viernes, 28 de mayo de 2010

Los esclavos 82s

Y continuaron las entrevistas de Pedro de Cifontes con Salvador Perez. Con una interrupción ocasionada una de aquellas tardes, cuando cierta malintencionada sirvienta del hacendado, amante de un azacán fanfarrón no menos deleznable apodado "El Miau", ella una mezquina mujercilla de físico insignificante pero de enorme envidia hacia aquel enigmático mundo intelectual en el cual los dos hombres se desenvolvían, roció con agua so pretexto del riego de unos geranios y aprovechando que dichos hombres se habían ausentado para tomar un descanso, los folios que recién acababa de elaborar el auxiliar del escribano, probablemente con el propósito de regocijarse posteriormente en el círculo de gentes de su calaña, ridiculizando una actividad —la literaria— que era para ella como las uvas de la fábula fueron para la zorra, verdes porque no estaban a su alcance.
Incidente, por otro lado, irrelevante, en cuanto que solo obligó a repetir el último párrafo, emborronado por los goterones de agua. Ni siquiera mereció el despreciable acto un reproche del señor de la casa.
El tema de los 50 ducados que habíamos empezado a tratar se desarrolló desde que Cifontes, con el poder de su suegro, demandó a Juana Rodriguez y a Catalina Rodriguez, como sobrina y hermana herederas del albañil Sebastián, exigiéndoles su pago, por cuya cantidad el difunto había hipotecado precisamente la nao "Santa María" sin el consentimiento de sus otros dos socios, siendo Juan Caldera quien, en la ciudad de Santo Domingo de la isla La Española, solventó la hipoteca aportando la expresada cantidad que ahora exigía por medio de su yerno.
Negado el cargo por Antonio del Castillo en nombre de Leonor Ortiz y por Diego Hernandez de Cantillana en nombre de Juana Rodriguez el martes 26 de febrero de 1538, el tratante en cueros pidió ser recibido a prueba, y los acusados alegaron que ya en el embargo del pleito anterior —que ya hemos visto— iban incluidos los ducados, y que por el hecho de haber sido levantado, la reclamación no tenía fundamento. Echaron mano a antiguas probanzas con testigos para demostrar parentescos, probanzas que asimismo hemos visto ya también, y que por lo tanto ahorramos a nuestros lectores; corrió el pleito, y el miércoles 5 de junio condenaron a Juana a pagar a Cifontes lo que le pedía, mas la sobrina de Sebastián apeló como era de esperar, y... nos es imposible averiguar el final del caso, porque faltan las últimas hojas de los autos en la fuente documental del Archivo de Indias, y además porque —inesperada coincidencia— en la de Salvador Perez solo consta el ilegible folio que la estúpida asistenta empapó aquella tarde.
Algunas otras lagunas encontraremos en el baulillo del amanuense, las más importantes las que afectan a la relación de los últimos meses de la azarosa vida del Marqués del Valle de Oaxaca, las cuales intentaremos rellenar recurriendo a otros depósitos documentales.
Hemos encontrado algunos detalles sobre la vida diaria de Salvador Perez en los tiempos de sus encuentros con Pedro de Cifontes: sabemos que un tal Mateo Diaz Galindo, vecino de Sevilla en la collación de San Isidoro y morador en el lugar de Tomares (lo cual puede significar que habitaba en la Calle Real "de Castilleja") concede a Salvador amplísimos poderes para cobrar todo cuanto le debieren, iniciar pleitos, llamar testigos, mandar ejecutar bienes, sustituir procuradores, otorgar cartas de todo tipo, etc., y especialmente para cobrar de un Antonio de ¿Arbolanche?, natural de la Villa de ¿Brieban? y estante en Sevilla, 22 ducados que por él le eran debidos. El poder lleva fecha del viernes 25 de abril de 1561 y fue hecho en la morada castillejense de Miguel de las Casas, actuando como testigos su hijo Pedro de las Casas y Hernando de las Cuevas, este último destinado a ser el notario oficial de Castilleja durante muchos años en sucesión del dicho Miguel. Dejamos entre interrogaciones el apellido del deudor y el nombre de su localidad de origen porque resulta imposible su lectura, pero parecen ser transliteraciones desde el francés. Acaso el tomareño era un nuevo rico, que a cambio de un puñado de monedas contrató a Salvador para servirse del prestigio casi mágico que las personas relacionadas directamente con el mundo de la escritura poseían de cara a las masas incultas e ignorantes de aquellos oscuros años.
Nuestro historiador aficionado andaba ingeniándoselas para buscarse la vida aquí y allá, y donde surgía la oportunidad de embolsarse unos maravedíes hacía acto de presencia con una inmediatez prodigiosa, dispuesto a dejarse la vista sobre los papeles hasta la hora que se le exigiese, a la luz mortecina de un apestoso y humeante candil de sebo barato, en un dura e incómoda banqueta y en el interior de cualquier leonera sometida a las inclemencias meteorológicas.

