domingo, 13 de marzo de 2011

Los Juanguren y el espadero 9

Juan Haldón el mozo no durmió aquella noche. Muy poco lo hicieron Alonso Rodriguez de Triana y su mujer, Ana de Tovar, pendientes desde su cama de cualquier sonido en la otra habitación donde el preso, de cuando en cuando, gemía, resollaba, lloraba o murmuraba algunas palabras ininteligibles. Además el matrimonio se había acostado tarde, después de acondicionar con toda solicitud un jergón al joven para aliviarlo de la presión de la telera del grueso cepo de madera de pino, de la frialdad de los grillos de hierro mohoso y sobre todo, del doloroso efecto de los golpes que le llovieron menudeando sobre rostro y cuerpo durante su detención y luego incluso en la propia cárcel; ya lo habían sometido a una cura improvisada con lo poco que tenían a mano.
Ana, ayudada por su marido, se introdujo en la cama trabajosamente debido al gran volumen de su vientre, que albergaba un feto ya casi a punto de ser expulsado. Pero ello no era óbice para que la hermosa y noble mujer se preocupara en cuerpo y alma del desgraciado prisionero, antes al contrario: dado que Haldón había sido padre recientemente de una niñita —llamada Leonor, Leonorcita—, a la que ella misma cuidaba en ocasiones merced a la amistad que unía a las dos familias, el afecto que sentía por el encarcelado se había acrecentado.
Ahora, todo estaba confabulado por manos del destino para que la desgracia se abatiera sobre ellos.
Su marido era este año de 1555 Alguacil de la Villa por nombramiento ineludible del Alcalde Mayor del Estado de Guzmán, lo cual conllevaba que una de las habitaciones de su propia casa debía ser adaptada como calabozo, puesto que la Villa todavía no disponía de Cárcel propia. Además, Haldón estaba padeciendo uno de esos episodios de insanidad que tan conocidos eran entre las gentes de Castilleja, y por el cual ahora se encontraba encadenado.
La noche del lunes 28 de octubre al martes 29, del dicho año de 1555, fué cambiante y fantasmagórica sobre las lomas onduladas del Aljarafe. Entre las oquedades informes de los apelotonamientos de nubes de plata, una redonda luna llena navegaba etérea e irreal. Luego se levantó viento y se formaron efímeras tormentas en las alturas. Fuera de la casa de Alonso y Ana se podían oír, de vez en cuando, el intermitente fragor de algún aguacero ocasional, y un potente ladrido de can —el de su vecino Juan de Torres—, como escandalizado del alboroto que se había producido en el pueblecito hasta altas horas de la madrugada. Luego calló el perro, pero su voz fué sustituída por la de lejanos truenos que, esporádicamente y anuciándose con un resplandor lívido e instantáneo, duraron casi hasta el gris amanecer, aunque la lluvia había cesado desde horas antes.
Juan Martín Haldón, el preso, vivió todo aquel episodio como lo viven los dementes cuando les sobreviene un acceso psicótico; pero la sola presencia de la bella esposa del Alguacil compensaba en su mente delirante todo lo padecido; era aquella angelical persona, además de quien con exquisita delicadez le limpiaba cara y barbas, llenas de sangre y barro, la que durante meses atrás mecía a su hijita del alma arrullándola con tiernas canciones, cuando su propia esposa, atareada, no podía hacerlo.
Con sus primeros balbuceos, Leonorcita aprendió de Ana de Tovar, en plena etapa de ecolalia, una palabra que a los oidos de su padre significó mucho más de lo que aquella criaturita sería capaz de imaginar a lo largo de su vida: cuando la farfulló la primera vez, Juan Martin Haldón se sintió importante y, como una contestación en su interior, otra voz le ordenó tomar sus herramientas y salir a trabajar: ahora tenía la gloriosa misión de dar vida a un nuevo ser, para que el mundo siguiera funcionando en perfecta obediencia de las leyes eternas e inmutables. De manera que, con una euforia suave, pero amplia y desbordante, salió de su casa, sonriente, y marchó a lo largo del pueblo, hasta un sendero de Las Escaleras que abocaba al Camino Real de Salteras; llegado a cierto punto, detúvose y preparó sus chifles, pendiente de las ramas de unas higueras, ya en Valencina, a la espera de que se viniesen a recoger los zorzales que dormían en aquella arboleda. Ya sus cantos, y los de las otras aves, había perdido para él sonoridad y timbre, tras oir los de su hija con el primer "papa". Se sentó al borde del camino, feliz y exultante, mientras en el cielo hacia Aznalcóllar, crecía una muralla de nubes de todos los tonos y matices grises y en las cumbres, de pálidos anaranjamientos y suaves rosáceos; entonces, al caer la tarde, se formó el milagro anual que el otoño desplegaba como objetivando la parte más sensible y pura del alma humana: gigantescas columnas alzándose imponentes en el espacio, hacia el sur, doradas por el sol poniente; garabatos gigantescos en occidente, cabezas de blancuzcos tiburones con las fauces abiertas y sangrantes, mantones lejanos bordados con algodón de luz...
Juan Haldón quedó en vilo, embelesado, puesto de pie por la excitación que tanta belleza luminosa producía en su espíritu, oteando los cuatro puntos cardinales, sorprendido a cada giro por un espectáculo todavía más hermoso que el anterior.
No cazó nada. Pero seguía en paz consigo mismo. Regresó al pueblo mientras la noche cuajaba entre los frondosos pámpanos, ya muchos de ellos vendimiados de sus rotundos racimos. Selene, llena, lo saludó con su beso helado en el primer callejón, silencioso y batido por encharcadas rodaduras de carretas, cuyas largas hendiduras espejeantes reflejaban las emergencias lunares, y cruzado por negros gatos clandestinos, de ojos brillando en cada salto. Vislumbró luz de candil en un humilde despacho de vino, y se creyó merecedor de medio cuartillo.

