lunes, 6 de diciembre de 2010

Los esclavos 82z

En el presente y siguiente capítulos por fin intentaremos recortar todos los flecos de esta desordenada biografía de Cifontes, más sugerida que realizada; añadir algunos datos aislados y acaso no firmemente conectados a su agitada vida; y anotar varias preguntas que, a modo de testimonio, quedarán abiertas en espera de alguna contestación que en el futuro encaje en ellas.
Nadie como el tratante en pieles y badanas para describir los hechos y circunstancias que rodearon el naufragio donde pereció don Pedro de Heredia, habida cuenta de que Cifontes dispuso de informantes presenciales, que serían oídos por él con especial atención dado el interés personal que tenía en todo lo tocante al ahogado Gobernador de Cartagena de Indias. Pero en estos últimos días hemos accedido a un cuadro vivísimo de aquella tragedia, que de la mano del profesor Pablo Emilio Perez-Mallaína Bueno ("El hombre frente al mar: naúfragos en la Carrera de Indias durante los siglos XVI y XVII". Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 1996), cobra amplios y ricos matices. Procedamos a comentarlo, sin minusvalorar, decíamos, el relato que recogió meticulosamente Salvador Perez de boca del anciano mercader, pero recordemos antes de estudiar a Perez-Mallaína lo apuntado en "Los esclavos 82x" (julio de 2010), donde se puede comprobar alguna disparidad de fechas con respecto a las que proporciona el autor de "El hombre frente al mar". Según él, era invierno, en enero de 1555, cuando el resto de la flota de Cosme Rodriguez Farfán, de regreso de Indias, alcanzaba a la vista la desembocadura del Guadalquivir en Sanlúcar de Barrameda, río que les conduciría a Sevilla. El resto de la flota porque se habían perdido en el viaje, debido a las tormentas oceánicas, tres navíos: la nao "Gallega", el galeón "San Andrés", y la nao "Bretendona". Convertida en capitana la nao "Santa Cruz" por el hundimiento de las anteriores, un tremendo temporal del noroeste empujó con fuerza irresistible al convoy hacia la costa gaditana y el Mediterráneo, y Farfán optó por fondear a la altura de Zahara de los Atunes mientras el tiempo se estabilizaba. Medida que tranquilizó a los importantes aunque inexpertos pasajeros, entre los que se contaban Sancho Clavijo, antiguo gobernador de Tierra Firme, dos oidores de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá, y nuestro desnapiado fundador de Cartagena de Indias Pedro de Heredia. Y eran inexpertos porque pensaban que la suave línea de costa arenosa de Zahara les brindaba la mayor seguridad, y que los doscientos metros que los separaban de ella eran fácilmente salvables. Cualquier entendido en la materia sabía que, dadas las condiciones del mar, aquello era una trampa mortal. Acaso Farfán no contaba con que, cuando el primer bote con el impacto de una ola dio una voltereta y se fue a pique con una docena de tripulantes, el resto de los pasajeros perdiera el control y formara una revuelta caótica, en la que se mezclaban con la gritería y las imprecaciones los aullidos del ventarrón y el bramar del oleaje, como si los elementos de la naturaleza se escandalizaran por las actitudes de los hombres, los más de los cuales no razonaban en aquella dramática tesitura. Citado por López-Mallaína, Juan Escalante de Mendoza en 1575 ("Itinerario de navegación de los mares y tierras occidentales") hablaba de más de 200 ahogados, debido a que apenas alguno sabía nadar, a haberse lanzado a las aguas con todos los tesoros y mercancías que pudieron cargar, y a que en aquellos momentos de marea menguante una fuerte corriente los empujaba mar adentro. Era la tarde del 22 de enero de 1555.


Pedro de Cifontes había estado pendiente de la tormenta durante toda la tarde que duró. Desde el piso alto de su mansión podía divisar en los días despejados la cinta oscura de Sierra Morena al norte, asomado a las ventanas que daban a la Calle Real —ahora un río tras las fuertes lluvias—, y por las opuestas, hacia los campos de Tomares, los picachos azules en la lejanía del nudo de confluencia, ya en la provincia de Cádiz, donde se encuentran y funden el Sistema Bético y el Penibético. Recordó los relámpagos, los truenos y los rayos, y las fantasmagóricas instantáneas de esta última serranía gaditana, desde cuyas cumbres se podían ver con toda claridad —él mismo lo había comprobado en sus viajes— el Atlántico y el Mediterráneo. Con la mirada llena de tristeza evocó la tragedia de la flota de Cosme Farfán y la desaparición de su encarnizado enemigo el Gobernador de Cartagena de Indias aquel enero de 1555. Sintió una arrasadora melancolía, y a pesar de que, faltando poco para la puesta del sol, la tarde había adquirido una luminosidad pura, plena de suaves colores inocentes que suscitaban inmensa ternura, y el aire era sedoso y diáfano como el alma de un infante, le embargó el ánimo un agudo hastío de vivir, y renqueando y ajeno al deleite irreal del sol que moría sobre los tejados, se retiró hacia la chimenea recientemente encendida por un criado, a esperar que la capa de olvido de la noche efectuara su envolvente y silenciosa caída sobre Castilleja de la Cuesta.

Pensó que las personas son irremisiblemente malas. Había tenido tratos comerciales con gentes de Veger de la Frontera y conocía la localidad, por lo que no se extrañó cuando supo que los que saquearon a los escasos naúfragos que lograron llegar a tierra fueron vegeriegos, así como tarifeños, encandilados desde muchas generaciones atrás con la fama que arrastraban los galeones, de bodegas repletas de incontables riquezas.
Ahora, con la frialdad de la distancia temporal, Cifontes justificaba, o al menos comprendía, a las autoridades de ambas poblaciones, las cuales se habían sumado a las hordas que, una vez al tanto de la catástrofe, se dirigieron hacia la playa desafiando el barro de los caminos, intransitables tras las recientes lluvias. Los alcaldes de Tarifa y Veger no se atrevieron a enfrentarse a las masas de jornaleros hambrientos, muchos de los cuales no dudaban en acuchillar a los indianos empapados y al borde del agotamiento —aunque transportando joyas y objetos de oro, así como dinero— con los que se encontraban en los alrededores. Al final, optando por el mal menor, los dichos alcaldes participaban también en el despojo, considerando que a aquellas alturas ya nada tenían que perder. Acaso Pedro de Heredia terminó sus días así, degollado como un cerdo —o más propiamente como un atún rojo— por algún labriego mientras defendía sus bolsas de pesos y ducados y sus estatuillas indias de oro, revolcándose en el cieno de alguna hijuela, acosado por las manos callosas de sus atacantes que le arrancaban a jirones su lujoso vestido.
Esta inhumana actitud de los despiadados gaditanos la hace estribar el profesor Lopez-Mallaína en la influencia de las vecinas almadrabas, que constituían una importante industria hacia la cual convergía a lo largo de todo el año una abundante mano de obra, de bajísima cualificación, procedente de todo el territorio peninsular. El trabajo eventual, y las largas esperas mientras los cardúmenes de atunes se aproximaban desde el Círculo Polar Ártico hasta el Mediterráneo en primavera, con tahúres y prostitutas amenizando las horas muertas en la playa, acarreaban disputas y riñas, todo ello sazonado con el vino y el juego, el dinero fácil y la vida al día, como muy bien hizo notar posteriormente la pluma de Miguel de Cervantes en su novela "La ilustre fregona", al parecer escrita en el castillo de Zahara de los Atunes, en la que refiriéndose a un vagabundo llamado Carriazo dice:
Pasó por todos los grados de pícaro hasta que se graduó de maestro en las almadrabas1 de Zahara, donde es el finibusterrae de la picaresca.
¡Oh pícaros de cocina, sucios, gordos y lucios; pobres fingidos, tullidos falsos, cicateruelos de Zocodover y de la plaza de Madrid, vistosos oracioneros, esportilleros de Sevilla, mandilejos de la hampa, con toda la caterva inumerable que se encierra debajo deste nombre pícaro!, bajad el toldo, amainad el brío, no os llaméis pícaros si no habéis cursado dos cursos en la academia de la pesca de los atunes. ¡Allí, allí, que está en su centro el trabajo junto con la poltronería! Allí está la suciedad limpia, la gordura rolliza, la hambre prompta, la hartura abundante, sin disfraz el vicio, el juego siempre, las pendencias por momentos, las muertes por puntos, las pullas a cada paso, los bailes como en bodas, las seguidillas como en estampa, los romances con estribos, la poesía sin acciones. Aquí se canta, allí se reniega, acullá se riñe, acá se juega, y por todo se hurta. Allí campea la libertad y luce el trabajo; allí van o envían muchos padres principales a buscar a sus hijos y los hallan; y tanto sienten sacarlos de aquella vida como si los llevaran a dar la muerte.
Pero toda esta dulzura que he pintado tiene un amargo acíbar que la amarga, y es no poder dormir sueño seguro, sin el temor de que en un instante los trasladan de Zahara a Berbería. Por esto, las noches se recogen a unas torres de la marina2, y tienen sus atajadores y centinelas, en confianza de cuyos ojos cierran ellos los suyos, puesto que tal vez ha sucedido que centinelas y atajadores, pícaros, mayorales, barcos y redes, con toda la turbamulta que allí se ocupa, han anochecido en España y amanecido en Tetuán.

1.- Almadraba. Almadraba en castellano, almadrav/ba en portugués y almadrag/va en catalán, con la variante mallorquina aumadrava: del andalusí almadrába, nombre de lugar de la raíz {drb}, con el sentido de "lugar donde se lucha o golpea". Diccionario de arabismos. Federico Corriente. Gredos 1999.

Dirigía la almadraba un capitán y un justicia mayor con sus oficiales. Se encontraban al frente de un grupo de fascinerosos, fugitivos y perseguidos de la justicia, que preferían soportar el duro trabajo de la almadraba y correr el riesgo de ser apresado por los piratas, antes de caer en manos de la justicia. Eran los almadraberos "pícaros", pendencieros, jugadores, ladrones.., gente sin escrúpulos que vivían de los pocos ducados que les pagaba el Duque de Medina Sidonia y del robo; no importándoles ser apresados para ser vendidos como esclavos en las plazas africanas. (www.casazahara.com).

La pesca del atún proporcionaba una ingente cantidad de beneficios al Duque, aproximadamente ochenta mil pesos y daba trabajo a unas 1.500 personas. De las cuales la mayoría estaba formada por gran cantidad de filibusteros, pícaros, condenados a galeras y gentes de mal vivir; que huyendo de la justicia, se enrolaban en las filas de la almadraba.
Alrededor de la Almadraba de Zahara de los Atunes, a cuyo frente había un capitán y un justicia mayor, se reunía gran cantidad de armadores, carboneros, taberneros, alguaciles, barqueros, candeleros, esclavos, que hacían que el pequeño pueblo bulliera por el negocio del atún. (www.zaharadirect.com)


2.- Torres que además tenían como finalidad la vigilancia de la entrada de los atunes hacia el Estrecho de Gibraltar. Desde alguna de ellas probablemente divisaron los pescadores el naufragio de la flota de Indias.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Los esclavos 82y

La referida en el anterior capítulo como autora de "Pedro de Heredia y Cartagena de Indias" Maria del Carmen Gómez Pérez muestra una lista con los nombres de los saqueadores de las tumbas del Sinú, embarcados en la "Santa María la Blanca" de Pedro de Cifontes. Teniendo en cuenta que había cierta reticencia en enrolar andaluces en las naos, debido a que consideraban los armadores y maestres que el carácter del hombre del sur hispano era conflictivo y dado a pendencias, amén de indolente y enemigo del trabajo, cabe suponer que la mayoría de estos soldados marineros eran foráneos, como en efecto lo eran, según vamos a ver.
Dice la profesora María del Carmen: "La cuarta y última hueste fue la capitaneada por Rodrigo Durán (ver "Los esclavos 82q" mayo de 2010), futuro contador de la gobernación. Dicha hueste partió de Sanlúcar de Barrameda en julio de 1534, llegando a la misma en el mes de noviembre. El número de los que vinieron nos lo da a conocer el mismo Rodrigo Durán: "Digo que con licencia de Su Majestad yo hice en los reinos de Castilla 265 hombres de guerra para que viniesen a poblar y a conquistar y para traerlos, me concerté con Pedro de Cifuentes, vecino de Sevilla, para que me diese navíos y bastimentos, el cual me dió dos navíos, el uno llamado Santa María la Blanca y el otro llamado la Magdalena, en los cuales vinieron 215 hombres y en el de Cifuentes 50"".
Apunta la profesora que el número dado por Durán no parece exacto, porque Pedro de Heredia en carta a Su Majestad cifra en 300 los traídos por el contador en un primer viaje, y en otros 100 en un segunto, y sugiere que "esto nos pone en la línea de ocultación ilegal de pasajeros, tan frecuente en todos los viajes a Indias que, en este caso, parece ser patente".
A continuación transcribimos la relación:

1. Juan de Aguilar: hijo de Alonso de Aguilar y de María de Aguilar, natural de Frómista.
2. Pedro de Aguilar: hijo de Francisco de Espinosa y de María de Aguilar, natural de Zamora.
3. Lope de Aguirre, hidaldo, natural de Guipúzcoa.
4. Rodrigo Alonso: hijo de Diego Alonso y de Inés Alonso, natural de la tierra de Montánchez.
5. Juan de Angulo: hijo del licenciado Ramírez y de Inés Angulo, natural de Illescas.
6. Francisco Álvarez: hijo de Alonso Gómez y de Elvira Sánchez, natural de Sevilla.
7. Hernando de Ávila: hijo de Diego de Ávila y de Catalina Ruiz, natural de Torrijos.
8. Antonio de Ávila: hijo de Juan de San Pedro y de Inés de Ávila, natural de la Puebla de Montalván.
9. Alonso de Ávila: hijo de García de Ávila y de Inés Gonzalez, natural de Toledo.
10. Alonso de Barrionuevo: hijo de Cristóbal Ramírez y de María de Barrionuevo, natural de Soria.
11. Diego de la Bastida: hijo de Melchor de la Bastida y de Catalina Páez, natural de Guadalajara.
12. Andrés Bayzán: hijo de Diego Bayzán y de Catalina González, natural de Aller, en el principado de Asturias.
13. Antonio Bermúdez: hijo de Pedro Bermúdez de Frías y de Catalina Florana, natural de Monterroso.
14. Cosme de Borgoña: hijo de Enrique de Borgoña y de Elena Sánchez, natural de Valladolid.
15. Fernán Bravo: hijo de Juan Bravo y de María de Lanzarote, natural de Astudillo.
16. Sebastián de Buendía: hijo de Gil Villafranca y de Isabel de Buendía, natural de Buendía.
17. Francisco de Cabrera: hijo de Juan de Salamanca y de María de Cabrera, natural de Salamanca.
18. Francisco de Campo: hijo de Bernardo de Campo y de Francisca Alonso, natural de Zamora.
19. Juan de Campo.
20. Hernán Cano: hijo de Alonso Cano y de Beatriz González, natural de Alcaraz.
21. Gutiérrez de Cárdenas: natural de Valladolid.
22. Lorenzo de Cárdenas: natural de Valladolid, hermano del anterior.
23. Juan de Carrión: hijo de Antón de Bedoya y de María Álvarez, natural de Carrión de los Condes.
24. Sebastián de Carrión: hijo de Alonso de Cuéllar y de María de Carrión, natural de Salamanca.
25. Francisco Carrillo: hijo de Juan de Carrillo y de María de Carranza, natural de Toledo.
26. Hernando de las Casas.
27. Pedro del Castillo: hijo de García del Castillo y de Juana Mores, natural de Tudela.
28. Juan de Castuera: natural de Zarza de Montánchez.
29. Pedro de Castro: natural de León.
30. Luis de la Cerda: hijo de Pedro de la Cerda y de Juana Torres, natural de Málaga.
31. Francisco Cerrajero: hijo de Juan Cerrajero y de Inés González, natural de Zorita de la Frontera.
32. Pedro Cidarroncha: hijo de Juan de Cidarroncha y de Juana Gómez, natural de Olmedo.
33. Pedro Cieza de León*: natural de Baños de Llerena.
34. Juan Colchero: hijo de Alonso Yáñez Colchero y de Mari Lorenza, natural de Alburquerque.
35. Alonso de Consuegra: hijo de Martín de Ledesma y de María (no se cita el apellido), natural de Alcalá de Guadaira.
36. Gregorio de Contreras: hijo de Juan de Contreras y de Francisca Velázquez, natural de Segovia.
37. Nicolás de Córdoba: hijo de Diego Cabrera y de Catalina Hernández, natural de Agudo.
38. Francisco Corea: hijo de Francisco Corea y de Catalina Corea, natural de Tuy.
39. Hernando de Cornejo: hijo de Cristóbal de Piña y de Elena Rodríguez, natural de Salamanca.
40. Bartolomé Corredor: hijo de Catalina Sánchez, natural de Casas Buenas.
41. Agustín Crespo: hijo de Pedro Crespo y de Catalina Jiménez, natural de Astudillo.
42. Gómez de Cháves: hijo de Juan de Cháves y de Beatriz de Herrera, natural de Málaga.
43. Pedro Díaz Martel.
44. Fernando Díaz: hijo de Francisco Durena y de Isabel Díaz, natural de Alcalá de Guadaira, 12 años.
45. Gonzalo Díaz: hijo de Juan de San Miguel y de doña Guiomar Nieto, natural de la Tierra de Ledesma.
46. Fernando Durra: hijo de Fernando Durra y de Catalina de Salmas, natural de Salinas de Morreal (Navarra).
47. Juan Alonso de Escobedo: hijo de Rodrigo Alonso de Luque y de María Jiménez, natural de Plasencia.
48. Francisco Escudero: hijo de Juan de Escudero y de Catalina Escudera, natural de Baltanás (Merindad del Cerrato).
49. Lorenzo de Estopiñán: natural de Cáceres.
50. Gerardo de Estopiñán: hermano del anterior, natural de Cáceres.
51. Juan de Espinosa: natural de Guadalajara.
52. Jerónimo Farfán: hijo de Juan de Torres Farfán y de Luisa de Malaver, natural de Sevilla.
53. Juan Ferrer Catalán: natural de Mallorca.
54. Melchor de Figueroa: hijo de Juan de Nureña y de Elvira de Estrada, natural de León.
55. Alonso de Flores: hijo de Alonso Mato y de Juana, natural de Fromista.
56. Juan de la Fuente: hijo de Rodrigo Tristán y de Isabel de la Fuente, natural de Alcázar de Consuegra.
57. Juan Galdón: hijo de Juan Galdón y de María Sánchez Cabezuela, natural de Gamuza.
59. Alonso Garabito: hijo de Alonso Garabito, natural de Valladolid.
60. Lope de Garay: hijo de Lope de Garay y de María Zanz, natural de Valladolid.
61. Pedro García: hijo de Martín García y de María García, natural de Nieva (Logroño).
62. Juan García: hijo de Jaime Ferrer y de Juana Benavella, natural de Mallorca.
63. Juan García Cabezón: hijo de Juan García y de María Cabezón, natural de Tierra de Campos.
64. Pedro Gervás: hijo de Pedro de Gervás y de María de Velasco, natural de Zaratán.
65. Gómez de Carvajal: hijo de Gómez de Mediana y de Francisca González, natural de Segovia.
66. Juan González: hijo de Juan González y de Isabel Pérez, natural de Espinosa de los Monteros.
67. Cristóbal Guisado: natural de Villanueva de la Serena.
68. Sebastián Gutiérrez: hijo de Fernando Santori y de Isabel Galván, natural de Valladolid.
69. Gutiérrez de Cárdenas: hijo del licenciado Cárdenas y de Francisca de Bracamonte, natural de Medina del Campo.
70. Juan Gutiérrez: hijo de Francisco Gutiérrez y de Leonor Gutiérrez, natural de León.
71. Alonso Gutiérrez: hijo de Francisco Gutiérrez y de Mencía de Espinosa, natural de Salamanca.
72. Cristóbal Gutiérrez: natural de Salamanca, hermano del anterior.
73. Diego Gutiérrez: natural de Salamanca, hermano de los anteriores.
74. Bernal Hernández: hijo de Luis Hernández y de Violante Gómez, natural de Peñafiel.
75. Pedro Hernández de Peñalosa: hijo de Francisco Maestro y de Isabel González, natural de Sevilla.
76. Damián Hernández: hijo de Rodrigo Alonso y de María de Medina, natural de Ocaña.
77. Francisco de la Huerta: natural de Hornachos.
78. Juan Laso: hijo de Cristóbal Laso y de Catalina Prieta, natural de Medina de Río Seco, 23 años.
79. Jerónimo de Lázaro: hijo de Benito de Lázaro y de Catalina Rodríguez, natural de Olmedo.
80. Francisco de Ledesma: hijo de Pedro de Ledesma y de Catalina Suárez, natural de Zamora.
81. Pedro López Patiño: hijo de Gabriel López y de Catalina Patiño, natural de Haro.
82. Cristóbal López: hijo de Pedro Gallego y de Catalina Sañuda, natural de Hita (Guadalajara).
83. Sebastián López: hijo de Juan López y de Leonor López, natural de Torrejón de Velasco (Madrid).
84. Diego López: hijo de Alonso de Alcalá y de María Díaz, natural de Toledo.
85. Cristóbal López: hijo de Cristóbal y de Elvira Martínez, natural de Villa Palacios.
86. Bartolomé de Lorca: hijo de Alonso Hernández y de Isabel Hernández, natural de Peñaflor.
87. Sancho de Lugones: hijo de Luis de la Peña y de Isabel de Lugones, natural de la Tierra de Ledesma.
88. Juan de Lugones: hijo de Román Pacheco y de Mayor de Montiel.
89. Tristán Llorente: hijo de Juan Calvo y de Brígida (no se cita el apellido), natural de Valladolid.
90. Pedro Llorente: natural de Valladolid, hermano del anterior.
91. Francisco Macizo: hijo de Pedro de Macizo y de Leonor de Vega, natural de Fromista.
92. Pedro de Madaz: hijo de Juan Pardo y de Beatriz González, natural de León.
93. Baltasar Maldonado: hijo de Alonso Maldonado y de María Álvarez de Contreras, natural de Coria de Galisteo.
94. Lope Márquez: hijo de Francisco de Córdoba y de Ana Márquez, natural de Lepe.
95. Pedro Martín: hijo de García Martín y de Catalina Martín, natural de Ortigosa de los Cameros.
96. Gonzalo de Medina: hijo de Diego Sañudo y de Guiomar Pérez, natural de Hita.
97. Fernando de Medina.
98. Pedro de Mendieta: hijo de Pedro Pérez de Mendieta y de María de Salvatierra, natural de Vitoria.
99. Francisco de Mendoza: hijo de Francisco de Mendoza y de Isabel Gómez, natural de Toro.
100. Alvaro de Mendoza: natural de Don Benito (Badajoz).
101. Lorenzo Merino: hijo de Diego Merino y de Catalina Jiménez, natural de Sevilla.
102. Felipe de Miranda: hijo de Rodrigo de Miranda y de María, natural de Medina del Campo.
103. Luis de Miranda: natural de Salamanca.
104. Felipe de Miranda: hijo de Antonio de Miranda y de Isabel Calderón, natural de Almenara.
105. Alonso de Molina: hijo de Sebastián de Molina y de Elvira López, natural de Alcaraz.
106. Pedro de Monroy: hijo de Juan de Monroy y de Catalina Suárez, natural de Zamora.
107. Juan Montero: hijo de Nicolás Montero y de Catalina, natural de Villacastín.
108. Alonso de Morales: hijo de Antón de Ledesma y de Juana Morales, natural de Sevilla.
109. Juan de Morales: hijo de Alonso de Morales y de Leonor Hernández, natural de Sevilla.
110. Sancho Moz: hijo de Pedro Moz y de María Sánchez, natural de Toledo.
111. Cristóbal Muñoz: hijo de Francisco Muñoz y de Isabel Núñez, natural de Avila.
112. Diego Navarro: hijo de Juan Fernández y de Catalina de Peralta, natural de Navarra.
113. Diego de Nefuentes: hijo de Juan de Burgos y de Francisca de Labrada, natural de Olmedo.
114. Tomé Nieto: hijo de Alonso Nieto y de Juana González, natural de Salamanca.
115. Nicolás Nieto: natural de Salamanca, hermano del anterior.
116. Mancio de Nieva: hijo de Juan de Nieva y de Juana Obrera, natural de Segovia.
117. Antón Núñez: hijo de Antón Núñez y de María de Aguilar.
118. Hernando de Olivares: hijo de Alonso de Olivares y de Isabel González, natural de Segovia.
119. Juan de Oñate: natural de Guipúzcoa.
120. Alonso Ortiz de Vegara: hijo de Pedro Ortiz y de María López, natural de Guetaría.
121. Diego Páez de Sotomayor: hijo de Pedro Páez de Sotomayor y de Mencía Ruiz de Torres, natural de Guadalajara.
122. Juan de Peñalosa: hermano de Pedro Páez de Peñalosa.
123. Pedro Peinado: hijo de Pedro Peinado y Pascuala Hernández, natural de Salamanca.
124. Juan Pérez: hijo de Gonzalo Pérez y de Aldonza de Diego, natural de San Vicente de la Barquera.
125. Pedro de Pernía: hijo de Juan Herrero y de Toribia de Pernía, natural de Valladolid.
126. Diego de Pinedo: hijo de Iñigo de Pinedo y de Mari Zanz, natural de Vitoria.
127. Hernán Ponce: hijo de Pedro Ponce y de Ana de Villareal, natural de Medina del Campo.
128. Alonso de Porras: hijo de Diego de Porras y de Isabel Díez, natural de Segovia.
129. Tomás del Pozo: hijo de Antón del Pozo y de Ana Hernández, natural de Ubeda.
130. Miguel de la Puerta de Mendoza: hijo de Luis de la Puerta de Mendoza y de Juana de Cárdenas, natural de Baeza.
131. Rafarl Muñoz: natural de Bailén.
132. Rodrigo de Quiñones: hijo de Fernando de Quiñones y de Isabel de Vallés, natural de Talavera de la Reina.
133. Fernando de Ravago: hijo de Francisco de Ravago y de María Añés, natural de Guadalajara.
134. Francisco de Reinoso: hijo de Francisco de Reinoso, natural de Salamanca.
135. Gonzalo Rodríguez: hijo de Jerónimo Rodriguez y de Francisca Sánchez, natural de Ciudad Rodrigo.
136. Benito Rodríguez: hijo de Antón Rodríguez y de Isabel Rodríguez, natural de Astudillo.
137. Francisco Rodríguez: hijo de Alonso Rodríguez y de Ana de Mena, natural de Valladolid.
138. Pedro Rodríguez: natural de Pozuelo.
139. Pedro de la Rosa: hijo de Pedro Hernández de la Rosa y de María Sánchez, natural de Yepez.
140. Gabriel Ruisellón: natural de Mallorca.
141. Diego Ruiz: hijo de Andrés González y de Catalina de Guadarrama, natural de Guadarrama.
142. Lope de Sada: hijo de Miguel Gil de Sada y de Catalina Salmas, natural de Salinas de Monreal.
143. Salazar de Obregón: hijo de Diego de Obregón y de Francisca de Solinde, natural de León.
144. Rodrigo Salgado: hijo de Gutiérrez de Sorga y de Isabel Salgado, natural de Orense.
145. Juan de Salmas: hijo de García de Salmas y de María de Olite, natural de Olite.
146. Juan de San Martín: hijo de Pedro de San Martín y de Lazarena, natural de Segovia.
147. Francisco Sánchez: hijo de Pedro Sánchez de Villaviciosa y de Teresa González, natural de Villaviciosa.
148. Juan Sánchez: hijo de Antón Sánchez y de Inés Martín, natural de Escalona.
149. Miguel Sánchez: hijo de Antón Sánchez de las Casas y de Isabel López, natural de la Puebla de don Gabriel.
150. Pedro Sánchez: natural de Carmona.
151. Lorenzo de Santandrés: hijo de Juan de Santandrés y de Isabel de Santandrés, natural de Badajoz.
152. Melchor de Segarra: hijo de Juan Ramírez de Segarra y de Francisco (sic) de Fuentes, natural de Sevilla.
153. Juan Sibelo: hijo de Leonor Fernández y de Diego de Avila, natural de Málaga.
154. Sancho de Tovar: hijo de Gabriel de Tovar y de Francisca, natural de Madrid.
155. Baltasar de Tovar: hijo de Aparicio Garrido y de Inés González, natural de Malagón.
156. Diego de Trujillo: natural de Trujillo.
157. Alonso de Urbina: hijo de Pedro de Ampuero y de Teresa Velázquez, natural de Madrid.
158. Juan de Uribarri: hijo de Martín Sánchez de Uribarri y de María Pérez.
159. Alonso del Valle: hijo de Alonso del Valle y de Catalina Rodríguez, natural de Maqueda.
160. Francisco Vallejo: hijo de Diego de Vallejo y de María Hernández, natural de Madrid.
161. Diego de Vallejo: natural de Madrid, hermano del anterior.
162. Juan Velázquez.
163. Diego de Viana.
164. Juan de Villalobos: hijo de Pedro Afán de Rivera y de Juana de Villalobos, natural de Sevilla.
165. Diego de Villanueva: hijo de Gonzalo Pardo y de Juana Medina, natural de Villanueva.
166. Hernando de Villasante: hijo de Gregorio de Villasante y de María Santos, natural de Zamora.
167. Gabriel de Villegas: hijo de Alonso de Villegas y de Catalina Carties, natural de Medina del Campo.
168. Maestre Pedro Vizcaino: hijo de Juan de Lecoya y de María Sánchez, natural de Marquina.
169. Francisco de Yepes: hijo de Juan Cuadrado y de María Rodríguez, natural de Yepes.
170. Francisco de Xuara: hijo de Juan de Xuara y de María de Herrera, natural de Valladolid.

