sábado, 26 de marzo de 2011

Los Juanguren y el espadero 13

Estamos en la tarde del martes 29 de octubre, otra vez en el hogar de Diego Ortiz de Juanguren y de nuevo con Hernando Jayán y Juan Vizcaíno, y vamos a oir lo que dijo el primero de los testigos del viejo hidalgo:

Testigo, Luis de Casana, vecino de Sevilla y morador en esta Villa. Dijo que conoce al Señor Diego Ortiz y sabe que es Alcalde Ordinario; dijo que este testigo salió anoche a las ocho horas de la noche, poco más o menos, de las casas de su morada que son en esta dicha Villa, y cuando salió a la calle vió cómo estaba en la calle el dicho Juan Martín Haldón y el dicho Señor Diego Ortiz, Alcalde Ordinario, y el dicho Señor Alcalde quería llevar a la Cárcel al dicho Juan Martín Haldón, y el dicho Juan Martín Haldón se defendía del dicho Señor Alcalde y no se dejaba prender, y estaba sentado en el suelo, y este testigo dijo al Señor Alcalde que se reportase, que sin nada de aquello él se lo llevaría a la Cárcel, y luego el dicho Señor Alcalde lo dejó, y este testigo ayudó a levantar al dicho Juan Haldón, y levantado tornó a hacer fieros y a no querer ir a la Cárcel, y luego el dicho Señor Alcalde dió un rempujón al dicho Juan Haldón para que se fuese hacia la Cárcel, y como le dió el dicho rempujón, el dicho Juan Haldón arremetió contra el dicho Señor Alcalde y le asió de las barbas y le dió dos o tres mojicones con el puño en la cara, y de los mojicones anduvieron entrambos al puñete, asidos el uno de las barbas del otro y el otro de las barbas del otro, hasta que entrambos cayeron al suelo, y a la barahúnda acudió gente, y llevaron a la Cárcel al dicho Juan Martín Haldón; fuéle preguntado que porqué lo llevaba a la Cárcel el dicho Señor Alcalde al dicho Juan Haldón, dijo que ha oído decir este testigo que lo llevaba a la Cárcel porque estaba borracho, y porque dicen que deshonraba a Juan de Vega, vecino de esta Villa, y que no sabe otra cosa; fuéle preguntado que si sabe que el dicho Juan Haldón haya hecho otros desacatos contra la Justicia, u otros delitos, dijo que no sabe, mas que ha oído decir por esta Villa a muchas personas que es un hombre incorregible, y que esta es la verdad por el juramento que hecho tiene.

Ha aquí lo que manifestó el segundo, dicho Juan de Vega, al cual ya conocemos:

Testigo, Juan de Vega, trabajador. Conoce a Diego Ortiz y sabe que es Alcalde Ordinario; dijo que estando el lunes por la noche a su puerta, oyó ruido en la calle abajo hacia la casa del dicho Juan Haldón, y este testigo conoció en la habla al dicho Señor Alcalde y al dicho Juan Haldón, y como los oyó fuése la calle abajo adonde sonaban, y cuando allegó este testigo adonde estaban vió cómo el dicho Señor Alcalde llevaba a la Cárcel al dicho Juan Martín Haldón, y este testigo rogó al dicho Señor Alcalde que no lo llevase a la Cárcel, porque no perdiese hoy martes de ir a chiflar y tomar zorzales, y el dicho Señor Alcalde lo dejó, y dijo a este testigo que llevase al dicho Juan Martín Haldón a su casa, y este testigo lo llevó a su casa y lo metió dentro de su casa, y entonces empezó a decir el dicho Juan Martín Haldón a este testigo: "Vos, Don Puerco y el Alcalde, entrad acá a beber", y este testigo, por su importunación, entró en la casa del dicho Juan Haldón y bebieron un poco de vino, y luego el dicho Juan Haldón se tornó a la puerta, y este testigo le dijo que no saliese de casa, que lo llevaría a la Cárcel el dicho Señor Alcalde, y como no quiso estar en la casa el dicho Juan Haldón, este testigo fue a la Plaza, adonde estaba el dicho Señor Alcalde, y le dijo que no quería estar en la casa el dicho Juan Haldón, que lo llevase a la Cárcel hasta la mañana, y luego el dicho Señor Alcalde fue a la puerta del dicho Juan Martín Haldón, y lo echó a su puerta de casa fuera en la plazeta, y lo tomó y lo llevó a la Cárcel, y ya que allegaban junto a la puerta de la de Casana, el dicho Juan Haldón hizo parada y dijo que no quería ir a la Cárcel, y este testigo y el dicho Alcalde y otras personas tuvieron al dicho Juan Haldón, y teniéndolo asido se quiso huir y por huir cayó en un lodo, y lo tornaron a tomar y esto mandólo el dicho Señor Alcalde, que echó mano por los cabezones al dicho Juan Haldón, y el dicho Juan Haldón no quería ir preso, y como no quería ir preso, el dicho Señor Alcalde le comenzó a dar de puñetazos, y el dicho Juan Haldón por el consiguiente comenzó de dar de puñadas en la cara al dicho Señor Alcalde, y así se dieron de puñadas el uno al otro y el otro al otro, y luego se asieron de las barbas el uno al otro y el otro al otro, y así favorecieron al dicho Señor Alcalde y trajeron a la Cárcel al dicho Juan Haldón, y que no sabe otra cosa; fuéle preguntado que porqué llevaba a la Cárcel el dicho Señor Alcalde al dicho Juan Haldón, dijo que porque decía el dicho Señor Alcalde que estaba borracho y porque no hiciese algunos desatinos, y así le pareció a este testigo que estaba destinado el dicho Juan Martín Haldón, y por eso dijo al dicho Señor Alcalde que lo llevase a la Cárcel, porque no hiciese algún mal recaudo aquella noche, y que no sabe otra cosa; fuéle preguntado que si sabe que el dicho Juan Haldón haya hecho y cometido algunos delitos en esta Villa, dijo que es público y notorio en esta Villa y en los lugares comarcanos que el dicho Juan Martín Haldón es y ha sido un hombre incorregible y revoltoso, y este testigo, siendo Alcalde Ordinario de esta Villa, lo tuvo preso tres o cuatro veces, porque lo hallaba en las calles desde que se embeodaba, haciendo travesuras, y que ha sido público y notorio en esta Villa que, puede haber tres años poco más o menos tiempo, que el dicho Juan Martín Haldón tomó dos pollos a un muchacho en los callejones de Albarjáñez, por fuerza y contra la voluntad del dicho muchacho, y que oyó decir que era el muchacho de un carpintero, y que no sabe otra cosa, y esta es la verdad. No firmó.

El tercer testigo:

Testigo, Francisco de Aguilar, trabajador. Conoce al dicho Juan Martín Haldón, que está preso, de más de quince años; fuéle preguntado que qué delitos ha visto que ha hecho el dicho Juan Martín Haldón que está preso, de cuatro años a esta parte, dijo que puede haber tres años poco más o menos que, yendo este testigo en compañía de Diego Verde y de Juan de Vega y otros vecinos de esta Villa, a ver un toro a Salteras, en el callejón de Albarjáñez toparon un muchacho que estaba llorando, y este testigo y los que iban con él preguntaron al dicho muchacho que porqué lloraba, y dijo que porque un hombre le había tomado dos pollos que traía, y se había metido en las viñas con ellos, y luego vio este testigo cómo entró en las dichas viñas Leonis Bravo, vecino de esta Villa, y halló al dicho Juan Martín Haldón en una viña, y dió voces diciendo: "acá, acá", y este testigo y sus compañeros acudieron donde estaba el dicho Leonis Bravo, y cuando allegaron vieron salir de una mata al dicho Juan Martín Haldón, y vió cómo estaban en la dicha mata dos pollos piando, y luego vino el dicho muchacho que estaba llorando y conoció los dichos pollos, y dijo que eran aquellos los que le había tomado el dicho hombre, y luego como vió al dicho Juan Martín Haldón el dicho muchacho dijo que aquel hombre era el que le había tomado los dichos pollos, y el dicho Juan Haldón conoció que era verdad que él le había tomado los dichos pollos al dicho muchacho, y que esta es la verdad y que no sabe que haya hecho otros hurtos ni delitos, mas que le ha visto al dicho Juan Martín Haldón andar por esta Villa fuera de seso, de beber vino muchas veces, y cuando anda fuera de seso anda haciendo desatinos como borracho, diciendo palabras de hombre borracho, y que no sabe otra cosa ni ha visto que haya hecho otros delitos, y lo firmó de su nombre, y dijo que es de edad de cuarenta años.

Siguen las explicaciones del cuarto:

Testigo, Alonso de Trujillo, vecino de Sevilla y morador en esta Villa. Conoce a Juan Martín Haldón de más de veinte años. Fuéle preguntado lo mismo, dijo que le había visto tener del dicho tiempo a esta parte pendencias con muchas personas que al presente no se acuerda de sus nombres, porque son tantas que no hay cuenta, porque este testigo lo ha visto andar desatinado y fuera de seso como hombre borracho, y que es público y notorio que el dicho Juan Martín Haldón es un hombre incorregible, y por tal es público y notorio que el dicho Juan Martín Haldón está desterrado de la Villa de Gines y de Valencina, por ser como es incorregible, y esta es la verdad. Firmó, y que es de edad de más de setenta años.

El quinto testigo, que es el luso homosexual criado del querellante:

Testigo, Alonso de Mendoza, portugués estante en esta Villa. Conoce al dicho Señor Alcalde y sabe que lo es porque lo ha visto y ve usar su oficio de Alcalde Ordinario, y lo que sabe es que estando este testigo el lunes en la noche próximo pasado a buen rato de la noche, oyó voces y barahúnda la calle arriba hacia casa de doña Isabel Cataño, y este testigo fue adonde sonaban las voces, y cuando allegó vió cómo estaba echado y caído en el suelo el dicho Juan Haldón que está preso, y como allegó, el dicho Señor Alcalde que estaba allí mandó a este testigo que echase mano al dicho Juan Haldón, para lo llevar a la Cárcel, y luego se levantó el dicho Juan Haldón y desde a un poco vió cómo el dicho Señor Alcalde estaba con la vara de justicia quebrada, y no vió este testigo quién se la quebró porque se allegó a la barahúnda mucha gente, y vió cómo estaba el dicho Señor Alcalde sin gorra ni capa, y desde a un poco vió este testigo cómo el dicho Juan Haldón dió al dicho Señor Alcalde una o dos puñadas en las narices y boca, y el dicho Señor Alcalde echó mano de las barbas al dicho Juan Martín Haldón después que le había dado las puñadas, y luego vió cómo lo llevaron al dicho Juan Haldón a la Cárcel, y luego este testigo se vino y salió de la Cárcel, y no vió ni supo otra cosa, y esta es la verdad; fuéle preguntado que si el dicho Juan Haldón fué desacatado contra el dicho Señor Alcalde, dijo que sí fué, y lo que tiene dicho; y siendo preguntado por lo contenido en la querella contra el dicho Alcalde Ordinario dada por la dicha Catalina Hernández, mujer del dicho Juan Martín Haldón que está preso, dijo que además de lo que tiene dicho, se acuerda que estando en la Cárcel el dicho Señor Alcalde decía que le diesen una soga y un clavo, que sin verdugo había de ahorcar al dicho Juan Haldón, y que no sabe ni vió otra cosa más de lo que tiene dicho. Firmó de su nombre.

Y el último, que reseñó:

Testigo, Francisco Fuerte. Dijo que este testigo no sabe ni vió los desacatos que hizo y dijo el dicho Juan Haldón al dicho Señor Alcalde; fuéle preguntado que qué delitos sabe que ha hecho el dicho Juan Martín Haldón, y desacatos contra la Justicia y otras personas, dijo que ha visto y vé cómo el dicho Juan Martín Haldón muchas veces anda por esta Villa desatinado, y es público y notorio que es hombre incorregible y de mala desistión (sic), y que puede haber tres años poco más o menos tiempo que, yendo este testigo en compañía de Diego Verde y de Francisco de Aguilar y de otras muchas personas a Salteras a ver un toro, toparon en el callejón de Albarjáñez un mozuelo que venía llorando, y este testigo y sus compañeros preguntaron al dicho mozo que porqué lloraba, y el dicho mozo dijo que porque un hombre que no sabía quién era le había tomado en el camino dos pollos que traía, y luego desde a un poco este testigo y sus compañeros entraron en la viña de Cosme Farfán, que se dice La Alberquilla, y hallaron al dicho Juan Haldón escondido con los dichos dos pollos, y luego vino el dicho mozo y le dieron los dichos pollos y se los tomaron al dicho Juan Haldón, y este testigo no conoció al dicho mozo, y que no sabe otra cosa, y esta es la verdad. No firmó.

