jueves, 24 de febrero de 2011

Los Juanguren y el espadero 3

Orán "La Radiante" era una perla asomada al Mediterráneo azul en la que las mujeres, herederas en cuanto a gracia y belleza de las que adornaban a sus antecesoras, hijas y hermanas de los mercaderes, tratantes y mayoristas andalusíes que fundaron la ciudad en el año 903. En manos de unas y otras dinastías árabes y codiciada por todos sus vecinos, las tropas del Cardenal Cisneros se apropiaron de la hermosa ciudad en 1509, prolongándose el mando hispano sobre ella hasta 1708, cuando los otomanos la ocuparon aprovechando la vulnerabilidad que la España de la Guerra de Sucesión dieciochesca padecía, guerra que daría entrada a la dinastía borbónica.
En estos dos siglos de gobierno castellano de Orán se desarrolló en la ciudad una sociedad gemela a la que prosperaba en la península ibérica, acaso con las particularidades propias del otro lado del Mare Nostrum, que suponían una fuerte influencia del carácter arabo-bereber.
Entonces, con una administración plenamente imperial, idéntica burocracia que la hispana sirvió de modus vivendi a, entre muchos otros, un oscuro y anónimo escribano, que como medio de redondear sus ganancias oficiaba de Procurador de Causas para los litigantes que en la "colonia" solicitaban sus servicios. Se llamaba Juan López, y trabajando con testarudez y ahorrando con no menos ahínco, a pesar de no poseer mucha salud había logrado establecerse en una situación que hoy en día podríamos calificar de pequeño-burguesa, con el disfrute de una segunda residencia —rasgo característico de esta clase social— en un núcleo de población cercano a Orán una legua, y conocido como Mazalquivir*. Sacó adelante a su familia, compuesta por mujer e hija, esta última una encantadora chiquilla de tez blanquísima, ojos entre el oro y el verde, boquita carnosa y roja, y melena lacia del color del trigo maduro, todo ello como el estuche de un carácter que penduleaba con brusquedad entre la apacibilidad llena de limpia curiosidad por el mundo y las cosas y los más estruendosos arrebatos de ira, casi siempre por motivos inesperados e insignificantes para quienes la trataban. Aquella extraña mezcla, añadiremos, realzaba su atractivo y convertía a la niña en el centro de atención, allá donde se encontrara.
La madre de Andrea, que así se llamaba aquella especial niñita, era una malagueña sencilla y hacendosa, María Álvarez de Arroyo, que murió prematuramente dejando al escribano en completa desorganización, supeditado a la asistencia que, con mayor o menor interés, otros familiares de su mujer, también emigrados a la ciudad africana, le dispensaban para llevar la casa y para acabar de criar a su hija.
Estamos a finales de la década de los años 30 del siglo XVI; entonces se cirnió sobre aquella vulnerable circunstancia familiar un ser maligno que habría de marcar a todos, y en especial a la pequeña Andrea, hasta el fin de sus vidas. Era un hombre ya en la treintena de años, un buscafortunas que había conocido el hambre y el palo en su Ciudad Rodrigo natal, y luego el fragor de las batallas entreverado con los sórdidos ambientes de la picaresca que medraba en múltiples urbes bajo la férula de Carlos V.
Francisco de Tordesillas deambulaba de aquí para allá, y había recalando en Málaga, atraído por la belleza de sus mujeres y en busca del buen clima; desde allí, aconsejado por gentes de su calaña, dió el salto a Orán. Vivía de trabajos esporádicos, siempre acordes con su posición social de excombatiente, o sea, prestándose a cualquier tarea de vigilante, guardaespalda o, dicho llanamente, matón mercenario a las órdenes de gentes de mucho capital y poco escrúpulo, lo cual le granjeaba un respetuoso temor por parte de propios y extraños.
Su primer encuentro con Andrea fue en la playa de "La Radiante", cuando ella apenas había experimentado la menarquia y todavía jugaba manchándose cara y manos con aquella característica arena finísima de color gris oscuro.
