miércoles, 28 de octubre de 2009

Los esclavos 75n

Hemos intentado acercarnos a contemplar los detalles de contexto de aquellos hechos y las circunstancias vitales del hijo pequeño de Juana Hernandez, al cual dejamos jugando en la Plaza en compañía del de Francisco de Aguilar, Alcalde de la Santa Hermandad. Volvamos ahora, ya más familiarizados con todo ello, a aquel día miércoles 20 de abril de 1552 ("Los esclavos 75a").
Cuando a la siguiente ronda del juego Francisco le ganó un huevo a Pedro, éste, en "justa" correspondencia, tampoco accedió a entregárselo sino que, dominado por lo que creyó una genial idea y confiando en la ligereza de su menudo cuerpecillo dio un salto y emprendió veloz huida hacia una de las bocacalles que confluían en la Plaza. Su escapada tenía más de suplemento estimulante y de refuerzo al juego que de otra cosa. Fue una escurribanda traviesa, retadora, bienintencionada, y de esta forma lo captó y comprendió Francisco, quien se prestó automáticamente a continuar lo que percibió como una continuidad enervante y prometedora del dicho juego. Con la excitación del nuevo desafío desapareció en él la amargura que el malentendido anterior había provocado en su espíritu. Ahora iban a competir a un nivel muchísimo más interesante. Ahora todo aquel oscuro asunto lo iba a decidir una persecución más o menos prolongada por las calles castillejanas, unos agarramientos, unos forcejeos dentro de las leyes y normas consuetudinarias que rigen las luchas entre los niños, y todo acabaría con un revolcón en el polvoroso suelo, un sacudirse, los sabores enfrentados y complementarios de la victoria y de la derrota, un ya nos veremos, un cruce de miradas de soslayo y hasta el día siguiente, ya todo olvidado y ambos dispuestos a proseguir con sus amistosas actividades y sus imaginativas aventuras.
Sabemos que Pedro huyó desde la Plaza por una calle cuesta abajo, mas no nos atrevemos a señalar cual de las dos únicas posibles: la que hoy conocemos por calle de Hernán Cortés, o la que luego sería denominada del Convento que, como ya hemos dicho en otras ocasiones, era por entonces más camino de carne que vía urbana propiamente dicha. En todo caso, no había grandes diferencias entre las unas y los otros, en ambos casos con abundantísima presencia de baches, matorrales, pedruscos, charcos de lía, arroyos de desagüe de las viviendas, excrementos de ganados y, en tiempos de agua, barro y charcos en excepcionales cantidades. Cuando, con la inconsciencia de los pocos años de edad, se recorrían en fuga desaforada, a toda velocidad y perseguido por alguien que viene por un bien preciado y dispuesto a luchar, lo más probable es que ocurra lo que le ocurrió a Pedro, en el cual se cumplían todas las mencionadas circunstancias. El chiquillo pisó una piedra lisa y resbalosa, medio desencajada de su cama en el piso, perdió pie, cayó fulminante y desequilibrado y fue a dar en pleno con el frontal de la cabeza contra el borde de un escalón de ladrillo que salvaba el desnivel para acceder a una de la vecinas casas. El golpe fue brutal, de conmoción abrumadora. Quedó un instante sin sentido y al levantarse tenía los ojos tan taponados de sangre que por un momento creyó haber perdido la visión. De inmediato llegó Francisco, el cual sintió como una tormenta de culpabilidad que descargaba sobre su persona cuando contempló la fea brecha sobre las cejas de su amigo manando sangre roja a violentos borbotones. Pedro, además, gritaba agudamente como un cerdo en el matadero. Un pavor indómito se apoderó de su perseguidor, un frío desconocido se adueñó de su cuerpo, se sintió desvanecer como si de sopetón le hubieran arrebatado la vida de sus piernas. Tembló incontrolablemente y, dando media vuelta y sin poder articular palabra debido al miedo, corrió alocadamente volviendo hacia la Plaza como quien huye de sí mismo.
Al llegar al portalón de la hacienda de Rodrigo de Moscoso se detuvo para recobrar aliento y ver si alguien lo seguía. En un rincón entre el muro y una pilastra inmediata al pórtico se acurrucó, atemorizado hasta el temblor.
Juan Rodriguez, hijo de otro Juan Rodriguez, de quien no podemos a estas alturas de la investigación dar más detalles habida cuenta de lo común del nombre, pero que debía ser un desocupado jornalero —que no firma su declaración en la consiguiente querella por no saber escribir, según veremos—, había presenciado todo el desarrollo de los acontecimientos desde que los niños empezaron a jugar en la Plaza. Al principio lo hizo descuidadamente, recostado en un poyo de piedra en la zona de sombra, con el sombrero caído sobre la cara y la indiferencia indolente propia del que está habituado a ver la escena a diario, mas cuando Pedro emprendió su huida, los gritos amenazadores de su perseguidor lo despertaron de su modorra y prestó más atención a lo que sucedía. Luego, por el revuelo y el alboroto de fuertes voces que se formaron en la vía hacia la Calle Real, supuso que el chico había caído, y cuando el hijo de Juana Hernandez volvía corriendo y volviendo la cabeza, pálido y asustado, fue tras él a buen paso con el ánimo de ver si llegaba muy lejos en su alocada carrera. Al momento de salir de la Plaza lo divisó escondiéndose donde queda dicho, en el rincón de la pilastra izquierda de la casa de Rodrigo de Moscoso, y se dirigió hacia allí lentamente, con la intención de recabar del horrorizado Francisquito alguna información de primera mano de los hechos.
Junto a este Juan Rodriguez, testigo directo, estaba como tal Ana García, hija moza de, precisamente, el acérrimo enemigo de Juan de Padilla y su socio en la carnicería, Juan Gonzalez Vohón. Era Ana García una muchacha frustrada por todo y todos. De fea cara manchada y repulsiva, amazacotada e informe, con ojos enormes, negros, fijos e inexpresivos como dos pedazos de cristal, situados asimétricamente y frisados por unos pelajos ralos y legañosos en lugar de pestañas, la joven había alimentado en su interior desde niña un odio de considerable magnitud cuyo objeto era el conjunto social, sin excepciones ni salvedades. Era misántropa perfecta. Y los comentarios ácidos y críticas continuadas de su padre acerca del carnicero Juan de Padilla habían calado en profundidad en ella, que en aquellos años comenzaba a despertar a la vida. Ahora encontró la oportunidad de vengar las "afrentas" recibidas por su familia, siquiera fuera post morten y en la persona del huérfano, y supo aprovechar la coyuntura declarando con exageraciones lo que veremos próximamente. Anotaremos para terminar ese capítulo que también a su padre, Juan Gonzalez Vohón, le llegó la hora como a todo cristiano, 3 años después del accidente de Pedrito que estamos narrando. Tenemos su testamento, que reza como sigue:

Juan Gonzalez Vohón, enfermo del cuerpo y sano de su voluntad y entendimiento, otorga su testamento (con el prólogo acostumbrado encomendándose a Dios, etc.). Dice deber a Luis Gonzalez Muesas, clérigo vecino de esta Villa (y capellán de Isabel Diaz de Villalobos, viuda con viñas en el pago de Las Escaleras), 5 ducados y 3 reales; uno de ellos de préstamo que le hizo y los 4 ducados y 3 reales restantes de resto de los maravedíes por los que le compró un esclavo que dice Sebastián 1. Debe al Jurado Francisco de Plasencia, vecino de Sevilla, 10 coronas de oro que le prestó2. Debe varias cantidades a otras personas de las que tiene escrituras. Diego Verde le debe a él 2 ducados, uno en dinero y el otro en carne, y de ellos ha dado a Juana Ramos 5 reales para en cuenta ... . Juan Sanchez Vanegas le debe 8 reales de resto de 1 ducado que le prestó. Manda ser enterrado en la Iglesia de Santiago, en la sepultura que digan sus albaceas, y ordena varias misas por su alma. Debe a Martin de Santana 40 reales de resto de 6 ducados de un préstamo que le hizo. Al tiempo que se casó con María Gonzalez "la Vohona", su primera mujer, no recibió bienes de ella, ni después, y así lo jura a Dios, los Santos Evangelios y la señal de la Cruz, y "para el paso que estoy que es verdad lo susodicho y que no hay fraude alguno". Declara que al casarse con Juana Ramos su segunda mujer, recibió en dote 3 tinajas llenas de vino que habría en total 70 arrobas, a 60 maravedíes cada una, y un pedazo de viña majuelo en el lugar de Salteras, al pago de Los Lagares, y una cama de ropa buena con los aderezos de casa y de su persona [de Juana] que valdrían 16 ducados, los cuales manda que se paguen a Juana Ramos su mujer. Nombra por sus albaceas a Luis Gonzalez Muesas, clérigo, y a Hernando Jayán. Y nombra por su herederos a Salvador Vohón, su hijo con dicha María Gonzalez Vohón su primera mujer, y a Catalina y María y Juana, sus hijas con Juana Ramos. Hecho en las casas del que testa en esta dicha Villa, ante el escribano Juan Vizcaíno, viernes 7 de junio de 1555. Fueron testigos Francisco García, Juan de Villarroel, sacristán de la Iglesia de Santiago de esta Villa, Cristóbal Martin Bermejo, y Alonso de Escobar, criado de don Pedro de Guzmán, Conde de Olivares.

1.- Un simple carnicero analfabeto se podía permitir el lujo de poseer esclavo. "Al estudiar los esclavos, lo primero que salta a la vista es su difusión en los distintos niveles de la sociedad sevillana. Es decir, la posesión de esclavos no queda reservada a las categorías superiores —nobleza, aristocracia ciudadana—, sino que todos los grupos tienen la posibilidad de adquirir un esclavo, hasta el punto de que incluso entre los más débiles económicamente hablando encontramos dueño de alguno" (Antonio Collantes de Terán Sánchez, Sevilla en la Baja Edad Media. La ciudad y sus hombres. Sevilla, 1984), citado por Jose Luis Cortés Lopez en Los orígenes de la esclavitud negra en España, Madrid, 1986, páginas 114-115, quien dice en la misma obra no poder estar de acuerdo con el profesor Molina cuando escribe respecto a Murcia: "El esclavo se ha convertido en estos tiempos en un producto de ostentación: es caro y sólo una minoría podía permitirse el lujo de poseerlo", Angel Luis Molina Molina, Contribución al estudio de la esclavitud en Murcia a fines de la Edad Media (1475-1516), en "Murgetana", número 53 (1978), Murcia.

