martes, 17 de mayo de 2011

Los Juanguren y el espadero 20

No sabemos dónde estaba la casa de Luis Ortiz y Francisca de Padilla. No sabemos si su fachada daba a La Plaza de Santiago, o si formaba parte de la hilera incipiente en la calle de Hernando Jayán, que hoy es de Enmedio; acaso se alzaba en el extremo superior de la calle Hernán Cortés, o aledaña al muro norte de la Iglesia. Pero sí sabemos que era la casa del Miedo. Blanco y espeso, el Miedo oprimía el aire de las alcobas, se sentaba en todas las sillas y miraba con fijeza desde todos los rincones. Las oscuras ventanas absortas, el exhudado frío de las paredes encaladas decían Miedo. Brillaba en el filo del puñal, helándolo en el roce con el femenino cuello, y traducía en secas roturas de huesos los crujidos del silencio mortal. A doña Francisca los gatos desde los tejados y los espejos desde las paredes la miraban, esperando impávidos el amanecer —como amanece el sol— de un amasijo sangrante por rostro, cada mañana. Y el desgarro de su grito en la tarde marcaba la hora como trágica campanada. Y la amenaza susurrada, el insulto bisbiseado junto a la oreja vertía su veneno caliente y corrosivo, taladrador y cruel, señalando las noches veladas de transpiraciones denigrantes.
Hasta que Luis marchó, arrastrando tras él el Miedo como una capa de amenazas aladas. Entonces ella miró la puerta y respiró, y aquella noche sintió por fin su cuerpo hundirse en la cama, mientras la Libertad reía en silencio deshaciéndole los nudos cárdenos con sus dedos de hermana.

Hemos visto su reacción en el anterior capítulo. La estrategia de la Padilla es clara. Intenta una radical separación de bienes matrimoniales para que sean los de su marido, en Indias, los que permanezcan embargados por el pleito con el clérigo Bartolomé. Y el argumento principal que utiliza para liberar los suyos propios es que dicho su marido se los robó literalmente, incluso por medios violentos.
No deja de ser curioso —y enigmático— que luego esta mujer marche a Indias, donde se encuentra ahora su esposo y peor enemigo; aunque las Ejecutorias vistas en el capítulo anterior se refieren a ellos como todavía legalmente casados, los hijos naturales y el otro cónyuge, Juan de Espinosa Salado, rodean a la biografía de doña Francisca de un hálito romántico y aventurero especial. Veamos sus avatares.

