lunes, 26 de abril de 2010

Los esclavos 82o

Fue Pedro Barba, Alguacil de la Casa de la Contratación de las Indias del mar Océano de la ciudad de Sevilla, quien por mandamiento de sus Jueces del 3 de diciembre de 1535 se trasladó al lugar de Quema con amplios poderes para embargar bienes muebles, raíces y semovientes de Sebastián, para nombrar a sus depositarios, y para exigir colaboración de alcaldes y alguaciles del dicho lugar.

"Estando en Los Molinos, término de Aznalcázar y heredamiento del Señor Licenciado Alonso de Céspedes, en una casa bodega de Sebastián Rodriguez Pavón, vecino de la ciudad de Sevilla, y estando en de presente Bartolomé Lopez [el tercer socio], vecino de la dicha ciudad de Sevilla, y Francisco de Olmedo, casero de la dicha casa, luego el dicho Bartolomé Lopez pidió y requirió al dicho Alguacil que cumpla y ejecute el dicho mandamiento según y como en él se contiene, y que lo pedía y pidió por testimonio a mí el dicho escribano" [Juan Gutiérrez, escribano de Sus Majestades].

El casero de Sebastián guió al Alguacil hasta la bodega, que encontraron cerrada con dos candados, y como quiera que dicho casero no tenía, —o dijo no tener—, las llaves, el Alguacil sevillano dispuso romperlos, cosa que se efectuó a martillazos; y en el interior encontraron 15 tinajas tapadas con sus témpanos, llenas de vino blanco, con 450 arrobas en total, mas 3 azudas y 2 cantarillos tapados con yeso, que contenían arrope. Además de ello, había una caldera grande, una silla gineta vieja, otra azuda*, dos portaderas de palo, 2 cestos y 2 canastas, una pala de palo, media arroba de barro sellada, un freno de caballo, 2 calabazas, 2 esteras nuevas, 2 sogas de esparto nuevas y otra de cáñamo usada. En el inventario incluyeron los 2 candados rotos que habían quitado de la puerta.
Por estar en el campo inhabitado y no encontrar depositario, el Alguacil tornó a cerrar la dicha bodega con otro candado de cubo de hierro, se llevó la llave con él, y mandó al casero Francisco de Olmedo que no intentasen, ni él ni otra persona, abrirla, so pena de 20.000 maravedíes para la Cámara de Sus Majestades, a todo lo cual fueron testigos Juan Gonzalez Montes el mozo, vecino de Aznalcázar, Juan Martin, guarda de Los Molinos, y Juan Crespo, Conocedor** del Jurado Francisco Ruiz, vecino de Sevilla.
Inmediatamente se dirigió el grupo, con el Alguacil a la cabeza, a la casa aledaña, que poseía un palacio frontero con su patio y corrales, limítrofe con las casas del dicho Licenciado Céspedes, al cual pagaba tributo Sebastián, así como por 10 aranzadas de viña junto a todo lo descrito, lindando con viñas del también albañil Juan Beltrán, vecino de Sevilla en San Vicente. Todas las propiedades se embargaron, así como una yegua rucia con un hierro de ancla, y su cría, una potranca rucia quemada con una señal blanca.
A falta de otro más cualificado, todo ello quedó en depósito del casero de Sebastián, con el consentimiento de Bartolomé Lopez. Era el sábado día 4 de diciembre de 1535 y el escribano fue Gerónimo de Mesa. El lunes siguiente le tocó el turno de embargo a las posesiones en la ciudad de Sevilla. El mismo Alguacil Barba acompañado de Bartolomé, del escribano y de otros criados, ayudantes y testigos inventariaron lo que Sebastián tenía en la casa de su morada en San Vicente: una cama blanca de 5 paños, 2 colchones llenos de lana, una frezada, 6 sábanas de lienzo, 2 bancales de mantillas, 2 almohadas llenas de lana, unos bancos y un cañizo, una cerradura de lienzo pintada usada, una caja grande que contenía un par de mangas de terciopelo negro, otras de raso negro, un manto negro usado con un ribete de terciopelo, un par de mangas de paño moradas y ribeteadas con terciopelo nuevas, una saya morada con una faja de terciopelo, otra saya negra con una faja de terciopelo, una capa negra llana, 15 varas de lienzo casero nuevo, 10 varas de pañuelos de mesa nuevos, 2 pares de manteles nuevos de estopa, un plato de estaño grande nuevo, 6 escudillas de estaño nuevas, una saya engrullada de dos en dos tiras de raso, una chamarra de chamelote usada, unos chapines nuevos dorados, un sombrero nuevo, 2 colchones llenos de lana, 2 sábanas, un paramento, una frezada, 2 almohadas, unos bancos y un cañizo [parece repetir el escribano lo ya registrado, pero debe tratarse de otro dormitorio], 3 cojines de sentar usados, una caja ¿ensenyalada? y dentro de ella 4 almohadas labradas nuevas, dos de grana y dos de negro, otras 2 almohadas labradas de negro, 2 paños de rostro labrados de negro algo usados, una pieza de estopa de doce varas nueva, una camisa de lienzo labrada de negro, una colcha nueva, otras 2 almohadas usadas labradas de negro, un paño de rostro nuevo de grana, 2 pares de ¿tizas? de almohadas nuevas, un par de manteles usados, 2 candeleros de azófar, un aparador de palo, 2 mesas con sus bancos de cadenas, 2 sillas de espaldas, otras 2 pequeñas, 15 platos de peltre pequeños, una tinaja con seis fanegas de trigo, 6 tinajas de vino vacías, una escalera de palo, un acetre, una estera vieja, 2 pipas con unos suelos de vino, un candelero de palo, una arca vieja sin cerradura, un brasero de hierro, una tinaja de agua, una silla de costillas vieja, un pichel de peltre usado, 3 paramentos de figuras usados, una mesa de palo, otra arca usada con sus cerraduras, una paila, una tinaja quebrada con tascos, y 2 candeleros de azófar. Además de la propia casa, con sus palacios y soberados y corrales que son en la collación de San Vicente, que lindan con casas de un Alonso Ochoa y con casas de Francisco Mejía, en que vive el dicho Sebastián, mas otras casas con sus palacios y soberados en que mora Juan de Pedraza (que la habitaba en alquiler) y la cerrajería que tiene de por vida de la Iglesia de San Salvador, que linda con casas de Pedro Mejía y con casas de Ana Ruiz, y juró Ana Suárez, mujer del dicho Juan de Pedraza, que no debe nada de alquiler. Todo lo cual quedó en poder, como sus depositarios, de dos albañiles: Benito de Morales, vecino en dicha collación, y Hernando de Angulo, vecino de Omnium Sanctorum. Testigos presentes, Diego de Cantillana, Ana Ruiz, y la mujer de Sebastián, la ya viuda Leonor Ortiz. El Alguacil se llevó las llaves de las casas, tras declarar bajo juramento Diego, Ana, Leonor y Juana Rodriguez, —esta última sobrina de Sebastián y esposa de Diego de Cantillana como ya vimos—, que no existían más bienes que los vistos.
El día 8 de diciembre se presentó Diego Díaz, el albañil acreedor de Sebastián, diciendo que quería ser fiador de todo lo embargado, y así fue nombrado junto a los otros.
Vimos en el capítulo anterior que Pedro de Cifontes había requerido copia de las declaraciones de unos testigos llamados por su socio Bartolomé Lopez*** en su demanda al respecto del viaje de la "Santa María la Blanca". Fueron entonces el Maestre Antón Quintero, vecino de Palos y estante en Sevilla, de 40 años, quien estando en Cartagena vio llegar a la Santa María con Sebastián Rodriguez Pavón, cargada de gente y mercancías. Otro testigo fue Luis Hernandez Mantero, vecino de Sevilla en la collación de San Juan de la Palma, de 24 años de edad, quien también estaba en Cartagena a la llegada del navío, y lo vio "cargado de gente y soldados y los vio llegar y salir la gente a tierra", y por los que desembarcaban supo lo acontecido en La Gomera. El siguiente declarante fue el Maestre Hernando Rodriguez, vecino de Sevilla en Santa María, de más de 30 años de edad, quien iba en conserva**** de dicho navío cuando salió de Sanlúcar y vio en él mucha gente y en la cámara de popa unas mujeres, y llegaron a Cartagena en salvamento, y él mismo gobernó desde Santo Domingo a Cartagena porque no había nadie que supiese hacerlo, hasta que luego Sebastián se dedicó a hacer fletes entre Cuba, Jamaica, etc. Después declaró Pedro Vicente, Maestre de la nao "Santiago", vecino de Gibraleón y estante en Sevilla, de 28 años de edad, que como los anteriores se encontraba en Cartagena al tiempo de los hechos.
De manera que se hizo con una copia de estas declaraciones Pedro de Cifontes, el 15 de marzo de 1537, y este mismo día su Procurador presentó como testigos al socio Bartolomé Lopez y a Esteban de Albijan, de 19 años y criado de dicho Cifontes, y el día 17 a Francisco de Lugo, mercader, a Pedro de Castellanos, escribano, y al Deán Miguel Gerónimo de Ballesteros, y el 19 al suegro y Visitador de las naos de las Indias Juan de Cárdenas, y de nuevo a Antón Quintero y a Hernando Rodriguez, los dos maestres anteriores. En este mes Pedro de Cifontes insistió en la venta de los bienes de Sebastián, atendiendo a que el tiempo iba a estropearlos, en especial a los vinos y a la ropa de cama y de vestir, pero la parte de Sebastián contesta diciendo que no ha lugar la petición porque los bienes ya están mandados desembargar (lo cual suena a "farol", a estratagema dilatoria). En abril insiste la parte de Cifontes, solicitando que el dinero de la venta de los bienes embargados se deposite en el arca de las 3 llaves (una para cada uno de los 3 Oficiales: Factor, Tesorero y Contador) de la Casa de la Contratación, pero Antonio del Castillo no parece querer dar su brazo a torcer, sino antes dejar que "el paso de los días menoscaben los lienzos y demás ropas de vestir". Es entonces cuando presenta a Martin de Orduña, a Rodrigo Álvarez, a Alonso Quintero y a otros hasta 10 testigos, pidiendo además un cuarto plazo de 10 días, que le es otorgado. Añadirá después a Bartolomé Lopez y a Antón Quintero, a la par que presenta su interrogatorio. Por éste sabemos que la nao perteneció a los asturianos de la Villa de Luarca Andrés Suárez y Alfonso Yáñez, escribanos de profesión, que la vendieron a los 3 mercaderes por 250 ducados*****, que éstos en el muelle de Las Muelas "la repararon y adobaron calafateándola y haciéndole de nuevo las obras muertas y una puente y una cámara donde pudiese ir la gente y caballos que llevaron en ella a la provincia de Cartagena por donde primero la fletaron... . Y que para hacer que pudiese navegar le compraron más velas y jarcia y cables y aparejos para que pudiese navegar y la pudiesen anclar, haciéndo asimismo mástiles y antenas y batel y gabia y otras cosas que hubo menester, todo de nuevo, y que los dichos tres compañeros en la dicha nao gastaron y pudieron gastar en los dichos reparos otros 250 ducados, más que menos".
Y aparece en estos días, añadido al tribunal de los Jueces de la Casa de la Contratación que atendía el caso, el Factor Diego Caballero (ver nota en el capítulo anterior).
Sobre los bienes de Sebastián hay, por si fueran ya pocas, otra polémica, en cuanto que algún actor —Diego Díaz, por ejemplo— pretende que los tributos a Felipa de la Cruz se paguen de ellos, mientras que Cifontes se opone con toda su alma, alegando que la casa estaba vendida. En junio la parte de Sebastián pide que, dando fianzas suficientes, se desembarguen los bienes, mientras Pedro de Cifontes se queja de que los autos están en poder del letrado del demandado y no los quiere entregar, por dilatar el pleito; llega a pedir que lo pongan en la cárcel hasta que los entregue.
A medida que progresamos en el estudio de los documentos del extensísimo pleito vamos, sorpresa tras sorpresa, sabiendo más y más de la intrincada trama y de las complejas relaciones entre sus protagonistas. Por ejemplo, que los dos Pedro que acabaron sus vidas en Castilleja, Cifontes y Castellanos, se conocían desde muy jóvenes, ya en 1527. Que el Deán había nacido hacia 1502, era compadre de Cifontes, conocía al socio Bartolomé Lopez de más de 20 años, estaba en Sevilla cuando la "Santa María la Blanca" se hizo a la mar, y un sobrino suyo viajaba en ella, sobrino que le informó de los hechos y aventuras de Sebastián desde Cartagena, cuyo Gobernador, Pedro de Heredia, se escribía también con el dicho Deán y participaba directamente en el negocio de la nao, pagando fletes. O que Juan de Cárdenas, el suegro de Cifontes, también se encontraba en Sevilla por aquel entonces, y como Visitador que era inspeccionó la nao y la despachó en Sanlúcar de Barrameda.
Proseguiremos.


