sábado, 3 de julio de 2010

Los esclavos 82x

Susanne Katherina Langer (1895-1985) con su obra "Philosophy in a New Key" quizá nos proporcione la posibilidad de adentrarnos en la mente de Pedro de Cifontes —o en algún aspecto de ella, que cada hombre es un mundo— mientras recordaba sus peripecias transoceánicas en su hacienda alixareña. Esta pensadora especializada en simbolismo filosófico mantendría que el problema atinente a Cifontes como "hombre-objeto de conocimiento" estriba en el concepto medular de simbolización, en cuanto que, más que su memoria, lo que caracterizaría al viejo mercader de cueros tendría que ver con su capacidad —propia del género humano— de tratar las cosas como símbolos. El suelo de esta teoría lo elaboró Ernst Cassirer (1874-1945), expresándolo en "Philosophie der symbolischen Formen". Cuando Cassirer se pregunta ¿qué es el hombre? encuentra respuesta no en lo material ni en lo metafísico, sino en las obras, en las actividades lingüísticas, artísticas, religiosas, mitificadoras o científicas que delimitan el "horizonte humano".
En la entrada "barco" de su Diccionario de Símbolos dice Juan-Eduardo Cirlot que "fue objeto de culto en Mesopotamia, Egipto, Creta y Escandinavia principalmente. Asociado al viaje del sol por el cielo y al "viaje nocturno por el mar" y también a otras deidades y a los espíritus de los muertos. La palabra "Carnaval" (Carrus navalis)1 se refiere a una procesión de navíos. En la Antigüedad existió la costumbre de pasear a los barcos. En la "Gesta abbatum Trudonensium" se dice que en 1133 un labrador de Indem mandó construir en un bosque cercano un barco que andaba con ruedas y al cual hizo recorrer parte del país. Por los sitios donde pasaba había fiestas y júbilo (objeto desplazado como la locomotora en el bosque de Breton). Como el carro o la casa, símbolo del cuerpo o "vehículo" de la existencia. Barco antiguo, alusión a la vejez o al estrato arcaico. Barco roto, alusión a la enfermedad, deterioro, daño o carácter incompleto de algo. Barco enterrado, alusión a una "segunda vida" enterrada, reprimida, olvidada."

1.- Original, por no decir arriesgada, interpretación etimológica de Cirlot, en cuanto que ningún erudito de habla hispana o inglesa de los que hemos consultado comparte este origen del término "carnaval"; Corominas dice, en su "Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana", que está documentado desde 1495, aunque fue poco frecuente su uso hasta el siglo XVII, y que proviene del italiano "carnevale", con el mismo sentido, y éste de "carnelevale", ya en 1130 pero alterado en el siglo XIV por "carnelevare", compuesto de "carne" y "levare" (quitar), porque señalaba el comienzo del ayuno de Cuaresma.


De la manera que hemos esbozado al principio de este capítulo, el "biógrafo" Salvador Pérez fue informado de labios del hacendado no de la simple existencia material de la nao "Santa María la Blanca", sino de un ente cargado de significado animador, que en este caso particularísimo y repitiendo a Cirlot, aludía a la enfermedad, al deterioro, al daño y al carácter incompleto de algo. Pero cuando a lo largo de las charlas salía a relucir el cruel Gobernador de Cartagena de Indias, Pedro de Cifontes, haciendo una pausa para inspirar profundamente entornando los párpados, esbozaba una mueca suave que bien podía interpretarse como una sonrisa. Sentíase vencedor el anciano, y no sin motivo. Porque él vivía, y Heredia hacía muchos años que había muerto. En efecto, ya bien entrado en años en 1554 y en viaje de vuelta a la Península en una de las naves de la flota de Cosme Farfán (marino ya conocido por nosotros) naufragó a causa de una tempestad frente a las costas de Cádiz. Cuentan que desde la orilla multitud de curiosos vieron hundirse el barco, y reconocieron perfectamente al Gobernador cuando intentaba ganar a nado unas rocas, pero el fuerte oleaje se lo tragó sin que nadie pudiese hacer nada por él. Pronto veremos que la relación entre los dos Pedros era considerablemente estrecha y directa.
Bajo las órdenes de Pedro de Heredia, con quien hasta sufrió prisión, el célebre cronista hermano del cura de la castillejana Iglesia de Santiago don Rodrigo de Cieza había combatido, también en el Sinú. Y Cifontes, que manejaba como es natural mucha información de aquellos hechos y personas, alternaba sus veladas vespertinas con dicho cura, rememorando al "Príncipe de los Cronistas" en maneras que nublaban de lágrimas los ojos del clérigo. Respecto a Pedro de Cieza de León en su relación con Cifontes también hemos de extendernos.
Del largo centenar de soldados que partieron desde el sevillano puerto de La Muela en la nave de Cifontes —todos ellos destinados a servir al Gobernador—, la mayoría participó en el saqueo del Sinú y en las subsiguientes rebeliones contra su capitán; imposible afinar mucho sobre sus personas, pero María del Carmen Borrego Plá en "Cartagena de Indias en el siglo XVI" publicado en 1983 por la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla nos ayuda: "Ignoramos cuántos tomaron parte en la primera expedición a dicho territorio [del Cenú], efectuada en 1534 [el año de la nao "Santa María"]. El único número que nos consta con seguridad es el de 164 hombres, cuyo cobro en el repartimiento que se hizo después de la expedición ha llegado hasta nosotros. Asimismo sabemos que quedaron en Cartagena en condiciones misérrimas 46 hombres y 16 mujeres, a los que se socorrió al retorno del Cenú".
Otra María del Carmen, en este caso Gómez Pérez, autora de "Pedro de Heredia y Cartagena de Indias", publicado en Sevilla también por la Escuela de Estudios Hispanoamericanos en 1984, sí que nos acerca en detalle a esta soldadesca saqueadora. La estudiaremos de inmediato.
Quedan por resolver y ajustar algunas lagunas del relato cuyas confusas fuentes no parecen coincidir; intentaremos exponerlas en los siguientes capítulos, y arriesgaremos unas pocas de hipótesis y conclusiones sobre los vínculos e identidades de las personas que en dicho relato han aparecido e irán apareciendo.
Y para terminar este, despidamos a nuestro ameno compañero de viaje R. B. Cunnighame Graham con el párrafo en que él despide a Pedro de Heredia en su libro, hecho del cual ya hicimos leve referencia:

"Embarcó en Cartagena por última vez, llegó a La Habana después de una tormentosa travesía y allí reembarcó rumbo a España. Las tormentas, similares a todas aquellas que lo habían perseguido durante toda su vida, ya fuera en tierra o en el mar, hicieron que el viaje se prolongara durante tres meses. Y al fin, cuando se hallaba ya en las proximidades de Cádiz [en Zahara, según algunos autores], una súbita tempestad hizo que el barco se inundara, y lo hundió a una distancia de sólo uno o dos cables de tierra firme. Toda la tripulación pereció bajo las olas, pero Heredia, tras sobrevivir al naufragio, nadó vigorosamente hasta la orilla. Los que observaban desde la playa le creían ya a salvo cuando una enorme ola lo arrojó contra las rocas y el mar lo devoró.
Nunca llegó a encontrarse su cadáver, y de este modo Heredia murió, igual que vivió siempre, luchando contra el destino."

Buscar en este blog