Francisca de Padilla, mujer de Luis Ortiz, vecina de Sevilla, y Alonso Rivadeneira, vecino de la Villa de Valladolid, y Juan de Espinosa Salado y su procurador en su nombre de la una parte; y doña Margarita de Aguallo, viuda del doctor Luis Salado, por sí y como tutora de sus hijos, y el doctor Berastegui y doña Beatriz de Ribadeneira su mujer y su procurador en su nombre, y el Licenciado Salado de Rivadeneira y los demás hijos y herederos del dicho doctor Salado y su procurador en su nombre, han entablado un pleito. Pareció en la Chancillería de Valladolid Antonio Hernandez en nombre de la dicha Francisca de Padilla el 26 de julio de 1572, ella como madre y heredera legítima del abintestado Melchor de Espinosa, su hijo natural con Juan de Espinosa, y presentó demanda contra el Licenciado Alonso Salado de Rivadeneira y doña Beatriz de Rivadeneira, mujer del doctor Berastegui, abogado en la real Corte, y contra doña Juana de Rivadeneira, mujer del Licenciado Lezama, vecino de la Villa de Medina de Rioseco, y contra los demás hijos y herederos que quedaron del doctor Luis Salado, y contra Margarita de Arguello, madre y curadora de algunos de los dichos herederos, y dijo que siendo el dicho Melchor de Espinosa menor de 25 años y teniendo por su curador a Alonso de Torres Salado su tío, hermano de dicho doctor Luis Salado, difunto, y teniendo como tenía al dicho doctor respeto y reverencia como a padre, y estando muchas veces en su casa adonde le habían hecho e hicieron muchos regalos y buenos tratamientos, y siendo ansí que el dicho doctor por diversas vías y maneras había hecho entender al dicho Melchor de Espinosa y a Alonso de Rivadeneira su hermano que el testamento que el dicho Juan de Espinosa había hecho era ninguno por no haber sido los testigos de él llamados y rogados, y porque el escribano ante quien se había otorgado no era escribano del número de la ciudad de México donde se había otorgado, ni daba fé que conocía al otorgante, y que por las dichas causas y otras él podía hacer dar por ninguno el dicho testamento del dicho Juan de Espinosa Salado, y hacer que los dichos sus hijos o quienes dejaba por herederos fuesen eludidos de la herencia y sucesión del dicho su padre y lo heredasen el dicho doctor Luis Salado y sus hermanos, siendo como es y era verdad que el dicho testamento era y es válido y no tenía ninguno de aquellos defectos, y por la forma y manera que allí decía con dolo y fraude el dicho doctor Salado había inducido y persuadido al dicho Melchor de Espinosa y al dicho Alonso de Rivadeneira su hermano a que se hubiese de desposar y casar con la dicha doña Beatriz de Rivadeneira y con doña Luisa de ¿Monillo? sus hijas y sobre el dicho casamiento le había hecho hacer y otorgar unas escrituras de capitulación y concierto que habían pasado y se habían otorgado por ante Francisco Cerón, notario del número de la dicha Villa de Valladolid en 27 de febrero de 1558 años, y para dar más fuerza el dicho doctor había hecho que se pusiese en ella que aquello a que los dichos Mechor de Espinosa y Alonso de Rivadeneira se obligaban lo hacían y otorgaban por causa de las dichas pretensiones que el doctor Luis Salado decía tener contra el dicho testamento, y porque renunciase el derecho que decía tener contra él y por la dicha escritura de capitulación había hecho que se obligasen como se habían obligado de dar cada uno de ellos a sus esposas 3.000 ducados por vía de arras y aumento de dote y donación por tener nupcias para que aquellos hubiesen de ser y fuesen bienes propios de las dichas sus esposas, y el matrimonio entre Melchor de Espinosa y doña Beatriz de Rivadeneira no había tenido efecto porque Melchor murió antes de que Su Santidad dispensase por el parentesco que había entre ellos, y todavía la dicha doña Beatriz había habido y llevado los dichos 3.000 ducados, y además de aquello, por la dicha escritura de capitulación y concierto había hecho el dicho doctor Salado que Melchor y Alonso obligasen a pagarle en cierto tiempo 2.000 ducados por razón de la manda que el dicho Juan de Espinosa Salado había hecho en su testamento para cada una de las hijas cuando se casasen, y los dichos 2.000 ducados los hubieron de haber doña Francisca y doña Constanza, hijas del dicho doctor Salado, si se casasen, y aunque aquellos no se les debían ni los hubieron de haber las dichas Francisca y Constanza, por haber muerto antes de casarse, todavía el dicho doctor les había hecho obligar como se habían obligado a pagárselos, so color y por razón de las dichas pretensiones fingidas, y además les obligó por la dicha escritura a que le pagaran otros 1.000 ducados, que dijo que el dicho Juan de Espinosa su padre le era obligado a pagar por ciertos negocios que por su mandado había tratado en el Consejo de las Indias contra el doctor Francisco de Herrera, Oidor de la Audiencia de México, sobre cierto agravio que había hecho el dicho Juan de Espinosa a Salado, no estando ni siendo obligado el dicho Juan de Espinosa ni los dichos sus hijos ni herederos a pagar cosa alguna por razón de aquello, pues aquello y más le había remunerado y gratificado el dicho Juan de Espinosa a su hermano en su vida y al tiempo de su muerte por el dicho su testamento, de manera que por la dicha escritura Melchor y Alonso se habían obligado cada uno de dar al doctor Salado y a sus esposas 4.500 ducados sin estar obligados a nada de ello, y a cuenta de los dichos 4.500 ducados el doctor y Beatriz de Rivadeneira tenían recibidos de los propios bienes y hacienda de Melchor 120.536 maravedíes de juro al quitar a razón de 14.000 maravedíes el millar, y por razón de haber otorgado Melchor las dichas escrituras siendo como era menor de 25 años y sin licencia de su curador, y por dolo y fraude que había dado causa al contrato, Melchor no era obligado a pagar nada, ni tampoco lo es su parte la heredera, antes las partes contrarias eran obligadas a volver y restituir las dos tercias partes de los 4.500 ducados y por ellos las dos tercias partes del dicho juro, con mas las dos tercias partes de los réditos que han corrido y corren, que no lo habían querido ni querían haber aunque habían sido; por ende pedía al dicho Alcalde cumplimiento de justicia, y que diese por ninguna la escritura de capitulación y concierto, y que le restituyan dicho dinero; y además de aquello el dicho Melchor de Espinosa había dejado y mandado a la dicha Beatriz su esposa el tercio de sus bienes, los cuales tiene adjudicado por sentencia ejecutoria la demandante su madre.

