viernes, 29 de enero de 2010

Los esclavos 82

Francisco Galán era un hombre de edad indefinida, pareciendo indistintamente joven enfermo y apagado o anciano enérgico y malicioso, mas constituía la constante del verdugo del Alguacil Real de Sevilla un aura tan inmaterial como repelente en torno a su persona, tal, que hacía que pocos o nadie se sintieran cómodos bajo su influencia y con su trato. Era menudo de cuerpo y de tez terrosa y mate, y el agua desleída de sus ojos verdosos solo cobraba brillo en presencia de mujeres. Ellas intuían al monstruo que habitaba en el interior de aquel individuo sobre todo cuando oían su voz, monocorde, ronca y desagradable, como el chirrido sordo de las maquinas que usaba para desempeñar su terrible oficio.
Cuando subió la cuesta al amanecer, sobre su mula marchaba despreocupado, silbando y canturreando. Conocía a los castillejanos y sabía de la hospitalidad que prodigaban, en su caso particular con el añadido de una irracional atracción que lo monstruoso e insólito ejercía sobre las almas simples de aquellos pueblerinos. Otras veces Francisco Galán había "trabajado" para su Concejo, y en ellas disfrutó del agasajo de ciertos vecinos pudientes, que con pertinaz insistencia lo atiborraban de chacinas con pan y mosto hasta el punto de hacerlo sentir molesto con tales usos y costumbres, tan ajenos a los de la capital. De esta manera, iba ahora ligero de equipaje, con la convicción de que el condumio al menos no había de faltarle a lo largo de la jornada. Portaba envueltos en un basto lienzo —para evitar mancharse de sangre tras la tarea— tres o cuatro látigos de esparto con mangos de cuero, zurriagos tiesos y sequerones cuyas quebraduras en el trenzado formaban un erizamiento de agudas puntas, las cuales en todo se parecían a minúsculos clavos. El referido hatillo, un par de cuerdas, una calabaza con agua y una bolsa faldriquera con una docena de blancas y dos maravedíes constituían su bagaje.
A la entrada del pueblo fue reconocido, y a gritos se propagó la nueva de la llegada del enigmático personaje. La chiquillería rodeaba la cabalgadura, absorta y silenciosa, sin un comentario, caminando en cerrado grupo a lo largo de la Calle Real con los ojos fijos en el extraño hombre.
En un corral ya preparaban el borrico sobre el cual Antón recorrería "las calles acostumbradas" recibiendo latigazos en la espalda desnuda.
La mañana del sábado 4 de junio de 1558 fue soleada, aunque no excesivamente calurosa. Idónea para el espectáculo. Víspera del día sagrado, el sábado solíase romper un poco el ritmo tenso de las labores porque los manijeros, capataces y encargados permitían cierto esparcimiento a modo de anticipo del que, ya oficial, disfrutarían los labriegos y asalariados al día siguiente. Pero en el referido día 4 este hábito se veía reforzado —con la obligatoriedad de la tradición más ineludible— por las escenas que todos debían y querían presenciar, que imaginaban ya y que muy pronto atestiguarían, partiendo desde la casa de Bartolomé Gonzalez Masvale, Alguacil y carcelero, pasando por la Plaza con su rodeo casi ritualizado, bajando por la calle de las Carnicerías* hasta desembocar en la Calle Real enfrente de la vieja casona del Jurado Juan Rodriguez**, enfilando hacia Gines y volviendo por aquellos embriones de calles que hoy son las de Manuel García-Junco y de Enmedio para regresar al giro en la Plaza y finalizar dejando tirado y exhausto —aturdido, hecho un giñapo ensangrentado— en el suelo del calabozo de Bartolomé al penitenciado.
La voz se había publicado, esparciéndose como el rayo de casa en casa, de calle en calle, de pueblo a pueblo, y desde muy temprano bormujanos, ginecinos, tomareños, gentes de Espartinas, ariscaleños, sevillanos y entre ellos abundancia de trianeros, cameños, maireneros del Aljarafe, una tropa abigarrada representando todas las edades y oficios, todas las indumentarias y formas, temperamentos, gestos, fisonomías, andares y talantes, excitada y conversadora, bullanguera y escandalosa, acudía a la antiquísima y siempre novedosa contemplación de la ceremonia del sufrimiento ajeno. Jovencitas risueñas, compadres fanfarrones, madres con el rorro a cuestas, mendigos sin patria, cuadrillas de muchachos alborotadores, grupos de miserables jornaleros, ancianos cojitrancos, pandillas de chiquillos impávidos, con los ojos desorbitados por la curiosidad, todos y cada uno con las correspondientes licencias y permisos de quienes los gobernaban previendo el efecto de aborregamiento que en sus conciencias dejaría impreso el aparato legal en la culminación y producto último de su atroz dinámica.
Hasta un viejo ciego octogenario de Castilleja de Guzmán se había hecho al camino apoyado en su lazarillo, quién instado por las preguntas trémulas e insalubres de su amo, gráficamente le explicaría los detalles más escabrosos de la escena.
A las once de la mañana, a la puerta de la casa del Alguacil, reunidos Alcaldes y Regidores y auxiliados por un torbellino de aduladores, lacayos y tiralevitas, se preparó el desfile. Lo abriría el pregonero, un bormujano sencillo por demás que había tenido la fortuna de recibir de niño alguna clase de lectura y que en casi todas las ocasiones se aprendía de memoria lo que recitaba, aunque a grito pelado dándole una entonación especialísima y personal que llegaba a subyugar a las gentes como si de un mantra se tratase, todo ello subrayado por los redobles de su tamborero***, ambos a pie. Y tras ellos el desgraciado negro, con solo unos zaragüelles de vestimenta, atados los brazos por las muñecas y los pies bajo la panza del pollino que lo transportaba, y, igual que su sombra, el verdugo, enhiesto en su propia montura. Los notables de la Villa habían tomado posiciones en la Plaza, lugar privilegiado para una doble contemplación del castigo, a la ida y a la vuelta. Respaldados contra las fachadas de las casas del itinerario los mayores, arracimados por las esquinas los forasteros, en los rincones más anónimos y discretos los esclavos castillejenses, a las ventanas y balcones las mujeres y los enfermos, y los jóvenes caminando en pos de los jinetes, comenzó la cuenta, entre risotadas y burlas de la plebe. A los quince primeros golpes la negrura de los homóplatos del joven, sudosos, de ébano brillante, se transformó en una mancha carmín bajo la acción rítmica, medida con pausa y experiencia, del funcionario sevillano.
Gustaba Francisco Galán de enardecer al populacho con un detalle de su propia creación: no sustituía el azote a pesar de encontrarse empapado en sangre, produciendo así, a cada latigazo, salpicaduras por doquier; los que más cercanos estaban al paso del esclavo Antón sobre el burro retrocedían espantados ante el temor de mancharse de aquella impureza viscosa, caliente y ajena, y los niños bromeaban entre ellos empujando al más débil y distraído cuando el verdugo, desde la altura de su mula, alzaba de nuevo la roja trenza de cáñamo.
El gentío cantaba, cada vez más excitado:
—¡¡ Diez y seis!! —y esperaba, tenso y ansioso, ver unos metros más adelante, como el rayo divino de una señal del cielo, alzarse en alto el brazo del verdugo que el enrojecido azote prolongaba:
—¡¡ Diez y siete!!
Sardónico, el Alcalde de la Hermandad Francisco de Aguilar, sintiéndose artífice único y protagonista del extraordinario evento, comentaba a sus acompañantes:
—Acaso así estos ladrones bellacos aprendan a contar.

