sábado, 27 de marzo de 2010

Los esclavos 82j

El majestuoso impulso de la vida continúa, arrollador. Atrás quedan las tragedias, los odios, los desencuentros, acaso olvidados, acaso solucionados. Signo y realización viviente de lo dicho es Francisco de Avecilla, a quien podemos llamar nieto de Pedro de Cifontes. En efecto, la hijastra de éste, Juana Téllez, rehízo su vida junto a Juan de Sevilla, tras las atormentadas experiencias en La Española y después de las graves diferencias con el mercader de cueros, y fruto del nuevo giro favorable de la fortuna fue este hijo, Francisco, nacido de la pareja en Sevilla, al que no parece haberle ido mal en la aventura de la existencia, ya que en el año 1555 Francisco de Avecilla emprendió viaje a la pujante Nueva España con un cometido importante: factor del destacado comerciante Andrés Pérez de Méjico.
El tal Andrés Pérez de Méjico nos va a servir de eslabón para dar continuidad a la historia pre-castillejense de Cifontes. A Andrés lo encontramos en 1577 sumido en pleitos, junto a su socio Antonio de Carmona, ambos vecinos de Sevilla, contra un tal Diego Cortés y un Cristóbal de Rivera, vecino este último de la Puebla de los Ángeles, en razón de grana y cochinilla* por valor de 10.000 pesos; pleito que se prolongaría hasta 1579.
La hijastra de Pedro de Cifontes vería bendecida su vida con otra hija, Benita de Avecilla, también nacida en Sevilla, y que la convertiría en feliz abuela: dos nietos le dio, Francisco y Francisca Saavedra Avecilla. El padre y marido, Rodrigo de Saavedra, los reclamó desde la Nueva España, y hacia allá partieron madre e hijos el día 11 de julio de 1578. Encontramos, en el "Expediente de concesión de licencia para pasar a Nueva España a favor de Benita de Avecilla, vecina de Sevilla, que va a vivir con su marido Rodrigo de Saavedra, ministril de la catedral de México; con sus hijos Francisco de Saavedra y Francisca de Avecilla, y una criada", que el procurador Fructuoso López, en nombre de Benita, se dirige a las autoridades de la Casa de la Contratación para exponerles que Rodrigo de Saavedra lleva más de 8 años residiendo en México, donde desempeña el oficio de ministril** en la Iglesia Mayor de dicha ciudad, y que ha enviado a llamar por diversas veces a su mujer y a sus dos hijos, los cuales tres se quieren ir a reunirse con él, "por ser pobres y padecer mucha necesidad en la ciudad de Sevilla donde viven, y para poder hacer vida maridable". Fructuoso pide que se le concedan cédula y licencia para pasar al Nuevo Mundo "y para que pueda llevar en su compañía a un deudo suyo casado con su mujer para que le acompañen y a lo menos una criada que la sirva".
El 13 de mayo de 1578 hubo de parecer en persona Benita ante los Señores Jueces de Su Majestad en dicha Casa de la Contratación para presentar la petición, alegando "cómo me ha enviado a llamar a mí y a dos hijos que tenemos para nos sustentar y alimentar por ser como soy pobre y padecer extrema necesidad en esta ciudad". Tenía que hacer una información que acreditase la veracidad de lo que expone, ante los Señores del Consejo de las Indias, y para ello presenta, el 14 de mayo, a Alonso de Cazorla, tintorero de paños de más de 30 años de edad, vecino de Sevilla en la collación de Santa María la Mayor en el Corral de Jerez, el cual atestigua conocerla de más de 12 años de trato y voz y conversación, y conocer asimismo al ministril Rodrigo de Saavedra, saber que están casados legítimamente porque los vió, hará 8 años, desposarse y velarse y hacer vida maridable con sus casas y familia, y procrear a Francisco, de edad de 8 años, y a Francisca, de 10, y que como tales hijos los trata y alimenta la dicha su madre con mucha necesidad por ser como es pobre, y que ha visto por muchas cartas que este testigo ha leído del dicho su marido que la envía a llamar para que se vayan con él a la ciudad de México, donde está acomodado en la Iglesia Mayor. Otro testigo, presentado el mismo día, es Juan de Rojas, también ministril, en la Santa Iglesia de Sevilla, vecino en la collación de San Lorenzo, y autotitulado "compadre" de Rodrigo de Saavedra, que repite punto por punto lo expuesto por el anterior (ambos dan una fecha de la partida de Rodrigo —hace 4 años, dicen— que no cuadra con lo declarado por Fructuoso, el procurador de su mujer). Y el último testigo tiene un nombre que podría dar a esta historia una complejidad extraordinaria, si no fuera por la práctica imposibilidad de que se traten de la misma persona: Gerónimo de Medina, homónimo del secuestrador y maltratador de la madre de la solicitante, en La Española, según vimos en "Los esclavos 82f", entrada de febrero de 2010. Sería elucubrar en demasía imaginar que hubo algún tipo de reconciliación entre el monstruo y la hija de la víctima, después de los agravios y vejaciones ocasionados a Juana Téllez aprovechando que su legítimo marido había emigrado en busca de fortuna.
Este Gerónimo de Medina que ahora testifica resulta ser también ministril en la Santa Iglesia hispalense, y vecino igualmente de la collación de San Lorenzo, y dice recibir cartas de Rodrigo y haber sido compadre en el bautizo de uno de sus hijos con Benita.
La cual todavía tuvo que dar un poder a Gabriel Perez de Valdés, en Sevilla jueves 15 de mayo de 1578, para que en su nombre y ante los Señores del Consejo de las Indias presentase la información que acabamos de conocer, y suplicase la concesión de la licencia para embarcar. No parece compadecerse muy bien una pobreza extrema con la disponibilidad de una criada, pero, a falta del final del documento, imaginamos que, obtenida la ansiada licencia, por fin cruzaron el Atlántico y se reunieron todos en la capital azteca.