El Alcalde de la Chancillería mandó dar traslado de la querella al licenciado Alonso Salado de Rivadeneira y sus consortes, y que respondieran en cierto término, y en julio de 1572 pareció Juan de Ontiveros en nombre de dicho licenciado Alonso y consortes, el cual alega sobre la validación de la capitulación matrimonial. Sigue un tenso tira y afloja entre las dos partes, ante el Alcalde Licenciado Gaspar Escudero, de la Audiencia de la Chancillería de Valladolid, quien emitió sentencia, luego revocada por otra autoridad judicial superior, contestada la revocación por la parte agraviada, vuelta a empezar, y en esa tesitura de acciones y reacciones continúa una veintena de folios de apretadas líneas que nos excusamos de transcribir.
De todo ello, y de otra documentación al respecto que se encuentra en el Archivo General de Simancas, como es la "Ejecutoria del pleito litigado por María de Grajal, viuda de Francisco Rodríguez, vecina de Medina de Rioseco (Valladolid), con Juan de Espinosa Villarroel, como curador de Violante y Leonor de Rivadeneira, y Hernando y Gaspar de Rivadeneira, hijos y herederos de Alonso de Torres Salado, vecino que fue de Sevilla, y Ana de Rivadeneira, mujer de Juan de Espinosa Villarroel, todos de la misma vecindad, sobre que le paguen 4.000 ducados que el difunto debía a Alonso de Melgar el Mozo, de quien era heredera", el "Juro a favor de Juan Salado de Rivadeneira de 49.745 maravedís, que incluye: cita del testamento de Luis Salado Rivadeneira; cláusulas del testamento de Beatriz Rivadeneira; escritura de transación otorgada por los interesados en la partición de los bienes fincables de Beatriz Rivadeneira; Ejecutoria expedida a favor de Francisca Padilla Alonso Rivadeneira y Juan Espinosa; partición de los bienes de Juan Salado Rivadeneira y Beatriz Porras Osorio y Leonor Daza, y adjudicación de los mismos a favor de Alonso y Luis Rivadeneira; y testamento de Alonso Rivadeneira", y el "Juro a favor de Francisca de Padilla de 19.409 maravedís, que incluye el testamento de Francisca de Padilla dejando por herederos universales a Gonzalo de Padilla y fray Juan Ortiz de Padilla", y el "Juro a favor de Francisca Padilla de 112.500 maravedís, que incluye el testamento y codicilo de Gonzalo Ortiz Padilla fundando capellanía", podríamos construir con todo detalle la genealogía del segundo matrimonio ¿o simple emparejamiento? de doña Francisca de Padilla, con sus complejas derivaciones parentales. Mas esta construcción nos alejaría del objeto de nuestra investigación, que es la historia de Castilleja. Por lo tanto, dejaremos abierta esta puerta vallisoletana, a la espera de que en un futuro, probablemente alguno de sus personajes reaparezca, de nuevo vinculado a dicha historia castillejense.
En definitivas cuentas, hallamos a una Francisca de Padilla plena de vivencias, rodeada de hijos, acaso de nietos, y con mucho que recordar tanto en Ultramar como otra vez en la península ibérica.
Anotemos para concluir que existe en Salamanca otro "Juro a favor de Juan Fernández de Espinosa, tesorero general de Su Majestad, de 11.884 maravedís, que incluye el testamento de don Alonso de Torres Salado", y recordemos que este Alonso de Torres Salado fué tío y tutor de Melchor, uno de los hijos naturales de doña Francisca, obligado a casarse con su prima Beatriz de Rivadeneira.
El Tesorero General de Su Majestad Juan Fernández de Espinosa también, en algún grado, formaba parte de la intrincada familia. Fué hombre, por su cargo, agobiado con pleitos y demandas, y manejaba envíos de hasta 300 esclavos negros, con destino en un caso concreto a La Habana.

