lunes, 6 de diciembre de 2010

Los esclavos 82z

En el presente y siguiente capítulos por fin intentaremos recortar todos los flecos de esta desordenada biografía de Cifontes, más sugerida que realizada; añadir algunos datos aislados y acaso no firmemente conectados a su agitada vida; y anotar varias preguntas que, a modo de testimonio, quedarán abiertas en espera de alguna contestación que en el futuro encaje en ellas.
Nadie como el tratante en pieles y badanas para describir los hechos y circunstancias que rodearon el naufragio donde pereció don Pedro de Heredia, habida cuenta de que Cifontes dispuso de informantes presenciales, que serían oídos por él con especial atención dado el interés personal que tenía en todo lo tocante al ahogado Gobernador de Cartagena de Indias. Pero en estos últimos días hemos accedido a un cuadro vivísimo de aquella tragedia, que de la mano del profesor Pablo Emilio Perez-Mallaína Bueno ("El hombre frente al mar: naúfragos en la Carrera de Indias durante los siglos XVI y XVII". Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 1996), cobra amplios y ricos matices. Procedamos a comentarlo, sin minusvalorar, decíamos, el relato que recogió meticulosamente Salvador Perez de boca del anciano mercader, pero recordemos antes de estudiar a Perez-Mallaína lo apuntado en "Los esclavos 82x" (julio de 2010), donde se puede comprobar alguna disparidad de fechas con respecto a las que proporciona el autor de "El hombre frente al mar". Según él, era invierno, en enero de 1555, cuando el resto de la flota de Cosme Rodriguez Farfán, de regreso de Indias, alcanzaba a la vista la desembocadura del Guadalquivir en Sanlúcar de Barrameda, río que les conduciría a Sevilla. El resto de la flota porque se habían perdido en el viaje, debido a las tormentas oceánicas, tres navíos: la nao "Gallega", el galeón "San Andrés", y la nao "Bretendona". Convertida en capitana la nao "Santa Cruz" por el hundimiento de las anteriores, un tremendo temporal del noroeste empujó con fuerza irresistible al convoy hacia la costa gaditana y el Mediterráneo, y Farfán optó por fondear a la altura de Zahara de los Atunes mientras el tiempo se estabilizaba. Medida que tranquilizó a los importantes aunque inexpertos pasajeros, entre los que se contaban Sancho Clavijo, antiguo gobernador de Tierra Firme, dos oidores de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá, y nuestro desnapiado fundador de Cartagena de Indias Pedro de Heredia. Y eran inexpertos porque pensaban que la suave línea de costa arenosa de Zahara les brindaba la mayor seguridad, y que los doscientos metros que los separaban de ella eran fácilmente salvables. Cualquier entendido en la materia sabía que, dadas las condiciones del mar, aquello era una trampa mortal. Acaso Farfán no contaba con que, cuando el primer bote con el impacto de una ola dio una voltereta y se fue a pique con una docena de tripulantes, el resto de los pasajeros perdiera el control y formara una revuelta caótica, en la que se mezclaban con la gritería y las imprecaciones los aullidos del ventarrón y el bramar del oleaje, como si los elementos de la naturaleza se escandalizaran por las actitudes de los hombres, los más de los cuales no razonaban en aquella dramática tesitura. Citado por López-Mallaína, Juan Escalante de Mendoza en 1575 ("Itinerario de navegación de los mares y tierras occidentales") hablaba de más de 200 ahogados, debido a que apenas alguno sabía nadar, a haberse lanzado a las aguas con todos los tesoros y mercancías que pudieron cargar, y a que en aquellos momentos de marea menguante una fuerte corriente los empujaba mar adentro. Era la tarde del 22 de enero de 1555.


Pedro de Cifontes había estado pendiente de la tormenta durante toda la tarde que duró. Desde el piso alto de su mansión podía divisar en los días despejados la cinta oscura de Sierra Morena al norte, asomado a las ventanas que daban a la Calle Real —ahora un río tras las fuertes lluvias—, y por las opuestas, hacia los campos de Tomares, los picachos azules en la lejanía del nudo de confluencia, ya en la provincia de Cádiz, donde se encuentran y funden el Sistema Bético y el Penibético. Recordó los relámpagos, los truenos y los rayos, y las fantasmagóricas instantáneas de esta última serranía gaditana, desde cuyas cumbres se podían ver con toda claridad —él mismo lo había comprobado en sus viajes— el Atlántico y el Mediterráneo. Con la mirada llena de tristeza evocó la tragedia de la flota de Cosme Farfán y la desaparición de su encarnizado enemigo el Gobernador de Cartagena de Indias aquel enero de 1555. Sintió una arrasadora melancolía, y a pesar de que, faltando poco para la puesta del sol, la tarde había adquirido una luminosidad pura, plena de suaves colores inocentes que suscitaban inmensa ternura, y el aire era sedoso y diáfano como el alma de un infante, le embargó el ánimo un agudo hastío de vivir, y renqueando y ajeno al deleite irreal del sol que moría sobre los tejados, se retiró hacia la chimenea recientemente encendida por un criado, a esperar que la capa de olvido de la noche efectuara su envolvente y silenciosa caída sobre Castilleja de la Cuesta.

