viernes, 18 de marzo de 2011

Los Juanguren y el espadero 10

Por la mañana y sin que el viejo hidalgo tuviera que esforzarse en mover ni un dedo, ya, por las apresuradas gestiones de su familia, todo estaba planificado y en marcha. A primera hora, dos criados, —jinetes suicidas porque a pesar de la escasa luz, del profundo barrizal y de la pendiente de la cárcava de Guía, llegaron a Sevilla en diez minutos—, recalando ruidosamente para alarma de los vecinos en las casas de los Juanguren sevillanos comunicaron las malas nuevas de lo acontecido al patriarca.
Desde una ventana de su casa, Alonso Rodriguez de Triana y Ana de Tovar* los habían visto salir cruzando la Plaza entre gritos de jaleo a las caballerías, e imaginaron a dónde y a qué iban. Se conocía en Castilleja que el dueño de la Villa don Pedro de Guzmán estaba en Sevilla, exactamente en los Reales Alcázares, de donde era Alcaide por don de Carlos V, y el matrimonio que custodiaba a Haldón supo que el pobre loco tenía todas las de perder, porque el juego se iba a desarrollar entre "los de arriba" y sin intervención del Concejo del pueblo.
Ana estaba agotada y necesitaba descanso tras la larga noche de tensión y vigilia. Se echó en la cama todavía tibia y fulminantemente cayó sobre sí. En segundos vió en el interior de sus párpados, sobre un fondo de luz clara, algo pequeño y ocuro que descendía, y de inmediato fundiéndose con aquella imagen, su propia cara cuando, adolescente, empezaba a comprender el mundo en su Castilleja del Campo natal. Luego quedó profundamente dormida, confiada en la cercanía y amparo de su marido.
El cual, suspicaz a pesar del cariño que le profesaba, no había podido evitar cierto sentimiento de aprehensión cuando la embarazada le solicitó dejarla dormir unas horas. Alonso se reprochó a sí mismo tal pensamiento, y elucubró sobre la carga tan agobiante que es para un pobre trabajador mantener a alguien improductivo. Mientras trajinaba en el corral con el pestífero cieno de excrementos con que la docena de gallinas que poseía habían tapizado el gallinero, pensó que los ricos no tenían tal clase de problemas, y podían dejar a sus mujeres dormir cuanto quisieran. Pero él no era rico. Pertenecía a la clase de los que se ganan el pan luchando a diario. En cierto momento de lucidez envidió a los Juanguren, pensando que por gente así los miserables del mundo habían sido puestos en marcha como muñecos mecánicos para sostener el nivel de vida de aquellos señores y que, como un sistema autónomo ya imparable, la masa laboral se inducía a sí misma a seguir, impulsada por sus propias fuerzas internas. Ningún pobre, por pura necesidad, podía tolerar a su lado a un parásito, pero la verdad era que los excedentes de su trabajo daban a los poderosos vidas regaladas y llenas de lujos. Recordó a su padre, cuando a voces lo despertaba para ir al tajo, o cuando incluso por medio del palo lo obligaba a colaborar en el sostenimiento de la familia, y dejó su mente divagar sobre los orígenes de aquella situación. Acaso en los tiempos antiquísimos de las gentes que habitaron Valencina del Alcor alguien encontró la fórmula para poner en marcha todo aquel sistema, en él cual él ahora era parte ínfima y oprimida.
Prueba fehaciente de que las reflexiones de Alonso Rodriguez no iban descaminadas se vivían en Castilleja en aquellos días. Esta vez, en que el supuesto agresor era un desheredado y el no menos supuesto agredido un hidalgo, hasta el Conde se involucraba. Pero cuando en 1557 —dos años después— el agredido fue Juan de Vega, tan Alcalde Ordinario entonces como Juanguren ahora pero otro ganapán analfabeto al fin y al cabo, que no sabía ni firmar sus autos, y los agresores fueron los hacendados Franco, gente hasta con capilla propia en la catedral de Sevilla, la justicia brilló por su ausencia.**
El Alguacil se asomó al dormitorio, y vio que Ana de Tovar dormía tranquila, respirando profunda y acompasadamente; cuando llamaron a la puerta se encontró con que era la mujer de Juan Haldón, Catalina, que le traía a éste de comer y vestir.
La mujer del preso había dejado a Leonorcita con una vecina. Cuando entró en el lóbrego cuartucho y se encaró con su marido, al ver su estado sintió un odio que golpeó en su interior como una explosión silenciosa. Ya lo habían hecho —se dijo—, ya las fuerzas de la envidia y el miedo habían inventado al culpable. Se iban a cebar en su esposo, para demostrar a los cuatro vientos que eran invencibles, crueles y deshumanizados.
Durante todo esto, y mientras en Sevilla los familiares de Diego, detalladamente informados, se aprestaban a formalizar la denuncia ante la más alta instancia, al otro lado de la Plaza Hernando Jayán, desde muy temprano al tanto de lo ocurrido, y como el otro Alcalde Ordinario que era, (de los dos que anualmente se nombraban), y compadre del maltrecho Diego por añadidura, también se dispuso a forzar la balanza al lado que más le convenía. Dió muy temprano, mientras se vestía recién salido del lecho, el visto bueno —porque no tenía otro remedio— para que el preso pudiera ser visitado por sus allegados, y una vez adecentado y tras besuquear a modo a su Melchora y dirigir a su esposa una mirada de agradecimiento***, fué a la hacienda del viejo Diego, sin olvidarse de recoger en el camino a Juan Vizcaíno, el probo escribano que atendía a la localidad.
Resaltemos que, dos días antes, el hogar del dicho escribano se había visto bendecido con el nacimiento de un Juanito****, por lo que era explicable que el amanuense fuera con Jayán canturreando a pesar de la desapacibilidad del día y del trabajo que le esperaba, los dos recientes padres con las mismas ideas felices en común. Para terminar esta especie de crónica de natalicios hay que dejar constancia del nacimiento de una nieta***** de Diego Ortiz, que alivió un poco los pesares que este 1555 le deparaban. Se la dieron su hijo del mismo nombre, Diego Ortiz, y Bernardina de Sagredo, que pronto y en violenta circunstancia había de quedar viuda.

