lunes, 9 de noviembre de 2009

Los esclavos 75o

Francisco de Aguilar se lavoteaba en su patinillo, desnudo de cintura para arriba, echándose en la cara manotadas del agua de un cubo recién sacado del pozo. Una ceremonia poco frecuente en la sociedad acuófoba del Siglo de Oro, cuando creíase incluso que ni beber el líquido elemento era saludable, según teoría apoyada por famosos médicos de la época.
Al principio interpretó como risas de mujeres lo que resultó ser un jaleo de griterío que tenía lugar en el zanjuán. Cuando vio a su hijo exánime en los brazos de su mujer, rodeado de vecinas que, ésta le limpiaba la cara, aquélla le aventaba con un abanico, la otra le desabrochaba el camisón, todas ellas gesticulantes, dicharacheras, ojos de plato, a la pregunta de "¿qué ha pasado?" y recibida lacónica respuesta salió veloz a la calle, ávido de venganza. No tuvo capacidad de considerar que era una sencilla cuestión de chiquillos aquello, porque el agraviado Alcalde de la Santa Hermandad que había en él sobre un pedestal de soberbia tomó las riendas de su voluntad. Lo guiaron gentes mezquinas que buscaban el espectáculo sangriento y pronto tuvo a la indefensa víctima a su alcance. Francisquito apenas tuvo tiempo de levantarse de su refugio en el rincón, cuando aquella mole oscura y vociferante se le echó encima. El Alcalde lo sometió a un frenético castigo físico y a un torrente de maltrato verbal. Mientras le pegaba y con los forcejeos y giros se formó a la entrada de la casa del de Moscoso una polvareda tal que difuminaba las dos agitadas figuras: la del niño, un pelele, una marioneta de trapo traída y llevada a empellones; la del hombre, una bestia gigante que resoplaba enfurecida golpeando con sus miembros incansables. El chiquillo apenas tuvo capacidad de reaccionar llorando o implorando piedad bajo la lluvia de golpes, zamarreones y puntapiés que recibía de continuo. Su homónimo Francisco de Aguilar profería imprecaciones y maldecía entre sus mandíbulas apretadas mientras se ensañaba con el muchacho, ahora abofeteándole hasta hacerlo caer redondo al suelo, ahora levantándolo a un metro de altura asido de las orejas mientras le propinaba rodillazos, ahora dándole patadas mientras le escupía insultos hasta llevarlo al otro lado de la calle, y ya contra la pared continuar con mamporros y puñetazos en la cabeza, en los endebles brazos con los que su víctima intentaba protegerse, en los costados... La paliza fue brutal, desproporcionada, interminable, rayando en lo criminal, cual si su autor hubiese canalizado toda la violencia de siglos de conflictos generacionales para descargarla sobre la indefensa criatura como si pretendiera estigmatizarla para siempre por el imperdonable delito de ser joven, inocente y lleno de vida frente a él, ya gastado por los años, rebosante de malicia y odio y sintiente de las primeras llamadas de la decadencia corporal. Fueron, en cierta manera, los coletazos del viejo animal que se resiste a entregar su territorio, el legado deleznable y mísero de un alma mísera y deleznable, la confesión de su propia impotencia y la patentización de su propia debilidad.
Casi agotado ya del esfuerzo que acababa de realizar, el Alcalde se despojó de su grueso cinturón de cuero y, con la intención subconsciente de establecer una distancia física entre sí y el niño, distancia "limpia" que le permitiría, objetivando los hechos, el descargarse de sentimientos de culpa y a la vez la recuperación de la conciencia de su propia individualidad, comenzó a azotar a inclementes hebillazos el magullado cuerpecillo ya inmóvil, mudo y acurrucado contra el muro. Aquella acción reforzada con los últimos insultos y advertencias amenazantes marcaba jerarquías, que en el cuerpo a cuerpo anterior habían quedado vergonzantemente difuminadas; ahora reinaba el "yo aquí y tú ahí", a modo de colofón y rotundo e inapelable punto final.