* Eran las llamadas azeñas ruedas hidráulicas, máquinas de unas dimensiones considerables (de un mínimo de 3 metros de diámetro), por lo que se explica que las dos primeras, mencionadas aquí como "azudas", estuvieran —averiadas quizá, o acaso como repuestos— en el mismo lugar que las tinajas de vino, o sea, en la nave principal y de más alto techo de la bodega de Sebastián.
Parece que, aunque los árabes extendieran su uso a lo largo de la geografía hispana, ya los romanos habían introducido este ingenioso sistema de riego en la península. Se cree que proviene del Oriente Medio, de las fértiles tierras del Tigris y el Éufrates. En nuestro caso, "azud" se refiere también a la noria o azeña, aunque en puridad esta palabra hacía mención a una presa que desviaba parte del caudal de un río hacia las acequias de riego. Se explica con meridiana claridad que el demandado por Cifontes tuviera tres azudes en su almacén, dado que sus viñas orillaban el Guadiamar, y para suministrarles el vital líquido dispondría algún que otro de estos artefactos.
De ellos nos da noticia el Diccionario de Autoridades, diciendo de azud, presa de agua, que "En las Andalucías se le añade à esta palabra la vocal A, y dicen azúda (y que derivó, añadimos, a la actual zúa o súa, en las dos variedades del andaluz. En los años 60 del siglo pasado existía todavía una zúa en el río Repudio en término de Mairena del Alfarafe, donde de muchacho quien esto escribe se ha bañado más de una vez, siendo esta presa la más cercana a Castilleja). Y, continuando con el Diccionario de Autoridades y en entrada aparte, se añade de azuda que es la máquina que se usa para sacar agua de los ríos, dando una nota de su etimología, según la cual "algunos quieren tomase el nombre del mismo ruido desapacible y extraño que hace al moverse". Hoy, conforme al Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, azud sirve para nombrar a la máquina y a la presa. Corominas afirma que azud/azuda proviene del árabe sudd, "obstáculo, obstrucción", "presa" (del verbo sadd "cerrar") y que la primera documentación que existe en castellano se remonta al año 1128. En el Diccionario de Arabismos de Federico Corriente, en el artículo açude, término portugués del que según dicho autor derivó azud, se cataloga zúa como del mismo étimo, y se añade que según el entonces inédito "Tesoro léxico de las hablas andaluzas" de Manuel Alvar Equerra et al., era zúa "lugar a donde van a parar las aguas residuales".

** Conocedor: en Andalucía, mayoral de las vacadas o toradas. RAE.

*** En su demanda paralela a la de su socio Cifontes, Bartolomé no se refiere a expulsión de piloto, extravío de la nave o a muerte alguna, sino que dice que las mercancías llegaron al puerto de Cartagena "en salvamento", o sea, tras un viaje peligroso, y de este punto parte para reclamar a Sebastián los fletes y las ganancias obtenidas en el Caribe transportando gente, caballos y puercos, entre otras cargas. Tiene el tercer socio en este año de 1537 más de cincuenta de edad, y en uno de sus testimonios nombra a otro personaje, también maestre de navío, presente en Cartagena cuando arribó la Santa María: Juan Rodriguez Farfán, cuyo hermano el General Cosme Rodriguez Farfán pocos años después llegaría a ser importante propietario de viñas y hacienda en Castilleja de la Cuesta (ver "Bocetos del siglo XVI, 3" —diciembre de 2008—, "Los esclavos 41s" —abril de 2009—, y "Los esclavos 64 —julio de 2009—). Juan y Cosme fueron sobrevividos por su padre, el trianero Gonzalo Rodriguez Farfán el viejo, también cómitre y vecino de Triana, quien ejerció la tutoría sobre sus nietos Catalina, Gonzalo y Alonso, hijos de Juan, desde el 9 de septiembre de 1544. Este abuelo dejó por herederos a dichos nietos, y a los otros Francisco, Agustín, Juan y doña María, hijos del General Cosme.