2.- Sobre el Jurado Francisco de Plasencia, ver "Los esclavos 75d, nota 1", entrada de septiembre de 2009.
Corona: moneda antigua de oro, que tenía grabada una corona y corrió desde el reinado de don Juan II de Castilla hasta fines del siglo XVII. Tuvo diversos valores, y en tiempo de los Reyes Católicos equivalía a unos 11 reales de plata. RAE.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Los esclavos 75m

Fueron unos días de excelente negocio para Francisco Hernandez Labrador con la venta de bueyes (cinco animales en cuarenta y ocho horas, a 11 ducados cada uno, son 20.625 maravedíes), personaje omnipresente, por otra parte, en infinidad de documentos de la época, y en este negocio, como vemos, con particular y exclusiva clientela ginencina, a tenor de otros dos contratos, que son éste que trascribimos seguidamente, fechado un día antes del de la venta de los 2 bueyes al ex-alcalde Francisco de Carmona, el cual ejerce como testigo:

Baltasar Martin, labrador vecino de Gines, estante en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, pagará a Francisco Hernandez Labrador, vecino de la Calle Real de esta dicha Villa, 11 ducados por un buey hosco apavonado del hierro de Alonso Caballero1, vecino de Sevilla, que ya es en su poder. Pagará el día de Todos los Santos primero que viene de este dicho año, so pena del doble. Declara que es mayor de 25 años. No firmó porque dijo que no sabe escribir. Fueron testigos presentes Francisco de Carmona, vecino de Gines, y Juan de Escalante Cantero. Dado en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, martes 17 de marzo de 1545.

1.- Alonso Caballero era hermano de Diego Caballero (ver "Los esclavos 41v", entrada de mayo de 2009).

Y este otro del mismo día:

Alejos de Castellanos1 y Antón Labrador, labradores vecinos de Gines y estantes en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, pagarán a Francisco Hernandez Labrador, vecino de la Calle Real, que está presente, 22 ducados de oro por 2 bueyes, el uno de color bermejo bragado y el otro bermejo arromerado2, que ya son en su poder. Pagarán el día de Todos los Santos primero que viene de este dicho año, so pena del doble. No firmaron porque dijeron que no saben escribir. Testigos, el Bachiller Juan de Herrera, vecino de Sevilla, y Juan Cantero de Escalante. Hecho en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, martes 17 de marzo de 1545.

1.- Alejos de Castellanos (otras veces Alejo de Castellón), fue en Gines Alcalde Ordinario en 1550, y Regidor en 1554 —con Francisco Andrés de Alcalde Ordinario; ver el capítulo anterior, nota al final—. A este Alejos de Castellón o de Castellanos no le valieron sus cargos en el Concejo de la vecina Villa ni sus boyantes negocios para librarse de ser encarcelado en la de Castilleja de la Cuesta. En efecto, el jueves 6 de julio de 1559 Alejos estaba, "preso desde hoy antes de la salida del sol" en la Cárcel del Concejo de esta Villa cuando Bernardo de Oliver, otro preso en ella, protagonizó una rocambolesca fuga. Sobre Bernardo de Oliver remitimos a "Los esclavos 41t, nota 1". Anticiparemos de este episodio sobre Alejos de Castellón "que cuando se iba a escapar [Bernardo de Oliver, a eso de las 8 o las 9 antes del mediodía] le dijo que se levantase [al declarante Alejo de Castellón] porque el declarante estaba sentado en el cepo, aunque el declarante no sabía que se iba a escapar; después vió que sacó los pies del cepo y dejó las prisiones quebradas, a lo cual, al verlas el testigo dió voces [para alertar al Alguacil]". Desafortunadamente desconocemos por ahora la causa de la detención de Alejo aquella madrugada y el pleito que se le siguió.

2.- Bragado. Adjetivo; dicho del buey o de otros animales: que tienen la bragadura [la entrepierna] de diferente color que el resto del cuerpo. RAE.
Arromerado. Adjetivo; Cuando los pelos rojos y blancos se disponen formando como florecillas la capa se denomina bermejo arromerado; otros autores definen arromerado como sinónimo de "cárdeno claro", siendo cárdeno el color de la capa de pelos blancos y negros muy mezclados sin llegar a constituir manchas.

Y del viaje de Juana Hernandez a Sevilla para gestionar las testificaciones contra el gineño Francisco de Carmona, solo nos resta imaginar sus incidencias. A lomos de alguna humilde bestia, acompañada de algún vecino de confianza, quizá de alguna de sus hijas; hospedada en cualquier cuartucho de cualquier ínfima posada, sin ganas de salir la mayor parte del tiempo excepto para algún corto paseo a fin de respirar y desentumecer los músculos; largas horas de espera en los vestíbulos de la Audiencia hasta ser atendida por las autoridades, soportando alguna que otra insinuación libidinosa por parte de algún funcionario —no olvidemos que era mujer atractiva—; sesiones interminables ante los escribanos, las más de ellas a pie firme...; hasta que llegó el tan deseado momento de la recepción de los documentos, nuevos, crujientes, y el ansiado regreso a casa. Ofrecemos las transcripciones de algunos de estos documentos que con tanto celo portó la mujer de Juan de Padilla en su vuelta a Castilleja. Se comentan por sí mismos, revelando en una rápida lectura todas las vicisitudes que llevaron al ex-carnicero de Castilleja a demandar al ex-alcalde de Gines:

En Sevilla a 8 de marzo de 1545 a hora de las 11 antes del mediodía poco más o menos, ante el Honrado Señor Gonzalo Martinez, Alcalde Ordinario de dicha ciudad por Su Majestad, y en presencia de Hernán Perez, escribano público de Sevilla, y testigos, pareció presente una mujer que se dice por nombre Juana Hernandez, mujer que se dijo ser de Juan de Padilla, vecinos de la Villa de Castilleja de la Cuesta, y dio y presentó ante el dicho Señor Alcalde una Carta de Justicia Requisitoria y un Poder y un escrito de interrogatorio, todo ello escrito en papel según que por ello parece.

Carta de Justicia y Requisitoria: "Al Asistente de Sevilla, su lugarteniente y otros cualesquier Jueces y Justicias de la dicha ciudad, Juan de Santana, Alcalde Ordinario de la Villa de Castilleja de la Cuesta, les hace saber que ante él se trata cierto pleito entre Francisco de Carmona, vecino de Gines, y Juan de Padilla, carnicero, vecino de dicha Villa de Castilleja, y ahora pareció ante dicho Juan de Santana, Alcalde Ordinario, el dicho Juan de Padilla, y le dijo que, para en prueba de cuestión, estaban en esa ciudad de Sevilla ciertos testigos, de los cuales dijo que se entendía aprovechar en cierta disposición que ante dicho Juan de Santana, Alcalde Ordinario, tiene presentada contra cierta ejecución que fue hecha en sus bienes a pedimento del dicho Francisco de Carmona, y le pidió le mandase dar su Carta de ¿Receptoría? para las Justicias de Sevilla".
Juan de Santana continúa pidiendo en ella que dichas Justicias de Sevilla manden interrogar bajo juramento a los testigos que presente dicho Juan de Padilla, y los interrogue según las preguntas adjuntas y le de a Juan de Padilla testimonio de todo ello para que lo traiga a Castilleja para salvaguarda de su derecho.
Dado en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, en sábado 7 de marzo de 1545. Firman, Juan de Santana, Alcalde Ordinario, y Juan Vizcaíno, escribano público y del Concejo de esta dicha Villa.

Este mismo sábado 7 de marzo dio Juan de Padilla el poder a su mujer, el cual ella ahora presenta ante las Justicias de Sevilla. Testigos de dicho poder, Juan Martin y Diego Hernandez.

Interrogatorio. Primera pregunta: si conocen a las partes y si conocen a Teresa Ruiz, vecina de esta Villa de Castilleja, y a Cristóbal Jimenez de la Mora, vecino de Sevilla. Segunda pregunta: si saben que por el año pasado de 1541, siendo carnicero de esta Villa de Castilleja el dicho Francisco de Carmona, se concertó con el dicho Juan de Padilla que, para en pago de 4 ducados que el dicho Francisco de Carmona le debía, le diese los menudos de los puercos que se pesasen en la carnicería, a precio de 45 maravedíes cada menudo, y de ello hicieron escritura pública. Tercera pregunta: si saben que los dichos puercos que a la sazón se pesaban en la carnicería eran del dicho Cristóbal Jimenez de la Mora, el cual estaba concertado con el dicho Francisco de Carmona que de cada uno de los menudos cobrase el dicho Cristóbal Jimenez 25 maravedíes. Cuarta pregunta: si saben que los puercos que se pesaron y de que el dicho Juan de Padilla recibió los menudos, pagó al dicho Cristóbal Jimenez de la Mora 25 maravedíes por cada uno, los cuales le pagó por mandamiento de la Justicia de esta Villa, y aún para ello le tomaron y vendieron una capa al dicho Juan de Padilla. Quinta pregunta: si saben que lo que restó a cumplimiento del valor de los dichos menudos al respecto de 45 maravedíes sobre los dichos 25 maravedíes que el dicho Cristóbal Jimenez de la Mora cobró, no bastó para que el dicho Juan de Padilla fuese pagado de los 4 ducados que el dicho Francisco de Carmona le debía, antes faltaron dineros y así parece por la cuenta de los dichos menudos que el dicho Juan de Padilla recibió, que fueron los de los puercos del dicho Cristóbal de la Mora. Sexta pregunta: si saben que el dicho Juan de Padilla se concertó con la dicha Teresa Ruiz para que ella recibiese los dichos menudos y le pagase a él los 4 ducados y el resto al dicho Francisco de Carmona, y este concierto lo puso y hubo por bueno el dicho Francisco de Carmona y, conforme al dicho concierto, Teresa Ruiz recibió los dichos menudos. Séptima pregunta: si saben que, habiéndo recibido Teresa Ruiz los dichos menudos, no pagó al dicho Juan de Padilla lo que el dicho Francisco de Carmona le debía de los dichos 4 ducados, porque la Justicia de la dicha Villa tomó a la dicha Teresa Ruiz el dinero que montaban los dichos menudos para la paga de la alcábala de la carnicería que debía el dicho Francisco de Carmona. Octava pregunta: si saben que todo lo dicho es pública voz y fama.
Ponénse por posiciones al dicho Francisco de Carmona, y pídese las declare conforme a la ley. Y juró a Dios y por la Santa Cruz. Firma el Licenciado Martin Alonso.