* Grana y cochinilla. En realidad es el mismo insecto, a veces nombrado grana, a veces cochinilla, a veces grana cochinilla. Todavía el Diccionario de Autoridades lo considera vegetal: Cierta fruta ò grano que se cria en las Indias, de ciertas plantas pequeñas: la cual produce unas como uvas salvages, de que se usa comunmente para dar à las sedas y paños el colór roxo, como se hace con la grana. Grana se llama tambien el ingrediente con que se dá este colór à las sedas y paños, que es la cochinilla. [...] Despues de secas, se muelen, y se vuelven de aquel tan estimado polvo de grana, para teñir las sedas y hacer la escarlata.
La confusión se debe en gran parte al secretismo que, para preservar el monopolio, imperaba en su producción, temerosos los españoles de que otras potencias se apropiaran de esta valiosísima fuente de riqueza. Covarrubias en su "Tesoro", voz coco, también se refiere en parecidos términos al tinte importado del Nuevo Mundo, citando al comentador de Dioscórides Doctor Laguna: Tráese también del Perú otra suerte de grana, que nace de ciertas plantas pequeñas, a manera de uvillas salvages, la qual (según dizen los españoles que de allá vienen) se llama cochinilla en aquellas partes.
Lo cierto y verdad es que se trata del hemíptero Dactylopius coccus, cuyas hembras, de unos 6 milímetros de largo, eran criadas originariamente en los tallos de las chumberas de la zona de Oaxaca por las culturas aztecas prehispánicas, las cuales, desafiando los rigores del sol y de las nubes de minúsculas púas, extraían de ellas la preciada sustancia, usada para teñir telas de diversos colores como el violeta o el naranja, y desde luego, el carmín, según diversos procedimientos. En su libro "La grana cochinilla", el escritor Barbro Dahlgren afirma que el precioso tinte, "obtenido gracias a la paciencia y el esfuerzo del indio mexicano, llegó a ocupar el lugar privilegiado que antiguamente correspondía a la púrpura de Tiro, pues fue empleado para teñir el traje talar de los príncipes de la iglesia y los mantos de la realeza; hoy todavía usamos la palabra "granado" para significar algo selecto, ilustre y escogido".



La fuente más grande de riqueza en la historia de Oaxaca encontraba su máxima expresión en el sur de España, cuando las horas de primavera, barcas voladoras cargadas de colores surcando ingrávidas el fresco mar de luz renovada, derramaban a lo largo de las calles de la metrópoli torrentes de sedas ardientes y cascadas de paños cegadores, y en los trigales verdes las conversaciones de los grupos de amapolas estremecían en un rapto de ternura vivificante los infinitos pinceles ondulantes. Con el fondo gris y pardo de la pobreza mate, languideciente en los mortecinos rincones bajo lóbregos ventanucos, los andaluces regresaban a sus ojos, bellos ojos enervantes, abiertos al cielo azul, y envolvían sus cuerpos con colorido dinámico y saludador. En Castilleja, sobre las mañanas de tejados de tiernos cromatismos, de dulces pretiles y suaves pináculos, de jaramagos puros recortados sobre suaves amaneceres, los jilgueros esbozaban palabras de oro al caballero santiaguista de tachón enérgico en su capa, como un ascua resplandeciente. Las mujeres de trepidantes indumentarias hendían las brisas, llenas de vida. Alas mariposeando entre fantasías iridiscentes, espesos azules, exóticos anaranjados, morados vibrantes, profundos verdes.

** Ministril. El que en funciones de iglesia y otras solemnidades tocaba algún instrumento de viento. RAE.
Proviene del latín ministeriun (servicio) y minister (servidor). El de ministril en verdad no era un oficio excesivamente bien pagado, y muchos de ellos tenían que pluriemplearse para subsistir, sobre todo acudiendo a los llamados de nobles, reyes, concejos, etc., para ejecutar música profana en festejos civiles o en reuniones familiares, aunque su contrato oficial fuera con organismos religiosos para trabajar en días señalados como el Corpus o el Domingo de Resurrección dando brillo a las comitivas y procesiones. No era extraño que se les solicitara para marcar el principio de la venta en los mercados, y a veces interpretaban desde lo alto de las torres de las iglesias en los pueblos, para amenizar los bailes populares, los cuales bailes por cierto datan de más antiguo de lo que se pudiera pensar, actuando los ministriles de esta manera como el antecedente de los modernos conjuntos musicales en las veladas veraniegas.



Muchos de ellos se obligaban también a hacer de maestros enseñando a aprendices su arte, como otra manera de redondear sus exiguos ingresos.
Los instrumentos que utilizaban eran, como queda dicho, los aerófonos de madera y metal, tal la corneta, con su timbre muy parecido al de la voz humana y muy diferente a la de uso cuartelero y cofradiero que hoy entendemos como tal; o como la potente chirimía, de estridente sonido, apto para escenarios populares al aire libre; o el sacabuches, que derivaría hacia el trombón moderno, con unos sonidos graves llenos de matices, y brillantes y variados en el registro medio; y la trompeta, productora de armónicos triunfalistas; y el bajón o fagot, de rica gama de sonidos en los registros graves; o la ubicua flauta, conocida ya en la prehistoria de la humanidad.
A partir de 1506 y durante todo el siglo XVI Sevilla se convirtió en un centro de producción musical de la mayor importancia, y a la cabeza de sus notables compositores nos encontramos a Pedro Fernandez de Castilleja, maestro de los maestros de España según calificación de uno de sus varios universalmente conocidos discípulos. Del castillejano Pedro Fernández daremos oportuna noticia en su momento.

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