lunes, 12 de octubre de 2009

Los esclavos 75i

Empezamos recordando, del capítulo anterior, la fecha del otorgamiento de la dote de Isabel de Padilla: 21 de mayo de 1557. No parece haber pasado mucho tiempo desde que se casó hasta que recibió dicha dote. Dos semanas después de esta recepción, el sábado día 5 de junio, regresaba su marido el recientemente desposado portugués de trabajar en Sevilla, en compañía de un vecino de Castilleja, Gregorio Lopez*, cuando al llegar a la explanada de la ermita de Guía optó por dar una respuesta adecuada a su adlátere. Había venido nuestro hombre, —dicho sea en honor a la objetividad—, soportando una infinita variedad de puyas y bromas de Gregorio durante todo el camino desde la capital, y el hecho de encontrarse ya en territorio alixareño pareció que culminara el hervor de la indignación que le producía la machacona e hiriente conversación. Anochecía. La luna, más que crecida, se elevaba por un occidente tocado todavía con el tenue resplandor del ocaso. Hacía un bochorno extremado y los dos hombres subieron la cuesta sudando a chorros, arremangados y descubiertos los pechos. Gregorio era de corta talla, menudo de cuerpo pero nudoso y duro como un madero, y se ayudaba al caminar con un grueso bordón de madera de castaño que parecía formado de sus propias carnes. Hernan usaba como tal un viejo lanzón de pesada punta férrea, achatada por los años**. Frente al antiguo morabito árabe ahora resplandeciente de cal y luna se detuvieron para apurar la calabaza hueca en la que se solía transportar el agua de beber, pero que en la ocasión llevaba el reconstituyente universal de la época: vino mosto***.
Bebieron en silencio. Gregorio escupió sin consideración alguna, y su compañero sintió algunas chispas de las salpicaduras. Aquél continuó en su línea zahiriente y mordaz, incidiendo en un altercado que casi cuesta la vida al portugués, sucedido un año antes. Ocurrió que, estando cavando en una viña arrendada por Diego Ortiz de Juan Guren, otro Diego, cavador también, tuvo unas diferencias con él, las cuales llevaron, tras la consiguiente discusión verbal, a un despiadado intercambio de golpes de azadón entre los dos. Hernán Dominguez resultó con varias heridas, alguna de ellas en plena cabeza. Y ahora aquel hombrecillo estúpido se complacía en recordárselo, durante todo el camino, entre imitaciones grotescas del habla portuguesa, burlas y menosprecios.
El callerrealengo volvióse a colgar la calabaza de un rústico talabarte de cuerdas al cinto, asió su garrote y emprendiendo la marcha hacia el pueblo continuó:
—¡Válame Roque! Diego habría pensado que vuestra merced tenía un rastrojo por mollera. A poco podríamos tener ahora una carretada de pimientos para asar... ¡ja, ja, ja!
El portugués lo seguía a pocos pasos con la mirada clavada en su espalda.
—¿Me oye, señor Dominguez? —Volvió a escupir aparatosamente sobre el polvo lívido y caliente del suelo. Agregó—: Me alegra mucho de suponer que su señora suegra la viuda del carnicero podría aderezar sus guisos como antaño solía hacerlo, con sólo lo que se cosechara de la chorla de vuestra merced, compañero. —Tenía una desfachatez fácil y ágil, tan repentina que no dejaba lugar a reaccionar, antes de que verbalizara otra aguda sorrostrada—. Tendría yo en gran estima que me invitara a su mesa cualquier día próximo... ¡ja, ja, ja!
Penetraron en una zona de espesa sombra, arrojada sobre el Camino Real por media docena de añosos olmos que crecían en el margen izquierdo nutridos por el húmedo terreno de la cuneta. Tras ellos, en una espesa enramada de perfumadas flores nocturnas, gritó un mochuelo con fría estridencia. Hernán enarboló su lanza y descargó un fuerte puntazo entre los hombros bajo el cuello de su acompañante. Siendo como era persona capaz de matar a un hombre por la espalda y a pesar de ello, nunca tuvo intención de herir, sino de golpear. Se sorprendió de la facilidad con que la lanza penetró en el cuerpo de Gregorio a través del camisón. Éste, desprevenido, reaccionó con torpeza, girándose para defenderse. Chocaron bordón y asta de lanza y el herido perdió el equilibrio en un traspies, cayendo de rodillas. Hernan volvió a apuntillarlo, buscando neutralizarlo. También esta vez calculó mal el ímpetu de la lanzada, hundiendo más hierro del que hubiera deseado. Desconocía la consistencia de la carne humana bajo el efecto de un golpe de garrocha, ya que nunca se había visto en semejante situación. Añádasele a ello los efectos del vino, del cansancio tras la dura jornada de trabajo, del enojo por los comentarios de su contrincante durante todo el trayecto, de la casi oscuridad del escenario, del chauvinismo imperante en aquella sociedad****. Cuando Gregorio cayó al suelo gimiendo y hecho un ovillo, supo el portugués que se había excedido en el castigo. Lo volteó horrorizado. Estaba bañado en sangre negra y viscosa. No pudo articular palabra. Arrojó el arma y corrió hacia Castilleja en busca de ayuda.