El Alcalde Ordinario de Sevilla Gonzalo Martinez, visto el mandamiento, el poder y el interrogatorio, dijo que traiga los testigos para hacer su probanza, que él está presto de recibirlos y hacer justicia.
Y después, en dicho día, mes y año, Juana Hernandez presentó por testigos a Cristóbal Jimenez de la Mora, labrador, vecino de Sevilla en la collación de San Gil; a Pedro Ortiz, criado del Señor Conde de Olivares, vecino de Sevilla en la collación de Omnium Sanctorum; y a Antón Lopez, carnicero, vecino de Sevilla en la collación de San Salvador. De todos los cuales el Alcalde Ordinario de Sevilla tomó juramento.
Testigo, Cristóbal Jimenez de la Mora. Conoce a Juan de Padilla y a Francisco de Contreras de 5 años a esta parte, y a Teresa Ruiz también de 5 años. No le tocan las generales y tiene 50 años de edad. De la segunda pregunta dijo que la sabe porque se lo oyó decir al dicho Francisco de Carmona y a Juan de Padilla. De la tercera pregunta dijo que este testigo pesó en la dicha Villa 60 ó 72 puercos (sic) y se concertó con Francisco de Carmona que de cada menudo le diese a este testigo 25 maravedíes y este testigo los recibió. De la cuarta pregunta dijo que de los puercos que se pesaron de este testigo, de que dicho Juan de Padilla recibió los menudos le pagó a este testigo de cada uno 25 maravedíes, como estaba concertado entre este testigo y Francisco de Carmona, los cuales le pagó Juan de Padilla por mandamiento de la Justicia de la dicha Villa, y por virtud de él se le vendió una capa del dicho Juan de Padilla con que a este testigo se le pagó los menudos todos. A la quinta dijo que no la sabe. A la sexta pregunta dijo que lo oyó decir a muchas personas en esta dicha Villa. De la séptima pregunta dijo que no la sabe. A la octava pregunta dijo lo que dicho tiene y se afirmó en ello. No firmó porque dijo que no sabía escribir.
Testigo, Pedro Ortiz, criado del Conde de Olivares. Dijo conocer a Juan de Padilla y a Francisco de Carmona de más de 25 años, y a Teresa Ruiz y a Cristóbal Jimenez de Mora de 5 años a esta parte. No le tocan las generales y tiene más de 45 años de edad. De la segunda pregunta dijo que, como escribano público que era este testigo de dicha Villa, pasó la escritura y concierto de todo ello. De la tercera pregunta, dijo que la sabe por la misma razón. De la cuarta y de la quinta, lo mismo. De la sexta pregunta dijo que vio a Teresa Ruiz hacer los menudos, y cobrar la Justicia los dineros de ellos por la alcábala. De la séptima pregunta, dijo que la sabe porque él y el Alcalde Ordinario Juan Verde cobraron los dineros de los menudos por el Concejo por la dicha alcábala que Francisco de Carmona debía a la dicha Villa, y aún este testigo pagó por la dicha Teresa Ruiz al dicho Alcalde Ordinario Juan Verde ciertos maravedíes que ella debía sobre ciertas prendas que el Alcalde Ordinario tenía, que le había sacado por los dichos maravedíes. De la octava pregunta dijo lo que dicho tiene.
Testigo, Antón Lopez, carnicero. Dijo que conoce a Juan de Padilla y a Francisco de Carmona de más de 15 años, y a Teresa Ruiz de 15 años, y a Cristóbal Jimenez de la Mora de 5 años a esta parte. No le tocan las generales y es de 35 ó 40 años de edad. A la segunda pregunta, dijo que la sabe por haber estado presente cuando Francisco de Carmona y Juan de Padilla se concertaron. A la tercera pregunta, dijo que se pesaron ciertos puercos de Cristóbal Jimenez de la Mora en esta Villa, y dicho Cristóbal Jimenez se concertó con Francisco de Carmona que de cada menudo le diese 25 maravedíes. De la cuarta pregunta dice que vio cómo Juan de Padilla recibió los menudos y pagó al dicho Cristóbal Jimenez de la Mora 25 maravedíes, por mandamiento de la Justicia y Alcaldes de la dicha Villa, y para ello le vendieron una capa con la cual se pagó a Cristóbal Jimenez de la Mora lo que se debía de los dichos menudos. De la quinta pregunta dijo que no la sabe. De la sexta pregunta dijo que vio hacer los menudos a dicha Teresa Ruiz, y que de la manera que fue, que este testigo no lo sabe. De la séptima pregunta dijo que sabe que los Alcalde Ordinarios que a la sazón eran tomaron y secuestraron todos los maravedíes de los menudos que la dicha Teresa tenía y debía al dicho Francisco de Carmona, para pagar la alcábala al Concejo de esta dicha Villa. De la octaba pregunta dijo lo que dicho tiene. No firmó porque dijo que no sabía escribir.
Luego en dicho día dieron testimonio cerrado y sellado de todo ello a Juana Hernandez. Testigos que fueron presentes, Juan Moreno y Diego Perez, escribanos de la ciudad de Sevilla.

domingo, 18 de octubre de 2009

Los esclavos 75l

Si el lunes 9 de marzo dio un poder el carnicero a su mujer para cobrar de los tabanqueros del Arenal lo que le debían, dos días antes, el sábado, le había otorgado otro para que se presentara en Sevilla ante el Alcalde Ordinario por Sus Majestades, el Honrado Señor Gonzalo Martinez, a fin de continuar un pleito que por entonces sostenía contra un tal Francisco de Carmona. Tuvieron que recurrir a la jurisdicción hispalense porque los testigos que pretendían presentar en su probanza eran vecinos de dicha ciudad.
Ciertamente el matrimonio debía estar muy acosado por escribanos, procuradores, acreedores, justicias, etc., pero la carga principal era soportada por Juana Hernandez, habida cuenta de la enfermedad de su marido.
Francisco de Carmona, la parte demandada, era vecino de Gines. Hombre ya bien entrado en años por la fecha que tratamos, había vivido acontecimientos importantes en su localidad, de los que fue partícipe directo y de los que se vanagloriaba. De rala cabellera blanquísima y dulce calva, corpulento y más bien alto, aparentaba bondad con sus ademanes parsimoniosos y con su grave voz, nunca alterada por las emociones. Después de desempeñar en varias ocasiones la alcaldía ordinaria de su patria chica, y ya —debido a los años— algo venido a menos en lo que respecta a energía física, accedió, mediante la pertinente puja en la Plaza, a la renta de las carnicerías de Castilleja de la Cuesta en el año 1541, y obligado a ellas era cuando se dieron las circunstancias que le llevaría a ser demandado por Juan de Padilla.
Francisco de Carmona pasaría a formar parte sustancial de la historia de los grandes acontecimientos gineños cuando, como Alcalde Ordinario nombrado por Luis de Zúñiga*, le fue leída públicamente en la plaza de su pueblo el domingo 26 de octubre de 1522, por el tutor curador de los hijos de Elvira de Narváez**, la Carta Requisitoria del Teniente de Asistente de Sevilla por la cual exigía para sus tutelados la entrega y posesión de la cuatro quintas partes de Gines, su término, jurisdicción y todo lo demás dependiente y anejo al Señorío. El Alcalde Francisco de Carmona, convenientemente respaldado, puso en efecto tácticas dilatorias, como la de reclamar copia de la Carta Requisitoria y la de pedir tiempo para preparar su respuesta. Al cabo de un mes y ya en su poder la copia solicitada, fue requerido por segunda vez de la misma forma y en el mismo lugar, a lo que contestó prometiendo que al siguiente día se personaría él mismo en la capital porque necesitaba asesoramiento de su letrado, el procurador Lope de Segovia; luego —aseguró— respondería lo que conviniese. Al estar la posesión del lugar pendiente de pleito en la Audiencia de los Grados de Sevilla, el procurador Lope de Segovia encontró en ello argumento idóneo para negar el pedimento de posesión hasta tanto no concluyese su veredicto la justicia sevillana. El representante de los hijos de Elvira de Narváez denunció a Francisco de Carmona ante la Real Audiencia de Granada, tribunal que estaba por encima del de Sevilla, exigiendo además que le condenasen en las costas judiciales. Luis de Zúñiga, apoyando a su alcalde, alegó repitiendo que hasta que se fallase el pleito pendiente en Sevilla él seguía siendo "Señor de Gines por justos y derechos títulos", mas aunque movió todos los resortes que pudo, el 13 de diciembre de dicho año sentenciaron desde Granada en su contra y ordenaron a Francisco de Carmona que diese la posesión a los hijos de Elvira de Narváez. Tras algún tira y afloja y alguna suplicación, en la Nochebuena el conflicto estaba decidido a favor de los dichos hijos, y el 16 de marzo del siguiente año, 1523, el marqués de Ayamonte*** tomó el tan disputado dominio tras haberlo comprado a sus nuevos poseedores. La parte principal del texto de la ceremonia se puede ver en "Gines. Historia de la Villa bajo el Régimen Señorial", de Antonio Herrera García:

E luego incontinenti el dicho señor marqués tornó a entrar en las dichas casas principales e hizo llamar ante sí a Francisco de Carmona, alcalde ordinario del dicho lugar y, estando ante él presente, le preguntó si había en el dicho lugar otro alcalde o regidores, el cual dijo que no. E luego el dicho marqués dijo al dicho alcalde que bien sabía cómo él había comprado las cuatro quintas partes del dicho lugar e, por virtud de la dicha compra, había tomado la posesión del dicho lugar; y, porque también le convenía tomar la posesión de la justicia y jurisdicción civil y criminal del dicho lugar, por ende que le pedía y requería y pidió y requirió que de e entregue la vara de la justicia en señal de la posesión; e luego el dicho alcalde se hincó de rodillas delante del dicho marqués y le besó la mano por su señor y le dio y entregó la vara de la justicia, que tenía en la mano, y con ella dijo que le daba y entregaba y le dio y entregó la posesión de la justicia y jurisdicción civil y criminal, alta y baja, mero mixto imperio, por razón de las dichas cuatro quintas partes que a su señoría pertenecen. Y el dicho señor marqués recibió la dicha vara en su mano y la dio y entregó a Juan Vallejo, su criado, vecino de la ciudad de Sevilla, que presente estaba, y dijo que le hacía e hizo merced del dicho oficio de alcalde ordinario del dicho lugar, por razón de las dichas cuatro quintas partes, por tanto tiempo cuanto fuese su voluntad.

Y en su amenísima y rica en matices historia novelada de Gines, "Memoria de al-Xines", José Luis Montiel Hurtado pone voz a un Francisco de Carmona recordando aquel acto con sus contertulios Cristóbal Jiménez el secretario y Diego Perez el alguacil:

—El marqués de Ayamonte —dijo el ex-alcalde Francisco Carmona mientras miraba desde la casa ayuntamiento los jaramagos de la torre de Gines— tomó posesión del señorío en 1523 con la teatralidad con que se mueve siempre la nobleza. En la ceremonia de toma de posesión del señorío entregué al marqués la vara de la justicia y, de rodillas, le besé la mano, según era costumbre en este tipo de ceremonias.
Y añade que: Lo mismo hicieron Diego Perez el alguacil y el secretario Cristóbal Jiménez. Los nuevos señores de Gines, con natural displicencia, revisaron las estancias de la hacienda y se fueron en el mismo carruaje con que habían llegado a la plaza del pueblo.

No sin antes "dejarlo todo como estaba", porque como nos cuenta el profesor Antonio Herrera Garcia en su mencionada "Historia de Gines", el marqués de Ayamonte dejó a Francisco de Carmona de casero e inquilino en su casa principal, sita en la plaza ginense donde tenían lugar las referidas ceremonias; le devolvió el oficio de escribano público a Cristóbal Jimenez, quien también lo acababa de entregar; y restituyó los cargos de justicia:

E luego el dicho señor marqués dijo que, porque el dicho Juan de Vallejo, a quien había dado la vara de alcalde ordinario, no podía residir en el dicho lugar e porque no quede el dicho lugar sih persona que administre la justicia, que hacía e hizo merced de la dicha vara y oficio de alcalde ordinario al dicho Francisco de Carmona, que primero la solía tener, para que lo tenga por su señoría cuanto fuere voluntad; e mandó al dicho Juan de Vallejo que le dé y entregue la vara, el cual luego se la dio y entregó al dicho Francisco de Carmona, el cual la recibió y por ella besó la mano al dicho señor marqués. Y asimismo el dicho señor marqués volvió la vara al dicho Diego Perez, alguacil, para que use del dicho oficio de alguacil cuanto fuere la voluntad de su señoría, y el dicho Diego Perez la recibió y besó la mano al dicho señor marqués.

