lunes, 1 de febrero de 2010

Los esclavos 82a

Don Pedro de Cifontes almorzó opíparamente a mediodía, poseídos sus sentidos por los estimulantes efluvios de los manjares en los platos y sin apenas recordar lo vivido aquella mañana, y mucho menos sin imaginar con lástima al esclavo retorciéndose de dolor en la Cárcel pública. Alzados los manteles, entre eructos y hurgamientos dentales salió a su corral, y se detuvo un rato observando a las gallinas escarbar y despulgarse en el polvo ceniciento, bajo la tenue sombra de los jóvenes olivos. Tras ellos, junto a la noria entre el viñedo, dos de sus criados reparaban el ingenio, sustituyendo un eje semipodrido. Serraban, o daban golpes de martillo. Se encontraba bien en aquella hacienda, con su extensa viñas y su amplia bodega, regalo de bodas de su abuela política doña Leonor de Anasco, viuda del Comendador don Diego de Mendoza*. Su casamiento en segundas nupcias con la nieta supuso otro golpe favorable de la fortuna, que ahora disfrutaba camino de la vejez sin que nadie se atreviera a traer a colación, a estas alturas, el escándalo de su primer matrimonio u otros que marcaron su vida.
Don Pedro se sentó en un banco del merendero, mientras uno de sus mastines acudía gozoso a hacerle fiestas. Le acarició la cabeza dirigiéndole palabras cariñosas hasta que el can se ovilló a sus pies, vigilando que nada interrumpiera la digestión de su amo. Éste, en paz con el mundo, dejó volar libre su mente. Estaba un poco abotargado por la comilona y tras asistir durante toda la mañana a la ejecución de la sentencia, y ahora que se percibía en el aire calmo y límpido el pueblo vacío y las calles solitarias, el momento se prestaba a la reflexión. Todo lo que tenía le había costado esfuerzo, sacrificio. Recordando los tiempos de sus aventuras en ultramar se consideraba uno de los elegidos, un señalado por la fortuna. Atrás quedó su flamante carabela, la "Santa María la Blanca", atracada en el muelle sevillano de La Muela, esperando salir para Cartagena de Indias, atrás quedaron las pieles que comercializaba desde y hacia el Nuevo Mundo, sus olores, sus tactos, aquellos enormes fardos que lo habían hecho rico y poderoso, apilados en los azules puertos oceánicos bajo las blancas gaviotas, cargados a hombros de diligentes y robustos esclavos, disputados y regateados por avispados tratantes de toda la geografía nacional y aún de toda Europa, cueros y pieles que una vez curtidos serían convertidos luego en botas, talabartes, vestiduras, asientos de sillones y respaldos de sillas, carteras, estuches, tapas de libros, bolsas, correas y fundas, corazas y sillas de montar, guadameciles**, mamparas o forros de arcones; exquisitamente repujados, teñidos, perfumados y decorados, revalorizados por las sabias manos de los artesanos. Ahora, paradoja, un ladrón deleznable había pagado con su piel el daño que le causó, el menoscabo a su propiedad. Porque se percibía como un ser superior estos pensamientos le proporcionaban una gran fuerza interior. Lo era, sí —repetía la voz de su conciencia—, y lo demostró en la mar y en la tierra recién descubierta. Los pleitos, las intrigas de la Corte en Valladolid y de los señores del Consejo de Indias, y los engaños constantes de sus socios no hicieron más que enseñarle la parte más dura, pero fructífera a la larga, de la vida.
Y hoy era un gran día, como si con el espectáculo del negro azotado le reconociera aquella comunidad de sencillos aljarafeños sus propios méritos de triunfador, de hombre completo.
Todo le sonreía. Gorriones alborotaban en los árboles. Los pájaros también rientes, como una promesa de la noche que le esperaba junto a su mujer, cuando un sueño tranquilo y en paz, por fin, lo arrullara en su mansión, bajo las estrellas.

Él había empezado desde muy joven, trabajando en el comercio de pieles que florecía en el sur hispano. La sevillana industria del cuero se desarrollaba a pasos de gigante en una región, Andalucía, a la cabeza de la península en cuanto a tamaño de cabaña se refiere. La capital de esta región, debido a su alto consumo de carne, era el principal suministrador, siguiéndole en importancia El Aljarafe (Castilleja, Gines, Benacazón, Umbrete, Sanlucar la Mayor, Bollullos, Huévar); decía un comerciante florentino en Badalona que estos cueros eran "los mejores del mundo", afamados en Amberes, Génova o Marsella, por lo que muchos aristócratas y negociantes de Sevilla y Córdoba se interesaron por ellos. Pedro de Cifontes bregaba con la competencia, principalmente mercaderes genoveses, y negociaba directamente con los carniceros de Sevilla y Triana, de localidades de la Campiña y, por supuesto, del Aljarafe, a menudo con intermediarios a los que daba poder para comprar cueros en las carnicerías de sus zonas, a veces en la cuenca del Guadiana, el norte de África o el archipiélago canario, "los que quisiere y al precio que quisiere".
Antes de trabajar con productos del buey, de la vaca, del cordero o del toro, Pedro de Cifontes había experimentado con éxito, especialmente importando desde Córdoba, el comercio de pieles de animales salvajes (llamadas "salvajinas"): gatos cervales*** de cabeza, zorros, conejos, gatos rabunos, jinetas rodadas,**** jinetas conejunas, jinetas rendidas, garduñas blancas, garduñas prietas, etc., cuyas pieles llegó a colocar en mercados tan distantes como Flandes o Italia, a pesar de ciertas restricciones a la exportación. Y pronto se le abriría el mercado transatlántico.
En el segundo cuarto del siglo XVI las cifras de bovino en la Nueva España comienzan a adquirir importancia, cuando se propicia su cría con la conquista de las zonas del norte, vacías de población india, y entonces la importación de cueros adquirió gran impulso. Era algo común y corriente el que cayesen bajo las lanzas de los matarifes 500 reses diarias en una hacienda, con la finalidad de no hacer esperar a las naos que llevarían sus cueros a España. La carne de estos animales sacrificados se dejaba en el campo como algo desechable y sin valor, a disposición de las por lo general gentes empobrecidas y miserables que quisieran aprovecharla. Tampoco estaba penalizado, por lo tanto, matar una res por pura necesidad, por hambre, siempre y cuando se entregase el cuero a su propietario, por el cual cuero podían pagarse en Sevilla 4 ducados.
Como era de esperar, Pedro de Cifontes alternó en este sentido sus actividades, culminando la nueva orientación de sus negocios con la adquisición de la "Santa María la Blanca" para participar al por mayor en tan lucrativo comercio; se estima que durante la segunda mitad de dicho siglo XVI llegaban anualmente a España unos 130.000 cueros. El 19 de octubre de 1548 la Corona dirigió una Cédula a los oficiales de Sevilla suprimiendo los obstáculos que con anterioridad existían para curtir estos cueros procedentes de Indias, aunque ya desde el comienzo de su actividad nuestro hacendado sabía como evitar tales obstáculos.

* Ver "Los esclavos 64", entrada de julio de 2009, nota 1.

** Ver "Los esclavos 25", entrada de marzo de 2009, nota 2.

*** Especie de gato cuya cola llega a 35 cm de longitud. Tiene la cabeza gruesa, con pelos largos alrededor de la cara, pelaje gris, corto, suave y con muchas manchas negras que forman anillos en la cola. Vive en el centro y mediodía de España, trepa a los árboles y es muy dañino. Su piel se usa en peletería. RAE.

**** Que tiene manchas, ordinariamente redondas, más oscuras que el color general de su pelo. RAE.

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