Con una confusión entre enamoramiento, deseo sexual y puro miedo, se le revolvía el estómago y casi apenas lograba contener los esfínteres aquella criatura de mente manipulada cuando el matón comenzó a frecuentar su casa, las puertas abiertas merced a las intrigas de sus tías, las hermanas de su madre. Sentía el corazón desbocado y la sangre se le agolpaba en la cabeza, sus manos temblorosas hasta la invalidez. Parecía que intuyese con la sola presencia de Francisco de Tordesillas el futuro que le esperaba bajo su dominio.
Una de las intrigantes era Juana de Arroyo, viuda del malagueño Diego de Torres, de unos 28 ó 29 años de edad cuando se avecindaba en Orán durante los hechos. Y otra, su hermana Lucía de Arroyo, que acabaría viviendo en Sevilla.
Y por fin, la boda. Como invitada, María Márquez, chiquilla de unos 12 años de edad y principal amiga de Andrea, que "comió de la fruta del desposorio"**, y con posterioridad actuaría testificando de la forma más completa sobre lo acontecido en Orán y Mazalquivir.
Siendo como fue María Márquez amiga íntima de Andrea, lo cual —por añadidura a lo dicho en la segunda nota al pie— es meridianamente deducible por razón del despliegue de detalles que ofrece en su testimonio en el pleito que enseguida veremos, Andrea encontró por ello y en ella uno de los pocos apoyos que aquellos desventurados días le depararon.
María ayudó con gran dedicación en el aderezo de la casita de Mazalquivir, donación del escribano a su hija y que estaba un tanto alejada del exiguo núcleo de población y encaramada en la ladera de un montículo prominente en cuya cima existía un baluarte u observatorio, ocupado esporádicamente por un destacamento de soldados cuando las noticias sobre alguna amenaza otomana alertaban a las autoridades. Las ventanas de la fachada principal del nuevo hogar de Andrea se abrían a las salobres brisas mediterráneas, y la luz, símbolo de vida, entraba a raudales en él.
Pero ni la fuerza del aire marino ni la de los rayos del sol pudieron traspasar la tupida y repugnante urdimbre que, cual arácnidos, las tías de Andrea habían tejido en torno y derredor de la muchacha, movidas por inconfesables intereses y bajos instintos. Por el otro lado aquel en el fondo cobarde fanfarrón de Tordesillas influenciaba a las sobredichas mezquinas mujerucas y las impresionaba con sus modales prepotentes y la solidez de su estatus social.
Pronto empezaron las escapadas de Andrea desde su casa a Orán, atravesando la pequeña aldea casi deshabitada, muchas veces andando a horas intempestivas, subiendo y bajando cuestas y pendientes, acompañada por la monótona conversación de las olas bajo los acantilados interrumpidos por pequeñas calas, huyendo de su atormentador y buscando el consuelo de su padre, enfermo por entonces, o de su amiga María. Llegaba ora con un labio roto, ora con magulladuras en los brazos, ora con un ojo amoratado, y a Juan López se le caía el alma a los pies, rebosando de indignación de tal manera que era incapaz de tenerse en pie, y solo atinaba a sujetarse la cabeza con las manos y quedarse ensimismado, en una tan profunda como estéril reflexión. María Márquez actuaba de terapeuta de su amiga, repasando los golpes y hematomas con ungüentos y los traumas psíquicos con palabras reconfortantes.
Y cuando alguna de las tías se hallaba presente, con toda malevolencia aprovechaba la ocasión para dar a entender con medias frases y sugerencias simuladas que la culpable de todo ello era la joven, y que se lo tenía bien merecido.
Francisco de Tordesillas tenía mucho de sádico. No lograba excitarse sexualmente si no mediaba en su organismo la tensión que producía la violencia, y necesitaba como estimulante gritos y lágrimas femeninas más que piel sedosa o carne turgente; por lo demás, si no lograba todo ello en sus embestidas animalescas, Andrea no tenía para él ni la categoría de objeto. Es más, le exasperaba su torpeza administrando la casa, y ciego de suspicacia y mala conciencia, creía ver aviesa intención donde solo había falta de práctica e inmadurez.