* Luis de Zúñiga, hijo mayor de Gonzalo de Zúñiga (fallecido en el año 1521) y de Beatriz de Villafañe. Gonzalo era heredero del lugar de Gines según testamento otorgado por su madre doña Mencía de Zúñiga el 19 de junio de 1491; Luis se consideraba con derecho al señorío de Gines como su sucesor, y de hecho disfrutaba de los frutos y rentas que producía. Pero se encontró con la oposición de su madrastra, Elvira de Narváez.
El abuelo materno de Luis de Zúñiga, una vez viudo, tomó el estado eclesiástico, fue obispo de Jaén y, hecho prisionero por los moros granadinos, murió martir (Antonio Herrera Garcia, "Historia de Gines).

** Elvira de Narváez, segunda esposa y viuda de Gonzalo de Zúñiga, tuvo con él cuatro hijos: Gonzalo de Zúñiga, Leonor, Mencía y Rodrigo de Narváez. Litigó en nombre de éstos contra las pretensiones de su hijastro Luis sobre el lugar de Gines. Hizo que exigieran al Alcalde Ordinario de Gines Francisco de Carmona la entrega y posesión de la cuatro quintas partes de Gines, su término, jurisdicción y todo lo demás dependiente y anejo al Señorío, según se ha referido más arriba.

*** Francisco de Zúñiga y Guzmán —de otra de las ramas de la familia de los Zúñiga—, primer marqués de Ayamonte, segundo hijo de don Pedro de Zúñiga, duque de Béjar, y de doña Teresa de Guzmán, de la casa de Medina Sidonia y Niebla. Casado con Leonor Manrique de Castro. El profesor Antonio Herrera Garcia se inclina a suponer que este marqués se erigió en protector y valedor de Elvira de Narváez, ya viuda, y de sus hijos, en el pleito que sostuvieron con Luis de Zúñiga, en base a que ella residía en las casas del dicho marqués (en la sevillana collación de San Pedro), a que allí había firmado algunos documentos, y a que justo cuando finalizó dicho pleito el marqués le adquirió Gines y sus dependencias.

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De modo y manera que el ex-alcalde de Gines Francisco de Contreras era hombre de experiencia, a quien se solía ver rodeado de parroquianos, oyentes atentos a cuanto refería con su tono amable y tranquilo, ya fuera en las tertulias en la población, ya en las reuniones que propiciaban los descansos en las tareas del campo. Frecuentaba al final de sus días el ginense pago de Pino Franco, linde con el callejón de Las Escaleras, para charlotear con los hortelanos y los pastores. También tenía muy buenos amigos en Castilleja de la Cuesta.
Todavía andaba bregando entre las dos Villas cuando Juan de Padilla languidecía de sus lobanillos espaldares, pero ya las antiguas diferencias eran gestionadas por Juana Hernandez como hemos visto. Durante este año de 1545 se animó, al contrario que su rival ahora enfermo, haciéndose cargo de las carnicerías de Gines, lo cual le ofreció múltiples oportunidades de trato y comercio con los carniceros castillejenses, pero también el reavivamiento del pleito con el ahora casi indigente Juan de Padilla. En todo caso, Juana Hernandez lo odiaba profundamente, y cuando coincidían por alguna calle, ella cruzaba en ángulo recto al otro lado, tiesa y con la mirada altiva y el gesto adusto. Estaba cansada, agotada, exhausta, tras sus últimos viajes a Sevilla, y aquel vejestorio se resistía a pagar lo que les debía.
Dos semanas después de los días de las tramitaciones que la mujer efectuaba en la capital, el miércoles 18 de marzo, Francisco de Carmona, obligado de las carnicerías de Gines como hemos dicho, y presentando como su fiador a su paisano el vinero Francisco Andrés*, se comprometió a pagar, ante el escribano Juan Vizcaíno en su pupitre del atrio de la Iglesia de Santiago, 22 ducados de oro al vecino de la Calle Real Francisco Hernandez Labrador, también presente, por dos bueyes, el uno hosco** y el otro bermejo, ya ambos en su poder y satisfechos ya también por su parte los derechos de alcábala. Concertaron en hacer el pago el día de Todos los Santos y testificaron el trato Lorenzo Sanchez y Gerónimo de Lucena, vecinos de Sevilla. Ni Francisco ni su fiador firmaron, por no saber escribir.

* Francisco Andrés fué Regidor del Concejo de Gines en 1553, y Alcalde de la Santa Hermandad en 1555 y en 1559. Fué además casero de la hacienda de los Zúñiga y de los Guzmán en dicha Villa.

** Hosco (Del lat. fuscus, oscuro). Adjetivo. Dicho del color moreno: muy oscuro, como suele ser el de los indios y mulatos. RAE.

viernes, 16 de octubre de 2009

Los esclavos 75k

Redondeando el retrato de la familia de Juan de Padilla, vamos en este capítulo a transcribir algunos escritos sueltos, con varias fechas, los cuales nos facilitarán nuestro paseo por aquella Castilleja en su conjunto y nos posibilitarán comprender todavía más el episodio en concreto que nos ocupa:

El 30 de diciembre de 1545 (error: debe ser 1544) ante Lorenzo Sanchez, Alcalde Ordinario, pareció Cristóbal Martin de Alaraz, clérigo cura de la Iglesia de Santiago, y puso las carnicerías por el año de 1545 en 40 ducados, y se obligó con las condiciones del Concejo. Testigos, Juan Martin y Bartolomé Moreno.
El domingo 4 de enero de 1545 Juan Verde y Juan de Santana, Alcaldes Ordinarios, hicieron las dichas condiciones1.
El 19 de enero pareció Antón Lopez, vecino de Sevilla, y ofreció 42 ducados, testigos, Lorenzo Sanchez y Juan de Castro.
El domingo 25 de enero pareció Francisco Hernandez Labrador, vecino de la Calle Real, y ofreció 50 ducados.
En dicho día 25 Diego Jiménez de Montanchez, pregonero del Concejo de Tomares, pregonó en la Plaza la renta de la carnicería; no pujó nadie, y le fueron rematadas a Francisco Hernandez Labrador. El domingo 1 de febrero hizo traspaso en Juan de Padilla por los dichos 50 ducados, testigos, Lorenzo Sanchez y Diego Verde.
Luego, Juan de Padilla y Juana Hernandez su mujer se obligaron a pagar, y a cumplir las condiciones, dando por sus fiadores a Francisco de Contreras2, Francisco Hernandez Labrador y a Pedro de Padilla3, vecino de Triana, presentes. Testigos, Lorenzo Sanchez y Luis Verde.

1.- Pueden verse tales condiciones en "Los esclavos 68", entrada de julio de 2009.

2.- Una hija de Francisco de Contreras, Isabel de Contreras, era la esposa de Gregorio Lopez, el alanceado por el portugués Hernán Dominguez, quien a su vez era nuero de Juan de Padilla.

3.- Pedro de Padilla, el criado del Conde; terminaría explotando sexualmente a la viuda de su primo Juan de Padilla en Castilleja de Guzmán (ver "Los esclavos 75c").


Pero comprobemos ahora cómo cuando Juan de Padilla se hacía cargo de la carnicería, el domingo 1º de febrero, ya arrastraba, además, ciertas irregularidades en sus cuentas, estando por ellas padeciendo el embargo de su asno de color prieto mohíno:

Miércoles 7 de enero de 1545. Juan Vizcaíno, escribano público y del Concejo de esta Villa, hace saber y da fe que hoy está en su presencia y testigos infrascritos Juan Martin, Alguacil de esta dicha Villa, por virtud de un mandamiento del Alcalde Ordinario Juan de Santana, que dice:
"Yo, Juan de Santana, Alcalde Ordinario de esta Villa de Castilleja de la Cuesta por el Conde mi Señor, mando a vos, cualquier de los Alguaciles de esta dicha Villa, que hagáis entrega y ejecución de bienes de Juan de Padilla y Juana Fernandez (sic) su mujer, vecinos de esta dicha Villa, o en sus bienes de cualquier de ellos, por cuantía de 1.500 maravedíes y 6 gallinas que debe dar y pagar a Fernán Rodriguez de Olivares, vecino de la ciudad de Sevilla, según se contiene en un contrato público de tributo que ante mí presentó el dicho Fernán Rodriguez y lleva en su poder, y juró que le son debidos los dichos maravedíes y gallinas, y los bienes en que hiciéreis la dicha ejecución sean muebles y tales que valgan la dicha cuantía, y sacarlos de su poder y traerlos ante mí para que yo haga de ellos lo que sea justicia, y si tales bienes no tuviere, sean recibidos con fianza bastante que os de de todo saneamiento, así a los bienes muebles como a los raíces, y si tales bienes no tuviere con la dicha fianza, prendedle el cuerpo al dicho Juan de Padilla y ponedlo preso en la Cárcel del Concejo de esta Villa para que allí cumpla de derecho por la dicha razón, y notificada a los principales y fiadores los términos de la ley de términos y no haga de él que de algo, pena de 500 maravedíes para la Cámara de Su Señoría. Hecho a 7 días del mes de enero de 1545 por el Señor Alcalde Juan de Santana."
Juan Vizcaíno hizo entrega y ejecución por bienes que dice ser de Juan de Padilla y Juana Hernandez su mujer, por la dicha cuantía de los dichos 1.500 maravedíes y 6 gallinas en el dicho mandamiento contenidos, de un asno de color prieto mohíno, el cual dicho asno de suso declarado el dicho Alguacil llevó en su poder y dijo que se obligada de lo dar cada y cuando que por el dicho Señor Alcalde o por otro Juez que de la causa pueda y deba conocer le fuere pedido y demandado, so pena que pagará la dicha cuantía de los dichos maravedíes y gallinas en el dicho mandamiento contenidos, en fe de lo cual Juan Vizcaíno dio la presente firmada de su nombre y signada con su signo, que es hecha en la dicha Villa de Castilleja de la Cuesta, miércoles 7 de enero del año del Nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de 1545, testigos que fueron presentes Cristóbal de Valencia y Domingo Martin, estantes en esta dicha Villa.


Casi de inmediato surge Juan Gonzalez Vohón, quien se convertiría en la "bestia negra" y en el verdugo de nuestro buen carnicero Juan de Padilla:

El lunes 2 de marzo de 1545 ante Juan de Santana, Alcalde Ordinario, pareció Juan Gonzalez Vohón, vecino de Salteras, y dijo que echaba y echó el cuarto de la renta de la carnicería sobre los 50 ducados, y se obligó a pagar al Concejo desde 1º de enero hasta fin de diciembre 62 ducados y medio, porque monta el dicho cuarto 12 ducados y medio, el cual cuarto echó con condición de que los primeros 100 carneros que pesaren, que si le echaren otro cuarto sobre este que ahora echa, que él no sea obligado a acudir con los derechos de los dichos 100 carneros a la persona que le tornare a echar el cuarto. Hizo la solemnidad del juramento y dio por fiador a Diego Verde. Testigos, Juan Librero, vecino de Castilleja de Guzmán, y Francisco Garcia.


