lunes, 21 de diciembre de 2009

Los esclavos 77

En las dos semanas largas que mediaron entre el encarcelamiento de Antón y los prolegómenos de la sentencia ocurrió que éste vió su soledad paliada cuando los alguaciles, sujetándolo por ambos brazos, ingresaron en aquella leonera de ambiente mortecino donde veía pasar las interminables horas a Juan Sánchez Vanegas, vecino de Castilleja en la medianía de su edad y hombre bastante hosco y huidizo. Llegaba bajo el cargo de deudas, pero su régimen pronto fue tan laxo que almorzaba y cenaba con Bartolomé Moreno y su mujer, estaba libre de cadenas y grillos tanto de noche como de día, y en muchas oportunidades, haciendo en general los encargados de su custodia la vista gorda, se permitía dar un garbeo por el pueblo en las horas más tranquilas del día. Hablaban a ratos él y el esclavo y en más de una ocasión Sanchez Vanegas compartió con el muchacho las manducatorias o alguna tapanca que contra la crudeza del aire sus familiares le traían, aunque aun así y con todo la delgadez de aquel oscuro cuerpo espigado cargado de hierros era cada vez más acusada.
Pero el negro tenía ya firme y decidida su futura actuación, a pesar de las circunstancias. Hemos dicho que poseía una férrea voluntad, y de inteligencia tampoco andaba parvo. Una noche entre las de la primera mitad de aquel mes, aprovechando —lo supuso acertadamente— el desconcierto que en sus guardianes producían los golpes de viento y los aguaceros intermitentes con que una clásica tormenta de primavera parecía dar la bienvenida a la estación seca, ya en la puerta de la madrugada, Antón dió varios tirones de la cadena principal de sus prisiones, cuyo otro extremo a través de un boquete en la pared terminaba, debidamente asegurado con un grueso candado a una argolla, en el echadero del Alguacil y su mujer. Ya vimos que esta manera de aprisionar y la de requerir asistencia haciendo sonar la cadena, eran la usanza y disposición usados en las improvisadas cárceles de aquellos años. Primero despertó la mujer de Bartolomé, que tenía la dormitación más intranquila. Su marido roncaba panza arriba resollando entre silbidos, ajeno al tantarantán de la lluvia en el exterior y a los castañeteos de objetos sueltos movidos por el ventarrón. Mencía Rodriguez era una mujer joven e insatisfecha con su grosera y procaz pareja, cuyos desplantes y desconsideraciones la habían llevado a crearse un mundo interior habitado de liberalizadoras fantasías que hacían su existencia llevadera en la medida de lo posible, y cuando por el ineludible designio del Conde de Olivares su consorte fue nominado Alguacil aquel año, ella encontró una fuente inagotable de morbo y excitabilidad con que saciar las carencias que el reseco páramo de su vida le deparaba, ocupando sus pensamientos y deseos con las ubicuas presencias de los variados "inquilinos" que, semana sí y semana no, se veían obligados por el brazo insoslayable de la justicia a hospedarse en su humilde morada. No era nada extraño, por otra parte, que proliferaran las infidelidades conyugales en estos ambientes impuestos, obligaciones que "desde arriba" venían a romper las costumbres y rutinas de matrimonios por lo general bien avenidos, como tendremos ocasión de comprobar en otro caso concreto más adelante. Considérese que en muchas ocasiones el Alguacil tenía que dejar el hogar y su oficio policial, delegando precariamente en quien podía y se dejaba la custodia de los enrejados, porque las necesidades materiales de sostenimiento de su familia lo obligaban a buscar un jornal, bien segando, bien vendimiando, etc., a veces muy lejos de la Villa, ocasiones que eran aprovechadas por sus medias naranjas para "consolar maternalmente" a algún preso que otro, siempre desde luego bien parecido, con potencia sexual y discreto y fiable.
