viernes, 23 de diciembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 31


No se esforzaron mucho los dos cuadrilleros de la Hermandad en capturar a los prófugos. Obviamente, llevaban instrucciones de Francisco de Contreras para actuar así, lo cual, al margen de las simpatías que profesaran hacia Juan Haldón y Alonso de Triana —o su complemento en odio a los Juanguren—, significaba para ellos un día de asueto, una agradable excursión a caballo por la comarca con un salario asegurado durante aquella jornada. Salieron bien pertrechados de botija de vino, chacina y pan, hacia Gines, preguntando desganadamente a conocidos y camaradas más por cubrir el expediente que por otra cosa, y cuidando de no dar cuenta a nadie de los delitos por los que buscaban a los dos hombres. Los caballistas intuían su paradero, por lo que eligieron la vecina Villa como punto de partida para, desde allí, enfilar la cómoda Cañada de los Isleños, calculando que al paso de las bestias, podrían alcanzar Mairena a media tarde, y estar de vuelta en Castilleja al anochecer.
Se cruzaron con pastores y harrieros malhumorados, embozados en sus capas para evitar la humedad del aire. Los ateridos animales expulsaban dos chorros de vapor en cada expiración, y las viñas desaparecían a pocos metros del camino, envueltas en la gasa blanquecina de la niebla.
Alguna noticia recabaron, tal y como suponían, de los transeúntes, pero no se molestaron ni tan siquiera en desviar la vista hacia las arboledas de los margenes del Repudio, percibiendo más con el pensamiento que con los ojos lo que hacían y dejaban de hacer sus paisanos emboscados. En una posada de la plaza de Mairena descansaron un rato, cuando ya la tarde clarificada devolvía la cotidianeidad del ser del sur a los aljarafeños, más hechos a las atmósferas limpias que a las extrañas y desorientadoras calimas.
Y ya noche oscura era cuando, cruzando el término de Tomares y zigzagueando por el laberíntico entramado de senderillos, cancelines, pasos e hijuelas entre huertecillos y viñas aledaño a la Calle Real, penetraron en ésta, y se dirigieron sin demora a casa del escribano para cumplir con la inevitable obligación de dar parte y constancia de los acaecimientos ocurridos en el cumplimiento de la misión que les había sido encomendada. Tenían la esperanza de que se repitiera el mandato de Francisco de Contreras al siguiente día, para embolsarse otros dos sueldos:

Y después de lo susodicho, en la Villa de Castilleja de la Cuesta en dicho día 4 días del dicho mes de noviembre y del dicho año de 1555 años, parecieron los dichos Juan Díaz y Cristóbal García, cuadrilleros de la Santa Hermandad, y juraron en forma de derecho que ellos habían andado a buscar todo el día hasta que era ya noche a los dichos Juan Martín Haldón y Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil, para los prender, y que no los han podido haber, y que han ido a Gines y Mairena y por este Alfarafe, y no han podido hallar rastro de ninguno de ellos, y que así era la verdad para el juramento que hicieron, en fé de lo cual que dicho es lo firmé de mi nombre. Juan Vizcaíno.

De esta forma terminó el revuelto y atrafagado 4 de noviembre en Castilleja de la Cuesta. Se apagaron los candiles y velones tras las ventanas y en el negro cielo, entre nubarrones pálidos, se encendieron algunas estrellas límpidas. Chimeneas con lánguidos penachos de humo, e imperceptibles resplandores rojizos en algún ventanal, denotaban aquí y allá, en las solitarias calles, al insomne o al enfermo que mantenía el brasero o el fogón avivados para enfrentarse a las silenciosas e interminables horas de la madrugada con la reconfortante sensación del calor hogareño.
Mas no todo era sosiego y paz: un foco de voces, golpes y entrechocar de jarros se dejaba sentir en el corazón del pueblo, en la Plaza pública; aunque los vecinos, ya habituados a ello, no se molestaban, para las autoridades era una preocupación aquel mesón fuente de conflictos y riñas casi diarios. Y hacia él se encaminaron Juan Díaz y Cristóbal García tras informar a Juan Vizcaíno de los resultados de su búsqueda y dejar las cabalgaduras en el corral del Concejo*. Pretendían los cuadrilleros poner el broche final a una jornada muy positiva para ellos, y de paso informarse y quedar al tanto de los acontecimientos ocurridos mientras habían estado fuera.
La taberna del mesón abría su entrada a la izquierda del portal, inmediatamente antes del patio que acogía a las monturas de los huéspedes y clientes no fijos, ya que los de esta categoría disfrutaban de derechos de establo, el cual se situaba al fondo de dicho patio. Si entramos en el comedor acompañando a los alguaciles, veremos tres o cuatro toscas mesas de madera oscura y desgastada por el uso, llenas sus tapas de inscripciones, fechas y dibujos tallados a cuchillo. El suelo es de tierra apisonada y ha sido barrido a conciencia recientemente. A la izquierda hay un ventanal que deja ver la Plaza, ahora reino de la tiniebla, y a su lado una chimenea de obra, tiznada su campana hasta el techo y en la que crepitan ardiendo tocones perfumados de poda de agrios chorreando resina oscura entre quejumbrosos chasquidos, como si de organismos vivos se tratase. Sobre la encimera mugrienta del fogón, un viejo gato dormita enroscado sin hacer ascos al hollín, y colgado encima de él, un candelero de tres brazos contribuye a iluminar el local con su trío de lenguas de fuego vacilantes. Junto al llar, el hueco de una estrecha y empinada escalera da acceso a dos piezas superiores, siniestras, adobadas de telas de araña y mal ventiladas, en las cuales media docena de catres con sucios colchones de tascos dan la remota posibilidad de recuperar fuerzas a los viajeros. Los dormitorios están encima de la cocina y de las habitaciones de los posaderos, y gracias a una galería de madera orlada por los retorcidos brazos de la consuetudinaria parra, se domina desde ellos la totalidad del patio, con su pozo central y el largo abrevadero. Mediante unas monedas, mucha discreción y a horas propicias, estaba dado a los huéspedes subir con alguna complaciente aventurera, autóctona o foránea.
Regresemos al comedor. Dos de las mesas están ocupadas por varios jóvenes cavadores extremeños, quienes tras la vendimia acuden secularmente al Aljarafe a ganarse unos jornales aderezando los viñedos para la próxima cosecha. Han terminado de cenar, y entre eructos, bromas e imprecaciones se disponen a iniciar una partida de naipes. En otra mesa un individuo de mediana edad sorbe sopa de una escudilla de barro manejando la enorme cuchara con parsimonia, hundida la cabeza en los vapores del caldo mientras que con la mano libre agarra con crispación media telera esponjosa, apretándola sobre las tablas como si temiera que alguien se la arrebate.
Las ordenanzas prohíben jugar a las cartas, pero la vigencia de la ley se puede suspender, y de hecho se suspende rutinariamente, obsequiando al alguacil con unos maravedíes o invitándole a participar —más emocionante— en alguna apuesta paralela al juego propiamente dicho. Los dos cuadrilleros se incorporan a la mesa de los extremeños y se inicia la partida.

* En el "corral del Concejo" se depositaban las caballerías, bueyes, vacas, ovejas, cabras, asnos o mulos de dueños desconocidos, acto que era conocido como "acorralar". Estos animales en ocasiones vagaban perdidos por el campo e incluso por las calles, en ocasiones eran recuperados de algún robo, y en otras eran capturados por el Guardia de las Viñas —cargo remunerado nombrado por el Concejo— y sus ayudantes cuando, en grupos más o menos grandes, hacían daño en los sembrados. Muchos de sus dueños, generalmente de Villas vecinas, eran así de despreocupados, y otros buscaban el alimento gratis aun a costa de arruinar a los campesinos. En ocasiones se introducía un hato de bestias en sembradura ajena solamente por venganza. Motivo constante de conflictos, generalmente violentos hasta la agresión sangrienta, era la invasión de una tierra por animales ajenos, y en particular las boyadas eran absolutamente devastadoras, comiendo, tronchando y arrancando a pezuñas y dientes cuanto encontraban a su paso.
Cuando el Concejo conseguía averiguar quién era el dueño del ganado acorralado, enviaba Carta Requisitoria emplazándolo a que lo recuperase, previo pago de la correspondiente multa y de las costas de su alimentación.
De no ser posible hallarlo, era frecuente que, en las épocas de carestía, los animales muriesen de desnutrición en el corral, tras enflaquecer miserablemente, porque la Justicia no podía hacerse cargo de su manutención.
En esta ocasión de los cuadrilleros de Francisco de Contreras, y en otras de estas características, la autoridad permitía el uso de algún rocín del corral que poseyese suficientes cualidades.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 30


La última testigo, mujer de Juan de Vega, no respondió nada a la primera tanda de preguntas, pero aporta alguna novedad en la parte segunda del interrogatorio:

Testigo, Inés Martín, mujer de Juan de Vega. Fuéle preguntado lo mismo que a las anteriores, dijo que no sabe ni vió ni ha oído cosa alguna; fuéle preguntado que quién alzó los bienes del dicho Alonso Rodriguez, Alguacil, dijo que estando esta testigo a las puertas de su casa, vió  pasar a la dicha Ana de Tovar, mujer del dicho Alguacil, de su casa a la huerta de Juan de Torres hacia la Calle Real, y que se lo ayudaba a llevar una mujer y una negra de casa de Juan de Torres, que no sabe cómo se llaman, y dos niñas hijas de esta testigo, que llaman la una Marina y la otra Catalina, y una negrilla que se llama Juana que es de doña Isabel Cataño1, y vió cómo Leonor Sanchez, mujer de Francisco Fuerte, llevaba unas botijas pequeñas de barro, de hacia casa del dicho Alguacil, y las metió en la dicha huerta, y que no sabe ni vió otra cosa, y esta es la verdad. No firmó.

1.- Cataño es el apellido correcto, y no Cazana, como por error se escribió en la declaración de Leonor Sánchez (ver capítulo anterior).

Aunque muestra voluntad de no inminscuirse en el asunto, su declaración refrenda el hecho de que a Ana de Tovar —y a su causa— la apoyaban muchas personas en Castilleja. No obstante la timidez de esta declarante, se mantiene esa especie de misterio teatral que prima en las anteriores testificaciones: "vió cómo Leonor Sanchez, mujer de Francisco Fuerte, llevaba unas botijas pequeñas de barro, de hacia casa del dicho Alguacil, y las metió en la dicha huerta".
El paso hacia la Calle Real desde la parte norte de la plaza de Santiago a través de la huerta de Juan de Torres, según se dice, complica un poco la distribución de las viviendas que habíamos esbozado, aspecto este que nos interesa particularmente, por mor de construir un plano de la población. Como base de trabajo, podríamos establecer que la dicha huerta ocupaba los terrenos traseros de la actual casa de Salinas, y/o la zona en la que hoy se asienta el Ayuntamiento.
Decíamos en el capítulo anterior que el día 4 de noviembre contempló varias iniciativas y actividades alrededor de la fuga. Una de ellas la impulsó el Alcalde de la Santa Hermandad del pueblo, cargo que este año recaía en Francisco de Contreras. Veamos cómo aquella mañana mientras Hernando Jayán interrogaba a las tres mujeres cuyas declaraciones acabamos de conocer, Contreras ponía en marcha a sus cuadrilleros:

Yo, Francisco de Contreras, Alcalde de la Santa Hermandad de esta Villa de Castilleja de la Cuesta, mando a vos Juan Díaz y Cristóbal García, cuadrilleros de la Santa Hermandad, que vayáis en seguimiento de Juan Martín Haldón el mozo donde quiera lo podrádeis haber de prender el cuerpo, y preso y a buen recaudo lo traed a la Cárcel del Concejo de esta dicha Villa, porque cumpla de derecho en razón de que estando preso en la Cárcel del Concejo de esta dicha Villa con prisiones, por muchos y graves delitos que ha cometido en esta dicha Villa en desacato de la Justicia de ella y de otras personas que ha injuriado y otros delitos que ha cometido, se fué y huyó de la Cárcel, y asimismo donde quiera que podáis haber a Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil y Carcelero de esta dicha Villa, le prended el cuerpo y preso y a buen recaudo lo poned en la Cárcel del Concejo de esta dicha Villa, en razón que teniendo en guarda y a su cargo como tal Alguacil Carcelero al dicho Juan Martín Haldón, lo soltó y dejó ir de la Cárcel donde estaba, y si hubiere menester favor y ayuda para la ejecución de lo contenido en este mandamiento, lo podáis pedir y demandar a cualesquier persona, conforme a las leyes de la Santa Hermandad y so las penas en ellas contenidas, y de parte de Sus Majestades y de Justicia pido y requiero, y de la mía ruego y pido por merced a todos los Señores Alcaldes de la Santa Hermandad y otros cualesquier Jueces y Justicias de todas las ciudades, villas y lugares de estos Reinos y Señoríos de Su Majestad, que prendan y manden prender los cuerpos de los dichos Juan Martín Haldón y Alonso Rodriguez de Triana o cualesquiera de ellos, y presos y a buen recaudo los manden enviar y remitir a la Cárcel del Concejo de esta dicha Villa, que a los cuadrilleros y Alguacil y gente que los trajese, yo les mandaré pagar su justo salario, y que lo así, Señores, mandar hacer harán bien y justicia, que al tanto haré yo por sus Cartas y justos ruegos en semejantes casos o en otros justicia, mediante lo cual mando a vos, los dichos mis cuadrilleros, que así hagáis y cumpláis, so pena de 2.000 maravedíes para gastos de la Hermandad. Hecha a 4 de noviembre de 1555 años.

