jueves, 25 de febrero de 2010

Los esclavos 82h

Más cuentas en descargo de Pedro de Cifontes: 20.000 maravedíes pagados al trianero Alonso Sanchez Labrador por su casamiento con Andrea de Cifontes*, que fue criada de Cifontes y de su mujer Mari Téllez, dote refrendada por el escribano público de Sevilla Diego de Toledo en 8 de agosto de 1531 y en cumplimiento de una de las cláusulas del testamento de Mari. Mas 5.070 maravedíes gastados en el enterramiento de ésta. Mas 40 pesos de oro que valió una esclava india, llevada por Mari en dote al casamiento y ahorrada por ella en su última voluntad, aunque los contadores le exigen ahora que de pruebas de este ahorramiento, con testigos. También dijo Pedro que pagó a Juan Rodriguez Colorado** 39 pesos de oro, quien le había encargado por escrito que los cobrase de Francisco de Toledo, escribano público de la ciudad de Santo Domingo; aunque Pedro tuvo que pagarlos a Colorado, alegó que no los había recibido del escribano porque se le extravió el escrito, y que fue deuda hecha durante su matrimonio y la satisfizo después de fallecida su mujer; los contadores estimaron que en ningún sitio había hecho constar que hubiese perdido el escrito de Rodriguez Colorado, ni siquiera que hubiese hecho diligencia alguna acerca de ello. Pidió Cifontes además el descuento de 300 pesos de oro, diciendo y asegurando que podía probar con testigos que su mujer escondió dicha cantidad y se la trajo desde Santo Domingo a Sevilla, además de lo que él le dio para gastos de viaje, y que no supo tampoco el día en que ella emprendió dicho viaje; los contadores, ante lo insólito del asunto, decidieron remitirlo a los Señores del Consejo de las Indias, para que ellos determinaran. Se le descargaron además 80.000 maravedíes, que según el testamento de su mujer, Pedro traía de caudal cuando se casó con ella.
De tal manera que, —suman los contadores—, los maravedíes que se descargan al demandado son 1.120.110, que restados al cargo de 1.410.216, arrojan a su favor 290.106, o sea, 145.053 maravedíes para cada parte. Y de los 145.053 de la parte de Mari Téllez, la tercera parte, esto es, 48.351 maravedíes, corresponden a su marido tal y como mandó ella en su testamento, y así quedan por bienes de la difunta 96.792, que divididos entre las dos herederas sus hijas tocan a la dicha Juana Téllez 48.350, de los cuales tiene recibido 400 pesos de oro (180.000 maravedíes) que llevó en dote y casamiento con Juan de Sevilla, a los cuales se le han de restar la parte de la herencia de su madre —los dichos 48.350—, con lo que le queda debiendo su padrastro Pedro 139.649 maravedíes más de los 600 pesos sobre que es el pleito, que la dicha Juana tiene recibidos y que Pedro de Cifontes exige que se los devuelva. Y con esto los contadores finalizaron su tarea, firmando el acta junto con los testigos, que fueron Pedro Gonzalez de ¿Basocibal?, Martin de ¿Irabren? y Juan de Vergara, estantes en la Corte de Valladolid.
Parece que durante esta jornada de escrutinios de papelotes y memoriales surgió otra nueva fuente de datos, acaso aportada a última hora por algún criado, porque los contadores añaden un último párrafo de desglose de cantidades. Continúan así con la fórmula "además de lo que dicho es", trayendo a colación un requerimiento firmado por escribano público de Sevilla, de dificultosa lectura, en el cual se da fe de que el marido de Juana Téllez quedó a cargo de una memoria de Cifontes para cobrar 950 pesos —no sabemos de quién—, con una comisión del cinco por ciento, o sea, 57 pesos y medio (sic), por lo que ahora debe Juan de Sevilla la cuarta parte, en razón de bienes de la dicha su mujer; en suma, un embrollo del que lo único claro que resulta es que Pedro de Cifontes tenía que cobrar por todo ello 1.287 maravedíes, que se le descuentan por fin. Y ahora ya parece que ha concluido la labor de los contadores en Valladolid. Firman los testigos Hernando de Ávila, Fernando Chavez y Sebastián Rodriguez, y el escribano de Sus Majestades Pedro de Témino autoriza todo lo efectuado, "en tres hojas de papel y mas esta plana"; da los testimonios pertinentes a las partes; y guarda los originales en su Registro.

* Recibían en muchas ocasiones los sirvientes —para desesperación de los genealogistas— el nombre de sus amos.

** Aparece en el documento Juan Rodriguez Colorado, al que ya hemos empezado a conocer en el capítulo anterior, como yerno de Mari Téllez. ¿Puede haberse casado Juan Rodriguez Colorado con la segunda hija de Mari, Ana Téllez? No tardaremos en averiguarlo.


De inmediato, con las prisas imaginables en cuanto que los sevillanos estarían deseosos de acabar con todo aquel galimatías y volver a la dulzura de su cálida patria chica, se lleva todo el legajo ante los Señores del Consejo de las Indias, quienes el 19 de septiembre de 1536 emiten su sentencia de la manera que sigue:

En el pleito y causa que ante nos pende en grado de apelación, entre partes de la una Pedro de Cifontes, mercader vecino de la ciudad de Sevilla, parte apelante, y de la otra Juana Téllez, mujer de Juan de Sevilla y sus procuradores en su nombre, fallamos atentas las nuevas probanzas en esta instancia ante nos hechas, que la sentencia definitiva en esta causa dada y mandada por el Presidente y Oidores de la Audiencia y Chancillería Real que reside en la Isla Española, que de este pleito y causa primeramente conocieron, que es de enmendar y para enmendar la debemos revocar y revocamos, y haciendo y obrando lo que de justicia debe ser hecho debemos de absolver y absolvemos y damos por libre y quito al dicho Pedro de Cifontes de lo contra él por parte de la dicha Juana Téllez pedido y demandado, a la cual ponemos perpetuo silencio y mandamos que sean vueltos y restituidos al dicho Pedro de Cifontes todos los pesos de oro y maravedíes que por razón de la dicha sentencia y ejecución de ella el dicho Pedro de Cifontes pagó a la dicha Juana Téllez, libres y sin costas algunas y sin derechos de la ejecución, y en lo que toca a la reconvención y nuevos pedimentos de la una parte y de la otra y de la otra a la otra ante nos hechos absolvemos y damos por libres y quitos a ambas las dichas partes, y por esta nuestra sentencia, juzgando así lo pronunciamos y mandamos sin costas, el Doctor Beltrán, el Doctor Bernal y el Licenciado Gutiérrez Velázquez.