He aquí un poder que suena a "canto del cisne", ya que el otorgante moriría dos meses después:

Lunes 9 de marzo de 1545. Sepan cuantos esta carta vieren como yo, Juan de Padilla, vecino que soy de la Villa de Castilleja de la Cuesta, otorgo y conozco que doy todo mi poder cumplido cuan bastante de derecho en tal caso se requiere a Juana Hernandez mi mujer, especialmente para que por mí y en mi nombre y como yo mismo pueda pedir y demandar y recibir y haber y cobrar así en juicio como fuera de él de Francisco Díaz, tabanquero1, vecino de la ciudad de Sevilla en los bodegones de la Puerta del Arenal, 23 reales de plata y 8 maravedíes, y de (en blanco) de Sanpedro, tabanquero vecino de los dichos bodegones de la Puerta del Arenal de la dicha ciudad de Sevilla, 7 reales de plata, o de sus bienes o de quien con derecho deba, que los susodichos y cada uno de ellos me deben y son obligados a me los dar y pagar de cierta carne que les dí a los sobredichos y a cada uno de ellos antes que entrase la Cuaresma de este presente año, fiada, y no me los han pagado, y los pueda recibir en sí y dar de los que recibiere sus cartas y albalaes de pago y de recibimiento y de fin y de quitamiento, las que por la dicha razón cumplieren y menester fueren, y valgan y sean tan firmes y valederas como si yo mismo las diese y allí lo presente fuese, y si fuere menester entrar en contienda y querellamiento por razón de la cobranza de los dichos maravedíes o de cualquier parte de ellos, pueda parecer y parezca ante todos y cualesquier Alcaldes y Jueces y Justicias de cualquier fuero y jurisdicción que sean, y ante ellos y cualesquier de ellos pueda hacer y haga todas las demandas y pedimentos y requerimientos y emplazamientos y citaciones y expresiones y secuestros y embargos y ejecuciones y ventas y remates de bienes, y presentar testigos y probanzas y escritos y escrituras, y recibir testigos y probanzas, y tachar y contradecir los que contra mí fueren dados y presentados y dichos y en personas y fés de pedir sean hechos cualquier juramento o juramentos, y concluir y pedir y oir sentencia y sentencias, así interlocutorias como definitivas, y las consentir y apelar y suplicar de ella o de ellas, para allí todo con derecho debiere hacer y haga en juicio o fuera de él todas las otras cosas y cada una de ellas que menester sean de se hacer y yo mismo haría o hacer podría presente siendo, aunque sea de aquellas cosas de casos que según derecho requieran haber en sí otro ni más especial poder y mandado y presencia personal y con facultad, y que lo pueda sustituir en quien quisiere, antes de la contestación del pleito o después, y lo revocar cuando por bien tuviere, y cuan cumplido y bastante poder puedo y debo dar y otorgar para lo que dicho es, otro tal y tan cumplido lo doy y otorgo a la dicha Juana Hernandez mi mujer, o a los por ella sustitutos, con todas sus incidencias y dependencias, anexidades y conexidades y con libre y general administración, y los ¿recibo? según derecho, y para lo haber por firme obligo a mí y a todos mis bienes habidos y por haber, hecha la Carta en la Villa de Castilleja de la Cuesta en lunes 9 días del mes de marzo, año del Nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de 1545, testigos que fueron presentes a lo que dicho es Diego Hernandez y Juan Hernandez, vecinos de esta dicha Villa, y el dicho Juan de Padilla no lo firmó porque dijo que no sabía escribir, y rogó a mí, escribano público yusoescripto, que lo firmase por él en este Registro. Juan Vizcaíno.

1.- Tabanco, puesto, tienda o cajón que se pone en las calles o en los mercados para la venta de comestibles. RAE. El Diccionario de Autoridades especifica que se pone en las calles, donde venden de comer para los pobres, y gente de servicio, y tráfago. Latin, Vulgaris caupona, vel popina.
Aunque tabanco está bien documentado en cuantos diccionarios hemos consultado (ya lo usó el mismísimo Cervantes), no así ocurre con tabanquero, ya que tan sólo en Internet hay una única coincidencia y, por cierto, sorprendente: es el título de una canción del grupo musical Los Delinqüentes, formado en 1998 y originario de Jerez de la Frontera (Hey, tabanquero. Dame de beber, dame de beber, da igual que sea tinto, vino fino o moscatel).

Por último, otra negra sombra sobre la tumba del carnicero:

Andrés de Buenrrostro, labrador vecino de Sevilla en la collación de San Llorente, da su poder cumplido a Cristóbal Martin de Alaraz, clérigo cura de la Iglesia de Santiago de esta Villa, que está ausente, especialmente para que pueda cobrar de los bienes y herederos de Juan de Padilla, vecino que fue de esta dicha Villa, 60 reales que el dicho Juan de Padilla le debe de resto de ciertos puercos que le pesó, y dar cartas de pago y albalaes por cualquier fuero y jurisdicción. Testigos, Francisco de Oliva y Francisco de Oliveros, vecinos y estantes en esta dicha Villa.
Fechado en algún día de la semana del lunes 4 al lunes 11 de mayo de 1545.

Poseía alguna tierra Juan de Padilla antes de que comenzaran sus tribulaciones; en término de esta Villa, en el Pago del Charco, un pedazo de tierra calma, linde con viña de 2 aranzadas propiedad de Juan Álvarez; y en el Pago de Cabeza del Moro, también en esta Villa, una viña, linde con viña de Melchor Sanchez y con la hijuela que va a salir al Camino Real (ver "Los esclavos 75c").

martes, 13 de octubre de 2009

Los esclavos 75j

¿Era presa el portugués Hernán Dominguez de algún tipo de fijación obsesiva con las lanzas? De otra manera no se explica que menos de un año después del trágico percance frente a la ermita de Guía, cuando todavía su víctima Gregorio Lopez debía estar resintiéndose de las gravísimas heridas que le infirió, adquiriese en plena Plaza de Castilleja un domingo por la mañana, ante el gentío que se reunía tras la misa para pujar por los bienes que solían ofrecerse a subasta, un par de lanzas. Le costaron un real y un cuartillo. ¿Cómo no imaginar que todo aquel que lo viera mercar las armas sentiría cierta aprehensión, cierto recelo, cierta alarma? "Vuelve el perro a sus vómitos y el cerdo a su lodazal", murmurarían algunos. Y no fueron pocos —repetimos— los presentes.
Debía estar nuestro portugués con efectivo disponible, porque además se adjudicó varias prendas. Entre ellas y por el mismo precio de las lanzas adquirió "un paño de rostro labrado de negro muy viejo". Veámoslo todo con detalle en el acta que del evento levantó el escribano:

El domingo 2 de octubre de 1558 estando en la Plaza ante Miguel de las Casas y Alonso Martin, pregonero del lugar de Bormujos y mucha gente, a pedimento de Pedro de Castellanos, escribano público de Sevilla, en nombre y voz de Diego Martin el mozo, que está en las Indias, hijo y heredero de Diego Martin Bermejo y de Beatriz Martin de Baena su mujer, difuntos, y de Juan de Vega en nombre y voz de María Gómez y Leonor y Beatriz, menores hijas de Hernán Martin Bermejo y nietas y herederas de los dichos Diego Martin Bermejo y Beatriz Martin de Baena, el dicho Juan de Vega como tutor y curador de las tres menores, y a pedimento también del dicho Miguel de las Casas en nombre de Leonor Martin de Baena su mujer, hija y heredera de los susodichos, se vendieron en almoneda ciertos bienes que quedaron de los susodichos: Hernán Dominguez se llevó dos lanzas viejas por un real y un cuartillo; el mismo Hernán Dominguez, unas tobajas de lienzo de lino, raídas, por 46 maravedíes; Ana de Ojeda, viuda vecina de Sevilla, otras tobajas por un real; Juan de Vega, una tobaja de lino casero ... con ... azulados raída, en 2 maravedíes y medio; el mismo Juan de Vega, una caldera de cobre viejo en 2 reales; el mismo Juan de Vega, un paño de rostro labrado de grana y raído, en 6 reales y medio; Simón de Valencia, un jubón de tafetán picado, viejo y roto, por 2 reales y un cuartillo; Bernardo de Oliver, una tobaja labrada de seda azul raída y con sus cabos, 61 maravedíes; Beatriz ..., viuda, un arca de madera vieja con su cerradura y llave, por 7 reales y un cuartillo; Martin Ramos, un candelero de azófar viejo en 55 maravedíes; dicho Hernán Dominguez, un paño de rostro labrado de negro muy viejo, un real y cuartillo; Isabel Sanchez, mujer de Antón Navarro, unos manteles de lienzo casero en 3 reales y medio y un cuartillo; Simón de Valencia, unas artes de lienzo con unas tiras coloradas raídas, por 12 maravedíes; Bernardo de Oliver, 4 pañuelos de mesa raídos, los 3 alemanes y el otro casero, por 2 reales; Simón de Valencia, un paño de rostro labrado de colorado viejo, en 44 maravedíes; Andrés Hernandez Vizcaíno, un bonete negro raído, un real y medio. Y los pedidores lo pidieron por testimonio para salvaguarda de sus derechos. Testigos, Hernando Jayán, Diego Ortiz y Gerónimo Rodriguez, vecinos de Sevilla y moradores en esta Villa, y Antón Navarro, Simón de Valencia y Salvador Perez, vecinos de esta Villa.

Válganos —por otra parte— este escrito en cuanto nos proporciona de cumplida información sobre la familia Martin Bermejo, la cual protagoniza innumerables hechos en el pueblo, reflejados en los legajos que hasta hoy se han conservado en los diversos archivos. Vemos que Diego Martin Bermejo y su mujer Beatriz Martin de Baena tuvieron por sus hijos a:
I -Diego Martin el mozo (que está en Indias)

II -Hernán Martin Bermejo, padre de
1.- María Gomez
2.- Leonor
3.- Beatriz

III -Leonor Martin de Baena (esposa del escribano Miguel de las Casas)

No está de más tomar de ello cuidadosa nota, a fin de, en posteriores desarrollos, considerar los vínculos que unían a estas personas, y por medio de tales consideraciones conocer más a fondo sus conductas y motivaciones. Y volviendo al último hilo que desenredábamos de la oscura y espesa maraña que constituye la enigmática materia de ese fenómeno que hemos dado en llamar Historia, —extraño per se hasta que se logra presentarlo, es decir, "hacerlo presente", o lo que es lo mismo, despojarlo de su carácter histórico-enigmático-fenomenológico para traerlo a la prístina matemática del instante, al aquí y ahora, el hic et nunc que es única realidad, conciencia, tabla de salvación de a cuantos la hoz de pedernal del titán Cronos poda de ilusiones venideras y sueños pasados—, sigamos tirando de él con suavidad pero con firmeza y contemplemos la reacción del alanceado Gregorio, cuya convalecencia ocupó todo el interminable verano y el melancólico otoño, prolongándose hasta ya bien entrados los fríos invernales a finales de aquel —para él— trágico año de 1557:

Gregorio Lopez, trabajador vecino de esta Villa, perdona a Hernan Dominguez por las heridas recibidas de él el día 5 de junio del presente año, en cierta cuestión viniendo de trabajar por el Camino Real de Sevilla, arriba en esta Villa. Fueron tres heridas inferidas con una lanza, y estuvo por ellas muy malo a punto de muerte. Por ruego e intercesión de buenas personas lo perdona y da por libre por siempre jamás, y lo deja asimismo libre de daños y deudas, jurando por Dios, Santa María y las Palabras de los Santos Evangelios. Testigo, Luis de Figueroa, presbítero.