**** Ir o caminar en conserva. Juntarse algúnos en compañia para ir resguardados y à cubierto de los riesgos y contratiempos que pueden acaecer. Dicese con especialidad de los viages maritimos, quando los navios van escoltados de algun convoy. Diccionario de Autoridades.

***** Los escribanos de Asturias dieron por su fiadores en la venta a los mercaderes de maderas Pedro Bueno, vecino de la Villa de Polo en dicho Principado de Asturias, y Hernando de Sanjorge, vecino de Ribadeo y menor de edad (mayor de 22 y menor de 25), y el documento de venta se formalizó en el Oficio del escribano Íñigo Lopez en la sevillana calle de las Gradas el viernes 8 de mayo de 1534.

viernes, 23 de abril de 2010

Los esclavos 82n

En febrero Pedro de Cifontes presentó su interrogatorio, que contiene algunas precisiones con respecto a lo ya dicho: eran 130 los viajeros del trágico periplo de la "Santa María", todos a cargo de un tal Rodrigo Durán, titulado Capitán de los pasajeros; y el bizcochero que los surtió se llamaba Luis Hernandez, vecino de Sevilla.
En este mes la viuda Leonor Ortiz vuelve a la carga, ahora diciendo que entre los bienes de su difunto marido se encuentran unas viñas en el lugar de Quema*, y "la bodega y vinos y porque el tiempo de cavar y podar se pasa y también los vinos se pierden por no trasegarse y curarse y porque esto no se hace todo se pierde, suplico a Vuestras Mercedes lo manden proveer y se ponga persona que lo haga y porque Diego Díaz [el albañil que ya conocemos, fiador de su difunto marido en la deuda con Ana Quijada] que se ocupó en hacerlo el año pasado ahora está ocupado en su hacienda y no quiere entender en ello yo nombro y señalo para que lo haga a Diego Hernandez de Cantillana [marido de su sobrina Juana Rodriguez] que lo hizo juntamente con el dicho Diego Díaz en año pasado y es hombre que sabe muy bien lo que se ha de hacer y sabe muy bien la heredad porque lo ha hecho otras veces y si fuere menester dará fianzas para todo lo que se le diere y para lo demás que fuere necesario, sobre lo cual pido cumplimiento de justicia".
También Cifontes llegaría a complicar el asunto hasta extremos inverosímiles, ya que los testigos que en su apoyo quiere presentar eran muchos y de difícil localización, por lo que tuvo que pedir prórroga: en Málaga Juan Martinez, mercader, Juan Ferrero, Gonzalo de Chavez y otros hasta 8 testigos; en Cádiz Francisco Moner, Juan Pichón, Juan Aires y otros hasta 8 testigos; en Gibraltar Andrés de Zuazo, Juan de Sanpedro y otros hasta 6 testigos; en El Puerto de Santa María Juan Trabuco, Fernando Trabuco su hermano, Pedro Sanchez y otros hasta 6 testigos; en Jerez de la Frontera Cristóbal Ortiz, el Licenciado Sanabria y otros hasta 6 testigos; y en Sevilla Diego Díaz, albañil, Miguel Gerónimo de Ballesteros, Bartolomé Lopez, Juan de Cárdenas, Gerónimo Rodriguez y otros hasta 20 testigos.
Ello suponía que las autoridades de la Casa de la Contratación tendrían que, previo envío del interrogatorio presentado por Cifontes, solicitar a las justicias de las mencionadas villas y ciudades que citaran a los testigos y que les tomaran declaración bajo juramento, y luego que remitieran a Sevilla las escrituras. Cierto que peor hubiera sido si los declarantes hubiesen residido en Ultramar, pero aun así, el aparato burocrático que debía ponerse en marcha bien exigía los 4 meses que solicitó de plazo nuestro demandante.
Mientras tanto, ya en marzo, Leonor Ortiz insiste en su petición, agobiada por su pésima situación económica y en base a que las partes contrarias no la habían protestado, insistencia que da su fruto, ya que de inmediato Diego Hernandez de Cantillana declara haber recibido de los Señores Jueces 7.500 maravedíes, por vía del banco de Cristóbal Francisquín y Diego Martinez**, "para trasegar el vino que se ha cogido de las viñas de Sebastián Rodriguez Pavón y para podar y cavar las viñas y hacer las otras labores necesarias", por todo lo cual otorga carta de pago.
Y ahora le toca el turno a Cifontes, quien en cierta manera coincide con las pretensiones de Leonor Ortiz, pero que a la vez le corta los vuelos, porque aunque, como ella, también dice que los bienes embargados de Pavón vienen a menos cada día que pasa, porque son cosas perecederas, como los vinos que se guardan en la bodega, que a este paso acabarán convertidos en vinagre, acto seguido pide que se vendan y que el dinero quede en depósito de quien los Jueces decidan, y ni muchísimo menos que se destine a socorrer a la viuda. Luego hace notar a dichos Jueces que el Procurador de Sebastián no ha presentado todavía documento del poder que de él tiene, y exige que lo haga para incorporarlo al pleito; la parte de Sebastián remolonea, y han de amenazarla con 2.000 maravedíes de multa para que presente por fin el poder. Después sigue Pedro de Cifontes apuntando que tiene por testigos a los maestres Antón Quintero*** y a Hernando Rodriguez, y que como ellos dos declararon en un interrogatorio presentado por su socio Bartolomé Lopez, que estas deposiciones le sean trasladadas para, ratificadas por dichos maestres, usarlas ahora en su propio derecho. Luego continúa afirmando que ha de presentar como declarantes al Deán de Cartagena**** y al escribano público de Sevilla Pedro de Castellanos*****, y que como ambos son personas de mucho prestigio en la Casa de la Contratación, solicita que les den licencia para que digan sus opiniones sobre el caso. Además pide que se comunique al dicho Pedro de Castellanos que entregue copia de una escritura que posee, de abono de los 54.400 maravedíes que el trío de mercaderes (él, Bartolomé y Sebastián) pagaron al trianero Francisco de Lugo para saldar la deuda que habían con éste contraído, asunto que ya vimos en la demanda inicial.
La caducidad de los bienes de Sebastián Rodriguez Pavón, —puesta ahora de manifiesto por Leonor y Cifontes—, urge a todos a actuar con prontitud, y para ello hay que revolver los viejos papeles del embargo, donde se habían inventariado. Estos papeles nos pintan un fresco de la situación y circunstancias del albañil metido a naviero, disfrutando de sus viñas y posesiones en tierras aznalcazeñas.

* La finca de Quema, atravesada por el río Guadiamar, en término municipal de Aznalcázar. Da nombre al conocido Vado del Quema que salva dicho río y en el cual los rocieros modernos montan anualmente sus esperpénticos espectáculos. Quien esto escribe posee una de las primeras fotografías en color del Vado en el momento en que las carretas de Triana lo cruzaban, en la cual se contempla a una de ellas, agregada por Castilleja de la Cuesta, volcada y semicubierta por las aguas. Entre los que se afanan por liberar a los bueyes, un tío carnal del autor de esta historia, servidor de ustedes. Recuerda la escena en todo y por todo a lo relatado en "Inundación en la Vega I y II", entradas de junio de 2008 y las primeras de esta historia.

