lunes, 28 de diciembre de 2009

Los esclavos 79

En los días siguientes Juan de Vega, apoderado de María Rodriguez y a través de ella de Pedro de Cifontes, pidió al Alcalde Francisco de Aguilar que le mandase dar los bienes robados, inventariados según la relación que de ellos hizo la propia María Rodriguez. Dijo además Juan al Alcalde que no quería acusar al joven, sino que quería solamente los bienes en nombre de su parte, y Francisco de Aguilar le exigió información que demostrara que los dichos bienes pertenecían a su representada María. Juan de Vega respondió que él no tenía información alguna que dar, puesto que el hurto se cometió en campo yermo donde no habitaba gente alguna, y pidió al Alcalde que, en base a ello, proveyera justicia. El Alcalde insistió en que presentase testigos. Juan de Vega preparó su probanza y presentó por testigo precisamente a Pedro de Cifontes, el cual, bajo juramento, dijo que era de Sevilla, que tenía hacienda en Castilleja y en Pero Mingo; reconoció que María Rodriguez era su casera, y cuando les fueron mostrados los bienes hurtados —recuérdese que los tenía en depósito el Alguacil Bartolomé Moreno—, aseguró que pertenecían a dicha su casera María; dijo que un día después del de el hurto fue a su heredad de Carmona y se encontró con todos los candados de las puertas rotos, afirmación que parece exagerada; contó que dos de sus criados le dijeron que Antón había estado merodeando por allí, y añadió que sabe que el esclavo del bodeguero Benito Sanchez es un gran ladrón, con fama de ello en toda la comarca, aseveración que no parece digna de crédito ya que resulta dudoso que el hacendado lo conociera en ese sentido; no debemos olvidar que Antón tenía contactos en la propia hacienda de Castilleja, y si tenía tan mala fama poco le hubiera costado al hacendado prohibirle que la frecuentase . Tenía Pedro de Cifontes a la sazón 45 años, y a juzgar por su firma, era hombre culto e instruido. Como vemos, aporta la prueba incriminatoria de que "sus criados lo vieron merodeando por allí", refiriéndose a Pero Mingo.
El sábado 21 de mayo de 1558 dispuso el Alcalde de la Santa Hermandad Francisco de Aguilar que los bienes quedaran en depósito de Pedro de Cifontes, cediendo descaradamente ante el poderío y la presión del rico terrateniente, quien se obligó bajo las penas de los depositarios; obligación que consistía principalmente en tener el depósito a disposición del juez que entendiese de la causa. Fueron testigos Salvador Perez, Bartolomé Moreno el Alguacil, Francisco Ruiz y Juan Sanchez Vanegas todavía en la Cárcel, vecinos de Castilleja, y el mercader Hernando Jayán, vecino de Sevilla.
El miércoles 25 de mayo Francisco de Aguilar fue a visitar la Cárcel, y en la consideración de que Antón no tenía quien respondiera por él nombró como tal a quien tuvo más a mano: a Juan Sanchez Vanegas. Una vez aceptado el cargo de defensor, aceptación acaso instada por imperativos legales ya que pocos días atrás el que ahora debía proteger le había robado su cuchillo y su daga, se les leyeron los autos, ratificándose ambos en la anterior confesión del defendido, el cual a la pregunta de si tenía algo nuevo que añadir o si había robado alguna cosa más, dijo que en Pero Mingo robó además un queso, unas tijeras, una canastilla con diez huevos, una hogaza, un cuchillo, una camisa bordada en negro y una cobija de paño colorado, todo lo cual lo tenía en un horno de poya* junto a San Marcos.
Este añadido a su declaración nos da más detalles de las peripecias del negro la noche de su vuelta de Carmona cargado con el hato, y añade coherencia al hecho de que cuando se escapó de la Cárcel de Castilleja volviera al horno de poya sevillano, donde tenía amigos; como vimos en "Los esclavos 66", entrada de julio de 2009, aquella noche lluviosa al llegar a Sevilla, y según estos nuevos datos, el joven negro presumiblemente fue al horno de San Marcos, funcionando como tal desde altas horas, donde tuvo oportunidad de secar sus ropas y recuperar fuerzas auxiliado por "el mulato horro", quien recibió los artículos ahora declarados, y fue al amanecer cuando siguió su camino hacia el cebadal de la Vega donde estuvo escondido todo el día.