Y en el mismo otorgamiento de perdón, sin solución de continuidad, un par de líneas semi-ilegibles que muestran que dicho otorgamiento no era todo lo "desinteresado" que decía ser:

Hernan Dominguez pagará en dos pagas ... . 14 de diciembre de 1557. Gregorio no sabe firmar. Testigos, Pedro de las Casas1, Salvador Perez2 y Diego Martin ... .

1.- Pedro de las Casas era hijo del escribano Miguel de las Casas.

2.- Salvador Perez era criado y escribiente de dicho Miguel de las Casas.

De forma que vemos cómo el portugués tuvo que hacerse cargo del valor de las curas, medicinas, cirujanos, etc., que fue necesitando su víctima durante todos aquellos meses.
Y por último, garabateadas casi al margen del último folio del caso, dos notas nos permiten completar, como las dos últimas piezas del rompecabezas, el panorama de los acontecimientos ocurridos, y nos facilitan comprender con más exactitud el estado de ánimo de Hernán Dominguez en lo que respecta a la agresión que sufrió cuando cavaba en la viña, episodio que con tanto sarcasmo y mala intención Gregorio le recordaba aquella tarde volviendo de Sevilla:

Entre junio y noviembre de 1556 (no consta la fecha exacta) Debe Diego ... a Hernán Dominguez 24 reales por la cura de la herida que le hizo con un azadón en la viña que tiene arrendada Diego Ortiz de los menores de Juan ... .

El lunes 16 de noviembre 1556 presentó a Francisco de Contreras, Alcalde Ordinario, un ¿recuento? Diego Ortiz de Juan Guren, por el cual Hernán Dominguez le debía 28 reales; Hernán juró que no se los debía a él, sino a su señora. El Alcalde le dijo que los pagara en 3 días o si no que fuera a la Cárcel.

Y así se nos desvelan los sinsabores padecidos por Hernán cuando cavaba en la viña de Diego Ortiz de Juan Guren: si por un lado cobraba 24 reales por el tratamiento de sus heridas, por otro el empleador de su agresor le exigía 28.

lunes, 12 de octubre de 2009

Los esclavos 75i

Empezamos recordando, del capítulo anterior, la fecha del otorgamiento de la dote de Isabel de Padilla: 21 de mayo de 1557. No parece haber pasado mucho tiempo desde que se casó hasta que recibió dicha dote. Dos semanas después de esta recepción, el sábado día 5 de junio, regresaba su marido el recientemente desposado portugués de trabajar en Sevilla, en compañía de un vecino de Castilleja, Gregorio Lopez*, cuando al llegar a la explanada de la ermita de Guía optó por dar una respuesta adecuada a su adlátere. Había venido nuestro hombre, —dicho sea en honor a la objetividad—, soportando una infinita variedad de puyas y bromas de Gregorio durante todo el camino desde la capital, y el hecho de encontrarse ya en territorio alixareño pareció que culminara el hervor de la indignación que le producía la machacona e hiriente conversación. Anochecía. La luna, más que crecida, se elevaba por un occidente tocado todavía con el tenue resplandor del ocaso. Hacía un bochorno extremado y los dos hombres subieron la cuesta sudando a chorros, arremangados y descubiertos los pechos. Gregorio era de corta talla, menudo de cuerpo pero nudoso y duro como un madero, y se ayudaba al caminar con un grueso bordón de madera de castaño que parecía formado de sus propias carnes. Hernan usaba como tal un viejo lanzón de pesada punta férrea, achatada por los años**. Frente al antiguo morabito árabe ahora resplandeciente de cal y luna se detuvieron para apurar la calabaza hueca en la que se solía transportar el agua de beber, pero que en la ocasión llevaba el reconstituyente universal de la época: vino mosto***.
Bebieron en silencio. Gregorio escupió sin consideración alguna, y su compañero sintió algunas chispas de las salpicaduras. Aquél continuó en su línea zahiriente y mordaz, incidiendo en un altercado que casi cuesta la vida al portugués, sucedido un año antes. Ocurrió que, estando cavando en una viña arrendada por Diego Ortiz de Juan Guren, otro Diego, cavador también, tuvo unas diferencias con él, las cuales llevaron, tras la consiguiente discusión verbal, a un despiadado intercambio de golpes de azadón entre los dos. Hernán Dominguez resultó con varias heridas, alguna de ellas en plena cabeza. Y ahora aquel hombrecillo estúpido se complacía en recordárselo, durante todo el camino, entre imitaciones grotescas del habla portuguesa, burlas y menosprecios.
El callerrealengo volvióse a colgar la calabaza de un rústico talabarte de cuerdas al cinto, asió su garrote y emprendiendo la marcha hacia el pueblo continuó:
—¡Válame Roque! Diego habría pensado que vuestra merced tenía un rastrojo por mollera. A poco podríamos tener ahora una carretada de pimientos para asar... ¡ja, ja, ja!
El portugués lo seguía a pocos pasos con la mirada clavada en su espalda.
—¿Me oye, señor Dominguez? —Volvió a escupir aparatosamente sobre el polvo lívido y caliente del suelo. Agregó—: Me alegra mucho de suponer que su señora suegra la viuda del carnicero podría aderezar sus guisos como antaño solía hacerlo, con sólo lo que se cosechara de la chorla de vuestra merced, compañero. —Tenía una desfachatez fácil y ágil, tan repentina que no dejaba lugar a reaccionar, antes de que verbalizara otra aguda sorrostrada—. Tendría yo en gran estima que me invitara a su mesa cualquier día próximo... ¡ja, ja, ja!
Penetraron en una zona de espesa sombra, arrojada sobre el Camino Real por media docena de añosos olmos que crecían en el margen izquierdo nutridos por el húmedo terreno de la cuneta. Tras ellos, en una espesa enramada de perfumadas flores nocturnas, gritó un mochuelo con fría estridencia. Hernán enarboló su lanza y descargó un fuerte puntazo entre los hombros bajo el cuello de su acompañante. Siendo como era persona capaz de matar a un hombre por la espalda y a pesar de ello, nunca tuvo intención de herir, sino de golpear. Se sorprendió de la facilidad con que la lanza penetró en el cuerpo de Gregorio a través del camisón. Éste, desprevenido, reaccionó con torpeza, girándose para defenderse. Chocaron bordón y asta de lanza y el herido perdió el equilibrio en un traspies, cayendo de rodillas. Hernan volvió a apuntillarlo, buscando neutralizarlo. También esta vez calculó mal el ímpetu de la lanzada, hundiendo más hierro del que hubiera deseado. Desconocía la consistencia de la carne humana bajo el efecto de un golpe de garrocha, ya que nunca se había visto en semejante situación. Añádasele a ello los efectos del vino, del cansancio tras la dura jornada de trabajo, del enojo por los comentarios de su contrincante durante todo el trayecto, de la casi oscuridad del escenario, del chauvinismo imperante en aquella sociedad****. Cuando Gregorio cayó al suelo gimiendo y hecho un ovillo, supo el portugués que se había excedido en el castigo. Lo volteó horrorizado. Estaba bañado en sangre negra y viscosa. No pudo articular palabra. Arrojó el arma y corrió hacia Castilleja en busca de ayuda.

* Sabemos del estado y domicilio de Gregorio Lopez por el siguiente contrato de arrendamiento:
Fernando Lopez de Jerez arrienda a Gregorio Lopez y a su mujer Inés de Contreras, vecinos de la Calle Real, unas casas con sus palacios, sobrado, pozo y corral, en dicha Calle Real, linde con casas suyas y con casas de los herederos de Diego Márquez Girón, por tiempo de 2 años a 15 ducados cada uno. 9 de octubre de 1556.
También sabemos que Gregorio estaba en trato directo con la comunidad de emigrados portugueses en Castilleja de la Cuesta, debido a negocios comunes. Fue deudor, en mancomunidad con el hermano de otro portugués fallecido por aquel entonces, de su viuda, Leonor Martin, vecina de Tomares, la cual les había dado en fiado un mulo de color prieto el sábado 6 de mayo de 1557. Los dos mancomunados hipotecaron al pago de la bestia un aguasal (ver "Bocetos del siglo XVI, 2", entrada de diciembre de 2008). En la violenta reacción de Hernan Dominguez aquel trágico anochecer alanceando a Gregorio tuvo algo que ver este trato del mulo negro con la viuda tomareña, además de otras varias alusiones sarcásticas que se permitió hacer el bromista Gregorio con referencia al borrascoso episodio de Juana Hernandez en el tugurio de Castilleja de Guzmán, y las otras circunstancias que acabamos de mencionar más arriba.
A Gregorio nos lo encontramos después bautizando a un su hijo, Juan, en manos de don Rodrigo de Cieza, el domingo 20 de agosto de 1559 (ver "Bautismos 6", entrada de diciembre de 2008); la madre era la referida Inés de Contreras, y uno de los padrinos, Francisco de Aguilar, el castigador Alcalde de la Hermandad.