viernes, 13 de mayo de 2011

Los Juanguren y el espadero 19

Tras la muerte del trapero, su mujer Beatriz Ortiz de Juanguren se empeñó en sacar adelante los negocios del difunto, pero en pocos días la esposa y los compañeros de Bastidas fueron acorralándola con sus maquinaciones y chanchullos mercantiles. Quizá por esto la tutela de los menores recayó en Juan Ortiz, asumida el 15 de mayo de 1507. Juan administró arriendos de casas que quedaron de la herencia, entre ellas una en la calle de Alfayates y otra en la calle de Catalanes, y al morir fué sucedido por otro hermano, Gonzalo Ortiz, canónigo sevillano.
Desde el otro lado del Océano a la desgraciada Beatriz también la atacaba un tal Juan de Dios, socio y factor de su marido difunto que aprovechó su muerte para apropiarse de los libros de cuentas y de la tienda del trapero.
Juan Gil nos ofrece una petición de la viuda al Cabildo sevillano que expresa la triste situación en que había quedado:

"Muy magníficos señores. La muger e herederos de Alonso Rodríguez, su mayordomo del año pasado de mill e quinientos e seis años, besamos las manos de vuestra señoría, la cual bien sabe qu´el dicho Alonso Rodríguez es fallesçido desta presente vida; e de la mayordomía que de vuestra señoría tovo, así del dicho año pasado como del año de quinientos e çinco años, se quedó deviendo muchas contías de mrs., porque con la esterelida (sic) del tiempo no han podido pagar los arrendadores, e tanbién porque el dicho Alonso Rodríguez fallesçió en saliendo el año. Suplicamos a vuestra señoría mande dar el poder e facultad qu´el dicho Alonso Rodríguez tenía para cobrar las dichas debdas al jurado Rodrigo Ortiz, así para dar su mandamiento para esecutar como para las otras cosas, porque las dichas debdas se cobren e podamos bien pagar a vuestra señoría lo que se le deviere; en lo cual, demás de fazer justicia, a nosotros fará mucha merçed". (Archivo Municipal de Sevilla, Actas Capitulares, año 1507, enero, fol. 37r.).

No cursó todo lo bien que era de desear la desesperada solicitud. El nuevo mayordomo, Álvaro de Valladolid, calculó un saldo negativo de 1.500.000 maravedíes, que llevó al embargo de las tiendas en la Alcaicería y de paños heredados por los menores, aunque gracias a las fianzas que sus tutores ofrecieron, les fueron devueltas las llaves de dichas tiendas, por lo que pudieron continuar subsistiendo.
Al fin la Audiencia dominicana pronunció sentencia, aunque al ser tan tarde como en 6 de octubre de 1531, la condena a los herederos de Bastidas a pagar a los de Alonso Rodriguez 55.739 maravedíes que colocó éste en la compañía, más 300 pesos en ganancias, no significó ya nada para la hacía muchos años ya difunta Beatriz.

