viernes, 25 de diciembre de 2009

Los esclavos 78

Eran más de las dos de la madrugada. Juan Sanchez Vanegas en su plácido dormir se removió conturbado un momento, mientras Antón decidía, esplendente por la luz de luna que se difundía en la estancia desde el ventanuco superior, sobre los pasos a seguir. Tenía pensado marchar directamente a Sevilla, entre cuyas aglomeraciones y escondrijos podía pasar desapercibido.
Cuando a Vanegas se le informó a la mañana siguiente de lo acontecido, por uno de esos tan raros como inusitados entrecruzamientos de realidad y sueño que en ocasiones se producen, quedó confuso y desconcertado en tal grado y manera que siempre en adelante vivió con la duda en tanto recordaba su estancia en el calabozo; nunca supo si había visto realmente, en una duermevela instantánea, al negro recién liberado de su cepo, o si Morfeo con alguna trapacería lo había engañado insuflándole en la cabeza dormida una porción de realidad, pero al despertarse y recapitular memoró con toda claridad una figura semihumana, plateada y de fúlgidos ojos, que se movía como flotando en la habitación y que se inclinó sobre él, casi quemándole con las ardientes pupilas; era en su mente Antón.
Antón pensaba con la velocidad del rayo, desentendiéndose a duras penas de los ronquidos del Alguacil, que por el agujero se dejaban oir diáfanos. Entonces, sobresaltado, escuchó una hablilla cuchicheante de palabras: Juan Sánchez Vanegas parecía bisbisear algo entre dientes y se acercó a su yacija dispuesto a todo, pero su compañero de presidio no se movió más. En un rincón al otro extremo, junto a la puerta, colgaban de una escarpia a media altura dos talabartes de cuero claro, gemelos, que contenían un cuchillo y una daga. Pertenecían al durmiente, al cual se le había permitido tenerlos a mano, tal era la confianza que inspiraba a las autoridades. El esclavo los descolgó y se los puso a la cintura, uno a cada lado. De inmediato se sintió como si nada ni nadie pudiera interponérsele. El universo era suyo, se había convertido en un dios. Envalentonado con su armamento, salió a un angosto pasillo, al cual se abría la habitación del matrimonio.
Hizo girar la vieja puerta con precaución. Buscaba objetos de más valor, que le facilitaran su estancia en Sevilla. Pensó acabar con los durmientes cercenándoles los cuellos con sus armas, pero no pasó de ahí. En el dormitorio había más claridad, merced a una ventana de regular tamaño, y pudo orientarse con precisión. Sobre un arca descansaban unas alforjas de cordel trenzado, idóneo artículo para llevar todo lo que, esperaba, encontraría en el registro de la casa. Por de pronto la suerte le sonrió, ya que en el interior de las árguenas había una bolsita de lona con doce maravedíes. Abrió el arca lentamente, y extrajo de ella una gavana de paño* y unos zapatos de piel de becerro, y decidió no arriesgar más y desaparecer cuanto antes de allí, pero su estómago le envió una racha de urgentes señales, y se encaminó a la cocina. Un gato gris plomo sobre las losas del horno, al calor de las moribundas ascuas que calentaron la cena, maulló mirándolo con bondadosa expresión. De un hueco de obra que hacía de minúscula despensa extrajo media hogaza de pan que Mencía reservaba para el desayuno, y al fondo bajo un trapo inmaculadamente blanco descubrió una espicha de sardinas** arenques, idóneo y energético manjar para empezar la nueva etapa de su vida festejando la recobrada libertad.
Más corriendo que caminando hizo el trayecto a Sevilla, para su fortuna sin tropiezo alguno con nadie. Y por la mañana se perdió en el trajín y el hormigueo de gentes pugnando por transitar en las estrechas y tortuosas vías de los distritos comerciales. Fué en busca de sus amistades. Al primero que visitó fue a un mulato horro, hombre entrado en años, parsimonioso y lleno de filosofía de la vida, que trabajaba en un horno de hacer pan y bizcocho para los marineros, en la collación de San Marcos, en un semisótano de la plaza del Herrador. Lo atendieron bien allí, y a cambio del empeño de la daga recibió una ración de bizcocho recién hecho, que aceptó encantado porque ya había dado cuenta por el camino del medio pan robado al Alguacil castillejero. Deambuló con disimulo por la calle de Génova y la de Los Alemanes, alrededor de la Catedral, a la expectativa de conseguir algún trabajo discreto, e incluso sospesó la posibilidad de embarcarse como grumete en cualquier navío.
Pero Antón no tuvo suerte. No pasaron más de cuarenta y ocho horas cuando fue reconocido, muy temprano y precisamente en el puerto junto al Puente de Barcas, por un pescador trianero que vendía en Castilleja sus capturas, el cual puso sobreaviso poco después a las autoridades del pueblo. No tuvieron Bartolomé y sus ayudantes que esforzarse mucho ya que lo cazaron prácticamente en el mismo lugar donde lo encontró el pescadero, y se lo trajeron al pueblo la misma mañana.

* Gavana, por gaván, hoy gabán: Capote cerrado con mangas y capilla, del qual usa la gente que anda en el campo y los caminantes; y algunos en la ciudad se sirven dellos por ropa de casa. Pudo ser tomassen el nombre de los gavales o gavachos, aunque agora éstos traen unas capas que llaman gasconas, y porque puesta la capilla la llevan empinada y alta, pudo traer origen de la palabra hebrea gavah, que vale empinamiento y cosa alta. Sebastián de Covarrubias. Tesoro.

** Espicha de sardinas, en los originales autos del pleito. Parece otra de esas "joyas del habla" que son los localismos, términos del vocabulario más original y cercano a la sociedad, verdaderas marcas identitarias de los grupos y de los tiempos en que éstos se desarrollan. Corominas profundiza en el verbo "espichar", y cita a Antonio Alcalá Venceslada, quien dice que espicha es espetón (conjunto de sardinas atravesadas por una caña, que se asan) para la moraga (Andalucía, acto de asar con fuego de leña y al aire libre frutas secas, sardinas u otros peces. RAE) de sardinas. Vocabulario Andaluz.

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