** En "Bocetos del siglo XVI, 1", entrada de diciembre de 2008, habíamos introducido a Hernan Dominguez con su lanza. Podría parecer que las lanzas no eran lo suficientemente manejables como para ser usadas en la vida cotidiana como se usaban las espadas. De ninguna manera esto era así, sino que por doquier encontramos testimonios de gente que las portaba ordinariamente. Cuando los Franco y sus esclavos se refugiaron en su bodega huyendo de la turba que amenazaba lincharlos, utilizaron lanzas para defenderse (ver "Los esclavos 36", entrada de marzo de 2009, y siguientes). Entre sus bienes, Cristóbal de Castro, albañil castillejano, poseía una lanza vieja, y cuando al morir él su viuda solicitó hacer inventario y dispuso que se vendieran en almoneda todas sus pertenencias, esta lanza fue adquirida por una tal Catalina Diaz, el domingo 10 de octubre de 1557, en 24 maravedíes. El jueves 12 de mayo de 1558 otro portugués avecindado en Castilleja, Vasco Diaz, tras golpear a Catalina García en la cabeza con un ladrillo quiso rematar su "heroica gesta" y armándose de una lanza que sacó de su casa persiguió a la pobre mujer por varias calles del pueblo.
En el capítulo IV del Quijote de Cervantes el labrador que azota a su joven criado atado a una encina también va armado de lanza: "Y viendo Don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo: descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender no se puede; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza, —que también tenía una lanza arrimada a la encina, adonde estaba arrendada la yegua— que yo os haré conocer ser de cobardes lo que estáis haciendo."
Se utilizaba en gran medida, en las contiendas y peleas, a modo de estaca, golpeando con el asta, o haciéndolo con la contera, como vemos igualmente en la dicha obra cervantina, en la que aparece que de los golpes a menudo queda el arma hecha trozos. Melchor de Santa Cruz en su "Floresta Española" (Edición de María Pilar Cuartero y Maxime Chevalier, Barcelona, Crítica, 1997, pág. 198) aporta al tema un toque de humor: "Un hombre que se llamaba Pedro el Negre pasando por la dehesa de Calabazas, que es cerca de Toledo, salió a él un mastín de ganado; y, yéndole a morder, diole una lanzada. Demandóle el dueño delante de la justicia que le pagase lo que valía el perro. Preguntóle el alcalde:
—¿Por qué, cuando el mastín os vino a morder, no le distes con el cuento de la lanza, y no con la punta?
Respondió:
—Porque no me venía a morder con la cola, sino con la boca."
(Pedro el Negre era uno de los mejores narradores de Toledo en el siglo XVI. La dehesa de Calabazas es una finca a 6 kilómetros al este de Toledo, junto al Tajo. Cuento, contera, pieza que se pone en la extremidad de la vaina de la espada. "Echar la contera": acabar, rematar una cosa).
La lanza es símbolo de la guerra y también sexual (B.G.P. Diccionario Universal de la Mitología, Barcelona, 1835), citado por Juan-Eduardo Cirlot en su Diccionario de Símbolos, quien continúa: arma de la tierra, en contraposición al carácter celeste de la espada. La lanza se halla en relación con la copa. En general, el simbolismo de esta arma se relaciona con la rama, el árbol, la cruz y los símbolos del eje valle-montaña. En el "Libro del orden de caballería", Ramón Llull considera que la lanza que se da al caballero es símbolo de rectitud. La "lanza que sangra", que aparece en la leyenda del Graal, a veces ha sido interpretada como lanza de Longino, relacionándola con la Pasión; hay autores que rechazan esta interpretación y le otorgan un sentido simbólico general de sacrificio.
Acerca de la lanza de Longino, el centurión romano que atravesó al carpintero judío clavado en una cruz, desde un artículo de la Agencia EFE en el periódico digital 20 Minutos, con fecha de 12 de abril de 2005, podemos acceder por Internet a un sin fin de fantasías basadas en el no menos fantástico mito de Jesucristo; dice el periódico que "coincidían tantas "lanzas santas" como para armar una legión". La mejor documentada se encuentra en Viena, y sobre ella se ha editado una monografía por el Museo de Historia del Arte, con el título: La Santa Lanza en Viena. Insignia, reliquia, arma del destino. El papa Gregorio IX en el año 1227 aseguraba infalible —no se sabe en base a qué metodología probatoria— que era la lanza que usó Longino para certificar que el subversivo agitador —aunque de agitador tenía poco, sino más de narcotizador— había finiquitado. La lanza estuvo a disposición de Adolfo Hitler, "un fetichista de símbolos del poder germánico", dice el periódico, hasta que con su derrota volvió el instrumento bélico a Austria. Y termina: "La creación del mito posmoderno del arma sobrenatural se gesta en un artículo del 6 de noviembre de 1960 del amarillista Sunday Dispatch de Londres, cuyo autor, Max Caulfield, relaciona la lanza con poderes satánicos que Hitler utilizó para ser invencible."

*** Era el vino mosto considerado un alimento base, tal como lo era el pan. Recuérdese en la hacienda de Antonio de Gibraleón a los dos esclavos cuando, recién amanecido, desayunaban pan con vino en el momento de la llegada del otro negro, Antón, desde Carmona (ver "Los esclavos 73, entrada de agosto de 2009). Dicha consideración como alimento no empecía que, consumido en exceso, produjera el mismo rechazo social que produce hoy. Calificar de "borracho" o "borracha" era insulto que estaba a la orden del día, y los moralistas y médicos de entonces condenaban su consumo excesivo, considerándolo perjudicial para la salud y para la inteligencia. Luís Lobera de Ávila (médico de Carlos V considerado principal especialista en nutrición en la España del siglo XVI), publicaba que estaba por encima de todos los demás "manjares de buen nutrimento", que era un eficacísimo digestivo y un inmejorable purgante natural, propiciando la expulsión de "las humanidades y todas las superfluidades del cuerpo y de los poros" y provocando saludablemente la micción y la sudoración.
En el mismo siglo XVI compara el médico de origen navarro López de Corella (1513-1584) en su obra "Las ventajas del vino" a los bebedores de zumo de uva fermentado con candiles de aceite encendidos, porque en los primeros el vino y en los segundos el zumo de la oliva mantiene el calor natural. Llama al embriagante licor "oleum vitae", aceite de vida. Esta semejanza nos trae a colación la gran cantidad de sinónimos de "borracho" relacionados con la luz: alumbrado, achispado, chispa y chispo, ahumado, subírsele a uno el humo a la chimenea, estar entre dos luces ... , y en el Tesoro alude Covarrubias a esta similitud en la entrada "borracho": Otros quieren se ayan dicho los borrachos, quasi burraceos, a colore burro [ Es verdad que burro y borrico se pudieron dezir del color burro, que es entre bermejo y pardo, que ordinariamente son de esta color los burros. Entrada "borrico"], por tener el rostro encendido del vino; Festus, verbo Burrus.


**** Nos inclinamos a creer que toda suerte de chascarrillos, dichos y refranes, chistes y cuentos populares, etc., proporcionan ventanas más amplias y claras y panoramas más detallados y verdaderos hacia los entresijos profundos de la conciencias individuales y de las mentalidades colectivas, que voluminosos tratados psicosociológicos o interminables estudios de antropología puedan. Todo el intríngulis sobre este en apariencia caótico material estriba en unas claves de descripción y de método. Por esta nuestra inclinación transcribimos de la ya mencionada Floresta Española de Melchor de Santa Cruz unos cuentecillos que circulaban en la época y que reflejan con precisión los sentimientos que los portugueses despertaban en sus vecinos de Iberia, y su contrapartida en aquellas tierras:

Los portugueses suelen decir por afrenta "Andad para castellano". Aconteció en Lisboa que un castellano de buena disposición y traje llegó a una tienda de joyería, y preguntó a una moza que guardaba la tienda si tenía una pieza de holanda. La moza se paró a una puerta que estaba dentro de la tienda, y llamó a su señora, diciendo:
—Aquí está un castellano que quiere comprar una pieza de holanda.
Saliendo la portuguesa, volvió muy enojada a la moza, y díjole:
—Bellaca, mal criada, a un hombre honrado como éste, ¿no has vergüenza de llamarle castellano?
(De buena disposición: gallardo, apuesto. Joyería: tienda donde se vendían cosas delicadas de oro y seda, como tocas, guantes, medias, abanicos, etc. Holanda: tela de lienzo muy fina).

En una fiesta que se hace en Lisboa, Víspera de Nuestra Señora de Agosto, de una victoria que hubieron los portugueses de los castellanos, predicando un fraile portugués, decía:
—Estábamos los cristianos de un cabo del río, y los castellanos de la otra parte.
(Se refiere a la batalla de Aljubarrota, el 14 de agosto de 1385).

Cuando el rey don Fernando estaba sobre la ciudad de Granada, un fidalgo portugués entró corriendo con su caballo por la puerta de Granada, y clavó con su puñal un escrito que decía: "Aquí chego Vasco Ferrandez". Sabiéndolo un criado del rey, pasó mucho más adelante, y puso con su puñal un escrito que decía: "Aquí non chego Vasco Ferrandez".
(Fidalgo: hidalgo. Chego: llegó).

Una dama portuguesa decía a otra dama que se parase a una ventana a ver al obispo de Braga. Respondió:
—Quitáosme allá, que nunca tuve gana de ver lugar de tres vecinos.
(La ciudad portuguesa provoca el lógico equívoco con braga: calzón, prenda de vestir masculina).

Y como colofón, recuérdese el antiguo y todavía vigente refrán: "De España, ni buenos vientos ni buenos casamientos".

sábado, 10 de octubre de 2009

Los esclavos 75h

Antes de emprender el relato de la brutal paliza del Alcalde de la Santa Hermandad Francisco de Aguilar al chiquillo hijo de Juana Hernandez, —ésta ahora convertida en cogedera de aceitunas en Albarjáñez—, añadiremos algún dato más acerca de su familia, venida a menos, como decíamos, por la muerte de su esposo Juan de Padilla, el carnicero cargado de deudas.
Tenía, además de Ana Rodriguez y Francisquito, otra hija la viuda; llamábase Isabel y era la mayor de todos. Isabel había concentrado en su persona parte de la corpulencia de su padre y parte de la elegancia femenina de su madre, y el resultado de esta equilibrada mezcla era una mujer completa, hermosa y saludable, llena de vitalidad y alegría, que acaparó la atención y los pensamientos de cierto portugués, un tal Hernán Dominguez, hombre torvo y pendenciero pero que tuvo la habilidad de enamorar a la sencilla muchacha, hasta el punto de convencerla para contraer matrimonio y formar familia. A pesar de su mala fama, Hernan era solicitado para hacer de testigo por personas tan importantes en Castilleja como Martin de Alfaro (en el poder que dió a Pedro Zamorano para recuperar sus encomiendas de indios en el Nuevo Mundo —véase "Los esclavos 41f", entrada de abril de 2009—), como Bernardina de Sagredo (en el juicio por la muerte de su marido a manos del espadero Bernardo de Oliver)*, como Francisco Suárez de Villafranca, Beneficiado de Santa Cruz, en Sevilla (en cierta venta de unos esclavos y ahorría de otros, propiedad de este clérigo), y en asuntos de tanta trascendencia como fue el juicio de Rodrigo Franco, su hijo y sus dos esclavos por la agresión al Alcalde Ordinario Juan de Vega —véase "Los esclavos 31", entrada de marzo de 2009—, o sin ir más lejos, en el tema que nos ocupa en este bloque de "Los esclavos": en el procesamiento y juicio del negro Antón por sus hurtos en Carmona, apresado como sabemos por el Alcalde de la Hermandad Francisco de Aguilar, según documento que transcribiremos más adelante.

* Acontecimiento con unas primeras referencias en "Bautismo 3", nota 7, entrada de diciembre de 2008, y en "Los esclavos 41t", nota 1, entrada de abril de 2009. Prontamente desarrollaremos, con particular detenimiento en todos sus pormenores, este luctuoso suceso.