El episodio del niño con los dos pollos amerita un párrafo aparte. Ya sabemos de la mórbida atracción que muchos castillejanos sentían —y, desgraciadamente, sienten— por la barbarie sangrienta del sacrificio de un animal tan magnífico como es el toro ibérico. A satisfacer este bajo instinto marchaba el "numeroso grupo" a Salteras, donde debía celebrarse uno de estos deleznables actos. Por el camino de Albarjáñez salían al cordel de los Carboneros, cuando encontraron al chico roto en llanto.
Diez minutos antes, Juan Martín Haldón había pasado por el mismo camino que los patológicos "taurófilos", y lo que vio al encontrarse con el hijo del carpintero, lo indignante de la escena, le produjo una fuerte desazón. Cierto y verdad que, —en plena formación de la consciencia el niño—, el pajarero adivinó que no ponderaba lo que hacía, pero Juan Haldón consideró que la ocasión se prestaba a darle una lección, como a él mismo en otro tiempo otros hombres ya pasados le habían dado.
Ocurría que el chiquillo, o bien por comodidad, o por esa característica de la niñez que da en experimentar con todo aun a pesar de infrigir un sufrimiento innecesario, llevaba los dos pollos atados por las patas, boca abajo tal y como se los habían entregado en Albarjañez mas, en parte debido a su corta estatura, los indefensos animales habían tenido que ir haciendo esfuerzos por no arrastrar las cabezas por el pedregoso y polvoriento carril, y aun así sus cuellos y buches al poco de la andadura ya no sólo habían perdido casi todas las plumas sino que sangraban ostensiblemente y, agotados cuando Haldón los avistó, estaban tan desfallecidos que, ojos, picos y crestas enterragados, se habían entregado al tormento de una muerte cierta.
Juan Haldón no pronunció ni una palabra. Su método de pedagogía en aquella circunstancia estribó en impresionar con fuerza al educando, en producirle una marca emocional que no olvidase nunca, lo que con razonamientos y palabras intuyó que no se produciría. Así que, dando un salto le arrebató de un tirón las dos moribundas aves, saltó agilmente el ribazo con ellas y emprendió una carrera desenfrenada hacia una viña próxima donde, con la intención de asustar al niño durante un momento, se ocultó. Tras unas vides, a la sombra, reconfortó a los pollos con un chorro de agua de su calabaza, mientras observaba el camino a la espera de la reacción del muchacho. Entonces oyó voces que se acercaban y reconoció al castillejano Leonis Bravo en un energúmeno gesticulante que, señalando hacia él, lo acusaba desde la cerca.
Por equívocos de este jaez en Gines y Valencina tuvo problemas parecidos, pero los testigos, claramente inclinados a favorecer al hacendado Juanguren, ofrecieron al escribano las caras más negativas de aquellos acontecimientos. En este año del episodio de los pollos, 1552, uno de los testigos de Juanguren, Francisco de Aguilar (ver supra) que marchaba al evento taurino de Salteras también, protagonizó un percance con la viuda Juana Hernández con el agravante de ostentar la alcaldía de la Santa Hermandad, y en la ocasión, el 21 de abril del expresado año, testimonió Juan Martín Haldón a favor de Juana:

Testigo, Juan Martin Haldón el mozo, que dijo que estando sentado a la puerta de la casa de Alonso Gil vio ir a Francisco Aguilar calle arriba hacia la casa de Juana Hernandez, y estando ella a la puerta le dijo: "¿vos queréis ser bien criada?", y ella dijo: "sí soy, y porque sois Alcalde de la Hermandad no habéis de dar a mi hijo, que me lo tenéis muerto", y luego Francisco de Aguilar dio un rempujón a ella diciéndole que se metiera en su casa, y luego comenzó a andar calle abajo, y asomó Juana Hernandez y le dijo que porque era Alcalde de la Hermandad hacía aquello, y Francisco Aguilar volvió hacia ella y le dijo que no volviese a decir aquellas palabras, si no, que juraba a Dios que la tomaría por los cabellos y la arrastraría; y que antes le había dicho Francisco Aguilar que debiera estar borracha desconcertada. No firmó. (Los esclavos 75o, noviembre de 2009).

Parece que Francisco de Aguilar no olvidó aquella declaración.

martes, 22 de marzo de 2011

Los Juanguren y el espadero 12

Juan Vizcaíno no reflexionaba mucho mientras pergueñaba sus formulismos, tal era la profesionalización que había alcanzado, mediante la cual llegaba a trabajar como una máquina insensible: pero allí, cohibido en aquel caserón y bajo el escrutinio de los allegados del viejo, le venían a la mente y al pulso la timidez e inseguridad de sus años juveniles de aprendizaje.
Escribió, para dar fé de la entrega del manuscrito de don Pedro de Guzmán a Hernando Jayán y de la disposición de éste a cumplirlo:

En Castilleja de la Cuesta, martes 29 de octubre de 1555, ante Hernando Jayán, Alcalde Ordinario, pareció el Señor Diego Ortiz, Alcalde Ordinario, y en presencia del escribano Juan Vizcaíno presentó la Provisión y Comisión del Muy Ilustre Señor Don Pedro de Guzmán, Conde de la Villa de Olivares, arriba contenida, y presentada pidió la cumpla y acepte como en ella se contiene, y vista por el dicho Señor Hernando Jayán, dijo que la obedecía con el acatamiento debido, y la aceptaba y la aceptó.

Y acto seguido, la querella en sí, en la que intervinieron todos menos el querellante, quebrantado como estaba, aunque confiado en que el preso, y con él todos a quienes odiaba —que no eran pocos en Castilleja— iban a recibir, un castigo duro aquél y éstos un serio aviso. Era un lugar común en la época el enfrentamiento entre hidalgos y trabajadores rurales, que en cierta manera y transformado en el conflicto entre la ciudad y el campo —o entre "civilización" y "barbarie"—, ha llegado a nuestros días. En el Libro de los Heredados se echa de ver también esta situación, con los privilegios que sobre posesión de la tierra de Castilleja parecen gozar los sevillanos, según acabamos de ver en el capítulo anterior.

Vizcaíno tuvo que desechar un par de hojas, en parte distraído por lo antedicho, por el recuerdo de su hijito recién nacido y en parte porque los "asesores y consejeros" de Juanguren no acababan de ponerse de acuerdo acerca de la intepretación de lo que farfullaba el debilitado anciano hundido entre gigantescos almohadones bordados. Su pariente Luis Ortiz añadió de su cosecha, agrandándolos cuanto pudo, los pésimos antecedentes que por las deformadoras habladurías populares se suponía que tenía Juan Haldón.

Luego, el dicho Diego Ortiz dijo que se querellaba y se querelló del dicho Juan Martín Haldón que está preso, y dijo que andando este querellante como Alcalde Ordinario de esta Villa anoche lunes en la noche próximo pasado, rondando usando su oficio para tener en pacificación esta dicha Villa y vecinos y moradores, halló cómo el dicho Juan Martin Haldón estaba en la calle de esta dicha Villa, y porque le dijo que se metiese en su casa, que era ya hora, el susodicho le dijo que no quería y que aunque le pesase había de andar por su antojo y hacer lo que él quisiese, y le dijo e hizo otros muchos desacatos, por los cuales y porque siendo como es el dicho Juan Martín Haldón un hombre incorregible y fascineroso, y tiene por costumbre de hacer semejantes delitos y otros muchos delitos y escándalos, y el dicho Juan Martín Haldón se le defendió y resistió y le dio muchos golpes y puñadas y le quebró la vara de la justicia y le hizo otros muchos malos tratamientos y desacatos, de que es digno y merecedor de punición y castigo, porque a otros sea ejemplo, y pidió justicia y juró la querella en forma.

Y luego el Señor Hernando Jayán, Juez de Comisión, dijo que dé información, que está presto a hacer justicia.

Era ya la hora del almuerzo cuando el Juez de Comisión y el escribano dejaron la mansión del viejo Diego para dirigirse a la casa de Alonso Rodriguez de Triana, a fin de comprobar las condiciones de seguridad en que Haldón se encontraba, temiendo lo que ocurría con cierta frecuencia: alguna evasión.

Fé de Prisiones. El dicho martes 29 de octubre de 1555, el Alcalde Ordinario y Juez de Comisión Hernando Jayán, en presencia de Juan Vizcaíno, escribano público de esta Villa, fue a visitar las prisiones que tenía el dicho Juan Martín Haldón para que esté preso y a buen recaudo, como lo manda Su Señoría, y halló que tenía el dicho Juan Martin Haldón entrambos pies metidos en el cepo y una cadena grande y unos grillos de hierro a los pies entrambos con sus peales y chavetas, y echado a la telera del dicho cepo y cabo de la dicha cadena un candado con su llave, y visto por el Señor Juez, dijo que mandaba y mandó a Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil y Carcelero de esta dicha Villa, que estaba presente, que tenga preso y a buen recaudo al dicho Juan Martin Haldón de la forma y manera que ahora lo dejaba y estaba, sin le quitar las dichas prisiones ni algunas de ellas sin licencia de Su Señoría o suyas en su nombre, so pena de 10.000 maravedíes para la Cámara de Su Señoría, y mas todo lo que fuere juzgado y sentenciado contra el dicho Juan Martín Haldón sobre la causa o causas porque está preso, con mas las costas que sobre ello se recrecieren. Testigos, Juan Arias y Juan Sanchez Vanegas.

Mientras escribía Vizcaíno sobre una mesilla destartalada que le proporcionaron, en la puerta de la celda el Alguacil, su mujer, Catalina Hernández, su padre, y algún que otro familiar y vecino, expectantes, no perdían detalle. Juan Haldón se encontraba ciertamente incómodo, sin haber podido mover las piernas, doloridas y rígidas, en toda la noche y la mañana, y su mujer esperaba con impaciencia que Hernando Jayán y el amanuense terminaran para mullirle el colchoncillo que le había proporcionado Ana de Tovar.
La mañana seguía desapacible, con unas rachas de viento del este, seco y enervante, que crispaba a la población. Cuando ya más que ver se imaginaba —debido al espeso velo de nubes— que el sol estaba casi en su máxima altura, se fueron a comer el de la pluma y Jayán, y a descansar un poco. Les esperaba una tarde agotadora y plena de actividad, con los testimonios de los testigos que aportarían los Juanguren sin solución de continuidad, porque nadie estaba dispuesto a hacer esperar al Conde. Hernando Jayán tenía que demostrarle respeto. Aquel pleito prometía ser uno de los más céleres que habían entablado en Castilleja desde que había historia.

Dicha tarde no fue menos agobiante para Catalina Hernández. Antes de que se presentara la autoridad a revisar cadenas y cepo y a poco de que despertara Ana de Tovar, habían llegado los familiares de Haldón con Hernán Diáñez, padre de la dicha Catalina y suegro, por lo tanto, del preso. Diáñez se mantenía mal que bien trayendo pescado desde Sevilla junto al Postigo del Aceite, para venderlo a las amas de casa en la Calle Real fuera del Señorío, libre por tanto de pago de alcábala al Conde de Olivares; cuando se corría la voz de que Diáñez había traído pescado, todas las mujeres acudían, formando un remolino de gestos y risas alrededor de la mula cargada con desde productos frescos del Guadalquivir hasta conservas gallegas.
La hinchazón del rostro del joven iba cediendo. Tras la marcha de Hernando Jayán y Juan Vizcaíno, entre todos contribuyeron a forjar un plan de acción para preparar la defensa de Juan Martín Haldón. Se dieron prisa, y con la misma mula con la que traía el pescado se desplazó el playero, —que así se denominaba por aquel entonces al distribuidor de pescado al pormenor—, a Sevilla, en compañía del Alguacil Alonso a lomos de un borrico.
A regañadientes fueron recibidos por los empleados del Conde en el Alcázar, donde no era muy usual trabajar después del mediodía, pero en cuanto se enteraron de que los Juanguren andaban involucrados y tras la debida información al Alcaide don Pedro, púsose manos a la obra un viejo notario en un despacioso salón ambientado con un gigantesco brasero de bronce rebosando de ascuas, cruzado por sirvientes y ayudantes silenciosos y estirados que traían y llevaban libracos y brazadas de rollos de pergaminos. El viejo de la pluma, a la luz suave de un enorme ventanal que dejaba ver la espesura de un jardín agitado por las rachas de aire, se caló unos anteojos en la punta de la rojiza nariz, y refunfuñando porque con tantas prisas no le dejaban hacer la digestión, mojó la blanca pluma de ganso en el grueso tintero de vidrio y comenzó a recoger la demanda de los castillejeros, demanda que se efectuó en estos términos:

Ilustrísimo Señor: Catalina Hernandez, mujer de Juan Martín Haldón, vasallo de Vuestra Señoría y vecino de su Villa de Castilleja de la Cuesta, como mujer y conjunta persona del dicho mi marido, me querello a Vuestra Señoría de Diego Ortiz, Alcalde Ordinario de la dicha Villa, y digo que el dicho Diego Ortiz ayer lunes, sin causa ni razón alguna, tomó al dicho mi marido y le dió muchos golpes y puñadas y le llevó arrastrando a la Cárcel y le puso tres guardas, siendo como somos pobres y menesterosos1, y dijo que le trajesen una soga, que lo quería ahorcar, y un Luis Ortiz le dió favor y ayuda para ello, y pusieron las manos en el dicho mi marido el uno y el otro, so color de ser Alcalde el dicho Diego Ortiz le hizo gravísimas injurias y malos tratamientos, y le rompió todas sus ropas, por lo cual el uno y el otro cometieron delito y son dignos de punición y castigo2. A Vuestra Señoría pido y suplico mande que se haga la información y se cometa la causa a persona sin sospecha, que la siga, y que mande prender a los culpados, porque yo y el dicho mi marido protestamos de les poner acusación más en forma, y mande soltar al dicho mi marido y quitar de las prisiones que le echó el dicho Diego Ortiz no como Alcalde, sino como su enemigo capital, y quitarle las guardas que le puso, y quitarle la causa, porque le tengo por odioso y sospechoso y como a tal le recuso3, para lo cual imploro el oficio y pido justicia, y protesto las costas y ¿honor? y gastos e intereses, y juro.

