sábado, 26 de septiembre de 2009

Los esclavos 75e

Cuando con el litigio de su marido se terminaron para Juana Hernández y sus hijos los suculentas tajadas de carne fresca que ella guisaba adobándolas con tal exquisitez que despertaban no solamente la gazuza sino la envidia de toda su calle con aquellos excitantes efluvios que de sus cocciones en la marmita alentaban por puertas y ventanas, sus relaciones de pareja sufrieron un fuerte golpe. Entonces se desveló la enfermedad que llevaría al carnicero a la muerte. Brotábanle en la espalda, a lo largo del entrecuesto, unas pequeñas lupias lardosas que, al margen de alguna molestia al recostarse en el respaldo de las sillas, eran perfectamente soportables hasta el momento en que crecieron y proliferaron en un sentido alarmante, sucediendo que al menor roce rompíanse manchando los camisones, —que Juana lavaba incansablemente—, de una sustancia rosada, aceitosa y con tan repugnante olor que la obligaba a apartar la cara, presa de arcadas y fatigas.
Juan de Padilla era un hombre grueso y albo como los cerdos que comercializaba, y le faltaban varios trozos de los dedos de sus manos a causa de distracciones a la hora de manejar la astraleja de tablajero. Aunque su corpulencia y estructura física lo eximía de ser clasificado entre los obesos, antes al contrario, poseía una recia musculatura con la apariencia maciza de la de un toro, no daba la impresión de ser persona de proporcionada potencia. Su mujer lo complementaba en cuanto a fuerza revestida de feminidad y finura, alta y trigueña, con una piel pálida salpicada de pecas doradas y unos ojos cuyo color recordaba el tomillo y el hinojo bajo el rocío de los campos otoñales al amanecer. Desde que se conocieron, muy jóvenes, se habían entendido bien, y ambos, carentes de grandes ambiciones acordaron tácitamente desarrollar una vida pasiva, tranquila y anodina, basada en la rutina y casi en la exclusiva contemplación del devenir existencial.
Llegó un momento dramático en la vida de Juan de Padilla cuando sus lobanillos pestilentes comenzaron a causarle problemas en lo atinente a su vida pública y a la convivencia con sus paisanos, en el sentido de que, como la aura maléfica de un castigo demoníaco, lo acompañaba en su persona a lo largo del día el nauseabundo hedor, produciendo el explicable rechazo social. Sus enemigos no perdieron la oportunidad de, comparándolo con los animales de la carnicería, tildarlo en son de mofa de "puerco", "cerdo", "gorrino", etc., hasta el punto de conseguir que el enfermo se fuera retrayendo hasta el extremo de acabar aislado en el fondo del patio de su casa, vegetando a la espera del desenlace final, deprimido y perdidas las esperanzas e ilusiones de la vida. Por entonces ya no entraba dinero en su hogar.
Pero la verdadera muerte de aquel hombre, al menos de cara a sus convecinos, la certificó la terminación y fin de los aromas de carne asada o guisada de mil exquisitas maneras que habían sido durante mucho tiempo el honroso blasón de su vivienda, ahora sustituido por el áspero y desaborido olor de los tristes garbanzos o de las humildes lentejas, y ni siquiera todos los días.
En sus últimos tiempos de bienaventuranza Juana cocinaba productos cárnicos de menor calidad, como eran sesos y cabezas de reses, casquería de todo tipo, vísceras, orejas y pezuñas. Utilizaba como aderezo zumo de limón o de uvas verdes. Elaboraba majados en el almirez a base de ajos, pimienta y pimentón, con cuya explosiva mezcla una vez suavizada por dilución en agua regaba por encima los guisos que a fuego lento enternecían las asaduras previamente fritas en pequeños trozos, y como guarnición añadía a sus platos las cebollas criadas en su propia huerta. Contra lo que se pudiera creer, todavía el aceite de oliva no estaba muy extendido en la freiduría, para la cual era más común la grasa de cerdo en manteca.
Cuando Juana Hernández enviudó, y habida cuenta de que seguía conservando especial atractivo, acudieron "moscones" en abundancia intentando libar de aquel hermoso y ahora tan asequible pastel. El constante acoso y la falta de recursos la llevó a ejercer actividades que, para la moral de la época, se desarrollaban al borde del abismo. Muchos justificaron sus actos, compadeciéndola. No faltaba quienes la envidiaban.