Se llegó a una situación sin posibilidad de vuelta atrás cuando una tarde, —soledad en la desierta colina, calor, el mar como una plancha de metal fundido—, el de Ciudad Rodrigo meticulosamente y con toda frialdad desnudó a su esposa tras de, con un pretexto sin importancia, haberle dado una paliza que la dejó exánime: entonces la ató con fuerza por las muñecas y medio desvanecida como estaba la comenzó a azotar con una flexible vara como quien hace ejercicios gimnásticos, con método medido y pausado ritmo. Nadie pudo oir sus agudos alaridos.
Andrea quedó seriamente afectada, la sangre era un escándalo, la dolorida espalda le impedía descansar y recuperarse, perdió del todo el apetito, quedó muda y abatida hasta que, al cabo de un par de días, reuniendo las pocas fuerzas que le restaban consiguió llegar a casa de su padre. El estado en que se encontraba acabó por hacer que el escribano tomase una decisión que venía madurando meses atrás. Marcharse de allí, arrancar de las zarpas de aquella mala bestia a su querida hija. Sí, abandonaría el campo. No podía enfrentarse, viejo, solo y enfermo, a aquel canalla llamado Francisco de Tordesillas.
Dejaron Orán por Málaga, y desde la ciudad peninsular, intranquilo a pesar del mar por medio, consideró, aconsejado por gentes de bien, tratar de olvidar aquella horrorosa pesadilla marchando al otro lado del Océano. A Indias. En el Nuevo Mundo, pensó, Andrea encontraría muchos estímulos para olvidar. En pocos días concertó con un maestre de cabotaje el desplazamiento hasta Sanlúcar de Barrameda, donde transbordarían a una nao de las que, casi mensualmente, salían de Sevilla rumbo a las nuevas tierras. El viaje se realizó a pedir de boca y Juan López encontró ocupación en Ultramar pronto, como experimentado procurador y escribano que era, pudiendo así mantener a su hija sin mayores problemas.
Pero es el momento apropiado para abrir un paréntesis en los avatares existenciales de Juan López y de su hija Andrea, y volver sobre nuestros pasos, de nuevo a Mazalquivir, dormido en el arrullo del mar.
El sádico militar se revolvía como un lobo herido en su guarida, frustrado. Anduvo dos días paseando en solitario, si se puede llamar paseos a unas marchas frenéticas hasta el baluarte vacío en esta época, en uno de cuyos rincones umbríos se sentaba a mascullar su ira. Pero todavía tenía energías, de forma que una mañana hizo un hatillo con las cosas más imprescindibles y emprendió el camino de la ciudad. En ella fue informado que la "pájara" había volado con el viejo, hacia Málaga. Se quedó en Orán, a la espera, sin saber muy bien que hacer, bebiendo en abundancia con algún camarada tan desorientado como él, y solicitando por unas monedas la distante compañía de alguna prostituta. Pero no era lo mismo amenazar y abofetear a una curtida mujer de la vida que a la tierna jovencita semiprisionera que acababa de escurrírsele de entre los dedos, y la vida de la colonia comenzó a perder atractivo para él. Un buen día se le presentó la oportunidad en la forma de una gabarra que partía hacia Málaga, saltó a ella ágilmente todavía, y pronto tuvo a la vista la ciudad, con el amplio puerto de aguas turquesas, el castillo de Gibralfaro encaramado en el promontorio y los verdes montes al fondo. Era la primavera de 1540.
Al llegar, tras los saludos rituales a sus conmilitones en las tabernas, entre risotadas y palmoteo de espaldas, se convenció de que la vida le reservaba todavía mucho que disfrutar, sobre todo cuando supo que el viejo y quebrado escribano y su hija Andrea habían emigrado a Indias. Se sintió libre y limpio, rejuvenecido en cierta manera, aunque cada vez le apetecía menos entrar al servicio de algún prohombre adinerado, consciente de que, realmente y a su pesar, los años no pasaban en balde, y ya las nuevas generaciones le aventajaban por ley natural en la destreza con la espada; pero le quedaba todavía una baza en la que se sentía campeón: las mujeres. De manera que rondó días y días calles y plazas con los ojos y los oídos bien abiertos, escudriñando rostros y recabando informes, hasta que creyó dar con una víctima propiciatoria, con todos los atributos de esas mujeres de mediana edad capaces de mantener a un hombre a cambio de lograr la envidia de sus vecinas. María Hernández, la dicha víctima, se conservaba lozana todavía, acaso gracias a su sencillez mental, cuando se sintió centro de la atención de aquel hombre de acento castellano, maduro y con una interesante aura mundana. Jugó a practicar la resistencia o el desinterés justos para garantizar su honestidad, pero ya en sus ensoñaciones nocturnas se había entregado por completo al forastero.
