martes, 29 de septiembre de 2009

Los esclavos 75f

Los ruidos fueron más que las nueces aquella noche guzmareña, y todo se resolvió por medio de las "instancias superiores", por lo cual ni se necesita referir que los escándalos nocturnos continuaron en la borrachería de Juan Rodriguez.
En honor a la verdad y a Juana Hernandez dejamos constancia de que la sacrificada mujer agotó todas las posibilidades que el mercado del trabajo le ofrecía, antes de emprender la referida arriesgada actividad en el tugurio de ludópatas de la vecina villa. Véase como ejemplo este contrato —hecho un mes después de la muerte de su marido— para efectuar recolección de aceitunas en un extenso olivar que abarcaba parte del término de dicha Castilleja de Guzmán y parte del de Valencina:
En la Villa de Castilleja de la Cuesta en miércoles 3 de junio de 1545 ante el Señor Alcalde Ordinario otorga Juana Hernandez, mujer que fue de Juan de Padilla, difunto, vecina en la Calle Real de esta dicha Villa de Castilleja de la Cuesta, al Señor Veinticuatro Antonio de Soria, vecino de Sevilla, y a Pedro Cornejo1 en su nombre, ausente, de se le dar una cogedera2 para coger aceituna en sus olivares que tiene en Albarjáñez este presente año, con Ana Rodriguez su hija3, y se obliga de ir a coger desde el primero día que fuere llamada en adelante, hasta ser acabado de coger todo el esquilmo, so pena de media arroba de aceite por cualquier día que dejare de ir4; por precio los primeros y postreros sueldos de 12 maravedíes de jornal, y cada canasta a 8 maravedíes5. Otorga que ha recibido del dicho Pedro Cornejo 2 ducados de oro para los desquitar en la cosecha o tasa. Testigos, Antón Millán, Francisco ¿Perez? y Cristóbal Bernal, escribano público. (Tachado en el original).

1.- Ambos el Veinticuatro don Antonio Hernandez de Soria, dueño de la heredad de Albarjáñez (con la hacienda en términos de Valencina), y su mayordomo Pedro Cornejo, contrataban una gran masa de jornaleros llegada la época de la cosecha olivarera, y por lo que aparece en la documentación tenían especial predilección por los matrimonios con o sin hijos y por las viudas con hijos, todos ellos vecinos de las localidades circundantes y, como es obvio, integrantes de la clase social más humilde. Era costumbre casi obligada dar como anticipo a estos cabezas de familia 2 ducados, a descontar del importe del sueldo final.
La hacienda de Albarjáñez constituía por sí misma casi una población autónoma. Poseía capilla con cura particular, en la cual se celebraban matrimonios, bautizos, etc. Tenía también su cementerio. Debía disponer de viviendas para los abundantes empleados fijos, como eran los encapachadores y los molineros de sus varias almazaras.

2.- Cogedera. Parece localismo. Ni en el "Tesoro" de Covarrubias ni en el Diccionario de Autoridades se encuentra el término mas que con un sentido aproximado al que se le da en estos contratos. El más cercano lo encontramos en "cogedora" en el Vocabulario Andaluz de Antonio Alcalá Venceslada: Femenino. En la recolección de aceituna, operaria que la recoge.
También como adjetivo lo encontramos en el epigrama dedicado al pueblo de Valencina del "Recibimiento que hizo la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla a la C.R.M. del Rey don Felipe N.S.", de Juan de Mal Lara (1524-1571): "A la otra parte de la muralla fingida, estaba Valencina, una mujer aldeana en hábito de cogedera, con una basquiña azul* y ropa colorada, en la mano izquierda una cesta de aceitunas, con un delantal blanco y unos pollos. Según dice el cantar, es del Aljarafe. Tiene las particularidades que los otros. Viven en ella algunos caballeros de Sevilla.

Sunt oleae, sunt oua mihi, raucaque palumbes,

Et valeo olaceas stringere, robur inest.
Paruula sum censu, sed amico magna Philippo
Piam, Maiestas si mea rura perit.

(Tengo aceitunas, huevos y roncas palomas;
puedo coger aceitunas y tengo fuerzas para ello.
Pequeña soy en la renta, pero podré ser grande con el servir a Felipe,
si la majestad viene por mis heredades).

Mirad vuestra servidora,
que lo soy por vida mía,
y de lo que aquí se cría
recibid, que en tan buen hora
tengo yo nueva alegría.
Pobre soy, pero muy rica,
si vos, Señor, me miráis
y del olio os contentáis,
si con esta palomica
y huevos no os enfadáis.

En muchas partes de estos epigramas procuré contrahacer la forma de las razones que diría cada uno de los pueblos a Su Majestad cuando le hablase, una más avisada de que otra, guardando el decoro cuanto mejor pude."

* Basquiña. Ropa, ò saya que trahen las mugéres desde la cintúra al suelo, con sus pliegues, que hechos en la parte superiór forman la cintúra, y por la parte inferior tiene mucho vuelo. Pónese encima de los guardapieses y demás ropa, y algunas tienen por detrás falda que arrastra. (Diccionario de Autoridades). En "Rodrigo de Cieza 11, nota 2", entrada de diciembre de 2008, se proporcionan más detalles de esta indumentaria femenina.