* Sabemos del estado y domicilio de Gregorio Lopez por el siguiente contrato de arrendamiento:
Fernando Lopez de Jerez arrienda a Gregorio Lopez y a su mujer Inés de Contreras, vecinos de la Calle Real, unas casas con sus palacios, sobrado, pozo y corral, en dicha Calle Real, linde con casas suyas y con casas de los herederos de Diego Márquez Girón, por tiempo de 2 años a 15 ducados cada uno. 9 de octubre de 1556.
También sabemos que Gregorio estaba en trato directo con la comunidad de emigrados portugueses en Castilleja de la Cuesta, debido a negocios comunes. Fue deudor, en mancomunidad con el hermano de otro portugués fallecido por aquel entonces, de su viuda, Leonor Martin, vecina de Tomares, la cual les había dado en fiado un mulo de color prieto el sábado 6 de mayo de 1557. Los dos mancomunados hipotecaron al pago de la bestia un aguasal (ver "Bocetos del siglo XVI, 2", entrada de diciembre de 2008). En la violenta reacción de Hernan Dominguez aquel trágico anochecer alanceando a Gregorio tuvo algo que ver este trato del mulo negro con la viuda tomareña, además de otras varias alusiones sarcásticas que se permitió hacer el bromista Gregorio con referencia al borrascoso episodio de Juana Hernandez en el tugurio de Castilleja de Guzmán, y las otras circunstancias que acabamos de mencionar más arriba.
A Gregorio nos lo encontramos después bautizando a un su hijo, Juan, en manos de don Rodrigo de Cieza, el domingo 20 de agosto de 1559 (ver "Bautismos 6", entrada de diciembre de 2008); la madre era la referida Inés de Contreras, y uno de los padrinos, Francisco de Aguilar, el castigador Alcalde de la Hermandad.

