jueves, 25 de febrero de 2010

Los esclavos 82h

Más cuentas en descargo de Pedro de Cifontes: 20.000 maravedíes pagados al trianero Alonso Sanchez Labrador por su casamiento con Andrea de Cifontes*, que fue criada de Cifontes y de su mujer Mari Téllez, dote refrendada por el escribano público de Sevilla Diego de Toledo en 8 de agosto de 1531 y en cumplimiento de una de las cláusulas del testamento de Mari. Mas 5.070 maravedíes gastados en el enterramiento de ésta. Mas 40 pesos de oro que valió una esclava india, llevada por Mari en dote al casamiento y ahorrada por ella en su última voluntad, aunque los contadores le exigen ahora que de pruebas de este ahorramiento, con testigos. También dijo Pedro que pagó a Juan Rodriguez Colorado** 39 pesos de oro, quien le había encargado por escrito que los cobrase de Francisco de Toledo, escribano público de la ciudad de Santo Domingo; aunque Pedro tuvo que pagarlos a Colorado, alegó que no los había recibido del escribano porque se le extravió el escrito, y que fue deuda hecha durante su matrimonio y la satisfizo después de fallecida su mujer; los contadores estimaron que en ningún sitio había hecho constar que hubiese perdido el escrito de Rodriguez Colorado, ni siquiera que hubiese hecho diligencia alguna acerca de ello. Pidió Cifontes además el descuento de 300 pesos de oro, diciendo y asegurando que podía probar con testigos que su mujer escondió dicha cantidad y se la trajo desde Santo Domingo a Sevilla, además de lo que él le dio para gastos de viaje, y que no supo tampoco el día en que ella emprendió dicho viaje; los contadores, ante lo insólito del asunto, decidieron remitirlo a los Señores del Consejo de las Indias, para que ellos determinaran. Se le descargaron además 80.000 maravedíes, que según el testamento de su mujer, Pedro traía de caudal cuando se casó con ella.
De tal manera que, —suman los contadores—, los maravedíes que se descargan al demandado son 1.120.110, que restados al cargo de 1.410.216, arrojan a su favor 290.106, o sea, 145.053 maravedíes para cada parte. Y de los 145.053 de la parte de Mari Téllez, la tercera parte, esto es, 48.351 maravedíes, corresponden a su marido tal y como mandó ella en su testamento, y así quedan por bienes de la difunta 96.792, que divididos entre las dos herederas sus hijas tocan a la dicha Juana Téllez 48.350, de los cuales tiene recibido 400 pesos de oro (180.000 maravedíes) que llevó en dote y casamiento con Juan de Sevilla, a los cuales se le han de restar la parte de la herencia de su madre —los dichos 48.350—, con lo que le queda debiendo su padrastro Pedro 139.649 maravedíes más de los 600 pesos sobre que es el pleito, que la dicha Juana tiene recibidos y que Pedro de Cifontes exige que se los devuelva. Y con esto los contadores finalizaron su tarea, firmando el acta junto con los testigos, que fueron Pedro Gonzalez de ¿Basocibal?, Martin de ¿Irabren? y Juan de Vergara, estantes en la Corte de Valladolid.
Parece que durante esta jornada de escrutinios de papelotes y memoriales surgió otra nueva fuente de datos, acaso aportada a última hora por algún criado, porque los contadores añaden un último párrafo de desglose de cantidades. Continúan así con la fórmula "además de lo que dicho es", trayendo a colación un requerimiento firmado por escribano público de Sevilla, de dificultosa lectura, en el cual se da fe de que el marido de Juana Téllez quedó a cargo de una memoria de Cifontes para cobrar 950 pesos —no sabemos de quién—, con una comisión del cinco por ciento, o sea, 57 pesos y medio (sic), por lo que ahora debe Juan de Sevilla la cuarta parte, en razón de bienes de la dicha su mujer; en suma, un embrollo del que lo único claro que resulta es que Pedro de Cifontes tenía que cobrar por todo ello 1.287 maravedíes, que se le descuentan por fin. Y ahora ya parece que ha concluido la labor de los contadores en Valladolid. Firman los testigos Hernando de Ávila, Fernando Chavez y Sebastián Rodriguez, y el escribano de Sus Majestades Pedro de Témino autoriza todo lo efectuado, "en tres hojas de papel y mas esta plana"; da los testimonios pertinentes a las partes; y guarda los originales en su Registro.

* Recibían en muchas ocasiones los sirvientes —para desesperación de los genealogistas— el nombre de sus amos.

** Aparece en el documento Juan Rodriguez Colorado, al que ya hemos empezado a conocer en el capítulo anterior, como yerno de Mari Téllez. ¿Puede haberse casado Juan Rodriguez Colorado con la segunda hija de Mari, Ana Téllez? No tardaremos en averiguarlo.


