándose en ir a cierto lugar alejado de la población, donde los golpes sobre el hierro pasaran desapercibidos. Se trataba del abandonado bosquecillo de higueras que ya conocemos, en el extremo norte del pago de Las Escaleras, hundido en un suave valle que enmarcaba el camino al lugar de Salteras.
Hasta allí se fueron los dos, desviándose por un callejón entre dos casas que los condujo a un terreno de viñas y huertas, desde el que accedieron al higueral. Juan canturreaba entre dientes, feliz con ese beatífico estado psíquico que da una borrachera incipiente, creído de que el mundo está hecho a la medida de uno y de que todo carece de verdadera importancia, excepto la posibilidad de empinar otra jarra. Pero Antón, a pesar de haber dado dos o tres tragos en el patio de la hacienda, tenía la boca seca y el corazón angustiado.

* El mismo equívoco del carnicero de Castilleja usa Lope de Vega en su obra El arenal de Sevilla (1598) cuando una mulata se queja del tacaño de su amo, quien la mata de hambre: "Mulata: Quite allá, que de miseria de no lo querer gastar el amo que Dios nos dio, como he de morir, sé yo que no me querrá pringar".
Incluso en aquellos tiempos era por muchos reconocida como práctica cruel la del pringado, consistente en derramar sobre las heridas abiertas en el esclavo por una tanda de azotes tocino, grasa o sebo derretidos, o aceite hirviendo. En la voz pringar de su Tesoro de la Lengua dice Sebastián de Covarrubias: Es lardar [huntar lo que se asa con el lardo, esto es, lo gordo del tocino] lo que se assa, y los que pringan los esclavos son hombres inhumanos y crueles, y a mi parecer por buen govierno podría la justicia necessitarles [obligarles] a que los vendiessen a otros dueños, o de allí adelante no los tratassen con tanta crueldad."
En El Lazarillo del Tormes se ilustra este castigo: "Al triste de mi padrastro [un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban] azotaron y pringaron" (porque robaba hasta las herraduras de las caballerías).
Pero muchos esclavos ya tenían desde el primer día de cautiverio un anticipo del pringado que podían sufrir a manos de sus señores, según nos refiere Fernando Ortiz (1881-1969) en "Hampa afro-cubana: los negros esclavos; estudio sociológico y de derecho público", editado por Revista Bimestre Cubana en el año 1916. Tratando del marcado a fuego (ver "Los esclavos 71, nota 2) escribe este autor: "Este hierro consistía en una planchuela de metal retorcida de modo que formaba una cifra, o letra o signo, a la cual se unía un mango con el extremo de madera. Para marcar un negro se calentaba el hierro sin dejarlo enrojecer, se frotaba la parte del cuerpo donde se debía estampar la señal, generalmente el hombro izquierdo, con un poco de sebo o de grasa, se ponía encima un papel aceitado y se aplicaba el hierro lo más ligeramente posible. La carne se hinchaba en seguida y cuando los efectos de la quemadura pasaban, quedaba una cicatriz impresa en la piel que nada podía ya borrar. Esta costumbre fué desde los primeros tiempos de la trata; por eso A. de Torquemada al hablar de las brujas dice que se dejan marcar del demonio como esclavos. Y fué conocida en España. Gestoso nos refiere casos de esclavos marcudos (1500). Al herrar a un esclavo se le ponía nombre cristiano."