sábado, 22 de mayo de 2010

Los esclavos 82r

Debemos situarnos ahora en aquellas bonancibles y serenas tardes de La Plaza de Santiago de mediados del siglo XVIII, cuando Juan de Vallecillos se informaba del pasado de nuestra Villa leyendo los viejos documentos que rescataba del desbarajuste que era el archivo depositado en la cárcel, según y como se cuenta en "El pueblo (IV) y (V)" —junio de 2008—. De entre los papeles que le proporcionaba el entonces Alguacil Juan Cosme Tovar formaba parte una colección de hojas meticulosamente numeradas y manuscritas con caligrafía redonda, limpia y regular, que habían resistido el paso de los años protegidas en el interior de un cofrecillo de espesa madera de nogal reforzado con esquineras de artístico bronce. Eran estas escrituras de las más preferidas por Vallecillos, por la coherencia de sus interesantes relatos así como por los visos de verosimilitud de emanaban de sus pulcras y niveladas líneas, con carácter casi de diario personal en muchos de sus párrafos, pergeñados en unos tiempos ya míticos y que se percibían como gloriosos para el país en general y para el pueblecito en particular. Formaban dichas narraciones en su conjunto algo así como una crónica, cuyo basamento principal estaba constituido por testimonios que su autor había recabado personalmente de gentes contemporáneas a los hechos que en ella se reflejaban. A veces se incluían descripciones topográficas, e incluso las físicas de los individuos de la época, al más puro estilo del de las autoridades de la Casa de la Contratación cuando plasmaban en sus certificaciones los aspectos de los viajeros a Indias.
Hay que hacer constar que cualquiera que coteje certificados del Archivo de Indias con manuscritos de la arquilla referidos a temas comunes no dudará de la objetividad de quien elaboró estos últimos.
El cual firmaba —artística rúbrica barroca— con un nombre que ya a las alturas del siglo de la Ilustración no decía nada a ningún castillejano: Salvador Perez. Pero desde su anonimato, el desconocido escriba se había convertido en algo así como historiador oficial de la Castilleja del Postdescubrimiento, al menos para el reducido grupo de la "intelligentsia" castillejana que lideraba Juan de Vallecillos.

