lunes, 26 de abril de 2010

Los esclavos 82o

Fue Pedro Barba, Alguacil de la Casa de la Contratación de las Indias del mar Océano de la ciudad de Sevilla, quien por mandamiento de sus Jueces del 3 de diciembre de 1535 se trasladó al lugar de Quema con amplios poderes para embargar bienes muebles, raíces y semovientes de Sebastián, para nombrar a sus depositarios, y para exigir colaboración de alcaldes y alguaciles del dicho lugar.

"Estando en Los Molinos, término de Aznalcázar y heredamiento del Señor Licenciado Alonso de Céspedes, en una casa bodega de Sebastián Rodriguez Pavón, vecino de la ciudad de Sevilla, y estando en de presente Bartolomé Lopez [el tercer socio], vecino de la dicha ciudad de Sevilla, y Francisco de Olmedo, casero de la dicha casa, luego el dicho Bartolomé Lopez pidió y requirió al dicho Alguacil que cumpla y ejecute el dicho mandamiento según y como en él se contiene, y que lo pedía y pidió por testimonio a mí el dicho escribano" [Juan Gutiérrez, escribano de Sus Majestades].

El casero de Sebastián guió al Alguacil hasta la bodega, que encontraron cerrada con dos candados, y como quiera que dicho casero no tenía, —o dijo no tener—, las llaves, el Alguacil sevillano dispuso romperlos, cosa que se efectuó a martillazos; y en el interior encontraron 15 tinajas tapadas con sus témpanos, llenas de vino blanco, con 450 arrobas en total, mas 3 azudas y 2 cantarillos tapados con yeso, que contenían arrope. Además de ello, había una caldera grande, una silla gineta vieja, otra azuda*, dos portaderas de palo, 2 cestos y 2 canastas, una pala de palo, media arroba de barro sellada, un freno de caballo, 2 calabazas, 2 esteras nuevas, 2 sogas de esparto nuevas y otra de cáñamo usada. En el inventario incluyeron los 2 candados rotos que habían quitado de la puerta.
Por estar en el campo inhabitado y no encontrar depositario, el Alguacil tornó a cerrar la dicha bodega con otro candado de cubo de hierro, se llevó la llave con él, y mandó al casero Francisco de Olmedo que no intentasen, ni él ni otra persona, abrirla, so pena de 20.000 maravedíes para la Cámara de Sus Majestades, a todo lo cual fueron testigos Juan Gonzalez Montes el mozo, vecino de Aznalcázar, Juan Martin, guarda de Los Molinos, y Juan Crespo, Conocedor** del Jurado Francisco Ruiz, vecino de Sevilla.
Inmediatamente se dirigió el grupo, con el Alguacil a la cabeza, a la casa aledaña, que poseía un palacio frontero con su patio y corrales, limítrofe con las casas del dicho Licenciado Céspedes, al cual pagaba tributo Sebastián, así como por 10 aranzadas de viña junto a todo lo descrito, lindando con viñas del también albañil Juan Beltrán, vecino de Sevilla en San Vicente. Todas las propiedades se embargaron, así como una yegua rucia con un hierro de ancla, y su cría, una potranca rucia quemada con una señal blanca.
A falta de otro más cualificado, todo ello quedó en depósito del casero de Sebastián, con el consentimiento de Bartolomé Lopez. Era el sábado día 4 de diciembre de 1535 y el escribano fue Gerónimo de Mesa. El lunes siguiente le tocó el turno de embargo a las posesiones en la ciudad de Sevilla. El mismo Alguacil Barba acompañado de Bartolomé, del escribano y de otros criados, ayudantes y testigos inventariaron lo que Sebastián tenía en la casa de su morada en San Vicente: una cama blanca de 5 paños, 2 colchones llenos de lana, una frezada, 6 sábanas de lienzo, 2 bancales de mantillas, 2 almohadas llenas de lana, unos bancos y un cañizo, una cerradura de lienzo pintada usada, una caja grande que contenía un par de mangas de terciopelo negro, otras de raso negro, un manto negro usado con un ribete de terciopelo, un par de mangas de paño moradas y ribeteadas con terciopelo nuevas, una saya morada con una faja de terciopelo, otra saya negra con una faja de terciopelo, una capa negra llana, 15 varas de lienzo casero nuevo, 10 varas de pañuelos de mesa nuevos, 2 pares de manteles nuevos de estopa, un plato de estaño grande nuevo, 6 escudillas de estaño nuevas, una saya engrullada de dos en dos tiras de raso, una chamarra de chamelote usada, unos chapines nuevos dorados, un sombrero nuevo, 2 colchones llenos de lana, 2 sábanas, un paramento, una frezada, 2 almohadas, unos bancos y un cañizo [parece repetir el escribano lo ya registrado, pero debe tratarse de otro dormitorio], 3 cojines de sentar usados, una caja ¿ensenyalada? y dentro de ella 4 almohadas labradas nuevas, dos de grana y dos de negro, otras 2 almohadas labradas de negro, 2 paños de rostro labrados de negro algo usados, una pieza de estopa de doce varas nueva, una camisa de lienzo labrada de negro, una colcha nueva, otras 2 almohadas usadas labradas de negro, un paño de rostro nuevo de grana, 2 pares de ¿tizas? de almohadas nuevas, un par de manteles usados, 2 candeleros de azófar, un aparador de palo, 2 mesas con sus bancos de cadenas, 2 sillas de espaldas, otras 2 pequeñas, 15 platos de peltre pequeños, una tinaja con seis fanegas de trigo, 6 tinajas de vino vacías, una escalera de palo, un acetre, una estera vieja, 2 pipas con unos suelos de vino, un candelero de palo, una arca vieja sin cerradura, un brasero de hierro, una tinaja de agua, una silla de costillas vieja, un pichel de peltre usado, 3 paramentos de figuras usados, una mesa de palo, otra arca usada con sus cerraduras, una paila, una tinaja quebrada con tascos, y 2 candeleros de azófar. Además de la propia casa, con sus palacios y soberados y corrales que son en la collación de San Vicente, que lindan con casas de un Alonso Ochoa y con casas de Francisco Mejía, en que vive el dicho Sebastián, mas otras casas con sus palacios y soberados en que mora Juan de Pedraza (que la habitaba en alquiler) y la cerrajería que tiene de por vida de la Iglesia de San Salvador, que linda con casas de Pedro Mejía y con casas de Ana Ruiz, y juró Ana Suárez, mujer del dicho Juan de Pedraza, que no debe nada de alquiler. Todo lo cual quedó en poder, como sus depositarios, de dos albañiles: Benito de Morales, vecino en dicha collación, y Hernando de Angulo, vecino de Omnium Sanctorum. Testigos presentes, Diego de Cantillana, Ana Ruiz, y la mujer de Sebastián, la ya viuda Leonor Ortiz. El Alguacil se llevó las llaves de las casas, tras declarar bajo juramento Diego, Ana, Leonor y Juana Rodriguez, —esta última sobrina de Sebastián y esposa de Diego de Cantillana como ya vimos—, que no existían más bienes que los vistos.