** En "Bocetos del siglo XVI, 1", entrada de diciembre de 2008, habíamos introducido a Hernan Dominguez con su lanza. Podría parecer que las lanzas no eran lo suficientemente manejables como para ser usadas en la vida cotidiana como se usaban las espadas. De ninguna manera esto era así, sino que por doquier encontramos testimonios de gente que las portaba ordinariamente. Cuando los Franco y sus esclavos se refugiaron en su bodega huyendo de la turba que amenazaba lincharlos, utilizaron lanzas para defenderse (ver "Los esclavos 36", entrada de marzo de 2009, y siguientes). Entre sus bienes, Cristóbal de Castro, albañil castillejano, poseía una lanza vieja, y cuando al morir él su viuda solicitó hacer inventario y dispuso que se vendieran en almoneda todas sus pertenencias, esta lanza fue adquirida por una tal Catalina Diaz, el domingo 10 de octubre de 1557, en 24 maravedíes. El jueves 12 de mayo de 1558 otro portugués avecindado en Castilleja, Vasco Diaz, tras golpear a Catalina García en la cabeza con un ladrillo quiso rematar su "heroica gesta" y armándose de una lanza que sacó de su casa persiguió a la pobre mujer por varias calles del pueblo.
En el capítulo IV del Quijote de Cervantes el labrador que azota a su joven criado atado a una encina también va armado de lanza: "Y viendo Don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo: descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender no se puede; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza, —que también tenía una lanza arrimada a la encina, adonde estaba arrendada la yegua— que yo os haré conocer ser de cobardes lo que estáis haciendo."
Se utilizaba en gran medida, en las contiendas y peleas, a modo de estaca, golpeando con el asta, o haciéndolo con la contera, como vemos igualmente en la dicha obra cervantina, en la que aparece que de los golpes a menudo queda el arma hecha trozos. Melchor de Santa Cruz en su "Floresta Española" (Edición de María Pilar Cuartero y Maxime Chevalier, Barcelona, Crítica, 1997, pág. 198) aporta al tema un toque de humor: "Un hombre que se llamaba Pedro el Negre pasando por la dehesa de Calabazas, que es cerca de Toledo, salió a él un mastín de ganado; y, yéndole a morder, diole una lanzada. Demandóle el dueño delante de la justicia que le pagase lo que valía el perro. Preguntóle el alcalde:
—¿Por qué, cuando el mastín os vino a morder, no le distes con el cuento de la lanza, y no con la punta?
Respondió:
—Porque no me venía a morder con la cola, sino con la boca."
(Pedro el Negre era uno de los mejores narradores de Toledo en el siglo XVI. La dehesa de Calabazas es una finca a 6 kilómetros al este de Toledo, junto al Tajo. Cuento, contera, pieza que se pone en la extremidad de la vaina de la espada. "Echar la contera": acabar, rematar una cosa).
La lanza es símbolo de la guerra y también sexual (B.G.P. Diccionario Universal de la Mitología, Barcelona, 1835), citado por Juan-Eduardo Cirlot en su Diccionario de Símbolos, quien continúa: arma de la tierra, en contraposición al carácter celeste de la espada. La lanza se halla en relación con la copa. En general, el simbolismo de esta arma se relaciona con la rama, el árbol, la cruz y los símbolos del eje valle-montaña. En el "Libro del orden de caballería", Ramón Llull considera que la lanza que se da al caballero es símbolo de rectitud. La "lanza que sangra", que aparece en la leyenda del Graal, a veces ha sido interpretada como lanza de Longino, relacionándola con la Pasión; hay autores que rechazan esta interpretación y le otorgan un sentido simbólico general de sacrificio.
Acerca de la lanza de Longino, el centurión romano que atravesó al carpintero judío clavado en una cruz, desde un artículo de la Agencia EFE en el periódico digital 20 Minutos, con fecha de 12 de abril de 2005, podemos acceder por Internet a un sin fin de fantasías basadas en el no menos fantástico mito de Jesucristo; dice el periódico que "coincidían tantas "lanzas santas" como para armar una legión". La mejor documentada se encuentra en Viena, y sobre ella se ha editado una monografía por el Museo de Historia del Arte, con el título: La Santa Lanza en Viena. Insignia, reliquia, arma del destino. El papa Gregorio IX en el año 1227 aseguraba infalible —no se sabe en base a qué metodología probatoria— que era la lanza que usó Longino para certificar que el subversivo agitador —aunque de agitador tenía poco, sino más de narcotizador— había finiquitado. La lanza estuvo a disposición de Adolfo Hitler, "un fetichista de símbolos del poder germánico", dice el periódico, hasta que con su derrota volvió el instrumento bélico a Austria. Y termina: "La creación del mito posmoderno del arma sobrenatural se gesta en un artículo del 6 de noviembre de 1960 del amarillista Sunday Dispatch de Londres, cuyo autor, Max Caulfield, relaciona la lanza con poderes satánicos que Hitler utilizó para ser invencible."

