martes, 4 de mayo de 2010

Los esclavos 82p

—Adelante, adelante... Si no he dicho ninguna oposición... Si lo veo bien.
Quien así hablaba era un anciano ceniciento como el tronco de un olivo, casi borroso en un rincón de la taberna, donde la poca luz que llegaba tenía oscuros tintes verdes. Solo sus ojos aparecían nítidos como metal bruñido, lucecitas hundidas en una maraña de arrugas.
Asomado a la puerta, en la que cavilaba un racimo de heterogéneas caballerías que agitaban orejas y colas, había un joven alto y delgado, cargado de espaldas, oteando la extensión batida por las cambiantes brisas atlánticas. Pasó una bandada de anátidas, innumerables, hacia el oeste. El anciano tosió, y las dos o tres sombras que lo acompañaban, bebiendo vino en jarrillos de barro —tres recolectores de tagarnina, de edad mediana y de indumentarias astrosas—, enmudecieron reclinándose en los respaldares de sus sillas costilleras, como si el asentimiento y la autorización implícita del viejo hubiera zanjado en sus conciencias cualquier atisbo de temor. Al fin y al cabo, pertenecientes a una clase social definida que no poseía ni la sombra de los pinos, sólo podían contar con ellos mismos; otro visto bueno añadido suponía fuerza moral, apoyo y compromiso muy deseables si las cosas se torcieran.
El sol hacía rato que se hubo perdido hacia el océano, y una ala oscura, amplia y silenciosa, se abatía sobre el páramo y el caserío, sobrevolando la vega y el cabezo y refrescando el ambiente embalsamado de aroma de tomillo y poleo. La tabernera, una mujerona de edad indefinible, obesa de rostro abotagado y sucio aspecto, desplazó su voluminoso físico entre las mesas portando un candil encendido, que fue a colocar en la repisa polvorienta de una chimenea húmeda y lóbrega.
Hablaron de Sebastián Rodriguez Pavón los parroquianos, uno de los cuales tenía información fidedigna, proporcionada por una tía de su mujer, la cual había servido muchos años en la sevillana collación de San Vicente, en una casa frente a la del difunto demandado por Cifontes. Era el albañil Sebastián, según ella, hombre deshumanizado por el afán de riquezas materiales, avaro hasta el esperpento, miserable con todos los que tenían la desgracia de estar sometidos a su dominio, y especialmente iracundo; sus arrebatos y arrechuchos de cólera habían dado que hablar en toda la ciudad. Muchas noches vio su sueño roto la criada aznalcazeña por los gritos y porrazos de un Sebastián escandaloso, irascible y violento, que era capaz de sobresaltar en plena madrugada a todos los vecinos de la calle por cualquier insignificante nimiedad doméstica. También se le conocían múltiples aventuras de faldas, y esa fama fue corroborada por más de una jornalera cuando se convirtió en propietario agrícola en el pueblecito entre el Aljarafe y la Marisma.
—Bueno, contamos con Juan Martin, ¿no es así, compadres? —inquirió uno de los bebedores. Los demás contertulios asintieron con las cabezas. Juan* era hombre práctico y razonable, y el primer interesado en aprovechar una uvas que más pronto que tarde iban a pudrirse en las cepas, comidas por los insectos.