1.- Alega que son pobres porque los gastos de salarios de los guardias recaerían sobre el preso y su familia, caso de que, como era probable, fuera condenado. En efecto es una exageración ponerle a Haldón tres hombres de vigilancia, y se deja ver que la intención del Alcalde Diego Ortiz aquella frenética noche era añadirle un castigo suplementario.

2.- Se trataría de un claro caso de malos tratos. El cuadro es fácilmente imaginable, con un preso indefenso e inmovilizado y los dos hidalgos, tras haber desalojado la habitación para evitar testigos, agrediéndolo sin consideración alguna.

3.- También se evidencia la enemistad de Diego Ortiz con el cazador de zorzales en estas líneas, enemistad que, como apuntamos, tenía su origen en la envidia, y en el consabido choque entre foráneos y naturales que también hemos referido.

Después de que el Conde fuera puesto al tanto y de que aceptara la querella*, en posesión de su Requerimiento volvieron el Alguacil y el pescadero, retomando sus monturas que, en la plaza de Armas y entre los caballos de lujosos arreos que esperaban a sus distinguidos dueños, eran objeto de las burlas de un trío de lacayos ociosos, quienes observaban el trajín sentados encima de un elevado poyete. Prefirieron Diáñez y Rodriguez de Triana salir por la Puerta de Jerez para no bregar con el gentío del centro urbano, y enfilando El Arenal al trote atravesaron el puente de Barcas cuando el día moribundo se despedía oscureciendo la cornisa aljarafeña.
Demasiado tarde para presentar al Juez de Comisión Jayán el mandato del Conde, tendrían que esperar a la mañana siguiente —se dijeron—.

* El fundador del Estado de Olivares pensaba en el caso más de lo que solía hacer con todos los que, en gran número, repasaba rápidamente tras echarles un somero vistazo, para delegar en sus subordinados las diligencias a seguir. Ya los criados de Juanguren que vinieron al Alcázar a primera hora de la mañana habían dado a entender que Juan Martín Haldón era "un loco peligroso", y así se lo habían insinuado a él mismo sus dichos subordinados. Y ahora, en la tarde gris e intempestiva, mientras descansaba retirado en sus aposentos, repantingado entre los almohadones de un monumental sillón junto a la crepitante chimenea y saboreando una copa de dulce vino, recordaba a su hermano mayor con tristeza; Alonso Enríquez de Guzmán fue para él un auténtico hermano mayor, protector y comprensivo, siempre dispuesto a atender sus caprichos de niño. Recordaba como difuminadamente los juegos, las expresiones, el haberse sentido afortunado por tener tal hermano, hasta que recibió un choque emocional que significó un nubarrón en la primavera de su existencia y ya para siempre indisoluble y perenne sombra en las restantes etapas de su vida: de la noche a la mañana, incomprensiblemente, sus progenitores lo aislaron del objeto de su cariño de tal manera que a duras penas podía intercambiar siquiera unas palabras con él, a quien tanto quería. Luego, con el paso de los años, comprendió: su hermano Alonso Enríquez había perdido el juicio.

"Su cinismo es irritante, se precia de ser descendiente del rey Enrique II de Castilla, pero no por la vía legítima. Se precia de haber deambulado por Italia en su juventud persiguiendo a Carlos V, que no lo quería ni ver; se precia de haber mendigado disfrazado de judío cuando no tenía para comer. No se sabe dónde, si en la calle o en la corte, es que aprendió el arte de la conversación, era dicharachero y sabía hacer amigos que tuvieran una de estas dos cualidades: riqueza o nobleza. Era buen lector, por tanto, instruido; escribía bien, sabía decir refranes, hacía versos [...] también era pleitista y lo andaban echando de todo lado. Todo lo hacía juicio, bofetada al insolente, duelo de espada. Cuando se descubrió el Perú, el Consejo de Indias le prohibió venir a los nuevos territorios, porque para entonces ya tenía bien ganada fama de alborotador. Pero logra embarcarse [...] Aun así era cobarde [...] cuando los indios cercan el Cuzco escribe que "tenía bien liado mi oro, plata y ropa", para correr primero, si el caso llegara [...] De regreso a España hizo escala en México y se dio el lujo de hacerle una exhibición al mismísimo Hernán Cortés del menaje en oro y plata que se llevaba: tinajas, cubiletes, estriberas, collares y cuentas; y, sin duda, muestras de la finísima textilería de vicuña inca. Hernán Cortés por la tinaja más grande le pagó mucho dinero y, además, lo invitó a La Habana con todos los gastos pagados [...] "Caballero noble desbaratado", como cínicamente se auto nombra." ( Alonso Enríquez de Guzmán, el albacea de Almagro. Poesía del honor y lenguaje procesal del siglo XVI. Óscar Coello. Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Lima. Perú.)

[...] tuvo el acierto de retirarse de la política y escribir una obra autobiográfica que tituló "El libro de la vida y costumbres de don Alonso Enríquez de Guzmán, caballero noble desbaratado" que conoció gran fama en su tiempo y la gente leyó con avidez por contener episodios y acontecimientos raros ocurridos en las Indias referidos con gracia y desenfado, con un humorismo cínico, sentimental y desvergonzado para contar las debilidades del autor, pero al mismo tiempo con un concepto humorístico y elevado de la literatura [...].
También se ha dicho que esta novela cronológicamente antecedió en veinte años a otros escritos parecidos que abrieron las puertas del siglo de oro de la picaresca española, como el Lazarillo de Tormes por ejemplo. (Rodolfo Pérez Pimentel, Guayaquil, 1.939, Historiador y Biógrafo del Ecuador, Cronista Vitalicio de su ciudad y Miembro de la Academia Nacional de Historia.)

domingo, 20 de marzo de 2011

Los Juanguren y el espadero 11

La lista de pobladores del Libro de Heredamientos de Castilleja de la Cuesta que Alonso de Esquivel exhibió aquel día de 1514 aparecía según esta distribución:

- Vasco Mosquera, vecino de Sevilla en la collación de San Vicente, con 8 aranzadas de viña y tierra calma, con 40 maravedíes de tributo, y un solar y medio de casa, con 18 maravedíes.
- Diego Ortiz, que ya hemos visto en el capítulo anterior.
- Fernando de Catres (¿Cáceres?), vecino de Sevilla en la collación de San Juan, con 9,25 aranzadas de viña, con 370 maravedíes, y una casa, con 12 maravedíes.
- Diego Ximénez, vecino de Sevilla en la collación de San Pedro, con 11 aranzadas y media de viñas, 460 maravedíes, y 2 casas, a 24 maravedíes.
- Juan de Asián, vecino de Sevilla en San Salvador, con 5,75 aranzadas, 230 maravedíes, y una casa, 12 maravedíes.
- Diego de Mendoza, vecino de Sevilla en San Marcos, con 8,5 aranzadas a 340 maravedíes, y una casa a 12 maravedíes.
- Alonso Guillén, vecino de Sevilla en La Magdalena, con 3,75 aranzadas, 150 maravedíes, y media casa, 6 maravedíes.
- Leonor García, vecina de Triana, con 6 aranzadas, 240 maravedíes, y una casa, 12 maravedíes.
- Bernabé Martínez, vecino de Sevilla en San Vicente, 3,125 aranzadas, 125 maravedíes.
Alonso Rodriguez Castellano, vecino de Triana, 1,75 aranzadas, 70 maravedíes, y media casa, 6.
- Nuño de Torres, vecino de Sevilla en San Nicolás, 15 aranzadas, 600 maravedíes, y 3 casas, 36.
- El notario Andrea Escoto, vecino de Sevilla en San Pedro, 1 aranzada con 40 maravedíes, y 2 casas con 24.
- Cristóbal de Limpias, vecino de Sevilla en Santa María, 2 casas con 24 maravedíes.
- Gonzalo de Cueva, vecino de Triana, con 3,25 aranzadas a 130 maravedíes, y una casa a 12.
- La viuda Beatriz Gómez, vecina de Sevilla en Santa María la Blanca, con 6,25 aranzadas, 250 maravedíes, y 2 casas, 24.
- Gonzalo Fernandez, vecino de Sevilla en San Bartolomé, con 5 aranzadas, 200 maravedíes, y una casa, 12.
- María de Herrera, vecina de Sevilla en San Román, 7,25 aranzadas, 290 maravedíes, y una casa, 12.
- Juan Verde, vecino de Sevilla en San Andrés, 5 aranzadas, 200 maravedíes, y una casa, 12.
- Juan Suárez, vecino de Sevilla en San Esteban, 16,25 aranzadas, 650 maravedíes, y una casa, 12. (Un florín de oro y un par de gallinas).
- Bartolomé de Alfaro, vecino de Sevilla en San Vicente, 4,75 aranzadas, 190 maravedíes.
- El obispo Juan de la Vega, vecino de Sevilla en San Juan, 8,75 arazadas, 350 maravedíes, y una casa, 12.
- El escribano Bernardo de Ulloa, ya visto en el capítulo anterior.
- Cristóbal Guillén, vecino de Sevilla en San Vicente, 2 aranzadas, 80 maravedíes, y una casa, 12.
- El beneficiado Juan de Vera (¿por Vega?), vecino de Sevilla en San Juan, 8,5 aranzadas, 340 maravedíes, y media casa, 6.
- Alonso de Medina, vecino de Sevilla en San Andrés, tres cuartos de aranzada, 30 maravedíes, y una casa, 12.
- El arcediano Juan de Carmona, vecino de Sevilla en Santa Cruz, 4 aranzadas, 160 maravedíes, y 4 casas, 48.
- Francisco Fernandez, vecino de Triana, una casa y media, 18 maravedíes.
- Diego de Baena, vecino de Sevilla en San Isidro, 2 aranzadas, 80 maravedíes.
- Francisco Bernal, vecino de Sevilla en San Llorente, una casa, 12 maravedíes.
- Francisco Fernandez, vecino de Tomares, una aranzada, 40 maravedíes.
- Beatriz Malaver, vecina de Sevilla en San Llorente, 5 aranzadas, 200 maravedíes.
Pedro Sanchez, vecino de Triana, dos tercios de casa, 8 maravedíes.
- El clérigo Juan Lopez de Pedrosa, vecino de Sevilla en San Miguel, un cuarto de aranzada, 10 maravedíes, y un cuarto de casa, 3.
- Juan de Trujillo, vecino de ¿Sevilla?, con 2,5 aranzadas, 100 maravedíes, y 2 casas, 24.
- Pedro Martin Nieto, vecino de Sevilla en San Llorente, 7,75 aranzadas, 310 maravedíes, y 3 casas, 36.
- Alonso Sanchez de Jaén, vecino de Triana, con 2,875 aranzadas, 115 maravedíes.
- El maestro Gerónimo Pinelo, vecino de Sevilla, 5 aranzadas, 200 maravedíes, y 4 casas, 48.
- Francisco Rodriguez, vecino de Tomares, una aranzada y media, 60 maravedíes.
- Catalina de Chavez, vecina de Sevilla en San Isidro, 5,5 aranzadas, 220 maravedíes, y 2 casas, 24.
- X. de Valdés, vecino de Sevilla en San Isidro, 5,25 aranzadas, 210 maravedíes, y una casa, 12.
- García Cabrera, vecino de Sevilla en San Juan, 4,75 aranzadas, 190 maravedíes.

Y faltaron por otorgar las obligaciones de los siguientes:

- Gonzalo Gómez, vecino de Sevilla, 1,25 aranzadas, 50 maravedíes, y una casa y media, 18.
- Juan Gutiérrez, vecino de Sevilla, 7 aranzadas, 280 maravedíes.
- Herederos de Palencia, vecinos de Sevilla, 1,75 aranzadas, 70 maravedíes.
- Francisco Fernandez, vecino de Triana, una casa y media, 18 maravedíes.
-Rodrigo de Baeza, vecino de Sevilla, 4 aranzadas, 160 maravedíes.
- Alonso Sanchez Barbero, vecino de Sevilla, 2,5 aranzadas, 100 maravedíes.
- Pedro Ximenez, vecino de Sevilla, una aranzada, 40 maravedíes.
- Elvira Martin, vecina de Sevilla, una aranzada y media, 60 maravedíes, y media casa, 6.
- El sacristán Rodrigo de Cueva, vecino de Sevilla, 1,125 aranzadas, 45 maravedíes, y una casa, 12.