En tiempos de la senectud del mercader Pedro de Cifontes, dicho Salvador Perez actuaba de auxiliar del escribano Miguel de las Casas. Lo hubo sido con su antecesor Juan Vizcaíno, y había presenciado, entre los demás testigos, amigos y familiares, el fallecimiento de Hernán Cortés. Quizá este hecho despertó en él un intenso afán por dejar para la posteridad constancia de lo que ocurría en el día a día de la población, o quizá sus aficiones de historiador le venían de antes, de su contacto cotidiano con documentos como tal amanuense que era. De una forma u otra, nuestro hombre encontraba siempre ratos libres que dedicar a entrevistarse con personas de experiencias y mundología, y extraía de sí fuerzas suplementarias tras la agotadora labor oficial redactando a las órdenes del correspondiente notario, para hilvanar folio tras folio las narraciones y relatos que con tanto interés recogía de boca a oído. Y entre sus informantes, como era de esperar, se encontraba un anciano Cifontes, reblandecido y tolerante ya por la edad, paternal y comprensivo con aquel muchacho inquisitivo, quien por otra parte le servía para tener la cabeza ocupada, reservándolo del vacío de las veladas interminables que lo asfixiaban hundido en su sillón frente al ventanal del salón de su hacienda en la Calle Real. También intuía el mercader que el ejercicio de memoria al que se sometía, tarde sí y tarde no, significaba una terapia envidiable, inalcanzable para muchos que, como él y en su misma tesitura, esperaban nada más y nada menos que la última llamada al otro mundo sintiendo como las nubes del olvido se enseñoreaban de sus conciencias irremisiblemente. Por todo lo cual el viejo tratante de cueros acogía con exquisita amabilidad a Salvador cuando, cargado con sus papeles y su recado de escribir para tomar unos primeros apuntes, se presentaba tímido y respetuoso llamando con suavidad al grueso aldabón de la puerta de la hacienda, e inclusive no tenía reparos en prestarle algún libro de su biblioteca, formada especialmente y como cabía suponer, con las obras de los historiadores del Nuevo Mundo, y encabezadas con la edición de Cromberger del año 1522 de las "Cartas de Relación" del Marqués de Oaxaca, su lectura habitual hasta que comenzóle a fallar la vista.
En voz baja, pausada, Pedro de Cifontes le contaba, ya exento de odio, su pleito con Sebastián Rodriguez Pavón, borrado de su espíritu cualquier vestigio de acritud o resentimiento.
Su memoria, pozo inagotable, le deparaba detalles que emergían insospechadamente, y que en la mayoría de los casos había que añadir a lo declarado en la velada anterior. Salvador nunca acababa de componer un capítulo de su historia sin que el anciano lo redondeara, corrigiera y completara en la siguiente sesión, como si al revivir su turbulento pasado dialogase en un desdoble intemporal con el personaje que había sido, en una íntima y sincera confesión que deparaba temas, giros y circunstancias en absoluto conocidas para el nuevo personaje que, recordando a instancias del joven escribano, ahora era. Parecía tener Salvador, por otra parte, un nombre premonitorio y fundado, en el sentido en que, con sus inquisiciones, salvaba del naufragio de la memoria del anciano aquellos hechos que de otra manera se habrían hundido para siempre en las profundidades ignotas de lo muerto y olvidado.
La crónica del cofrecillo abunda en detalles humanos, cálidos y palpitantes en lo que respecta a los pleitos entre los mercaderes de la nao "Santa María la Blanca", y por su conducto tenemos noticia de la apariencia personal de Pedro de Cifontes en la última etapa de su vida, retratado con todo detalle por la hábil pluma del entusiasmado memorialista. Usaba una perilla poblada, nívea, que junto al no menos blanco bigote armonizaba en forma y tonalidad con una faz mofletuda, inconsistente y descolorida, salpicada aquí y allá de oscuras e irregulares manchas marrones. En el límite delantero de su íntegra calva, bajo las cejas enmarañadas, sus ojos apagados, de pupilas celestes y escleróticas sanguinolentas, parecían acusar a quien quiera que vislumbraban de algún pecado, importante por lo indeterminado, produciendo en sus interlocutores cierto desasosiego hondo y desdibujado. Vestía de negro, tenuemente iluminado su atuendo con los fugaces reflejos de algún ribete de terciopelo verdioscuro. Apenas salía a la calle por entonces, y el carruaje que se hacía preparar para visitar su hacienda de Pero Mingo que el esclavo Antón desvalijó, dormía en un cobertizo del corral, funcionando de aposadero de gallinas y pavos. Mientras esperaba al auxiliar del escribano repantingado en su butacón encontraba cierto equilibrio espiritual en un loro, ave multicolor que protestaba chirriando continuamente de su encierro en una jaula colgada junto al ventanal con unos espeluznantes graznidos que era posible oír en gran parte de la Calle Real, que hacían volver la cabeza a los transeúntes, y que revivían en el anciano sus correrías por las selvas de Santa Marta estafando a los bienintencionados aborígenes.
Cumplidamente nos informa Salvador Perez del resto del proceso de Cifontes contra el "Maestre Matagatos".
Su universal heredera Juana Rodriguez en Sevilla el martes 26 de febrero de 1538 insistió una vez más en dar fianzas para el desembargo de los bienes, urgiendo a ello con el consabido argumento de la pérdida de la cosecha de uvas, al tiempo que Pedro de Cifontes se niega en redondo hasta que no se le paguen los ducados que decía debérsele; además apela a lo ya dictaminado, acusando a los apreciadores de la parte contraria de no ser personas sapientes de lo que se les había encargado. Juana, como pariente más próxima de Sebastián, quien murió sin hijos y abintestato (decían que ni siquiera se confesó), presenta testigos que certifican su vínculo familiar, entre los cuales hay un "rascador de ladrillos", Francisco Mejía, vecino en San Vicente que presenció el fallecimiento de su tío el albañil en el monasterio de Santa Clara.
El 5 de marzo los Jueces, a pesar de la oposición de Cifontes, ordenan alzar el embargo de los bienes de Sebastián Rodriguez Pavón, convirtiendo de esta manera a su sobrina en afortunada propietaria de una valiosa heredad en las apacibles orillas aznalcareñas del río Guadiamar.
Mas un resto de 50 ducados iba a seguir dandole quebraderos de cabeza, trabajo a su marido y tutor Diego Hernandez de Cantillana, y suculentos honorarios a los jueces y escribanos de la Casa de la Contratación que ya conocemos. Ahora Pedro, con un poder de su suegro Juan Caldera otorgado a él y a su propia mujer, Isabel Jiménez, el 18 de febrero de 1538 arrecia el ataque a la sobrina del albañil desde otro frente. Sebastián había dejado a deber un centenar de ducados a ciertos mercaderes indianos, y Juan Caldera le adelantó de ellos los dichos 50 que ahora pretendía recuperar Cifontes, iniciando otro pleito que se solapaba con el que ya hemos visto hasta el punto de que ha de solicitar aplazamientos para que le entreguen documentos originales que obran en el primero.
Este poder venía de antiguo, ya que fue concedido el 31 de octubre de 1531, mucho antes incluso del viaje de la "Santa María", pero su vigencia permanecía y nos demuestra que las relaciones entre suegro y yerno fueron inmejorables durante largo tiempo.
Juan Caldera especificó que los autorizaba para cobrar en general "todo lo que le deban en maravedíes, doblas, ducados, oro, plata, joyas, azúcar, cañafístula1 y mercaderías y otras cosas cualesquier que yo tuviera por contrataciones y compañías en cualquier nao o naos de las Indias, [...] y para que puedan tomar y recibir cuenta a Diego de Toledo, mercader hijo de Pedro de Toledo, platero vecino de esta dicha ciudad de todas las mercaderías y otras cosas que yo de cinco años a esta parte le he enviado a su poder a las dichas Indias, así en compañía como fuera de ella, como de las granjerías y aprovechamientos que el dicho Diego de Toledo ha ganado y ha habido así en la Isla de San Juan de Puerto Rico como en otras partes, de que me pertenece y he de haber la mitad de ello [...] y asimismo puedan tomar y recibir cuenta a Antonio de Escobar mi compañero, de todas las mercaderías que ha tratado por mí y por él en la dicha Isla de San Juan, conforme a una escritura que otorgamos ante Francisco de Castellanos, escribano público de Sevilla, [...] y para que puedan tomar y recibir cuenta a Antonio de Carmona, estante en la Isla de La Palma, de todo lo que cobró por mí de la nao de que era señor Francisco García, la cual dicha nao se perdió en la dicha Isla de La Palma [...].


