viernes, 16 de abril de 2010

Los esclavos 82k

Un barco era un pedazo de la ciudad, de la collación, y sus departamentos y camarotes, prolongaciones de la casa familiar de su dueño, extensiones del solar de sus ancestros. No perdía ese carácter porque, lejos de la localidad natal, flotara entre suaves e irreales vaivenes en el pecho verdiazul de la mar inmensa, ni porque los vientos de todas partes lo deslavazaran con pertinaz insistencia, ni porque fuese zarandeado en medio de la dinámica turbulenta y agitada de la tormenta con los manotazos espumajeantes del líquido elemento y, en los puertos y bahías remotas, en ambientes ajenos y extraños, a pesar del recubrimiento de sal extranjera, de moluscos exóticos, de sudor de marineros de todos los rincones del mundo, la nao seguía, acogedora, brindando a su dueño el entrañable espacio maternal de su hogar, hablándole de él con su idioma de tiernos crujidos. Dentro de su panza los significados de recuerdos materiales —una prenda, un retrato, una carta— palpitaban vívidos como si las almas de sus donadores viajaran bregando en el baldeo de la cubierta, tensando cabos con los cabrestantes, arriando velas o dirigiendo con mano firme la rueda del timón, resistiendo en base a leyes inamovibles la desustanciación del paso del tiempo y del alejamiento espacial.
Pedro de Cifontes amó así a la "Santa María la Blanca", como amaba los rincones mágicos donde se desarrolló su infancia y donde sus sueños se expandieron, y hombre práctico como era, habituado a sacar partido material de las más mínimas oportunidades, cuando movido por ello modificaba las estructuras originales de su "Santa María" en aras a obtener mayores rendimientos, por profundas que dichas reformas fuesen nunca ahogaban el referido carácter espiritual, que pujaba en su alma sobrepuesto a todo valor mercantil y a toda consideración mundana.
Reformar un barco podía acarrear consecuencias indeseables si la autoridad lo descubría. Existieron desde el Descubrimiento normas muy definidas, promulgadas ya desde los Reyes Católicos, en lo que respecta al tamaño y a otros elementos y particularidades de las naves; eran ordenanzas encaminadas a asegurar la integridad de viajeros y mercancías. Diseñadas las embarcaciones en principio para transportar la máxima carga posible, a mediados del siglo XVI surgió la necesidad de combinar esta capacidad con las de defensa en los combates, —velocidad incluida—, habida cuenta del acoso a que eran sometidas por las potencias enemigas. Se creó de esta manera un híbrido entre navío comercial y bajel guerrero, el cual protagonizó la Carrera durante un gran período de tiempo. Debían además las naves cumplir determinados requisitos de estanqueidad, y a partir de cierto número de años de servicio quedaban irremisiblemente desechadas.
A pesar de todo muchos armadores, en persecución de la mínima inversión, se proveían de barcos de segunda mano cuyas calidades dejaban mucho que desear, aumentando así la precariedad de los viajes transoceánicos, ya de por sí sometidos a multitud de peligros e incidencias. Tal parece ser el ejemplo de la "Santa María la Blanca" de nuestro hacendado Pedro de Cifontes que nos ocupa*.
Estos barcos viejos eran tripulados por emigrantes clandestinos y en muchas ocasiones al llegar a sus destinos en el Nuevo Mundo se desguazaban para vender pieza a pieza sus partes, codiciadas enormemente en un territorio virgen donde escaseaban todavía complementos navieros como jarcias, cabos, velas, etc. Sin duda que si a Pedro le hubiese convenido, así hubieran acabado las andanzas de su navío, lo cual no obsta a lo asegurado en el primer párrafo de este capítulo, en cuanto que un barco es un barco hasta que queda reducido a un montón de elementos desarticulados en el muelle de algún puerto, revueltos y manoseados por los ansiosos rastreadores de artículos de ocasión.
Por lo general las modificaciones ilegales iban orientadas a aumentar la capacidad de carga, con lo cual se desplazaba el centro de gravedad, aumentando así un efecto contraproducente como era el de la inestabilidad. Además, al ascender la línea de flotación, solían quedar las aspilleras de la primera fila de artillería bajo el nivel del agua, reduciendo una potencia de fuego que tan imprescindible en la incierta aventura de aquellas travesías resultaba ser.