Y la parte del maltrecho Diego Ortiz de Juanguren obtenía directamente del Conde de Olivares, recordemos que albergado aquellos días en el Alcázar sevillano, una Carta Requisitoria para reforzar los resortes judiciales, apretando a Hernando Jayán en el cumplimiento de sus obligaciones como Juez de Comisión. Denota este movimiento una desconfianza manifiesta de la familia hidalga hacia la justicia ordinaria de la Villa:

Hernando Jayán, mi vasallo de mi Villa de Castilleja de la Cuesta, sabed que Diego Ortiz, Alcalde de esa mi Villa, me hizo publicación que, teniendo preso a Juan Haldón, vecino de esa Villa, por comisión mía, en la Cárcel Pública de ella, estando con muy buenas prisiones de grillos y cadenado y al cepo, se fue de la dicha prisión, quedando todas las prisiones sanas, donde parece claro que lo sacaron de ellas, porque era imposible poderse ir de otra manera, y que la ropa del Alguacil y del dicho Haldón la han llevado y escondido, y porque esto es digno de punición y castigo, y para saber quién lo hizo y los que fueron en ello además del Alguacil, conviene hacer información, o si no yo os mando que luego la hagáis, y prendáis a los culpados y les secuestréis los bienes, y podáis contra ellos y contra sus bienes por todo pagar de justicia, condenándoles en las penas que halláreis por derechos civiles y criminales, con consejo de letrado, y hacedlos tener presos a buen recaudo y no déis sueltos ni en fiado, y mirad que me habéis de dar cuenta ... lo cual todo y para cada una cosa de lo que dicho es os doy mi poder cumplido, con sus incidencias y dependencias y anexidades y conexidades, hecho en Sevilla a 4 de noviembre de 1555.

El lunes 4 de noviembre de 1555 ante el Alcalde Ordinario y Juez de Comisión Hernando Jayán, y el escribano público Juan Vizcaíno, pareció el Señor Diego Ortiz*, y presentó la Provisión del Muy Ilustre Señor Don Pedro de Guzmán arriba contenida, y pidió que la obedezca y cumpla, y Hernando Jayán la aceptó, y dijo que está presto a hacer justicia.

* Aunque se muestra su nombre como fórmula burocrática usual, en realidad quien presentó la Provisión fue algún apoderado, con toda seguridad el mismo que viajó a Sevilla a por ella, inmediatamente tras conocer la fuga de Juan Martín Haldón.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 29


Por la siguiente declaración, la de Leonor Sánchez, queda confirmado que Bartolomé Hernández era hermano del Alguacil Alonso. Un punto aclarado, pero hay otro que añade más confusión a la identidad de esta persona, y es que ahora aparece su mujer como Juana Sánchez. No obstante, lo que apuntábamos en el capítulo anterior respecto a Gonzalez/García vale también para Sánchez (ver infra), otro apellido común que se representaba con un signo muy parecido a los anteriores. Estudiemos la referida declaración antes de aventurar una hipótesis sobre el apellido — o cuál de los tres diferentes apellidos— de la mujer de Bartolomé.

Testigo, Leonor Sánchez, mujer de Francisco Fuerte, vecina de esta Villa. Preguntada que si sabe quién soltó al dicho Juan Martín Haldón de la prisión en que estaba, o le dió la llave o favor y ayuda para que se soltase, dijo que so cargo del dicho juramento no lo sabe, ni sabe otra cosa mas que estando esta testigo a su puerta puede haber tres o cuatro horas, que es junto a casa del dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil de esta dicha Villa, vió cómo se paró a la puerta Juana Sánchez, mujer de Bartolomé Hernandez, hermano del dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil, y dando voces preguntó a esta testigo que si había visto a Ana de Tovar, mujer del dicho Alguacil, que no estaba en la Carcel el dicho Juan Martín Haldón, y esta testigo fué corriendo la calle abajo hacia casa de Bartolomé Moreno, y preguntó a Mencía Rodriguez su mujer, que si había visto a la dicha Ana de Tovar, mujer del dicho Alonso Rodriguez de Triana, y la dicha Mencía Rodriguez fué a buscar a la dicha Ana de Tovar, y desde a un poco vinieron entrambas, y esta testigo se vino con la dicha Ana de Tovar a su casa, y cuando entraron hallaron que el dicho Juan Martín Haldón no estaba preso y se había ido, y vió cómo estaban la cadena y cepo y todas las prisiones sanas, y vió cómo estaba la llave del candado de la Cárcel metida en dicho candado y todo sano, y esta testigo se asomó a la huerta del Señor Hernando Jayán*, que linda con el corral de las casas de la morada del dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil, y vió en la dicha huerta los grillos y el martillo de la Carcel, y lo trajo a la Cárcel, que no sabe otra cosa; fuéle preguntado quién alzó el hato del dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil, dijo que como vino la dicha Ana de Tovar su mujer, y halló que se había huído de la Cárcel el dicho Juan Martín Haldón, llevó todo el hato que tenían a la Calle Real, y lo metió por la huerta de Juan de Torres; fuéle preguntado que quién le ayudó a pasar el dicho hato a la dicha Ana de Tovar, dijo que una mujer y una negra de casa del dicho Juan de Torres, que no sabe cómo se llaman, y una negrilla de doña Isabel de Cazana (sic) que se dice Juana, y dos niñas de Juan de Vega, que la llaman la una Marina y la otra Catalina, y que no sabe otra cosa; fuéle preguntado que si ha visto esta mañana venir a la Cárcel a la mujer del dicho Juan Haldón o a otra persona alguna, dijo que esta mañana se paró por encima de la pared del corral de las casas de la morada de esta testigo, que lindan con el corral del dicho Alonso Rodriguez, Alguacil*, y llamó a la dicha Ana de Tovar para que le diese una poca de leña, y que oyó hablar en la Cárcel a Catalina Hernandez, mujer del dicho Juan Martín Haldón, y que no sabe otra cosa, mas que oyó decir esta testigo a la dicha Ana de Tovar que había venido esta mañana a la Cárcel Isabel García, viuda vecina de esta Villa, y le había pedido un poco de sal, y que se lo había dado y que después que se lo dió se asentó (sic) la dicha Isabel García, y como se asentó, que le preguntó qué cuya era una escalera que estaba allí, y que le había dicho que era del Viejo de la Plaza, y que como le dijo que era del Viejo, que le dijo: "pues qué, porque no se la llevaba, que había estado dando voces esta mañana por la dicha escalera", y se la había llevado y que se había ido con ella la dicha Isabel García, y que cuando allegaron a la Plaza no halló al dicho Viejo en su casa, y que como no lo halló, le dijo la dicha Isabel García que no dejase la dicha escalera en su casa, y que la había dejado en casa de la dicha Isabel García, y como la dejó se venía, y ya que se venía la dicha Isabel García le dijo que entrase, y vería a su hija Ana García que estaba mal, y entró y estuvo un poco con la dicha Isabel García y Ana García su hija, y cuando salió topó a la puerta de la calle a Catalina Hernandez, mujer del dicho Juan Haldón, y le había dicho que había pescado en la Calle Real, y que se había ido con ella a la Calle Real, y que, entretanto, que se había ido el dicho Juan Haldón, y que esta es la verdad. No firmó.**

* Siendo así y como ya hemos visto que la casa de Hernando Jayán lindaba con el Hospital, éste con la casa de Alonso Rodriguez de Triana y ésta con la casa de su hermano Bartolomé Hernández, hay que deducir que había al principio de la calle de Los Jayanes (hoy calle de Enmedio) un conjunto de viviendas. Es posible que esta casa de la declarante tuviera su fachada hacia lo que hoy es la calle de Lepanto y que fué, hasta el siglo XIX, un espacio abierto conocido como Plaza de la Zarza, conectado con la de Santiago. Otra posibilidad es que dicha casa de Leonor y Francisco Fuerte perteneciera a otra calle, suponemos que apenas sin dibujar entonces, y que hoy está materializada como calle Príncipe de Asturias, con lo cual el fondo de su corral lindaría con el del corral de la casa del Alguacil en la calle de Enmedio en parte, y con el del corral de Hernando Jayán en la misma calle, como declara.

** Nótese como los personajes citados parecen actuar como si representaran una extraña comedia con sombras que van y vienen: la mujer de Bartolomé, cuñada política de la del Alguacil, pregunta por ésta a la testigo, la cual a su vez pregunta a Mencía, la cual busca a Ana de Tovar y la trae al escenario de los hechos. La viuda Isabel García es descrita con todos los tintes de la intriga, como una anciana empeñada en alejar a Ana de Tovar distrayéndola de su labor de vigilancia, para propiciar la fuga de Haldón, o al menos es lo que aparentemente intentan hacer creer las testigos al Juez de Comisión, porque el hecho indubitable es que el Alguacil fué cómplice y su mujer Ana no tenía por menos que estar al tanto de sus intenciones de marcharse con el zorzalero, siendo así, por tanto, tan cómplice como él. La viuda Isabel García a su vez introduce a otro personaje tan borroso e irreal como ella misma: El Viejo de la Plaza, que grita a horas tempranas quejándose porque no le han devuelto su escalera; y a su propia hija Ana García, enferma en cama, idóneo pretexto para retardar la vuelta de Ana de Tovar a la prisión. Todo un enrevesado montaje, expresado en forma tan prolija que resulta increíble que el escribano lo recogiera tan al detalle como lo recogió, y con el que irremediablemente dejarían a Hernándo Jayán en extremo confundido.


Para terminar el capítulo y continuando con —sospechamos— los intentos por parte de todos de engarbullar al Juez de Comisión, la documentación nos induce a incluir en estos intentos nada menos que al propio escribano Juan Vizcaíno. A esta hipótesis nos referíamos al principio; de esta forma quedaría explicado el uso de tres apellidos para la mujer de Bartolomé Hernández so pretexto de que sus abreviaturas eran parecidas, a fin de embrollar más los autos. Nada de extraño, habidos los vínculos sentimentales que ya conocemos entre Vizcaíno y Juan Martín Haldón ("Los Juanguren y el espadero 27").
Otra incógnica cuya resolución positiva abundaría en favor de lo expuesto es la de que Juan Vizcaíno y Bartolomé Hernández Vizcaíno estuviesen emparentados, con lo cual el escribano también lo estaría con el Alguacil en el mismo grado. Los protocolos pendientes de estudio guardan la respuesta.
Añadiremos, concluyendo, que la actividad en este 4 de noviembre de 1555 tenía otros aspectos paralelos, otras caras colaterales y otros desenvolvimientos dobles, que vamos a ir viendo. Se había puesto en marcha una maquinaria tan compleja, que en un pueblo tan pequeño debió significar que todas las mentes de sus habitantes estaban elucubrando sin interrupción alrededor del mismo asunto.

