sábado, 23 de enero de 2010

Los esclavos 81

Acto seguido transcribimos el fallo, emitido por el omnipotente Alcalde Mayor del Estado de Olivares, sobre cuyas decisiones sólo se encontraba el Conde. No es frecuente que el Alcalde Mayor descendiera a intervenir en pleitos tan domésticos y ordinarios como el que nos ocupa, por lo que surge la sospecha de que el rico hacendado Pedro de Cifontes debía estar dejando sentir su influencia:

Fallo: Por la culpa que de este proceso resulta contra el dicho Antón, esclavo de Benito Sanchez, siendo que las partes le perdonan, lo debo condenar y condeno a que de la cárcel donde está preso sea sacado caballero en un asno, pies y manos atados, desnudo hasta la cinta, y sea traído por las calles acostumbradas, con voz de pregonero que manifieste su delito, y le sean dados cien azotes. Condénole más en 4 años de destierro de esta Villa y su término, el cual salga a cumplir dentro de tres días después de puesto que sea suelto de la cárcel y prisión donde está, y lo tenga y guarde y cumpla y no lo quebrante so pena que lo cumpla en las galeras de Su Majestad y sirva por galeote al remo. Condénole más a las costas de este proceso, cuyas tasas me reservo1.

1.- Por lo general, hasta que el sentenciado no pagaba las costas no salía de la cárcel. En el caso de Antón, mal podría haberlas hecho efectivo, dada su extrema indigencia; aunque, para no tener que mantenerlo a costa del erario público, hay que imaginarlo liberado pronto merced a alguna componenda de las autoridades que satisficiera los estipendios del escribano y demás oficiales.

Era de esperar, por otra parte, que se cebaran con el desgraciado muchacho. A título comparativo, apuntamos que abundan en la historia de Castilleja de aquella época sentencias contra vecinos involucrados en delitos de sangre cuyas condenas no pasan de tres meses de destierro, y reducibles a voluntad del juez; por supuesto que para estos vecinos era impracticable e inconcebible la pena de azotes, reservada exclusivamente, como ya apuntamos, a minorías marginales.

El viernes día 3 por el escribano Juan Vizcaíno le fue notificado el fallo al Alcalde, y el sábado al procurador del esclavo, Juan Sanchez Vanegas, en las casas de su morada, y con su autoridad dijo que lo consentía y lo consintió. Testigos, Salvador Perez, Simón de Valencia y Bartolomé Moreno. Y la cual dicha sentencia fue ejecutada al dicho Antón, esclavo preso, según y como en ella se sigue, por Francisco Galán, verdugo del Alguacil Real de la ciudad de Sevilla, en presencia de mí el dicho escribano, el dicho día sábado 4 de junio de 1558. Fueron testigos Salvador Perez, Antón Navarro, Diego Rodriguez de Jaén, Diego Rodriguez, Francisco Garcia, Simón de Valencia y Bartolomé Moreno.

Nótese que ya debía estar en camino el verdugo —en la mañana del sábado— mientras todavía no se le había leído la sentencia a Juan Sanchez Vanegas, quién debía consentirla. Todo lo cual denota que las decisiones estaban tomadas ya desde muchos días antes. Era un desafío el que había hecho al poder, una burla la que había infligido a la autoridad el mísero cautivo Antón difícilmente perdonable, por lo que primaba dar un escarmiento ejemplarizante. La justicia debía triunfar sobre aquel mequetrefe, de la manera en que muy certeramente observó Michel Foucault:

El suplicio descansa sobre todo en un arte cuantitativo del sufrimiento. Pero hay más: esta producción está sometida a reglas. El suplicio pone en correlación el tipo de perjuicio corporal, la calidad, la intensidad, la duración de los sufrimientos con la gravedad del delito, la persona del delincuente y la categoría de sus víctimas. Existe un código jurídico del dolor; la pena, cuando es supliciante, no cae al azar o de una vez sobre el cuerpo, sino que está calculada de acuerdo con reglas escrupulosas: número de latigazos [...]. El suplicio forma, además, parte de un ritual. Es un elemento en la liturgia punitiva, y que responde a dos exigencias. Con relación a la víctima, debe ser señalado: está destinado, ya sea por la cicatriz que deja en el cuerpo, ya por la resonancia que lo acompaña, a volver infame a aquel que es su víctima; el propio suplicio, si bien tiene por función la de "purgar" el delito, no reconcilia; traza en torno o, mejor dicho, sobre el cuerpo mismo del condenado unos signos que no deben borrarse; la memoria de los hombres, en todo caso, conservará el recuerdo de la exposición, de la picota, de la tortura y del sufrimiento debidamente comprobados. Y por parte de la justicia que lo impone, el suplicio debe ser resonante, y debe ser comprobado por todos, en cierto modo como su triunfo. El mismo exceso de las violencias infligidas es uno de los elementos de su gloria: el hecho de que el culpable gima y grite bajo los golpes, no es un accidente vergonzoso, es el ceremonial mismo de la justicia manifestándose en su fuerza. (De "Vigilar y castigar").

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Notas varias, 3i.

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