De inmediato, con las prisas imaginables en cuanto que los sevillanos estarían deseosos de acabar con todo aquel galimatías y volver a la dulzura de su cálida patria chica, se lleva todo el legajo ante los Señores del Consejo de las Indias, quienes el 19 de septiembre de 1536 emiten su sentencia de la manera que sigue:

En el pleito y causa que ante nos pende en grado de apelación, entre partes de la una Pedro de Cifontes, mercader vecino de la ciudad de Sevilla, parte apelante, y de la otra Juana Téllez, mujer de Juan de Sevilla y sus procuradores en su nombre, fallamos atentas las nuevas probanzas en esta instancia ante nos hechas, que la sentencia definitiva en esta causa dada y mandada por el Presidente y Oidores de la Audiencia y Chancillería Real que reside en la Isla Española, que de este pleito y causa primeramente conocieron, que es de enmendar y para enmendar la debemos revocar y revocamos, y haciendo y obrando lo que de justicia debe ser hecho debemos de absolver y absolvemos y damos por libre y quito al dicho Pedro de Cifontes de lo contra él por parte de la dicha Juana Téllez pedido y demandado, a la cual ponemos perpetuo silencio y mandamos que sean vueltos y restituidos al dicho Pedro de Cifontes todos los pesos de oro y maravedíes que por razón de la dicha sentencia y ejecución de ella el dicho Pedro de Cifontes pagó a la dicha Juana Téllez, libres y sin costas algunas y sin derechos de la ejecución, y en lo que toca a la reconvención y nuevos pedimentos de la una parte y de la otra y de la otra a la otra ante nos hechos absolvemos y damos por libres y quitos a ambas las dichas partes, y por esta nuestra sentencia, juzgando así lo pronunciamos y mandamos sin costas, el Doctor Beltrán, el Doctor Bernal y el Licenciado Gutiérrez Velázquez.

Pero nadie quería dar su paso a torcer, y una semana después la parte de Juana Téllez presentó una petición suplicatoria, solicitando la revocación y anulación de la sentencia en todo lo que resultaba en su perjuicio. Alegó que la primera sentencia —la emitida por la Audiencia de Santo Domingo— había pasado por cosa juzgada, y habiendo sido ejecutada a su favor, de ella no se podía retractar. Y añadía que la averiguación de cuentas recién llevada a cabo no tenía ningún valor ni efecto porque sus procuradores no estaban informados de lo que convenía a su justicia, e insistía en que su padrastro debía ser condenado en 2.000 ducados, además de lo que la sentencia en primera instancia dejó especificado, aduciendo que mientras estuvo casado con su madre multiplicó los bienes en más de 8.000 ducados, ducados que Pedro no había reflejado en el inventario tras la muerte de Mari Téllez, con intención clara de defraudar. Sobre lo cual Juana se ofrecía a volver a declarar bajo juramento y a justificar todo lo expuesto por la vía de prueba de derecho, exigiendo además de la revocación de la sentencia el pago de todas las costas.
De ello se dio traslado a Pedro de Cifontes, quien presentó otra petición de respuesta en la que dijo y alegó muchas razones.
El resultado fue que los del Consejo decidieron recibir a ambos con lo que testimoniasen, dentro de cierto término, pena y depósito, consistente éste en cierta cantidad de dinero que como garantía de que las partes llevarían el pleito hasta su conclusión debían entregar. Juan de Sevilla hizo tal depósito en manos de Villafañe, tesorero de la Corte, y cada parte tornó a presentar pruebas y alegatos, respuestas y dichos, hasta que en el Consejo, con el acuerdo de Cifontes y Juan de Sevilla, se optó por volver a hacer las cuentas. Entretanto había transcurrido un año, desde 1536 a 1537, de idas y venidas, de luchas e indagaciones, buscando afanosamente pruebas.
Nombráronse de nuevo contadores, Pedro al Licenciado Villalobos, Fiscal de dicho Consejo, y Juan al Licenciado Lope de León, Abogado de la Corte, y por parte del referido Consejo de las Indias se nombró al ya conocido Hernando Chavez, Relator. Comenzaron su trabajo el jueves 2 de septiembre de 1537 y continuaron el sábado 4, repasando el asunto de los alquileres de las casas en Santo Domingo, sobre lo que declaró Juan de Sevilla bajo juramento. El martes 7, el sábado 11 y el martes 14 volvieron a reunirse, tratando en este último día la venta de las casas en La Española al mercader Rodrigo Franco, sobre cuyo tema hubo de volver a declarar Pedro de Cifontes. El sábado 18 de septiembre siguieron entendiendo de las cuentas, y el día 21, martes, con otro nuevo cónclave, sale a relucir un turbio asunto del cual no se había hecho mención hasta ahora: recibieron juramento de Juan de Sevilla "sobre los tres indios esclavos que se dicen Lorenzo y Ana y Francisca, so cargo del cual le fue pedido que diga y declare cuándo y en qué tiempo y en cuyo poder murieron los dichos esclavos indios, y dijo que ha oído decir que son muertos y que murieron en poder del dicho Pedro de Cifontes. Preguntado si era este pleito comenzado cuando dice que murieron, dijo que oyó decir que se habían muerto después de comenzado el pleito, y asimismo fue preguntado qué podían valer los dichos esclavos, el cual dijo y declaró que el dicho Lorenzo valía cincuenta ducados, y la dicha Ana valía treinta ducados, y la dicha Francisca más de treinta ducados. Firmó de su nombre, Juan de Sevilla.
Y asimismo fue preguntado por los dichos contadores y tercero a Pedro de Cifontes sobre el valor de los dichos tres esclavos indios, el cual dijo que el dicho Lorenzo podía valer veinte y cinco ducados, la dicha Ana veinte ducados, y la dicha Francisca, treinta ducados. Firmó de su nombre, Pedro de Cifontes."

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