martes, 13 de diciembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 28


Recalquemos una consideración de extrema importancia en Historia. Que la capacidad de la escritura como herramienta para expresar las complejidades de los actos de los hombres y de las sociedades es mínima, se comprende y acepta por todos, aunque no se proponga abiertamente como dogma indestructible. Así, cualesquier utilización de dicha escritura debe tener en cuenta que propiciará la emergencia de la punta del iceberg de los acontecimientos pasados, pero no más, y que la gran masa restante de ellos permanecerá oculta. Lo cual alimenta posiciones simplistas, que por medio de fórmulas manidas pretenden ofrecer resultados que no dejan de ser falaces por eso mismo, por simples. Muchos investigadores, si no todos, se ven compelidos a aportar frutos, ya sea por coacción de las instituciones a las que pertenecen, ya sea por puro amor propio, por mantenimiento de estatus o por orgullo mal entendido.
El ejemplo mas ubicuo de posición simplista lo tenemos en la extendidísima aserción de que "el hombre del Siglo de Oro era profundamente religioso". Con tal fórmula expeditiva se pretende solucionar todos los enigmas que el alma humana pretérita presenta, y por ende, parecer y aparecer clarividente, cuando en el fondo tal afirmación demuestra un completo fracaso interpretativo.
Porque delegar de un plumazo, en un supuesto Supremo Hacedor, todos los pensamientos, emociones, resortes, vericuetos, motivaciones, impulsos, actos, hechos e ideas de nuestros antecesores es eso a la postre: la confesión de la propia impotencia, el "eso viene de Arriba", el "Dios proveerá", etc.
Sin pretender agotar, ni mucho menos, esta problemática que entronca con la relación entre realidad y escritura, mas de tinte filosófico, recordaremos a la profesora portuguesa Rita Marquilhas en su aporte al Simposio Internacional "Escribir y leer en el siglo de Cervantes", celebrado en Alcalá de Henares del 17 al 20 de noviembre de 1997 y organizado por el Centro de Estudios Cervantinos y la Universidad de Alcalá. En su ponencia titulada "Orientación mágica del texto escrito" apuntó certeramente, exhortando a que "... intentemos conceder a las sociedades de las épocas que nos precedieron el derecho a ser tan complejas como lo son en la actualidad las nuestras". Pero reconocer a priori la complejidad de las nuestras implicaría, para muchos eruditos, apearse de sus pedestales académicos desde donde alardean de intérpretes de los arcanos; siendo así que lo único que engendran es frustración, porque propician la continuidad de la aberración que nosotros, con nuestros reduccionismos, sometemos a nuestros antepasados. Los historiadores del futuro, según este modo, no verán en la sociedad de los siglos XX y XXI mas que a los energúmenos consumistas que envenenaron agua, tierra y aire y que fueron artífices de las guerras más cruentas que se conocen, de la misma manera y correspondencia que nosotros vemos, en los tiempos de Carlos V, a labriegos ignorantes, clérigos obcecados, burgueses cerriles y militares despiadados.
Valga todo lo dicho como aproximación al intento de responder a la pregunta ¿cómo leer historia?.
Los escribanos de Castilleja que hemos venido conociendo, Bernardo de Ulloa, Juan Vizcaíno, Miguel de las Casas, Hernando de las Cuevas, ameritan que se les considere desde esta óptica amplia. Concedámosles que trabajaron con todas las reservas y sin pretender en modo alguno reflejar como espejos perfectos los acontecimientos físicos y mentales que en sus vidas se les presentaron.
Y como hemos tocado el tema religioso y, por alusión, el mágico, admitamos con generosidad que las creencias supersticiosas que la historia académica endilga a aquéllos está hecha de la misma materia que las creencias religiosas que hoy en día —¿se endilga?— mueven a pueblos enteros en la faz de la tierra: igual de psicóticos, indiferentes, reflexivos, masoquistas, estetas, hipócritas, fanáticos, emotivos, prácticos, analíticos, superficiales que nosotros, fueron ellos ante los asuntos sobrenaturales.
Con estas consideraciones, volvamos la vista a un Hernando Jayán afanoso como cazador acosado.

Y después de lo susodicho (recuérdese que estamos en el lunes 4 de noviembre de 1555, aproximadamente a mediodía), en dicho día, mes y año el dicho Señor Hernando Jayán, Juez de Comisión, hizo por la dicha razón la información de testigos siguientes:

Testigo, Juana Gonzalez, mujer de Bartolomé Hernandez*, trabajador. Siendo preguntada que si sabe o vió quién soltó al dicho Juan Haldón de la Cárcel y le quitó las prisiones y le dió la llave, dijo que so cargo de su juramento no vió ni sabe cosa alguna; fuéle preguntado que si ha visto que la mujer del dicho Juan Haldón u otra persona alguna entrase hoy dicho día en la Cárcel, dijo que esta testigo entró esta mañana en la Cárcel y vió cómo estaba almorzando (sic) el dicho Juan Martín Haldón preso, y estaba allí con él Catalina Hernández, mujer del dicho Juan Martín Haldón, e Isabel García, viuda vecina de esta Villa, y Ana de Tovar, mujer del dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil y Carcelero, y desde a un poco vió esta testigo cómo salió de la Cárcel la dicha Ana de Tovar, mujer del dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil, y llevaba una escalera de madera en el hombro, y esta testigo le preguntó que adónde llevaba la escalera, y le dijo que la llevaba a casa del Viejo de la Plaza, y que no vió si salieron las dichas Isabel Garcia y Catalina Hernández tras de la dicha Ana de Tovar, o si se quedaron en la Cárcel, y luego esta testigo se salió de su casa y se fue al Camino Real, a comprar una col, y vino y guisó la olla, y en esto pasó buen rato, y desde a un buen rato vino a casa de esta testigo María, hija de Catalina López, viuda, niña y nieta de esta testigo, y estuvo un poco con esta testigo, y desde a un poco la dicha niña entró en el palacio del dicho Alonso Rodriguez donde estaba preso el dicho Juan Martín Haldón, y salió y dijo: "Señora, no está aquí Juan Martín Haldón preso, sino su cama no más", y como esta testigo oyó decir a la dicha niña que no estaba en la Cárcel el dicho Juan Haldón, entró en el dicho palacio y vió cómo no estaba preso el dicho Juan Haldón, y vió que estaban allí las prisiones y las llaves metidas en el candado, y vió cómo estaban sanas las prisiones, y no halló en casa del dicho Alonso Rodriguez, Alguacil, persona alguna, y luego esta testigo salió a la puerta de la calle, y dijo a Leonor Sanchez, mujer de Francisco Fuerte, que no estaba en la Cárcel el dicho Juan Haldón, y que si había visto a Ana de Tovar, mujer del dicho Alguacil, y la dicha Leonor Sanchez fué la calle abajo a llamar a la dicha Ana de Tovar, mujer del dicho Alonso Rodriguez, Alguacil, y luego desde a un poco vió cómo vino la dicha Ana de Tovar dando voces y llorando, y que no sabe otra cosa; fuéle preguntado quién alzó el hato del dicho Alguacil y lo sacó de su casa, dijo que como la dicha Ana de Tovar** halló cuando vino que era ido el preso, comenzó a pasar el hato que tenía en su palacio a la Calle Real, por la huerta de Juan de Torres; fuéle preguntado que quién le ayudaba a pasar el dicho hato, dijo que unos niños, dos niñas de Juan de Vega que le llaman la una Marina y la otra Catalina, y una negrilla de doña Isabel Cataño que se dice Juana, y otros muchachos que no miró quien eran, y que no vió otra cosa, y esta es la verdad. No firmó.

* Juana Gonzalez y Bartolomé Hernández ofrecen cierta dificultad de identificación a estas alturas. En "Los Juanguren y el espadero 22", noviembre de 2011, Bartolomé Hernández y Juana García, vecinos del Alguacil, quedaron como depositarios de los bienes embargados a éste. Los escribanos solían abreviar los apellidos más comunes con un garabato parecido a una letra mayúscula que, en el caso de Gonzalez y García, es similar. Muy probablemente las dos Juanas sean una persona, antes receptora de los bienes y ahora llamada a testificar. En cuanto a Bartolomé Hernández su marido, otro Bartolomé Hernández figura en las crónicas del pueblo de estos años, de segundo apellido Vizcaíno y casado con una tal María "La Rubia". Si es el mismo, viudo y vuelto a casar, sólo los próximos documentos a transcribir nos lo aclararán. Pero lo más importante es que, como vamos a ver de inmediato, este Bartolomé Hernández marido de Juana Gonzalez/García, es nombrado para nuestra sorpresa como hermano del Alguacil Alonso Rodriguez de Triana. Lo cual explicaría que vivieran en vecindad en casas aledañas.

** Después de este presuroso salvar del embargo todo lo que pudiese, Ana de Tovar se escondió, como ya hemos referido, huyéndo al interrogatorio de Hernando Jayán.
Es un vertiginoso caleidoscopio de idas y venidas lo que nos narran esta testigo y los siguientes, pero todo sugiere que los allegados de los prófugos, testigos incluídos, no pretendían otra cosa que confundir y desorientar a las autoridades para proteger a los ocultos en el río Repudio de un castigo que, con un poco de suerte a favor del acusador Juanguren, podía consistir incluso en varios años encadenado a un remo en las galeras del rey.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 27


Si a oídas del pescadero Hernán Diáñez hubiera llegado el agravio que el viejo Rodrigo Franco había infrigido a su hija, de nada le sirviese a éste ni la protección de sus muchos camaradas y compadres, ni el talante violento de su hijo Alonso, ni la fidelidad perruna de sus esclavos, ni todas las Justicias de los Reinos de Su Majestad actuando en su favor: con uno de los instrumentos de desescamar barbos tenía garantizada el lascivo hacendado la cuchillada en el vientre.
Era el mencionado pescadero de baja talla, rechoncho y de cara abotagada por el consumo excesivo de alcohol, y sus ojos armonizaban, verdosos, claros e inexpresivos, con su oficio. Como ya hemos dicho, ganábase el sustento portando el producto del mar —y del río— hasta la Calle Real un par de veces a la semana, lugar donde lo vendía prontamente. Precisamente una de las bestias que usaba para su transporte era el asno pardo ahora embargado por el Juez Jayán en casa de su evadido yerno Haldón, asno que desde hacían unos meses había prestado al matrimonio para que sobrellevasen la preñez de Catalina.
Recordaremos a Leonorcita, encomendada por dicha Catalina a una amiga del vecindario mientras se desarrollaban los hechos protagonizados por el zorzalero. Y el abuelo pescadero era una de las pocas personas del pueblo enteradas de que, oculta con la niñita en una habitación interior de un hogar discreto, Ana de Tovar aguardaba el desenlace de los acontecimientos. Ni a la familia de Haldón ni a la de Alonso Rodriguez de Triana le faltaron nunca apoyos y solidaridad en Castilleja, ampliamente conocidos como eran y ahora por añadidura elevados en un pedestal por haberse enfrentado tan directamente al odiado clan de los Juanguren. Hasta el escribano Vizcaíno tenía en mente, a cada paso que daba y a cada minuto que vivía, que:

El domingo 27 de dicho mes de enero de 1555 bautizó Rodrigo de Cieza a Leonor, hija de Juan Martin Haldón y de Catalina Hernandez. Fueron sus compadres1 Miguel de las Casas, Juan Vizcaíno, Francisco de Aguilar y su mujer Isabel Rodriguez. (Bautismos 3, diciembre de 2008).

1.- Entiéndase: padrinos.

Y como padre reciente que era también (Juanito apenas cumplía entonces la primera semana de vida, —ver "Los Juanguren y el espadero 10", marzo de 1011—), su empatía hacia los jóvenes esposos se acrecentaba cada vez que, embelesado, contemplaba a su propio hijito.
Hernando Jayán, otro de los castillejanos felizmente bendecidos por la paternidad, desentonaba en la actitud general de simpatía hacia la causa de los prófugos como hemos visto, debido a sus intereses con el viejo Diego Ortiz. Dijimos ya del Juez de Comisión que actuó con gran honradez testificando contra el maltratador de género Luis Ortiz, otro Juanguren, a favor de su mujer Francisca de Padilla ("Los Juanguren y el espadero 19", mayo de 2011), pero sus actos, condicionados a las coyunturas y circunstancias que ahora le obligaban, diferían completamente.

¿Qué era, a estas alturas, de Juan el preso y de Alonso el carcelero, los dos desaparecidos? Hay testimonios con los que reconstruir su aventura, al menos en las primeras etapas. Alonso mantenía con Haldón, repetimos, una profunda relación de amistad, reforzada por una misma ocupación y un modus vivendi común: el de chifleros. Sabemos que el Alguacil no era menos consumado cazador de pájaros, y que la venta de éstos constituía también para él la principal fuente de ingresos, excepto cuando la siega, el verdeo o la vendimia exigían de todas las poblaciones de la comarca mano de obra urgente.
Eran las dos de la madrugada, en la neblinosa noche del domingo 3 al lunes 4 de noviembre, cuando, tras haber hablado pormenorizadamente de sus proyectos e informar a sus respectivas mujeres de ellos, Alonso acordó liberar de grilletes, cepo y cadenas al cautivo y, sigilosamente, cargados ambos con vituallas para unos días, escapar a primeras horas de la mañana siguiente. La cual se presentó opaca, tal y como había estado la atmósfera desde varias horas antes. El frío lunes no registraba gran actividad en el pueblo, y salieron a la Plaza —fantasmagorías de brumazones— y cruzando huertos y corrales —turbiedades arbóreas—, huyéndoles a las escasas más sombras que personas que transitaban entonces, alcanzaron el ahogado por la neblina Camino Real, desde el que, sin contratiempos ni encuentros inesperados —las casas permanecían cerradas en el vaho frío y húmedo— las dos sombras borrosas enfilaron tanteando con sus bastones por la hijuela hacia Tomares con la idea de, rodeando el poblado, allegar a las zonas boscosas de los márgenes del río Repudio en términos de Mairenilla, del todo propicias para ocultarse. Esperaban poder granjearse socorros de los pastores y ganaderos conocidos que transitaban por la Cañada Real de las Islas, y de los trabajadores de los molinos harineros, con los que habían tenido algún trato.
De forma que en las proximidades del mediodía —persistía el cejo blancuzco formando vórtices en el aire de plata derretida—, tras una marcha a buen paso y rodeando chozas y caseríos, avistaron las elevadas sombras de los añosos álamos que orlaban el curso del arroyo del Zorrero, corto afluente del Repudio y corriente en su cuenca, que solo tenían ir orillando hasta internarse en un inextricable enredo de matorral, carrizales, juncos, y arbustos a los pies de frondosos algarrobos, pinos y álamos. Había llovido mucho en días anteriores y era de esperar un flujo abundante de agua e incluso áreas inundadas e intransitables.
Hablaron poco durante la preparación del "campamento", y sus palabras se desvanecían en nubecillas de vaho. Al llegar la tarde, ya con el aire limpio, aunque frío, y el cielo nuboso, tenían un cobijo propiciado por cierta oquedad en un barranco de tres metros de altura labrado por la corriente, con acceso difícil desde arriba. Al otro lado del río el follaje era tal que no había que temer miradas indiscretas. Disimularon el escondrijo con ramajos, dispusieron su escaso equipo, y exploraron los alrededores para establecer un claro donde encender fuego, distanciado en lo posible de la covacha. El agua cantora brincaba entre los pedruscos verdinosos. A lo lejos, el traqueteo rítmico de la rueda hidráulica de una azuda era la única manifestación de un mundo civilizado que poco a poco se iba perdiendo en sus mentes, y aquel triste crujir, apagado y ajeno, era lo único que les conectaba con sus semejantes.
Cansados, cuando el manto de la noche quedó extendido por la cuenca, se durmieron acurrucados en el hueco, arrullados por el intenso croar de las innumerables ranas.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 26