* Disponemos en el Archivo General de Indias de una orden de Registro de la "Santa María" efectuada el 6 de marzo de 1523. Catalogada como "carabela", el Cómitre Bartolomé Diaz y el Capitán Piloto Juan de Cárdenas fueron comisionados por los Jueces y Oficiales de la Casa de la Contratación para ir al sevillano muelle de Las Muelas a ver "la jarcia, velas y aparejos y armas y artillería y marineros y grumetes y pajes y otras cosas necesarias para el viaje de las Indias" de la referida carabela, cuyo maestre era por aquel entonces Diego Quintero de la Rosa, y su primer propietario antes que Cifontes, un tal Juan Sanchez de Aramburu, morador y estante en dicha ciudad. El jueves ... de abril el Capitán Cárdenas comprueba que la quilla era de buena calidad, suficiente para navegar, así como los árboles y jarcias; mandó que se renovaran algunas velas y que tomaran un cable nuevo; hizo relación de las lombardas a bordo y requirió la reposición de las piedras que utilizaban como proyectiles; pidió más pólvora, ballestas y coseletes, escopetas y plomo para ellas, lanzas, espadas, cascos y rodelas.
Acto seguido cada pasajero tuvo que declararle lo que llevaba: el borceguinero sevillano Alonso de Jerez, estante en la Nueva España en el puerto de Veracruz, portaba 24 camisones, 24 paños de cabeza, 200 navajas, un peso, 100 pares de zapatos, 6 piezas de cintas para cortar, 10 pares de calzas de hombre, un oficio de borceguinero con sus herramientas, 6 pares de zapatones de seda flamencos, 3 puñales, 4 pares de tijeras de barbero, 6 bonetes de grana, 7 gorras, 6 cofias para hombre, 4 sombreros, 6 pares de hormas, unas tablas de borceguinero, 8 libras de hilo de cáñamo, un cuero de suelas, 5 espadas, una libra de hilo prieto, 5 galletas de carne de membrillo "que son para su comer", 6 libras de hilo primo, 6 docenas de cordobanes, 2 docenas de baldreses (pieles de oveja curtidas, suaves y endebles, empleada especialmente para guantes. RAE), 45 pares de borceguíes con 50 pares de hebillas, media libra de azafrán, media libra de canela, media libra de clavos, un almud de lentejas, 2 libras de albayalde, 4 libras de alumbre, un almud de mostaza, una libra de diaquilón, 5 libras de cominos, un almud de culantro seco, 6 pares de naipes, una resma de papel, un cuero para vino, 4 borrachas, y 2 arcas y un serón donde van estas cosas.
Del siguiente pasajero no logramos descifrar su borroso nombre, pero se deja entrever persona pobre: entre otras cosas de poca monta lleva un jubón, unos zaragüeyes, 2 pares de zapatos, 3 gorras, un pañuelo de narices, un paño de manos, un peine y una sábana vieja.
También fue registrado el viajero Diego de Mendieta, con 34 ¿barriles? de aceitunas de a 2 almudes. Y Juan Sanchez de Ortega, con 15 docenas de hebillas de hombre. Además de Francisco de Saldaña, con un sayo y una capa negras, 2 pares de calzas, otras calzas y un jubón de malla, un par de zapatos y 4 camisas. Gonzalo Lopez de Mallea, con 5 paños de Valencia. El mismo Maestre Diego Quintero de la Rosa llevaba por encargo de Francisco Ruiz 2 pipas de vino trasañejo, 16 camisas de media holanda, 15 camisas de presilla de lechuguilla, 13 camisas de presilla, 48 paños de cabeza, 13 pares de zaragüeyes, 8 medias gorras negras, 5 gorgueras y una de seda, 4 cofias negras de seda, 11 varas y media de presilla y 10 jubones de raso. Alonso Martin transportaba 2 capas, 2 sayos, 4 jubones, 4 pares de calzas, 4 pares de zapatos, 4 bonetes, una gorra de terciopelo, 12 camisas, 20 varas de lienzo, 5 sábanas nuevas, 6 pares de manteles, 3 sayas de mujer, un sayuelo de mujer, 3 pares de borceguíes, 12 tocas de seda de mujer y 2 pañuelos de rostro. Andrés Almeba declaró un sayo y una capa negra, 3 jubones, 4 sábanas, una gorra de grana y un bonete, 2 gorjales, 6 camisas, 8 pares de zapatos, una capa verde, un paño de manos, una sábana, un jubón fuerte, 2 espadas, un brocal, una lanza, una docena de agujetas, una cofia, una bolsa negra, unas tenazas, un martillo y una guitarra. Alonso Álvarez Pantoja