domingo, 27 de febrero de 2011

Los Juanguren y el espadero 4

Luego declaró Luisa de Arroyo, hija de Juana y por lo tanto prima hermana de Andrea, de 16 años, vecina de Málaga y mujer del labrador Juan Garcia de Aznar; todas sus manifestaciones sobre lo acontecido en Orán y Mazalquivir son referidas por haberlas oido a su madre y a sus tías, ya que en los años de África ella era demasiado pequeña para recordar nada; ratifica lo dicho por su madre acerca de las diligencias hechas en Ciudad Rodrigo para averiguar el paradero de Tordesillas, y da fe de que Andrea —ahora Luisa de Rojas— está viva y se encuentra en Sevilla.
El Provisor Licenciado Diego Rivera tiene ya bastantes elementos de juicio con lo manifestado por madre e hija, y manda elaborar un edicto:

"CARTA DE EDICTO PARA LLAMAR A FRANCISCO DE TORDESILLAS.
Manifiesto sea a Francisco de Tordesillas, marido de María Hernández, hija de Salvador de Herrera, natural que es de Ciudad Rodrigo, y a sus parientes y amigos para que le digan y hagan saber cómo el Muy Reverendo Señor el Licenciado Diego Rivera, Canónigo en esta Iglesia de Málaga, Provisor Juez Oficial y Vicario General en ella y en todo su Obispado por el Muy Ilustrísimo y Reverendísimo Señor fray Bernardo Manrique1, Obispo de este Obispado, les llama y cita y emplaza para que dentro de quince días primeros que le da y asigna por tres canónicas ..., plazo y término perentorio, venga y parezca ante a responder de cierta demanda que le es puesta por la dicha María Hernández, sobre que dice que siendo primeramente casado con Andrea de Arroyo, hija de Juan Lopez, vecina de la ciudad de Orán, se casó con ella segunda vez en esta ciudad, no lo pudiendo ni debiendo hacer, sobre que pidió divorcio para disponer de su persona, que si viniere y pareciere dentro del dicho término él le oirá y guardará en todo y por todo su justicia, de otra manera le apercibe que el dicho término pasado no viniendo ni pareciendo, en su ausencia y rebeldía habida por presente, oirá a la dicha María Hernández todo lo que decir y alegar y probar quisiere, y proceder en la dicha causa adelante a todos los autos de ella, para los cuales y para todos los demás a que de derecho se requiere que sea citado y llamado, por esta presente Carta lo llama y cita y emplaza perentoriamente, y le señala los estrados de la Audiencia de Su Señoría Reverendísima, donde serán hechos y notificados los dichos autos hasta la sentencia definitiva, y ... y tasación de costas si las hubiere, y le apercibo que le hará tanta fe como si en su persona fueren hechos y notificados, de lo cual mandó dar esta Carta Edicto, la cual mandó que sea puesta y afijada en la Iglesia del Señor San Juan de esta ciudad, dada en Málaga a diez días del mes de abril, año de mil y quinientos y cincuenta y un años. Diego de Rivera, Licenciado. Hernando de Madrid, Notario.
Fué puesta por Hernando de Madrid en dicho día, siendo testigos el Arcipreste Doctor Tamayo y el Sacristán del Sagrario."

1.- Hijo natural de Garcia Fernandez Manrique, 1er. Marqués de Aguilar. Nació en Aguilar del Campoo (Palencia), y fue gran promotor de las obras de la Catedral malagueña en el siglo XVI, en una de cuyas puertas se publicó el edicto de búsqueda de Francisco de Tordesillas. En estas clásicas apologías de personajes del catolicismo histórico que alimentan las horas de ocio de beatonas y creyentes de medio pelo, leemos que dedicó mucho esfuerzo y energía a atender las necesidades de su rebaño, acosado durante los últimos 25 años por ataques de los piratas berberiscos, pestes mortíferas, siniestros terremotos y, lo que no es menor mal, la llegada desde Orán de una plaga de soldados piojosos, harapientos y con hambre atrasada. Como colofón, tuvo el Obispo que lidiar con las consecuencias —hambre y más miseria— de la pertinaz sequía y la consecuente mala cosecha que sufrió la zona en los años anteriores a 1557. Nada que objetar a este tipo de noticias históricas, propaladas por genealogistas de boletines parroquiales y por la clerigalla subvencionada que languidece en los retiros espirituales del país a la espera de pasar a mejor vida, si no es que necesitan de alguna que otra comparación de fuentes, permítaseme la ironía. Lo de los ataques berberiscos a Málaga y a otras poblaciones del litoral es algo rigurosamente cierto, desde luego; en ocasiones se llevaban de rehenes a toda una comunidad y no dejaban edificación en pie. Aunque la política postbélica de los Reyes Católicos tras la Reconquista incluía una especie de "zona franca" o de seguridad, que abarcaba Orán y Mazalquivir en algo así como una extensión de la dicha Reconquista en todo el norte de África, no funcionó del todo esta estrategia, como los años posteriores se encargaron de demostrar. Y en cuanto a los soldados enfermos y empobrecidos que invadían Málaga procedentes de Orán, eran el resultado de la malísima administración de aquella ciudad, que algún efecto tuvo también en Francisco de Tordesillas, aunque nuestro personaje fue de los más afortunados.
El Obispo Bernardo Manrique gestionó el contrato de un excepcional músico sevillano para que le sirviera en sus liturgias y ceremoniales: Francisco Guerrero (Sevilla, 4 de octubre de 1528 – Ídem, 8 de noviembre de 1599) cuenta en el Prólogo de su libro "El Viaje de Jerusalem que hizo Francisco Guerrero, racionero, y maestro de capilla de la santa iglesia de Sevilla", dirigido al Ilustrísimo y Reverendísimo señor don Rodrigo de Castro, Cardenal y Arzobispo de la santa iglesia de Sevilla, e impreso con licencia en Valencia, en casa de los herederos de Joan Navarro. Año 1593, que "Desde a pocos meses de mi residencia en esta santa iglesia, fui llamado para el magisterio y ración de la iglesia de Málaga, y habiéndose hecho examen entre seis opositores, fui nombrado el primero por el obispo don Bernardo Manrique, y el cabildo; y enviado el nombramiento a su Majestad, fui proveído por su mandado, y se tomó la posesión por mí. Y poniéndome en orden para ir a residir mi ración, el cabildo de esta santa iglesia de Sevilla, no permitió que yo dejase su servicio. Y para que con mejor título pudiese dejar lo que ya poseía, se ordenó que el maestro Pedro Fernández, maestro de capilla de la santa iglesia de Sevilla, y maestro de los maestros de España fuese jubilado y se le diese media ración, y la otra media se me dio a mí, y más el salario de cantor, con cargo de enseñar y dar de comer, y lo demás necesario a los Seises cantorcicos. Y que si le alcanzase de días, entrase yo en toda la ración. Y así estuvimos veinticinco años en compañía, y después de sus días, fui proveído con perpetuidad en toda la ración con bulas apostólicas."
Este Pedro Fernández que Guerrero encomia como "maestro de los maestros de España" y con el que estuvo trabajando 25 años, era conocido como Pedro Fernández de Castilleja, sobrenombre añadido por nuestra Villa, de donde fue natural y vecino (ver Los esclavos 82j, entrada de marzo de 2010, segunda nota). Al maestro de música Pedro, contemporáneo de esta parte de nuestra historia, lo iremos conociendo a medida que sigamos desarrollando los hechos acontecidos en estos apasionantes años del excepcional siglo XVI.

María Hernández se movía con precisión. Pasaron los quince días de plazo y tres más, y llegado el 28 de aquel abril se dirigió al Provisor exigiendo que se declarara rebelde y contumaz a su marido, solicitando la continuación de los autos, y otorgando todo su poder cumplido para llevarlos hasta el final a Andrés Pérez, Alguacil Eclesiástico de Su Señoría Reverendísima y vecino de Málaga, el cual, que la acompañaba en la ocasión, se obligó a defenderle el pleito, siendo testigos los clérigos Diego Rodriguez y Alonso Ruiz, y el notario Alonso Hernando de Madrid, todos ellos asimismo vecinos de Málaga.
Durante el mes siguiente, el ahora apoderado de la malcasada, Andrés Pérez, efectúa las consabidas diligencias, cuyos pasos uno por uno son notificados a un fantasma llamado Francisco de Tordesillas en los estrados de la Audiencia, en forma de notas manuscritas clavadas en un tablero, que para lo único que sirven es para fomentar las murmuraciones y habladurías del populacho, porque el miserable engañador está al otro extremo de la península, muy lejos para responder o alegar alguna cosa. A la vez, el Alguacil Eclesiástico, quizá instado por el Provisor, presenta un nuevo interrogatorio, que de una forma u otra serviría para afirmar y sustanciar las acusaciones de su defendida, ampliando y detallando las informaciones del caso. Entre los testigos, además de la familia de Andrea hay algunos desconocidos para nosotros hasta ahora. El 6 de mayo tomaron juramento a Juan de Alarcón, de 30 años, natural de Orán y vecino de Málaga, a Juana de Arroyo y a su hija Luisa de nuevo, a Elvira García, de más de 50 años y mujer de Antón Gutiérrez, a Catalina Sánchez, de 36 años y mujer de Hernando Moyano, y a la caritativa María Márquez, que ya cuenta 24 años, está casada con un tal Gaspar de Malaver, y no ha olvidado el calvario que su entrañable amiga de la infancia padeció en la desolada costa africana.
El oranés Juan de Alarcón, primer testigo, que debió ser hijo de uno de los pobladores de Orán a rebufo del ejército del Cardenal Cisneros, si no de algún soldado, se había especializado en la marinería costera que unía los principales puertos del Mediterráneo occidental, y cuatro meses antes de su declaración, o sea, en enero, le fue encomendado por el viejo escribano Juan López llevar a su hija en Sevilla una carta. Andrea lo recibió y albergó durante 3 días, como paisano que era y viejo conocido, mientras que ella preparaba la respuesta y algunos artículos, hasta que la barcaza en la que viajaba su antiguo convecino estuvo presta para hacer el recorrido de vuelta Guadalquivir abajo.
María Márquez aporta detalles del recado que el emisario marinero Juan de Alarcón trajo a Málaga para el escribano: "una capa, un sayo y dinero y otras cosas" que su hija le obsequiaba. Añade que Andrea rogaba a su padre que en modo alguno fuera a verla a Sevilla. Testigo excepcional, como apuntábamos, dijo que estuvo presente en Mazalquivir cuando en su pequeña iglesia Francisco de Tordesillas y María Hernandez se velaron*, y que había oido decir que se habían casado en Málaga, añadiendo además hasta el nombre del cura que los casó en la ciudad andaluza, un tal Juan de San Juan.