* Horno de poya. De los varios tipos de hornos, el de base cuadrangular, de la que Corominas deriva poyo y poya. Estas bases eran formadas con losas refractarias, y sobre ellas se asentaban las "capillas" o cubiertas de las cámaras de cocción, levantadas con ladrillos de adobe. Se solía dejar bajo el poyo o base un habitáculo para almacenar leña, víveres o herramientas, y en nuestro caso muy bien pudo servir para esconder los objetos que trajo Antón de Pero Mingo. Todavía quedan restos ruinosos de aquellos hornos diseminados por la geografía peninsular. Con la expresión "horno de poya" vino a nombrarse el horno público cuya utilización y servicio de los horneros pagaban los particulares con masa de pan.
Etimologías más populares y menos autorizadas nos hablan de "la poya" como el pellizco o pegote que las amas de casa separaban de la masa principal antes de llevarla a la cochura en el horno público, porciones que juntas daban el material para formar el "pan de las ánimas", el cual se consumía en comunidad o se rifaba para sufragar gastos parroquiales, oficios religiosos o deudas de hermandad. Conllevaba esta costumbre una serie de supersticiones basadas en la ignorancia de comadres aduladoras de la jerarquía dispensadora de trascendencias, como la de marcar la masa con una señal de la cruz, o la de rezar entre persignaciones mientras se mezclaba a brazo partido la harina, la levadura y el agua que habrían de servir de base alimenticia para las familias, en —comedias de comedia— un simulacro doméstico del otro teatral que se efectúa en la misa convirtiendo pan en el cuerpo de Cristo.
Otra versión del origen de "poya": era como nombraban a una barra de hierro que servía para medir la cantidad de masa que correspondía al hornero por su trabajo, merced a unas muescas en ella que leían la proporción correspondiente conforme a la que se fuera a cocer.
Para evitar confusiones, cada usuaria marcaba sus panes con una señal característica y personal, reconocida por todos.
Y para cerrar la digresión, un refrán, aplicado a los glotones: "Comer más que la poya de siete hornos".