Luego incontinenti el dicho Señor Hernando Jayán fué a las casas de la morada del dicho Juan Martín Haldón, y se le secuestraron los bienes siguientes:

-Una mesa de madera, de 4 pies.
-Dos banquillos de madera, viejos.
-Una caldera mediana, y otra más pequeña.
-Un serón de palma, raído.
-Un cedazo, viejo.
-Una aldaba.
-Una espuerta de palma, grande y nueva.
-Un ovillo de hilo que tenía una onza poco más o menos.
-Unos manteles caseros, pequeños y viejos.
-Un colchoncillo de tascos1, viejo.
-Un arca de madera, vacía.
-Un paño de lienzo pintado, pequeño y viejo y roto.
-Dos candiles y una soga de pozo.
-Un cuartillo y otra medida más pequeña, y 2 embudos, uno de barro y otro de estaño, viejos, para medir vino.
-Un lebrillo blanco, pequeño.
-Unas trébedes y dos asadores.
-Un asno pardo.
-Nueve pájaros zorzales.

Todos los cuales bienes recibió en secuestro y depósito Francisco de Aguilar2, que se obligó, firmando de su nombre.

1.- Tasco. La arista, tamo, ù estopa gruessa, que dexa el lino, y cáñamo al rastrillarlos, ò espadarlos. Diccionario de Autoridades.

2.- Sobre la personalidad de Francisco de Aguilar reina cierta confusión en los protocolos que le atañen, porque si en algunos aparece como analfabeto, siendo necesario que firme por él algún testigo, en otros hace ostentación de una firma adornada de una enérgica y segura rúbrica, que denota poseer formación y cultura muy por encima de la media en aquella sociedad. Todo ello nos lleva a pensar que se trate de dos personas distintas —lo que no parece probable—, o que, fraudulentamente y con intención de servir a sus intereses coyunturales, se hace pasar por iletrado en ocasiones, para dejar las mínimas huellas documentales de sus actividades. Esta segunda posibilidad no tiene nada de extraño, pero requeriría la connivencia del escribano de turno. Ella, —advertimos—, no es contemplada por los estudiosos de la alfabetización del Siglo de Oro, los cuales basan primordialmente sus estudios, a falta de otras fuentes más fiables, en las estadísticas de firmantes, en la cuantificación de quiénes sabían firmar, ya que el indicador más general y directo es el dominio de la firma, a falta de censos que no se iniciarían hasta el siglo XIX, exactamente en el año 1835 el primero de ellos.
Un tercer caso, —que también viciaría las investigaciones aludidas—, es el de que, siendo iletrado, dispusiese de algún delegado que, subordinadamente y con autorización, usase su nombre para firmar específicos documentos.


En la casita de Haldón, en el centro de su patinillo, se erguía un naranjito joven de cuyas ramas nuevas ya en aquel mes de noviembre colgaban maduras dos o tres docenas de gruesas y saludables frutas. Mientras el Juez de Comisión, el escribano Juan Vizcaíno con sus notificaciones, y otros testigos recontaban los escasos bienes, el viejo Rodrigo Franco, como Pedro por su casa, salió al dicho patinillo a curiosear, y detúvose frente al arbolito, distraído. La mañana había cobrado esa luminosidad otoñal que proporciona un cielo limpio tras varios días de aguaceros, luminosidad que en el patio era acrecentada por el pulcro enjalbegado que Catalina aplicaba asiduamente a las paredes, multiplicándose en el espacio como en espejos de cristal. El cielo estaba profundamente azul y el sol de oro, en plena elevación, dejaba sus cegadores planos en el blancor de los muros. Algunas matas de rojos geranios florecían en humildes tiestos aquí y allá, alternadas con un ringlero de jaulas de cañas que abarcaba todo el perímetro, en las cuales saltaban en sus posaderos, alegres por la radiante mañana, oscuros zorzales de ojillos brillantes e inquietos, representando todas las edades. El aire fresco y sedoso estaba quieto. y el hacendado respiró a pleno pulmón la agradable atmósfera, desentendiéndose de las voces de los inspectores, que hasta él llegaban. Se ensimismó hasta el punto del sobresalto cuando apercibióse de que alguien lo observaba desde la puerta, reconociendo al volver la cabeza a la esposa del zorzalero, que, nerviosa, le clavaba una mirada preñada de miedo.
Rodrigo sonrió para tranquilizarla, adivinando que la mujer, desconfiando de todo y todos, se había asomado para vigilarle.
Durante unos momentos pasó por su mente un torbellino de ideas que intentó no dejar traslucir, y para mejor disimularlas extrajo de la vaina prendida en su cinturón, con toda la parsimonia de que fué capaz, una lujosa y antigua daga de caza, arma que siempre le acompañaba, mientras que con la mano libre agarraba una escogida naranja, girándola y arrancándola de su tallo sin perder de vista a Catalina. Lentamente, regodeándose en sus movimientos, comenzó a mondar el dulce fruto, dejando caer al suelo las irregulares cintas de cáscara. Sintió el aroma de los gajos cercenados y el zumo chorreando entre sus dedos, y de reojo se percató del rubor de la mujer, en cuyo pecho hervía la ira.
Mientras, mascando el primer trozo al tiempo que apuntaba al rostro pétreo que tenía delante con la punta del puñal, le preguntó:
—¿No me iréis a negar, señora Catalina Hernández, que sabéis a ciencia cierta adónde han ido a volar los dos pájaros y la otra pájara, por ventura? —la tenía a su merced, y pensó en aprovecharse de la situación para descargar de trabajo al Juez Hernando Jayán y a la vez demostrar a todos que los años no le habían enturbiado la sesera.
La mujer no respondió. Sabía el paradero de Ana de Tovar, pero no así el de los dos prófugos.
Las aves enjauladas revoloteaban inquietas ante la extraña presencia de Rodrigo Franco.
Masticaba produciendo chasquidos repulsivos cuando el aire de la cabidad bucal, burbujeando en las comisuras de su boca, salía expelido ruidosamente por los interticios que la carencia de piezas molares había dejado, y a la vez que intentaba sonreir con burla, con gesto pretendidamente lascivo pero que resultó, a ojos de la mujer de Haldón, de una repugnancia nauseabunda, el hacendado se relamía los bigotes canosos, dejando entrever sus casi despobladas encías, mientras el azucarado y pegajoso jugo le corría por los ralos mechones de la barba, otrora poblada y ahora semejando un erial, y unas gotas le empapaban ya la pechera del jubón de estameña morada que vestía, formando oscuros lamparones.
El viejo recordó a la esposa del Alguacil, la bella Ana de Tovar, "la otra pájara", con excitación, pero la visión de las rotundas formas de Catalina se interpuso en su mente. Era ésta, en efecto, hembra todavía joven, de formas macizas patentes bajo la basquiña oscura. Tirando a un rincón el resto de la naranja, se dirigió hacia ella, invitándola con un seco ademán a reunirse con los que, en el interior de la vivienda, acababan la inspección. Cuando Catalina le volvió la espalda el viejo, en parte para hacerle ver que estaba desamparada, en parte para someterla a humillación y en parte para sondear su voluntad concupiscentemente, a la vez que se limpiaba en la saya femenina la mano pringosa le estrujó con ansia el trasero, emitiendo una risita cascada y artificial que erizó los pelos de la nuca de su víctima.
Catalina dió unos pasos rápidos hacia el interior para desembarazarse del anciano hacendado, aunque optó por no delatarlo, al menos en aquel allí y en aquel entonces, desfavorable a todas luces para ella, reservándose la reacción para cuando las cosas, y su persona misma en primer lugar, estuviesen mas calmas y serenas.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 25

Y así, con castillos en el aire, Castilleja está en el aire. En ningún modo se muestra ni se demuestra que los datos ofrecidos hayan sido hechos para su aplicación en esta Villa. Simplemente se aplican, sin más reparos.
Los franciscanos podían estar refiriéndose a sus hermanos en general —lo más probable—, podían haber elaborado unas reglas, unos procedimientos, una guías escritas para orientación y prácticas de los fieles en general —lo más probable—, pero se interpreta, tendenciosamente, que apuntan especificamente a los habitantes de la Calle Real, aun resultando inverosímil según todos los indicios objetivos. Volvamos a la web hermandaddelacallereal.es, para acabar de cerciorarnos de ello, y comprobaremos este característico modus operandi de los historiadores castillejenses. Se dice en ella que en el siglo XVI la estación de penitencia se realizaba con un mayordomo portando la seña negra con cruz colorada, con dos hermanos con camisas negras, mas disciplinantes con túnicas blancas, mas clérigo vestido de negro, mas dos hermanos con camisas negras y cirios, mas música de cantores, mas cuatro trompetas y mas cuatro hermanos con varas verdes. Se especifican los cordones, escudos y hasta las alpargatas que debían o no debían llevar. Sin duda que este torrente de detalles fué elaborado por los franciscanos como una prescripción, como lo que "debía ser" una procesión cofradiera. Todo ello era materialmente imposible hacia la mitad del siglo XVI en el Realengo de Castilleja, por la sencilla razón de que no había suficientes vecinos, considerando que con la referencia a Paulo III los autores de la web nos sitúan en dicha mitad de siglo. Acaso desde el XVII se pudieron haber realizado desfiles de ese tipo, pero no antes.
De ninguna forma se puede mantener que se realizaron en la Calle Real procesiones de este jaez. Y no se puede mantener, además de por lo anteriormente alegado, porque no hay testimonios de personas de carne y hueso que participaran en ellas, al contrario que ocurre en la Plaza, o que ocurre en Castilleja de Guzmán, Villa ésta en la que está perfectamente documentada una procesión del día del Corpus, con nombres y apellidos (procesión, adelantemos, en la que ocurrió un percance importante con espadas por medio, y que detallaremos en esta serie de "Los Juanguren y el espadero" porque fué coetánea y porque involucró a nuestros protagonistas: Diego Ortiz de Juanguren y un amigo íntimo suyo). Son documentos como el del Corpus en Castilleja de Guzmán, o como los varios de la Cofradía de Santiago que ya hemos ofrecido a nuestros lectores y que seguiremos ofreciendo, los cualificados para dar a los hechos reales carta de tránsito por una historia de la vida religiosa de nuestro pueblo con unos mínimos visos de veracidad.
Por último, hemos de denunciar otro de los malabarismos ilusionantes de nuestros historiadores de plantilla. Durante muchos años del siglo XVI —e incluso antes y después— la ermita de Guía fué conocida como Vera Cruz. De ello ya hemos publicado algún testimonio, y el último obtenido queda transcrito de la siguiente manera:

Sepan cuántos esta Carta vieren cómo yo, Diego Mexía, vecino que soy de la ciudad de Sevilla en la collación de Santa María, y morador en el Heredamiento que está cerca de la Vera Cruz, término del lugar de Camas, otorgo y conozco de que debo dar y pagar a vos, Juan de Villalobos, vecino de la dicha ciudad de Sevilla en la collación de San Salvador, que estádes ausente, como si fuéredes presente, o a quién vuestro poder para ello hubiere, cuatro ducados y medio, los cuales son por razón de la renta de un pedazo de viña que me arrendásteis por este año de sesenta y nueve años, horro de todos derechos de alcábala y diezmo que los pague yo, que el dicho pedazo de viña es en término del dicho lugar de Camas junto a las casas de mi Heredamiento que tengo en dicho término, que lindan con callejón que va al dicho lugar de Camas, los cuales dichos cuatro ducados y medio prometo pagaros en la ciudad de Sevilla... etc., etc., etc.
Hecha la Carta en la Villa de Castilleja de la Cuesta en el Señorío de ella, estando en las casas de mí, el escribano público yusodicho, martes dieciséis días del mes de agosto, año de mil y quinientos y sesenta y nueve, siendo testigos Francisco Vázquez, vecino de esta dicha Villa, y Alonso Martín, vecino de Sevilla y estante en esta Villa.