** Algunos contenidos de Unidades custodiadas en el Archivo de Indias nos acercan a estos banqueros:
Real Cédula a los oficiales de la Casa de la Contratación para que guarden la Cédula de 9 junio de 1537 que se inserta y entreguen a Gaspar de Torres, vecino de Sevilla, los 969 pesos de oro que vinieron de las 1.500 licencias de esclavos que se concedieron a Cristóbal Francesquín [o Francisquín] y a Diego Martínez.
Real Cédula a Cristóbal Francisquín concediéndole licencia para tratar y contratar con Indias, aunque no sea natural de los reinos de España.
Real Cédula a los oficiales de la Casa de la Contratación para que cobren del banco de Cristóbal de Francesquín [o Francisquín] y Diego Martínez una partida de 2.063.000 maravedís que depositó Gaspar de Torres.
Real Cédula dando licencia a Gaspar de Torres, vecino de Sevilla, o a quien su poder hubiere, para que de estos reinos o de Portugal e islas de Cabo Verde, Guinea o de donde quisiere, pueda pasar a las Indias mil doscientos esclavos negros en tercio de ellos tienen obras, libres de todos derechos, por cuanto ha pagado en el cambio [banco] de Diego de la Haya y en el de Cristóbal Francisquin, vecino de Sevilla 2.448.000 mrs. que montan los dichos esclavos a razón de 2040 mrs. por cada esclavo. Se señalan las condiciones acostumbradas en esta clase de licencias.
Pedro de Paz, vecino de Medina de Rioseco, apela al Consejo la sentencia dictada por los jueces de la Contratación en el pleito entre el mencionado Paz, de una parte, y el genovés Cristóbal Francesquín, de la otra, sobre el pago de 80 ballestas con sus aparejos.
Real Cédula al gobernador o juez de residencia de Tierra Firme, y demás justicias de dicha provincia, a petición de Diego Martínez, mercader vecino de Sevilla, quien ha expuesto que él y su compañero Cristóbal Francisquín entregaron a Luis Suárez, mercader y vecino de la misma ciudad, mercaderías, dinero, y otras cosas por valor de más de diez mil ducados con obligación de devolverlos a ciertos plazos, y que el citado Luis Suárez se fugó con todo escondiéndose en iglesias y monasterios, y que luego ha tenido noticias de que estaba en Nombre de Dios, y ha suplicado se le envíe preso a la Casa de la Contratación. Que se informe de lo susodicho y llamadas y oídas las partes haga justicia sin dilación.
Y en el Archivo General de Simancas (fecha de 1549), Juro a favor de Ángela de Villafranca, mujer de Cristóbal Francisquín; Juro a favor de Cristóbal Francisquin y Diego Martínez de 18.000 maravedís; y Juro a favor de Cristóbal Francisquín y Diego Martínez de 12.000 maravedís.

*** El Maestre Antón Quintero estuvo acusado por el Fiscal de la Audiencia de la Contratación Licenciado Diego Venegas en el año 1562; le habían decomisado ciertas barras de plata que trajo de Indias fuera de registro; el pleito pasó al Consejo de las Indias. Un año después se ordenó que le devolviesen las barras de plata que tenía secuestradas, previo pago de lo juzgado en el Consejo de las Indias.

**** Se trata de don Miguel Jerónimo Ballesteros, quien siendo Deán de Cartagena el año de 1543, fue electo Obispo de Venezuela. Cuentan que mucho del oro que los españoles obtenían en Colombia era destinado al juego de naipes, que se extendió por toda la región recién descubierta, incluso entre los indios y las mujeres. Hubo Oidores que se endeudaron hasta los ojos. Los eclesiásticos tampoco se mantuvieron al margen del manejo de las barajas y en 1542, el Deán Ballesteros se dirigió a los de su jurisdicción cartagenera rogándoles que considerasen el mal ejemplo que daban a los seglares y se abstuviesen de jugar.

***** El escribano Pedro de Castellanos viviría en la Plaza de Santiago de Castilleja de la Cuesta ya en su madurez, y de él hemos dado noticia en "Los esclavos 52", entrada de mayo de 2009, y en "Los esclavos 75j", entrada de octubre del mismo año. Es obvio que los dos homónimos, Cifontes y Castellanos, hubieron de mantener alguna relación ya ancianos en nuestro pueblo.

jueves, 22 de abril de 2010

Los esclavos 82m

Sebastián Rodriguez Pavón había dado poder al también sevillano Procurador de Causas Antonio del Castillo, el 6 de diciembre de 1535, otorgándoselo en el monasterio de Santa Clara* de la capital andaluza, lo que parece demostrar que no andaba muy desencaminado Pedro de Cifontes cuando lo acusó de huir y esconderse en iglesias, monasterios y otros lugares privilegiados para, acogido a la jurisdicción eclesiástica, no rendirle cuentas.
La contestación a la demanda no se hace esperar; alega la parte contraria que el albañil tenía un tercio de interés en la nave y que por ello iba bajo su gobernación; que Martín Lopez Vizcaíno se fue y despidió al llegar a La Gomera por su propia voluntad; que fue sustituido de inmediato por otro piloto examinado y con experiencia, —un tal Alonso de Plasencia—; que los fletes que hizo en el Caribe no supusieron tanta ganancia como quiere hacer creer el demandante; que en Cartagena rindió cuentas al suegro de Cifontes, Juan Caldera**, mediando en ello la Justicia; que este Caldera cobró toda la parte que le correspondía a su yerno; que el navío se vendió fiando la mitad de su precio porque no había persona que lo ofreciera al contado y aun así no se pudo cobrar todo por entero; y termina exigiendo que se le paguen las expensas, gastos y soldadas que le costó mantener a los marineros y gente de la nao, que sumaban más de 260 castellanos —compruébese aquí como la mejor defensa es un buen ataque—, y alegando por último que es falso que se haya escondido en monasterios e iglesias.
Empieza la lucha. Durante todo febrero y marzo de 1536 se intercambian las protestas, las contradicciones, las peticiones de recibimiento a prueba y de conclusión, etc., entre los dos Procuradores en nombre de sus representados, hasta que el martes 21 de dicho mes de marzo aparece otro personaje en liza: un tal Diego Diaz, también albañil y vecino de Sevilla, que dice que Sebastián Rodriguez Pavón, "que ya es difunto", (es la primera constancia que tenemos del fallecimiento del demandado, porque con anterioridad ni su Procurador Antonio del Castillo ni el demandante Cifontes hicieron referencia alguna a ello), cuando fue de maestre del galeón*** "Santa María la Blanca", del que eran sus socios Cifontes y Bartolomé Lopez, recibió un préstamo de 35 ducados de una tal Ana Quijada, para fornecimiento y otras cosas, y habiéndose obligado a devolverlo en cierto plazo no lo hizo así; y como quiera que su fiador fue precisamente Diego Diaz y tuvo que, por tanto, pagar la deuda, ahora quiere ser resarcido de la referida paga y de las costas que se le han recrecido, y quiere serlo primeramente y antes que los demás acreedores que pretenden cobrar de los bienes secuestrados (embargados) de Sebastián.
Ni que decir tiene que las partes de éste y de Cifontes se muestran en total desacuerdo, asegurando el Procurador Álvaro de Baena, entre otras razones, que Sebastián pagó la deuda a Ana Quijada inmediatamente después de su vuelta a Sevilla desde Cartagena. Y en éstas estaban cuando se presentó el mes de abril. En el cual mes surgió otra complicación, personificada en una tal Felipa de la Cruz. Felipa es vecina de San Salvador en Sevilla y pertenece a una familia de doradores; del oficio son su padre y su hermano Luis de Orozco****, al cual lo ha apoderado para que la represente en sus pleitos movidos y por mover, según documento hecho en la sevillana Plaza de San Francisco, estando en el Oficio de la escribanía de Gómez Álvarez de Aguilar, escribano público, en sábado 1º de abril de 1536, fecha que nos indica que Felipa de la Cruz va al grano y ha tomado la ocasión por los pelos. De forma que el dorador Luis de Orozco, armado con el poder fraternal, se presenta a los Jueces exigiendo, al igual que el albañil Diego Diaz, preferencia para cobrar de los bienes del difunto Sebastián Rodriguez Pavón. Pero antes de hacer relación de las causas por las que Felipa y su hermano actuaban inmiscuyéndose en el complicado asunto, este es el momento de anotar un cambio que aconteció en el estamento dispensador de justicia:

En la dicha ciudad de Sevilla miércoles cinco días del mes de abril, año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil y quinientos y treinta y seis años, ante el Señor Licenciado Gonzalo Hernandez, Juez Subdelegado por los dichos Señores Jueces por estar ellos ocupados en cosas del juicio de Sus Majestades con el Señor Licenciado Carvajal de Su Consejo, pareció Luis de Orozco en nombre de Felipa de la Cruz [...]