jueves, 20 de agosto de 2009

Los esclavos 72

El cruel y sanguinario arzobispo de Sevilla don Gonzalo de Mena y Roelas —con una descontrolada afición por destrozar a tiros de escopeta todo tipo de aves del cielo y de animales de la tierra que se ponía a su alcance— no permaneció en la sede sevillana por mucho tiempo, huyendo como huyó despavorido ante una epidemia que se produjo en la ciudad y refugiándose en su palacete de Cantillana, donde le sorprendió la muerte en abril del año 1401. Cuando en las partidas de caza tenía una pieza en el punto de mira, solía comentar mientras guiñaba el ojo, para jolgorio de sus acompañantes: "tente ahí, hermano conejo", o "tente ahí, hermana tórtola", burlándose con estos sarcasmos de las doctrinas de fraternidad universal de Francisco de Asís, de las que tenía amplias noticias.
No obstante la cortedad de su mandato, llevó a cabo varias actuaciones de cierta entidad, una de ellas en el ámbito asistencial, aunque ésta más que nada presionado por la doctrina que pregonaba profesar y como un justificante que contrabalanceaba su declarado gusto por los bienes terrenales y su manifiesta tendencia hacia los asuntos mundanos. Pero sobre todo motivado por la política que vamos a referir.
En aquel final del siglo XIV y comienzos del XV confluyeron en la región una serie de circunstancias negativas que incidieron especialmente, como es habitual, sobre las clases sociales más desfavorecidas. En la última década del siglo una alternancia entre inundaciones y sequías conllevó la pérdida de varias cosechas y su correlato de hambre generalizada. A la miseria consiguiente hubo que sumar diferentes brotes de epidemias, la peste en especial. En 1391 y como consecuencia de todo lo dicho se originó el pogromo que dispersó a los escasos moradores de la judería que escaparon a los cuchillos cristianos, enarbolados a instancias de las predicaciones religiosas entre las que destacaron las furibundas y enardecedoras del arcediano de Écija Hernán Nuñez, quien encauzaba la violencia que suscitaba la frustración del hambre y las enfermedades de las masas hacia los que consideraba sus enemigos ideológicos: los judíos.
De esta manera, el hospital de los morenos desvalidos fundado por el arzobispo fue en todo caso producto de las presiones sociales sobre el referido riquísimo prelado don Gonzalo en una época de carestía en la cual los poseedores de esclavos —gente de clase media en su mayoría— no encontraban otra salida que deshacerse de "objetos" que bajo dichas circunstancias carenciales se convertían en una carga insoportable, habida cuenta de que en ellos —los esclavos— incidía especialmente la referida escasez con sus secuelas de enfermedades y lacras. A toda esta masa de deshechos había que sumar otra constituida por esclavos horros, los primeros en perder sus precarios empleos en el maremagno de la crisis y los más proclives por tanto a desarrollar conductas antisociales. Todo lo cual no dejaba de ser otra manifestación de la selección natural a que hacíamos referencia en el anterior capítulo, siendo así que los cautivos de mejor presencia y más fuertes y resistentes eran los que seguían siendo alimentados y cuidados por sus dueños. Por estos tiempos del reinado de Enrique III de Castilla se ejerció una política de limitación de los poderes de los nobles cuyo reverso y consecuencia fue el favorecimiento de las clases más desheredadas con la finalidad de oponerlas como un frente contra los revoltosos aristócratas, reconociéndose para ello entonces ciertos derechos a los esclavos negros, como el de reunión en señalados días, más que nada también como una forma de control político, dado que la mayoría se veía abocada a delinquir como única posibilidad de subsistencia. Y entre la fundación del hospital y estas asambleas o reuniones festivas en las inmediaciones de la sevillana Puerta de la Carne se originaron la institucionalización de la sociabilidad de los marginados esclavos y el germen de la cofradía étnica luego conocida como la Hermandad de los Negritos, regulándose y supervisándose con ella ahora ya de manera completa y total las conductas de sus componentes y afiliados conforme al objetivo de todas las cofradías religiosas. En la organización social de las poblaciones el papel de estas asociaciones estructuradas en torno a la potenciación del paternalismo dominante y orientadas hacia el encubrimiento por medio de ritos sacralizados del poder capitalista para hacerlo "digerible" a las masas siempre ha recibido, como es lógico, el visto bueno y el apoyo nítido y visible de las instancias gubernativas centrales.
Volviendo ahora al hospital para asistencia de esclavos negros fundado por el arzobispo cazador don Gonzalo de Mena extramuros de Sevilla, a su rebufo fuéronse aglutinando en derredor y junto al lienzo de muralla casas, chabolas y corrales hasta formar algo semejante a un pequeño barrio. Cuentan transcribiendo un documento en el Diccionario Histórico de las calles de Sevilla dirigido entre otros por Antonio Collantes de Teran Sanchez que a finales de nuestro siglo XVI los vecinos se quejaban en los siguientes términos acerca de las molestias que les ocasionaban la canalización de dos caños de agua: "... los quales no solamente por ençima de la tierra les traen daños, sino también sumiendose el agua... viene a salir por debaxo de la tierra y manan sapos y savandixas de las que se crian en los albañales...". Dicho arrabal se habitó de inmediato por gentes de color, y el doctor Joaquín Hazañas y la Rúa (nacido en agosto de 1862) en su Historia de Sevilla se refiere a ello diciendo: "Aún subsiste, y yo he alcanzado a conocer, albergados y recogidos, negros de ambos sexos". Proliferó desde el principio en el lugar la capa más baja de la sociedad y el hampa más infame, y tan tarde como en 1897 el periódico El Porvenir del día 11 de enero decía: "Es una calle la de Conde Negro*, habitada por perdidos de las más bajas estofas, por mendigos de profesión, por gente maleante, desarraigados, tullidos y matones. ´Aquí habemos seis sinverguenzas´ (sic), nos decía a las puertas de una de aquellas casas un viejo borracho al ser preguntado por las personas que en el corral habitaban. Aquello parecía una Corte de los Milagros".