* Una reminiscencia de antiguos ritos judaicos que la Iglesia Católica adoptó para propiciar que el nuevo matrimonio se condujera según sus leyes, y sobre todo para que lo hicieran los futuros hijos y más aún, facilitar que éstos se dedicaran a la vida religiosa, la velación se celebraba con una misa, unos días después del "casamiento por palabras". En este nuevo ritual se cubría la cabeza de ella y los hombros de él con un velo —de ahí velación—, y se incluía un rociado con agua bendita sobre la pareja.
En el caso de Tordesillas y María Hernandez, según la declarante María Márquez, la dicha velación tuvo lugar en la iglesia de Mazalquivir, lo cual se explica por el carácter y la circunstancia de su marido, ya que, siendo oficialmente todavía marido de Andrea López, por ello seguía poseyendo su dote y ajuar, incluída la casita de Mazalquivir donde tanto la hizo sufrir; de esta forma aprovechaba para comprobar el estado de sus posesiones y, por otro lado, en su estrategia personal debía figurar suscitar en su nueva esposa un talante de confianza y hacerle creer, con esta especie de "viaje de novios" al escenario donde se había desarrollado su vida en los últimos años, que no tenía nada vergonzoso que ocultarle. Así que tuvo la suficiente sangre fría como para, inclusive, pasar algunos días con su nueva mujer en aquella "casa de los horrores", probablemente sospesando, entre arrumacos y caricias, infrigirle a la confiada malagueña el mismo tratamiento que había propinado a su víctima anterior, la jovencita oranesa que ahora en Sevilla se hacía llamar Luisa de Rojas.


En un irreal atardecer septentrional, cuando el sol se hunde en el neblinoso mar que rodea Galicia pintando con todos los tonos, intensidades y matices del rojo los girones y desgarros de las nubes, y las cortinas de fino aguacero se suceden como lluvia de oro refulgente difuminando levemente el silencioso apocalipsis celestial, un oranés de mediana edad, con barba enmarañada, caminaba con los humildes hábitos de peregrino a Santiago de Compostela, bordeando un barranco en cuyas paredes se aferraban manchones de pinos. Ya estaba cerca de cumplir el objetivo de su largo viaje desde el sur. Delante suyo, como a cien metros, hacía una hora que veía aparecer y desaparecer, según las irregularidades de la orografía, a otro caminante, que supuso peregrinando también a la tumba del apóstol, y pensó en llegar a su altura para, como era usual y lógico entre los viajeros en sitios desérticos, buscar apoyo y ofrecerlo en justa correspondencia. En el recodo de una hondonada, cuando se encontraba sentado en el tosco pretil de un puentecillo de piedra sobre un regato oculto en la frondosidad vegetal, le dio alcance por fin. En un principio bajo la grasienta capucha de su tabardo no pudo distinguir sus facciones, pero tras el primer intercambio de palabras, se contemplaron mutuamente y la sorpresa fue mayúscula: Francisco de Tordesillas, que se había detenido para afianzar las ataduras de sus botas, reconoció al hombre, de sus años en Orán, y a su vez éste, no sin menor sobresalto, lo identificó de igual manera como el marido de Andrea.
El oranés, tras vacilar indeciso un momento, prosigió su camino despidiéndose con frialdad. Era Juan de Morón, hermano de María Márquez, la gran amiga de aquella jovencita maltratada, y declarante ahora en el juicio que el Obispado malagueño seguía contra Francisco de Tordesillas por bigamia.

El día 20 de mayo de 1551 María Hernández pidió formalmente el divorcio; el 22 se hizo la publicación del pleito.

Luis de Figueroa estaba ducho en investigaciones de este tipo, educado como era en el mundo intrigante de la Iglesia, y además lo movía un motor poderoso: la familia Ortiz de Juanguren; y a ésta y en concreto al emigrado Íñigo los movía el desbordamiento del vaso cuya última gota había sido cierta exigencia de Luisa de Rojas en relación con la dote que aportó al casarse con dicho Íñigo; así que el clérigo Figueroa puso en marcha todas sus capacidades en Sevilla en lo que a contactos e informantes se refiere, y al poco tiempo tenía delimitado el campo de actuación, en el Obispado de Málaga. Cuando se creyó con suficientes pruebas, acudió al Alcalde Ordinario de Castilleja, en la ocasión otra vez Juan de Vega (que lo fue antes, cuando la refriega con los Franco y sus esclavos), quien se prestó, como no podía ser de otra forma, a enviar Carta Requisitoria a Málaga con la solicitud del tenaz clérigo: quería éste copia de todo el proceso entablado por María Hernandez contra Francisco de Tordesillas, ya que en él se demostraba fehacientemente que Andrea López, ahora Luisa de Rojas, era casada cuando matrimonió con Íñigo Ortiz de Juanguren. El clérigo expresó como especial condición que la parte de Luisa no debía estar presente cuando las autoridades eclesiásticas malagueñas hicieran la copia, temiendo sin duda algun escamoteo de los autos, y Juan de Vega, fielmente, se hizo eco de la referida condición.