Y ahora sí podemos inspeccionar las circunstancias que llevan a Felipa a "meter la cuchara", si se nos es permitido el uso de la coloquial expresión. Y fue que Luis de Orozco, siempre en su nombre, acusaba a Sebastián Rodriguez Pavón y a su mujer Leonor Ortiz de haber vendido a su hermana 1.500 maravedíes de tributo sobre unas casas al parecer realengas en San Vicente en Sevilla, lindando con las casas de Diego Ochoa, con las casas de la viuda de Rodrigo de los Ríos, y por delante con la calle Real, vendido por precio de 15.000 maravedíes, con la condición de que si no fuesen realengas o si Sebastián enajenase las casas sin licencia de Felipa, debería devolverle el doble de lo pagado, o sea, 30.000 maravedíes. El albañil cuasi pirata ya apuntaba maneras poco ortodoxas en sus negocios y deberes, así que ni corto ni perezoso vendió las casas a un tal Villalobos, vecino de Sevilla, sin tomarse la molestia de cumplir la condición a que se obligó con Felipa. Por todo lo cual, ahora el dorador Luis pretende que de sus bienes embargados se extraigan los 30.000 maravedíes que pertenecen a su hermana, más las costas y, al igual que el anterior acreedor Diego Díaz, exige ser primero y preferido en dicho cobro. El contrato de venta del tributo, otorgado el viernes 8 de mayo de 1534 en las casas de la morada de los vendedores, nos permite saber que Felipa de la Cruz era de estado honesta e hija de Juan de Orozco, difunto ya, y de Beatriz Martinez, vecina de San Salvador, y que la casa poseía casapuerta, patio, palacios, portales, salas altas y bajas y huerta.
De las pretensiones de los hermanos Luis y Felipa se notificó a los dos Procuradores, a Diego Díaz y al tercer socio de Cifontes, Bartolomé Lopez, que también participaba en la demanda contra Sebastián, dando ocasión al consecuente y tenaz tira y afloja, como canes que se disputan la presa.
La viuda de Sebastián, Leonor Ortiz, tiene motivos para agregarse a la disputa, y en estos días por medio de su Procurador, Gutiérrez de Andino, dice "que ya saben Vuestras Mercedes como todos los bienes que quedaron al tiempo que el dicho Sebastián Pavón falleció están secuestrados a pedimento de Bartolomé Lopez y de Pedro de Cifontes, y por estar así secuestrados yo no tengo de qué me proveer, suplico a Vuestras Mercedes que de los bienes que están secuestrados se me den los dichos alimentos sobre lo cual pido cumplimiento de justicia".
Y llegó mayo, y con él arreciaron los zarpazos y mordiscos. Diego Díaz presentó un interrogatorio, cada cual seguía refiriéndose a sus razones y negando las de los demás, y Leonor Ortiz encontró otro resorte para doblegar voluntades y encabezar la cola de acreedores recurriendo a sus derechos de dote y casamiento; el jueves 11 de dicho mes su representante expuso que hacía 31 años que había contraído el matrimonio, aportando en dineros, ropas, ajuar, alhajas y preseas de casa 29.544 maravedíes, y como su marido "estuvo a inopia por su culpa"*****, ella tiene que ser pagada antes que cualquier otro acreedor, especialmente ahora que los vinos embargados a Sebastián "está en la mano su venta". Eran, según la carta de dote otorgada en Sevilla el 7 de noviembre de 1505, él hijo de Alonso Rodriguez, vinero, y de Juana Rodriguez, vecinos de San Vicente, y élla, hija de Fernán Garcia, cerrajero, y de Catalina Ortiz, vecinos de San Salvador.
En este punto de las diligencias se observa un gran salto cronológico, puesto que la siguiente notificación en los autos lleva fecha de martes, 30 de enero de 1537. Es de suponer que cada cual siguió esgrimiendo su argumento hasta este día, mas nosotros vamos a aprovechar el lapsus para pasar al siguiente capítulo de esta indagación en el pasado de Pedro de Cifontes, hacendado en Castilleja, Villa donde acabaron sus días, ya convertido en un anciano sexagenario.



* Monasterio de Santa Clara, construido en un solar que Sancho IV regaló a las monjas clarisas en 1289, cuyo anterior propietario fue don Fadrique, hijo de Fernando III el Santo, el cual hijo hizo levantar en él la famosa Torre de don Fadrique.
Después de pasar por otros conventos y monasterios, en este de las discípulas de Francisco de Asís, en una de sus salas de enfermería —cada planta poseía una de ellas— moriría nuestro albañil Sebastián Rodriguez Pavón.
Hoy el monasterio de Santa Clara está en trance de reconversión en centro cultural, comentándose que albergará la Fundación Rafael Cansinos Assens, y la última fecha que se baraja para su apertura como tal centro es en esta primavera del presente año de 2010 plena de aguaceros, cuyos monótonos repiqueteos sirven de fondo sonoro a la elaboración de la entrada que estamos leyendo.

** Juan Caldera no puede ser otro que el padre de la viuda Mari Téllez, primera mujer de Pedro de Cifontes. Pronto estudiaremos un pleito que suegro y yerno entablaron en 1538, continuidad del que ahora estamos refiriendo: "Juana Rodríguez, vecina de Sevilla, como heredera de Sebastián Rodríguez Pavón [era su sobrina], apela al Consejo la sentencia dictada por los jueces de la Audiencia de la Contratación en el pleito que tiene con Pedro de Cifontes y Juan Caldera, mercaderes, vecinos de Sevilla, sobre pago de una deuda. Es sólo la presentación ante el Consejo. Inserta el traslado del proceso actuado ante la Audiencia de la Contratación. Fecha de inicio: 18 de febrero de 1538. 41 folios". Archivo General de Indias.
Además de Visitador de las naos de las Indias, Juan Caldera fue un próspero traficante de esclavos.

*** Galeón, nao, carabela, que de las tres formas fue clasificada la "Santa María la Blanca", según las reformas que sufría en aras a sacarle mayor rendimiento. Veremos como los tres mercaderes le hicieron grandes cambios en Sevilla tras comprarla, y cómo en cierta isla caribeña otros le suprimieron el puente, (en el siglo XVI, el puente era la cubierta superior sobre la cual van los castillos de proa y popa), para aumentar el espacio a fin de transportar caballos a Tierra Firme.

**** Registrado por José Gestoso y Perez en su Diccionario de los artífices que florecieron en Sevilla desde el siglo XIII al XVIII inclusive. Orosco (Luis de). Dorador. Vivió al Salvador, en 1534, según consta del Padrón de dicho año. Carpeta de Privilegios nº 125. Archivo Municipal.

***** Inope, pobre. Inopia, pobreza, ò falta de lo necessario. Es voz puramente Latina Inopia. Diccionario de Autoridades, que cita a Juan de Mena en "El Comendadór Griego sobre las 300": Los Afros gente son mui imperitas, que de casas y hierro padecen inópia.