Parece deducirse del texto documental que hemos transcrito que Juana Hernandez y su hija con su "cogedera" iban a practicar la técnica conocida como "ordeño", consistente en coger los frutos del olivo a mano, depositándolos en un cesto colgado en bandolera, en lugar de los otros sistemas de vareo o de sacudido. Este cesto se conoce en Andalucía como "macaco": Macaco. Masculino. Cesta que se cuelga al cuello el que ordeña aceituna, para recogerla. Vocabulario Andaluz, A. Alcalá Venceslada.
El sustantivo santanderino "cogedera" —o sea, época de la recolección de los frutos— lo usó José María de Pereda (1833-1906) en "La Puchera".

3.- Ana tenía que ser una adolescente en los tiempos de su reciente orfandad.

4.- En semejante contexto de monocultivo el aceite adquiría valor monetario per se.

5.- 8 maravedíes la canasta, aparte del jornal diario, era un poderoso aliciente para trabajar al máximo rendimiento.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Los esclavos 75e

Cuando con el litigio de su marido se terminaron para Juana Hernández y sus hijos los suculentas tajadas de carne fresca que ella guisaba adobándolas con tal exquisitez que despertaban no solamente la gazuza sino la envidia de toda su calle con aquellos excitantes efluvios que de sus cocciones en la marmita alentaban por puertas y ventanas, sus relaciones de pareja sufrieron un fuerte golpe. Entonces se desveló la enfermedad que llevaría al carnicero a la muerte. Brotábanle en la espalda, a lo largo del entrecuesto, unas pequeñas lupias lardosas que, al margen de alguna molestia al recostarse en el respaldo de las sillas, eran perfectamente soportables hasta el momento en que crecieron y proliferaron en un sentido alarmante, sucediendo que al menor roce rompíanse manchando los camisones, —que Juana lavaba incansablemente—, de una sustancia rosada, aceitosa y con tan repugnante olor que la obligaba a apartar la cara, presa de arcadas y fatigas.
Juan de Padilla era un hombre grueso y albo como los cerdos que comercializaba, y le faltaban varios trozos de los dedos de sus manos a causa de distracciones a la hora de manejar la astraleja de tablajero. Aunque su corpulencia y estructura física lo eximía de ser clasificado entre los obesos, antes al contrario, poseía una recia musculatura con la apariencia maciza de la de un toro, no daba la impresión de ser persona de proporcionada potencia. Su mujer lo complementaba en cuanto a fuerza revestida de feminidad y finura, alta y trigueña, con una piel pálida salpicada de pecas doradas y unos ojos cuyo color recordaba el tomillo y el hinojo bajo el rocío de los campos otoñales al amanecer. Desde que se conocieron, muy jóvenes, se habían entendido bien, y ambos, carentes de grandes ambiciones acordaron tácitamente desarrollar una vida pasiva, tranquila y anodina, basada en la rutina y casi en la exclusiva contemplación del devenir existencial.
Llegó un momento dramático en la vida de Juan de Padilla cuando sus lobanillos pestilentes comenzaron a causarle problemas en lo atinente a su vida pública y a la convivencia con sus paisanos, en el sentido de que, como la aura maléfica de un castigo demoníaco, lo acompañaba en su persona a lo largo del día el nauseabundo hedor, produciendo el explicable rechazo social. Sus enemigos no perdieron la oportunidad de, comparándolo con los animales de la carnicería, tildarlo en son de mofa de "puerco", "cerdo", "gorrino", etc., hasta el punto de conseguir que el enfermo se fuera retrayendo hasta el extremo de acabar aislado en el fondo del patio de su casa, vegetando a la espera del desenlace final, deprimido y perdidas las esperanzas e ilusiones de la vida. Por entonces ya no entraba dinero en su hogar.
Pero la verdadera muerte de aquel hombre, al menos de cara a sus convecinos, la certificó la terminación y fin de los aromas de carne asada o guisada de mil exquisitas maneras que habían sido durante mucho tiempo el honroso blasón de su vivienda, ahora sustituido por el áspero y desaborido olor de los tristes garbanzos o de las humildes lentejas, y ni siquiera todos los días.
En sus últimos tiempos de bienaventuranza Juana cocinaba productos cárnicos de menor calidad, como eran sesos y cabezas de reses, casquería de todo tipo, vísceras, orejas y pezuñas. Utilizaba como aderezo zumo de limón o de uvas verdes. Elaboraba majados en el almirez a base de ajos, pimienta y pimentón, con cuya explosiva mezcla una vez suavizada por dilución en agua regaba por encima los guisos que a fuego lento enternecían las asaduras previamente fritas en pequeños trozos, y como guarnición añadía a sus platos las cebollas criadas en su propia huerta. Contra lo que se pudiera creer, todavía el aceite de oliva no estaba muy extendido en la freiduría, para la cual era más común la grasa de cerdo en manteca.