* Este aventurero, por la homonimia con el célebre hermano del cura de Castilleja, a la que hay que añadir las coincidencias de lugar de nacimiento, Baños de Llerena en este caso y Llerena en el del "Príncipe de los cronistas", y la de la proximidad en las fechas de los respectivos viajes al Nuevo Mundo, puede dar pie a sorprendentes descubrimientos que volverían del revés todo lo hasta ahora investigado sobre la biografía del autor de la Historia del Perú, si se pudiera establecer que ambos son la misma persona. Añádasele a todo ello lo referido en el capítulo anterior sobre Pedro de Cieza de León, y quede esta nota como un hito que marque ulteriores desarrollos.

En ciertas jornadas, eufóricos por el valor del botín encontrado en los cementerios o por los efectos del mosto que con generosidad distribuían entre aquella turba salvaje sus jefes, pateaban cráneos y se lanzaban unos a otros, entre risotadas y burlas, despojos de cadáveres, cubriéndose los hombros con las lujosas vestiduras de los muertos principales y las cabezas con sus emperifollados gorros, e imitando los bailes indígenas con grotescos vaivenes y saltos, mientras sus perros de presa destrozaban a dentelladas las mortajas.
No hacían los esbirros del Gobernador ascos al nauseabundo hedor de las sepulturas recientes, y con las manos desnudas revolvían los restos todavía frescos de los que no habían sido momificados, sobre los que pululaban los gusanos.
El agravio a las tribus indígenas del Sinú no se quedaba simplemente en la desacralización de los difuntos y el robo de sus joyas; en la observación de las conductas de los animales encontramos las llaves de oro que explican las nuestras, y en el caso universal de las ceremonias de enterramientos que todas las culturas de la humanidad han llevado y llevan a cabo no es difícil atisbar reminiscencias de los hábitos de depredadores que, como muy bien se demostró en el siglo XIX, son nuestros antepasados y procedemos de ellos. Los cánidos constituyen el ejemplo más patente del hábito de enterramiento de despojos, reservados para alimentarse con posterioridad. En el subconsciente colectivo de los pueblos de la tierra, muy difuminado por las charlatanerías religiosas y las conveniencias pseudosociales, late este instinto primordial y práctico que lleva al animal a ocultar como un tesoro su fuente de proteínas. Y en este ámbito del subconsciente humano, profanar tumbas equivale a saquear despensas; de este modo el indio colombiano se veía dañado en todos los niveles de su psiquismo con las incursiones de aquellos crueles gigantes blancos que, como una jauría de lobos, arrasaban a su paso sin consideración alguna aquéllo que tanto apreciaban.
Como es natural, a Castilleja de la Cuesta llegaron noticias fidedignas de cuanto aconteció en el descubrimiento de Tierra Firme, y detalles particularísimos de las andanzas del mercader de cueros Pedro de Cifontes eran, según la expresión contemporánea, "pública voz y fama". Pero el morbo de la población prevalecía respecto a otros aspectos y consideraciones más prácticos y materiales de los hechos, y a Pedro le tocó cargar con una aureola semivampiresca que alimentaban en aquellos ignorantes pueblerinos las supersticiones, aun cuando el hacendado se había limitado únicamente a prestar sus navíos para transportar la hueste de Heredia. Del hacendado y sobre todo de su casa se propalaban toda suerte de fantasías macabras, y ni los niños jugaban en sus alrededores, repelidos por el silencio de aquellas altas paredes tétricamente blanqueadas y por el hermetismo de los oscuros portalones y ventanales. Percibían incluso hasta un indefinible olor a cadaverina que fluía de las rendijas de puertas y ventanas aquellos cavadores, pastores y peones rudos, aquellas aceituneras y vendimiadoras toscas que formaban el común de la población, sensación tal que les hacía rodear esquivando la vivienda al pasar junto a ella; y el mercader en su persona, en lo fofo de su encarnadura y en la opaquez de su mirada, desprendía una fuerza demoníaca y sobrenatural que no disimulaban sus vestidos de terciopelo. Algunos comentaban haber oído, a altas horas de la noche, gemidos siniestros y risas escalofriantes tras las tapias del corralón y entre el arbolado de la huerta aledaña, los cuales —aseguraban— no podían ser producidos mas que por fantasmas y almas en pena, con las que Cifontes desarrollaba extrañas relaciones.

sábado, 3 de julio de 2010

Los esclavos 82x

Susanne Katherina Langer (1895-1985) con su obra "Philosophy in a New Key" quizá nos proporcione la posibilidad de adentrarnos en la mente de Pedro de Cifontes —o en algún aspecto de ella, que cada hombre es un mundo— mientras recordaba sus peripecias transoceánicas en su hacienda alixareña. Esta pensadora especializada en simbolismo filosófico mantendría que el problema atinente a Cifontes como "hombre-objeto de conocimiento" estriba en el concepto medular de simbolización, en cuanto que, más que su memoria, lo que caracterizaría al viejo mercader de cueros tendría que ver con su capacidad —propia del género humano— de tratar las cosas como símbolos. El suelo de esta teoría lo elaboró Ernst Cassirer (1874-1945), expresándolo en "Philosophie der symbolischen Formen". Cuando Cassirer se pregunta ¿qué es el hombre? encuentra respuesta no en lo material ni en lo metafísico, sino en las obras, en las actividades lingüísticas, artísticas, religiosas, mitificadoras o científicas que delimitan el "horizonte humano".
En la entrada "barco" de su Diccionario de Símbolos dice Juan-Eduardo Cirlot que "fue objeto de culto en Mesopotamia, Egipto, Creta y Escandinavia principalmente. Asociado al viaje del sol por el cielo y al "viaje nocturno por el mar" y también a otras deidades y a los espíritus de los muertos. La palabra "Carnaval" (Carrus navalis)1 se refiere a una procesión de navíos. En la Antigüedad existió la costumbre de pasear a los barcos. En la "Gesta abbatum Trudonensium" se dice que en 1133 un labrador de Indem mandó construir en un bosque cercano un barco que andaba con ruedas y al cual hizo recorrer parte del país. Por los sitios donde pasaba había fiestas y júbilo (objeto desplazado como la locomotora en el bosque de Breton). Como el carro o la casa, símbolo del cuerpo o "vehículo" de la existencia. Barco antiguo, alusión a la vejez o al estrato arcaico. Barco roto, alusión a la enfermedad, deterioro, daño o carácter incompleto de algo. Barco enterrado, alusión a una "segunda vida" enterrada, reprimida, olvidada."

1.- Original, por no decir arriesgada, interpretación etimológica de Cirlot, en cuanto que ningún erudito de habla hispana o inglesa de los que hemos consultado comparte este origen del término "carnaval"; Corominas dice, en su "Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana", que está documentado desde 1495, aunque fue poco frecuente su uso hasta el siglo XVII, y que proviene del italiano "carnevale", con el mismo sentido, y éste de "carnelevale", ya en 1130 pero alterado en el siglo XIV por "carnelevare", compuesto de "carne" y "levare" (quitar), porque señalaba el comienzo del ayuno de Cuaresma.