Mencía se levantó con sumo cuidado, procurando no despertar a su cónyuge. La cadena volvió a tintinear rozando con sus eslabones por los abruptos bordes de la huronera, que todavía no habían sido alisados con la pertinente argamasa desde que abrieron el orificio a principios de enero desencajando a base de escoplo uno de los grandes ladrillos recochos que formaban las paredes de la casuca. Deseaba fervientemente, con todo su corazón, que fuera Juan Sanchez Vanegas el que solicitaba asistencia. Era un hombre atractivo, al contrario que el escuálido y débil ladronzuelo negro. Miró a través de la oscuridad sin decir palabra y abriendo mucho sus bellos ojos, acercando la cara ardiente por la excitación al tosco ventanuco, aspirando la tenue y helada corriente de aire del camaranchón contiguo en ansiosa pesquisa de algún aroma de macho que le hiciese olvidar el ya para ella despreciable y zafio de Bartolomé. Prestó atención. Le parecía oir, entre las ululaciones de las ráfagas de aire sobre tejado y ventanas, el movimiento de un cuerpo humano que se incorporaba. Y cuando sintió una grande y rígida mano posarse sobre su hombro, su corazón sobresaltado la hizo dar un respingo, ahogando a medias un grito de miedo. Era su marido.
El maltrato de género constituía el pan diario para infinidad de mujeres. En casa de Mencía Rodriguez no había ninguna excepción a la regla. Pero este año, con la publicidad que el alguacilazgo les proporcionaba, su marido parecía más comedido, más temeroso al escándalo, máxime cuando había presos pared por medio; pese a todo ello Mencía temió ser golpeada en aquel momento. Ante el gesto interrogatorio de su hombre se explicó todo lo claramente que pudo, y Bartolomé, refunfuñando como un pitecántropo incrédulo, púsose alguna ropa de calle y se dirigió al calabozo. El viento había cesado por un momento, y la lluvia, intermitente, apenas producía sonido alguno.
Juan Sanchez Vanegas dormía apaciblemente, bien abrigado, sobre una tarima en la que habían colocado sus allegados un colchón. Era el joven paria el que requería asistencia. Dijo necesitar ir a hacer cámaras y el Alguacil lo creyó, y estuvo dispuesto a llevarlo hasta el fondo del corralito donde, en un foso usado como estercolero, solían regir el vientre todos, presos y cancerberos. A pesar de su mal humor y de lo intempestivo de la hora, Bartolomé no opuso objeción alguna porque era una de sus obligaciones más principales y señaladas, y su incumplimiento le hubiera reportado un rechazo generalizado en el caso de que por su desidia algún preso se viera compelido a satisfacer las exigencias de su organismo zurrándose sobre sí mismo, encadenado en la casa donde habitaban él y su familia.
Aquellos días la luna comenzó a menguar después de mostrarse esplendorosa en su plenitud, y con el fondo de una límpida negrura, aureolada de nubarrones de plata y plomo llenos de luz todavía causaba impresión, con su belleza enigmática reflejándose en el paisaje empapado por el agua caída, en los charcos y chorros de cristal. El carcelero aprovechó el claro y murmurando denuestos y anatemas liberó al muchacho de la ensambladura lignaria que sujetaba sus extremidades inferiores y lo condujo engarzado con uno de los rosarios reforzados de malletes sujetándole el aro del cuello hacia el estercolero. Antón supo disimular muy bien mientras su guardián esperaba discretamente distanciado y pudorosamente vuelto de espaldas, y agarró al acuclillarse un pesado chinarro redondeado, liso y grueso como un huevo de pava, el cual con gran sigilo ocultó bajo el brazo en la axila, cubierto con la camisa. Bartolomé no se apercibió de nada extraño, y devolvió al muchacho al cepo con prisa, pensando en la cama caliente que le aguardaba y en las horas de sueño que todavía le quedaban por disfrutar. Debió cerrar con las chavetas los grillos que Francisco de Aguilar había ordenado colocar al preso superpuestos a los que ya traía desde que escapó, y pasar las correspondientes cadenas por los peales, pero había dejado de hacerlo días antes, por pura comodidad, y ahora por ganarle tiempo al sueño se limitó a cerrar la tosca tijera de madera sobre las delgadas pantorrillas de ébano, introduciendo la cadena principal por el hueco y avisando a su mujer con voz aguardentosa para que la fijara con el candado a la argolla.
Nunca pudo sospechar que mientras cerraba el pesado cepo, Antón, con suma habilidad, había colocado el canto rodado a modo de cuña, haciendo así que los dos maderos no encajaran con exactitud y le posibilitaran, pasado un rato y cuando oyó de nuevo los ronquidos del Alguacil y sintió que en la casa se volvía a sedimentar el sosiego que aquellas horas hipnóticas dictaban, sacar con toda facilidad los pies de los agujeros y quedar libre para volver a emprender una huida que venía planeando al milímetro desde muchos días antes.

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