Pero nadie quería dar su paso a torcer, y una semana después la parte de Juana Téllez presentó una petición suplicatoria, solicitando la revocación y anulación de la sentencia en todo lo que resultaba en su perjuicio. Alegó que la primera sentencia —la emitida por la Audiencia de Santo Domingo— había pasado por cosa juzgada, y habiendo sido ejecutada a su favor, de ella no se podía retractar. Y añadía que la averiguación de cuentas recién llevada a cabo no tenía ningún valor ni efecto porque sus procuradores no estaban informados de lo que convenía a su justicia, e insistía en que su padrastro debía ser condenado en 2.000 ducados, además de lo que la sentencia en primera instancia dejó especificado, aduciendo que mientras estuvo casado con su madre multiplicó los bienes en más de 8.000 ducados, ducados que Pedro no había reflejado en el inventario tras la muerte de Mari Téllez, con intención clara de defraudar. Sobre lo cual Juana se ofrecía a volver a declarar bajo juramento y a justificar todo lo expuesto por la vía de prueba de derecho, exigiendo además de la revocación de la sentencia el pago de todas las costas.
De ello se dio traslado a Pedro de Cifontes, quien presentó otra petición de respuesta en la que dijo y alegó muchas razones.
El resultado fue que los del Consejo decidieron recibir a ambos con lo que testimoniasen, dentro de cierto término, pena y depósito, consistente éste en cierta cantidad de dinero que como garantía de que las partes llevarían el pleito hasta su conclusión debían entregar. Juan de Sevilla hizo tal depósito en manos de Villafañe, tesorero de la Corte, y cada parte tornó a presentar pruebas y alegatos, respuestas y dichos, hasta que en el Consejo, con el acuerdo de Cifontes y Juan de Sevilla, se optó por volver a hacer las cuentas. Entretanto había transcurrido un año, desde 1536 a 1537, de idas y venidas, de luchas e indagaciones, buscando afanosamente pruebas.
Nombráronse de nuevo contadores, Pedro al Licenciado Villalobos, Fiscal de dicho Consejo, y Juan al Licenciado Lope de León, Abogado de la Corte, y por parte del referido Consejo de las Indias se nombró al ya conocido Hernando Chavez, Relator. Comenzaron su trabajo el jueves 2 de septiembre de 1537 y continuaron el sábado 4, repasando el asunto de los alquileres de las casas en Santo Domingo, sobre lo que declaró Juan de Sevilla bajo juramento. El martes 7, el sábado 11 y el martes 14 volvieron a reunirse, tratando en este último día la venta de las casas en La Española al mercader Rodrigo Franco, sobre cuyo tema hubo de volver a declarar Pedro de Cifontes. El sábado 18 de septiembre siguieron entendiendo de las cuentas, y el día 21, martes, con otro nuevo cónclave, sale a relucir un turbio asunto del cual no se había hecho mención hasta ahora: recibieron juramento de Juan de Sevilla "sobre los tres indios esclavos que se dicen Lorenzo y Ana y Francisca, so cargo del cual le fue pedido que diga y declare cuándo y en qué tiempo y en cuyo poder murieron los dichos esclavos indios, y dijo que ha oído decir que son muertos y que murieron en poder del dicho Pedro de Cifontes. Preguntado si era este pleito comenzado cuando dice que murieron, dijo que oyó decir que se habían muerto después de comenzado el pleito, y asimismo fue preguntado qué podían valer los dichos esclavos, el cual dijo y declaró que el dicho Lorenzo valía cincuenta ducados, y la dicha Ana valía treinta ducados, y la dicha Francisca más de treinta ducados. Firmó de su nombre, Juan de Sevilla.
Y asimismo fue preguntado por los dichos contadores y tercero a Pedro de Cifontes sobre el valor de los dichos tres esclavos indios, el cual dijo que el dicho Lorenzo podía valer veinte y cinco ducados, la dicha Ana veinte ducados, y la dicha Francisca, treinta ducados. Firmó de su nombre, Pedro de Cifontes."

sábado, 13 de febrero de 2010

Los esclavos 82g

¿Conocía Juan de Sevilla al tiempo de casarse con Juana Téllez las pasadas aventuras de ésta en manos de Gerónimo de Medina? Probablemente sí, aunque por medio de alguna versión de las varias que circularían en relación con aquellos hechos.
¿Qué fue del legítimo marido, el sanjuanero Juan Carrasco, emigrado desde La Española a la Nueva España? Los documentos de la época guardan un hermético y absoluto mutismo.
¿Cómo, de qué manera, influyeron estos vergonzantes episodios de rapto, estupro y malos tratos, en las relaciones entre Pedro de Cifontes y su hijastra? y, ¿se debe a dichos episodios, o a su desenlace y consecuencias, el encarnizamiento que muestra Juana Téllez en su querella? Casi con toda seguridad, aquel escándalo debió marcar a toda la familia de forma profunda.
Acaso nos esperen, quietas en el interior de los legajos en la penumbra de los depósitos de los archivos, todas las respuestas a esta historia. Mientras el paso de los días nos van dirigiendo a ellas, continuaremos con las cuentas del hacendado castillejano, sabiendo por ellas más aspectos y circunstancias de su agitada vida.
Así, 64 pesos alega que cobró en 1529 de Alonso de Chávez, vecino de Buena Ventura* y procurador de Juan García, vecino de Torre de Algas en Cáceres**, como heredero de su padre Pedro García, vecino asimismo de Buena Ventura, y se los pagó a este referido heredero en 1532. Mas 48 ducados que cobró de Pedro Hernandez de Cuadros, procurador de Cristóbal de Cifontes (¿de la misma familia?), y que pagó a la mujer de dicho Cristóbal en 1534. Además de 29 ducados que pagó el día 22 de noviembre de 1535 al marinero Pedro Sanchez por las pipas de vino que había recibido de él en 1520, según fe sacada de los libros de la Casa de la Contratación de Sevilla. Y 156 pesos de oro (70.200 maravedíes) por pago a Juan Rodriguez Colorado*** de mercancías que había recibido de él hasta el año 1529, según carta de pago y libros de la Casa de la Contratación. Y 40 pesos de oro de cinco tomines (18.281 maravedíes) que pagó por el año de 1528 al vecino de Sevilla Juan de Valladolid según rezan escrituras y probanzas varias. Mas 81.000 maravedíes que pagó a Hernando de ¿Mirones? en nombre de Pedro Zapata el 17 de septiembre de 1530, tal como Pedro de Cifontes se había obligado en 1528 ante el escribano público de Santo Domingo Juan Rodriguez, y que había recibido de un tal Lorenzo de ¿Galarza? para dárselos al dicho Zapata. Mas 260 pesos de oro que pagó a Diego Sanchez, colchero vecino de Sevilla, pesos que Cifontes había cobrado por él en la ciudad de Santo Domingo, de García de Aguilar y de Pedro de Castro, mercaderes vecinos de dicha ciudad, los cuales pesos pagó el 10 de septiembre de 1535 (un día antes de que muriese su mujer) del precio de las casas que había vendido en Santo Domingo, por —recuérdese— 775 pesos. De este pago entonces no se le hizo descargo porque los contadores acordaron remitirlo a los Señores del Consejo de las Indias. Además de 37 ducados que según carta de pago satisfizo a Alonso Sanchez de la Torre, en 9 de septiembre, un día antes de la fecha del testamento de Mari Téllez, pagados igualmente con el dinero de la venta de las casas de Santo Domingo. Y 8 ducados que pagó a Mari Diez según carta de fin de septiembre de 1530, los cuales había recibido de Diego Diez, vecino de Santo Domingo, para darlos a la dicha Mari. Además de 490 pesos que pagó a Hernando de Jerez y a Juan Nuñez el 21 de octubre de 1530, ante el escribano Pedro Farfán, resto de la finalización de una compañía comercial que habían formado, cuya deuda total fue otorgada ante el dicho escribano en 1524. Mas 39.684 maravedíes que pagó a Juan Nuñez (¿el mismo?), vecino de Sevilla, el 23 de octubre de 1533 en dicha Sevilla, por ciertas jarcias y otras cosas que recibió de Juan Sanchez de Carmona, maestre, y que Pedro de Cifontes había cobrado en 1526.

