martes, 18 de mayo de 2010

Los esclavos 82q

Pedro de Cifontes contesta sobre la cuenta de gastos en la nao, diciendo que no es auténtica ni está presentada en tiempo, porque el pleito está concluso; por lo tanto no se cree en la obligación de pagar lo que se le exige, e intenta poner sobre alerta a los Jueces de que la maniobra de su contrario es abrir un nuevo pleito, ahora contra él.
Por fin, el 11 de octubre, se llevaron los autos ante el Licenciado Castroverde, letrado de la Corte, para que emitiese su sentencia. Por la cual mandó a la parte de Sebastián que pagase a Cifontes lo contenido en su demanda, para cuya averiguación dispuso que cada uno nombrase contadores, y en 9 días presentasen las deducciones pertinentes. Álvaro de Baena nombró al mercader sevillano Alonso de León, y Antonio del Castillo al maestre Diego Sanchez Colchero. Mientras tanto, el 28 de noviembre vuelve a aparecer en escena Diego de Cantillana, marido de la heredera de Sebastián, pidiendo en nombre de su mujer un finiquito que Juan Caldera, en nombre de su yerno, había entregado a dicho Sebastián, y que obraba en otro pleito que Cifontes traía con su socio Bartolomé Lopez (el cual pleito estudiaremos seguidamente). Como se evidencia, Cifontes estaba moviendo cielos y tierra tras su aventura transoceánica, imaginamos que debido a que, como las cerezas en una cesta, unos pleitos eran consecuencia de otros, porque iban enredados entre ellos encadenadamente.
El finiquito en cuestión parece decisivo para inclinar la balanza definitivamente:

Sepan cuantos esta carta vieren como yo, Sebastián Rodriguez Pavón, Maestre del galeón nombrado Santa María la Blanca, que ahora está surta en el puerto de Cartagena de las Indias del mar Océano, señor de las dos tercias partes del dicho galeón, por mí de la una parte, y yo Juan Caldera, mercader vecino de la ciudad de Santo Domingo de la Isla Española, por mí y en nombre y voz de Pedro de Cifontes, mercader vecino de la ciudad de Sevilla, señores que somos de la otra tercia parte del dicho galeón, por mí y de la otra parte, otorgamos y conocemos la una parte de nos a la otra parte y la otra a la otra, y decimos que por cuanto el dicho galeón hizo su viaje desde la ciudad de Sevilla a este dicho puerto, en el cual dicho viaje el dicho navío ganó de flete de pasajeros y mercaderías y otras cosas que trajo a este puerto setecientos noventa y dos pesos de oro, los cuales ganó y le cupieron al dicho galeón horros de todas costas, de los cuales cupieron a mí el dicho Sebastián Rodriguez Pavón, como señor de las dichas dos tercias partes del dicho galeón quinientos veinte y ocho pesos de oro, y a mí el dicho Juan Caldera, por mí y en el dicho nombre, como señor de la otra tercia parte del dicho galeón, doscientos sesenta y cuatro pesos de oro, que montan los dichos setecientos noventa y dos pesos, los cuales hemos recibido cada una de nos las dichas partes lo que le pertenece según de suso se contiene, y son en nuestro poder, de que nos otorgamos por contentos y pagados a toda nuestra voluntad, y renunciamos que no podamos decir ni alegar que no los recibimos según dicho es, y si lo dijéremos o alegáremos que no nos valga, y sobre este caso renunciamos la excepción de la pecunia como en ella se contiene, y por esta carta otorgamos la una parte de nos a la otra y la otra a la otra que nos damos por libres y quitos en razón de cualesquier cuentas que sobre lo susodicho hayamos tenido hasta hoy, y porque hechas y fenecidas se averiguó lo susodicho, y prometemos y nos obligamos la una parte de nos a la otra y la otra a la otra de no nos hacer demandas ni mover pleitos en razón de lo susodicho, y si lo hiciéramos que no nos valga y más que paguemos en pena la una parte de nos a la otra y la otra a la otra cien mil maravedíes por nombre de interés convencional que en uno hacemos y ponemos con todas las costas y daños y menoscabos que sobre ello se le recibieren a cualquiera de nos las dichas partes, y la pena pagada o no, que lo susodicho valga y sea firme en todo y por todo, y por esta carta nos obligamos de nos entrar en paz y a salvo la una parte de nos a la otra y la otra a la otra de cualesquier pleitos que sobre lo susodicho nos fueren hechos y movidos so la dicha pena en esta carta contenida, y por esta carta damos y otorgamos poder cumplido a cualesquier jueces y justicias de cualquier fuero y jurisdicción que sean para que por todos los remedios y rigores del derecho nos compelan y apremien a lo así tener y guardar y cumplir según dicho es, so la dicha pena, sobre lo cual renunciamos cualesquier leyes, fueros y derechos que sean en nuestro favor, y en especial renunciamos la ley en que dice que general renunciación no valga, así como si lo susodicho fuese cosa juzgada y pasada en pleito por demanda y por respuesta y sobre ello fuese dada sentencia definitiva y quedase por nos las dichas partes consentida y pasada en cosa juzgada, y para lo así pagar y cumplir obligamos nuestras personas y bienes habidos y por haber, fecha fue esta carta en la dicha ciudad de Cartagena a veinte y cuatro días del mes de diciembre, año de Nuestro Salvador Jesucristo de mil quinientos treinta y cuatro años, y los dichos otorgantes lo firmaron de sus nombres en el Registro de esta carta, testigos que fueron presentes el Comendador Grajeda y Hernando de Cazalla y Luis de Cartagena, y yo, Hernando de Ávila, escribano público de esta ciudad de Cartagena por Su Majestad, presente fuí a lo que dicho es y lo escribí e hice aquí este mi signo en testimonio de verdad.

