miércoles, 2 de febrero de 2011

Los esclavos 83b

La convalecencia de Marcos de Vega se desarrolló en circunstancias óptimas en lo que respecta a cuidados y atenciones de sus allegados, del padre en primer lugar, pero la secuela del medio brazo inútil y desmañado —bamboleando grotescamente al caminar— le acompañaría desde entonces, como un recuerdo en contrapeso a los muchos otros felices y venturosos que guardaba de El Arenal cuando, en los ya pretéritos años de su infancia, su progenitor organizaba aquellas ilusionantes jiras a la gran urbe con ocasión de algún festejo; entonces, toda la familia en la casa era una barahúnda de prisas, disposiciones de ropas, preparación de meriendas, en medio de la excitación que producía, especialmente entre los más chicos del hogar, la magnífica experiencia: "¡a Sevilla! ¡a Sevilla! ¡vamos a Sevilla!", se gritaban unos a otros y otros a los vecinos menos afortunados, que miraban envidiosos y en silencio los aderezos de la mula en el portal desde la acera de enfrente. Juan de Vega y su mujer, precisos en su quehacer, ensimismados, recordaban sus propias infancias en trance semejante, mientras mecánicamente bregaban con las criaturas, ajustándoles los sayos o quitándoles de los ojos alguna inoportuna lagaña. La vida —pensaban— era una rueda que giraba y giraba, repitiendo personas, hechos y escenas con exactitud astronómica.
Su hijo herido pasó los primeros días molesto por el dolor de la sajadura, sin poder dormir apenas. De noche recordaba aquellos especiales viajes, la visión mañanera de la ciudad al otro lado del gran río mientras el grupo familiar bajaba la cuesta, él en el enfaldo de su madre a lomos de la noble candonga castaña, su padre con el ronzal en la mano abriendo la comitiva orgulloso y saludando con pomposidad a los transeúntes conocidos, y detrás, riendo y bromeando, nerviosos e inquietos como lagartijas, sus hermanos mayores.
Eran días maravillosos. Desde la orilla del Guadalquivir hasta el pie de las pardas murallas, y mucho antes de que el sol peinara sus cabellos de oro entre las almenas y torreones, pululaba el variopinto gentío a caballo o andante, vociferante y multiforme entre los puestos de dulces, de frutas, pescado ahumado, baratijas, ropas usadas, leña o carbón de las sierras, cal y ladrillos, herramientas oxidadas o armas defectuosas, libros medio deshojados y pergaminos rotos, y en suma todo lo que la imaginación humana es capaz de contemplar.
El hijo de Juan de Vega, en sus sueños febriles durante las largas noches que pasó recuperándose, veía un río transitado de orilla a orilla de barcas que maniobraban entre las moles de varios galeones, llevando y trayendo racimos densos de trianeros y foráneos de un lado a otro. Atravesaban El Arenal regatos de aguas fecales de insoportable olor que desde la ciudad desaguaban en la corriente, salvados aquí y allá por pequeños puentecillos y pasarelas de tablones medio desclavados, por los que la multitud se desplazaba pinzándose las narices. Añádasele las montañas de basuras, bahorrinas y desperdicios que los sevillanos, desde tiempos inmemoriales, solían verter en aquel espacio, creando así auténticos problemas de higiene y salud con la proliferación de ratas, moscas y mosquitos, gatos y perros vagabundos y todo tipo y clase de insectos, alimañas reacias a esconderse incluso en las horas en las que el mercado estaba en pleno apogeo.
El cual mercado y a pesar del entorno, se organizaba resistiendo vientos y mareas en las áreas más despejadas, en base a tiendecillas y quioscos astrosos, malamente cubiertos de mugrientos toldos, desde cuyos interiores pregonaban los sencillos vendedores a grito pelado.