De la manera que hemos esbozado al principio de este capítulo, el "biógrafo" Salvador Pérez fue informado de labios del hacendado no de la simple existencia material de la nao "Santa María la Blanca", sino de un ente cargado de significado animador, que en este caso particularísimo y repitiendo a Cirlot, aludía a la enfermedad, al deterioro, al daño y al carácter incompleto de algo. Pero cuando a lo largo de las charlas salía a relucir el cruel Gobernador de Cartagena de Indias, Pedro de Cifontes, haciendo una pausa para inspirar profundamente entornando los párpados, esbozaba una mueca suave que bien podía interpretarse como una sonrisa. Sentíase vencedor el anciano, y no sin motivo. Porque él vivía, y Heredia hacía muchos años que había muerto. En efecto, ya bien entrado en años en 1554 y en viaje de vuelta a la Península en una de las naves de la flota de Cosme Farfán (marino ya conocido por nosotros) naufragó a causa de una tempestad frente a las costas de Cádiz. Cuentan que desde la orilla multitud de curiosos vieron hundirse el barco, y reconocieron perfectamente al Gobernador cuando intentaba ganar a nado unas rocas, pero el fuerte oleaje se lo tragó sin que nadie pudiese hacer nada por él. Pronto veremos que la relación entre los dos Pedros era considerablemente estrecha y directa.
Bajo las órdenes de Pedro de Heredia, con quien hasta sufrió prisión, el célebre cronista hermano del cura de la castillejana Iglesia de Santiago don Rodrigo de Cieza había combatido, también en el Sinú. Y Cifontes, que manejaba como es natural mucha información de aquellos hechos y personas, alternaba sus veladas vespertinas con dicho cura, rememorando al "Príncipe de los Cronistas" en maneras que nublaban de lágrimas los ojos del clérigo. Respecto a Pedro de Cieza de León en su relación con Cifontes también hemos de extendernos.
Del largo centenar de soldados que partieron desde el sevillano puerto de La Muela en la nave de Cifontes —todos ellos destinados a servir al Gobernador—, la mayoría participó en el saqueo del Sinú y en las subsiguientes rebeliones contra su capitán; imposible afinar mucho sobre sus personas, pero María del Carmen Borrego Plá en "Cartagena de Indias en el siglo XVI" publicado en 1983 por la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla nos ayuda: "Ignoramos cuántos tomaron parte en la primera expedición a dicho territorio [del Cenú], efectuada en 1534 [el año de la nao "Santa María"]. El único número que nos consta con seguridad es el de 164 hombres, cuyo cobro en el repartimiento que se hizo después de la expedición ha llegado hasta nosotros. Asimismo sabemos que quedaron en Cartagena en condiciones misérrimas 46 hombres y 16 mujeres, a los que se socorrió al retorno del Cenú".
Otra María del Carmen, en este caso Gómez Pérez, autora de "Pedro de Heredia y Cartagena de Indias", publicado en Sevilla también por la Escuela de Estudios Hispanoamericanos en 1984, sí que nos acerca en detalle a esta soldadesca saqueadora. La estudiaremos de inmediato.
Quedan por resolver y ajustar algunas lagunas del relato cuyas confusas fuentes no parecen coincidir; intentaremos exponerlas en los siguientes capítulos, y arriesgaremos unas pocas de hipótesis y conclusiones sobre los vínculos e identidades de las personas que en dicho relato han aparecido e irán apareciendo.
Y para terminar este, despidamos a nuestro ameno compañero de viaje R. B. Cunnighame Graham con el párrafo en que él despide a Pedro de Heredia en su libro, hecho del cual ya hicimos leve referencia:

"Embarcó en Cartagena por última vez, llegó a La Habana después de una tormentosa travesía y allí reembarcó rumbo a España. Las tormentas, similares a todas aquellas que lo habían perseguido durante toda su vida, ya fuera en tierra o en el mar, hicieron que el viaje se prolongara durante tres meses. Y al fin, cuando se hallaba ya en las proximidades de Cádiz [en Zahara, según algunos autores], una súbita tempestad hizo que el barco se inundara, y lo hundió a una distancia de sólo uno o dos cables de tierra firme. Toda la tripulación pereció bajo las olas, pero Heredia, tras sobrevivir al naufragio, nadó vigorosamente hasta la orilla. Los que observaban desde la playa le creían ya a salvo cuando una enorme ola lo arrojó contra las rocas y el mar lo devoró.
Nunca llegó a encontrarse su cadáver, y de este modo Heredia murió, igual que vivió siempre, luchando contra el destino."

martes, 29 de junio de 2010

Los esclavos 82v

Pero oigamos también lo que dice sobre el temible gobernador un escritor escocés que, además de conocer en detalle y profundidad la Colombia de principios del siglo XX estudió con gran detenimiento su historia. Hablamos de Robert B. Cunninghame Graham (1852-1936), hombre de arraigadas convicciones socialistas, que visitó desplazándose a caballo la zona de nuestro interés, la costa norte colombiana, para promover nuevos métodos de explotación ganadera, y recogió material con el que elaboró una narración titulada "Cartagena and the banks of the Sinú" (primera edición en Londres en 1920), cuyos comienzos están dedicados casi exclusivamente a la vida y hazañas de don Pedro de Heredia, tratándolas con grandes dotes de escritor y con la característica ironía británica. Nuestras citas proceden de la edición de 2010 en castellano (Espuela de Plata y Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, traducción de Victoria León).
Data el escocés la fundación de la ciudad por Heredia en 1533 y dice, en referencia a su fuente principal, el Bachiller Martín Fernandez de Enciso, que fue quien hizo la primera alusión al Sinú, o Cenu, como escribía, expresando que estaba separado de Cartagena por 20 leguas.
Entonces la desembocadura del Sinú (hoy bahía y puerto de Cispata), era un centro de producción de sal, la cual usaban los indios como moneda. Cunninghame considera mayor autoridad en temas colombianos, además de al dicho Enciso, al Padre Simón, autor de "Conquista de Tierra Firme", Bogotá, 1892, y en él se basa también para elaborar la parte histórica de su propia narración. Sobre Enciso apunta: "Aunque simples, las observaciones de Enciso producen una impresión de verdad y honestidad que les confiere un valor incalculable para todo el que pretenda estudiar una región como la del Sinú, sobre la que tan poco se ha escrito en tiempos modernos".
En otro párrafo de "Cartagena and the banks..." nos enlaza muy directamente con Pedro de Cifontes: "Heredia poseía ya entonces [cuando desembarcó en Cartagena el 14 de enero de 1533 procedente de Cádiz, para hacerse cargo de la gobernación] una notable experiencia del Nuevo Mundo; como teniente de Vadillo, gobernador de Santa Marta, había participado en cada una de sus expediciones y había acompañado a su teniente Palamino (sic) en la última de ellas. En el transcurso de aquella última expedición el caballo de Palamino se sumergió repentinamente bajo las aguas cuando cruzaban un río y desapareció con su jinete. Poco tiempo después, el caballo reapareció y nadó hasta la orilla, pero nadie volvió a ver jamás a Palamino ni vivo ni muerto". Este Palamino es Rodrigo Álvarez Palomino, el cual se repartía los tesoros de los aborígenes con Pedro de Cifontes, según se documenta en "Los esclavos 82e" —febrero de 2010— y "Los esclavos 82i" —marzo de 2010—, donde comentamos superficialmente acerca de su muerte. Gracias a la "Historia de Montería" del historiador francés Jaime Exbrayat Boncompain (1892-1967), citado en el artículo de Wikipedia "Río Sinú", podemos conocer más detalles del misterioso acaecimiento:

1542. Heredia Palomino1, posteriormente a las expediciones de los dos hermanos Pedro y Alonso de Heredia2 [...] se dio a la dificilícima tarea de remontar y explorar el río [...] quiso hacerlo en su caballo Matamoros, pero con tan mala suerte que por alguna razón que nosotros ignoramos, y habiéndose ladeado la montura, quedó el jinete a merced de la corriente y se ahogó [...].

1.- También, como Cunninghame, yerra Exbrayat con el nombre de expedicionario.

2.- En efecto, a Pedro de Heredia lo acompañaba en sus aventuras ultramarinas su hermano Alonso, quien llegaría a ser uno de los conquistadores de Guatemala.


Y, prosiguiendo con las deliciosas páginas del escocés caballista, sabemos por ellas de un Pedro de Heredia que, tras afianzar la fundación de Cartagena en base a una alternancia vertiginosa de batallas y avenencias con las tribus indias, se dedicó con sus compinches a buscar enfebrecidamente el oro de la comarca, informado de que existía en abundancia sobre todo en los túmulos y enterramientos de caciques, cuyos cadáveres yacían forrados de planchas del codiciado metal y rodeados de multitud de objetos fundidos con el mismo material. Para todo ello no dudaba el gobernador desnarigado en recurrir, cuando sus argumentos engañosos y sus promesas falsas o sus amenazas no surtían efecto entre la población autóctona, a las más inhumanas y salvajes masacres. Fue durante esta época de depredación y saqueo cuando requisó el navío de los tres mercaderes sevillanos, para transportar los caballos que facilitarían la exploración del Sinú hasta sus fuentes en la provincia de Antioquía y el descubrimiento de las innumerables riquezas que ocultaban sus gazofilacios y escondrijos. Confiscar ídolos de oro so pretexto de aniquilar las herejías contrarias a la fé católica no pareció dar buen resultado, según interpreta Cunninghame —creemos que con pleno acierto y, desde luego, con enorme "gracia" británica—, y así:

"Todo habría ido bien de no haberse vuelto cada vez menos generoso con sus soldados. Pues llegó un momento en que todos y cada uno de aquellos hombres, de fe no menos fervorosa que la de su capitán, y tan deseosos de amasar fortuna como él, tomaron como intolerable blasfemia que se les escamotearan sus ganancias. Era aquel un pecado contra su Espíritu Santo que nunca habrían podido perdonar, y entonces surgió una facción que más tarde lo llevaría a la cárcel y a la larga lo obligaría a emprender el viaje de regreso a España para suplicar ante el rey. Viaje en cuyo transcurso moriría de modo miserable durante un naufragio."

Dice que tan nefasta fue para la región la llegada de aquellas bestias de rapiña que se formó un proverbio del todo esclarecedor: " Mal día fue para el Perú cuando descubrieron el Sinú". Pero no sólo fue para los indígenas símbolo de derrota y pérdida, sino que constituyó para Pedro de Cifontes, asociado el lugar intrínsecamente al destrozo de su amado navío, una de las frustraciones más importantes de las muchas que acompañaban sus recuerdos en Castilleja, que ahora emergían ante el escribano Salvador Pérez. El Sinú en su mente tenía un carácter triste y desolado, casi mortuorio, de vacío y destrucción, pues a causa de su oro maldito aquella proyección de su hogar, de su existencia y de sí mismo que era la "Santa María" vino irremisiblemente a menos, y con ello toda la empresa en la que tanta ilusión había depositado.
Cunninghame cita una vez más al Padre Simón refiriendo que éste decía "que todos los espoliadores de aquellos sepulcros indios tuvieron un trágico final. "Inescrutables son los designios de Dios", escribe. "Todos aquellos que violaron los sepulcros, pues no por ser estos tumbas de idólatras dejaban de ser sagrados [...] acabaron sus días en la más extrema pobreza en hospitales y nunca heredaron sus hijos las grandes fortunas que llegaron a amasar."
Y no puede uno por menos que traer a colación la moderna "maldición de Tutankamón", aunque ya en nuestro siglo XXI en la National Geographic se formula la pregunta: Egypt´s "King Tut Curse" Caused by Tomb Toxins?

domingo, 27 de junio de 2010

Los esclavos 82u

Mas y en referencia a lo que apuntamos en la nota tercera de "Los esclavos 82m", —entrada de abril de 2010— sobre una drástica reforma sufrida por la nao allende los mares, aparece una ramificación de estos enfrentamientos de Cifontes, en la que se especifica más sobre este asunto y desde la que podemos observar aspectos sumamente interesantes de la vida cartagenera, aspectos marcados por una formidable e inquietante sombra: la de don Pedro de Heredia.