Se casaron en casa de su padre, un artesano mediocre aunque laborioso de nombre Salvador de Herrera, y como si se repitiese la historia, éste contribuyó sin reparos materiales a lo que creía "la felicidad de su hija". Y pasaron años monótonos, con un Francisco que bajo la capa de la discreción vivía de su suegro sin grandes esfuerzos. Hubo un par de embarazos que produjeron dos niñas, pero falto de empatía, el monstruo nunca se planteó la posibilidad de sufrir en sus carnes lo que había hecho penar al desgraciado escribano de Orán; tampoco eran especialmente fuertes los lazos afectivos que debiera haber tenido con las crías sus hijas, ni aún, como ya hemos dado a entender, con la madre. Vivió más fuera que dentro del ámbito familiar, ya su temperamento apagado y su carácter apaciguado, aunque sin hacer ascos a alguna aventura amorosa o a alguna borrachera, con tal de que no fueran muy del domino público.
Hicieron vida matrimonial 8 años. En 1548 llegaron unas noticias a Málaga que preocuparon sobremanera a Francisco de Tordesillas: Andrea seguía viva, estaba avecindada en Sevilla tras una larga estancia en La Española. Su padre había regresado con ella también, pero volvía a Málaga, en donde quería pasar el resto de sus días. La noticia golpeó con fuerza el ánimo de aquel sablista sacacuartos, que vio de pronto toda su cómoda posición en franco peligro. Si las malas nuevas llegaran a conocimiento de su segunda esposa, como no podía ser menos, no le esperaba más que un pleito vergonzante, el divorcio seguro, y la ruina y la calle como única habitación. De manera que, siguiendo con el proceder propio de su naturaleza de cobarde, optó por esfumarse y desaparecer del escenario malagueño, y aun andaluz, al menos hasta que la situación se le mostrara más favorable. Y sin más, una mañana muy temprano abandonó Málaga por tierra, subiendo hacia la sierra con unos arrieros que se dirigían a Antequera, los cuales le habían brindado una mula a bajo precio.
María Hernández esperó 3 años, no por dar una oportunidad a quien tan miserablemente la había engañado, sino al contrario: para alegar firmemente ante las autoridades el abandono que padecía, y conseguir sentencia a su favor. Quería disponer de su persona, y si llegara el caso, poder unirse a otro hombre con el que iniciar una nueva etapa que, esperanzada como soñadora que era, le proporcionara la ansiada felicidad. El 9 de abril de 1551, tras prepararlo todo, informarse con detalle de lo acontecido en Orán entre Andrea López de Arroyo y su marido huido, y buscar testigos, inició el pleito presentándose ante el Licenciado Diego ¿Raldero?, Provisor del Obispo malacitano. En un "otro sí" añadía a su acusación que "porque su marido está ausente y no se sabe dónde puede ser habido, pide que se pongan edictos porque la causa no sea ilusoria". El Provisor, dispuesto a oírla, le mandó que presentara a sus testigos, y María lo hizo. Ya conocemos a Juana de Arroyo, tía de Andrea, una de las declarantes. Dijo que cuando recientemente supo del regreso de Andrea, fue a verla (suponemos que a Sevilla, aunque esta circunstancia no consta en la documentación), y la repatriada le preguntó por Tordesillas, a lo que su tía le respondió que seguía vivo, y que ella misma lo pudo comprobar, cierto que hacía ya algún tiempo, cuando se entrevistó con él por medio de su otra hermana Lucía de Arroyo —también ya conocida por nosotros—. Juana comunicó a su sobrina Andrea que el maltratador se había interesado por su vida.