Cuando Juana Hernández enviudó, y habida cuenta de que seguía conservando especial atractivo, acudieron "moscones" en abundancia intentando libar de aquel hermoso y ahora tan asequible pastel. El constante acoso y la falta de recursos la llevó a ejercer actividades que, para la moral de la época, se desarrollaban al borde del abismo. Muchos justificaron sus actos, compadeciéndola. No faltaba quienes la envidiaban.
Quedó testimonio fehaciente del sórdido ambiente en el que se desenvolvía cuatro años después de enviudar, al cual ambiente había llegado en gran parte engañada con falsas promesas por gente que se presentaba a ella como bienhechora y cristiana, pero que en realidad eran poco menos que traficantes sin escrúpulos. Cierto día unas personas, por mandado de un primo hermano del difunto Juan de Padilla, le hablaron de un trabajo bastante bien remunerado en la vecina Villa de Castilleja de Guzmán, en una especie de mesón perteneciente a un tal Juan Rodriguez, vecino de aquella localidad. Necesitaban una cocinera y mujer de la limpieza, y tras rápidos contactos y entrevistas fue admitida y se apalabró el contrato. No faltó quien la llevase y trajese a la grupa de un asno diariamente, y el único inconveniente consistía en que la mayor actividad en aquella fonda se registraba ya bien entrada la noche, en forma de juergas y partidas de naipes que en muchas ocasiones acababan en trifulcas con espadas por medio. Tampoco arredró tal circunstancia a la decidida viuda, y a trancas y barrancas fue saliendo airosa cada jornada de las embestidas de borrachos y de las solicitudes de mujeriegos, en gran medida gracias a la protección que le brindaba su primo político, uno de los clientes más asiduos y su recomendador como ya hemos dicho, Pedro de Padilla de nombre, criado de Su Señoría el Conde de Olivares y empedernido jugador. Mas si alguna vez transigió la viuda cocinera en otorgar sus delicados favores ante el argumento de un puñado de monedas de manos de algún señorito trasnochador —y el criado del Conde tenía siempre algo que ver en ello— fue primera y principalmente pensando en el bienestar material de sus hijos.
Una calurosísima noche de agosto del año 1549 la casa de Juan Rodriguez era un hervidero de vociferantes parroquianos en mayor medida bebidos que comidos y los más de ellos forasteros, con cuyos gritos y amenazas tenían en vela al pueblo entero. Hacia las tres de la madrugada continuaban las discusiones y el escándalo, y el posadero se veía impotente para desalojar a sus pendencieros clientes, algunos de ellos de importante estrato social. Se habían descubierto trampas en una partida de cartas, y nadie daba su brazo a torcer en la consiguiente discusión, enervados todos por el vino y el calor. Juan Rodriguez amenazaba con retirar las velas y dejar la estancia a oscuras, dando gritos con toda la fuerza de que era capaz. La viuda del carnicero se refugiaba en un rincón del cuchitril que hacía las veces de cocina, intentando por todos los medios pasar desapercibida. Pedro de Padilla actuaba de moderador, aunque no muy convencido de su papel. Había un par de matones que llevaban dos horas a vozarrones defendiendo a Bernardo de Almansa, señorito casquivano y chulesco, hijo del Jurado Almansa, al cual habían ganado catorce o quince veces seguidas con, decían protestando sus partidarios, naipes cortados por una esquina. Fernando Hernández del Garrobo, hombre ya entrado en años, muy conocido vecino de la Villa y con una borrachera descomunal, cantaba obscenidades mientras empinaba un pichel tras otro.
"No hable tan descortesmente que le hago amansar la mollera", "ruin hombre", "bellaco", "villano", se oyó proferir con voces roncas en ciertos momentos.
Hasta que ocurrió lo que tenía que ocurrir. Varios vecinos se concertaron para ir de inmediato a quejarse al Alcalde, al cual sacaron de la cama. La noche era un horno, el aire mareaba. El grupo con la autoridad en cabeza, —vara enhiesta y paso decidido—, se presentó en la puerta del tugurio. "Chillan como los puercos de la carnecería", comentaba un alguacil. Ladraban desaforadamente todos los perros de la zona, como puestos de acuerdo. Semitendido a la entrada del caramanchel y revuelto en el polvo del suelo un azacán endevotado del barbudo Dionisos, —hundido por el vino aquél en la tierra reseca como éste por el poder de Licurgo en el turbio mar—, articulaba palabras ininteligibles. El aire en el interior era sofocante y alrededor de las velas volaban relucientes los mosquitos. Almansa el perdedor ostentaba el liderazgo de los alborotadores, y a él se dirigió el Alcalde acusándole de "venir a revolver el pueblo". No era la primera vez que incurría en cuestiones de este jaez, y ya con anterioridad le había prohibido que viniese a jugar a la localidad. El hijo del Jurado no lo dudó un segundo: desenvainó su espada y le largó unas cuantas estocadas y reveses.
Juana Hernandez ante los hierros desnudos despepitábase con baladros aterrorizados.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Los esclavos 75d