En la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla martes cinco días del mes de agosto año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil y quinientos y treinta y nueve años ante los Señores Jueces el Contable Diego de Zárate y el Licenciado Alonso Perez de Castroverde, Teniente, y Guillermo de Guzmán, Teniente de Tesorero, Jueces y Oficiales de Sus Majestades de la Casa de la Contratación de las Indias del mar Océano que residen en esta ciudad de Sevilla, y en presencia de mi Juan Gutiérrez Calderón, escribano de Sus Majestades y su notario público en todos sus reinos y señoríos, y escribano que soy en el oficio y audiencia de los dichos Señores Jueces en la dicha Casa, pareció Bartolomé Lopez, vecino de esta ciudad, y presentó un escrito el cual es el que se sigue:

Magníficos Señores:
Antonio del Castillo, en nombre de Bartolomé Lopez y de Juana Rodriguez, heredera de Sebastián Rodriguez Pavón1, demando ante Vuestras Mercedes a Pedro de Heredia, Gobernador que se decía ser de la provincia y puesto de Cartagena, y digo que mis partes y el dicho Sebastián Rodriguez Pavón en su vida tenían y poseían las dos partes de un navío que había nombre Santa María la Blanca, y la otra parte era de Pedro de Cifontes, y dióse comisión al dicho Pavón para que fuese de maestre y capitán de toda la dicha nao y cobrase todos los fletes y procedidos de ella para que, vuelto a esta ciudad, a cada uno proveyese su tercia parte, y estando en el puerto de Cartagena, el dicho Pedro de Heredia contra voluntad del dicho Pavón se entró y tomó la dicha nao2 y la desentabló y deshizo la puente de ella para la cargar y cargó de caballos en que podían ir treinta caballos poco mas o menos y otra mucha gente y provisión y así cargada la hizo llevar y llevó al puerto del Zenú (y río Sinú) que es en la dicha provincia cincuenta leguas de costa poco más o menos que por cuyo flete justa y nominal estimación mereció y podía merecer seiscientos ducados de oro poco más o menos de que a mis partes vienen y pertenecen las dos partes que montan cuatrocientos ducados, y además de esto el daño y menoscabo que vino al dicho navío por haber desbaratado de sus tablas y puentes que vino de daño y menoscabo otros trescientos ducados de que a mis partes pertenecieron los doscientos de sus dos partes, de que hasta ahora el dicho Pedro de Heredia no ha dado ni pagado cosa alguna, así de los fletes como del menoscabo, lo cual es obligado a dar y pagar al dicho Bartolomé Lopez y a la dicha Juana Rodriguez como heredera del dicho Sebastián Rodriguez Pavón. Por tanto pido a Vuestras Mercedes reciban juramento del dicho Pedro de Heredia, y le manden que declare conforme a la relación de esta mi demanda y si es verdad que tomó e hizo tomar la dicha nao y cargar de caballos y gente y munición y vituallas, y así cargada la hizo llevar al dicho puerto del Zenú y la desentabló y desaparejó mucha parte de ella y le quitó la puente para efecto de meter los dichos caballos y así declarado le ordenen a que de y pague a los dichos mis partes los dichos seiscientos ducados del flete y menoscabo de la dicha nao, y porque él no es vecino ni arraigado en esta ciudad y puede irse y ausentarse de ella como es notorio públicamente de no arraigado, de fianzas, donde no le manden prender y tener a buen recaudo preso hasta tanto que las dé, y sobre todo pido justicia y costas e imploro sus magníficos oficios.

1.- Nótese la facilidad con que, según los intereses que más les acuciaban, se aliaban o enfrentaban las partes; el mismo Bartolomé López que había demandado a Sebastián Rodriguez ahora coopera con su heredera para, juntos, luchar contra el Gobernador de Cartagena.

2.- Todo el ardor y brío del temperamental y colérico Sebastián Rodriguez Pavón se apagó y esfumó cuando, tras una noche báquica en el puerto cartagenero con sus acólitos, con abundante bebida, música, baile y mulatas complacientes, le despertó de la resaca entre los toneles y fardos un grupo de personajes encabezado por un figurón imponente, el cual con vozarrón atronador le instaba a entregarle ipso facto la "Santa María", que ajena a las pasiones humanas apaciblemente cabeceaba en el muelle mecida por la suave ventolina boreal y acariciada por los primeros rayos del sol naciente que un festón espeso de palmeras y neblina con dulce esplendor dejaba filtrar. El hombre que así se dirigía a él, aunque portador de un atuendo austero, irradiaba autoridad y poderío, pero era su cara, ahora plenamente iluminada por el astro rey, lo que a Sebastián dejó enmudecido: en el lugar del consuetudinario apéndice nasal exhibía un monstruoso e informe pegotón de carne amoratada rodeado de abultadas ramificaciones venosas que hinchaban parte del labio superior y daban a sus ojos, sombreándolos, un efecto entre aterrador y repulsivo.
Aquel hombre era el fundador de la ciudad de Cartagena de Indias y su gobernador. Madrileño de nacimiento y reñidor en su mocedad, de la Biblioteca Luis Ángel Arango (disponible en Internet) extraemos un párrafo que aclara el origen y causa de su aspecto facial:

El conquistador don Pedro de Heredia era oriundo de Madrid, de nacimiento hidalgo y de genio atrevido y pendenciero; galán de capa y espada, tipo de los héroes de Lope de Vega, y de Calderón. Andaba siempre de la seca á la meca (sic), á caza de aventuras y metido en toda riña y alboroto que ocurriese en su ciudad natal. Yendo una noche por una encrucijada de las que entonces se encontraban en las calles de Madrid, no se sabe por que motivo (que él, sin duda, no dijo nunca) le atacaron con espada en mano seis caballeros. Sin arrendarse ni echar pié atrás, tiró el madrileño de su tizona y se defendió con tanto brío que puso en derrota á sus agresores, pero tuvo la desgracia de dejar la nariz en el campo, como trofeo bélico. En vano procuraron los más afamados cirujanos formarle la facción nueva con el molledo de su propio brazo, pues siempre le quedó defectuosa; y según asegura el cronista Castellanos, que le conoció íntimamente, tenía la nariz amoratada y contrahecha, lo cual afeaba su rostro, bien que sus demás facciones eran de buen corte y parecer.
Cuentan que, para que se juntasen las carnes, mandaron los médicos que se estuviera quieto y sin moverse durante más de dos meses, al cabo de los cuales pudo volver á presentarse en el mundo. Pero mientras que sufría de aquella manera incómoda y cruel, don Pedro había acariciado la idea de vengarse de sus enemigos á todo trance, y no bien pudo salir de su aposento, buscó á los que tan mal hablan tratado su rostro, é inspirado por la pasión del odio y la venganza logró matar en duelo singular á tres de sus enemigos; y no mató á todos los seis, por no haber podido hallarles.

viernes, 25 de junio de 2010

Los esclavos 82t

No menos encarnizado fue el pleito que Pedro de Cifontes entabló con el tercer socio, Bartolomé Lopez, durante estos años. Bartolomé era ya cincuentón cuando se vio obligado a enfrentarse a él, nombrando por sus procuradores a Gerónimo de Solis y a Íñigo Lopez de Mondragón, los dos estantes en Indias, el miércoles 24 de octubre de 1534. Del mismo modo que en los anteriores, también Cifontes exigía a Bartolomé cierta cantidad de dinero (dos tercios de 55.400 maravedíes) por unos fletes de la "Santa María la Blanca" en los que se mezclan el asunto del aceite de Triana (32 quintales y 3 arrobas) que compraron al tratante Francisco de Lugo ante el escribano Pedro de Castellanos, y el del pasaje de los soldados, tropa que iba a quedar bajo el mando del Gobernador de Cartagena, del cual, inmerso en la conquista de la actual Colombia, vamos a tener cumplida noticia de inmediato. En este conflicto aparecen también tanto Juan Caldera como Sebastián Rodriguez Pavón involucrados en cuentas, pagos y cobros. Fue tras la muerte de éste, Sebastián, cuando Pedro reinició su demanda contra Bartolomé; como vemos, los tres socios acabaron enfrentados entre sí, aunque a estas alturas ya el albañil había dejado de existir. Por el año 1538 se tramitaba en Valladolid, junto al de Juan de Sevilla y Juana Téllez, este último juicio, que había tenido su comienzo en la capital andaluza.
Como era habitual en semejantes casos, Bartolomé respondió atacando, echándole en cara que en realidad era a él a quien le debía el demandante por los pasajes de los viajeros y soldados a razón de 15 ducados por barba, y añadiendo que en cuanto al aceite, estaba en paz con todos porque había ajustado cuentas con Sebastián. Volvemos a encontrarnos con muchos testigos que ya conocíamos, como el albañil Diego Díaz, el despensero de Ribadesella o el Deán Ballesteros, aunque algunos de ellos residen en Santo Domingo y en Cartagena de Indias. Todos declaran en parecidos términos —ya conocidos por nosotros— sobre las circunstancias del viaje de la nao a Cartagena. Uno de estos deponedores fue Juan de Escalante, de 55 años de edad, vecino de la villa de Rentería en la provincia de Guipúzcoa y maestre de la nao "Santa María", que hacía cinco años que conocía a Cifontes. En el indescifrable embrollo del viaje aparece ahora este vasco como otro gobernante del navío, quien seguramente fue nombrado en sustitución de los que ya hemos mencionado, cuando la "Santa María la Blanca" hacía sus periplos ilegales por el Caribe.

Pero no queda ahí la cosa. Por la primavera de 1537 un Pedro de Cifontes dispuesto a cargar contra moros y cristianos sacaba adelante otro pleito:

Sebastián Rodriguez1 en nombre de Pedro de Cifontes en el pleito que trata con Hernán Rodriguez piloto afirmándome en lo por mí parte dicho y alegando más de la justicia de mi parte, digo que V.M. debe mandar hacer en todo según tengo pedido y por lo siguiente: lo primero porque no hace al caso decir la parte contraria que por no venir de tornaviaje la nao para Castilla por la Isla de Santo Domingo no cumplió el viaje como era obligado porque al tiempo que se hizo la escritura con la parte contraria que habrá de volver por Santo Domingo fue porque volviendo por allí venía de ello muy gran provecho al dicho mi parte porque se cargara de azúcar y cueros de que ganara más de mil quinientos ducados y a la parte contraria por venir por la dicha Isla de Santo Domingo no le iba ningún provecho ni perdía ninguna cosa por no venir por allí la dicha nao porque él no tenía que negociar en la dicha Isla de Santo Domingo y así parece claramente por la dicha escritura y si en ella se puso la dicha condición de venir por Santo Domingo fue en favor de mi parte por el gran interés que viniendo por allí podría reportar de las cosas que tengo dichas de suso y así se ha de entender; lo otro porque la parte contraria se quedó y no quiso seguir el dicho viaje diciendo que había de volver por Santo Domingo porque en él tenía que negociar lo que es al contrario porque él no tenía que hacer ni negociar ni tal tiene probado en todo este proceso antes por no servir ni cumplir lo que era obligado se quedó so color de la condición de la dicha escritura la cual se había puesto en favor de mi parte y así se probará. Por todo lo cual y por lo que mas tengo dicho y alegado pido y suplico a V.M. mande enmendar la dicha sentencia dada contra mi parte y para la enmendar la mande revocar mandando hacer en todo según tengo pedido y para ello imploro Vuestro Real oficio y pido cumplimiento de justicia y las costas y ofrézcome a probar en forma. Sebastián Rodriguez.

1.- Ni muchísimo menos es el Sebastián albañil usurpador del gobierno de la nao, sino el procurador que presentamos al principio, en el pleito con Juana Téllez.