1.- Es la cañafístula el árbol nacional de Tailandia, así como de Kerala (India), y procede de toda aquella región del sur de Asia. Utilizada por sus propiedades medicinales, ya aparece en los tratados de medicina ayurvédica, cuyas primeras manifestaciones literarias se remontan a 2.000-1.000 antes de Cristo, para aliviar los estreñimientos, reflujos de ácidos estomacales, fiebre y artritis, hemorragias y enfermedades de los nervios, etc. Al Nuevo Mundo llegó a través de los conquistadores españoles en el año 1.500.

martes, 18 de mayo de 2010

Los esclavos 82q

Pedro de Cifontes contesta sobre la cuenta de gastos en la nao, diciendo que no es auténtica ni está presentada en tiempo, porque el pleito está concluso; por lo tanto no se cree en la obligación de pagar lo que se le exige, e intenta poner sobre alerta a los Jueces de que la maniobra de su contrario es abrir un nuevo pleito, ahora contra él.
Por fin, el 11 de octubre, se llevaron los autos ante el Licenciado Castroverde, letrado de la Corte, para que emitiese su sentencia. Por la cual mandó a la parte de Sebastián que pagase a Cifontes lo contenido en su demanda, para cuya averiguación dispuso que cada uno nombrase contadores, y en 9 días presentasen las deducciones pertinentes. Álvaro de Baena nombró al mercader sevillano Alonso de León, y Antonio del Castillo al maestre Diego Sanchez Colchero. Mientras tanto, el 28 de noviembre vuelve a aparecer en escena Diego de Cantillana, marido de la heredera de Sebastián, pidiendo en nombre de su mujer un finiquito que Juan Caldera, en nombre de su yerno, había entregado a dicho Sebastián, y que obraba en otro pleito que Cifontes traía con su socio Bartolomé Lopez (el cual pleito estudiaremos seguidamente). Como se evidencia, Cifontes estaba moviendo cielos y tierra tras su aventura transoceánica, imaginamos que debido a que, como las cerezas en una cesta, unos pleitos eran consecuencia de otros, porque iban enredados entre ellos encadenadamente.
El finiquito en cuestión parece decisivo para inclinar la balanza definitivamente:

