lunes, 19 de abril de 2010

Los esclavos 82l

Magníficos Señores: Pedro de Cifontes, mercader vecino de esta ciudad, demando ante Vuestras Mercedes a Sebastián Rodriguez Pavón, vecino asimismo de ella, y digo que por el mes de mayo del año pasado de mil quinientos treinta y cuatro años Bartolomé Lopez, mercader, y yo el dicho Pedro de Cifontes y el dicho Sebastián Rodriguez Pavón teníamos en el puerto de Las Muelas en el río Guadalquivir junto a esta ciudad un navío surto que había nombre Santa María la Blanca, el cual era común de todos tres y cada uno de nos tenía la tercia parte, el cual estaba armado y aparejado de todas las armas y jarcias y aparejos convenientes para navegar, y todos tres acordamos de lo fletar para el puerto de Cartagena en la Tierra Firme de las Indias del Mar Océano, y pusimos en ella por maestre a Martín Lopez Vizcaíno, el cual era maestre piloto examinado y hombre sabio para gobernar la dicha nao y seguir el dicho viaje, y aprobado por Vuestras Mercedes, y el dicho navío se cargó de veinte y dos toneladas de vinos y otras mercaderías fletadas al precio de tres mil quinientos maravedies de flete y un ducado de averías1 por cada tonelada, y asimismo el dicho navío se fletó para cien personas poco más o menos para ir al dicho puerto de Cartagena a razón de quince pesos de oro fundido y marcado de ley por valor de cuatrocientos cincuenta maravedíes cada peso por cada persona, y una cámara del dicho navío se fletó por treinta pesos de oro de la dicha ley, y el dicho Pavón cobró las averías de las dichas veinte y dos toneladas, y para fornecimiento2 de la dicha nao y despacho de ella tomamos a cambio cincuenta y cuatro mil maravedíes demás de otros cien ducados que los pasajeros dieron al dicho Pavón, y asimismo tomamos otros ochenta mil maravedíes de bizcocho, los cuales maravedíes yo el dicho Pedro de Cifontes pagué a las personas de quien se tomaron a cambio y se debían, y siguiendo el dicho Sebastián Rodriguez Pavón el dicho viaje en la dicha nao y habiendo hecho escala en La Gomera que es en la Isla Canaria el dicho Sebastián Rodriguez Pavón sin causa alguna y sin tener para ello poder ni facultad lanzó fuera de la dicha nao al dicho Martin Lopez Vizcaíno y le quitó el cargo y administración y gobernación de la dicha nao y lo dejó en tierra sin que en el dicho navío quedase persona que lo pudiese ni supiese regir ni gobernar, y prosiguió el dicho viaje sin el dicho Martin Lopez haciéndose maestre de la dicha nao, por cuya causa anduvo mucho tiempo perdido por la mar sin saber a qué parte iban, y fue causa que alguna gente muriese de hambre y de sed y se bebiesen siete botas del dicho vino de los mercaderes, las cuales yo pagué a razón de trece castellanos de oro por cada bota, lo cual se perdió por culpa del dicho Pavón, y el dicho navío con toda la gente se perdiera si no encontrara con otro navío que los encontró cómo llegasen a Puerto Rico de la Isla de San Juan, adonde tomó un piloto que lo llevase hasta Santo Domingo por seis castellanos que dice que le dio, y en el puerto de Santo Domingo tomó otro piloto a muy grande costa y daño nuestro, que lo llevase hasta el dicho puerto de Cartagena, y llegado al dicho puerto cobró los fletes del dicho navío salvo los que por su culpa se perdieron, y después navegó con el dicho navío ganando fletes muchos viajes desde el dicho puerto de Cartagena para Cuba y de Cuba al Nombre de Dios y otra vez a Cuba, y otros viajes a otras partes en que ganó y pudo ganar mil castellanos de oro horros poco más o menos, y vendió el dicho navío por trescientos pesos de oro y mas todo lo procedido de los dichos fletes y precio del dicho navío y otros provechos que de él hubo lo escondió y transportó y trajo puesto en cabezas de otro, y por nos defraudar lo ha encubierto y no ha querido dar cuenta con pago de todo lo susodicho ni de parte alguna de ello, antes se ha alzado y retraído por iglesias y monasterios y lugares privilegiados, por donde manifiesta haberse habido dolosamente en todo lo susodicho. Por ende pido a Vuestras Mercedes que habiendo esta mi relación por verdadera en todo cuanto baste para tener victoria condenen, compelan y apremien al dicho Sebastián Rodriguez Pavón a que ante Vuestras Mercedes de cuenta con pago llanamente de todos los dichos fletes, así de los que ganó en esta dicha ciudad hasta el dicho puerto de Cartagena como de todos los otros viajes que hizo y del precio del dicho navío y de todo lo demás que debe y es obligado por las causas y razones susodichas, y en defecto de no lo hacer así me de sfier es juramento inliten hasta en cantidad de ochocientos pesos de oro que por mi parte me pueden pertenecer según la moderada tasación de Vuestras Mercedes, y si otro pedimento mas me conviene pido a Vuestras Mercedes que sobre la dicha razón me hagan entero cumplimiento de justicia por aquella vía y forma que mejor de derecho haya lugar y me convenga, para lo cual el oficio de Vuestras Mercedes imploro y las costas pido y protesto.

