miércoles, 28 de octubre de 2009

Los esclavos 75n

Hemos intentado acercarnos a contemplar los detalles de contexto de aquellos hechos y las circunstancias vitales del hijo pequeño de Juana Hernandez, al cual dejamos jugando en la Plaza en compañía del de Francisco de Aguilar, Alcalde de la Santa Hermandad. Volvamos ahora, ya más familiarizados con todo ello, a aquel día miércoles 20 de abril de 1552 ("Los esclavos 75a").
Cuando a la siguiente ronda del juego Francisco le ganó un huevo a Pedro, éste, en "justa" correspondencia, tampoco accedió a entregárselo sino que, dominado por lo que creyó una genial idea y confiando en la ligereza de su menudo cuerpecillo dio un salto y emprendió veloz huida hacia una de las bocacalles que confluían en la Plaza. Su escapada tenía más de suplemento estimulante y de refuerzo al juego que de otra cosa. Fue una escurribanda traviesa, retadora, bienintencionada, y de esta forma lo captó y comprendió Francisco, quien se prestó automáticamente a continuar lo que percibió como una continuidad enervante y prometedora del dicho juego. Con la excitación del nuevo desafío desapareció en él la amargura que el malentendido anterior había provocado en su espíritu. Ahora iban a competir a un nivel muchísimo más interesante. Ahora todo aquel oscuro asunto lo iba a decidir una persecución más o menos prolongada por las calles castillejanas, unos agarramientos, unos forcejeos dentro de las leyes y normas consuetudinarias que rigen las luchas entre los niños, y todo acabaría con un revolcón en el polvoroso suelo, un sacudirse, los sabores enfrentados y complementarios de la victoria y de la derrota, un ya nos veremos, un cruce de miradas de soslayo y hasta el día siguiente, ya todo olvidado y ambos dispuestos a proseguir con sus amistosas actividades y sus imaginativas aventuras.
Sabemos que Pedro huyó desde la Plaza por una calle cuesta abajo, mas no nos atrevemos a señalar cual de las dos únicas posibles: la que hoy conocemos por calle de Hernán Cortés, o la que luego sería denominada del Convento que, como ya hemos dicho en otras ocasiones, era por entonces más camino de carne que vía urbana propiamente dicha. En todo caso, no había grandes diferencias entre las unas y los otros, en ambos casos con abundantísima presencia de baches, matorrales, pedruscos, charcos de lía, arroyos de desagüe de las viviendas, excrementos de ganados y, en tiempos de agua, barro y charcos en excepcionales cantidades. Cuando, con la inconsciencia de los pocos años de edad, se recorrían en fuga desaforada, a toda velocidad y perseguido por alguien que viene por un bien preciado y dispuesto a luchar, lo más probable es que ocurra lo que le ocurrió a Pedro, en el cual se cumplían todas las mencionadas circunstancias. El chiquillo pisó una piedra lisa y resbalosa, medio desencajada de su cama en el piso, perdió pie, cayó fulminante y desequilibrado y fue a dar en pleno con el frontal de la cabeza contra el borde de un escalón de ladrillo que salvaba el desnivel para acceder a una de la vecinas casas. El golpe fue brutal, de conmoción abrumadora. Quedó un instante sin sentido y al levantarse tenía los ojos tan taponados de sangre que por un momento creyó haber perdido la visión. De inmediato llegó Francisco, el cual sintió como una tormenta de culpabilidad que descargaba sobre su persona cuando contempló la fea brecha sobre las cejas de su amigo manando sangre roja a violentos borbotones. Pedro, además, gritaba agudamente como un cerdo en el matadero. Un pavor indómito se apoderó de su perseguidor, un frío desconocido se adueñó de su cuerpo, se sintió desvanecer como si de sopetón le hubieran arrebatado la vida de sus piernas. Tembló incontrolablemente y, dando media vuelta y sin poder articular palabra debido al miedo, corrió alocadamente volviendo hacia la Plaza como quien huye de sí mismo.
Al llegar al portalón de la hacienda de Rodrigo de Moscoso se detuvo para recobrar aliento y ver si alguien lo seguía. En un rincón entre el muro y una pilastra inmediata al pórtico se acurrucó, atemorizado hasta el temblor.
Juan Rodriguez, hijo de otro Juan Rodriguez, de quien no podemos a estas alturas de la investigación dar más detalles habida cuenta de lo común del nombre, pero que debía ser un desocupado jornalero —que no firma su declaración en la consiguiente querella por no saber escribir, según veremos—, había presenciado todo el desarrollo de los acontecimientos desde que los niños empezaron a jugar en la Plaza. Al principio lo hizo descuidadamente, recostado en un poyo de piedra en la zona de sombra, con el sombrero caído sobre la cara y la indiferencia indolente propia del que está habituado a ver la escena a diario, mas cuando Pedro emprendió su huida, los gritos amenazadores de su perseguidor lo despertaron de su modorra y prestó más atención a lo que sucedía. Luego, por el revuelo y el alboroto de fuertes voces que se formaron en la vía hacia la Calle Real, supuso que el chico había caído, y cuando el hijo de Juana Hernandez volvía corriendo y volviendo la cabeza, pálido y asustado, fue tras él a buen paso con el ánimo de ver si llegaba muy lejos en su alocada carrera. Al momento de salir de la Plaza lo divisó escondiéndose donde queda dicho, en el rincón de la pilastra izquierda de la casa de Rodrigo de Moscoso, y se dirigió hacia allí lentamente, con la intención de recabar del horrorizado Francisquito alguna información de primera mano de los hechos.
Junto a este Juan Rodriguez, testigo directo, estaba como tal Ana García, hija moza de, precisamente, el acérrimo enemigo de Juan de Padilla y su socio en la carnicería, Juan Gonzalez Vohón. Era Ana García una muchacha frustrada por todo y todos. De fea cara manchada y repulsiva, amazacotada e informe, con ojos enormes, negros, fijos e inexpresivos como dos pedazos de cristal, situados asimétricamente y frisados por unos pelajos ralos y legañosos en lugar de pestañas, la joven había alimentado en su interior desde niña un odio de considerable magnitud cuyo objeto era el conjunto social, sin excepciones ni salvedades. Era misántropa perfecta. Y los comentarios ácidos y críticas continuadas de su padre acerca del carnicero Juan de Padilla habían calado en profundidad en ella, que en aquellos años comenzaba a despertar a la vida. Ahora encontró la oportunidad de vengar las "afrentas" recibidas por su familia, siquiera fuera post morten y en la persona del huérfano, y supo aprovechar la coyuntura declarando con exageraciones lo que veremos próximamente. Anotaremos para terminar ese capítulo que también a su padre, Juan Gonzalez Vohón, le llegó la hora como a todo cristiano, 3 años después del accidente de Pedrito que estamos narrando. Tenemos su testamento, que reza como sigue:

Juan Gonzalez Vohón, enfermo del cuerpo y sano de su voluntad y entendimiento, otorga su testamento (con el prólogo acostumbrado encomendándose a Dios, etc.). Dice deber a Luis Gonzalez Muesas, clérigo vecino de esta Villa (y capellán de Isabel Diaz de Villalobos, viuda con viñas en el pago de Las Escaleras), 5 ducados y 3 reales; uno de ellos de préstamo que le hizo y los 4 ducados y 3 reales restantes de resto de los maravedíes por los que le compró un esclavo que dice Sebastián 1. Debe al Jurado Francisco de Plasencia, vecino de Sevilla, 10 coronas de oro que le prestó2. Debe varias cantidades a otras personas de las que tiene escrituras. Diego Verde le debe a él 2 ducados, uno en dinero y el otro en carne, y de ellos ha dado a Juana Ramos 5 reales para en cuenta ... . Juan Sanchez Vanegas le debe 8 reales de resto de 1 ducado que le prestó. Manda ser enterrado en la Iglesia de Santiago, en la sepultura que digan sus albaceas, y ordena varias misas por su alma. Debe a Martin de Santana 40 reales de resto de 6 ducados de un préstamo que le hizo. Al tiempo que se casó con María Gonzalez "la Vohona", su primera mujer, no recibió bienes de ella, ni después, y así lo jura a Dios, los Santos Evangelios y la señal de la Cruz, y "para el paso que estoy que es verdad lo susodicho y que no hay fraude alguno". Declara que al casarse con Juana Ramos su segunda mujer, recibió en dote 3 tinajas llenas de vino que habría en total 70 arrobas, a 60 maravedíes cada una, y un pedazo de viña majuelo en el lugar de Salteras, al pago de Los Lagares, y una cama de ropa buena con los aderezos de casa y de su persona [de Juana] que valdrían 16 ducados, los cuales manda que se paguen a Juana Ramos su mujer. Nombra por sus albaceas a Luis Gonzalez Muesas, clérigo, y a Hernando Jayán. Y nombra por su herederos a Salvador Vohón, su hijo con dicha María Gonzalez Vohón su primera mujer, y a Catalina y María y Juana, sus hijas con Juana Ramos. Hecho en las casas del que testa en esta dicha Villa, ante el escribano Juan Vizcaíno, viernes 7 de junio de 1555. Fueron testigos Francisco García, Juan de Villarroel, sacristán de la Iglesia de Santiago de esta Villa, Cristóbal Martin Bermejo, y Alonso de Escobar, criado de don Pedro de Guzmán, Conde de Olivares.

1.- Un simple carnicero analfabeto se podía permitir el lujo de poseer esclavo. "Al estudiar los esclavos, lo primero que salta a la vista es su difusión en los distintos niveles de la sociedad sevillana. Es decir, la posesión de esclavos no queda reservada a las categorías superiores —nobleza, aristocracia ciudadana—, sino que todos los grupos tienen la posibilidad de adquirir un esclavo, hasta el punto de que incluso entre los más débiles económicamente hablando encontramos dueño de alguno" (Antonio Collantes de Terán Sánchez, Sevilla en la Baja Edad Media. La ciudad y sus hombres. Sevilla, 1984), citado por Jose Luis Cortés Lopez en Los orígenes de la esclavitud negra en España, Madrid, 1986, páginas 114-115, quien dice en la misma obra no poder estar de acuerdo con el profesor Molina cuando escribe respecto a Murcia: "El esclavo se ha convertido en estos tiempos en un producto de ostentación: es caro y sólo una minoría podía permitirse el lujo de poseerlo", Angel Luis Molina Molina, Contribución al estudio de la esclavitud en Murcia a fines de la Edad Media (1475-1516), en "Murgetana", número 53 (1978), Murcia.

2.- Sobre el Jurado Francisco de Plasencia, ver "Los esclavos 75d, nota 1", entrada de septiembre de 2009.
Corona: moneda antigua de oro, que tenía grabada una corona y corrió desde el reinado de don Juan II de Castilla hasta fines del siglo XVII. Tuvo diversos valores, y en tiempo de los Reyes Católicos equivalía a unos 11 reales de plata. RAE.

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