jueves, 24 de febrero de 2011

Los Juanguren y el espadero 3

Orán "La Radiante" era una perla asomada al Mediterráneo azul en la que las mujeres, herederas en cuanto a gracia y belleza de las que adornaban a sus antecesoras, hijas y hermanas de los mercaderes, tratantes y mayoristas andalusíes que fundaron la ciudad en el año 903. En manos de unas y otras dinastías árabes y codiciada por todos sus vecinos, las tropas del Cardenal Cisneros se apropiaron de la hermosa ciudad en 1509, prolongándose el mando hispano sobre ella hasta 1708, cuando los otomanos la ocuparon aprovechando la vulnerabilidad que la España de la Guerra de Sucesión dieciochesca padecía, guerra que daría entrada a la dinastía borbónica.
En estos dos siglos de gobierno castellano de Orán se desarrolló en la ciudad una sociedad gemela a la que prosperaba en la península ibérica, acaso con las particularidades propias del otro lado del Mare Nostrum, que suponían una fuerte influencia del carácter arabo-bereber.
Entonces, con una administración plenamente imperial, idéntica burocracia que la hispana sirvió de modus vivendi a, entre muchos otros, un oscuro y anónimo escribano, que como medio de redondear sus ganancias oficiaba de Procurador de Causas para los litigantes que en la "colonia" solicitaban sus servicios. Se llamaba Juan López, y trabajando con testarudez y ahorrando con no menos ahínco, a pesar de no poseer mucha salud había logrado establecerse en una situación que hoy en día podríamos calificar de pequeño-burguesa, con el disfrute de una segunda residencia —rasgo característico de esta clase social— en un núcleo de población cercano a Orán una legua, y conocido como Mazalquivir*. Sacó adelante a su familia, compuesta por mujer e hija, esta última una encantadora chiquilla de tez blanquísima, ojos entre el oro y el verde, boquita carnosa y roja, y melena lacia del color del trigo maduro, todo ello como el estuche de un carácter que penduleaba con brusquedad entre la apacibilidad llena de limpia curiosidad por el mundo y las cosas y los más estruendosos arrebatos de ira, casi siempre por motivos inesperados e insignificantes para quienes la trataban. Aquella extraña mezcla, añadiremos, realzaba su atractivo y convertía a la niña en el centro de atención, allá donde se encontrara.
La madre de Andrea, que así se llamaba aquella especial niñita, era una malagueña sencilla y hacendosa, María Álvarez de Arroyo, que murió prematuramente dejando al escribano en completa desorganización, supeditado a la asistencia que, con mayor o menor interés, otros familiares de su mujer, también emigrados a la ciudad africana, le dispensaban para llevar la casa y para acabar de criar a su hija.
Estamos a finales de la década de los años 30 del siglo XVI; entonces se cirnió sobre aquella vulnerable circunstancia familiar un ser maligno que habría de marcar a todos, y en especial a la pequeña Andrea, hasta el fin de sus vidas. Era un hombre ya en la treintena de años, un buscafortunas que había conocido el hambre y el palo en su Ciudad Rodrigo natal, y luego el fragor de las batallas entreverado con los sórdidos ambientes de la picaresca que medraba en múltiples urbes bajo la férula de Carlos V.
Francisco de Tordesillas deambulaba de aquí para allá, y había recalando en Málaga, atraído por la belleza de sus mujeres y en busca del buen clima; desde allí, aconsejado por gentes de su calaña, dió el salto a Orán. Vivía de trabajos esporádicos, siempre acordes con su posición social de excombatiente, o sea, prestándose a cualquier tarea de vigilante, guardaespalda o, dicho llanamente, matón mercenario a las órdenes de gentes de mucho capital y poco escrúpulo, lo cual le granjeaba un respetuoso temor por parte de propios y extraños.
Su primer encuentro con Andrea fue en la playa de "La Radiante", cuando ella apenas había experimentado la menarquia y todavía jugaba manchándose cara y manos con aquella característica arena finísima de color gris oscuro.
Con una confusión entre enamoramiento, deseo sexual y puro miedo, se le revolvía el estómago y casi apenas lograba contener los esfínteres aquella criatura de mente manipulada cuando el matón comenzó a frecuentar su casa, las puertas abiertas merced a las intrigas de sus tías, las hermanas de su madre. Sentía el corazón desbocado y la sangre se le agolpaba en la cabeza, sus manos temblorosas hasta la invalidez. Parecía que intuyese con la sola presencia de Francisco de Tordesillas el futuro que le esperaba bajo su dominio.
Una de las intrigantes era Juana de Arroyo, viuda del malagueño Diego de Torres, de unos 28 ó 29 años de edad cuando se avecindaba en Orán durante los hechos. Y otra, su hermana Lucía de Arroyo, que acabaría viviendo en Sevilla.
Y por fin, la boda. Como invitada, María Márquez, chiquilla de unos 12 años de edad y principal amiga de Andrea, que "comió de la fruta del desposorio"**, y con posterioridad actuaría testificando de la forma más completa sobre lo acontecido en Orán y Mazalquivir.
Siendo como fue María Márquez amiga íntima de Andrea, lo cual —por añadidura a lo dicho en la segunda nota al pie— es meridianamente deducible por razón del despliegue de detalles que ofrece en su testimonio en el pleito que enseguida veremos, Andrea encontró por ello y en ella uno de los pocos apoyos que aquellos desventurados días le depararon.
María ayudó con gran dedicación en el aderezo de la casita de Mazalquivir, donación del escribano a su hija y que estaba un tanto alejada del exiguo núcleo de población y encaramada en la ladera de un montículo prominente en cuya cima existía un baluarte u observatorio, ocupado esporádicamente por un destacamento de soldados cuando las noticias sobre alguna amenaza otomana alertaban a las autoridades. Las ventanas de la fachada principal del nuevo hogar de Andrea se abrían a las salobres brisas mediterráneas, y la luz, símbolo de vida, entraba a raudales en él.
Pero ni la fuerza del aire marino ni la de los rayos del sol pudieron traspasar la tupida y repugnante urdimbre que, cual arácnidos, las tías de Andrea habían tejido en torno y derredor de la muchacha, movidas por inconfesables intereses y bajos instintos. Por el otro lado aquel en el fondo cobarde fanfarrón de Tordesillas influenciaba a las sobredichas mezquinas mujerucas y las impresionaba con sus modales prepotentes y la solidez de su estatus social.
Pronto empezaron las escapadas de Andrea desde su casa a Orán, atravesando la pequeña aldea casi deshabitada, muchas veces andando a horas intempestivas, subiendo y bajando cuestas y pendientes, acompañada por la monótona conversación de las olas bajo los acantilados interrumpidos por pequeñas calas, huyendo de su atormentador y buscando el consuelo de su padre, enfermo por entonces, o de su amiga María. Llegaba ora con un labio roto, ora con magulladuras en los brazos, ora con un ojo amoratado, y a Juan López se le caía el alma a los pies, rebosando de indignación de tal manera que era incapaz de tenerse en pie, y solo atinaba a sujetarse la cabeza con las manos y quedarse ensimismado, en una tan profunda como estéril reflexión. María Márquez actuaba de terapeuta de su amiga, repasando los golpes y hematomas con ungüentos y los traumas psíquicos con palabras reconfortantes.
Y cuando alguna de las tías se hallaba presente, con toda malevolencia aprovechaba la ocasión para dar a entender con medias frases y sugerencias simuladas que la culpable de todo ello era la joven, y que se lo tenía bien merecido.
Francisco de Tordesillas tenía mucho de sádico. No lograba excitarse sexualmente si no mediaba en su organismo la tensión que producía la violencia, y necesitaba como estimulante gritos y lágrimas femeninas más que piel sedosa o carne turgente; por lo demás, si no lograba todo ello en sus embestidas animalescas, Andrea no tenía para él ni la categoría de objeto. Es más, le exasperaba su torpeza administrando la casa, y ciego de suspicacia y mala conciencia, creía ver aviesa intención donde solo había falta de práctica e inmadurez.
Se llegó a una situación sin posibilidad de vuelta atrás cuando una tarde, —soledad en la desierta colina, calor, el mar como una plancha de metal fundido—, el de Ciudad Rodrigo meticulosamente y con toda frialdad desnudó a su esposa tras de, con un pretexto sin importancia, haberle dado una paliza que la dejó exánime: entonces la ató con fuerza por las muñecas y medio desvanecida como estaba la comenzó a azotar con una flexible vara como quien hace ejercicios gimnásticos, con método medido y pausado ritmo. Nadie pudo oir sus agudos alaridos.
Andrea quedó seriamente afectada, la sangre era un escándalo, la dolorida espalda le impedía descansar y recuperarse, perdió del todo el apetito, quedó muda y abatida hasta que, al cabo de un par de días, reuniendo las pocas fuerzas que le restaban consiguió llegar a casa de su padre. El estado en que se encontraba acabó por hacer que el escribano tomase una decisión que venía madurando meses atrás. Marcharse de allí, arrancar de las zarpas de aquella mala bestia a su querida hija. Sí, abandonaría el campo. No podía enfrentarse, viejo, solo y enfermo, a aquel canalla llamado Francisco de Tordesillas.
Dejaron Orán por Málaga, y desde la ciudad peninsular, intranquilo a pesar del mar por medio, consideró, aconsejado por gentes de bien, tratar de olvidar aquella horrorosa pesadilla marchando al otro lado del Océano. A Indias. En el Nuevo Mundo, pensó, Andrea encontraría muchos estímulos para olvidar. En pocos días concertó con un maestre de cabotaje el desplazamiento hasta Sanlúcar de Barrameda, donde transbordarían a una nao de las que, casi mensualmente, salían de Sevilla rumbo a las nuevas tierras. El viaje se realizó a pedir de boca y Juan López encontró ocupación en Ultramar pronto, como experimentado procurador y escribano que era, pudiendo así mantener a su hija sin mayores problemas.
Pero es el momento apropiado para abrir un paréntesis en los avatares existenciales de Juan López y de su hija Andrea, y volver sobre nuestros pasos, de nuevo a Mazalquivir, dormido en el arrullo del mar.
El sádico militar se revolvía como un lobo herido en su guarida, frustrado. Anduvo dos días paseando en solitario, si se puede llamar paseos a unas marchas frenéticas hasta el baluarte vacío en esta época, en uno de cuyos rincones umbríos se sentaba a mascullar su ira. Pero todavía tenía energías, de forma que una mañana hizo un hatillo con las cosas más imprescindibles y emprendió el camino de la ciudad. En ella fue informado que la "pájara" había volado con el viejo, hacia Málaga. Se quedó en Orán, a la espera, sin saber muy bien que hacer, bebiendo en abundancia con algún camarada tan desorientado como él, y solicitando por unas monedas la distante compañía de alguna prostituta. Pero no era lo mismo amenazar y abofetear a una curtida mujer de la vida que a la tierna jovencita semiprisionera que acababa de escurrírsele de entre los dedos, y la vida de la colonia comenzó a perder atractivo para él. Un buen día se le presentó la oportunidad en la forma de una gabarra que partía hacia Málaga, saltó a ella ágilmente todavía, y pronto tuvo a la vista la ciudad, con el amplio puerto de aguas turquesas, el castillo de Gibralfaro encaramado en el promontorio y los verdes montes al fondo. Era la primavera de 1540.
Al llegar, tras los saludos rituales a sus conmilitones en las tabernas, entre risotadas y palmoteo de espaldas, se convenció de que la vida le reservaba todavía mucho que disfrutar, sobre todo cuando supo que el viejo y quebrado escribano y su hija Andrea habían emigrado a Indias. Se sintió libre y limpio, rejuvenecido en cierta manera, aunque cada vez le apetecía menos entrar al servicio de algún prohombre adinerado, consciente de que, realmente y a su pesar, los años no pasaban en balde, y ya las nuevas generaciones le aventajaban por ley natural en la destreza con la espada; pero le quedaba todavía una baza en la que se sentía campeón: las mujeres. De manera que rondó días y días calles y plazas con los ojos y los oídos bien abiertos, escudriñando rostros y recabando informes, hasta que creyó dar con una víctima propiciatoria, con todos los atributos de esas mujeres de mediana edad capaces de mantener a un hombre a cambio de lograr la envidia de sus vecinas. María Hernández, la dicha víctima, se conservaba lozana todavía, acaso gracias a su sencillez mental, cuando se sintió centro de la atención de aquel hombre de acento castellano, maduro y con una interesante aura mundana. Jugó a practicar la resistencia o el desinterés justos para garantizar su honestidad, pero ya en sus ensoñaciones nocturnas se había entregado por completo al forastero.
Se casaron en casa de su padre, un artesano mediocre aunque laborioso de nombre Salvador de Herrera, y como si se repitiese la historia, éste contribuyó sin reparos materiales a lo que creía "la felicidad de su hija". Y pasaron años monótonos, con un Francisco que bajo la capa de la discreción vivía de su suegro sin grandes esfuerzos. Hubo un par de embarazos que produjeron dos niñas, pero falto de empatía, el monstruo nunca se planteó la posibilidad de sufrir en sus carnes lo que había hecho penar al desgraciado escribano de Orán; tampoco eran especialmente fuertes los lazos afectivos que debiera haber tenido con las crías sus hijas, ni aún, como ya hemos dado a entender, con la madre. Vivió más fuera que dentro del ámbito familiar, ya su temperamento apagado y su carácter apaciguado, aunque sin hacer ascos a alguna aventura amorosa o a alguna borrachera, con tal de que no fueran muy del domino público.
Hicieron vida matrimonial 8 años. En 1548 llegaron unas noticias a Málaga que preocuparon sobremanera a Francisco de Tordesillas: Andrea seguía viva, estaba avecindada en Sevilla tras una larga estancia en La Española. Su padre había regresado con ella también, pero volvía a Málaga, en donde quería pasar el resto de sus días. La noticia golpeó con fuerza el ánimo de aquel sablista sacacuartos, que vio de pronto toda su cómoda posición en franco peligro. Si las malas nuevas llegaran a conocimiento de su segunda esposa, como no podía ser menos, no le esperaba más que un pleito vergonzante, el divorcio seguro, y la ruina y la calle como única habitación. De manera que, siguiendo con el proceder propio de su naturaleza de cobarde, optó por esfumarse y desaparecer del escenario malagueño, y aun andaluz, al menos hasta que la situación se le mostrara más favorable. Y sin más, una mañana muy temprano abandonó Málaga por tierra, subiendo hacia la sierra con unos arrieros que se dirigían a Antequera, los cuales le habían brindado una mula a bajo precio.
María Hernández esperó 3 años, no por dar una oportunidad a quien tan miserablemente la había engañado, sino al contrario: para alegar firmemente ante las autoridades el abandono que padecía, y conseguir sentencia a su favor. Quería disponer de su persona, y si llegara el caso, poder unirse a otro hombre con el que iniciar una nueva etapa que, esperanzada como soñadora que era, le proporcionara la ansiada felicidad. El 9 de abril de 1551, tras prepararlo todo, informarse con detalle de lo acontecido en Orán entre Andrea López de Arroyo y su marido huido, y buscar testigos, inició el pleito presentándose ante el Licenciado Diego ¿Raldero?, Provisor del Obispo malacitano. En un "otro sí" añadía a su acusación que "porque su marido está ausente y no se sabe dónde puede ser habido, pide que se pongan edictos porque la causa no sea ilusoria". El Provisor, dispuesto a oírla, le mandó que presentara a sus testigos, y María lo hizo. Ya conocemos a Juana de Arroyo, tía de Andrea, una de las declarantes. Dijo que cuando recientemente supo del regreso de Andrea, fue a verla (suponemos que a Sevilla, aunque esta circunstancia no consta en la documentación), y la repatriada le preguntó por Tordesillas, a lo que su tía le respondió que seguía vivo, y que ella misma lo pudo comprobar, cierto que hacía ya algún tiempo, cuando se entrevistó con él por medio de su otra hermana Lucía de Arroyo —también ya conocida por nosotros—. Juana comunicó a su sobrina Andrea que el maltratador se había interesado por su vida.
Ahora sabemos que la mala conciencia de Tordesillas, que cuando se entrevistó con las tías de Andrea llevaba 3 años casado con la demandante, era lo que le impulsaba a saber de su primera mujer. Por fin Juana de Arroyo termina su testimonio asegurando que ella misma se había interesado desde entonces por seguirle el rastro al marido de su sobrina, y que hasta había enviado recado con unos viajeros a Ciudad Rodrigo, pero sin resultado alguno.
Algo ocultó al Provisor la intrigante tía de Andrea. Cuando visitaba a ésta, en un raro momento de sinceridad fue avisada de no utilizar semejante nombre.
—Pues..., ¿de qué manera he de llamaros ahora, sobrina? —inquirió extrañada.
—Señora tía, debéis hacerlo igual que en La Isla. Soy nombrada ahora por Luisa de Rojas.