Le fue entregado a Juana Rodriguez en la Casa de la Contratación el 28 de noviembre de 1537, y el sábado 1º de diciembre lo presentó Antonio del Castillo, esta vez en nombre de la viuda del albañil, Leonor Ortiz; además añadió dos testimonios, uno de Rodrigo Durán, Contador de Su Majestad en la provincia de Cartagena, con fecha del 12 de enero de 1535, en el que confiesa haber recibido de Sebastián 100 ducados de oro que había prestado a los tres socios en Sevilla para fletes de los soldados que tenían que traer en la "Santa María"; y el otro con la misma fecha, de Juan Caldera, que dice que es verdad que no tomó en cuenta a Sebastián los dichos 100 ducados del Contador Durán.
Juana Rodriguez sigue tirando de documentos del pleito de Cifontes con Bartolomé Lopez, trasvasándolos en favor de aquél al suyo (o sea, al de su difunto tío, que ella se ve obligada a defender contra Cifontes), y ahora le toca a unas declaraciones de un marinero vecino de Ribadesella y estante en Sevilla en este año de 1537, un tal Pedro Hernández, de 28 ó 30 años de edad, quien viajó en la "Santa María" con el cargo de despensero y habla sobre el asunto del aceite que el trianero Francisco de Lugo vendió a los tres mercaderes*. Indirectamente nos enteramos que en el viaje de la nao a Cartagena iban incluidos 120 soldados, cifra que este despensero parece haber engordado exageradamente, dado que el total de pasajeros no parece haber sobrepasado la cifra de 130.
Ya en diciembre Alonso de León, el tercero nombrado por Cifontes, presenta su deducción, mas el otro contador no lo hace, por lo que el referido Pedro de Cifontes se queja, diciendo que intentan dilatar el pleito. Bajo pena de 10.000 maravedíes, Diego Sanchez Colchero por fin hace su cuenta, pero en vista de la falta de acuerdo entre los dos, los Jueces nombran un tercer contador de oficio, el Maestre Hernando Blas, quien juró el cargo el 15 de diciembre, como "persona hábil y suficiente y de conciencia para ello". Con todo lo cual entra el nuevo año de 1538, y en febrero de él el contador de oficio expresa su conformidad con el parecer de Diego Sanchez Colchero. Con estos apoyos Antonio del Castillo presenta su ultimátum, y a la vez vuelve a pedir el desembargo de los bienes de Sebastián y su entrega a los herederos, ofreciendo al efecto como fiador a Alonso Lopez Cordonero, "el cual es abonado a Vuestras Mercedes y pido lo manden recibir".
En el siguiente documento que aparece en los autos comprobamos que Juana Rodriguez empieza a adquirir protagonismo, acaso porque a su tía la viuda de Sebastián los años ya no le permiten bregar con escribanos y testificaciones. Juana ahora es representada por nuestro ya conocido Procurador Antonio del Castillo, y por su marido Diego Hernandez de Cantillana, quien además se ha convertido en su tutor, dado que ella es menor de edad. El escrito de referencia por el que su marido asume la tutoría nos indica que Juana era hija de Hernando Sanchez y de Catalina Rodriguez (con toda seguridad la herrmana de Sebastián), ya entonces difuntos, y que tenía 23 años poco más o menos,