Y en el verano de 1534 traía otro conflicto con los almojarifes de Sevilla, quienes, acusándolo de contrabando, le habían embargado 325 cueros que al mercader le enviaron sus socios desde Santo Domingo, y que pretendía llevar a Cádiz para su embarque con destino a Valencia. Pero de este asunto salió bien librado, en cuanto que le restituyeron sus pellejos, amén de que los referidos almojarifes sufrieron prisión unos días a causa de no obedecer en el acto una de las sentencias dictadas por las autoridades al respecto.

viernes, 28 de mayo de 2010

Los esclavos 82s

Y continuaron las entrevistas de Pedro de Cifontes con Salvador Perez. Con una interrupción ocasionada una de aquellas tardes, cuando cierta malintencionada sirvienta del hacendado, amante de un azacán fanfarrón no menos deleznable apodado "El Miau", ella una mezquina mujercilla de físico insignificante pero de enorme envidia hacia aquel enigmático mundo intelectual en el cual los dos hombres se desenvolvían, roció con agua so pretexto del riego de unos geranios y aprovechando que dichos hombres se habían ausentado para tomar un descanso, los folios que recién acababa de elaborar el auxiliar del escribano, probablemente con el propósito de regocijarse posteriormente en el círculo de gentes de su calaña, ridiculizando una actividad —la literaria— que era para ella como las uvas de la fábula fueron para la zorra, verdes porque no estaban a su alcance.
Incidente, por otro lado, irrelevante, en cuanto que solo obligó a repetir el último párrafo, emborronado por los goterones de agua. Ni siquiera mereció el despreciable acto un reproche del señor de la casa.
El tema de los 50 ducados que habíamos empezado a tratar se desarrolló desde que Cifontes, con el poder de su suegro, demandó a Juana Rodriguez y a Catalina Rodriguez, como sobrina y hermana herederas del albañil Sebastián, exigiéndoles su pago, por cuya cantidad el difunto había hipotecado precisamente la nao "Santa María" sin el consentimiento de sus otros dos socios, siendo Juan Caldera quien, en la ciudad de Santo Domingo de la isla La Española, solventó la hipoteca aportando la expresada cantidad que ahora exigía por medio de su yerno.
Negado el cargo por Antonio del Castillo en nombre de Leonor Ortiz y por Diego Hernandez de Cantillana en nombre de Juana Rodriguez el martes 26 de febrero de 1538, el tratante en cueros pidió ser recibido a prueba, y los acusados alegaron que ya en el embargo del pleito anterior —que ya hemos visto— iban incluidos los ducados, y que por el hecho de haber sido levantado, la reclamación no tenía fundamento. Echaron mano a antiguas probanzas con testigos para demostrar parentescos, probanzas que asimismo hemos visto ya también, y que por lo tanto ahorramos a nuestros lectores; corrió el pleito, y el miércoles 5 de junio condenaron a Juana a pagar a Cifontes lo que le pedía, mas la sobrina de Sebastián apeló como era de esperar, y... nos es imposible averiguar el final del caso, porque faltan las últimas hojas de los autos en la fuente documental del Archivo de Indias, y además porque —inesperada coincidencia— en la de Salvador Perez solo consta el ilegible folio que la estúpida asistenta empapó aquella tarde.
Algunas otras lagunas encontraremos en el baulillo del amanuense, las más importantes las que afectan a la relación de los últimos meses de la azarosa vida del Marqués del Valle de Oaxaca, las cuales intentaremos rellenar recurriendo a otros depósitos documentales.
Hemos encontrado algunos detalles sobre la vida diaria de Salvador Perez en los tiempos de sus encuentros con Pedro de Cifontes: sabemos que un tal Mateo Diaz Galindo, vecino de Sevilla en la collación de San Isidoro y morador en el lugar de Tomares (lo cual puede significar que habitaba en la Calle Real "de Castilleja") concede a Salvador amplísimos poderes para cobrar todo cuanto le debieren, iniciar pleitos, llamar testigos, mandar ejecutar bienes, sustituir procuradores, otorgar cartas de todo tipo, etc., y especialmente para cobrar de un Antonio de ¿Arbolanche?, natural de la Villa de ¿Brieban? y estante en Sevilla, 22 ducados que por él le eran debidos. El poder lleva fecha del viernes 25 de abril de 1561 y fue hecho en la morada castillejense de Miguel de las Casas, actuando como testigos su hijo Pedro de las Casas y Hernando de las Cuevas, este último destinado a ser el notario oficial de Castilleja durante muchos años en sucesión del dicho Miguel. Dejamos entre interrogaciones el apellido del deudor y el nombre de su localidad de origen porque resulta imposible su lectura, pero parecen ser transliteraciones desde el francés. Acaso el tomareño era un nuevo rico, que a cambio de un puñado de monedas contrató a Salvador para servirse del prestigio casi mágico que las personas relacionadas directamente con el mundo de la escritura poseían de cara a las masas incultas e ignorantes de aquellos oscuros años.
Nuestro historiador aficionado andaba ingeniándoselas para buscarse la vida aquí y allá, y donde surgía la oportunidad de embolsarse unos maravedíes hacía acto de presencia con una inmediatez prodigiosa, dispuesto a dejarse la vista sobre los papeles hasta la hora que se le exigiese, a la luz mortecina de un apestoso y humeante candil de sebo barato, en un dura e incómoda banqueta y en el interior de cualquier leonera sometida a las inclemencias meteorológicas.

sábado, 22 de mayo de 2010

Los esclavos 82r

Debemos situarnos ahora en aquellas bonancibles y serenas tardes de La Plaza de Santiago de mediados del siglo XVIII, cuando Juan de Vallecillos se informaba del pasado de nuestra Villa leyendo los viejos documentos que rescataba del desbarajuste que era el archivo depositado en la cárcel, según y como se cuenta en "El pueblo (IV) y (V)" —junio de 2008—. De entre los papeles que le proporcionaba el entonces Alguacil Juan Cosme Tovar formaba parte una colección de hojas meticulosamente numeradas y manuscritas con caligrafía redonda, limpia y regular, que habían resistido el paso de los años protegidas en el interior de un cofrecillo de espesa madera de nogal reforzado con esquineras de artístico bronce. Eran estas escrituras de las más preferidas por Vallecillos, por la coherencia de sus interesantes relatos así como por los visos de verosimilitud de emanaban de sus pulcras y niveladas líneas, con carácter casi de diario personal en muchos de sus párrafos, pergeñados en unos tiempos ya míticos y que se percibían como gloriosos para el país en general y para el pueblecito en particular. Formaban dichas narraciones en su conjunto algo así como una crónica, cuyo basamento principal estaba constituido por testimonios que su autor había recabado personalmente de gentes contemporáneas a los hechos que en ella se reflejaban. A veces se incluían descripciones topográficas, e incluso las físicas de los individuos de la época, al más puro estilo del de las autoridades de la Casa de la Contratación cuando plasmaban en sus certificaciones los aspectos de los viajeros a Indias.
Hay que hacer constar que cualquiera que coteje certificados del Archivo de Indias con manuscritos de la arquilla referidos a temas comunes no dudará de la objetividad de quien elaboró estos últimos.
El cual firmaba —artística rúbrica barroca— con un nombre que ya a las alturas del siglo de la Ilustración no decía nada a ningún castillejano: Salvador Perez. Pero desde su anonimato, el desconocido escriba se había convertido en algo así como historiador oficial de la Castilleja del Postdescubrimiento, al menos para el reducido grupo de la "intelligentsia" castillejana que lideraba Juan de Vallecillos.

En tiempos de la senectud del mercader Pedro de Cifontes, dicho Salvador Perez actuaba de auxiliar del escribano Miguel de las Casas. Lo hubo sido con su antecesor Juan Vizcaíno, y había presenciado, entre los demás testigos, amigos y familiares, el fallecimiento de Hernán Cortés. Quizá este hecho despertó en él un intenso afán por dejar para la posteridad constancia de lo que ocurría en el día a día de la población, o quizá sus aficiones de historiador le venían de antes, de su contacto cotidiano con documentos como tal amanuense que era. De una forma u otra, nuestro hombre encontraba siempre ratos libres que dedicar a entrevistarse con personas de experiencias y mundología, y extraía de sí fuerzas suplementarias tras la agotadora labor oficial redactando a las órdenes del correspondiente notario, para hilvanar folio tras folio las narraciones y relatos que con tanto interés recogía de boca a oído. Y entre sus informantes, como era de esperar, se encontraba un anciano Cifontes, reblandecido y tolerante ya por la edad, paternal y comprensivo con aquel muchacho inquisitivo, quien por otra parte le servía para tener la cabeza ocupada, reservándolo del vacío de las veladas interminables que lo asfixiaban hundido en su sillón frente al ventanal del salón de su hacienda en la Calle Real. También intuía el mercader que el ejercicio de memoria al que se sometía, tarde sí y tarde no, significaba una terapia envidiable, inalcanzable para muchos que, como él y en su misma tesitura, esperaban nada más y nada menos que la última llamada al otro mundo sintiendo como las nubes del olvido se enseñoreaban de sus conciencias irremisiblemente. Por todo lo cual el viejo tratante de cueros acogía con exquisita amabilidad a Salvador cuando, cargado con sus papeles y su recado de escribir para tomar unos primeros apuntes, se presentaba tímido y respetuoso llamando con suavidad al grueso aldabón de la puerta de la hacienda, e inclusive no tenía reparos en prestarle algún libro de su biblioteca, formada especialmente y como cabía suponer, con las obras de los historiadores del Nuevo Mundo, y encabezadas con la edición de Cromberger del año 1522 de las "Cartas de Relación" del Marqués de Oaxaca, su lectura habitual hasta que comenzóle a fallar la vista.
En voz baja, pausada, Pedro de Cifontes le contaba, ya exento de odio, su pleito con Sebastián Rodriguez Pavón, borrado de su espíritu cualquier vestigio de acritud o resentimiento.
Su memoria, pozo inagotable, le deparaba detalles que emergían insospechadamente, y que en la mayoría de los casos había que añadir a lo declarado en la velada anterior. Salvador nunca acababa de componer un capítulo de su historia sin que el anciano lo redondeara, corrigiera y completara en la siguiente sesión, como si al revivir su turbulento pasado dialogase en un desdoble intemporal con el personaje que había sido, en una íntima y sincera confesión que deparaba temas, giros y circunstancias en absoluto conocidas para el nuevo personaje que, recordando a instancias del joven escribano, ahora era. Parecía tener Salvador, por otra parte, un nombre premonitorio y fundado, en el sentido en que, con sus inquisiciones, salvaba del naufragio de la memoria del anciano aquellos hechos que de otra manera se habrían hundido para siempre en las profundidades ignotas de lo muerto y olvidado.
La crónica del cofrecillo abunda en detalles humanos, cálidos y palpitantes en lo que respecta a los pleitos entre los mercaderes de la nao "Santa María la Blanca", y por su conducto tenemos noticia de la apariencia personal de Pedro de Cifontes en la última etapa de su vida, retratado con todo detalle por la hábil pluma del entusiasmado memorialista. Usaba una perilla poblada, nívea, que junto al no menos blanco bigote armonizaba en forma y tonalidad con una faz mofletuda, inconsistente y descolorida, salpicada aquí y allá de oscuras e irregulares manchas marrones. En el límite delantero de su íntegra calva, bajo las cejas enmarañadas, sus ojos apagados, de pupilas celestes y escleróticas sanguinolentas, parecían acusar a quien quiera que vislumbraban de algún pecado, importante por lo indeterminado, produciendo en sus interlocutores cierto desasosiego hondo y desdibujado. Vestía de negro, tenuemente iluminado su atuendo con los fugaces reflejos de algún ribete de terciopelo verdioscuro. Apenas salía a la calle por entonces, y el carruaje que se hacía preparar para visitar su hacienda de Pero Mingo que el esclavo Antón desvalijó, dormía en un cobertizo del corral, funcionando de aposadero de gallinas y pavos. Mientras esperaba al auxiliar del escribano repantingado en su butacón encontraba cierto equilibrio espiritual en un loro, ave multicolor que protestaba chirriando continuamente de su encierro en una jaula colgada junto al ventanal con unos espeluznantes graznidos que era posible oír en gran parte de la Calle Real, que hacían volver la cabeza a los transeúntes, y que revivían en el anciano sus correrías por las selvas de Santa Marta estafando a los bienintencionados aborígenes.
Cumplidamente nos informa Salvador Perez del resto del proceso de Cifontes contra el "Maestre Matagatos".
Su universal heredera Juana Rodriguez en Sevilla el martes 26 de febrero de 1538 insistió una vez más en dar fianzas para el desembargo de los bienes, urgiendo a ello con el consabido argumento de la pérdida de la cosecha de uvas, al tiempo que Pedro de Cifontes se niega en redondo hasta que no se le paguen los ducados que decía debérsele; además apela a lo ya dictaminado, acusando a los apreciadores de la parte contraria de no ser personas sapientes de lo que se les había encargado. Juana, como pariente más próxima de Sebastián, quien murió sin hijos y abintestato (decían que ni siquiera se confesó), presenta testigos que certifican su vínculo familiar, entre los cuales hay un "rascador de ladrillos", Francisco Mejía, vecino en San Vicente que presenció el fallecimiento de su tío el albañil en el monasterio de Santa Clara.
El 5 de marzo los Jueces, a pesar de la oposición de Cifontes, ordenan alzar el embargo de los bienes de Sebastián Rodriguez Pavón, convirtiendo de esta manera a su sobrina en afortunada propietaria de una valiosa heredad en las apacibles orillas aznalcareñas del río Guadiamar.
Mas un resto de 50 ducados iba a seguir dandole quebraderos de cabeza, trabajo a su marido y tutor Diego Hernandez de Cantillana, y suculentos honorarios a los jueces y escribanos de la Casa de la Contratación que ya conocemos. Ahora Pedro, con un poder de su suegro Juan Caldera otorgado a él y a su propia mujer, Isabel Jiménez, el 18 de febrero de 1538 arrecia el ataque a la sobrina del albañil desde otro frente. Sebastián había dejado a deber un centenar de ducados a ciertos mercaderes indianos, y Juan Caldera le adelantó de ellos los dichos 50 que ahora pretendía recuperar Cifontes, iniciando otro pleito que se solapaba con el que ya hemos visto hasta el punto de que ha de solicitar aplazamientos para que le entreguen documentos originales que obran en el primero.
Este poder venía de antiguo, ya que fue concedido el 31 de octubre de 1531, mucho antes incluso del viaje de la "Santa María", pero su vigencia permanecía y nos demuestra que las relaciones entre suegro y yerno fueron inmejorables durante largo tiempo.
Juan Caldera especificó que los autorizaba para cobrar en general "todo lo que le deban en maravedíes, doblas, ducados, oro, plata, joyas, azúcar, cañafístula1 y mercaderías y otras cosas cualesquier que yo tuviera por contrataciones y compañías en cualquier nao o naos de las Indias, [...] y para que puedan tomar y recibir cuenta a Diego de Toledo, mercader hijo de Pedro de Toledo, platero vecino de esta dicha ciudad de todas las mercaderías y otras cosas que yo de cinco años a esta parte le he enviado a su poder a las dichas Indias, así en compañía como fuera de ella, como de las granjerías y aprovechamientos que el dicho Diego de Toledo ha ganado y ha habido así en la Isla de San Juan de Puerto Rico como en otras partes, de que me pertenece y he de haber la mitad de ello [...] y asimismo puedan tomar y recibir cuenta a Antonio de Escobar mi compañero, de todas las mercaderías que ha tratado por mí y por él en la dicha Isla de San Juan, conforme a una escritura que otorgamos ante Francisco de Castellanos, escribano público de Sevilla, [...] y para que puedan tomar y recibir cuenta a Antonio de Carmona, estante en la Isla de La Palma, de todo lo que cobró por mí de la nao de que era señor Francisco García, la cual dicha nao se perdió en la dicha Isla de La Palma [...].