* Mazalquivir, Mers-El-Kevir ("Gran Puerto" en árabe) conoció a lo largo de su larga historia excelsas glorias y profundas decadencias. Por sus condiciones costeras fue puerto de la Roma imperial, y luego los almohades establecieron allí un arsenal naval. Antes de conquistar Orán, las tropas del Cardenal Cisneros habían ocupado Mazalquivir en 1505, desde la cual se expandieron por el norte africano, no sin antes construir una iglesia desde la que modelar las conciencias con la incondicional ayuda de algún patológicamente enfebrecido clérigo.
Pero fue en pleno siglo XX, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la población saltó a la actualidad mundial, debido a un hecho bélico poco común. Hallándose en su puerto el grueso de los efectivos marítimos del Ejército francés tras la firma del armisticio con los germanos de Hitler, y aunque en una de las cláusulas de dicho armisticio se obligaban los nazis a no utilizar en manera alguna las referidas naves, Inglaterra, considerando que los acuerdos franco-alemanes iban a quedar —nunca mejor dicho— en papel mojado, emplazó a los franceses para que, o bien les entregaran los barcos, o bien los llevaran al otro lado del Atlántico a La Martinica o incluso a Estados Unidos, o en caso contrario y en última instancia se verían obligados a tomar drásticas medidas, en evitación de que la flota quedara en manos alemanas, lo cual significaría con toda certeza la derrota británica. Mediante algunos malentendidos y dilaciones se cumplió el plazo dado por los ingleses, los cuales ni cortos ni perezosos enviaron desde Gibraltar a su propia flota, que inmisericorde cañoneó a la gala anclada en Mazalquivir, ocasionando 1.297 muertos entre la marinería y la destrucción al completo de todo aquel hierro flotante. Hasta De Gaulle, jefe de la Francia Libre y aliado de la Gran Bretaña, protestó por la inesperada acción.

** Esta expresión, contenida en, por ejemplo, un párrafo que el historiador Juan Luis Carriazo Rubio en "La Casa de Arcos entre Sevilla y la frontera de Granada, 1374-1474", Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 2003, extrae del Archivo Histórico Nacional, NOBLEZA, Osuna, leg. 124, nº 5v, folio 16 r-v, y que dice: Juan de Palaçios, broslador vecino de la çibdad de Toro, podía aver çinquenta annos, en la corte del rey don Juan, andando el dicho Juan del Parayso y otros brosladores en conpannía, quél avía visto desposar a los dichos Juan del Parayso e Leonor Núnnez y se avía hallado presente a los desposorios y avía comido fruta en ellos", nos da idea de la intimidad que quiere expresar el testigo en su relación con los contrayentes, o con alguno de ellos. Cuando el invitado de una boda la incluía en su declaración, indicaba que había participado más profundamente en ella, en sus prolegómenos, y que conocía las circunstancias a un nivel más completo que si se hubiese referido solo a que, por ejemplo, "este testigo asistió a la boda", o "estuvo presente". Nótese asimismo la reminiscencia sexual de la expresión: desde tiempos inmemoriales y especialmente en el ámbito poético se ha venido asimilando a la mujer con la fruta en todas sus variedades, lo cual y en el contexto de la declaración de María Márquez realza el sentido de amistad, de intimidad y confianza que significa participar en la "degustación", o lo que hoy en día es el convite postceremonial.

lunes, 14 de febrero de 2011

Los Juanguren y el espadero 2

En este año de 1555, pendiente Íñigo Ortiz del embarque hacia el Perú, con toda la tensión y la ansiedad que tal empresa significaba con la preparación de las mercancías, la planificación y el programa, el afianzamiento de los contactos con sus socios, los obligados tratos con los burócratas de la Casa de la Contratación y un largo etcétera y a pesar de todo ello, encontraba fuerzas y tiempo para hacer una activa vida social en Castilleja. En la casa familiar desde mucho antes del día tan esperado había empezado el ambiente de despedida, en forma de un trato y dedicación especiales por parte de su padre y hermanos, que en las veladas estivales le reservaban el mejor sitio en la huerta, a la sombra de la mole de la iglesia de Santiago recortada en el cielo azul del verano, cielo que se desplegaba glorioso sobre la Plaza. Íñigo se dejaba querer, arrullado por el cantar cristalino de los cangilones de la noria vaciándose en la musgosa alberquilla, y aspirando el aroma aterciopelado del azahar y el fresco rozagante de los frondosos ringleros de hierbas que medraban en la umbría junto al sacro muro —decían que de factura musulmana— coronado de alegres gorriones, a la expectativa de alguna aparición de las escasas que hizo Pedro de Cieza por Castilleja, que le sirviera para completar los informes sobre el Perú que rumiaba y sospesaba constantemente a lo largo de aquellos días.
No todo iba bien con su mujer Luisa de Rojas, que parecía desear su partida y se había negado rotundamente a acompañarlo, entre aspavientos demenciales y argumentos como de loca, en manera tal que nadie se sentía capaz de contradecirla y ni tan siquiera de intentar convencerla. Ella ya conocía Las Indias, a pesar de ser una mujer joven todavía, alta y espigada aunque un tanto cargada de espaldas y de torpes movimientos, aquejada de frecuentes migrañas que daban a su cara un acartonamiento frío y desagradable, una máscara que tenía de positivo ocultar a sus eventuales interlocutores el afán con que buscaba en su fuero interno como objetivo de la vida zafarse de la férrea opresión que los Juaguren ejercían, —prototípicos hombres de la época—, sobre las féminas de su entorno. El control, dominación y subyugación de las mujeres formaba parte consustancial de la conciencia colectiva. Por otro lado la vida anterior de la susodicha no había sido fácil, como pronto comprobaremos.
No tenían hijos Íñigo y Luisa, y las culpas de tal situación se habían hecho recaer, como era de suponer, sobre ella.
El domingo 10 de marzo de dicho año fue Íñigo padrino, o compadre, según se decía entonces, de Melchora, recién nacida de la pareja formada por Hernando Jayán — recordémoslo, uno de sus testigos ante los jueces sevillanos— y Luisa de Briones; la niña fue bautizada en la iglesia de Santiago, y entre los otros "compadres" estaba su hermano Luis Ortiz de Juanguren y el propio Beneficiado Rodrigo de Cieza. Dos meses más tarde, el 5 de mayo, bautizó don Rodrigo a otra niña, hija de su hermano Diego Ortiz de Juanguren y de Bernardina de Sagredo. Como no podía ser menos, toda la familia actuó en el padrinazgo: él mismo con su esposa Luisa de Rojas, su hermano Luis, y el viejo Diego Ortiz de Juanguren. Repasemos al efecto el contenido del capítulo "Bautismos 3" de diciembre de 2008, y detengámonos, a modo de anticipo de lo que en nuestra narración seguirá, en la nota 7 del mencionado capítulo.

Aunque el permiso de estancia en el Perú se extendía a tres años solamente, tenemos noticia de que tan tarde como en 1564 todavía se encontraba emigrado Íñigo Ortiz, según se desprende del recibo que su esposa, Luisa de Rojas, otorgó el lunes 16 de octubre de dicho año, en el cual daba fe de que el mercader vecino de Sevilla Álvaro Pinto le había pagado 9 ducados que le debía por el tercio de un tributo anual que ella le cobraba por mandato de los Señores Jueces de los Grados de Sevilla. Luisa tenía su morada en el Señorío de Castilleja desde que su marido se marchó; mas concretamente, habitaba una casa con parte de su fachada, o al menos una tapia, en la esquina noroeste de La Plaza, siendo así casi vecina de los Juanguren de sus sinsabores y pesadillas.
Otro documento que reafirma la prórroga de la licencia de estancia en Indias de Íñigo:

"Luisa de Rojas, mujer de Íñigo Ortiz que al presente está en Indias, vecina de Sevilla en la collación de San Llorente y moradora en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, por sí y en nombre de su marido y con licencia que tiene del Señor Teniente de Asistente de Sevilla Juan Álvarez, conoce a Hernando Jayán y a Luisa de Briones su mujer, presente él, y dice que por cuanto los dichos Hernando Jayán y Luisa de Briones su mujer le vendieron diez ducados de tributo situados sobre ciertas casas y viñas en este término de Castilleja y en otros propiedad de dichos Hernando Jayán y Luisa de Briones, por precio de cien ducados, según pasó ante el escribano que fue de esta Villa Juan Vizcaíno el domingo diez y ... de agosto de mil quinientos cincuenta, y porque dicho Hernando Jayán la redimió a ella de la mitad, que son cinco ducados, según pasó ante el escribano Miguel de las Casas en treinta de julio de mil y quinientos cincuenta y nueve, y porque cincuenta ducados de los cien quedaron impuestos de tributo sobre dichos bienes, y litigó pleito Luis de Figueroa, clérigo, en nombre de su marido Íñigo Ortiz, diciendo que no se habían de dar los cincuenta ducados a ella, y por sentencia de los Señores Regentes Jueces de la Audiencia Real de los Grados de Sevilla la mandaron pagar a ella, dando fianzas, y ahora no embargante que Hernando Jayán le tiene que pagar los cincuenta ducados, y porque ella tiene necesidad de dinero y Hernando Jayán y Luisa de Briones le han pagado quince ducados mas los maravedíes de lo corrido, por la presente se da por bien pagada y se obliga a no ir contra ellos en forma alguna. Dado en las casas de la morada de Luisa de Rojas en esta dicha Villa, miércoles 8 de marzo de 1564. Testigos, Bartolomé Mancera y Francisco Rodriguez de Espino."

Como vemos, durante la larga ausencia de su marido Luisa no abandonaba la administración de su casa y hacienda y, aunque analfabeta, disponía de abundante y fiable asesoramiento tanto en Castilleja como en Sevilla. Por el anterior documento comprobamos que había perdido los favores del clérigo y otrora fiel colaborador Luis de Figueroa, lo que denota que se produjeron, en la distancia, diferencias con su marido tan graves como para que le cerraran la espita de los ducados indianos y el dicho clérigo recurriera a la justicia a fin de que ella, a pesar de tener necesidad de dinero, no cobrara los 50 de manos de Hernando Jayán, otro formante del partido de los Juanguren. De forma que podemos presumir que Luisa se encontraba enfrentada a la poderosa familia de su marido emigrado. Mas esta necesidad de efectivo no hay que interpretarla en sentido estricto: sus negocios de tributos y rentas eran abundantes, y aunque no alcanzaran a mantener el nivel de vida que exigía la casa, eran muy variados y abarcaban lugares tan distantes como Málaga, ciudad vinculada a su oscuro pasado:

"Luisa de Rojas, mujer de Íñigo Ortiz, estante en las Indias del Mar Océano, vecina de Sevilla y moradora en esta Villa, por virtud de la licencia que tiene del Señor Hernando Jayán, Alcalde Ordinario de esta Villa, que pasó ante el escribano Hernando de las Cuevas, da todo su poder cumplido a Hernando de las Hoces, vecino de la ciudad de Málaga, ausente, para cobrar de Juan Monte, vecino de dicha ciudad de Málaga, diez ducados que ella le prestó, y para acudir a la Justicia si fuere necesario. Dado en las casas de la otorgante en esta Villa, lunes 18 de ¿abril? de 1564. Testigos, Francisco Sanchez y Andrés Hernandez."