El día 8 de diciembre se presentó Diego Díaz, el albañil acreedor de Sebastián, diciendo que quería ser fiador de todo lo embargado, y así fue nombrado junto a los otros.
Vimos en el capítulo anterior que Pedro de Cifontes había requerido copia de las declaraciones de unos testigos llamados por su socio Bartolomé Lopez*** en su demanda al respecto del viaje de la "Santa María la Blanca". Fueron entonces el Maestre Antón Quintero, vecino de Palos y estante en Sevilla, de 40 años, quien estando en Cartagena vio llegar a la Santa María con Sebastián Rodriguez Pavón, cargada de gente y mercancías. Otro testigo fue Luis Hernandez Mantero, vecino de Sevilla en la collación de San Juan de la Palma, de 24 años de edad, quien también estaba en Cartagena a la llegada del navío, y lo vio "cargado de gente y soldados y los vio llegar y salir la gente a tierra", y por los que desembarcaban supo lo acontecido en La Gomera. El siguiente declarante fue el Maestre Hernando Rodriguez, vecino de Sevilla en Santa María, de más de 30 años de edad, quien iba en conserva**** de dicho navío cuando salió de Sanlúcar y vio en él mucha gente y en la cámara de popa unas mujeres, y llegaron a Cartagena en salvamento, y él mismo gobernó desde Santo Domingo a Cartagena porque no había nadie que supiese hacerlo, hasta que luego Sebastián se dedicó a hacer fletes entre Cuba, Jamaica, etc. Después declaró Pedro Vicente, Maestre de la nao "Santiago", vecino de Gibraleón y estante en Sevilla, de 28 años de edad, que como los anteriores se encontraba en Cartagena al tiempo de los hechos.
De manera que se hizo con una copia de estas declaraciones Pedro de Cifontes, el 15 de marzo de 1537, y este mismo día su Procurador presentó como testigos al socio Bartolomé Lopez y a Esteban de Albijan, de 19 años y criado de dicho Cifontes, y el día 17 a Francisco de Lugo, mercader, a Pedro de Castellanos, escribano, y al Deán Miguel Gerónimo de Ballesteros, y el 19 al suegro y Visitador de las naos de las Indias Juan de Cárdenas, y de nuevo a Antón Quintero y a Hernando Rodriguez, los dos maestres anteriores. En este mes Pedro de Cifontes insistió en la venta de los bienes de Sebastián, atendiendo a que el tiempo iba a estropearlos, en especial a los vinos y a la ropa de cama y de vestir, pero la parte de Sebastián contesta diciendo que no ha lugar la petición porque los bienes ya están mandados desembargar (lo cual suena a "farol", a estratagema dilatoria). En abril insiste la parte de Cifontes, solicitando que el dinero de la venta de los bienes embargados se deposite en el arca de las 3 llaves (una para cada uno de los 3 Oficiales: Factor, Tesorero y Contador) de la Casa de la Contratación, pero Antonio del Castillo no parece querer dar su brazo a torcer, sino antes dejar que "el paso de los días menoscaben los lienzos y demás ropas de vestir". Es entonces cuando presenta a Martin de Orduña, a Rodrigo Álvarez, a Alonso Quintero y a otros hasta 10 testigos, pidiendo además un cuarto plazo de 10 días, que le es otorgado. Añadirá después a Bartolomé Lopez y a Antón Quintero, a la par que presenta su interrogatorio. Por éste sabemos que la nao perteneció a los asturianos de la Villa de Luarca Andrés Suárez y Alfonso Yáñez, escribanos de profesión, que la vendieron a los 3 mercaderes por 250 ducados*****, que éstos en el muelle de Las Muelas "la repararon y adobaron calafateándola y haciéndole de nuevo las obras muertas y una puente y una cámara donde pudiese ir la gente y caballos que llevaron en ella a la provincia de Cartagena por donde primero la fletaron... . Y que para hacer que pudiese navegar le compraron más velas y jarcia y cables y aparejos para que pudiese navegar y la pudiesen anclar, haciéndo asimismo mástiles y antenas y batel y gabia y otras cosas que hubo menester, todo de nuevo, y que los dichos tres compañeros en la dicha nao gastaron y pudieron gastar en los dichos reparos otros 250 ducados, más que menos".
Y aparece en estos días, añadido al tribunal de los Jueces de la Casa de la Contratación que atendía el caso, el Factor Diego Caballero (ver nota en el capítulo anterior).
Sobre los bienes de Sebastián hay, por si fueran ya pocas, otra polémica, en cuanto que algún actor —Diego Díaz, por ejemplo— pretende que los tributos a Felipa de la Cruz se paguen de ellos, mientras que Cifontes se opone con toda su alma, alegando que la casa estaba vendida. En junio la parte de Sebastián pide que, dando fianzas suficientes, se desembarguen los bienes, mientras Pedro de Cifontes se queja de que los autos están en poder del letrado del demandado y no los quiere entregar, por dilatar el pleito; llega a pedir que lo pongan en la cárcel hasta que los entregue.
A medida que progresamos en el estudio de los documentos del extensísimo pleito vamos, sorpresa tras sorpresa, sabiendo más y más de la intrincada trama y de las complejas relaciones entre sus protagonistas. Por ejemplo, que los dos Pedro que acabaron sus vidas en Castilleja, Cifontes y Castellanos, se conocían desde muy jóvenes, ya en 1527. Que el Deán había nacido hacia 1502, era compadre de Cifontes, conocía al socio Bartolomé Lopez de más de 20 años, estaba en Sevilla cuando la "Santa María la Blanca" se hizo a la mar, y un sobrino suyo viajaba en ella, sobrino que le informó de los hechos y aventuras de Sebastián desde Cartagena, cuyo Gobernador, Pedro de Heredia, se escribía también con el dicho Deán y participaba directamente en el negocio de la nao, pagando fletes. O que Juan de Cárdenas, el suegro de Cifontes, también se encontraba en Sevilla por aquel entonces, y como Visitador que era inspeccionó la nao y la despachó en Sanlúcar de Barrameda.
Proseguiremos.