Ahora corresponde, antes de terminar el episodio del zorzalero Juan Martín Haldón y entrar de lleno en el tema central de la serie, o sea, la muerte de Diego Ortiz de Juanguren el joven a manos del espadero Bernardo de Oliver, retratar a otro Juanguren contemporáneo, fiel representante también del pésimo carácter y del agrio temperamento que esta familia deja entrever en los documentos hasta ahora encontrados sobre ella. Nos referimos a Luis Ortiz de Juanguren, hombre también avecindado en Castilleja. Debió ser Luis nieto o sobrino-nieto de Diego Ortiz el viejo, nuestro hacendado de La Plaza.
Obra en el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid una Ejecutoria del pleito litigado por Francisca de Padilla, mujer de dicho Luis Ortiz, vecina de Sevilla y Alonso de Ribadeneira, vecino de Valladolid, con Margarita de Argüello, viuda del doctor Luis Salado, como curadora de sus hijos, el licenciado Salado de Ribadeneira y consortes, todos hijos y herederos del doctor Salado, sobre intento de anulación del testamento que dejó Juan de Espinosa Salado y apropiación de sus bienes, mediante engaños a Melchor de Espinosa y Alonso de Ribadeneira, hijos de Francisca Padilla y herederos de Juan de Espinosa Salado, para que se casasen con las hijas del doctor Salado y les entregasen dichos bienes como dote.
Como vemos, el lío familiar es de órdago. Reparemos primeramente en estos hijos de Francisca de Padilla —y herederos de Juan de Espinosa Salado—, Melchor de Espinosa y Alonso de Ribadeneira, quienes no lo parecen ser de Luis Ortiz su marido, y sí por lo tanto de otro matrimonio (¿con Juan de Espinosa Salado?), o acaso naturales.
La fecha de la Ejecutoria es muy tardía, del 14 de marzo de 1581. Desde que alrededor del 1563 Francisca de Padilla habitaba en Castilleja de la Cuesta con su marido Luis Ortiz de Juanguren habían pasado muchos años y sus vidas habían dado muchas vueltas, tanto aquí como en Indias.
En el mismo depósito vallisoletano se custodia otra Ejecutoria, de fecha más temprana, 27 de junio de 1573: Ejecutoria del pleito litigado por el doctor Berástegui y Beatriz de Rivadeneira, su mujer, vecinos de Medina de Rioseco (Valladolid), con Francisca de Padilla, mujer de Luis Ortiz, vecino de México, Margarita de Argüello, viuda del doctor Salado, vecino de Valladolid, como curadora de Luis Salado y Juan Salado de Rivadeneira, y Gracia de Rivadeneira, mujer del doctor Jerónimo de Espinosa, Juez Mayor de Vizcaya, sobre la herencia de Melchor Espinosa Salado, vecino de Valladolid, difunto, y el pago de las mandas pías contenidas en su testamento.
Y aún otra tercera, fechada un año antes, en 17 de abril de 1572: Ejecutoria del pleito litigado por Francisca de Padilla, vecina de Sevilla, mujer de Luis Ortiz, residente en Ciudad de México (México), con el doctor Berastegui, Beatriz de Rivadeneira, Margarita de Argüello, viuda del doctor Luis Salado, por sí y como tutora y curadora de Luis y Juan Salado de Rivadeneira, sus hijos, y el licenciado Juan Salado de Rivadeneira, sobre ejecución de la carta ejecutoria de un pleito anterior, sobre que le incluyan en la posesión de los bienes que dejó Melchor de Espinosa, su hijo natural.
Mas otra del 26 de julio de 1570, del todo sugerente en lo que respecta a las peripecias vitales de la mujer de Luis Ortiz: Ejecutoria del pleito litigado por Francisca de Padilla y Gallego Ortiz, vecinos de Ciudad de Méjico (Méjico), con Beatriz de Ribadeneira, el doctor Berastegui, Luis Salado y consortes, vecinos de Medina de Rioseco (Valladolid), sobre la herencia abintestato del hijo natural de la primera, Miguel de Padilla.
En todo caso, que tuvo algún hijo con Luis Ortiz lo demuestra este Registro de pasajero a Indias del 31 de mayo de 1581: Don Gonzalo de Yranguren, natural de Sevilla, soltero, hijo de Luis Ortiz de Yranguren y de doña Francisca de Padilla, a Nueva España (Archivo General de Indias. La lectura "Yranguren" es un error de los archiveros).