Luego volvió a su casa. Se sentía cansado, pero en sus pensamientos no había lugar para el chiquillo al que acababa de vapulear, ni tan siquiera contemplaba las consecuencias, como si todo lo recientemente acaecido hubiera sido borrado de su memoria, ahora ocupada en su total capacidad por la visión de su hijo con la cara ensangrentada y de su mujer gritando histérica en medio del coro de vecinas. Cuando entró por la puerta reinaba un silencio absoluto, lúgubre casi, como un presagio siniestro. Penetró a pasos rápidos en la alcoba, habitada de sedosa penumbra con los postigos de sus dos ventanas entornados, distinguiendo no sin esfuerzo al grupo de mujeres alrededor de la cama. Su hijo Pedro gemía, pálido, con la cabeza hundida en un enorme almohadón blanco y los ojos cerrados. Lo habían lavado y su frente herida estaba cubierta de un emplasto casero de hilas, aceite y vino. Le tomó la manita, caliente y sudorosa, y le susurró tiernas palabras, pero no recibió contestación. Las mujeres murmuraban imperceptibles comentarios, y por una de ellas se enteró de que ya se había avisado al médico. Una vieja beata bisbiseaba oraciones mientras desgranaba su rosario entre los céreos dedos.
A la viuda Juana Hernandez, por otro lado, alguien le avisó de pasada por su ventana que habían visto a su hijo junto a la hacienda de Moscoso y que parecía estar enfermo. La mísera situación de la mujer del difunto Padilla no ameritó más consideración para el informante, que ni se detuvo para comprobar si la mujer lo había oído. Juana, muy alarmada, salió tal cual estaba, corriendo hacia allí. De la misma forma que el niño, bajo el choque a que había sido sometido, era incapaz en aquellos momentos ni de llorar tan siquiera, ella tampoco lo fue de sollozar o quejarse cuando lo vio echado junto al muro. Tomólo en sus brazos y se lo trajo a su hogar, ante la indiferencia de cuantos observaron la escena. Una vez en él logró sonsacarle a base de preguntas, mientras le inspeccionaba el cuerpo de arriba a abajo, el nombre del autor de semejante salvajada: Francisco de Aguilar, el Alcalde de la Hermandad. Tenía el niño multitudes de hematomas desde la cabeza a los pies, aunque sin heridas abiertas, excepto dos llagas enrojecidas en el nacimiento de los lóbulos de las orejas, debido a la tracción a que habían sido sometidas al levantarlo por ellas desde el suelo. La mujer, a medida que descubría más y más moratones, hervía de indignación, llegando a tal punto que, sin contención alguna posible y cuando ya Francisco pareció adormecerse sobre la cama, salió a la calle hacia la casa del Alcalde, para hacer público si quiera fuera a voces el ultraje recibido en la persona de su hijito. Hubiera matado a Aguilar en aquel mismo instante. Iba andando por mitad de la calle, semisonámbula y vacía, sin ver nada más que su pena y su odio llenando el espacio descolorido bordeado por casas amarillas cuyas ventanas parecían mirarla en su progresión calle arriba. La puerta del Alcalde apareció oscura y sin fondo, como la boca de una fosa abierta esperando tragarse fríamente sus ilusiones muertas.
Son muy confusos los testimonios de lo que sucedió en aquellos momentos. Al parecer, la mujer de Francisco de Aguilar tuvo un intercambio de palabras con Juana Hernandez, y de inmediato salió el marido. Juana volvió a su casa. El Alcalde la siguió, acaso con la intención de hacerla desaparecer de la vía pública recluyéndola en su casa para evitar mayores escándalos. Otra versión cuenta que Francisco de Aguilar, no suficientemente calmado tras la paliza al chiquillo se dirigió a casa de la viuda en cuya puerta la atacó físicamente. Quizá lo más producente sea que transcribamos los autos —fragmentarios y sin concluir— que han quedado de tan triste y a la vez cotidiano episodio. Hélos aquí:

El 21 de abril de 1552 ante Hernando Jayán, Alcalde Ordinario, pareció Juana Hernandez, viuda, como madre y administradora de Francisco, y se querelló criminalmente de Francisco de Aguilar, diciendo que le había dado muchas puñadas y coces, de que está echado en cama muy malo, y luego fue a las casas de la querellante y allí la quiso herir y matar, dándole rempujones e injuriándola de bellaca borracha y otras cosas.

Testigo, Juan Rodriguez, hijo de Juan Rodriguez, trabajador vecino de esta Villa. Dijo que estando ayer junto a la Plaza vio cómo estaba jugando el dicho Francisco con Pedro, hijo de Francisco de Aguilar; Pedro ganó un huevo a Francisco y éste no se lo quiso dar. Luego Francisco ganó un huevo a Pedro y éste tampoco se lo quiso dar y echó a huir, y Francisco iba tras él cuando Pedro cayó y se dio con la frente en el suelo. Luego vio cómo salió Francisco de Aguilar tras dicho Francisco y lo alcanzó junto a las casas de Rodrigo de Moscoso y allí le dio de coces y bofetones y le alzó de las orejas y le dio de azotes con el cinto de los calzones. No firma.

Testigo, Francisco de Morales, mercader, vecino de Sevilla. Dijo que viniendo ayer miércoles con Lorenzo Sanchez por la calle abajo a darse casa (sic) de la dicha Juana Hernandez, querellante, vio cómo Francisco de Aguilar venía la calle arriba a darse casa de la dicha Juana Hernandez, y cuando estaba frontero de la puerta salió ella y comenzó a dar voces y a gritar: "que me habéis muerto al muchacho", y Francisco de Aguilar respondió que si lo tomara en su casa que él se lo pagara mejor, y que se metiese ella en la suya y que callase la boca, y la querellante respondió: "¿porqué, señor? ¿porque sois Alcalde de la Hermandad este año?", y luego vio cómo Francisco de Aguilar se fue hacia ella y le dio un rempujón y le dijo que se estase en su casa y no lo hiciese hablar, y luego este testigo asió al dicho Francisco Aguilar y los despartió (sic), y luego la dicha Juana Hernandez tornó a asomar a la puerta y tornó a decir a Francisco Aguilar: "anda, que bien sabemos quién vos sois, que sois Aguilar y hogaño Alcalde de la Hermandad", y Francisco Aguilar le contestó: "si yo soy Aguilar vos sois una beoda", y luego este testigo y Lorenzo Sanchez lo trajeron hasta la Plaza.

Testigo, Juan Martin Haldón el mozo, que dijo que estando sentado a la puerta de la casa de Alonso Gil vio ir a Francisco Aguilar calle arriba hacia la casa de Juana Hernandez, y estando ella a la puerta le dijo: "¿vos queréis ser bien criada?", y ella dijo: "sí soy, y porque sois Alcalde de la Hermandad no habéis de dar a mi hijo, que me lo tenéis muerto", y luego Francisco de Aguilar dio un rempujón a ella diciéndole que se metiera en su casa, y luego comenzó a andar calle abajo, y asomó Juana Hernandez y le dijo que porque era Alcalde de la Hermandad hacía aquello, y Francisco Aguilar volvió hacia ella y le dijo que no volviese a decir aquellas palabras, si no, que juraba a Dios que la tomaría por los cabellos y la arrastraría; y que antes le había dicho Francisco Aguilar que debiera estar borracha desconcertada. No firmó.

Testigo, Lorenzo Sanchez. Dijo que viniendo ayer miércoles con Francisco de Morales por la calle abajo a darse casa de la dicha Juana Hernandez, querellante, vio cómo Francisco de Aguilar venía la calle arriba a darse casa de la dicha Juana Hernandez, y cuando estaba frontero de la puerta salió ella y comenzó a dar voces y a gritar: "que me habéis muerto al muchacho", y Francisco de Aguilar respondió que si lo tomara se lo pagaría, y ella respondió ... que no le osaría dar ..., y luego Francisco de Aguilar dio un rempujón a ella diciéndole que se metiera en su casa y que se fuese para borracha, y juraba a Dios que si se atufaba las narices que le había de hacer que no parase en el pueblo. Firmó de su nombre.

El sábado 30 de abril de 1552 el Alcalde Ordinario Hernando Jayán tomó declaración a Francisco de Aguilar, Alcalde de la Santa Hermandad, en la Cárcel del Concejo, el cual dijo que estando en su casa entró su hijo Pedro descalabrado y al preguntarle respondió que el dicho niño hijo de la de Padilla, y salió a buscarlo y al salir Ana Garcia, hija de Juan Gonzalo, le dijo que dicho niño le había dado un golpe a su hijo que pensó que le había hecho saltar la hiel por la boca, y que le dijo que iba hacia la casa del Jurado Jiménez, y este declarante lo halló en la puerta de Rodrigo de Moscoso y allí le dió dos o tres pescozones y un puntillón y luego se vino a su casa, adonde llegó Juana Hernandez preguntándole que porqué había muerto a su hijo, y la mujer de Francisco Aguilar respondió que no miraba ella cual estaba el suyo y entonces Juana Hernandez respondió: "mira, que enhoramala", y saliendo Juana Hernandez iba diciendo que enhoramala, que aunque fuese Alcalde de la Hermandad no le había de matar a su hijo, y luego este declarante se cobijó en su capa y se fue calle arriba, y al verla en su puerta le dijo que fuese bien criada, y ella respondió que lo fuese él, y luego este declarante le dijo que era una borracha y le dio un rempujón diciendo que entrase en su casa. Firmó de su nombre.

El domingo 1 de mayo perdió la querella Juana Hernandez por ruego e intercesión de buenas personas.

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...