martes, 29 de junio de 2010

Los esclavos 82v

Pero oigamos también lo que dice sobre el temible gobernador un escritor escocés que, además de conocer en detalle y profundidad la Colombia de principios del siglo XX estudió con gran detenimiento su historia. Hablamos de Robert B. Cunninghame Graham (1852-1936), hombre de arraigadas convicciones socialistas, que visitó desplazándose a caballo la zona de nuestro interés, la costa norte colombiana, para promover nuevos métodos de explotación ganadera, y recogió material con el que elaboró una narración titulada "Cartagena and the banks of the Sinú" (primera edición en Londres en 1920), cuyos comienzos están dedicados casi exclusivamente a la vida y hazañas de don Pedro de Heredia, tratándolas con grandes dotes de escritor y con la característica ironía británica. Nuestras citas proceden de la edición de 2010 en castellano (Espuela de Plata y Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, traducción de Victoria León).
Data el escocés la fundación de la ciudad por Heredia en 1533 y dice, en referencia a su fuente principal, el Bachiller Martín Fernandez de Enciso, que fue quien hizo la primera alusión al Sinú, o Cenu, como escribía, expresando que estaba separado de Cartagena por 20 leguas.
Entonces la desembocadura del Sinú (hoy bahía y puerto de Cispata), era un centro de producción de sal, la cual usaban los indios como moneda. Cunninghame considera mayor autoridad en temas colombianos, además de al dicho Enciso, al Padre Simón, autor de "Conquista de Tierra Firme", Bogotá, 1892, y en él se basa también para elaborar la parte histórica de su propia narración. Sobre Enciso apunta: "Aunque simples, las observaciones de Enciso producen una impresión de verdad y honestidad que les confiere un valor incalculable para todo el que pretenda estudiar una región como la del Sinú, sobre la que tan poco se ha escrito en tiempos modernos".
En otro párrafo de "Cartagena and the banks..." nos enlaza muy directamente con Pedro de Cifontes: "Heredia poseía ya entonces [cuando desembarcó en Cartagena el 14 de enero de 1533 procedente de Cádiz, para hacerse cargo de la gobernación] una notable experiencia del Nuevo Mundo; como teniente de Vadillo, gobernador de Santa Marta, había participado en cada una de sus expediciones y había acompañado a su teniente Palamino (sic) en la última de ellas. En el transcurso de aquella última expedición el caballo de Palamino se sumergió repentinamente bajo las aguas cuando cruzaban un río y desapareció con su jinete. Poco tiempo después, el caballo reapareció y nadó hasta la orilla, pero nadie volvió a ver jamás a Palamino ni vivo ni muerto". Este Palamino es Rodrigo Álvarez Palomino, el cual se repartía los tesoros de los aborígenes con Pedro de Cifontes, según se documenta en "Los esclavos 82e" —febrero de 2010— y "Los esclavos 82i" —marzo de 2010—, donde comentamos superficialmente acerca de su muerte. Gracias a la "Historia de Montería" del historiador francés Jaime Exbrayat Boncompain (1892-1967), citado en el artículo de Wikipedia "Río Sinú", podemos conocer más detalles del misterioso acaecimiento:

1542. Heredia Palomino1, posteriormente a las expediciones de los dos hermanos Pedro y Alonso de Heredia2 [...] se dio a la dificilícima tarea de remontar y explorar el río [...] quiso hacerlo en su caballo Matamoros, pero con tan mala suerte que por alguna razón que nosotros ignoramos, y habiéndose ladeado la montura, quedó el jinete a merced de la corriente y se ahogó [...].

1.- También, como Cunninghame, yerra Exbrayat con el nombre de expedicionario.

2.- En efecto, a Pedro de Heredia lo acompañaba en sus aventuras ultramarinas su hermano Alonso, quien llegaría a ser uno de los conquistadores de Guatemala.


Y, prosiguiendo con las deliciosas páginas del escocés caballista, sabemos por ellas de un Pedro de Heredia que, tras afianzar la fundación de Cartagena en base a una alternancia vertiginosa de batallas y avenencias con las tribus indias, se dedicó con sus compinches a buscar enfebrecidamente el oro de la comarca, informado de que existía en abundancia sobre todo en los túmulos y enterramientos de caciques, cuyos cadáveres yacían forrados de planchas del codiciado metal y rodeados de multitud de objetos fundidos con el mismo material. Para todo ello no dudaba el gobernador desnarigado en recurrir, cuando sus argumentos engañosos y sus promesas falsas o sus amenazas no surtían efecto entre la población autóctona, a las más inhumanas y salvajes masacres. Fue durante esta época de depredación y saqueo cuando requisó el navío de los tres mercaderes sevillanos, para transportar los caballos que facilitarían la exploración del Sinú hasta sus fuentes en la provincia de Antioquía y el descubrimiento de las innumerables riquezas que ocultaban sus gazofilacios y escondrijos. Confiscar ídolos de oro so pretexto de aniquilar las herejías contrarias a la fé católica no pareció dar buen resultado, según interpreta Cunninghame —creemos que con pleno acierto y, desde luego, con enorme "gracia" británica—, y así:

"Todo habría ido bien de no haberse vuelto cada vez menos generoso con sus soldados. Pues llegó un momento en que todos y cada uno de aquellos hombres, de fe no menos fervorosa que la de su capitán, y tan deseosos de amasar fortuna como él, tomaron como intolerable blasfemia que se les escamotearan sus ganancias. Era aquel un pecado contra su Espíritu Santo que nunca habrían podido perdonar, y entonces surgió una facción que más tarde lo llevaría a la cárcel y a la larga lo obligaría a emprender el viaje de regreso a España para suplicar ante el rey. Viaje en cuyo transcurso moriría de modo miserable durante un naufragio."

Dice que tan nefasta fue para la región la llegada de aquellas bestias de rapiña que se formó un proverbio del todo esclarecedor: " Mal día fue para el Perú cuando descubrieron el Sinú". Pero no sólo fue para los indígenas símbolo de derrota y pérdida, sino que constituyó para Pedro de Cifontes, asociado el lugar intrínsecamente al destrozo de su amado navío, una de las frustraciones más importantes de las muchas que acompañaban sus recuerdos en Castilleja, que ahora emergían ante el escribano Salvador Pérez. El Sinú en su mente tenía un carácter triste y desolado, casi mortuorio, de vacío y destrucción, pues a causa de su oro maldito aquella proyección de su hogar, de su existencia y de sí mismo que era la "Santa María" vino irremisiblemente a menos, y con ello toda la empresa en la que tanta ilusión había depositado.
Cunninghame cita una vez más al Padre Simón refiriendo que éste decía "que todos los espoliadores de aquellos sepulcros indios tuvieron un trágico final. "Inescrutables son los designios de Dios", escribe. "Todos aquellos que violaron los sepulcros, pues no por ser estos tumbas de idólatras dejaban de ser sagrados [...] acabaron sus días en la más extrema pobreza en hospitales y nunca heredaron sus hijos las grandes fortunas que llegaron a amasar."
Y no puede uno por menos que traer a colación la moderna "maldición de Tutankamón", aunque ya en nuestro siglo XXI en la National Geographic se formula la pregunta: Egypt´s "King Tut Curse" Caused by Tomb Toxins?

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