Pero no acabaron las penalidades de Juan de Padilla con el depósito de bienes y la consiguiente excarcelación, sino que su negro destino lo persiguió hasta después de muerto. Dicho deceso debió acontecer poco después de los hechos que acabamos de narrar —entre marzo y mayo de 1545— lo que nos da pie para sospechar que en su muerte tuvieron algo que ver los amargos disgustos proporcionados por la desastrosa gestión de las carnes de abasto del pueblo. En efecto, en el folio vuelto de la hoja que nos sirve de referencia y fuente se documenta la continuación de sus tribulaciones, mencionándosele ya como "difunto que Dios haya". Habido lo cual, su hijo Francisquito debía ser rorro de pocos meses, e incluso cabe la posibilidad de que la viuda Juana Hernández lo fuese estando embarazada de él, puesto que en el tiempo de sus juegos con el hijo de Francisco de Aguilar en la Plaza en 1552 no podía tener más de 6 ó 7 años. Pero veamos en qué consiste esta vuelta de hoja referida:
El miércoles 6 de mayo de 1545 ante el Señor Juan de Santana, Alcalde Ordinario de esta Villa de Castilleja de la Cuesta, pareció presente Francisco Suárez, vecino de la Villa de Villanueva del Ariscal, y dijo que por cuanto él ha tenido y tuvo muchas cuentas con Juan de Padilla, difunto que Dios haya, vecino que fue de esta dicha Villa de Castilleja de la Cuesta, el año pasado de 1544, y después de averiguadas el dicho Francisco Suárez alcanzó al dicho Juan de Padilla por 3.163 maravedíes, siendo testigos el Jurado Plasencia, vecino de Sevilla1, y Hernán Gomez, vecino de la dicha Villa de Villanueva del Ariscal, y el dicho Juan de Padilla dejó muchas deudas y él no sabe quiénes son sus herederos ni a quién pedir, pide al Señor Alcalde que mande embargar todos sus bienes y hacienda hasta tanto sus herederos paguen y cumplan. Pide justicia y costas.

1.- Acerca de este Jurado Francisco de Plasencia, morador de Castilleja, aportamos algunos documentos:

Francisca ... , viuda de Gonzalo Dominguez, vecina de la Calle Real, jurisdicción de la ciudad de Sevilla en el lugar de Tomares, otorga poder al Jurado Francisco de Plasencia, vecino de Sevilla en la collación de San Isidro, especialmente para que cobre a Juan Jiménez, vecino de esta Villa, el dinero que le debe por el alquiler de una casa y por cierto trigo que le dió. Fechado el jueves 10 de junio de 1557. Francisca no sabe firmar.

El miércoles 6 de octubre de 1557, estando en la huerta de las casas de Juan de Torres que son en el Señorío de esta Villa el escribano público del Concejo de esta Villa Miguel de las Casas, doña Isabel de Villa, y su marido el Jurado Francisco de Plasencia, vecinos éstos de Sevilla en la collación de San Isidro, la dicha Isabel, con licencia de su marido, dijo que por cuanto ha llegado a su noticia que el Bachiller Juan Sanchez ¿Ecerbez? su hermano ha fallecido, le pertenecen sus bienes, y así lo pidió por testimonio para guarda y conservación de su derecho. Firmó su marido el Jurado; ella no sabe hacerlo. Testigos, Bernabé Martin, vecino de Sevilla y morador en esta Villa, y Salvador Perez, criado de dicho escribano Miguel de las Casas.

Y en su testamento otorgado el domingo 20 de septiembre de 1556 Cristóbal de Castro, albañil, vecino de Sevilla en Triana y morador de esta Villa, afirma deberle al Jurado Francisco de Plasencia cierta cantidad de maravedíes.



De manera que el difunto Juan de Padilla arrastraba trampas inmemoriales. El Alcalde exigió al ariscaleño pruebas testificales y documentales que certificaran sus afirmaciones y éste, que demostró venir bien asesorado y preparado, las proporcionó de inmediato el mismo día miércoles con la prestigiosa persona del ya referido Jurado sevillanol señor Francisco de Plasencia "que juró en forma de derecho y siendo preguntado por el tenor del pedimento y mostrado dos firmas que estaban al fin de un papel que dice la una Hernán Gomez y la otra Francisco de Plasencia dijo que la una de aquellas firmas es de este testigo y la letra del dicho Hernán Gomez de tres partidas que están en el dicho papel escritas y que lo que pasa y sabe de este caso es que puede haber dos meses poco más o menos tiempo que estando este testigo en sus casas que son en esta dicha Villa vinieron a las dichas casas de este testigo el dicho Francisco Suárez y el dicho Juan de Padilla, difunto, y el dicho Hernán Gomez cuya es la otra firma que está junto con la de este testigo y los dichos Juan de Padilla y Francisco Suárez pusieron por terceros para averiguar ciertas cuentas que tenían entre ... ". Y en este punto se interrumpe el párrafo del escribano, siguiendo a él un espacio en blanco hasta el fin de la página, probablemente dejado así con la intención de terminar el texto de la declaración, que acaso había memorizado, con posterioridad.
Con todo es plausible suponer que el pleito corrió a favor del de Villanueva y que tuvo como consecuencia el completo empobrecimiento de la familia del carnicero difunto, según la hemos conocido pocos años después.