* En pleno corazón del escenario donde tenían lugar las fiestas de los esclavos se encontraba la calle del Conde Negro, la cual subsiste en la actualidad con el mismo nombre, a espaldas de la iglesia de Santa María la Blanca. Apodaron de esta manera a Juan de Valladolid, uno de los mayorales o delegados que desde Enrique III se nombraban como representantes de la minoría negra y como sus patrocinadores y componedores de rencillas. En el caso de Juan, al contrario que en los demás de estas especies de alcaldes, existe documentación fehaciente, como la cédula que los Reyes Católicos otorgaron el 8 de noviembre de 1475 en el palacio de Las Dueñas, dándole su título: "Por los muchos buenos, é leales, é señalados servicios que nos habeis fecho, y fazeis cada día, y porque conocemos vuestra suficiencia y habilidad y disposición, facemos vos Mayoral e Juez de todos los Negros e Loros, libres o captivos, que están é son captivos é horros en la muy noble y muy leal Ciudad de Sevilla, é en todo su Arzobispado, é que non puedan facer ni fagan los dichos Negros y Negras, y Loros y Loras, ningunas fiestas nin juzgados entre ellos, salvo ante vos el dicho Juan de Valladolid Negro, nuestro Juez y Mayoral de los dichos Negros, Loros y Loras; y mandamos que vos conozcais de los debates y pleitos y casamientos y otras cosas que entre ellos hubiere é non otro alguno, por cuanto sois persona suficiente para ello, o quien vuestro poder hobiere, y sabeis las leyes é ordenanzas que deben tener, é nos somos informados que sois de linage noble entre los dichos negros".
El Conde Negro actuó durante 28 años, hasta 1502, colaborando estrechamente con la justicia y ejerciendo enorme influencia sobre la masa esclava sevillana. El proceso de dominación y sumisión que contribuyó a aplicar sobre su etnia juzgando, casando y organizando sus ceremonias, tuvo frutos y llevó a que los negros sevillanos participaran entregadamente y con gran formalidad en la procesión de Corpus, o que acudieran ordenada y festivamente a la puerta de la Macarena a recibir a la reina Isabel la Católica. Al Conde Negro Juan de Valladolid lo sustituyó Juan de Castilla, autotitulado "Rey de los Negros". Era persona de prestigio, como lo demuestra que actuara de fiador en un contrato sobre esclavos precisamente. Se obligó a guardarle a un tal Pedro Girón durante 4 meses un esclavo negro, convirtiéndose así a su vez en poseedor y amo de cautivos.