* Calle de las Carnicerías. Siguiendo el estudio "Hernán Cortés y Castilleja de la Cuesta" de la doctora doña Aurora Ruiz Mateos, si de título prometedor de contenido decepcionante en cuanto que, utilizando fuentes de la Orden de Santiago, se limita a describir vagamente la Castilleja de aquellos años, nos encontramos con una primera mención a la calle de las Carnicerías. Dice doña Aurora:

De los cuatro bloques formados por las calles que parten de la plaza, nos inclinamos a pensar que la casa de la encomienda [residencia por aquella época del comendador Alonso de Esquivel] estuvo en la manzana cuyo frente es el mayor que da a la plaza [o sea, el occidental], y que uno de sus lados da a la actual calle Hernán Cortés, antigua Carnecería, en función de dos órdenes dadas por los visitadores: la primera, de 1511, es cercar el corral de la encomienda. Los obligados a ello son el comendador y los propietarios de los terrenos colindantes con el corral santiaguista: Juan Sánchez y Cristóbal Guillén: y en la segunda, de 1514, mandan a Alonso Guillén

Y continúa la profesora de la Universidad Complutense transcribiendo dicho mandado del Visitador de la Orden de Santiago:

que abra la puerta que antiguamente estaba abierta en la calle que dizen de la Carneçería porque los corrales de toda su casa son de la Horden, porque quede la memoria del derecho de la Horden; lo qual le fue mandado que faga desde oy fasta en fin de hebrero de quinientos e quinze años, so pena de tres mill maravedís para redençión de Cabtivos. (Libro de Visitas, 1109C, pág. 111).

Nosotros, a tenor de lo averiguado hasta ahora, no tenemos una visión tan clara de la distribución de las calles del pueblo, mas podemos asegurar, en base a documentos ya transcritos en esta Historia, que a la entrada de la Calle Real desde Sevilla existía por estas fechas un matadero de reses perteneciente al Conde de Olivares y administrado por el Concejo de la Villa, matadero que fue precisamente donde el esclavo Antón recaló al llegar a Castilleja con todo lo robado en Carmona (ver "Los esclavos 67", entrada de julio de 2009). Y también contemplamos la posibilidad de que el corral de la casa de la encomienda tuviera su fondo y límite en la calle García-Junco, a la cual se abriría la puerta referida por el Visitador, siendo así un extenso espacio, digno de una persona como el comendador de la orden de caballería. En este caso la dicha calle de García-Junco sería la de las Carnicerías, nombrada así quizá por ser más que nada camino de ganado.

**El Jurado Juan Rodriguez prestó al viejo genocida Hernán Cortés la casa donde había de morir, hoy colegio de las Irlandesas.

*** Para más detalles del tamboril del pregonero, ver "Los esclavos, 50", primera nota, entrada de mayo de 2009.

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