Para redondear el panorama introductorio a la familia Ortiz de Juanguren, anotamos las referencias atinentes encontradas en el Archivo de Indias, con fecha la primera de 31 de diciembre de 1549 y dada en Valladolid, concediendo mediante Cédula Real licencia a un tal Hernando de Robledo y a Gaspar de Sandoval para llevar al Nuevo Mundo 50 esclavos negros, de los cuales un tercio eran hembras (o sea, 16) y cuyos derechos ya habían abonado entonces.
La segunda Cédula nos identifica al dicho negrero Gaspar de Sandoval como natural de Sevilla, hijo de Juan Sanchez de Sandoval y de Mencía de Villafranca y marido de Ana Estacia [Anastasia] Ortiz, natural de Sevilla e hija de Diego Ortiz de Juanguren y de Inés Hernández. El matrimonio, junto con su hija Inés de Sandoval, reciben permiso para pasar a Tierra Firme, él como mercader.
Y la tercera, otorgada también en la Corte vallisoletana, autoriza a Gaspar de Sandoval para pasar a Indias joyas de oro y plata labradas hasta en cuantía de 300 pesos de oro, con fecha del 22 de junio de 1557.
Mas la otorgada al vecino y natural de Carmona Diego de Torres, hijo de Diego de Torres y de Ana Martín, que con tres hijos pasó al Nuevo Reino de Granada, llevando por criado suyo al vecino y natural de Sevilla Antón Lopez, hijo de Pedro Lopez y de Francisca Sierra, que viajaba con su mujer Francisca Rodriguez y con una hija de ambos. A todo este grupo acompañaba en el periplo Francisca Ortiz, vecina y natural de Sevilla, soltera e hija de Pedro Ortiz de Juanguren y de Juana Ramírez. Año de 1555, en el cual, repetimos, partió también a Tierra Firme y Perú el hidalgo Íñigo Ortiz de Juanguren. ¿Todos ellos en la misma nao "Nuestra Señora del Rosario"? No nos ha sido posible, por ahora, confirmarlo.

Tampoco por ahora podemos asegurar que el viejo Diego Ortiz de Juanguren fuera viudo cuando se casó con Anastasia Quijada, o si contrajo matrimonio con esta Inés de la segunda Cédula tras la defunción de su primera esposa. Por las fechas, no hay duda que la mujer de Sandoval era su hija. Para detalles más pormenorizados sobre el testamento de este patriarca, ver "Bocetos del siglo XVI, 5 y 6", diciembre de 2008. Y en cuanto a los Ortiz de Sandoval, viñas en el término de Valencina del Alcor colindantes con los de Gines y Castilleja poseía un Pedro Ortiz de Sandoval que aparece repetidamente en la documentación que manejamos. Pronto daremos cuenta de su parentesco.

A Luisa de Rojas se la presionó para que hiciera el viaje. Era lo usual. Cuando una persona no agradaba, o resultaba molesta, se intentaba como medio de "quitársela de encima" que marchara a Las Indias. Los ancianos de Castilleja aun en el seno de sus propias familias insistían mas que sugerían que aquellos que no les eran especialmente gratos se marcharan unos años, con la esperanza en los casos más extremos de que los indios dieran buena cuenta de sus huesos. En este sentido, la Villa estaba polarizada entre la juventud y la vejez, y ésta, en la duda de si el castigo que proyectaba hacia la muchachada revoltosa no resultase tal, sino más bien la puerta de la fortuna que ya para ella estaba cerrada, sospesaba las dos posibilidades, y en un ejercicio de autoindulgencia se felicitaba para sus adentros si primaba la primera, y el éxito, la riqueza y la gloria acompañaban al "desterrado".

Naturalmente, por otro lado, que Luisa de Rojas no fue del todo fiel a Íñigo Ortiz durante los largos años que éste permaneció en El Perú, y quizá el origen del pleito que le entabló el clérigo Figueroa estribara en alguna sospecha al respecto, aparte de cuestiones puramente crematísticas en el matrimonio. Cierto y verdad es que también Íñigo, como era habitual, buscó y halló esporádicos episodios con alguna de tantas y tantas aventureras como pululaban en el Nuevo Continente, mas su mujer actuó siempre con completa discreción, eligiendo a sus eventuales parejas en Sevilla lejos de las malintencionadas miradas del pueblo aljarafeño. Pero Luisa no era una amante al uso. Buscaba a sus compañeros de cama tras un muro de desconfianza y recelo que su alma de mujer herida no había podido superar. De inmediato sabremos el porqué.

De Luis de Figueroa diremos que cuando el Beneficiado de Santiago Rodrigo de Cieza se ausentaba él ocupaba su puesto, y son abundantes las partidas de nacimientos, defunciones y matrimonios de castillejanos en las que consta su firma. Con poder de Íñigo desde las Indias, Figueroa fue implacable en su ataque a Luisa de Rojas, que se defendió con uñas y dientes.
Por fin el clérigo encontró argumentos firmes con los que inclinar la balanza a su favor, aunque tuvo que remover testimonios y testigos de difícil localización y remontarse a la ciudad de origen de Luisa: Málaga.
Entre las fobias que anidaban en el fondo de la personalidad de aquella mujer, como pájaro de áspero trinar se agitaba la que producíanle los hombres; la cual, gracias a su experiencia mundana lograba ocultar en su trato diario, aunque no sin esfuerzo. Conoció siendo casi niña la violación diaria alternando con descomunales palizas, aprendió a temer los pasos de un hombre cuya sola sombra la ahogaba en un miedo que en su mente juvenil abarcaba el universo. El sol lloraba para ella, y el viento era un prolongado lamento que llenaba de tristeza los años más esperanzadores y vitales que, en otra persona en condiciones normales, significan la pubertad. Bajo los puntapiés y bofetadas de aquel siniestro ser su cuerpo se redujo a vehículo de dolor, única percepción con que se conectaba al mundo sensorial durante un tiempo en el cual se decidía, y ella era perfectamente consciente, toda su posterior existencia. De este hombre bestial obtendremos un retrato en el próximo capítulo.
Durante su estancia en Indias Luisa de Rojas permaneció aislada, envuelta en el blando algodón con que sus padres trataban de curarla de la horrorosa experiencia del maltrato. Y una vez en Castilleja desposada con Íñigo Ortiz de Juanguren, en el amenazante ambiente que subsiguió al casamiento los revoloteos del pájaro sobresaltaban su espíritu constantemente. Hernando Jayán a pesar de su correcta frialdad, Miguel de las Casas tan aureolado de ilustración, Juan de Vega con su nobleza tosca, Rodrigo de Cieza siempre ausente aunque próximo, el propio Luis de Figueroa lleno de ponzoña, su suegro Diego Ortiz envejecido en el desprecio machista, despertaban en ella aquel sentimiento que tantas pesadillas le proporcionó desde muchacha. A la lista reciente había que añadir el criado portugués del anciano patriarca, una especie de ofidio que lograba descomponerla hasta hacerla padecer arcadas. Era un hombrecillo de dientes podridos y calva rosácea cuyos ojillos perdidos en una maraña de arrugas brillaban maliciosamente cuando, cruzando La Plaza, se clavaban inquisidores en sus ventanas; con un cuerpo esquelético de nalgas escurridas, su patente homosexualidad se interpretaba en clave de misoginia, la cual estaba en la base de la aceptación que disfrutaba, especialmente en las epicúreas reuniones de vino y risotadas que llenaban muchas noches tras la iglesia. Allí entonces, disfrutaba con que le azotasen las magras nalgas al pasar, mientras servía la mesa a los tarambanas juerguistas, y en plena apoteósis de las borracheras era el recurso para que en algún rincón más o menos discreto de la huerta el convidado más urgido por la líbido desatada encontrase cómoda y directa satisfacción.
El criado portugués servía a su marido Íñigo unos afamados zumos de lima para aliviar los efectos de la escandalera, previamente puestos a refrescar los redondos frutos en el pilón de la noria. Y era para su valetudinario poseedor una especie de perro enviscador que los años de convivencia habían hecho insustituible.

Y llegó el tan ansiado día: la nao "Nuestra Señora del Rosario" se abaniquea en el Guadalquivir, y en el muelle hay un escarabajeo de abrazos, un revuelo congojoso de lágrimas y besos sobrevolados por las albas aves marineras. Está muy presente la catástrofe de la flota de Farfán en Zahara, en enero. Si nos hubiese sido dado presenciar la partida, reconoceríamos a un muchacho pálido, de porte distinguido, que sube la pasarela dando la espalda a Juan de Sevilla su padre, quien desde tierra con el rostro desencajado no puede reprimir la emoción. También han bajado ambos —muy temprano con las primeras luces— desde Castilleja, en el mismo grupo que los Juanguren. El joven, llamado Francisco de Avecilla, marcha como factor del comerciante Andrés Pérez de Méjico. Su madre, Juana Téllez, es la hijastra del anciano mercader de cueros Pedro de Cifontes. "Los esclavos 82j", marzo de 2010.

domingo, 6 de febrero de 2011

Los Juanguren y el espadero 1

Sin perjuicio de una continuación de la serie "Los esclavos", continuación necesaria considerando la enorme cantidad de interesantísima documentación que hemos encontrado acerca de los de Castilleja de la Cuesta en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla, emprendemos con este capítulo la ilustración de otra nueva rama de este árbol de la historia que el tiempo y la consulta de documentos va haciendo frondoso, con la esperanza y el deseo de que sus dichas ramas, y unas a otras, se complementen y ayuden y se vivifiquen y nutran entre ellas para hacer que el conjunto resultante brinde al lector en su andadura la bienhechora sombra desde la cual contemplar los caminos y acaeceres pasados, lejanos sí, pero nítidos en sus detalles.
Dejamos a un joven Lope de Aguirre en camaradería con Diego Ortiz de Juanguren. Para empezar la descripción de esta familia de ascendencia vasca y asentada en nuestro pueblo —su hacienda y casa principal estaba a las espaldas de la iglesia de Santiago— partimos con las transcripciones de las gestiones hechas en la Casa de la Contratación por uno de sus hijos, Íñigo Ortiz de Juanguren, con vistas a "hacer las Indias" comerciando allí con variados artículos.
En pocos años desde el Descubrimiento, como se apunta en la nota tercera del capítulo anterior, las autoridades centrales de la Monarquía se habían visto obligadas a controlar mucho más férreamente el tránsito de personas y bienes al nuevo territorio, única forma de impedir las revueltas y rebeliones en aquellas latitudes y el contrabando y los fraudes que sangraban la gran vena de riquezas que mantenía al Imperio. Al contrario que antes, ahora se exigía, para obtener la licencia de viaje, un fárrago de certificados de limpieza de sangre, de testimonios de estado civil y vecindad, y de fes de intenciones y declaraciones de actividades que, y a pesar de su complejidad, no frenaban a quienes, como Íñigo, eran conscientes de lo que podrían obtener a cambio. Se valió el mercader, como era usual en estos casos, de la influencia de su familia y del clientelismo adyacente para reunir sus testigos. Declararon entre otros, varios conocidos nuestros:

Testigo, Hernando Jayán, mercader vecino de esta Ciudad en la collación de Santa María, testigo presentado en esta razón juró en forma de derecho y siendo preguntado dijo que conoce al dicho Íñigo desde puede haber ocho años poco más o menos el cual sabe este testigo que es mercader tratante en Indias porque del dicho tiempo al presente siempre le ha visto tratar en mucho género de mercaderías y que sabe este testigo que al presente tiene en esta Ciudad cargazón de mercaduría para Tierra Firme en mucha cantidad de mil ducados lo cual tiene cargado como parecerá por el registro, y que el dicho Íñigo para ir dice que registró por tal mercader y eso dijo y tiene al dicho Íñigo y ve que por eso es tenido y esta es la verdad por el juramento que hizo y firmó de su nombre. Hernando Jayán.