* Varias villas y lugares con este nombre existían —y existen— tanto en la península como en el Nuevo Mundo, por lo que nos es imposible, por ahora, localizar el sitio de referencia.

** Tampoco hemos tenido suerte con esta misteriosa Torre de Algas cacereña.

*** Juan Rodriguez Colorado aparece con cierta relevancia en los protocolos notariales de Castilleja. Vivía hacia 1530 en la Calle Real, en una casa con abundante tierra aledaña. A un vecino de esta Calle, Francisco de Castro, dio en viernes 14 de octubre del referido año, a tributo y censo perpetuo, uno de estos solares, situado entre las casas de morada de ambos. Nombrada en muchas ocasiones la Calle Real como "Camino Real", pudiera ser que estas propiedades se situaran en alguno de sus extremos. El martes 18 del mismo mes de octubre anduvo con tratos y retoques de última hora sobre la adquisición que había hecho, a Juan de Sagredo y a Beatríz Guillén su mujer, de un pedazo de viña y "heriazo" (o sea, erial, tierra sin cultivar) a tributo de 10.000 maravedíes.

Los esclavos 82f

Antes de continuar con el desglose de las cantidades que Pedro de Cifontes se jugaba en el pleito iniciado por su hijastra, detalles por los que obtendremos una idea de los negocios que le permitieron establecerse con todo lujo en la Villa de Castilleja y adquirir en ella poder y renombre, sepamos, retrocediendo al año 1526, algo que clarifica las relaciones con dicha su hijastra y la complejidad de su vida en Santo Domingo:

Real Provisión de los Reyes Dn. Carlos y Dª Juana a Jerónimo de Medina, estante en la Isla Española, emplazándole en el término de cien días, a partir de la notificación de esta, para que comparezca ante el Consejo de Indias para declarar en la causa que tiene pendiente en grado de apelación con Pedro de Cifontes, vecino de la ciudad de Santo Domingo, de aquella Isla.

Don Carlos y doña Juana su madre, a vos Gerónimo de Medina, estante en la Isla Española, salud y gracia. Sepáis que Pedro de Cifontes, vecino de la ciudad de Santo Domingo de la dicha Isla, nos hizo relación que puede haber tres años poco más o menos que él desposó a una doncella, hija de Mari Téllez su mujer, con un Juan Carrasco, vecino de San Juan de la Maguana1, que se llama Juana Téllez, y que luego como se desposó, el dicho Juan Carrasco fue a la Nueva España y dejó a la dicha su esposa con la dicha su madre, y que vos con poco temor de Dios y en menosprecio de la nuestra justicia, con promesas que le hiciste por hacerla a que cumpliese vuestra voluntad y la corrompiste y usasteis su virginidad, y que no contento con esto la sacaste muchas veces de la dicha su casa y la llevaste donde queríais, y trataste mal, y así injuriabais a la dicha su mujer, y que aunque de ello se quejó ante el Gobernador y Alcalde Mayor de la dicha Isla, no le fue hecha justicia, y que después prosiguiendo en vuestro mal propósito, por encima de las paredes de su casa sacaste a la dicha Juana Téllez y llevaste con ella más de trescientos pesos de oro, de lo cual todo dice que se quejó ante los nuestros Oidores que residen en esa Isla, y os mandaron prender, y tuvieron preso cierto tiempo, y que no embargante que él perdonó dicho delito y robo y fuerza, os mandaron soltar y dieron por libre aunque él por muchas peticiones pidió en la dicha Audiencia que restituyeses en la dicha su hija con lo que con ello habíais robado, y no lo quisieron hacer, y que aunque de todo apeló ante nos le denegaron la dicha apelación diciendo que conforme a las Ordenanzas de la dicha Audiencia no había lugar la dicha apelación, en todo lo cual había recibido mucho agravio y daño y menoscabo, y pidió por merced lo mandásemos recibir en el dicho grado de apelación y hacerle en todo cumplimiento de justicia, y como la nuestra merced fuese así, porque para determinación de lo susodicho vos debéis ser citado y llamado, fue acordado debíamos mandar con esta nuestra carta para voz en la dicha razón, y nos tuvímoslo por bien, por la cual os mandamos que del día que os fuere notificada en vuestra persona y si pudiereis ser habido, si no ante las puertas de las casas de vuestra morada donde más continuamente hacéis vuestra habitación diciéndolo o haciéndolo saber a vuestra mujer e hijos si los hubiereis, si no a vuestros criados o vecinos más cercanos para que os lo digan y hagan saber, por manera que venga a vuestra noticia y de ello no podáis pretender ignorancia diciendo que no lo supisteis ni vino a vuestra noticia, hasta cien días primeros siguientes, los cuales os damos y asignamos por todos plazos y término perentorio y acabado vengáis y parezcáis ante nos en el nuestro Consejo de las Indias, por vos o por vuestro procurador suficiente con vuestro poder bastante, bien instruido e informado en seguimiento de la dicha causa y apelación, y a dar y alegar cerca de ello en guarda de vuestro derecho todo lo que decir y alegar quisiereis, y a oír y ser presente a todos los autos del dicho pleito principales y accesorios, anexos y conexos, sucesivos uno en pos de otro hasta la sentencia definitiva inclusive y tasación de costas si las hubiere, para lo cual oír Y para todo lo demás que dicho es, que los del dicho nuestro Consejo os oirán y en todo guardarán vuestra justicia, en otra manera el dicho término pasado vuestra ausencia y rebeldía no embargante habiéndola por presencia, oirán a la otra parte en todo lo que más decir y alegar quisiere, y sobre todo librarán y determinarán lo que hallaren por justicia sin os citar, llamar ni atender sobre ello, y así por esta nuestra carta mandamos a los dichos Oidores que luego tomen y reciban de vos fianzas llanas y abonadas, que si al saber la dicha causa os fuere mandado que parezcáis personalmente ante nos en el dicho nuestro Consejo, lo cumpliréis y vendréis a él en persona, y otro sí por esta nuestra carta mandamos al escribano o escribanos ante quien el proceso de la dicha causa haya pasado que dentro de ocho días primeros siguientes después que con ella fueren requeridos, lo den todo en limpio a la parte del dicho Pedro de Cifontes para que lo pueda traer y presentar ante nos en el dicho nuestro Consejo, para guarda y conservación de su derecho, pagándole por ello su justo y debido salario que por ello hubiere de haber, y de como esta nuestra carta os fuere notificada y la cumpliereis mandamos so pena de la nuestra merced de diez mil maravedíes para nuestra Cámara a cualquier escribano público que para esto fuere llamado, que de al que se la mostrare testimonio signado con su signo porque nos sepamos en como se cumple nuestro mandado, dada en Sevilla a 28 de abril de 1526 años, Yo el Rey2. Yo Francisco de los Conos, Secretario de su Cesárea y Católica Magestad, la hice escribir por su mandado, firmada del Obispo de Osma y Carvajal, y Obispo de Canarias y Doctor Beltrán y Obispo de Ciudad Rodrigo.