Sepan cuantos esta carta vieren como yo, Sebastián Rodriguez Pavón, Maestre del galeón nombrado Santa María la Blanca, que ahora está surta en el puerto de Cartagena de las Indias del mar Océano, señor de las dos tercias partes del dicho galeón, por mí de la una parte, y yo Juan Caldera, mercader vecino de la ciudad de Santo Domingo de la Isla Española, por mí y en nombre y voz de Pedro de Cifontes, mercader vecino de la ciudad de Sevilla, señores que somos de la otra tercia parte del dicho galeón, por mí y de la otra parte, otorgamos y conocemos la una parte de nos a la otra parte y la otra a la otra, y decimos que por cuanto el dicho galeón hizo su viaje desde la ciudad de Sevilla a este dicho puerto, en el cual dicho viaje el dicho navío ganó de flete de pasajeros y mercaderías y otras cosas que trajo a este puerto setecientos noventa y dos pesos de oro, los cuales ganó y le cupieron al dicho galeón horros de todas costas, de los cuales cupieron a mí el dicho Sebastián Rodriguez Pavón, como señor de las dichas dos tercias partes del dicho galeón quinientos veinte y ocho pesos de oro, y a mí el dicho Juan Caldera, por mí y en el dicho nombre, como señor de la otra tercia parte del dicho galeón, doscientos sesenta y cuatro pesos de oro, que montan los dichos setecientos noventa y dos pesos, los cuales hemos recibido cada una de nos las dichas partes lo que le pertenece según de suso se contiene, y son en nuestro poder, de que nos otorgamos por contentos y pagados a toda nuestra voluntad, y renunciamos que no podamos decir ni alegar que no los recibimos según dicho es, y si lo dijéremos o alegáremos que no nos valga, y sobre este caso renunciamos la excepción de la pecunia como en ella se contiene, y por esta carta otorgamos la una parte de nos a la otra y la otra a la otra que nos damos por libres y quitos en razón de cualesquier cuentas que sobre lo susodicho hayamos tenido hasta hoy, y porque hechas y fenecidas se averiguó lo susodicho, y prometemos y nos obligamos la una parte de nos a la otra y la otra a la otra de no nos hacer demandas ni mover pleitos en razón de lo susodicho, y si lo hiciéramos que no nos valga y más que paguemos en pena la una parte de nos a la otra y la otra a la otra cien mil maravedíes por nombre de interés convencional que en uno hacemos y ponemos con todas las costas y daños y menoscabos que sobre ello se le recibieren a cualquiera de nos las dichas partes, y la pena pagada o no, que lo susodicho valga y sea firme en todo y por todo, y por esta carta nos obligamos de nos entrar en paz y a salvo la una parte de nos a la otra y la otra a la otra de cualesquier pleitos que sobre lo susodicho nos fueren hechos y movidos so la dicha pena en esta carta contenida, y por esta carta damos y otorgamos poder cumplido a cualesquier jueces y justicias de cualquier fuero y jurisdicción que sean para que por todos los remedios y rigores del derecho nos compelan y apremien a lo así tener y guardar y cumplir según dicho es, so la dicha pena, sobre lo cual renunciamos cualesquier leyes, fueros y derechos que sean en nuestro favor, y en especial renunciamos la ley en que dice que general renunciación no valga, así como si lo susodicho fuese cosa juzgada y pasada en pleito por demanda y por respuesta y sobre ello fuese dada sentencia definitiva y quedase por nos las dichas partes consentida y pasada en cosa juzgada, y para lo así pagar y cumplir obligamos nuestras personas y bienes habidos y por haber, fecha fue esta carta en la dicha ciudad de Cartagena a veinte y cuatro días del mes de diciembre, año de Nuestro Salvador Jesucristo de mil quinientos treinta y cuatro años, y los dichos otorgantes lo firmaron de sus nombres en el Registro de esta carta, testigos que fueron presentes el Comendador Grajeda y Hernando de Cazalla y Luis de Cartagena, y yo, Hernando de Ávila, escribano público de esta ciudad de Cartagena por Su Majestad, presente fuí a lo que dicho es y lo escribí e hice aquí este mi signo en testimonio de verdad.

Le fue entregado a Juana Rodriguez en la Casa de la Contratación el 28 de noviembre de 1537, y el sábado 1º de diciembre lo presentó Antonio del Castillo, esta vez en nombre de la viuda del albañil, Leonor Ortiz; además añadió dos testimonios, uno de Rodrigo Durán, Contador de Su Majestad en la provincia de Cartagena, con fecha del 12 de enero de 1535, en el que confiesa haber recibido de Sebastián 100 ducados de oro que había prestado a los tres socios en Sevilla para fletes de los soldados que tenían que traer en la "Santa María"; y el otro con la misma fecha, de Juan Caldera, que dice que es verdad que no tomó en cuenta a Sebastián los dichos 100 ducados del Contador Durán.
Juana Rodriguez sigue tirando de documentos del pleito de Cifontes con Bartolomé Lopez, trasvasándolos en favor de aquél al suyo (o sea, al de su difunto tío, que ella se ve obligada a defender contra Cifontes), y ahora le toca a unas declaraciones de un marinero vecino de Ribadesella y estante en Sevilla en este año de 1537, un tal Pedro Hernández, de 28 ó 30 años de edad, quien viajó en la "Santa María" con el cargo de despensero y habla sobre el asunto del aceite que el trianero Francisco de Lugo vendió a los tres mercaderes*. Indirectamente nos enteramos que en el viaje de la nao a Cartagena iban incluidos 120 soldados, cifra que este despensero parece haber engordado exageradamente, dado que el total de pasajeros no parece haber sobrepasado la cifra de 130.
Ya en diciembre Alonso de León, el tercero nombrado por Cifontes, presenta su deducción, mas el otro contador no lo hace, por lo que el referido Pedro de Cifontes se queja, diciendo que intentan dilatar el pleito. Bajo pena de 10.000 maravedíes, Diego Sanchez Colchero por fin hace su cuenta, pero en vista de la falta de acuerdo entre los dos, los Jueces nombran un tercer contador de oficio, el Maestre Hernando Blas, quien juró el cargo el 15 de diciembre, como "persona hábil y suficiente y de conciencia para ello". Con todo lo cual entra el nuevo año de 1538, y en febrero de él el contador de oficio expresa su conformidad con el parecer de Diego Sanchez Colchero. Con estos apoyos Antonio del Castillo presenta su ultimátum, y a la vez vuelve a pedir el desembargo de los bienes de Sebastián y su entrega a los herederos, ofreciendo al efecto como fiador a Alonso Lopez Cordonero, "el cual es abonado a Vuestras Mercedes y pido lo manden recibir".
En el siguiente documento que aparece en los autos comprobamos que Juana Rodriguez empieza a adquirir protagonismo, acaso porque a su tía la viuda de Sebastián los años ya no le permiten bregar con escribanos y testificaciones. Juana ahora es representada por nuestro ya conocido Procurador Antonio del Castillo, y por su marido Diego Hernandez de Cantillana, quien además se ha convertido en su tutor, dado que ella es menor de edad. El escrito de referencia por el que su marido asume la tutoría nos indica que Juana era hija de Hernando Sanchez y de Catalina Rodriguez (con toda seguridad la herrmana de Sebastián), ya entonces difuntos, y que tenía 23 años poco más o menos,