viernes, 25 de diciembre de 2009

Los esclavos 78

Eran más de las dos de la madrugada. Juan Sanchez Vanegas en su plácido dormir se removió conturbado un momento, mientras Antón decidía, esplendente por la luz de luna que se difundía en la estancia desde el ventanuco superior, sobre los pasos a seguir. Tenía pensado marchar directamente a Sevilla, entre cuyas aglomeraciones y escondrijos podía pasar desapercibido.
Cuando a Vanegas se le informó a la mañana siguiente de lo acontecido, por uno de esos tan raros como inusitados entrecruzamientos de realidad y sueño que en ocasiones se producen, quedó confuso y desconcertado en tal grado y manera que siempre en adelante vivió con la duda en tanto recordaba su estancia en el calabozo; nunca supo si había visto realmente, en una duermevela instantánea, al negro recién liberado de su cepo, o si Morfeo con alguna trapacería lo había engañado insuflándole en la cabeza dormida una porción de realidad, pero al despertarse y recapitular memoró con toda claridad una figura semihumana, plateada y de fúlgidos ojos, que se movía como flotando en la habitación y que se inclinó sobre él, casi quemándole con las ardientes pupilas; era en su mente Antón.
Antón pensaba con la velocidad del rayo, desentendiéndose a duras penas de los ronquidos del Alguacil, que por el agujero se dejaban oir diáfanos. Entonces, sobresaltado, escuchó una hablilla cuchicheante de palabras: Juan Sánchez Vanegas parecía bisbisear algo entre dientes y se acercó a su yacija dispuesto a todo, pero su compañero de presidio no se movió más. En un rincón al otro extremo, junto a la puerta, colgaban de una escarpia a media altura dos talabartes de cuero claro, gemelos, que contenían un cuchillo y una daga. Pertenecían al durmiente, al cual se le había permitido tenerlos a mano, tal era la confianza que inspiraba a las autoridades. El esclavo los descolgó y se los puso a la cintura, uno a cada lado. De inmediato se sintió como si nada ni nadie pudiera interponérsele. El universo era suyo, se había convertido en un dios. Envalentonado con su armamento, salió a un angosto pasillo, al cual se abría la habitación del matrimonio.
Hizo girar la vieja puerta con precaución. Buscaba objetos de más valor, que le facilitaran su estancia en Sevilla. Pensó acabar con los durmientes cercenándoles los cuellos con sus armas, pero no pasó de ahí. En el dormitorio había más claridad, merced a una ventana de regular tamaño, y pudo orientarse con precisión. Sobre un arca descansaban unas alforjas de cordel trenzado, idóneo artículo para llevar todo lo que, esperaba, encontraría en el registro de la casa. Por de pronto la suerte le sonrió, ya que en el interior de las árguenas había una bolsita de lona con doce maravedíes. Abrió el arca lentamente, y extrajo de ella una gavana de paño* y unos zapatos de piel de becerro, y decidió no arriesgar más y desaparecer cuanto antes de allí, pero su estómago le envió una racha de urgentes señales, y se encaminó a la cocina. Un gato gris plomo sobre las losas del horno, al calor de las moribundas ascuas que calentaron la cena, maulló mirándolo con bondadosa expresión. De un hueco de obra que hacía de minúscula despensa extrajo media hogaza de pan que Mencía reservaba para el desayuno, y al fondo bajo un trapo inmaculadamente blanco descubrió una espicha de sardinas** arenques, idóneo y energético manjar para empezar la nueva etapa de su vida festejando la recobrada libertad.
Más corriendo que caminando hizo el trayecto a Sevilla, para su fortuna sin tropiezo alguno con nadie. Y por la mañana se perdió en el trajín y el hormigueo de gentes pugnando por transitar en las estrechas y tortuosas vías de los distritos comerciales. Fué en busca de sus amistades. Al primero que visitó fue a un mulato horro, hombre entrado en años, parsimonioso y lleno de filosofía de la vida, que trabajaba en un horno de hacer pan y bizcocho para los marineros, en la collación de San Marcos, en un semisótano de la plaza del Herrador. Lo atendieron bien allí, y a cambio del empeño de la daga recibió una ración de bizcocho recién hecho, que aceptó encantado porque ya había dado cuenta por el camino del medio pan robado al Alguacil castillejero. Deambuló con disimulo por la calle de Génova y la de Los Alemanes, alrededor de la Catedral, a la expectativa de conseguir algún trabajo discreto, e incluso sospesó la posibilidad de embarcarse como grumete en cualquier navío.
Pero Antón no tuvo suerte. No pasaron más de cuarenta y ocho horas cuando fue reconocido, muy temprano y precisamente en el puerto junto al Puente de Barcas, por un pescador trianero que vendía en Castilleja sus capturas, el cual puso sobreaviso poco después a las autoridades del pueblo. No tuvieron Bartolomé y sus ayudantes que esforzarse mucho ya que lo cazaron prácticamente en el mismo lugar donde lo encontró el pescadero, y se lo trajeron al pueblo la misma mañana.

* Gavana, por gaván, hoy gabán: Capote cerrado con mangas y capilla, del qual usa la gente que anda en el campo y los caminantes; y algunos en la ciudad se sirven dellos por ropa de casa. Pudo ser tomassen el nombre de los gavales o gavachos, aunque agora éstos traen unas capas que llaman gasconas, y porque puesta la capilla la llevan empinada y alta, pudo traer origen de la palabra hebrea gavah, que vale empinamiento y cosa alta. Sebastián de Covarrubias. Tesoro.

** Espicha de sardinas, en los originales autos del pleito. Parece otra de esas "joyas del habla" que son los localismos, términos del vocabulario más original y cercano a la sociedad, verdaderas marcas identitarias de los grupos y de los tiempos en que éstos se desarrollan. Corominas profundiza en el verbo "espichar", y cita a Antonio Alcalá Venceslada, quien dice que espicha es espetón (conjunto de sardinas atravesadas por una caña, que se asan) para la moraga (Andalucía, acto de asar con fuego de leña y al aire libre frutas secas, sardinas u otros peces. RAE) de sardinas. Vocabulario Andaluz.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Los esclavos 77