De toda esta embrollada historia sabremos con detalle, después de conocer más a fondo a Francisca de Padilla en Castilleja, ligada como estamos viendo a los Juaguren por su matrimonio con Luis Ortiz. Comencemos: el martes 19 de octubre de 1563 una atribulada doña Francisca, a la sazón vecina de Sevilla, se presenta ante el Alcalde Ordinario de nuestra Villa, Bernabé Martín; Hernando de las Cuevas está presente, dejando constancia escrita de cuanto expone la mujer. Francisca de Padilla trae una Carta Requisitoria del Alcalde Ordinario de Sevilla Diego de Matute, junto con un interrogatorio, fechados el 16 de octubre, y solicita a Bernabé que la cumpla y que reciba a los testigos. Ella y su marido habían sido ejecutados en sus bienes a petición del clérigo Bernabé García, con el que tenían pleito, y opuesta como es natural a dicha ejecución o embargo, ahora efectuaba las presentes diligencias de probanza en Castilleja para que les fuera levantado.
Entre las preguntas que Bernabé Martín debe hacer a los testigos, están la de si conocen cierto poder que Francisca de Padilla dió a su marido Luis Ortiz el 6 de mayo de 1556 ante el escribano Juan Vizcaíno; la de si saben de una escritura de tributo de 34.821 maravedíes al año, que otorgó dicho matrimonio el 19 de octubre de 1556 ante el escribano de Sevilla Diego de la Barrera; la de si saben que Luis Ortiz era un hombre muy recio de condición y súpito (sic) y mal acondicionado, y que daba muy áspera y mala vida a su mujer y ponía las manos en ella, dándole de palos, y coces, y bofetones, y puñadas, y sacando espadas y puñales para ella, y corriéndola con ellos, y atemorizándola, y poniéndole muchos miedos y temores, tratándola siempre muy mal desde que se casó hasta que se fué de la ciudad; la de si saben que el dicho Luis era un hombre tan determinado que toda las amenazas que hacía y todos los miedos que ponía, los ponía en ejecución y efecto y obra, por cuya causa doña Francisca le tenía mucho miedo y temor, y cualquier cosa que él mandaba, si luego no lo hacía, ponía las manos en ella y la trataba muy mal y ásperamente; la de si saben que antes de que doña Francisca otorgara dicho poder y la escritura de tributo, Luis le hizo muchos y muy malos tratamientos para que los otorgase, poniendo las manos en ella, dándole muchas coces y bofetones y puñadas y palos, sacando espada y puñal para ella y corriéndola, atemorizándola y amedrentándola para que los otorgase; la de si saben que por todo ello doña Francisca los otorgó, y que si no, la matara; la de si saben que doña Francisca llevó de dote en ajuar, preseas y bienes de casa más de 4.000 ducados; la de si saben que Luis se ausentó de Sevilla por deudas, y está en las Indias, y anda huido por dichas deudas, y doña Francisca está muy pobre y necesitada.
De inmediato doña Francisca de Padilla presentó sus testigos; primeramente, alguien con experiencia propia en maltratos conyugales: Luisa de Rojas, la esposa de Íñigo Ortiz de Juanguren, emigrado en el Perú. Este hecho añade a las ya de por sí tensas relaciones entre la de Mazalquivir y los Juanguren nuevos potenciales, y denota que Luisa, tras su desastrosa experiencia con el excombatiente y después de haber vivido de manera total la aventura ultramarina, se había convertido en una mujer completa, con un carácter nada proclive a dejarse amilanar por nada ni por nadie.