1.- Es la cañafístula el árbol nacional de Tailandia, así como de Kerala (India), y procede de toda aquella región del sur de Asia. Utilizada por sus propiedades medicinales, ya aparece en los tratados de medicina ayurvédica, cuyas primeras manifestaciones literarias se remontan a 2.000-1.000 antes de Cristo, para aliviar los estreñimientos, reflujos de ácidos estomacales, fiebre y artritis, hemorragias y enfermedades de los nervios, etc. Al Nuevo Mundo llegó a través de los conquistadores españoles en el año 1.500.

martes, 18 de mayo de 2010

Los esclavos 82q

Pedro de Cifontes contesta sobre la cuenta de gastos en la nao, diciendo que no es auténtica ni está presentada en tiempo, porque el pleito está concluso; por lo tanto no se cree en la obligación de pagar lo que se le exige, e intenta poner sobre alerta a los Jueces de que la maniobra de su contrario es abrir un nuevo pleito, ahora contra él.
Por fin, el 11 de octubre, se llevaron los autos ante el Licenciado Castroverde, letrado de la Corte, para que emitiese su sentencia. Por la cual mandó a la parte de Sebastián que pagase a Cifontes lo contenido en su demanda, para cuya averiguación dispuso que cada uno nombrase contadores, y en 9 días presentasen las deducciones pertinentes. Álvaro de Baena nombró al mercader sevillano Alonso de León, y Antonio del Castillo al maestre Diego Sanchez Colchero. Mientras tanto, el 28 de noviembre vuelve a aparecer en escena Diego de Cantillana, marido de la heredera de Sebastián, pidiendo en nombre de su mujer un finiquito que Juan Caldera, en nombre de su yerno, había entregado a dicho Sebastián, y que obraba en otro pleito que Cifontes traía con su socio Bartolomé Lopez (el cual pleito estudiaremos seguidamente). Como se evidencia, Cifontes estaba moviendo cielos y tierra tras su aventura transoceánica, imaginamos que debido a que, como las cerezas en una cesta, unos pleitos eran consecuencia de otros, porque iban enredados entre ellos encadenadamente.
El finiquito en cuestión parece decisivo para inclinar la balanza definitivamente:

Sepan cuantos esta carta vieren como yo, Sebastián Rodriguez Pavón, Maestre del galeón nombrado Santa María la Blanca, que ahora está surta en el puerto de Cartagena de las Indias del mar Océano, señor de las dos tercias partes del dicho galeón, por mí de la una parte, y yo Juan Caldera, mercader vecino de la ciudad de Santo Domingo de la Isla Española, por mí y en nombre y voz de Pedro de Cifontes, mercader vecino de la ciudad de Sevilla, señores que somos de la otra tercia parte del dicho galeón, por mí y de la otra parte, otorgamos y conocemos la una parte de nos a la otra parte y la otra a la otra, y decimos que por cuanto el dicho galeón hizo su viaje desde la ciudad de Sevilla a este dicho puerto, en el cual dicho viaje el dicho navío ganó de flete de pasajeros y mercaderías y otras cosas que trajo a este puerto setecientos noventa y dos pesos de oro, los cuales ganó y le cupieron al dicho galeón horros de todas costas, de los cuales cupieron a mí el dicho Sebastián Rodriguez Pavón, como señor de las dichas dos tercias partes del dicho galeón quinientos veinte y ocho pesos de oro, y a mí el dicho Juan Caldera, por mí y en el dicho nombre, como señor de la otra tercia parte del dicho galeón, doscientos sesenta y cuatro pesos de oro, que montan los dichos setecientos noventa y dos pesos, los cuales hemos recibido cada una de nos las dichas partes lo que le pertenece según de suso se contiene, y son en nuestro poder, de que nos otorgamos por contentos y pagados a toda nuestra voluntad, y renunciamos que no podamos decir ni alegar que no los recibimos según dicho es, y si lo dijéremos o alegáremos que no nos valga, y sobre este caso renunciamos la excepción de la pecunia como en ella se contiene, y por esta carta otorgamos la una parte de nos a la otra y la otra a la otra que nos damos por libres y quitos en razón de cualesquier cuentas que sobre lo susodicho hayamos tenido hasta hoy, y porque hechas y fenecidas se averiguó lo susodicho, y prometemos y nos obligamos la una parte de nos a la otra y la otra a la otra de no nos hacer demandas ni mover pleitos en razón de lo susodicho, y si lo hiciéramos que no nos valga y más que paguemos en pena la una parte de nos a la otra y la otra a la otra cien mil maravedíes por nombre de interés convencional que en uno hacemos y ponemos con todas las costas y daños y menoscabos que sobre ello se le recibieren a cualquiera de nos las dichas partes, y la pena pagada o no, que lo susodicho valga y sea firme en todo y por todo, y por esta carta nos obligamos de nos entrar en paz y a salvo la una parte de nos a la otra y la otra a la otra de cualesquier pleitos que sobre lo susodicho nos fueren hechos y movidos so la dicha pena en esta carta contenida, y por esta carta damos y otorgamos poder cumplido a cualesquier jueces y justicias de cualquier fuero y jurisdicción que sean para que por todos los remedios y rigores del derecho nos compelan y apremien a lo así tener y guardar y cumplir según dicho es, so la dicha pena, sobre lo cual renunciamos cualesquier leyes, fueros y derechos que sean en nuestro favor, y en especial renunciamos la ley en que dice que general renunciación no valga, así como si lo susodicho fuese cosa juzgada y pasada en pleito por demanda y por respuesta y sobre ello fuese dada sentencia definitiva y quedase por nos las dichas partes consentida y pasada en cosa juzgada, y para lo así pagar y cumplir obligamos nuestras personas y bienes habidos y por haber, fecha fue esta carta en la dicha ciudad de Cartagena a veinte y cuatro días del mes de diciembre, año de Nuestro Salvador Jesucristo de mil quinientos treinta y cuatro años, y los dichos otorgantes lo firmaron de sus nombres en el Registro de esta carta, testigos que fueron presentes el Comendador Grajeda y Hernando de Cazalla y Luis de Cartagena, y yo, Hernando de Ávila, escribano público de esta ciudad de Cartagena por Su Majestad, presente fuí a lo que dicho es y lo escribí e hice aquí este mi signo en testimonio de verdad.

Le fue entregado a Juana Rodriguez en la Casa de la Contratación el 28 de noviembre de 1537, y el sábado 1º de diciembre lo presentó Antonio del Castillo, esta vez en nombre de la viuda del albañil, Leonor Ortiz; además añadió dos testimonios, uno de Rodrigo Durán, Contador de Su Majestad en la provincia de Cartagena, con fecha del 12 de enero de 1535, en el que confiesa haber recibido de Sebastián 100 ducados de oro que había prestado a los tres socios en Sevilla para fletes de los soldados que tenían que traer en la "Santa María"; y el otro con la misma fecha, de Juan Caldera, que dice que es verdad que no tomó en cuenta a Sebastián los dichos 100 ducados del Contador Durán.
Juana Rodriguez sigue tirando de documentos del pleito de Cifontes con Bartolomé Lopez, trasvasándolos en favor de aquél al suyo (o sea, al de su difunto tío, que ella se ve obligada a defender contra Cifontes), y ahora le toca a unas declaraciones de un marinero vecino de Ribadesella y estante en Sevilla en este año de 1537, un tal Pedro Hernández, de 28 ó 30 años de edad, quien viajó en la "Santa María" con el cargo de despensero y habla sobre el asunto del aceite que el trianero Francisco de Lugo vendió a los tres mercaderes*. Indirectamente nos enteramos que en el viaje de la nao a Cartagena iban incluidos 120 soldados, cifra que este despensero parece haber engordado exageradamente, dado que el total de pasajeros no parece haber sobrepasado la cifra de 130.
Ya en diciembre Alonso de León, el tercero nombrado por Cifontes, presenta su deducción, mas el otro contador no lo hace, por lo que el referido Pedro de Cifontes se queja, diciendo que intentan dilatar el pleito. Bajo pena de 10.000 maravedíes, Diego Sanchez Colchero por fin hace su cuenta, pero en vista de la falta de acuerdo entre los dos, los Jueces nombran un tercer contador de oficio, el Maestre Hernando Blas, quien juró el cargo el 15 de diciembre, como "persona hábil y suficiente y de conciencia para ello". Con todo lo cual entra el nuevo año de 1538, y en febrero de él el contador de oficio expresa su conformidad con el parecer de Diego Sanchez Colchero. Con estos apoyos Antonio del Castillo presenta su ultimátum, y a la vez vuelve a pedir el desembargo de los bienes de Sebastián y su entrega a los herederos, ofreciendo al efecto como fiador a Alonso Lopez Cordonero, "el cual es abonado a Vuestras Mercedes y pido lo manden recibir".
En el siguiente documento que aparece en los autos comprobamos que Juana Rodriguez empieza a adquirir protagonismo, acaso porque a su tía la viuda de Sebastián los años ya no le permiten bregar con escribanos y testificaciones. Juana ahora es representada por nuestro ya conocido Procurador Antonio del Castillo, y por su marido Diego Hernandez de Cantillana, quien además se ha convertido en su tutor, dado que ella es menor de edad. El escrito de referencia por el que su marido asume la tutoría nos indica que Juana era hija de Hernando Sanchez y de Catalina Rodriguez (con toda seguridad la herrmana de Sebastián), ya entonces difuntos, y que tenía 23 años poco más o menos,


* Por este joven despensero riosellano sabemos algún detalle de lo acontecido en el viaje de la "Santa María". En un trayecto en condiciones normales su labor hubiera consistido en desde repartir la comida a los embarcados hasta en enseñar a los grumetes a cantar las horas. Por la noche, cada media hora, se podía oír al muchacho a quien tocara la guardia recitando un sonsonete:

"Una va pasada
y en dos muele;
más molerá
si mi Dios querrá,
a mi Dios pidamos
que buen viaje hagamos;
y a la que es Madre de Dios y abogada nuestra,
que Dios nos libre de agua, de bomba y de tormenta".