En las dos semanas largas que mediaron entre el encarcelamiento de Antón y los prolegómenos de la sentencia ocurrió que éste vió su soledad paliada cuando los alguaciles, sujetándolo por ambos brazos, ingresaron en aquella leonera de ambiente mortecino donde veía pasar las interminables horas a Juan Sánchez Vanegas, vecino de Castilleja en la medianía de su edad y hombre bastante hosco y huidizo. Llegaba bajo el cargo de deudas, pero su régimen pronto fue tan laxo que almorzaba y cenaba con Bartolomé Moreno y su mujer, estaba libre de cadenas y grillos tanto de noche como de día, y en muchas oportunidades, haciendo en general los encargados de su custodia la vista gorda, se permitía dar un garbeo por el pueblo en las horas más tranquilas del día. Hablaban a ratos él y el esclavo y en más de una ocasión Sanchez Vanegas compartió con el muchacho las manducatorias o alguna tapanca que contra la crudeza del aire sus familiares le traían, aunque aun así y con todo la delgadez de aquel oscuro cuerpo espigado cargado de hierros era cada vez más acusada.
Pero el negro tenía ya firme y decidida su futura actuación, a pesar de las circunstancias. Hemos dicho que poseía una férrea voluntad, y de inteligencia tampoco andaba parvo. Una noche entre las de la primera mitad de aquel mes, aprovechando —lo supuso acertadamente— el desconcierto que en sus guardianes producían los golpes de viento y los aguaceros intermitentes con que una clásica tormenta de primavera parecía dar la bienvenida a la estación seca, ya en la puerta de la madrugada, Antón dió varios tirones de la cadena principal de sus prisiones, cuyo otro extremo a través de un boquete en la pared terminaba, debidamente asegurado con un grueso candado a una argolla, en el echadero del Alguacil y su mujer. Ya vimos que esta manera de aprisionar y la de requerir asistencia haciendo sonar la cadena, eran la usanza y disposición usados en las improvisadas cárceles de aquellos años. Primero despertó la mujer de Bartolomé, que tenía la dormitación más intranquila. Su marido roncaba panza arriba resollando entre silbidos, ajeno al tantarantán de la lluvia en el exterior y a los castañeteos de objetos sueltos movidos por el ventarrón. Mencía Rodriguez era una mujer joven e insatisfecha con su grosera y procaz pareja, cuyos desplantes y desconsideraciones la habían llevado a crearse un mundo interior habitado de liberalizadoras fantasías que hacían su existencia llevadera en la medida de lo posible, y cuando por el ineludible designio del Conde de Olivares su consorte fue nominado Alguacil aquel año, ella encontró una fuente inagotable de morbo y excitabilidad con que saciar las carencias que el reseco páramo de su vida le deparaba, ocupando sus pensamientos y deseos con las ubicuas presencias de los variados "inquilinos" que, semana sí y semana no, se veían obligados por el brazo insoslayable de la justicia a hospedarse en su humilde morada. No era nada extraño, por otra parte, que proliferaran las infidelidades conyugales en estos ambientes impuestos, obligaciones que "desde arriba" venían a romper las costumbres y rutinas de matrimonios por lo general bien avenidos, como tendremos ocasión de comprobar en otro caso concreto más adelante. Considérese que en muchas ocasiones el Alguacil tenía que dejar el hogar y su oficio policial, delegando precariamente en quien podía y se dejaba la custodia de los enrejados, porque las necesidades materiales de sostenimiento de su familia lo obligaban a buscar un jornal, bien segando, bien vendimiando, etc., a veces muy lejos de la Villa, ocasiones que eran aprovechadas por sus medias naranjas para "consolar maternalmente" a algún preso que otro, siempre desde luego bien parecido, con potencia sexual y discreto y fiable.
Mencía se levantó con sumo cuidado, procurando no despertar a su cónyuge. La cadena volvió a tintinear rozando con sus eslabones por los abruptos bordes de la huronera, que todavía no habían sido alisados con la pertinente argamasa desde que abrieron el orificio a principios de enero desencajando a base de escoplo uno de los grandes ladrillos recochos que formaban las paredes de la casuca. Deseaba fervientemente, con todo su corazón, que fuera Juan Sanchez Vanegas el que solicitaba asistencia. Era un hombre atractivo, al contrario que el escuálido y débil ladronzuelo negro. Miró a través de la oscuridad sin decir palabra y abriendo mucho sus bellos ojos, acercando la cara ardiente por la excitación al tosco ventanuco, aspirando la tenue y helada corriente de aire del camaranchón contiguo en ansiosa pesquisa de algún aroma de macho que le hiciese olvidar el ya para ella despreciable y zafio de Bartolomé. Prestó atención. Le parecía oir, entre las ululaciones de las ráfagas de aire sobre tejado y ventanas, el movimiento de un cuerpo humano que se incorporaba. Y cuando sintió una grande y rígida mano posarse sobre su hombro, su corazón sobresaltado la hizo dar un respingo, ahogando a medias un grito de miedo. Era su marido.
El maltrato de género constituía el pan diario para infinidad de mujeres. En casa de Mencía Rodriguez no había ninguna excepción a la regla. Pero este año, con la publicidad que el alguacilazgo les proporcionaba, su marido parecía más comedido, más temeroso al escándalo, máxime cuando había presos pared por medio; pese a todo ello Mencía temió ser golpeada en aquel momento. Ante el gesto interrogatorio de su hombre se explicó todo lo claramente que pudo, y Bartolomé, refunfuñando como un pitecántropo incrédulo, púsose alguna ropa de calle y se dirigió al calabozo. El viento había cesado por un momento, y la lluvia, intermitente, apenas producía sonido alguno.
Juan Sanchez Vanegas dormía apaciblemente, bien abrigado, sobre una tarima en la que habían colocado sus allegados un colchón. Era el joven paria el que requería asistencia. Dijo necesitar ir a hacer cámaras y el Alguacil lo creyó, y estuvo dispuesto a llevarlo hasta el fondo del corralito donde, en un foso usado como estercolero, solían regir el vientre todos, presos y cancerberos. A pesar de su mal humor y de lo intempestivo de la hora, Bartolomé no opuso objeción alguna porque era una de sus obligaciones más principales y señaladas, y su incumplimiento le hubiera reportado un rechazo generalizado en el caso de que por su desidia algún preso se viera compelido a satisfacer las exigencias de su organismo zurrándose sobre sí mismo, encadenado en la casa donde habitaban él y su familia.
Aquellos días la luna comenzó a menguar después de mostrarse esplendorosa en su plenitud, y con el fondo de una límpida negrura, aureolada de nubarrones de plata y plomo llenos de luz todavía causaba impresión, con su belleza enigmática reflejándose en el paisaje empapado por el agua caída, en los charcos y chorros de cristal. El carcelero aprovechó el claro y murmurando denuestos y anatemas liberó al muchacho de la ensambladura lignaria que sujetaba sus extremidades inferiores y lo condujo engarzado con uno de los rosarios reforzados de malletes sujetándole el aro del cuello hacia el estercolero. Antón supo disimular muy bien mientras su guardián esperaba discretamente distanciado y pudorosamente vuelto de espaldas, y agarró al acuclillarse un pesado chinarro redondeado, liso y grueso como un huevo de pava, el cual con gran sigilo ocultó bajo el brazo en la axila, cubierto con la camisa. Bartolomé no se apercibió de nada extraño, y devolvió al muchacho al cepo con prisa, pensando en la cama caliente que le aguardaba y en las horas de sueño que todavía le quedaban por disfrutar. Debió cerrar con las chavetas los grillos que Francisco de Aguilar había ordenado colocar al preso superpuestos a los que ya traía desde que escapó, y pasar las correspondientes cadenas por los peales, pero había dejado de hacerlo días antes, por pura comodidad, y ahora por ganarle tiempo al sueño se limitó a cerrar la tosca tijera de madera sobre las delgadas pantorrillas de ébano, introduciendo la cadena principal por el hueco y avisando a su mujer con voz aguardentosa para que la fijara con el candado a la argolla.
Nunca pudo sospechar que mientras cerraba el pesado cepo, Antón, con suma habilidad, había colocado el canto rodado a modo de cuña, haciendo así que los dos maderos no encajaran con exactitud y le posibilitaran, pasado un rato y cuando oyó de nuevo los ronquidos del Alguacil y sintió que en la casa se volvía a sedimentar el sosiego que aquellas horas hipnóticas dictaban, sacar con toda facilidad los pies de los agujeros y quedar libre para volver a emprender una huida que venía planeando al milímetro desde muchos días antes.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Los esclavos 76