lunes, 19 de abril de 2010

Los esclavos 82l

Magníficos Señores: Pedro de Cifontes, mercader vecino de esta ciudad, demando ante Vuestras Mercedes a Sebastián Rodriguez Pavón, vecino asimismo de ella, y digo que por el mes de mayo del año pasado de mil quinientos treinta y cuatro años Bartolomé Lopez, mercader, y yo el dicho Pedro de Cifontes y el dicho Sebastián Rodriguez Pavón teníamos en el puerto de Las Muelas en el río Guadalquivir junto a esta ciudad un navío surto que había nombre Santa María la Blanca, el cual era común de todos tres y cada uno de nos tenía la tercia parte, el cual estaba armado y aparejado de todas las armas y jarcias y aparejos convenientes para navegar, y todos tres acordamos de lo fletar para el puerto de Cartagena en la Tierra Firme de las Indias del Mar Océano, y pusimos en ella por maestre a Martín Lopez Vizcaíno, el cual era maestre piloto examinado y hombre sabio para gobernar la dicha nao y seguir el dicho viaje, y aprobado por Vuestras Mercedes, y el dicho navío se cargó de veinte y dos toneladas de vinos y otras mercaderías fletadas al precio de tres mil quinientos maravedies de flete y un ducado de averías1 por cada tonelada, y asimismo el dicho navío se fletó para cien personas poco más o menos para ir al dicho puerto de Cartagena a razón de quince pesos de oro fundido y marcado de ley por valor de cuatrocientos cincuenta maravedíes cada peso por cada persona, y una cámara del dicho navío se fletó por treinta pesos de oro de la dicha ley, y el dicho Pavón cobró las averías de las dichas veinte y dos toneladas, y para fornecimiento2 de la dicha nao y despacho de ella tomamos a cambio cincuenta y cuatro mil maravedíes demás de otros cien ducados que los pasajeros dieron al dicho Pavón, y asimismo tomamos otros ochenta mil maravedíes de bizcocho, los cuales maravedíes yo el dicho Pedro de Cifontes pagué a las personas de quien se tomaron a cambio y se debían, y siguiendo el dicho Sebastián Rodriguez Pavón el dicho viaje en la dicha nao y habiendo hecho escala en La Gomera que es en la Isla Canaria el dicho Sebastián Rodriguez Pavón sin causa alguna y sin tener para ello poder ni facultad lanzó fuera de la dicha nao al dicho Martin Lopez Vizcaíno y le quitó el cargo y administración y gobernación de la dicha nao y lo dejó en tierra sin que en el dicho navío quedase persona que lo pudiese ni supiese regir ni gobernar, y prosiguió el dicho viaje sin el dicho Martin Lopez haciéndose maestre de la dicha nao, por cuya causa anduvo mucho tiempo perdido por la mar sin saber a qué parte iban, y fue causa que alguna gente muriese de hambre y de sed y se bebiesen siete botas del dicho vino de los mercaderes, las cuales yo pagué a razón de trece castellanos de oro por cada bota, lo cual se perdió por culpa del dicho Pavón, y el dicho navío con toda la gente se perdiera si no encontrara con otro navío que los encontró cómo llegasen a Puerto Rico de la Isla de San Juan, adonde tomó un piloto que lo llevase hasta Santo Domingo por seis castellanos que dice que le dio, y en el puerto de Santo Domingo tomó otro piloto a muy grande costa y daño nuestro, que lo llevase hasta el dicho puerto de Cartagena, y llegado al dicho puerto cobró los fletes del dicho navío salvo los que por su culpa se perdieron, y después navegó con el dicho navío ganando fletes muchos viajes desde el dicho puerto de Cartagena para Cuba y de Cuba al Nombre de Dios y otra vez a Cuba, y otros viajes a otras partes en que ganó y pudo ganar mil castellanos de oro horros poco más o menos, y vendió el dicho navío por trescientos pesos de oro y mas todo lo procedido de los dichos fletes y precio del dicho navío y otros provechos que de él hubo lo escondió y transportó y trajo puesto en cabezas de otro, y por nos defraudar lo ha encubierto y no ha querido dar cuenta con pago de todo lo susodicho ni de parte alguna de ello, antes se ha alzado y retraído por iglesias y monasterios y lugares privilegiados, por donde manifiesta haberse habido dolosamente en todo lo susodicho. Por ende pido a Vuestras Mercedes que habiendo esta mi relación por verdadera en todo cuanto baste para tener victoria condenen, compelan y apremien al dicho Sebastián Rodriguez Pavón a que ante Vuestras Mercedes de cuenta con pago llanamente de todos los dichos fletes, así de los que ganó en esta dicha ciudad hasta el dicho puerto de Cartagena como de todos los otros viajes que hizo y del precio del dicho navío y de todo lo demás que debe y es obligado por las causas y razones susodichas, y en defecto de no lo hacer así me de sfier es juramento inliten hasta en cantidad de ochocientos pesos de oro que por mi parte me pueden pertenecer según la moderada tasación de Vuestras Mercedes, y si otro pedimento mas me conviene pido a Vuestras Mercedes que sobre la dicha razón me hagan entero cumplimiento de justicia por aquella vía y forma que mejor de derecho haya lugar y me convenga, para lo cual el oficio de Vuestras Mercedes imploro y las costas pido y protesto.

1.- Derecho de averías. En el comercio de varios países ultramarinos, cierto repartimiento o gabela impuesto sobre los mercaderes o las mercancías, y el ramo de renta compuesto de este repartimiento y derecho. RAE.
Incluía también a los pasajeros. El dominico Tomás de Mercado en su "Tratos y Contratos de Mercaderes y tratantes discididos y determinados", Salamanca, 1569, asegura que la avería eran las costas de sostenimiento de la Armada de Defensa de las naves comerciales indianas, que se extraían del pago efectuado por los comerciantes en virtud de la carga que llevasen en las mismas, según Miguel Luque Talaván, Colaborador Honorífico del Departamento de Historia de América I, de la Universidad Complutense de Madrid, quien además cita en un estudio sobre derecho marítimo a Ramón Carande Thovar, autor de “Carlos V y y sus banqueros, Tomo 1º, La vida económica en Castilla (1516-1556)”, Madrid, Edición de la Revista de Occidente, 1943; Carande se opuso a las opiniones vertidas por los autores estudiados por Luque Talaván (José Arraz Lopez, Laudelino Moreno, Albert Girard, Henry Haring, Gervasio de Artiñano y Galdácano entre otros) porque consideraba que no había sido ni una tasa, ni un derecho, ni un impuesto. En la opinión de Carande, dice Luque, calificarla como un impuesto resultaba erróneo puesto que, en primer lugar, nunca los impuestos se exigen como pago a unos servicios y además no se puede concebir un impuesto al que esté obligado a contribuir el mismo Tesoro Público. En la misma línea, rebatió la consideración de tasa o derecho ya que ni el Estado prestaba el servicio de protección a las naves, ni el dinero recaudado iba al Tesoro Público. Así, Ramón Carande concluyó que había sido un ingreso específico de los consulados.

2.- Fornecimiento. La provisión, repáro y fortificación con que se provee y guarnece alguna cosa, para que resista los contratiempos: como el fortalecimiento de un Castillo, Plaza, etc. Es voz antiquada. Latín, Munitio, Apparatus. LA NUEVA RECOPILACIÓN DE LAS LEYES DEL REINO. Libro 7, Título 10.1.3: Pierdan las mercaderías y mantenimientos y otras cosas que así cargaren, y los navíos en que los recibieren con sus xarcias, y armas y fornecimientos. Diccionario de Autoridades.


No se necesita licencia dramática alguna para reconstruir en la imaginación las horribles escenas en una "Santa María la Blanca" sin rumbo. El desfallecimiento, la angustia, la desesperación de aquel centenar largo de personas a la deriva en la inmensa extensión azul durante semanas y semanas, envolviendo en sábanas cada pocos días a los desgraciados menos resistentes que sucumbían de inanición y arrojando sus cadáveres casi ingrávidos por la borda, mientras el debilitado clérigo —en todos los viajes, por lo general, iba un religioso al menos— entonaba lúgubremente las salmodias pertinentes. El constante fantasma del hambre en un espacio tan reducido como era el de una nao debió convertir a los viajeros en lobos, y los conflictos y riñas tuvieron que ser la tónica diaria. El albañil sevillano convertido en empresario marítimo Sebastián Rodriguez Pavón, asegurándose junto con sus compinches las raciones de alimentos más adecuadas, sin duda que ejerció el poder recurriendo a medidas extremas para mantener el orden dentro de aquel inconcebible desorden.
Pero profundicemos en los detalles de este nuevo pleito; el miércoles 2 de mayo de 1535 en Sevilla ante los escribanos Juan de Ribera, Mateo de Almonacir e Íñigo Lopez, Cifontes otorga poder cumplido para llevar todos sus pleitos al Procurador de Causas Álvaro de Baena, vecino de dicha ciudad, quien se va a dedicar en lo sucesivo, en su nombre, a litigar contra Sebastián Rodriguez Pavón en el escabroso asunto de la nao. Álvaro comienza sus diligencias el martes primer día de febrero de 1536 ante los Señores Jueces de la Casa de la Contratación de Sevilla, Factor Juan de Aranda y Tesorero Francisco Tello, y en presencia del escribano Juan Gutiérrez Calderón. Consideremos que mientras en la capital andaluza en el referido año de 1536 Álvaro de Baena movía y removía papeles y testigos, en Valladolid Pedro de Cifontes ajustaba cuentas enfrentado a su hijastra Juana Téllez y al esposo de ella Juan de Sevilla, según vimos en "Los esclavos 82b" y siguientes.
Pero no eran los únicos pleitos que ocupaban al indiano, como iremos viendo próximamente.