Melchor Sánchez, mercader vecino de esta Ciudad en la collación de San Bernabé, testigo presentado en esta razón juró según forma de derecho y siendo preguntado por las preguntas dijo que conoce al dicho Íñigo Ortiz puede haber más tiempo de quince años el cual sabe este testigo que es vecino de esta Ciudad y que es mercader tratante en Indias porque este testigo le ha visto de muchos días a esta parte tratar en Indias en mucha cantidad de mercadurías y por tal mercader es habido y tenido y que sabe este testigo que al presente tiene una cargazón de mercadurías con la cual dice que se quiere pasar a Las Indias a las provincias de Tierra Firme y el Perú, que esta es la verdad por el juramento que zizo y firmólo. Melchor Sánchez.

Testigo, Juan Sánchez Dalvo, vecino de esta ciudad, testigo presentado en esta razón juró según derecho y siendo preguntado dijo que conoce al dicho Íñigo Ortiz puede haber cuatro años poco más o menos y que sabe este testigo que es mercader tratante en Indias y que al presente tiene hecha una cargazón para Indias para las provincias de Tierra Firme en la nao de Bautista Preve y que le parece a este testigo que valdrá más de mil y quinientos ducados y que este testigo ha oído decir al susodicho que quiere ir con las dicha mercaderías a las dicha Indias y que por tal mercader como al dicho este testigo tiene al dicho Íñigo Ortiz y que es habido y tenido y que esta es la verdad por el juramento que hizo y firmólo. Juan Sánchez.

Relación de las mercaderías que Íñigo Ortiz tiene registradas en esta Casa de la Contratación de las Indias de esta ciudad de Sevilla este presente año de mil y quinientos y cincuenta y cinco años en la nao nombrada Nuestra Señora del Rosario de que es maestre Baltasar de Jaén consignadas al dicho Íñigo Ortiz a su riesgo porque son suyas y son las siguientes:

Primeramente ocho barriles de jabón quintalenos.
mas un balón de papel
mas va en un cajón las cosas siguientes:
una pieza de colonia de treinta y dos varas.
mas catorce libras de seda de todas colores.
mas tres piezas de tafetán doblete que tiene ciento y diez y siete varas.
mas tres piezas de tafetán cencillo (sic) que tiene ciento y diez y nueve varas.
mas tres libras de cintas de seda de encordonar
mas cuatro libras de hilo portugués.
mas una libra de bolillos.
mas cien docenas de cintas del tudesco.
mas dos cajetas de peines.
mas una docena de escribanías.
mas seis docenas de cuchillos1.
mas cincuenta pares de borceguíes.
mas dos docenas de bonetes de grana.
mas dos docenas de gorras.
mas cuatro docenas de tijeras de barbero.
mas cuatro docenas de machetes.
mas dos libras de azafrán en dos botes.
mas tres libras de pimienta.
mas dos libras de clavos.
mas dos libras de canela.
mas dos libras de jenjibre.
mas dos libras de menjuí.
mas dos libras de almáciga.
Un manto de tafetán negro traído.
mas dos libras de estoraque.
mas veinte libras de hilo blanco y prieto.
mas dos libras de hilera delgada.
mas va en la dicha caja de atrás:
una camisola de terciopelo negro usada.
mas una saya de terciopelo negro usada.
mas un sombrero de terciopelo negro usado.
mas dos piezas de holanda.
mas dos docenas de pares de zapatos tapetados.
mas va en otra caja las cosas siguientes:
primeramente ciento y diez camisas de hombre labradas de blanco y negro.
mas una docena de camisas de mujer labradas de blanco y negro.
mas veinte y seis jubones de holanda.
y cincuenta y un fruteros de Ruán.
mas ciento y cincuenta pares de calcetas.
mas una pieza de tocas de lino que tiene treinta y nueve varas.
mas dos docenas de capillejos de seda.
mas otra docena de capillejos de hilo.
mas dos docenas de cofias blancas de lienzo.
mas catorce pañuelos de narices.
mas una pieza de mengalas.
Íñigo Ortiz. Fecha en Sevilla dentro de la Casa de la Contratación de las Indias a quince días del mes de agosto de mil y quinientos y cincuenta y cinco años.

1.- "Seis docenas de cuchillos". Decíamos que Íñigo Ortiz era perfectamente consciente de las ganancias que le esperaban. Ningún mercader aventuraba su dinero ni lo dejaba en manos del azar. El detalle de los cuchillos habla por sí solo; estos 72 podrían reportarle 1.080 pesos si la información que le había llegado por vía de su propio padre era cierta. Éste, Diego Ortiz de Juanguren, participaba con gran interés en las tertulias que don Rodrigo de Cieza organizaba en el patio de su casa comentando las Crónicas del Perú que su hermano había escrito (ver "Rodrigo de Cieza 1", entrada de noviembre de 2008). Todos los presentes en aquellas tranquilas tardes adivinaban que el acto de la lectura iba más allá del simple descifrado de los signos ortográficos, del natural reconocimiento de los vocablos, de la sencilla comprensión de las oraciones. Era su propio hermano, ya difunto, era su letra, y en aquellos renglones palpitaba su personalidad, formada entrañablemente emparejada junto a la suya en tierras extremeñas. El cura de Castilleja adivinaba y asumía, como si de sí mismo se tratase, en cada giro, en cada detalle estilista e incluso en las puras formas que el manejo del cálamo había plasmado en el recio papel las emociones, el pulso, el estado de ánimo de su querido Pedro, que creció con él en la añorada Llerena al cálido abrigo de sus amados padres, cuya tierna herencia parecía resucitar llena de vida en aquellos renglones. Uno de los párrafos en los que el "Rey de los cronistas" se refiere al precio de las cosas llamó de tal manera la atención de Diego Ortiz, cuyo hijo andaba ya en diligencias y trámites para viajar a Tierra Firme, que hizo que don Rodrigo se lo repitiera: "Cuando mataron a este que digo [Cristóbal de Ayala, muerto por los indios de las cumbres de la cordillera de los Andes] se vendieron sus bienes en la almoneda a precios muy excesivos, porque se vendió una puerca en mil seiscientos pesos, con otro cochino, y se vendían cochinos pequeños a quinientos, y una oveja de las del Perú en doscientos ochenta pesos; yo la ví pagar a un Andrés Gomez, vecino que es agora de Cartago, y la cobró Pedro Romero, vecino de Ancerma; y los mil y seiscientos pesos de la puerca y del cochino cobró el adelantado don Sebastián de Belalcázar de los bienes del mariscal don Jorge Robledo, que fué el que los mercó; y aun ví que la misma puerca se comió un día que se hizo un banquete, luego que llegamos a la ciudad de Cali con Vadillo; y Juan Pacheco, conquistador que agora está en España, mercó un cochino en doscientos y veinte y cinco pesos; y los cuchillos se vendían a quince pesos; a Jerónimo Luis Tejelo oí decir que cuando fué con el capitán Miguel Muñoz a la jornada que dicen de la Vieja mercó una almarada para hacer alpargates por treinta pesos, y aun yo he mercado unos alpargates en ocho pesos de oro." (Pedro de Cieza de León, La Crónica del Perú, capítulo XXVI. Colección Austral de Espasa Calpe, Argentina, 1945).

De esta manera, la obra de expolio colonizador que realizaban los comerciantes hallaba pie y sustento en el trabajo intelectual efectuado por cronistas que, como el hermano de Rodrigo de Cieza, acaso observaban y escribían sus obras con toda la inocencia del mundo, movidos por el puro afán de saber, por esa curiosidad innata que en el ser humano observó Aristóteles, pero cuyas referidas obras otros más avisados y egoístas sabían aprovechar en beneficio propio.
Volvamos a la transcripción de los trámites que Íñigo llevaba a cabo:

Vista la dicha información por los dichos Señores Jueces dijeron que daban licencia y dieron licencia al dicho Íñigo Ortiz para que pueda pasar y pase por tal mercader a las dicha provincias de Tierra Firme y el Perú con las dichas sus mercadurías por tiempo de tres años como Su Majestad manda y dando información no ser de los prohibidos.

En la ciudad de Sevilla sábado diez y siete días del mes de agosto de mil y quinientos y cincuenta y cinco años ante el Muy Noble Señor Alonso de Ilpes, Alcalde Ordinario de esta dicha ciudad por Su Majestad y en presencia de mí Alonso de Silva, escribano de Su Majestad y su notario público en la su Corte, Reinos y Señoríos pareció Íñigo Ortiz, vecino de esta ciudad y dijo que a su derecho conviene probar y averiguar cómo es natural de esta ciudad y que es cristiano viejo y de limpia generación y que no es hijo ni nieto de quemado ni de reconciliado ni de casta de moros ni de los nuevamente convertidos a nuestra Santa Fe y que él ni sus padres ni abuelos no fueron castigados ni penitenciados por el Santo Oficio de la Inquisición ni por vía femenina como masculina pide a Su Merced mande recibir la información que sobre ello presenta y los testigos que sobre ello presentare les mande examinar por el tenor de este su pedimento y lo que dijeren o depusieren escrito en limpio firmado del dicho Señor Alcalde y firmado y signado de mí el dicho escribano se lo mande dar en pública forma en manera que haga fe interpolando en ello su autoridad y decreto judicial para que valga y haga fe en juicio y fuera de él y pidió justicia.

Y luego el dicho Señor Alcalde dijo que mandaba y mandó al dicho Íñigo Ortiz que traiga y presente los testigos de que se entiende aprovechar y que está presto de los mandar recibir y hacer justicia.