Ya poseemos acerca de la personalidad del Alcalde de la Santa Hermandad Francisco de Aguilar el conocimiento que nos posibilita emitir un juicio; su incalificable proceder contra el huérfano del carnicero Padilla nos muestra con transparencia la miserable mentalidad del captor de los dos negros, uno de los cuales, recordemos, ha sido dado en fianza (Los esclavos 75, entrada de septiembre de 2009). Queda en el calabozo acondicionado en la casa del Alguacil Bartolomé Moreno, encadenado y aprisionado con cepo, el joven Antón, lloroso, deprimido y debilitado por las vicisitudes de su escapada a Carmona.
Mayo de 1558, con sus esporádicos chaparrones y sus soleados ratos explotaba de vida y belleza al otro lado del ventanuco de la casa-cárcel, pero en el interior el habitáculo era tenebroso y húmedo, la soledad aplastante, la comida escasa. Ésta se la proporcionaban algunas caritativas almas, en su mayor parte vecinas que, ante el cargo de conciencia que suponía dejar morir de hambre a un preso, aunque fuese negro esclavo y forastero, no tenían reparos en apartar unas cucharadas de la olla familiar en un plato y acercárselo al desgraciado. De no ser por estos loables hábitos mal se las hubieran visto los presos pobres, dependiendo esclusivamente de lo que las autoridades hubiesen dispuesto para su manutención.
Pero dentro de Antón había un fuego, una fuerza brutal y viva que alimentaba el odio que hacia aquellos fantasmas de piel blanca y oscuras barbas sentía, y que hacía crecer en su pecho el ansia de libertad y en su cabeza la nítida conciencia de sus propias capacidades, puestas a prueba con su huida del yugo opresor del amo sevillano.
El cual no daba señales de existir. El silencio era la respuesta a las inquisiciones y exhortos que Francisco de Aguilar, como juez del caso, dirigía al Concejo de Sevilla. El bodeguero estaba ilocalizable, parecía haberse desentendido del díscolo siervo, ninguna reclamación obraba en los asuntos pendientes de las justicias hispalenses, nadie pensaba en el joven africano. Y pese a las limosnas y caridades del pueblo, mantener a un preso significaba un gasto que había que recortar en lo posible. Ya solo el dedicar un guardia a tal efecto suponía un fuerte desembolso para las arcas públicas.