1.- San Juan de la Maguana. Ciudad fundada en 1503 por Nicolás de Ovando en la Isla Española y que hoy está situada en la parte correspondiente a la República Dominicana. Nominada así por San Juan Bautista y por el término taíno "maguana", valle o vega pequeña.

2.- Sevilla fue el escenario del matrimonio del Emperador con su prima la princesa Isabel de Portugal, efectuado en el Alcázar el 11 de marzo de 1526. Un mes después despachaba la anterior Real Provisión a instancias de Pedro de Cifontes, contra el raptor y abusador de su hijastra.

Y ya en Granada en septiembre, hubieron de insistir en nombre y mandato de Carlos V sobre tan escabroso asunto con dos cédulas, ambas con la misma fecha:

Real Cédula a los oidores de La Española, para que a petición de Pedro de Cifontes, vecino de Santo Domingo, saquen del poder de Jerónimo de Medina una doncella, hija de aquél, y la devuelvan a sus padres. Granada, 9 de septiembre de 1526.
Real Cédula a los oidores de La Española, para que si Jerónimo de Medina no diera ciertas fianzas, le prendan, a causa de un proceso que pende entre aquél y Pedro de Cifontes, vecino de Santo Domingo, por el rapto de una hija de éste. Granada, 9 de septiembre de 1526.

lunes, 8 de febrero de 2010

Los esclavos 82e

"Así que —concluyen los contadores Sebastián y Hernando— monta el cargo que se le hace al dicho Pedro de Cifontes en la manera que dicho es un cuento [un millón] y cuatrocientos diez mil y doscientos dieciséis maravedíes, de los cuales da por descargo lo siguiente:"

Y continúan pacientemente deduciendo sumas y descifrando papeles, mientras el escribano va tomando nota de sus indicaciones y los testigos bostezan con disimulo, ya medio adormilados. El primer descargo a Pedro de Cifontes es de 439.200 maravedíes, que tuvo que pagar a los herederos del Gobernador Rodrigo Álvarez Palomino* por sentencia de los Señores del Consejo de las Indias, cuya carta de pago tiene presentada. Siguen los contadores deduciendo 150 pesos (67.500 maravedíes) que se le pagaron al Capitán Diego de Almagro**, al clérigo Gonzalo Hernandez y a ciertos cesionarios suyos, según se había obligado Pedro de Cifontes en el año 1524 a favor de Pedro Hernandez, aserrador, cuyos herederos eran los dichos Diego de Almagro y Gonzalo Hernandez, como certificaron el escribano de Sus Majestades Juan Rodriguez y el testigo Gonzalo Gomez. Se le descargan por ser contraída la deuda durante su matrimonio y pagada después de muerta Mari Téllez.


* Rodrigo Álvarez Palomino fué elegido por "el común" para reemplazar al trianero Rodrigo de Bastidas en el gobierno de Santa Marta, apuñalado Bastidas en su bohío por uno de sus subalternos y muerto por ello poco después, en Cuba, en junio o julio de 1527. También tuvo un final trágico Palomino, ahogado en un río en el año 1528.
Juan Friede, autor de "Breves informaciones sobre la metalurgia de los Indios de Santa Marta" (Journal de la Société des Américanistes, año 1951, volumen 40, nº 40, pp. 197-202) dice que "el comerciante de Santo Domingo Pedro de Cifuentes suministraba a Palomino armas, víveres y ropa, y éste mandaba en pago oro cogido de los indios", y añade que muchos de los datos sobre la elaboración del oro entre los indios de la provincia de Santa Marta proceden del pleito sobre rendimiento de cuentas que en 1528 instauró ante el Consejo de Indias dicho Pedro contra los herederos de Rodrigo Álvarez Palomino, gobernador interino de Santa Marta. Ahora acabamos de ver que nuestro hombre perdió el pleito y con él casi medio millón de maravedíes.
El oro con que el Capitán Palomino pagaba a Cifontes no tenía formas groseras de toscos lingotes precisamente: expertos metalúrgicos, los indios santamartinos elaboraban figuras de " ...águilas y pájaros y orejeras y otras cosillas... ", "...papagayos y pájaros y cascabeles y otras figuras...", "...águilas y pájaros y ranas y otras cosas...", y representaciones de malos espíritus, etc., y, refiriéndose a un informe custodiado en el Archivo de Indias, cuenta Friede que "el gobernador Rodrigo Álvarez Palomino, por medio del intérprete pidió al cacique Cocanoa que le diese "un cincho de oro". "El cual cacique —sigue el informe— le dio una plancha, que se ciñe en el cuerpo de oro fino, que era ancho como tres dedos, que podía pesar cien pesos de oro fino, poco más o menos". Pedro de Cifontes declara —seguimos a Friede— "que el oro venía de Santa Marta " ...en la manera que los indios lo labran : e hinchen los huecos de una tierra que llaman copey, que es muy pesada, y es muy poco el oro que sobreponen, y es casi más de la mitad la tierra, especial en los animales y aves que labran".
Afirma Cifuente (sic), y con él varios testigos, que para fundir estas piezas es necesario previamente " ...sacarse el copey y tierra antes que se funde, y que aún después de sacado, hace mucha mengua y falta del peso que tiene, cuando entra el que tiene cuando sale, porque no se puede apartar de él toda la tierra, hasta que entre en el fuego, y después de fundido queda mucha escoria y mengua, siete y ocho por ciento".
Duró el pleito entre 1529-1534. Los herederos de Rodrigo Álvarez Palomino, gobernador que fue de la Provincia de Santa Marta, con Pedro de Cifuentes, mercader, vecino de la ciudad de Santo Domingo, sobre cobranza de cierta cantidad de pesos que quedaron en poder de este. Archivo General de Indias.

** Diego de Almagro. En sus actuaciones quintaesenció la crueldad, la intriga, la inhumanidad que caracterizaron a los conquistadores del Nuevo Mundo, y como broche final terminó su vida mostrando una repugnante cobardía. Cieza de León, —a cuyo hermano Rodrigo de Cieza ya lo hemos conocido como cura de Castilleja—, decía de él que "era de pequeño cuerpo, de feo rostro e de mucho ánimo, gran trabajador, liberal aunque con jactancia, de gran presunción, sacudía con la lengua algunas veces sin refrenarse. Era avisado y sobre todo muy temeroso del rey". Compañero de depredaciones de Francisco Pizarro, con el que conquistó Perú, fue hijo ilegítimo, sufrió abusos y malos tratos de su tío y a los 15 años huyó de su localidad natal, Almagro (Ciudad Real), a Sevilla, donde ejerciendo de criado del Alcalde Luis de Polanco cometió un delito de sangre, apuñalando a otro sirviente. Uña y carne con Pizarro, acabaron enemistándose, y siendo preso por él en Cuzco y condenado a muerte pedía clemencia a gritos en el calabozo, hasta que un verdugo le hizo un torniquete en el cuello y lo estranguló, el 8 de julio de 1538; luego descuartizaron su cadáver en la Plaza Mayor.