Éstos tributarios en lo que se refiere a foráneos, incluidos los de Tomares. En cuanto a los vecinos de nuestra Villa que se obligaron, helos aquí:

- María Gonzalez con 2 aranzadas, 80 maravedíes.
- Bartolomé Verde, con 2,25 aranzadas, 546 maravedíes, y con una casa, un florin de oro y dos gallinas.
- Cristóbal Martin Bermejo con 2 aranzadas, 80 maravedíes, y con media casa, 6.
- La viuda Ana Martín, con 1,375 aranzadas, 55 maravedíes, y con dos tercios de casa, 8.
- La viuda María López, con tres cuartos de aranzada, 30 maravedíes, y con media casa, 6.
- Alonso de Baena, con 0,375 aranzadas, 15 maravedíes.
- Martin de Esteban, con 0,375 aranzadas, 15 maravedíes.
- Inés López, con media aranzada, 20 maravedíes, y con un cuarto de casa, 3 maravedíes.
- Juan de Santana, con una aranzada y media, 60 maravedíes.
- Diego de Santaella, con una aranzada, 40 maravedíes, y con un tercio de casa, 4.
- Luis Sanchez, con 0,895 aranzadas, 35 maravedíes, y con media casa, 6.
- Bartolomé Masuelo (debe ser Mancera), con una aranzada y cuarto, 50 maravedíes, y con media casa, 6.
- Lucas Guillén, con 3 aranzadas, 120 maravedíes.
- Alonso Gil, con 1 aranzada, 40 maravedíes.
- Alonso Rodriguez Fraile, con 1,75 aranzadas, 70 maravedíes.
- Alonso Rodriguez de Triana, padre de nuestro Alguacil, al que ya hemos visto en el capítulo anterior. Casado con Violante Gonzalez.
- Beatriz Fernandez Tavera, con media casa, 6 maravedíes.
- Beatriz Díaz, con una aranzada y media, 60 maravedíes.
- El escribano Diego de Vergara, con 2 casas, 24 maravedíes.
- Antón de Valencia, con una aranzada, 40 maravedíes.
- Inés Rodriguez, con una casa, 12 maravedíes.
- Violante del Castillo, con 3 aranzadas, 120 maravedíes.
- Diego Fernandez, con media casa, 6 maravedíes.
- Juan Sanchez, con una casa, 12 maravedíes.

Una rápida ojeada a la relación anterior revela la gran diferencia de bienes entre autóctonos y foráneos. Los castillejanos apenas rebasan de media un par de aranzadas y una casa, mientras que los forasteros, siendo más en número, disponen individualmente de más tierras, cerca de 5 aranzadas por término medio. Parece que éstos se llevaron la mayor porción del pastel.
Y hay que entender por "casa" el solar para edificarla, excepto en los casos de "un florín y un par de gallinas", que es el tributo que se pagaba por la casa ya edificada. Según esto, y salvo error u omisión, en 1514 solamente pagaban tributo a la Orden dos casas, pero es de suponer, naturalmente, que había más viviendas en el pueblo.
Respecto a la extensión de los solares, la norma venía de antiguo, tal y como se clarifica y fija en el parágrafo 5º de la Carta Puebla que Gonzalo Mexía, maestre de la Orden de Santiago, otorgó a los pobladores de la aldea de Castilleja de la Cuesta, con fecha en Sevilla, jueves 6 de junio de 1408. Dice dicho parágrafo: Y el que tomase solar que non pudiese más tomar para su morada que fasta media arançada, e sy en esta media arançada que asy tomase para fazer casas alguna cosa y plantase o pusiese, que non pagase ende diezmo ni noveno ni otro tributo alguno, saluo los dichos doze mrs. de cada año, según dicho es. (Archivo Histórico Nacional, transcrito por Manuel Gonzalez Jiménez en "La repoblación de la zona de Sevilla durante el siglo XIV", Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 3ª edición, 2001).
De la media aranzada sobraba una gran parte, por muy grande que fuera la casa edificada, la cual parte se dedicaba a huerta para autoabastecimiento, con sus correspondientes árboles frutales, e incluso con algún minúsculo olivar, tal y como se puede comprobar generalizadamente en la documentación posterior.
Para terminar este excursus, antes de volver a la Cárcel con nuestro maltratado zorzalero conectaremos a algunos castillejanos tributarios del Libro de Heredados —a los pocos que hemos logrado identificar hasta ahora— con sus descendientes contemporáneos de Juan Martín Haldón, mediante protocolos notariales de su tiempo.

— De Cristóbal Martin Bermejo: "Cosma de Soria, doncella vecina de Triana, tiene un pedazo de viña y huerta de árboles frutales junto al Ejido, linde viñas y arboleda de los herederos de Alonso Gil, y viñas de los herederos de Cristóbal Martin Bermejo, que ella heredó de Inés ¿Alonso? su tía, mujer que fue de Juan ... , difuntos vecinos de Sevilla y moradores en esta Villa. Reconoce un tributo al Conde de Olivares. Martes, 12 de abril de 1558."

— De Juan de Santana: "El domingo 11 de diciembre de 1557 Rodrigo de Cieza hace relación de los deudores de Isabel Martin. Juan Sanchez Delgado y Francisco de Aguilar, en nombre de la Cofradía y Hermandad de los Apóstoles San Sebastián y Santiago, heredera de los bienes de Juan de Santana, vinero fallecido en 1553, habiendo aceptado ya dicha herencia y en voz de los cofrades, otorgan que Rodrigo de Cieza, en nombre del Vicario de Villanueva, les ha pagado varias cantidades de la herencia de Juan de Santana y de su mujer Isabel Martin, difuntos."

— De Alonso Rodriguez Fraile: "El domingo 24 de enero [de 1546] presentó Vohón por su fiador [del arrendamiento de los derechos de las carnicerías] a Alonso Rodriguez Fraile, siendo testigos Miguel de las Casas, Francisco de Aguilar y el albañil Cristóbal de Castro."

— De Lucas Guillén: "Isabel Mejía, viuda de Lucas Guillén, dona a su hija Catalina Mejía, ausente, y a su yerno, marido de Catalina, Juan de Beas, presente, por los muchos favores y servicios que le han hecho los dos, un pedazo de viña de 2 aranzadas y media poco más o menos, en Las Escaleras, linde viñas de doña Isabel de Castro y viñas de los herederos de Cristóbal de ¿Araz?, y con viñas de Rodrigo Franco, con cargo de 100 maravedíes y (en blanco) gallinas al Conde, y (en blanco) gallinas a Martin de Alfaro. Enero de 1558." (Acaso es esta la misma viña que el difunto Lucas declaró en el Libro de los Heredamientos.)

Juan de Beas y Catalina Mejía tuvieron un hijo que escaló importantes puestos relacionados con la navegación. Siguen unos datos suscintos de él:

En 27 de agosto de 1616, San Lorenzo del Escorial. Nombramiento de Lucas Guillén de Veas (sic) como cabo de los carabelones y lanchas de Cartagena de Indias.

18 de febrero de 1617. Expediente de información y licencia de pasajero a Indias de Lucas Guillén de Veas, con sus criados Pascual, negro libre, y Gracia de la Cruz, mulata de color membrillo, libre, a Cartagena. Declaración de uno de sus testigos: "... Y el dicho Lucas Guillen es un hombre de buen cuerpo, entrecano, la nariz un poco torcida, de cuarenta y cuatro años poco más o menos ...".
Los dos criados habían sido esclavos suyos, y les otorgó Cartas de Ahorría estando en Lisboa el 24 de enero de 1617; en dichas Cartas los describe así: "... y Pascual negro atezado y abarruado criollo de las Indias, picado de viruelas, un diente mellado en la parte de arriba, de buen cuerpo, manco de tres dedos de la mano derecha, de hasta 32 años ... . Y María Engracia, de 34 años poco más o menos, con una señal de herida en la frente y no muy atezada ...". Les concede la libertad por sus buenos servicios, y ya libres, hacen los tres el viaje transoceánico.

El 3 de julio de 1635, en Madrid, es nombrado Lucas Guillén de Veas como catedrático de Cosmografía de la Casa de la Contratación.

10 de junio de 1636. Madrid. Carta acordada del Consejo al Presidente y jueces oficiales de la Casa de Contratación para que imformen sobre la petición de Lucas Guillén de Veas, cosmógrafo de la Casa, de que se le señalen propinas.

El 24 de enero de 1639, en Madrid, es nombrado Lucas Guillén de Veas como arqueador y medidor de naos de la Casa de la Contratación.

13 de noviembre de 1657. Madrid. Carta del Secretario del Consejo de Indias Juan Bautista Sáenz Navarrete, al Presidente y Jueces oficiales de la Casa de Contratación ordenándole convocar nuevas oposiciones a la Cátedra de cosmógrafo de la Carrera de Indias, vacante desde la muerte de Lucas Guillén de Beas.

Lo menciona don Rafael Torres Campos en la conferencia titulada "España en California y en el Noroeste de América", la cual leyó el día 17 de mayo de 1892 en el Ateneo de Madrid: "Sus méritos [del Almirante D. Pedro Porter de Casanate] los declaran por modo expresivo el licenciado Francisco de Ruesta, filósofo, matemático y catedrático de astronomía, Juan de Herrera y Aguilar, cosmógrafo de S. M. en la Casa de la Contratación de Sevilla, el capitán Lucas Guillén de Beas, catedrático de navegación en ella, y Claudio Ricardo y Juan Francisco Lafalla, catedráticos ambos de matemáticas del Colegio Imperial de Madrid..."

viernes, 18 de marzo de 2011

Los Juanguren y el espadero 10

Por la mañana y sin que el viejo hidalgo tuviera que esforzarse en mover ni un dedo, ya, por las apresuradas gestiones de su familia, todo estaba planificado y en marcha. A primera hora, dos criados, —jinetes suicidas porque a pesar de la escasa luz, del profundo barrizal y de la pendiente de la cárcava de Guía, llegaron a Sevilla en diez minutos—, recalando ruidosamente para alarma de los vecinos en las casas de los Juanguren sevillanos comunicaron las malas nuevas de lo acontecido al patriarca.
Desde una ventana de su casa, Alonso Rodriguez de Triana y Ana de Tovar* los habían visto salir cruzando la Plaza entre gritos de jaleo a las caballerías, e imaginaron a dónde y a qué iban. Se conocía en Castilleja que el dueño de la Villa don Pedro de Guzmán estaba en Sevilla, exactamente en los Reales Alcázares, de donde era Alcaide por don de Carlos V, y el matrimonio que custodiaba a Haldón supo que el pobre loco tenía todas las de perder, porque el juego se iba a desarrollar entre "los de arriba" y sin intervención del Concejo del pueblo.
Ana estaba agotada y necesitaba descanso tras la larga noche de tensión y vigilia. Se echó en la cama todavía tibia y fulminantemente cayó sobre sí. En segundos vió en el interior de sus párpados, sobre un fondo de luz clara, algo pequeño y ocuro que descendía, y de inmediato fundiéndose con aquella imagen, su propia cara cuando, adolescente, empezaba a comprender el mundo en su Castilleja del Campo natal. Luego quedó profundamente dormida, confiada en la cercanía y amparo de su marido.
El cual, suspicaz a pesar del cariño que le profesaba, no había podido evitar cierto sentimiento de aprehensión cuando la embarazada le solicitó dejarla dormir unas horas. Alonso se reprochó a sí mismo tal pensamiento, y elucubró sobre la carga tan agobiante que es para un pobre trabajador mantener a alguien improductivo. Mientras trajinaba en el corral con el pestífero cieno de excrementos con que la docena de gallinas que poseía habían tapizado el gallinero, pensó que los ricos no tenían tal clase de problemas, y podían dejar a sus mujeres dormir cuanto quisieran. Pero él no era rico. Pertenecía a la clase de los que se ganan el pan luchando a diario. En cierto momento de lucidez envidió a los Juanguren, pensando que por gente así los miserables del mundo habían sido puestos en marcha como muñecos mecánicos para sostener el nivel de vida de aquellos señores y que, como un sistema autónomo ya imparable, la masa laboral se inducía a sí misma a seguir, impulsada por sus propias fuerzas internas. Ningún pobre, por pura necesidad, podía tolerar a su lado a un parásito, pero la verdad era que los excedentes de su trabajo daban a los poderosos vidas regaladas y llenas de lujos. Recordó a su padre, cuando a voces lo despertaba para ir al tajo, o cuando incluso por medio del palo lo obligaba a colaborar en el sostenimiento de la familia, y dejó su mente divagar sobre los orígenes de aquella situación. Acaso en los tiempos antiquísimos de las gentes que habitaron Valencina del Alcor alguien encontró la fórmula para poner en marcha todo aquel sistema, en él cual él ahora era parte ínfima y oprimida.
Prueba fehaciente de que las reflexiones de Alonso Rodriguez no iban descaminadas se vivían en Castilleja en aquellos días. Esta vez, en que el supuesto agresor era un desheredado y el no menos supuesto agredido un hidalgo, hasta el Conde se involucraba. Pero cuando en 1557 —dos años después— el agredido fue Juan de Vega, tan Alcalde Ordinario entonces como Juanguren ahora pero otro ganapán analfabeto al fin y al cabo, que no sabía ni firmar sus autos, y los agresores fueron los hacendados Franco, gente hasta con capilla propia en la catedral de Sevilla, la justicia brilló por su ausencia.**
El Alguacil se asomó al dormitorio, y vio que Ana de Tovar dormía tranquila, respirando profunda y acompasadamente; cuando llamaron a la puerta se encontró con que era la mujer de Juan Haldón, Catalina, que le traía a éste de comer y vestir.
La mujer del preso había dejado a Leonorcita con una vecina. Cuando entró en el lóbrego cuartucho y se encaró con su marido, al ver su estado sintió un odio que golpeó en su interior como una explosión silenciosa. Ya lo habían hecho —se dijo—, ya las fuerzas de la envidia y el miedo habían inventado al culpable. Se iban a cebar en su esposo, para demostrar a los cuatro vientos que eran invencibles, crueles y deshumanizados.
Durante todo esto, y mientras en Sevilla los familiares de Diego, detalladamente informados, se aprestaban a formalizar la denuncia ante la más alta instancia, al otro lado de la Plaza Hernando Jayán, desde muy temprano al tanto de lo ocurrido, y como el otro Alcalde Ordinario que era, (de los dos que anualmente se nombraban), y compadre del maltrecho Diego por añadidura, también se dispuso a forzar la balanza al lado que más le convenía. Dió muy temprano, mientras se vestía recién salido del lecho, el visto bueno —porque no tenía otro remedio— para que el preso pudiera ser visitado por sus allegados, y una vez adecentado y tras besuquear a modo a su Melchora y dirigir a su esposa una mirada de agradecimiento***, fué a la hacienda del viejo Diego, sin olvidarse de recoger en el camino a Juan Vizcaíno, el probo escribano que atendía a la localidad.
Resaltemos que, dos días antes, el hogar del dicho escribano se había visto bendecido con el nacimiento de un Juanito****, por lo que era explicable que el amanuense fuera con Jayán canturreando a pesar de la desapacibilidad del día y del trabajo que le esperaba, los dos recientes padres con las mismas ideas felices en común. Para terminar esta especie de crónica de natalicios hay que dejar constancia del nacimiento de una nieta***** de Diego Ortiz, que alivió un poco los pesares que este 1555 le deparaban. Se la dieron su hijo del mismo nombre, Diego Ortiz, y Bernardina de Sagredo, que pronto y en violenta circunstancia había de quedar viuda.