Pensó que las personas son irremisiblemente malas. Había tenido tratos comerciales con gentes de Veger de la Frontera y conocía la localidad, por lo que no se extrañó cuando supo que los que saquearon a los escasos naúfragos que lograron llegar a tierra fueron vegeriegos, así como tarifeños, encandilados desde muchas generaciones atrás con la fama que arrastraban los galeones, de bodegas repletas de incontables riquezas.
Ahora, con la frialdad de la distancia temporal, Cifontes justificaba, o al menos comprendía, a las autoridades de ambas poblaciones, las cuales se habían sumado a las hordas que, una vez al tanto de la catástrofe, se dirigieron hacia la playa desafiando el barro de los caminos, intransitables tras las recientes lluvias. Los alcaldes de Tarifa y Veger no se atrevieron a enfrentarse a las masas de jornaleros hambrientos, muchos de los cuales no dudaban en acuchillar a los indianos empapados y al borde del agotamiento —aunque transportando joyas y objetos de oro, así como dinero— con los que se encontraban en los alrededores. Al final, optando por el mal menor, los dichos alcaldes participaban también en el despojo, considerando que a aquellas alturas ya nada tenían que perder. Acaso Pedro de Heredia terminó sus días así, degollado como un cerdo —o más propiamente como un atún rojo— por algún labriego mientras defendía sus bolsas de pesos y ducados y sus estatuillas indias de oro, revolcándose en el cieno de alguna hijuela, acosado por las manos callosas de sus atacantes que le arrancaban a jirones su lujoso vestido.
Esta inhumana actitud de los despiadados gaditanos la hace estribar el profesor Lopez-Mallaína en la influencia de las vecinas almadrabas, que constituían una importante industria hacia la cual convergía a lo largo de todo el año una abundante mano de obra, de bajísima cualificación, procedente de todo el territorio peninsular. El trabajo eventual, y las largas esperas mientras los cardúmenes de atunes se aproximaban desde el Círculo Polar Ártico hasta el Mediterráneo en primavera, con tahúres y prostitutas amenizando las horas muertas en la playa, acarreaban disputas y riñas, todo ello sazonado con el vino y el juego, el dinero fácil y la vida al día, como muy bien hizo notar posteriormente la pluma de Miguel de Cervantes en su novela "La ilustre fregona", al parecer escrita en el castillo de Zahara de los Atunes, en la que refiriéndose a un vagabundo llamado Carriazo dice:
Pasó por todos los grados de pícaro hasta que se graduó de maestro en las almadrabas1 de Zahara, donde es el finibusterrae de la picaresca.
¡Oh pícaros de cocina, sucios, gordos y lucios; pobres fingidos, tullidos falsos, cicateruelos de Zocodover y de la plaza de Madrid, vistosos oracioneros, esportilleros de Sevilla, mandilejos de la hampa, con toda la caterva inumerable que se encierra debajo deste nombre pícaro!, bajad el toldo, amainad el brío, no os llaméis pícaros si no habéis cursado dos cursos en la academia de la pesca de los atunes. ¡Allí, allí, que está en su centro el trabajo junto con la poltronería! Allí está la suciedad limpia, la gordura rolliza, la hambre prompta, la hartura abundante, sin disfraz el vicio, el juego siempre, las pendencias por momentos, las muertes por puntos, las pullas a cada paso, los bailes como en bodas, las seguidillas como en estampa, los romances con estribos, la poesía sin acciones. Aquí se canta, allí se reniega, acullá se riñe, acá se juega, y por todo se hurta. Allí campea la libertad y luce el trabajo; allí van o envían muchos padres principales a buscar a sus hijos y los hallan; y tanto sienten sacarlos de aquella vida como si los llevaran a dar la muerte.
Pero toda esta dulzura que he pintado tiene un amargo acíbar que la amarga, y es no poder dormir sueño seguro, sin el temor de que en un instante los trasladan de Zahara a Berbería. Por esto, las noches se recogen a unas torres de la marina2, y tienen sus atajadores y centinelas, en confianza de cuyos ojos cierran ellos los suyos, puesto que tal vez ha sucedido que centinelas y atajadores, pícaros, mayorales, barcos y redes, con toda la turbamulta que allí se ocupa, han anochecido en España y amanecido en Tetuán.

1.- Almadraba. Almadraba en castellano, almadrav/ba en portugués y almadrag/va en catalán, con la variante mallorquina aumadrava: del andalusí almadrába, nombre de lugar de la raíz {drb}, con el sentido de "lugar donde se lucha o golpea". Diccionario de arabismos. Federico Corriente. Gredos 1999.

Dirigía la almadraba un capitán y un justicia mayor con sus oficiales. Se encontraban al frente de un grupo de fascinerosos, fugitivos y perseguidos de la justicia, que preferían soportar el duro trabajo de la almadraba y correr el riesgo de ser apresado por los piratas, antes de caer en manos de la justicia. Eran los almadraberos "pícaros", pendencieros, jugadores, ladrones.., gente sin escrúpulos que vivían de los pocos ducados que les pagaba el Duque de Medina Sidonia y del robo; no importándoles ser apresados para ser vendidos como esclavos en las plazas africanas. (www.casazahara.com).

La pesca del atún proporcionaba una ingente cantidad de beneficios al Duque, aproximadamente ochenta mil pesos y daba trabajo a unas 1.500 personas. De las cuales la mayoría estaba formada por gran cantidad de filibusteros, pícaros, condenados a galeras y gentes de mal vivir; que huyendo de la justicia, se enrolaban en las filas de la almadraba.
Alrededor de la Almadraba de Zahara de los Atunes, a cuyo frente había un capitán y un justicia mayor, se reunía gran cantidad de armadores, carboneros, taberneros, alguaciles, barqueros, candeleros, esclavos, que hacían que el pequeño pueblo bulliera por el negocio del atún. (www.zaharadirect.com)


2.- Torres que además tenían como finalidad la vigilancia de la entrada de los atunes hacia el Estrecho de Gibraltar. Desde alguna de ellas probablemente divisaron los pescadores el naufragio de la flota de Indias.

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