viernes, 16 de abril de 2010

Los esclavos 82k

Un barco era un pedazo de la ciudad, de la collación, y sus departamentos y camarotes, prolongaciones de la casa familiar de su dueño, extensiones del solar de sus ancestros. No perdía ese carácter porque, lejos de la localidad natal, flotara entre suaves e irreales vaivenes en el pecho verdiazul de la mar inmensa, ni porque los vientos de todas partes lo deslavazaran con pertinaz insistencia, ni porque fuese zarandeado en medio de la dinámica turbulenta y agitada de la tormenta con los manotazos espumajeantes del líquido elemento y, en los puertos y bahías remotas, en ambientes ajenos y extraños, a pesar del recubrimiento de sal extranjera, de moluscos exóticos, de sudor de marineros de todos los rincones del mundo, la nao seguía, acogedora, brindando a su dueño el entrañable espacio maternal de su hogar, hablándole de él con su idioma de tiernos crujidos. Dentro de su panza los significados de recuerdos materiales —una prenda, un retrato, una carta— palpitaban vívidos como si las almas de sus donadores viajaran bregando en el baldeo de la cubierta, tensando cabos con los cabrestantes, arriando velas o dirigiendo con mano firme la rueda del timón, resistiendo en base a leyes inamovibles la desustanciación del paso del tiempo y del alejamiento espacial.
Pedro de Cifontes amó así a la "Santa María la Blanca", como amaba los rincones mágicos donde se desarrolló su infancia y donde sus sueños se expandieron, y hombre práctico como era, habituado a sacar partido material de las más mínimas oportunidades, cuando movido por ello modificaba las estructuras originales de su "Santa María" en aras a obtener mayores rendimientos, por profundas que dichas reformas fuesen nunca ahogaban el referido carácter espiritual, que pujaba en su alma sobrepuesto a todo valor mercantil y a toda consideración mundana.
Reformar un barco podía acarrear consecuencias indeseables si la autoridad lo descubría. Existieron desde el Descubrimiento normas muy definidas, promulgadas ya desde los Reyes Católicos, en lo que respecta al tamaño y a otros elementos y particularidades de las naves; eran ordenanzas encaminadas a asegurar la integridad de viajeros y mercancías. Diseñadas las embarcaciones en principio para transportar la máxima carga posible, a mediados del siglo XVI surgió la necesidad de combinar esta capacidad con las de defensa en los combates, —velocidad incluida—, habida cuenta del acoso a que eran sometidas por las potencias enemigas. Se creó de esta manera un híbrido entre navío comercial y bajel guerrero, el cual protagonizó la Carrera durante un gran período de tiempo. Debían además las naves cumplir determinados requisitos de estanqueidad, y a partir de cierto número de años de servicio quedaban irremisiblemente desechadas.
A pesar de todo muchos armadores, en persecución de la mínima inversión, se proveían de barcos de segunda mano cuyas calidades dejaban mucho que desear, aumentando así la precariedad de los viajes transoceánicos, ya de por sí sometidos a multitud de peligros e incidencias. Tal parece ser el ejemplo de la "Santa María la Blanca" de nuestro hacendado Pedro de Cifontes que nos ocupa*.
Estos barcos viejos eran tripulados por emigrantes clandestinos y en muchas ocasiones al llegar a sus destinos en el Nuevo Mundo se desguazaban para vender pieza a pieza sus partes, codiciadas enormemente en un territorio virgen donde escaseaban todavía complementos navieros como jarcias, cabos, velas, etc. Sin duda que si a Pedro le hubiese convenido, así hubieran acabado las andanzas de su navío, lo cual no obsta a lo asegurado en el primer párrafo de este capítulo, en cuanto que un barco es un barco hasta que queda reducido a un montón de elementos desarticulados en el muelle de algún puerto, revueltos y manoseados por los ansiosos rastreadores de artículos de ocasión.
Por lo general las modificaciones ilegales iban orientadas a aumentar la capacidad de carga, con lo cual se desplazaba el centro de gravedad, aumentando así un efecto contraproducente como era el de la inestabilidad. Además, al ascender la línea de flotación, solían quedar las aspilleras de la primera fila de artillería bajo el nivel del agua, reduciendo una potencia de fuego que tan imprescindible en la incierta aventura de aquellas travesías resultaba ser.