Estos días especiales, por los postigos desde la calle Pajería y el Compás de La Laguna invadían el mercadillo bandadas de rameras como gaviotas voraces, unas decrépitas, otras en plena iniciación del oficio, y todas prestas a picotear con el máximo afán en las faldriqueras de los incautos. Se mezclaban, pero no se confundían, con señoronas que, rodeadas de lacayos y siervos, cruzaban en sus carrozas mirando desdeñosas a la plebe, camino de San Juan de Aznalfarache o de Coria del Río a disfrutar de algún sarao, de alguna fiesta campestre; los alguaciles en cuadrillas y pisando fuerte el suelo polvoriento en verano o puro barro en tiempo de lluvia, amedrentaban por doquier con sus insistentes miradas a los innumerables ladrones de bolsas, y los artesanos —esparteros, cordoneros— aprovechaban los días buenos para trabajar al aire libre, a la sombra de la muralla.
Vuélvense a mencionar a los cordoneros en otro conflicto, además de en el ya conocido por nosotros con los hijos de Juan de Vega y el buzo Gaspar. En este caso la trifulca la protagoniza un soldado, —siempre ha habido gente capaz de matar por un pedazo de pan—, de los muchos que merodeaban en El Arenal, chusma heterogénea y aventurera a la espera de una oportunidad de embarcar a Las Indias; este sodado, artillero de la Armada por más señas y llamado Juan Lázaro, junto a otros dos camaradas pretendió comprar almejas en uno de los puestos "cerca de donde trabajan los cordoneros", y al recibir su pedido de manos de la pescadera consideró que los moluscos bivalvos no estaban suficientemente frescos. Ocurrió lo que era de esperar, y el incidente terminó con una pelea con armas blancas por medio entre pescaderos y artilleros. Hubo denuncia y proceso. Una de las testigos, amiga de la agredida, de nombre Luisa de los Reyes y mujer de un tal Ocaña, declaró que "estando esta testigo a la vera del río, vio un hombre que se llegó a Inés Tomasina, mujer de Andrés de Escobar, y le compró unas almejas, y se las estaba echando la susodicha en un pañuelo, y habiéndole comprado tres o cuatro menos, el dicho hombre [...] alzó el pañuelo con las dichas almejas y le dio con ellas a la dicha Inés Tomasina y le dijo: "¡Puerca, no me déis basura!" Y la dicha Inés Tomasina dijo: "Señor, yo soy mujer honrada y casada y no he de hablar palabra." Y el dicho hombre le dijo: "Si tenéis alguno que lo demande, salga y pídalo, que yo saldré aunque sea del infierno." (Pablo Emilio Perez-Mallaína Bueno. Los hombres del Océano: vida cotidiana de los tripulantes de las flotas de Indias: siglo XVI. Sevilla Expo´92).
Veía nuestro herido como fiel reproducción del pasado aquella mañana en la que sus ojillos infantiles quedaron fijos en un juguete de los varios que un viejo esclavo indio ofertaba en el tenderete de su quiosco y que reproducía una piragua con dos cazadores, uno a los remos y otro al timón, tallada en madera y burdamente coloreada con pinturas chillonas. Puso esfuerzo y pasión el niño en conseguirla, apoyándose en un llanto que le amorataba el rostro, reacio el padre a desembolsar unas blancas, pero al final la criatura logró hacerse entre sus manitas con el preciado objeto, dejándo volar su imaginación con él en el camino de vuelta en brazos de su madre. En cierto momento se dejó convencer de uno de sus hermanos, que con insistencia le pedía tenerlo un momento, "solo para verlo y tocarlo", mas cuando, al recuperarlo, el chiquillo comprobó que uno de los remos estaba quebrado, la explosión de ira, gritos y lágrimas se dejó sentir en toda la Vega como una tormenta invernal. Al final y ya en casa, todo se solucionó medianamente con un poco de cola y la destreza recomponedora de Juan de Vega.