Resulta muy tentador, para dibujar una Calle Real rebosando de fervientes fieles, traspasar a la cofradía de dicha calle, como relleno, todo lo que aparece referente a la ermita, aprovechando hasta la denominación con la cual era ésta conocida.
Para colmo de la audacia, situar a Hernán Cortés como devoto fiel de la referida iglesia de la Inmaculada es otro de los flagrantes sinsentidos publicados hasta la fecha, sinsentido que por cierto resulta contraproducente además, habida cuenta del vergonzoso pasado del Conquistador.
En definitivas cuentas: la importación de teorías, prescripciones y observaciones generales para reconvertirlas y desfigurarlas en hechos concretos y en prácticas autóctonas y específicas es la cómoda manera con la que muchos falsos historiadores locales pretenden alcanzar reconocimiento, fama y gloria, según queda expuesto.
Aderezado todo ello con la alucinante ensalada de escritos teológicos de sus "líderes espirituales" dirigidos desde el Estado Vaticano, con la aberración de andanadas de cohetes a las tres de la madrugada a la mínima ocasión, con muchachotes sopladores de estridentes trompetas y aporreadores de sonoros tambores cada dos por tres, con unos cacareados actos de caridad que son, con la complicidad del gobierno político de turno, chantaje inhumano a los desfavorecidos para obtener de ellos la resignación total, y con otras muchas "manifestaciones cristianas", todo lo cual guía a Castilleja de la Cuesta por el camino de ser, (o de seguir siendo) una ciudad-manicomio. Aquí se cumple, aunque en su sentido más negativo, el hecho científico e irrefutable de que Jesucristo proviene del mono.

Olvidémonos, pues, de los arcos de la Plaza, de las mezquitas, de la Cofradía de la Calle Real y de su Hospital, y volvamos a la casa del Carcelero Alonso Rodriguez de Triana, con su olor a ser humano, su humedad fría, su luz azulenca, sus gemidos de preso torturado todavía resonantes en el triste habitáculo donde el Alcalde Ordinario Diego Ortiz y su familiar golpearon con saña a un hombre encadenado. Esto sí es real.
Ávido y urgido, decíamos, Hernando Jayán por acumular bienes garantes, se dirigió seguidamente con su cohorte de escribano y testigos a la morada de Juan Martín Haldón, con la intención de continuar con los embargos.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 24

Nos hemos referido en el capítulo anterior a los arcos de la Plaza, como ampliación del ejemplo de falaz tratamiento histórico que se perpetra en el asunto de la capilla de la Calle Real por parte de la "intelligentzia" local. En base a lo que nos narran los protocolos notariales, el mismo razonamiento puede aplicarse a dichos arcos, puesto que están tan ausentes de los protocolos notariales como la iglesia; y como no menos lo está la cofradía.
Siendo como es de pura necesidad que durante más de cincuenta años (los de la primera mitad del siglo XVI abarcados hasta hoy en nuestras investigaciones), estén documentados siquiera tangencialmente tanto los arcos como la iglesia y cofradía en fuentes tan exahustivas como son los protocolos, al no estarlo cualesquier hipótesis sobre sus existencias adolece de falta de realidad. Veamos cuáles son las fuentes en que se basa la "historia oficial" castillejana; un intento de documentar los arcos ha sido hecho recientemente por Juan Prieto Gordillo en "La Villa de Castilleja de la Cuesta. Calles históricas", pág. 122, Ateneo de Castilleja de la Cuesta, 2009, de la siguiente forma:

... La tercera realización arquitectónica —la primera fué según dicho autor, el "levantamiento de la mezquita-fortaleza" (¡¡¿?!!), y la segunda, la construcción de la Iglesia de Santiago—, llevada a cabo en la Villa una vez asentada la Orden Militar de Santiago, consistió en el levantamiento de cuatro arcos, como muestra del dominio territorial tal y "como acostumbraban señalar sus territorios las Ordenes Militares...".
El entrecomillado es cita, —excesivamente escueta, añado, y única además en la extensísima y autorizada historiografía sobre las Órdenes— de un legajo, el nº 52, sin fecha, de la Sección de Castilleja de la Cuesta en el Archivo Parroquial de Olivares. Más insustancial, imposible.

Probablemente los arcos sean, en verdad, realización de las fantasías historicistas de algún edil cateto que en tiempos decimonónicos pretendió rendir pleitesía al Ejército salvador de la Patria y Garante de los Valores Monárquicos, y su legado ha sido hoy recogido por eruditos de la misma ralea; yo mismo recuerdo todavía la hechura y cochura de los ladrillos originales, y no me parecieron muy antiguos, pero no perdamos la paciencia; tiempo al tiempo, que el Archivo Histórico Provincial guarda las respuestas que sólo surgirán con un trabajo de investigación serio, objetivo y metódico.

Pero dejemos a Matamoros, para echar un vistazo a lo realengo. En la web oficial hermandaddelacallereal.es, en la sección de Historia, se adjudica sin mayor detenimiento el origen del núcleo de población, hermano del de Santiago, a una alquería árabe con su consuetudinaria mezquita, que Fernando III reacondicionó luego como capilla particular mientras esperaba que sus sitiados enemigos, los sevillanos, se rindiesen. Esta musulmanía de muchos pseudohistoriadores aljarafeños, que tiene su principal estribo en repartir alquerías árabes con la misma agilidad que los tahúres reparten naipes, queda en entredicho si, habida cuenta de la patente falta de documentación, atendemos sin otro remedio, porque no lo hay, a los registros arqueológicos; y de éstos, la Calle Real brilla por sus ausencias. El arzobispo Gonzalo de Mena, según dicha web, otorga la administración de esta mezquita-capilla surrealista a los franciscanos, y ya tenemos así el cambio de vía sin guardaagujas con el que el sentido cristiano de la Historia Trascendente, de esta burda manera queda conectado con el pasado remoto, incluyendo el Diluvio Universal y, cómo no, la Creación ex-nihilo.
Dícese en el "Boletín Informativo de la Pontificia, Real e Ilustre Hermandad Sacramental de la Inmaculada Concepción y Cofradía de Nazarenos de la Santísima Vera Cruz y Sangre de Jesucristo, Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y María Santísima de los Dolores" (sic), número 16 de marzo de 1990, pág. 12, artículo "La Inmaculada Concepción y Castilleja de la Cuesta II", cuyo autor es Antonio Rodriguez Navarro, intentando cubrir las escandalosas desnudeces de la historia de la Villa, que el 9 de junio de 1478 se fundó la referida corporación, para lo cual únicamente dispone de una fuente secundaria de bien entrado el siglo XVII, sita en el legado 85 del Archivo del Palacio Arzobispal de Sevilla, donde se contienen las reglas emitidas el 28 de marzo de 1624*. En definitivas cuentas, en una oscura referencia de 1624 a unas reglas de 1478, adjudicándoselas por arte de birlibirloque a la Calle Real se basa toda la orgullosa solera de la Cofradía de la Vera Cruz (o verdadera cruz donde Cristo estuvo crucificado); y también en que los franciscanos impulsaban la creación de hermandades con la advocación de la Inmaculada, como este mismo articulista del boletín cofrade asevera citando a José Sánchez Herrero en "Las Cofradías de Sevilla, historia, antropología, arte", 1985**.

* “nuestros hermanos antiguos en nueve dias de el mes de Junio Año de el nacimiento de Ntro Señor Jesucristo de Mill equatrocientos y setenta eocho Años. Instituyeron y hordenaron q ubiesse Cofradia y hermandad a honrra y reverencia de la Sanctissima vera Cruz y sangre de Jessuchisto” (web hermandaddelacallereal.es).

** Mas para este viaje no hacen falta alforjas, puesto que nunca Sanchez Herrero menciona a nuestra Villa ni por asomo, sino que trata el tema en toda su generalidad. Dice el profesor José Sanchez Herrero en la cita de referencia, con cierta explicable ironía, que no pretende determinar la fecha exacta de la fundación de cada cofradía, para que de una vez quede resuelto ese "gran problema", que algunos tienen planteado, de saber cuál es la más antigua y, por ello, la reina de las cofradías y cuál es la más joven y, por ello, la menos importante. "Gran problema" para muchos juntaletras silvestres, como todo el mundo sabe. El autor de estos capítulos de historia alixareña recuerda la letrilla lorquiana cantada por la magistral Teresa Berganza:

Una vieja vale un real
y una muchacha dos cuartos;
y yo, como soy tan pobre,
me voy con lo más barato.

Terminemos. Despeja el profesor, con autoridad: "Un pequeño problema debemos resolver de entrada ¿Cofradía o Hermandades? La designación medieval más usada en todo tipo de documentos: estatutos, sínodos, bulas papales, etc., es la de cofradías."
No les hubiera venido mal a los de la Vera-Cruz seguirlo al pié de la letra, y así ahorrarnos a los llanos contribuyentes rimbombancias que pregonan justamente lo contrario de lo que, con extrema vanidad, pretenden pregonar.

"Cofrade", por fin, que en origen significaba "hermano", es una palabra que ha sido usada con amplitud en el tiempo y en el espacio, porque figura en idiomas antiquísimos como el sánscrito, el avéstico y el persa antiguo, y en el armenio, el irlandés antiguo, el galés, el córnico, el bretón, el alto alemán antiguo, el gótico, el anglosajón, el escandinavo antiguo, el prusiano y el ruso, siempre con la misma forma y raíz; está íntimamente emparentado con "fratría" (miembro de una confraternidad), y con "fraile". Comparando con el castellano "hermano", el actual "brother" ("hermano" en inglés) ha conservado mucha más pureza morfológica.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 23

Un inciso antes de intentar aclarar el asunto de los dos hospitales y de la fantasmal Cofradía de la Calle Real: el hecho de que el encargado de la cárcel poseyera dos domicilios cobra fuerza atendiendo a lo que pudo heredar de su padre:

Convocados todos ellos en la Plaza —la mitad de la ceremonia hubo de efectuarse en el interior de la Iglesia de Santiago, debido al mal tiempo— Ochoa de Isázaga recibió de Alonso de Esquivel, entonces Comendador de la Orden en nuestra Villa, el libro donde estaban registrados todos los propietarios, y el Comisionado procedió a repartir las Cartas de tributos. Cuando le tocó el turno a Alonso Rodriguez de Triana (recuérdese: padre del Carcelero) declaró ser dueño de una aranzada y media de viñas (que le supuso 57 maravedíes de tributo) y de una casa y dos tercios de otra (con 20 maravedíes). (Nota al pie de "Los Juanguren y el espadero 10", entrada de marzo de 2011).
Cuadra todo ello casi con total exactitud con lo embargado por Hernando Jayán: dos casas y una viña.

Lo que se afirma en este referido capítulo sobre que desde la casa de Alonso y Ana se divisaba la Plaza puede mantenerse en base a que la configuración del referido reducto distaba mucho de la que posee en la actualidad. Añádase que los característicos arcos no existían por aquel entonces, —sobre lo cual nos referiremos de inmediato—. De esta forma, desde el comienzo de la calle de los Jayanes (o de Enmedio) podía verse en toda su extensión el ágora santiaguista.
Y ahora repasemos lo publicado sobre la religiosidad en la Castilleja tomareña, incluyendo sus manifestaciones tanto corporativas (hermandad, cofradía, etc.) como materiales (ermita, iglesia, etc.), no menos evanescentes y ausentes durante el XVI de nuestros desvelos que el mencionado segundo hospital. Aunque son numerosos los protocolos notariales que se refieren a vecinos de la Calle Real en actividades de compra-ventas, testamentos y poderes, litigios y pleitos, deslindes, inventarios, donaciones, etc., con todos los detalles que nos brindan los ya transcritos y los por transcribir en esta Historia de Castilleja, en ningún lugar ni momento se menciona ninguna clase de Cofradía o Hermandad que no fuera la asentada en la Iglesia de Santiago, lo cual es de por sí meridianamente explícito: o no existió actividad religiosa en la Calle Real, o estaba reducida a su mínima expresión (puramente formal y burocrática, desde sus lejanos y desentendidos administradores de la Orden de San Francisco en San Juan de Aznalfarache). Tampoco hay referencias a ninguna ermita, capilla o iglesia, ni directas ni indirectas, por lo que concluímos que la supuesta capilla, o estaba en desuso, ruinosa o reconvertida durante la mayor parte del siglo XVI, o no existía de ninguna forma físicamente.
En lo que toca a los registros de bautismos, casamientos y defunciones, son igualmente inexistentes en otro lugar que no fuera en la iglesia de la Plaza. De hecho, vecinos de la Calle Real, o sea, sometidos a la jurisdicción de Tomares, como es por ejemplo Juan Sanchez Delgado, por nombrar a uno de los más influyentes durante el XVI, formaba parte como Diputado cofrade en la parroquia de Santiago.
¿Qué decir de los enterramientos? ¿Se inhumaba la gente de la Calle Real en ella, en Tomares o en la iglesia de la Plaza? La incalificable dejadez de la ristra de clérigos encargados del archivo parroquial desde que se formó hasta la fecha, más dedicados a fomentar entre el populacho la religiosidad esperpéntica, ostentosa y vacua que caracteriza a nuestra población, en lugar de velar por ese tesoro documental que albergan los húmedos y pútridos desvanes de los templos, ha producido una laguna insalvable ya para los investigadores que nos interesamos en descubrir identidades pretéritas, base y cimiento de las actuales, que tanto preocupan a muchos castillejanos, desorientados como cangrejos en una palangana. Los libros de registros de defunciones y matrimonios anteriores al siglo XVII han desaparecido, robados acaso, o, como apuntaba con sorna de azacán un cura de Castilleja precisamente, en tertulia de sacristía (del cual omitiremos el nombre), usados como papel higiénico.
En la época de nuestro estudio ejercía oficialmente en Tomares un escribano llamado Tomás del Río, hombre corrupto donde los haya, dicho sea de paso, capaz de, por un puñado de maravedíes, falsificar el testamento de un desgraciado moribundo al mismo pié de su cama. Ya lo conoceremos. Pues bien, a la espera de repasar la escasa documentación que dejó su Oficio, dejamos sentado como hipótesis que la Calle Real no era en la práctica nada independiente del Señorío de don Pedro de Guzmán, ni lo fué bajo la dominación de los caballeros de Santiago, y que lo único digno de resaltar en cuanto a hecho diferencial fueron los rifirrafes producidos por cuestiones de cobros de alcábalas sobre ventas de productos de primera necesidad en uno u otro territorio, alcábalas que se disputaban entre el Conde de Guzmán por una parte, y los Alcaldes de Sevilla con sus aliados —uña y carne en cuanto al saqueo de la tierra metropolitana— los Arzobispos, por la otra.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 22