Valga todo lo dicho como material para una reflexión con enfoque sociológico, en tanto en cuanto y siendo como era este sujeto, las "élites" castillejanas no tenían reparos ni escrúpulos en utilizarlo para dar firmeza a escrituras que trataban de asuntos tan importantes como homicidios, encomiendas de indios o comercio esclavista.
Acto seguido presentamos dos anotaciones extraídas de legajos obrantes en el Archivo Provincial de Sevilla, las cuales nos ilustran sobre los detalles del matrimonio entre la hija mayor de Juana Hernandez y el portugués Hernan Dominguez. Como acostumbramos, los puntos suspensivos sustituyen a palabras ilegibles en los originales. Los dos extractos tratan el mismo tema, pero se complementan:

Primero.
El viernes ... de mayo de 1557 otorgó carta de dote Hernan Dominguez, vecino de esta villa, ¿para casarse? con Isabel de Padilla, mujer que fué de Juan de Padilla, difunto1. Bienes otorgados (¿valorados?) por Leonor de Vª., mujer de ... ; Magdalena Lopez, doncella, en esta villa: 3 colchones llenos de lana, 2 almohadas blancas de lienzo, 2 sábanas de cierta estopa delgada, unos bancos de cama y un cañizo, un arca de madera buena con su cerradura, una mesa, una caldera de cobre pequeña, un candil, una paleta, asadores, trévedes, todo nuevo, y una canasta. Firman como testigos Salvador Perez, criado escribiente del escribano Miguel de las Casas, ... Labrador, Antón Moreno, vecinos de ésta, y Felipe Sanchez de los Santos, estante en ella.
Segundo.
Hernán Dominguez, hijo de Juan de Aparicio, difunto, y de Elvira de Cuéllar, vecinos de Badajoz2, esposo de Isabel ..., hija de Juana ..., viuda de Juan de Padilla, vecina de esta Villa, recibe dote, valorada por Leonor de Valencia, mujer de Diego ... , y por Magdalena Lopez, moza doncella, hija de Antón de Valencia y de Ana de Baena, difuntos, vecina de esta Villa. La dote es la usual de una familia de trabajadores: colchones, almohadas, sábanas, bancos de cama, cañizo, arca, sillas, mesa, caldera de cobre, canasta, candil, paleta, etc. Dado el viernes 21 de mayo ante el escribano Miguel de las Casas. (Esta es una copia de otra carta anterior, que añadimos porque aporta más datos genealógicos de Hernán Dominguez, quien como dijimos hirió de gravedad a un vecino de Castilleja, a lanzazos, en las inmediaciones de la Ermita de Guía).

1.- Flagrante error; Isabel de Padilla era la hija de Juan de Padilla; su mujer era Juana Hernandez. En el segundo documento acierta el escribano.

2.- Aunque la expresión "vecino de..." se usaba en la época como sinónimo de "natural de...", en realidad los padres de Hernan Dominguez eran portugueses de nacimiento emigrados a Extremadura. Su hijo, como tantos otros durante aquellos años, se trasladó a Sevilla atraído por el gran pastel al otro lado del Atlántico, pero algo o alguien debió interponérsele, de manera que quedó estancado en Castilleja.

De todo lo anterior se deduce que la viuda del carnicero diez años después de la muerte de éste había logrado remontar económicamente hasta el punto de dotar a su hija en su casamiento con el lusitano con bienes ciertamente modestos, pero de manifiesta importancia en una familia pobrísima como eran ellos.

viernes, 9 de octubre de 2009

Los esclavos 75g

Era la niebla ácida y el barro corrosivo para su delicada naturaleza. El sol brumoso de octubre hería sus ojos en manera insultante y cruel y los grises olivos de ramas airadas se le tornaban entes amenazantes. El viento húmedo y frío, una interminable bofetada, y la lluvia le golpeaba el corazón con sus innumerables puños minuciosos. Para Ana Rodriguez, hija de la viuda de Juan de Padilla, la recolección de aceitunas no tenía nada que ver con la pintura que Juan de Mal Lara hizo de las mujeres aljarafeñas cuando Felipe II visitó Sevilla.
Los desapacibles madrugones con las frías estrellas titilando en las alturas, la palidez mortuoria de los caminos y veredas, el sonambulismo de su alma que no lograban disipar los imperativos que profería su madre, el suplicio de alimentar sin apetito a un organismo cuyos nervios se rebelaban, presos del caos hormonal de la adolescencia, las manos agrietadas y doloridas, la ropa mugrienta y hedionda, el calzado casi inexistente.
A las ásperas bromas de los labriegos y vareadores tuvo que sumar los ladridos de los perros, los gritos de los manijeros, los relinchos de las acémilas, las risotadas de sus compañeras más experimentadas. Por las tempranas mañanas el mochuelo y el búho, a mediodía con el calor las chicharras, al atardecer los grillos y los mosquitos. Sus sensibles oídos captaban todos los sonidos del campo como si perteneciera a un ensordecedor universo paralelo creado por un dios padre cruel y sádico para atormentar su espíritu. El insoportable tirón de una canasta cargada del odioso fruto verde, cuyas asas de grosera urdimbre le herían los mollejos de los finos dedos, arrobas y arrobas cuya gravitación la conducía por el barranco psíquico del agotamiento y la derrota; la sed y el sudor, el temblor y el vacío de las horas sin fin; el salto inesperado de la salamanquesa tiznada, semejante a un fragmento vivificado de corteza de tronco, o la repugnancia materializada en las viscosas volutas verdes de la serpiente colgada de un ramajo, silbante y precisa.
Ana Rodriguez sentía con infinito desconsuelo que su vida, su tiempo, se le escapaba día a día en aquella inmensa cárcel que eran los rígidos horarios de trabajo y el campo marcado por las monótonas faenas.
Sus noches eran pesadillas, sobresaltos, vueltas y revueltas inquietas entre las míseras mantas, helada luz de luna que apuñalaba, cosmos desestructurado que irremisiblemente se hundía asfixiándola, aplastando su ser, anulando su existir. Ana era profundamente desgraciada. Le faltaba como el aire y el pan su amado padre.
El miércoles 4 de marzo de 1545, o sea, tres meses antes de que Ana Rodriguez fuera comprometida por su madre para coger aceitunas en Albarjáñez, y viviendo todavía el esposo y padre Juan de Padilla, otra viuda concertaba con el mayordomo del Veinticuatro Soria una operación semejante con sus hijas Leonor, Catalina y Juana. Trabajarían todas ellas en el esquilmo de dicho año de 1545, pero las tres hermanas superaban a Ana en fortaleza o, —bajo otra perspectiva y otro sistema de valores—, en insensibilidad.
Los contratos se formalizaban con sumo cuidado, con testigos prestigiosos, con mucho tiempo de antelación. Casi todos ellos ocupan dos folios de letra densa y menuda con la que se especifican al detalle hasta las más las más insignificantes condiciones.
Era el de los aceituneros un mundo despiadado y cruel, regido por la ley del más fuerte, del que más canastas conseguía llenar, del más veloz moviendo los brazos, las varas, las bestias de carga. Ir a beber del pesado cántaro comunal suponía una pérdida de preciosos minutos que nadie deseaba permitirse. Alzarlo hasta la boca era un esfuerzo que a duras penas compensaba apagar la ardiente sensación en la reseca garganta. La deshumanizada y ciega competitividad propiciada por los capataces y jefes de cuadrillas se cebaba en los más jóvenes y en los más viejos, y en especial en las mujeres, consideradas seres de segunda categoría en todos los ámbitos de la vida y primordialmente en el del duro trabajo del campo.
Las tres jóvenes hermanas fueron utilizadas por su madre para satisfacer la deuda de 5 ducados que había contraído con el dueño de Albarjáñez en 1544. De otra manera les esperaba con toda seguridad el embargo de sus bienes y la cárcel. Suponemos que esta otra viuda no cumplió el contrato en dicho año por enfermedad o causa similar, aunque, dada su situación de desamparo, con tantas bocas que mantener, don Antonio de Soria, patentemente paternalista, la hizo objeto de un trato de favor dándole la ocasión de resarcirle con el trabajo de sus hijas, y proporcionándole por añadidura los 5 ducados que le debía, con la oportunidad de que se los reembolsara en los dos años y sus dos esquilmos correspondientes. De esta manera la deuda ascendía a 10 ducados, pero las posibilidades de pagarla aumentaban en dos años más, y en tres "cogederas". Disponemos del documento:

Juana Lopez, viuda de Juan de Villada, vecina de esta Villa de Castilleja de la Cuesta, hace pacto, postura y conveniencia con el Señor Veinticuatro Antonio Hernandez de Soria, vecino de Sevilla en la collación de Santa María Magdalena, y con Pedro Cornejo su mayordomo, y se obliga a darles tres cogederas que son Catalina, Leonor y Juana sus hijas1, para coger todo el esquilmo de este año en los olivares del heredamiento de Albarjáñez que es en término de la dicha ciudad de Sevilla2, las cuales cogederas irán cuando sean llamadas, por 12 maravedíes de jornal y 8 maravedíes por cada canasta que cogieren, y otorga que ha recibido 5 ducados que ella debía al dicho Señor Veinticuatro Antonio Soria de la cuenta en que la alcanzó en el año pasado de 1544, para desquitarlos de la cosecha de este año de 1545, y son en su poder y se da por contenta y pagada, y por cada día que faltaren las dichas tres cogederas pagará media arroba de aceite, y si después que acabaren no se alcanzaren los dichos 5 ducados, se obliga a dar las tres cogederas sus hijas para la cosecha del próximo año de 1546. Hecha la carta en casa de la otorgante en esta dicha Villa, miércoles 4 de marzo de 1545. Testigos, Juan Verde, Alcalde Ordinario, y Juan de Santana.


1.- Vimos en la nota 2 del capítulo anterior (Los esclavos 75f) algunas referencias etimológicas respecto al término "cogederas". En este documento que nos ocupa se aplica con toda claridad, en femenino, a las personas. Luego evolucionaría la expresión hasta "cogedora", tal como afirmamos en dicha nota 2.

2.- Esta localización geográfica de la hacienda puede parecer error o descuido del escribiente, aunque nos hace dudar de tal error la referencia en otro contrato de cogedera que veremos más adelante, en el que se sitúa Albarjáñez en término de Camas. Hasta que las futuras revisiones de documentos nos deparen suficiente certidumbre, quizás deberíamos contemplar la hipótesis de que la heredad del Veinticuatro se extendiera desde Valencina hacia el este a través de Castilleja de Guzmán y Camas, hasta ocupar terreno propiamente hispalense en la margen derecha del Guadalquivir.

Parecían, entre los jirones fantasmagóricos de niebla y los informes y grisáceos volúmenes de los olivos, catervas siniestras recién vueltas de ultratumba, en manera alguna los gloriosos revividos del Domingo de Resurrección sino que con sus vestimentas descoloridas, deshilachadas y hechas jirones, y sus máscaras faciales para proteger la garganta y los pulmones del gélido y húmedo aire del campo, confeccionadas con oscuros trapajos, daban la impresión de, difuntos penitentes, haber sido devueltos al mundanal escenario como castigo para purgar incalificables delitos.
Y luego comenzaba la batalla: los olivos se defendían frenéticos agitando agónicos sus enramadas bajo la lluvia rítmica e incansable de los varazos de los aceituneros en la vanguardia, ejército aunque de soldados diminutos, numeroso y tenaz. Y detrás de estos guerreros lanzados la oleada de las mujeres, en pié ordeñando o acuclilladas recolectando, terminaba por dejar a los árboles silenciosos, derrotados, meditabundos y vacíos, sangrando por sus mortales heridas.

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...