domingo, 16 de agosto de 2009

Los esclavos 71

Nos proponemos ahora, antes de continuar con las aventuras de Antón y Juan Martin, dar cuenta de la existencia de una suerte de selección natural darwiniana puesta en ejecución por la maquinaria del tráfico de esclavos, maquinaria que, con el apoyo estatal, formaban sus captores, sus traficantes, sus vendedores y sus compradores y cuya manifestación más inmediata —de dicha selección natural— era la preponderancia de rostros bellos y cuerpos modélicos en el "resultado final", o sea, en la población esclava ya establecida y producente. Esto era comprobable a poco que se observara, en rápido muestreo, dicha población. Rostros ovalados de seres con bellos ojos llenos de misterio, con bocas de labios carnosos y dentaduras resplandecientes; cuellos airosos y flexibles, torsos espléndidos, manos señoriales; elegancia y fuerza, simpatía e inteligencia. Distinguíanse los esclavos entre la masa de ciudadanos comunes, además de por su color de piel, por el tipo de vestimenta, y aunque ésta variaba sustancialmente según la clase social de los dueños un denominador común la hacía resaltar con particular detalle: el colorido. Predominaban en sus atuendos los colores simples en verde, amarillo, rojo o azul, desde los sombreros, gorras o pañuelos de cabeza hasta los zapatos y calzas, medias o faldellines.
"Los Mandingos y los de Cabo Verde eran muy apreciados por su resistencia y robustez, que les hacían ser muy cotizados para trabajos duros [...]. Por el contrario, los procedentes de Santo Tomé por su fragilidad y disposición a la huida y los de Magarabomba por su corta estatura, eran menos tenidos en cuenta", nos dice José Luis Cortés López en su obra La esclavitud negra en la España peninsular del siglo XVI.
En el contrato de compraventa de un esclavo se hacía especial hincapié en la carencia de "tachas", la cual carencia automáticamente hacía que se valoraba especialmente; y entre estas tachas, las que podríamos denominar "adquiridas" —ladrón, borracho, huidor, criminal— y las "genéticas" —endemoniado, con mal de bubas, con gota coral (epilepsia), hético (tísico), corcovado, cojo, etc.—. En contrato elaborado en la oficina del escribano del Concejo de Castilleja Juan Vizcaíno sobre la venta de una esclava a Juan Sanchez Delgado se dice de ella una tacha, la de geofagia, no muy frecuentemente contemplada en semejantes documentos. Veamoslo:
Elena Hernandez, honesta, vecina de la Ciudad de Sevilla en la collación de Santa María y estante en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, vende a Juan Sanchez Delgado1, vecino de dicha Ciudad de Sevilla en dicha collación de Santa María y residente en la Calle Real de la dicha Villa de Castilleja de la Cuesta, una su esclava de color moreno atezado, llamada Leonor, de veinte y cinco años de edad poco más o menos, marcada en la cara con una "S" y un clavo2, sin tacha ni de ladrona ni huidora ni hética ni endemoniada ni de ojos claros y no verdes3 ni mal de bubas ni come tierra4 ni [ilegible] por precio de ochenta y cinco ducados de oro. Dado en el corral de las casas que en esta Villa tiene Pedro de la Torre, que es dentro de esta Villa, su término, jurisdicción y Señorío, el martes día doce del mes de noviembre del año de mil y quinientos y cuarenta y nueve.

1.- Para Juan Sanchez Delgado, ver "Los esclavos 41j" —entrada de abril de 2009—, y "Rodrigo de Cieza 1" —entrada de noviembre de 2008—. Este personaje experimentó en los diez años siguientes al de la compra de la esclava Leonor un raudo ascenso social que revela su éxito con los negocios. Veremos más adelante como encarga construir un palacete en la Calle Real, dotado con lujos como embaldosados de mármol y galerías con columnas y arcos.

2.- La "S" y el clavo eran grabados a fuego en los rostros de los cautivos muy habitualmente, y se interpretaban como "Sclavo", esclavo.

3.- Se creía que los esclavos de ojos claros tenían disminuidas sus capacidades visuales, especialmente de noche y en la oscuridad.