*** Era el vino mosto considerado un alimento base, tal como lo era el pan. Recuérdese en la hacienda de Antonio de Gibraleón a los dos esclavos cuando, recién amanecido, desayunaban pan con vino en el momento de la llegada del otro negro, Antón, desde Carmona (ver "Los esclavos 73, entrada de agosto de 2009). Dicha consideración como alimento no empecía que, consumido en exceso, produjera el mismo rechazo social que produce hoy. Calificar de "borracho" o "borracha" era insulto que estaba a la orden del día, y los moralistas y médicos de entonces condenaban su consumo excesivo, considerándolo perjudicial para la salud y para la inteligencia. Luís Lobera de Ávila (médico de Carlos V considerado principal especialista en nutrición en la España del siglo XVI), publicaba que estaba por encima de todos los demás "manjares de buen nutrimento", que era un eficacísimo digestivo y un inmejorable purgante natural, propiciando la expulsión de "las humanidades y todas las superfluidades del cuerpo y de los poros" y provocando saludablemente la micción y la sudoración.
En el mismo siglo XVI compara el médico de origen navarro López de Corella (1513-1584) en su obra "Las ventajas del vino" a los bebedores de zumo de uva fermentado con candiles de aceite encendidos, porque en los primeros el vino y en los segundos el zumo de la oliva mantiene el calor natural. Llama al embriagante licor "oleum vitae", aceite de vida. Esta semejanza nos trae a colación la gran cantidad de sinónimos de "borracho" relacionados con la luz: alumbrado, achispado, chispa y chispo, ahumado, subírsele a uno el humo a la chimenea, estar entre dos luces ... , y en el Tesoro alude Covarrubias a esta similitud en la entrada "borracho": Otros quieren se ayan dicho los borrachos, quasi burraceos, a colore burro [ Es verdad que burro y borrico se pudieron dezir del color burro, que es entre bermejo y pardo, que ordinariamente son de esta color los burros. Entrada "borrico"], por tener el rostro encendido del vino; Festus, verbo Burrus.


**** Nos inclinamos a creer que toda suerte de chascarrillos, dichos y refranes, chistes y cuentos populares, etc., proporcionan ventanas más amplias y claras y panoramas más detallados y verdaderos hacia los entresijos profundos de la conciencias individuales y de las mentalidades colectivas, que voluminosos tratados psicosociológicos o interminables estudios de antropología puedan. Todo el intríngulis sobre este en apariencia caótico material estriba en unas claves de descripción y de método. Por esta nuestra inclinación transcribimos de la ya mencionada Floresta Española de Melchor de Santa Cruz unos cuentecillos que circulaban en la época y que reflejan con precisión los sentimientos que los portugueses despertaban en sus vecinos de Iberia, y su contrapartida en aquellas tierras:

Los portugueses suelen decir por afrenta "Andad para castellano". Aconteció en Lisboa que un castellano de buena disposición y traje llegó a una tienda de joyería, y preguntó a una moza que guardaba la tienda si tenía una pieza de holanda. La moza se paró a una puerta que estaba dentro de la tienda, y llamó a su señora, diciendo:
—Aquí está un castellano que quiere comprar una pieza de holanda.
Saliendo la portuguesa, volvió muy enojada a la moza, y díjole:
—Bellaca, mal criada, a un hombre honrado como éste, ¿no has vergüenza de llamarle castellano?
(De buena disposición: gallardo, apuesto. Joyería: tienda donde se vendían cosas delicadas de oro y seda, como tocas, guantes, medias, abanicos, etc. Holanda: tela de lienzo muy fina).

En una fiesta que se hace en Lisboa, Víspera de Nuestra Señora de Agosto, de una victoria que hubieron los portugueses de los castellanos, predicando un fraile portugués, decía:
—Estábamos los cristianos de un cabo del río, y los castellanos de la otra parte.
(Se refiere a la batalla de Aljubarrota, el 14 de agosto de 1385).

Cuando el rey don Fernando estaba sobre la ciudad de Granada, un fidalgo portugués entró corriendo con su caballo por la puerta de Granada, y clavó con su puñal un escrito que decía: "Aquí chego Vasco Ferrandez". Sabiéndolo un criado del rey, pasó mucho más adelante, y puso con su puñal un escrito que decía: "Aquí non chego Vasco Ferrandez".
(Fidalgo: hidalgo. Chego: llegó).

Una dama portuguesa decía a otra dama que se parase a una ventana a ver al obispo de Braga. Respondió:
—Quitáosme allá, que nunca tuve gana de ver lugar de tres vecinos.
(La ciudad portuguesa provoca el lógico equívoco con braga: calzón, prenda de vestir masculina).

Y como colofón, recuérdese el antiguo y todavía vigente refrán: "De España, ni buenos vientos ni buenos casamientos".

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Notas varias, 3i.

Juan de Vidales, defensor de Bienes de difuntos, por los del doctor Francisco Ortiz Navarrete, difunto, en la causa con el bachiller S...