* El Alguacil y Carcelero Alonso Rodriguez de Triana era hijo de otro Alonso Rodriguez de Triana, de pura cepa alixareña a pesar de lo que por su apellido pudiera suponerse. Este Alonso natural de esta Villa fué firmante de una de las Cartas de Obligación que otorgaron en común los habitantes de Castilleja el 1 de mayo de 1514 a instancias del Comisionado Ochoa de Isázaga, obligaciones por las cuales reconocían el tributo a pagar a la Orden del Señor Santiago por las posesiones —casas o tierras— que disfrutaban en nuestra Villa. Ochoa de Isázaga fue, además de caballero de la Orden santiaguista, Juez y Factor de la Casa de la Contratación, y residía en Sevilla; a requerimiento del rey Fernando, Administrador de la Orden, dispuso de ocho días, desde el miércoles 26 de abril, para recolectar las dichas Cartas de Obligación, con un salario de 230 maravedíes diarios, que encima habrían de pagar los castillejanos.
Convocados todos ellos en la Plaza —la mitad de la ceremonia hubo de efectuarse en el interior de la Iglesia de Santiago, debido al mal tiempo— Ochoa de Isázaga recibió de Alonso de Esquivel, entonces Comendador de la Orden en nuestra Villa, el libro donde estaban registrados todos los propietarios, y el Comisionado procedió a repartir las Cartas de tributos. Cuando le tocó el turno a Alonso Rodriguez de Triana declaró ser dueño de una aranzada y media de viñas (que le supuso 57 maravedíes de tributo) y de una casa y dos tercios de otra (con 20 maravedíes).
Entre otros firmantes, Bernardo de Ulloa, vecino de Sevilla en la collación de San Marcos, con 11,16 aranzadas de viña (446 maravedíes) y un suelo de casa (12 maravedíes); y el omnipresente Diego Ortiz de Juanguren, vecino de Sevilla en la collación de San Salvador, con 13,66 aranzadas de viñas (546 maravedíes) y dos casas y un cuarto de otra (27 maravedíes).
El Libro de Heredados en Castilleja constituía por sí un Padrón bastante completo, que nos ofrece la oportunidad de conocer a los castillejenses en tan temprana época como es este año de 1514. Eran los que en el capítulo siguiente vamos a conocer.
En cuanto a Ana de Tovar, nació en Castilleja del Campo y allí la conoció su ahora marido, cuando era una mocita que ya apuntaba la belleza y buena disposición que la caracterizaría durante toda su vida.

** Recordemos en "Los esclavos 19" —entrada de febrero de 2009—: Testigo, Ana de Tovar, mujer de Alonso Rodriguez de Triana, vecina de esta Villa, presentada por el dicho Juan de Vega, que juró en forma de derecho, y siéndole preguntado por el contenido de la querella, dijo que lo que sabe es que, estando esta testigo en el portal de Juana y su hermana, que es frontero de la casa donde vive el dicho Rodrigo Franco, oyó a la puerta del dicho Rodrigo Franco decir a un hombre que no sabe quien, y dijo: "anda, para, borracho", y en esto esta testigo salió a la puerta a ver quién era y vió estar a Rodrigo Franco y a Alonso Franco y a los dichos dos esclavos del dicho Rodrigo Franco, todos cuatro encima del dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, y que todos cuatro le estaban dando de puñadas y estirándole de los cabellos y de las barbas y tratándolo muy mal, y el dicho Juan de Vega, Alcalde Ordinario, daba gritos y voces diciendo: "¡acuda gente, que me matan!" (junio de 1557).
La mujer de Alonso tuvo oportunidad, en el espacio de dos años, de comprobar las dos varas de medir usadas por la Justicia en Castilleja.