Ahora sabemos que la mala conciencia de Tordesillas, que cuando se entrevistó con las tías de Andrea llevaba 3 años casado con la demandante, era lo que le impulsaba a saber de su primera mujer. Por fin Juana de Arroyo termina su testimonio asegurando que ella misma se había interesado desde entonces por seguirle el rastro al marido de su sobrina, y que hasta había enviado recado con unos viajeros a Ciudad Rodrigo, pero sin resultado alguno.
Algo ocultó al Provisor la intrigante tía de Andrea. Cuando visitaba a ésta, en un raro momento de sinceridad fue avisada de no utilizar semejante nombre.
—Pues..., ¿de qué manera he de llamaros ahora, sobrina? —inquirió extrañada.
—Señora tía, debéis hacerlo igual que en La Isla. Soy nombrada ahora por Luisa de Rojas.


* Mazalquivir, Mers-El-Kevir ("Gran Puerto" en árabe) conoció a lo largo de su larga historia excelsas glorias y profundas decadencias. Por sus condiciones costeras fue puerto de la Roma imperial, y luego los almohades establecieron allí un arsenal naval. Antes de conquistar Orán, las tropas del Cardenal Cisneros habían ocupado Mazalquivir en 1505, desde la cual se expandieron por el norte africano, no sin antes construir una iglesia desde la que modelar las conciencias con la incondicional ayuda de algún patológicamente enfebrecido clérigo.
Pero fue en pleno siglo XX, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la población saltó a la actualidad mundial, debido a un hecho bélico poco común. Hallándose en su puerto el grueso de los efectivos marítimos del Ejército francés tras la firma del armisticio con los germanos de Hitler, y aunque en una de las cláusulas de dicho armisticio se obligaban los nazis a no utilizar en manera alguna las referidas naves, Inglaterra, considerando que los acuerdos franco-alemanes iban a quedar —nunca mejor dicho— en papel mojado, emplazó a los franceses para que, o bien les entregaran los barcos, o bien los llevaran al otro lado del Atlántico a La Martinica o incluso a Estados Unidos, o en caso contrario y en última instancia se verían obligados a tomar drásticas medidas, en evitación de que la flota quedara en manos alemanas, lo cual significaría con toda certeza la derrota británica. Mediante algunos malentendidos y dilaciones se cumplió el plazo dado por los ingleses, los cuales ni cortos ni perezosos enviaron desde Gibraltar a su propia flota, que inmisericorde cañoneó a la gala anclada en Mazalquivir, ocasionando 1.297 muertos entre la marinería y la destrucción al completo de todo aquel hierro flotante. Hasta De Gaulle, jefe de la Francia Libre y aliado de la Gran Bretaña, protestó por la inesperada acción.

** Esta expresión, contenida en, por ejemplo, un párrafo que el historiador Juan Luis Carriazo Rubio en "La Casa de Arcos entre Sevilla y la frontera de Granada, 1374-1474", Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 2003, extrae del Archivo Histórico Nacional, NOBLEZA, Osuna, leg. 124, nº 5v, folio 16 r-v, y que dice: Juan de Palaçios, broslador vecino de la çibdad de Toro, podía aver çinquenta annos, en la corte del rey don Juan, andando el dicho Juan del Parayso y otros brosladores en conpannía, quél avía visto desposar a los dichos Juan del Parayso e Leonor Núnnez y se avía hallado presente a los desposorios y avía comido fruta en ellos", nos da idea de la intimidad que quiere expresar el testigo en su relación con los contrayentes, o con alguno de ellos. Cuando el invitado de una boda la incluía en su declaración, indicaba que había participado más profundamente en ella, en sus prolegómenos, y que conocía las circunstancias a un nivel más completo que si se hubiese referido solo a que, por ejemplo, "este testigo asistió a la boda", o "estuvo presente". Nótese asimismo la reminiscencia sexual de la expresión: desde tiempos inmemoriales y especialmente en el ámbito poético se ha venido asimilando a la mujer con la fruta en todas sus variedades, lo cual y en el contexto de la declaración de María Márquez realza el sentido de amistad, de intimidad y confianza que significa participar en la "degustación", o lo que hoy en día es el convite postceremonial.

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