viernes, 9 de octubre de 2009

Los esclavos 75g

Era la niebla ácida y el barro corrosivo para su delicada naturaleza. El sol brumoso de octubre hería sus ojos en manera insultante y cruel y los grises olivos de ramas airadas se le tornaban entes amenazantes. El viento húmedo y frío, una interminable bofetada, y la lluvia le golpeaba el corazón con sus innumerables puños minuciosos. Para Ana Rodriguez, hija de la viuda de Juan de Padilla, la recolección de aceitunas no tenía nada que ver con la pintura que Juan de Mal Lara hizo de las mujeres aljarafeñas cuando Felipe II visitó Sevilla.
Los desapacibles madrugones con las frías estrellas titilando en las alturas, la palidez mortuoria de los caminos y veredas, el sonambulismo de su alma que no lograban disipar los imperativos que profería su madre, el suplicio de alimentar sin apetito a un organismo cuyos nervios se rebelaban, presos del caos hormonal de la adolescencia, las manos agrietadas y doloridas, la ropa mugrienta y hedionda, el calzado casi inexistente.
A las ásperas bromas de los labriegos y vareadores tuvo que sumar los ladridos de los perros, los gritos de los manijeros, los relinchos de las acémilas, las risotadas de sus compañeras más experimentadas. Por las tempranas mañanas el mochuelo y el búho, a mediodía con el calor las chicharras, al atardecer los grillos y los mosquitos. Sus sensibles oídos captaban todos los sonidos del campo como si perteneciera a un ensordecedor universo paralelo creado por un dios padre cruel y sádico para atormentar su espíritu. El insoportable tirón de una canasta cargada del odioso fruto verde, cuyas asas de grosera urdimbre le herían los mollejos de los finos dedos, arrobas y arrobas cuya gravitación la conducía por el barranco psíquico del agotamiento y la derrota; la sed y el sudor, el temblor y el vacío de las horas sin fin; el salto inesperado de la salamanquesa tiznada, semejante a un fragmento vivificado de corteza de tronco, o la repugnancia materializada en las viscosas volutas verdes de la serpiente colgada de un ramajo, silbante y precisa.
Ana Rodriguez sentía con infinito desconsuelo que su vida, su tiempo, se le escapaba día a día en aquella inmensa cárcel que eran los rígidos horarios de trabajo y el campo marcado por las monótonas faenas.
Sus noches eran pesadillas, sobresaltos, vueltas y revueltas inquietas entre las míseras mantas, helada luz de luna que apuñalaba, cosmos desestructurado que irremisiblemente se hundía asfixiándola, aplastando su ser, anulando su existir. Ana era profundamente desgraciada. Le faltaba como el aire y el pan su amado padre.
El miércoles 4 de marzo de 1545, o sea, tres meses antes de que Ana Rodriguez fuera comprometida por su madre para coger aceitunas en Albarjáñez, y viviendo todavía el esposo y padre Juan de Padilla, otra viuda concertaba con el mayordomo del Veinticuatro Soria una operación semejante con sus hijas Leonor, Catalina y Juana. Trabajarían todas ellas en el esquilmo de dicho año de 1545, pero las tres hermanas superaban a Ana en fortaleza o, —bajo otra perspectiva y otro sistema de valores—, en insensibilidad.
Los contratos se formalizaban con sumo cuidado, con testigos prestigiosos, con mucho tiempo de antelación. Casi todos ellos ocupan dos folios de letra densa y menuda con la que se especifican al detalle hasta las más las más insignificantes condiciones.
Era el de los aceituneros un mundo despiadado y cruel, regido por la ley del más fuerte, del que más canastas conseguía llenar, del más veloz moviendo los brazos, las varas, las bestias de carga. Ir a beber del pesado cántaro comunal suponía una pérdida de preciosos minutos que nadie deseaba permitirse. Alzarlo hasta la boca era un esfuerzo que a duras penas compensaba apagar la ardiente sensación en la reseca garganta. La deshumanizada y ciega competitividad propiciada por los capataces y jefes de cuadrillas se cebaba en los más jóvenes y en los más viejos, y en especial en las mujeres, consideradas seres de segunda categoría en todos los ámbitos de la vida y primordialmente en el del duro trabajo del campo.
Las tres jóvenes hermanas fueron utilizadas por su madre para satisfacer la deuda de 5 ducados que había contraído con el dueño de Albarjáñez en 1544. De otra manera les esperaba con toda seguridad el embargo de sus bienes y la cárcel. Suponemos que esta otra viuda no cumplió el contrato en dicho año por enfermedad o causa similar, aunque, dada su situación de desamparo, con tantas bocas que mantener, don Antonio de Soria, patentemente paternalista, la hizo objeto de un trato de favor dándole la ocasión de resarcirle con el trabajo de sus hijas, y proporcionándole por añadidura los 5 ducados que le debía, con la oportunidad de que se los reembolsara en los dos años y sus dos esquilmos correspondientes. De esta manera la deuda ascendía a 10 ducados, pero las posibilidades de pagarla aumentaban en dos años más, y en tres "cogederas". Disponemos del documento:

Juana Lopez, viuda de Juan de Villada, vecina de esta Villa de Castilleja de la Cuesta, hace pacto, postura y conveniencia con el Señor Veinticuatro Antonio Hernandez de Soria, vecino de Sevilla en la collación de Santa María Magdalena, y con Pedro Cornejo su mayordomo, y se obliga a darles tres cogederas que son Catalina, Leonor y Juana sus hijas1, para coger todo el esquilmo de este año en los olivares del heredamiento de Albarjáñez que es en término de la dicha ciudad de Sevilla2, las cuales cogederas irán cuando sean llamadas, por 12 maravedíes de jornal y 8 maravedíes por cada canasta que cogieren, y otorga que ha recibido 5 ducados que ella debía al dicho Señor Veinticuatro Antonio Soria de la cuenta en que la alcanzó en el año pasado de 1544, para desquitarlos de la cosecha de este año de 1545, y son en su poder y se da por contenta y pagada, y por cada día que faltaren las dichas tres cogederas pagará media arroba de aceite, y si después que acabaren no se alcanzaren los dichos 5 ducados, se obliga a dar las tres cogederas sus hijas para la cosecha del próximo año de 1546. Hecha la carta en casa de la otorgante en esta dicha Villa, miércoles 4 de marzo de 1545. Testigos, Juan Verde, Alcalde Ordinario, y Juan de Santana.


1.- Vimos en la nota 2 del capítulo anterior (Los esclavos 75f) algunas referencias etimológicas respecto al término "cogederas". En este documento que nos ocupa se aplica con toda claridad, en femenino, a las personas. Luego evolucionaría la expresión hasta "cogedora", tal como afirmamos en dicha nota 2.

2.- Esta localización geográfica de la hacienda puede parecer error o descuido del escribiente, aunque nos hace dudar de tal error la referencia en otro contrato de cogedera que veremos más adelante, en el que se sitúa Albarjáñez en término de Camas. Hasta que las futuras revisiones de documentos nos deparen suficiente certidumbre, quizás deberíamos contemplar la hipótesis de que la heredad del Veinticuatro se extendiera desde Valencina hacia el este a través de Castilleja de Guzmán y Camas, hasta ocupar terreno propiamente hispalense en la margen derecha del Guadalquivir.

Parecían, entre los jirones fantasmagóricos de niebla y los informes y grisáceos volúmenes de los olivos, catervas siniestras recién vueltas de ultratumba, en manera alguna los gloriosos revividos del Domingo de Resurrección sino que con sus vestimentas descoloridas, deshilachadas y hechas jirones, y sus máscaras faciales para proteger la garganta y los pulmones del gélido y húmedo aire del campo, confeccionadas con oscuros trapajos, daban la impresión de, difuntos penitentes, haber sido devueltos al mundanal escenario como castigo para purgar incalificables delitos.
Y luego comenzaba la batalla: los olivos se defendían frenéticos agitando agónicos sus enramadas bajo la lluvia rítmica e incansable de los varazos de los aceituneros en la vanguardia, ejército aunque de soldados diminutos, numeroso y tenaz. Y detrás de estos guerreros lanzados la oleada de las mujeres, en pié ordeñando o acuclilladas recolectando, terminaba por dejar a los árboles silenciosos, derrotados, meditabundos y vacíos, sangrando por sus mortales heridas.

No hay comentarios:

Notas varias, 2v.

Por mediación de las visitas anuales efectuadas por las máximas autoridades religiosas de la provincia para supervisar el estado y buen gob...