Lo primero y más urgente para el Juez de Comisión era asegurarse las espaldas con bienes materiales, tangibles y monetizables, con los que hacer frente a probables penalizaciones por su negligencia. Porque los daños psíquicos el tiempo y los vericuetos de la razón los arreglaban de una manera u otra, pero una fuerte multa era algo irrecuperable y la faldriquera conservaba por siempre jamás el estrago. Por lo tanto se dispuso a cubrir a modo completo las futuras indemnizaciones que le fueran exigidas, embargando a diestro y siniestro todo lo embargable. Y empezó allí mismo, en la casa de Alonso Rodriguez de Triana, cuyos dueños parecían haberse volatilizado.

Y luego el dicho Señor Juez buscó por la casa del dicho Alguacil qué bienes había en casa para los secuestrar, y no se hallaron sino los bienes siguientes:

-Una arquilla de madera pequeña sin llave, vacía.
-Un banco de madera, de cama, sin pies.
-Una silla de costillas.
-Una almohada vieja.
-Un costal de lana donde parecía que estaba echado el dicho Juan Martín Haldón.
-Una tinaja de 4 arrobas poco más o menos, llena de vino, y otra tinaja vacía, del mismo porte.
-Un lebrillo verde, grande, de amasar, y quebrado.

Todos los cuales dichos bienes el dicho Señor Juez dejó de manifiesto en poder de Juana García, mujer de Bartolomé Hernandez, vecino de esta Villa.
Luego el dicho Señor Juez hizo secuestro por bienes del dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil y Carcelero, de una tinaja de vino de 30 arrobas poco más o menos, que está en la bodega del dicho Señor Hernando Jayán1, y asimismo secuestró las casas de su morada, que son en esta dicha Villa, linde por una parte con casas de Bartolomé Hernandez y de la otra parte con el Hospital de esta dicha Villa, y por delante la calle2. Y asimismo secuestró y hubo por secuestrado un pedazo de viña que el dicho Alonso Rodriguez de Triana tiene en término de esta dicha Villa, en que diz que hay media aranzada poco más o menos, que alindan de una parte con viñas del dicho Señor Hernando Jayán y de la otra parte con viñas de (en blanco).
El dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil y Carcelero, ni Ana de Tovar su mujer, no se hallaron en su casa, sino hamos (sic) la dicha casa abierta y no nadie dentro de ella. Testigos que fueron presentes los dichos Rodrigo Franco y Diego Gonzalo.

1.- Era costumbre que, entre conocidos, quien tuviera espacio de sobra en su bodega cediera desinteresadamente una parte de él a quien, poseyendo alguna tinaja de vino, no dispusiera de lugar donde almacenarla. Las tinajas foráneas se marcaban con alguna letra o señal. De la bodega de Hernando Jayán, situada en el corral de su casa a la banda del Hospital aledaño que él mismo patrocinaba, conocemos muchos detalles.

2.- Por esta otra información se nos ofrecen más elementos para formar el rompecabezas que, a partir de los documentos manuscritos y dada la carencia de planos de la época, es la topografía del pueblo. Dado que el Hospital lindaba con la casa del Juez Jayán por un lado, y por el otro con, según se dice aquí, la casa del Alguacil Rodriguez de Triana, que a su vez lindaba por la parte opuesta con la casa de Bartolomé Hernández, y sabiendo que tenía que encontrarse el conjunto de los cuatro edificios al principio de la actual calle de Enmedio (que llegaría a llamarse calle de los Jayanes, por el apellido de Hernando y sus descendientes) junto a la Plaza, este sector de las construcciones en la población hacia la mitad del siglo XVI que estamos estudiando no debía arrojar mayor complicación: Hernando Jayán-Hospital-Alonso Rodriguez de Triana-Bartolomé Hernández. Los dos primeros sitios no ofrecen duda alguna. Y de Bartolomé Hernández, ahora depositario vía su mujer Juana García —ver supra— de los bienes confiscados al Carcelero, es bien poco lo que conocemos.
La complicación surge cuando se documenta al Alguacil y a su bella esposa Ana viviendo en la Calle Real, como ocurre en "Los esclavos 14", (febrero de 2009), dos años después del de la fuga del zorzalero que tratamos. Además, como se reafirma de inmediato en el próximo capítulo, Ana se había marchado el día de la dicha fuga a "su casa de la Calle Real". Siendo así, ¿cual sería este otro Hospital de referencia? ¿Un lugar enigmático dependiente de una supuesta Cofradía callerealenga? Y lo tildamos de enigmático porque en una sola referencia, indirecta y oscura, lo hemos encontrado en el minucioso escrutinio que venimos realizando de la detalladísima documentación castillejana del siglo XVI, escrutinio que hoy por hoy alcanza hasta 1569. De forma que es arriesgado siquiera suponer que había dos hospitales en el pueblo.
Consideraremos ahora, en el siguiente capítulo, la Cofradía a la cual parece asociado, teniendo en cuenta también que un "hospital" en aquellos tiempos podía ser un simple cuartucho de suelo terrizo, sin ventanas, con un hueco a la calle a modo de puerta y unas cuantas esteras infectadas de parásitos en las que los miserables enfermos que recalaban en él intentaban pasar la noche acostados.
Del hospital de Hernando Jayán narraremos prontamente un episodio ciertamente siniestro y trágico, adelantando que la "cena" que se dió a uno de sus acogidos fué un huevo duro.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 21

Conocido que es ya, de esta manera, Luis Ortiz, ¿sobrino-nieto? de Diego Ortiz de Juanguren el viejo, volvamos la vista hacia el zorzalero preso y hacia sus allegados, a fin de saber de la conclusión de sus peripecias.
Recordemos que el 30 de octubre de 1555, víspera del Día de los Difuntos, habíamos dejado a Haldón en la Cárcel del Concejo, y a sus parientes y amigos batallando con los autos y requisitorias entre el Alcázar de Sevilla, morada de don Pedro de Guzmán, y el domicilio castillejense de Hernando Jayán, Juez de Comisión que entendía del caso.
Tras todo el ajetreo y alteración de rutinas que conllevan los días festivos sin solución de continuidad, esperaba una mayúscula sorpresa a Jayán, al escribano Juan Vizcaíno, al Alcalde maltrecho Diego Ortiz y, en suma, a todo el pueblo, que todo él permanecía atento y pendiente del desarrollo de los acontecimientos. El lunes 4 de noviembre Jayán se hizo acompañar de Vizcaíno para hacer una inspección del calabozo en casa de Alonso Rodriguez de Triana y revisar los grilletes, candados y cadenas que sujetaban a Juan Haldón. Esta es el acta de lo descubierto aquella mañana:

Y después de lo susodicho, en lunes 4 de noviembre de 1555 a horas de las diez horas antes del mediodía, el Señor Hernando Jayán, Juez de Comisión susodicho, en presencia del escribano Juan Vizcaíno, fue a las casas de la morada de Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil y Carcelero de esta dicha Villa, a visitar la Cárcel y a Juan Martín Haldón, que tenía preso en la dicha Cárcel por mando del Muy Ilustre Señor Don Pedro de Guzmán a pedimento del Señor Diego Ortiz, Alcalde Ordinario de esta Villa, y cuando entramos en la Cárcel halló que el dicho Juan Martín Haldón, que estaba preso y lo tenía el dicho Alonso Rodriguez, Alguacil, a su cargo, no estaba preso, antes hallamos la cadena y el cepo y grillos y chavetas y todas las prisiones que tenía el dicho Juan Martín Haldón sanas y no quebradas, y la llave del dicho candado con que tenía cerradas las prisiones, metida en la chapa del dicho candado, por donde consta y parece que fué suelto a mano y adrede el dicho Juan Haldón de la prisión en que está. Testigos que fueron presentes, Rodrigo Franco, vecino de Sevilla y morador en esta Villa1, y Diego Gonzalo, vecino de esta Villa.

1.- Rodrigo Franco, otro belicoso hacendado en Castilleja. Desde "Los esclavos 11", entrada de febrero de 2009, encontraremos abundantes noticias sobre su vida y hechos.

Hernando Jayán sintió, casi físicamente, tras un golpe en el pecho, un inesperado y negro nubarrón sobre sí, que apagaba los colores y desvanecía en el interior de su espíritu proyectos, esperanzas e ilusiones. Aquel nubarrón tenía dos caras, dos rostros de miradas acusadoras y amenazantes, que eran el del Conde don Pedro uno y el de Diego Ortiz de Juanguren el otro. Palideció, fija la vista en el cepo desencajado y en los grilletes abiertos, volvióse con rayos iracundos en los ojos hacia los otros dos rostros de la esposa del carcelero Catalina Hernández y de su acompañante, una decrépita anciana vecina, quienes cogidas del brazo y mudas parecían estatuas enmarcadas en la puerta y, sin decir palabra tampoco, giró de nuevo la cabeza hacia el aposento, iluminado por una dulce luz azulenca que desde el hueco de la ventana perfilaba los objetos tristes y oscuros de aquel rincón de sufrimiento. Reparó entonces en la llave del candado, cuyo reluciente aro brillaba ante él, sobresaliendo del ojo de la cerradura.
Desvergüenza insultante —pensó irritado— el ni tan siquiera haberse molestado en ocultar pistas, como si quisieran sugerirle con ello cuánto despreciaban a su persona y a la justicia que representaba. Tras sí, el hacendado Rodrigo Franco disimulaba una sonrisa mordaz, y Juan Vizcaíno, filosóficamente, dejaba a sus pensamientos elucubrar sobre la implicación de las dos silenciosas mujeres en la fuga, mentalmente alejado de allí en divagaciones sobre el amor y la amistad.
Ni el Alguacil ni su esposa se encontraban en la casa, pero antes de enredarse en averiguaciones que ya de antemano suponían infructuosas, —sólo había que observar la actitud de la mujer del fugado y de su compañera— los oficiales optaron por efectuar otras diligencias.

martes, 17 de mayo de 2011

Los Juanguren y el espadero 20

No sabemos dónde estaba la casa de Luis Ortiz y Francisca de Padilla. No sabemos si su fachada daba a La Plaza de Santiago, o si formaba parte de la hilera incipiente en la calle de Hernando Jayán, que hoy es de Enmedio; acaso se alzaba en el extremo superior de la calle Hernán Cortés, o aledaña al muro norte de la Iglesia. Pero sí sabemos que era la casa del Miedo. Blanco y espeso, el Miedo oprimía el aire de las alcobas, se sentaba en todas las sillas y miraba con fijeza desde todos los rincones. Las oscuras ventanas absortas, el exhudado frío de las paredes encaladas decían Miedo. Brillaba en el filo del puñal, helándolo en el roce con el femenino cuello, y traducía en secas roturas de huesos los crujidos del silencio mortal. A doña Francisca los gatos desde los tejados y los espejos desde las paredes la miraban, esperando impávidos el amanecer —como amanece el sol— de un amasijo sangrante por rostro, cada mañana. Y el desgarro de su grito en la tarde marcaba la hora como trágica campanada. Y la amenaza susurrada, el insulto bisbiseado junto a la oreja vertía su veneno caliente y corrosivo, taladrador y cruel, señalando las noches veladas de transpiraciones denigrantes.
Hasta que Luis marchó, arrastrando tras él el Miedo como una capa de amenazas aladas. Entonces ella miró la puerta y respiró, y aquella noche sintió por fin su cuerpo hundirse en la cama, mientras la Libertad reía en silencio deshaciéndole los nudos cárdenos con sus dedos de hermana.