* Eran las llamadas azeñas ruedas hidráulicas, máquinas de unas dimensiones considerables (de un mínimo de 3 metros de diámetro), por lo que se explica que las dos primeras, mencionadas aquí como "azudas", estuvieran —averiadas quizá, o acaso como repuestos— en el mismo lugar que las tinajas de vino, o sea, en la nave principal y de más alto techo de la bodega de Sebastián.
Parece que, aunque los árabes extendieran su uso a lo largo de la geografía hispana, ya los romanos habían introducido este ingenioso sistema de riego en la península. Se cree que proviene del Oriente Medio, de las fértiles tierras del Tigris y el Éufrates. En nuestro caso, "azud" se refiere también a la noria o azeña, aunque en puridad esta palabra hacía mención a una presa que desviaba parte del caudal de un río hacia las acequias de riego. Se explica con meridiana claridad que el demandado por Cifontes tuviera tres azudes en su almacén, dado que sus viñas orillaban el Guadiamar, y para suministrarles el vital líquido dispondría algún que otro de estos artefactos.
De ellos nos da noticia el Diccionario de Autoridades, diciendo de azud, presa de agua, que "En las Andalucías se le añade à esta palabra la vocal A, y dicen azúda (y que derivó, añadimos, a la actual zúa o súa, en las dos variedades del andaluz. En los años 60 del siglo pasado existía todavía una zúa en el río Repudio en término de Mairena del Alfarafe, donde de muchacho quien esto escribe se ha bañado más de una vez, siendo esta presa la más cercana a Castilleja). Y, continuando con el Diccionario de Autoridades y en entrada aparte, se añade de azuda que es la máquina que se usa para sacar agua de los ríos, dando una nota de su etimología, según la cual "algunos quieren tomase el nombre del mismo ruido desapacible y extraño que hace al moverse". Hoy, conforme al Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, azud sirve para nombrar a la máquina y a la presa. Corominas afirma que azud/azuda proviene del árabe sudd, "obstáculo, obstrucción", "presa" (del verbo sadd "cerrar") y que la primera documentación que existe en castellano se remonta al año 1128. En el Diccionario de Arabismos de Federico Corriente, en el artículo açude, término portugués del que según dicho autor derivó azud, se cataloga zúa como del mismo étimo, y se añade que según el entonces inédito "Tesoro léxico de las hablas andaluzas" de Manuel Alvar Equerra et al., era zúa "lugar a donde van a parar las aguas residuales".