4.- El fenómeno de la geofagia o comer tierra se sigue practicando en ciertas regiones hoy día, y ha sido muy poco estudiado. Parece haberlo tratado, aunque en forma literaria, Edward P. Jones, en su novela histórica The Known World, editada en 2003 y recipiendaria de premios como el National Book Critics Circle Award, el Pulitzer Prize for Fiction o el International IMPAC Dublin Literary Award.
En Las venas abiertas de América latina Eduardo Galeano dice que "De aquellos tiempos coloniales [fines del siglo XVI en Brasil] nace la costumbre, todavía vigente, de comer tierra. La falta de hierro provoca anemia; el instinto empuja a los niños nordestinos a compensar con tierra las sales minerales que no encuentran en su comida habitual, que se reduce a la harina de mandioca, los fríjoles y, con suerte, el tasajo. Antiguamente —añade citando a Josué de Castro, Geografía da fome, San Pablo, 1963— se castigaba este "vicio africano" de los niños poniéndoles bozales o colgándolos dentro de cestas de mimbre a larga distancia del suelo."
El siguiente párrafo de Lo femenino y lo sagrado, página 207, de Catherine Clément y Julia Kristeva, proporciona más detalles:
"Pues bien, ¿sabes que los esclavos africanos deportados al Brasil se suicidaban comiendo tierra? No comprendí el verdadero sentido de esta extraña muerte hasta que estuve en Dakar, trabajando con mis estudiantes de la Universidad de Cheikh Anta Diop —¡pues sí!— sobre el objeto transicional según Winnicott. Imposible encontrarlo en la figura de la mantita o el osito de peluche, el objeto transicional en África Occidental podría ser la tierra, que el niño traga alegremente bajo la tierna mirada de las mujeres de la familia. Esta costumbre no sólo está admitida, sino prescrita: para crecer hay que comer tierra. En el exilio mueres con la tierra que no es la tuya. "Come tu Dasein", decía Lacan citando a Heidegger. Hay que comprender que en África el Dasein es "una parte" de la tierra. El blues procede de ahí, como la respiración del canto procede de los abdominales del vientre."
En una litografía del artista francés Jean-Baptiste Debret (1768-1848), quien fue pintor del Emperador de Brasil a principios del siglo XIX, se muestra un esclavo negro llevando un bozal para prevenir el suicidio por ingestión de tierra, y en Internet, www.articlearchives.com, José Gordon escribe sobre el tema fundándose en un artículo de The Geographical Journal de marzo de 1997: "De acuerdo con dos investigadores de la Universidad de Wales en Aberystwyth, Gran Bretaña, la tradición de consumo de la tierra está viva en el trópico africano, en la India, en Jamaica y hay reportes de ella en Arabia Saudita. Ehsan Masood señala que a pesar del advenimiento de religiones modernas y del fin de la esclavitud, comer la tierra no es inusual aunque dicho fenómeno, conocido como geofagia, se confina en los sectores más pobres de la sociedad.
Es, según el artículo referido, práctica común en muchos miembros del reino animal y hay presencia de ella en la prehistoria, hace 40.000 años; se especula que pudiera tratarse de un rito de fertilidad, de absorción de las capacidades reproductivas de la tierra por parte de los seres humanos, unido a la creencia en los mágicos y religiosos poderes de ella. Humboldt registró que en tiempos de inundaciones anuales los Otomanos, a falta de pescados y tortugas, preparaban y comían bolas de entre 12 y 15 centímetros de diámetro amasadas con materiales aluviales. Podían comer a diario medio kilo de tierra para aplacar el hambre, sin efectos nocivos para la salud, al menos en apariencia, pero al contrario, David Livingstone describió y comentó en sus observaciones antropológicas africanas una dolencia característica de esta práctica. El afán compulsivo por comer tierra en las mujeres hindúes propició que se vendiera, a modo de pan, en los bazares. Apunta también Humboldt que las mujeres de Java comían tierra para crecer y mantenerse delgadas en cumplimiento de las exigencias estéticas de aquella sociedad.
Puesto que los dueños de esclavos tenían una gran preocupación por la geofagia, los médicos coloniales se envolvieron en el estudio de sus consecuencias. Los esclavos llevaban, para aliviar dolores gástricos, porciones de tierra —infectada de anquilostomas, gusanos nematelmintos parásitos del hombre con una cápsula bucal provista de dos pares de ganchos que le sirven para fijarse al intestino delgado— en sus viajes trasatlánticos. La persistencia en este hábito deterioraba marcadamente a los individuos, y grandes grupos de negros se excedían en él con la firme creencia que después de la muerte sus almas podrían retornar a sus países nativos, según predicaban sus magos y curanderos. En el año 1687 aproximadamente el 50 por ciento de las muertes entre los esclavos de Jamaica debíase a la ingestión de tierra, la cual producía la enfermedad que se vino en llamar caquexia africana. Los métodos para detener esta "epidemia" podían ser muy duros, incluyendo bozales —como acabamos de ver— y máscaras fuertemente sujetas, cadenas y grilletes, y, con frecuencia, los cadáveres de los fallecidos por esta geomanía eran desmembrados en público para disuadir a los esclavos que creían que un cuerpo mutilado no podía retornar espiritualmente a la madre patria. Muchos buscaban cualidades de sabor, olor, color, suavidad o plasticidad, describiendo las tierras que comían como sabrosas, dulces, saladas, etc., y en ciertos lugares se preparaba cocida u horneada, lo cual tenía la ventaja de que los potenciales parásitos intestinales eran destruidos; en otras ocasiones se usaba como ingrediente para desintoxicar alimentos, y con fines medicinales, contra la sífilis o el beri-beri. Recientemente, en Uganda, ha sido recetada por curanderos para luchar contra el SIDA.
Por otro lado y según últimas investigaciones, entre sus virtudes está la prevención de la dispepsia y la promoción del crecimiento de la microflora intestinal.