El escribiente de Miguel de las Casas había ido al lugar de Bormujos, —mañana fría, densa de niebla—, para ultimar la compra de un asno, con el cual desplazarse para atender los compromisos de su oficio. Visto el animal, se formalizó el contrato de palabra hasta su entrega otro día, y Salvador Pérez, tras detenerse en un fonducho y degustar unos zorzales guisados y el imprescindible mosto, volvió a buen paso, buscando la hijuela de La Valdovina. Aunque el auténtico mesón estaba en dicha Valdovina, había preferido almorzar con más sosiego e intimidad en aquel cuchitril solitario, perdido en una mancha de añosos pinos entre la esquina de un olivar y el senderillo que unía Bormujos con la gran hacienda que, como las de su clase, recogía el principal núcleo de población de la zona, compuesto de las familias de los jornaleros, capataces, esclavos, peones, etc. que las servían. De esta manera, Bormujos en sí, aunque sede del Concejo, no llegaba más allá de unas cuantas chozas de muros de adobe y techos de palma a la sombra de la pequeña iglesia, en el corralillo enfangado de una de la cuales, habitada por una familia numerosa de gitanos, esperaba al escribiente su futura montura sacudiéndose nerviosa el relente húmedo.
Pronto entre el velo fantasmal que cubría el día aparecieron ante el caminante las formas borrosas de las primeras casas de Castilleja; venía pensando en la última velada que mantuvo con Pedro de Cifontes, ahora éste yaciendo en su cama, convenientemente arropado pero sometido a tiritones y sudoraciones alternativos, síntomas de una fuerte gripe que le había atacado un par de días antes. Recordó Salvador el contenido de su última entrevista con él, y no tuvo que esforzarse en asociarlo con el contrato que acababa de efectuar con los gitanos bormujanos.
Habían hablado entonces Pedro de Cifontes y Salvador Pérez de Lope de Aguirre.
¡Lope de Aguirre! ¡muy poco o nada se puede añadir hoy a su biografía!
Sobre su persona se han hecho novelas y películas, estudios históricos y psicopatológicos, ensayos políticos y poemas revolucionarios... Lope de Aguirre destaca muy por encima de cuantos se significaron en el Descubrimiento con relevancia. Nadie de quienes lo conocieron en Sevilla y su tierra, a su llegada desde Oñati, habría sido capaz de predecir que aquel muchacho introvertido iba a realizar tan sonados episodios ultramarinos como los que efectuó. Cifontes lo recordaba, —y así se lo manifestó a Salvador—, cuando subió vacilante la pasarela de la "Santa María la Blanca", cargado con un humilde hatillo de ropa*. Era pequeño de estatura, de gruesa cabeza coronada por una mata de pelo pajizo, de miembros potentes y toscos, y su mandíbula ancha, cuadrada y siempre encajada denotaba un espíritu fuerte y tozudo. Pero lo que más lo caracterizaba era su mirada, oscura, fija, profunda e insondable bajo unas pobladas cejas prietas.
Cuando su esclavo Antón sufrió el tormento de los azotes a lo largo de la Calle Real castillejana, Cifontes revivió las experiencias del joven soldado vasco**, que en aquel tiempo constituían el tema diario de conversación en el imperio de Carlos V y Felipe II. De los escándalos aguirreanos se hablaba en los palacios de las capitales y en los chozos de las aldeas.
Andaba el que sería luego conocido como "El Loco Aguirre" por El Arenal y los aledaños de la Torre del Oro esperando una oportunidad de embarcar para probar fortuna al otro lado del Atlántico***. Con 20 años de edad entonces, ya sabía de situaciones límite, incluso antes de emigrar de su Guipúzcoa natal. Allí, entre otras "hazañas", se dice que respaldado por otro compinche invitó a un par de prostitutas a dar un paseo en barca por el río Olabarrieta, y una vez en el centro de la corriente las arrojaron por la borda, entre risotadas e insultos.
Aguirre, en Sevilla, por mediación de su paisano Diego Ortiz de Juanguren, conoció Castilleja, al menos someramente. Ambos blasonaban de hidalguía, pero Diego Ortiz**** era hombre de posibles, con abundantes propiedades tanto en nuestro pueblo como fuera de él, y el joven de Oñate en cambio apenas era titular de una capa raída y de una espada barata.
Era Salvador Pérez un jovenzuelo aprendiz cuando, acompañando a Miguel de las Casas en gestiones a efectuar en Salteras, a la vuelta tras cruzar el arroyo del Judío y enfilar el cordel de Los Carboneros de vuelta a nuestro pueblo toparon con un hombre tumbado de bruces en mitad del camino, con media cara hundida en uno de los charcos que el otoño había dejado por doquier, cuyas aguas se iban tiñendo del alarmante color de la sangre. Lo auxiliaron tras comprobar que, borracho como una cuba, en su caída se había golpeado en un lado de la frente con uno de los guijarros que cubrían el camino, y supieron por sus torpes palabras que era vasco, que llevaba en Sevilla unos pocos meses y que se llamaba Lope de Aguirre. Salvador lo volvería a ver en El Arenal en alguna ocasión, y llegó a olvidarlo hasta que empezó a dar de qué hablar con sus aventuras transoceánicas. El de Oñati se había especializado en la doma de caballos, y trabajaba con los gitanos, acaparadores de esa actividad en la época que nos ocupa. Con ellos pasaba en Valencina muchos días, pernoctando en sus campamentos, en los tranquilos descampados limítrofes con Gines y Castilleja.