Declaró Luisa de Rojas sin tapujos; seguía apareciendo como vecina de Sevilla y moradora en nuestra localidad, y a la sazón tenía 39 años de edad; dijo que conocía al matrimonio desde hacía 11, y manifestó no conoce al clérigo Bartolomé García; dijo saber del poder referenciado, porque cuando doña Francisca lo otorgó, se lo vino a decir a ella Diego Ortiz, primo hermano del dicho Luis, comunicándole que lo había hecho contra su voluntad y con muchas lágrimas de sus ojos; sabía del mal carácter de Luis, y de los malos tratos que infligía a su mujer, y en cierta ocasión doña Francisca le confesó que la había amenazado con arrojarle una silla a la cabeza y con que se la hendería con ella; refirió que dicha doña Francisca se le venía a quejar muchas veces, diciendo que Luis la aporreaba por no hacer lo que quería, y que además todo ello era público y notorio en Castilleja; dijo saber que Luis Ortiz se fué a las Indias para soslayar deudas, que ha escrito desde allí, y que gastó toda la hacienda de su mujer.
Se entiende que doña Francisca recurriera a Luisa de Rojas como confidente y consejera de su atormentada vida matrimonial, en cuanto que ésta le habría confiado su no menos tormentosa vida en el norte africano con el matón mirobrigense.
La siguiente testigo es Juana García, mujer de Francisco García y vecina de esta Villa, la cual conoce a doña Francisca desde que se sabe acordar, y a su marido Luis desde hacía más de 30 años; ella tiene 40 al tiempo de su declaración. Dijo que una vez Luis le pidió a Francisca 10 ducados, para jugárselos con los amigotes, y como no se los quiso dar la aporreó, y Francisca daba muchos gritos, y esta testigo fué a su casa y la encontró llorando; y le tenía mucho miedo y temor. La testigo sabía que Luis, por sus deudas, huyó a las Indias, y que doña Francisca, debido a todo ello, estaba en situación de gran pobreza y necesidad.
Otra testigo fué María Hernández, mujer de Pedro Valiente y asimismo vecina de Castilleja; dijo conocer a la mujer de Luis Ortiz desde hacía 10 años, y no conocer al clérigo Bartolomé García; tenía por entoces María 33 años de edad; dijo saber que Luis Ortiz era hombre muy mal acondicionado y recio, y haber visto que por cada cosita (sic) reñía con Francisca, de palabra, deshonrándola, y esta testigo vió cómo cuando Luis entraba en su casa, Francisca estaba temblando de él, y era tanto el miedo que le tenía, que cualquier cosa que le mandaba lo hacía, y que esta testigo lo sabía porque estuvo en su casa. Dijo también saber el asunto de la escritura, y que Luis se fué a Indias por deudas, dejando a Francisca en estado de extrema necesidad.
Testigo, Hernando Jayán. Conoce al matrimonio desde hacía 14 años poco más o menos, y no conoce al clérigo. Tiene 40 años de edad y confiesa ser compadre del dicho Luis Ortiz. Sabe que es hombre recio y mal acondicionado, y que en su casa hace lo que quiere, por fuerza o por grado. Vió salir de su casa llorosa a Francisca, tras otorgar la escritura, y por ello entendió que lo había hecho forzada. Sabe que Luis huyó a Indias por sus deudas, porque él mismo se lo dijo antes de partir. Y sabe que Francisca de Padilla es pobre.
Testigo, Isabel García, viuda de Juan García, vecina de esta Villa; conoce al matrimonio desde que eran niños, y no conoce al clérigo Bartolomé. Tiene 60 años de edad, y declara lo mismo con pocas diferencias, asegurando que lo ha oído decir a las gentes del pueblo.
Y una vez confeccionada la probanza, Hernando de las Cuevas dió traslado de ella a doña Francisca.
No hay más documentación sobre el caso, pero la antecedente basta y sobra para vislumbrar las condiciones de vida de doña Francisca, la forma de ser de su marido, la honradez de Hernando Jayán, y la solidaridad de las mujeres que declararon en apoyo de la maltratada.

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