lunes, 28 de diciembre de 2009

Los esclavos 79

En los días siguientes Juan de Vega, apoderado de María Rodriguez y a través de ella de Pedro de Cifontes, pidió al Alcalde Francisco de Aguilar que le mandase dar los bienes robados, inventariados según la relación que de ellos hizo la propia María Rodriguez. Dijo además Juan al Alcalde que no quería acusar al joven, sino que quería solamente los bienes en nombre de su parte, y Francisco de Aguilar le exigió información que demostrara que los dichos bienes pertenecían a su representada María. Juan de Vega respondió que él no tenía información alguna que dar, puesto que el hurto se cometió en campo yermo donde no habitaba gente alguna, y pidió al Alcalde que, en base a ello, proveyera justicia. El Alcalde insistió en que presentase testigos. Juan de Vega preparó su probanza y presentó por testigo precisamente a Pedro de Cifontes, el cual, bajo juramento, dijo que era de Sevilla, que tenía hacienda en Castilleja y en Pero Mingo; reconoció que María Rodriguez era su casera, y cuando les fueron mostrados los bienes hurtados —recuérdese que los tenía en depósito el Alguacil Bartolomé Moreno—, aseguró que pertenecían a dicha su casera María; dijo que un día después del de el hurto fue a su heredad de Carmona y se encontró con todos los candados de las puertas rotos, afirmación que parece exagerada; contó que dos de sus criados le dijeron que Antón había estado merodeando por allí, y añadió que sabe que el esclavo del bodeguero Benito Sanchez es un gran ladrón, con fama de ello en toda la comarca, aseveración que no parece digna de crédito ya que resulta dudoso que el hacendado lo conociera en ese sentido; no debemos olvidar que Antón tenía contactos en la propia hacienda de Castilleja, y si tenía tan mala fama poco le hubiera costado al hacendado prohibirle que la frecuentase . Tenía Pedro de Cifontes a la sazón 45 años, y a juzgar por su firma, era hombre culto e instruido. Como vemos, aporta la prueba incriminatoria de que "sus criados lo vieron merodeando por allí", refiriéndose a Pero Mingo.
El sábado 21 de mayo de 1558 dispuso el Alcalde de la Santa Hermandad Francisco de Aguilar que los bienes quedaran en depósito de Pedro de Cifontes, cediendo descaradamente ante el poderío y la presión del rico terrateniente, quien se obligó bajo las penas de los depositarios; obligación que consistía principalmente en tener el depósito a disposición del juez que entendiese de la causa. Fueron testigos Salvador Perez, Bartolomé Moreno el Alguacil, Francisco Ruiz y Juan Sanchez Vanegas todavía en la Cárcel, vecinos de Castilleja, y el mercader Hernando Jayán, vecino de Sevilla.
El miércoles 25 de mayo Francisco de Aguilar fue a visitar la Cárcel, y en la consideración de que Antón no tenía quien respondiera por él nombró como tal a quien tuvo más a mano: a Juan Sanchez Vanegas. Una vez aceptado el cargo de defensor, aceptación acaso instada por imperativos legales ya que pocos días atrás el que ahora debía proteger le había robado su cuchillo y su daga, se les leyeron los autos, ratificándose ambos en la anterior confesión del defendido, el cual a la pregunta de si tenía algo nuevo que añadir o si había robado alguna cosa más, dijo que en Pero Mingo robó además un queso, unas tijeras, una canastilla con diez huevos, una hogaza, un cuchillo, una camisa bordada en negro y una cobija de paño colorado, todo lo cual lo tenía en un horno de poya* junto a San Marcos.
Este añadido a su declaración nos da más detalles de las peripecias del negro la noche de su vuelta de Carmona cargado con el hato, y añade coherencia al hecho de que cuando se escapó de la Cárcel de Castilleja volviera al horno de poya sevillano, donde tenía amigos; como vimos en "Los esclavos 66", entrada de julio de 2009, aquella noche lluviosa al llegar a Sevilla, y según estos nuevos datos, el joven negro presumiblemente fue al horno de San Marcos, funcionando como tal desde altas horas, donde tuvo oportunidad de secar sus ropas y recuperar fuerzas auxiliado por "el mulato horro", quien recibió los artículos ahora declarados, y fue al amanecer cuando siguió su camino hacia el cebadal de la Vega donde estuvo escondido todo el día.

* Horno de poya. De los varios tipos de hornos, el de base cuadrangular, de la que Corominas deriva poyo y poya. Estas bases eran formadas con losas refractarias, y sobre ellas se asentaban las "capillas" o cubiertas de las cámaras de cocción, levantadas con ladrillos de adobe. Se solía dejar bajo el poyo o base un habitáculo para almacenar leña, víveres o herramientas, y en nuestro caso muy bien pudo servir para esconder los objetos que trajo Antón de Pero Mingo. Todavía quedan restos ruinosos de aquellos hornos diseminados por la geografía peninsular. Con la expresión "horno de poya" vino a nombrarse el horno público cuya utilización y servicio de los horneros pagaban los particulares con masa de pan.
Etimologías más populares y menos autorizadas nos hablan de "la poya" como el pellizco o pegote que las amas de casa separaban de la masa principal antes de llevarla a la cochura en el horno público, porciones que juntas daban el material para formar el "pan de las ánimas", el cual se consumía en comunidad o se rifaba para sufragar gastos parroquiales, oficios religiosos o deudas de hermandad. Conllevaba esta costumbre una serie de supersticiones basadas en la ignorancia de comadres aduladoras de la jerarquía dispensadora de trascendencias, como la de marcar la masa con una señal de la cruz, o la de rezar entre persignaciones mientras se mezclaba a brazo partido la harina, la levadura y el agua que habrían de servir de base alimenticia para las familias, en —comedias de comedia— un simulacro doméstico del otro teatral que se efectúa en la misa convirtiendo pan en el cuerpo de Cristo.
Otra versión del origen de "poya": era como nombraban a una barra de hierro que servía para medir la cantidad de masa que correspondía al hornero por su trabajo, merced a unas muescas en ella que leían la proporción correspondiente conforme a la que se fuera a cocer.
Para evitar confusiones, cada usuaria marcaba sus panes con una señal característica y personal, reconocida por todos.
Y para cerrar la digresión, un refrán, aplicado a los glotones: "Comer más que la poya de siete hornos".

No hay comentarios:

Notas varias, 3i.

Juan de Vidales, defensor de Bienes de difuntos, por los del doctor Francisco Ortiz Navarrete, difunto, en la causa con el bachiller S...