Muy Ilustre Señor Asistente de la ciudad de Sevilla, y Muy Magníficos Señores sus lugartenientes y otros Jueces y Justicias cualesquiera de la dicha ciudad a quienes Dios Nuestro Señor concerbe en su santo cervicio, Yo, Francisco de Aguilar, Alcalde de la Santa Hermandad de esta Villa que es del Ilustre Señor Don Pedro de Guzmán, Conde de la Villa de Olivares en quien me encomiendo, y Vuestra Señoría y Mercedes y en cada uno de ellos y les hago Señores saber cómo en la Cárcel Pública de esta Villa tengo preso a un esclavo de color negro atezado que ha nombre de Antón, por cierto hurto que yo propio le tomé en unas viñas del Jurado Pedro ... Bazo que son cerca de esta Villa y en el término de ella, el cual dicho esclavo en la confesión que le tomé declara ser de Benito Diaz1, mercader de vinos en la calle de las Bodegas2 en esa ciudad, el cual dicho esclavo está preso seis días hasta hoy día día de la fecha y nunca ha aparecido el dicho Benito Diaz ni otra persona alguna a defender el dicho esclavo, y visto por mí que no pareció el dicho Benito Diaz ni otro por él nombrado para defender y librar al dicho su esclavo, mandé dar y dí la presente para Vuestra Señoría y Mercedes en la manera aquí contenida, por la cual de parte de Su Majestad y Justicia les pido y requiero y de la mejor forma ruego y pido por merced que luego que con ella fueren requeridos manden notificarlo en su persona al dicho Benito Diaz todo lo susodicho, y que yo lo mando que parezca ante mí personalmente dentro de tercero día que esta mi Carta le fuere notificada, a defender o poner defensa al dicho su esclavo y a decir y alegar lo que quisiere, que yo le oiré y guardaré su justicia, y en otra manera el término pasado no pareciere, en su ausencia y rebeldía habiéndola por presencia haré y determinaré en todo este caso justicia, y poner defensor a su costa al dicho esclavo sin mandar citarlo ni llamar, que por esta presente Carta lo cito y emplazo perentoriamente para en todos los autos de este pleito hasta la sentencia definitiva ¿intensivi? y tasación de costas si las que ... hubiere y le señalo los estrados de mi Audiencia, donde le serán notificados los autos de este pleito y todo lo susodicho y en lo así Señores mandar hacer y harán bien y justicia y lo que deben y son obligados y a mí me harán merced y quedaré en obligación lo mismo viendo sus cartas y mandamientos mediante justicia, en fe de lo cual que dicho es mandé dar y dí la presente firmada de mi nombre y del notario de mi Audiencia, fecha en la dicha Villa de Castilleja de la Cuesta a cinco de mayo de mil quinientos cincuenta y ocho. Francisco de Aguilar y Miguel de las Casas.