Los esclavos 75c

La misma casualidad que manejaba los hilos en el escenario de los juegos del huérfano Francisco con Pedro ha puesto en nuestro camino recientemente un documento que ilumina detalles de la familia del referido huérfano. O quizá haya sido Zeus —el homérico "amontonador de nubes"— quien se ha dignado colocar a nuestra disposición el añejo papel, para dar a esta historia la coherencia y el concierto que imperiosamente necesita.
Ya habíamos apuntado en "Los esclavos 68" (entrada de julio de 2009) que las carnicerías eran fuente de conflictos y pleitos para sus obligados. Constituían establecimientos de relevante importancia social, puesto que aquellas comunidades tenían especial preferencia por el consumo de carne. Era el padre de Francisco, Juan de Padilla, uno de estos obligados carniceros en el año 1545 y podemos ahora así confirmar lo esbozado en el párrafo final de "Los esclavos 75a": marido de Juana Hernández.
Tenía el carnicero Juan sobre sus espaldas un problema económico serio, originado cuando otro Juan, Juan Gonzalez Vohón*, su socio en la explotación del establecimiento, le requirió el pago de ciertas deudas relacionadas con sus actividades al frente del despacho de productos cárnicos. Al parecer no habia cumplido Padilla con todas las condiciones estipuladas en el contrato, mas en cualquier caso se negó a satisfacer al completo las exigencias de su socio, el cual, ni corto ni perezoso, recurrió a las autoridades. De tal forma que los entonces Alcaldes Ordinarios Juan Verde y Juan de Santana instaron al denunciado Juan de Padilla a presentar los libros de cuentas de todas las libras de carne que había cortado, pesado y vendido desde el primero de enero de aquel año hasta el día de carnestolendas, para deducir en blancas la cantidad que debía abonar a Juan Gonzalez Vohón, el denunciante; resultó haber vendido 9.672 libras y media, que significaban una cantidad de 4.866 maravedíes y medio, y haber sacrificado 202 cerdos, que a medio real de alcabala cada uno montaban 3.434 maravedíes**. Los Alcaldes no se anduvieron con rodeos y ordenaron a Juan de Padilla pagar las dos sumas a Juan Gonzalez Vohón, o en caso contrario, ir derecho a la Cárcel del Concejo y quedar preso hasta cumplir con lo debido. Juan de Padilla respondió que no era obligado a pagar la deducción por libras vendidas, sino solo la alcabala por cerdo muerto, y ante tal razonamiento los Alcaldes, por medio del Alguacil Juan Martin Serrano, lo enviaron a prisión, siendo testigos de su encerramiento Alonso Gomez y Juan de Pineda. Ocurrió todo lo que antecede el martes 10 de marzo de 1545.
Dos días después, el jueves, solicitó el preso el concurso de la autoridad, a la que expuso que por no estar preso más tiempo se declaraba dispuesto a depositar prendas que equivaliesen al valor de las deudas, como era un pedazo de majuelo de aranzada y media que poseía en término de Tomares, lindando con una viña propiedad de Hernando Beltrán, con otra de Beatriz Suárez, con otra de Alonso de Fuentes y con el Camino Real a Sanlúcar la Mayor***.
Los Alcaldes transigieron, pero exigían más, y Juan de Padilla les ofreció "un manto de paño negro casi nuevo con un ribete de terciopelo de alto a bajo, una saya de paño morado pequeña con sus cuerpos de paño azul pintados con dos tiras de raso carmesí a la redonda de dicha saya, unos manteles caseros de siete varas, dos varas de holanda nuevas, y un colchón de lienzo blanco lleno de lana".
Más o menos de acuerdo todas las partes, Juan de Padilla y su mujer Juana Hernández, como copropietaria de los bienes hipotecados, juraron por escrito pagar en dinero contante y sonante todo lo adeudado en cuanto tuvieran ocasión para ello, los Alcaldes constituyeron como depositario de las prendas, majuelo incluido, al Alguacil, siendo testigos el cura de la Iglesia de Santiago Cristóbal Martin de Alaraz, Diego Martin Bermejo el mozo y Diego Verde, y por fin soltaron a Juan de Padilla, estando presentes en su liberación los dichos testigos.


* Para Juan Gonzalez Vohón ver la referida entrada de julio de 2009 "Los esclavos 68".

** 202 cebones en el tiempo contemplado por los Alcaldes, desde 1º de año hasta el Carnaval, da una media de más de 3 cerdos diarios consumidos por los carnívoros castillejanos, consumo al que hay que añadir el de vaca y carnero, lo cual nos parece a todas luces excesivo a no ser que se incluya entre los dichos 202 también cochinillos lechales, o que parte de la matanza se destinara a ventas fuera de la Villa.

*** Situamos este majuelo de Juan de Padilla inmediato a la entrada de la Calle Real desde Sevilla, quizá donde hoy se alza la urbanización Colina Blanca.