* El Alguacil y Carcelero Alonso Rodriguez de Triana era hijo de otro Alonso Rodriguez de Triana, de pura cepa alixareña a pesar de lo que por su apellido pudiera suponerse. Este Alonso natural de esta Villa fué firmante de una de las Cartas de Obligación que otorgaron en común los habitantes de Castilleja el 1 de mayo de 1514 a instancias del Comisionado Ochoa de Isázaga, obligaciones por las cuales reconocían el tributo a pagar a la Orden del Señor Santiago por las posesiones —casas o tierras— que disfrutaban en nuestra Villa. Ochoa de Isázaga fue, además de caballero de la Orden santiaguista, Juez y Factor de la Casa de la Contratación, y residía en Sevilla; a requerimiento del rey Fernando, Administrador de la Orden, dispuso de ocho días, desde el miércoles 26 de abril, para recolectar las dichas Cartas de Obligación, con un salario de 230 maravedíes diarios, que encima habrían de pagar los castillejanos.
Convocados todos ellos en la Plaza —la mitad de la ceremonia hubo de efectuarse en el interior de la Iglesia de Santiago, debido al mal tiempo— Ochoa de Isázaga recibió de Alonso de Esquivel, entonces Comendador de la Orden en nuestra Villa, el libro donde estaban registrados todos los propietarios, y el Comisionado procedió a repartir las Cartas de tributos. Cuando le tocó el turno a Alonso Rodriguez de Triana declaró ser dueño de una aranzada y media de viñas (que le supuso 57 maravedíes de tributo) y de una casa y dos tercios de otra (con 20 maravedíes).
Entre otros firmantes, Bernardo de Ulloa, vecino de Sevilla en la collación de San Marcos, con 11,16 aranzadas de viña (446 maravedíes) y un suelo de casa (12 maravedíes); y el omnipresente Diego Ortiz de Juanguren, vecino de Sevilla en la collación de San Salvador, con 13,66 aranzadas de viñas (546 maravedíes) y dos casas y un cuarto de otra (27 maravedíes).
El Libro de Heredados en Castilleja constituía por sí un Padrón bastante completo, que nos ofrece la oportunidad de conocer a los castillejenses en tan temprana época como es este año de 1514. Eran los que en el capítulo siguiente vamos a conocer.
En cuanto a Ana de Tovar, nació en Castilleja del Campo y allí la conoció su ahora marido, cuando era una mocita que ya apuntaba la belleza y buena disposición que la caracterizaría durante toda su vida.

** Recordemos en "Los esclavos 19" —entrada de febrero de 2009—: Testigo, Ana de Tovar, mujer de Alonso Rodriguez de Triana, vecina de esta Villa, presentada por el dicho Juan de Vega, que juró en forma de derecho, y siéndole preguntado por el contenido de la querella, dijo que lo que sabe es que, estando esta testigo en el portal de Juana y su hermana, que es frontero de la casa donde vive el dicho Rodrigo Franco, oyó a la puerta del dicho Rodrigo Franco decir a un hombre que no sabe quien, y dijo: "anda, para, borracho", y en esto esta testigo salió a la puerta a ver quién era y vió estar a Rodrigo Franco y a Alonso Franco y a los dichos dos esclavos del dicho Rodrigo Franco, todos cuatro encima del dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, y que todos cuatro le estaban dando de puñadas y estirándole de los cabellos y de las barbas y tratándolo muy mal, y el dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, daba gritos y voces diciendo: "¡acuda gente, que me matan!" (junio de 1557).
La mujer de Alonso tuvo oportunidad, en el espacio de dos años, de comprobar las dos varas de medir usadas por la Justicia en Castilleja.

*** El domingo 10 de marzo de 1555 bautizó Rodrigo de Cieza a Melchora, hija de Hernando Jayán y de Luisa de Briones. Fueron sus compadres el dicho beneficiado, Diego Ortiz de Juanguren, Luis Ortiz y su mujer Francisca de Padilla. Sobre estos Luis y Francisca nos espera una excepcional historia.

****El domingo 27 de octubre de 1555 bautizó Rodrigo de Cieza a Juan, hijo de Juan Vizcaíno y de Maria de Trujillo. Fueron sus compadres Martin de Alfaro y su mujer doña Aldara Vaca, y Juan Sanchez Delgado y su mujer doña Mayor de Alfaro (hermana del dicho Martín de Alfaro).

***** El domingo 5 de mayo de 1555 bautizó Rodrigo de Cieza a Beatriz, hija de Diego Ortiz y de Bernardina de Sagredo. Fueron sus compadres Íñigo Ortiz y su mujer Luisa de Rojas, Antón Lopez y Juan Sanchez Delgado.


"Hernando Jayán, mi vasallo, vecino de mi Villa de Castilleja de la Cuesta, sabed que he sido informado que Juan Haldón, mi vasallo de esa Villa, preso por la razón que es pública en esa Villa, ha hecho desacato y menosprecio de la Justicia, y hay juicio de muchos testigos de muchas cosas dignas de punición y castigo, y porque es justicia que los males y delitos sean castigados, porque a otros hagan ejemplo, yo os mando que hagáis información de lo que ha pasado con Diego Ortiz, Alcalde de la dicha mi Villa, sobre reprenderle sus malas palabras y costumbres, y también sobre los procesos criminales e informaciones que contra él se han hecho en esa Villa hasta ahora, y todo lo acumulado, y proceder contra él con consejo de asesor, condenándolo a las penas en derecho establecidas conforme a sus delitos, las cuales ejecutad en su persona y bienes conforme de justicia, y hacedlo tener preso a buen recaudo y no déis suelto ni en fiado, y mirad que me habéis de dar cuenta cumplida, lo cual todo y para cada una cosa de lo que dicho es os doy mi poder cumplido, con sus incidencias y dependencias y anexidades y conexidades, fecha en Sevilla a 29 de octubre de 1555", decía la Requisitoria que el Conde de Olivares mandó redactar, temprano en el Alcázar, y que, tan raúdos como habían ido, los dos criados trajeron al pueblo, a manos de quienes se habían reunido en la hacienda del anciano.
—¡Para vos, señor Hernando Jayán! —entonó con teatralidad, creído de la importancia de su misión, uno de los recién llegados con barro hasta las cejas, tendiendo al Alcalde Ordinario un papelote enrollado.
Éste se incorporó de la silla en la que, junto a la cama de Diego Ortiz, recibía instrucciones. Estaban en un espacioso dormitorio, en cuya lujosa cama el viejo también alzó la cabeza, con gesto de dolor pero con gran interés. Los demás presentes guardaron un silencio total.
Jayán leyó el escrito con el ceño fruncido, musitando las frases de trazos rápidos y seguros del notario del Conde. Cuando hubo terminado adivinó cómo habían cargado las tintas los denunciantes, cómo el mísero cazador de zorzales se iba a convertir en el chivo expiatorio de todos los ganapanes que osaran de entonces en adelante rebelarse contra la autoridad. En efecto, don Pedro había tenido muy mucho en cuenta que el querellante era no sólo Alcalde de una de sus posesiones, sino un Ortiz de Juanguren.
Hernando Jayán en el fondo se alegró, aunque las causas iban más allá de la reyerta nocturna que había puesto en jaque a la autoridad del pueblo, y tenían más que ver con la simple envidia, a pesar de que el ahora encarcelado, como ya sabemos, no tenía donde caerse muerto. Y era que Juan Martín Haldón, uno de esos raros especímenes que se envuelven en un aura magnética poco habitual, poseía lo que hoy en día conocemos como "personalidad". Siempre y en todo lugar hacía sentir su presencia por el solo hecho de estar presente, aunque se mantuviera mudo y en silencio. Su aspecto físico ya en sí era diferente, e incluso sin que su vestuario destacara en nada sobre los de los demás de su clase, quizá por el despliegue de una panoplia de casi imperceptibles gestos y ademanes que, acaso porque brotaban desde la más pura naturalidad, lograban en cuantos lo trataban el efecto que hemos apuntado. Era además, ya desde la veintena de su edad, un filósofo nato, con unos momentos de lucidez que dejaban en vilo a sus interlocutores, y en lo que respecta al sexo femenino, todos sabían o intuían que ejercía sobre las mujeres una fascinación absoluta. Por lo demás, tenía un cerebro de músico improvisador que le permitía sostener y animar una fiesta durante largas horas por sí sólo, cantando o con algún instrumento apropiado; y estaba dotado con una nobleza de sentimientos que afloraba a la menor oportunidad.
Entre los vecinos y moradores de Castilleja, villa desde siempre abundante en mentalidades mezquinas y escasas inteligencias que matrimoniaban con caras animalescas y cuerpos torvos y deformes, debía parecer Juan Martín Haldón una antorcha luminosa.