Y luego el dicho Íñigo Ortiz trajo y presentó por testigos en la dicha razón a Luis de Figueroa, clérigo, y a Diego Quijada y a Melchor Sanchez y a Gaspar Sanchez, mercaderes vecinos de esta ciudad de los cuales y de cada uno de ellos fue tomado y recibido juramento por Dios y por Santa María en forma de derecho en virtud del cual prometieron decir verdad de lo que supiesen y les fuese preguntado en este caso en que son presentados por testigos y lo que dijeron y depusieron en sus dichos y deposiciones es esto que se sigue:

Testigo, Luis de Figueroa, clérigo presbítero vecino de esta ciudad en la collación de San Román, testigo presentado en esta razón, juró según forma de derecho y siendo preguntado dijo que conoce al dicho Íñigo Ortiz puede hacer diez y seis o diez y siete años, que es hombre mediano de cuerpo, moreno de rostro, tiene la nariz un poco gruesa donde acaba, la barba negra y poca, de edad de treinta años poco más o menos, y que este testigo sabe que el susodicho es cristiano viejo y de limpia generación e hijodalgo y que el dicho Íñigo Ortiz ni sus padres ni alguno de ellos no son judíos ni moros ni de casta de ellos ni lo fueron sus abuelos por vía femenina ni masculina y que otra cosa fuera o alguna cosa de lo susodicho les tocara o fueran castigados por el Santo Oficio este testigo lo viera y supiera o lo oyera decir por el mucho trato y conversación que con él y sus padres y parientes ha tenido y tiene y porque conoce a Diego Ortiz de Juanguren su padre y conoció a Anastasia Quijada su madre que es difunta y a muchos parientes suyos a los cuales no les toca cosa alguna de lo susodicho y que esta es la verdad por el juramento que hizo y firmólo y que es de edad de cincuenta años poco más o menos. Luis de Figueroa.

Testigo, Diego Quijada, vecino de esta ciudad en la collación de Santa María, testigo presentado en esta razón, juró según forma de derecho y siendo preguntado dijo que conoce al dicho Íñigo Ortiz puede haber más tiempo de veinte años el cual sabe este testigo que es natural de esta ciudad y vecino y casado en ella y sabe que no es hijo ni nieto de quemado ni de reconciliado ni de casta ni de moros por vía femenina ni masculina ni él ni sus padres ni abuelos no fueron ni han sido castigados ni penitenciados por el Santo Oficio antes es hijodalgo notorio y por tal tenido y habido que como a tal se tiene por el ... de pagar los ¿precios? en monedas foreras y por tal hijodalgo es tenido y que si otra cosa fuera este testigo lo viera y supiera y hubiera oído decir por el mucho trato y conversación que con él ha tenido del dicho tiempo a esta parte y porque conoce a Diego Ortiz de Juanguren su padre y conoció a Anastasia Quijada su madre y que conoce a muchos parientes suyos los cuales son tenidos por tales personas como al dicho y que esta es la verdad por el juramento que hizo y firmólo de su nombre y que es de edad de treinta y ocho años poco más o menos.

Testigo, Melchor Sánchez, vecino de esta ciudad en la collación de San Bartolomé, testigo presentado en esta razón juró según forma de derecho y siendo preguntado dijo que conoce al dicho Íñigo Ortiz ha más tiempo de quince años el cual sabe este testigo que es natural de esta ciudad y que no es hijo ni nieto de quemado ni de reconciliado ni de casta de moros ni judíos ni castigados ni penitenciados por el Santo Oficio ni de los nuevamente convertidos, antes hijodalgo, y que si otra cosa fuera este testigo lo supiera y no pudiera ser menos por el mucho trato y conversación que con el dicho Íñigo Ortiz y sus padres y parientes ha tenido y tiene de mucho tiempo a esta parte porque conoce a Diego Ortiz de Juanguren su padre y conoció a Anastasia Quijada su madre, vecinos de esta ciudad los cuales son tales personas como dicho tiene y que esta es la verdad por el juramento que hizo y firmólo y que es de edad de cuarenta y cinco años poco más o menos.

Testigo, Gaspar Sanchez, vecino de esta ciudad en la collación de San Bartolomé, testigo presentado en esta razón, juró según forma de derecho y siendo preguntado dijo que conoce al dicho Íñigo Ortiz de diez y seis años poco más o menos el cual sabe este testigo que es natural de esta ciudad y vecino de ella y sabe asimismo que es cristiano viejo y de limpia generación y que no es hijo ni nieto de quemado ni de reconciliado ni de casta de moros ni de los nuevamente convertidos a nuestra santa fe por vía femenina ni masculina y que si lo fuera este testigo lo supiera y no pudiera ser menos por el mucho trato y conversación que con él ha tenido del dicho tiempo a esta parte y que conoce a Diego Ortiz de Juanguren su padre y conoció a Anastasia Quijada su madre y que es difunta y a muchos parientes suyos a los cuales no les toca cosa alguna de lo susodicho y que esta es la verdad por el juramento que hizo y firmólo y que es de edad de más de cuarenta y ocho años.

Y visto por el dicho Señor Alcalde la dicha información dijo que a él le consta que el dicho Íñigo Ortiz es tal persona como en la dicha información se contiene y que interponía e interpuso en ella su autoridad y decreto judicial para que valga y haga fe en juicio y fuera de él y que mandaba y mandó a mí el dicho escribano le dé un traslado autorizado al dicho Íñigo Ortiz para que lo presente donde vea que le conviene y lo firmó de lo cual que dicho es según que ante mí el dicho escribano pasó y por lo susodicho pareció a que me refiero de pedimento del dicho Íñigo Ortiz y por mando del dicho Señor Alcalde dí el presente testimonio firmado del dicho Señor Alcalde y firmado y signado de mi firma y signo que es hecho en la dicha ciudad de Sevilla los dichos días, mes y año susodichos. Alonso de Salvatierra. Alonso de Yepes.

Vista la dicha información por los dichos Señores Jueces en Sevilla a veinte días del mes de agosto de mil y quinientos y cincuenta y cinco años dijeron que daban y dieron licencia al dicho Íñigo Ortiz para que pueda pasar y pase a las dichas Indias a las provincias de Tierra Firme y el Perú con las dichas sus mercaderías por el dicho tiempo de tres años conforme a la cédula de Su Majestad con la cual le ponga la edad y ... del susodicho.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Los esclavos 83b

La convalecencia de Marcos de Vega se desarrolló en circunstancias óptimas en lo que respecta a cuidados y atenciones de sus allegados, del padre en primer lugar, pero la secuela del medio brazo inútil y desmañado —bamboleando grotescamente al caminar— le acompañaría desde entonces, como un recuerdo en contrapeso a los muchos otros felices y venturosos que guardaba de El Arenal cuando, en los ya pretéritos años de su infancia, su progenitor organizaba aquellas ilusionantes jiras a la gran urbe con ocasión de algún festejo; entonces, toda la familia en la casa era una barahúnda de prisas, disposiciones de ropas, preparación de meriendas, en medio de la excitación que producía, especialmente entre los más chicos del hogar, la magnífica experiencia: "¡a Sevilla! ¡a Sevilla! ¡vamos a Sevilla!", se gritaban unos a otros y otros a los vecinos menos afortunados, que miraban envidiosos y en silencio los aderezos de la mula en el portal desde la acera de enfrente. Juan de Vega y su mujer, precisos en su quehacer, ensimismados, recordaban sus propias infancias en trance semejante, mientras mecánicamente bregaban con las criaturas, ajustándoles los sayos o quitándoles de los ojos alguna inoportuna lagaña. La vida —pensaban— era una rueda que giraba y giraba, repitiendo personas, hechos y escenas con exactitud astronómica.
Su hijo herido pasó los primeros días molesto por el dolor de la sajadura, sin poder dormir apenas. De noche recordaba aquellos especiales viajes, la visión mañanera de la ciudad al otro lado del gran río mientras el grupo familiar bajaba la cuesta, él en el enfaldo de su madre a lomos de la noble candonga castaña, su padre con el ronzal en la mano abriendo la comitiva orgulloso y saludando con pomposidad a los transeúntes conocidos, y detrás, riendo y bromeando, nerviosos e inquietos como lagartijas, sus hermanos mayores.
Eran días maravillosos. Desde la orilla del Guadalquivir hasta el pie de las pardas murallas, y mucho antes de que el sol peinara sus cabellos de oro entre las almenas y torreones, pululaba el variopinto gentío a caballo o andante, vociferante y multiforme entre los puestos de dulces, de frutas, pescado ahumado, baratijas, ropas usadas, leña o carbón de las sierras, cal y ladrillos, herramientas oxidadas o armas defectuosas, libros medio deshojados y pergaminos rotos, y en suma todo lo que la imaginación humana es capaz de contemplar.
El hijo de Juan de Vega, en sus sueños febriles durante las largas noches que pasó recuperándose, veía un río transitado de orilla a orilla de barcas que maniobraban entre las moles de varios galeones, llevando y trayendo racimos densos de trianeros y foráneos de un lado a otro. Atravesaban El Arenal regatos de aguas fecales de insoportable olor que desde la ciudad desaguaban en la corriente, salvados aquí y allá por pequeños puentecillos y pasarelas de tablones medio desclavados, por los que la multitud se desplazaba pinzándose las narices. Añádasele las montañas de basuras, bahorrinas y desperdicios que los sevillanos, desde tiempos inmemoriales, solían verter en aquel espacio, creando así auténticos problemas de higiene y salud con la proliferación de ratas, moscas y mosquitos, gatos y perros vagabundos y todo tipo y clase de insectos, alimañas reacias a esconderse incluso en las horas en las que el mercado estaba en pleno apogeo.
El cual mercado y a pesar del entorno, se organizaba resistiendo vientos y mareas en las áreas más despejadas, en base a tiendecillas y quioscos astrosos, malamente cubiertos de mugrientos toldos, desde cuyos interiores pregonaban los sencillos vendedores a grito pelado.
Estos días especiales, por los postigos desde la calle Pajería y el Compás de La Laguna invadían el mercadillo bandadas de rameras como gaviotas voraces, unas decrépitas, otras en plena iniciación del oficio, y todas prestas a picotear con el máximo afán en las faldriqueras de los incautos. Se mezclaban, pero no se confundían, con señoronas que, rodeadas de lacayos y siervos, cruzaban en sus carrozas mirando desdeñosas a la plebe, camino de San Juan de Aznalfarache o de Coria del Río a disfrutar de algún sarao, de alguna fiesta campestre; los alguaciles en cuadrillas y pisando fuerte el suelo polvoriento en verano o puro barro en tiempo de lluvia, amedrentaban por doquier con sus insistentes miradas a los innumerables ladrones de bolsas, y los artesanos —esparteros, cordoneros— aprovechaban los días buenos para trabajar al aire libre, a la sombra de la muralla.
Vuélvense a mencionar a los cordoneros en otro conflicto, además de en el ya conocido por nosotros con los hijos de Juan de Vega y el buzo Gaspar. En este caso la trifulca la protagoniza un soldado, —siempre ha habido gente capaz de matar por un pedazo de pan—, de los muchos que merodeaban en El Arenal, chusma heterogénea y aventurera a la espera de una oportunidad de embarcar a Las Indias; este sodado, artillero de la Armada por más señas y llamado Juan Lázaro, junto a otros dos camaradas pretendió comprar almejas en uno de los puestos "cerca de donde trabajan los cordoneros", y al recibir su pedido de manos de la pescadera consideró que los moluscos bivalvos no estaban suficientemente frescos. Ocurrió lo que era de esperar, y el incidente terminó con una pelea con armas blancas por medio entre pescaderos y artilleros. Hubo denuncia y proceso. Una de las testigos, amiga de la agredida, de nombre Luisa de los Reyes y mujer de un tal Ocaña, declaró que "estando esta testigo a la vera del río, vio un hombre que se llegó a Inés Tomasina, mujer de Andrés de Escobar, y le compró unas almejas, y se las estaba echando la susodicha en un pañuelo, y habiéndole comprado tres o cuatro menos, el dicho hombre [...] alzó el pañuelo con las dichas almejas y le dio con ellas a la dicha Inés Tomasina y le dijo: "¡Puerca, no me déis basura!" Y la dicha Inés Tomasina dijo: "Señor, yo soy mujer honrada y casada y no he de hablar palabra." Y el dicho hombre le dijo: "Si tenéis alguno que lo demande, salga y pídalo, que yo saldré aunque sea del infierno." (Pablo Emilio Perez-Mallaína Bueno. Los hombres del Océano: vida cotidiana de los tripulantes de las flotas de Indias: siglo XVI. Sevilla Expo´92).
Veía nuestro herido como fiel reproducción del pasado aquella mañana en la que sus ojillos infantiles quedaron fijos en un juguete de los varios que un viejo esclavo indio ofertaba en el tenderete de su quiosco y que reproducía una piragua con dos cazadores, uno a los remos y otro al timón, tallada en madera y burdamente coloreada con pinturas chillonas. Puso esfuerzo y pasión el niño en conseguirla, apoyándose en un llanto que le amorataba el rostro, reacio el padre a desembolsar unas blancas, pero al final la criatura logró hacerse entre sus manitas con el preciado objeto, dejándo volar su imaginación con él en el camino de vuelta en brazos de su madre. En cierto momento se dejó convencer de uno de sus hermanos, que con insistencia le pedía tenerlo un momento, "solo para verlo y tocarlo", mas cuando, al recuperarlo, el chiquillo comprobó que uno de los remos estaba quebrado, la explosión de ira, gritos y lágrimas se dejó sentir en toda la Vega como una tormenta invernal. Al final y ya en casa, todo se solucionó medianamente con un poco de cola y la destreza recomponedora de Juan de Vega.