* Por este joven despensero riosellano sabemos algún detalle de lo acontecido en el viaje de la "Santa María". En un trayecto en condiciones normales su labor hubiera consistido en desde repartir la comida a los embarcados hasta en enseñar a los grumetes a cantar las horas. Por la noche, cada media hora, se podía oír al muchacho a quien tocara la guardia recitando un sonsonete:

"Una va pasada
y en dos muele;
más molerá
si mi Dios querrá,
a mi Dios pidamos
que buen viaje hagamos;
y a la que es Madre de Dios y abogada nuestra,
que Dios nos libre de agua, de bomba y de tormenta".

Referíanse con la expresión "moler" al vaciado de la parte superior en la inferior en el reloj de arena o ampolleta, que medía una hora exacta en los utilizados en la mar.
La herramienta principal del despensero era el fogón, especie de caja metálica abierta por arriba y de fondo cubierto de arena donde se depositaba la leña, cuya combustión proporcionaba el calor necesario para guisar. Cuando los ingredientes (arroz, habas, garbanzos, carne, tocino, frutos secos) se estropeaban ponían en práctica una estratagema que consistía en servirlos de noche, cuando la oscuridad impedía a los engañados comensales detectar gusanos u otros animáculos en los platos. También el bizcocho, parte principal en la dieta transoceánica, solía agusanarse a pesar de ser cocido dos veces —de ahí su nombre— para que durase más. En estas frecuentes ocasiones se guisaban los restos con aceite, ajos y agua, y se servían amparándose igualmente en la oscuridad nocturna, al cual guiso llamábasele "mazamorra". Era el bizcocho ni más ni menos que pan o galleta sin levadura, elaborado con harina integral, y se embarcaba en cajas o barriles forrados de plancha de metal para protegerlo de la humedad. Ya hemos visto como en Sevilla muchas familias vivían de su fabricación y comercio. Su consumo se complementaba con vino, a veces en migado según el gusto de cada cual.
Poco antes de avistar la isla de La Gomera el de Ribadesella fue testigo de un hecho incalificable, que definía muy bien la personalidad del "Maestre" Sebastián: no acompañaba aquel día a la nao el viento y pasaban las horas sin avanzar, con las desesperantes velas como socarrones fantasmas de abiertos brazos, colgando lacias y desmayadas. Por añadidura el albañil había mantenido varias acaloradas discusiones a lo largo de la mañana. Reinaba en el barco un silencio tenso, cada cual centrado en su tarea sin levantar la vista de ella, y los ociosos, pescando o dándose un baño de vez en cuando, pero con el mismo talante y actitud de reserva y temor; y las mujeres en cerrado grupo miraban al horizonte, en busca de una tranquilidad y un sosiego que escaseaban a sus espaldas.
Sebastián daba bandazos por el puente como un oso, exhalando maldiciones en voz baja. Nadie osaba mirarlo, excepto uno de los gatos de a bordo que, sentado sobre una aduja de cabos, digería plácidamente varias cucarachas que había atrapado en la hedionda sentina. El encolerizado navegante, como sintiéndose insultado por cualquier forma de vida que manifestase indiferencia ante sus problemas, no lo dudó ni un instante, y al ganar la altura del inocente felino le propinó un amplio puntapié, ejecutado con todo el arco de su pierna. El animalito pareció transformarse, mientras describía volveretas por el aire quieto y transparente, en un trozo rígido de madera cuya única animación era un prolongado maullido preñado de sorpresa y miedo que rasgó ronco el espacio, y tras la trágica parábola cayó al agua azul, apenas rizada, desde la que braceó afanosamente mientras boqueaba entre trago y trago del salobre líquido, como si mantuviera puesta alguna esperanza en los seres que desde allá arriba en la borda contemplaban sus cada vez más inútiles esfuerzos. Hasta que se hundió irremisiblemente, acaso arrastrado a las profundidades bajo las mandíbulas de algún depredador submarino.
Un hecho tal, acontecido poco tiempo antes de tocar tierra en La Gomera, puede muy bien indicar que en efecto fue el albañil quien, presa del estado iracundo en el que se encontraba, expulsó del navío a su maestre legítimo, Martín Lopez Vizcaíno, propiciando con ello la tragedia denunciada por Pedro de Cifontes.