Hemos visto su reacción en el anterior capítulo. La estrategia de la Padilla es clara. Intenta una radical separación de bienes matrimoniales para que sean los de su marido, en Indias, los que permanezcan embargados por el pleito con el clérigo Bartolomé. Y el argumento principal que utiliza para liberar los suyos propios es que dicho su marido se los robó literalmente, incluso por medios violentos.
No deja de ser curioso —y enigmático— que luego esta mujer marche a Indias, donde se encuentra ahora su esposo y peor enemigo; aunque las Ejecutorias vistas en el capítulo anterior se refieren a ellos como todavía legalmente casados, los hijos naturales y el otro cónyuge, Juan de Espinosa Salado, rodean a la biografía de doña Francisca de un hálito romántico y aventurero especial. Veamos sus avatares.

Francisca de Padilla, mujer de Luis Ortiz, vecina de Sevilla, y Alonso Rivadeneira, vecino de la Villa de Valladolid, y Juan de Espinosa Salado y su procurador en su nombre de la una parte; y doña Margarita de Aguallo, viuda del doctor Luis Salado, por sí y como tutora de sus hijos, y el doctor Berastegui y doña Beatriz de Ribadeneira su mujer y su procurador en su nombre, y el Licenciado Salado de Rivadeneira y los demás hijos y herederos del dicho doctor Salado y su procurador en su nombre, han entablado un pleito. Pareció en la Chancillería de Valladolid Antonio Hernandez en nombre de la dicha Francisca de Padilla el 26 de julio de 1572, ella como madre y heredera legítima del abintestado Melchor de Espinosa, su hijo natural con Juan de Espinosa, y presentó demanda contra el Licenciado Alonso Salado de Rivadeneira y doña Beatriz de Rivadeneira, mujer del doctor Berastegui, abogado en la real Corte, y contra doña Juana de Rivadeneira, mujer del Licenciado Lezama, vecino de la Villa de Medina de Rioseco, y contra los demás hijos y herederos que quedaron del doctor Luis Salado, y contra Margarita de Arguello, madre y curadora de algunos de los dichos herederos, y dijo que siendo el dicho Melchor de Espinosa menor de 25 años y teniendo por su curador a Alonso de Torres Salado su tío, hermano de dicho doctor Luis Salado, difunto, y teniendo como tenía al dicho doctor respeto y reverencia como a padre, y estando muchas veces en su casa adonde le habían hecho e hicieron muchos regalos y buenos tratamientos, y siendo ansí que el dicho doctor por diversas vías y maneras había hecho entender al dicho Melchor de Espinosa y a Alonso de Rivadeneira su hermano que el testamento que el dicho Juan de Espinosa había hecho era ninguno por no haber sido los testigos de él llamados y rogados, y porque el escribano ante quien se había otorgado no era escribano del número de la ciudad de México donde se había otorgado, ni daba fé que conocía al otorgante, y que por las dichas causas y otras él podía hacer dar por ninguno el dicho testamento del dicho Juan de Espinosa Salado, y hacer que los dichos sus hijos o quienes dejaba por herederos fuesen eludidos de la herencia y sucesión del dicho su padre y lo heredasen el dicho doctor Luis Salado y sus hermanos, siendo como es y era verdad que el dicho testamento era y es válido y no tenía ninguno de aquellos defectos, y por la forma y manera que allí decía con dolo y fraude el dicho doctor Salado había inducido y persuadido al dicho Melchor de Espinosa y al dicho Alonso de Rivadeneira su hermano a que se hubiese de desposar y casar con la dicha doña Beatriz de Rivadeneira y con doña Luisa de ¿Monillo? sus hijas y sobre el dicho casamiento le había hecho hacer y otorgar unas escrituras de capitulación y concierto que habían pasado y se habían otorgado por ante Francisco Cerón, notario del número de la dicha Villa de Valladolid en 27 de febrero de 1558 años, y para dar más fuerza el dicho doctor había hecho que se pusiese en ella que aquello a que los dichos Mechor de Espinosa y Alonso de Rivadeneira se obligaban lo hacían y otorgaban por causa de las dichas pretensiones que el doctor Luis Salado decía tener contra el dicho testamento, y porque renunciase el derecho que decía tener contra él y por la dicha escritura de capitulación había hecho que se obligasen como se habían obligado de dar cada uno de ellos a sus esposas 3.000 ducados por vía de arras y aumento de dote y donación por tener nupcias para que aquellos hubiesen de ser y fuesen bienes propios de las dichas sus esposas, y el matrimonio entre Melchor de Espinosa y doña Beatriz de Rivadeneira no había tenido efecto porque Melchor murió antes de que Su Santidad dispensase por el parentesco que había entre ellos, y todavía la dicha doña Beatriz había habido y llevado los dichos 3.000 ducados, y además de aquello, por la dicha escritura de capitulación y concierto había hecho el dicho doctor Salado que Melchor y Alonso obligasen a pagarle en cierto tiempo 2.000 ducados por razón de la manda que el dicho Juan de Espinosa Salado había hecho en su testamento para cada una de las hijas cuando se casasen, y los dichos 2.000 ducados los hubieron de haber doña Francisca y doña Constanza, hijas del dicho doctor Salado, si se casasen, y aunque aquellos no se les debían ni los hubieron de haber las dichas Francisca y Constanza, por haber muerto antes de casarse, todavía el dicho doctor les había hecho obligar como se habían obligado a pagárselos, so color y por razón de las dichas pretensiones fingidas, y además les obligó por la dicha escritura a que le pagaran otros 1.000 ducados, que dijo que el dicho Juan de Espinosa su padre le era obligado a pagar por ciertos negocios que por su mandado había tratado en el Consejo de las Indias contra el doctor Francisco de Herrera, Oidor de la Audiencia de México, sobre cierto agravio que había hecho el dicho Juan de Espinosa a Salado, no estando ni siendo obligado el dicho Juan de Espinosa ni los dichos sus hijos ni herederos a pagar cosa alguna por razón de aquello, pues aquello y más le había remunerado y gratificado el dicho Juan de Espinosa a su hermano en su vida y al tiempo de su muerte por el dicho su testamento, de manera que por la dicha escritura Melchor y Alonso se habían obligado cada uno de dar al doctor Salado y a sus esposas 4.500 ducados sin estar obligados a nada de ello, y a cuenta de los dichos 4.500 ducados el doctor y Beatriz de Rivadeneira tenían recibidos de los propios bienes y hacienda de Melchor 120.536 maravedíes de juro al quitar a razón de 14.000 maravedíes el millar, y por razón de haber otorgado Melchor las dichas escrituras siendo como era menor de 25 años y sin licencia de su curador, y por dolo y fraude que había dado causa al contrato, Melchor no era obligado a pagar nada, ni tampoco lo es su parte la heredera, antes las partes contrarias eran obligadas a volver y restituir las dos tercias partes de los 4.500 ducados y por ellos las dos tercias partes del dicho juro, con mas las dos tercias partes de los réditos que han corrido y corren, que no lo habían querido ni querían haber aunque habían sido; por ende pedía al dicho Alcalde cumplimiento de justicia, y que diese por ninguna la escritura de capitulación y concierto, y que le restituyan dicho dinero; y además de aquello el dicho Melchor de Espinosa había dejado y mandado a la dicha Beatriz su esposa el tercio de sus bienes, los cuales tiene adjudicado por sentencia ejecutoria la demandante su madre.

El Alcalde de la Chancillería mandó dar traslado de la querella al licenciado Alonso Salado de Rivadeneira y sus consortes, y que respondieran en cierto término, y en julio de 1572 pareció Juan de Ontiveros en nombre de dicho licenciado Alonso y consortes, el cual alega sobre la validación de la capitulación matrimonial. Sigue un tenso tira y afloja entre las dos partes, ante el Alcalde Licenciado Gaspar Escudero, de la Audiencia de la Chancillería de Valladolid, quien emitió sentencia, luego revocada por otra autoridad judicial superior, contestada la revocación por la parte agraviada, vuelta a empezar, y en esa tesitura de acciones y reacciones continúa una veintena de folios de apretadas líneas que nos excusamos de transcribir.
De todo ello, y de otra documentación al respecto que se encuentra en el Archivo General de Simancas, como es la "Ejecutoria del pleito litigado por María de Grajal, viuda de Francisco Rodríguez, vecina de Medina de Rioseco (Valladolid), con Juan de Espinosa Villarroel, como curador de Violante y Leonor de Rivadeneira, y Hernando y Gaspar de Rivadeneira, hijos y herederos de Alonso de Torres Salado, vecino que fue de Sevilla, y Ana de Rivadeneira, mujer de Juan de Espinosa Villarroel, todos de la misma vecindad, sobre que le paguen 4.000 ducados que el difunto debía a Alonso de Melgar el Mozo, de quien era heredera", el "Juro a favor de Juan Salado de Rivadeneira de 49.745 maravedís, que incluye: cita del testamento de Luis Salado Rivadeneira; cláusulas del testamento de Beatriz Rivadeneira; escritura de transación otorgada por los interesados en la partición de los bienes fincables de Beatriz Rivadeneira; Ejecutoria expedida a favor de Francisca Padilla Alonso Rivadeneira y Juan Espinosa; partición de los bienes de Juan Salado Rivadeneira y Beatriz Porras Osorio y Leonor Daza, y adjudicación de los mismos a favor de Alonso y Luis Rivadeneira; y testamento de Alonso Rivadeneira", y el "Juro a favor de Francisca de Padilla de 19.409 maravedís, que incluye el testamento de Francisca de Padilla dejando por herederos universales a Gonzalo de Padilla y fray Juan Ortiz de Padilla", y el "Juro a favor de Francisca Padilla de 112.500 maravedís, que incluye el testamento y codicilo de Gonzalo Ortiz Padilla fundando capellanía", podríamos construir con todo detalle la genealogía del segundo matrimonio ¿o simple emparejamiento? de doña Francisca de Padilla, con sus complejas derivaciones parentales. Mas esta construcción nos alejaría del objeto de nuestra investigación, que es la historia de Castilleja. Por lo tanto, dejaremos abierta esta puerta vallisoletana, a la espera de que en un futuro, probablemente alguno de sus personajes reaparezca, de nuevo vinculado a dicha historia castillejense.
En definitivas cuentas, hallamos a una Francisca de Padilla plena de vivencias, rodeada de hijos, acaso de nietos, y con mucho que recordar tanto en Ultramar como otra vez en la península ibérica.
Anotemos para concluir que existe en Salamanca otro "Juro a favor de Juan Fernández de Espinosa, tesorero general de Su Majestad, de 11.884 maravedís, que incluye el testamento de don Alonso de Torres Salado", y recordemos que este Alonso de Torres Salado fué tío y tutor de Melchor, uno de los hijos naturales de doña Francisca, obligado a casarse con su prima Beatriz de Rivadeneira.
El Tesorero General de Su Majestad Juan Fernández de Espinosa también, en algún grado, formaba parte de la intrincada familia. Fué hombre, por su cargo, agobiado con pleitos y demandas, y manejaba envíos de hasta 300 esclavos negros, con destino en un caso concreto a La Habana.

viernes, 13 de mayo de 2011

Los Juanguren y el espadero 19

Tras la muerte del trapero, su mujer Beatriz Ortiz de Juanguren se empeñó en sacar adelante los negocios del difunto, pero en pocos días la esposa y los compañeros de Bastidas fueron acorralándola con sus maquinaciones y chanchullos mercantiles. Quizá por esto la tutela de los menores recayó en Juan Ortiz, asumida el 15 de mayo de 1507. Juan administró arriendos de casas que quedaron de la herencia, entre ellas una en la calle de Alfayates y otra en la calle de Catalanes, y al morir fué sucedido por otro hermano, Gonzalo Ortiz, canónigo sevillano.
Desde el otro lado del Océano a la desgraciada Beatriz también la atacaba un tal Juan de Dios, socio y factor de su marido difunto que aprovechó su muerte para apropiarse de los libros de cuentas y de la tienda del trapero.
Juan Gil nos ofrece una petición de la viuda al Cabildo sevillano que expresa la triste situación en que había quedado:

"Muy magníficos señores. La muger e herederos de Alonso Rodríguez, su mayordomo del año pasado de mill e quinientos e seis años, besamos las manos de vuestra señoría, la cual bien sabe qu´el dicho Alonso Rodríguez es fallesçido desta presente vida; e de la mayordomía que de vuestra señoría tovo, así del dicho año pasado como del año de quinientos e çinco años, se quedó deviendo muchas contías de mrs., porque con la esterelida (sic) del tiempo no han podido pagar los arrendadores, e tanbién porque el dicho Alonso Rodríguez fallesçió en saliendo el año. Suplicamos a vuestra señoría mande dar el poder e facultad qu´el dicho Alonso Rodríguez tenía para cobrar las dichas debdas al jurado Rodrigo Ortiz, así para dar su mandamiento para esecutar como para las otras cosas, porque las dichas debdas se cobren e podamos bien pagar a vuestra señoría lo que se le deviere; en lo cual, demás de fazer justicia, a nosotros fará mucha merçed". (Archivo Municipal de Sevilla, Actas Capitulares, año 1507, enero, fol. 37r.).