sábado, 6 de febrero de 2010

Los esclavos 82d

Una vez enterados el procurador del mercader de cueros y el de su hijastra del mandato de los Señores del Consejo de Indias comunicáronselo a sus respectivas partes, las cuales se dispusieron a obedecer, nombrando, Pedro a Sebastián Rodriguez, un compañero y socio de empresas comerciales, sobre quien veremos de inmediato un pleito de extraordinario interés; y Juana, al Solicitador del Marqués de Tarifa* Hernando de Ávila. Aceptado el cargo por ambos, se reunieron con el Relator del Consejo Hernando Chavez en la posada de este último en Valladolid, junto con el escribano y algunos testigos, el día 6 de septiembre de 1536, para hacer las cuentas de débitos y haberes, tarea no poco complicada dado el enrevesamiento de los negocios llevados a cabo por Cifontes tanto en Santo Domingo como en Sevilla. Por desgracia la Corte se encontraba aquellos años en un lugar muy alejado de la capital andaluza, y dado que el Consejo de las Indias la seguía como su sombra, es de suponer que llevar el pleito a su fin supuso muchas penosas idas y venidas cruzando prácticamente la península de un extremo a otro en un interminable trasiego de papeles.
Tras los juramentos de rigor ( el escribano había dibujado una pequeña crucecita entre dos palabras en uno de los renglones del acta, y sobre ella pusieron sus manos derechas dichos contadores ), prometiendo hacer las cuentas bien y sin engaño, empezó la tarea. Luego, en la copia, —que como dijimos obra en el Archivo de Indias—, de todo lo acaecido en la posada vallisoletana, copia que nos sirve de fuente principal, sigue un interminable desglose de cargos que se le hacen a Pedro de Cifontes en base a documentos de la Casa de la Contratación en Sevilla, cartas de pago indianas, contratos de ventas, albaláes, testimonios, probanzas, codicilos testamentarios y reconocimientos de clientes, amigos y allegados, socios, etc., que su procurador había logrado recolectar, imaginamos que, —considerando la variedad de ellos y en muchos casos lo distante de sus localizaciones—, con un esfuerzo ímprobo y excepcional; mas por otra parte se explica en razón de las gruesas sumas de dinero que habían en litigio. Lo primero que se le carga a Pedro son, en casas, dineros, esclavos y joyas que su difunta mujer había llevado en dote al casamiento, 250 pesos, según él mismo había confesado. Dado lo antedicho, debemos imaginar a Mari Téllez como una viuda rica, lo que se llama un buen partido para un joven principiante. En cuanto al valor de los pesos, nos ceñiremos a lo que sobre él se especifica en este documento, o sea, 450 maravedíes cada uno, ya que todas las consultas por nosotros realizadas en otros lugares arrojan cifras diferentes, tal era el caos monetario que reinaba en el territorio por aquella época. Otra cuenta de Cifontes era la que se reflejaba en un albalá firmado por Juan de Sevilla, demandante y marido de su hijastra, que ascendía a 1.455 pesos, 5 tomines y 1 grano de oro**, que montaban las deudas y los bienes que quedaron a cargo del dicho Juan de Sevilla, mas otros 2.987 maravedíes que debió Juan cobrar. Pedro de Cifontes alegaba que su yerno le había devuelto las escrituras, y los contadores acordaron que cuando les fueren mostradas rectificarían la deuda y se le pagaría la diferencia.
En el siguiente cargo aparece un viejo conocido nuestro, hacendado protagonista de un escándalo monumental en Castilleja: Rodrigo Franco***. Franco le había comprado unas casas —suponemos que en Sevilla—, por precio de 775 pesos (348.750 maravedíes). También vendió Pedro de Cifontes otras casas al Cabildo de Santo Domingo, por 490 pesos (220.500 maravedíes), todo lo cual se suma al total. Además de 200 ducados (75.000 maravedíes) que valían los bienes inventariados por mandato de Mari Téllez en una de las cláusulas de su testamento. Y, añaden los contadores, 60 ducados que aparecen en dicho inventario en dinero contante y sonante.

* Fadrique Enriquez de Ribera, I Marqués de Tarifa. Heredó la sevillana Casa de Pilatos —que había sido expropiada a un judío—. Viajó a Oriente Medio, oficialmente como pacífico peregrino, y a su vuelta adquirió en Italia gran cantidad de obras de arte que le sirvieron para adornar su palacio hispalense, del cual se jactaba afirmando que su fachada, reformada a su vuelta, reproducía la auténtica casa romana de Poncio Pilato, que había hecho dibujar en su viaje ( algo del todo imposible que la casa de Pilatos resistiera el paso de tantos siglos ). También afirmaba que el Via Crucis que diseñó desde su peculiar "Casa de Pilatos" hasta el monumento de la Cruz del Campo tenía la misma longitud que la distancia desde la original casa de Pilatos romana hasta el monte Calvario, donde fue crucificado Jesús, distancia que había ordenado medir con toda exactitud durante su estancia en la Ciudad Eterna.
Poseía una mediana biblioteca, engendró varios hijos ilegítimos y fue miembro de la Orden de Santiago. Murió el día 6 de noviembre de 1539, poco después del pleito de Pedro de Cifontes que estamos describiendo.

** Tomín ( del árabe hispano húmn [addárham], ochavo de adarme). Tercera parte del adarme y octava del castellano, la cual se divide en 12 granos y equivale a 596 mg aproximadamente.
Grano de oro. Dozava parte del tomín, equivalente a 48 mg. RAE.

*** Rodrigo Franco. Abundantemente documentado en esta Historia de Castilleja. Ver los primeros capítulos de la serie "Los esclavos".