martes, 8 de septiembre de 2009

Los esclavos 75b

Pronto empieza la trifulca. Hay entre Francisco y Pedro últimamente graves diferencias que pesan en sus relaciones, condicionándolas. El primero es huérfano reciente y en su casa se debaten entre la más absoluta pobreza, en una caída vertiginosa hacia la miseria. El segundo en cambio ve como los elementos materiales que, como por arte de magia, aparecen en su hogar de la noche a la mañana, hacen su vida más agradable, aunque no puede todavía sospechar que ello se debe a la posición social de su progenitor.
En la última partida ha perdido Francisco y debe pagar a Pedro con uno de los huevos que tiene dispuestos a su lado, en el interior de una taleguilla. Mas está convencido de que el derrotado no es él. No se explica porqué su compañero cree lo contrario, lo mira y le habla, pensando que se dirige a un ser de otro mundo, a un desconocido. No le cabe en la cabeza que su entrañable amigo arguya con razones tan absurdas y la falta de entendimiento empieza a ser total. Brotan entre ellos todo lo que de negativo se oculta y agazapa en las relaciones humanas normales como esperando a saltar para morder los corazones. Ahora Francisco comienza a ver otros aspectos, los cuales poco a poco se hacen preponderantes en la tensa situación. El padre de Pedro, la protección que le brinda, sus vestidos limpios, su pelo bien cuidado, su mirada brillante. La casa del Alcalde respira progreso y bienestar, la suya por el contrario va arruinándose día a día, ya no tiene flores y las comidas son insípidas. Él mismo lleva las ropas rotas y ribeteadas de mugre. Su madre, al contrario que la de Pedro, está malhumorada continuamente. Surgen detalles diferenciales que otros días atrás parecían carecer de importancia, pero que ahora se agigantan cobrando grandísima gravedad. Los juguetes, los regalos, los accesorios de su amigo, —ahora lo está viendo con toda claridad—, no han sido sino martillos con los que le ha venido atormentando en los últimos tiempos.
Y así el malentendido originado en la errónea interpretación de las reglas del sencillo juego infantil tiene la propiedad de cegar cuanto de positivo alimentaba la amistad entre los dos muchachos, que ahora manejan en sus mentes obnubiladas únicamente el orgullo egoísta y la envidia venenosa. Crece el ambiente de agresividad mientras inician otra partida, pálidos y tirantes, sin pronunciar palabra. Son, de un instante a otro, enemigos mortales dispuestos a todo.
Para contrarrestar el albur en el juego y en su contexto el dios Zeus —señor del orden, magno legislador, protector de familias y hogares, fuente de todos los poderes proféticos— tenía la obligación de haber aparecido sobre la Plaza a través del portal aéreo que guardan sus emisarios risueños ataviados de túnicas azules, armado de sus atributos el águila, el trueno y los rayos, entre inasibles escalas musicales que las liras efímeras construyen y entre el hueco trompeterío plateado que engendra volutas de luz, pero acaso por un imperdonable olvido o por la natural malicia de los dioses olímpicos la gran puerta celeste permaneció cerrada y el cielo sobre la Plaza de Castilleja por ende, brillante y bello pero ciego y hermético, negó el concurso divino a la solución de aquella no por infantil menos significante tragedia humana, y dejó que se ahogaran los dos chicuelos en su negro abandono, asendereados por las imprevisibles olas del turbio mar de los avatares.
¡Cuánto se perdió en unos instantes! Las excitantes aventuras, las locas carreras, las charlas, los primeros descubrimientos. Juntos aprendieron a encaramarse a las paternales ramas de los árboles y juntos exploraron en las albercas el líquido elemento braceando torpemente entre risas y alegría. Cada uno llamaba a la puerta del hogar del otro multitud de veces cada día. Muchas tardes huyeron hombro con hombro de las iras de los labradores amenazantes tras el hurto de unas frutas, de un melón. Criaron sus primeros perros, maravillados de semejantes seres, y crearon de la nada y algo de leña la mágica ilusión de la fogata. Cazaron insectos metálicos, pequeñas bestezuelas de suave pelo. Fueron a las charcas de Valdovina en primavera para capturar orondos renacuajos, y al Riorrepudio a lomos de un mulo gigante, abrazados, acompañando a sus mayores a las aceñas y molinos del arroyo. Conocieron a la par la gran ciudad y sus gentíos, y ante el Guadalquivir exclamaron al unísono el sempiterno "¡cuánta agua!". Juntos enmudecieron sobrecogidos al contemplar la increíble extensión del océano en Huelva, alzado como una muralla acuática entre dos pálidas dunas.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Los esclavos 75a