viernes, 7 de agosto de 2009

Los esclavos 70

El negro emprendió el periplo a Sevilla. Cuando tras cruzar Gines desde su plaza desembocó en el Camino Real de Portugal se detuvo un momento para empinar un jarrillo de morapio en una tabernucha que se erguía en el cruce, a la sombra de unos añosos pinos por cuyas espesas copas se filtraba el oro del ocaso, y, feliz y optimista, canturreando bajo las nubes de gorriones que hacían el último vuelo hacia sus dormitorios, e imaginando giros nuevos y pasos originales para sus bailes, con los que pretendía acaparar la expectación de la concurrencia, condición que tan necesaria le era para lograr ese especialísimo estado de inspiración que solo las personas de verdadero temperamento artístico pueden alcanzar, marchaba nuestro amigo Juan Martin, rítmico el paso, el corazón batiente y la mirada limpia y alta. Al llegar al fin del término ginecino se desvió por el ascendente y retorcido callejón de Las Escaleras para aliviar la vejiga oculto entre los barranquillos coronados de higueras que delimitaban a un lado y a otro el estrecho desfiladero. Aquel resguardo servía de mingitorio para cuanto caminante usaba la antigua vía que, siguiendo el trayecto diario del astro rey, dividía por la mitad el Aljarafe de oeste a este.
Penetró luego Juan por la Calle Real de Castilleja abajo y, cumpliendo las recomendaciones de su ama, buscó en la hacienda de don Antonio de Gibraleón a su compañero Alejandro.
Era Juan conocido por muchos y envidiado por los más. Tenía un aura de genio, un resplandor especial, un acompasamiento en sus palabras, un andar hamaqueante que, pese al aspecto gorilesco de su cuerpo, denotaba la posesión de unas dotes superiores, de una etérea agilidad y de una sensibilidad sublimada en puro espíritu; pero era en plena acción, bailando zarabandas en Santa María la Blanca, desplegando una energía cósmica tan expresiva cuanto inefable cuando, patente una transformación de su persona que arrancaba estremecimientos de escalofrío, todos, los negros habituales y los blancos aficionados, presos de la emoción y con lágrimas en los ojos, reconocían la sobrenaturaleza que lo constituía y la fuerza poderosísima que irradiaba su alma abierta al universo y como reflejando sus potentes chorros de luz hasta lo más hondo de las del espectante y sobrecogido auditorio.
La zarabanda, si no originaria de estas tierras, era al menos un baile modelado en Sevilla, un producto típico hispalense formalizado por los esclavos negros de la comarca, los cuales supieron imprimirle misterio, carácter, viveza y trascendencia. Las letras eran populares y se adornaban con silbidos, gritos hululantes e imitaciones de animales —grillos, búhos, etc.—, y el acompañamiento instrumental lo proporcionaban guitarras, castañuelas y diversos tipos de tambores. De raíces muy mal explicadas en la mayoría de las obras de referencia, se inclina el común de los eruditos en achacarle ascendencia oriental, aceptándose generalmente que su nombre procede el persa serbend. El Oxford Dictionary of Music la hace proceder de América del Sur, enlazando así con algún teórico que la explica como producto de los esclavos "de ida y vuelta". En el siglo XVI los administradores de las emociones, léase los funcionarios de la nefasta institución religiosa con sede en El Vaticano, viendo peligrar el control y dominio que sobre dichas emociones ejercían y la efectividad de los dictados canónicos que para ello imponían sobre los gustos estéticos y sus manifestaciones públicas —Juan Martin solamente moviendo sensualmente las caderas era capaz de arrastrar parroquias enteras— decidieron prohibirla y así borrar de la conciencia colectiva lo que con temor consideraban, en su empeño de enseñoreamiento de las mentes, una competencia indeseable y peligrosa: "... entre las otras invenciones ha salido estos años un baile y cantar tan lascivo en las palabras, tan feo en los meneos, que basta para pegar fuego aun a las personas más honestas...", avisaba escandalizado un insigne moralista jesuita*, y hasta Felipe II durante su reinado (entre 1555-1598), quien no se caracterizó precisamente por su continencia sexual ni por su ortodoxia cristiana, reflexionó sobre la pertinencia de prohibirla, haciendo amagos legislativos para acabar con ella**. Pero fueron los "genios oficiales", los compositores más o menos domesticados por los poderes fácticos y los intérpretes autómatas circenses los que, aguándola, le hicieron sufrir un profundo cambio de sus características, deformándola y diversificándola en muchos tipos de danzas diferentes en las escuelas de "música culta" durante el siglo XVII, y, ya en el XVIII, convirtiéndola en un baile grave y reposado con compás ternario, generalmente de tres por dos, vaga sombra de lo que fue pero muy del agrado de las masas burguesas post-renacentistas. Händel escribió una característica zarabanda para baile, Lascia ch´io pianga, a la que luego se le agregó letra para ópera, Purcell la usó como último movimiento de suites clásicas, y Bach y otros le añadieron una giga seguida. En el siglo XX la revivieron Debussy, Satie, Vaughan Williams y Britten.