** Conocedor: en Andalucía, mayoral de las vacadas o toradas. RAE.

*** En su demanda paralela a la de su socio Cifontes, Bartolomé no se refiere a expulsión de piloto, extravío de la nave o a muerte alguna, sino que dice que las mercancías llegaron al puerto de Cartagena "en salvamento", o sea, tras un viaje peligroso, y de este punto parte para reclamar a Sebastián los fletes y las ganancias obtenidas en el Caribe transportando gente, caballos y puercos, entre otras cargas. Tiene el tercer socio en este año de 1537 más de cincuenta de edad, y en uno de sus testimonios nombra a otro personaje, también maestre de navío, presente en Cartagena cuando arribó la Santa María: Juan Rodriguez Farfán, cuyo hermano el General Cosme Rodriguez Farfán pocos años después llegaría a ser importante propietario de viñas y hacienda en Castilleja de la Cuesta (ver "Bocetos del siglo XVI, 3" —diciembre de 2008—, "Los esclavos 41s" —abril de 2009—, y "Los esclavos 64 —julio de 2009—). Juan y Cosme fueron sobrevividos por su padre, el trianero Gonzalo Rodriguez Farfán el viejo, también cómitre y vecino de Triana, quien ejerció la tutoría sobre sus nietos Catalina, Gonzalo y Alonso, hijos de Juan, desde el 9 de septiembre de 1544. Este abuelo dejó por herederos a dichos nietos, y a los otros Francisco, Agustín, Juan y doña María, hijos del General Cosme.

**** Ir o caminar en conserva. Juntarse algúnos en compañia para ir resguardados y à cubierto de los riesgos y contratiempos que pueden acaecer. Dicese con especialidad de los viages maritimos, quando los navios van escoltados de algun convoy. Diccionario de Autoridades.

***** Los escribanos de Asturias dieron por su fiadores en la venta a los mercaderes de maderas Pedro Bueno, vecino de la Villa de Polo en dicho Principado de Asturias, y Hernando de Sanjorge, vecino de Ribadeo y menor de edad (mayor de 22 y menor de 25), y el documento de venta se formalizó en el Oficio del escribano Íñigo Lopez en la sevillana calle de las Gradas el viernes 8 de mayo de 1534.

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