Quedó testimonio fehaciente del sórdido ambiente en el que se desenvolvía cuatro años después de enviudar, al cual ambiente había llegado en gran parte engañada con falsas promesas por gente que se presentaba a ella como bienhechora y cristiana, pero que en realidad eran poco menos que traficantes sin escrúpulos. Cierto día unas personas, por mandado de un primo hermano del difunto Juan de Padilla, le hablaron de un trabajo bastante bien remunerado en la vecina Villa de Castilleja de Guzmán, en una especie de mesón perteneciente a un tal Juan Rodriguez, vecino de aquella localidad. Necesitaban una cocinera y mujer de la limpieza, y tras rápidos contactos y entrevistas fue admitida y se apalabró el contrato. No faltó quien la llevase y trajese a la grupa de un asno diariamente, y el único inconveniente consistía en que la mayor actividad en aquella fonda se registraba ya bien entrada la noche, en forma de juergas y partidas de naipes que en muchas ocasiones acababan en trifulcas con espadas por medio. Tampoco arredró tal circunstancia a la decidida viuda, y a trancas y barrancas fue saliendo airosa cada jornada de las embestidas de borrachos y de las solicitudes de mujeriegos, en gran medida gracias a la protección que le brindaba su primo político, uno de los clientes más asiduos y su recomendador como ya hemos dicho, Pedro de Padilla de nombre, criado de Su Señoría el Conde de Olivares y empedernido jugador. Mas si alguna vez transigió la viuda cocinera en otorgar sus delicados favores ante el argumento de un puñado de monedas de manos de algún señorito trasnochador —y el criado del Conde tenía siempre algo que ver en ello— fue primera y principalmente pensando en el bienestar material de sus hijos.
Una calurosísima noche de agosto del año 1549 la casa de Juan Rodriguez era un hervidero de vociferantes parroquianos en mayor medida bebidos que comidos y los más de ellos forasteros, con cuyos gritos y amenazas tenían en vela al pueblo entero. Hacia las tres de la madrugada continuaban las discusiones y el escándalo, y el posadero se veía impotente para desalojar a sus pendencieros clientes, algunos de ellos de importante estrato social. Se habían descubierto trampas en una partida de cartas, y nadie daba su brazo a torcer en la consiguiente discusión, enervados todos por el vino y el calor. Juan Rodriguez amenazaba con retirar las velas y dejar la estancia a oscuras, dando gritos con toda la fuerza de que era capaz. La viuda del carnicero se refugiaba en un rincón del cuchitril que hacía las veces de cocina, intentando por todos los medios pasar desapercibida. Pedro de Padilla actuaba de moderador, aunque no muy convencido de su papel. Había un par de matones que llevaban dos horas a vozarrones defendiendo a Bernardo de Almansa, señorito casquivano y chulesco, hijo del Jurado Almansa, al cual habían ganado catorce o quince veces seguidas con, decían protestando sus partidarios, naipes cortados por una esquina. Fernando Hernández del Garrobo, hombre ya entrado en años, muy conocido vecino de la Villa y con una borrachera descomunal, cantaba obscenidades mientras empinaba un pichel tras otro.
"No hable tan descortesmente que le hago amansar la mollera", "ruin hombre", "bellaco", "villano", se oyó proferir con voces roncas en ciertos momentos.
Hasta que ocurrió lo que tenía que ocurrir. Varios vecinos se concertaron para ir de inmediato a quejarse al Alcalde, al cual sacaron de la cama. La noche era un horno, el aire mareaba. El grupo con la autoridad en cabeza, —vara enhiesta y paso decidido—, se presentó en la puerta del tugurio. "Chillan como los puercos de la carnecería", comentaba un alguacil. Ladraban desaforadamente todos los perros de la zona, como puestos de acuerdo. Semitendido a la entrada del caramanchel y revuelto en el polvo del suelo un azacán endevotado del barbudo Dionisos, —hundido por el vino aquél en la tierra reseca como éste por el poder de Licurgo en el turbio mar—, articulaba palabras ininteligibles. El aire en el interior era sofocante y alrededor de las velas volaban relucientes los mosquitos. Almansa el perdedor ostentaba el liderazgo de los alborotadores, y a él se dirigió el Alcalde acusándole de "venir a revolver el pueblo". No era la primera vez que incurría en cuestiones de este jaez, y ya con anterioridad le había prohibido que viniese a jugar a la localidad. El hijo del Jurado no lo dudó un segundo: desenvainó su espada y le largó unas cuantas estocadas y reveses.
Juana Hernandez ante los hierros desnudos despepitábase con baladros aterrorizados.

No hay comentarios:

Notas varias, 2v.

Por mediación de las visitas anuales efectuadas por las máximas autoridades religiosas de la provincia para supervisar el estado y buen gob...