miércoles, 3 de febrero de 2010

Los esclavos 82c

Por los dichos Presidente y Oidores fue visto el dicho pleito y mandaron a la parte de Pedro de Cifontes que sacase un traslado de él y en el primer navío que saliese para estos Reinos desde dicho puerto de Santo Domingo lo trajese ante Sus Majestades, y que la parte de Juana Téllez enviase su proceso y seguimiento de la dicha causa con ciertos apercibimientos, y notificado ello a las dichas partes Pedro de Cifontes fue presentado conforme a lo que le había sido mandado, presentando una petición de agravios en que dijo que la dicha sentencia había sido ninguna e injusta y muy agraviada y de revocar, porque no había sido dada con parte, ni el proceso estaba en tal estado, y estando el dicho su parte ausente de la dicha Isla Española y habiendo muchos años que había mudado su casa y domicilio a la dicha ciudad de Sevilla, y sin tener información para defenderse, y lo otro porque el dicho su parte había casado con la dicha Maria Téllez su legítima mujer en la dicha ciudad de Sevilla, atento lo cual y que el dicho su parte era reo y que el contrato de matrimonio había sido en la dicha ciudad de Sevilla, ser convenido y no en otro lugar lo que había sido opuesto y alegado al principio de dicho pleito en tiempo y en forma, de donde resultaba que el dicho Pedro de Cifontes había sido ninguno y de ningún efecto; lo otro porque en caso que los dichos Presidente y Oidores fueran jueces competentes debieran dar el término consultorio que por el dicho Pedro de Cifontes les había sido pedido; lo otro porque dice que si fuera oído y legítimamente defendido, probara que la dicha Mari Téllez no tenía ningunos bienes, ni dotales ni gananciales al tiempo de su muerte, porque aunque según su testamento aparecía la poca dote que había traído, y por el dicho proceso y por la probanza de los pocos bienes que tenía cuando se casaron, y puesto que durante el dicho matrimonio el dicho Pedro de Cifontes tratase y negociase y pareciese que tenía hacienda, lo cierto y la verdad era al contrario, porque al tiempo de la muerte de la dicha Mari Téllez estaban cargados de deudas y a muchas personas de quien había tomado fiado y prestado y trataban y negociaban con su hacienda y mercaderías, las cuales dichas deudas sumaban un ( ilegible ) y doscientos y noventa y cinco mil y cinco maravedíes poco más o menos, y las había pagado al dicho Pedro de Cifontes despues de la muerte de la dicha su mujer de los bienes que quedaron, que dice que eran tan pocos que no bastaron para pagar las dichas deudas, y las acabó de pagar de otros bienes que después adquirió y buscó como mejor pudo, según constará en las obligaciones y cartas de pago de que había presentación, juntamente con un memorial de lo que había pagado y con dos inventarios que había hecho de los bienes y hacienda que quedaron al tiempo de la muerte de la dicha su mujer, lo cual si el dicho procurador supiera y estuviera instruido e informado de ello, no se diera la dicha sentencia como se dió, ni el dicho Pedro de Cifontes fuera condenado en cosa alguna, antes había de cobrar y le había de ser pagado la mitad de la dote de la dicha Juana Téllez, que él había pagado de su hacienda y así lo había dispuesto la dicha Mari Téllez en su testamento, de lo cual por vía de reconvención mutua petición le ponía nueva demanda como mejor podía de derecho* y lo mismo de los otros legados y derechos que le pertenecían por el dicho testamento a que se refería, para tener regreso sobre cualesquier bienes que de la dicha difunta fuesen hallados; lo otro porque el juicio y sentencia que los dichos Presidente y Oidores habían pronunciado tasando y arbitrando los dichos bienes gananciales en 600 pesos de oro había sido juicio y albedrío incierto, confuso e inadecuado, que no se regía del Concejo ni de las ordenanzas de él, y mas parecía que había sido injusto y nulo e inmoderado y que debía ser revocado como hecho sin ningún fundamento, por lo cual y por lo que más del dicho proceso, se colegía que la dicha ejecución que se había mandado hacer estaba hecha efectualmente en bienes del dicho Pedro de Cifontes y había sido y era ninguna y muy injusta, agraviada, y suplicó a los Reyes ante todas las cosas que mandaran revocarla y reponerla en que fuesen restituidos los dichos 600 pesos de oro en que había sido ejecutado, con más las costas, y se ofreció de dar fianzas llanas y abonadas en la dicha cuantía, sobre que pidió cumplimiento de justicia y ser recibido a prueba de lo alegado y no probado y de lo nuevamente alegado por la vía que mejor de derecho hubiere lugar, y asimismo fueron presentadas por parte del dicho Pedro de Cifontes otras muchas respuestas y fes del Consejo de la Casa de la Contratación de las Indias que reside en la dicha ciudad de Sevilla, de las cuales y de la dicha petición por los Señores del dicho Consejo fue mandado dar traslado a la parte de la dicha Juana Téllez, que vino en seguimiento de la dicha causa, y su procurador en su nombre presentó otra petición en respuesta en que dijo y alegó muchas razones y sobre ellos por ambas las dichas partes fue dicho y alterado hasta tanto que el dicho pleito fue visto por los Señores del Consejo de Indias y dieron su sentencia en que en efecto recibieron a las dichas partes a prueba con cierto término, y de ciertas prorrogaciones que sobre ello se dieron por ambas las dichas partes fueron hechas sus probanzas, y de ellas fue pedida y hecha publicación, y dicho y alegado de bien juzgado, y sobre ello el dicho pleito fue concluso, y visto por los del dicho Consejo Real dieron y pronunciaron un ( ilegible ) su tenor del cual es este que se sigue:

"En la Villa de Valladolid a primero de septiembre de mil y quinientos y treinta y seis años, visto este proceso por los señores del consejo de las indias de su majestad dijeron que debían de mandar y mandaron que las partes dentro del tercer día nombrasen dos contadores, los cuales se junten con Hernando Chavez, Relator del Consejo y vean y averigüen lo que por este proceso pareciere haber habido de gananciales y pérdidas durante el matrimonio entre los dichos Pedro de Cifontes y Mari Téllez su mujer, y nombrados den su parecer dentro de otros tres días, y si no los nombraren y nombrados no se concertasen con el dicho Hernando Chavez como tercio con el que así se nombrare de en ello su parecer para que por los dichos Señores sea visto y provean lo que hallaren por justicia."

* Pedro de Cifontes parece querer vengarse de su hijastra, ambos, probablemente, de la misma edad. "La mejor defensa es un buen ataque".