llevaba para servicio de su persona y casa lo siguiente: 4 capas de colores, un sayón de terciopelo morado, otro sayón amarillo, otro sayón azul guarnecido, un jubón de terciopelo negro, otro jubón de raso, otro de terciopelo y damasco pardillo, 14 camisas, las dos de oro y las otras blancas y labradas, 6 pares de guantes, 2 pares de calzas de grana, un papel de cartas de seda, 2 cofias, una espada dorada, 5 gorras, dos de terciopelo y tres de grana, 11 camisas de Ruán, 25 pares de zapatos, unas botas negras, 15 pares de zaragüeyes, un par de almohadas, 2 sábanas, unos manteles germanescos, un sayón y una capa negros, 2 pares de calzas, un jubón fuerte, 3 espadas, un par de hazalejas, una gorra negra de paño y una caja de barbero con sus aparejos. Pedro de Torres, que lleva lo siguiente en una caja, que es de su vestir: un sayón y una capa, el sayo rosado, un jubón de fustán, 2 pares de calzas y 3 camisas. Y el ya mencionado Juan Sanchez de Ortega, vecino de Guadalcanal, que ahora declara lo que su cuñado Juan de la Parra le ha encargado: 5 pipas de vino, las dos de tinto y las tres de blanco, una caja que contiene 150 pares de alpargatas, 71 pares de zapatos, una gorra de carmesí, 8 sombreros, una sábana de lienzo, un par de manteles, un paño de rostro, 2 almohadas labradas, 3 cueros para vino, 4 botillos para vino, un brocal, unas gorgueras de terciopelo, una espada y un alfanje, y una ballesta. El clérigo Juan Fernandez, que lleva un colchón y un almadraque, 4 sábanas y una almohada, 2 cobijas, una caja con un manto y un capirote de cotral de Valencia, otro manto de sarga con un cabezo de tafetán, una escubeta de velarte ribeteada de raso, otra escubeta de angetado de paño, una loba de florete y un sayo, otra loba pequeña, 12 pares de zapatos, unos pantuflos, 2 pares de borceguíes con sus hebillas, 4 pares de calzas, 4 jubones, 2 pares de zaragüeyes, 8 camisas, una sobrepelliz, 2 sombreros, 2 bonetes, 2 pares de alpargatas, una espada, un breviario, un libro de canto de iglesia , 4 paños de cabeza, 4 pares de paños de narices, 4 cordones de seda, una vihuela, 4 libras de jabón, 2 manos de papel, 2 tijeras y 2 cuchillos, y una caperuza de terciopelo. Hernando Prieto, que lleva 3 sayones, uno de damasco, 2 capas negras y una de grana, 4 jubones de seda, otros 2 de lienzo, 12 camisas, 2 paños de manos, 5 pares de guantes, 5 pares de hebillas, 12 pares de borceguíes, un par de zapatos de terciopelo, 2 coseletes, 4 espadas, 3 mazos, un broquel, un colchón y 2 sábanas, una manta frazada y una cobija, unos manteles, una escopeta, 2 vihuelas, un manicordio (por monacordio, instrumento musical con teclado más extenso que el de la espineta. RAE), un jubón de seda negro, 3 gorras, un bonete de grana, una capa verde, y un sayón y 2 jubones. Martín Villalba, quien declaró lo siguiente: 2 jubones, uno de terciopelo y otro de fustán, 6 camisas, 2 pares de zaragüeyes, 3 gorras, 6 pares de zapatos, uno de ellos de terciopelo, 6 pares de alpargatas, otras 2 camisas y otros zaragüeyes. Y Hernando de ¿Cingulosa?, con 50 pipas de harina. Y Juan de los Santos, que declaró por sí y por Baltasar, Mejía y Vázquez 7 camisas, 2 pares de zaragüeyes, 4 jubones, uno de lienzo, dos de fustán y el otro de sarga, unas camisas moradas y otras negras, 6 pares de zapatos, 3 pares de medios zapatones, un jubón de fustán, 6 pares de alpargatas, unas calzas negras, 2 pares de hebillas, un paño de manos, una caperuza, unas botas, una cofia negra, 3 gorras negras, un cordón verde, 2 docenas de agujetas y un sayo pardillo. Pedro de Anguiano llevaba 2 docenas de borceguíes, 43 pares de zapatos, 2 espadas y 2 puñales y 4 camisas. Bernal Diaz García registró 2 pares de calzas, 2 jubones, 5 camisas y 6 pares de zapatos. Otro pasajero de nombre ilegible registró 30 cajas de carne de membrillo consignadas a Sebastián de ¿Managatan?, mas un cuarto de aceitunas. Y el dueño de la nave, Juan Sanchez de Aramburu, consignado al dicho Sebastian registró 8 pipas de harina, 100 de aceite y 40 de aceitunas.