martes, 4 de mayo de 2010

Los esclavos 82p

—Adelante, adelante... Si no he dicho ninguna oposición... Si lo veo bien.
Quien así hablaba era un anciano ceniciento como el tronco de un olivo, casi borroso en un rincón de la taberna, donde la poca luz que llegaba tenía oscuros tintes verdes. Solo sus ojos aparecían nítidos como metal bruñido, lucecitas hundidas en una maraña de arrugas.
Asomado a la puerta, en la que cavilaba un racimo de heterogéneas caballerías que agitaban orejas y colas, había un joven alto y delgado, cargado de espaldas, oteando la extensión batida por las cambiantes brisas atlánticas. Pasó una bandada de anátidas, innumerables, hacia el oeste. El anciano tosió, y las dos o tres sombras que lo acompañaban, bebiendo vino en jarrillos de barro —tres recolectores de tagarnina, de edad mediana y de indumentarias astrosas—, enmudecieron reclinándose en los respaldares de sus sillas costilleras, como si el asentimiento y la autorización implícita del viejo hubiera zanjado en sus conciencias cualquier atisbo de temor. Al fin y al cabo, pertenecientes a una clase social definida que no poseía ni la sombra de los pinos, sólo podían contar con ellos mismos; otro visto bueno añadido suponía fuerza moral, apoyo y compromiso muy deseables si las cosas se torcieran.
El sol hacía rato que se hubo perdido hacia el océano, y una ala oscura, amplia y silenciosa, se abatía sobre el páramo y el caserío, sobrevolando la vega y el cabezo y refrescando el ambiente embalsamado de aroma de tomillo y poleo. La tabernera, una mujerona de edad indefinible, obesa de rostro abotagado y sucio aspecto, desplazó su voluminoso físico entre las mesas portando un candil encendido, que fue a colocar en la repisa polvorienta de una chimenea húmeda y lóbrega.
Hablaron de Sebastián Rodriguez Pavón los parroquianos, uno de los cuales tenía información fidedigna, proporcionada por una tía de su mujer, la cual había servido muchos años en la sevillana collación de San Vicente, en una casa frente a la del difunto demandado por Cifontes. Era el albañil Sebastián, según ella, hombre deshumanizado por el afán de riquezas materiales, avaro hasta el esperpento, miserable con todos los que tenían la desgracia de estar sometidos a su dominio, y especialmente iracundo; sus arrebatos y arrechuchos de cólera habían dado que hablar en toda la ciudad. Muchas noches vio su sueño roto la criada aznalcazeña por los gritos y porrazos de un Sebastián escandaloso, irascible y violento, que era capaz de sobresaltar en plena madrugada a todos los vecinos de la calle por cualquier insignificante nimiedad doméstica. También se le conocían múltiples aventuras de faldas, y esa fama fue corroborada por más de una jornalera cuando se convirtió en propietario agrícola en el pueblecito entre el Aljarafe y la Marisma.
—Bueno, contamos con Juan Martin, ¿no es así, compadres? —inquirió uno de los bebedores. Los demás contertulios asintieron con las cabezas. Juan* era hombre práctico y razonable, y el primer interesado en aprovechar una uvas que más pronto que tarde iban a pudrirse en las cepas, comidas por los insectos.