Referíanse con la expresión "moler" al vaciado de la parte superior en la inferior en el reloj de arena o ampolleta, que medía una hora exacta en los utilizados en la mar.
La herramienta principal del despensero era el fogón, especie de caja metálica abierta por arriba y de fondo cubierto de arena donde se depositaba la leña, cuya combustión proporcionaba el calor necesario para guisar. Cuando los ingredientes (arroz, habas, garbanzos, carne, tocino, frutos secos) se estropeaban ponían en práctica una estratagema que consistía en servirlos de noche, cuando la oscuridad impedía a los engañados comensales detectar gusanos u otros animáculos en los platos. También el bizcocho, parte principal en la dieta transoceánica, solía agusanarse a pesar de ser cocido dos veces —de ahí su nombre— para que durase más. En estas frecuentes ocasiones se guisaban los restos con aceite, ajos y agua, y se servían amparándose igualmente en la oscuridad nocturna, al cual guiso llamábasele "mazamorra". Era el bizcocho ni más ni menos que pan o galleta sin levadura, elaborado con harina integral, y se embarcaba en cajas o barriles forrados de plancha de metal para protegerlo de la humedad. Ya hemos visto como en Sevilla muchas familias vivían de su fabricación y comercio. Su consumo se complementaba con vino, a veces en migado según el gusto de cada cual.
Poco antes de avistar la isla de La Gomera el de Ribadesella fue testigo de un hecho incalificable, que definía muy bien la personalidad del "Maestre" Sebastián: no acompañaba aquel día a la nao el viento y pasaban las horas sin avanzar, con las desesperantes velas como socarrones fantasmas de abiertos brazos, colgando lacias y desmayadas. Por añadidura el albañil había mantenido varias acaloradas discusiones a lo largo de la mañana. Reinaba en el barco un silencio tenso, cada cual centrado en su tarea sin levantar la vista de ella, y los ociosos, pescando o dándose un baño de vez en cuando, pero con el mismo talante y actitud de reserva y temor; y las mujeres en cerrado grupo miraban al horizonte, en busca de una tranquilidad y un sosiego que escaseaban a sus espaldas.
Sebastián daba bandazos por el puente como un oso, exhalando maldiciones en voz baja. Nadie osaba mirarlo, excepto uno de los gatos de a bordo que, sentado sobre una aduja de cabos, digería plácidamente varias cucarachas que había atrapado en la hedionda sentina. El encolerizado navegante, como sintiéndose insultado por cualquier forma de vida que manifestase indiferencia ante sus problemas, no lo dudó ni un instante, y al ganar la altura del inocente felino le propinó un amplio puntapié, ejecutado con todo el arco de su pierna. El animalito pareció transformarse, mientras describía volveretas por el aire quieto y transparente, en un trozo rígido de madera cuya única animación era un prolongado maullido preñado de sorpresa y miedo que rasgó ronco el espacio, y tras la trágica parábola cayó al agua azul, apenas rizada, desde la que braceó afanosamente mientras boqueaba entre trago y trago del salobre líquido, como si mantuviera puesta alguna esperanza en los seres que desde allá arriba en la borda contemplaban sus cada vez más inútiles esfuerzos. Hasta que se hundió irremisiblemente, acaso arrastrado a las profundidades bajo las mandíbulas de algún depredador submarino.
Un hecho tal, acontecido poco tiempo antes de tocar tierra en La Gomera, puede muy bien indicar que en efecto fue el albañil quien, presa del estado iracundo en el que se encontraba, expulsó del navío a su maestre legítimo, Martín Lopez Vizcaíno, propiciando con ello la tragedia denunciada por Pedro de Cifontes.

martes, 4 de mayo de 2010

Los esclavos 82p

—Adelante, adelante... Si no he dicho ninguna oposición... Si lo veo bien.
Quien así hablaba era un anciano ceniciento como el tronco de un olivo, casi borroso en un rincón de la taberna, donde la poca luz que llegaba tenía oscuros tintes verdes. Solo sus ojos aparecían nítidos como metal bruñido, lucecitas hundidas en una maraña de arrugas.
Asomado a la puerta, en la que cavilaba un racimo de heterogéneas caballerías que agitaban orejas y colas, había un joven alto y delgado, cargado de espaldas, oteando la extensión batida por las cambiantes brisas atlánticas. Pasó una bandada de anátidas, innumerables, hacia el oeste. El anciano tosió, y las dos o tres sombras que lo acompañaban, bebiendo vino en jarrillos de barro —tres recolectores de tagarnina, de edad mediana y de indumentarias astrosas—, enmudecieron reclinándose en los respaldares de sus sillas costilleras, como si el asentimiento y la autorización implícita del viejo hubiera zanjado en sus conciencias cualquier atisbo de temor. Al fin y al cabo, pertenecientes a una clase social definida que no poseía ni la sombra de los pinos, sólo podían contar con ellos mismos; otro visto bueno añadido suponía fuerza moral, apoyo y compromiso muy deseables si las cosas se torcieran.
El sol hacía rato que se hubo perdido hacia el océano, y una ala oscura, amplia y silenciosa, se abatía sobre el páramo y el caserío, sobrevolando la vega y el cabezo y refrescando el ambiente embalsamado de aroma de tomillo y poleo. La tabernera, una mujerona de edad indefinible, obesa de rostro abotagado y sucio aspecto, desplazó su voluminoso físico entre las mesas portando un candil encendido, que fue a colocar en la repisa polvorienta de una chimenea húmeda y lóbrega.
Hablaron de Sebastián Rodriguez Pavón los parroquianos, uno de los cuales tenía información fidedigna, proporcionada por una tía de su mujer, la cual había servido muchos años en la sevillana collación de San Vicente, en una casa frente a la del difunto demandado por Cifontes. Era el albañil Sebastián, según ella, hombre deshumanizado por el afán de riquezas materiales, avaro hasta el esperpento, miserable con todos los que tenían la desgracia de estar sometidos a su dominio, y especialmente iracundo; sus arrebatos y arrechuchos de cólera habían dado que hablar en toda la ciudad. Muchas noches vio su sueño roto la criada aznalcazeña por los gritos y porrazos de un Sebastián escandaloso, irascible y violento, que era capaz de sobresaltar en plena madrugada a todos los vecinos de la calle por cualquier insignificante nimiedad doméstica. También se le conocían múltiples aventuras de faldas, y esa fama fue corroborada por más de una jornalera cuando se convirtió en propietario agrícola en el pueblecito entre el Aljarafe y la Marisma.
—Bueno, contamos con Juan Martin, ¿no es así, compadres? —inquirió uno de los bebedores. Los demás contertulios asintieron con las cabezas. Juan* era hombre práctico y razonable, y el primer interesado en aprovechar una uvas que más pronto que tarde iban a pudrirse en las cepas, comidas por los insectos.

* Juan Martin es el empleado de Sebastián, su guarda en Los Molinos, a quien hemos conocido en el capítulo anterior. De su hermano Gonzalo Guillén, emigrado al Nuevo Mundo, el profesor Enrique Otte nos ofrece en "Cartas privadas de emigrantes a Indias, 1540-1616", algunas referencias. El 19 de julio de 1560 escribió Gonzalo desde el Perú a su madre Leonor Guillén, y, entre otros temas de asuntos familiares, dice: "Allá escribo a mi hermano Juan Martín que se venga a esta tierra, porque me será aprovechado, y no vivir en ésa, donde pasan tantos trabajos y miserias, según él me escribe. Y si así lo hace, no lo errará de tomar mi consejo y venir a tierra donde no hay hambre, y en poco tiempo los hombres que se quieren aplicar están ricos. Así que dígolo, porque, si tiene necesidad, como escribe, yo le favoreceré en todo lo que tuviere."
El hermano del guarda es viudo y está casado en Lima, asimismo con una viuda; tienen varios hijos. Los Guillén son una familia grande. En agosto del mismo año recibió Leonor en Aznalcázar otra carta de manos de un fraile regresado, por medio del cual su hijo le remite un tejuelo de oro de 16 quilates y dos granos, para que lo venda y reparta el dinero entre los allegados. Pide que le envíen a su hijo —el único que le queda a este lado del océano, de su primer matrimonio— en el navío que salga de inmediato, o con el referido fraile cuando vuelva, y reclama otra vez al guarda de Los Molinos, su hermano, para que se vaya con él. Y por fin solicita que le envíen 6 hoces de podar y, en una redomita pequeña, simiente de cohombrillo amargo.
En otra de sus cartas, escrita el 12 de marzo de 1560, cuenta que habían padecido en todo Perú una especie de pestilencia con romadizo y dolor de costado, de la que murió mucha gente, tanto españoles como negros e indios, y que el Arzobispo había mandado no tocar la campanilla al llevar los Santos Óleos por la calle, para no alarmar al vecindario, tantas eran las veces que procesionaban para auxiliar espiritualmente a los moribundos. En su casa todos cayeron malos y murió uno de los hijos del primer matrimonio de su mujer. Se queja además de que su hijo en Aznalcázar no se haya reunido todavía con él, y de no haber recibido las semillas de cohombrillo, y vuelve a ofrecer a su hermano Juan Martín apoyo para que emigre.
El 15 de abril de 1561 volvió a escribir, haciendo notar que llevaba 3 años sin recibir carta de nadie, por lo cual no sabía cómo estaban. Se refiere también a un hecho luctuoso: "No sé si allá saben cómo es muerta la hija de la Roldana de Sanlúcar, que la mató su marido. Y también se ha dicho que su marido es muerto, yéndose huyendo de esta ciudad para las Charcas. Dicen que se ahogó en un río, no sé si fue fama hecha. Dicen quedó un hijo suyo muchacho en casa de Alonso Castro, quien fue causa de su muerte de ella, porque en casa de éste la mató. Escríbolo porque tenía mucha conocencia con ella, y me decía que conocía a mi hermana Isabel Guillen". Y termina añadiendo que su mujer ha estado muy enferma, y que así ella como todos quieren volver a España, siquiera a morir.
Sabemos que, por fin, al hijo de Gonzalo se le concedió licencia para ir con su padre: Juan Martin, natural de Aznalcázar, soltero, hijo de Gonzalo Guillén y de Isabel Vázquez, al Perú, donde residía su padre. 12 febrero 1562 (Archivo General de Indias). Cuando le dieron la dicha licencia tenía 18 años, y para lograrla presentó las cartas de su padre reclamándole, y una de un hermanastro encabezada con un "Deseado hermano", llena de faltas de ortografía, en la que le recriminaba por no escribir, máxime "teniendo habilidad para hacerlo", y rogándole en su nombre y en el de "su señor padre" que hiciera el viaje, y que lo acompañara su tío Juan Martin (—nuestro guarda de Los Molinos—).


Volvemos al pleito de Pedro de Cifontes contra Sebastián Rodriguez Pavón. El lunes 25 de junio de 1537 el Procurador de éste, Antonio del Castillo presentó la cuenta de los fletes de pasajeros y mercancías que trasportaron en el galeón "Santa María la Blanca" con Sebastián de maestre. Se deducen los precios de las comidas que consumieron y de la ropa y mercancías que llevaban los pasajeros, y los gastos de pilotaje, incluyendo los viajes por las islas y costas caribeñas.
El 1 de octubre, Diego Hernandez de Cantillana, el marido de la heredera de Sebastián, —recuérdese, su sobrina Juana Rodriguez—, dice que los vinos embargados en la bodega de Aznalcázar se están dañando al paso de los días, y antes que se estropeen del todo, pide que los manden vender, que él mismo se encargará de hacerlo ante escribano. Otro sí dice que "porque las viñas están por vendimiar y muchas personas han hurtado la uva de ella me manden dar su mandamiento para que los Alcaldes de la Villa de Aznalcázar hagan pesquisa de los que han hurtado la uva y los que parecieren culpados los prendan y envíen ante Vuestras Mercedes y en razón de ello me hagan justicia, y lo mismo de los maravedíes que están embargados del dicho Pavón me den dineros para que la uva que queda se vendimie y no se acabe de perder, para lo cual pido justicia".
Tuvo suerte, ya que los Jueces accedieron, al menos a parte de sus postulaciones, de manera que los vinos fueron vendidos y las uvas recolectadas, frustrando las excursiones nocturnas de los hambrientos jornaleros que amparados por Juan Martin, guarda de Los Molinos en trance de emigración al Perú, una noche sí y otra no aligeraban las cepas de sus sabrosas cargas. Los parroquianos del tabernucho* tuvieron que volver a sus pasadas ocupaciones, rebuscando gurumelos entre los pinos para freír con ajo y huevos, y arrancando tagarnina de los ribazos para aderezar guisos de garbanzos.
No sabemos si la autoridad aznalcaceña incoó autos contra los ladrones.

* En semejante antro, 200 años después, Pedro Casasnovas vengó la afrenta que unos caballistas infringieron a su novia. Ver "El pueblo (VII)", entrada de junio de 2008.

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...