* Así escribía de la zarabanda el padre Juan de Mariana (1536-1624) en su Tratado contra los juegos públicos.

** La prohibió en 1583, tachándola de desatada y repugnante, y porque "excitaba malas emociones".

domingo, 2 de agosto de 2009

Los esclavos 69

Con la expansión del resplandor del lubricán matutino comenzó a cobrar animación el Camino Real, perfectamente visible en un gran tramo desde el escondrijo en el que se encontraba Antón tras las carnicerías. Cuando quiso darse cuenta después de haber comido el desayuno proveído por los matarifes, negreaban cientos de hormigas sobre su fardo. Recordó sobresaltado las gallinas muertas y al mirar en el interior pudo comprobar que se encontraban ya en el primer estadio de descomposición, con las carnes flojas y cubiertas de manchas verdosas. A su olor habían acudido los himenópteros. Sacó el contenido del petate, lo sacudió quitando todos los molestos insectos y arrojó los restos de las tres aves a un vertedero cercano en el que se amontonaban los despojos de las reses de los tablajeros y en donde pasarían desapercibidas, buscando así borrar cualquier pista de su estancia en Castilleja.
Pasaron arrieros con sus recuas camino de Sanlúcar la Mayor, carruajes acaso hacia el sur de Portugal, viajeros solitarios a caballo y sobre todo muchos mendigos y esclavos que desde toda la comarca y aún de la provincia de Huelva se dirigían a la capital para aprovechar la animación que propiciaba el fin de semana. El día prometía frescura y luz, con grandes nubes blanquísimas flotando ingrávidas en las alturas. Antón por momentos dejaba volar su imaginación en el pasado, contemplando los lejanos alcores azulencos que bajo el sol naciente iban adquiriendo matices y detalles. Creyó ver en la diminuta forma de un puntito blanco apenas visible en la ladera difuminada la desvalijada hacienda de Pero Mingo. Por allí estaba Carmona. Le pareció todo muy cercano, engañado por el efecto de la distancia. Pero hubo de cortar sus divagaciones mentales. No podía permitirse el lujo de perder tiempo con semejantes extravíos. Estaba ahora en Castilleja de la Cuesta, y en gran peligro. Centró su atención en los alrededores. Se fijaba especialmente en los caminantes negros, esperanzado en encontrar entre ellos a algún conocido que le auxiliase. No tuvo suerte, pero en el pueblo tenía a alguien a quien recurrir. Se llamaba Alejandro, era compatriota suyo y sirviente de Antonio de Gibraleón, hacendado en la Calle Real (ver "Los esclavos 41v y 41u").
Cuando el joven Antón se dispuso a acercarse con la máxima cautela a la hacienda de Gibraleón, Alejandro, recién salido del camastro donde descansaba en dicha hacienda, se encaminó hacia el fondo de la huerta donde, en un cobertizo, se alojaba un su huésped, —aprovechando que el amo don Antonio se encontraba ausente y que el capataz era persona condescendiente—; era un compañero de fatigas propiedad de una señora de Gines, llamado Juan Martin, al que ya hemos tenido la oportunidad de conocer desde "Los esclavos 61 y 62". El día anterior, viernes, al anochecer, Juan Martin, viniendo de Gines y con permiso de su ama la viuda Luisa de Alfaro, había rogado a Alejandro que le permitiera pernoctar en la hacienda hasta la mañana sabatina, en la que reanudaría su camino a Sevilla. Alejandro no vio inconveniente alguno, de manera que lo cobijó en el sombrajo dicho.
Juan Martin era amigo de bailes populares, diversiones callejeras y fiestas campechanas, y no dejaba escapar una oportunidad para disfrutar de todo ello. A pesar de su edad (40 años era plena vejez para un andaluz medio y especialmente para un esclavo) resultaba ser un maestro del taconeo en cuanta chacona o zarabanda se organizaba en las celebraciones dominicales de Santa María la Blanca. Y precisamente aquel fin de semana se había propuesto pasar en Sevilla unas jornadas de desenfreno, de vino y de música, a las que invitó a Alejandro. Hablaron un rato sentados en un poyo del patio mientras se hacía completamente de día.
Juan Martin traía directrices explícitas de su señora en lo que respecta a cómo debía comportarse en sus horas de asueto. La tarde anterior doña Luisa lo había llamado a su salón, tras el almuerzo, para otorgarle su licencia y a la vez repetirle unas recomendaciones que la vieja viuda consideraba de obligado cumplimiento.
—Juan, es día de tu fiesta.
El esclavo, de pie en la puerta de la sala, se había quitado una mugrienta gorra que, nervioso, giraba entre sus grandes manos.
—No quiero tomar trabajo por tus necedades. Ten noticia de con quien vas en Santa María, no te pido con ello nada fuera de razón. No has de beber en demasía, desde luego.
—No, mi señora.
—¿Vas a ver a Alejandro el de Gibraleón? —Y continuó sin esperar respuesta —Es hombre de buen juicio, y su costumbre debe guiarte.
—Lo que vuestra merced mande, señora. Iré a buscarlo esta tarde.
—No huelgo sino de oír hablar que no te han injuriado, Juan Martin. Cuida de lo que hagas. Y de cómo lo hagas.