1.- En la declaración tomada a Antón, ya preso, aparece como el apellido de su dueño Sanchez en lugar de Diaz.

2.- Podría tratarse de la Cuesta del Rosario, en aquellos años un dédalo de callejuelas abundantes en hornos de cocer pan y en tabernas.

Quién no olvidaba lo acontecido era Pedro de Cifontes, que había visto su hacienda de Pero Mingo desvalijada y ahora se encontraba con sus hurtadas pertenencias y con el mismísimo ladrón en la propia Castilleja de la Cuesta. En su casera de la hacienda de Carmona y como directamente afectada María Rodriguez recayó la responsabilidad de presentar ante Francisco de Aguilar las oportunas reclamaciones y la acusación formal, y el inconveniente de su ignorancia y analfabetismo y de la distancia se arregló nombrando a vecinos castillejanos apoderados de la susodicha mujer; no faltaban en este pueblo gentes deseosas de servir al importante hacendado. Y mientras María, traída a la capital para efectuar su otorgamiento de poder, relataba al escribano pormenores del robo, en la cárcel de Castilleja ocurrían cosas que vamos a ver en el siguiente capítulo.

Sepan cuantos esta carta vieren como María Rodriguez, vecina de Carmona, da poder a Juan de Vega y a Lorenzo Sanchez, vecinos de la Villa de Castilleja de la Cuesta, para todos sus pleitos y causas civiles, [etc. etc.], dado en las casas de la morada de Pedro Gutiérrez de Padilla, escribano público, jueves 12 de mayo de 1558, y porque la dicha María Rodriguez dijo que no sabía escribir, a su ruego firmaron por ella Bernardo de Almasa y ... ... .

sábado, 12 de diciembre de 2009

Postdata a "Rodrigo de Cieza"

En los primeros capítulos con dicho encabezamiento de "Rodrigo de Cieza" (capitulo 1 y siguientes, noviembre de 2008) hemos sabido del testamento de su hermano el Príncipe de los Cronistas, Pedro Cieza de León. Ahora, en estos últimos días, el destino o la casualidad nos ha deparado la oportunidad de perfeccionar nuestro conocimiento del hermano del cura y su relación con Castilleja, gracias a un artículo descubierto en el número 12 del Anuario de Estudios Americanos del año 1955, escrito por Miguel Maticorena Estrada. Este autor transcribe un codicilo que Pedro de Cieza otorgó el jueves 28 de junio de 1554, de suma relevancia a los efectos que perseguimos. Copiamos del Anuario la parte que nos atañe:

En el nombre de dios amen sepan quantos esta carta de codicilio vieren como yo pedro de çieça de leon vezino que soy desta muy noble y muy leal çibdad de sevilla en la collaçion de san biçeynte en la calle de las armas1 estando enfermo del cuerpo y sano de la voluntad y en mi aquerdo y entendimiento y creyendo como tengo e creo la santisima fee catolica ansi como la tiene e cree la santa madre yglesia de Roma rretificando y aprovando y aviendo por firme rrato y grato estable e valedero la carta de mi testamento çerrado e sellado que yo tengo fecho e otorgado por ante alonso de caçalla escrivano publico de sevilla y ante los testigos en el qontenidos en veynte e tres dias del mes de junio en que estamos de la fecha desta carta que tiene en su poder juan de llerena mi suegro por el qual hize çiertas mandas e legatos e dexe por mi heredero y albaçeas a los en el conthenidos e declarados e queriendo como quiero que tenga fuerça e vigor e se cunpla como en el se qontiene agora qyriendo acreçentar añadir e menguar en el dicho mi testamento algunas cosas que convienen al descargo de mi anima e conçiençia digo que por quanto por el dicho mi testamento dexo una capellania de misas que se diga e cante perpetuamente para syempre jamas por mi anima e de ysabel lopes mi muger que aya gloria hija del dicho juan de llerena e de nuestros difuntos en la yglesia de san byçeynte desde dicha çibdad de sevilla desde el dia que acaeçiere mi falleçimientos en adelante e para dezir e cantar della dexo çierta contia de dineros para que se conpren tributos como se qontiene e declara en el dicho mi testamento a que me rrefiero y es mi voluntar e mando que lo que asi dexo para dote de la dicha capellania se cunpla e pague de mis bienes antes e primero que ninguna de las otras mandas pias e graçiosas que por el dicho mi testamento tengo fechas porque quiero que esta se prefiera e sea preferida a todas ellas aunque sea caso que para otra manda alguna de las del dicho mi testamento no aya de que se cumplan e mando que para la imajen de nuestra señora que esta en la prençipal yglesia de castilleja de la cuesta una saya de chamelote carmesy guarneçida con tiras de terçiopelo carmesy que fue de la dicha mi muger e mas le mando un pedaço del mismo chamelote que tengo en mi casa para de que se le haga unas mangas e sayo e mas le mando una rropa de co... (roto) de cotuna (?) blanca que fue de la dicha mi muger e unos manteles grandes traydos que tengo en mi casa para el ... (roto) por merito de mi anima e de la dicha mi muger e tambien mando los tocados e gorgueras e cofias que yo tengo que heran de la dicha mi muger se rrepartan por mis albaçeas a las ymajenes que a ellos les pareçiere [...].