*** El domingo 10 de marzo de 1555 bautizó Rodrigo de Cieza a Melchora, hija de Hernando Jayán y de Luisa de Briones. Fueron sus compadres el dicho beneficiado, Diego Ortiz de Juanguren, Luis Ortiz y su mujer Francisca de Padilla. Sobre estos Luis y Francisca nos espera una excepcional historia.

****El domingo 27 de octubre de 1555 bautizó Rodrigo de Cieza a Juan, hijo de Juan Vizcaíno y de Maria de Trujillo. Fueron sus compadres Martin de Alfaro y su mujer doña Aldara Vaca, y Juan Sanchez Delgado y su mujer doña Mayor de Alfaro (hermana del dicho Martín de Alfaro).

***** El domingo 5 de mayo de 1555 bautizó Rodrigo de Cieza a Beatriz, hija de Diego Ortiz y de Bernardina de Sagredo. Fueron sus compadres Íñigo Ortiz y su mujer Luisa de Rojas, Antón Lopez y Juan Sanchez Delgado.


"Hernando Jayán, mi vasallo, vecino de mi Villa de Castilleja de la Cuesta, sabed que he sido informado que Juan Haldón, mi vasallo de esa Villa, preso por la razón que es pública en esa Villa, ha hecho desacato y menosprecio de la Justicia, y hay juicio de muchos testigos de muchas cosas dignas de punición y castigo, y porque es justicia que los males y delitos sean castigados, porque a otros hagan ejemplo, yo os mando que hagáis información de lo que ha pasado con Diego Ortiz, Alcalde de la dicha mi Villa, sobre reprenderle sus malas palabras y costumbres, y también sobre los procesos criminales e informaciones que contra él se han hecho en esa Villa hasta ahora, y todo lo acumulado, y proceder contra él con consejo de asesor, condenándolo a las penas en derecho establecidas conforme a sus delitos, las cuales ejecutad en su persona y bienes conforme de justicia, y hacedlo tener preso a buen recaudo y no déis suelto ni en fiado, y mirad que me habéis de dar cuenta cumplida, lo cual todo y para cada una cosa de lo que dicho es os doy mi poder cumplido, con sus incidencias y dependencias y anexidades y conexidades, fecha en Sevilla a 29 de octubre de 1555", decía la Requisitoria que el Conde de Olivares mandó redactar, temprano en el Alcázar, y que, tan raúdos como habían ido, los dos criados trajeron al pueblo, a manos de quienes se habían reunido en la hacienda del anciano.
—¡Para vos, señor Hernando Jayán! —entonó con teatralidad, creído de la importancia de su misión, uno de los recién llegados con barro hasta las cejas, tendiendo al Alcalde Ordinario un papelote enrollado.
Éste se incorporó de la silla en la que, junto a la cama de Diego Ortiz, recibía instrucciones. Estaban en un espacioso dormitorio, en cuya lujosa cama el viejo también alzó la cabeza, con gesto de dolor pero con gran interés. Los demás presentes guardaron un silencio total.
Jayán leyó el escrito con el ceño fruncido, musitando las frases de trazos rápidos y seguros del notario del Conde. Cuando hubo terminado adivinó cómo habían cargado las tintas los denunciantes, cómo el mísero cazador de zorzales se iba a convertir en el chivo expiatorio de todos los ganapanes que osaran de entonces en adelante rebelarse contra la autoridad. En efecto, don Pedro había tenido muy mucho en cuenta que el querellante era no sólo Alcalde de una de sus posesiones, sino un Ortiz de Juanguren.
Hernando Jayán en el fondo se alegró, aunque las causas iban más allá de la reyerta nocturna que había puesto en jaque a la autoridad del pueblo, y tenían más que ver con la simple envidia, a pesar de que el ahora encarcelado, como ya sabemos, no tenía donde caerse muerto. Y era que Juan Martín Haldón, uno de esos raros especímenes que se envuelven en un aura magnética poco habitual, poseía lo que hoy en día conocemos como "personalidad". Siempre y en todo lugar hacía sentir su presencia por el solo hecho de estar presente, aunque se mantuviera mudo y en silencio. Su aspecto físico ya en sí era diferente, e incluso sin que su vestuario destacara en nada sobre los de los demás de su clase, quizá por el despliegue de una panoplia de casi imperceptibles gestos y ademanes que, acaso porque brotaban desde la más pura naturalidad, lograban en cuantos lo trataban el efecto que hemos apuntado. Era además, ya desde la veintena de su edad, un filósofo nato, con unos momentos de lucidez que dejaban en vilo a sus interlocutores, y en lo que respecta al sexo femenino, todos sabían o intuían que ejercía sobre las mujeres una fascinación absoluta. Por lo demás, tenía un cerebro de músico improvisador que le permitía sostener y animar una fiesta durante largas horas por sí sólo, cantando o con algún instrumento apropiado; y estaba dotado con una nobleza de sentimientos que afloraba a la menor oportunidad.
Entre los vecinos y moradores de Castilleja, villa desde siempre abundante en mentalidades mezquinas y escasas inteligencias que matrimoniaban con caras animalescas y cuerpos torvos y deformes, debía parecer Juan Martín Haldón una antorcha luminosa.

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