Era una mujer con cierta formación cultural y todavía en buen estado físico de conservación, pero poseída por una afectación rayana en lo delirante, cuya principal manifestación consistía en una monomanía que alimentaba secretamente en el fondo de su alma: crear una especie de corte renacentista al modo italiano en la mansión que su marido difunto le había dejado, situada entre el Pósito y la Cárcel del Concejo, enfrente de la iglesia en la plaza principal de Gines. Aunque no había viajado nunca en su vida a Italia —sí lo había hecho un hermano suyo, recientemente fallecido— considerábase, en un rasgo de magnanimidad con ella misma, una señora de las de la antigua usanza, de las que medraron en la vecina península durante la explosión de entusiasmo por el clasicismo que definió a aquella sociedad cuando durante el siglo XIV, con la prevalencia de los poderes personales convertidos en Estados, surgieron como hongos pequeñas pero lujosas cortes en torno a los abundantes tiranos aristocratizados.
Devoraba Luisa de Alfaro la traducción de Boscán de El Cortesano de Castiglione* identificándose sin reservas con la Duquesa que hospedaba en su palacio de Urbino a la horda de ociosos vividores, horda que ella quería ver como la culminación de la inteligencia, del buen gusto y de la sensibilidad. Buscaba con afán hombres y mujeres así, a quienes invitar a su residencia ginecina, pero lo único que tenía a su disposición eran malolientes labriegos borrachines, desvergonzados pastores libidinosos y soeces matronas analfabetas. Todo lo cual angustiábale amargamente, reafirmaba su aislamiento y, agigantando su soledad en el pequeño pueblo, la iba neurotizando en la última etapa de su existencia.
Juan Martin salió de la estancia cargado con una preocupación. Doña Luisa había aludido a algo que le inquietaba: había hablado de "injurias". En efecto, desde unos años a esta parte la fiesta semanal de los esclavos fue degenerando, en parte debido al vino, hasta convertirse en escenario frecuente de lances y altercados que por lo general terminaban de manera sangrienta. Y Juan, precavido, escamoteaba del cuarto de las herramientas un viejo calabozo que, colgado de su cinto y oculto bajo el faldón del sayuelo, le garantizaba una adecuada defensa frente a cualquier y mas que probable intento de agresión.
Sospechaba que su posesora estaba al tanto y que hacía la vista gorda. Y no se equivocaba. A la viuda —como a todos los detentadores de aquellos bienes animados— le interesaba en especial la integridad física de su "propiedad".

* Baltasar de Castiglione, que había llegado a la corte de Carlos V en Madrid el 11 de marzo de 1525 en calidad de nuncio enviado por el papa Clemente VII ( murió en Toledo el 2 de febrero de 1529 ), se encontraba justamente un año después, el 11 de marzo de 1526, en la capital andaluza, donde —en su Alcázar— tuvo lugar la boda del emperador con Isabel, princesa de Portugal. Por entonces la sevillana doña Luisa de Alfaro era cortejada por el Bachiller Morillo, y ambos encontraron en los festejos que la ciudad organizó con motivo de la boda imperial fuente de ensoñaciones para la suya propia, que acaecería poco tiempo después. Desde entonces habitaron en la heredad de Gines.
Mujer ciertamente soberbia y creída, en su fuero interno siempre se consideró elemento imprescindible para que el Bachiller desempeñase su oficio —en muchas ocasiones en la vecina Villa de Castilleja de la Cuesta—, y aun desarrollase con buen fin su vida y su existencia, minimizando unos conocimientos técnicos y prácticos que veía como secundarios. Con toda naturalidad recomendaba formularios, escribanías y contactos a conocidos y vecinos en base a que "lo había visto hacer a su esposo" o a que "entendía de ello".

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