No cursó todo lo bien que era de desear la desesperada solicitud. El nuevo mayordomo, Álvaro de Valladolid, calculó un saldo negativo de 1.500.000 maravedíes, que llevó al embargo de las tiendas en la Alcaicería y de paños heredados por los menores, aunque gracias a las fianzas que sus tutores ofrecieron, les fueron devueltas las llaves de dichas tiendas, por lo que pudieron continuar subsistiendo.
Al fin la Audiencia dominicana pronunció sentencia, aunque al ser tan tarde como en 6 de octubre de 1531, la condena a los herederos de Bastidas a pagar a los de Alonso Rodriguez 55.739 maravedíes que colocó éste en la compañía, más 300 pesos en ganancias, no significó ya nada para la hacía muchos años ya difunta Beatriz.

Ahora corresponde, antes de terminar el episodio del zorzalero Juan Martín Haldón y entrar de lleno en el tema central de la serie, o sea, la muerte de Diego Ortiz de Juanguren el joven a manos del espadero Bernardo de Oliver, retratar a otro Juanguren contemporáneo, fiel representante también del pésimo carácter y del agrio temperamento que esta familia deja entrever en los documentos hasta ahora encontrados sobre ella. Nos referimos a Luis Ortiz de Juanguren, hombre también avecindado en Castilleja. Debió ser Luis nieto o sobrino-nieto de Diego Ortiz el viejo, nuestro hacendado de La Plaza.
Obra en el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid una Ejecutoria del pleito litigado por Francisca de Padilla, mujer de dicho Luis Ortiz, vecina de Sevilla y Alonso de Ribadeneira, vecino de Valladolid, con Margarita de Argüello, viuda del doctor Luis Salado, como curadora de sus hijos, el licenciado Salado de Ribadeneira y consortes, todos hijos y herederos del doctor Salado, sobre intento de anulación del testamento que dejó Juan de Espinosa Salado y apropiación de sus bienes, mediante engaños a Melchor de Espinosa y Alonso de Ribadeneira, hijos de Francisca Padilla y herederos de Juan de Espinosa Salado, para que se casasen con las hijas del doctor Salado y les entregasen dichos bienes como dote.
Como vemos, el lío familiar es de órdago. Reparemos primeramente en estos hijos de Francisca de Padilla —y herederos de Juan de Espinosa Salado—, Melchor de Espinosa y Alonso de Ribadeneira, quienes no lo parecen ser de Luis Ortiz su marido, y sí por lo tanto de otro matrimonio (¿con Juan de Espinosa Salado?), o acaso naturales.
La fecha de la Ejecutoria es muy tardía, del 14 de marzo de 1581. Desde que alrededor del 1563 Francisca de Padilla habitaba en Castilleja de la Cuesta con su marido Luis Ortiz de Juanguren habían pasado muchos años y sus vidas habían dado muchas vueltas, tanto aquí como en Indias.
En el mismo depósito vallisoletano se custodia otra Ejecutoria, de fecha más temprana, 27 de junio de 1573: Ejecutoria del pleito litigado por el doctor Berástegui y Beatriz de Rivadeneira, su mujer, vecinos de Medina de Rioseco (Valladolid), con Francisca de Padilla, mujer de Luis Ortiz, vecino de México, Margarita de Argüello, viuda del doctor Salado, vecino de Valladolid, como curadora de Luis Salado y Juan Salado de Rivadeneira, y Gracia de Rivadeneira, mujer del doctor Jerónimo de Espinosa, Juez Mayor de Vizcaya, sobre la herencia de Melchor Espinosa Salado, vecino de Valladolid, difunto, y el pago de las mandas pías contenidas en su testamento.
Y aún otra tercera, fechada un año antes, en 17 de abril de 1572: Ejecutoria del pleito litigado por Francisca de Padilla, vecina de Sevilla, mujer de Luis Ortiz, residente en Ciudad de México (México), con el doctor Berastegui, Beatriz de Rivadeneira, Margarita de Argüello, viuda del doctor Luis Salado, por sí y como tutora y curadora de Luis y Juan Salado de Rivadeneira, sus hijos, y el licenciado Juan Salado de Rivadeneira, sobre ejecución de la carta ejecutoria de un pleito anterior, sobre que le incluyan en la posesión de los bienes que dejó Melchor de Espinosa, su hijo natural.
Mas otra del 26 de julio de 1570, del todo sugerente en lo que respecta a las peripecias vitales de la mujer de Luis Ortiz: Ejecutoria del pleito litigado por Francisca de Padilla y Gallego Ortiz, vecinos de Ciudad de Méjico (Méjico), con Beatriz de Ribadeneira, el doctor Berastegui, Luis Salado y consortes, vecinos de Medina de Rioseco (Valladolid), sobre la herencia abintestato del hijo natural de la primera, Miguel de Padilla.
En todo caso, que tuvo algún hijo con Luis Ortiz lo demuestra este Registro de pasajero a Indias del 31 de mayo de 1581: Don Gonzalo de Yranguren, natural de Sevilla, soltero, hijo de Luis Ortiz de Yranguren y de doña Francisca de Padilla, a Nueva España (Archivo General de Indias. La lectura "Yranguren" es un error de los archiveros).

De toda esta embrollada historia sabremos con detalle, después de conocer más a fondo a Francisca de Padilla en Castilleja, ligada como estamos viendo a los Juaguren por su matrimonio con Luis Ortiz. Comencemos: el martes 19 de octubre de 1563 una atribulada doña Francisca, a la sazón vecina de Sevilla, se presenta ante el Alcalde Ordinario de nuestra Villa, Bernabé Martín; Hernando de las Cuevas está presente, dejando constancia escrita de cuanto expone la mujer. Francisca de Padilla trae una Carta Requisitoria del Alcalde Ordinario de Sevilla Diego de Matute, junto con un interrogatorio, fechados el 16 de octubre, y solicita a Bernabé que la cumpla y que reciba a los testigos. Ella y su marido habían sido ejecutados en sus bienes a petición del clérigo Bernabé García, con el que tenían pleito, y opuesta como es natural a dicha ejecución o embargo, ahora efectuaba las presentes diligencias de probanza en Castilleja para que les fuera levantado.
Entre las preguntas que Bernabé Martín debe hacer a los testigos, están la de si conocen cierto poder que Francisca de Padilla dió a su marido Luis Ortiz el 6 de mayo de 1556 ante el escribano Juan Vizcaíno; la de si saben de una escritura de tributo de 34.821 maravedíes al año, que otorgó dicho matrimonio el 19 de octubre de 1556 ante el escribano de Sevilla Diego de la Barrera; la de si saben que Luis Ortiz era un hombre muy recio de condición y súpito (sic) y mal acondicionado, y que daba muy áspera y mala vida a su mujer y ponía las manos en ella, dándole de palos, y coces, y bofetones, y puñadas, y sacando espadas y puñales para ella, y corriéndola con ellos, y atemorizándola, y poniéndole muchos miedos y temores, tratándola siempre muy mal desde que se casó hasta que se fué de la ciudad; la de si saben que el dicho Luis era un hombre tan determinado que toda las amenazas que hacía y todos los miedos que ponía, los ponía en ejecución y efecto y obra, por cuya causa doña Francisca le tenía mucho miedo y temor, y cualquier cosa que él mandaba, si luego no lo hacía, ponía las manos en ella y la trataba muy mal y ásperamente; la de si saben que antes de que doña Francisca otorgara dicho poder y la escritura de tributo, Luis le hizo muchos y muy malos tratamientos para que los otorgase, poniendo las manos en ella, dándole muchas coces y bofetones y puñadas y palos, sacando espada y puñal para ella y corriéndola, atemorizándola y amedrentándola para que los otorgase; la de si saben que por todo ello doña Francisca los otorgó, y que si no, la matara; la de si saben que doña Francisca llevó de dote en ajuar, preseas y bienes de casa más de 4.000 ducados; la de si saben que Luis se ausentó de Sevilla por deudas, y está en las Indias, y anda huido por dichas deudas, y doña Francisca está muy pobre y necesitada.
De inmediato doña Francisca de Padilla presentó sus testigos; primeramente, alguien con experiencia propia en maltratos conyugales: Luisa de Rojas, la esposa de Íñigo Ortiz de Juanguren, emigrado en el Perú. Este hecho añade a las ya de por sí tensas relaciones entre la de Mazalquivir y los Juanguren nuevos potenciales, y denota que Luisa, tras su desastrosa experiencia con el excombatiente y después de haber vivido de manera total la aventura ultramarina, se había convertido en una mujer completa, con un carácter nada proclive a dejarse amilanar por nada ni por nadie.
Declaró Luisa de Rojas sin tapujos; seguía apareciendo como vecina de Sevilla y moradora en nuestra localidad, y a la sazón tenía 39 años de edad; dijo que conocía al matrimonio desde hacía 11, y manifestó no conoce al clérigo Bartolomé García; dijo saber del poder referenciado, porque cuando doña Francisca lo otorgó, se lo vino a decir a ella Diego Ortiz, primo hermano del dicho Luis, comunicándole que lo había hecho contra su voluntad y con muchas lágrimas de sus ojos; sabía del mal carácter de Luis, y de los malos tratos que infligía a su mujer, y en cierta ocasión doña Francisca le confesó que la había amenazado con arrojarle una silla a la cabeza y con que se la hendería con ella; refirió que dicha doña Francisca se le venía a quejar muchas veces, diciendo que Luis la aporreaba por no hacer lo que quería, y que además todo ello era público y notorio en Castilleja; dijo saber que Luis Ortiz se fué a las Indias para soslayar deudas, que ha escrito desde allí, y que gastó toda la hacienda de su mujer.
Se entiende que doña Francisca recurriera a Luisa de Rojas como confidente y consejera de su atormentada vida matrimonial, en cuanto que ésta le habría confiado su no menos tormentosa vida en el norte africano con el matón mirobrigense.
La siguiente testigo es Juana García, mujer de Francisco García y vecina de esta Villa, la cual conoce a doña Francisca desde que se sabe acordar, y a su marido Luis desde hacía más de 30 años; ella tiene 40 al tiempo de su declaración. Dijo que una vez Luis le pidió a Francisca 10 ducados, para jugárselos con los amigotes, y como no se los quiso dar la aporreó, y Francisca daba muchos gritos, y esta testigo fué a su casa y la encontró llorando; y le tenía mucho miedo y temor. La testigo sabía que Luis, por sus deudas, huyó a las Indias, y que doña Francisca, debido a todo ello, estaba en situación de gran pobreza y necesidad.
Otra testigo fué María Hernández, mujer de Pedro Valiente y asimismo vecina de Castilleja; dijo conocer a la mujer de Luis Ortiz desde hacía 10 años, y no conocer al clérigo Bartolomé García; tenía por entoces María 33 años de edad; dijo saber que Luis Ortiz era hombre muy mal acondicionado y recio, y haber visto que por cada cosita (sic) reñía con Francisca, de palabra, deshonrándola, y esta testigo vió cómo cuando Luis entraba en su casa, Francisca estaba temblando de él, y era tanto el miedo que le tenía, que cualquier cosa que le mandaba lo hacía, y que esta testigo lo sabía porque estuvo en su casa. Dijo también saber el asunto de la escritura, y que Luis se fué a Indias por deudas, dejando a Francisca en estado de extrema necesidad.
Testigo, Hernando Jayán. Conoce al matrimonio desde hacía 14 años poco más o menos, y no conoce al clérigo. Tiene 40 años de edad y confiesa ser compadre del dicho Luis Ortiz. Sabe que es hombre recio y mal acondicionado, y que en su casa hace lo que quiere, por fuerza o por grado. Vió salir de su casa llorosa a Francisca, tras otorgar la escritura, y por ello entendió que lo había hecho forzada. Sabe que Luis huyó a Indias por sus deudas, porque él mismo se lo dijo antes de partir. Y sabe que Francisca de Padilla es pobre.
Testigo, Isabel García, viuda de Juan García, vecina de esta Villa; conoce al matrimonio desde que eran niños, y no conoce al clérigo Bartolomé. Tiene 60 años de edad, y declara lo mismo con pocas diferencias, asegurando que lo ha oído decir a las gentes del pueblo.
Y una vez confeccionada la probanza, Hernando de las Cuevas dió traslado de ella a doña Francisca.
No hay más documentación sobre el caso, pero la antecedente basta y sobra para vislumbrar las condiciones de vida de doña Francisca, la forma de ser de su marido, la honradez de Hernando Jayán, y la solidaridad de las mujeres que declararon en apoyo de la maltratada.

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...