Los esclavos 82b

Veamos ahora en qué consistió el escándalo del primer matrimonio de nuestro mercader de cueros y hacendado en Castilleja, a través de la documentación de algunos autos y juicios. Nos limitaremos a resumirla, sin hacer una transcripción exacta excepto en los párrafos que aparecerán en cursiva. Existe en el Archivo de Indias una copia de la Carta Ejecutoria del pleito de Pedro de Cifontes contra Juana Téllez y Juan de Sevilla su marido. Los reyes don Carlos y doña Juana* se dirigen a su Justicia Mayor, a los Señores del Consejo**, a los Presidentes y Oidores de sus Audiencias, a los Alcaldes y Notarios de su Casa, Corte y Chancillerías y a todos los Gobernadores, Asistentes, Corregidores, Alcaldes y otros Justicias cualesquiera de sus Reinos y Señoríos así como de sus Indias, Islas y Tierra Firme del mar Océano a quienes su Carta fuere mostrada, o en lugar de ella su traslado signado con autoridad de escribano, para hacerles saber el pleito que se trató en el Consejo de las Indias entre Pedro de Cifontes, mercader vecino de Sevilla, y su procurador en su nombre, de una parte, y Juana Téllez, mujer de Juan de Sevilla, vecinos de dicha ciudad, y su procurador en su nombre, de la otra. El cual pleito primeramente fue llevado ante el Presidente y Oidores de la Audiencia y Chancillería de la Isla Española, y vino ante el dicho Consejo de las Indias en grado de apelación de una sentencia por ellos dada, sobre razón de que en la ciudad de Santo Domingo de la dicha Isla Española, el 27 de enero de 1534 el dicho Juan de Sevilla, en nombre de su esposa Juana Téllez, compareció ante los dichos Presidente y Oidores y presentó una demanda contra el dicho Pedro de Cifontes, diciendo que podía haber 15 años poco más o menos tiempo que Mari Téllez, madre legítima de la dicha su mujer, estando viuda de Pero Hernández, su primer marido, y teniendo por sus hijas legítimas a la dicha Juana Téllez su mujer y a Ana Téllez su hermana, se casó con el dicho Pedro de Cifontes*** en la dicha ciudad de Santo Domingo, y había traído a su poder en dote y casamiento 250 pesos de oro, y estuvieron así casados y haciendo vida maridable hasta que la dicha María Téllez falleció en la ciudad de Sevilla, que podía haber 3 años poco más o menos, y al tiempo de su muerte hizo su testamento y postrera voluntad en donde instituyó por sus legítimas y universales herederas a las dichas sus hijas, y que durante el dicho matrimonio, que había durado 12 años, adquirieron y multiplicaron mucha hacienda y bienes muebles y raíces y semovientes en cantidad de más de 8.000 pesos de oro, la mitad de los cuales pertenecía a la dicha Mari Téllez, y de la dicha mitad pertenecen la mitad, que eran 2.000 pesos de oro, a la dicha Juana Téllez su mujer, como una de las dos herederas, y asimismo le pertenecía y había de haber 125 pesos de oro, por la mitad de los 250 que la dicha Mari Téllez había llevado en dote a poder del dicho Pedro de Cifontes, la cual dicha herencia había sido aceptada por Juana Téllez su mujer, y que aunque había sido requerido Pedro de Cifontes para que pagase los dichos 2.125 pesos, no lo había querido hacer, antes los había retenido y durante 3 años se había aprovechado de ellos, y que este demandante era hombre tratante, que si los tuviera y se los hubieran pagado podría haber ganado la tercia parte cada un año, que eran 700 pesos, y que por consiguiente, pedía a los Reyes que mandaran a los dichos Presidentes y Oidores que hiciesen a la dicha Juana Téllez y a él en su nombre cumplimiento de justicia, y que condenasen y apremiasen al dicho Pedro de Cifontes a que diese a su mujer cuenta con pago de la dicha hacienda por inventario en un término breve, y que le pagasen lo expuesto más los dichos 700 pesos de oro por cada un año de intereses, que son los que han perdido de ganar, salvo la Real Tasación y Moderación, y que por ser como era la dicha Juana Téllez menor de 25 años y el dicho Pedro de Cifontes vecino de la ciudad de Santo Domingo, el conocimiento de la causa pertenecía al dicho Presidente y Oidores, lo que importaba sobre tener en la dicha ciudad Pedro de Cifontes mucha hacienda. Mandaron en la Audiencia de Santo Domingo dar traslado a Francisco Jiménez, procurador de Pedro de Cifontes, el cual presentó ante ellos una petición de no jurisdicción y pidió que con efecto mandaran pronunciar por no jueces de la dicha causa a los dichos Presidente y Oidores, porque dicha Juana Téllez dice que no era menor de 25 años, ni Pedro de Cifontes vecino de Santo Domingo, antes lo era de la ciudad de Sevilla, y por ello negó la dicha demanda, diciendo y alegando ciertas razones y dando informaciones por parte de Juana Téllez y por parte de Pedro de Cifontes, y visto todo por el Presidente y Oidores mandaron a la parte de Pedro de Cifontes que dentro del término de la ley respondiese derechamente a la dicha demanda, y notificado su procurador dijo que iba a consultar con su parte porque no estaba instruido e informado del negocio, contra lo cual por parte de la dicha Juana Téllez fue alegado que no se le debía de dar el dicho término, diciendo que el procurador estaba informado, y sobre ello parece que dio cierta información de testigos, la cual vista por el Presidente y Oidores en vista y en grado de revista, mandaron al dicho procurador de Pedro de Cifontes que respondiese derechamente a la demanda, y porque no respondió en el término que le fue dado, el Presidente y los Oidores a petición de Juana Téllez dieron el pleito por concluso y recibieron a ambas partes a prueba, y Juana hizo su probanza bien fundada con escrituras, y Pedro no respondió a ella en el término asignado ni alegó cosa alguna, y fue dado el dicho pleito por concluso y dieron sentencia el Presidente y los Oidores:

"En el pleito que se sigue entre Juan de Sevilla en nombre de Juana Téllez su mujer de la una parte y de la otra Pedro de Cifontes, sobre la mitad de la dote y los bienes multiplicados que pide de Mari Téllez, madre de la dicha Juana Téllez, fallamos que debemos condenar y condenamos al dicho Pedro de Cifontes en cien pesos de oro que parece que son la mitad de la dote que la dicha Mari Téllez llevó al tiempo que se casó con el dicho Pedro de Cifontes, y mas le condenamos en quinientos pesos de oro por razón de las ganancias que se hubieron durante el matrimonio entre el dicho Pedro de Cifontes y la dicha Mari Téllez, en los cuales moderamos y tasamos las dichas ganancias por la parte que de ellas ha de haber la dicha Juana Téllez, como una de dos herederas de la dicha Mari Téllez, todo lo cual mandamos que le sea dado y pagado a la parte de la dicha Juana Téllez dentro de nueve días primeros siguientes, y por causas que nos mueven no hacemos condenación de costas contra ninguna de las partes, y por esta nuestra sentencia juzgando así lo pronunciamos y mandamos. Firma el Licenciado de Vadillo."

La cual dicha sentencia dieron y pronunciaron a cinco días del mes de diciembre del año pasado de 1534, en presencia de los procuradores de las dichas partes, y en 7 días del dicho mes y año fué apelado de ello por parte de Pedro de Cifontes, y por parte de la dicha Juana Téllez fue dicho y alegado que no se le debe otorgar la dicha apelación, y caso que se le otorgase y conforme a la ordenanza de la dicha ciudad pedía fuese llevada la dicha sentencia a debida ejecución, sobre lo cual fue replicado lo contrario por parte de Pedro de Cifontes, y visto por el Presidente y Oidores mandaron que dando fianzas conforme a la dicha ordenanza la parte de Juana Téllez, se ejecutase la dicha sentencia, y mandaron dar mandamiento de ejecución y otorgaron a la parte de Pedro de Cifontes en forma, después de lo cual por su parte fue presentada una petición diciendo que pues le había sido denegado el término que había pedido para que se informase el dicho su parte del derecho que le competía contra la dicha demanda, por lo cual no tenía aviso de lo que el hecho había de alegar y probar de nuevo, por tanto que por temor de la Provisión Real y sin perjuicio de derecho del dicho su parte, y protestando que pudiese alegar de nuevo ante los del Consejo de Indias lo que viese que le convenía decir, que la dicha sentencia se debía revocar y dar por libre al dicho su parte por lo que en su favor contaba del proceso del dicho pleito, y protestaba alegar ante los Reyes el dicho grado sobre lo que pedía cumplimiento de justicia y las costas, y que concluyese con la dicha parte esta, y por parte de Juana Téllez fue dicho de bien sentenciado en cuanto a la dicha sentencia era a su favor, y en cuanto a ello pidió confirmación de ella y que en lo demás se mandase condenar al dicho Pedro de Cifontes en todo lo que más pareciese pertenecerle de los dichos bienes, sobre lo cual por ambas partes fueron dichas y alegadas otras muchas razones, hasta tanto que concluyeron.

* Carlos V y Juana I de Castilla —Juana la Loca—, su madre.

** El Consejo de Indias, fundado por el propio Carlos V. Por los años del pleito entre Pedro de Cifontes y Juana Téllez era su Presidente Juan Garcia Loaysa y Mendoza, inquisidor dominico que dos años después de este pleito, el 23 de mayo de 1539 sería nombrado Arzobispo de Sevilla.