El escribiente de Miguel de las Casas había ido al lugar de Bormujos, —mañana fría, densa de niebla—, para ultimar la compra de un asno, con el cual desplazarse para atender los compromisos de su oficio. Visto el animal, se formalizó el contrato de palabra hasta su entrega otro día, y Salvador Pérez, tras detenerse en un fonducho y degustar unos zorzales guisados y el imprescindible mosto, volvió a buen paso, buscando la hijuela de La Valdovina. Aunque el auténtico mesón estaba en dicha Valdovina, había preferido almorzar con más sosiego e intimidad en aquel cuchitril solitario, perdido en una mancha de añosos pinos entre la esquina de un olivar y el senderillo que unía Bormujos con la gran hacienda que, como las de su clase, recogía el principal núcleo de población de la zona, compuesto de las familias de los jornaleros, capataces, esclavos, peones, etc. que las servían. De esta manera, Bormujos en sí, aunque sede del Concejo, no llegaba más allá de unas cuantas chozas de muros de adobe y techos de palma a la sombra de la pequeña iglesia, en el corralillo enfangado de una de la cuales, habitada por una familia numerosa de gitanos, esperaba al escribiente su futura montura sacudiéndose nerviosa el relente húmedo.
Pronto entre el velo fantasmal que cubría el día aparecieron ante el caminante las formas borrosas de las primeras casas de Castilleja; venía pensando en la última velada que mantuvo con Pedro de Cifontes, ahora éste yaciendo en su cama, convenientemente arropado pero sometido a tiritones y sudoraciones alternativos, síntomas de una fuerte gripe que le había atacado un par de días antes. Recordó Salvador el contenido de su última entrevista con él, y no tuvo que esforzarse en asociarlo con el contrato que acababa de efectuar con los gitanos bormujanos.
Habían hablado entonces Pedro de Cifontes y Salvador Pérez de Lope de Aguirre.
¡Lope de Aguirre! ¡muy poco o nada se puede añadir hoy a su biografía!
Sobre su persona se han hecho novelas y películas, estudios históricos y psicopatológicos, ensayos políticos y poemas revolucionarios... Lope de Aguirre destaca muy por encima de cuantos se significaron en el Descubrimiento con relevancia. Nadie de quienes lo conocieron en Sevilla y su tierra, a su llegada desde Oñati, habría sido capaz de predecir que aquel muchacho introvertido iba a realizar tan sonados episodios ultramarinos como los que efectuó. Cifontes lo recordaba, —y así se lo manifestó a Salvador—, cuando subió vacilante la pasarela de la "Santa María la Blanca", cargado con un humilde hatillo de ropa*. Era pequeño de estatura, de gruesa cabeza coronada por una mata de pelo pajizo, de miembros potentes y toscos, y su mandíbula ancha, cuadrada y siempre encajada denotaba un espíritu fuerte y tozudo. Pero lo que más lo caracterizaba era su mirada, oscura, fija, profunda e insondable bajo unas pobladas cejas prietas.
Cuando su esclavo Antón sufrió el tormento de los azotes a lo largo de la Calle Real castillejana, Cifontes revivió las experiencias del joven soldado vasco**, que en aquel tiempo constituían el tema diario de conversación en el imperio de Carlos V y Felipe II. De los escándalos aguirreanos se hablaba en los palacios de las capitales y en los chozos de las aldeas.
Andaba el que sería luego conocido como "El Loco Aguirre" por El Arenal y los aledaños de la Torre del Oro esperando una oportunidad de embarcar para probar fortuna al otro lado del Atlántico***. Con 20 años de edad entonces, ya sabía de situaciones límite, incluso antes de emigrar de su Guipúzcoa natal. Allí, entre otras "hazañas", se dice que respaldado por otro compinche invitó a un par de prostitutas a dar un paseo en barca por el río Olabarrieta, y una vez en el centro de la corriente las arrojaron por la borda, entre risotadas e insultos.
Aguirre, en Sevilla, por mediación de su paisano Diego Ortiz de Juanguren, conoció Castilleja, al menos someramente. Ambos blasonaban de hidalguía, pero Diego Ortiz**** era hombre de posibles, con abundantes propiedades tanto en nuestro pueblo como fuera de él, y el joven de Oñate en cambio apenas era titular de una capa raída y de una espada barata.
Era Salvador Pérez un jovenzuelo aprendiz cuando, acompañando a Miguel de las Casas en gestiones a efectuar en Salteras, a la vuelta tras cruzar el arroyo del Judío y enfilar el cordel de Los Carboneros de vuelta a nuestro pueblo toparon con un hombre tumbado de bruces en mitad del camino, con media cara hundida en uno de los charcos que el otoño había dejado por doquier, cuyas aguas se iban tiñendo del alarmante color de la sangre. Lo auxiliaron tras comprobar que, borracho como una cuba, en su caída se había golpeado en un lado de la frente con uno de los guijarros que cubrían el camino, y supieron por sus torpes palabras que era vasco, que llevaba en Sevilla unos pocos meses y que se llamaba Lope de Aguirre. Salvador lo volvería a ver en El Arenal en alguna ocasión, y llegó a olvidarlo hasta que empezó a dar de qué hablar con sus aventuras transoceánicas. El de Oñati se había especializado en la doma de caballos, y trabajaba con los gitanos, acaparadores de esa actividad en la época que nos ocupa. Con ellos pasaba en Valencina muchos días, pernoctando en sus campamentos, en los tranquilos descampados limítrofes con Gines y Castilleja.

* Ver "Los esclavos 82y", septiembre de 2010. Ahí comprobamos que la profesora María del Carmen Gómez Pérez lo sitúa en el puesto número tres en su lista de la hueste que, en la nave de Cifontes, partió de Sevilla para servir al Gobernador Pedro de Heredia.

** Fué, como el negro Antón, objeto de una tanda de latigazos a camisa quitada, acusado por el Juez Francisco de Esquivel en Potosí, en el año 1551, en base a no haber cumplido las leyes que protegían a los indios. "Doscientos latigazos cayeron sobre mis espaldas y mis nalgas desnudas. Los contaba la voz del alguacil y a la par los contaba mi conciencia. El látigo desgarraba mi piel como los picotazos de un cóndor, la sangre me corría hasta los carcañares como azogue viviente, y no sentía dolor porque mi rabia era tan recia que no dejaba sitio a algún otro sentimiento; y no lloré porque nadie en mi casa me enseñó a llorar; y no me quejé porque los hombres de mi extirpe no se quejan. Al término y raya de los doscientos azotes, los conté uno por uno hasta el último, caí desplomado sobre las piedras de la plaza, y me lanzaron encima un cubo de salmuera quemante y afrentosa." Así hace decir a Lope de Aguirre el venezolano Miguel Otero Silva en su novela "Lope de Aguirre, príncipe de la libertad", Barcelona, Seix Barral, 1979.
Pero Aguirre no olvidó, hasta que consumó su venganza quitándole la vida al magistrado en Cuzco.

*** "Las oportunidades de enganche eran cada día menores. No era fácil salir como antes. El Consejo de Indias comenzaba a poner restricciones y la Casa de la Contratación exigía fianzas y hasta probanzas. Aguirre se fue entonces a los campos y penetró en la vida de cortijos y dehesas. Trató con gitanos el comercio de bestias. La gitanería le enseñó las mañas de los caballos y de los hombres. Aprendió a amansar potros, a pasar hambre y a dormir poco. Aprendió a blasfemar, a murmurar de los frailes y de las monjas. A protestar, por lo bajo, del Santo Oficio y de los chanchullos de Palacio. Sufrió las injusticias de los jueces y las bellaquerías de los alguaciles.
A través de los caminos, por entre los latifundios de olivares, palpó la miseria del campesino, reventando sobre los terrones, para repletar la bolsa del señorito terrateniente, que holgaba en sus casas-quinta del Guadalquivir, con las zalamerías de sus barraganas.
Maestro de la vida errante, compañero de bravucones en el ejercicio picaresco, aprendió el manejo del puñal y de la espada. Conoció el arte del contrabando, el manipuleo de los naipes falsos y el arancel de garrotazos y cuchilladas a tanto el centímetro". ("Lope de Aguirre, el peregrino : apellidado el tirano, primer caudillo libertario de América : historia de su vida hazañosa y cruel y de su muerte traydora". Casto Fulgencio López. Caracas, 1947.

**** En los próximos capítulos nos vamos a extender sobre la saga de los Ortiz de Juanguren, compuesta de personalidades relevantes en Castilleja durante gran parte de este siglo XVI, y ya referenciadas en "Los esclavos 45, 46, 47, 48, 49, 52 y 53" (mayo de 2009), y "Los esclavos 75i", (octubre de 2009).

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...