* Juan Martin es el empleado de Sebastián, su guarda en Los Molinos, a quien hemos conocido en el capítulo anterior. De su hermano Gonzalo Guillén, emigrado al Nuevo Mundo, el profesor Enrique Otte nos ofrece en "Cartas privadas de emigrantes a Indias, 1540-1616", algunas referencias. El 19 de julio de 1560 escribió Gonzalo desde el Perú a su madre Leonor Guillén, y, entre otros temas de asuntos familiares, dice: "Allá escribo a mi hermano Juan Martín que se venga a esta tierra, porque me será aprovechado, y no vivir en ésa, donde pasan tantos trabajos y miserias, según él me escribe. Y si así lo hace, no lo errará de tomar mi consejo y venir a tierra donde no hay hambre, y en poco tiempo los hombres que se quieren aplicar están ricos. Así que dígolo, porque, si tiene necesidad, como escribe, yo le favoreceré en todo lo que tuviere."
El hermano del guarda es viudo y está casado en Lima, asimismo con una viuda; tienen varios hijos. Los Guillén son una familia grande. En agosto del mismo año recibió Leonor en Aznalcázar otra carta de manos de un fraile regresado, por medio del cual su hijo le remite un tejuelo de oro de 16 quilates y dos granos, para que lo venda y reparta el dinero entre los allegados. Pide que le envíen a su hijo —el único que le queda a este lado del océano, de su primer matrimonio— en el navío que salga de inmediato, o con el referido fraile cuando vuelva, y reclama otra vez al guarda de Los Molinos, su hermano, para que se vaya con él. Y por fin solicita que le envíen 6 hoces de podar y, en una redomita pequeña, simiente de cohombrillo amargo.
En otra de sus cartas, escrita el 12 de marzo de 1560, cuenta que habían padecido en todo Perú una especie de pestilencia con romadizo y dolor de costado, de la que murió mucha gente, tanto españoles como negros e indios, y que el Arzobispo había mandado no tocar la campanilla al llevar los Santos Óleos por la calle, para no alarmar al vecindario, tantas eran las veces que procesionaban para auxiliar espiritualmente a los moribundos. En su casa todos cayeron malos y murió uno de los hijos del primer matrimonio de su mujer. Se queja además de que su hijo en Aznalcázar no se haya reunido todavía con él, y de no haber recibido las semillas de cohombrillo, y vuelve a ofrecer a su hermano Juan Martín apoyo para que emigre.
El 15 de abril de 1561 volvió a escribir, haciendo notar que llevaba 3 años sin recibir carta de nadie, por lo cual no sabía cómo estaban. Se refiere también a un hecho luctuoso: "No sé si allá saben cómo es muerta la hija de la Roldana de Sanlúcar, que la mató su marido. Y también se ha dicho que su marido es muerto, yéndose huyendo de esta ciudad para las Charcas. Dicen que se ahogó en un río, no sé si fue fama hecha. Dicen quedó un hijo suyo muchacho en casa de Alonso Castro, quien fue causa de su muerte de ella, porque en casa de éste la mató. Escríbolo porque tenía mucha conocencia con ella, y me decía que conocía a mi hermana Isabel Guillen". Y termina añadiendo que su mujer ha estado muy enferma, y que así ella como todos quieren volver a España, siquiera a morir.
Sabemos que, por fin, al hijo de Gonzalo se le concedió licencia para ir con su padre: Juan Martin, natural de Aznalcázar, soltero, hijo de Gonzalo Guillén y de Isabel Vázquez, al Perú, donde residía su padre. 12 febrero 1562 (Archivo General de Indias). Cuando le dieron la dicha licencia tenía 18 años, y para lograrla presentó las cartas de su padre reclamándole, y una de un hermanastro encabezada con un "Deseado hermano", llena de faltas de ortografía, en la que le recriminaba por no escribir, máxime "teniendo habilidad para hacerlo", y rogándole en su nombre y en el de "su señor padre" que hiciera el viaje, y que lo acompañara su tío Juan Martin (—nuestro guarda de Los Molinos—).


Volvemos al pleito de Pedro de Cifontes contra Sebastián Rodriguez Pavón. El lunes 25 de junio de 1537 el Procurador de éste, Antonio del Castillo presentó la cuenta de los fletes de pasajeros y mercancías que trasportaron en el galeón "Santa María la Blanca" con Sebastián de maestre. Se deducen los precios de las comidas que consumieron y de la ropa y mercancías que llevaban los pasajeros, y los gastos de pilotaje, incluyendo los viajes por las islas y costas caribeñas.
El 1 de octubre, Diego Hernandez de Cantillana, el marido de la heredera de Sebastián, —recuérdese, su sobrina Juana Rodriguez—, dice que los vinos embargados en la bodega de Aznalcázar se están dañando al paso de los días, y antes que se estropeen del todo, pide que los manden vender, que él mismo se encargará de hacerlo ante escribano. Otro sí dice que "porque las viñas están por vendimiar y muchas personas han hurtado la uva de ella me manden dar su mandamiento para que los Alcaldes de la Villa de Aznalcázar hagan pesquisa de los que han hurtado la uva y los que parecieren culpados los prendan y envíen ante Vuestras Mercedes y en razón de ello me hagan justicia, y lo mismo de los maravedíes que están embargados del dicho Pavón me den dineros para que la uva que queda se vendimie y no se acabe de perder, para lo cual pido justicia".
Tuvo suerte, ya que los Jueces accedieron, al menos a parte de sus postulaciones, de manera que los vinos fueron vendidos y las uvas recolectadas, frustrando las excursiones nocturnas de los hambrientos jornaleros que amparados por Juan Martin, guarda de Los Molinos en trance de emigración al Perú, una noche sí y otra no aligeraban las cepas de sus sabrosas cargas. Los parroquianos del tabernucho* tuvieron que volver a sus pasadas ocupaciones, rebuscando gurumelos entre los pinos para freír con ajo y huevos, y arrancando tagarnina de los ribazos para aderezar guisos de garbanzos.
No sabemos si la autoridad aznalcaceña incoó autos contra los ladrones.

* En semejante antro, 200 años después, Pedro Casasnovas vengó la afrenta que unos caballistas infringieron a su novia. Ver "El pueblo (VII)", entrada de junio de 2008.

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