*** Tuvo que ser un matrimonio muy desequilibrado en cuanto a edad. Pedro de Cifontes no podía tener más de 25 años cuando hizo las Américas.

lunes, 1 de febrero de 2010

Los esclavos 82a

Don Pedro de Cifontes almorzó opíparamente a mediodía, poseídos sus sentidos por los estimulantes efluvios de los manjares en los platos y sin apenas recordar lo vivido aquella mañana, y mucho menos sin imaginar con lástima al esclavo retorciéndose de dolor en la Cárcel pública. Alzados los manteles, entre eructos y hurgamientos dentales salió a su corral, y se detuvo un rato observando a las gallinas escarbar y despulgarse en el polvo ceniciento, bajo la tenue sombra de los jóvenes olivos. Tras ellos, junto a la noria entre el viñedo, dos de sus criados reparaban el ingenio, sustituyendo un eje semipodrido. Serraban, o daban golpes de martillo. Se encontraba bien en aquella hacienda, con su extensa viñas y su amplia bodega, regalo de bodas de su abuela política doña Leonor de Anasco, viuda del Comendador don Diego de Mendoza*. Su casamiento en segundas nupcias con la nieta supuso otro golpe favorable de la fortuna, que ahora disfrutaba camino de la vejez sin que nadie se atreviera a traer a colación, a estas alturas, el escándalo de su primer matrimonio u otros que marcaron su vida.
Don Pedro se sentó en un banco del merendero, mientras uno de sus mastines acudía gozoso a hacerle fiestas. Le acarició la cabeza dirigiéndole palabras cariñosas hasta que el can se ovilló a sus pies, vigilando que nada interrumpiera la digestión de su amo. Éste, en paz con el mundo, dejó volar libre su mente. Estaba un poco abotargado por la comilona y tras asistir durante toda la mañana a la ejecución de la sentencia, y ahora que se percibía en el aire calmo y límpido el pueblo vacío y las calles solitarias, el momento se prestaba a la reflexión. Todo lo que tenía le había costado esfuerzo, sacrificio. Recordando los tiempos de sus aventuras en ultramar se consideraba uno de los elegidos, un señalado por la fortuna. Atrás quedó su flamante carabela, la "Santa María la Blanca", atracada en el muelle sevillano de La Muela, esperando salir para Cartagena de Indias, atrás quedaron las pieles que comercializaba desde y hacia el Nuevo Mundo, sus olores, sus tactos, aquellos enormes fardos que lo habían hecho rico y poderoso, apilados en los azules puertos oceánicos bajo las blancas gaviotas, cargados a hombros de diligentes y robustos esclavos, disputados y regateados por avispados tratantes de toda la geografía nacional y aún de toda Europa, cueros y pieles que una vez curtidos serían convertidos luego en botas, talabartes, vestiduras, asientos de sillones y respaldos de sillas, carteras, estuches, tapas de libros, bolsas, correas y fundas, corazas y sillas de montar, guadameciles**, mamparas o forros de arcones; exquisitamente repujados, teñidos, perfumados y decorados, revalorizados por las sabias manos de los artesanos. Ahora, paradoja, un ladrón deleznable había pagado con su piel el daño que le causó, el menoscabo a su propiedad. Porque se percibía como un ser superior estos pensamientos le proporcionaban una gran fuerza interior. Lo era, sí —repetía la voz de su conciencia—, y lo demostró en la mar y en la tierra recién descubierta. Los pleitos, las intrigas de la Corte en Valladolid y de los señores del Consejo de Indias, y los engaños constantes de sus socios no hicieron más que enseñarle la parte más dura, pero fructífera a la larga, de la vida.
Y hoy era un gran día, como si con el espectáculo del negro azotado le reconociera aquella comunidad de sencillos aljarafeños sus propios méritos de triunfador, de hombre completo.
Todo le sonreía. Gorriones alborotaban en los árboles. Los pájaros también rientes, como una promesa de la noche que le esperaba junto a su mujer, cuando un sueño tranquilo y en paz, por fin, lo arrullara en su mansión, bajo las estrellas.

Él había empezado desde muy joven, trabajando en el comercio de pieles que florecía en el sur hispano. La sevillana industria del cuero se desarrollaba a pasos de gigante en una región, Andalucía, a la cabeza de la península en cuanto a tamaño de cabaña se refiere. La capital de esta región, debido a su alto consumo de carne, era el principal suministrador, siguiéndole en importancia El Aljarafe (Castilleja, Gines, Benacazón, Umbrete, Sanlucar la Mayor, Bollullos, Huévar); decía un comerciante florentino en Badalona que estos cueros eran "los mejores del mundo", afamados en Amberes, Génova o Marsella, por lo que muchos aristócratas y negociantes de Sevilla y Córdoba se interesaron por ellos. Pedro de Cifontes bregaba con la competencia, principalmente mercaderes genoveses, y negociaba directamente con los carniceros de Sevilla y Triana, de localidades de la Campiña y, por supuesto, del Aljarafe, a menudo con intermediarios a los que daba poder para comprar cueros en las carnicerías de sus zonas, a veces en la cuenca del Guadiana, el norte de África o el archipiélago canario, "los que quisiere y al precio que quisiere".
Antes de trabajar con productos del buey, de la vaca, del cordero o del toro, Pedro de Cifontes había experimentado con éxito, especialmente importando desde Córdoba, el comercio de pieles de animales salvajes (llamadas "salvajinas"): gatos cervales*** de cabeza, zorros, conejos, gatos rabunos, jinetas rodadas,**** jinetas conejunas, jinetas rendidas, garduñas blancas, garduñas prietas, etc., cuyas pieles llegó a colocar en mercados tan distantes como Flandes o Italia, a pesar de ciertas restricciones a la exportación. Y pronto se le abriría el mercado transatlántico.
En el segundo cuarto del siglo XVI las cifras de bovino en la Nueva España comienzan a adquirir importancia, cuando se propicia su cría con la conquista de las zonas del norte, vacías de población india, y entonces la importación de cueros adquirió gran impulso. Era algo común y corriente el que cayesen bajo las lanzas de los matarifes 500 reses diarias en una hacienda, con la finalidad de no hacer esperar a las naos que llevarían sus cueros a España. La carne de estos animales sacrificados se dejaba en el campo como algo desechable y sin valor, a disposición de las por lo general gentes empobrecidas y miserables que quisieran aprovecharla. Tampoco estaba penalizado, por lo tanto, matar una res por pura necesidad, por hambre, siempre y cuando se entregase el cuero a su propietario, por el cual cuero podían pagarse en Sevilla 4 ducados.
Como era de esperar, Pedro de Cifontes alternó en este sentido sus actividades, culminando la nueva orientación de sus negocios con la adquisición de la "Santa María la Blanca" para participar al por mayor en tan lucrativo comercio; se estima que durante la segunda mitad de dicho siglo XVI llegaban anualmente a España unos 130.000 cueros. El 19 de octubre de 1548 la Corona dirigió una Cédula a los oficiales de Sevilla suprimiendo los obstáculos que con anterioridad existían para curtir estos cueros procedentes de Indias, aunque ya desde el comienzo de su actividad nuestro hacendado sabía como evitar tales obstáculos.

* Ver "Los esclavos 64", entrada de julio de 2009, nota 1.

** Ver "Los esclavos 25", entrada de marzo de 2009, nota 2.

*** Especie de gato cuya cola llega a 35 cm de longitud. Tiene la cabeza gruesa, con pelos largos alrededor de la cara, pelaje gris, corto, suave y con muchas manchas negras que forman anillos en la cola. Vive en el centro y mediodía de España, trepa a los árboles y es muy dañino. Su piel se usa en peletería. RAE.

**** Que tiene manchas, ordinariamente redondas, más oscuras que el color general de su pelo. RAE.

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...