* Juan Martin es el empleado de Sebastián, su guarda en Los Molinos, a quien hemos conocido en el capítulo anterior. De su hermano Gonzalo Guillén, emigrado al Nuevo Mundo, el profesor Enrique Otte nos ofrece en "Cartas privadas de emigrantes a Indias, 1540-1616", algunas referencias. El 19 de julio de 1560 escribió Gonzalo desde el Perú a su madre Leonor Guillén, y, entre otros temas de asuntos familiares, dice: "Allá escribo a mi hermano Juan Martín que se venga a esta tierra, porque me será aprovechado, y no vivir en ésa, donde pasan tantos trabajos y miserias, según él me escribe. Y si así lo hace, no lo errará de tomar mi consejo y venir a tierra donde no hay hambre, y en poco tiempo los hombres que se quieren aplicar están ricos. Así que dígolo, porque, si tiene necesidad, como escribe, yo le favoreceré en todo lo que tuviere."
El hermano del guarda es viudo y está casado en Lima, asimismo con una viuda; tienen varios hijos. Los Guillén son una familia grande. En agosto del mismo año recibió Leonor en Aznalcázar otra carta de manos de un fraile regresado, por medio del cual su hijo le remite un tejuelo de oro de 16 quilates y dos granos, para que lo venda y reparta el dinero entre los allegados. Pide que le envíen a su hijo —el único que le queda a este lado del océano, de su primer matrimonio— en el navío que salga de inmediato, o con el referido fraile cuando vuelva, y reclama otra vez al guarda de Los Molinos, su hermano, para que se vaya con él. Y por fin solicita que le envíen 6 hoces de podar y, en una redomita pequeña, simiente de cohombrillo amargo.
En otra de sus cartas, escrita el 12 de marzo de 1560, cuenta que habían padecido en todo Perú una especie de pestilencia con romadizo y dolor de costado, de la que murió mucha gente, tanto españoles como negros e indios, y que el Arzobispo había mandado no tocar la campanilla al llevar los Santos Óleos por la calle, para no alarmar al vecindario, tantas eran las veces que procesionaban para auxiliar espiritualmente a los moribundos. En su casa todos cayeron malos y murió uno de los hijos del primer matrimonio de su mujer. Se queja además de que su hijo en Aznalcázar no se haya reunido todavía con él, y de no haber recibido las semillas de cohombrillo, y vuelve a ofrecer a su hermano Juan Martín apoyo para que emigre.
El 15 de abril de 1561 volvió a escribir, haciendo notar que llevaba 3 años sin recibir carta de nadie, por lo cual no sabía cómo estaban. Se refiere también a un hecho luctuoso: "No sé si allá saben cómo es muerta la hija de la Roldana de Sanlúcar, que la mató su marido. Y también se ha dicho que su marido es muerto, yéndose huyendo de esta ciudad para las Charcas. Dicen que se ahogó en un río, no sé si fue fama hecha. Dicen quedó un hijo suyo muchacho en casa de Alonso Castro, quien fue causa de su muerte de ella, porque en casa de éste la mató. Escríbolo porque tenía mucha conocencia con ella, y me decía que conocía a mi hermana Isabel Guillen". Y termina añadiendo que su mujer ha estado muy enferma, y que así ella como todos quieren volver a España, siquiera a morir.
Sabemos que, por fin, al hijo de Gonzalo se le concedió licencia para ir con su padre: Juan Martin, natural de Aznalcázar, soltero, hijo de Gonzalo Guillén y de Isabel Vázquez, al Perú, donde residía su padre. 12 febrero 1562 (Archivo General de Indias). Cuando le dieron la dicha licencia tenía 18 años, y para lograrla presentó las cartas de su padre reclamándole, y una de un hermanastro encabezada con un "Deseado hermano", llena de faltas de ortografía, en la que le recriminaba por no escribir, máxime "teniendo habilidad para hacerlo", y rogándole en su nombre y en el de "su señor padre" que hiciera el viaje, y que lo acompañara su tío Juan Martin (—nuestro guarda de Los Molinos—).


Volvemos al pleito de Pedro de Cifontes contra Sebastián Rodriguez Pavón. El lunes 25 de junio de 1537 el Procurador de éste, Antonio del Castillo presentó la cuenta de los fletes de pasajeros y mercancías que trasportaron en el galeón "Santa María la Blanca" con Sebastián de maestre. Se deducen los precios de las comidas que consumieron y de la ropa y mercancías que llevaban los pasajeros, y los gastos de pilotaje, incluyendo los viajes por las islas y costas caribeñas.
El 1 de octubre, Diego Hernandez de Cantillana, el marido de la heredera de Sebastián, —recuérdese, su sobrina Juana Rodriguez—, dice que los vinos embargados en la bodega de Aznalcázar se están dañando al paso de los días, y antes que se estropeen del todo, pide que los manden vender, que él mismo se encargará de hacerlo ante escribano. Otro sí dice que "porque las viñas están por vendimiar y muchas personas han hurtado la uva de ella me manden dar su mandamiento para que los Alcaldes de la Villa de Aznalcázar hagan pesquisa de los que han hurtado la uva y los que parecieren culpados los prendan y envíen ante Vuestras Mercedes y en razón de ello me hagan justicia, y lo mismo de los maravedíes que están embargados del dicho Pavón me den dineros para que la uva que queda se vendimie y no se acabe de perder, para lo cual pido justicia".
Tuvo suerte, ya que los Jueces accedieron, al menos a parte de sus postulaciones, de manera que los vinos fueron vendidos y las uvas recolectadas, frustrando las excursiones nocturnas de los hambrientos jornaleros que amparados por Juan Martin, guarda de Los Molinos en trance de emigración al Perú, una noche sí y otra no aligeraban las cepas de sus sabrosas cargas. Los parroquianos del tabernucho* tuvieron que volver a sus pasadas ocupaciones, rebuscando gurumelos entre los pinos para freír con ajo y huevos, y arrancando tagarnina de los ribazos para aderezar guisos de garbanzos.
No sabemos si la autoridad aznalcaceña incoó autos contra los ladrones.

* En semejante antro, 200 años después, Pedro Casasnovas vengó la afrenta que unos caballistas infringieron a su novia. Ver "El pueblo (VII)", entrada de junio de 2008.

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