* Ver "Los esclavos 82y", septiembre de 2010. Ahí comprobamos que la profesora María del Carmen Gómez Pérez lo sitúa en el puesto número tres en su lista de la hueste que, en la nave de Cifontes, partió de Sevilla para servir al Gobernador Pedro de Heredia.

** Fué, como el negro Antón, objeto de una tanda de latigazos a camisa quitada, acusado por el Juez Francisco de Esquivel en Potosí, en el año 1551, en base a no haber cumplido las leyes que protegían a los indios. "Doscientos latigazos cayeron sobre mis espaldas y mis nalgas desnudas. Los contaba la voz del alguacil y a la par los contaba mi conciencia. El látigo desgarraba mi piel como los picotazos de un cóndor, la sangre me corría hasta los carcañares como azogue viviente, y no sentía dolor porque mi rabia era tan recia que no dejaba sitio a algún otro sentimiento; y no lloré porque nadie en mi casa me enseñó a llorar; y no me quejé porque los hombres de mi extirpe no se quejan. Al término y raya de los doscientos azotes, los conté uno por uno hasta el último, caí desplomado sobre las piedras de la plaza, y me lanzaron encima un cubo de salmuera quemante y afrentosa." Así hace decir a Lope de Aguirre el venezolano Miguel Otero Silva en su novela "Lope de Aguirre, príncipe de la libertad", Barcelona, Seix Barral, 1979.
Pero Aguirre no olvidó, hasta que consumó su venganza quitándole la vida al magistrado en Cuzco.

*** "Las oportunidades de enganche eran cada día menores. No era fácil salir como antes. El Consejo de Indias comenzaba a poner restricciones y la Casa de la Contratación exigía fianzas y hasta probanzas. Aguirre se fue entonces a los campos y penetró en la vida de cortijos y dehesas. Trató con gitanos el comercio de bestias. La gitanería le enseñó las mañas de los caballos y de los hombres. Aprendió a amansar potros, a pasar hambre y a dormir poco. Aprendió a blasfemar, a murmurar de los frailes y de las monjas. A protestar, por lo bajo, del Santo Oficio y de los chanchullos de Palacio. Sufrió las injusticias de los jueces y las bellaquerías de los alguaciles.
A través de los caminos, por entre los latifundios de olivares, palpó la miseria del campesino, reventando sobre los terrones, para repletar la bolsa del señorito terrateniente, que holgaba en sus casas-quinta del Guadalquivir, con las zalamerías de sus barraganas.
Maestro de la vida errante, compañero de bravucones en el ejercicio picaresco, aprendió el manejo del puñal y de la espada. Conoció el arte del contrabando, el manipuleo de los naipes falsos y el arancel de garrotazos y cuchilladas a tanto el centímetro". ("Lope de Aguirre, el peregrino : apellidado el tirano, primer caudillo libertario de América : historia de su vida hazañosa y cruel y de su muerte traydora". Casto Fulgencio López. Caracas, 1947.

**** En los próximos capítulos nos vamos a extender sobre la saga de los Ortiz de Juanguren, compuesta de personalidades relevantes en Castilleja durante gran parte de este siglo XVI, y ya referenciadas en "Los esclavos 45, 46, 47, 48, 49, 52 y 53" (mayo de 2009), y "Los esclavos 75i", (octubre de 2009).

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