Luego sigue una lista bajo el título de Diego Quintero —el Maestre de la carabela— con diversas cantidades de pipas de vino, de arrobas de aceite y de vinagre, de paños de estopa, blancos, de grana morada. Y continúan los registros de pasajeros comunes, ahora con un tal Diego Becerra, quien por sí y en nombre de sus hermanos Francisco Carrillo y Hernando Carrillo declara llevar 6 camisas, 3 sayos de terciopelo negro, 6 jubones de terciopelo, 2 capas de color, 20 pares de calzas de diversos colores, 14 gorgueras de hombre, 10 camisas de holanda y 20 de lienzo, 3 pares de manteles, 7 u 8 sábanas, una colcha, una manta frazada, 8 jubones de lienzo, 3 pares de sayos pardillos, 3 capas pardillas, espuelas y sillas de montar, 3 gorras de terciopelo y otras 3 de grana, 3 pares de borceguíes de lazos dorados, 3 pares de botas bajas, 30 pares de zapatos, 10 espadas, 2 escopetas con sus aderezos, una cota de malla, 3 guantes de malla, 2 broqueles, 3 puñales y 3 arcos. Martin Ortiz registró lo siguiente: 200 azadones, 100 almocafres, 100 ballestas, una gobernadura de nao, 4 docenas de lanzas ginetas, 4 docenas de picas, una caja clavada de piedra azufre, 130 libras de sebo de hacer velas, 140 ovillos de hilo de ballesta, 3 barriles de almendras, 12 celemines de aceitunas, 5 quintales de arroz en tres serones, 3 seras de jabón, 2 pipas de vino, 2 pipas de vinagre, 24 poleas de dos ojos y 12 motones, 20 docenas de ¿forraje?, un chinchorro con sus aparejos, un cuarto de garbanzos, un quintal de higos, un barril de pasas, 28 ballestas, 34 motones pequeños, 6 racametos, 6 poleas de bolinas, 5 poleas de dos ojos pequeñas, 3 poleas de cuatro ojos y 3 motones grandes de a dos ojos. Y por último declara lo que había de embarcar en su viaje transoceánico Juan Ruiz, cuyo destinatario era un tal Morante, paje del Señor Gobernador de la Nueva España (o sea, Hernán Cortés, nombrado como tal el 15 de octubre de 1522): 16 varas de terciopelo negro, 3 varas de terciopelo azul, 4 varas de terciopelo grana, 7 varas de paño de Valencia, 6 varas de tafetán doble, 8 camisas de holanda, 6 varas de media holanda, 6 varas de frisa amarilla, 2 pares de borceguíes, 6 pares de hebillas, 2 pares de medias calzas de terciopelo, 2 pares de medios zapatones blancos, 4 pares de zapatos castellanos, 10 docenas de cintas de astracán, 18 varas de cintas de color, 2 gorras, una de grana y otra negra, un bonete de grana, vara y media de grana para calzas, un corte de calzas de paño, una vara de florete amarillo, 2 pares de riendas de la gineta, 2 cinchas de caballo con sus látigos y una docena de pares de guantes canarios. Y al final vuelve a aparecer el ya referido Sebastián de ¿Managatan?, que registra 26 libras de hilo de colores, 2 resmas de papel, una libra de azafrán, 2 libras de pimienta, una docena de cuchillos y 4 puñales, cerrando la relación alguien que muy bien podía ser conocido en Castilleja, Andrés de Gines, que declara 9 ó 10 seras de paja y 9 docenas de machetes de hierro.



Todavía un año antes de este viaje hemos tenido noticias en un Registro de Venida de la "Santa María la Blanca", cuando en 1522 vuelve del Darién gobernada por el Maestre Martín del Cantón.
La exhaustiva relación de objetos que los viajeros llevaban no es tal en gran medida si nos detenemos a considerar lo extendido de los fraudes que se cometían; piénsese por ejemplo en el engaño urdido por la esposa de Pedro de Cifontes cuando, enferma, volvió a Sevilla desde La Española, según se refirió en "Los esclavos 82i", entrada de marzo de 2010: [...] Y el dicho Licenciado Villalobos dijo que le parece que está probado con tres testigos que había traído la dicha su mujer de aquel viaje cantidad de trescientos pesos de oro y águilas y otras piezas de oro sin sabiduría de su marido, de más de lo que él mismo de su voluntad le había dado para se venir a curar [...]. Hemos de imaginarla, desconfiada y recelosa, hilvanando un bolsillo secreto en lo más recóndito de su atuendo para pasar las monedas y los idolillos desde la isla caribeña hasta la capital andaluza, soslayando los detenidos registros de las autoridades.
Recuérdese asimismo el pleito contra otro hacendado castillejano estafador de los Registros, Rodrigo Franco, referenciado en "Los esclavos 8", entrada de febrero de 2009.

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Notas varias, 3i.

Juan de Vidales, defensor de Bienes de difuntos, por los del doctor Francisco Ortiz Navarrete, difunto, en la causa con el bachiller S...