domingo, 13 de marzo de 2011

Los Juanguren y el espadero 9

Juan Haldón el mozo no durmió aquella noche. Muy poco lo hicieron Alonso Rodriguez de Triana y su mujer, Ana de Tovar, pendientes desde su cama de cualquier sonido en la otra habitación donde el preso, de cuando en cuando, gemía, resollaba, lloraba o murmuraba algunas palabras ininteligibles. Además el matrimonio se había acostado tarde, después de acondicionar con toda solicitud un jergón al joven para aliviarlo de la presión de la telera del grueso cepo de madera de pino, de la frialdad de los grillos de hierro mohoso y sobre todo, del doloroso efecto de los golpes que le llovieron menudeando sobre rostro y cuerpo durante su detención y luego incluso en la propia cárcel; ya lo habían sometido a una cura improvisada con lo poco que tenían a mano.
Ana, ayudada por su marido, se introdujo en la cama trabajosamente debido al gran volumen de su vientre, que albergaba un feto ya casi a punto de ser expulsado. Pero ello no era óbice para que la hermosa y noble mujer se preocupara en cuerpo y alma del desgraciado prisionero, antes al contrario: dado que Haldón había sido padre recientemente de una niñita —llamada Leonor, Leonorcita—, a la que ella misma cuidaba en ocasiones merced a la amistad que unía a las dos familias, el afecto que sentía por el encarcelado se había acrecentado.
Ahora, todo estaba confabulado por manos del destino para que la desgracia se abatiera sobre ellos.
Su marido era este año de 1555 Alguacil de la Villa por nombramiento ineludible del Alcalde Mayor del Estado de Guzmán, lo cual conllevaba que una de las habitaciones de su propia casa debía ser adaptada como calabozo, puesto que la Villa todavía no disponía de Cárcel propia. Además, Haldón estaba padeciendo uno de esos episodios de insanidad que tan conocidos eran entre las gentes de Castilleja, y por el cual ahora se encontraba encadenado.
La noche del lunes 28 de octubre al martes 29, del dicho año de 1555, fué cambiante y fantasmagórica sobre las lomas onduladas del Aljarafe. Entre las oquedades informes de los apelotonamientos de nubes de plata, una redonda luna llena navegaba etérea e irreal. Luego se levantó viento y se formaron efímeras tormentas en las alturas. Fuera de la casa de Alonso y Ana se podían oír, de vez en cuando, el intermitente fragor de algún aguacero ocasional, y un potente ladrido de can —el de su vecino Juan de Torres—, como escandalizado del alboroto que se había producido en el pueblecito hasta altas horas de la madrugada. Luego calló el perro, pero su voz fué sustituída por la de lejanos truenos que, esporádicamente y anuciándose con un resplandor lívido e instantáneo, duraron casi hasta el gris amanecer, aunque la lluvia había cesado desde horas antes.
Juan Martín Haldón, el preso, vivió todo aquel episodio como lo viven los dementes cuando les sobreviene un acceso psicótico; pero la sola presencia de la bella esposa del Alguacil compensaba en su mente delirante todo lo padecido; era aquella angelical persona, además de quien con exquisita delicadez le limpiaba cara y barbas, llenas de sangre y barro, la que durante meses atrás mecía a su hijita del alma arrullándola con tiernas canciones, cuando su propia esposa, atareada, no podía hacerlo.
Con sus primeros balbuceos, Leonorcita aprendió de Ana de Tovar, en plena etapa de ecolalia, una palabra que a los oidos de su padre significó mucho más de lo que aquella criaturita sería capaz de imaginar a lo largo de su vida: cuando la farfulló la primera vez, Juan Martin Haldón se sintió importante y, como una contestación en su interior, otra voz le ordenó tomar sus herramientas y salir a trabajar: ahora tenía la gloriosa misión de dar vida a un nuevo ser, para que el mundo siguiera funcionando en perfecta obediencia de las leyes eternas e inmutables. De manera que, con una euforia suave, pero amplia y desbordante, salió de su casa, sonriente, y marchó a lo largo del pueblo, hasta un sendero de Las Escaleras que abocaba al Camino Real de Salteras; llegado a cierto punto, detúvose y preparó sus chifles, pendiente de las ramas de unas higueras, ya en Valencina, a la espera de que se viniesen a recoger los zorzales que dormían en aquella arboleda. Ya sus cantos, y los de las otras aves, había perdido para él sonoridad y timbre, tras oir los de su hija con el primer "papa". Se sentó al borde del camino, feliz y exultante, mientras en el cielo hacia Aznalcóllar, crecía una muralla de nubes de todos los tonos y matices grises y en las cumbres, de pálidos anaranjamientos y suaves rosáceos; entonces, al caer la tarde, se formó el milagro anual que el otoño desplegaba como objetivando la parte más sensible y pura del alma humana: gigantescas columnas alzándose imponentes en el espacio, hacia el sur, doradas por el sol poniente; garabatos gigantescos en occidente, cabezas de blancuzcos tiburones con las fauces abiertas y sangrantes, mantones lejanos bordados con algodón de luz...
Juan Haldón quedó en vilo, embelesado, puesto de pie por la excitación que tanta belleza luminosa producía en su espíritu, oteando los cuatro puntos cardinales, sorprendido a cada giro por un espectáculo todavía más hermoso que el anterior.
No cazó nada. Pero seguía en paz consigo mismo. Regresó al pueblo mientras la noche cuajaba entre los frondosos pámpanos, ya muchos de ellos vendimiados de sus rotundos racimos. Selene, llena, lo saludó con su beso helado en el primer callejón, silencioso y batido por encharcadas rodaduras de carretas, cuyas largas hendiduras espejeantes reflejaban las emergencias lunares, y cruzado por negros gatos clandestinos, de ojos brillando en cada salto. Vislumbró luz de candil en un humilde despacho de vino, y se creyó merecedor de medio cuartillo.

Diego Ortiz de Juanguren no dormía mejor que Juan el preso y que sus cuidadores Ana y Alonso. Cantaba una lechuza campanera en la torre de la iglesia entre chaparrón y chubasco, y su graznido monótono, mecánico, se colaba en la estancia, como si el animal se encontrara en la cabecera de su cama. Primero golpes de luna y luego de relámpagos iluminaban el rostro del viejo Diego, hinchado y dolorido en varias partes, aunque su sangre hidalga no había llegado a aflorar. Debido a los brutales tirones de la pelea, le dolía mucho el nacimiento de la barba en toda la zona mandibular, como si cada raíz de cada pelo ardiese dentro de la piel; estaba, por descontado, muy cansado, con el agotamiento propio de quien, a su edad, se somete a un ejercicio violento, tanto física como psicológicamente. Su cabeza era un hervidero de moscones y zumbidos y, como los nubarrones que cubrían el cielo de aquella noche, nefastas ideas se encadenaban en ella sin que pudiera desembarazárselas.
Era muy tarde cuando intentó dormir, tras recibir las atenciones de sus hijos y de su primo. Hasta la odiosa nuera, Luisa de Rojas, había acudido al pie de la cama, mirando en silencio mientras le acercaban la cuchara con el en aquella circunstancia intragable caldo de pollo, aunque reconfortante en otras tesituras, que apresuradamente aprestó su siervo el portugués lagartijoide degollando un capón tomatero con completa habilidad.
Hacía pocos días que el marido de aquella desagradable indiana, su querido hijo Íñigo, había partido al Perú. Sentía su falta, lo echaba terriblemente de menos. Ahora, con su ausencia, se había acabado de convencer de que era el mejor hijo que tenía, el sobresaliente entre todos los demás en condiciones humanas, en sinceridad y en amor filial. Pero aquella extraña mujer con su aire entre hosco y digno, que aparentaba saber de todo y que lo trataba con frialdad casi despreciativa, era otro factor para que en las últimas semanas se encontrara desasosegado, ansioso e irrascible.
Luego estaba la obligación de llevar la Alcaldía del pueblo, que le había tocado aquel nefasto año de 1555, con sus asfixiantes compromisos, el tiempo que aquel nombramiento le robaba, las interminables reuniones con los Regidores, la mareante contabilidad y las tediosas visitas de inspección.
Se sentía viejo, pero no quería abandonar, no quería entregar el mando. Su naturaleza soberbia le exigía un sobreesfuerzo y él se lo entregaba a diario, aunque tuviera que acabar las jornadas exánime, disimulando, recurriendo al alcohol para sobreponerse.
La noche del lunes 28 de octubre al martes 29, del dicho año de 1555, fué cambiante y fantasmagórica sobre las lomas onduladas del Aljarafe. El viejo Diego había dado esquinazo a algún habitual acompañante, porque lo que pretendía no era precisamente supervisar el orden del pueblo antes de ir a la cama. Hombre de líbido desordenada, —si líbido y desorden no son una misma cosa, por suerte o por desgracia—, mientras más reveses le daba la fortuna, más necesidad tenía de practicar una actividad sexual que, por el otro lado, no era en su caso especialmente común, ni aún en aquellos tiempos de cosificación de las mujeres. Todavía apreciaba unas posaderas redondas y duras, la calidez de unos muslos aterciopelados, pero trataba a sus eventuales parejas como a seres inferiores, casi como a animales domésticos.
Diego Ortiz de Juanguren conocía las idas y venidas de todo el vecindario, porque durante el año casi por completar que llevaba de titular de la Alcaldía recibía constantes y detallados informes de la actividad de la población. Estaba al tanto de en qué casas las esposas se encontraban solas, esperando a maridos emigrados a comarcas más productivas; conocía además las debilidades de fulanas y menganas y zutanas, sus vidas ocultas, sus intimidades; y sabía, y esto era importante para él, donde disfrutar de la compañía de alguna jovencita aunque hubiere que desembolsar unos maravedíes en la abierta y discreta mano materna. Le atraían las castillejanas, las naturales de la Villa, acaso porque nunca logró integrarse en ella y porque creía que por esta vía avanzaba en tal integración, o al menos se vengaba de quienes —pensaba paranoicamente— la entorpecían.
De manera que, tomando su vara de la justicia, salió a la Plaza doblando la esquina de la iglesia cuando ya era ida la última luz del día, y siguiendo un mapa mental previamente dibujado se dispuso a rondar casas prometedoras de besos y abrazos que consolasen este año ácido de su vejez agria. Siendo lunes, la gente trabajadora, desengañada de la ilusión dominical de ropa nueva y paseo, se había hundido pronto en sus lechos, en busca del olvido de la cruz de la labor diaria, que Morfeo les ofrecía acaso para reclamárselo con intereses a la mañana siguiente.
Apenas se cruzó con alguien. Consiguió su objetivo en cierta casa, en la que ya era sobradamente conocido. Salió satisfecho, percibiendo en sus vestiduras el olor de hembra, y volvió hacia la Plaza, a despedirse de los noctámbulos que en la posada de Juan Garcia echaban la última partida a los naipes.

Lo que vamos a ver seguidamente es el "Proceso criminal de Diego Ortiz de Juanguren, Alcalde Ordinario, contra Juan Martín Haldón el mozo, vecino de esta Villa, y contra Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil y Carcelero de esta Villa."

sábado, 12 de marzo de 2011

Los Juanguren y el espadero 8

A continuación, a modo de simples fotografías que reflejan distintos momentos en las vidas de los miembros de la familia cuyos avatares estamos tratando, viene la transcripción de varios documentos.
Todavía no pertenecía Castilleja de la Cuesta al Conde don Pedro de Guzmán, y ni tan siquiera Olivares, su solar, cuando ya los Juanguren —aparte del de nuestra Villa— estaban afincados en la zona, exactamente en la de Gines y en término de Valencina. He aquí uno de estos Ortiz primigenios en el Aljarafe, hermano de nuestro Diego:

Juan Ortiz de Juanguren y su mujer Beatriz Ergas Vanegas, vecinos de Sevilla, venden a Alonso de Vergara, vecino de Sevilla en la collación de La Magdalena, presente, 1.500 maravedíes de tributo, puestos en unas casas con su bodega, lagar y vasija que ellos tienen en la Villa de Gines, linde con casas del dicho Alonso de Vergara y por delante y al lado las calles del Rey, y sobre un pedazo de viña que dicen de Teresa Martin, de 7 aranzadas, en término de Valencina, linde con viñas de Tomás ¿Brujas? y con viñas de Alonso de Trujillo, y sobre otro pedazo de viña también en Valencina, linde con viña de Alonso Rodriguez Castellano y con viñas de Bernabé Martín. Por precio de 15.000 maravedíes. Dado en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, martes 7 de septiembre de 1529. Firmaron Juan Ortiz y Alonso de Vergara. Testigos, Alonso Sanchez de Jaén y su hijo Francisco Sanchez.

Un año después de esta venta de tributo enviudó su actor, Juan Ortiz. Los cuatro hijos, no sabemos por qué causa, eligieron quedar bajo la tutoría de Diego Ortiz de Juanguren su tío, en lugar de bajo la de su padre:

El miércoles 16 de noviembre de 1530, ante el Alcalde Ordinario Diego Martin Bermejo, el escribano Alonso de Ulloa1 y testigos, parecieron Luis, Isabel, Luisa y Marina Ortiz, hijos de Juan Ortiz de Juanguren y de Beatriz Ergas Vanegas, difunta, y como herederos y menores para parecer en juicio no podían para pedir los bienes que les pertenecían, pedían al dicho Alcalde un curador ad litem, y eligieron por tal curador a su tío Diego Ortiz de Juanguren, el cual juró el cargo aceptándolo; puso para ello sus manos en las del dicho Alcalde, y dio por su fiador a Martinez Garrote, vecino de Sevilla. Firmaron el Alcalde, Diego y Garrote.

1.- Alonso de Ulloa aparece como escribano tanto en Gines como en Castilleja. Demasiada coincidencia en el tiempo, en la profesión y en el apellido, como para no contemplar alguna estrecha relación familiar con Bernardo de Ulloa, el cuñado del viejo Diego que acabamos de conocer en los capítulos anteriores.

Vemos a nuestro hacendado dos semanas escasas después de aceptar la tutoría de sus cuatro sobrinos menores de edad, inmerso en negocios de pagos y cobros de tributos. En esta ocasión surge una Catalina Ortiz, vecina de Utrera, de la que es lógico suponer algún parentesco. Esta Catalina Ortiz poseía la casa descrita en la siguiente transcripción, y sita en nuestra Villa, que ahora pertenece a Diego Ortiz.

Diego Ortiz de Juanguren, vecino de Sevilla en la collación de San Salvador, conoce al Licenciado Diego de Porras, vecino de Sevilla en la collación de San Pedro, presente, y dice que por cuanto dicho Diego de Porras compró de Catalina Ortiz, viuda de Juan ¿Lopez? Moreno, vecina de Utrera, 2.500 maravedíes de tributo sobre unas casas del dicho Diego Ortiz de Juanguren, con su bodega, lagar, vasija y huerta, linde con casas de Juan de Sagredo1 y con casas de Inés Lopez, y sobre 17 aranzadas de viñas y tierras calmas, que son unas en el pago de La Fuente, linde con viñas de ¿Hernán Lopez? y con viñas de Nuño de Torres, y otro pedazo que dicen La Viña Grande, linde con viñas de Alonso de Trujillo y con viñas de Bernabé Martin, con ciertas posturas y obligaciones, ahora Diego Ortiz de Juanguren se obliga a pagar al dicho Licenciado Diego de Porras y a sus herederos el dicho tributo. Dado en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, 28 de noviembre de 1530. Testigos, Juan Martin Garrote y Alonso ¿Gutiérrez? de Madrigal, vecinos de Sevilla, y Francisco de Contreras, vecino de esta Villa.