1.- Recuérdese que la calle de las Armas era el nombre que tenía entonces la que hoy se denomina calle de Alfonso XII.

Vemos como en esta nueva disposición, que enmienda la otorgada una semana antes, Pedro de Cieza da prioridad a los vestidos de la imagen de la castillejana iglesia de Santiago respecto a todas sus innumerables devociones (en Llerena, en Trigueros y sobre todo en San Vicente y otras iglesias de Sevilla según expresó en su primer mandato),lo cual, en cierta manera y sin considerar lo absurdo y ridículo de venerar un pedazo pintarrajeado de madera medio podrida o de agrietado barro cocido, nos honra como grupo. Imaginamos también a su hermano el cura don Rodrigo entonando en la iglesia de la Plaza las misas que tan encarecidamente Pedro encarga por su ánima.
Mas un lado oscuro en todo este asunto nos mantiene en vilo. Es de suponer que don Rodrigo cumplió con meticulosidad la voluntad del cronista difunto, y que las ropas donadas "lucirían" cubriendo las formas de la Virgen, aunque acaso fueran tantos los generosos en trance de muerte, que el cura pudiera verse obligado a almacenar en arcones y armarios una ingente cantidad de prendas lujosas, sin saber qué hacer con ellas.
Y esta nuestra sospecha se basa en la almoneda que, tal cual vimos en "Los esclavos 2", entrada de febrero de 2009, llevó a cabo Juan, el huidizo esclavo de Rodrigo de Cieza, el domingo 24 de abril de 1559.
Lo que Pedro de Cieza de León donó a la imagen de Nuestra Señora de la Iglesia de Santiago:

"Una saya de chamelote carmesy guarneçida con tiras de terçiopelo carmesy; un pedaço del mismo chamelote para de que se le haga unas mangas e sayo; una rropa de co... (roto) de cotuna (?) blanca; unos manteles grandes traydos; los tocados e gorgueras e cofias se rrepartan por mis albaçeas a las ymajenes que a ellos les pareçiere1".

1.- Como albacea, a don Rodrigo le pareçería que algún tocado, gorguera o cofia de estos fuese a parar a Castilleja.

Lo que el negro Juan vendió a grito pelado en la Plaza cinco años después de la muerte de Pedro de Cieza:

"Unas mangas de raso morado; otras de raso amarillo; otras de tornasol con ribetes carmesí; un pedazo de tres varas y media de chamelote colorado; unas mangas de raso negro viejo; un corpezuelo de raso viejo; unas naguas y media saya de damasco negro; ropa blanca de fustán; un corpezuelo de terciopelo viejo roto; un paño de algodón viejo, de Indias, con unas pinturas; tres ¿almaysales? viejos rotos; un paño de algodón de Indias, pintado; un rodenete viejo con unas cintas; una capa de algodón forrada en lienzo de estopa, colorada, vieja y rota; una cofia de redecilla con unos ¿pinos? labrados de oro y seda prieta; una toca."

Solo nos toca comparar.

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