Diego Ortiz de Juanguren no dormía mejor que Juan el preso y que sus cuidadores Ana y Alonso. Cantaba una lechuza campanera en la torre de la iglesia entre chaparrón y chubasco, y su graznido monótono, mecánico, se colaba en la estancia, como si el animal se encontrara en la cabecera de su cama. Primero golpes de luna y luego de relámpagos iluminaban el rostro del viejo Diego, hinchado y dolorido en varias partes, aunque su sangre hidalga no había llegado a aflorar. Debido a los brutales tirones de la pelea, le dolía mucho el nacimiento de la barba en toda la zona mandibular, como si cada raíz de cada pelo ardiese dentro de la piel; estaba, por descontado, muy cansado, con el agotamiento propio de quien, a su edad, se somete a un ejercicio violento, tanto física como psicológicamente. Su cabeza era un hervidero de moscones y zumbidos y, como los nubarrones que cubrían el cielo de aquella noche, nefastas ideas se encadenaban en ella sin que pudiera desembarazárselas.
Era muy tarde cuando intentó dormir, tras recibir las atenciones de sus hijos y de su primo. Hasta la odiosa nuera, Luisa de Rojas, había acudido al pie de la cama, mirando en silencio mientras le acercaban la cuchara con el en aquella circunstancia intragable caldo de pollo, aunque reconfortante en otras tesituras, que apresuradamente aprestó su siervo el portugués lagartijoide degollando un capón tomatero con completa habilidad.
Hacía pocos días que el marido de aquella desagradable indiana, su querido hijo Íñigo, había partido al Perú. Sentía su falta, lo echaba terriblemente de menos. Ahora, con su ausencia, se había acabado de convencer de que era el mejor hijo que tenía, el sobresaliente entre todos los demás en condiciones humanas, en sinceridad y en amor filial. Pero aquella extraña mujer con su aire entre hosco y digno, que aparentaba saber de todo y que lo trataba con frialdad casi despreciativa, era otro factor para que en las últimas semanas se encontrara desasosegado, ansioso e irrascible.
Luego estaba la obligación de llevar la Alcaldía del pueblo, que le había tocado aquel nefasto año de 1555, con sus asfixiantes compromisos, el tiempo que aquel nombramiento le robaba, las interminables reuniones con los Regidores, la mareante contabilidad y las tediosas visitas de inspección.
Se sentía viejo, pero no quería abandonar, no quería entregar el mando. Su naturaleza soberbia le exigía un sobreesfuerzo y él se lo entregaba a diario, aunque tuviera que acabar las jornadas exánime, disimulando, recurriendo al alcohol para sobreponerse.
La noche del lunes 28 de octubre al martes 29, del dicho año de 1555, fué cambiante y fantasmagórica sobre las lomas onduladas del Aljarafe. El viejo Diego había dado esquinazo a algún habitual acompañante, porque lo que pretendía no era precisamente supervisar el orden del pueblo antes de ir a la cama. Hombre de líbido desordenada, —si líbido y desorden no son una misma cosa, por suerte o por desgracia—, mientras más reveses le daba la fortuna, más necesidad tenía de practicar una actividad sexual que, por el otro lado, no era en su caso especialmente común, ni aún en aquellos tiempos de cosificación de las mujeres. Todavía apreciaba unas posaderas redondas y duras, la calidez de unos muslos aterciopelados, pero trataba a sus eventuales parejas como a seres inferiores, casi como a animales domésticos.
Diego Ortiz de Juanguren conocía las idas y venidas de todo el vecindario, porque durante el año casi por completar que llevaba de titular de la Alcaldía recibía constantes y detallados informes de la actividad de la población. Estaba al tanto de en qué casas las esposas se encontraban solas, esperando a maridos emigrados a comarcas más productivas; conocía además las debilidades de fulanas y menganas y zutanas, sus vidas ocultas, sus intimidades; y sabía, y esto era importante para él, donde disfrutar de la compañía de alguna jovencita aunque hubiere que desembolsar unos maravedíes en la abierta y discreta mano materna. Le atraían las castillejanas, las naturales de la Villa, acaso porque nunca logró integrarse en ella y porque creía que por esta vía avanzaba en tal integración, o al menos se vengaba de quienes —pensaba paranoicamente— la entorpecían.
De manera que, tomando su vara de la justicia, salió a la Plaza doblando la esquina de la iglesia cuando ya era ida la última luz del día, y siguiendo un mapa mental previamente dibujado se dispuso a rondar casas prometedoras de besos y abrazos que consolasen este año ácido de su vejez agria. Siendo lunes, la gente trabajadora, desengañada de la ilusión dominical de ropa nueva y paseo, se había hundido pronto en sus lechos, en busca del olvido de la cruz de la labor diaria, que Morfeo les ofrecía acaso para reclamárselo con intereses a la mañana siguiente.
Apenas se cruzó con alguien. Consiguió su objetivo en cierta casa, en la que ya era sobradamente conocido. Salió satisfecho, percibiendo en sus vestiduras el olor de hembra, y volvió hacia la Plaza, a despedirse de los noctámbulos que en la posada de Juan Garcia echaban la última partida a los naipes.

Lo que vamos a ver seguidamente es el "Proceso criminal de Diego Ortiz de Juanguren, Alcalde Ordinario, contra Juan Martín Haldón el mozo, vecino de esta Villa, y contra Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil y Carcelero de esta Villa."

No hay comentarios:

Notas varias, 2v.

Por mediación de las visitas anuales efectuadas por las máximas autoridades religiosas de la provincia para supervisar el estado y buen gob...