sábado, 16 de enero de 2010

Los esclavos 80

Con la llegada del siguiente mes, junio, al igual que el cielo andaluz por ese tiempo, las siniestras intenciones del poder castillejense están claras y despejadas, ofreciéndoseles diáfanas al lector de los autos sin la menor mancha de sombra. Ya tenían los mandamases, los potentados, el Alcalde y su cohorte, un chivo expiatorio idóneo, un instrumento para expresar la ideología dominante, una pieza desamparada, perdida e indefensa, cuyo sacrificio frente al populacho supondría para ellos una demostración inequívoca de poder, una forma de infundir terror en las masas para hacerlas ciegas y manejables, un refuerzo de los vínculos que, como grupo, unen a los poderosos: la defensa a ultranza de la propiedad privada, el desprecio, la crueldad y el sadismo con las clases inferiores, el enaltecimiento de la propia raza y posición económica y social. Ya husmeaba Francisco de Aguilar el espectáculo y se regodeaba imaginando a su paso el brillo mezcla de admiración, de temor y de odio en los ojos de sus vecinos: de admiración —con cierta dosis de agradecimiento— hacia quien les satisfacía en sus instintos morbosos con un cruento espectáculo; de temor por aquel implacable despliegue de poder; y de odio que suscita y propicia la envidia de las gentes comunes hacia sus superiores; que toda aquella amalgama de sentimientos encontrados se hacía presente en la sociedad ante un castigo público como el que estaban acabando de diseñar en sus cámaras y tertulias las altas instancias de Castilleja de la Cuesta.
Vimos en el anterior capítulo que María Rodriguez, por medio de su procurador Juan de Vega, se había apartado de la querella y había otorgado su perdón al joven. Eran estos apartamientos armas de doble filo, puesto que dejaban a quienes recibían la gracia del perdón a merced de la justicia pura y dura, la cual en estos casos continuaba como acusación y se cebaba literalmente, según las razones que acabamos de exponer, en los encausados. De manera que dicho apartamiento de querella significaba en el fondo un agravamiento del castigo, ahora actuando la fría maquinaria de la justicia oficial como acusación.
También en una posterior diligencia mandó Francisco de Aguilar —asesorado por un tal Vicedo, licenciado sevillano—, porque Antón había confesado tener veinticinco años de edad y ello podría suponer que por su minoría el proceso que se le hiciese fuese nulo, proveerlo de curador. El jueves 2 de junio designó como tal a quien hasta ahora había sido su defensor, Juan Sanchez Vanegas; Juan juró el cargo, presentó por su parte a su propio fiador, y ambos se obligaron ante los testigos Salvador Perez y Diego Rodriguez de Jaén. Anotaremos que cuando en el documento se refería a su tutelado usaba la expresión "mi menor", la cual podría interpretarse como un rasgo tiernamente paternalista, aportando a esta historia algo de humanidad; nada más falso: el monstruo de la burocracia con sus fórmulas descarnadas ya había emprendido, días atrás, la maniobra inexorable que sin piedad alguna arrasaría conciencias y dignidades. El movimiento de pliegos y folios, de encargos y requerimientos, no era más que una comedia representada por muñecos mecánicos en un teatro vacío.
—Le van a sacudir el polvo —comentaba fanfarroneando Francisco de Aguilar ante los señorones castillejanos, presumiendo de su buen hacer y de su efectividad como jefe policíaco. Y en efecto, cierta parte del castigo iba a consistir en azotes, y en público, según se acostumbraba a hacer con los casos de esclavos ladrones. Para el tema en sí dejemos hablar al investigador Baltasar Fra Molinero en uno de los párrafos de su libro "La imagen de los negros en el teatro del Siglo de Oro":

"El espectáculo de los azotes es una constante en las relaciones entre blancos y negros de la España de los siglos XVI y XVII. La literatura siempre está haciendo referencia al hecho: el negro Zaide del Lazarillo es pringado y recibe cien azotes, la mulata Elvira es amenazada con el mismo castigo por su amo en Servir a señor discreto (Lope de Vega). Los azotes públicos a los negros son un espectáculo envilecedor para la víctima, acreedora al castigo y a la violencia "por su culpa". La culpa es el deseo que no se conforma a los intereses del amo. Queda, sin embargo, un residuo, como diría Jacques Derrida. La frecuencia del leitmotiv de los azotes en la carne del negro habla de un elemento de placer en la audiencia. El castigo es público, con lo que se convierte en espectáculo. El público asistente aprende a disfrutar de la visión de una espalda negra desnuda cosida a latigazos. [...] La moral religiosa y el ejercicio del poder político se unen a la hora de justificar y legitimar el placer de ver el dolor ajeno. [...] La conexión entre sexualidad y esclavitud ha sido una constante en la historia moderna de Europa y América."

Luego vendría el dictado de la sentencia. Pero ante la "fiesta" que se preparaba, un minucioso e hiperactivo Alcalde de la Hermandad preocupábase de detalles tales como el tiempo meteorológico, con el fin de elegir el día más a propósito para congregar a la multitud al aire libre en las calles de Castilleja. Así, andaba olisqueando el aire, pendiente del enrizamiento de las hojas del trébol en el campo, inspeccionando las pavesas de las mechas de los candiles, el color de la torre de la iglesia de Santiago al amanecer y al atardecer o el sonido de su campana, catando la temperatura de las aguas de pozos aquí y allá, y practicando concienzudamente un sinfín más de los métodos usuales de predicción del tiempo, todo ello para estar seguro de que el día señalado no sería estropeado por alguno de los últimos aguaceros de la temporada lluviosa.

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