* Por este joven despensero riosellano sabemos algún detalle de lo acontecido en el viaje de la "Santa María". En un trayecto en condiciones normales su labor hubiera consistido en desde repartir la comida a los embarcados hasta en enseñar a los grumetes a cantar las horas. Por la noche, cada media hora, se podía oír al muchacho a quien tocara la guardia recitando un sonsonete:

"Una va pasada
y en dos muele;
más molerá
si mi Dios querrá,
a mi Dios pidamos
que buen viaje hagamos;
y a la que es Madre de Dios y abogada nuestra,
que Dios nos libre de agua, de bomba y de tormenta".

Referíanse con la expresión "moler" al vaciado de la parte superior en la inferior en el reloj de arena o ampolleta, que medía una hora exacta en los utilizados en la mar.
La herramienta principal del despensero era el fogón, especie de caja metálica abierta por arriba y de fondo cubierto de arena donde se depositaba la leña, cuya combustión proporcionaba el calor necesario para guisar. Cuando los ingredientes (arroz, habas, garbanzos, carne, tocino, frutos secos) se estropeaban ponían en práctica una estratagema que consistía en servirlos de noche, cuando la oscuridad impedía a los engañados comensales detectar gusanos u otros animáculos en los platos. También el bizcocho, parte principal en la dieta transoceánica, solía agusanarse a pesar de ser cocido dos veces —de ahí su nombre— para que durase más. En estas frecuentes ocasiones se guisaban los restos con aceite, ajos y agua, y se servían amparándose igualmente en la oscuridad nocturna, al cual guiso llamábasele "mazamorra". Era el bizcocho ni más ni menos que pan o galleta sin levadura, elaborado con harina integral, y se embarcaba en cajas o barriles forrados de plancha de metal para protegerlo de la humedad. Ya hemos visto como en Sevilla muchas familias vivían de su fabricación y comercio. Su consumo se complementaba con vino, a veces en migado según el gusto de cada cual.
Poco antes de avistar la isla de La Gomera el de Ribadesella fue testigo de un hecho incalificable, que definía muy bien la personalidad del "Maestre" Sebastián: no acompañaba aquel día a la nao el viento y pasaban las horas sin avanzar, con las desesperantes velas como socarrones fantasmas de abiertos brazos, colgando lacias y desmayadas. Por añadidura el albañil había mantenido varias acaloradas discusiones a lo largo de la mañana. Reinaba en el barco un silencio tenso, cada cual centrado en su tarea sin levantar la vista de ella, y los ociosos, pescando o dándose un baño de vez en cuando, pero con el mismo talante y actitud de reserva y temor; y las mujeres en cerrado grupo miraban al horizonte, en busca de una tranquilidad y un sosiego que escaseaban a sus espaldas.
Sebastián daba bandazos por el puente como un oso, exhalando maldiciones en voz baja. Nadie osaba mirarlo, excepto uno de los gatos de a bordo que, sentado sobre una aduja de cabos, digería plácidamente varias cucarachas que había atrapado en la hedionda sentina. El encolerizado navegante, como sintiéndose insultado por cualquier forma de vida que manifestase indiferencia ante sus problemas, no lo dudó ni un instante, y al ganar la altura del inocente felino le propinó un amplio puntapié, ejecutado con todo el arco de su pierna. El animalito pareció transformarse, mientras describía volveretas por el aire quieto y transparente, en un trozo rígido de madera cuya única animación era un prolongado maullido preñado de sorpresa y miedo que rasgó ronco el espacio, y tras la trágica parábola cayó al agua azul, apenas rizada, desde la que braceó afanosamente mientras boqueaba entre trago y trago del salobre líquido, como si mantuviera puesta alguna esperanza en los seres que desde allá arriba en la borda contemplaban sus cada vez más inútiles esfuerzos. Hasta que se hundió irremisiblemente, acaso arrastrado a las profundidades bajo las mandíbulas de algún depredador submarino.
Un hecho tal, acontecido poco tiempo antes de tocar tierra en La Gomera, puede muy bien indicar que en efecto fue el albañil quien, presa del estado iracundo en el que se encontraba, expulsó del navío a su maestre legítimo, Martín Lopez Vizcaíno, propiciando con ello la tragedia denunciada por Pedro de Cifontes.

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