En el anterior capítulo nos hemos referido al odio que las instituciones policíacas —en todo tiempo y lugar— despiertan en las personas comunes y corrientes. Los pocos afortunados, de entre la sociedad, que se ven favorecidos por las actuaciones de dichas instituciones apenas tienen ocasión de agradecerlas y de regocijarse en ellas, cuando el lado oscuro de los hombres, la maldad, la cruda realidad vuelven a hacerse presente, necesariamente como tales realidades que son. Es una maquinaria deshumanizada la encargada de hacer cumplir las leyes, y los soñadores que comienzan a formar parte de ella ilusionados acaso con mejorar la sociedad, pronto ven estas sus ilusiones destrozadas entre los inmisericordes engranajes. Sólo las altas instancias del poder valoran a la policía en cuanto que, como ocurre generalmente, sirven a sus intereses particulares y a sus objetivos de dominación social. En todo caso la del poder hacia su brazo ejecutor es una valoración con ciertas y justificadas reservas, por la sencilla razón de que ni es raro ni infrecuente que dicho brazo se vuelva en contra, ademas del cuerpo que lo sustenta y nutre, de la mente que lo dirige y ordena.
Personalizado el instrumento de represión social en Castilleja de la Cuesta en la persona de Francisco de Aguilar este año de la captura de Antón y Juan Martin, en refuerzo de lo que acabamos de exponer vamos a retroceder seis años. 1552. No es de extrañar que al tal Aguilar nos lo volvamos a encontrar desempeñando el mismo cometido: en una villa con tan escasa población y con tan pocos hombres útiles los nombramientos rotatorios se daban con harta frecuencia, en muchas ocasiones para menoscabo y perjuicio de sus detentadores, que tenían que sacrificar muchas horas de trabajo en detrimento del sustento de sus familias para cumplir con unas obligaciones por otra parte ineludibles en cuanto que emanadas del omnipotente poder del Conde de Olivares. Mas todo hace pensar que a Francisco de Aguilar el cargo le iba como un guante, según se desprende del episodio que narramos a continuación en este desglose de la serie de "Los esclavos", y que de buena gana asía férreamente y con evidente deseo la vara de Alcalde de la Santa Hermandad en las ocasiones que, ceremonia de investidura mediante, la ponían a su alcance, dispuesto a no dejar títere con cabeza entre sus abundantes enemigos y sus numerosos no-amigos.
Estamos ahora en el centro de la Plaza, bajo la sombra serena de los añosos árboles que la poblaban, en la tranquila mañana del miércoles 20 de abril del referido año 1552.
Los niños juegan gesticulando entre risas y gritos, los viejos ven pasar los últimos tiempos masticándolos con desgana, las mujeres, gris y negro, se afanan en el trajín diario. Cierto juego infantil de aquellos años, quizá de suerte, quizá de destreza —cuya investigación hemos emprendido infructuosamente— exigía del perdedor la entrega de un huevo al que había vencido. A esto jugaban dos chiquillos, Francisco y Pedro, aquel día. Debemos suponer, moviéndonos en el terreno de las hipótesis, que se trataba de huevos acaso recién robados a alguna pájara que los incubaba celosa en su nido, los cuales para los niños tenían un valor extraordinario, habida cuenta de que esperaban de ellos pajaritos a los que criar. Aunque no tiene nada de extraño que se tratara de huevos de otro cualquier animal, como por ejemplo, de lagarta. Los de lagartos, cuya puesta acontece en los huecos del tronco de los olivos, de siempre han llamado la atención de la muchachada, y recolectados en sazón pueden proporcionar la sorpresa de contener minúsculos lagartitos que se agitan encantadoramente moviendo las colas. También cabe contemplar que fueran simples huevos de gallinas. Sabido es que un alto porcentaje de hogares disponía de gallinero, y en temporadas están documentados superávits de huevos tales que no es de extrañar que las madres los regalaran a sus hijos para sus entretenimientos. Fuera como fuese, el hecho es que los niños en la Plaza aquella mañana debían pagar con un huevo la derrota que sufriesen en su actividad lúdica.
Varios juegan en el suelo polvoriento del recinto. Hay un cordero de pelaje amarillento triscando los frescos hierbajos que al abrigo de las tapias forman macizos oscuros, salpicados de azuleas, margaritas, jaramagos y alguna que otra amapola, sinfonía de colores revoloteada por mariposas de la col. En el porche de la iglesia dos mujeres enjalbegan con groseras brochas los antiguos ladrillos, charloteando entre ellas. Un negro ata su caballo cargado con dos tinajuelas en angarillas a la reja de una bodega aledaña al templo, chasqueando la lengua pausadamente para tranquilizar al animal, que se espanta a colazos impertinentes moscardones.
Francisco y Pedro están muy concentrados en su actividad, desconectados de su más inmediato entorno. Francisco es hijo de Juana Hernández, viuda conocida como "la de Padilla", quizá por el apellido de su difunto marido*. Pedro es hijo del temido y prepotente Alcalde de la Santa Hermandad Francisco de Aguilar.

* Sabemos de un vínculo entre Padilla y Francisco de Aguilar en cierto pleito sobre falta de peso en hogazas en el año 1557 (ver "Bocetos del siglo XVI, 1", entrada de diciembre de 2008). Posteriores transcripciones documentales afirmarán o desmentirán esta asociación.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Los esclavos 75