1.- Derecho de averías. En el comercio de varios países ultramarinos, cierto repartimiento o gabela impuesto sobre los mercaderes o las mercancías, y el ramo de renta compuesto de este repartimiento y derecho. RAE.
Incluía también a los pasajeros. El dominico Tomás de Mercado en su "Tratos y Contratos de Mercaderes y tratantes discididos y determinados", Salamanca, 1569, asegura que la avería eran las costas de sostenimiento de la Armada de Defensa de las naves comerciales indianas, que se extraían del pago efectuado por los comerciantes en virtud de la carga que llevasen en las mismas, según Miguel Luque Talaván, Colaborador Honorífico del Departamento de Historia de América I, de la Universidad Complutense de Madrid, quien además cita en un estudio sobre derecho marítimo a Ramón Carande Thovar, autor de “Carlos V y y sus banqueros, Tomo 1º, La vida económica en Castilla (1516-1556)”, Madrid, Edición de la Revista de Occidente, 1943; Carande se opuso a las opiniones vertidas por los autores estudiados por Luque Talaván (José Arraz Lopez, Laudelino Moreno, Albert Girard, Henry Haring, Gervasio de Artiñano y Galdácano entre otros) porque consideraba que no había sido ni una tasa, ni un derecho, ni un impuesto. En la opinión de Carande, dice Luque, calificarla como un impuesto resultaba erróneo puesto que, en primer lugar, nunca los impuestos se exigen como pago a unos servicios y además no se puede concebir un impuesto al que esté obligado a contribuir el mismo Tesoro Público. En la misma línea, rebatió la consideración de tasa o derecho ya que ni el Estado prestaba el servicio de protección a las naves, ni el dinero recaudado iba al Tesoro Público. Así, Ramón Carande concluyó que había sido un ingreso específico de los consulados.

2.- Fornecimiento. La provisión, repáro y fortificación con que se provee y guarnece alguna cosa, para que resista los contratiempos: como el fortalecimiento de un Castillo, Plaza, etc. Es voz antiquada. Latín, Munitio, Apparatus. LA NUEVA RECOPILACIÓN DE LAS LEYES DEL REINO. Libro 7, Título 10.1.3: Pierdan las mercaderías y mantenimientos y otras cosas que así cargaren, y los navíos en que los recibieren con sus xarcias, y armas y fornecimientos. Diccionario de Autoridades.


No se necesita licencia dramática alguna para reconstruir en la imaginación las horribles escenas en una "Santa María la Blanca" sin rumbo. El desfallecimiento, la angustia, la desesperación de aquel centenar largo de personas a la deriva en la inmensa extensión azul durante semanas y semanas, envolviendo en sábanas cada pocos días a los desgraciados menos resistentes que sucumbían de inanición y arrojando sus cadáveres casi ingrávidos por la borda, mientras el debilitado clérigo —en todos los viajes, por lo general, iba un religioso al menos— entonaba lúgubremente las salmodias pertinentes. El constante fantasma del hambre en un espacio tan reducido como era el de una nao debió convertir a los viajeros en lobos, y los conflictos y riñas tuvieron que ser la tónica diaria. El albañil sevillano convertido en empresario marítimo Sebastián Rodriguez Pavón, asegurándose junto con sus compinches las raciones de alimentos más adecuadas, sin duda que ejerció el poder recurriendo a medidas extremas para mantener el orden dentro de aquel inconcebible desorden.
Pero profundicemos en los detalles de este nuevo pleito; el miércoles 2 de mayo de 1535 en Sevilla ante los escribanos Juan de Ribera, Mateo de Almonacir e Íñigo Lopez, Cifontes otorga poder cumplido para llevar todos sus pleitos al Procurador de Causas Álvaro de Baena, vecino de dicha ciudad, quien se va a dedicar en lo sucesivo, en su nombre, a litigar contra Sebastián Rodriguez Pavón en el escabroso asunto de la nao. Álvaro comienza sus diligencias el martes primer día de febrero de 1536 ante los Señores Jueces de la Casa de la Contratación de Sevilla, Factor Juan de Aranda y Tesorero Francisco Tello, y en presencia del escribano Juan Gutiérrez Calderón. Consideremos que mientras en la capital andaluza en el referido año de 1536 Álvaro de Baena movía y removía papeles y testigos, en Valladolid Pedro de Cifontes ajustaba cuentas enfrentado a su hijastra Juana Téllez y al esposo de ella Juan de Sevilla, según vimos en "Los esclavos 82b" y siguientes.
Pero no eran los únicos pleitos que ocupaban al indiano, como iremos viendo próximamente.

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