1.- Bernardina de Sagredo (¿hija de este Juan?) sería la esposa de Diego Ortiz, un sobrino y homónimo de nuestro hacendado, cuyo trágico final sirve de asunto principal a la presente serie de "Los Juanguren y el espadero".

La hermana de Diego, Leonor Ortiz, viuda y a cargo de sus dos hijas durante este tiempo, también se encuentra activa en lo que a negocios se refiere, desenvolviéndose entre escribanos amigos y compañeros de su difunto marido:

Leonor Ortiz, viuda de Bernardo de Ulloa, escribano público de Sevilla, en nombre de Catalina Mejía y de Beatriz de Ulloa, sus hijas con Bernardo, como su tutora y curadora según escritura que pasó ante Juan de la Rentería en el año 1525, vende a Fernando Perez, escribano de Sevilla, presente, un pedazo de viña que ellas tienen en Camas, al pago de La Cuesta de la Encina. Dado en Castilleja de la Cuesta, 23 de enero de 1532. Testigos, Diego Ortiz de Juanguren, que firmó por ellas, Juan Martín Robledo, y Juan Martin Garrote.

Transcurren 8 años para que volvamos a tener noticias de los Juanguren. Durante ellos, en 1538, — el 19 de diciembre— se realizó el primer tramite para la venta de Castilleja a don Pedro de Guzmán, el cual trámite consistió en una Cédula Real expedida en Toledo, por la que la encomienda santiaguista castillejana pasaba a poder del Rey, previa autorización del Comendador de la Orden de Santiago Pedro de Narváez, que la había otorgado estando en la isla de Corfú, el 4 de octubre anterior, con la Armada de Carlos V y paladeando todavía la amarga derrota que, un mes antes, Barbarroja —a la sazón Virrey de Argel— había infligido a la coalición de los cristianos auspiciada por el papa Pablo III, derrotada por los otomanos en la bahía de Prevenza.
Del siguiente Juanguren, Pedro, constructor de ballestas, tenemos su testamento íntegro, amén de algún que otro documento que iremos transcribiendo.
Ya en franco declive, la ballesta había sido utilizada con muy buen resultado por Hernán Cortes en las guerras de México, alternándolas con el fuego de arcabuz. Mientras eran cargadas estas pesadas y lentas armas, las escuadras de ballesteros hacían llover una cortina de dardos sobre los indios.

Pedro Ortiz, ballestero vecino de Sevilla, da su poder al Procurador de Causas Luis Hernández, vecino de Sevilla, ausente, para que cobre todas sus deudas y para llevar pleitos por ellas. Dado en Castilleja de la Cuesta, estando por ante las puertas de las casas de la morada de Martin de Alfaro1, jueves 20 de octubre de 1540. Pedro Ortiz firmó de su nombre. Testigos, otro Pedro Ortiz, vecino de Sevilla, y Juan de Santana, vecino de esta Villa.

1.- El viejo conquistador Martín de Alfaro —ampliamente documentado ya en nuestra historia— disfrutaba en esta década de los 40 de las tertulias que su amado capitán Hernán Cortés dispensaba en la casona de la Calle Real a sus camaradas y allegados. El que el ballestero haga su otorgamiento de poder en las puertas de sus casas indica algún vínculo especial con Alfaro, entendiéndose "las puertas" como un amplio zanjuán o espacio privado al que también se referían como "antepuerta".

Un año después, Diego Ortiz de Juanguren y su hermano Pedro tienen un serio problema con la administración del Conde, y con la del Concejo de la Villa en su nombre. Como hidalgos con poderío metidos a negociantes, sufren un castigo muy atenuado, justo para salvar las espaldas a los titulares de la gobernación de Castilleja de cara a la autoridad de la Villa de Olivares. Pero los temas de las sagradas rentas del Conde don Pedro, y en especial los muy productivos provenientes de la venta de la carne, eran sumamente delicados. Quizá fuera este asunto el primer disgusto serio que Castilleja de la Cuesta proporcionaba a su ahora dueño don Pedro de Guzmán.

El lunes 5 de septiembre de 1541, estando en la Cárcel de esta Villa los Alcalde Ordinarios Juan Verde y Antonio de Valencia, y estando presos Diego Ortiz y Pedro Ortiz, y Francisco de Carmona1, carnicero éste como principal deudor, y los otros como sus fiadores, obligados a pagar la dicha renta, los Alcaldes mandaron que estén presos en poder del Alguacil Juan Robledo hasta tanto paguen 6.450 maravedíes que deben al Concejo, y porque ellos están sin prisiones, los Alcaldes mandaron que en ningún tiempo salgan de la Cárcel, so pena de 2.000 maravedíes a cada uno para la Cámara de Su Señoría, y mas caer en pena de perjuros e infames. Los presos se obligaron a ello bajo juramento, firmando de sus nombres. Testigos, Juan Martin Haldón2, Juan Villada, Juan Robledo y Alonso de Trujillo.

1.- Originario del lugar de Camas.

2.- Se trata de Juan Martín Haldón el viejo. Su hijo, enfrentado a muerte con Diego Ortiz de Juanguren, será el protagonista de lo que sigue.

viernes, 4 de marzo de 2011

Los Juanguren y el espadero 7

Luego declaró el tío de las acusadas, nuestro viejo hacendado:

Testigo, Diego Ortiz de Juanguren, vecino de Sevilla en la collación de San Martin, testigo presentado por parte de Catalina y Beatriz. A la primera pregunta dijo que conoce a las dichas Catalina y Beatriz desde que nacieron, a Francisco Mejía que lo conoce desde que era niño de edad de 3 años poco más o menos, y conoció a Bernardo de Ulloa y a Leonor Ortiz su mujer, padres de las dichas, desde antes que el dicho Bernardo de Ulloa se casara con la dicha Leonor Ortiz hasta que falleció, y que asimismo conoce al dicho Juan Mejía, padre del dicho Francisco Mejía. Tiene 63 años de edad poco más o menos, y es tío de las dichas doña Catalina y doña Beatriz de Ulloa, hermano de la dicha Leonor Ortiz, madre de las sobredichas, y que por eso no dejará de decir verdad, como cristiano, y que venza quien tuviere justicia. A la segunda y tercera preguntas, que ha visto la dicha escritura de que en la pregunta se hace mención, y que a ella se remite. A la cuarta, que este testigo vio que por renunciación que el dicho Bernardo de Ulloa hizo al dicho Juan Mejía su hijo del dicho Oficio de escribano público de la dicha ciudad de Sevilla, el dicho Juan Mejía fue recibido al dicho Oficio, y este testigo se lo vió tener y poseer, y ser escribano público de la dicha ciudad de Sevilla algún tiempo. De la quinta pregunta, dijo que al tiempo que el dicho Juan Mejía hubo el dicho Oficio de su padre, los Oficios de los escribanos públicos valían muchos dineros, y el dicho Oficio era muy bueno y de los antiguos, y tenía muchos registros de los antecesores del dicho Bernardo de Ulloa, y por esta causa, por ser como era tan bueno, cree este testigo que valdría y podría valer los 1.000 ducados contenidos en la pregunta, poco más o menos. De la sexta dijo que después que Bernardo de Ulloa falleció, vio cómo los otros hijos y herederos del dicho Bernardo de Ulloa se metieron en todos los bienes que quedaron y fincaron, y así los han tenido y poseído todos, estando el dicho Juan Mejía en la dicha ciudad de Sevilla, y nunca vio ni oyó decir que el dicho Juan Mejía ni otra persona por él lo contradijese, sino siempre lo vio pertenecer y poseer como cosa suya propia, y así es y ha sido. De la séptima dijo que este testigo sabe y vió que después que Bernardo de Ulloa falleció, el dicho Juan Mejía estuvo y residió continuamente en la dicha ciudad de Sevilla y en casa de la dicha Leonor Ortiz y de sus otros hijos y herederos de Bernardo de Ulloa, el tiempo contenido en la pregunta poco más o menos, y nunca en todo el dicho tiempo el dicho Juan Mejía pidió ni demandó cosa alguna a los otros sus hermanos, hijos y herederos del dicho Bernardo de Ulloa, antes se los vió tener y poseer pacífica y quietamente, y este testigo vió cómo muchas veces el dicho Juan Mejía trataba y trató casamiento con la dicha doña Catalina, y consentía y decía que le diesen por casamiento toda la hacienda que había quedado del dicho Bernardo de Ulloa a la dicha doña Catalina, y que a la dicha doña Beatriz que la metiesen monja, y a Pedro de Ulloa, que era hombre que no había menester hacienda, y que así es público y notorio. De la octava, dijo que después de haber sido Juan Mejía escribano público de la dicha ciudad de Sevilla el tiempo contenido en la pregunta poco más o menos, vió cómo lo renunció en Juan de la Rentería, y por el dicho Oficio le dio y pagó Rentería 600 ducados, y así fue en aquel tiempo muy público y notorio, y que este testigo se acuerda que al tiempo y sazón que el dicho Bernardo de Ulloa casó con la dicha Leonor Ortiz, hermana de este testigo, estaban todos juntos y vivían y moraban una casa el dicho Juan Mejía y el dicho su padre, y que porque el dicho Juan Mejía se mudase y fuese de casa del dicho Bernardo de Ulloa a vivir y morar a otra parte, el dicho Bernardo de Ulloa le dió y pagó 30.000 maravedíes, y para habérselos de pagar echó un tributo al monasterio de Santo Domingo de Portaceli, extramuros de Sevilla. De la novena pregunta, dijo siéndole leído el memorial, dijo que tiene noticia y conocimiento de todos los bienes en dicho memorial contenidos, y sabe y vió cómo los dichos bienes la dicha Leonor Ortiz y sus dos hijas los tuvieron y poseyeron por suyos y como suyos por tiempo de más de 30 años a esta parte, y hasta que la dicha Leonor Ortiz falleció; y después sus hijas los tuvieron quieta y pacíficamente hasta que el dicho Francisco Mejía les puso demanda por ello. De la décima dijo que este testigo sabe y vió cómo la dicha Leonor Ortiz es fallecida, puede haber el tiempo contenido en la dicha pregunta poco más o menos, porque este testigo vio estar muerta y fallecida a la dicha Leonor Ortiz, y se halló a su enterramiento, y que no sabe si hizo testamento1, mas que las dichas doña Catalina y doña Beatriz de Ulloa son habidas y tenidas por hijas legítimas y naturales de la dicha Leonor Ortiz y de Bernardo de Ulloa, y por sus hijas legítimas se las vió criar y nombrar y tratar. De la onceava, dijo que no la sabe. De la doceava, que este testigo vió y conoció que al tiempo y sazón que el dicho Juan Mejía falleció, dejó por sus hijos y herederos a Bernardo de Ulloa, Gregorio Mejía, Francisco Mejía, Hernando Chacón, y a una hija que no se acuerda este testigo de su nombre. Y de la treceava pregunta, se ratificó en lo dicho. Firmó de su nombre y le fue encargado el secreto.

1.- No debía ser muy estrecha la relación entre los dos hermanos, cuando él no sabía siquiera si Leonor había hecho testamento.

A continuación, la declaración de un sobrino de Diego:

Testigo, Pedro Ortiz, vecino de Sevilla en la collación de Santa María en la calle de Catalanes1 y morador en esta Villa de Castilleja de la Cuesta [donde fue escribano público una temporada], testigo presentado por Catalina y Beatriz. Dijo que conoce a las dichas y a Francisco Mejía de más de 30 años a esta parte, y conoció a Bernardo de Ulloa y a Leonor Ortiz, y conoció a Juan Mejía, padre del dicho Francisco Mejía, de más de 40 años. Es de edad de 58 años poco más o menos, y es primo hermano de las dichas doña Catalina y doña Beatriz de Ulloa, porque la madre de este testigo y Leonor Ortiz, madre de las dichas, eran hermanas, y que por eso no dejará de decir verdad, como cristiano, y que venza quien tuviere justicia. Dice que vio la escritura de renunciación contenida en la segunda pregunta. Dice que vio también la escritura que Juan Mejía otorgó a su padre Bernardo de Ulloa. Dice que sabe que Bernardo de Ulloa, siendo escribano público de Sevilla, renunció dicho oficio en Juan Mejía su hijo, y este testigo vio la renunciación, y que después vio como el dicho Juan Mejía usó durante mucho tiempo el dicho Oficio de escribano público de Sevilla hasta que lo vendió a Juan de la Rentería, y asimismo que Bernardo de Ulloa dio a Juan Mejía mucha cantidad de bienes, porque el dicho Juan Mejía otorgase la escritura de renunciación, y lo sabe por haberlo oido decir a Bernardo de Ulloa y porque es público y notorio. Dice que cuando murió Bernardo de Ulloa valía más el Oficio de escribano público que dio a Juan Mejía, y los dineros y bienes que asimismo le dio, y otros gastos que asimismo hizo con el dicho Juan Mejía. De la sexta pregunta dijo que vio cómo Juan Mejía ratificó las escrituras de renunciación que había hecho a Bernardo de Ulloa, después de su muerte, y asimismo que después de fallecido, los otros hijos y herederos del dicho Bernardo de Ulloa se metieron en todos los bienes y hacienda que quedaron y fincaron, y nunca lo contradijo el dicho Juan Mejía, aunque estaba y residía en la ciudad de Sevilla hasta que falleció, y este testigo vio la escritura de ratificación que Juan Mejía hizo, y siendo vivo éste, este testigo le oyó decir muchas veces cómo estaba pagado de toda la legítima de su padre y madre, aunque tenía dineros demasiados antes que no de menos. De la séptima dijo que vio que Juan Mejía, después de la muerte de su padre, vivió y moró en Sevilla hasta que falleció, y que al parecer de este testigo viviría el tiempo contenido en la pregunta, y todo este tiempo los otros hermanos, hijos y herederos de Bernardo de Ulloa, juntamente con la viuda Leonor Ortiz, tuvieron y poseyeron todos los bienes que quedaron del dicho Bernardo de Ulloa, quieta y pacíficamente, sin que Juan Mejía u otro por él demandase cosa alguna de dichos bienes, y que si hubiesen demandado algo este testigo lo habría sabido, por el mucho trato y comunicación y conversación que tuvo con dicho Juan Mejía. Dice que sabe que Juan Mejía vendió el Oficio a Juan de la Rentería por el precio contenido en la pregunta poco más o menos, porque era Oficio antiguo y tenía muchos registros, y después de venderlo vio que Juan Mejía compró en el lugar de Gerena casas y tierras para sembrar, y muy buena hacienda, que hoy día la posee Hernando Chacón y su madre y otras personas, y que vale muchos dineros. De la novena, siéndole leído el memorial, dijo que tiene noticia de los bienes contenidos en él, porque este testigo, como dicho tiene, vio a Leonor Ortiz y a sus dos hijas poseer y tener dichos bienes, por más de 40 años, hasta que Leonor Ortiz falleció, y después vio cómo las hijas los tuvieron quieta y pacíficamente hasta que el dicho Francisco Mejía les movió este pleito. De la décima, que puede haber 3 años que Leonor Ortiz falleció, y lo sabe porque se halló a su enterramiento. De la onceava dijo que no conoce a la dicha Isabel de Cáceres ni a sus hijos y nietos en la pregunta contenidos, mas que siendo vivo Bernardo de Ulloa, este testigo le oyó decir cómo había traído pleito con los contenidos en la pregunta, y que les había pagado lo que les pertenecía de los bienes y herencia de la dicha Isabel de Cáceres. De la doceava pregunta dijo que este testigo se acuerda que cuando dicho Juan Mejía falleció dejó por sus hijos y herederos a Bernardo de Ulloa, Gregorio Mejía, Francisco Mejía y Hernando Chacón. De la treceava, se ratificó en lo dicho y firmó de su nombre, siéndole encargado el secreto.

1.- Calle de Catalanes, hoy Carlos Cañal y Albareda. Nombrada así por los naturales de Cataluña que residían en ella desde el siglo XIV, en tiempos de Pedro Ortiz la calle sufría las consecuencias de un caño de aguas residuales que iba desde el convento de San Francisco hasta la laguna de La Pajería, donde desaguaba, originando multitud de denuncias y quejas de los vecinos. En contraste, fue una de las primeras en ser pavimentada de ladrillos.

Sigue la deposición de una anciana, suegra de otro Ortiz:

Testigo, Ana Sanchez, viuda de Alonso Hernandez del Castillo, vecina de Sevilla y moradora en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, en casa de Juana Ramírez su hija, mujer de Pedro Ortiz [ver infra]. Conoce a Catalina, a Beatriz y a Francisco Mejía desde que nacieron, y conoció a Bernardo de Ulloa y a Leonor Ortiz su mujer, y a Juan Mejía su hijo, difuntos, de más de 40 años a esta parte. Es de edad de 63 años y no le tocan las Generales. De la segunda pregunta, dijo que se acuerda haber visto la escritura de renunciación, y que lo contenido en la pregunta es público y notorio. De la tercera, se remite a dicha escritura. De la cuarta, que vio tener y poseer al dicho Juan Mejía el Oficio de escribano público de Sevilla que fue de su padre, aunque no se acuerda durante cuanto tiempo. Dice que oyó decir a Bernardo de Ulloa que había gastado muchos maravedíes con su hijo el dicho Juan Mejía, y que había echado un tributo de 3.000 maravedíes por 30.000 maravedíes, para dar al dicho Juan Mejía. De la sexta, dijo que cuando Bernardo de Ulloa murió, sus hijos, hermanos de Juan Mejía, entraron en todos los bienes que quedaron, y esta testigo se los vio tener a ellos y a la viuda su madre, viéndolo y sabiéndolo Juan Mejía porque estaba y residía en la ciudad de Sevilla, y esta testigo lo vio entrar y salir muchas veces en casa de la dicha Leonor Ortiz. De la séptima, que Juan Mejía vivio en Sevilla hasta su fallecimiento, y que sus hermanos y madrastra1 tenían los bienes de Bernardo de Ulloa, y nunca oyó decir que Juan Mejía los demandase, siendo todo público y notorio. De la octava, que después de fallecido Bernardo de Ulloa, su hijo Juan Mejía vendió el Oficio de escribano, y después vio y supo cómo compró muchos bienes raíces y heredades, y que antes de vender el Oficio no poseía heredades ni esta testigo oyó decir que tuviese bienes algunos, sino el dicho Oficio2. De la novena, siéndole mostrado y leído el dicho memorial que (dos líneas en blanco). De la novena (sic), siéndole leído el dicho memorial, dijo que tiene noticia y conocimiento de los bienes en él contenidos, y que esta testigo se los vio tener y poseer a Leonor Ortiz y a sus dos hijas, teniendo la dicha Leonor Ortiz en su poder a las sobredichas Catalina y Beatriz, y vio que tuvieron los bienes por mas de 20 y de 30 años, hasta que Leonor Ortiz falleció, y después los tuvieron sus hijas quieta y pacíficamente hasta que el dicho Francisco Mejía les puso demanda. De la décima, dijo que Leonor Ortiz falleció hace el tiempo contenido en la pregunta, y que se remite al testamento que hizo. De la onceava dijo que no conoció a Isabel de Cáceres mas que fue público y notorio que fue mujer del dicho Bernardo de Ulloa, y que después de casado el dicho Bernardo de Ulloa con Leonor Ortiz oyó decir esta testigo muchas veces que los herederos de la dicha Isabel de Cáceres le habían puesto pleito, y le pedían los bienes y herencia de la dicha Isabel de Cáceres. De la doceava, que esta testigo se acuerda y vio que al tiempo que dicho Juan Mejía falleció dejó por sus hijos y universales herederos a Bernardo de Ulloa, Gregorio Mejía, Francisco Mejía, Isabel de Cáceres y a Hernando Chacón. De la treceava, que se ratificaba, y que no sabe escribir, y le fue encargado el secreto.

1.- De nuevo a Juan Mejía se le hace hijo de otra mujer, y no de Leonor Ortiz, que en la ocasión pasa a ser "su madrastra". Pero en la duda, y como quiera que constantemente se habla de "sus hermanos" en referencia a los hijos de Leonor, esperemos a alguna aclaración en futuras pesquisas en los archivos.

2.- Así se explica que se enfrentara a su propio padre por un alojamiento; debía estar prácticamente en la calle, con su esposa y cargado de hijos, cuando no encontró otra salida que "embutirlos" a todos en el hogar paterno. Hay que añadir su rápida conversión en terrateniente en Gerena, su muerte prematura, y el desparpajo con que dicta y dispone de las vidas de sus ¿hermanastros?: Beatriz para monja, con un poco de los bienes, a Pedro de Ulloa nada, porque no lo necesita ... , para que se nos presente como un personaje un tanto extraño.

Testigo, la dicha Juana Ramírez, mujer del dicho Pedro Ortiz, difunto que Dios haya1, vecina de Sevilla y moradora en esta Villa de Castilleja de la Cuesta. Conoce a Catalina, Beatriz y Francisco Mejía de más de 25 años a esta parte, y conoció a Bernardo de Ulloa, Leonor Ortiz y Juan Mejía, que son fallecidos. Dijo que es de edad de 50 años poco más o menos, y que no le empecen las Generales. De la segunda dijo que la sabe porque esta testigo se halló presente al tiempo que Juan Mejía renunció todos los bienes y herencia de su padre Bernardo de Ulloa. De la tercera, se remite a lo dicho en la segunda. De la cuarta, dijo que vio y se acuerda que el tiempo que Juan Mejía otogó las escrituras en las preguntas anteriores contenidas, de la renunciación, fue de concierto entre él y su padre que para que el dicho Juan Mejía otorgase la dicha escritura, el dicho Bernardo de Ulloa renunciaría en él el Oficio de escribano, y después esta testigo vio cómo Juan Mejía fue recibido como escribano público de la dicha ciudad de Sevilla, en lugar de su padre, y esta testigo le vio usar dicho Oficio, y fue público y notorio que Bernardo de Ulloa, además del dicho Oficio dio otros muchos bienes a su hijo Juan Mejía. De la quinta, dijo que cuando Bernardo de Ulloa renunció en su hijo dicho Oficio, este valdría los 1.000 ducados contenidos en la pregunta, o poco menos, porque era muy bueno y de los antiguos, y que esta testigo oyó muchas veces quejarse al dicho Bernardo de Ulloa del dicho Juan Mejía, diciendo que le echaba a perder, y que todo cuanto ganaba le llevaba ... , y que en dicho tiempo se decía muy públicamente que el dicho Bernardo de Ulloa andaba muy alcanzado por causa de los gastos que hacía con dicho Juan Mejía su hijo. De la sexta dijo que después que Bernardo de Ulloa falleciese, Juan Mejía su hijo nunca pidió ni demandó a la dicha Leonor Ortiz ni a los otros sus hermanos y hermanas que fueron herederos del dicho Bernardo de Ulloa, cosa alguna de los bienes de la herencia, y que estando residiendo Juan Mejía en Sevilla, los otros herederos y Leonor Ortiz se entraron en dichos bienes. De la séptima, que vio cómo después de fallecido el dicho Bernardo de Ulloa, su hijo Juan Mejía estuvo y residió en Sevilla continuamente más de 15 años, hasta que falleció, y en ese tiempo Leonor Ortiz y sus hijos herederos poseyeron los bienes sin contradición de Juan Mejía. De la octava dijo que después de haber tenido mucho tiempo Juan Mejía el Oficio de escribano, lo vendió a un Juan de Rentería por mucha suma de maravedíes, y que con ellos había comprado tierras de pan sembrar y otras heredades en el lugar de Gerena, y esto fue público y notorio, y que ha oido decir que dichas tierras son muy buenas y que valen muchos maravedíes, pero que no sabe cuantos. De la novena dijo que tiene noticia de los bienes contenidos en el memorial que se le leyó, y sabe que los han tenido Leonor Ortiz y sus hijas, hasta que la primera falleció, y después los tuvieron sus hijas quieta y pacíficamente hasta que Francisco Mejía los demandó. A la décima, que la sabe porque esta testigo ... el testamento de la dicha Leonor Ortiz. De la onceava, que no la sabe. De la doceava, que sabe y se acuerda que al tiempo que Juan Mejía falleció, dejó por hijos y herederos a Gregorio Mejía, Bernardo de Ulloa, Francisco Mejía, Isabel, y Hernando Chacón. De la treceava, dijo lo que dicho tiene, y que además se acuerda esta testigo que cuando Bernardo de Ulloa renunció el Oficio de escribano en su hijo Juan Mejía, éste prometió de dar y pagar a los herederos del dicho Bernardo de Ulloa su padre 50.000 maravedíes, y le dio en prenda de los dichos 50.000 maravedíes una esclava negra que no se acuerda cómo se decía, y ciertas prendas, las cuales dichas prendas esta testigo oyó quejarse muchas veces a la dicha Leonor Ortiz cómo el dicho Juan Mejía se había llevado dichas prendas y nunca le había pagado los dichos 50.000 maravedíes, y que le ... en traspaso diciendo que se lo pagaría en trigo, y que en uno ni en otro se los pagó. Y dijo que no sabía escribir, y le fue encargado el secreto.

1.- Este Pedro Ortiz, difunto, tiene que ser el hermano de Diego que litigó con las autoridades del almojarifazgo del vino de Sevilla, visto en el capítulo anterior. Pero recordemos lo dicho en el capítulo 2 de esta serie sobre los Juanguren: A todo este grupo [de pasajeros a Indias] acompañaba en el periplo Francisca Ortiz, vecina y natural de Sevilla, soltera e hija de Pedro Ortiz de Juanguren y de Juana Ramírez. Año de 1555.
¿Marchaba con su primo hermano Íñigo Ortiz de Juanguren, en la misma nao "Nuestra Señora del Rosario"?

Y como colofón de este asunto y necesaria referencia cronológica, porque ignoramos la fecha del pleito de los Ulloa, diremos que Bernardo de Ulloa ejerció entre 1507 y 1515; su hijo Juan Mejía entre 1517 y 1522, y Juan de la Rentería entre 1523 y 1544. Consta además un Pedro de la Rentería, que imaginamos hijo de este último, entre 1544 y 1546. Todos ellos en la ciudad de Sevilla.

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