* Disponemos en el Archivo General de Indias de una orden de Registro de la "Santa María" efectuada el 6 de marzo de 1523. Catalogada como "carabela", el Cómitre Bartolomé Diaz y el Capitán Piloto Juan de Cárdenas fueron comisionados por los Jueces y Oficiales de la Casa de la Contratación para ir al sevillano muelle de Las Muelas a ver "la jarcia, velas y aparejos y armas y artillería y marineros y grumetes y pajes y otras cosas necesarias para el viaje de las Indias" de la referida carabela, cuyo maestre era por aquel entonces Diego Quintero de la Rosa, y su primer propietario antes que Cifontes, un tal Juan Sanchez de Aramburu, morador y estante en dicha ciudad. El jueves ... de abril el Capitán Cárdenas comprueba que la quilla era de buena calidad, suficiente para navegar, así como los árboles y jarcias; mandó que se renovaran algunas velas y que tomaran un cable nuevo; hizo relación de las lombardas a bordo y requirió la reposición de las piedras que utilizaban como proyectiles; pidió más pólvora, ballestas y coseletes, escopetas y plomo para ellas, lanzas, espadas, cascos y rodelas.
Acto seguido cada pasajero tuvo que declararle lo que llevaba: el borceguinero sevillano Alonso de Jerez, estante en la Nueva España en el puerto de Veracruz, portaba 24 camisones, 24 paños de cabeza, 200 navajas, un peso, 100 pares de zapatos, 6 piezas de cintas para cortar, 10 pares de calzas de hombre, un oficio de borceguinero con sus herramientas, 6 pares de zapatones de seda flamencos, 3 puñales, 4 pares de tijeras de barbero, 6 bonetes de grana, 7 gorras, 6 cofias para hombre, 4 sombreros, 6 pares de hormas, unas tablas de borceguinero, 8 libras de hilo de cáñamo, un cuero de suelas, 5 espadas, una libra de hilo prieto, 5 galletas de carne de membrillo "que son para su comer", 6 libras de hilo primo, 6 docenas de cordobanes, 2 docenas de baldreses (pieles de oveja curtidas, suaves y endebles, empleada especialmente para guantes. RAE), 45 pares de borceguíes con 50 pares de hebillas, media libra de azafrán, media libra de canela, media libra de clavos, un almud de lentejas, 2 libras de albayalde, 4 libras de alumbre, un almud de mostaza, una libra de diaquilón, 5 libras de cominos, un almud de culantro seco, 6 pares de naipes, una resma de papel, un cuero para vino, 4 borrachas, y 2 arcas y un serón donde van estas cosas.
Del siguiente pasajero no logramos descifrar su borroso nombre, pero se deja entrever persona pobre: entre otras cosas de poca monta lleva un jubón, unos zaragüeyes, 2 pares de zapatos, 3 gorras, un pañuelo de narices, un paño de manos, un peine y una sábana vieja.
También fue registrado el viajero Diego de Mendieta, con 34 ¿barriles? de aceitunas de a 2 almudes. Y Juan Sanchez de Ortega, con 15 docenas de hebillas de hombre. Además de Francisco de Saldaña, con un sayo y una capa negras, 2 pares de calzas, otras calzas y un jubón de malla, un par de zapatos y 4 camisas. Gonzalo Lopez de Mallea, con 5 paños de Valencia. El mismo Maestre Diego Quintero de la Rosa llevaba por encargo de Francisco Ruiz 2 pipas de vino trasañejo, 16 camisas de media holanda, 15 camisas de presilla de lechuguilla, 13 camisas de presilla, 48 paños de cabeza, 13 pares de zaragüeyes, 8 medias gorras negras, 5 gorgueras y una de seda, 4 cofias negras de seda, 11 varas y media de presilla y 10 jubones de raso. Alonso Martin transportaba 2 capas, 2 sayos, 4 jubones, 4 pares de calzas, 4 pares de zapatos, 4 bonetes, una gorra de terciopelo, 12 camisas, 20 varas de lienzo, 5 sábanas nuevas, 6 pares de manteles, 3 sayas de mujer, un sayuelo de mujer, 3 pares de borceguíes, 12 tocas de seda de mujer y 2 pañuelos de rostro. Andrés Almeba declaró un sayo y una capa negra, 3 jubones, 4 sábanas, una gorra de grana y un bonete, 2 gorjales, 6 camisas, 8 pares de zapatos, una capa verde, un paño de manos, una sábana, un jubón fuerte, 2 espadas, un brocal, una lanza, una docena de agujetas, una cofia, una bolsa negra, unas tenazas, un martillo y una guitarra. Alonso Álvarez Pantoja llevaba para servicio de su persona y casa lo siguiente: 4 capas de colores, un sayón de terciopelo morado, otro sayón amarillo, otro sayón azul guarnecido, un jubón de terciopelo negro, otro jubón de raso, otro de terciopelo y damasco pardillo, 14 camisas, las dos de oro y las otras blancas y labradas, 6 pares de guantes, 2 pares de calzas de grana, un papel de cartas de seda, 2 cofias, una espada dorada, 5 gorras, dos de terciopelo y tres de grana, 11 camisas de Ruán, 25 pares de zapatos, unas botas negras, 15 pares de zaragüeyes, un par de almohadas, 2 sábanas, unos manteles germanescos, un sayón y una capa negros, 2 pares de calzas, un jubón fuerte, 3 espadas, un par de hazalejas, una gorra negra de paño y una caja de barbero con sus aparejos. Pedro de Torres, que lleva lo siguiente en una caja, que es de su vestir: un sayón y una capa, el sayo rosado, un jubón de fustán, 2 pares de calzas y 3 camisas. Y el ya mencionado Juan Sanchez de Ortega, vecino de Guadalcanal, que ahora declara lo que su cuñado Juan de la Parra le ha encargado: 5 pipas de vino, las dos de tinto y las tres de blanco, una caja que contiene 150 pares de alpargatas, 71 pares de zapatos, una gorra de carmesí, 8 sombreros, una sábana de lienzo, un par de manteles, un paño de rostro, 2 almohadas labradas, 3 cueros para vino, 4 botillos para vino, un brocal, unas gorgueras de terciopelo, una espada y un alfanje, y una ballesta. El clérigo Juan Fernandez, que lleva un colchón y un almadraque, 4 sábanas y una almohada, 2 cobijas, una caja con un manto y un capirote de cotral de Valencia, otro manto de sarga con un cabezo de tafetán, una escubeta de velarte ribeteada de raso, otra escubeta de angetado de paño, una loba de florete y un sayo, otra loba pequeña, 12 pares de zapatos, unos pantuflos, 2 pares de borceguíes con sus hebillas, 4 pares de calzas, 4 jubones, 2 pares de zaragüeyes, 8 camisas, una sobrepelliz, 2 sombreros, 2 bonetes, 2 pares de alpargatas, una espada, un breviario, un libro de canto de iglesia , 4 paños de cabeza, 4 pares de paños de narices, 4 cordones de seda, una vihuela, 4 libras de jabón, 2 manos de papel, 2 tijeras y 2 cuchillos, y una caperuza de terciopelo. Hernando Prieto, que lleva 3 sayones, uno de damasco, 2 capas negras y una de grana, 4 jubones de seda, otros 2 de lienzo, 12 camisas, 2 paños de manos, 5 pares de guantes, 5 pares de hebillas, 12 pares de borceguíes, un par de zapatos de terciopelo, 2 coseletes, 4 espadas, 3 mazos, un broquel, un colchón y 2 sábanas, una manta frazada y una cobija, unos manteles, una escopeta, 2 vihuelas, un manicordio (por monacordio, instrumento musical con teclado más extenso que el de la espineta. RAE), un jubón de seda negro, 3 gorras, un bonete de grana, una capa verde, y un sayón y 2 jubones. Martín Villalba, quien declaró lo siguiente: 2 jubones, uno de terciopelo y otro de fustán, 6 camisas, 2 pares de zaragüeyes, 3 gorras, 6 pares de zapatos, uno de ellos de terciopelo, 6 pares de alpargatas, otras 2 camisas y otros zaragüeyes. Y Hernando de ¿Cingulosa?, con 50 pipas de harina. Y Juan de los Santos, que declaró por sí y por Baltasar, Mejía y Vázquez 7 camisas, 2 pares de zaragüeyes, 4 jubones, uno de lienzo, dos de fustán y el otro de sarga, unas camisas moradas y otras negras, 6 pares de zapatos, 3 pares de medios zapatones, un jubón de fustán, 6 pares de alpargatas, unas calzas negras, 2 pares de hebillas, un paño de manos, una caperuza, unas botas, una cofia negra, 3 gorras negras, un cordón verde, 2 docenas de agujetas y un sayo pardillo. Pedro de Anguiano llevaba 2 docenas de borceguíes, 43 pares de zapatos, 2 espadas y 2 puñales y 4 camisas. Bernal Diaz García registró 2 pares de calzas, 2 jubones, 5 camisas y 6 pares de zapatos. Otro pasajero de nombre ilegible registró 30 cajas de carne de membrillo consignadas a Sebastián de ¿Managatan?, mas un cuarto de aceitunas. Y el dueño de la nave, Juan Sanchez de Aramburu, consignado al dicho Sebastian registró 8 pipas de harina, 100 de aceite y 40 de aceitunas.
Luego sigue una lista bajo el título de Diego Quintero —el Maestre de la carabela— con diversas cantidades de pipas de vino, de arrobas de aceite y de vinagre, de paños de estopa, blancos, de grana morada. Y continúan los registros de pasajeros comunes, ahora con un tal Diego Becerra, quien por sí y en nombre de sus hermanos Francisco Carrillo y Hernando Carrillo declara llevar 6 camisas, 3 sayos de terciopelo negro, 6 jubones de terciopelo, 2 capas de color, 20 pares de calzas de diversos colores, 14 gorgueras de hombre, 10 camisas de holanda y 20 de lienzo, 3 pares de manteles, 7 u 8 sábanas, una colcha, una manta frazada, 8 jubones de lienzo, 3 pares de sayos pardillos, 3 capas pardillas, espuelas y sillas de montar, 3 gorras de terciopelo y otras 3 de grana, 3 pares de borceguíes de lazos dorados, 3 pares de botas bajas, 30 pares de zapatos, 10 espadas, 2 escopetas con sus aderezos, una cota de malla, 3 guantes de malla, 2 broqueles, 3 puñales y 3 arcos. Martin Ortiz registró lo siguiente: 200 azadones, 100 almocafres, 100 ballestas, una gobernadura de nao, 4 docenas de lanzas ginetas, 4 docenas de picas, una caja clavada de piedra azufre, 130 libras de sebo de hacer velas, 140 ovillos de hilo de ballesta, 3 barriles de almendras, 12 celemines de aceitunas, 5 quintales de arroz en tres serones, 3 seras de jabón, 2 pipas de vino, 2 pipas de vinagre, 24 poleas de dos ojos y 12 motones, 20 docenas de ¿forraje?, un chinchorro con sus aparejos, un cuarto de garbanzos, un quintal de higos, un barril de pasas, 28 ballestas, 34 motones pequeños, 6 racametos, 6 poleas de bolinas, 5 poleas de dos ojos pequeñas, 3 poleas de cuatro ojos y 3 motones grandes de a dos ojos. Y por último declara lo que había de embarcar en su viaje transoceánico Juan Ruiz, cuyo destinatario era un tal Morante, paje del Señor Gobernador de la Nueva España (o sea, Hernán Cortés, nombrado como tal el 15 de octubre de 1522): 16 varas de terciopelo negro, 3 varas de terciopelo azul, 4 varas de terciopelo grana, 7 varas de paño de Valencia, 6 varas de tafetán doble, 8 camisas de holanda, 6 varas de media holanda, 6 varas de frisa amarilla, 2 pares de borceguíes, 6 pares de hebillas, 2 pares de medias calzas de terciopelo, 2 pares de medios zapatones blancos, 4 pares de zapatos castellanos, 10 docenas de cintas de astracán, 18 varas de cintas de color, 2 gorras, una de grana y otra negra, un bonete de grana, vara y media de grana para calzas, un corte de calzas de paño, una vara de florete amarillo, 2 pares de riendas de la gineta, 2 cinchas de caballo con sus látigos y una docena de pares de guantes canarios. Y al final vuelve a aparecer el ya referido Sebastián de ¿Managatan?, que registra 26 libras de hilo de colores, 2 resmas de papel, una libra de azafrán, 2 libras de pimienta, una docena de cuchillos y 4 puñales, cerrando la relación alguien que muy bien podía ser conocido en Castilleja, Andrés de Gines, que declara 9 ó 10 seras de paja y 9 docenas de machetes de hierro.



Todavía un año antes de este viaje hemos tenido noticias en un Registro de Venida de la "Santa María la Blanca", cuando en 1522 vuelve del Darién gobernada por el Maestre Martín del Cantón.
La exhaustiva relación de objetos que los viajeros llevaban no es tal en gran medida si nos detenemos a considerar lo extendido de los fraudes que se cometían; piénsese por ejemplo en el engaño urdido por la esposa de Pedro de Cifontes cuando, enferma, volvió a Sevilla desde La Española, según se refirió en "Los esclavos 82i", entrada de marzo de 2010: [...] Y el dicho Licenciado Villalobos dijo que le parece que está probado con tres testigos que había traído la dicha su mujer de aquel viaje cantidad de trescientos pesos de oro y águilas y otras piezas de oro sin sabiduría de su marido, de más de lo que él mismo de su voluntad le había dado para se venir a curar [...]. Hemos de imaginarla, desconfiada y recelosa, hilvanando un bolsillo secreto en lo más recóndito de su atuendo para pasar las monedas y los idolillos desde la isla caribeña hasta la capital andaluza, soslayando los detenidos registros de las autoridades.
Recuérdese asimismo el pleito contra otro hacendado castillejano estafador de los Registros, Rodrigo Franco, referenciado en "Los esclavos 8", entrada de febrero de 2009.

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