Juan Martin arrebujaba los vestidos de muchacha, fragantes como recién lavados, sobre su cara, aspirando los aromas hasta el fondo de sus pulmones. En un momento dado ordenó con voz imperiosa al muchacho que se pusiera uno, pero Antón se negó terminantemente.
Juan se encontraba muy excitado y su obnubilación lo llevaba a confundir el olor de alguna ropa que había estado en contacto dentro del hato con los cadáveres de las gallinas, con los saludables exudados de una muchacha del todo anónima, pero tan presente allí para su calenturienta mente como su joven compañero, como las higueras, las piedras o la hierba. Y en acabando de ver todo lo robado en Carmona, ya abiertamente buscó el cuerpo de Antón con sus manos, susurrándole palabras cariñosas al oído.
En esta actitud recordará el lector que los dejamos en "Los esclavos 62" (entrada de junio de 2009) con el sobresalto que les produjo la llegada de los cuadrilleros a caballo, aparatosamente enarbolando sus ballestas y a su frente Francisco de Aguilar agitando la vara de Alcalde a modo de lanza, todos al trote ligero en formación envolvente de media luna como si se dispusieran a tomar parte en una cruenta batalla.
Juan no les tenía ni miedo ni respeto, de forma que cuando a través de la enramada los reconoció, ni siquiera pensó en esconderse o huir, tan seguro estaba del temor que inspiraba a aquellos "blanquitos" el hecho de que fuera propiedad del clan de los Alfaro, familia con tan importante representación en la Villa como era el viejo ex-conquistador camarada de Hernán Cortés y ahora dueño del mesón de la Calle Real. Por eso se limitó a recomponer sus vestiduras y a poco más, al contrario que Antón, invadido por tal sensación de peligro y desamparo que casi sin subirse los calzones de un brinco abandonó el área para perderse en desordenada carrera hacia los olivares de Albarjáñez, abandonando el producto de su rapiña.
No llegó muy lejos. Para las jóvenes y briosas yeguas de dos de los ayudantes del Alcalde fue coser y cantar darle alcance apenas sin aparente esfuerzo. A Antón, por añadidura, le aterrorizaban los caballos, máxime cuando venían en pos de él como en la ocasión presente. En plena carrera lo derribaron de una patada y, desmontando, mientras uno le pisaba el pecho tirado en tierra como estaba entre insultos y amenazas, el otro le ató sin ningún miramiento una gruesa cuerda al collar, y volvieron con él a tirones y casi a rastras donde las higueras. Francisco de Aguilar había comenzado un capcioso interrogatorio a Juan Martin y un somero inventario del contenido del fardo. En poco menos de quince minutos estaba zanjada la operación, y volvían al pueblo desfilando por los senderos y callejones, los guardias ufanos y orgullosos de justificar así ante los vecinos su oficio, convencidos de la trascendencia de su labor y creyendo paliar de alguna manera el odio que aquella institución policial alimentaba en el común de la población, odio del que eran todos ellos perfectamente conscientes.
De forma que ya tenemos a los dos esclavos en el calabozo, debidamente engrillados y encadenados y con sendos cepos de gruesos tablones a los pies. La noche del sábado al domingo, 30 de abril a 1 de mayo, fue de lluvia abundante. Ya desde la tarde se habían ido acumulando pelotones de nubes bajas y oscurísimas y los pájaros volaban veloces y temerosos, como temiendo ser alcanzados por la ira de la tormenta que se fraguaba. Juan y Antón apenas durmieron, excepto algunas cabezadas que eran interrumpidas, apenas iniciadas, por el resplandor de los relámpagos y los consiguientes traquidos de los truenos, los que parecían estremecer la casa-cárcel del Alguacil Bartolomé Moreno desde sus cimientos hasta la negruzca chimenea. Por la mañana se oían los chorros de los canales estrellarse contra el rudimentario acerado y un aire frío, impropio de la época, penetraba en el recinto por las rendijas de la tosca puerta y de su única ventana. Una mujeruca vieja y encorvada, de ojos verdosos y muertos, les trajo de comer. Tosía como si se le desgarrara el pecho y hablaba con desabrimiento cosas que ninguno entendió. Luego, un poco antes del mediodía, asomaron por el umbral varios personajes de cierto porte, mirando la escena con rapidez mientras se mesaban las barbas y se atusaban los bigotes murmurando en voz baja, y seguidamente el Alguacil entró y revisó cadenas, grillos y cepos comprobando con la punta del pie si se encontraban íntegros. Inmediatamente después el Alcalde y Juan Vizcaíno les tomaron sus declaraciones, en lo que emplearon media hora.
Antón apenas había cesado de llorar desde que lo encerraron. Su llanto era silencioso e impávido, con los ojos acuosos muy abiertos, límpidos e interrogadores, fijos en un punto indeterminado de la pared; pero su compañero no se dignó ni tan siquiera dirigirle alguna palabra de consuelo. El joven se había venido abajo, como si algo en su interior se hubiera roto tras las presiones que había venido sufrido durante las últimas semanas, y una desesperación suave, pero inmensa, se había adueñado de su mente, mas ni la vieja, ni el guardián, ni los visitantes, ni, —como ya hemos dicho— su compañero de penurias, le hicieron el menor caso.
Dicho su compañero, como era de esperar, experimentó muy pronto en su situación la ya referida influencia de los notables Alfaro, y antes del almuerzo dominical recibieron en el Concejo la orden escrita del Alcalde Mayor mandando buscarle un fiador y liberarlo.

En Castilleja de la Cuesta a 1 de mayo de 1558, estando el Alcalde Mayor de esta dicha Villa visitando esta causa, dijo que a Juan Martin, negro, se dé fiado con buena fianza a vecino de esta Villa1, y con el otro, Antón, se hagan las diligencias necesarias para la averiguación del hurto, y así lo mandó. Firma, el Licenciado Diego de General.


Fianza de carcelado. Luego, estando presente Juan Guillén, vecino de Sevilla en la collación de Santa María la Mayor2, dijo que otorgaba y otorgó y que recibía y recibió por carcelado al dicho Juan Martin de color negro que está preso y que se obligaba y obligó a darlo cada vez que así le fuese requerido por cualquier juez que conociese la causa, so pena de 10.000 maravedíes, la mitad para la Cámara de Su Señoría y la otra mitad para gastos de la Santa Hermandad, y todo lo que contra el dicho esclavo fuera juzgado y sentenciado por todas instancias, para lo cual obligó su persona y bienes. Lo firmó de su nombre. Testigos, Salvador Perez, Bartolomé Moreno, Alguacil, Francisco Sanchez Ladrillero y Andres Hernandez Labrador.


1.- Con toda la urgencia que, con completa seguridad, había sido requerido por los Alfaro, ya que, como decíamos, no habían transcurrido ni 24 horas desde que el esclavo fue encarcelado.

2.- Este surgimiento tan espontáneo y como de la nada de un fiador de cárcel segura para persona tan humilde como era Juan Martin nos reafirma en nuestras fundadas sospechas de que el bailarín de zarabandas recibió un trato de favor.

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...